LA MEMORIA REBELDE, TESTIMONIOS SOBRE EL EXTERMINIO DEL MIR: DE PISAGUA A MALLOCO, 1973-1975, 

Reseña: “La Memoria Rebelde, …”

RESEÑA: “LA MEMORIA REBELDE,

TESTIMONIOS SOBRE EL EXTERMINIO DEL MIR: DE PISAGUA A MALLOCO, 1973-1975, AMORÓS, MARIO. EDICIONES ESCAPARATE, CONCEPCIÓN, 2008.

…”

LA MEMORIA REBELDE, TESTIMONIOS SOBRE EL EXTERMINIO DEL MIR: DE PISAGUA A MALLOCO, 1973-1975, AMORÓS, MARIO. EDICIONES ESCAPARATE, CONCEPCIÓN, 2008.

Cuando hablamos del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), no sólo estamos hablando de la historia y trayectoria de un grupo de izquierda que fue decisivo dentro de nuestra historia reciente; hablamos también de una forma de lucha cotidiana dada por una parte de la sociedad chilena reprimida, olvidada, marginada. Hablamos también de hombres y mujeres que fueron y son combatientes en acción y palabra, en donde la teoría no fue argumento de lucha, sino que fue el sustento de las acciones que se llevaron a cabo durante las décadas de 1960 y 1970.

Durante la década de 1960 Latinoamérica asiste a un proceso de revoluciones que cambiarán sustancialmente la historia continental, y también nacional. Los ejemplos de las luchas emancipadoras del imperio dadas de Cuba, Nicaragua y Guatemala, así como Vietnam, la revolución Argelina e Indonesia se constituyen en movimientos claves para los revolucionarios americanos que ven en estos momentos de la historia una necesidad de actuar en contra de la pobreza, la explotación y opresión del patrón; así como del capitalismo que históricamente había atentado contra la integridad de nuestros pueblos. Bajo esta premisa es que surgen numerosos grupos revolucionarios como el ELN, el ERP, los Tupamaros y el MIR que exploran la vía político militar para la consecución de una Revolución Proletaria que termine con los vicios propios del capitalismo imperante… del imperio que reduce a cenizas las esperanzas nacionales y continentales una y otra vez a lo largo del siglo.

En Chile, esta década está marcada por las huelgas generalizadas provenientes de los obreros que veían en los miserables salarios que recibían una forma de opresión y poca dignidad con la que eran tratados como seres humanos. Los partidos políticos de izquierda, tradicionales sostenedores de estas luchas reivindicativas estaban sumidos en la intención de llegar al poder gubernamental, habían surgido caudillos que, contra lo propuesto por sus partidos en las bases fundamentales, trataron de acaparar puestos en el Congreso Nacional. Hacia 1962 había cerca de 34 grupos que se consideraban contrarios a esta realidad pero su capacidad organizativa no pasaba del espacio local. El FRAP (Frente de Acción Popular) y el PC dedicaban esfuerzos para tratar dentro de la legitimidad que les otorgaba ser partidos y coaliciones subsanar estos conflictos.

Dentro de estos grupos revolucionarios surge la Vanguardia Revolucionara Marxista y el PSP (Partido Socialista Popular) que serán el antecedente al MIR; en ellos se agrupaban estudiantes y trabajadores de Concepción y Santiago escindidos del PC y el PS tradicional.

En 1965 y tras un paciente análisis de la contingencia nacional dichos grupos (VRM y PSP) conciben la idea de unificar a estos grupos dispersos bajo la consigna de que la lucha revolucionaria debe ser político-militar, es decir, dar forma concreta, militarizada, armada a la revolución que hasta ese momento sólo era una idea romántica surgida de los ejemplos de Fidel Castro, Mao Tse Tung y por supuesto el Comandante Che Guevara. La intención entonces, es crear una revolución que organice al pueblo desde las bases, trabajando con ellos, creando sociedad y actuando frontalmente; por lo tanto, considerar el elemento militar sería sólo una continuación de la lucha de clases surgida a comienzos de siglo, viniendo a complementar la actividad política de efervecía en aquella época.

El 15 de agosto de 1965, se funda el MIR como consecuencia de esta forma de mirar la revolución; sin embargo no es hasta 1967- año en el que es elegido Secretario General del MIR Miguel Enríquez-, durante el Tercer Congreso Nacional del Movimiento que éste toma forma y practica lo que será su programa. En primer lugar para derrotar la miseria y explotación habría que desarmar al enemigo (la burguesía nacional y extranjera y su aparato estatal); luego, fortalecer sus propias fuerzas (proletariado y sus afiliados, campesinado, pequeña burguesía, subproletariado, personal de tropa de las FF.AA, estudiantes, etc). Sólo enraizándose en las masas o “propias fuerzas” se podría efectivamente llegar a crear a este “Hombre Nuevo” que prometía el Che, un hombre nuevo con valores que incluso traspasaran las propias fronteras nacionales y se hiciera latinoamericano: solidaridad, disciplina férrea, organización y compromiso real eran la propuesta del MIR.

A estas alturas de la década había asumido la presidencia Eduardo Frei Montalva, un demócratacristiano que reprime cualquier intento del pueblo por emanciparse del yugo patronal que cargaban desde siempre, ofrecía una “Revolución en libertad” que era corporativista, populista y proclive al capitalismo. Entonces ¿era una verdadera Revolución como la que proponían los revolucionarios miristas? Absolutamente no, de ahí que se hace necesario e imprescindible efectuar lo más férreamente posible este programa político. Coinciden en este empeño el MTR (Movimiento de Trabajadores Revolucionarios), el FER (Frente de Estudiantes Revolucionarios) y el MPR (Movimiento de Pobladores Revolucionarios) quienes a través de los cuadros políticos que conforman harán las necesarias convocatorias a sus respectivos sectores para efectuar las corridas de cercos en los campos de Chile, la reforma universitaria que impediría la infra educación que recibían los jóvenes del país y por supuesto, apelarían por la obtención de una vivienda digna.

A partir de 1969 el MIR toma forma en las acciones directas en tomas de terreno, en las tomas de fábricas en que se explotaba a los obreros, expropiaciones de bancos, organización de pobladores. Todo esto estuvo a cargo de los GPM (Grupos Político Militares) que eran pequeñas agrupaciones que actuaban en sectores determinados con alguna autonomía del Comité Central. Es precisamente aquí en donde la Revolución empieza a tomar más fuerza porque la sociedad chilena –incluida la izquierda tradicional– comienzan a tomar conciencia de la importancia del MIR como alternativa revolucionaria, porque ya ni siquiera se juzgan o analizan las viejas formas de lucha, ahora se actúa verdaderamente en donde se debe: en la calle y con el pueblo.

Muchos miristas caen presos por estas acciones, entre ellos Sergio Pérez Molina, otros son relegados dentro del país y el movimiento es concebido por el gobierno como “clandestino”; sin embargo esto, sus acciones continúan con más fuerza, su periódico “El Rebelde” (1968) continúa en circulación a pesar de esta clandestinidad y la tarea de crear conciencia dentro del pueblo se hace aun más fuerte.

En 1970 se produce la elección presidencial de Salvador Allende y con ello el advenimiento de la UP (Unidad Popular), un programa de gobierno que prometía a los trabajadores y demás fuerzas sociales una posibilidad real de mejorar su estatus dentro de la sociedad. El MIR aplaude esta elección, de hecho cesan las acciones armadas para el buen funcionamiento del gobierno a pesar de mantenerse crítico en la manera en la que se vinculaba con ciertos sectores políticos. A fines de ese año el MIR sale de la clandestinidad y se da a la tarea de unificar a la izquierda; esta vez no como críticos de su actuación en cuanto a partidos políticos, sino como manera de que esta “vía pacífica al socialismo” no se transformara en una posibilidad más para la burguesía de mantener sus intereses a salvo. Fue así que discutió y denunció todos los errores de la UP pues concedió espacios al partido Demócrata Cristiano y a las Fuerzas Armadas al integrarlos en parte al gobierno, asuntos inconcebibles para el MIR y que, con razón, podrían llevar a la desestabilización total de la construcción socialista que se había hecho hasta ese momento. Años más tarde Miguel Enríquez, desde la clandestinidad diría que esta forma de actuar de la UP hacia un socialismo dentro del modelo burgués habría sido el por qué del fracaso en el proyecto. El Movimiento veía en esta etapa de construcción que estaba haciendo la UP un proceso prerrevolucionario en el que el proletariado daría impulso a sus demandas de forma organizada, mejor estructurada en calidad y no tanto en cantidad.

La lucha continuó con “El Programa del Pueblo” que pretendía sobre todo crear conciencia de clase, mejorar la organización interna de la clase trabajadora y la combatividad del pueblo.

Tal vez estos elementos fueron los gatillantes para que desde aquel fatídico y vergonzoso 11 de septiembre de 1973, el MIR fuera perseguido, reprimido y casi aplastado en su totalidad. En noviembre de ese año, la Comisión Política del MIR haría una declaración que resume su historia hasta ese momento: “Nacimos en 1965, existimos desde 1967, actuamos desde 1969 y entre 1970 y 1973 logramos construir una vigorosa, solidaria y joven organización, arraigada ya en casi todas las capas del pueblo, con una estructura político-militar relativamente sólida, constituida ya una estrecha coordinación y solidaridad revolucionaria en el Cono Sur de América Latina entre el ERP, los Tupamaros, el ELN que, hoy rinde ya sus frutos, habiendo atravesado ya difíciles experiencias: inexperiencias, clandestinidad en 1969, ensanchamiento político y de masas entre 1970-1973, los combates de septiembre y, hoy, la represión. La ilusión reformista de la UP no nos involucra, la deserción provocada por su fracaso sólo nos rasguña. Hemos constituido orgánica, política e ideológicamente una generación de revolucionarios profesionales, que hoy son una posibilidad revolucionaria abierta en Chile y en el Cono Sur. La situación chilena nos ofrece un desafío que somos y debemos ser capaces de vencer con una táctica adecuada, con serenidad, valor y audacia lo lograremos.”

Después de septiembre, Chile asiste quizá a su periodo más trágico, violento, vergonzoso, impresentable, y porqué no decirlo inhumano de su historia reciente. La dictadura no sólo rompió con la ilusión de un país más justo y solidario, también destruyó miles de vidas ya sea por muerte, desaparición, tortura o exilio. Asesinó en vida los proyectos de cientos de chilenos militantes del MIR. Casi toda la dirección central fue asesinada en forma barbárica; el primero de ellos en morir en la resistencia fue Bautista van Schouwen al ser apresado en diciembre de 1973, luego siguieron las persecuciones de Sergio Pérez Molina, Lumi Videla y la muerte en combate de Miguel Enríquez el 5 de octubre de 1974, además de ser apresada su compañera que estaba embarazada…

Estas muertes o desapariciones enlutaron el espíritu del MIR, sin embargo, la consigna que habían proclamado en 1973 “El MIR no se Asila, hay que resistir” continuó siendo la bandera de lucha roji-negra con la que miles de compañeros y compañeras prosiguieron su lucha contra la enferma mentalidad de los aparatos de estado que los perseguían. Miguel había reorganizado a los combatientes en la clandestinidad y frente a su muerte hubiera sido muy lógico que el movimiento desapareciera; no obstante durante los 17 años que duró el martirio de tener a Pinochet como “presidente de la república”, el MIR continuó su lucha en la clandestinidad. Basta recordar a Jecar Neghme “el turco” que cayó el 4 de septiembre de 1989.

Hacer una síntesis de la importancia del MIR en nuestra historia y resumirla en cuartillas no es tarea fácil, constituye un desafío de proporciones pues no sólo sus consignas aun resuenan en nuestra memoria, sino que sobre todo porque la misma lucha que comenzó en la década de 1960 cobra fuerza a diario cuando vemos la pobreza y marginalidad en la que se ha sumido a nuestro país. Todavía hay quienes luchan a diario por un país más justo y solidario, todavía creemos en que es posible que una vanguardia sea quien reagrupe a las fuerzas sociales y vuelvan a la vida los proyectos y anhelos de aquella maravillosa juventud que rindió la vida cuando algunos de nosotros todavía no éramos ni siquiera “proyectos” para nuestros padres.

Es por eso que el libro “La memoria Rebelde” del colega Mario Amorós (colega en el concepto español y chileno) cobra más importancia que nunca, porque el nos propone en su escrito una forma sensible, preciosa y orgullosa de recordar a nuestros compañeros y compañeras del MIR. Su texto es una oda de las aspiraciones que movieron a Humberto, Alfonso, Lumi, Sergio, Miguel y los hermanos Pérez Vargas vistos desde la perspectiva humana y política. Ofrece memorias preñadas de recuerdo y de enseñanza para las nuevas generaciones. Quizá nunca encontremos los cuerpos de los miristas que faltan (y hacen tanta falta), quizá ningún homenaje pueda realmente plasmar en su totalidad sus vidas, pero estas instancias de debate académico al que nos invita Mario es una aproximación a sus vidas… de alguna manera, a nuestras vidas.

Ya no luchamos por las “corridas de cercos”, tal vez ahora no nos enfrentamos al patrón de la fábrica –porque nuestra industria ya no tiene caras visibles, están casi todas corporativizas– y nuestra educación vaya por un rumbo en el que parece mejor la competencia entre los estudiantes que una lucha conjunta por una mejor calidad; sin embargo, todos aquellos que abrazamos el compromiso de nuestros compañeros y amigos que ya no están, creemos que “les asesinaron la carne pero no sus ideas”, porque su lucha, su perseverancia y su combatividad viven en nosotros, los depositarios de sus enseñanzas y sus inmensos valores.

Durante 10 años de lucha desde su fundación hasta 1975 cuando incluso la prensa extranjera se encargó de desprestigiar al MIR en la llamada “Operación Colombo”, en donde supuestamente los miristas se habían asesinado entre ellos por rencillas internas, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria supo sobreponerse a las adversidades que le impuso una derecha siempre fascista, una izquierda “tibia” que no tuvo el coraje de enfrentar los problemas sociales de manera frontal y sobre todo cuando la dictadura trató de exterminarlos; el MIR propuso nuevas formas de lucha, una revolución que no fuera de las ideas sino de la acción, siguió el ejemplo del Che, apoyó desde las bases a nuestro pueblo oprimido y nos legó un ejemplo del que estamos orgullosos.

Me permito hacer referencia al himno “Trabajadores al poder” que fue el himno del MIR para finalizar esta pequeña contribución: “En los campos, caminos y pueblos / ya se ven las banderas surgir / son banderas con el rojo y negro / Patria o Muerte, Vencer o Morir. / No es esclavo el hombre que lucha / por unir a la clase social / que destruya el poder de los ricos / que nos roban a diario el pan. / En la lucha contamos las horas / a los ricos les llega su fin / porque estamos seguros de triunfar / con el pueblo conciencia y fusil.”

Este texto más que un prólogo, es un homenaje a todos aquellos combatientes que soñaron con una América libre, a todos aquellos que rindieron su vida en las garras de la dictadura criminal de la que nos sentimos avergonzados, porque tal como ellos, hoy seguimos luchando, con su ejemplo de su conciencia social, seguimos trabajando con el pueblo y para el pueblo, para que algún día dejemos de ser esclavos de aquellos que a diario nos roban el pan.

Claudia Videla SotomayorHistoriadora

Un eterno presente.“De la brigada Secundaria al Cordón Cerrillos”. Reseña

Prólogo al libro “De la brigada Secundaria al Cordón Cerrillos” de Guillermo Rodríguez, Ediciones Escaparate, junio de 2017.

 

Un eterno presente.

por Rafael Agacino.

 

Son 15 capítulos distribuidos en poco más de 140 páginas. En ellas se recorre, desde la perspectiva de una biografía personal, el paso de siete vertiginosos años. Sin embargo, no se trata de un puro relato autobiográfico; no. En estas páginas se entremezclan las vivencias personales, el análisis político e incluso el ensayo histórico, produciendo como efecto final un entreverado mapa de un período crucial e irrepetible para quienes lo protagonizaron, para las organizaciones populares como sus actores, y finalmente, para la propia historia político-social de este país.

En los primeros cuatro capítulos y en los dos últimos, está acentuado el relato autobiográfico. En los primeros, se nos aparece un joven con sólo escasos quince años pero que sin saberlo es portador de las inquietudes acumuladas por décadas de luchas previas; ellas están mudas de teoría, pero elocuentes en la palabra de sus padres, de su abuelo y de los vecinos de los barrios populares en que habitó. Por ello, no es extraño que sin preverlo, los juegos y chascarros con los amigos de liceo, fueran matizándose con los destellos de un mundo que palpitaba allá afuera. Y no podía ser de otro modo. Eran los años finales de la década del 60 del siglo XX, con Guevara y las guerrillas en Latinoamérica, con las insurrecciones de Paris, Berlín y Checoslovaquia, con Vietnam en Indochina y con la condensación de un flujo de fuerzas populares que darían paso al Chile de Allende. Son los años de maduración de todo aquello que se había incubado en las luchas universales de liberación y emancipación. Y así, hasta saltar en los dos últimos capítulos, a la vida de un joven que se empina a los 20 años justo cuando la lucha es más aguda que nunca y cualquier acto, pensamiento o palabra, resulta urgente. Es la dinámica inexorable de los acontecimientos que lo envuelve y que lo hace presentir las debilidades estratégicas del proceso chileno, esas que más de una vez le sugirieron, primero un guajiro en Cuba, y más tarde otro cubano, cuando Fidel pisaba tierras chilenas. No era derrotismo – no es el tono de la prosa de Rodríguez ni es la lectura que hago- sino una súbita toma de conciencia del significado real de la lucha de clases, de los procesos revolucionarios; un momento de maduración abrupta en que el cuerpo se estremece al caer los velos de la verdad, esa verdad total en que se juega todo. Es la atmósfera de éstos últimos capítulos que relatan la reacción de los trabajadores y militantes, incluido el propio autor, frente a un Golpe que ni por tan anunciado dejó de ser una sorpresiva tormenta…. Serán las horas del pensar rápido, del sobreponerse, del dar y darse ánimo frente al shock. Serán las horas de la resistencia en Maipú el mismo 11 y los días siguientes, y luego, como si el tiempo no existiera y solo fuera un largo presente, del cautiverio en el Estadio Nacional. Qué lejos está el liceo, qué lejos el pensionado de República, qué lejos los amores juveniles, qué lejos las reuniones que dieron luz el Cordón Cerrillos-Maipú… Qué cerca el horror, que cerca la muerte y el denso y pastoso aroma de la sangre… ¿Cómo no madurar de una vez y para siempre? Es el punto ciego del espejo, ése que deja al individuo sumido en su soledad y sus propias circunstancias.

Pero también hay otro ángulo en el mismo instante: la trama de las circunstancias históricas y el papel de los individuos, o dicho de un modo más directo, un guion que marca con fuerza de un escenario político definido y que a la vez impele a los actores colectivos a la acción. Por ello, será el análisis político el que predomine, sobre todo desde el capítulo 5 en delante, dejando en entrelineas el relato autobiográfico. Y es así porque se trata de un contexto inédito, inaugurado por el triunfo de Salvador Allende y seguido por sus tres años de gobierno hasta el mismo Golpe de septiembre; son años resumidos a pluma veloz que repletan decenas de hojas que evocan experiencias, epopeyas, y la memoria de millones de vidas que enarbolan la demanda de un mundo nuevo. Entre ellos, los cientos de miles de activistas de la izquierda, y por cierto, los militantes del MIR cuyas definiciones tácticas y voluntad de lucha, serán puestas a prueba una y otra vez… El autor, con 19 años, elaborará sus primeras ideas políticas propias respecto de la izquierda revolucionaria, buscando conectar el trabajo militar y el trabajo de masas. Su inserción en el GAP de la mano de nuestro compañero Mario Melo, lo instala en una estructura cerrada y compartimentada, en la que la cotidianidad remite a lo uniforme, a la disciplina y a la disposición operativa, atmosfera muy distinta al fluir del barrio y de los frentes de masas cuya pluralidad de formas y colores, configuran a un pueblo que tras saltos de conciencia impone por doquier el pulso vital de un nuevo día. Esta distancia entre lo uniforme y el poli tonal empuje de los de abajo, sin embargo no será una pura sensación subjetiva. Por el contrario, adquirirá toda su objetividad e importancia a partir del paro de octubre de 1972, cuando la sucesión de hechos y sus demandas de acción, abran un debate sobre el modelo orgánico, la concepción de partido y las definiciones estratégicas. En efecto, la misma estructura de los GPM, muy útil para afrontar la clandestinidad en tiempos de Frei y las tareas inteligencia y seguridad que MIR asumió desde el triunfo de Salvador Allende hasta inicios de 1972, mostrará sus limitaciones a la par que la lucha de clases se torne más aguda y extendida, y por tanto, el problema del poder se replantee como una cuestión directamente práctica y de masas. El análisis político que nos ofrece el libro muestra, por una parte, cómo el escenario de lucha por el poder es una lucha territorialmente situada que no discurre en el vacío, y por otra, que los actores, tanto las franjas medias derechizadas como los trabajadores y las masas populares, se enfrentan en sus espacios inmediatos: las escuelas y liceos, los campos, las fábricas y finalmente las calles. Las formas de Poder Popular que nacen de las propias luchas por la soberanía sobre los medios de producción y la infraestructura pública, y por el orden social mismo, se afincan y hacen práctica en los espacios vitales y/o productivos inmediatos. El nacimiento del Cordón Cerrillos Maipú en junio de 1972 y toda la lucha posterior, incluida la planificada toma masiva de fundos de la comuna y la ofensiva frente al tancazo del 29 de junio de 1973, así lo reafirman. Los trabajadores, campesinos y demás franjas populares, fortalecían sus niveles de coordinación, su conciencia como clase y su voluntad federativa más allá de sus sindicatos y orgánicas individuales, como resultado del necesario ejercicios de la soberanía sobre sus espacios locales, vitales y productivos. Guillermo nos relata que en este período pre revolucionario –aquel que no madura y se prolonga-, cada día aumentaba la distancia entre el esquema orgánico tipo GPM y el modelo de organización territorial-sectorial. A esa altura, además, entrecruzándose ya las estructuras de los GPM con las estructuras por frentes  (trabajadores, campesinos, pobladores, estudiantes, etc.), aparecían fuertes contradicciones entre las diferentes áreas y en el seno mismo de la propia militancia. La complejidad del período político una vez más superaba cualquier idea preconcebida. Las necesidades de conducción de enormes contingentes de trabajadores y sectores populares, que incluso tendían a sobrepasar a sus propios partidos, requerían un tipo de organización móvil, más flexible y más veloz, capaz de sintetizar y asumir la coordinación y conducción que la sucesión de coyunturas agudas demandaban. Estas contradicciones, impuestas por la ascendente lucha de clases, en el trasluz, reeditaban la discusión estratégica entre guerra irregular y prolongada y la tesis insurreccional. La primera concebida a partir de las tesis militares del 67-68, y la segunda, proveniente de la tradición trotskista que predominó en el MIR hasta antes del giro del Tercer Congreso en diciembre de 1967.

Mientras discurre este debate al interior de la militancia, el proceso no se detiene y avanza raudo. Los capítulos 10 al 13, contextualizados entre julio y los primeros días de septiembre de 1973, cubren 9 semanas, menos de 70 días, pero en ellos se jugará toda la historia. La insurrección de la burguesía, cuyo primer ensayo general fue en octubre del 72, ahora en julio de 1973, pasaba a una segunda fase ofensiva: por abajo, se relanzaba la unidad social de comerciantes, camioneros, colegios profesionales, estudiantes, los sectores medios “enardecidos” como los calificaría Miguel; y por arriba, la dirección política de la Confederación Democrática – alianza entre los partidos Democracia Cristiana (PDC), Nacional (PN), Democrático Nacional (PADENA) y Democracia Radical (DR)-, era asumida por la fracción decididamente golpista más el apoyo paramilitar de Patria y Libertad (MNPL). Todo esto, en medio de un entrampamiento institucional del Ejecutivo por parte de un Parlamento, una Contraloría General de República y un Poder Judicial, que hacían labor de zapa contra las iniciativas y ejercicio de la acción gubernamental y operaban abiertamente a favor del Golpe. Incluso, la “jugada maestra” de Allende al incorporar a los militares al Gobierno luego del paro de octubre (el “gabinete UP-Generales”), daba paso con la aprobación de la Ley de Control de Armas, la declaración de estado de sitio y la renuncia del general Prat, al aislamiento del propio presidente y su gabinete. Los sabotajes continuos a la infraestructura pública realizados por paramilitares de Patria y Libertad y del Comando Rolando Matus; el asesinato del Edecán Naval del presidente; los allanamientos en San Antonio -dirigidos por Manuel Contreras, el futuro jefe de la DINA-, en Santiago a Indugas y Cobre Cerrillos, en Punta Arenas a Lanera Austral; y la renuncia de los ministros militares más leales a Allende, anunciaban la capitulación de facto del Gobierno. En efecto, hacia fines de julio e inicios de agosto, el control de vastas zonas del país, el poder territorialmente situado, estaba ya en manos de la burguesía criolla y el imperialismo… aunque no todos se sacarán aún sus máscaras de “constitucionalistas” o “demócratas”.

A esa altura, la patronal –pero no los revolucionarios, como señala Guillermo- ya disponía de un libreto preciso y estaba presta a intervenir de forma definitiva en la escena de la política.  La trama estaba a horas de dilucidarse, y la falta de claridad al interior del MIR era ostensible: el mismo GPM4, el grupo de militantes conducido por Martín Elgueta, Renato, ese colectivo militante que había desarrollado todo el trabajo en Cerrillos, Maipú y Caro Ochagavía, estaba intervenido por el Secretariado Regional Santiago, y como probarán los hechos posteriores, estratégicamente debilitado para hacer frente al asalto final que desataría la patronal.

Llegados a este punto, es imposible no mirar el texto en su conjunto e ir más allá de la biografía y del análisis político del período y sus coyunturas. Los Capítulos 14 y 15, se nos aparecen ahora como piezas personales de un drama colectivo, y a la vez, como un acontecimiento histórico, y escribo acontecimiento en cursivas, para relevar aquel hecho que hace de parteaguas de la vida y de la historia. Es aquí cuando frases dispersas en estos capítulos y en los anteriores, parecen condensarse y parir lo que me parece – tal vez equivocadamente y a contrapelo del propio autor- una interpretación de mayor alcance, una insinuación ensayística sobre el carácter histórico de esas horas críticas. Y aunque resulte irónico, será el coronel Parodi, al momento de interrogar a Guillermo en el Estadio Nacional y que ya sabía de Bertín, del Guajiro, de Santos Romeo, del Malo, de Chango, de Winka, quién desate ese flash que hace pasar por los ojos la instantánea de todo un trayecto vital: “Mientras iba camino a la celda de incomunicación, por orden del coronel, me prometí que ese todo, desde la brigada secundaria al cordón cerrillos, algún día lo relataría”, es exactamente el último párrafo del libro. Y este párrafo, que puesto al final del libro no es sino el comienzo del mismo, no es un sólo un recurso literario que revela la calidad de la pluma del autor. Es también -y es lo que quisiera resaltar- la manifestación implícita de una necesidad, de esa necesidad de balance que persigue a todo militante, hombre y mujer, sobreviviente de esa Batalla de Chile. Un balance personal, un balance político y un balance histórico; todo mezclado porque así es la vida. Cuando leí la primera edición de este texto a fines de 2007, experimenté la misma sensación; y la lectura de obras posteriores de Guillermo la han reforzado. Por ello, me permito retomar aquí una pregunta que formulé hace una década con ocasión del lanzamiento de la primera edición: ¿Y dónde estábamos cuando llegó la “hora de Miguel”?

Recurro a las figuras de Allende y Miguel no porque crea que las voluntades individuales determinen el curso de la historia, sino porque son las dos caras de una misma trama y de la historia que precipita ese fatídico martes 11.

Septiembre de 1973 fue el momento de la política por antonomasia, la política en toda su extensión y complejidad; ese momento dónde quedan fundidas todas las circunstancias y sus actores colectivos, y entre ellos, el individuo con su biografía pegada a las biografías de otros, y así, a toda la historia posible. La política, es la calibración inteligente de las posibilidades de la voluntad y de las perspectivas futuras de la acción. Quienes tienen sentido de la historia, discurra ésta o no por los derroteros esperados, son aquellos que pueden actuar y actúan, que pueden optar y optan; los que no vacilan ante la incertidumbre porque la conjuran con la razón política que se esfuerza por hacer verosímil la posibilidad que anida en la voluntad colectiva de un pueblo. La política, como la guerra, es más que una técnica, es un momento de creación de posibilidades.

Allende en su soledad – y así se trasluce en sus palabras referidas a Miguel- asumía la derrota final de su ensayo institucional, pero, me arriesgo a afirmar, mantuvo la esperanza en las posibilidades del proceso en curso; por ello, en esas horas definitivas apeló a Miguel, buscando una suerte de posta política que relanzara las fuerzas gigantescas de los trabajadores y el movimiento popular por los carriles de la resistencia. Y en esas horas cruciales, cuando el reformismo obrero fracasaba y las tesis de la izquierda revolucionaria se realizaban como tragedia, cuando llegaba el día para el que siempre nos habíamos preparado, cuando el propio presidente – ese que recibió y protegió a los combatientes de Guevara, que amnistió a los presos políticos del gobierno de Frei, que recibió y protegió a los combatientes de Trelew, que ofreció al MIR conformar su guardia personal, ese que en ese instante combatía en la Moneda- enviaba su mensaje ¿dónde estábamos?

Miguel y la mayoría de la CP, días antes, enterados del llamado a Plebiscito que haría Allende, pensaron en la capitulación del Gobierno y la clausura del ensayo institucional de la UP, pero nunca en la derrota del proceso; a fin de cuentas, eso era lo que todos esperábamos como resultado inevitable de la política reformista. El putsch se hacía innecesario o bien tomaría la forma de un “golpe blanco”. Sin embargo éste siguió adelante. Otros sectores del MIR, ya desde la conformación del “gabinete UP-generales” en noviembre de 1972, y sobre todo luego del tancazo de junio de 1973, denunciaban el cambio de carácter del Gobierno –ya ni siquiera un gobierno reformista obrero, sino objetivamente burgués- y reclamaban preparar la insurrección; varios GPM, comités regionales y locales fueron intervenidos por la dirección. Al interior del propio Partido se vivía un agudo debate que no tomó la forma orgánica requerida – un Congreso- que pusiera en juego las diferentes perspectivas y tácticas para el periodo. Así, atravesados por una pugna interna latente y en muchos casos afectos a la censura, cuando debimos estar si estuvimos… pero como fragmentos, y por supuesto como militantes individuales. Pero no como se requería: como voluntad colectiva, entera, armada, asumiendo la dirección y dispuesta a sobrepasar al reformismo y al propio Allende. No fue así cuando la marinería denunciaba la conspiración del almirantazgo, no fue así el 29 de junio ni tampoco en la madrugada o en la mañana del mismo 11, en que un llamado a la resistencia generalizada y de todo el pueblo, aun cuando las FF.AA. no se quebrarán y el golpismo triunfara, sin duda hubiese teñido la historia de otros colores. Incluso – y perdonen la crudeza de la afirmación- me atrevo a sugerir que la propia derrota se viviría – tanto ayer y hoy- como el desenlace de un combate abierto, como epopeya de un pueblo en lucha y no como resultado del embate sobre un pueblo perplejo, disperso, desorientado, desmoralizado y victimizado.

Días después, en medio los escombros de un país destrozado, finalmente la fuerza de la política se impondría y cuajaría en la consigna “el MIR no se asila”, a juicio de muchos, un acierto ético pero un error político. Pero fuere como fuere, lo cierto es que en esas palabras se coagularon la impotencia del ayer reciente con el imperativo del presente: la voluntad militante de no abandonar al movimiento obrero y popular y resistir con él. Intentar detener la dispersión; evitar que la fuerza popular se disipara en medio de la desmoralización y el desbande; luchar por mantener una franja activa que permitiera si no una contraofensiva al menos una defensiva ordenada. Eran la razón y la voluntad ética, entremezcladas en la política, las que estuvieron presentes en esos meses finales de 1973. Y de nuevo con crudeza, me permito afirmar, nada seríamos -nosotros como militantes y como sujeto político colectivo, como Partido- sin esa consigna y la decisión de iniciar sobre la marcha la resistencia. La estatura histórica del MIR, de sus mujeres y sus hombres, con mucho se jugó ahí.

Lo sé; mis afirmaciones son atrevidas. Pero escribo ahora, cuando la contra revolución neoliberal desplegó todo su potencial y sabemos que el Golpe no fue sólo contra Allende ni con el propósito de restaurar el orden constitucional. No. El Golpe fue el inicio de una contrarrevolución que se propuso derrotar estratégicamente a las fuerzas obreras y populares que, en el trascurso de medio siglo, precipitaron en el triunfo de 1970 y en el más potente ensayo de construcción de poder popular conocido hasta ahora en Chile. No fue restaurador fue refundacional.

La lectura que he hecho del texto buscó desentrañar del relato biográfico inmediato, que por cierto tiene un interés en sí mismo, el análisis político que aflora por todos lados pues quien lo escribió fue y es un militante activo. Y también lo que está explícita o implícitamente presente en los entresijos de éste: la interpretación larga de esos momentos cruciales. Hay anuncios de una mirada histórica, una insinuación de una interpretación de esos pocos años que marcaron el último tercio del siglo XX y que continúan indelebles en la memoria individual y colectiva, como un eterno presente.

Rafael Agacino.

Santiago, junio 10 de 2017.

 

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

En agosto de 2015 se realizó en nuestra Facultad el coloquio “A 40 años de la Operación Colombo: el rol de discurso de la prensa en los dispositivos de control social, ayer y hoy”, ocasión en la que la Prof. Constanza Martínez, académica del Departamento de Filosofía, expuso sobre el rol de medios como El Mercurio y La Segunda en la represión de la dictadura militar chilena.

Quiero aclarar que no me referiré aquí en detalle a la Operación Colombo en sí, porque es una operación de una gran complejidad, donde los montajes en el nivel del discurso se ensamblan con montajes en otros niveles que requerirían mucho más tiempo del que tenemos. Existen muy buenos estudios que abordan en detalle cómo funcionó el aparato represivo chileno, junto al argentino y el brasilero, en esa confabulación que inició en los hechos la Operación Cóndor.

Lo que sí quiero compartir con ustedes son algunos de las preguntas y conclusiones de la investigación que realicé hace unos años, buscando conocer cómo se construyó en el discurso la representación social de los sujetos de la nueva izquierda revolucionaria, entre los meses de abril y julio de 1975, a través del estudio y análisis de los textos de las noticias publicadas por El Mercurio, La Segunda y La Tercera.

Estas formas de representar deben ser leídas como estrategias elegidas entre otras posibles en un contexto histórico determinado, con el fin de alcanzar un objetivo, que se vuelve más claro en la medida en que esas representaciones aparecen de manera sistemática, de modo que ofrecen una intención clara como actos de habla que sirven para “hacer determinadas cosas con las palabras”.

Para conocer entonces esas representaciones, revisé las ediciones de esos tres diarios durante esos cuatro meses, y seleccioné los textos de noticias en las que hubiera representaciones específicas del MIR y de los demás integrantes de la Junta de Coordinación Revolucionaria. La muestra total recogida fue de 556 noticias, divididas en 429 noticias de agencias internacionales y 127 crónicas nacionales. Y ¿por qué abordar un grupo tan grande de noticias?, se preguntarán. Porque, durante el proceso de observación inicial de los textos, se me hizo cada vez más evidente que los editores y propietarios de medios, que habían declarado por su responsabilidad en la Operación Colombo ante el Tribunal de Ética y Disciplina del Colegio de Periodistas, mentían al decir que su participación en ella había sido completamente obligada por la DINA. No porque algunos de los textos del caso no hubieran sido efectivamente redactados por el aparato represivo, sino porque existe otra serie de textos publicados en sus medios que aparecen en perfecta coherencia con las representaciones provenientes de la DINA y responden a los mismos fines. Creo que, de hecho, estos medios de prensa cumplieron –y por qué no decirlo, cumplen- un rol muy relevante en el dispositivo represivo estatal y, para el período estudiado, en el sistema del terror, por lo que podríamos hablar de terrorismo de prensa.

Para ahondar en ese punto vamos a necesitar revisar qué es un sistema del terror.

Según Víctor Walter, un sistema del terror es una esfera de relaciones controlada por los procesos del terror, en que todos juegan algún rol. Este proceso implica tres componentes: un acto o amenaza de violencia, una reacción emocional ante ese acto o amenaza y los efectos sociales que se derivan de los dos anteriores. Implica a tres actores o grupos de actores: “una fuente y una víctima de la violencia, y un objetivo del acto de terror. La víctima perece, pero el objetivo reacciona al espectáculo o a la noticia de esa destrucción mediante alguna forma de sumisión o acomodo, es decir, al retirar su resistencia o al inhibir su resistencia potencial.” (1969:9)

Por eso es importante distinguir entre el acto de destrucción en sí y el acto de terror.

El primero se completa en sí mismo a través de la aniquilación de la víctima. El segundo, en cambio, tiene por fin último el control sobre un sector amplio de la población más allá de la víctima.

Ante el acto de violencia, dependiendo del proceso de identificación del espectador, este generará una reacción, o bien de terror hacia la fuente de la violencia, o bien de cohesión con ella. Si a ello se suma una campaña de refuerzo de la imagen positiva de la fuente de violencia -lo que se conoce como ‘propaganda blanca’-, acompañada del refuerzo de una imagen negativa y amenazadora de la víctima, el resultado tiende a ser que el espectador se sienta protegido por la fuente de la violencia, proyectando en ella una figura paterna o salvadora y generando sentimientos de adhesión hacia la fuente: el acto de violencia se banaliza entonces como un espectáculo de compensación necesaria para el restablecimiento del orden y se transforma en una estrategia de propaganda de integración para la fuente de violencia. Por el contrario, si, pese a la campaña de imagen, un espectador resistente se identifica con la víctima, el sistema de terror es igualmente útil al poder para ejercer control sobre él, porque el horror del castigo sobre sus pares tenderá a paralizarlo, disminuyendo su resistencia y habilidad de lucha, lo que facilitará su aniquilación.

Entonces el mismo acto de violencia puede ser útil a los objetivos de generar adhesión u horror, según la ubicación del espectador en relación a la víctima de la violencia. En cualquiera de los casos, el proceso de violencia está al servicio del terror y el proceso del terror está al servicio del poder.

Como un régimen despótico terrorista requiere de un gran volumen de víctimas, para asegurar el control social durante casi una década, el régimen de terror de la dictadura cívico militar chilena necesitó dar una clara señal inicial en el primer período represivo, cuya dimensión dificultara estadísticamente que algún miembro de la sociedad no fuera víctima, o amigo, vecino, familiar de alguna víctima. En adelante, tras el período de estabilización del poder político, bastaría con activar mecanismos de memoria para renovar los efectos sociales de inhibición de la resistencia.

Para lograr que el terror sea procesado de modo que, además de inhibir la posible resistencia, aparezca un sentimiento de cohesión hacia la fuente de violencia, se refuerza la idea de que la violencia no es intrínseca a la fuente, sino que es una respuesta necesaria ante la amenaza de la verdadera violencia que proviene de un sector específico de la sociedad al que es necesario aislar y aniquilar: en nuestro caso, el ‘enemigo interno cooptado por el marxismo internacional’. Se crean entonces “zonas de terror” donde las víctimas para la violencia son escogidas “por su pertenencia a grupos de conductas específicas o a clases especiales de individuos”, de modo tal que si no se cumplen las condiciones de pertenencia a dicho grupo, aparentemente no es posible ser confundido con una víctima potencial.

A esta descripción corresponde, me parece, el segundo momento represivo, entre el 74 y el 77, cuando se escogen grupos específicos como objetivos de represión. Aquí la violencia corresponde a un doble objetivo. Se trata, por una parte, de ubicar, detener y aniquilar a aquellos sectores sociales que persisten en la resistencia frente a los mecanismos de control del gobierno. Dentro de la zona de terror, entonces, el objetivo es la aniquilación. Pero en segundo lugar, se cumple un objetivo de cohesión hacia afuera de la zona de terror, para el que es necesario conseguir que los grupos dentro de la zona sean percibidos como una amenaza real para la seguridad del resto de la población.

En este objetivo se funda la necesidad de sobredimensionar en el discurso oficial la capacidad y número de los actores resistentes, estableciendo la necesidad de un estado de guerra permanente que justifica la mantención literal y figurativa de un estado de excepción permanente, un estado de emergencia interior y exterior que conmina a adherir al gobierno comprometiéndose con la unidad nacional en torno al objetivo prioritario de la supervivencia material y simbólica de la nación, objetivo que está en la base de la Doctrina de Seguridad Nacional.

Ahora bien, nos interesa focalizar el rol que cumplen los medios de comunicación al interior de este sistema de terror. De qué modo, en este sentido, los medios se hacen partícipes del proceso del terror. Un modelo de sistema político del terror, debe tener una división y especialización en el campo de la violencia, un personal del terror que se divida a grandes rasgos en un directorio y unos agentes reales de la violencia. Ya volveremos sobre este punto.

En las noticias, las marcas de ideología están más ocultas que en otros géneros discursivos, pues su objetivo es ser comprendidas como ‘reflejo de la realidad’, por lo que utilizan un lenguaje mayoritariamente descriptivo, que tienda a la ilusión de objetividad, así como estrategias que apuntan a la veridicción, es decir, a naturalizar como verdades universales las interpretaciones particulares de las elites simbólicas que son las que tienen acceso a esta forma de discurso público. Por eso, para rastrear en ellas la ideología y entender de qué modos estos discursos hacen ‘algo más que informar’, es necesario revisar criterios como la selección que se hace de la información: qué se elige mostrar y qué ocultar, qué actores se invisivilizan, cuáles se muestran y en relación a qué tipo de acciones, si son representados como pasivos o activos, etc. También es necesario mirar cómo se jerarquiza determinada noticia, si recibe la primera plana, o la del medio, si se desarrolla en 10 o en 50 líneas. Por último, la forma en que se representa la noticia, con los actores sociales implicados y relacionados con determinadas acciones, presentan siempre un guión de interpretación de los hechos que es fundamental para entender el rol que este tipo de discurso público tiene en los modelos mentales que todos nosotros desarrollamos para nuestra interpretación del mundo.

En los textos que estudiamos se hacen evidentes a lo menos dos objetivos retóricos que se entrelazan a través de las representaciones de actores de la nueva izquierda revolucionaria: representar al marxismo como una amenaza y representar a la dictadura como factor protector contra la amenaza. La estrategia se desglosa así: por una parte, las representaciones que aparecen en las noticias del exterior, responden a la idea del marxismo como una amenaza seria y vigente, que genera horror por su crueldad, que gana fuerza y se coordina para generar caos, en un mundo convulsionado que destaca por sus imágenes de angustia e inseguridad. Esta estrategia aparece en directa relación con la naturalización de la interpretación de la Bipolaridad que propugna la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, dentro de la que se inscriben las dictaduras latinoamericanas de los 70.

Esa representación angustiosa del mundo, como la llama el profesor Claudio Durán, funciona argumentativamente como contraste con las noticias del interior, donde se representa a los actores de la nueva izquierda revolucionaria como una amenaza latente pero controlada, vinculándolos la gran mayoría de las veces con acciones del aparato represivo sobre ellos, apareciendo pasivos, recluidos ya a la zona de terror o prontos a serlo, a punto de ser vencidos, restringida su posibilidad de acción ya no por lo que hagan, sino por su identidad ideológica que se ha vuelto biológica. De estas representaciones en el exterior y en el interior, leídas desde un público no resistente o ideológicamente afín a la dictadura, se desprende la estrategia de la representación positiva del gobierno y su acción represiva como elemento trascendente dentro de su propaganda de integración. Para un público resistente, en cambio, estas mismas estrategias responden a actos de amenaza sobre sus vidas y las vidas de sus seres queridos.

Sin embargo, si bien la selección de noticias del exterior es bastante concordante en los tres medios en lo que respecta a la interpretación de la bipolaridad, esta selección presenta diferencias importantes entre un medio y otro, las que parecen responder a los distintos grupos sociales a los que los medios están dirigidos. Estas diferencias son particularmente obvias en el caso del contraste entre El Mercurio y La Segunda, puesto que no solo son parte del mismo grupo empresarial, sino que compartían el edificio y la máquina de teletipos en que se recibían los cables de agencias internacionales, por lo que su selección distinta responde a sus distintas estrategias.

Así, llama la atención por ejemplo, que El Mercurio, de conocidas vinculaciones con la CIA y destinado a un público internacional y oligárquico, sea el único que publica los cables referidos a la Junta de Coordinación Revolucionaria, cuya existencia está en la base de la justificación que los aparatos represivos latinoamericanos y la CIA esgrimieron para la formación de la Operación Cóndor. En este caso, El Mercurio también incluye, como suele, un editorial que señala explícitamente que si los grupos subversivos se coordinan en el Cono sur, también deberían hacerlo sus persecutores. En lo que respecta a la situación de Argentina, que está viviendo los últimos meses del gobierno de Isabelita Perón, y donde los militares de la Doctrina de Seguridad Nacional van ganando terreno y avanzando hacia el golpe de marzo del 76, El Mercurio concentra su atención en justificar y naturalizar el golpe inminente como algo inevitable, destacando la imagen de ingobernabilidad y el clima de violencia extrema, en que, a través de una estrategia de agregación, reduce a números a las víctimas fatales del aparato represivo estatal y paraestatal, así como a las víctimas de la acción de grupos revolucionarios, además de empaquetar y mezclar todos estas acciones bajo el rótulo de ‘violencia política’, poniendo en segundo plano, las diferencias de móviles y modos de operar de cada grupo.

En cambio, La Segunda, medio destinado a las clases que pueden ser entendidas como la base electoral de Allende, privilegia la publicación de noticias en que los sujetos de la nueva izquierda revolucionaria son víctimas de tortura y asesinato por parte de la triple A y la CNU, organismos del aparato represivo paraestatal argentino, buscando enfatizar la crueldad del castigo sobre sus cuerpos, y a la vez desenfatizar a los agentes de estos crímenes, de modo de poder utilizarlos como ‘propaganda negra’, es decir, culpabilizando a los mismos actores revolucionarios de haberlos cometido, bajo la misma lógica en que se escribieron los textos de la DINA para la Operación Colombo.

El 14 de abril, este medio se permite incluso publicar un cable de Brasil, que contiene la carta de un ex-prisionero político a su familia, donde se detallan las torturas a las que fue sometido. Evidentemente aquí no estamos hablando solo de una estrategia de propaganda de integración. La selección de estos textos y su tratamiento funcionan como actos de amenaza para los sujetos resistentes al régimen.

El rol de La Segunda en el sistema de terror puede ejemplificarse de modo escalofriante en el momento de la publicación de las listas de los 119 en Chile, cuando algunos de los familiares de los detenidos desaparecidos se encontraban reunidos en la sede del Comité Pro paz y uno de ellos llegó con la infame publicación y comenzó la lectura de los nombres en voz alta. Para ese grupo específico que se ubicaba en el entorno de lo que hemos llamado la zona del terror, la publicación de las listas de los 119 habrá tenido la connotación de convertirlos en testigos directos del asesinato de sus seres amados. Para quienes se encontraban situados un poco más lejos, las listas, con su estructura perfecta y ordenada, habrán sido como escuchar amplificado un grito desde el interior de los altos muros de la zona de terror.

Citando a Walter, “Aunque los campos de concentración Nazi eran unidades cerradas, físicamente clausuradas, el terror en ellos, como sus diseñadores sabían, penetró lejos más allá de sus muros” (Walter 1969:11). No desconocemos con ello que el régimen de terror haya tenido la necesidad de dar una respuesta sobre el paradero de los desaparecidos ante la opinión internacional. Es muy posible que la planificación inicial de la Operación Colombo hubiera considerado la visita de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas que estaba programada para el 12 de julio y que terminó siendo suspendida por Pinochet los primeros días de ese mes. Sin embargo, la forma final del montaje, las listas, el número de victimados señalando, tal vez, la fecha 11 de septiembre,(11 9 ) rompen el esquema del tipo de propaganda de integración que desbordaba cotidianamente los medios de prensa chilenos para transformarlos, abiertamente, en medios del sistema de terror, amplificadores de la onda del grito estremecedor, hasta ahora acallado, desde el interior de los muros.

Pero para llegar en un momento a publicar una metáfora de la brutalidad de “Exterminados como ratones” antes se debe haber hecho un trabajo largo de construcción de la identidad social negativa del sujeto así atacado. Sabemos hoy que ese trabajo comenzó mucho antes, tal vez antes incluso que las campañas financiadas por la CIA durante los sesenta y setenta. En nuestro corpus de noticias existe una importante cantidad de recursos evaluativos de juicio en las crónicas nacionales, los que van dibujando un sujeto de marcado signo negativo: peligroso, asesino, siniestro, cobarde, traidor. Por añadidura, este sujeto aparece representado como el padre abandonador, traidor y maltratador de la mujer, que es también una representación simbólica de la patria en el discurso de Pinochet. Así, para nuestro corpus, mientras la realidad de los centros de detención y tortura se oculta, sí se hace pública la detención y muerte de Isidro Arias Matamala, músico de la filarmónica y militante del MIR, asesinado en tortura en Villa Grimaldi, y la detención de Víctor Gilberto Muñoz Urrutia, militante del PS y del Ejército de Liberación Nacional sección chilena, sobreviviente de Villa Grimaldi. A estas dos personas se les imputan hechos que rompen la situación de control durante el período estudiado, por ello son representados como la amenaza latente sobre la que se vuelca el esfuerzo estatal de control. En el relato oficial que los medios reproducen con citación directa o confundiendo sus voces y sus puntos de vista con los de las fuentes policiales, la muerte de Arias y la detención de Muñoz son representadas como enfrentamientos con la policía, ocurriendo el primero, “en la casa de su amante donde había encontrado refugio”, y el segundo, en una boite, donde él mismo atrajo la atención de sus aprehensores disparando a quemarropa sobre su conviviente. Las esposas e hijos abandonados son también representados para la identificación del espectador o más bien, de la espectadora, porque esta estrategia representacional está dirigida específicamente a la mujer, a quien Pinochet representa en su discurso como “una esencia permanente e inalterable” cuya tarea fundamental es educar al futuro de Chile.

Otra estrategia que apunta a evitar la empatía con la víctima del terror y generar la sumisión del espectador a la fuente de violencia tiene que ver con desdibujar el rasgo [+ humano], animalizando o cosificando a los actores de la nueva izquierda revolucionaria. Por una parte, de manera sistemática en nuestro corpus se revisa en cada noticia de su detención la descripción detallada del supuesto armamento con que fueron detenidos, como las tres ametralladoras AKA de Arias, que se cortó la yugular ante la detención inminente para luego morir al enfrentar a sus aprehensores con una Colt (sic), o bien las 71 molotovs que esta Facultad tiene frescas en su memoria. De este modo se sobredimensiona su poder de acción y su peligrosidad, justificando la represión extrema sobre el conjunto de la población. En nuestro corpus, al menos, nunca se representa el armamento de las fuerzas de seguridad.

En este mismo sentido la metáfora ‘elementos’, típica del discurso de la Doctrina de Seguridad Nacional, aparece también de manera sistemática en el discurso de las fuentes de gobierno y de los medios en sus crónicas nacionales, mientras que en los cables internacionales solo aparece cuando hay citación directa de los militares de la Doctrina de Seguridad Nacional. Creemos que la representación ‘elemento’, como en elemento marxista, elemento extremista, elemento subversivo, es parte de una metáfora conceptual mayor, que responde a la interpretación de que El MARXISMO INTERNACIONAL ES UNA MÁQUINA, simplificación de la DSN que también busca el objetivo de deshumanizar.

Así mismo, de la metáfora central a esta doctrina, según la cual LA NACIÓN ES UN ORGANISMO VIVO cuya posibilidad de supervivencia se ve amenazada por el marxista, se desprende la metáfora de que EL MARXISMO ES UNA ENFERMEDAD, que ataca este cuerpo desde dentro -el enemigo interno- justificando el viraje de las fuerzas armadas desde el exterior hacia el interior. Metáforas como ‘el cáncer marxista’ se desprenden de este cruce, así como la de ‘rebrote marxista’ y la justificación de las dictaduras como ‘remedios necesarios’. La potencia de las metáforas en el discurso político y de los medios es que se naturalizan con mayor facilidad que el discurso referencial y que, en la medida en que nos hacen ‘sentir cosas’, permiten una retención mucho mayor en la memoria episódica, de modo que se vuelven “inolvidables” y son mucho más determinantes de nuestras creencias que otro tipo de lenguaje. Así, la metáfora que mayor huella dejó en la memoria colectiva durante la operación Colombo proviene de la metáfora conceptual EL MARXISTA ES UN ANIMAL PELIGROSO. En nuestro corpus esta se actualiza de manera sistemática a través de la representación del proceso de detención de estas personas como ‘cacería’, metáfora que sigue presente hasta hoy en el grupo especial de carabineros especialistas en detención de encapuchados que se autodenomina “cazadores”. Pero sin lugar a dudas, la más emblemática para la Operación Colombo y para esta investigación es la representada en el titular principal de La Segunda “Exterminados como ratones”, que presenta en las páginas interiores la versión “Exterminan como ratas a miristas”. Esta actualización de la metáfora no solo justifica la labor de exterminio a la que se abocan las Fuerzas Armadas bajo la DSN, sino que remite también a la propaganda nazi, en cuyo cine podemos encontrar un esquema de ensamblaje entre textos e imágenes que representa al judío como la rata que lleva consigo la peste, motivo por el que no solo es aceptable aniquilarlas, sino necesario para nuestra supervivencia.

En conclusión, aunque no podamos revisar aquí en detalle las formas en que el discurso de los medios estudiados fue concordante con el discurso de las Fuerzas Armadas en sus elecciones léxicas, sintácticas y retóricas de representar a los sujetos de la Nueva Izquierda Revolucionaria, creemos que los pocos ejemplos que hemos mostrado nos permiten aseverar que estos medios participaron activamente en la justificación de su aniquilamiento y en la propaganda de integración del régimen de facto. Pero lo que nos permite con toda seguridad hablar de una dictadura cívico militar, donde estos medios cumplieron un rol central a través del terrorismo de prensa, tiene relación con aquellas estrategias en que, como en una vitrina del horror, estos medios, en particular La Tercera y La Segunda, del grupo mercurial, funcionan como la plaza pública, vale decir, como la condición de posibilidad de que el acto de terror alcanzara a su objetivo, el espectador.

Así, siguiendo la línea del esquema del sistema de terror de Walter, tendríamos que decir entonces, que, en ausencia de la plaza pública que permita el encuentro directo entre el acto de violencia y su objetivo de control, los medios de comunicación cumplen voluntariamente ese rol, lo que los convierte en parte del personal del terror. Para el caso que nos ocupa, creemos que la división del trabajo de la fuente del terror puede ser entendida distinguiendo: primero, un grupo interno dentro del directorio que corresponde al departamento de Operaciones Psicológicas de la DINA -dividido a su vez en las unidades de Propaganda y Guerra Psicológica, y Prensa y Relaciones Públicas- que mantenía relaciones directas con la Dirección Nacional de Comunicación Social (DINACOS) dependiente de la Secretaría General de Gobierno; y segundo, de un grupo paralelo al de los agentes de violencia, que correspondería a los dueños y editores de los medios, quienes ejecutan la planificación de los anteriores, haciendo llegar hasta el objetivo los estímulos necesarios para generar en él la reacción deseada de control social.

Mientras más se observa el discurso de los medios estudiados, más difícil se hace deslindarlo del discurso del gobierno de facto y de su aparato represivo. De ahí que cobre especial sentido que Pinochet utilizara para describir a El Mercurio una metáfora militar, llamándolo “trinchera contra el totalitarismo”, o que “Alexis”, el alias con que escribía sus columnas Álvaro Puga, muy posiblemente el autor intelectual de la Operación Colombo, refiriera con orgullo como Mario Carneyro, director de La Segunda, cumplió un rol clave en el derrocamiento del gobierno democrático de Salvador Allende.

Referencias
DURÁN, C. 1995. El Mercurio: ideología y propaganda. 1954-1994. Ensayos de interpretación biológica y psicohistórica. Santiago de Chile: Ediciones Chileamérica-Cesoc.
WALTER, E.V. 1969. Terror and Resistance. A study of political violence. New York: Oxford University Press. Descargar

Lunes 24 de abril de 2017

Tesis Constanza Martínez descargar aquí

Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile

Intervenciones de Mario Garcés y Pedro Naranjo en la presentación de este libro

Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile

Rebelión

Intervención de Mario Garcés Durán, Doctor en Historia, en la actividad de homenaje y de lanzamiento del libro “Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile.” Realizado el 5 de octubre del 2004 en el Campus Libertad de la Universidad ARCIS en Santiago.

Este libro que hoy presentamos se inscribe en medio de un conjunto de actos, homenajes, paneles y foros que nos traen a la memoria a Miguel Enríquez; su vida, sus luchas, sus contribuciones al proyecto revolucionario chileno y también su trágico final, su muerte en combate el 5 de octubre de 1974. Pero así como la figura de Miguel anima y estimula la memoria, al mismo tiempo su memoria nos obliga a interrogar a la historia, la historia de Miguel, la historia del MIR, la historia del movimiento popular y la historia del Chile reciente.

He querido comenzar mi presentación de este libro marcando estos dos conceptos, estas dos dimensiones: la historia y la memoria. Lo hago así porque creo que ambas dimensiones nos enfrentan a problemas cercanos, pero diferentes. Y lo hago en esta Universidad, que es donde me empeño en contribuir a la formación de los estudiantes de historia, volviendo una y otra vez sobre las relaciones entre la historia y la memoria.

No puedo extenderme sobre las diferencias entre uno y otro concepto. Sólo diré que mientras la memoria se fusiona con el hecho recordado: así fue, así me lo contaron; la historia busca tomar distancia con el pasado para poner orden; mientras la memoria, como indica Paul Ricoeur goza de esa pequeña felicidad del reconocimiento propio del testigo que puede afirmar, es él, es ella; la historia enfrenta el problema de la representación del pasado que sólo se consigue luego de largas complejas indagaciones sobre el pasado. Construcciones y representaciones que tiene el afán de cumplir un pacto de verdad con el lector. En realidad, tanto la historia como la memoria, el historiador y el testigo buscan ser creídos, buscan de alguna manera hablar con la verdad.

He querido establecer algunas mínimas distinciones porque creo que es fácil engañarnos o conformarnos con verdades a medias respecto del conocimiento del pasado. Necesitamos de la historia y de la memoria, del testimonio oral y del documento escrito, de la experiencia del testigo que nos confía su testimonio y de la paciente tarea de los archivos y del debate académico que enriquece nuestros enfoques y puntos de vista.

Cuando el CEME a través de Pedro Naranjo nos propuso editar este libro al Comité Editorial de LOM, como miembro de este Comité indiqué, que valorando la iniciativa como una contribución a la memoria histórica de los chilenos, con el MIR enfrentaríamos un déficit de investigación histórica.

De MIR circulan múltiples memorias y variadas estigmatizaciones en la sociedad chilena, pero pocas obras históricas. Conocemos el trabajo del profesor Carlos Sandoval de esta Universidad, algunos artículos de Luis Vitale, de Igor Goicovic, y nos tocó además dirigir la tesis de grado de Sebastián Leiva y Fahra Negme. Todos estos trabajos, parciales aún, nos van dando luces sobre diversos aspectos o momentos de la historia del MIR, pero no contamos todavía con una obra sistemática que nos narre la historia del MIR.

En el prólogo de este libro he sugerido como historiador un conjunto de preguntas y problemas que habría que tener en cuenta al trabajar la historia del MIR y de Miguel Enríquez, ya que como sostiene Pedro Naranjo en la excelente biografía política de Miguel que nos presenta en este libro, es muy difícil separar la historia del líder, del dirigente de la historia de la organización.

Sugiero reconocer al menos tres etapas en la historia del MIR que a Miguel Enríquez le tocó vivir: la etapa fundacional (1965-1970), la etapa de la Unidad Popular (1970-1973) y la breve etapa de la dictadura (1973-1974).

Sugiero también que la historia del MIR es del todo emblemática, en el sentido, que se trata de un grupo que en muy corto plazo alcanzó gran impacto en la política chilena, y que al mismo tiempo vivió la acción devastadora del terrorismo de Estado, que en pocos años le costó la vida a unos seiscientos militantes, la mayor parte de ellos, menores de 30 años. Pocas veces se han dado en la historia de Chile experiencias como ésta, y al mismo tiempo, es del todo evidente que la historia del MIR es parte sustantiva de la historia de Chile.

Señalo algunas de las preguntas y problemas que, a mi juicio, debe encarar una historia del MIR:

  • En la etapa fundacional, al menos dos cuestiones son fundamentales, por una parte, el impacto de la revolución cubana que remeció a América Latina y Chile, y, por otra parte, la crítica visión que desarrolló el MIR de la izquierda chilena existente hasta ese tiempo. Me parece que el problema histórico puede plantearse del siguiente modo: La revolución cubana, al igual que la revolución bolchevique de 1917, demostró que la revolución podía triunfar y los miristas criticaron a la izquierda chilena por sus dificultades para hacer triunfar la revolución. La izquierda histórica parecía demasiado integrada al sistema político chileno. Miguel Enríquez y otros dirigentes se plantearon entonces la necesidad de elaborar una estrategia y una táctica así como la formación de un partido que, de una vez por todas, hiciera la revolución en Chile.

Me parece que hay que estudiar los efectos de esta afirmación, en el sentido que para muchos jóvenes de los años sesenta el MIR tuvo la enorme atracción de constituirse en una organización que prometía e invitaba a “hacer la revolución”. Alguien dirá que cada tanto, surge algún grupo que proclama la necesidad de la revolución, pero la diferencia es que la invitación del MIR no cayó en el vacío, ya que miles de jóvenes estudiantes, pobladores, mapuches, campesinos, obreros, intelectuales se sumaron a sus filas, convencidos de que ahora sí tomaban el rumbo de la revolución en Chile. La pregunta que la historia debe responder, admitiendo estos hechos, es que hacía que esa generación sesentista creyera y estuviera dispuesta a dar la vida por la revolución. O de otro modo, ¿cómo se constituyó esa subjetividad dominante en amplios sectores de la población, de que la revolución era posible, que para hacerla, sólo había que proponérselo? ¿Qué explica ese sentido de “historicidad” tan radical y tan distante de nuestros días en que el orden se nos presenta como naturalizado y en consecuencia, la sociedad como imposible de ser transformada?

  • Sostengo como hipótesis para el período de la Unidad Popular, en contra de lo que muchos creen, que el triunfo electoral de la UP no fue un obstáculo para el crecimiento del MIR, sino por el contrario, lo favoreció. Curiosa paradoja: Triunfa una coalición de partidos que proclama la posibilidad de una vía chilena y pacífica al socialismo y crece una organización revolucionaria, relativamente pequeña, que se declaraba partidaria de la vía armada. (Curiosa es nuestra historia en América Latina, como indicó alguna vez García Márquez, estamos más cerca de Kafka que de Descartes, más cerca del realismo mágico que del racionalismo ilustrado).

Descifrar este enigma implica necesariamente hacer la historia de la Unidad Popular, ya que fue en ese contexto que se produjo un explosivo crecimiento del MIR, tanto en el número de sus militantes, pero más que eso, en el impacto de sus proposiciones en la política chilena. Muchas de estas proposiciones se pueden seguir más o menos sistemáticamente en el libro que estamos presentando.

Para simplificar las cosas, podemos valernos de la tesis del profesor Peter Winn, en el libro recientemente traducido y editado por LOM sobre los trabajadores de Yarur. Winn sostiene que en la UP convivieron dos revoluciones: Una, desde arriba, la planificada por la UP, sus técnicos y dirigentes de los partidos de la izquierda; y otra, la revolución que se generó “desde abajo”, que en unas fases se complementó con la de arriba, pero en otras se tensó y divergió con ella. El MIR se puede sostener entonces, se vinculó especialmente con la “revolución desde abajo”. De este modo, su crecimiento, su desarrollo se vincula con las aspiraciones de cambio, con las tradiciones de lucha popular que se potenciaron y multiplicaron durante la Unidad Popular. El MIR no inventó la tradición de lucha popular, se fundió con ella y por cierto también la estimuló y buscó constituirla en la referencia fundamental de la revolución chilena.

  • En tercer lugar, con relación a la dictadura, el MIR proclamó el fracaso del reformismo y no el de la revolución. Desde esta perspectiva, buscó ponerse a la cabeza de las luchas de la resistencia a la dictadura, favoreciendo la unidad de todas las fuerzas anti dictatoriales o anti-gorilas. En ese empeño se le fue la vida a Miguel Enríquez y el MIR fue objeto de la mayor operación represiva que se conozca en el país. El partido de la revolución fue prácticamente aniquilado y los efectos del genocidio acompañan hasta hoy a muchos de sus sobrevivientes.

Dos problemas al menos son importantes de considerar a propósito de la Unidad Popular y de la dictadura:

1.- La propuesta o la visión del MIR de que no era posible transitar por vía pacífica al socialismo, habida cuenta del colapso de a vía chilena, pareciera darle la razón al MIR, pero creo que hay que problematizar esta lectura, ya que se podría admitir que el MIR tuvo la razón teórica, pero no así la razón histórica, ya que siendo un actor del proceso, evidentemente era deseable otro destino para la Unidad Popular. Es distinto contar con la razón teórica, como razón crítica que con la razón histórica, como razón positiva.

2.- Vinculado a lo anterior, se puede también problematizar la visión que el MIR sostuvo sobre el fin de la Unidad Popular. El golpe de estado no significó sólo la derrota del reformismo, sino que fue la derrota de Allende, de la izquierda, del movimiento popular y del propio MIR.

3.- ¿Qué pude explicar estos desencuentros entre las razones teóricas y las razones prácticas de la historia?

Creo que se pueden sugerir al menos tres hipótesis:

1.- El MIR hizo una lectura sesgada de la realidad chilena. Una lectura que poniendo el mayor énfasis en las capacidades de lucha de la clase popular no terminaba de reconocer y medir la fuerza que tenían las formas de integración y adaptación de la misma clase popular a la sociedad capitalista. ¿Se trataba sólo de desplazar al reformismo obrero, para lo cual bastaba con marcar las diferencias con el Partido Comunista? ¿Había o no y de qué manera había que tener en cuenta el desplazamiento de las clases medias hacia el campo de la oposición? ¿Cuánto pesaban y cuánto pesan en Chile las instituciones del Estado, como campo privilegiado para la política? ¿De qué manera esas formas de hacer política constituían realidad y constituían a los propios sujetos populares?

2.- La crítica a la izquierda tradicional llevó al MIR a insistir en la necesidad de construir el partido de la revolución para lo cual actualizó al Lenín del Que hacer y el de Las tesis de abril. Es decir, al Lenín del partido de vanguardia y el de la dualidad de poderes. Sin embargo, no bastaba con mirar a Chile a través de Lenín, había que mirar a Chile con ojos propios. Por ejemplo, qué podía significar en Chile la construcción de formas de poder alternativo, de poder popular, podían estas constituirse en corto plazo en poder revolucionario, capaz de transformar radicalmente la sociedad o requerían de un tiempo de desarrollo, maduración, ejercicio práctico más que de retórica revolucionaria. ¿Ese desarrollo no implicaba acaso defender al gobierno de Salvador Allende, por más reformista que fuere, mientras las fuerzas propias del campo popular no alcanzaban un mayor desarrollo? ¿Por qué el poder del pueblo, sus tradiciones, sus deseos de cambio, su sentido de soberanía se expresaron tan débilmente el día del golpe? ¿Quién se equivocaba, la izquierda, el pueblo, ambos?

3.- El voluntarismo inevitablemente conlleva autoritarismo. El MIR adoleció, a mi juicio, de una sobre determinación teórica, es decir,

del deseo de cambiar la realidad especialmente a partir de sus presupuestos teóricos. Pero, cuando la realidad sigue un camino distinto, sólo hay dos posibilidades: modificar esos presupuestos o insistir porfiadamente en la voluntad para producir el cambio. Me parece que el MIR en muchos momentos optó por este segundo camino, lo que inevitablemente lo llevaba a reforzar una cultura organizacional autoritaria (estilos, formas, valores, actitudes, etc.), que en el mediando plazo complotaron en contra de su propio desarrollo. Por ejemplo: frente a la amenaza y la práctica represiva, que costó la vida a tantos militantes, ¿no existía la posibilidad de evaluar con más realismo la fuerza del enemigo? ¿La revolución no puede retroceder en determinadas circunstancias?

Se podrían formular muchas más preguntas que apuntan, claro está, a desentrañar los por qué de la derrota de la revolución en Chile en los años 70, proceso en el cual el MIR fue un actor fundamental.

Me parece, y con esto termino, que no hay posibilidad de reconstruir la izquierda chilena, tan debilitada en los días de hoy, si no se responde a las muchas de estas preguntas, hasta ahora sin respuestas o con respuestas muy parciales. Es decir, la izquierda puede constituir la memoria en un culto al pasado de una revolución “que no fue”, pero también puede hacer de la memoria un ejercicio crítico que la ayude a ponerse de pie. Por ello, hay que hacer el inventario de las derrotas, hay que hacer todos los ejercicios necesarios de memoria, pero también la historia (la memoria puede ser auto complaciente). Sé que se trata de un ejercicio difícil, sobre todo para los viejos, no así para los jóvenes sin son capaces de pararse sobre nuestros hombros, para mirar más lejos y proponernos nuevas perspectivas de análisis.

Palabras de pedro naranjo s., coordinador del ceme, en la actividad de homenaje a miguel enríquez y de lanzamiento del libro “miguel enríquez y el proyecto revolucionario en chile”. realizado en santiago el 5 de octubre del 2004, en la sede libertad de la universalidad arcis, santiago de chile.

Recordando al Miguel del pueblo, el Miguel de todos.

Compañeras y compañeros

En nombre del Centro de Estudios “Miguel Enríquez”, saludamos la presencia de todos los presentes. Asimismo expresamos nuestro agradecimiento, a LOM y el “Comité 30 años” por organizar la presentación del libro “Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile”.

Esta actividad, es una de las tantas convocadas para recordar el aniversario 30 de la caída en combate de Miguel, y nos muestra el interés y convocatoria que despierta su figura. En ella también queremos recordar a todos los caídos en la larga lucha por la libertad y la justicia social de nuestro pueblo. Cientos de ellos nos acompañan con sus rostros de vida en este local.

Mi intervención de manera breve considerará y en ese orden tres cuestiones: el libro que se edita, el trabajo del CEME y la necesidad de historiar al MIR y, finalmente algunas ideas y homenaje a Miguel.

Sobre la presente edición

El contenido del libro lo inicia un trabajo que habla sobre la vida de Enríquez, integra antecedentes referenciales sobre su pensamiento y el desarrollo, posiciones y práctica política del MIR en ese periodo.

El resto lo constituye la selección de textos seleccionados, que persiguen dar una visión general del pensamiento de Miguel y de las políticas del MIR en el periodo. La mayoría corresponde a textos redactados por el máximo dirigente del MIR en forma de discursos, informes o declaraciones y están orientados para la acción política de su partido: denunciar y atacar a sus adversarios, dar la discusión ideológica con el resto de la izquierda o convocar al pueblo a la lucha. También, y para ampliar la visión política se incluyen unos pocos documentos generales del MIR de momentos de su trayectoria y, en cuya elaboración tuvo destacada participación Miguel.

La selección de los documentos del libro que presentamos, no fue tarea fácil para los que participamos en ella. Más aún, cuando el punto de partida del CEME era publicar parte importante de la documentación hasta hoy recuperada, del periodo 1965-1974, cuestión no viable por su extensión. Al final, de un universo inicial de mas de 900 páginas en más de 130 documentos, la presente selección recoge cerca de dos decenas que recorren el camino entre la fundación del MIR en agosto de 1965 hasta la caída de Miguel en octubre de 1974.

La documentación entregada, aunque significativa e importante, es insuficiente para comprender en todas sus aristas el ideario político y quehacer del MIR en el periodo.

Esperamos, a mediano plazo, poner a disposición de interesados más fuentes documentales, en forma escrita o vía internet en nuestro sitio definitivo que esperamos editar en los meses iniciales del próximo año.

Al entregar a público este trabajo, agradecemos a todos los que en distintos tiempos y lugares apoyaron nuestro trabajo. Asimismo, a LOM que recogió e hizo realidad la iniciativa de publicar este libro de homenaje.

Sobre el trabajo del CEME y la necesidad de historiar al MIR..

En nuestro país hay un importante déficit de estudios relativos al movimiento popular (social y político) del periodo 1960-1990. Pareciera que la represión, el oscurantismo, y censura de los tiempos del régimen militar, que nos derroto en muchos planos, aún nos mantiene aprisionados y no permite a los involucrados que aun son consecuentes con lo que hicieron, levantar sin permiso de nadie su voz y pensamiento para asumir lo hecho y lo que se pensó; reconocer y asumir nuestras experiencias con sus enseñanzas y lecciones.

No se puede aceptar pasivamente que la “historia oficial dominante” margine, haga desaparecer o tergiverse impunemente procesos sociales, hechos, situaciones, colectivos y personajes participantes en la sociedad chilena, por el solo hecho de no estar vinculados a los centros del poder dominante, haciendo que la experiencia popular se recoja fragmentariamente en la historia de Chile.

En el desarrollo del movimiento popular chileno (nos referimos a sus organizaciones sociales y políticas) hay una experiencia inmensa de luchas con momentos de triunfos y derrotas, de avances y retrocesos. De ellos, se evidencian muchos déficit de sistematización, enseñanzas no recogidas y responsabilidades no asumidas.

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El MIR, fundado en agosto 1965 fue una importante organización de la izquierda revolucionaria chilena y latinoamericana. A partir de su fundación se planteó el reto de levantar y construir para el país un proyecto histórico original que buscaba transformar radicalmente la realidad chilena de entonces. Sus comienzos no fueron fáciles en el proceso de poder unificar pensamientos y miembros procedentes de orgánicas diversas.

Las exigencias de la lucha de clases nacional, en especial el complejo y rico periodo de la historia nacional de 1970 a 1973, le planteo desafíos inéditos, no fáciles de resolver y en ellos tuvo aciertos y errores.

El triunfo de Salvador Allende en 1970 le obligo a una adecuación táctica profunda, y aunque visualizo el nuevo periodo abierto, la no comprensión inicial de todas las posibilidades que presentaba, le retraso el otorgar mayor importancia a la vinculación mas profunda con los diferentes movimientos sociales populares, para poder avanzar en la constitución de una fuerza social revolucionaria.

Aun, el papel y rol del MIR en las décadas pasadas, desde un punto de vista histórico es un problema no resuelto, permanece pendiente. Su experiencia es poco conocida, aunque de ella a veces se habla, de forma bastante deformada o interesada.

No existen trabajos históricos sistematizados que permita apreciar y analizar la participación mirista en períodos importantes de la lucha de clases del pueblo chileno. El acceso a documentación no es fácil a consecuencia del sistemático e intenso proceso de destrucción ideológico, político, humano, orgánico, documental y de experiencias del conjunto del movimiento popular y del mirismo en particular que realizo durante la dictadura militar. Agréguese la política de omisión y silenciamiento histórico de los sectores nacionales dominantes en la actualidad.

Por otro lado, el proceso de crisis política, ideológica y orgánica progresivo que afectó internamente al MIR desde mediados de la década de 1980, como consecuencia de problemas ideológicos y políticos no resueltos, significó no solo perdida de fuerza e influencia social y política, sino la división y posterior desaparecimiento orgánico del tronco mirista.

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El hecho de conocer y haber participado mucho tiempo en la experiencia mirista motiva desde hace un tiempo, el interés de un pequeño colectivo para contribuir sin plazos fijos al trabajo de recuperación de la historia y experiencia del MIR, que con posterioridad hemos ampliado de forma parcial al conjunto del movimiento popular chileno.

El CEME trabaja para recoger los planteamientos y experiencias del conjunto del mirismo a lo largo de los distintos periodos de su historia. Nuestra idea de trabajo no se identifica o depende de ningún grupo u orgánica mirista pasada o presente. Reconocemos y asumimos las diferencias que existieron y las que se manifiestan hoy.

A todas esas expresiones y visiones llamamos ayer, y les llamamos hoy y hacia el futuro a participar en esta tarea que reclama un esfuerzo sostenido, urgente y permanente.

Y, aunque la historia pasada de todas las organizaciones populares está abierta al estudio de todos los interesados, hoy es una exigencia política y ética, para los propios protagonistas, los miristas sobrevivientes, asumir sus experiencias pasadas (en sus definiciones y hechos, en los aportes y sus errores) a fin de contribuir al conocimiento del trayecto histórico del movimiento popular chileno.

Es importante no solo reconocer nuestra historia, sino asumir por lo que se lucho, no solo como un mero ejercicio recordatorio o nostálgico, sino como una revisión critica de nuestras propuestas y quehacer, para entregarlo a nuestro pueblo y a las generaciones presentes y futuras que con justeza lo reclaman.

Es la forma de evidenciar nuestra gratitud con nuestro pueblo que nos otorgo confianza y reconocimiento.

Es la forma de rendir homenaje y valorar el quehacer y consecuencia de nuestros compañeros y compañeras de ruta que entregaron su vida para hacer realidad lo que sustentaron.

Es la forma concreta con que exdirigentes y militantes asumen sus responsabilidades.

Será una forma de contribuir a contrarrestar parcialmente los olvidos conscientes y tergiversaciones que entrega la historia oficial de las clases dominantes,

Es la forma de ayudar a reconocer en la historia de Chile las experiencias populares.

Es la forma de hacer valer el hecho de que el movimiento popular y sus expresiones sociales y políticas han sido importantes, permanentes, y en momentos decisivos protagonistas históricos en la sociedad chilena, por su rol, quehacer y luchas.

Recuperar la experiencia del MIR,es parte del proceso para recoger la historia político social del conjunto del movimiento popular chileno, su cultura, identidad, combates y protagonistas, en su lucha por lograr un mundo mejor, sin injusticias, con bienestar, sin explotados y libre de explotadores.

Pero también nos plantea la necesidad de enjuiciar el rol histórico de la organización, de sus instancias colectivas, de sus dirigentes, incluido Miguel y precisar los aciertos y los errores en que incurrió.

Aunque el pasado no se puede reproducir o copiar mecánicamente, de sus experiencias es importante extraer lecciones y enseñanzas posibles de considerar útilmente en los momentos presente y futuro de la lucha popular.

El CEME invita a los protagonistas a tomar la palabra, a reconocer y asumir su pasado, decir nuestra verdad. Entregar documentación, información y la visión personal de los sucesos acontecidos en diversos momentos y lugares de nuestro país, de acuerdo al sentido, percepción y valor que cada uno da a las vivencias que protagonizó.

El homenaje a Miguel Enríquez.

Compañeras y compañeros

Hoy día, arribamos al 30 aniversario de la muerte en combate de Miguel Enríquez, fundador y Secretario General del MIR.

A todos los caídos y a Miguel, entregamos nuestro homenaje. Lo hacemos al combatiente revolucionario que dedicó y entregó su vida a la lucha de nuestro pueblo por su liberación, que hizo grandes esfuerzos, al igual que los miembros de la organización que el dirigió, para ganarse con sus propuestas originales, ejemplo personal y su gran capacidad de conductor, un lugar permanente en los sectores consecuentes de nuestro pueblo.

Es el homenaje al joven y maduro dirigente, que en momentos muy complejos que atravesó nuestro país, pudo junto a los que le acompañaron, resolver y orientar importantes problemas teóricos y prácticos que planteaba la lucha revolucionaria de entonces.

La trayectoria y quehacer de Miguel Enríquez. está entrelazado con el proceso de construcción y desarrollo político del MIR, hasta octubre de 1974, en que su vida es tronchada a los 30 años cuando sus concepciones no alcanzaban un pleno desarrollo, y quedaron solo esbozadas en sus líneas generales.

Miguel vive, trabaja, lucha y piensa, y los puntos de partida de su pensamiento se sitúan, en parte de las décadas de 1960 y comienzos de 1970. Está influido y exigido para dar respuesta y orientar un actuar consciente a los acontecimientos e ideas de la realidad chilena en aquella época que gesto inéditos desafíos expresados en diversas e importantes experiencias sociales y políticas.

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Miguel Enríquez, fue la figura más destacada de una nueva generación de revolucionarios surgida en Chile en el curso de la década de 1960. Eran momentos, que en diversos países del continente latinoamericano se enfrentaba al dominio y explotación del imperialismo norteamericano y de las burguesías nacionales, con métodos de lucha ofensivos por parte de nacientes destacamentos revolucionarios.

El impacto de de la primera revolución socialista de América, la revolución cubana, junto a diversos e importantes factores sociopolíticos de la realidad chilena, influyeron en a la constitución del MIR, en momentos en que el movimiento popular chileno hacía frente a la profunda crisis económica, social y política que agudizaba en el país los enfrentamientos entre las clases sociales.

En ese momento, Miguel junto a otros compañeros expreso con mucha visión, capacidad y convicción, nuevas concepciones, propuestas políticas y métodos de lucha, para superar las concepciones programáticas, estratégicas y tácticas que proponían las fuerzas políticas tradicionales de la izquierda chilena, durante las últimas décadas.

Miguel y la organización que dirigió desde 1967, paso a expresar, un proyecto de rebeldía y lucha total contra las formas de dominación de entonces. Pero esta rebeldía no era ambigua, tenía claros objetivos, intentaba realizar en forma práctica una revolución social contra el sistema capitalista y en ello el compromiso era hasta sus últimas consecuencias.

Se luchó para conquistar el poder por parte de los sectores explotados y desde ese poder avanzar hacia la liberación humana.

Durante el gobierno del presidente Allende, la voz de Miguel Enríquez expresó con fuerza y claridad el pensamiento del partido que dirigía:

Conquistar el poder para los trabajadores a partir del ascenso de la izquierda al Gobierno y a través de la movilización de masas. Combatir implacablemente al imperialismo, a los dueños de las grandes fábricas y los fundos. Hacer de la tierra y de las fábricas, propiedad de todo el pueblo.

Planteó insistentemente al pueblo que las clases dominantes se oponían al avance de los trabajadores y se preparaban para derrocar al gobierno, reprimir al pueblo y provocar un enfrentamiento. Y, en respuesta a ello había que preparar al pueblo para resistir en todos los planos.

Señalaba la necesidad de aumentar las fuerzas del pueblo a través de la movilización combativa de los trabajadores, de los pobres del campo y la ciudad por sus reivindicaciones y derechos, contra sus patrones y a través de todas las formas de lucha que permitiera combatir mejor al enemigo de clase. Todo esto como única forma de elevar la conciencia y el nivel de organización de los trabajadores, poder ganar fuerzas, y golpear al enemigo para avanzar hacia la conquista del poder y el socialismo.

Ante un proceso político original que fue difícil, y contradictorio, se trataba para él y los revolucionarios de empujar hacia adelante, de hacer avanzar con más fuerza que nunca a los trabajadores. Rompiendo todas las trabas que impidieran su avance, modificándolas o destruyéndolas, según la fuerza acumulada.

Se hizo esfuerzos para incorporar y movilizar a las masas y golpear el aparato de estado y los patrones, entendiéndolo como única garantía para asegurar un camino revolucionario. Se llamó e impulsó la constitución de formas de poder local autónomas del estado, los Comandos Comunales de Trabajadores con amplia participación de los sectores sociales existentes en ese territorio.

Se levantó una línea política independiente, dando un apoyo crítico al gobierno de la Unidad Popular. Realizo esfuerzos para lograr la unidad de la izquierda. Nos comprometimos con el resultado del proceso y su derrota en 1973 golpeo y afecto profundamente al MIR y a todos los partidos populares.

El MIR y Miguel, levantaron en lo internacional una línea de independencia. Se criticó y rechazó los modelos burocráticos de construcción del socialismo en los países del entonces llamado “campo socialista”. Pero junto con levantar un proyecto nacional, tenia la visión estratégica del carácter continental de la revolución latinoamericana y la necesidad de los revolucionarios de coordinar sus luchas, para lo cual fue un importante gestor e impulsor en la constitución de la Junta de Coordinación Revolucionaria con participación del MIR y organizaciones de Argentina, Bolivia y Uruguay.

Miguel y sus compañeros no tenía más enemigos, que los enemigos del pueblo, éstos eran, el imperialismo norteamericano, los dueños de los fundos, los dueños de las grandes fábricas, los partidos políticos que defendían los intereses de los poseedores del poder y la riqueza, el Partido Nacional y el Partido Demócrata Cristiano. Su vida la entrego a combatirlos en todos los planos y en todas las formas.

Vivió para defender los intereses de los obreros, los campesinos, los pobladores, el pueblo trabajador los estudiantes y los soldados democráticos.

…………

Miguel reunía, características de hombre de acción y pensador. Realizo a plenitud una relación estrecha entre teoría y práctica. En él vida y pensamiento eran absolutamente concordantes. De gran consecuencia entre lo que decía y lo que hacía.

Le imprimió un particular sello a la lucha por ganar para las posiciones revolucionarias la conducción del movimiento de masas y este impulsara una táctica y estrategia política independiente tras el objetivo de conquistar un real gobierno de trabajadores en la perspectiva de avanzar a un auténtico poder proletario.

Inmensos fueron sus esfuerzos propios y los colectivos para lograr constituir el MIR, en el curso de la crisis del sistema de dominación burguesa en Chile en un partido que fuera vanguardia revolucionaria de la clase obrera, antes que la burguesía chilena resolviera sus diferencias y se uniera para desencadenar la contraofensiva reaccionaria. Errores de apreciación política trajeron como consecuencia retrasos irrecuperables que afectaron el desarrollo posterior del MIR.

En los difíciles momentos con posterioridad al golpe militar, en medio de una intensa persecución y accionar represivo, participó en la definición de políticas dirigió la reorganización del MIR y encabezó la lucha de resistencia popular contra la dictadura y sus aliados.

En esos momentos de repliegue de toda la izquierda, permaneció en Chile, se opuso tenazmente a dejar el país tanto él como miembros de su partido, por considerarlo una renuncia a su papel histórico junto a su pueblo. Su prestigio entre las masas y el pueblo era inmenso. Tenía el convencimiento que el derrocamiento de la dictadura militar solo sería posible al lograr una amplia alianza antidictatorial e impulsando una combinación muy variada de formas de lucha.

…………..

Su vida la entrego completamente a la lucha por los intereses de los trabajadores y todos los explotados de nuestra patria, tras el objetivo de alcanzar una sociedad diferente, libre de explotación, que tuviera como cimientos la justicia social y una verdadera democracia, donde el pueblo asuma un rol activo y protagónico para decidir su futuro.

Miguel nos dejó su pensamiento político y ejemplo de consecuencia, también nos lega su tenacidad incansable de más de una década, en que intenta construir paso a paso un partido revolucionario. Más aprendamos de Miguel y digamos que si alguien hoy quiere construir un partido revolucionario con una política revolucionaria tiene que construirlo no como una reconstrucción de algo que fue sino con las características apropiadas a la nueva situación de la sociedad.

Para eso puede servir, no solamente el ejemplo moral de Enríquez y sus camaradas, sino también su ejemplo intelectual y práctico. Pues precisamente el dio un ejemplo de cómo adecuarse a unas características concretas, a un periodo concreto, una teoría que en sus manos no era la simple reproducción o la simple repetición de una fraseología añeja, sino un intento por crear algo nuevo a partir y sobre la base de construcciones y adquisiciones teóricas anteriores. Ese ejemplo, esa rigurosidad conceptual, ese valor intelectual es tan alto como el ejemplo moral y el valor moral que nos dejó.

Compañeras y compañeras

Hoy 5 de octubre, desde este lugar histórico del movimiento obrero chileno, la ex Fundición Libertad de Santiago.

Junto con rendir homenaje al Miguel del pueblo, al Miguel de todos,

recordamos a todos nuestros héroes y mártires, mujeres, hombres y jóvenes que cayeron en distintas épocas luchando por la libertad i emancipación de nuestro pueblo.

Pero tampoco olvidamos y también saludamos a todos los que firmemente lucharon y están vivos.

Todos son parte de nuestra historia.

¡SOLO LA LUCHA NOS HARA LIBRES¡