Hacer Memoria antes de Google. La Historia Oculta de la Historia Oculta

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HACE 30 AÑOS, SEMANAS DESPUÉS DEL PLEBISCITO DEL 5 DE OCTUBRE DE 1988, EL DIARIO LA ÉPOCA PUBLICÓ EL ÚLTIMO FASCÍCULO DE “LA HISTORIA OCULTA DEL RÉGIMEN MILITAR”, LA MÁS COMPLETA INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA ESCRITA SOBRE LA DICTADURA. LANZADA LUEGO COMO LIBRO, LA OBRA SE CONVIRTIÓ EN UN CLÁSICO DEL GÉNERO. UNA ENTREVISTA CON SUS TRES AUTORES -REALIZADA POR ACADÉMICOS DE LA ESCUELA DE PERIODISMO UDP-, ENTREGA DETALLES INÉDITOS SOBRE CÓMO LOGRARON REPORTEAR LA TRASTIENDA DE PINOCHET EN EL PODER.

 

 

-Dame un pucho -dijo el conscripto- No he fumado en todo el día.

-¡Nada de cigarrillos! -gritó un suboficial, a cierta distancia-. Mi general dijo que ni una luz.

El diálogo ocurre la madrugada del 12 de septiembre de 1973, entre soldados que custodian los escombros humeantes de La Moneda. En Santiago reina el toque de queda y los conscriptos están cansados y nerviosos.

Así parte “La historia oculta del régimen militar”, la investigación periodística que cubre los 17 años de la dictadura de Pinochet, desde las violaciones a los derechos humanos hasta las soterradas disputas entre los miembros de la junta. La obra fue lanzada por primera vez hace 30 años, en el desaparecido diario La Epoca, mediante fascículos semanales que culminaron con la cobertura del plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Los autores eran los periodistas Ascanio Cavallo, Manuel Salazar y Oscar Sepúlveda, tres compañeros de carrera en la Universidad de Chile que, en las postrimerías del régimen, trabajaban en La Epoca como editores. Amigos, voraces lectores y cinéfilos, se propusieron hacer un relato rigurosamente periodístico, aunque con giros literarios acotados que lo intensificaran. Así surgió la idea de partir con la escena de los soldados custodiando La Moneda destruida. Luego, la trama va ampliando el foco hasta graficar en toda su magnitud la tragedia del quiebre democrático.

Se propusieron escribir unos 25 capítulos, robándole tiempo a la frenética labor periodística de esos días. Para no verse “pillados” por la contingencia, tenían listas cuatro o cinco entregas cuando el primer capítulo se publicó con el diario. Pero muy pronto estaban sobrepasados, cerrando los fascículos el día antes. De los 25 capítulos proyectados escribieron más de 50, el último de ellos con detalles de cómo la noche del 5 de octubre un amargado Pinochet, en La Moneda, se vio obligado a aceptar la derrota. La obra completa ha sido reeditada varias veces como libro.

Hace algunos años, a instancias de dos periodistas e investigadores de la Escuela de Periodismo UDP, los tres autores hablaron por separado de esa experiencia. El resultado es esta entrevista a tres voces sobre una de las investigaciones periodísticas más emblemáticas de la historia chilena reciente. Un extracto de este registro fue publicado el domingo 30 de septiembre en Reportajes del diario La Tercera. Acá su versión completa.

¿Cuando decidieron escribir esta serie tenían algún modelo o referente periodístico que se acercara a lo que querían hacer?

A. Cavallo: Acá en Chile no, que yo recuerde. Sí teníamos claro que había que hacer un relato que requería de ciertos giros literarios muy acotados. Por ejemplo, partir con detalles y ampliar el foco, que técnicamente es un recurso no periodístico.

M. Salazar: Tengo la impresión de que un referente fue un trabajo que habían hecho años atrás las periodistas Marcela Otero y Malú Sierra en la revista Hoy, el primer reportaje en la prensa chilena sobre los detenidos desaparecidos y la DINA. Era un trabajo por capítulos estupendo y que tenía un nombre parecido. A nosotros desde el comienzo nos pareció que lo que debíamos hacer era contar de otra manera lo ocurrido durante la dictadura, desde sus inicios hasta donde llegásemos. Yo tenía la formación de la agencia UPI. Cuando tú escribes para agencias internacionales redactas textos que tienen entre tres mil y ocho mil caracteres, no más. Y tienes que privilegiar el color, los datos pasan a ser un anexo. Lo que importa es el relato, que sea una buena historia. Algo muy propio del periodismo anglosajón.

O. Sepúlveda: Los tres somos de la misma generación de la Escuela de Periodismo de Universidad de Chile, pero hasta donde recuerdo no teníamos ningún referente como guía. Nunca por lo menos lo conversamos (…) La idea era hacer una obra novedosa, recrear los hechos a través de imágenes que pudieran acercar al lector a la trama, para que no fuera tan árida. Como si estuviera viendo una película. Los tres éramos buenos lectores, nos gustaba el cine. Eso influyó.

¿Manejaban las técnicas del periodismo de investigación de manera sistemática o intuitiva?

M. Salazar: De una forma más sistemática, por nuestra trayectoria profesional. Los tres empezamos a trabajar en periodismo por ahí por 1978 y ya llevábamos casi 10 años cuando empezamos la serie. Era una época durísima donde aprendías mucho. Tenías relación con periodistas extranjeros que venían a Chile, gente que te enseñaba mucho.

A. Cavallo: No tuvimos ramos del periodismo de investigación en la universidad, pero teníamos muy claros los estándares del periodismo de investigación norteamericano. No es que los aplicáramos todos, pero sabíamos que había procedimientos como los del caso Watergate en el Washington Post. Yo por lo menos me acuerdo de haber tenido esa conciencia de cruce de fuentes desde bastante temprano en mi carrera.

“A LOS 15 Ó 20 CAPÍTULOS ESTÁBAMOS PILLADOS”

¿Hicieron una capitulación previa antes de lanzarse a escribir?

O. Sepúlveda: Hicimos un esqueleto inicial. Al comienzo definimos unos 25 capítulos, pero terminamos con más de 50. El libro tiene una estructura que se justifica sólo por la forma en que fue hecho: a medida que íbamos investigando se nos completaba el cuadro. Por eso trabajamos mucho con flashbacks, porque nos surgían datos sobre temas que ya habían quedado atrás. Entonces, en capítulos posteriores teníamos que volver a profundizar aspectos valiosos.

M. Salazar: Hicimos una primera capitulación antes de reportear nada. Logramos el visto bueno del director del diario [Emilio Filippi] y creo que trabajamos menos de un mes preparando los cuatro o cinco primeros capítulos antes de publicar la serie.

A. Cavallo: Incluso, cuando partimos no estaba clara la fecha del plebiscito, pero ya habíamos anunciado a los lectores que la serie llegaba hasta ahí. Estuvimos trabajando un mes o algo más en hacer entrevistas y reuniendo papeles, pero a ciegas. En general no sabíamos lo que andábamos buscando. Recuerdo haber ido a entrevistas donde preguntaba: “Oiga ¿qué pasó el ‘75 en general?”. Tengo la idea de que alcanzamos a producir unos 3 ó 4 capítulos antes de partir, como colchón para que no nos pillara la máquina. Pero ya a los 15 ó 20 capítulos estábamos pillados, cerrando capítulos el día anterior.

¿Cómo repartieron el reporteo y la escritura?

M. Salazar: Nos guiamos por los temas que habíamos reporteado cada uno hasta ese momento. Yo me hice cargo de los temas de derechos humanos, represión e izquierda. Ascanio Cavallo tomó la política palaciega y los partidos que estaban relativamente institucionalizados en los ‘80, como la DC. Oscar Sepúlveda tomó las relaciones internacionales y otros asuntos similares. Todos nos hicimos cargo de capítulos específicos, pero gracias al background de cada uno también aportábamos a los capítulos de los otros. Si Oscar, por ejemplo, estaba trabajando en tal tema, lo que teníamos Ascanio y yo al respecto lo dejábamos en su carpeta y también le aportábamos fuentes. Eso fue posible fundamentalmente por nuestra relación de amistad y confianza.

A. Cavallo: Manuel Salazar tomó todo lo que era la represión de la izquierda, la subversión y los temas de derechos humanos, una línea que parte con el exterminio del MIR y que termina con el FPMR. Oscar tomó temas de relaciones exteriores como el Filipinazo y episodios políticos como la venida del Papa Juan Pablo II a Chile. Yo tomé los temas relacionados con fuerzas armadas e itinerario político.

O. Sepúlveda: Cuando uno entrevistaba a una fuente salía con mucha información, porque la idea era aprovechar cada entrevistado para sacarle toda la información posible sobre el periodo que la fuente conocía. Después carpeteábamos los datos y hacíamos una división de antecedentes. Entonces, junto con iniciar este temario con estos 25 capítulos iniciales, empezamos a repartirnos los temas: “Tú te encargas de estos cinco capítulos, tú de estos otros cinco”. Con la Iglesia Católica repartimos más las cosas. Yo trabajé muchísimo en los capítulos finales de la venida del Papa. Ascanio trabajó bastante el rol que jugó la Iglesia en los inicios del régimen.

BUSCAR SIN GOOGLE

¿Qué tan importante fue el trabajo previo de recopilación de información?

M. Salazar: Es fundamental en este tipo de periodismo. Tienes que verlo y tenerlo todo. Hace unos años un periodista tuvo problemas con un empresario, Julio Ponce Lerou, porque publicó una información usando como base un reportaje de la revista Cauce de los años ’80. El periodista no captó que al número siguiente la revista tuvo un desmentido de Ponce Lerou. Se quedó sólo con el reportaje original y no revisó sus reacciones. Eso es muy frecuente.

A. Cavallo: Nos dimos cuenta que había mucha información publicada en los diarios. En El Mercurio, por ejemplo, salían parrafitos de enfrentamientos entre la subversión y los aparatos de seguridad. Entonces, uno podía saber datos como la fecha y el lugar. Era largo de hacer, sin google, con archivos de papel. Ocupábamos el archivo de La Época y también la Biblioteca Nacional. Además, ocupábamos archivos de la Iglesia Católica sobre derechos humanos. La Vicaría de la Solidaridad había publicado varios libros y documentos resúmenes muy ordenados. Entre las revistas era especialmente valiosa Qué Pasa, que tenía una sección llamada Ojos de la Llave con mucho material. Después, en los ’80 la sección política de Qué Pasa se puso muy valiosa. Ahora, siempre eran más indicios que información procesada. Obviamente, también hay que contar las revistas que surgieron en los ’80: Hoy, Apsi, Análisis.

O. Sepúlveda: Había que recorrer desde El Mercurio hasta la revista Análisis.

¿Los archivos de la Vicaría fueron los más valiosos a los que tuvieron acceso?

M. Salazar: En el tema de los derechos humanos a lo mejor, aunque en ese ámbito también logramos hablar con protagonistas, gente que por ejemplo había estado clandestina. Además, accedimos a otros documentos completamente desconocidos en ese tiempo: decretos, comisiones legislativas, mucha información policial de Investigaciones. Yo creo que durante varios años se acostumbró en Chile a utilizar las investigaciones judiciales sobre casos emblemáticos para hacer libros. Tomabas el proceso judicial y escribías el libro. Nosotros nos resistíamos a eso. Íbamos más allá del dato frío. Para nosotros también era importante saber contar la historia.

¿Hubo libros que les resultaran valiosos?

A. Cavallo: Hubo uno que nos dio mucho material, “El General Disidente”, de Florencia Varas [Editorial Aconcagua, 1979]. Tenía indicios de hechos que luego reporteamos y resultaron ser grandes. Además, tuvimos acceso a prácticamente todos sus protagonistas. Obtuvimos documentos como las cartas de la crisis al interior de la junta militar, con motivo de la consulta de 1978 [en capítulo 18, Asonada en diciembre, cuando Pinochet decidió hacer una consulta a la ciudadanía para rechazar la condena de la ONU a Chile por la situación de los derechos humanos, lo que fue resistido por el general Leigh]. Otro libro importante es “Asesinato en Washington”, de John Dinges y Saul Landau [Assassination on embassy row, Editorial Pantheon, 1980].

Resultado de imagen para “El General Disidente”, de Florencia Varas [Editorial Aconcagua, 1979]

“ERAN MAYORITARIAMENTE FUENTES DE GOBIERNO”

¿Cómo consiguieron que fuentes del propio régimen hablaran para este proyecto?

O. Sepúlveda: A nuestros primeros entrevistados les contábamos que íbamos a cubrir una serie de hechos que la prensa de la época había omitido. Toda esta gente en general entendió, y a eso probablemente contribuyó que los primeros capítulos tuvieran un cierto peso, un cierto tono que influyó mucho: cuando empezamos a publicar, las fuentes se multiplicaron.

M. Salazar: En el contexto político del momento, parte importante de la derecha estaba muy dispuesta a la transición. Hubo gente de ese sector que nos ayudó harto, incluso a convencer a otras fuentes para hablar. Otro actor importante fue la Iglesia Católica, partiendo por el cardenal Raúl Silva Henríquez. Esto hizo que personas que nunca imaginamos nos hablaran. Eso sí, con el compromiso ya claramente establecido después de ver los primeros capítulos de que el resguardo de la fuente no se iba a romper.

¿Cuántos entrevistados tuvieron en total?

A. Cavallo: Hasta donde recuerdo eran cerca de 140 personas, aunque las horas de grabación eran muchas más. Eran mayoritariamente fuentes de gobierno. En segundo lugar venían los entrevistados de oposición. Sobre estas últimas, evitamos en lo posible hablar con los dirigentes de primerísimo nivel, salvo para chequear información. Si no, convertíamos la trama en una suerte de santería civil y nuestro foco era el gobierno.

O. Sepúlveda: Mi cálculo es que usamos cerca de trescientas fuentes, aunque es una estimación mía, que los demás autores no tienen necesariamente que compartir.

¿Por qué optaron por usar casi exclusivamente fuentes en “off the record”?

M. Salazar: Antes de que los primeros capítulos salieran nos encontramos con bastante gente que estaba dispuesta a hablar, pero que no quería ser mencionada. Nosotros en La Época teníamos un manual de estilo, que decía que todas las fuentes debían citarse, salvo en casos extraordinarios. Pero el libro partía con los primeros años de la dictadura, los más complicados. Y al empezar a reportear la mayoría de la gente no quería aparecer con su nombre. Ese era un lío, por lo que decidimos no poner fuentes, salvo alguien que pidió expresamente ser mencionado: el abogado Jorge Ovalle Quiroz [asesor del comandante en jefe de la Fach, Gustavo Leigh].

A. Cavallo: Si poníamos un episodio con fuentes y otro sin fuentes el primero iba a ganar fuerza en desmedro del otro. Además, trabajamos sobre la convicción de que en el ambiente de la época pretender tener sólo fuentes en on the record era una demencia. Ahora, la inmensa mayoría de las entrevistas las grabamos en cintas, no obstante ser pactado en off the record.

O. Sepúlveda: Había gente que no tenía problemas en que citáramos su identidad, pero se trataba de casos en que nosotros teníamos información que avalaba lo que nos decían. Sin embargo, la mayoría te pedía inmediatamente el off the record como condición para hablar.

¿Qué reglas utilizaban para trabajar con fuentes en off the record?

O. Sepúlveda: Teníamos clarísimo el principio ético básico de no revelar jamás a una fuente en la investigación, ni al conversar con otros entrevistados ni en el texto. Tampoco quisimos nunca confundir nuestra misión de periodistas con la de un investigador policial, ni hacer denuncias en los tribunales ni arreglar cuentas con la historia. Simplemente ser testigos y retratar.

A. Cavallo: Nosotros nunca hemos dicho quiénes nos hablaron, pero una vez Mónica Madariaga [ex ministra de Justicia y Educación de Pinochet, fallecida en 2009], al presentar sus propias memorias, dijo: “Yo quiero decir que fui una fuente”. Con ella la cantidad de horas de grabación fue inmensa. Y ella siempre partió sobre la base de que no revelaríamos unilateralmente su identidad.

¿Qué resguardos tomaron para evaluar la información de las fuentes “en off”?

M. Salazar: Para reproducir un hecho delicado había que encontrar tres fuentes distintas que contaran la historia de una manera aproximada. Ahí entraba el recurso de la novelización de la trama: darle atractivo y estilo al relato, lo que a mi juicio fue un acierto.

¿En qué episodios requirieron de tres fuentes para chequear la información?

M. Salazar: Uno de los episodios más comentados es una reunión del círculo más pequeño de Pinochet, donde Pinochet golpea una mesa de vidrio y la rompe, en medio de una pelea con el general Gustavo Leigh [en el capítulo 3, Fractura en el piso 22]. En esos momentos el episodio era bastante difícil de creer. Ahora, especialmente para la gente que tiene cierto manejo en estos temas, se puede identificar qué fuentes hablaron, pero en ese momento era súper complicado, porque las fuentes eran muy restringidas.

A. Cavallo: Al narrar el viaje fracasado de Pinochet a Filipinas, Oscar Sepúlveda logró reconstruir visualmente detalles inimaginables. Incluso llegó con una foto de la placa de auto que iba a usar Pinochet en esa visita.

En algunos pasajes ustedes omiten información, como en el capítulo 14, “Los años de gloria de la DINA”, donde no ponen los nombres de las empresas proveedoras de la DINA porque no tenían la certeza de que esas firmas supieran que trabajaban con ese organismo.

M. Salazar: Me parece que uno debería dejar espacio para la duda cuando no hay certeza. Decir: “Hay fuentes que dicen esto, pero nosotros no fuimos capaces de saber si es verdadero”. Ese tipo de aclaraciones nosotros tres la compartimos hasta ahora. Probablemente otros periodistas también. Pero muy pocos medios te permiten hacer eso. Los medios quieren acercarse al máximo a la verdad y eso no siempre se logra.

UNA DELEGACIÓN DE LA DINA EN EL DIARIO

¿Dónde se reunían con fuentes confidenciales como ex miembros de la DINA u oficiales de Ejército?
M. Salazar: En los lugares más extraños, lo que es típico de esa clase de fuentes. Por ejemplo en una plaza, con un tipo que se te acercaba y te decía: “Caminemos”. Me acuerdo de haberme juntado con una fuente en la ribera del Mapocho, con el tipo súper nervioso. O cuando hablabas con la ultraizquierda, que te hacían subirte a un auto y te llevaban para acá y para allá.
A. Cavallo: Hicimos el quinto capítulo del libro sobre la DINA, Las cuatro letras del miedo. Era un capítulo con información más o menos pública, a la que sumamos antecedentes inéditos de Manuel Salazar. Pero luego de publicarlo nos llamaron ex agentes de la DINA, quejándose porque no les habíamos preguntado. Entonces, hicimos otro capítulo, Dina: los años de gloria, con los datos aportados por una delegación de ex agentes que llegó al diario. Los ex DINA sentían que habían tenido que hacer el trabajo sucio, pero que el modelo económico lo estaban disfrutando otros. Se suele olvidar que la DINA tenía un modelo económico propio. Su división económica había investigado a los grupos empresariales, a los ricos, no a los pobres. Entonces, estos entrevistados estaban preocupados de reivindicar esa parte. Pero como eran bastante toscos, de paso te contaban una cantidad de brutalidades desconocidas. Con mucho orgullo nos contaron que tenían bajo control a todos los embajadores que vinieron a la Sexta Asamblea de la OEA en Santiago [1976], gracias a la “compañía” de sus mujeres de la Brigada Femenina.

¿Hubo información que no lograron chequear y publicar o que omitieron por posibles represalias?

O. Sepúlveda: Más que omitir información por posibles represalias, lo hicimos por falta de unanimidad nuestra en la credibilidad de las fuentes. O cuando no había pruebas suficientes.

A. Cavallo: Teníamos indicios sobre quién era un personaje muy, muy importante del régimen al que le decían el “Cara de Jote” y que presenció continuamente actos de tortura. No estoy seguro si no lo confirmamos completamente, o si preferimos no inferir una acusación tan grave.

En el libro sugieren cosas sin decirlas claramente. Una de ellas es cuando a Pinochet le cancelan la visita a Filipinas y su comitiva debe volver. El libro dice que mientras el avión retornaba, en el entorno de Pinochet se temió seriamente por la estabilidad del régimen. ¿Por qué no dicen derechamente que Pinochet temió que le hicieran un golpe en Santiago?

A. Cavallo: En ese caso se trata de una especulación que recorrió a la comitiva. Si hubiéramos dicho “golpe de Estado” habríamos tenido que precisar. Lo mismo ocurre después, en 1986, luego del atentado en el Cajón del Maipo, en que hubo un par de horas en que Pinochet buscó detectar desde dónde podría venir el complot.

O. Sepúlveda: Uno no puede asegurar lo que pasa por la mente de un personaje. Uno a lo más sugiere lo que podría estar pensando.

“HASTA A DÓNDE VAN A LLEGAR”

¿Hubo presiones cuando comenzaron a salir los primeros capítulos?
M. Salazar: Publicado el primer capítulo el director del diario recibió una llamada del general Santiago Sinclair, entonces vicecomandante en jefe del Ejército, quien le preguntó: “Queremos saber hasta a dónde van a llegar”. Y Emilio Filippi le explicó lo que pretendíamos, que no queríamos victimizar ni culpar a nadie.
A. Cavallo: Yo creo que si nos hubiéramos metido más con los políticos civiles los problemas hubieran sido mayores.

En varios pasajes relatan reuniones de Pinochet con su entorno más estrecho. Incluso, describen sus estados de ánimo y rabietas ¿Cómo lograron ese grado de descripción?

O. Sepúlveda: La gente en esa época sentía que estaba viviendo la historia. Había fuentes muy locuaces, como Mónica Madariaga, cuya colaboración podemos revelar ahora que murió. Cuando estas versiones coincidían con, por ejemplo, la de un general que te decía “efectivamente así fue”, podías reconstruir episodios y climas internos. Los diálogos reconstruidos reflejan ese tono y esa tensión. Obviamente, eran diálogos y escenas que no tenían una fidelidad total, porque no había grabaciones de las reuniones de Pinochet con sus ministros y generales.

A. Cavallo: Siempre he pensado que si Pinochet hubiera sabido con quienes hablábamos habría hecho una razzia, desde el vicecomandante en jefe del Ejército hacia abajo. A mí Sergio Fernández me prohibió la entrada a La Moneda cuando volvió en 1987 [como ministro del Interior de Pinochet, para enfrentar el Plebiscito]. Igual era una prohibición que tampoco causó tanto efecto, porque no tenía cómo saber que seguía teniendo fuentes en La Moneda.

O. Sepúlveda: Tuvimos reuniones con ministros en La Moneda. Ellos tenían respeto por nuestro trabajo, más allá de que no compartieran la visión de nuestro diario. Nos tenían cautela y reserva, pero al mismo tiempo confianza. Probablemente preferían asumir el riesgo de hablar con nosotros para que su versión fuera recogida. Ellos también tenían que cubrir sus espaldas, porque era un periodo en que todo el mundo se movía muy sigilosamente. Era importante para un ministro de Pinochet dejar su versión para la historia. Era frecuente la gente que decía: “Mire, yo estuve aquí, pero en esto otro donde me han mencionado no estuve por tal y tal razón”. Aclarar los límites de la participación personal era bien típico.

¿Cuáles creen que eran las motivaciones que tenían autoridades del régimen para convertirse en fuentes del libro?

O. Sepúlveda: Querían ser escuchados. Nos decían algo así como: “Nos parece seria la forma en que están trabajando, sé que en algún momento van a tocar algún periodo en el que yo participé y quiero que escuchen mi versión, que no pretende ser la verdad, pero sí un aporte”.

M. Salazar: Hubo autoridades del régimen y gente muy cercana a Pinochet, que estuvo muy dispuesta a conversar, aunque sólo sobre algunas cosas. Porque hubo gente que puso esta condición: “Hablamos, pero sólo de esto, nada más que de esto”. Con el tiempo uno se da cuenta que en esa actitud había un cálculo: “Este gobierno se acaba y por lo tanto me tengo que acomodar a los cambios”.

¿Qué motivos tuvo Mónica Madariaga para hablar?

A. Cavallo: Mónica Madariaga venía bastante de vuelta. Peleó mucho con los militares cuando era ministra. A los almirantes les molestaba que fuera mujer. Incluso, cuando ella asumió en Justicia, el almirante Merino obligó al subsecretario, que era marino, a que renunciara, porque “a un marino no lo podía mandar una mujer”. Los generales de Ejército se cruzaron con ella cuando asumió en Educación y empezó una campaña interna y luego pública contra los rectores militares en las universidades. Una vez ella declaró: “Yo pedí que me dejaran dirigir un regimiento y todavía no me dan autorización”. Pinochet debió darse cuenta que ella se estaba convirtiendo en un problema.

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PINOCHET: “A ESTOS CABROS LES FALTA LA MITAD”

¿Se percataron en el reporteo si Pinochet rastreaba las filtraciones a la prensa?
O. Sepúlveda: Yo creo que tenía sus métodos, aunque no inició ninguna persecución específica con nosotros, porque el libro también le interesó a él. Así me lo dijo un general: “Mi general empezó a leer los fascículos, dijo que estaba bien pero que a estos cabros les falta la mitad”.¿Pidieron una entrevista con Pinochet?
O. Sepúlveda: A través de esa misma gente con la que hablábamos le pedimos entrevista, pero no resultó.

¿Qué ocurrió cuando aparece el primer capítulo?
A. Cavallo: Pensábamos que se cerrarían todas las fuentes. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Cuando entre el segundo y tercer capítulo se percibió que era una obra cronológica, empezó un fenómeno. Había gente que nos llamaba para decirnos: “Cuando lleguen al ‘78 hablen conmigo”. Eso es algo totalmente normal, de reivindicación histórica. Un protagonista nunca quiere que la historia se escriba demasiado en contra suya. Y empezaron a entregarnos documentos, material que en general buscaba reivindicar la propia función de la fuente. Pero como mucho de ese material tenía información objetiva, nos servía.
O. Sepúlveda: Probablemente aportó el tono y la seriedad del trabajo. Además, en ese momento la gente sentía menos miedo de contar las cosas. Quizás cuatro años antes un proyecto así no hubiese tenido el mismo resultado.
M. Salazar: Hubo gente del régimen militar que inicialmente se mostraba reacia a colaborar, pero después del primer capítulo eso cambió. Era gente que de alguna manera quería abrirse un espacio, que suponía que La Época iba a tener un papel relevante en la transición. Muchos ya sospechaban a mitad del ‘88 que el plebiscito lo perderían y ya se estaban imaginando los escenarios políticos posteriores. Entonces, hubo gente del régimen y de la derecha que llamó para contar episodios pequeñitos, pero que eran útiles para calzar piezas mayores.

CONTRA EL TIEMPO Y A TRES MANOS

¿Cómo se editaban entre ustedes?
A. Cavallo: Nos repartíamos alternadamente la redacción de los capítulos semanales, para que a nadie le tocara publicar dos capítulos seguidos. Por esa razón técnica los temas están un poco alternados. La idea era que los otros dos revisaran, pero a la altura de los capítulos 12 ó 13 nos fue quedando menos tiempo para eso. A la altura de mayo o junio de 1988 estábamos en una crisis absoluta, despachando semana a semana cada capítulo.
O. Sepúlveda: Teníamos libertad para opinar todo sobre el capítulo del otro, rayando o aportando antecedentes si creíamos que faltaban. Nos entendíamos bastante bien.
M. Salazar: Uno escribía un capítulo y se lo pasaba a otro. Ese otro editaba, agregaba datos y se lo pasaba al tercero. Eso le dio a La Historia Oculta un estilo de narración particular, unificado, y también permitió profundizar ciertas aristas y eliminar otras.

Llama la atención el estilo visual del libro, que privilegia las escenas y la reconstrucción de diálogos por sobre el análisis.
O. Sepúlveda: Cuando cada uno se hizo cargo de escribir sus capítulos y luego cruzamos los borradores eso nos gustó y decidimos aplicarlo sistemáticamente. Nos parecía más entretenido que recurrir al tono del cientista político.
A. Cavallo: Grabábamos a nuestros entrevistados para no tener que tomar apuntes. Así se privilegiaba la reconstrucción de diálogos y escenas. Era la única forma posible de llegar a eso. En Chile tenemos una oralidad muy visual, muy rica para reconstruir diálogos y situaciones.

¿Cómo compatibilizaban la escritura con su labor en el diario?
O. Sepúlveda: Hacíamos la pauta del diario en la mañana y luego pensábamos en las entrevistas para la serie. Si surgían entrevistas largas yo, como editor político, me apoyaba mucho en mi sub-editor, Rafael Fuentealba. En esos días llegaba de vuelta a las siete de la tarde, para revisar la edición y decidir con Rafael los cambios para la edición nocturna. Entre las 10 y las 12 de la noche retomaba el libro, dependiendo de lo atrasado que estuviera. Como a la una de la mañana nos íbamos con Ascanio y Manuel a conversar sobre los capítulos siguientes, tomando alguna cerveza. Estuvimos un año completo en eso.
A. Cavallo: Escribíamos los capítulos en los computadores del diario, que tenían un sistema infernal. Primero, el servidor generaba un calor espantoso y había que mantenerlo en una pieza con hielo para que no se cayera. Segundo, no podías llevarte información para trabajar en la casa. Un viernes Oscar Sepúlveda estaba escribiendo un capítulo sobre la visita del Papa, que tenía que cerrar como plazo máximo el lunes a las seis de la tarde, para publicarlo el martes. Y ese viernes se cayó el sistema y se perdió todo. El lunes hubo que reescribir el capítulo. No alcanzamos a sintetizar. Esa es la explicación de por qué hay tres capítulos del Papa y no uno en la primera edición del libro. De hecho, la visita del Papa fue la única corrección a fondo que nos permitimos en ediciones posteriores: redujimos los tres capítulos originales a dos.

¿Cómo discriminaban qué información iba para el libro y cuál para el diario?
A. Cavallo: Cuando la serie comenzó a salir, en diciembre de 1987, los contenidos estaban muy distanciados de la coyuntura. Pero el capítulo sobre el plebiscito, que es el último, se publicó en diciembre de 1988, sólo dos meses después del triunfo del No. Entonces, en ese reporteo fuimos topándonos con información que servía para el diario. Por ejemplo, tuvimos la duda de hacer un reportaje para el diario sobre el papel clave del miembro del Tribunal Constitucional Eugenio Valenzuela Somarriva, un jurista de derecha, en las leyes políticas que permitieron que el plebiscito fuera una competencia limpia. Pero ese tema era demasiado académico para el diario. Al final, el rol de Valenzuela fue en el libro [en el capítulo penúltimo, La invisible trama del voto].
M. Salazar: Había gente del régimen militar que discrepaba de la campaña por el Sí y que nos habló mucho. El problema era si usar eso en el diario o en la serie. Además, debíamos tener cuidado de no ser utilizados. Creo que probablemente hay un cierto bajón en el aspecto dramático de La Historia Oculta a mediados del ’88, porque cada vez nos ocupaba más tiempo el diario y no era tan entretenido contar la trama legalista, de los decretos sobre el plebiscito. Había que hablar con expertos. A Ascanio Cavallo le gustaba más eso que a mí, pues yo pensaba que perdíamos masividad.

BUCEANDO EN LAS PUGNAS INTERNAS

¿Cuáles creen que fueron los grandes méritos del libro?
O. Sepúlveda: Transmitir el clima interno al interior del régimen militar, algo sorprendente para su tiempo. Fue valioso describir todas las disputas de Pinochet con sus propios colaboradores, con la propia junta de gobierno. Eso fue un aporte, porque en el mundo de la oposición había menos secretos. El cómo se formaba una organización sindical o cómo se organizaba una protesta, era menos impresionante que saber cómo había peleado Pinochet con el general Leigh.
M. Salazar: Hay algo súper importante para el momento en que salió la serie, pero que lamentablemente no fue recogido en las ediciones del libro: las fotos. Ahí hubo un aporte gráfico que resultó estremecedor. En el primer capítulo venían fotos del Estadio Nacional, con prisioneros desnudos. Había gente que no lo podía creer. Esas fotos están tomadas de un libro que se publicó en la RDA de un famoso documental. Y había también muchas fotos que eran desconocidas porque no se habían podido publicar en los medios. Oscar [Sepúlveda] consiguió la patente del vehículo que iba a usar Pinochet en Filipinas. Esa foto fue la que abrió el capítulo sobre el tema.¿Cuáles son sus capítulos favoritos?
A. Cavallo: Me gusta mucho el capítulo de Filipinas [Filipinazo, capítulo 27], una historia que estaba completamente virgen y que quedó muy bien detallada y escrita. Otro es el que narra la destitución del general Leigh, que los propios militares me comentaron que tenía detalles impresionantes [La caída de Leigh, capítulo 22]. También me gustó el capítulo de la llegada del Papa [El Papa pisa Pudahuel, capítulo 49]. El capítulo sobre el plebiscito creo que está bien [5 de octubre, capítulo 53], porque fue la primera interpretación global del plebiscito, aunque a ratos se pierde en detalles obsesivos. De este último me acuerdo de la escena en que el ministro Fernández dice que el 43% logrado por Pinochet es un triunfo, y el general Fernando Matthei le pregunta “dónde está la champaña”. Esa escena apareció casi al mismo tiempo en La Época y en Qué Pasa, pero nadie había explicado en qué contexto fue, qué estaba pasando con Pinochet.
M. Salazar: Me gusta el primer capítulo [Los días del “poder total”]. Muestra lo que va a ser el libro, rompe con todo lo que se ha hecho hasta ese momento en prensa escrita y abre una ventana. En general, rescato los recursos literarios que usamos, que creo que tiene que ver con la experiencia de reporteo que echo mucho de menos en los periodistas de hoy. Cada uno de nosotros tuvo que hacer el servicio militar cinco años antes de que recién te pusieran una jineta. Hoy los periodistas jóvenes quieren hacer frentes de inmediato, y que les paguen bien o se van.
O. Sepúlveda: Me gustan los capítulos sobre el funcionamiento de la DINA [capítulos 5 y 14: Las cuatro letras del miedo y Dina: los años de gloria]. Después, los que narran la destitución del general Leigh y el Filipinazo.

¿Qué debilidades tiene el libro?
M. Salazar: Probablemente faltó profundizar en temas que tienen que ver con mis obsesiones personales. Temas como los derechos humanos, las negociaciones al interior de la izquierda, las relaciones del PC con la Unión Soviética y con Fidel, aunque quizás todo eso sea materia de otros libros.
A. Cavallo: Creo que el libro tiene un cierto desequilibrio estructural, lo que quizás tenga que ver con el método de trabajo, pero echo de menos un reporteo más profundo a los años 1974 y 1975, que cubrimos muy rápido. En cambio, 1978, 1981 y 1982 están muy detallados. También creo que por razones de urgencia renunciamos muy rápido a episodios que deberíamos haber profundizado, como la investigación sobre la muerte del niño Rodrigo Anfruns, que quedó como subcapítulo. Pudimos haber entrado más en eso; teníamos cómo hacerlo.
O. Sepúlveda: Una debilidad es cierto desorden cronológico, por los flashbacks. Lo que pasa es que esto no fue pensado en un principio como libro. No trabajamos un año entero como una unidad para después publicarlo. Y eso es un problema.

“¿QUÉ CRESTAS ME ESTÁ PREGUNTANDO?”
(Cavallo y el reporteo en democracia)

Ascanio, diez años después usted intentó una fórmula muy similar: otra serie por entregas, “La historia oculta de la transición”, que también acabó como libro.
A. Cavallo: Lo que pasó ahí fue la misma situación. En 1995 renuncié a La Época y me fui a revista Hoy. Pero para 1997 los dueños de Hoy estaban peleados entre sí y nadie aportaba capital. Como no teníamos ingresos, la única forma era aumentar la circulación con un gancho artificial. Nos decidimos por la fórmula de una nueva serie periodística por capítulos. El problema es que más adelante la negociación con el potencial comprador, en este caso Radio Cooperativa, se desplomó…

¿Qué diferencias tiene “La historia oculta de la transición” con “La historia oculta del régimen militar”?
A. Cavallo: Estábamos en una democracia bien secretista. Tal vez era más fácil que antes hablar del gobierno, pero estaba todo el tema de la convivencia con el mundo militar. De hecho, los capítulos que para mí son centrales tienen que ver con Punta Peuco, el Boinazo. La tesis de este libro es que la transición terminaba con la salida de Pinochet de la Comandancia en Jefe, porque él sustentó su poder no en la Presidencia de la República, sino en el Ejército. Algo que sostengo todavía. Por lo tanto, era un periodo que tenía un límite bien nítido: 1990-1998. Además, tenía mucho más clara la estructura de capítulos, qué temas había que tocar.

¿Qué diferencias hay entre esos dos libros y el que escribió entre uno y otro, “Los hombres de la transición”?
A. Cavallo: Los Hombres de la Transición es bastante más literario. En él traté de retratar a un grupo de personajes que se juntaba en el Congreso en marzo de 1990, cuando Pinochet le entregó la banda presidencial a Patricio Aylwin. Entonces, tenía que preocuparme de la trayectoria que cada uno había recorrido para llegar a esa circunstancia. El libro tenía que partir con Pinochet, la mañana en que tomaba el helicóptero a Valparaíso para entregar el mando. Y tenía que terminar con Pinochet entregando el mando. Ese era el plan original. El ministro Carlos Cáceres se fue en el mismo helicóptero y quedó sentado al lado de la primera dama, Lucía Hiriart, que le hablaba y le hablaba. Pinochet iba solo, pegado a una ventana, como meditando. Entonces me dije: “Esto me sirve para hacer el flashback”. Pero tenía que describir la ruta del helicóptero. Justo conseguí que Pinochet me recibiera para conversar. Y le pregunté:
-General, ese día el helicóptero ¿Por dónde salió?
-¿Cómo que por dónde salió?
-¿Por dónde se fue a Valparaíso?
-Por arriba…
-Sí, pero qué ruta tomó…
-Hacia arriba, pues ¿Qué crestas me está preguntando?
-La ruta que tomó el helicóptero…
Pinochet apretó un timbre y pensé que se había enojado y que me iba a echar. Llegó un ordenanza y Pinochet le dijo: “Mire, este es el señor Cavallo, mañana ponga un helicóptero y llévelo a Valparaíso porque no sé qué huevada me está preguntando”. Efectivamente, el aparato salía por una ruta rara, por el noroeste, en dirección a Quintero, donde están los cerros más bajos. Y luego se devuelve sobre el mar a Valparaíso. Y eso sólo fue una línea en el libro. Además, Pinochet iba apoyado en el vidrio porque tenía sueño.

La Historia Oculta de la Transición deja la idea de que parte del material se recolectó durante su paso por la dirección de Hoy ¿Es eso correcto?
A. Cavallo: No, la conclusión es más triste: Todos esos años escribí de política y me creía un tipo informado, pero cuando me puse a reportear de nuevo para ese libro me di cuenta que sólo me había enterado de un 30%. Por ejemplo, durante el reporteo de La Historia Oculta de la Transición una fuente me sopló que la manifestación de personal del Ejército vestido de civil en las afueras de la Cárcel de Punta de Peuco, en julio de 1995, no había tenido nada que ver con el encarcelamiento del general Manuel Contreras (R), quien estaba en ese penal. “Acuérdate que están los Pinocheques todavía dando vueltas”, me dijo la fuente. Yo no lo podía creer. ¡Era la tercera muestra de malestar del Ejército por los Pinocheques y ningún periodista se había dado cuenta! Empecé a reportear y encontré al general adecuado que me dijo que lo había llamado Lucía Hiriart para ordenarle que organizara una manifestación en Punta de Peuco, “porque Augustito está con problemas de nuevo con estos tipos”. Y me dio el detalle completo de cómo había sido toda esta trama [en el capítulo 28, El picnic de la segunda división]. O sea, en su momento no me enteré de algo tan escandaloso.

 

Investigación de imágenes de archivo:
Oscar Castro y Cristián Roa
Edición de imágenes de archivo:
Cristián RoaFotografías e imágenes:
“La historia oculta del régimen militar”, segunda edición, 1989.
Diario La Epoca, Hemeroteca Biblioteca Nacional de Chile.

Descripción de las imágenes en orden correlativo:
Descripción: “La calle Teatinos el 12 de septiembre: vigilancia y limpieza de calles”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 13).
Descripción: “La Moneda el 12 de septiembre”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 15).
Descripción: “Obispo Fernando Ariztía”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 101).
Descripción: “Pinochet dicta normas y plazos a la comisión de reforma constitucional. A su lado Mónica Madariaga y Enrique Ortúzar”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 241).
Descripción: “Mónica Madariaga”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 319).
Portada capítulo 5, “Las cuatro letras del miedo”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 41).
Portada capítulo 14, “DINA: los años de gloria”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 133).
Descripción: “Sergio de la Cuadra asume; contemplan Mendoza, De Castro, Danús y Carrasco”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 385).
Portada capítulo 3, “Fractura en el piso 22”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 25).
Portada capítulo 49, “El Papa pisa Pudahuel”. En diario La Época (01/11/1988).
Extracto del capítulo 3, “Fractura en el piso 22”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 32).
Imagen patente descrita en capítulo “Filipinazo”. En diario La Época (31/05/1988).
Portada capítulo 22, “La caída de Leigh”. En diario La Época (26/04/1988).
Portada capítulo 27, “Filipinazo”. En diario La Época (31/05/1988).
Portada capítulo 49, “El Papa pisa Pudahuel”. En diario La Época (01/11/1988).
Portada capítulo 53, “5 de octubre”. En diario La Época (29/11/1988).
Portada capítulo 1, “Los días del ‘poder total’”. En diario La Época (01/12/1987).
Portada capítulo 5, “Las cuatro letras del miedo”. En diario La Época (29/12/1987).
Portada capítulo 14, “DINA: los años de gloria”. En diario La Época (01/03/1988).
Afiche promocional publicado en diario La Época (26/11/1987).

 

Reflexiones sobre la experiencia del gobierno de la Unidad Popular chileno (1970-1973). Aline Maciel.

ALINE MACIEL
HISTORIADO BRASILEÑA

Texto sobre la experiencia del gobierno de la unidad popular en chile 

 

Los dilemas y enseñanzas sobre una experiencia tan particular y nueva todavía estimula importantes reflexiones para el presente. Principalmente para la actual coyuntura brasileña

La experiencia de la Unidad Popular, ocurrida a principios de los años 1970 en Chile, suscitó, en el campo de las izquierdas, innumerables análisis posteriores al período. Los dilemas y enseñanzas sobre una experiencia tan particular y nueva todavía estimula importantes reflexiones para el presente. Principalmente para la actual coyuntura brasileña, que presenta profundos retrocesos a las conquistas de la clase trabajadora y aleja cada vez más la utopía de grandes transformaciones. Sin embargo, revisar un proceso de intensas movilizaciones y cambios permite compartir experiencias históricas que pueden contribuir a las luchas políticas y sociales en la actualidad.

En la década de 1970, mientras que la mayor parte de la izquierda latinoamericana apoya la lucha armada como una estrategia para la revolución, inspirado principalmente en la Revolución Cubana, en Chile la experiencia de la Unidad Popular 11 fue marcada por su originalidad e ineditismo. La idea de una transición pacífica, sin el uso de las armas, y valiéndose de los espacios institucionales, representó un gran desafío para la izquierda chilena. Por un lado, el carácter original de la UP exigía un debate en profundidad sobre las formulaciones políticas y las concepciones tácticas y estratégicas respecto de los caminos a seguir para la realización de las transformaciones y, por otro, acciones rápidas por parte del gobierno de la UP y de sus partidarios en un momento en el que se configuraba una zona de intensos conflictos. En el calor de los acontecimientos era imprescindible examinar a fondo el proceso, pero también actuar y dar respuestas a los desafíos que la coyuntura presentaba.

Cuando el socialista Salvador Allende fue electo presidente de Chile, en 1970, varias expectativas fueron generadas en la clase trabajadora identificada con las propuestas del nuevo gobierno. El proyecto político propuesto por el gobierno de la Unidad Popular, conocido como “vía chilena al socialismo”, era caracterizado por profundos cambios económicos, políticos y sociales sin el rompimiento con la institucionalidad. La propuesta incluía entre los ejes principales la constitución del llamado Área de Propiedad Social (APS), creada a través de la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y la conformación de un sistema de participación popular que trasladara el poder político de las manos de la clase dominante a la clase trabajadora y para los sectores progresistas de la clase media. Para eso, sería fundamental la conquista de los poderes Legislativo y Ejecutivo con el fin de eliminar los obstáculos a las transformaciones defendidas por la UP. Y ese fue uno de los temas que impregnaron los debates en el interior de la coalición, pues Allende no tenía mayoría parlamentaria.

Los minerales (cobre, hierro, nitrato) eran las principales riquezas del país, pero su explotación estaba en manos principalmente de empresas norteamericanas. En el gobierno anterior, el democristiano Eduardo Frei, tuvo una propuesta de chilenización del  cobre, pero, por innumerables motivos, no hubo avance. La nacionalización sería fundamental para disminuir la dependencia al capital extranjero y debilitar el poder de las oligarquías nacionales. En ese sentido, el primer año de la UP fue marcado por la ofensiva política de la izquierda. En los primeros meses del gobierno de Allende, un conjunto sustancial de cambios se hizo, como, por ejemplo, la nacionalización de grandes monopolios industriales y bancarios y la reforma agraria. Se suma a ello la victoria de la UP en las elecciones municipales de 1971 que representó la aprobación del gobierno. En el mismo año se estableció un acuerdo entre el gobierno y la central Única de Trabajadores(CUT), que versó sobre las formas de participación de trabajadores en la APS. El acuerdo abrió el camino para las discusiones relativas a la gestión participativa en las empresas y contribuyó al surgimiento de nuevas formas de organización de la clase obrera en el sistema productivo.

El clima de avances que marcó el primer año del gobierno sufrió un revés en los meses siguientes, y el escenario de inestabilidad se intensificó. La crisis instaurada fue marcada por altos índices inflacionarios, tanto en consecuencia del aumento del poder adquisitivo de trabajadores como del desabastecimiento resultante del boicot al gobierno. 

Las acciones de sectores de la derecha con intención de deslegitimar el gobierno se realizaron desde los primeros días de la UP. Entre ellos: el asesinato del general René Schneider, cometido por el grupo fascista Patria y Libertad con apoyo norteamericano, la Marcha de las Ollas Vacías, organizada por mujeres de las clases más altas en protesta por el supuesto desabastecimiento que la élite mismo había creado, acciones de boicot a la producción y la creación del mercado paralelo, el embargo económico de EEUU y las importaciones la devaluación de las existencias de los minerales en el mercado internacional, el despido de varios ministros del gobierno de Allende, una huelga de los conductores de camiones que ganó la pertenencia de los sectores empresariales, el intento de golpe de Estado conocido como tanquetazo , hasta el golpe militar que derrocó al gobierno e implementado una brutal dictadura en el país que duró casi veinte años.

Además de las acciones por parte de la oposición, la izquierda chilena presentaba divergencias que se profundizaron en el transcurso del proceso. En la historiografía sobre el tema, las principales diferencias se organizaron en dos polos. Uno de ellos, llamado polo gradualista , que abogaba por la necesidad de una alianza con sectores de la burguesía “progresista”, y el gobierno de la primera etapa de la revolución chilena que debe ser presentado como oligárquica, anti – imperialista y anti – monopolio. Este polo estuvo representada principalmente por el Partido Comunista, por un sector Socialista conectado a Allende y en una fracción del Movimiento de Acción Popular Unificado (MAPU), cuyo insignia fue ” consolidar para avanzar “. Por otra parte, el   polo rupturista  defendió la profundización de los cambios realizados por el gobierno, con base en el fortalecimiento del poder popular y sin una alianza con los sectores medios de la Democracia Cristiana (DC). Entre ellos estaban los militantes de un ala del Partido Socialista y del MAPU, la Izquierda Cristiana (IC) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que a pesar de no formar parte de la coalición defendía un apoyo crítico al gobierno, estaban representados por la consigna ” avanzar sin transar “.

Los desacuerdos se profundizan con el así – llamado Paro de Octubre 1972, una huelga de los propietarios de camiones absorbida por sectores empresariales, que agrava aún más la crisis en el país. Desde la parada del empleador hubo un proceso de profundización de la polarización entre los partidarios y los no – partidarios del gobierno y también una profundización de los desacuerdos entre los representantes de los partidos y movimientos que formaron la propia UP.

Con el paro de octubre y las acciones de boicot a la producción, el gobierno junto a la CUT convocó a trabajadoras y trabajadores para actuar contra los intentos de la derecha de desestabilizar el país y como forma de garantizar la producción, distribución y abastecimiento de la población. Varias agencias de base actuaron en defensa del gobierno, incluyendo las articulaciones de abastecimiento y Precios (JAP), comandos comunales (una especie de coordinador de las demandas de los trabajadores), las juntas de vecinos . Durante este período, para hacer frente a la parada del empleador, los trabajadores formaron los llamados industriales cordones 2, que fueron ocupaciones de fábricas organizadas territorialmente y que tuvieron el papel de mantener la producción frente al boicot realizado por empresarios y presionar al gobierno a avanzar en los cambios. Los cordones se fusionaron las empresas nacionalizadas, los que estaban en el proceso de nacionalización y fábricas ocupadas, donde los trabajadores exigieron su nacionalización en vista de las acciones de boicot a la producción por sus propietarios. El sector gradualista condenaba las ocupaciones de fábricas más allá de aquellas aprobadas por el gobierno alegando que la radicalización del proceso minería la posibilidad de un apoyo de sectores progresistas vinculados al empresariado.El polo  rupturista defendía las ocupaciones como forma de avanzar en las transformaciones propuestas y como expresión real del llamado “poder popular”. Las ocupaciones de fábricas y la formación de cordones transgredían el programa político de la UP, cuyas demandas no coincidían con los ritmos de los cambios propuestos por el gobierno. Allende, tras el paro de octubre, llegó a formar un gabinete integrado también por militares como forma de buscar una salida a la crisis instaurada y fue fuertemente criticado por parte de la izquierda chilena.

El clima de alerta que caracterizó los meses siguientes al paro hasta culminar en el golpe militar de 1973 fue acompañado por una intensificación de las movilizaciones de la izquierda y de sus partidarios, pero también de intentos para destituir al gobierno Allende. La situación casi insostenible, agravada por un intento de golpe por la derecha, el apoyo de Estados Unidos, conocido como tanquetazo, hizo que los trabajadores de los cordones enviaran una carta al presidente Allende alertando sobre la inminencia de un nuevo intento de golpe y la urgencia en prepararse para enfrentarlo. La carta fue enviada seis días antes del “septiembre chileno”, que instauró una dictadura en el país y acabó con el Estado de derecho, reprimiendo fuertemente los movimientos populares y marcando profundamente su historia.

El proceso duró más de quince años y fue marcado por el autoritarismo y las violaciones de derechos humanos que dejaron miles de muertos y desaparecidos, cuyos métodos más brutales de tortura fueron usados ​​como forma de impedir cualquier oposición al régimen.

Los años de la dictadura chilena marcaron un período de profundización de las desigualdades sociales con la implantación y desarrollo de las políticas neoliberales en el país. Además, se buscó desmoralizar y apagar la experiencia de la UP, caracterizándola como un período de desorden, violencia, marcado por el desabastecimiento, cuyo papel del régimen militar sería de “reconstrucción de la patria”. Pero la resistencia se dio de varias formas, desde movilizaciones en oposición a la dictadura hasta la formación de frentes armados que lucharon por su fin.

La experiencia chilena de la UP al valerse de los marcos constitucionales para promover cambios profundos en la sociedad amplió y profundizó también la propia democracia, pero sus esfuerzos fueron insuficientes para impedir las acciones opositoras que culminó en el golpe de 1973. Su gran desafío era realizar cambios tan profundos y estructurales que ponían en jaque el poder de las oligarquías y los intereses del capital extranjero, a través del sistema electoral y de respeto a la institucionalidad.

Como se ha señalado por el historiador chileno Mario Garcés, fue el gobierno de Allende que el país experimentó el período más largo de la movilización social y popular y los principales cambios en las relaciones de poder en su historia 3 . En ese sentido, el golpe de Estado de 1973 fue la manera de borrar la “revolución popular” que venía avecinando y de impedir el avance en las transformaciones que se estaban realizando en el país.

En el período post-dictadura, la transición democrática vino acompañada de los traumas dejados por las violaciones y abusos cometidos en la dictadura y los esfuerzos de reconciliación nacional. Como se señaló Nelly Richard, los gobiernos de transición se caracterizaron por el desplazamiento del foco central de las demandas de verdad y justicia, acordaron construir un acuerdo nacional que favoreció a los narrativas sobre el pasado dictatorial 4.

Por otro lado, las narrativas épicas militantes buscaron resaltar las experiencias de lucha en la UP y de resistencia a la dictadura. Las memorias y las narrativas históricas sobre el período, sin embargo, siguen en disputa, y comprender esas disputas posibilita entender los intereses en juego en el presente. Recientemente, en el país, la derecha volvió al poder, después del último gobierno en 2010, con propuestas que involucra, por ejemplo, el endurecimiento de la ley antiterrorista, que afecta directamente a los movimientos sociales en el país (principalmente indígena y estudiantil).

Los análisis posteriores al proceso se realizaron a lo largo de los años e incluyeron colecciones de textos, libros y artículos publicados sobre el período, con reflexiones de teóricos, militantes e intelectuales. Gran parte de ellas fueron también formuladas por personas que participaron en la experiencia de la UP, por lo que integran memorias individuales y colectivas sobre el proceso. Los estudios presentaron reflexiones de diversos aspectos de la experiencia de la UP e incluyeron también críticas y autocríticas. Algunas de ellas apuntaron que los debates y teorías propuestos en la época estaban más centrados en las discusiones estratégicas, tácticas y programáticas que en el modelo por el cual luchaban. También incluyeron un componente fundamental de la derrota de la UP: las divisiones internas y las divergencias sobre los ritmos y los caminos que debía seguir la “revolución chilena”. Otros análisis destacaron una preocupación del gobierno de la UP centrada más en la coyuntura que en los límites del propio proyecto político. En ese sentido, subrayaron que era necesario elaborar más profundamente debates sobre cómo realizar la transición al socialismo, a través de cambios profundos en la sociedad, que pusieron en jaque la producción capitalista, siguiendo los marcos constitucionales.

Hay una vasta bibliografía sobre la Unidad Popular con diversos análisis sobre las experiencias que compusieron el período, como está arriba citado. En este artículo pretendí abordar algunos de sus aspectos principales y señalar algunas reflexiones que se hicieron sobre un período en el que las clases menos favorecidas se atrevieron a ser protagonistas de su propia historia.

 Los estudios incluyen, además de los análisis y formulaciones teóricas, las memorias de aquellos que participaron directamente del proceso. Las reflexiones y rememoraciones sobre el pasado contribuyen a que los acontecimientos no caigan en el olvido, muchas veces forzado, y posibilitan que, en el presente, las personas puedan ir formando sus propios juicios sobre los procesos históricos. Es una forma de compartir experiencias entre las generaciones. Los conflictos y controversias que involucran los esfuerzos de pensar el pasado permiten que los aspectos de lo que se estudia sean reanudados y debatidos. En ese sentido, las memorias sobre el pasado, incorporadas por la historia, pueden funcionar como espacios de luchas políticas en el presente.

Los estudios y debates sobre el tema no están agotados, por el contrario, el distanciamiento en el tiempo puede traer nuevas reflexiones sobre el pasado, y nuevos análisis están siendo producidos, mostrando la riqueza del proceso histórico que se destacó por su originalidad. No había un paradigma y un modelo a seguir, ya que la UP presentó nuevos caminos teóricos y prácticos. Entre errores y aciertos, buscó construir una sociedad menos desigual y ese es uno de los más importantes legados del período. Las experiencias de luchas y movilizaciones enfrentadas en el período contribuyen fuertemente a pensar proyectos futuros que buscan una sociedad más justa e igualitaria.

bibliografía

FLAG, Luis M. Fórmula Chaos: la caída de Salvador Allende (1970-1973) . En el caso de las mujeres.

BORGES, Elisa Campos. ¡Con la UP ahora somos gobierno! La experiencia de los cordones industriales en Chile de Allende. Tesis de doctorado. Universidad Federal Fluminense, 2011.

GARCÉS, Mario. El Despertar de la Sociedad. Los Movimientos Sociales en América Latina y el Caribe. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Maciel, Aline F. Nosotros Gobierno! Participación y organización de los trabajadores en los cordones industriales de Santiago y empresas nacionalizadas de Tomás durante el gobierno de Allende (1970-1973). Tesis de maestría. Universidad de São Paulo, 2015.

MOULIAN, Tomas. Conversación Interrumpida con Allende. Santiago: LOM Ediciones – Universidad Arcis, 1988.

PINTO, Julio; SALAZAR, Gabriel. La historia reciente de Chile II: Actores, Identidad y Movimiento . Santiago: LOM, 1999.

PINTO, Julio (Orgs.). Cuando Hicimos Historia: la Experiencia de La Unidad Popular. Santiago: LOM, 2005.

Soto, Sandra C. cordones industriales: Formas Nuevas sociabilidad del Obrera y Organización política popular . Concepción: Escaparate Ediciones, 2009.

RICHARD, Nelly. Critica de la Memoria (1990-2010). Ediciones Universidad Diego Portales, 2010, 271 p.

Maravall, José. Las Mujeres en la Izquierda Chile Durante la Unidad Popular y la dictadura (1970-1990) . Tesis de doctorado. Universidad Autónoma de Madrid, 2012.

Aline Maciel es  historiadora  doctorada en el programa de Historia Social – USP

NOTAS

1.

La Unidad Popular fue una coalición de izquierda que venció las elecciones en Chile e integraba las siguientes organizaciones políticas: Partido Comunista (PC), Partido Socialista (PS), Partido Radical (PR), Partido Socialdemócrata (PSD), Movimiento de Acción Popular Unificado (MAPU), Acción Popular Independiente (API), Izquierda Cristiana (IC).

2.

Algunos trabajos tratan específicamente de la temática, entre ellos: SOTO, Sandra C. Cordones Industriales: Nuevas Formas de Sociabilidad Obrera y Organización Política Popular. Concepción: Escaparate Ediciones, 2009 .; BORGES, Elisa Campos. ¡Con la UP ahora somos gobierno! La experiencia de los cordones industriales en Chile de Allende. Tesis de doctorado. Universidad Federal Fluminense, 2011 .; MACIEL, Aline F. ¡Nosotros gobierno! Participación y organización de los trabajadores en los cordones industriales de Santiago y empresas nacionalizadas de Tomás durante el gobierno de Allende (1970-1973). Tesis de maestria. Universidad de São Paulo, 2015.

3.

GARCÉS, Mario. El Despertar de la Sociedad. Los Movimientos Sociales en América Latina y el Caribe. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

4.

RICHARD, Nelly. Critica de la Memoria (1990-2010). Ediciones Universidad Diego Portales, 2010, p. 16.

La experiencia de la Unidad Popular, ocurrida a principios de los años 1970 en Chile, suscitó, en el campo de las izquierdas, innumerables análisis posteriores al período. Los dilemas y enseñanzas sobre una experiencia tan particular y nueva todavía estimula importantes reflexiones para el presente. Principalmente para la actual coyuntura brasileña, que presenta profundos retrocesos a las conquistas de la clase trabajadora y aleja cada vez más la utopía de grandes transformaciones. Sin embargo, revisar un proceso de intensas movilizaciones y cambios permite compartir experiencias históricas que pueden contribuir a las luchas políticas y sociales en la actualidad.

 

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Polonia: cuando el revisionismo histórico se quiere hacer pasar por memoria

Polonia: cuando el revisionismo histórico se quiere hacer pasar por memoria

Gavin Rae

02/03/2018

La Ley modificada sobre el Instituto de Memoria Nacional, aprobada por el parlamento polaco el 26 de enero, ha causado una gran tormenta política nacional e internacional (el texto completo en inglés de la Ley se puede encontrar aquí). Además de ampliar las divisiones históricas y políticas en Polonia, ha abierto un conflicto no solo con Israel y Ucrania, sino también con el principal aliado del país, Estados Unidos. La ley ya ha sido firmada por el presidente, aunque la ha enviado al tribunal constitucional para su revisión (respecto a las controversias legales que rodean a la ley, consultar aquí).

Este artículo considerará el contenido de la Ley; las reacciones al mismo y qué repercusiones más amplias puede tener.

(Co) Responsabilidad y campos de exterminio

Hay principalmente dos partes controvertidas de esta Ley, que consideraremos una tras otra. La primera se refiere a acusaciones de (co) responsabilidad de los polacos por los crímenes nazis en la Segunda Guerra Mundial. Esta parte (Artículo 55a.1) dice:

“Quien alegue, públicamente y en contra de los hechos, que la Nación Polaca o la República de Polonia es responsable o corresponsable de los crímenes nazis cometidos por el Tercer Reich, como se especifica en el Artículo 6 de la Carta del Tribunal Militar Internacional adjunto al acuerdo internacional para el enjuiciamiento y castigo de los principales criminales de guerra del Eje Europeo, firmado en Londres el 8 de agosto de 1945 (Diario de Leyes polaco de 1947, artículo 367), o por otros delitos que constituyen crímenes contra la paz, crímenes contra la humanidad o crímenes de guerra, o quienquiera que de otra forma disminuya groseramente la responsabilidad de los verdaderos perpetradores de dichos crímenes – será castigado con una multa o con hasta 3 años de prisión. La sentencia se hará pública.

Lo primero que debe observarse aquí es lo que se ha omitido de este proyecto de ley. No incluye la frase “Campos de exterminio polacos”, aunque se ha informado ampliamente en los medios internacionales de que esto está en la Ley y que se ha utilizado regularmente como justificación para ella en Polonia. Esta frase ha sido utilizada en el pasado por algunos políticos internacionales (sobre todo Barak Obama) y en los medios internacionales. Generalmente se ha usado para denotar la ubicación geográfica de los campos, aunque fue condenada fuertemente, con razón, por todos los gobiernos polacos, que tendieron a reducir su uso. La frase nunca se ha utilizado dentro de Polonia y como esta ley solo se puede aplicar en Polonia, de todos modos no habría sido de utilidad práctica. Lo absurdo de la situación actual es que la frase se ha extendido por todo el mundo durante la semana pasada, y los tweets que la incluyen han llegado a decenas de millones de personas; algunos de los cuales, hostiles a la Ley, usándola como una forma de criticar al gobierno polaco.

La redacción del presente proyecto de ley es en realidad mucho más ambigua y peligrosa que esto, con el término “corresponsabilidad / responsabilidad” abierto a interpretaciones erróneas y abusivas. El holocausto fue un acto planeado y llevado a cabo por los nazis alemanes en Polonia, que estaba bajo su ocupación. Los nazis consideraban a los polacos como una raza eslava inferior y si hubieran ganado la guerra indudablemente habrían intentado destruir por completo a Polonia y al pueblo polaco. Polonia (tanto católicos como judíos y otros) sufrió, en porcentaje, una mayor pérdida de población que cualquier otro país durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de su infraestructura, industrias y ciudades (más del 85% de los edificios de Varsovia) fueron destruidas por los nazis. Los nazis construyeron la mayoría de sus campos de concentración en la Polonia ocupada y llevaron a cabo la matanza sistemática de tres millones de judíos (más del 90% de la población judía polaca anterior a la guerra). Aproximadamente otros 2 millones de polacos no judíos murieron durante la Segunda Guerra Mundial. Desde el comienzo de la ocupación de Polonia, la población polaca estuvo sujeta al terror, las ejecuciones en masa y represalias indiscriminadas contra comunidades enteras en las que hubo resistencia. La ocupación en Polonia fue más dura que en cualquier otro país de Europa occidental. No se creó ningún gobierno colaboracionista en Polonia y los polacos organizaron el mayor movimiento de resistencia a la ocupación nazi en Europa. La Polonia ocupada era el único territorio bajo ocupación nazi en que cualquier tipo de ayuda a los judíos era castigada con la muerte no solo para quien ayudaba sino también para toda su familia. A pesar de esto, los ciudadanos polacos ostentan el número más alto del mundo de individuos que han sido reconocidos como Justos Entre las Naciones, como no judíos que arriesgaron sus vidas para salvar a los judíos del exterminio durante el Holocausto. Se estima que alrededor de 50,000 polacos fueron ejecutados directamente por ayudar a judíos.

Quizás sea imposible imaginarse cómo fue vivir bajo esta ocupación y tratar de pensar cómo uno podría haber actuado en tal situación. La destrucción, el miedo y la barbarie infligidos por los nazis a Polonia fueron a tal escala que no es posible comprender. Los polacos fueron víctimas de esta ocupación. No hay ningún “pero” que pueda seguir a esta frase, no puede añadirse ninguna calificación que pueda de alguna manera disminuirla. La ocupación tuvo lugar en una sociedad que estaba dividida antes de la guerra, en la cual un creciente nacionalismo de derechas ( que se había extendido a través del continente) se combinaba frecuentemente con el antisemitismo contra la amplia población judía. Durante la guerra estas divisiones fueron explotadas por los nazis y hubo casos en que algunos polacos instigaron el asesinato de judíos. Ningún país está hecho simplemente de buenas o malas personas y ninguna historia es siempre blanca y negra.

La nueva ley no solo nubla la historia, sino que utiliza la tragedia de la ocupación nazi para un beneficio político actual. El gobierno polaco y los medios de derecha están caldeando la atmósfera en Polonia al difundir la creencia de que hay una campaña internacional para culpar a Polonia del holocausto y afirmar que los campos de concentración eran “polacos”. El proyecto de ley traslada potencialmente a los tribunales las dolorosas discusiones entre comunidades y entre historiadores  y extiende la incertidumbre y el miedo sobre lo que se puede decir. Algunos políticos destacados relacionados con el gobierno (como la Ministra de Educación Anna Zalewska) han puesto en duda la sentencia previamente aprobada por el Instituto de Memoria Nacional de que la masacre de judíos en la aldea de Jedwabne fue llevada a cabo por polacos. Imaginémonos por un momento que el Gobierno hubiera revertido esta decisión, ¿sería ilegal decir que los polacos fueron responsables de esta tragedia?

Incitando la reacción

El propósito político de este proyecto de ley parece ser inflamar las emociones y las hostilidades de un sector de la población polaca. Después de llevar a cabo una campaña de propaganda negativa contra refugiados y musulmanes, el gobierno y los medios de la derecha están abriendo la caja de Pandora del antisemitismo. El año 2018 es el 50 aniversario de uno de los pasajes más oscuros de la historia de la República Popular Polaca, en que miles de judíos fueron expulsados ​​del país. En la Polonia contemporánea (donde la población judía es actualmente muy pequeña) el antisemitismo sigue siendo fuerte, aunque ha ido disminuyendo sin cesar. Desde principios de la década de 1990 hasta 2005, quienes expresaban aversión por los judíos eran alrededor de la mitad de la población. Sin embargo, esto había disminuido hasta tan solo el 27% en 2010 (cuando por primera vez había más polacos con una actitud positiva que negativa hacia los judíos); antes de subir al 32% en 2015. Esta ley ha provocado una explosión de antisemitismo en las redes sociales liderada por una minoría racista escuchada en el país. Prominentes publicistas de derecha han bromeado con que quizás deberíamos utilizar también la frase ‘Campos de Concentración Judíos’. En una manifestación organizada por el Movimiento Nacional, de extrema derecha, ante el Palacio del Presidente (haciendo campaña para que firme el Acta), se desplegó una pancarta con un lema instando al presidente Duda a “arrancar su kipá”.

El gobierno también ha respondido con su propia campaña basada en el eslogan “Campos de exterminio alemanes”. El gobierno afirma que hay que subrayar siempre el hecho de que los campos de concentración eran alemanes y que el holocausto fue llevado a cabo por los alemanes. Recientemente se han pedido incluso cambios en los nombres de los campos de concentración como Majdanek o Auschwitz para que incluian la palabra alemán. Esto se basa en la falsa creencia de que las personas del exterior no entienden quiénes eran los nazis y de dónde venían. Al enfatizar sistemáticamente el hecho obvio de que eran alemanes, se minimiza el hecho de que eran campos fascistas. Se pasa por alto que el fascismo no se limitaba a Alemania ni era algo concerniente únicamente a ella; que algunos colaboraron con él; y que sigue siendo una amenaza en el día de hoy. Esta revisión de la historia ha sido secundada por miembros del gobierno y medios de la derecha, que afirman que Hitler era en realidad “de izquierdas”. Un prominente historiador derechista, Piotr Zychowicz, que ha popularizado este absurdo, incluso publicó un libro en que afirmaba que la mejor solución para Polonia en 1939 hubiera sido haberse aliado con el Tercer Reich y haber ayudado a derrotar a la Unión Soviética.

La reacción de Israel

La reacción nacionalista de derechas en Polonia ha sido replicada por algunas respuestas similares por parte de la derecha israelí. La comunidad judía, a nivel nacional e internacional, había criticado el proyecto de ley antes de que se aprobara en el parlamento; y después de su aprobación, la condena del proyecto de ley fue inmediata y fuerte, expresando el temor real de que la discusión abierta sobre el holocausto en Polonia sea censurada. Sin embargo, las reacciones de algunos políticos israelíes han sido en sí mismas incendiarias y ofensivas. Por ejemplo, el líder del partido opositor, Yair Lapid, tuiteó que el Holocausto: “fue concebido en Alemania, pero cientos de miles de judíos fueron asesinados sin haber conocido nunca a un soldado alemán. Hubo campos de exterminio polacos y ninguna ley puede cambiar eso”. Por otra parte, fue cancelada la visita que el Ministro de Educación, Naftali Bennett debía realizar a  Polonia, debido a sus afirmaciones de que” muchos polacos, a lo largo del país, persiguieron, informaron o participaron activamente  en el asesinato de más de 200,000 judíos durante y después del Holocausto” y que vendría a Polonia a decir la verdad. Bennet es miembro del Partido del Interior, de extrema derecha, que cree que no hay lugar para Palestina en la Tierra de Israel “otorgada por Dios”.

Esta ley ha inflamado las emociones, ha llevado a los extremos la discusión sobre la terrible historia compartida de la ocupación nazi y ha dado ínfulas a las voces nacionalistas más derechistas tanto en Israel como en Polonia. Esta deriva hacia los extremos ha sido criticada por el Gran Rabino de Varsovia, Michael Schudrich. Este ha condenado el proyecto de ley y ha señalado que existe una preocupación real dentro de la población judía de Polonia respecto a lo que está sucediendo en el país. Simultáneamente, ha declarado que: “Algunas de las cosas que he oído decir por Israel en la última semana también son horripilantes. Estas afirmaciones contra Polonia que simplemente no son ciertas y claramente no ayudan. Y más que no ayudar, simplemente son equivocadas “.

Colaboración ucraniana

El segundo elemento controvertido de este proyecto de ley se refiere a las acciones de los nacionalistas ucranianos durante la guerra. Esta parte dice:

“Artículo 2a. En el sentido de la Ley, los crímenes cometidos por nacionalistas ucranianos y miembros de unidades ucranianas colaboradoras con el Tercer Reich constituyen actos cometidos por nacionalistas ucranianos entre 1925 y 1950 que involucraron el uso de violencia, terror u otras violaciones de derechos humanos contra personas o grupos de población . La participación en el exterminio de la población judía y el genocidio de ciudadanos de la Segunda República Polaca en Volhynia y Malopolska del Este [Pequeña Polonia] también constituye un crimen cometido por nacionalistas ucranianos y miembros de unidades ucranianas que colaboran con el Tercer Reich “.

La historia nunca se discute en el vacío, sino que está conformada por los acontecimientos políticos contemporáneos. Las relaciones entre Ucrania y Polonia han estado cambiando constantemente en los últimos años. Polonia fue un firme defensor de las protestas de Maidan en Ucrania y del derrocamiento del gobierno de Yanukovich y respaldaron al gobierno ucraniano en el conflicto militar en el este de Ucrania. Prominentes políticos de Polonia, entre ellos miembros del actual partido gobernante PiS (entre ellos, Jarosław Kaczyński), participaron en las protestas de Maidan en Kiev. La elevación de las banderas nacionalistas históricas del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) y el crecimiento del nacionalismo de derecha y las unidades paramilitares fueron casi totalmente ignoradas por Polonia y Occidente. En abril de 2015, el parlamento ucraniano incluso aprobó una ley que reconoce a UPA como un “luchador por la libertad y la independencia” el mismo día en que el entonces presidente polaco Bronisław Komorowski se dirigió al parlamento ucraniano. Tal hipocresía e irresponsabilidad no se limita a Polonia, ya que los políticos y comentaristas occidentales de todas las tendencias políticas (no menos los que profesan ser los más liberales), condenan cualquier crítica a la extrema derecha en Ucrania por ser exagerada y simplemente propaganda rusa.

Ucrania ha experimentado su propio proceso de revisionismo histórico y censura. Además de alabar a los nacionalistas ucranianos (muchos de los cuales participaron en el asesinato de judíos y polacos y lucharon junto a los nazis), el gobierno ucraniano ha comenzado a censurar a quienes presentan otra versión de la historia. El libro Stalingrad, un bestseller histórico de Antony Beevor, fue prohibido por el gobierno ucraniano, por un pasaje que cuenta cómo 90 mil niños judíos fueron asesinados por la milicia ucraniana “para no herir los sentimientos del Sonderkommando”, las unidades de trabajo compuestas por prisioneros del campo de exterminio nazi .

El gobierno ucraniano ha condenado la ley polaca sobre crímenes de guerra “ucranianos” diciendo que restringe la libertad de expresión y es un paso hacia la censura de partidos. Aunque sin duda tienen toda la razón en este sentido, no reconocen de ninguna manera que ellos están cometiendo los mismos errores. El nacionalismo está aumentando tanto en Polonia como en Ucrania y ambas poblaciones tienen agravios históricos contra el otro. Además, ha habido una gran migración de ucranianos a Polonia en los últimos años, con alrededor de dos millones de ucranianos trabajando legalmente en el país. Estos inmigrantes se han integrado con éxito en la sociedad polaca, aunque los ataques contra los ucranianos en Polonia han ido en aumento. Sin embargo, el crecimiento del nacionalismo en ambos países y la apertura de disputas históricas entre ellos amenazan potencialmente estas relaciones principalmente  pacíficas.

Repercusiones internacionales

Uno de los aspectos más curiosos de estos eventos es el cambio en las relaciones internacionales entre los EE. UU. y tres de sus aliados internacionales más cercanos: Polonia, Israel y Ucrania.

Apenas unos meses atrás, Donald Trump visitó Varsovia e hizo grandes elogios de Polonia y su gobierno. Su retórica nacionalista derechista entonaba con la del gobierno polaco, afirmando que las principales amenazas para el mundo son Rusia y el terrorismo islámico; y que históricamente, el nazismo y el comunismo eran “males gemelos”. Trump fue el primer presidente en décadas que no visitó el monumento a la sublevación del gueto judío de 1943, cuando visitó Varsovia. Además, consultó con el historiador de extrema derecha Marek Jan Chodakiewicz para su discurso en Varsovia. Como señaló Rafał Pankowski, de la red antirracista Never Again, Chodakiewicz es conocido como un negacionista de la responsabilidad polaca por los actos de antisemitismo, incluido el infame pogrom Jedwabne de 1941, “(..)” Ha afirmado repetidamente que eran principalmente los mismos judíos los responsable de la hostilidad de sus vecinos polacos. Las acusaciones a los judíos de estar involucrados con el comunismo han estado presentes en muchos de los escritos de Chodakiewicz “.

El día en que se aprobó la Ley en el parlamento polaco, el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Rex Tillerson, estaba de visita en Varsovia como parte de una gira internacional. En aquel momento  no hizo ninguna declaración sobre la Ley y fue solo después de que Israel se quejara de ella, que el gobierno de los EE. UU. también respondió con una condena similar. Hay que suponer que a los gobiernos polaco y estadounidense les pilló por sorpresa la reacción de Israel. Recientemente Polonia ha estrechado sus relaciones con Israel y Estados Unidos, así como se han agriado sus relaciones con la Unión Europea y Alemania. Polonia fue uno de los pocos países que no votó en contra del proyecto de ley de Estados Unidos en las Naciones Unidas para reconocer a Jerusalén como la capital de Israel; y recientemente firmó un memorando de intención para comprar tanto el sistema de misiles Patriot de EE. UU. como misiles interceptores del sistema de defensa de misiles David Sling de Israel. Además, como se señaló anteriormente, Polonia y Ucrania se han convertido en estrechos aliados, unidos en sus actitudes hacia cosas tales como las sanciones económicas internacionales contra Rusia y el aumento de la presencia militar de la OTAN en la región.

La Ley Polaca de Memoria Histórica ha revelado las crecientes tensiones de Polonia con Israel y Ucrania. Esto es en parte un efecto del debilitamiento del poder internacional de Estados Unidos. Estados Unidos continúa siendo la potencia militar más grande del mundo y el mayor exportador de armas en el mundo. Están estratégicamente aliados a Ucrania y Polonia como parte de su objetivo declarado de extender sus fuerzas armadas a las fronteras de Rusia; e Israel es su principal aliado en el Medio Oriente y depende de las armas y el apoyo militar de los Estados Unidos. Esta realidad no va a cambiar pronto y, por lo tanto, es de esperar que eventualmente pueda encontrarse alguna forma de compromiso que al menos pueda calmar temporalmente las tensiones entre estas tres naciones.

Sin embargo, cualquier hegemonía global debe tener una mezcla de poderes “duros” y “blandos”. Estados Unidos ya no tiene mucho que ofrecer a estos países más allá de venderles sus armas y proporcionarles su nefasta seguridad. Su peso económico declinante en el mundo significa que EE. UU. ya no puede pagar por la complicidad ni exportar su visión del “sueño americano” como hacía anteriormente. En la época de Trump, su falsa imagen como defensor de los derechos humanos (incluso en casa) se pone en evidencia como un fraude. Al respaldar a las administraciones nacionalistas y conservadoras dentro de sus propios estados aliados, Estados Unidos está ayudando a crear hostilidades nacionalistas entre estas  regiones. La reapertura de disputas históricas, que se remontan a la Segunda Guerra Mundial, refleja cómo muchas de las estabilidades y seguridades del mundo de posguerra continúan esfumándose.

sociólogo, vive en Varsovia. Ha escrito extensamente sobre temas relacionados con la transición en Europa Central y Oriental y la expansión de la Unión Europea, con especial énfasis en Polonia. Su libro El regreso de Polonia al capitalismo, fue publicado por IB Tauris. Dirige el blog Más allá de la Transición.

Fuente:

Traducción:Anna Maria Garriga Tarré

Apuntes sobre las relaciones entre el MIR Chile y el Partido Comunista.

 

 

 

 

Apuntes sobre las relaciones entre el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y el Partido Comunista de Chile.

 

 

Caridad Massón Sena*

 

 

 

El  Partido  Obrero  Socialista  de Chile     fundado     por     Luis     Emilio Recabarren se adhirió a la Internacional Comunista   (IC)   en   1921   y,   al   año siguiente    se    convirtió    en    Partido Comunista. Según un informe de M. A. Komin, representante de la Comintern en América       del       Sur,       el movimiento  obrero  en  Chile era muy unido, tenía un carácter más proletario que en otros países de la región y, al mismo tiempo, varios representantes en  el Parlamento.1  Su línea política se basó en la conquista del poder no por medios insurrecciónales, sino a través de las instituciones democráticas burguesas fundamentalmente.  Es  por  ello  que  en 1924,   se   involucró   seriamente   en   la campaña electoral.2

Durante los años de la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931), el Partido vivió un período de gran represión, sin embargo se convirtió en un actor político con gran arraigo entre los mineros y otros sectores proletarios. Esta es la etapa en que comienza una  relación más directa con   la   IC.       En   ese   contexto   de clandestinidad,  el  Comité  Central  del PCCh se dividió ante la ambigüedad de aquel  gobierno  que  se  movía  entre  las posiciones      anticomunistas      y      los propósitos de modernización económica, desarrollo nacional y medidas a favor de las  capas  más  pobres.  Algunos  de  sus miembros pensaban que el gobierno tenía un carácter   fascista y había que luchar contra  él,  mientras  que  otros  querían apoyar   el   proyecto   corporativista   del presidente. Por su parte, el Secretariado Sudamericano (SSA) de la IC, en un lenguaje que pretendía impedir  la  división,  orientó que  debían  ser  muy cuidadosos con las vacilaciones  y los  elementos dudosos. El secretario del PC Rufino Rosas viajó a Moscú en   busca   de   orientaciones.

¿Debían  pactar  con  la pequeña burguesía para derribar al     gobierno  o combatir solos contra él? Rosas creía imposible que, en esos momentos, se pudiera establecer un gobierno obrero y campesino, por eso sugirió apoyar a la burguesía y enarbolar un plan de demandas  populares  inmediatas.  La  IC no  dio  mucha  importancia  a  lo  que

 

2   Eugenia Palieraki, ¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años 1960, Santiago, LOM Ediciones, 2014, p.12.

pasaba en Chile entonces.

 

 

 

 

3 Olga Ulianova, «El PC Chileno durante la dictadura de Ibañez (1927-1931): primera clandestinidad y”bolchevización” estaliniana», en Olga  Ulianova  y  Alfredo  Riquelme  Segovia (eds.),  Chile  en  los  archivos  soviéticos  1922-

1991, t. 1, Santiago de Chile, LOM Ediciones,

2005, pp. 215-232.

 

 

 

 

 

Entre 1928 y 1929, la mayoría de la dirección del Partido estaba en prisión, sus filas desmembradas y con múltiples contradicciones internas. Sin embargo, en

1929 empezó a implementarse la “bolchevización”4   encauzada directamente desde el SSA por el comunista italo-argentino Vittorio Codovilla,   quien   pretendió   llevar   la

dirección del Partido hacia Valparaíso, donde  se  encontraba  el  grupo  liderado por  Galo  González.  En  esa  etapa,  se daban fuertes contradicciones entre Codovilla, representante además de la táctica “clase contra clase”5, y el grupo residente   en   Santiago,   dirigido   por Manuel Hidalgo, el cual era favorable a realizar  asociaciones  con otros  sectores políticos.  Esta  situación  fue  muy discutida  y  Codovilla  desautorizó  las

intenciones de crear un partido legal y a las posiciones hidalguistas, asunto que terminó  con  la intervención  directa  del SSA y las expulsiones de militantes y dirigentes.6

Durante el período que va de la caída de Ibáñez a la formación del Frente

 

 

4  La bolchevización fue una directiva de la IC que en término generales, indicaba a los PPCC que debían adquirir un carácter de masas a través de su reestructuración por medio de células dentro de las empresas, del impulso a la labor en los sindicatos obreros y entre el  campesinado. En cuanto a  la organización  interna,  esta  debía  basarse  en  un fuerte centralismo y una severa disciplina.

5  La política de “clase contra clase” prohibía alianzas con grupos de otras tendencias ideológicas y el trabajo dentro de los sindicatos reformistas y

en los parlamentos burgueses. El frente único solo

se podría concertar con elementos de la base de las organizaciones sindicales y partidistas.

6  Olga Ulianova, «El PC Chileno durante la dictadura    de     Ibáñez    (1927-1931):    primera

clandestinidad y ”bolchevización” estaliniana», en

Olga Ulianova y Alfredo Riquelme Segovia (eds.), Chile en los archivos soviéticos 1922-1991, t. 1, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2005, pp. 233-

258.

Popular en 1936, el Partido osciló entre las actitudes muy radicales y la política de colaboración de clases, a la par que sufrió una grave crisis interna con la escisión de un sector afín al trotskismo.

Al gestarse el golpe de Estado de

1932 y la proclamación de una República Socialista, la dirigencia comunista trató de  instaurar  una  dictadura  del proletariado basada en los soviets. Ello sembró  mucha  confusión  en  su militancia.  Posteriormente  en  julio  de

1933 dio un giro importante al pasar a otra estrategia basada en la revolución democrática burguesa, agraria y anti- imperialista,  que  facilitaba  alianzas  de con otras clases y frentes amplios. Pasó a considerar a la burguesía nacional como el principal aliado del proletariado, cuya tarea   iba   a   ser    el    desarrollo    del

capitalismo. Lucharían juntos contra tres enemigos esenciales: el imperialismo estadounidense, el latifundio y la oligarquía nacional. Se adoptaba así una línea más moderada, alejándose del izquierdismo y el sectarismo.

La   política   de   Frente   Popular, adoptada por el VII Congreso de la IC en

1935, ya era conocida en Chile y su aplicación tenía por objetivo impedir el desarrollo del fascismo; frenar la fuerza

de la derecha; unir a la clase obrera con las clases medias; impulsar la liberación nacional, la industrialización y la modernización del país. Ella permitió crear una coalición que eligió como presidente al político del Partido Radical, Pedro Aguirre Cerda, en 1938, quien organizó su gabinete acompañado de socialistas y democráticos, pero exceptuando a los comunistas.

Aquella táctica   frentepopulista resultó positiva en lo inmediato. El PC logró aumentar sus votos parlamentarios y hasta el nombramiento de tres ministros más adelante. A largo plazo quedaron beneficios en los sectores de educación y salud y la experiencia de aquel esfuerzo democrático. Sin embargo, la guerra fría impuso un realineamiento gubernamental contra los comunistas. Estos fueron desalojados del gobierno y su organización declarada ilegal por la Ley de Defensa Permanente de la Democracia en septiembre de 1948.

En las circunstancias descritas se produjo un repliegue combativo y se formaron dos tendencias en el seno partidista: una minoritaria sostenida por Luis   Reinoso   orientada   a   la   lucha armada,  cuyo  el  objetivo  era  implantar una democracia popular; y otra mayoritaria sostenida por el Secretario General, Galo González, que impulsaba un Programa de Emergencia para poder unificar   las   fuerzas   de   oposición   y realizar la revolución democrática- burguesa. Las desavenencias entre González y Reinoso acabaron resolviéndose  con  la  expulsión  de  este

último.7

Ante la proximidad las elecciones presidenciales de 1952, muchas organizaciones y dirigentes políticos trataron de buscar apoyo del PC para los comicios. En su novena Conferencia, este adoptó la línea de Frente de Liberación Nacional, la tesis de un gobierno de coalición amplia, capaz de llevar adelante la revolución democrático-burguesa. La misma  tenía  similitudes  con  las anteriores, pero entre sus especificidades estaba  la  pretensión   de   alianzas   con

 

 

7  Manuel Loyola T., «“Los destructores del Partido”: notas sobre el reinosismo en el Partido Comunista de Chile», Revista Izquierdas, a. 1, n.2, en

 

http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2011/07/Rei nosismo.pdf, consultado diciembre de 2014.

algunos  sectores  de  la  burguesía,  pero con hegemonía obrera y la adopción de la vía pacífica como medio para hacer las transformaciones. El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética aprobó  a  nivel  internacional  dicha política.

Según Luis Corvalán, secretario general del Partido, la vía pacífica no estaba necesariamente vinculada a las elecciones, era una lucha de masas para acceder pacíficamente al poder de distintas maneras. Una de ellas podría ser la  elección  del  Presidente  de  la República. Además la misma no excluía

totalmente las acciones violentas.8 Los comunistas consideraban que la contradicción principal en la sociedad chilena se reflejaba en dos bloques: el pueblo que incluía prácticamente a toda

la  sociedad  y  el  poder  económico  y estatal, o sea, los latifundistas y la burguesía monopólica. Consideraban ineludibles la modernización y democratización para llegar al socialismo a través de la democracia. Esa política fue revalidada en 1962 y, a la derrota del socialista Salvador Allende en las elecciones de 1964, el PC de Chile inició la ampliación de sus coaliciones para los próximos sufragios.

El tema de la vía pacífica se situó en el centro de la polémica en los años

  1. En América Latina tuvo además sus peculiaridades por las influencias de la Revolución Cubana, la teoría del foco guerrillero defendida por Ernesto Che Guevara y las ideas Mao Tse-Tung. El triunfo en Cuba impulsó a que desde la URSS se  elaboraran nuevos conceptos

 

 

8 Luis Corvalán, Los comunistas y el MIR, 15-12-

1970,                   en         http://www.socialismo- chileno.org/apsjb/1970/Corvalan%20los%20com unistas%20y%20el%20Mirdic70.pdf,  consultado en diciembre de 2014.

 

 

 

 

 

como  el  de  Estado  Nacional Democrático, en el cual el liderazgo no debía corresponder al PC en particular, sino a las fuerzas progresistas de cada nación.   Precisamente en esa etapa se fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) el 15 de agosto de

  1. Sus miembros salieron  de varios grupos  de  izquierda:  trotskistas, disidentes  socialistas,  maoístas, militantes expulsados del PC, anarco- sindicalistas y cristianos de izquierda. El trostkista     Enrique  Sepúlveda  fue  su

primer secretario general.9

Para  la  investigadora  griega Eugenia Palieraki, los orígenes del MIR hay que buscarlos en el contexto de la historia de la izquierda chilena durante las décadas del veinte y del treinta del siglo pasado. Los políticos, dirigentes de izquierda y sindicalistas que se reunieron para formarlo servirían de puente entre aquella y la joven generación de los sesenta, núcleo que asumiría la dirección del movimiento.

 

[…] Sólo las trayectorias militantes y las motivaciones políticas de los fundadores del MIR pueden aportar respuestas, ya que –salvo algunas excepciones– habían sido militantes sindicalistas o de izquierda mucho tiempo antes de crear el movimiento. Por lo tanto, su acción política no dependió tanto de unas determinadas condiciones económicas y sociales como  de  un  compromiso  militante

 

 

 

 

 

 

9E u g e n i a P a l i e r a k i ,   “ L a   o p c i ó n   p o r   l a s a r m a s .  N u e v a  i z q u i e r d a  r e v o l u c i o n a r i a  y v i o l e n c i a     p o l í t i c a     e n     C h i l e     ( 1 9 6 5 –

1 9 7 0 ) ” , P o l i s ,  19, 2 0 0 8 ,  P u b l i c a d o  e l  2 3 j u l i o  2 0 0 8 ,     h t t p : / / p o l i s . r e v u e s . o r g / 3 8 8 2 , c o n s u l t a d o d i c i e m b r e d e 2 0 1 4 .

personal o generacional de larga data

[…]10

 

Como hemos analizado Luis Reinoso, expulsado del PC por promover la lucha armada,  había desarrollado una visión  crítica  con  respecto  a  las relaciones entre ese Partido y la URSS, al tiempo  que  simpatizaba  con  los principios de la Revolución China y la teoría maoísta de las “dos piernas”, que le otorgaba un rol esencial a los campesinos como fuerza revolucionaria. Algunos de sus seguidores contribuyeron a la formación de un pequeño aparato militar y fomentaron sus ideas dentro del MIR.

También Clotario Blest, el experimentado líder sindicalista, se unió al MIR y tras una visita a Cuba, invitado por  el  Comandante  Guevara,  radicalizó su posición. Él provenía de la corriente del cristianismo social. Pensaba que la moral constituía un elemento central de la identidad de la izquierda, tenía desconfianza en los partidos y era partidario de la unidad de todos los revolucionarios, la acción directa y la insurrección  de  los  trabajadores  de  las

ciudades.11

Un grupo de jóvenes hizo suyas aquellas ideas. Dentro de ellos Miguel Enríquez  y  sus  partidarios,  a  quienes había impactado mucho la experiencia cubana. Antes habían pertenecido al Partido Socialista y a Vanguardia Revolucionaria Marxista. Después del Segundo Congreso del MIR realizado en

1967,   los   trotskistas   abandonaron   o fueron expulsados de la organización. Entonces    estos    muchachos    ganaron

 

 

10  Eugenia Palieraki, ¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años 1960, Santiago, LOM Ediciones, 2014, p.11.

11 Ibídem.

 

 

 

 

 

posiciones    y    Enríquez    asumió    su secretaría general.

Paralelamente, la falta de apoyo del Partido  Comunista  Boliviano  a  la guerrilla del Che y el respaldo del PCCH

generaciones de militantes del PC. Por tanto, el peso de la tradición familiar es un factor a tener en cuenta para explicar por qué apenas hubo jóvenes militantes del PC que

12

 

a la invasión soviética a Checoslovaquia provocó  un  gran  desencanto  entre muchos jóvenes militantes chilenos y un parte de ellos se unió al Movimiento.

En  definitiva,  desde su  fundación las relaciones entre el MIR y el PCCH fueron muy conflictivas.  El  MIR  había intentado, en un primer momento, acercarse al Partido, pero ante su desconfianza hacia los miristas, cambió de posición,  y comenzó  un  proceso  de críticas recíprocas. En criterios de Palieraki:

eligieran al MIR como opción.

 

Ambas organizaciones compitieron en la búsqueda de nuevas afiliaciones entre la juventud Sus programas se excluían mutuamente, por lo que si un militante se decidía por el PC o por el MIR, ello implicaba rechazar al otro. Con la entrada de nuevos militantes, la dirección pasó a manos de Miguel Enríquez. Y es importante destacar como la influencia de los cristianos se fue haciendo mayor, cuando un grupo de jóvenes   de   la   DC   se   incorporó   al

13

 

 

[…] la transición de un comunista al MIR podía ser interpretada por el militante como una ruptura violenta de su trayectoria, lo que no era el caso de los democratacristianos o de los católicos. La adhesión a la Democracia Cristiana o la pertenencia a una organización juvenil católica estaba, ante todo, motivada  por  consideraciones éticas.  En  cambio,  la  adhesión al Partido Comunista comportaba una sólida formación teórica marxista y la adhesión a unos principios ideológicos concretos. Por lo tanto, la transición a otro partido de izquierda que tenía desacuerdos teóricos con el PC podía ser visto como una ruptura radical con la militancia comunista. La segunda razón era la tradición política familiar. La DC era un partido relativamente nuevo y, por consiguiente, carecía de fidelidades partidistas intergeneracionales. Los jóvenes  militantes  comunistas,  en

Movimiento.

Durante las sesiones de su XIV Congreso, el PCCH buscó la unidad entre obreros, campesinos, capas medias, pequeños  y medianos productores  y en un Manifiesto al Pueblo consideró que dentro del Partido Radical y la DC también podían encontrarse sectores populares. En consecuencia ayudó a fundar la Unidad Popular (UP), en la cual también tomaron parte socialistas, radicales, social-demócratas, ibañistas, demócratas-cristianos y miembros del Movimiento de Acción Popular Unitaria. Con un programa de gobierno antimperialista y antioligárquico, la Unidad Popular declaró su candidato presidencial al socialista Salvador Allende.

En tanto el MIR realizaba sus primeras  acciones  armadas  en  junio  de

1969 al asaltar varios bancos. Luego de algunas polémicas sobre la pertinencia de una guerrilla rural, Movimiento focalizó

 

cambio,  provenían  con  frecuencia                                                        

 

de   familias   de   larga   tradición partidista, familias con dos o tres

12 Ibídem, pp. 221.

13 Ibídem.

 

 

 

 

 

sus  combates  en  el  sector  urbano,  con poca influencia entre el campesinado y los obreros.

Según Pascal Allende, quien fuera posteriormente   secretario   general   del MIR y por revelaciones de la hija de Salvador Allende, en plena campaña presidencial el candidato de la UP realizó una reunión secreta con Miguel Enríquez. Este le explicó que el MIR había dejado en libertad a sus militantes para que decidieran votar o no por su candidatura y  que  estaba  preocupado  por  su seguridad. Salvador le pidió que detuvieran las acciones armadas para no perjudicar su campaña y aceptó que militantes miristas formaran el Grupo de Amigos     Personales     para     que     lo

protegieran.14

El triunfo de la Unidad Popular en septiembre de 1970 constituyó la plasmación de la política del PCCh. Por primera vez, una coalición de izquierda gobernaba ciertamente, aunque no tenía todo el poder. Sus medidas más importantes fueron la nacionalización de ramas básicas de la economía, la expropiación de los monopolios y la banca, la liquidación del latifundio, la implementación de la Reforma Agraria, la atención a los reclamos de los trabajadores, el mejoramiento de las condiciones de las condiciones de vida de los sectores más pobres.

Con  el  ascenso  de  Salvador Allende a la silla presidencial, el MIR suspendió sus operaciones armadas, abandonó la clandestinidad y trató de insertarse a la vida política a través de los Frentes  Intermedios de  Masas. Además colocó su estructura militar a disposición

 

14  Andrés Pascal Allende, “El MIR y Allende”, Punto Final, n. 665, 26 de junio de 2008 en http://www.puntofinal.cl/665/mir.phpPunto final, edición 665 (26 de junio-10 de julio 2008)

de su seguridad. Pocas semanas después de haber asumido,  se produjo  un altercado entre el MIR y el PC en la ciudad de Concepción, durante el cual murió un mirista. El Presidente intervino personalmente  exigiendo  a  la  dirección del Partido que dialogara con el Movimiento para impedir nuevas pugnas. Ante esa situación, el secretario General del PC Luis Corvalán declaró públicamente el 15 de diciembre de 1970 que el MIR tenía una concepción completamente  diferente  a  los comunistas sobre las formas de lucha revolucionaria, sin embargo había comprendido el rumbo que debía seguir la revolución chilena y estaba apoyando al Gobierno  Popular. Por lo tanto, creía que se iba a dar “una suerte de entendimiento” entre ambas organizaciones, aunque subsistían diferencias en muchos aspectos y la lucha ideológica continuaría en un plano más

fraternal.15

A  finales  de  ese  año,  se  produjo una amnistía presidencial para los miembros del MIR y posteriormente se le ofreció a Miguel Enríquez que ocupara la cartera de Ministro de Salud, quien no aceptó alegando que no creía posible llevar a vías de hecho los cambios revolucionarios   a   que   aspiraba,   por

medios institucionales.16

Los partidarios de la Unidad Popular, que en el momento en que Allende fue elegido eran poco más de un tercio de la sociedad chilena, fueron aumentando su volumen hasta llegar al

43,85% en las elecciones parlamentarias

 

 

15Luis Corvalán, Los comunistas y el MIR, 15-12-

1970,                   en         http://www.socialismo- chileno.org/apsjb/1970/Corvalan%20los%20com unistas%20y%20el%20Mirdic70.pdf,  consultado en diciembre de 2014.

16 Pascal Allende, obra citada.

 

 

 

 

 

de 1973; sin embargo,  la oposición (la Democracia Cristiana y el Partido Nacional) unieron sus fuerzas formando la Confederación de la Democracia (CODE), que aumentó la polarización del país.

de los partidos de toda la Izquierda, cuando miles de hombres y mujeres del pueblo rodearon el palacio de La Moneda para defender al compañero presidente y exigir castigo a los golpistas.” Pero,

 

En mayo de 1972 se realizaron varias conversaciones entre el MIR y la UP, que fueron ineficaces, según criterio de Pascal Allende. Posteriormente, en el mes de julio, el MIR y todos los partidos de la Unidad Popular, con la excepción del Comunista, convocaron a una asamblea popular en Concepción, y ello provocó el crecimiento de las tensiones con el Presidente.

 

El 5 de agosto la policía de Investigaciones  -que  estaba encabezada por dirigentes comunistas y socialistas partidarios de reprimir al MIR- allanó el campamento Lo Hermida -donde la influencia mirista era muy fuerte- y dispararon sobre los pobladores que se resistieron a la incursión policial, matando e hiriendo a varios de ellos. El MIR advirtió al gobierno que si no detenía la ofensiva represiva usaría las armas de que disponía  para  defenderse.  Una  vez más, el presidente Allende intervino para evitar el conflicto […]17

 

Por otra parte, la derecha antigubernamental iba tomando fuerzas y en octubre de 1971 realizó un paro patronal.  Los  medios  imperialistas estaban dando apoyo a la oposición más reaccionaria y particularmente a sus elementos  dentro  de  las  Fuerzas Armadas.  Cuando  en  junio  de 1973  se produjo   el   intento   de   levantamiento militar -cuenta Pascal Allende- “las banderas  rojinegras  del  MIR  ondearon

[…] ni el MIR se decidió a repartir las

armas al pueblo […] por temor a provocar un enfrentamiento con el gobierno y dividir el movimiento popular, ni el gobierno aprovechó esta victoria para intervenir dentro de las FF.AA (…) A partir de entonces, el inmovilismo del conjunto de la Izquierda y del gobierno creció, junto con la desmoralización y el temor, en el movimiento de masas.18

 

Aunque el presidente Allende intentó una salida política institucional, convocando a un plebiscito, ya el golpe era imparable. La mañana del 11 de septiembre, Miguel Enríquez y Allende se comunicaron por última vez. Miguel le ofreció  el  apoyo  de  combatientes  del MIR   para   proteger   su   salida   de   La Moneda y continuar la resistencia en los barrios populares. Allende no aceptó y le mandó  a  decir:  “Yo  no  me  muevo  de aquí, cumpliré hasta mi muerte la responsabilidad que el pueblo me ha entregado.      Ahora      es      tu      turno , Miguel…”19

18 Ibídem. Los propósitos del Partido Comunista al involucrarse en el proyecto de la Unidad Popular no estaba tratando de  iniciar  una  lucha  por  el  socialismo, sino de conseguir objetivos antimonopolistas,     antilatifundistas     y Democracia  Cristiana.  Mientras  que  el MIR,   que   reconocía   teóricamente   la necesidad   de  atracción   de  las   clases junto a la bandera chilena y las banderas medias, en la práctica no se mostró dispuesto a hacer concesiones para conseguirlo: su proyecto de alianzas era esencialmente  entre  obreros  y campesinos con las capas pobres del campo y la ciudad. Así pues, el PCCh y el MIR fueron las dos organizaciones que más claramente muestran su desacuerdo sobre la concepción del poder popular y los  dos  proyectos  de  la  izquierda  más                                                        

 

17 Pascal Allende, obra citada.

19 Ibídem

 

 

 

 

 

 

contrapuestos.20

Los Cordones Industriales –nos analiza Luis Corvalán- surgieron, por iniciativa del MIR y de un sector del Partido Socialista en 1973 y fueron proclamados como órganos de poder alternativo. El PC los objetó al comienzo. Después de varias conversaciones, socialistas y comunistas llegaron a la conclusión de la necesidad de apoyar dichos cordones, para darles el carácter proletario y que no órganos paralelos, ni opuestos a la Unidad Popular.   El MIR que fue uno de las organizaciones más activas dentro de los Cordones, sin embargo tenía una visión totalmente diferente, pues los consideraba un poder autónomo   e   independiente,   en   lucha contra el Estado burgués y sus instituciones.    Por eso su línea de orientación era construir un poder dual que abriera paso a un Estado proletario.21

Según el criterio del estudioso francés Franck Gaudichaud, en busca de la moderación para aplicar el programa de la Unidad Popular, el Partido Comunista desempeñó un papel esencial. Sus  objetivos  eran  garantizar  la estabilidad del Gobierno y no asustar “a la  burguesía  nacional”.  Y  a  la  larga,impuso una hegemonía sobre el gobierno con el lema “Consolidar para avanzar”. Es por eso que Orlando Millas, ministro comunista,  llamó  a  devolver  las industrias ocupadas por sus obreros  y el PC frenó la constitución del “poder popular” (en particular los Cordones Industriales).  Mientras  que  la  posición del MIR fue más radical: entregando un apoyo crítico al gobierno y pronunciándose por un “poder popular alternativo” al Estado burgués. El Frente de Trabajadores Revolucionarios (tendencia sindical  del  MIR), criticó  el “control burocrático” de la UP sobre el movimiento obrero.

 

 

20 Jesús Sánchez Rodríguez, Reflexiones sobre la revolución                       chilena,                       en http://www.rebelion.org/docs/52569.pdf, consultado en diciembre de 2014.

21 Ibídem.

 

Pero la mayoría de este sector político continuó dependiente de las iniciativas gubernamentales y no logro ocupar un espacio político copado por los dos grandes partidos del movimiento obrero (el PC y el PS). Además, el MIR chileno adopto en algunas ocasiones posicionamientos infantiles, producto de su desesperación por tratar de tener más influencia en una clase obrera que tenía depositadas       mayoritariamente  sus esperanzas en el gobierno. 22

Si  bien es  cierto  que el  gobierno Allende no capituló ante la reacción, ocurrió otra de las posibilidades previstas por el MIR, el golpe de Estado, que encontró a la izquierda dividida y desorganizada, por lo cual no pudo emprender  una  resistencia  popular masiva. En esas circunstancias y consecuente con sus principios, el MIR decidió  que  sus  miembros  no  debían asilarse, sino presentar una batalla frontal contra la dictadura pinochetista.

Como hemos señalado, tanto el Partido Comunista como el MIR fueron actores  políticos  importantes  durante el período  de  la  Unidad  Popular. Fatalmente, siendo ambas organizaciones de la izquierda política, no pudieron concertar   un   compromiso   de   lucha común,  pues  primaron  por  encima  de todo las divergencias de tipo estratégico- táctica que cada una enarbolaba. El costo político de esta situación fue altísimo. La reacción arremetió contra el pueblo chileno y, en especial, contra sus organizaciones representativas. Los partidos tuvieron que pasar a la clandestinidad, miles de sus integrantes fueron asesinados, torturados, encarcelados o tuvieron que salir del país y se instauró una tiranía, cuyas secuelas aún pueden verse en la sociedad chilena.

 

 

 

 

22 Franck Gaudichaud, “Pensar las alternativas yel socialismo en la América latina del siglo XXI”, en http://www.nodo50.org/cubasigloXXI/congreso0

4/gaudichaud_290204.pdf,  consultado  el  9  de febrero de 2015, p. 6.

 

 

 

 

 

 

 

Este texto forma parte del libro de Rosario Alfonso Parodi y Fernado Luis Rojas López (comp.), Ahora es tu turno Miguel. Un homenaje cubano a Miguel Enríquez, Instituto Cubano de Investigación Cultura Juan Marinello, La Habana,

2015, pp. 77-86

Ver

https://www.cepchile.cl/cep/site/artic/20160304/asocfile/20160304095103/Ind-Gral_LaIzquierdaChilena.pdf

 

Marchar de la memoria al poder. Resignificación de los ritos.

Chile. ¿Por qué el 10 de septiembre hay que marchar del cementerio al centro de Santiago?

por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)

Publicado el 6 Septiembre, 2017

1.

Para quienes persiguen cambiar la vida y el actual orden de cosas, la memoria no puede monumentalizarse ni agotarse en una simple evocación nostálgica. Para las y los insumisos, la memoria es historicidad actualizada. Que no museo, que presente y futuro.

 

 

Por eso marchar desde el centro de Santiago de Chile hasta el cementerio general para conmemorar a las y los luchadores sociales que cayeron desde el 11 de septiembre de 1973 hasta hoy mismo, constituye una mera puesta en escena de lo que fue. Es un momento necesario, pero insuficiente.

(Y quienes cayeron por la libertad desde el 11 de septiembre de 1973 hasta ahora mismo, son reflejo disruptivo de los que cayeron mucho antes, en los pliegues relampagueantes de la historia de los pueblos en lucha. La desobediencia de los oprimidos es un resultado histórico, movimiento real en alza, momentos cruciales y rompientes de la normalidad sistémica. Ensayos del porvenir.)

2.

Los ritos son tan importantes que es preciso modificarlos según el aquí y el ahora. En cambio, marchar desde el cementerio general hasta el centro de Santiago, esto es, desde la memoria hasta el lugar donde simbólicamente se condensa “lo público”, “lo de todos”, es un ejercicio que sí completa el circuito con sentido de la voluntad transformadora, tanto de los que cayeron y que con nosotros van, como de los que enfrentan las actuales opresiones con el objetivo de superarlas. De lo contrario, la marcha habitual al cementerio general se vuelve un simple espectáculo de repertorio inofensivo. El espectáculo de la caminata del derrotado. El fetiche anti-histórico de la fatalidad quieta, fija. La reiteración incesante de la muerte. Pura impotencia.

Pero los pueblos no van tras la muerte. Son en latencia la promesa de la nueva vida o de la vida por fin socializada.

¿Dónde quiere la oligarquía chilena a la disidencia social más resuelta? En el cementerio. ¿Y cuál es su terror callado o explícito? Que los plebeyos, los humillados y ofendidos, se hagan del poder político y terminen con su dictadura centenaria. El amo sólo tiene sentido cuando existe el esclavo. Ante la liberación del esclavo, se desmorona la condición del amo. Asimismo, el amo, en medio de su derrumbe, por fin comprenderá que ya liberado el esclavo, el mismo amo se libera. En ese momento “no se da vuelta la tortilla” (lo que equivaldría a mantener las mismas relaciones de poder con los sujetos invertidos nada más). La emancipación del esclavo asalariado o sometido al gran capital, jamás puede ser un acto de venganza. Tiene que ser un proceso libertario de todo el género humano. Libre el esclavo, entonces el amo se disuelve en la angustia de su propia libertad desnuda.

3.

La lucha histórica entre opresores y oprimidos se ofrece sobre todo en el campo simbólico y cultural, de acuerdo a las relaciones de fuerza concretas y específicas que trazan la actual fase de dominación en Chile. Las y los oprimidos, las y los comunes, a diferencia de los opresores, bajo las relaciones sociales capitalistas, no pueden alcanzar el poder desde la hegemonía de su propio desenvolvimiento económico hasta llegar a destronar paulatinamente a la minoría mandante, sino que sólo puede realizarse desde la consciencia práctica de su devenir emancipatorio. Por eso la creación de estrategias populares en contra de las sofisticadas relaciones de alienación y de disciplinamiento social está a la orden del día. Y los fenómenos ligados a la alienación y al disciplinamiento social no se limitan únicamente a la población en general. Lo realmente grave es que se reproducen entre quienes se autodenominan desde progresistas hasta revolucionarios. Por ejemplo, el patriarcado, el autoritarismo, formas solapadas o abiertas de racismo y discriminación, se practican ampliamente entre las izquierdas institucionales y no institucionales. En consecuencia, el combate cotidiano en contra de la alienación individual y social debe enfrentarse antes que en ningún otro sitio, en los activos organizados que persiguen la superación de dominio del capital, la explotación y súper-explotación humana y la destrucción suicida de la biodiversidad. También los sujetos rebeldes deben llegar a ser libres. La humanidad colonizada multidimensionalmente por la ideología del capital no puede contener en sí misma las huellas de una civilización nueva.

4.

Aunque parezca apenas un gesto, marchar desde el cementerio hasta el centro de Santiago, en realidad es una de las tantas formas de ir saboteando lo establecido desde y por los pocos de arriba.Esos pocos, ya lo sabemos, nos quieren lo más lejos posible del sitio que resume lo público y lo político. El Estado capitalista chileno, uno de los más hábiles del continente, únicamente quiere clientes, consumidores, usuarios, y operadores funcionales a sus intereses. No es ningún problema para el régimen prevalente que la minoría activa de vez en cuando espectacularice su calendario de derrotas, la cual, a su vez, se corresponde al calendario de las victorias del opresor.

Por eso el 11 de septiembre (este año, el domingo 10 de septiembre) hay que marchar de la memoria al poder, del cementerio al centro cívico de Santiago. No por capricho ni irrespeto. Sino que para ir rompiendo en el ámbito simbólico y de la consciencia de la propia rebeldía, la exclusividad oligárquica de la política.

Por los derechos sociales y populares de las y los trabajadores asalariados y de los auto-explotados; de las mujeres, de los indígenas, de los migrantes, de la disidencia sexual, de los jóvenes sin porvenir y de los viejos-jóvenes, de los empobrecidos, de los ambientalistas, de los colectivos de DDHH, de los intelectuales que producen conocimientos desde los intereses de los de abajo, de los adoloridos, enfermos y esperanzados, de los cristianos de la opción por los pobres, de los desesperados y de los felices en la alegría desafiante de toda la vida que nos queda por imaginar y crear.

@PeriodistaFigue

El caso Pinochet: lecciones de la lucha transnacional contra la impunidad (Borrador)

El caso Pinochet: lecciones de la lucha transnacional contra la impunidad (Borrador)

Institute for Policy Studies. Virginia M. Bouvier

¿Cuáles fueron los factores que contribuyeron a la reacción internacional única al golpe y a las violaciones de los derechos humanos en Chile?

La reacción internacional frente al golpe en Chile fue inmediata y arraigada en una serie de condiciones y alianzas establecidas en las décadas previas y después del golpe, tanto como factores internos y externos. Estas condiciones contribuyeron a la consolidación de nuevas normas, relaciones, e instituciones que más tarde formarían la base para un ambiente que apoyara la detención de Pinochet en Londres y los esfuerzos posteriores y actuales de buscar la justicia en el caso chileno en Inglaterra, en España, en Bélgica, en los Estados Unidos, y en muchas otras partes del mund13o.

Primero, existían muchos lazos entre Chile y el exterior antes del golpe. Entre todos los países latinoamericanos, Chile ya había atraído un interés particular en la comunidad internacional a partir de los años cincuenta, cuando fundaciones como la Ford y la Rockefeller, tanto como las organizaciones como UNESCO, UNICEF, US AID, la Alianza para el Progreso, la OEA, y una variedad de gobiernos e instituciones europeas establecieron sedes, institutos y programas de investigación, intercambio, y enseñanza en Chile. En aquella época se inició organizaciones como la FLACSO y programas de intercambio tales como el establecido entre la Universidad de Chile y las universidades de California.

Éste, financiado con $10 millones de la Fundación Ford, resultó entre otras cosas en licenciaturas y doctorados para más de 125 profesores chilenos entre 1965 y 1978 (Puryear). Tales programas fortalecieron los vínculos institucionales y el intercambio de conocimientos entre Chile, Europa y los EEUU, y promovieron también la creación de redes profesionales, académicas, científicas y técnicas, tanto como relaciones personales entre chilenos y gente del exterior.

En las vísperas de la revolución cubana, los EEUU buscó ofrecer alternativas al comunismo en América Latina. Chile, donde la izquierda tenía un arraigo fuerte, fue la vitrina de la Alianza para el Progreso. Entre 1962 y 1969, Chile recibió más de un billón de dólares de asistencia, préstamos, y donaciones de los Estados Unidos -más per cápita que cualquier otro país en el hemisferio- (U.S. Senate,1975). Centenares de norteamericanos fueron a Chile en los años sesenta para participar en el Cuerpo de Paz. Los bancos privados habían abierto posibilidades de crédito para el desarrollo en Chile en los años sesenta y había mucha inversión extranjera en el país -un factor que complicaría las campañas internacionales tanto como la política chilena-.

Chile estaba repleto de gente de otros países. La nueva Junta condenó la presencia de algunos 10,000 extranjeros a quienes llamó “extremistas,” y quienes prometió expulsar. (Washington Post, 15 septiembre 1973). Estos extranjeros incluyeron un sinnúmero de latinoamericanos -de Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay- que habían encontrado amparo en Chile de la represión política en sus propios países. Había además en Chile y el Cono Sur refugiados criminales que participaron en la persecución de los judíos bajo el régimen nazi en Alemania. Su presencia ya había despertado un interés por parte de los llamados “cazadores de Nazis” que mantuvieron sus presiones durante el régimen militar de Pinochet. (“Jewish Group Asks Chile to Extradite Walter Rauff”, Sept. 6, 1972)

El carácter internacional de las iglesias, los partidos políticos y los sindicatos -instituciones fuertes en la historia de Chile – ofrecían redes de organización y amparo importantes y ya establecidas. Muchos misioneros extranjeros vivían en Chile. Los vínculos entre las iglesias americanas y europeas se habían profundizado a raíz de la conferencia episcopal latinoamericana en Medellín en 1968, cuando los obispos se pronunciaron a favor de la opción preferencial para los pobres. Se vio una proliferación en Chile (y Brasil) de comunidades de base inspiradas en la nueva “teología de la liberación” y estos experimentos atraían la atención de gente de afuera y llamaron a un nuevo tipo de misionero dispuesto a comprometerse a vivir entre los pobres. También en 1971 se estableció Serpaj como un movimiento panamericano a favor de la justicia social y la no-violencia activa que creó otra red de comunicación y de confianza y relaciones personales que serían importantes en el período después del golpe. (Pagnucco)

Los cambios en la iglesia contribuyeron a un ambiente eclesiástico que apoyó una posición menos ligada al apoyo de las élites tradicionales y más dispuesta a defender los derechos del pueblo frente al dictador venidero. Este espíritu ecuménico resultó en la creación de respuestas conjuntas de las iglesias y grupos religiosos tales como el Comité CONAR y COPACHI, y la Vicaría de la Solidaridad, institución protegida por la Iglesia Católica que empleó en su cenit algunas 200 personas con un apoyo de $2 millones anuales del exterior. (Puryear)

Mucho antes del 11 de septiembre de 1973, Chile ya había despertado un interés intelectual, político, e ideológico por su experiencia con un sistema democrático que había permitido cambios políticos entre sectores de la derecha, izquierda, y centro por la vía electoral. Cuando llegó Salvador Allende– un socialista cuya trayectoria democrática era conocida — a la presidencia, muchos intelectuales extranjeros ya estaban en Chile o se fueron para allá para observar o participar en la “revolución pacífica” que Allende proponía llevar a cabo.

Con Allende, Europa parece haber descubierto a Chile. Pablo Neruda, en Confieso que he vivido memorias, escribió que bajo Allende:

afiche1El nombre de Chile se había engrandecido en forma extraordinaria. Nos habíamos transformado en un país que existía. Antes pasábamos desapercibidos entre la multitud del subdesarrollo. Ahora por primera vez teníamos fisonomía propia y no había nadie en el mundo que se atreviera a desconocer la magnitud de nuestra lucha en la construcción de un destino nacional. (Neruda 465)

Entre los partidos políticos, los comunistas, socialistas, social-demócratas, y demócrata-cristianos tenían vínculos fuertes con el exterior, sobretodo en Europa, donde estos vínculos se habían fortalecido durante la época de Allende..

Neruda observó que:

Todo lo que acontecía en nuestra patria apasionaba a Francia y a Europa entera. Reuniones populares, asambleas estudiantiles, libros que se editaban en todos los idiomas, nos estudiaban, nos examinaban, nos retrataban. … La ardiente simpatía hacia Chile se multiplicó con motivo de los conflictos derivados de la nacionalización de nuestros yacimientos de cobre.

En el caso de los sindicatos, muchos en el exterior ya habían movilizado para apoyar las demandas de los trabajadores bajo la administración de Allende cuando él tomó una posición fuerte frente a las compañías multinacionales

Apartado 2

Aparte de esa trayectoria de lazos, había condiciones internas y externas que facilitaron una reacción internacional al golpe y los abusos que ocasionó. Primero, un golpe militar en Chile era fuera de costumbre. La naturaleza de la cultura chilena política, su historia democrática de constitucionalismo, su tradición de participación activa en la vida electoral, y su tradición de una prensa libre e independiente, tanto como las normas del estado de derecho garantizadas por la Constitución de 1925 y la costumbre del control civil de los militares- puso de relieve el choque dramático del derrocamiento de un líder electo del pueblo y el establecimiento de un régimen militar que asumiera el poder por la fuerza. Además el uso descarado de la tortura, la detención-desaparición, y el exilio forzado como instrumentos del poder político violó la tradición chilena, las sensibilidades humanas, y las normas internacionales.

La naturaleza del golpe no dejó espacio para la especulación. No había una erosión gradual de las estructuras democráticas como en Uruguay o Perú. En Chile quedó claro desde el inicio que el golpe militar era el inicio de un ataque simbólico tanto como físico al tejido social de Chile. Primero, el golpe en sí era brutal y comunicó las intenciones del nuevo régimen sin ambages. Se bombardeó La Moneda, se desmanteló el Congreso, se eliminó abruptamente los medios libres de comunicación al mandar cerrar 26 periódicos y revistas, se persiguió al liderazgo y a las bases de la administración anterior, y se prohibió los sindicatos y el derecho a la asamblea. De los miles que detuvieron en el Estadio Nacional, algunos, como Adam y Patricia Garrett-Schesch, estudiantes graduados de la Universidad de Wisconsin, lograron escapar y dar testimonio de las ejecuciones que habían presenciado. (Washington Post, 24 septiembre 1973)

Aparte de la historia democrática de Chile, el choque del golpe, y la ferocidad de la represión, la asociación creciente del régimen con la figura de Pinochet en el año después del golpe contribuyó a la consolidación de los esfuerzos nacionales e internacionales en su contra. Como la institución militar chilena se consideró una de las más jerárquicas del mundo con una orden rígida y establecida, fue lógico atribuir al comandante-en-jefe la autoridad y responsabilidad definitiva de lo que pasaba en el país. Desde la primera etapa -no como en Perú, Brasil, Uruguay, o Argentina, donde hubo una difusión del liderazgo militar- se asoció el régimen militar en Chile con una sola personalidad.

La política de relegar a los opositores al exilio también contribuyó a la reacción internacional al golpe por dos razones principales. Primero la gente recurrió a las Embajadas para ayuda, dando a conocer de inmediato la brutalidad del régimen al mundo diplomático. Algunos diplomáticos que intentaron ayudar, como el embajador sueco, Harald Edelstam, fueron expulsados luego por la nueva Junta, y se dedicaron a luchar para la restauración democrática. Segundo, miles de chilenos salieron de Chile a vivir en Europa, América del Norte, Australia, y otros países de América Latina, donde difundieron información, formaron amistades, y en el mejor de los casos, generaron apoyo y solidaridad y contribuyeron a los esfuerzos de aislar al dictador. Los diplomáticos chilenos en Ginebra, Estocolmo, México, Caracas, y otras ciudades del mundo presentaron sus renuncias con el golpe y muchos se quedaron en el exterior. Si agregamos los chilenos que tenían que salir por razones económicas, INCAMI, una organización católica chilena, calcula que un millón de chilenos salieron de Chile en los primeros tres años después del golpe. (Kay 1987, p. 50-51)

Aparte de las capacidades individuales de los exiliados, algunos también ya tenían vínculos en el exterior a través de fundaciones, instituciones y asociaciones académicas (como LASA en los Estados Unidos), partidos políticos, iglesias, y otras organizaciones internacionales. Ayudados por estas redes internacionales, algunos consiguieron puestos en universidades o en organizaciones como las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Banco InterAmericano de Desarrollo, y la Organización de Estados Americanos, desde donde buscaron mecanismos para resistir la nueva orden política introducida con el golpe.2820a

Paradójicamente, en los Estados Unidos algunos chilenos podían aprovechar del espacio creado en las universidades por parte de la lucha de los chicanos y afro-americanos durante los años sesenta. Con los programas de acción afirmativa, la llegada de los chilenos coincidió con cierta abertura a las minorías étnicas en muchos campos.

Los chilenos exiliados rápidamente sirvieron de nexo entre Chile y el exterior. Se establecieron grupos de solidaridad con Chile, muchos iniciados por chilenos desterrados, en más de 80 países del mundo. (Ropp y Sikkink 1999, p. 176) En Francia, se organizó 400 comités de apoyo de los chilenos en los primeros cinco meses. (Chile Newsletter, febrero 1974, 1:4.) En Inglaterra, se formó la Chile Solidarity Campaign (CSC) inmediatamente después del golpe, y algunos meses más tarde el más amplio Chile Committee for Human Rights. En ciudades por todo el mundo, surgieron otros comités parecidos. Algunos, como los comités de NICH (Non-Intervention en Chile), tenían vínculos con los partidos políticos -en este caso, el MIR- en Chile, y otros buscaron crear alianzas multi-partidarias.

En el mundo cultural también había muchos contactos globales. Figuras culturales como Violeta Parra, Víctor Jara, Quilapayún, Inti-Illimani, y Patricio Manns ya habían llamado la atención del mundo con la nueva canción chilena, y cuando se derrocó a Allende, algunos de estos músicos se encontraron en una gira en Europa desde donde siguieron con una nueva misión de concientización.

La cultura jugó un papel importante en la sensibilización de la comunidad nacional e internacional a los efectos de la dictadura. Primero, la cultura sirvió de pájaro en las minas, y cuando se torturó hasta la muerte al poeta y cantor, Víctor Jara, en el Estadio Nacional — con tantos otros -y se condenó a los Inti Illimani y los Quilapayún al destierro- se concientizó al público y estimuló la solidaridad de un sector importante del mundo artístico.

En los Estados Unidos, músicos como Holly Near, Arlo Guthrie, Ronnie Weaver, y Pete Seeger dieron a conocer al público la tragedia que se vivía en Chile. Joan Báez cantó el poema de Violeta Parra, “Gracias a la Vida.” Pete Seeger adaptó y cantó el poema, “Estadio Chile,” de Víctor Jara (quien décadas antes había introducido a Chile la versión castellana de “If I had a Hammer.” Holly Near, invitada por Alive, un grupo femenino de jazz, escribió una canción que mencionó por nombre una lista de las mujeres desaparecidas en Chile. Sweet Honey in the Rock rindió su escalofriante “Chile, Your Waters Burn Red Through Soweto.” Menos de dos semanas antes de su asesinato, Orlando Letelier habló en un evento organizado por el National Coordinating Center in Solidarity with Chile, Chile Democrático, y el Chile Committee for Human Rights, en Madison Square Garden en el cual figuraron Joan Báez y Pete Seeger. Y muchos de los que han cantado en una nueva honda musical a favor de los derechos humanos -Jackson Browne y Sting, entre otros- cantaron de Chile y Pinochet.

Las peñas, establecidas por chilenos en muchas partes del mundo, ofrecieron también un lugar de solidaridad y compañerismo donde a la vez recaudaron fondos para los presos políticos y la resistencia a la dictadura e invitaron la participación de colaboradores. Actores y dramaturgos — pienso en Michelle Feiffer, Martin Sheen, Jack Lemon, Mike Farrell — también mostraron interés en el caso chileno y utilizaron su estatus en la sociedad norteamericana para educar al público.

Las películas (tales como “Battle of Chile,” “Missing,” “Il Postino,” y “Death and the Maiden”), poesía, drama (pienso en “Tres Marías y una Rosa”), novelas (como La casa de los espíritus), revistas, música, baile, y artes gráficas (como el de René Castro y Naúl Ojeda, el uruguayo recién fallecido) y artes plásticas consiguieron dar cara, cuerpo, y voz a la población chilena.

Apartado 3

La represión organizada bajo la Operación Condor llegó al exterior y atacó a la soberanía de otros países al transgredir las fronteras de Chile. Las más conocidas de sus actividades que provocaron respuestas internacionales incluyeron: el asesinato por la DINA en 1974 de General Carlos Prats (el precursor de Pinochet) y su esposa en Buenos Aires; el asesinato fracasado en el mismo año en Roma de Bernardo Leighton, líder demócrata-cristiano y exVice-Presidente de Chile; el aplan-condorsesinato en septiembre de 1976 de Orlando Letelier, ex ministro de relaciones exteriores con su colega, Ronni Moffitt, en Washington, D.C., el secuestro y detención de docenas de chilenos en otros países del Cono Sur.

El Institute for Policy Studies (IPS) había invitado a Orlando Letelier a trabajar con él para iniciar centros transnacionales de investigación — resultado en parte de una relación iniciada cuando el cineasta Saul Landau lo conoció cuando Orlando era embajador en Washington. Su muerte y la de otra colega de IPS, Ronni Moffitt, profundizaron el compromiso institucional de IPS tanto como el compromiso personal de muchos que los conocieron o que trabajaron con ellos o sobre el caso chileno.

Aparte de la represión a los exiliados del exterior, la dictadura eliminó a muchos residentes extranjeros en Chile, tales como Frank Teruggi, Charles Horman, Sheila Cassidy, y Carmelo Soria. Si bien la represión contra los chilenos propios era mucho más extensiva, estos ataques legitimaron desde el primer momento el activismo de gobiernos extranjeros en el caso chileno en un momento cuando no había desarrollado un consenso en la práctica como el que existe hoy sobre la universalidad de los derechos humanos y el derecho de la comunidad internacional de opinar cuando un gobierno no cumple con sus deberes de proteger y promover los derechos humanos de sus ciudadanos. 4 (“24 Chilean and Uruguayan Refugees Abducted in Argentina,” Washington Post, 12 June 1976.)

Uno de los factores externos que contribuyó a la respuesta extraordinaria al golpe fue que el golpe se dio en un momento histórico propicio para una resistencia internacional. Los años sesenta era un momento histórico de mucha energía social. Había una nueva concientización del poder del pueblo, de optimismo y esperanza, de fe en las posibilidades de los cambios sociales.

En los Estados Unidos, como en muchas partes del mundo, los estudiantes se habían organizado, los movimientos sociales de la no-violencia activa habían contribuido a parar la guerra en Vietnam, se había logrado avances en los derechos civiles para las minorías étnicas estadounidenses y para las mujeres en muchas partes, se estaba organizando a favor de la independencia de las colonias africanas y en contra del sistema de apartheid en África del Sur. Era un momento de abertura a las ideas progresistas y de visiones alternativas.

Apartado 4

Paradójicamente el papel de los Estados Unidos respeto a Allende y a Pinochet contribuyó al interés en el caso chileno y al enfrentamiento ideológico. Seis meses antes del golpe se había abierto una investigación en el Senado de los Estados Unidos sobre la intervención de la CIA y las compañías multinacionales (ITT, Kennecott, y Anaconda) en la política chilena. En este contexto, las revelaciones sobre la manipulación extensiva de la política interna de Chile a partir de los años sesenta, tanto como la actitud y el papel de la administración de Nixon y de la CIA en el derrocamiento de Allende, la arrogancia de Henry Kissinger, el subsiguiente apoyo abierto a Pinochet, y consiguieron enardecer mucha oposición doméstica en el público tanto como en el Congreso norteamericano. Un sentido de responsabilidad, rabia, y vergüenza motivaron a muchos norteamericanos.

Después del fracaso en Vietnam y el escándalo de Watergate, el público norteamericano eligió al Congreso norteamericano algunos representantes que una nueva clase de políticos– los llamados “Watergate Babies” -que exhibió una conciencia crítica respeto al papel estadounidense en el mundo y buscaba hacer nuevos caminos en su política exterior. El Congreso entonces se hizo sitio del debate ideológico sobre la política estadounidense de apoyar a las dictaduras- tales como se había apoyado en Vietnam. Estas políticas de apoyar dictaduras militares en nombre del anti-comunismo y la doctrina de la seguridad nacional se había visto en décadas anteriores en América Latina -en Guatemala y Paraguay (1954), Brazil (1964), la República Dominicana (1965), Bolivia (1972) y pocos meses antes del golpe chileno, en Uruguay (Junio 1973). El caso chileno, sin embargo, dio impulso y enfoque para una reevaluación de esta política.

2. ¿Cuáles eran algunas de las campañas exitosas de solidaridad transnacional durante la época de Pinochet?

Primero habría que definir lo que constituye un éxito, y creo que estas definiciones son múltiples, y cambiaron según la época y según las campañas. Tendría que decir que hubo victorias de varios tipos. Victorias simbólicas, triunfos sustantivos, y concesiones temporales. Al nivel general, habría que observar que la gama de resistencia al golpe fue impresionante, inmediata, y sostenida durante muchos años.

El primer triunfo fue que la sociedad civil chilena seguía activa a pesar de la dictadura. No hubiera sido posible la resistencia sin la alta capacidad de organización de los chilenos. Cuando las numerosas delegaciones extranjeras viajaron a Chile a investigar los derechos humanos, contaron con la experiencia, el conocimiento y los consejos de muchos grupos de derechos humanos tales como la Vicaría de la Solidaridad, la Comisión Chilena de Derechos Humanos, FASIC, CODEPU, PIDEE, Serpaj, la Comisión Nacional Contra la Tortura, el Movimiento Sebastián Acevedo, todas las agrupaciones de familiares de las víctimas de la represión -de los desaparecidos, de los presos políticos, de los ejecutados, de los detenidos- que se establecieron durante la dictadura.

Las iglesias lograron éxitos imprescindibles que fueron apoyados por la comunidad internacional.

En la primera etapa del golpe, estos éxitos y éxitos parciales incluyeron el establecimiento de organizaciones en Chile que pudieron ofrecer la asistencia humanitaria, sicológica, y legal a las víctimas de la represión –a los que huían de la represión y a los que quedaron. Con la colaboración del Alto Comisionado de las Naciones Unidas de Refugiados (ACNUR) y el Comité Internacional para la Migración de las Naciones Unidas (UN International Committee for Migration), líderes de las iglesias católica, ortodoxa, protestante, y la comunidad judía crearon el Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados (?) (CONAR) que facilitó el salvoconducto de algunas 4,500 personas en los primeros seis meses después del golpe.

El Consejo Mundial de Iglesias, por la gestión del pastor presbiteriano Charles Harper y el obispo luterano Helmut Frenz, fundó el Comité por la Paz en Chile (COPACHI o el Comité Pro-Paz) el 6 de octubre de 1973, en el cual participaron representantes de las iglesias católica, luterana, baptista, etodista, metodista pentecostal, ortodoxa, y la comunidad judía. COPACHI recibió 86% de su apoyo del extranjero y el resto de Caritas Chile. La mitad de sus finanzas venía de organizaciones evangélicas, show_image_NewsPostsobretodo del Consejo Mundial de Iglesias; el apoyo católico vino de la organización holandesa, CEBEMO, MISEREOR de Alemania, y la Conferencia Episcopal de los EEUU. Entre sí, CONAR y COPACHI ofrecieron apoyo legal, fiscal, y emocional a las víctimas de las violaciones de los derechos humanos. (Hawkins 2002, p. 56).

En enero de 1976, dos meses después de la disolución forzada de COPACHI y con el amparo del Cardenal Raúl Silva Henríquez y la iglesia católica, se estableció la Vicaría de la Solidaridad. La Vicaría, que durante una etapa era el único espacio de resistencia permitida al dictador, llegó a ser una institución modela para los defensores de derechos humanos en el exterior. Recibió entre 1974 y 1979 un apoyo internacional que se calculó en 100 millón de dólares para los programas de derechos humanos y desarrollo económico. (Brian Smith, 325-326, cited in Hawkins 2002,p. 56).

Había otros éxitos o éxitos parciales en Chile que la comunidad internacional apoyó. Las organizaciones gremiales de los sindicatos tomaron el liderazgo de las protestas nacionales cuando declinó la economía chilena a principios de los años ochenta, los partidos políticos ganaron fuerza cuando se decidió seguir una estrategia electoral con la campaña del NO a fines de los años ochenta; los periodistas lograron sacar revistas independientes bajo muchas presiones, los médicos comenzaron a organizarse contra la participación de los médicos en las sesiones de tortura, los trabajadores culturales mantenían viva las memorias y el deseo popular de justicia; los intelectuales analizaron la situación y ofrecieron visiones de salidas posibles; los abogados defendieron a las víctimas de violaciones de derechos humanos a gran riesgo personal; las mujeres demandaron la democracia en la casa y en la calle; los mapuches buscaron proteger sus derechos a la tierra, y la gente que sufría la crisis económica en carne propia en las poblaciones se organizaron en ollas comunes, centros de salud, grupos de apoyo para los cesantes, y muchos otros.

Aparte del apoyo humanitario de las iglesias y el establecimiento de grupos de apoyo dentro y fuera de Chile, habría que reconocer entre los éxitos y éxitos parciales al nivel internacional: el aislamiento diplomático; la organización de manifestaciones masivas de gente en muchas partes del mundo durante los años de la dictadura chilena; los boicots económicos de productos chilenos; y la negación de los estibadores de cargar productos chilenos en California, Francia, y en otros sitios. Tuvieron éxito parcial e intermitente las campañas internacionales para liberar a los presos políticos y para permitir volver a los exiliados, tanto como las campañas para someter el régimen militar a un embargo de comercio, o para ampliar el espacio para la libertad de expresión, o para buscar la justicia en casos particulares tanto como colectivos. Recientemente, una campaña organizado por Amnistía Internacional, IPS, y TNI, con la colaboración de muchos grupos chilenos y el apoyo de los estibadores sigue teniendo éxito. En 2003, lograron excluir de los puertos en Holanda, Suecia, España, Perú, Ecuador, Panamá, y San Francisco en los Estados Unidos, el “Esmeralda,” uno de los barcos utilizado como lugar de detención y tortura en Chile�marcando una victoria simbólica del rechazo de la tortura como instrumento del poder.

Las campañas exitosas o parcialmente exitosas en Washington incluyeron la campaña de cerrar la Oficina de Seguridad Pública de la AID (la agencia que tenía la responsabilidad de entrenar las fuerzas policiales extranjeros) y restringir los programas de educación y entrenamiento militar internacionales (International Military Education and Training –IMET); la campaña de las ONGs con el Congreso para más supervisión y control sobre las actividades de las agencias de inteligencia; la prohibición de ayuda militar o policial y la reducción de ayuda económica a los más necesitados; la abolición de las garantías y créditos del Banco EXIM y las garantías de crédito de los productos (Commodity Credit Corporation guarantees); el desarrollo (y después los esfuerzos para promover su implementación) de legislación que condicionó la ayuda bilateral norteamericana y sus votos en el Banco Munidal y el Banco Inter-americano de Desarrollo sobre las prácticas de los gobiernos recipientes de los derechos humanos; los esfuerzos de vincular la política norteamericana con la cooperación del gobierno chileno en el caso de los asesinatos de Letelier y Moffitt en Washington.

Cada voto en las Naciones Unidas presentó un desafío y una oportunidad para los chilenos y los grupos de derechos humanos. Las Actas de la Honorable Junta de Gobierno demuestran que la posición de los Estados Unidos en aquel foro internacional le preocupaba mucho al gobierno de Pinochet. (Goldberg 2003) Fue la presión de grupos no-gubernamentales que logró que en noviembre de 1975 los Estados Unidos dejara de abstener de votar por las resoluciones en las Naciones Unidas que condenaron los abusos del gobierno de Pinochet, y una década después que los Estados Unidos comenzara a liderar la denuncia de tales. También los grupos no-gubernamentales colaboraron con los gobiernos para lograr el establecimiento de un rapporteur especial en la ONU sobre Chile.

Recientemente, habría que reconocer las alianzas internacionales que facilitaron la detención de Pinochet en Inglaterra por acciones de abogados españoles con el apoyo de documentos recopilados por chilenos. Las campañas subsiguientes de apoyo -como por ejemplo la que lanzó el National Security Archives para reclasificar y dar a conocer aquellos documentos que podían contribuir a los esfuerzos de los que acusan a Pinochet- han tenido éxitos parciales en parte porque contaron con la experiencia y conocimiento de individuos como Peter Kornbluh y el fortalecimiento de la sociedad civil en los Estados Unidos a causa del caso chileno.

Los esfuerzos internacionales parecen haber contribuido a las decisiones de disolver a la DINA, de poner fin oficial a la práctica de hacer desaparecer a los detenidos, de cambiar el gabinete de Pinochet, de levantar el estado de sitio, de garantizar condiciones electorales más abiertas y hacer permitir más libertad de prensa, y de hacer respetar los resultados del plebiscito en 1988.

Con la ventaja que proporciona una mirada retrospectiva, se ve la necesidad de tomar una perspectiva de largo plazo al evaluar cuáles han sido los éxitos y se nota que a veces las metas de corto plazo no importaban tanto como la educación, la sensibilización, y las alianzas y relaciones de confianza que contribuyeron al establecimiento de comunidades de derechos humanos que se iban creciendo con cada acción tomada y que contribuyeron a la creación de una conciencia internacional sobre Chile.

3. ¿Cómo cambió el trabajo en derechos humanos en Chile y en el exterior?

El trabajo sobre los derechos humanos en Chile cambió según lo que pasaba en el exterior y en Chile, y según lo que pasaba en el desarrollo de las normas, mecanismos, y evolución de las ONGs de derechos humanos. Chile y el caso chileno tenían mucho que ver con el cambio que se dio en el ambiente internacional durante las últimas tres décadas. Hoy este ambiente se ve mucho más propicio -en la corte, en la calle, en la prensa, o en las altas esferas- a juzgar no sólo a Pinochet, sino a cualquier dictador criminal.

En Washington y los Estados Unidos (y me imagino en muchos otros países), el trabajo sobre Chile se relacionó primero a los cambios de gobierno y la evolución de una sociedad civil que se preocupara por las violaciones de los derechos humanos. Durante la administración de Ford y Nixon, la capacidad organizativa de los grupos fuera de Chile no era muy desarrollada, y no había un consenso sobre el papel de los derechos humanos en la política exterior de los Estados Unidos. En 1973, el representante Donald Fraser, jefe del Subcommitteee on International Organizations and Movements of the House Foreign Affairs Committee, lanzó una serie de audiencias sobre el papel del gobierno norteamericano en la protección internacional de los derechos humanos, motivada en parte por las situaciones en Chile y Corea del Sur. En aquella época, su comité concluyó:  “El factor de los derechos humanos no se otorga la prioridad que merece en nuestra política exterior  Por desgraciala actitud predominante ha llevado a Estados Unidos a adoptar los gobiernos que practican la tortura y descaradamente violan casi todos los derechos humanos garantizan pronunciadas por la comunidad mundial una mayor prioridad a los derechos humanos en la política exterior es a la vez un imperativo moral y práctico necesario. (Fraser, p.218)

Esta conclusión resultó en una confrontación directa entre el Congreso y la rama ejecutiva, cuyo Secretario de Estado Henry Kissinger había concluido: “I believe it is dangerous for us to make the domestic policy of countries around the world a direct objective of American foreign policy.”Creo que es peligroso para nosotros, para que la política interna de los países de todo el mundo un objetivo directo de la política exterior de Estados Unidos.”

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Chile fue el catalizador de una nueva época en la historia de la defensa de los derechos humanos y de la política norteamericana al respeto. Cuando Pinochet entró al poder en Chile, al nivel internacional ya existieron herramientas y normas que no se habían aplicado. Una generación anterior de defensores de derechos humanos había codificado los derechos humanos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (ECOSOC) (1966) -que entraron en vigencia en 1976- y la convención interamericana de derechos humanos (1969) que estableció la corte regional de derechos humanos. Los juicios de Nuremberg ya establecieron un modelo de atribución de responsabilidad por las atrocidades.

Los esfuerzos de los chilenos en Chile y fuera de Chile provocaron respuestas activistas de cuerpos regionales e internacionales. En 1974, la OEA por primera vez condujo una investigación in situ de violaciones de derechos humanos en Chile, donde centenares de chilenos -la mayor parte mujeres- fueron a las oficinas establecidas en Santiago para denunciar la detención y desaparición de sus familiares y amigos. La OEA, como organización intergubernamental cuyo mandato requiere consultas con los gobiernos miembros, nunca antes había tomado acción sobre las alegaciones de violaciones de un país miembro; inclusive había negado de hacerlo con un informe sobre la tortura en Brasil hace tres meses antes del golpe chileno.

El caso de Chile sentó un precedente en las Naciones Unidas también cuando respondió por primera vez a los abusos de derechos humanos, sin considerarlos necesariamente como una “amenaza internacional a la paz y seguridad.” (Kamminga 1992) Las Naciones Unidas estableció su primer grupo de trabajo (working group) en 1976 sobre Chile y su primer rapporteur especial sobre derechos humanos en 1978 en Chile. La expansión de las actividades de estas organizaciones abrió nuevas oportunidades para acciones de documentación, vigilancia, denuncia, y debate sobre el caso chileno.

Aparte de su impacto en el ámbito internacional, el caso de Chile tenía un impacto en los sistemas nacionales. En los primeros meses después del golpe y en los años subsiguientes, el trabajo en parte era el de crear conciencia y hacer cuestionar lo que pasaba en Chile, la posición de los Estados Unidos frente a los gobiernos de Allende y Pinochet, el carácter de la Doctrina de Seguridad Nacional, y los costos del modelo neo-liberal de los “Chicago Boys.” En eso habría que reconocer el trabajo de NACLA, entre otros. Parte de este trabajo fue establecer normas en la legislación doméstica que coincidiera con las normas establecidas en los instrumentos internacionales, tales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En esta primera etapa cuando había poca conciencia de América Latina en Washington, fue un éxito establecer relaciones de confianza entre las ONGs y el gobierno norteamericano. Fue un logro encontrar gente dispuesta a recibir a los chilenos y a responder a lo que sucedía en Chile, gente como Mark Schneider, Nancy Soderberg, y Sen. Edward Kennedy; Ed Long y Rep. Ted Weiss; entonces Rep. ahora Senador Tom Harkin; Cindy Arnson y Rep. George Miller; Jan Shinpoch y Rep. Stan Lundine; (ahora diputado) James McGovern y Rep. Joe Moakley; Rep. Toby Moffett; Nancy Agris, Vic Johnson, Lilian Pubillones y Cong. Mike Barnes; Rep. Don Fraser y John Salzburg; Bob Dockery y Sen.  Christopher Dodd; Sen. John Kerry; Barry Sklar, y el personal del Senate Foreign Relations Committee; Cong. Bruce Morrison, Cong. Pete Stark, Cong. Tom Lantos, Cong. Rick Boucher, Cong. Bill Alexander, Rep. Doug Bereuter, y otros.

El golpe provocó respuestas institucionales por parte de las iglesias católicas y protestantes, quienes vieron la necesidad de asegurar que las realidades vividas por sus colegas en aquellos países se representaran en las altas esferas de Washington. Chile fue catalizador de la formación de una serie de nuevas organizaciones cívica-religiosas como la Washington Office on Latin America, cuya primera directora -Diane LaVoy-, jugaría un papel en la famosa investigación del Senador Frank Church sobre las acciones de la CIA en Chile, cuyo segundo director, Joe Eldridge, era misionero metodista en Chile cuando vino el golpe; también Heather Foote, que dirigió WOLA en los años ochenta y ahora se encarga de la oficina del AFSC en Washington, había trabajado en Chile como colaboradora con el Comité Pro Paz.

El Council on Hemispheric Affairs, creado en 1975, también fue producto del encuentro con Chile, donde su director, Larry Birns, trabajaba con ECLA de la ONU en los meses antes del golpe. Chile también dio nueva energía y enfoque al tema de los derechos humanos en las actividades de organizaciones como Americans for Democratic Action, the Friends Committee for National Legislation, the Human Rights Working Group of the Coalition for a New Foreign and Military Policy, Clergy and Laity Concerned y Center for International Policy, grupos que habían luchado con cierto éxito en contra de la política norteamericana en Vietnam y que en los años iniciales del golpe buscaron establecer nuevas normas en la política exterior y más vigilancia por parte del Congreso sobre las acciones de la rama ejecutiva. La represión contra ciertos sectores en Chile: tales como los trabajadores, los periodistas, los artistas e intelectuales, los trabajadores de la salud, y los estudiantes o tácticas como el uso de los médicos en la tortura mobilizaron muchos homólogos en el exterior a formar sus propios grupos o campañas de solidaridad o a organizar visitas de investigación a Chile.

Estas organizaciones y otros que aparecieron más tarde, como Americas Watch, sensibilizaron al público del tema de Chile y promovieron una política a favor del respeto de los derechos humanos frente a las instituciones gubernamentales, intergubernamentales y no-gubernamentales. Debe haber muchas otras historias parecidas en otras partes del mundo también.

Con el establecimiento y la consolidación de organizaciones de derechos humanos, hubo también más presión al nivel de la política norteamericana hacia Chile. Los esfuerzos para promover audiencias públicas sobre Chile lograron en los Estados Unidos que cada año a partir de 1973, los comités de relaciones exteriores de la Cámara de Diputados y del Senado recibieron testimonio sobre Chile cuando debatieron el proyecto de ley para la ayuda externa.

En la primera década de Pinochet, bajo Ford y Nixon, los grupos de derechos humanos (que se iban constituyéndose) buscaron crear las herramientas y mecanismos nacionales de presión sobre sus gobiernos y el gobierno de Chile. Entre 1975 y 1977, consiguieron que los Estados Unidos cortara la ayuda militar, limitara la ayuda económica, y se opondría a préstamos en el Banco Inter-Americano de Desarrollo y el Banco Mundial a los gobiernos que violaron sistemáticamente a los derechos humanos de sus ciudadanos. En 1976, como respuesta a las críticas del Congreso sobre la política norteamericana hacia Chile, el Departamento de Estado inició la publicación de un informe anual sobre el estado de los derechos humanos para la cual las embajadas extranjeras comenzaron a tener que prestar atención y tomar contactos con los grupos de derechos humanos.

Durante la administración Carter (1977-81), hubo una alianza entre la rama ejecutiva y la legislativa para crear y fortalecer mecanismos gubernamentales para promover los derechos humanos de manera más sistemática. Fue en estos años cuando se estableció la legislación más exigente para los gobiernos recipientes de la ayuda norteamericana en cuanto a su posición respeto a los derechos humanos referida antes.

Con el liderazgo de Carter y su administración, Chile fue beneficiario de una política de promoción de los derechos humanos en las instituciones nternacionales. Carter nombró a Andrew Young, asistente de Martin Luther King, Jr. y del equipo del Southern Christian Leadership Conference, como Embajador a las Naciones Unidas. Young señaló como asistente al recién fallecido Brady Tyson, también conocido por su participación en la estrategia de la no-violencia activa en defensa de los derechos civiles.

Se había establecido en 1976 una oficina de coordinación de derechos humanos y asuntos humanitarios que sirvió de consejero del secretario de estado. Bajo Carter se ascendió la posición en 1977 al nivel de subsecretario de estado, aumentaron el personal de 2 a 7 personas, y Carter nombró como subsecretario a Patricia Derian, otra activista de los derechos civiles y fundadora de la Mississippi Civil Liberties Union. (Schoultz 1981; p. 126) Sirvió como asistente Mark Schneider, uno de los responsables del trabajo sobre Chile en los primeros años de Pinochet en el Senado, donde trabajaba como asistente de Senador Edward Kennedy.

En la subsiguiente administración de Reagan -la época de la “diplomacia silenciosa”- los Estados Unidos cambió de posición y las leyes que fueron establecidas anteriormente fueron violadas abiertamente. Por consiguiente, en aquella etapa, las ONGs lucharon para vigilar su implementación.

Hubo una lucha para establecer las definiciones de la violación “sistemática” de los derechos humanos, para contestar las afirmaciones que la situación se mejoraba, y para hacer implementar las leyes que se había establecido antes. Cuando la administración de Reagan trató de quitar la prohibición de ayuda militar a Chile, por ejemplo, la oposición en el Congreso norteamericano consiguió suavizar la modificación al introducir algunas condiciones a la ayuda. En otro caso, a pesar de la ley, la dministración comenzó a votar a favor de los préstamos para Chile. La legislación no resultó suficiente para prevenir que la administración simplemente no afirmara que cumplían con las condiciones del Congreso.

Una consecuencia fue que algunos grupos como WOLA ampliaron el enfoque de su trabajo en el Congreso. De los comités que trataron temas de relaciones exteriores (SFRC y HFAC), comenzaron a cultivar relaciones con los congresistas (republicanos y demócratas) en los comités que financiaron las instituciones financieras internacionales. Tal era el caso del representante Bruce Morrison, que participó en una delegación auspiciada por WOLA y una serie de actividades en Chile en 1986.

Las acciones internacionales respondieron también a los eventos en Chile. Cuando en 1982 llegó la recesión económica a Chile, y se iniciaron los días nacionales de protesta, los grupos nacionales ya habían desarrollado los mecanismos para responder, y ya estaban vigentes los mecanismos de denuncia frente a las organizaciones internacionales como la OEA y las Naciones Unidas. A mediados de los años ochenta, hubo cambios profundos en la oposición. Con el Acuerdo Nacional en 1985, dentro de Chile hubo un cambio de un enfoque de derechos humanos a un enfoque electoral.

Los grupos de derechos humanos en el exterior buscaron apoyar y ampliar una abertura política para aumentar las posibilidades de un cambio a un sistema más democrático, llamando la atención a las condiciones bajo las cuales se preparaba la campaña electoral para el plebiscito de 1988. (Hawkins 2002, p. 59) Las fundaciones ampliaron su apoyo y empezaron a financiar organizaciones más abiertamente políticas. Entre 1985 y 1988, se calcula que donaron un promedio anual de hasta 55 millón de dólares. (Angell 1994) Estos fondos ayudaron a reconstruir los partidos políticos, los sindicatos, y los medios de comunicación que los años de dictadura habían prácticamente destruido. (Hawkins 2002, p. 60)

Habría que reconocer un cambio también en la provisión de fondos. En los años ochenta, los gobiernos y partidos políticos extranjeros reemplazaron a las iglesias y grupos de derechos humanos en la provisión de ayuda. Las fundaciones políticas alemanas contribuyeron 26 millones de dólares a Chile entre 1983 y 1988; los Estados Unidos dio $6.8 millones desde 1984-1988; e Italia Holanda, y otros también contribuyeron. (Pinto-Duschinsky 1991, p. 40).

Después de la toma de poder del nuevo presidente Patricio Aylwin y la publicación del informe de la Comisión Rettig, se vio la transformación de la agenda doméstica en Chile sobre los derechos humanos. Primero, gran cantidad del personal de las ONGs de derechos humanos se trasladaron a trabajar con el nuevo gobierno. Segundo, las ONGs se encontraron en el papel incómodo de criticar a un gobierno electo que incluyó a muchos con quienes se había trabajado en la oposición a Pinochet. Cuando la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas concluyó en 1996 que la tortura seguía como práctica en Chile y que el gobierno no había actuado para controlar las actividades de las fuerzas de seguridad, paradójicamente no había mucho espacio para mobilizar a los chilenos o a dar una respuesta internacional. (US Dept of State, Chile Human Rights Practices, 1997)

Tercero, después de recibir apoyo sustancial durante los años de dictadura, con la entrada de un gobierno electo, las ONGs perdieron el financiamiento. El nuevo fondo gubernamental de inversión social absorbió el dinero de la Unión Europea y otros que antes llegaba a las ONGs. Cuarto, la Vicaría de la Solidaridad dejó de operar y los otros grupos de derechos humanos tuvieron que re-evaluar sus estrategias dado la falta de personal y dinero. También grupos como la Fundación Inter-Americana dejó de actuar en Chile en 1996.

Esos cambios tenían su impacto también en el exterior. En los años noventa, predominaron los temas de la justicia transicional y la naturaleza “tutelada” de la democracia. La experiencia con la Comisión Rettig por ser pionero anticipó la popularidad de tales proyectos y el trabajo de la Comisión no generó mucha atención en Washington, en parte porque todos lo reconocieron como una negociación política que privilegió la reconciliación sobre la justicia. Irónicamente, creo que también hubo mucha reticencia por parte de los extranjeros que habían trabajado del mismo lado a favor de los derechos humanos de repente juzgar el proceso inadecuado. Sin una visión clara de la nueva relación en la democracia, faltaba la acción decisiva.

En los años noventa y a principios de los años de 2000, había contactos e informes sobre la situación en Chile, pero no se podía sostener la atención de los políticos extranjeros, el público, la prensa, las fundaciones, y la misma comunidad de derechos humanos, que ya se vio preocupada por otras situaciones de crisis en otras partes del mundo con Centroamérica en particular, y después con Haití, Perú, las repúblicas anteriores de Yugoslavia. “Human rights NGOS tend by their nature to be short- staffed and overworked and each new crisis displaces the last before one is able to work through the resolution of the earlier one,” me comentó un observador.

Cambios de personal en algunas organizaciones en Chile y en el exterior debilitaron las relaciones institucionales entre grupos. Muchos chilenos que vivían en el exilio volvieron a Chile a negociar nuevas vidas allá. Después de largos años de la dictadura, muchos se sentían libres de buscar nuevos caminos profesionales y personales, entregando lo aprendido por su relación a la lucha en otros ámbitos.

Cuando en 1992, la Vicaría tomó la decisión de cerrar sus puertas, una voz importante en el exterior se perdió. No sé hasta que punto el financiamiento extranjero se había agotado o si la disolución de la Vicaría anticipó las decisiones de las organizaciones filantrópicas al señalar que la reconciliación seguía en buen camino y las estructuras democráticas re-establecidas marchaban bien (si con algunas restricciones).

WOLA, que había sido muy activa en cuestiones de Chile en las décadas setenta y ochenta, dejó de iniciar muchas actividades sobre Chile al salir Pinochet de la presidencia. Se sentía que había un proceso doméstico legal y político de que los chilenos podían aprovechar, que no era asunto que requería la intervención de terceros. Como un miembro de un ONG me contó, “No había un mandato claro para la comunidad internacional. Nadie venía para pedir ayuda o apoyo internacional, como sería el caso de los centroamericanos con los procesos de paz en El Salvador y Guatemala.”

¿Cómo se mantuvo viva la búsqueda para la paz y la justicia en los primeros años de los años noventa?

 Los ritos y la cultura han mantenido viva la memoria de los sufrimientos colectivos y personales tanto como el deseo de hacer justicia. Las ceremonias cada septiembre en el círculo de Sheridan — lugar donde fueron asesinados Letelier y Moffitt — tanto como el entregamiento anual de los premios de derechos humanos “Letelier-Moffitt” han servido como ritos importantes que convocan a la gente para renovar el compromiso para con la memoria de las víctimas de la dictadura. Han contribuido a la creación de una comunidad y han ofrecido un contacto continuo que ha fortalecido los lazos de amistad y comunicación entre chilenos y “chilenistas.”

En Washington, el círculo de Sheridan, tal círculo de amistad, es uno de los lugares que provoca lo que Alex Wilde ha llamado “irrupciones de la memoria.” Los ritos del círculo  la música, la oración, las flores, las lágrimas, las sonrisas, las palabras y el silencio– son la base de “nuestra América”–una América de compasión, de recuerdos intencionales, de espiritualidad profunda, de indignación ante las violaciones cometidas, y de dignidad compartida.

Una América que denuncia la injusticia y anuncia el poder del amor, de esperanza, y de la justicia.

El arte ha servido y sigue sirviendo como una “luz entre tinieblas” nombre de una exposición artística organizada por Robb Hite — que viaja por los Estados Unidos desde hace tiempo LOGO ASAMBLEA ANDDHHy que relata en imágenes y textos la lucha, la esperanza, la visión de un futuro mejor, el triunfo de la vida sobre la muerte. Tales proyectos colaborativos crean comunidades que en la producción tanto como en la presentación fortalecen alianzas de luz y energía y visión.

Surgió de la pesadilla de la dictadura las arpilleras, dolor hecho arte, que lograron transformar las víctimas en protagonistas, los familiares en comunidad, y que dieron forma a los cuyos cuerpos desaparecidos y robados. A través de las décadas, esta arte popular, tejido por las lágrimas y el coraje de las mujeres, mantenía viva las quejas y expectativas colectivas de justicia, y se comunicaron su angustia en un lenguaje simbólico y directo a la comunidad internacional.

Los familiares de los detenidos-desaparecidos o las otras víctimas de la represión y sus abogados — por su voluntad y por su coraje–han jugado y siguen jugando un papel importante en las cortes tanto como frente a la opinión publica internacional. La documentación extensiva recopilada en los años setenta y ochenta por los grupos de derechos humanos en Chile como la Vicaría, la CCDH, FASIC, Serpaj, la Agrupación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos, y FEDEFAM es lo que hace posible acusar a Pinochet hoy. Las dificultades que encontraron estos grupos de hacer responsables a los culpables en Chile, los llevó a buscar alianzas en el exterior, donde se pudo hacer quejas y acusaciones formales y documentadas.

Los cambios en el medio ambiente internacional a partir de los primeros años de los noventa siguen ofreciendo nuevos modelos, nuevas posibilidades y nuevas esperanzas. Ahora hay instituciones como la Corte Criminal Internacional tanto como nuevas convenciones contra la tortura. En muchos países del mundo se ha establecido comisiones nacionales para esclarecer los hechos ocurridos y establecer responsabilidad para los abusos. Se ha visto el establecimiento de mecanismos de justicia con los tribunales creados en las ex repúblicas de Yugoslavia , Rwanda, Kosovo, East Timor, y Sierra Leone; y por todas partes del mundo se va buscando la reconciliación interior, en la comunidad, y al nivel nacional e internacional. Hoy existe una cultura internacional más propicia a los derechos humanos, en gran parte fortalecida por la experiencia chilena.

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Chile. Sobre el gobierno de Allende y el Poder Popular: el libro de Franck Gaudichaud

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“Sin dejar de lado tampoco, la interacción con la revolución desde arriba, impulsada por las medidas de Salvador Allende y los partidos políticos de la Unidad Popular. Nos relata con bastante detalle, especialmente los cordones industriales de Cerrillos-Maipú, de Vicuña Mackenna, sin dejar de mencionar a las demás coordinaciones en provincia, en Arica, Valparaíso, Concepción, Osorno, Punta Arenas, entre otras. La lucha de los pobladores y del campamento Nueva La Habana”, escribe Andrés Figueroa Cornejo, luchador social, periodista, licenciado en comunicación social, literatura y lingüística de origen chileno.

 

Franck Gaudichaud es un francés con medio corazón en Chile. De hecho, su compañera y su único hijo, Darío, nacieron en el país del fin del mundo. Master en Historia, Doctor en Ciencias Políticas y militante político y social, es autor de ‘Poder popular y Cordones Industriales’ (Ed. LOM), Operación Cóndor. Terrorismo de Estado en el Cono Sur, Las fisuras del neoliberalismo chileno. Trabajo, crisis de la democracia tutelada y conflicto de clases’ (Ed. Tiempo Robado y Ed. Quimantú), entre otras publicaciones.

Su tesis doctoral para las y los lectores de habla española de ‘Chile 1970-1973. Mil días que estremecieron al mundo. Poder popular, cordones industriales y socialismo durante el gobierno de Salvador Allende’, publicada en el país andino por Ediciones LOM, fue lanzada en la Sala Domeyko de la Casa Central de la Universidad de Chile el pasado 2 de noviembre ‘a tablero vuelto’.

La creatividad popular

Franck Gaudichaud indicó que “el punto de partida del libro fue volver a una historia sobre la cual existe un océano biográfico, pero donde, paradójicamente, queda mucho por investigar. Cuando comencé, lo que más me llamó la atención fue que hay un actor central del proceso muy poco investigado: el movimiento obrero. Hay mucho sobre los partidos políticos, sobre el gobierno, sobre la intervención imperialista, etc. ¿Pero dónde estaban los que hicieron el proceso, los trabajadores, los sindicatos, los territorios y poblaciones? ¿Qué pasaba en las fábricas, en la base? Queda mucho por estudiar sobre lo que ocurrió en las regiones. Yo creo que es uno de ‘los tesoros perdidos de la Revolución Chilena’, estos es, hay que recuperar toda la riqueza de ese período que fue fiesta y drama, pero también fue mucha creatividad popular.”

Durante el lanzamiento, Gaudichaud proyectó explicativamente una serie de fotografías que ilustran los mil días del gobierno de la Unidad Popular, en especial, desde abajo, desde los trabajadores y el pueblo.

“Compañero”

En la presentación, la traductora al español del texto originalmente en francés, Claudia Marchant (co-editora de Tiempo Robado Editoras), señaló que “a través de la traducción de la tesis doctoral de Franck tuve la oportunidad de conocer y entender mejor un texto de mi padre, el filósofo chileno Patricio Marchant, y la importancia y fuerza que le asignó a la palabra ‘compañero’. La fuerza de la dignidad de un momento histórico en el país, vivido por personas comunes y corrientes que no dudan en decir que los años de la Unidad Popular (1970-1973) fueron los más felices, los más plenos, los más importantes. A pesar de las dificultades, de las peleas, del trabajo duro y de la derrota posterior, de la dictadura y de nuestra actual pos-dictadura.

Patricio Marchant escribía en 1989, ‘el régimen de Salvador Allende pudo tener los orígenes sociales, históricos, económicos que se quieran. Pudo tener, y los tuvo, todos los errores que se quieran. Pero para quienes lo vivimos a través de la música de la palabra ‘compañero’, constituyó la única experiencia ético-política de nuestra vida. Esa es la absoluta superioridad moral, ese ser distinto, de otra especie, sobre los que nada supieron de la palabra compañero. Mérito evidentemente no de nosotros, no de nuestra individualidad o de nuestro ser persona. Mérito de esa palabra, de esa música. Música-palabra que no fue inventada por alguien. Música-palabra que dice cuáles eran las fuerzas de ese proceso histórico y nos señalaba sólo eso: la posibilidad de un corresponder a ese proceso. Compañero. Porque una cosa es Salvador Allende, otra esa música ‘Compañero Presidente’, ese fundamento de la grandeza de Salvador Allende. Atenuándose, las desigualdades persistían entre nosotros. Iguales éramos, sin embargo, al saludarnos como ‘compañero, compañeros’. Ese sueño, poco tiempo realidad, convirtió a Chile en un país digno de respeto.’”

“Una memoria para las luchas del presente”

Marchant manifestó que “Es ese país digno de respeto el que Franck nos ofrece hoy. En su trabajo vemos con hechos concretos cómo desde abajo se vivió ese proceso. Repasa los momentos más importantes de la movilización popular, sin por ello dejar de ver sus errores, titubeos y sus dificultades. Sin dejar de lado tampoco, la interacción con la revolución desde arriba, impulsada por las medidas de Salvador Allende y los partidos políticos de la Unidad Popular. Nos relata con bastante detalle, especialmente los cordones industriales de Cerrillos-Maipú, de Vicuña Mackenna, sin dejar de mencionar a las demás coordinaciones en provincia, en Arica, Valparaíso, Concepción, Osorno, Punta Arenas, entre otras. La lucha de los pobladores y del campamento Nueva La Habana, la Asamblea de Concepción en julio de 1972, la Toma de Constitución en febrero de 1973. Las posiciones de los diferentes actores políticos y sociales; los mecanismos de participación desde arriba y desde abajo; los periódicos que salieron a la luz en esos días; la expresión de la lucha cultural e ideológica en curso. Levanta cuadros y lista territorios y su expresión de poder popular; identifica fábricas y dirigentes involucrados, dejando la cancha abierta para todos aquellos que quieran seguir investigando este período. Pero no se trata de episodios aislados, algunos de los cuales han sido tratados con profundidad en otros textos y quedan debidamente referenciados aquí. Sino que el panorama, el paisaje que se dibuja, nos permite tener una visión de conjunto de lo que estaba pasando en los diferentes frentes y lugares. Aunque, sin dudas, como el mismo autor lo ha reconocido, hay territorios menos indagados, entre los que podemos mencionar el campo chileno, las comunidades mapuche y no mapuche asentadas en la pre-cordillera y cordillera, que también tuvieron momentos excepcionales de desarrollo de poder popular, como lo fue el complejo maderero y forestal Panguipulli. Tampoco deja de lado a la oposición y su organización, sus dirigentes y articulaciones. El paro de octubre de 1972 es un momento álgido del texto, así como la forma en que el gobierno y el pueblo movilizado van procesando la embestida patronal. Tampoco se trata de levantar un cuadro heroico de un proceso excepcional. La idea no es construir una memoria y una historia petrificada y despolitizada. Se trata de una memoria para las luchas del presente. No como legado para las nuevas generaciones o no solamente para ello, sino que para hoy, para las y los movilizados de nuestro presente.”

La traductora del texto agregó que “Me imagino que Franck comparte las expresiones de Miguel Mazzeo (historiador, académico y militante político-social argentino) que trabaja el tema del poder popular hoy. Mazzeo escribe que ‘no se trata de que nuestro abordaje esté condicionada por las políticas de la memoria y no por las necesidades inherentes al proyecto emancipador en Nuestra América. Aspiramos a que el régimen de la memoria no se viva como áspera condena. Cuando el pasado es el único lugar del encuentro, o el lugar privilegiado para la realización de nuestros sueños, el presente puede ser el lugar de la pasividad, el fatalismo, la ambigüedad, las querellas superficiales y la mera retórica. Las políticas de la memoria, cuando no promueven síntesis políticas y balances prácticos, cuando opacan el presente y el futuro, pueden terminar como un recurso de las clases dominantes, como un procedimiento destinado a conjurar la praxis emancipadora actual, porque de esta manera instalan en la sociedad la idea de que ese pasado nunca será futuro’.”

Los intersticios de la academia, ventanas abiertas al fragor de las calles

Claudia Marchant comentó que “También podemos destacar las palabras Michäel Löwy en el prólogo del texto de Franck en su edición francesa: ‘es raro leer un libro llevado con tanta convicción en el esfuerzo de dar la palabra a las y los de abajo, en ruptura con las lecturas tradicionales, esencialmente institucionalistas, de la trágica, pero apasionante experiencia chilena. Un trabajo que no esconde su enfoque, su método: analizar los hechos desde el punto de vista de la lucha de clases. Tampoco esconde su empatía crítica con la causa de los vencidos del golpe de Estado militar. Lo trabajadores, los oprimidos y los explotados. Y en particular en este libro, del poderoso movimiento obrero chileno’.

Franck retoma el desafío que tan claramente Luis Martín Cabrera expresa en un texto que Proyección Editores lanzó hace pocos días y que ha copado nuestras últimas conversaciones: Insurgencias invisibles. Dice Luis Martín que ‘los profesores deberíamos salir de nuestras guaridas académicas, al menos de vez en cuando, a trabajar en las comunidades. No para dictar conferencias o para apropiarnos de sus conocimientos y encerrarlos en nuestros papeles. Si no que para intercambiar conocimientos, para socializar nuestros privilegios e insertarlos en una lógica de tiempo y espacios robados. Pensar en los intersticios de la academia, ventanas abiertas al fragor de las calles’.

Mito, realidad y los trabajadores organizados por abajo

Mario Olivares (dirigente sindical, ex militante de los cordones industriales) dijo en la presentación de la obra que “soy un hombre viejo, soy un sobreviviente de esa experiencia. En esa época trabajé en una de esas industrias más o menos emblemáticas de lo que fue el cordón Vicuña Mackenna de Santiago. Entonces yo era dirigente sindical y militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). A mis 66 años, sigo siendo un dirigente sindical activo de los trabajadores de la Viña San Pedro, la segunda vitivinícola de exportación del país que hace parte de la CCU, cuyo propietario es el grupo económico Luksic.

Sobre el libro de Franck, me parece interesante cómo recoge la información. Toma referencias de otros autores que han escrito sobre el proceso de la Unidad Popular y de los cordones industriales. Pero lo que me parece más interesante aún, es que Franck conversa con muchos compañeros como yo, que fueron obreros al interior de las fábricas. Entonces, al leer el libro, uno se da cuenta que el análisis que tenía la conducción de los partidos de izquierda de la época respecto de lo que nosotros estábamos sintiendo abajo, no encaja bien. Allí uno se percata de que existían muchas situaciones que tenían más que ver con mitos que con la realidad. No hay ninguna duda de que el ascenso del gobierno de Allende en Chile provenía del aumento de las luchas populares que venían de muchos años atrás. Pero lo más importante es que cuando adviene la Unidad Popular, más allá de su programa político, creó la expectativa en la clase trabajadora organizada de que era posible iniciar un proceso de transformaciones radicales, de justicia y de igualdad, que apuntaba a la construcción del socialismo. Los dirigentes sindicales por primera vez, comenzaron a tomar confianza en ellos mismos y se empoderaron de su capacidad como trabajadores. Entonces había sectores que criticaban de ‘ultraizquierdistas’ a muchos trabajadores que con su conducta estarían prácticamente ‘poniendo en peligro’ el programa de Allende, en el marco de cómo se avanzaba. En este sentido, mientras se fue agudizando la lucha de clases en la sociedad chilena, naturalmente hubo sectores de la izquierda que radicalizamos nuestras posiciones, incluso más allá de las propias direcciones de esos partidos. Como teníamos a las fuerzas de la reacción, de la burguesía en contra de todo el proceso, nosotros, los trabajadores organizados por abajo, nos impusimos la tarea de crear nuestras propias formas para defendernos de esos embates. Eran formas alternativas bastante básicas. Como era muy fuerte el mercado negro, frente a Cristalerías Chile empezamos a realizar una distribución directa de los productos de las tantas fábricas e industrias de la zona. De las que habían sido estatizadas, como de las que fueron tomadas por los trabajadores. Los trabajadores le habíamos exigido al gobierno de Allende que esas empresas fueran intervenidas y pasaran al control obrero, donde nosotros empezamos a administrar la empresa, por supuesto con un interventor nominado por el gobierno.

Cuando se vino el paro de los camioneros que intentó paralizar completamente al país, nosotros, para evitar que ellos lograran su objetivo, requisamos microbuses en la calle con el fin de llevar y traer a los trabajadores para que las fábricas no dejaran de producir. Claro que estas iniciativas no fueron absolutamente espontáneas. Había direcciones y expresiones de distintos sectores, del Partido Socialista, del MIR, que daban orientaciones de cómo la clase trabajadora debía pasar a la ofensiva.

Cuando yo llegué a la fábrica de muebles a trabajar, además de la explotación brutal, de los bajos salarios, de las ‘ventas negras’ para evitar impuestos, la producción de muebles estaba destinada a los sectores más pudientes y no a los trabajadores. Muchos de mis compañeros vivían en campamentos, en zonas marginales. Entonces cuando nos tomamos la empresa decidimos producir una línea de muebles económicos, dignos, decentes, para los propios trabajadores de la fábrica. También hicimos alrededor de 10 mil linchacos (barra doble de madera) para que se defendieran los compañeros de las fábricas intervenidas y tomadas.

Entre la guerra por la producción y la toma del poder

Mario Olivares, con honesta memoria, informó que “En medio de todo se encontraba la agudización de la lucha de clases y la opinión de sectores de izquierda que querían detener la irrupción de los trabajadores más radicalizados. Nos decían que ‘no querían una guerra civil’, que la única guerra era ‘por la producción’. Nosotros pensábamos en la toma del poder. De esa manera, se formó una dirección político-sindical en el cordón Vicuña Mackenna con las empresas más emblemáticas, salvo las textiles que estaban controladas principalmente por los compañeros del Partido Comunista (PCCh). Y en esa dirección político-sindical nos rotábamos. ¿Qué quiero decir? Que no existía una democracia plena, no era que los trabajadores de base a los que uno representaba elegían a la dirección directamente. Era más bien un acuerdo entre los partidos políticos que teníamos cierta hegemonía en la dirección. Sin embargo, a través de esta instancia, se hablaba de hacer un poder paralelo al poder burgués para intentar dar un salto adelante. Ahora bien, según mi experiencia, yo creo que confundíamos los sueños políticos con la realidad. Se hicieron algunas experiencias que tímidamente tuvieron esa expresión. Por eso el libro de Franck manifiesta lo que yo viví y logra matizar distintas miradas de lo que fue el proceso de una manera coherente e inteligente y sin descalificaciones. Al fin, yo pienso que los sueños no han muerto y sigo peleando.”

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Música y clandestinidad en Dictadura. Bastión cultural de la resistencia.

Música y clandestinidad en dictadura: la represión, la circulación de músicas de resistencia y el casete clandestino1

 

por
Laura Jordán

Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile.
Université de Montréal, Canadá.
laurafrancisca@gmail.com


Un estudio sobre la relación entre música y clandestinidad durante la más reciente dictadura en Chile es expuesto aquí en el despliegue de tres ámbitos disimiles, pero que coinciden en su exploración sobre los modos en que la música de resistencia se desenvuelve en su particular situación histórica. En primera instancia, se aborda la relación conflictiva entre el aparato estatal y la oposición, en que se destacan la represión y la censura sobre las músicas desde un prisma que enfatiza las experiencias de prohibición y persecución. Así, se desarrolla una interpretación acerca de la clandestinidad del ejercicio represivo. En segundo lugar, se observa una particular dinámica de tránsito entre lo privado y lo público por parte de los agentes de la resistencia, examinándose grados heterogéneos de exposición y de ocultamiento. Finalmente se releva la producción de grabaciones clandestinas, cuyo compromiso militante es substancial. Se enfatiza aquí el rol decisivo que cumple el casete, pues la circulación de cintas copiadas se erige como un bastión cultural de la resistencia. Aunque este esquema tripartito ofrece una coherencia particular a cada apartado, la articulación de su conjunto permite una primera comprensión abarcadora de la compleja relación entre la música y la clandestinidad en dictadura.

Palabras clave: Chile, dictadura, música, clandestinidad, casete.


This is a study about the relationship between music and “clandestinidad” during the time of the most recent dictatorship in Chile. This topic is explored in three dissimilar areas, which converge toward the consideration of the ways in wich the music representing the resistance to the dictatorial system developed in this particular historical situation. First of all, the conflicting relationship between the state apparatus and the opposition is discussed, with a special emphasis upon repression and censorship of the musics of resistance from a standpoint emphasizing the experience of prohibition and persecution. Thus, an interpretation of the clandestine repressive actions is put forward. Secondly the specifíc dynamics of transiting between what is private and what is public is examined, particularly as it relates to the heterogeneous degrees of exposure and hiding of the members of resistance. Finally the production of clandestine recordings containing material of a clear militant commitment is discussed. The key role of the cassette production is underlined, as the copy and circulation of cassettes became a cultural stronghold of resistance. Each area of this tripartite model presents an inner coherence of its own. Nevertheless the overall consideration of these thee areas serves as the basis of a fírst all encompassing view of the complex relationship between music and “clandestinidad” during the time of dictatorship.

Keywords: Chile, dictatorship, music, “clandestinidad”, cassette.


 

“Si el rostro es una política, deshacer el rostro también es otra política,
que provoca los devenires reales, todo un devenir clandestino.”
Gilíes Deleuze y Félix Guattari. Mil mesetas

1. INTRODUCCIÓN

Hace un par de años presenté junto a Araucaria Rojas una ponencia en el IV Congreso de la Sociedad Chilena de Musicología, que era el resultado de una modesta investigación con la que abordamos, monográficamente, una pequeña historia de Vamos Chile.2Este casete clandestino había sido producido por Gabriela Pizarro a mediados de la década del ochenta en el marco de su ejercicio político y cultural de resistencia a la dictadura. El resultado de dicho estudio, como aproximación incipiente, fue la instauración de una pregunta ineludible, que se ubicó como centro de mis preocupaciones musicológicas. ¿Música y clandestinidad pueden pensarse como nociones confluyentes en una determinada situación histórica? ¿En qué términos se establece esta relación mutua? Y en última instancia, ¿qué alcance tendría dicha relación?

Como ha de suponerse, la respuesta a la primera pregunta ya había sido medianamente respondida por el reconocimiento del fenómeno de la clandestinidad como aspecto nuclear de la creación y recepción del mencionado casete, en ligazón profunda con la actividad política de sus precursores. Ahora bien, la interrogante que me dispuse a dilucidar fue la manera en que la conjunción de los dos términos -música y clandestinidad- adquiría potencia para comprender cómo las músicas son vivenciadas y articuladas de modos particulares en el lugar y momento en que se sitúan. Y luego, tratar de comprender la capacidad abarcadura de la articulación teórica de esta dupla, es decir, hasta qué punto un pensamiento sobre la relación entre música y clandestinidad puede ser útil para evocar ciertas historias sonoras.

El marco temporal en que delimité mi indagación fue señalado por la demarcación epocal de la más reciente dictadura chilena, concentrándome en el periodo 1973-1986. Se considera el año 1986 como “el decisivo”3, por cuanto a partir de entonces la caída del gobierno militar fue progresiva y concluyen te. La exploración que aquí resumo y expongo fue fijada además por un espacio específico, cual es la ciudad de Santiago, aunque numerosos cuestionamientos y conclusiones puedan sobrepasar ampliamente los márgenes de este territorio.

2. CUESTIONES SOBRE LA CLANDESTINIDAD Y LA MÚSICA

La palabra clandestinidad se considera como cualidad de lo clandestino. La definición oficial dice “Secreto, oculto, y especialmente hecho o dicho secretamente por temor a la ley o para eludirla”4. Conlleva una serie de connotaciones en el entendido de su aplicación al estudio histórico de la cultura durante la dictadura militar. Así, al tratarse del ocultamiento en relación a la ley, la presencia implícita de la figura del Estado confiere a la palabra clandestinidad, para este caso particular, una connotación de oposición. Si bien efectivamente una fracción sustancial del presente estudio parte de la base de este supuesto, indagando una historia musical ligada a la clandestinidad de la oposición política, otorgo también un espacio a la especulación sobre la clandestinidad del accionar estatal y sus implicancias sobre el campo musical. De esta manera, intento superar una definición exclusiva del significante clandestinidad, reducido a su articulación opositora, 5 para comprenderlo más bien como una relación general entre la dictadura y aquellos que la resisten, lo que no quiere decir que la clandestinidad abarque de manera absoluta dicho vínculo. No obstante, dicho vínculo se considera que le pertenece.

Por otra parte, al intentar historiar la música, algunas consideraciones sobre sus cualidades, en tanto manifestación cultural específica, modulan la aplicabilidad de la pregunta sobre la clandestinidad. En primer lugar, como expresión artística, aunque dicha categoría no sea perfectamente adaptable a todas las músicas, la existencia de un autor cuyo nombre se adhiere a la creación presenta un área de problematización de lo clandestino entendido como ocultamiento. Como explicaré más adelante, la divulgación de autorías deviene conflictiva en la medida en que la música es adosada a la tendencia política de las personas que la cultivan, sea a las que la producen, la interpretan o la reciben. Una pertenencia política es atribuida al texto musical en tanto se relaciona con alguien susceptible de ser estigmatizado. En segundo lugar, en tanto manifestación espacio temporal la noción de lo público reviste una importancia medular para el análisis, pues bajo el supuesto de que la música está hecha para ser atendida por un auditor en algún momento determinado, la problematización de lo clandestino recae principalmente en la manera en que “autor” y “público” se contactan y en el Jugarenque la música se realiza. Finalmente, siendo una expresión sonora, las músicas se enlazarán forzosamente a un ámbito de cuerpos sonoros más amplio, en el que confluyen discursos y registros documentales que encuentran canales comunes de circulación.

Como he intentado adelantar, abordo mediante este escrito diferentes aproximaciones a la dualidad música y clandestinidad. Por una parte, enfocaré el accionar clandestino del Gobierno militar en cuanto a su gestión represiva, así como consideraré un conjunto de condiciones establecidas de manera “legal” que demarcaron un cambio sustancial en la actividad musical postgolpe, destacando los fenómenos de la censura y la autocensura.

A continuación, observaré la clandestinización de los espacios musicales. Particularmente me referiré a la transitoriedad entre lo privado y lo público, en la que en lugar de una fragmentación rígida entre lo oculto y lo notorio, una circulación ambigua entre ambas esferas caracteriza la actividad musical de la resistencia. Tocaré así la cuestión sobre el lugar en que las músicas se hacen sonar.

Un tercer ángulo será desarrollado haciendo énfasis en la creación de sonidos clandestinos. Allí revisaré básicamente la producción de músicas de propaganda por parte de sectores militantes, las que son cristalizadas primordialmente en un casete. En este apartado intentaré explicar cómo la existencia de autores con nombres propios y la cualidad sonora de la música, características de esta manifestación cultural, son modeladas de modo peculiar en la clandestinidad.

3. EL EJERCICIO CLANDESTINO DE LA REPRESIÓN

Tomando en cuenta la dificultad de distinguir con certeza los límites de las implicancias que el despliegue de una maquinaria estatal renovada tuvo sobre el campo musical, es posible reconocer la relevancia de dos ejes del accionar oficial, uno referido a la imposición de normativas públicas y otro relativo a la puesta en marcha de un aparato represivo clandestino. Si bien ambas dimensiones funcionaron en mutua imbricación, y sin perder de vista la dudosa legitimidad de la esfera “legal” bajo el régimen dictatorial, su separación confiere aquí la posibilidad de recalcar la cualidad clandestina del ejercicio represivo.

Revisando el primer eje, aparece un documento elocuente, la Política Cultural del Gobierno de Chile, de 1975. Ésta declara que “el arte no podrá estar más comprometido con ideologías políticas”, al tiempo que se propone definir el “deber ser” nacional, confiriendo a la cultura la misión de crear “anticuerpos” contra el marxismo para “extirpar de raíz y para siempre los focos de infección que se desarrollaron y puedan desarrollarse sobre el cuerpo moral de nuestra patria”6. Como parte del proyecto fundacional-nacionalista, en palabras del sociólogo Carlos Catalán, la Política Cultural se inserta en una inaugural vertiente discursiva, llevada a cabo los primeros cinco años del régimen. Luego de su fracaso, una “fragmentación” caracteriza el accionar oficial respecto a la cultura, considerando la participación de diversos agentes “oficiales”, no exclusivamente relativos al Estado7. A partir de un declarado rechazo a las manifestaciones que representaban una amenaza al patrimonio e “identidad nacional”, en el que la cultura corporizó una arista visible del “enemigo interno”, la reacción contra aquello que recordaba la cultura militante pregolpe, confluyó en la implementación de un arduo artefacto represivo que procuró enfrentar a su adversario en sus múltiples dimensiones. No sólo se arremete contra los cuerpos, “[s]e combate al otro en sus símbolos, su memoria, sus tradiciones, sus ideas”8.

En cuanto a la esfera musical, se ha sostenido profusamente la idea que el Gobierno militar emprendió una serie de acciones con el fin de impedir la creación, circulación y ejecución de ciertas músicas, ya sea mediante la prohibición o la desincentivación de su ejercicio. Así lo proponen numerosos músicos y profesionales vinculados a la difusión y producción musical. Lo mismo se expone en una buena parte de los escritos historiográficos abocados a la música de la época.

Entre las transformaciones “legales”, probablemente la más conocida sea la presunta prohibición de la “música andina”. Cuantiosas alusiones a esta prohibición fueron publicadas tempranamente y siguen repitiéndose hasta nuestros días. Dos recientes ejemplos se hallan en los libros El canto nuevo de Chile: un legado musical y En busca de la música chilena. En el primer caso, Patricia Díaz-Inostroza explica que una de las expresiones de la persecución de los músicos de la Nueva Canción Chilena (NCCh) fue “la dictación [sic] de bandos que impusieron la censura y que incitaron a la prohibición de la utilización de instrumentos andinos como quenas y zamponas ya que ellos serían considerados elementos subversivos”9. En el segundo, José Miguel Varas sostiene:

“Desaparecieron totalmente de la programación radial, por indicación de la Dirección Nacional de Comunicación Social, todas las canciones y melodías de carácter nortino, toda pieza musical que incluyera quenas, charangos y bombo”10.

Los autores, tal como sucede con la mayor parte de la información sobre la proscripción de “instrumentos andinos”, no señalan fuente alguna11. Indagando acerca de la existencia de un bando referido a la materia, me he encontrado con que ninguno de los primeros 41 bandos hace alusión a la música, y con que la mayoría de este tipo de norma jurídica no fue solemnemente publicada y, por lo tanto, su relectura es, al menos, dificultosa12. De todas maneras, un par de cuestiones deben ser precisadas. Primero, que un sinnúmero de disposiciones legales afectaron más o menos tangencialmente el quehacer musical, ya sea por sus implicaciones sobre las libertades de las personas que la cultivan o por las transformaciones directas sobre el medio de producción y difusión musical13. En segundo lugar, que la dificultad de hallar una norma escrita referente a la “música andina” no refuta la existencia de tal proscripción, sino que resalta dos situaciones: por un lado, que la ejecución de tal proscripción se fundó sobre el ejercicio clandestino de la represión, valiéndose del miedo, y que la “obscuridad” documental coincide con el comportamiento poco coherente que caracteriza el terrorismo de Estado, como expondré más adelante. Por otro lado, la carencia de un documento oficial convierte una búsqueda “sin resultados” en la exaltación de una cara más relevante del asunto, cual es la experiencia real de la prohibición. No habiendo “respaldo”, los relatos sobre la condición de la música y los “instrumentos andinos” abarcan una infinidad de contornos, de modos peculiares y múltiples, en que la vivencia de tal proscripción se cristalizó.

Hasta el momento, la fuente más reveladora sigue siendo la carta en la que Héctor Pavez Casanova le relata a Rene Largo Farías la reunión a la que algunos destacados folcloristas asistieron, citados por Rubén Nouzeilles, ejecutivo del sello Odeón, con el fin de informarse acerca del futuro laboral que les deparaba y sobre el estado de los colegas detenidos. En el Edificio Diego Portales, a fines de 1973, el coronel Pedro Ewing les habría comunicado que serían vigiladas sus actividades y canciones, “que nada de flauta, ni quena, ni charango, porque eran instrumentos identificados con la canción social”14. Por el contrario, allí se alabó el trabajo del Conjunto Cuncumén, lo que fue entendido por Pavez “como una invitación directa a colaborar con ellos, pues me dijeron que también podía yo con mucha propiedad difundir el folklore chilote”15. Su hijo, Héctor Pavez Pizarro, relata que los militares le solicitaron agrupar a todos los folcloristas, previsiblemente con el fin de perseguirlos: “Héctor Pavez se juntó con la gente y les dijo que desaparecieran. Él partió al exilio, como muchos, y otros quedaron en la clandestinidad, como mi madre [Gabriela Pizarro]”16.

No toda la música denominada “folclórica” fue, según se narra, objeto de hostigamiento. La noción de “música andina” fue reducida, como nunca antes, a una significación activista. No sólo en su identificación con la izquierda desde la oficialidad, sino que como parte de los modos de resistir que fueron encontrando lugar desde la clandestinidad política.

Se añade al acopio imaginario que supone el establecimiento de la prohibición, la noción de que este dictamen habría sido tempranamente levantado, acción que habría sido suficientemente difundida como para agrietar las restricciones impuestas sobre el circuito musical y abrir espacios más visibles para aquella música en la que prevalece este tipo de instrumentación. Dice Osvaldo Rodríguez acerca del grupo Barroco Andino que “interpretaban a los músicos barrocos europeos, dándole carácter político a esa música. Primero tocaron sólo en iglesias, pero cuando se levantó el decreto de censura a los instrumentos de los Andes, comenzaron a dar conciertos en diversos lugares públicos”17 . Tal aseveración amplifica los alcances de un ideario sobre dicha medida, ya que los relatos se refieren a ella incluso acotando un espacio temporal de su efectividad y sugiriendo algunas causas para su desuso. Algo similar se sostiene en “El Canto Nuevo”, testimonio oral recibido de Chile, publicado en Madrid por Araucaria de Chile el año 1978. Allí se relata que la televisión, que rechazaba a los cantores populares por ser considerados “extremistas y subversivos, por el solo hecho de acompañarse en su música con charangos o quenas (instrumentos proscritos por una disposición ridicula que hoy ya nadie respeta), termina por ceder, y alguna vez llega con sus cámaras al interior de las peñas”18.

Según se expone, la mera utilización de dichos instrumentos implicaba para la oficialidad una disidencia política, desde la comprensión de los disidentes. Eduardo Carrasco explica que “para estos astutos militares el solo timbre de la música del pueblo era ya una manifestación de rebeldía revolucionaria”19. Y así, es posible pensar en un sinfín de explicaciones y narraciones sobre cómo se vivió y ejerció esta “censura organológica”, que puedan poner al descubierto no solamente la inhibición del uso de tales instrumentos, sino también los métodos a través de los cuales ellos fueron reposicionados, en el que el caso de Barroco Andino sería un interesante ejemplo.

Como se ve, para comprender la prohibición de “música andina” no basta preguntarse por los mecanismos públicos de la oficialidad, pues los relatos muestran que, sin haber “respaldo documental”, la conciencia sobre la transformación del estatuto de los “instrumentos andinos” es temprana y profusa, e implicó una reconsideración de su funcionalidad dentro de las músicas de la resistencia. Más allá de la prohibición misma y de su concreción como disposición reguladora; quena, charango, bombo y zampona revisten para aquel momento un significado peculiar, mientras sus vínculos con la Nueva Canción Chilena (NCCh) son acentuados.

El segundo eje, tal como adelanté, se liga con el terrorismo de Estado. Bien se sabe que la persecución, la desaparición y la ejecución son manifestaciones ge-nuinas de esta maquinaria. En el caso musical, sin considerar la delicada situación de los auditores que permanece inexplorada, basta recordar el exilio de numerosos artífices de la NCCh, entre los miles de chilenos forzados al destierro, y el presidio de Ángel Parra, por ejemplo. Nano Acevedo relata que no fue necesario que la represión contra la música cercana a la NCCh se fundara en acciones jurídicas, porque “si bien ellos no lo dijeron por cadena nacional, entendíamos que habían muerto y habían torturado a Víctor Jara, habían desaparecido cuántos colegas…”20.

Amedrentamientos y allanamientos implicaron para la música dos de las formas más comunes de torsión, amparadas en un accionar no legal de agentes estatales, resguardados en la Doctrina de Seguridad Nacional. Por esta razón, cuantiosas experiencias de coerción no encuentran un respaldo oficial ni dejan ver una operación sistemática de acción, siendo difícil identificar a los responsables de las prohibiciones y requisamientos. Así sucede, por ejemplo, con las sucesivas trabas impuestas al sello Alerce, a través de circulares de dudosa procedencia, cuya efectividad se cimentó en gran medida en la imprecisión de las restricciones y la incer-tidumbre respecto a las represalias dables en casos de trasgresión a la censura21.

Material cuantioso y heterogéneo del sello IRT, perteneciente a la CORFO, fue destruido. Tito Escarate menciona -por ejemplo- el caso del grupo de rock La Mariposa, cuyo elepé grabado en 1973 con IRT se extravió, junto a muchas producciones del sello. Más adelante, abundantes grabaciones “no proselitistas” de Víctor Jara fueron eliminadas22. Algo cercano ocurrió con el sello de las Juventudes Comunistas. Dice Ricardo García que “todo lo que fuera la empresa discográfica DICAP había sido destruido y un interventor nombrado por la Junta Militar vigilaba los restos”23. Lo mismo señala Osvaldo Rodríguez, quien dice que las oficinas de DICAP “fueron saqueadas y quemados todos los materiales”24.

Un mecanismo primordial para llevar a cabo la represión fue la elaboración de listas negras. Éstas vetaban tanto las músicas en su dimensión material como a los músicos acusados de izquierdistas; así, implicaron la persecución y la censura en diversos espacios laborales y circuitos de difusión musical. Mostraré en primer lugar algunas vetas de aplicación sobre los músicos y, a continuación, sobre los repertorios.

La lista negra es instalada en radio y televisión25, cerrándose para aquellas figuras identificadas políticamente con la izquierda. Según dice Nano Acevedo, “todo lo que tenga sabor a izquierda no va, ni en un sello grabador, ni en un diario, ni en una radio, ni en un espectáculo en vivo”26. Así se practica, en palabras de Valerio Fuenzalida, una “política de exclusión de grabaciones e intérpretes considerados militantes o simpatizantes de grupos políticos no oficialistas”27.

Lo mismo se observa en las universidades, cuya organización interna sufre una severa “reestructuración”. Karen Donoso indica que con el ingreso de Samuel Claro como decano de la Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la Universidad de Chile,

“se tomaron medidas radicales como por ejemplo la exoneración de profesores y el cierre de la carrera ‘Instructor en Folklore’ que aún no graduaba a su primera generación, a lo que se suman la serie de allanamientos que afectaron a las sedes de la Facultad, en búsqueda de material ‘subversivo'”28.

Asimismo, Fernando García relata que Claro

“hizo una lista donde estaban todos los ‘comunistas’ y la entregó a un funcionario para que la llevara a Investigaciones […] En Investigaciones, como había gente de la Unidad Popular, cuando llegó la lista alguien la sacó y la rompió. Allí estaban denunciando a varios […], imagínate, era una cantidad enorme de gente. De acá de la Facultad no sé a cuantos botaron”29.

Las lista negras contra personas también han sido denunciadas en el caso del Instituto de Música de la Universidad Católica (IMUC), donde la renuncia de Fernando Rosas a su cargo directivo se justificó por la aplicación de este tipo de medidas,

“La salida del Instituto de Adolfo Flores, la reducción de horario de Emilio Donatucci, la salida de Pedro Poveday de Genaro Burgos, más la de algunos cuyos nombres no recuerdo, se debió a la participación de personas que tenían la confianza de rectoría 30.

En los medios de comunicación masiva, la omisión de ciertos repertorios musicales pasa por una compleja relación entre la censura por parte de los funcionarios oficialistas y la autocensura, fundada en el álgido clima de terror vivenciado a mediados de los años setenta. Así, algunos programadores radiales, reconociendo el riesgo laboral y vital que suponía difundir, por ejemplo la NCCh, debieron desafiar al propio temor para ir divulgando poco a poco la música objetada31. En el caso de los sellos grabadores, se presume la existencia de listas negras emanadas de organismos oficialistas con cierto respaldo gubernamental. Así lo explica Ricardo García, fundador del sello Alerce, en el siguiente extracto:

“Al instaurarse en Chile un régimen que obligó a la quema de libros y a la destrucción de discos que incluían obras musicales de diferentes contenidos, nuestro mundo cultural entró en un período de total oscuridad. Prueba dramática de esta situación la constituyen las circulares que las compañías fonográficas hicieron llegar a todos los distribuidores de discos a fines del 73: ‘Volvemos en relación con nuestra circular número 2.138 del 28 de septiembre pasado, para dar la lista ampliada de todos los discos que hemos debido dejar de fabricar y retirar de catálogo, con sujeción a la autocensura que la Junta de Gobierno ha dispuesto para la industria fonográfica nacional’. La circular incluye desde grabaciones, por supuesto, de Quilapayún hasta Nicanor Parra, Violeta Parra, el conjunto Cuncumén y Osvaldo Díaz”32.

Asimismo, se expone en un artículo de la revistaAnálisis dedicado a la música de Fernando Ubiergo que,

“[l]e dijeron en el sello IRT que tenía que sacar del LP […] las canciones de Víctor Jara, de Pablo Neruda, de Paco Ibáñez y del cubano [Silvio] Rodríguez. Benjamín Mackenna había llamado de la Secretaría de Relaciones culturales diciendo que los autores comunistas no se podían grabar 33.

Profundamente reveladora respecto a las “razones” y modos operativos de tal tipo de censura es la declaración del propio Mackenna al respecto. Él explica que desde muy temprano “hubo consultas” de parte de militares sobre el quehacer cultural. Narra que una vez, por ejemplo, recibió una llamada en la que se le presentaba la siguiente situación:

“‘Oye, resulta que nos acaba de llegar un disco de Silvio Rodríguez que se llama Santiago en llamas que dice que los cadáveres están flotando en el Mapocho’, y entonces me pregunta: ‘lo que pasa es que hay discos de Silvio Rodríguez en el comercio, ¿qué crees tú? porque aquí mi General dice que hay que retirar todos los discos’. ¡Pero cómo se te ocurre! -dije yo- eso sería una locura, esa cuestión sí que daría la vuelta al mundo. Los discos que no son proselitistas, deja que sigan vendiéndose. Vas a armar un escándalo. Ahora, ese disco obviamente que no se puede publicar”34.

Más allá de esta declaración, ninguno de los relatos ni las fuentes revisadas, muestran cómo se ejecutaba la discriminación a través de las listas negras. Quizá, la pregunta por autorías y documentos que respalden los actos de censura no traspase el ámbito anecdótico, pues, como se trasluce, sobre la ignorancia acerca del modo de articulación de la represión se cimenta la tendencia a la autocensura, principal dinámica que sostiene la exclusión de algunas músicas de los circuitos oficiales.

La lista negra, en sus múltiples formas, encarna de modo ejemplar la relación profunda que se da entre las acciones “legales” y la represión clandestina. Por ejemplo, la derogación de leyes proteccionistas que eximían del pago de impuestos a artistas y obras nacionales, a través del Decreto Ley N° 827 de 197435, y el establecimiento de un impuesto del 22% a los espectáculos, “ha actuado como un disuasivo a este tipo de presencia y exibición [sic] de música popular. Las atribuciones para eximir de este impuesto se han convertido en un instrumento de discriminación y censura”, en palabras de Valerio Fuenzalida36.

Comprender, entonces, la aplicación de listas negras, como expresión del terrorismo de Estado -de un accionar oficial clandestino- apunta a la importancia relativa de una búsqueda de soportes legales, ya que dicha expresión colabora con la destrucción material del grupo humano al que se aboca, a la vez que a su desarticulación indirecta mediante la guerra psicológica, apartándose del Estado de Derecho interrumpido por la Junta Militar. Si bien es ineludible conocer qué facción de las acciones del régimen referentes a la música son aplicadas de manera pública y bajo la garantía de la solemnidad oficial, creo que la existencia de presuntos dictámenes vía “legal” no es trascendental para comprender la vivencia concreta por parte de los afectados y las implicancias fácticas manifiestas en modificaciones sustanciales de la cultura durante la dictadura37.

4. LA TENSIÓN ENTRE LO CLANDESTINO Y LO PÚBLICO

Como acabo de señalar, la clandestinidad pasó a ser una condición característica de los movimientos de izquierda que, siendo sometidos a una represión irregular en sus formas pero persistente en el tiempo, adecuaron sus lugares y acciones a la nueva situación política. Escritos sumamente decidores sobre el surgimiento de microcircuitos38enmarcan la comprensión que desarrollo aquí sobre los espacios y modos de circulación de las músicas de resistencia. Así, para Anny Rivera, el Canto Nuevo se erigió como el microcircuito de “mayor integración y organización”39. Dos instancias cristalizan inicialmente la rearticulación de movimientos musicales: el acto solidario y la peña.

Bajo el amparo de la Vicaría de la Solidaridad diversas organizaciones poblacionales y culturales encuentran un espacio de gestación de circuitos opositores. Allí, la recaudación de fondos y la generación de un lugar común de reunión e intercambio se elevan como objetivos primordiales. La música se inserta así en un proceso de reactivación política complejo, en el que juega un papel colaborativo preciado. Casi a la par, la reaparición de la peña responde no sólo a las necesidades de participación y militancia, sino que este lugar aspira también a promover un espacio laboral para numerosos artistas cuyas fuentes de trabajo habían sido reducidas a causa de la persecución y el toque de queda40.

El punto que quisiera desarrollar es que, a pesar de la clandestinización de estos movimientos culturales, la presencia de los músicos y las músicas resistentes no puede entenderse enteramente desde el ocultamiento. Por el contrario, transitando por diversos sectores de mayor o menor peligrosidad, articulando diferentes modos de compromiso y sirviendo a diversos fines políticos, los mismos repertorios se desarrollan en espacios notoriamente públicos, al tiempo que se cultivan en otros eminentemente clandestinos. Bien es cierto que los grados y modos de la clandestinidad varían con los años, así como se van transformando las políticas culturales oficiales. Una relación compleja entre el espacio público y el privado caracteriza las músicas de la oposición que circulan y se difunden en grados heterogéneos, desde el punto de vista de la notoriedad. Las músicas se articulan, quizás de manera errática, con la generación de espacios dirigidos a públicos diversos, arrimándose o alejándose sucesivamente de los núcleos llanamente clandestinos. A través de tres ejemplos intentaré mostrar esta dinámica particular.

Como expuse en el primer apartado, la llamada “música andina” reviste un protagonismo indudable respecto a las disputas de “utilización” política. Así como agentes oficiales habían distinguido a este ejemplar conjunto instrumental como “subversivo”, muchas músicas de la resistencia se arriman a esta connotación opositora, vitalizando la presumida subversión. En este sentido, la identificación de un boom andino41 a fines de los setenta evidencia que la prohibición tuvo efectos mucho más confusos que la “simple” censura. El boom andino se ha definido como un fenómeno de masificación y mediatización de los grupos que tocan “música andina”, que contribuye “a ‘exorcizar’ los instrumentos altiplánicos, cuya ejecución se atribuía sólo a artistas marxistas”42. Un rol central puede otorgársele a Illapu, que logra instalar el Candombe para José43 como éxito de ventas, consiguiendo presencia en la televisión, al mismo tiempo de colaborar en diversos circuitos de la resistencia, en ollas comunes, actos solidarios y festivales. Su presencia “doble” incorpora nuevas aristas a la compleja situación de la “música andina” durante los primeros años de la dictadura.

A causa de la inminente ola represiva, la cimentación de un circuito musical opositor se llevó a cabo mediante diversas estrategias precautorias. Una de ellas fue el resguardo de la Iglesia Católica. Otras fueron la renovación de un repertorio más “poético” y la utilización de medios masivos a modo de refugio público, entendiendo que precisamente el espacio más vulnerable se encontraba en un sitio intermedio entre lo más oculto y lo más público. Esta es una de las interpretaciones de la presencia televisiva de Illapu44.

Un segundo ejemplo se ve en la difusión simultáneamente clandestina y pública de las actividades solidarias en las que diversos grupos musicales participaban. Resulta interesante notar cómo los mismos nombres son publicitados en medios de alcances y destinatarios aparentemente disímiles, como lo son Solidan dad y El Rebelde en la clandestinidad. El primer boletín, editado por la Vicaría de la Solidaridad, puede entenderse como un medio de divulgación más abarcador, a través del cual se permite la masificación de ciertas figuras de la resistencia. Numerosos festivales fueron tempranamente avisados en esta publicación45, haciendo parte a diversos grupos y cantores de acontecimientos aparentemente inocuos, en cuanto a su condición política, tales como el “Festival Una Canción para Jesús”. Celebrado a partir del año 1976, participaron allí músicos como Cecilia Echeñique en la competencia y grupos invitados como Chamal, Aquelarre, Illapu, Nano Acevedo y Capri.

Un hecho remarcable, en tanto ayuda a comprender las relaciones pugnantes y dinámicas entre el espacio oficial y aquel opositor, fue la segunda versión de dicho festival. Efectuada en noviembre de 1977, su jurado estuvo compuesto, entre otras personas, por César Antonio Santis y Eugenio Rengifo, miembro de Los Huasos de Algarrobal. A todas luces la voluntad legitimante de la Iglesia pasó por situar en la opinión pública la actividad de conjuntos como los mencionados, mediante la aprobación implícita de figuras de la televisión oficialista. Este procedimiento doblega la delimitación rígida entre espacio público y espacio privado, señalando múltiples agentes en la configuración de sitios propicios para el circuito de resistencia.

Poco tiempo después, la divulgación de la adhesión política de este circuito solidario se hace explícita en medios tales como El Rebelde en la clandestinidad que, siendo abiertamente reconocido como publicación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), introduce noticias sobre la actividad cultural de estos mismos núcleos, arrogándoles una posición netamente insurrecta. Esto se ve en “Artistas junto al pueblo”, artículo en página completa dedicada al acto cultural efectuado por la Liga de Acción Cultural en el Sindicato PANAL, en el que participaron, entre muchos artistas, los músicos Eduardo Peralta, Eduardo y Pedro Yáñez, Santos Rubio, el conjunto de folclore del Taller 666, Antara, Aymará, ballet Pucará, Aquelarre y Pehuén, además del Taller Sol y su conjunto Fragua. Asimismo, se menciona la participación del Conjunto Folclórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Acerca de los obreros, afirma que,

ese ciclo cultural en el sindicato el PANAL en huelga les permitió responder en forma concreta y positiva al llamado “Encuentro Arte Joven”, patrocinado por la dictadura en esos mismos días en el Instituto Cultural de Las Condes46.

Como se ve, la identificación de un numeroso grupo de artífices del circuito del Canto Nuevo es osada y elocuente, pues no sólo “explica” el éxito de la actividad cultural realizada por oposición al encuentro promovido por la dictadura, sino que inscribe los nombres de dichos músicos en el circuito ineludiblemente clandestino del MIR. Paradójicamente, por esta misma época algunos de ellos habían ido ingresando poco a poco a los canales de televisión y otros medios oficiales, como el caso de Illapu ya comentado. No obstante, la progresiva apertura de los medios tampoco resulta sencilla, pues el “logro” que significó una relativa masificación de la actividad cultural alternativa se vio socavado por una serie de trabas impuestas a los nuevos espacios. Algunos hechos elocuentes son el apedreamiento recibido por la Casa Folclórica Doñajaviera el 12 de agosto de 1978, la suspensión del permiso otorgado para la realización del Festival del Canto Nuevo programado para el 31 de junio de 1978 y el impedimento puesto a Alerce para editar sus discos en los estudios de IRT47 .

Parte de la prensa oficialista, por esa misma época, publicó arduos reproches a la Iglesia, sosteniendo que los organismos “pseudoculturales” o “pseudofolclóricos” eran “disfraces” de organizaciones políticas financiadas por la Vicaría de la Solidaridad. Ante dichas acusaciones, Solidaridad pidió explicaciones al Secretario de Relaciones Culturales del Gobierno, Benjamín Mackenna, quien no respondió48. Un “bloqueo sistemático” impuesto desde 1978 -según Rodrigo Torres- colabora con la crisis del Canto Nuevo (CN) y deriva en la búsqueda de acceso a medios de comunicación masiva por parte de algunos de sus agentes49.

Por último, quisiera comentar la aparición de algunos grupos en televisión y su participación en el Festival de Viña del Mar. La introducción de parte de los protagonistas del CN en la televisión fue juzgada por algunos como la obtención de un espacio hasta entonces restringido para la izquierda, que se habría conseguido mediante la instalación de una propuesta exitosa; mientras otros lo vieron como una maniobra aniquiladora por parte de la dictadura, que pretendía “quemar” públicamente a los artistas, desintegrando el movimiento a través de la selección de algunos pocos músicos e “infiltrando” figuras ajenas como el “Negro” Pinera y Fernando Ubiergo. Un par de citas elocuentes son las siguientes,

El “canto nuevo” es “descubierto[“] por los medios de comunicación, mientras Silvio Rodríguez, Pablo Milánés, Los Jaivas y Serrat se transforman en los “hit” musicales, desplazando a Travoltas o Iglesias.50
Este movimiento [el CN] no tuvo armas eficaces para contrarrestar los criterios comerciales de una difusión que lo transformó en una moda intrascendente, llegando a ensalzar cultores que nada tenían que ver con la expresión original51.

En un contexto de crisis discográfica, restricción de fuentes y dificultad para encontrar figuras nacionales susceptibles de ser introducidas en la programación, los canales televisivos tendieron a importar artistas extranjeros, a crear figuras “de estudio” y a promover festivales52. El Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar se erige allí como bastión de la actividad cultural oficial53, lo que es claramente identificado por la oposición, levantando públicos reproches y sabotajes al certamen. Rodrigo Torres dice que este festival:

… fue particularmente privilegiado por el régimen con presupuestos millonarios y una intensa cobertura publicitaria de los medios de comunicación de masas, transformándolo en una ventana del país al mundo y también en una ventana del mundo al país.54

Variadas acciones contra el Festival de Viña y lo que éste simbolizaba fueron difundidas en El Rebelde en la clandestinidad, como rayados callejeros55, instalación de bombas y ejecución de atentados56, y la publicación de una carta manifiesto dedicada a los participantes del Festival. Es particularmente interesante que ante la ausencia general de noticias sobre música se dedique gran atención a este acontecimiento en el que participan algunos de los artífices de los circuitos alternativos, como es el caso de Nano Acevedo.

Así, la relación compleja que establece la música entre lo público y lo privado desde los primeros años del régimen evidencia una apertura progresiva con el ingreso de las músicas de la oposición, en un comienzo intermitente y luego decisivo, a los medios de comunicación masiva. Sin embargo, otra música, radicalmente clandestina, permanecerá lejos de la notoriedad oficial, para circular sobre el soporte del casete pirateado entre diversos sectores resistentes que ansian la caída del dictador.

5. LOS SONIDOS Y SU SOPORTE CLANDESTINO. EL SOPORTE Y SU SONIDO CLANDESTINO

En este apartado final abordaré el papel fundamental que el casete reviste tanto para la circulación como para la producción de músicas de la resistencia. Estas dos dimensiones, profundamente entrelazadas, demuestran cómo este dispositivo fonográfico propende a la clandestinidad. Destaco aquí, en primer lugar, su utilización para la preservación y difusión de repertorios restringidos, mediante la masificación de la copia casera. A continuación, relevaré la creación de músicas “militantes” que encuentran forma en un casete y cuya cualidad clandestina aparece constitutiva.

Las grabaciones de la NCCh, como ya lo he comentado, fueron objeto de requisamiento y destrucción. No obstante, es sabido que su fecundo repertorio se mantuvo entre los auditores gracias al resguardo de ciertos originales y la proliferación del casete copiado. Asimismo, la divulgación de las canciones de Silvio Rodríguez y otros artífices de la Nueva Trova Cubana se basó en el traspaso mano a mano de cintas, pues, como también ya revisé, su obra ingresó a las listas negras de los sellos y distribuidores57. Otro tanto ocurre con los sonidos del exilio que se introducen al país sobre este soporte, insertándose, junto a otras múltiples grabaciones, en el circuito clandestino de casetes pirateados. Algunas citas dan cuenta de este fenómeno:

“…hay mucha gente que compra cassettes, que se prestan y regraban muchas veces. Entre los conjuntos más difundidos, el más conocido es Illapu, Quelentaro también tiene un gran apoyo entre los que escuchamos folklore. Eso, aparte de las canciones de Violeta Parra y Víctor Jara, que son la base. Silvio Rodríguez entra sobre todo en la gente joven, porque está en la ‘onda’ más moderna de la música actual. La música del exilio se escucha, si es que se consigue, pero es poco”. (Conjunto Voces Americanas)58. “Simultáneamente, la creciente disponibilidad de grabadoras de casetes facilitó el intercambio informal de música y proyectó públicamente al Canto Nuevo y a otra música no disponible en Chile. Por ejemplo, la música del cantante cubano Silvio Rodríguez circuló ampliamente a través de esta red informal, deviniendo extraordinariamente popular sin respaldo comercial”59.

“Es necesario hacer notar que los músicos de la Nueva Canción Chilena -la mayoría actualmente exiliados o muertos, como Víctor Jara- fueron mencionados muy frecuentemente […], lo que hace suponer que material grabado en esa época -menos probablemente en la actual- circula aún en un volumen no despreciable. […] Este dato es muy significativo, si consideramos que el público joven (entre 11 y 24 años) no ha conocido esta música a través de los medios de comunicación, ni podido adquirirla”60.

El caso del CN es bastante decidor. En los lugares en el que este microcircuito se articula, y al que convergen diversos cultores, los propios artistas colaboran con la divulgación pirata de sus producciones. A veces por la imposibilidad de contar con canales oficiales de difusión, otras por la voluntad de solidarizar con la recaudación de fondos para organizaciones poblacionales, sindicales o partidos, y otras tantas por la sola vocación de masificar las proclamas de la resistencia; los cantores facilitan su propio material para que sea distribuido de manera “artesanal”61.

Es cardinal comprender que la noción de piratería no comporta una connotación esencialmente negativa, sino que, articulada en una situación particular, ella adquiere significaciones acordes a la función que cumple para las personas que la realizan. Quiero decir con esto que su valor se encuentra estrechamente ligado al fin con el que la piratería se efectúa. En el caso de las músicas de resistencia, el fin de lucro personal no está contemplado dentro de los idearios que sostienen la masificación de casetes. Muy por el contrario, son exacerbadas otras dos finalidades: la recaudación de ingresos para la “comunidad”, cualquiera sea su organización específica, y la divulgación maximizada del material sonoro considerado, por sus gestores mismos, como subversivo. Además de estos dos objetivos, habría que incluir también la necesidad de acceder a músicas comercializadas a altos precios en el mercado oficial, dificultad que se agrava con la crisis económica.

En los canales alternativos por los que estas copias transitaron se difundieron también algunas producciones fonográficas concebidas desde y para la clandestinidad. Estrechamente comprometidas con la militancia, los sonidos por ellas registrados se sumaban como una herramienta más en la lucha contra la dictadura, no ya desde el terreno del “arte” sino que arrimándose a la instrumentalidad política sin tapujos. Una diversidad de “contenidos” pueden hallarse en dichas grabaciones: discursos, proclamas, cánticos callejeros e himnos partidarios, sin olvidar numerosas canciones cuyas palabras aspiraban a alcanzar un alto grado de elocuencia.

A este respecto se puede señalar Vamos Chile(1986), producido por dos células culturales del Partido Comunista y del Partido Socialista, bajo el liderazgo de Gabriela Pizarro; El camotazo n° 1 (1988), editado por sectores comunistas con la participación de renombrados agentes del Canto Nuevo; FPMR canto popular (198?), casete proselitista del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, cuyo himno fue compuesto por Patricio Manns; Miranda al frente (1987), de Ana María Miranda, también dedicado al FPMR; MDP Movimiento Democrático Popular (1985), donde están presentes también varios cantores cuya participación en los circuitos solidarios es reconocida; y El paro viene… Pinochet se va!!!, mencionado por Mark Mattern62, pero cuyos detalles no he podido encontrar. Lo que todos estos casetes63 tienen en común es haber sido grabados clandestinamente en Chile y ostentar una declaración abiertamente panfletaria, en la que se convoca al paro nacional, a la organización y a la lucha armada. La grabación clandestina más temprana de la que tengo noticias es la realizada por el Conjunto Folklórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, en 1978, llamada Canto por la vida ¿Dónde están?, en la que se cristalizó la versión sonora de la cueca sola. Un año después, sería registrada también la Cantata Caín y Abel, de Alejandro Guarello, interpretada por el conjunto Ortiga, con la orquesta y coro dirigida por Fernando Rosas.

No sólo músicas, según señalé, son incluidas en estas producciones. Programas radiales, por ejemplo, fueron también difundidos mediante este soporte, generando pequeñas producciones no industriales de casetes. El material sonoro de los programas de Radio Liberación fue corporizado en las cintas. Según lo publicita el MIR, estas ediciones “constituyen testimonios grabados de la lucha de nuestro pueblo. Los casetes se reproducen por cientos y tienen amplia acogida en las masas”64. Asimismo, Miguel Davagnino da cuenta de la producción de compilaciones de cancionesemblemáticas de la izquierda en la Radio Chilena. Colaborando con un grupo de jóvenes militantes, las dependencias de la radio eran facilitadas para que fueran realizadas allí cientos de copias de casetes con repertorio de la NCCh, que luego eran transportados en un par de pequeñas maletas para ser distribuidos65.

Las grabaciones nacidas en la clandestinidad muestran ciertas peculiaridades en relación a otras que, siendo difundidas de la misma manera, se ligaban mucho más fuertemente a la actividad “artística” de ciertos músicos, por lo que diferentes procedimientos fueron aplicados para sobrellevar la censura. Si los músicos del CN tuvieron que velar sus discursos, aprender a “decir sin decir”66, para conseguir un espacio cada vez más público dentro de los circuitos culturales, ciertas músicas abiertamente proselitistas no adoptaron tal medida, sino que arriesgaron declaraciones desnudas, cristalizando operaciones primordialmente clandestinas. En este sentido, resulta ostensible la adecuación de los modos de producción de las músicas a las cualidades discursivas de los sonidos que pretenden ponerse en circulación. Aquellos repertorios que “clandestinizaron” sus mensajes fueron en busca de espacios progresivamente más amplios, mientras otros cuya adhesión política y cuyas declaraciones son llanas, preservan una circulación clandestina. Algunos ejemplos son los siguientes,

El Pinocho tiene miedo
Y nos pega la allaná
Hagámosle la collera
Con el paro nacional
No, no, no, no queremos represión
Sí, sí, sí, viva la liberación.67
Y va a caer, y va a caer, y va a caer
Si el pueblo se une, seguro que caerá.
Chile no se rinde ¡caramba!
La consigna popular68.
Al Frente Patriótico Manuel Rodríguez ven,
a conquistar con él
la vida, el pan, la paz.
Con el Frente Patriótico descubre la unidad
que al que divide hoy, la historia enterrará,
a las milicias rodriguistas únete
porque esta vez la patria va a vencer69.

Puedo observar que el grado de ocultamiento se establece en estrecha relación con la publicidad del mensaje y de su medio, resguardando para la circulación más clandestina, como es evidente, aquellas consignas desnudas. Se establece así un arco de permisividad del discurso según sus condiciones de gestación y tránsito. Hay que enmascarar el mensaje mientras más abiertos son los medios. Esto se refiere a la participación de un sello grabador, la difusión por parte de micromedios o prensa masiva, la presencia en radio y televisión, etc. Es dable especular que cuanto más clandestino es el medio más directo es el discurso y viceversa. Como es dable de imaginar, esta toma de posición entre lo público y lo privado no se experimenta como operación autónoma en la instalación de un mensaje en la música, sino que se conjuga ineluctablemente con la cualidad de dicho envío. Esta ecuación me conduce a una nueva pregunta que, sin embargo, permanece incontestada: ¿Qué se dice cuando se encubre y qué se dice al descubierto?

Me he referido en este apartado a las grabaciones clandestinas que resguardan ciertos tipos sonoros: la canción de protesta cuyo discurso no es solapado, los cánticos y gritos de marchas callejeras y los himnos de las milicias y partidos proscritos. Ahora bien, ¿qué implicancias sonoras puede haber tenido esta relegación de la música hacia lo secreto? Sintetizaré a continuación la cualidad clandestina de estas producciones para proponer luego algunos vestigios que esta condición dejó sobre las músicas.

Hasta el momento, he procurado mostrar que la clandestinidad del casete reside en su labor política, ligada a la militancia clandestina y en su modo encubierto de ser distribuido. Así, la producción de grabaciones militantes establece una línea de fuga para la comprensión de la adaptación que la música sufre durante la dictadura, pues aquí ella sobrepasa una otorgada función artística para someterse por completo a las dinámicas de la lucha política. Un arma más, esa es la consigna. No obstante, más allá del retraimiento que estas grabaciones encarnan, ellas se reencontrarán con un universo más amplio de registros sonoros, en el que lo musical reviste un papel substancial mas no exclusivo. Un circuito recóndito por el que deambulan álbumes diversos, compilaciones de canciones de la radio, discursos grabados y cuantioso material documental. De estas dos dimensiones de lo clandestino, producción y circulación, tres implicancias sonoras resaltan.

Aunque muchos músicos presentes en los microcircuitos de resistencia participaron de algunas de estas grabaciones, sus nombres no aparecen en todas ellas. Es más, aveces aparecen, pero la propagación de la copia posibilita la difuminación de los nombres, la desaparición de la firma del artista. Lo mismo ocurrió con la masificación de Silvio Rodríguez, por ejemplo, cuya ausencia en el mercado oficial dificultó la divulgación de las “informaciones” relativas a su obra. Ahora bien, esta disociación entre autor y creación, al parecer defectuosa, deviene constitutiva del espacio clandestino. Por una parte, en los casetes gestados especialmente como herramienta política, el creador se dispone al servicio de la causa, por lo que la aparición de su nombre no “colaboraría” con el ocultamiento requerido. Sin embargo, conviene preguntarse si la sola omisión del nombre es suficiente para soslayar el reconocimiento de los auditores, quienes coleccionaban registros sin autoría manifiesta, pero cuya sonoridad “característica” los ayudaba a ser identificados70. Por otra parte, la “desaparición” de los nombres se comprueba también en repertorios de los más diversos, que al ser reunidos en el casete virgen rehuyen sus señas de origen. Es importante recalcar que el extravío de autorías ha permitido que el rastro de estas grabaciones sea difícil de reconstituir; un valor, sin duda, dentro de la lógica de la clandestinidad. Habría que mencionar también que la mayoría de estas producciones no figuran hasta el día de hoy en las “discografías” de sus participantes, quizá porque su propósito patentemente funcional no se adosa de manera simple a la vocación de las producciones “culturales” de estos músicos71.

Para provocar la disolución de los nombres propios tuvieron que ser los auditores quienes administraran la circulación de estas grabaciones. Con un alto poder de decisión, ellos se enfrentaron por primera vez a un soporte fonográfico susceptible de ser manipulado con amplia libertad. Es exactamente esta situación la que justifica la segunda implicancia de la clandestinización sobre las músicas, cual es la fragmentación radical del original. Gracias a la ductilidad del casete fue factible crear compilaciones domésticas, duplicar álbumes e incluso autorregistrar sonidos. Esta potencialidad significó en la práctica una modulación del concepto de original, pues cada copia ofrece particularidades innumerables. Es común, por ejemplo, la existencia de canciones “cortadas”, de ruidos sobrepuestos accidentalmente y las modificaciones de velocidad y altura debido a la rapidez de la copia. La calidad de la cinta influyó también en la preservación de las grabaciones. Sin duda, desde mi punto de vista, la facultad de manejar los contenidos del casete es una de las cualidades más prominentes de este dispositivo, la que, por lo demás, se conecta profundamente con las necesidades de la resistencia. La opacidad de la cinta favoreció el ocultamiento de textos subversivos, pues permitía la grabación de diversas “capas” de sonido, la mezcolanza de repertorios diversos y la posibilidad de camuflar mensajes entre las músicas. Esto, aparejado con su porte pequeño y la portabilidad de la cinta de una caja a otra, colaboró con el manejo instrumental de este soporte. Una consecuencia notable de la masificación del casete es la debilitación del concepto de original, pues cada copia deviene un ejemplar único.

El último aspecto que quisiera explorar es lo que he comentado como la exacerbación de la funcionalidad de las músicas en el caso de las grabaciones clandestinas. La situación extrema desde la cual se opera y la intensa vocación de rebeldía confluyen en la producción de músicas que evaden el valor preciosista. A escondidas, en peligro, con escaso tiempo y recursos, estas grabaciones ostentan las huellas de la situación que las enmarca. Lo que en un disco industrial se catalogaría como “defecto”, en estos casetes reviste un sello de su condición marginal. Las desafinaciones del coro en la Cantata Caín y Abel y la participación de solistas “ajenos” a Ortiga en la misma producción, se entiende por el cansancio de sus agentes que grababan a altas horas de la madrugada72; la débil entonación y la tosquedad de las voces que gritan el “Himno del frente” en Miranda al frente evidencia el lugar extremo desde donde proclaman los cantores, la prisión73, la brusquedad de las letras de Vamos Chile se comprende singularmente al observar su profunda ligazón con la contingencia74, con los enunciados colectivos que se encarnan en música con el sólo propósito de animar un poco más a los rebeldes. En fin, la rusticidad de tanto panfleto es constitutiva, pues no hay voluntad “embellecedora”, sino una férrea convicción de unirse a la lucha clandestina.

De esta manera espero demostrar la relación recursiva entre las músicas clandestinas y su soporte, pues la clandestinidad y el casete determinan la cualidad sonora de estas grabaciones. Las diversas producciones realizadas en Chile de manera clandestina, fuera de un sello discográfico, por encargo de un partido político u otra organización con fines propagandísticos, mediante un ocultamiento de las identidades de sus participantes, constituyen un universo concisamente explorado en esta investigación, en la que doy escasamente cuenta de ocho cintas, pero con la convicción de que, como éstas, deben haber existido muchísimas más. Cada producción, efectuada con el fin de ser difundida a través del circuito clandestino de copias, presenta particularidades en sus gestores, sus medios y sus específicos propósitos, por lo que un estudio acabado sobre cada caso parece ser el procedimiento adecuado a seguir para aproximarse a una comprensión cabal sobre sus diversidades y coincidencias.

6. COMENTARIO FINAL

Con el despliegue de este escrito pretendí responder a una pregunta fundadora: qué relación se establece entre música y clandestinidad durante la dictadura, cuestionándome también “hasta dónde” la articulación de estas dos nociones podía servir a la comprensión histórica de dicho momento. Me detengo aquí sin enormes conclusiones, pues esta área de estudio recién se abre, pero con algunas observaciones esclarecedoras.

La relación dual que he explorado se corporiza en la prominencia de múltiples aristas, en las que concurren aspectos diversos del quehacer musical, de su repertorio y de su campo con la experiencia de la clandestinidad. No respondo cabalmente, a través de este artículo, a las preguntas que lo inauguran, no fue la intención. Instalar la problemática, incitar una reflexión, ese ha sido el propósito. Faltan aún estudios exhaustivos que se sugieren en un sinnúmero de contornos y de ejes visitados a lo largo de estas páginas: la vinculación de la actividad musical con la militancia, la dinámica de ocultamiento y notoriedad, los diferentes modos del camuflaje en la canción, la particularidad de cada casete, por nombrar sólo algunos. Es posible aventurar también que muchas aristas de esta problemática queden para futuras indagaciones. Ciertos elementos se presentan, en particular, como fecundos campos a explorar: la concreción sonora de los múltiples ejemplares clandestinos y la relación profunda entre la clandestinidad chilena y la actividad solidaria del exilio.

El presente estudio propone una comprensión abarcadura de la problemática central, estructurando a través de cada apartado una aproximación específica. Desarrollé aquí tres secciones, contorneando en cada una la indagación que me propuse. En un comienzo expuse cómo la clandestinidad puede entenderse desde la oficialidad, explorando su ejercicio represivo abundante y multiforme. Luego, a través de una observación de prensa, intenté mostrar cómo el “lugar” desde donde las músicas de resistencia se construyen y se vivencian no es fijo en cuanto a su visibilidad. Por el contrario, tanto repertorios como músicos, parecen deambular entre un espacio privado-clandestino y otro más abierto, que los liga con el espacio oficial. Por último, revisé la producción de grabaciones clandestinas ligadas a organizaciones políticas, las que, bajo la forma delcasete, recorrieron canales recónditos de masificación en lo que se encontraron con una diversidad de cintas copiadas.

Todas las aristas subrayadas contribuyen, no obstante, a instalar la reflexión acerca de la clandestinidad como un arco de relaciones que permiten comprender el ñujo por el que se trasladan las músicas en pos de velar o develar sus enunciados. Además, la variedad de temas que he tratado se entrelazan de apartado en apartado. Aunque en cada sección he procurado describir un ámbito específico, en el que la dupla música-clandestinidad se modula de manera bastante particular, temáticas transversales hacen que el texto devenga recursivo. Signos de esto son la recurrencia a la problemática de la censura, el fenómeno del tránsito, la reaparición de la cuestión sobre los “instrumentos andinos” y la observación de la realidad de ciertas figuras de la música de resistencia.

En respuesta a mi pregunta inicial acerca de la relación entre música y clandestinidad, en estas páginas propongo una mirada sobre la música y la clandestinidad con que la dictadura instala sus profusos modos de opresión; la música en la clandestinidad, lugar marginal desde el que establece su disidencia, sin instalarse en un punto cierto respecto a lo público, sino que circulando versátilmente entre sectores protegidos y otros más vulnerables; la música clandestina, aquella que se usa encubiertamente, que se copia y se difunde mano a mano, transitando por los territorios confiables de la resistencia organizada, y aquella otra que se concibe para ese desterritorio de las autorías, con el propósito instrumental de contribuir al derrocamiento de la dictadura.

Notas:

1 Artículo basado en el siguiente texto de la autora: Clandestinidades en la música de resistencia. Estudio preliminar sobre la clandestinidad musical en la creación y circulación de músicas de la oposición política durante la dictadura militar (Santiago, 1973-1986). Jordán 2007.

2 Jordán y Rojas 2007.

3 Lúnecke 2000: 47.

4 Definición obtenida en www.rae.es [consultado el 16 de enero de 2009].

5 Rolando Álvarez define la clandestinidad como “el lugar o espacio característico en donde particularmente la izquierda diseñó y ejecutó diversas estrategias políticas durante el período 1973-1990”. Álvarez 2003: 24.

6 Polítlca Cultural del Gobierno de Chile 1975: 25 y 37.

7 Catalán 1986: 8.

8 Brunner 1988: 106.

9 Díaz-Inostroza 2007: 134.

10 González y Varas 2005: 99.

11 Lo mismo se asevera cuando se habla de la desarticulación de la NCCh, en Cortés 2003: 73 y 74. Ver también Ruiz 2006.

12 A excepción de los primeros 41 bandos publicados el 26 de septiembre de 1973 por el diario La Prensa, es importante considerar que, para dictarse bandos, debe existir “tiempo de guerra; haberse designado un general enj efe; haber tropas chilenas cuya seguridad y disciplina sea necesario preservar”. Carretón et al. 1998: 22-26.

13 Esto ocurre por ejemplo con el Decreto Ley N° 77 dictado el 11 de octubre de 1973, que prohibe todo partido político y agrupación de doctrina marxista, ver Decretos Leyes… 1973: folio 77; el Decreto N° 324 que restringe a los medios de comunicación respecto a la información de temas políticos, ver Gutiérrez 1983: 43; además de numerosos bandos que restringen la transmisión de determinadas radiodifusoras, como es el caso de los Bandos N° 14 y 15, referidos a las Radio Cooperativa y Radio Chilena, además del N° 22, referido también a Radio Chilena. Todos estos fueron emitidos por Zona en Estado de Emergencia, entre septiembre y octubre de 1984. Gutiérrez: 34 y 37.

14 Un extracto de la carta es reproducido en Largo Farías 1979: 39. Allí se indica que la reunión fue realizada en octubre, mientras que Karen Donoso habla de diciembre de 1973. Cf. Donoso 2007: 138. Al respecto, dice Carlos Valladares que “Cuando el crimen de Víctor Jara era aún reciente, los militares citaron a dieciséis folcloristas, que figuraban en sus archivos, a una reunión con carácter imperativo”. Cf. Valladares 2007: 340.

15 Donoso 2007: 138-140.

16 Entrevista a Héctor Pavez Pizarro, 2 de agosto de 2007.

17 Rodríguez Musso 1988: 104. [Las cursivas son de la autora].

18 Morales 1978: 175. [Las cursivas son de la autora].

19 Orellana 1978: 115.

20 Entrevista a Nano Acevedo, 24 de mayo de 2007.

21 Entrevista a Carlos Necochea, 5 de octubre de 2007.

22 Escárate 1994:46. Nancy Morris habla de más de 800 casetes, a partir de una entrevista con Miguel Davagnino. “In 1981 more than eight hundred cassettes of early, non political songs by Víctor Jara, the slain singer, were confiscated on grounds that they violated an internal security law. The importer of the material was given what he called ‘a little vacation injail’.” Morris 1986: 129.

23 Cita de Ricardo García en Fuenzalida 1987: 68.

24 Rodríguez Musso 1988: 103.

25 Morris 1986: 125. La autora, citando una entrevista con Miguel Davagnino, señala la existencia de listas negras en ambos medios de comunicación masiva. Lo mismo es expresado en Díaz-Inostroza 2007: 218 y 219.

26 Cita de Nano Acevedo, en Fuenzalida 1987: 17.

27 Fuenzalida 1987:7.

28 Donoso 2007: 104.

29 Entrevista a Fernando García, 2 de octubre de 2007.

30 Rosas 1998: 51. Fernando Rosas dio cuenta públicamente de esto, mediante discurso leído por su esposa, en el Salón Fresno de la PUC, el día 21 de junio de 2007, ocasión en la que le fue otorgada a Fernando Rosas la Medalla de Honor de la Universidad Católica.

31 Entrevista a Miguel Davagnino, 17 de agosto de 2007. Lo mismo señala Anny Rivera respecto a la autocensura de algunos radiodifusores que no programan el Canto Nuevo. Rivera 1984: 23.

32 Cita de Ricardo García, en Fuenzalida 1987: 67 y 68. Ver también www.selloalerce.cl

33 Carolina Díaz, “Fernando Ubiergo, Cantautor: ‘Debí partirme en dos'”, AnálisisN° 217, marzo 1988: 50 y 51. Documento disponible en González y Varas 2005: 407-409.

34 Entrevista a Benjamín Mackenna, 27 de agosto de 2007.

35 Rivera 1984: 17.

36 Fuenzalidal987: 170.

37 Sobre esto ver Rivera 1984 y Brunner 1988.

38 Brunner 1988: 112 y 113; Jofré 1989: 72; Rivera 1983: 2 y 3. Por una introducción a la historia de las organizaciones culturales de la época ver Gutiérrez 1983.

39 Riveral984:25.

40 Un voluminoso estudio al respecto ha sido realizado por los periodistas Gabriela Bravo y Cristian González. Bravo y González 2006.

41 Torres 1993: 204.

42 Díaz-Inostroza 2007: 159.

43 Canción del uruguayo Roberto Ternán, incluida por Illapu en su disco autoeditado Despedida del pueblo, de 1976.

44 Ver “Illapu. Algo más que el Negro José” en Solidaridad1977: [s.n.p.]. Ver también Torres 1993: 204.

45 Numerosos festivales solidarios sectoriales son registrados por dicha publicación, dando cuenta de la diversificación de este formato, que se acompaña muchas veces de talleres culturales impartidos por agentes de la Iglesia. Ver por ejemplo acerca de “Servicios Culturales Puelche” en Solidaridad 1976: [s.n.p.]; “Primer Festival del Cantar Solidario” en Solidaridad 1976: 3; “Festival Solidario de Talagante” en Solidaridad‘1976: [s.n.p.]; “Festival Folklórico: un canto que une” (Renca) en Solidaridad 1977: 21; etcétera.

46 ‘El Rebelde en la clandestinidad 1981: 18. Otro caso como este -aunque posterior- aparece en la publicación de la Juventud Socialista (JS), que da cuenta de la realización de un Homenaje a lajuventud, en el marco del año de su conmemoración internacional, en el Teatro Carióla, en el que participaron Jorge Yáñez y Los Sergios, Ana María Miranda, Tennyson Ferrada, “del conjunto folklórico de ingeniería, del ÑÁPALE”. Este acto fue realizado por y para la JS, con presencia de gran cantidad de dirigentes. Unidad y Lucha 1985: 5.

47 Ver más sobre esto en “Apagón cultural: alguien quema las ampolletas”, en Solidaridad1978: 15; “Movimiento cultural: creció por todos lados”, en Solidaridad 1979: 15.

48 Solidaridad 1978: 15. En el artículo se señala que tales aseveraciones fueron publicadas en La Segunda, 1978, refiriéndose a las actividades artísticas del año de los derechos humanos como un “sutil y hábil disfraz para el activismo político”.

49 Torres 1993: 208.

50 Rivera 1983: 9.

51 Escárate 1995: 156.

52 Rivera 1984: 30.

53 Karen Donoso señala que la AMFOLCHI tiene como objetivos principales “velar por el bienestar social de sus asociados e integrarse directamente al movimiento de oposición cultural al régimen militar…” (pp. 180-181) además de considerar “el Festival de Viña del Mar como un distorsionador del folclore, así como reconoce una abrumante carencia de difusión de las tradiciones en los medios de comunicación, que se dedican básicamente al formato de espectáculo, a través de modelos estilizados, y que colaboran con el oficialismo”. Donoso 2006: 184.

54 Torres 1993: 203.

55 El Rebelde en la clandestinidad 1987: 9. La única alusión a música de dicho número se encuentra en una caricatura de media plana que se titula arriba “¿QUIÉN PAGA EL FESTIVAL DE LA CANCIÓN?”. Luego aparece un muro rayado con diversas consignas y demandas sociales, y abajo “LOS POBLADORES DE VIÑA NO SE ENGAÑAN…”

56 El Rebelde en la clandestinidad‘1983: 12. Se exponen atentados realizados por varias milicias de la resistencia en protesta por el ostentoso Festival de Viña del Mar, con la puesta de bombas, intervención de transformadores, derribado de postes y realización de desmanes en sectores residenciales de Reñaca.

57 Dice Anny Rivera que la Nueva Trova Cubana comenzó “a difundirse en nuestro país post 1973, en forma absolutamente artesanal y por la base, por cuanto no existía ningún disco editado, en el país, ni los medios de comunicación difundían esta música” Rivera 1980: 20 y 21.

58 Rivera y Torres 1981: 15 y 16.

59 Traducción libre del siguiente fragmento: “Simultaneously the growing availability of cassette tape recorders facilitated informal music exchange and gave greater exposure to Canto Nuevo and other music unavailable in Chile. For example, the music of Cuban singer Silvio Rodríguez circulated widely via this informal network, becoming extraordinarily popular without commercial backing”. Morris 1986: 129.

60 Rivera 1980: 19. Esta cita corresponde a una encuesta de consumo cultural realizada con los auditores del programa radial “Nuestro canto”, realizado en Radio Chilena por Miguel Davagnino.

61 Sonia Rand en Fuenzalida 1987: 164.

62 Mattem 1997: 7.

63 Me tomo la libertad de incluir producciones que sobrepasan la delimitación temporal que me propuse, por la importancia de su documentación y porque varias de ellas reúnen grabaciones de canciones que se realizaron a lo largo de la década del ochenta. Ver por ejemplo: http://cantonuevodelos70.blogspot.com/2008/10/ana-mara-miranda-miranda-al-frente-1987.html[consultado el 2 de febrero de 2009].

64 El Rebelde en la clandestinidad 1983: 5.

65 Entrevista a Miguel Davagnino, 17 de agosto de 2007.

66 Acevedo 1995: 174.

67 Una estrofa y estribillo de “La cumbia de la Unidad” en Vamos Chile.

68 Estribillo de “Y va a caer” en El camotazo n° 1.

69 Estribillo de “Himno del Frente” en FPMR canto popular y Miranda al frente.

70 Eso se comenta, por ejemplo, del casete Vamos Chile, en el que la voz de Gabriela Pizarro resulta “muy característica” a pesar de la ausencia de su nombre. Entrevista a Sergio Sauvalle, 4 de enero de 2007.

71 Al preguntarle a Osvaldo Jaque qué valor artístico tiene para él su participación en Vamos Chile él responde “Es la parte política mía, yo he hecho otras cosas. Que quede como un testimonio (…) Además soy pésimo poeta. (…)Mi labor es distinta, yo soy creador en otras cosas, no tengo por qué ser creador en la poesía.” Entrevista a Osvaldo Jaque, 5 de enero de 2007. Algo similar se ve en la siguiente declaración de Ana María Miranda: “tal vez no es un buen disco, tal vez yo me desafino (como siempre), pero es uno de los destellos de esa memoria, que fue valiente, que tuvo miedo , pero lo enfrentó”, enhttp://www.culturaenmovimiento.cl/mambo/index.php?option=com_content&task=view&id= 849&Itemid=40 [consultado el 2 de febrero de 2009].

72 Entrevista a Alejandro Guarello, 12 de junio de 2007.

73http://cantonuevodelos70.blogspot.com/2008/10/ana-mara-miranda-miranda-al-frente-1987.html[consultado el 2 de febrero de 2009].

74 Entrevista a Sergio Sauvalle, 4 de enero de 2007.

 

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http://www.culturaenmovimiento.cl/mambo/index.phpPoption=com_content&task =view&id=849 &Itemid=40

Entrevistas

Entrevista a Sergio Sauvalle. Macul, 4 de enero de 2007. Por Araucaria Rojas y Laura Jordán.

Entrevistas a Osvaldo Jaque. Cerro Navia, 5 de enero de 2007, 8 de mayo de 2007, 24 de agosto de 2007. Por Araucaria Rojas y Laura Jordán.

Entrevista a Nano Acevedo. Providencia, 24 de mayo de 2007. Por Laura Jordán.

Entrevista a Alejandro Guarello. Peñalolén, 12 de junio de 2007. Por Laura Jordán.

Entrevista a Héctor Pavez Pizarro. Nuñoa, 2 de agosto de 2007. Por Araucaria Rojas y Laura Jordán.

Entrevista a Miguel Davagnino. Santiago, 17 de agosto de 2007. Por Laurajordán.

Entrevista a Benjamín Mackenna. Providencia, 27 de agosto de 2007. Por Araucaria Rojas y Laurajordán.

Entrevista a Fernando García. Santiago, 2 de octubre de 2007. Por Laurajordán.

Entrevista a Carlos Necochea. Providencia, 5 de octubre de 2007. Por Laurajordán.

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SOCIALISTAS Y EL COMANDANTE DEL EJERCITO GENERAL CHEYRE EN MADRID 1996: EL ENCUENTRO DE EL ESCORIAL

SOCIALISTAS Y EL COMANDANTE DEL EJERCITO GENERAL CHEYRE

EN MADRID 1996: EL ENCUENTRO DE EL ESCORIAL.

 Elie Valencia

Holanda, 20 de Marzo de 2002

 

 

 

En la primavera española de 1996, se juntaron a dialogar altos dirigentes socialistas, con altos oficiales  del ejercito, y asesores de Pinochet en Madrid.  Este dialogo se realizó dentro del contexto del seminario “Las Fuerzas Armadas y la transición a la democracia: Los casos de España y Chile”. Este seminario fue patrocinado por la fundación española Ortega y Gasset y se realizó en el Hotel Victoria Plaza de El Escorial – en Mayo de 1996. 

Este  singular encuentro fue organizado y coordinado conjuntamente por el entonces embajador chileno  en  España,  el socialista Alvaro Briones, y el ex agregado militar a la embajada de  Madrid,  el General Juan Emilio Cheyre. En este seminario participaron tanto políticos españoles como  chilenos.

Por los socialistas asistieron al seminario el entonces ministro de Obras Publicas  y candidato a la presidencia, Ricardo Lagos,  Camilo Escalona, actual presidente del PS, el senador Jaime Gazmuri y  Enrique  Correa, ex ministro del gobierno de Alwin y experimentado operativo político socialista. La delegación militar incluyó el entonces director de la academia de guerra, Coronel Jaime García, el ex comandante del Regimiento Maipo,  Coronel José Manuel Piuzzi, el Coronel Carlos Molina Jonson y el General Cheyre. También participaron el asesor político  Sergio Rillón y el ex ministro de relaciones exteriores  de la dictadura militar, Hernán Felipe Errázuriz.

Lo discutido en este encuentro entre los políticos socialistas, pinochetistas  y militares no se ha hecho publico. Estos eran los tiempos cuando el  ex dictador estaba preparando el terreno para asumir como político civil (senador vitalicio auto designado), los militares  buscaban mantener sus inmunidades y prerrogativas, y los socialistas buscaban  el espacio político para afirmar a Lagos como candidato a la presidencia. Indudablemente,  este equipo socialista tenia interés en que los militares no se opusieran abiertamente a la candidatura de Lagos, y buscaban generar un cierto nivel de confianza en la cúpula militar.

En agosto de  1997, el embajador socialista Briones escribió en  el diario La Época de Santiago un controversial articulo, que sin duda elucida algunas de las posiciones socialistas que apoyaban el trabajo del encuentro de El Escorial. En su columna  “No vindicar el pasado“, Briones argumenta que en el  proceso de transición  “debe buscarse conscientemente una suerte de amnesia pública“.  En Noviembre de 1997, dentro del contexto de la denuncia de que el agregado de la fuerza aérea  en Madrid, coronel Barrientos, fue un torturador en Magallanes en 1973, los dirigentes socialistas Gazmuri y Escalona que participaron el encuentro de El Escorial  aseguran que la tesis de la “amnesia publica” de Briones esta desvinculada de este caso, y tiene una base más  amplia. Gazmuri indica que no avala este argumento pero que esta tesis “apunta a un tema más general”. Escalona, por su parte, afirma que Briones ” ha trabajado con mayor tenacidad para sostener una relación con el mundo militar que tiene un sentido estratégico: la candidatura de Ricardo Lagos” ( La Tercera 3 noviembre 1997).

Un encuentro de estas características, de políticos socialistas y militares en el extranjero, no deja de llamar la atención y levantar suspicacias. Indudablemente la intención no era socializar, si no crear ciertas garantías y confianzas mínimas para proceder en el futuro. Y no seria sorprendente el saber de que temas como la institucionalidad, la constitución de 1980 y los derecho humanos hayan sido  temas de discusión privadas en este seminario sobre los militares en la transición.

Lamentablemente, los socialistas y la ciudadanía en general no han sido informados de estas conversaciones  entre personeros de las cúpula socialistas y  militares. Sin lugar a dudas, el encuentro de El Escorial y la tesis de la búsqueda de la amnesia publica han jugado un importante  rol  en el establecimiento de la  relación entre los militares y   dirigentes socialistas. En la actual coyuntura política, la relación entre socialistas y los militares esta formalizada a nivel de gobierno. El presidente Lagos  nombró a Cheyre como el nuevo comandante en jefe del Ejercito y a la socialista Michelle Bachelet como nueva ministra de defensa, a quien institucionalmente responden las fuerzas armadas. Los entendimientos que han permitido esta formalización, aparte de la constitución pinochetista de 1980, no están claros, particularmente en el área de los derechos humanos.

Los valores socialistas se beneficiarían de una clara política y practica transparente en las relaciones con las Fuerza Armadas  y las violaciones derecho humanos. Lo socialistas que fuimos victimas de estos crimines de lesa humanidad rechazamos todo esfuerzo que busca un nivel de “amnesia publica ” respecto a estas violaciones. Una mayor  y clara información publica sobre los derechos humanos, la dictadura militar, y  el rol de los militares en la transición fortalecería el desarrollo de la democracia  chilena.

 

 

Elie Valencia

 

 

 

Editor@Dawson2000.com

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Infidelities: Morality, Revolution, and Sexuality in Left-Wing Guerrilla Organizations in 1960s and 1970s Argentina

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© 2014 by the University of Texas Press
DOI: 10.7560/JHS23304
Infidelities: Morality, Revolution, and Sexuality
in Left-Wing Guerrilla Organizations
in 1960s and 1970s Argentina
Isabella Cosse
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas,
Universidad de Buenos Aires

“He wouldn’ t s e e me . He di ed thinking I was a traitor,” former
Montonera guerrilla Ana Testa says as she looks into the camera. She had given her account of how she had been tortured, but now she was remembering a different kind of pain. After she was liberated from a clandestine detention center, her partner, Juan Silva—who would later be “disappeared”—could have gone to her, but he refused.1 This is not a mere anecdote. In it are enmeshed the views on love, activism, and morality held by many of the revolutionaries.

This article looks at the role played by sexuality in the construction
of a revolutionary morality as a key dimension for understanding
the left-wing guerrilla groups active in Argentina in the 1960s and 1970s.
In Argentina, as in other Latin American countries, the liberal regime
that crystallized in the nineteenth century strengthened a family type based
on the indissolubility of marriage, gender inequality, and patriarchal power.
Under that model, female infidelity was not tolerated, as an adulterous wife
represented a serious threat to patriarchy, challenging the phallic power of
the male and, with it, patrilineal descent and inheritance. In contrast, it was
acceptable for men to be unfaithful, and their authority over women was
This article is based on a paper originally written for the “Sexuality and Revolutions in
the Latin American ‘Long Sixties’” roundtable of the Berkshire Conference of Women Historians,
Amherst, MA, 9–12 June 2011. I would like to thank Valeria Manzano for inviting me to
participate in that roundtable, the Berkshire Conference for providing me with a travel grant
that made it possible for me to attend, and Margaret Power and all the other participants for
their comments. I would also like to thank the Journal of the History of Sexuality’s anonymous
readers for their feedback, which allowed me to improve my article, and Mathew Kuefler for his
careful editing work. Finally, I thank Laura Pérez Carrara, who has translated this article and
has shared with me the sadness evoked by the stories narrated here, stories that belong to a
past that is still open.
1 Montoneros: Una historia, dir. Andrés Di Tella (Buenos Aires, 1994).
416 I s a b e l l a Cos s e
firmly established under a civil code (enacted in 1869) that denied legal
rights to unmarried couples and out-of-wedlock children and offered no
protection to female heads-of-household.2 In the 1960s, the cornerstones
of this family model were called into question as never before, challenging
widely accepted values such as the sanctity of marriage and long-held assumptions
about gender roles that determined the inferior status of women
and male authority in the family. Infidelity sparked heated debates because
it was at the heart of the sexual double standard. In fact, under Argentina’s
1922 criminal code—still in force in the 1960s—a husband was only considered
adulterous if he kept a mistress or was found with another woman
in the bed he shared with his wife, but for a wife it was enough to have had
a casual encounter with another man.3
In contrast to Europe and the United States, where sexual changes
were fostered by what Jeffrey Weeks termed the “permissive moment,” in
Argentina the traditional family was challenged against a backdrop of rising
authoritarianism, moral crusades, and deteriorating social and economic
conditions.4 It was in that context that armed groups emerged, encouraged
by the Cuban Revolution and the labor and student struggles that were
stirring the country and the world. In the years that followed, as Argentina
became more and more involved in the continental war against subversion,
the state launched increasingly brutal repressive actions, stepping up authoritarianism
and intensifying political polarization. This eventually culminated
in the 1976 military coup, which institutionalized torture, murder, and
enforced disappearance as methods for combating political dissidents and
social activists, claiming as many as thirty thousand disappearance victims,
according to estimates by human rights organizations.5
In recent years, feminist historiography and gender studies have offered
new approaches for rethinking this crucial era, whose echoes are still felt
today in Argentine society. One line of investigation has shown the persistence
of women’s inequality within guerrilla organizations, revealing that
the issue took a back seat to the more important strategic goal of seizing
political power.6 This does not mean that these groups were indifferent
2 For an overview, see Dora Barrancos, Mujeres en la sociedad argentina: Una historia de
cinco siglos (Buenos Aires: Sudamericana, 2007).
3 Código penal (Buenos Aires: Kraft, 1968).
4 On the “permissive moment,” see Jeffrey Weeks, Sex, Politics and Society: The Regulation
of Sexuality since 1800 (London: Longman, 1992), chap. 13. For more details on
Argentina, see Isabella Cosse, Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (Buenos Aires:
Siglo XXI, 2010).
5 For an overview, see Daniel James, ed., Nueva historia argentina, vol. 9, Violencia,
proscripción y autoritarismo (1955–1976) (Buenos Aires: Sudamericana, 2003).
6 For a pioneer study, see María del Carmen Feijoó and Marcela Nari, “Women in Argentina
during the 1960s,” Latin American Perspectives 23, no. 1 (1996): 7–27. For a recent
study, see Alejandra Oberti, “Género, política y violencia: Vida cotidiana y militancia en las
décadas del sesenta y setenta” (PhD diss., Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de
Buenos Aires, 2011).
Infidelities 417
with respect to such matters. Far from it; members of left-wing guerrilla
groups held strong views on family, sexuality, and romantic relationships,
which did not deviate from traditional ideas, imposing a “compulsory heterosexuality”
(as noted by Florencia Mallon in the case of Chile), exalting
virility, and promoting an ideal image of the revolutionary couple, which
was both heterosexual and monogamous.7 They also disapproved of the
sexual revolution as much as conservatives did, although not for the same
reasons, viewing it as an imperialist strategy that would throw the people
off the revolutionary path.8 Guerrilla groups also sought to exert control
over their members’ bodies and discipline their sexuality in what Vera
Carnovale has termed “full organization.”9 More recent studies, along
the lines proposed by Victoria Langland for Brazil, have highlighted the
sexual and gendered portrayal of activists and guerrillas—particularly
women—as the “enemy within” in both antisubversive propaganda and
repressive practices.10 Other studies have explored the sexualization of
activists and captivity survivors, who were believed by their own peers
7 For the concept of “compulsory heterosexuality” applied to Latin America, see
Florencia E. Mallon, “Barbudos, Warriors, and Rotos: The MIR, Masculinity, and Power
in the Chilean Agrarian Reform 1965–74,” in Changing Men and Masculinities in Latin
America, ed. Matthew C. Gutmann (Durham, NC: Duke University Press, 2003), 179–215.
For Argentina, see Osvaldo Bazán, Historia de la homosexualidad en la Argentina: De la
conquista de América al siglo XXI (Buenos Aires: Marea, 2004); and Flavio Rapisardi and
Alejandro Modarelli, Fiestas, baños y exilios: Los gays porteños en la última dictadura (Buenos
Aires: Sudamericana, 2001). On heterosexual monogamy, see Cosse, Pareja, sexualidad y
familia, 142–47; and Andrea Andújar, “El amor en tiempos de revolución,” in De minifaldas,
militancias y revoluciones, ed. Andrea Andújar et al. (Buenos Aires: Luxemberg, 2009),
149–70. For Brazil, see James N. Green, “‘Who Is the Macho Who Wants to Kill Me?’: Male
Homosexuality, Revolutionary, Masculinity, and the Brazilian Armed Struggle of the 1960s
and 1970s,” Hispanic American Historical Review 92, no. 3 (2012): 437–69.
8 Karina Felitti, “Poner el cuerpo: Género y sexualidad en la política revolucionaria de
Argentina en la década de 1970,” in Political and Social Movements during the Sixties and
Seventies in the Americas and Europe, ed. Avital H. Bloch (Mexico: Universidad de Colima,
2010). See also Valeria Manzano, “The Making of Youth in Argentina: Culture, Politics,
and Sexuality (1956–1976)” (PhD diss., Indiana University, Bloomington, 2009), 363–74.
9 Vera Carnovale, Los combatientes: Historia del PRT-ERP (Buenos Aires: Siglo XXI,
2011); and Oberti, Género, política y violencia. See also Paola Martínez, Género, política y
revolución en los años setenta: Las mujeres del PRT-ERP (Buenos Aires: Imago Mundi, 2009).
An early study is Feijoó and Nari, “Women in Argentina.”
10 Valeria Manzano, “Sex, Gender, and the Making of the ‘Enemy Within’ in Cold
War Argentina,” Journal of Latin American Studies 46, no. 3, forthcoming August 2014;
Marta Vasallo, “Militancia y transgresión,” in Andújar et al., De minifaldas, militancias y
revoluciones, 19–31; and Débora D’Antonio, “‘Rejas, gritos, cadenas, ruidos, ollas’: La
agencia política en las cárceles del estado terrorista en Argentina, 1974–1983,” in ibid.,
89–108. These developments continue a line opened by Victoria Langland, “Birth Control
Pills and Molotov Cocktails: Reading Sex and Revolution in 1968 Brazil,” in In from
the Cold: Latin America’s New Encounter with the Cold War, ed. Gilbert Joseph and Daniela
Spenser (Durham, NC: Duke University Press, 2008), 308–49. In a different vein, see
Margaret Power, Right-Wing Women in Chile, Feminine Power and the Struggle against
Allende, 1964–1973 (University Park: Pennsylvania State University Press, 2002).
418 I s a b e l l a Cos s e
to have traded sexual favors for their lives and were consequently cast as
traitors in testimonial novels written in the 1980s.11
While these studies have shed significant light on the gender and sexual
dimensions of guerrilla organizations and political and ideological struggles
in the 1960s and 1970s, most have offered a somewhat simplified reconstruction
of the role of sexuality within such organizations and paid little
attention to its connection with their contemporary society and to the
historicity of the process. In this article I propose a more complex analysis
through three approaches. The first aims to give substance to the heterogeneity
of sexual morality experiences, views, and positions. The second
highlights the porous lines that separated the world of activism from the
wider culture and society of the time.12 The third involves a diachronic
reconstruction that considers the specific characteristics of the different
historical moments that can be distinguished in the period over which this
fast-paced political process unfolded.
My hypothesis is that sexuality represented a dense arena of conflicts
within guerrilla groups. Multiple positions vied against each other within
organizations characterized by social and cultural heterogeneity and gender
anxieties. These cannot be understood outside the context of a society permeated
by intense debates—and deep uncertainties—over the changing family
and sexual orders, which resonated particularly with young people. Tensions
thus existed between the rigid morality preached by these organizations and
the actual experiences of their members. These tensions were resolved or
processed differently over time and became more pronounced as repression
escalated and the organizations became more militarized, thus strengthening
the direct connection between romantic fidelity and political loyalty.
B ased on this hypothesis, I look at how infidelity in heterosexual couples
was experienced, discussed, and addressed in the two leading guerrilla organizations
active in Argentina during the period studied: the Montoneros
and the Ejército Revolucionario del Pueblo (People’s Revolutionary
Party, or ERP), the second of which was the military wing of the Partido
Revolucionario de los Trabajadores (Workers’ Revolutionary Party, or PRT).
The article is divided into three sections. The first examines certain foundational
elements that were at the root of the interlinking of the political
and the personal in both organizations. The second reconstructs the ways
in which the members of these organizations processed the conflicts in
their love lives under conditions of clandestine living and armed struggle.
11 Ana Longoni, Traiciones: La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes
en la represión (Buenos Aires: Norma, 2007); Valeria Manzano, “Betrayal, Loyalty, the
Peronist People and the Forgotten Archives: Miguel Bonasso’s Narrative and the Peronist
Left’s Political Culture, 1984–2003,” Journal of Latin American Cultural Studies 16, no.
2 (2007): 183–99.
12 This is the perspective of Manzano, “Making of Youth”; Cosse, Pareja, sexualidad y
familia; and Alejandro Cattaruzza, “Un mundo por hacer: Una propuesta para el análisis de
las culturas juveniles en los setenta,” Entrepasados 7, no. 2 (1997): 67–76.
Infidelities 419
It underscores the gender and class tensions in the case of the ERP and
the way in which sexual morality was linked to political disputes within
the Montoneros. The last section explores the organizations’ increasing
militarization and the simultaneous development of codes of sexual and
moral conduct that established a direct relationship between political loyalty
(understood as sacrificing one’s life for the cause) and fidelity to one’s spouse
or partner, as more and more militants fell victim to torture, kidnapping,
and disappearance at the hands of the state.
To reconstruct this process I have had to rely on sources that are
necessarily fragmentary. The traces of that past—both written and oral
accounts—are marked by the historical circumstances in which these militants
lived, as they came under attack by repressive forces, were forced to
go underground, and were disappeared. Thus, for my analysis I had to piece
together fragments and decipher evidence culled from memoirs and written
and oral accounts (including twenty-five interviews I conducted myself
and thirty drawn from the Archivo de Memoria Abierta in Buenos Aires);
documents, magazines, and newspapers issued by these organizations; and
novels published during the period studied.13 To overcome these difficulties
I have applied an analysis that involves the constant contrasting of sources
and facts, taking into account the specificity of the discourse of each type
of source and placing them in the contexts in which they emerged.14 These
methodological precautions aside, it is not my intention to produce a linear
narration but rather to create a multifaceted prism—with different sides
and perspectives—to shed light on how love, sexuality, and revolutionary
struggle were intertwined in guerrilla organizations.
Foundational Elements: The Armed Left and Sexual Morality
In 1959 the Cuban Revolution opened up a new political horizon across
Latin America. In Argentina, Peronism—a movement that had granted
workers their social rights—had been banned since the 1955 military
coup that had deposed its leader, Juan Domingo Perón. The victory of the
Cuban guerrillas spurred heated debates over strategy among advocates of
social change, dividing the Left. In the early 1960s a number of Peronist
factions emerged in Argentina, pushing to radicalize the movement, and
the first guerrilla groups were formed there. The social and economic
crisis that had aggravated the historical exclusion of peasants and workers
13 Archivo de Memoria Abierta is a collective memory project that gathers interviews and information
on victims of state terrorism established and maintained by the Acción Coordinada
de Organizaciones de Derechos Humanos, Buenos Aires. For more information, see http://
http://www.memoriaabierta.org.ar.
14 For challenges posed by “recent” history, see Marina Franco and Florencia Levín, eds.,
Historia reciente: Perspectivas y desafíos para un campo en construcción (Buenos Aires: Paidós,
2007). On oral history, see Paul Thompson, La voz del pasado: La historia oral (Valencia:
Alfons el Magnánim, 1988).
420 I s a b e l l a Cos s e
was compounded by a weak democracy and a stream of military interventions.
Young people from both the middle and working classes—many of
whom were the first in their families to gain access to secondary school
and higher education—led the growing social and political unrest, which
prompted new movements and organizations across the country. In 1965,
in the small, poverty-stricken northern province of Santiago del Estero, a
local Americanist movement and a Buenos Aires Trotskyist group merged
to form the PRT. A few years later, the PRT’s military arm would become
one of Argentina’s leading guerrilla groups.15
The decision to create an armed wing came in the aftermath of the military
coup staged by Gen. Juan Carlos Onganía in 1966, which suspended
parliamentary activities in Argentina, outlawed all political parties, stepped
up repression and censorship, and brought the University of Buenos Aires
under the control of the state. But these measures failed to suppress social
unrest, fueling instead the radicalization of young activists. Che Guevara’s
death in 1967 had a similar impact, as his demise heightened the revolutionary
aura that surrounded him and the need to continue his struggle. For
the Left, Guevara represented the ideal new man of indomitable courage
who was willing to give his life for the revolution.16 His image embodied an
eroticized virility and a way of loving that fell outside the reproductive goals
of the bourgeois family, as Diana Sorensen has posited. That image united
a community of “warriors” and provided the backbone of a phallocentric
identity.17 But it also had a human side that was sensitive and compassionate
and that conferred an exceptional quality to the guerrilla virility symbolized
by Guevara: a virility that combined tenderness with bravery and the
strength of the combatant with the sensitivity of a new man who felt deeply
for his fellow human beings and was loved by them.18
Che Guevara’s death rekindled debates over the question of taking
up arms. During this time, the PRT was caught up in intense discussions
that resulted in key ideological guidelines that would shape the party’s
long-term actions. These internal disputes legitimized a rhetoric based
on morally disparaging one’s opponent through accusations of “betrayal”
(of the revolution, of the working class, and even of the party). The triumph
of the proponents of armed struggle consolidated the dominance
of Roberto Santucho, a leader whose family was very influential in the
party, and thus the intertwining of political and personal relations (key
15 For an overview of this period of Argentine history, see James, Nueva historia
argentina, vol. 9.
16 Hugo Vezzetti, Sobre la violencia revolucionaria (Buenos Aires: Siglo XXI, 2009), 131–
65; Carnovale, Los combatientes, 183–222.
17 Diana Sorensen, A Turbulent Decade Remembered: Scenes from the Latin American
Sixties (Stanford, CA: Stanford University Press, 2007), 15–53.
18 Isabella Cosse, “Militancia, sexualidad y erotismo en la izquierda armada en la Argentina
de los años setenta,” in Historia de la moral sexual y los comportamientos sexuales, ed. Dora
Barrancos, Donna Guy, and Adriana Valobra (Buenos Aires: Katz, forthcoming).
Infidelities 421
in any small organization) became linked to kinship and family relations
(with their hierarchies, conflicts, and loyalties).19
With these changes, it became acceptable to invoke the greater good of
the party to interfere in the love lives of its leaders and defend the institution
of marriage. This was not the result of philosophical discussions but a byproduct
of the intersecting of the party’s internal strife and Santucho’s own
marriage crisis. Santucho had married Ana María Villareal (known as Sayo) in
1962. They were both upper-middle-class university graduates who belonged
to their provinces’ intellectual elites. While Ana María’s home province,
Salta, had a more patrician past than Roberto’s Santiago del Estero, both
were set apart from the rest of Argentina in their strong mix of Catholicism
and traditionalism, characterized by the sexual double standard, patriarchal
power, and the submission of women. Roberto’s was a classic example of
the province’s families, as he was the eighth child of a local caudillo (charismatic
and popular leader) whose extramarital affairs were no secret. But
like many middle-class youths, Roberto and Sayo defied established family
values, although without breaking completely with tradition. While they did
get married, they refused a church wedding; and while they agreed to participate
in the honeymoon ritual, they transformed it into a political learning
trip, emulating Che Guevara’s epic journey across Latin America. After the
honeymoon, they settled into conventional married life, with the traditional
division of gender roles. Roberto threw himself into political activism, and
Sayo devoted herself to motherhood, although supporting her husband and
even participating directly in party politics. Roberto convinced her that his
frequent long absences were necessary to further the cause. He offered her a
love nurtured by political commitment and envisioned their future together
as inseparable from the revolutionary struggle.20
In 1967, amid all the infighting in the PRT over strategy, the couple
faced a major marriage crisis. Roberto fell in love with Clarisa Lea Place, a
university student and fellow party member twelve years his junior. Clarisa
was recognized for her unswerving loyalty as a militant, and, according to all
accounts, she loved Roberto deeply. Pola Augier, her best friend and roommate,
recalls how Clarisa believed Roberto would one day leave his wife for
her. But that never happened. Sayo, who was living at the time at the Santucho
family house, found out about her husband’s infidelity, and it quickly
became a matter of collective discussion within the organization. The affair
was affecting internal party matters. Francisco, a former PRT activist, explains
that the marriage crisis was undermining Roberto Santucho’s image in the
19 See Pablo Pozzi, Por las sendas argentinas: El PRT-ERP; La guerrilla marxista (Buenos
Aires: EUDEBA, 2001), 148; and Carnovale, Los combatientes, 261.
20 María Seoane, Todo o nada: La historia secreta y la historia pública del jefe guerrillero
Mario Roberto Santucho (Buenos Aires: Planeta, 1991), 27–87. On fertility rates, see Edith
Pantelides, “La fecundidad argentina desde mediados del siglo XX,” Cuadernos del CENEP,
no. 41 (Buenos Aires: CENEP, 1989), 21 (table 3.6). For other “discreet” youth rebellions,
see Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 71–101, 115–31.
422 I s a b e l l a Cos s e
political discussions under way, so his comrades tried to prevent the matter
from spreading beyond party leaders.21 More importantly, the idea that the
party’s members and especially its leaders had to be an example of revolutionary
morality and that a militant’s private life was inseparable from his or her
political commitment was by then accepted as natural in the organization.
When the issue of Roberto’s infidelity was discussed among PRT leaders,
the majority disapproved of his behavior and reprimanded both lovers,
ordering them to end the affair. Pola remembers her friend telling her that
she had been harshly criticized and humiliated. These political pressures
were combined with family and personal pressures. In Roberto’s case, he
was also admonished by his youngest brother, Julio Santucho, who had
recently joined the party after leaving a Jesuit seminary in Spain where he
had been preparing for the priesthood. In a letter to Roberto, he told him:
[You] forget that this unique moment we are living is not about trying
out new forms of relationships, but about living according to a revolutionary
morality with the greatest selflessness and austerity possible:
an honest and solidly built home, an unbreakable fidelity, a Justice
in everyday life that must be the reflection of the highest ideal of the
revolutionary. . . . Mutual devotion [in a couple] cannot be broken by
the will of either of the parties involved without committing an injustice.
In fact, it can never be broken, because when we give ourselves to
another we do so fully and forever, without calculations or restrictions.
The same is true when we give ourselves to the revolution, because
both forms of devotion stem from the most intimate depths of our
spiritual being, a being that surfaces to be realized in the construction
of a new world. A new world where social relations will be novel not
simply because they are arbitrarily different, but because they will be
stripped of all selfishness and pettiness.22
The letter defines revolutionary love and views the romantic feelings that
two activists can have for each other as intricately linked to their political
ideals. In stark opposition to the affective individualism typical of Anglo-
Saxon modernization, Julio proposed an ideal of love shaped by the
Judeo-Christian tradition, which placed social obligations above personal
decisions and morality above passion. Romantic devotion was equated
with revolutionary commitment in that they both demanded a complete
renunciation through which individuals transcended their self-interest and
became full and accomplished beings.
Julio’s advice evoked ideas that were popular both outside and within
the revolutionary Left. These ideas had echoes of Christian humanism but
also of the writings of Erich Fromm, whose book The Art of Loving was
21 My interview with Francisco R., PRT activist from Tucumán (Buenos Aires, 10
January 2012).
22 Letter transcribed in Seoane, Todo o nada, 123–24.
Infidelities 423
a best-seller in Argentina at the time.23 On the one hand, Julio’s advice
reflected a conjugal ideal that extolled companionship and mutual fulfillment,
a notion that had emerged as a reaction against the authoritarianism
of traditional marriages. Julio, however, rejected the possibility of salvaging
the marriage if it meant that Sayo had to accept her husband’s affair,
as Roberto seemed to hope.24 On the other hand, Julio’s words illustrate
the extent to which sacrifice was glorified within these organizations in
a way that tied the tradition of Christianity to the imaginary of the Left,
for which giving one’s life for the cause—as Che Guevara had done—was
the duty of every revolutionary. Drawing on the two traditions, the letter
contrasted authenticity with moral hypocrisy and placed the former at the
core of both romantic devotion and political commitment. The ideal “new
man” was thus connected with the tradition of Argentina’s historical Left,
which had been informed by an orthodox reading of Marxism that rejected
the double sexual standard but defended love-based monogamy.25
The marriage crisis had a swift denouement: Santucho gave in to the
pressures of both party and family and opted for what was best for him
politically, which was ending the affair. When Clarisa found out, she was
devastated, ashamed of her lover’s behavior, and hurt by how she was
treated by the party leaders. “They treated me like a prostitute,” she told
Pola Augier, who defended her. She believed that the “natural” solution
would have been for the two lovers to stay together. She lost all respect
for Roberto, whom she had admired as a leader. As with “most men, he
seized on his sense of responsibility as the perfect excuse,” thus demonstrating
that “family was sacred” for the “leaders of the north,” who were
still influenced by Catholicism and the preconceptions of that time, despite
their Marxism.26 Another party member, identified only as “Comrade L.,”
viewed the episode in a similar way: Santucho had yielded to pressures from
fellow party leaders and in the “name of the proletariat” had renounced
“the most beautiful thing” that had ever happened to him—Clarisa.27
23 On Christian humanism in Argentina, see José Zanca, “El humanismo cristiano y la
cultura católica argentina (1936–1959)” (PhD diss., Universidad de San Andrés, Buenos
Aires, 2009).
24 On companionship, see Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 115–53. In the letter,
Julio said: “You can’t ask [Ana María] to deny herself, to obliterate herself as a person; you
can’t use people as if they were instruments that can be picked up and discarded on a whim.”
Quoted in Seoane, Todo o nada, 123–24.
25 See, for example, the opinions voiced by Socialist and Trotskyist congressmen in Diario
de sesiones de la Cámara de Diputados, 14 May 1964, Buenos Aires, Congreso de la Nación,
331, 341. For a view of socialist morality in the early twentieth century, see Dora Barrancos,
La escena iluminada: Ciencias para trabajadores, 1890–1930 (Buenos Aires: Plus Ultra, 1996).
26 Pola Augier, Los jardines del cielo: Experiencias de una guerrillera (Buenos Aires: Sudestada,
2006), 116; also available online at http://www.revistasudestada.com.ar/web06
/article.php3?id_article=463 (accessed 25 November 2013).
27 Rolo Diez, El mejor y el peor de los tiempos: Cómo destruyeron al PRT-ERP (Buenos
Aires: Nuestra América, 2010), 34.
424 I s a b e l l a Cos s e
The episode crystallized a close interlinking of the personal and the political,
whereby the subordination of matters of the heart to party concerns was
twofold. First, party authorities were seen as having the right to interfere in
each other’s love lives in the understanding that as leaders they had to set
an example of moral integrity and that their love lives could potentially have
political effects. Second, the importance attributed to romantic fidelity mirrored
the value placed on political loyalty, crucial in a group in which political
opponents were perceived as traitors. These multiple influences operated over
a backdrop of deep-seated patriarchal values, with its naturalization of malecentered
authority and the accepted male tradition of keeping a second home
for a mistress, but they did so in different ways. In some cases they reaffirmed
Marxist orthodoxy, while in others they cemented the very essence of the
sexual morality that the new revolutionary morals were supposed to challenge.
It is worth noting that disagreements with this tendency to interfere in the
personal life of party members did not translate into formal dissent or party
defections. In this case, for example, Clarisa and Pola did not leave the party
but participated shortly thereafter as the only two women delegates at the
Fourth Congress, held in 1968, where Santucho prevailed in his call for armed
struggle and the first step toward the founding of the ERP was taken. The
other female voice at this congress was Sayo’s, although she had no voting
powers. Her presence, according to Pola, represented an acknowledgment
by party authorities of the “stability” of the Santucho marriage and an insult
to Clarisa, brought on by “the hypocrisy of [the party’s] monastic forces,
which were trying to impose their morals.”28
Radicalization was not limited to the PRT. In 1968, in step with student
unrest in cities like Paris, Mexico, and Montevideo, protest movements erupted
across Argentina, culminating in 1969 in the Córdoba worker and student
uprising, which would be known as the Cordobazo and which dealt a mortal
blow to Onganía’s dictatorial regime. In that climate that same year, the Fuerzas
Armadas Revolucionarias (Armed Revolutionary Forces, or FAR), which
had been formed by Marxist militants to support Guevara’s guerrilla efforts
in Bolivia, adopted urban guerrilla tactics and joined forces with Peronists.
The year 1970 also saw the emergence of the Montoneros, an armed
group that identified with Peronist ideas, massively attracting young activists
and soon becoming one of the country’s leading political forces. The
Montoneros went public with a highly symbolic action: the kidnapping and
assassination of Gen. Pedro Eugenio Aramburu, who had led the ousting
of Juan Domingo Perón in 1955 and had ordered the execution of the
military officers who had risen in defense of Peronism the following year.
This action, which sealed the fate of the already weakened Onganía regime,
took up the Peronist resistance tradition in a substantial way.29
28 Carnovale, Los combatientes, 112; and Seoane, Todo o nada, 125, 136.
29 Richard Gillespie, Soldados de Perón: Los Montoneros (Buenos Aires: Grijalbo, 1987),
119–39.
Infidelities 425
The Montoneros also contained foundational elements that engaged with
sexual morality through the interlinking of the personal and the political.
The organization was the result of the merging of various groups with different
histories but connected by a common Peronist identity and the goal of
achieving socialism through armed struggle. In the early stages, the founding
members were especially influenced by the Christian tradition. Several of
the original leaders—including Fernando Abal Medina, Mario Firmenich,
and Carlos Ramus—had met in 1967 through the Catholic priest Carlos
Mujica, a major activist for the poor in 1960s Argentina.30 Graciela Daleo
recalls joining the group as a life-changing experience, both personally and
emotionally, for all those involved. Christian asceticism marked their shared
everyday life. They ate frugally and embraced Christian humility. This did
not prevent them from socializing, including flirting with each other. But
their relationships were tinted with piety and governed by formal courtship
rules. Graciela, for example, had been pining for Jorge for years, but when
he finally asked her to be his girlfriend she told him she had to think about
it and offered her cheek for a chaste good-bye kiss. Jorge, in turn, asked
her to keep their relationship a secret until he could find a way to tell his
mother.31 In other social circles these formalities were considered stilted
and old-fashioned and were being shed.32
The group gradually consolidated and in 1967 created the Comando
Camilo Torres, named after a Colombian guerrilla priest killed the year
before whose memory allowed them to reconcile their Christian beliefs
with the decision to take up arms. The brigade was formed by some thirty
young militants, all under the age of twenty-five, and focused on propaganda
activities, handing out pamphlets and distributing their magazine,
Cristianismo y revolución (Christianity and revolution). Daleo recalls that
the group “observed very strict moral norms,” so she was outraged when
one of their leaders, Juan García Elorrio, took advantage of his partner’s
frequent absences to flirt with other women in the group. A year and a half
later, the brigade had disbanded, and by late 1969 some of its members
had decided to form a new group.33 Daleo, who had taken a break from
activism, received a visit from her friend Mario Firmenich, who in the past
had taken a romantic interest in her and now wanted her help with the new
organization. She remembers that when Firmenich contacted her one of
the things he made clear was that the new organization would not tolerate
any complications due to personal entanglements. “We treat these matters
very seriously. The New Man cannot be irresponsible in his relationship
30 Lucas Lanusse, Montoneros: El mito de sus 12 fundadores (Buenos Aires: Vergara, 2005),
127–38.
31 Graciela Daleo, quoted in Eduardo Anguita and Martín Caparrós, La voluntad: Una
historia de la militancia revolucionaria en la Argentina, vol. 1, 1966–1973 (Buenos Aires:
Planeta, 2013), 23–32, 107.
32 Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 25–51.
33 See Gillespie, Soldados de Perón, 81–86.
426 I s a b e l l a Cos s e
with his partner. Among us, nobody marries and separates on a whim, just
because they feel the urge.” He immediately added: “And we don’t tolerate
treachery [agachadas]. We’re very clear on that. We deal with traitors by
executing them, you know.” According to her own account, Graciela did
not ask who “we” were for security reasons. Shortly thereafter, she learned
that by “we” Firmenich meant the Montoneros.34 The value placed on
fidelity by the Montoneros owed much to Christian sexual morality. But it
was also linked to the Peronist tradition embraced by the Montoneros, as
“loyalty” had been a defining feature of Peronism from the onset, to the
point that the date on which the movement celebrated its anniversary was
called Loyalty Day.35 The concept took on its fullest and most sacralized
meaning in a dichotomous discourse that opposed “good” to “bad” and
“us” (working-class culture and the people) to the “other” (the oligarchy
and unpatriotic forces).36 The Montoneros took up this tradition when they
presented themselves as the avenging force that would bring Perón’s traitors
to justice and would defend the people against the enemies of Peronism.
In sum, in both organizations there were certain key foundational elements
that defined their revolutionary system of morality, including placing
a high value on sexual self-restraint, opening the personal lives of party
leaders to scrutiny from their peers, and encouraging rigid rules. The process
leading up to the creation of the ERP was marked by discussions over
how revolutionary couples should behave, pitting those who defended the
importance of stable relationships against those—mostly young people and
women—who believed in passionate love and the individual’s right to fall
freely in and out of love. There were no such discussions during the forging
of the Montoneros, but its founding members were strongly influenced by
asceticism and a rigid morality, and the organization would soon incorporate
new groups that were emerging from different ideological traditions and
had contrasting views on the subject. Lastly, both the Montoneros and the
ERP—and the armed Left in general—exalted the figure of Che Guevara,
holding him up as a symbol of an eroticized virility that combined bravery
and human compassion. But at the same time in the two organizations,
loyalty was seen as a substantial element of the connection between romantic
ties and political obligations.
Intense Lives: Conflicts of the Heart and Disputes over Morals
By 1970 young people were becoming increasingly radicalized, and their
antiestablishment stance was not limited to politics. On the contrary, young
34 Daleo, quoted in Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:326, 354.
35 Fernando Alberto Balbi, De leales, desleales y traidores: Valores morales y concepción
política en el peronismo (Buenos Aires: GIAPER, 2007), 97–201.
36 Silvia Sigal and Eliseo Verón, Perón o muerte: Los fundamentos discursivos del fenómeno
peronista (Buenos Aires: Eudeba, 2003), 71–74.
Infidelities 427
people—militants and nonmilitants alike—were rebelling in different ways
against traditional family, sexual, and social values. According to a survey
of people under the age of twenty-five featured in the magazine Análisis
(Analysis), some young people viewed marriage as an obsolete institution,
while others preferred to fill it with new meanings, seeing it as a way of “living
together” or as an “enjoyable duty.” Despite these differences, there
was a common rejection of the double standard of sexual morality. Most
considered that adults were hypocrites because they accepted the separation
between “physical love” outside the home and “spiritual love in the home”
that provided a euphemism for adultery.37 They questioned the “system”—a
term that encompassed the whole of the political, social, and moral establishment
and that itself reflected the generational clash. In Argentina, as in other
countries, the family as an institution was widely perceived to be in crisis, but
there was great uncertainty as to what that crisis would entail. This situation
alarmed Catholic and traditionalist organizations, which countered with an
avalanche of public statements, actions, and political lobbying calling on the
government to defend the basic principles of family, order, and tradition that
they claimed defined the nation and that they believed were being threatened.
The Left was not unaffected by these changes in the family and in romantic
relationships. On the contrary, in these organizations they became especially
contentious, as the conviction that an ideal “new man” had to accompany
the dawning society forged by the revolution was not linked to any particular
dogma or ideological definition of revolutionary morality nor to actual considerations
regarding family, couples, and sexuality. Hence the open nature
of the specific meanings ascribed to the new morality, which was defined
only by abstract ideals and suggestive images, thus increasing the possibility
of conflicts arising in concrete interactions. These conflicts were particularly
significant within the Left because of the political commitment that tied
together all aspects of life, including social, romantic, and sexual relations.
Starting a relationship, moving in together, or deciding to have a child were
all decisions with potential political effects. Roberto, an ERP militant from
Buenos Aires, recalls long, painful arguments with his wife: she wanted to
have kids, but he thought the timing was wrong because of their commitment
to the cause, and she was afraid the revolution would take too long and
she would miss her childbearing years.38 Breakups upset militants, and, in
many cases, they became a source of conflict that affected the entire group.
In particular, these ruptures escalated from personal to collective concerns
when they involved a close interlinking of intimate and political aspects, as
was the case with infidelity, which, according to many accounts, emerged
as a frequent problem. These conflicts expressed disagreements over sexual
morality and the meanings that guided militant behavior, which became more
and more important and visible as the organizations expanded.
37 “Cómo se aman los jóvenes,” Análisis, no. 422 (15 April 1969): 40–46.
38 Interview with Robert, Buenos Aires, 10 August 2009.
428 I s a b e l l a Cos s e
B oth organizations began to grow exponentially in 1970. The number of
PRT militants doubled between 1970 and 1972, and membership grew even
more dramatically after it reached 1,500 in 1973. This expansion altered
the organization’s makeup. The proportion of young people, women, and
(mostly male) workers increased. Regional representation also changed,
with new members coming from a wider range of regions, although the
northern provinces still provided the bulk of new recruits. In 1975 half of
the members were under the age of twenty-five, and two-thirds were under
thirty; one-fourth were women; and there was an even number of members
from working families and middle-class backgrounds.39
The data available on Montonero membership are not as detailed. We
know that when the organization started out it was made up predominantly
of middle-class activists, though recent studies have shown that early members
also included working-class activists. By 1971, for example, Montonero
membership included Peronists and textile industry unionists from workingclass
areas in the province of Buenos Aires.40 In any case, the organization
also grew at a dramatic pace. In 1971 Juan Domingo Perón himself, still
exiled in Madrid, pinned his hopes for victory on this “marvelous youth”
that was defying the power of the armed forces.41
In 1973 the Montoneros and FAR merged to form the largest political
youth movement, with thousands of affiliated members. Their rallies
were instrumental in lifting the ban on Peronism (although Perón himself
remained banned) and securing the party’s victory in the elections, which
were held that March and restored democracy. The military in power allowed
the elections to be held in the hope that it would weaken guerrilla
forces, but the Montoneros came out of the voting strengthened and
having reached their greatest political influence.42 The new president of
Argentina, Héctor J. Cámpora, opened up a brief but intense “Spring” during
which political prisoners were pardoned and censorship was somewhat
relaxed. The new government even encouraged what was referred to in
the mass media as a destape sexual (literally, “sexual uncovering”), which
was accompanied by the emergence of new discussions on issues such as
divorce and a greater visibility of feminist and homosexual organizations
and which in turn revived right-wing and conservative discourses in defense
of the family and sexual order. Despite this more open atmosphere,
the Cámpora government lasted only forty-nine days, and no measures
connected with family relations or sexual behavior were adopted.
In that climate, the growth and the unification of the two groups heightened
the importance of ideological differences on sexual morality. Accounts
39 Pozzi, Por las sendas argentinas, 71–80.
40 Javier Salcedo, Los Montoneros del Barrio (Caseros: Universidad Nacional de Tres de
Febrero, 2011), 31–66.
41 Gillespie, Soldados de Perón, 152–53.
42 Ibid., 152–93.
Infidelities 429
from former militants provide evidence for the impact that love conflicts had in
everyday interactions, but they also reveal that the different kinds of romantic
and sexual relationships that were being openly discussed were all within the
margins of the dominant heterosexuality. Homophobia was widespread even
in left-wing organizations. Homosexuals were viewed as a threat to internal
security, based on the preconception that their sexual orientation rendered
them weak and unable to withstand torture without being broken. They were
also believed to discredit the organizations, giving support to the Right in its
accusations of “sexual debauchery” in the armed Left. I found no evidence
of infidelity or love triangles involving same-sex couples. That does not mean
such conflicts did not exist; instead, the prevailing homophobia forced homosexuals
to hide their sexual orientation and precluded any discussion of
homosexual relationships. The fact is that homosexuality-related issues were
not dealt with openly in either organization.43
In contrast, conflicts involving heterosexual couples frequently spurred
heated discussions within the organizations over the ways in which militants
engaged in and dealt with a wide range of romantic entanglements. There
were husbands with lovers who were tolerated by their wives; there were
also women who cheated on their husbands or formal partners by having
affairs or flings; and there was no shortage of love triangles and passionate
one-night stands. There were often less prototypical situations, when cheating
on one’s partner was not a premeditated decision but a fortuitous and
chance result. María, a Montonero guerrilla, was in a passionate relationship
with Gustavo when, in late 1972, circumstances brought her together with
Roberto, whom she started seeing only weeks after she broke it off with
Gustavo. These overlapping relationships were both helped and hindered
by the physical separations that militant activity or imprisonment imposed
on couples, as was the case with ERP member Silvia, who, while her partner
was in prison in 1973, became romantically involved with another man with
whom she worked closely in the party. There were also casual encounters
that arose from a mixture of physical attraction and emotionally charged
moments, as occurred with Francisco and María Elena before they went
out on their first guerrilla operation.44
These stories were not all that different from what other young people
were experiencing in the 1970s, a time when separating sex from emotional
commitment was accepted as natural. That did not mean, however, that
“wearing horns” was taken lightly by men. The “macho” stereotype was
still powerful in Argentine society, and being cuckolded was experienced
by men as an affront to their masculinity, even among young artists and
43 Rapisardi and Modarelli, Fiestas, baños y exilios, 140–73.
44 Interview with Francisco R., Tucumán PRT militant, Buenos Aires, 10 January
2012; Marta Diana, Mujeres guerrilleras: La militancia de los setenta en el testimonio de sus
protagonistas femeninas (Buenos Aires: Planeta, 1996), 72–75; Pozzi, Por las sendas argentinas,
240–41.
430 I s a b e l l a Cos s e
intellectuals, as is illustrated by the caricatures and lampooning featured in
the humor magazine Satiricón. For women, it was increasingly a symbol
of the sexism against which they had to rebel.45 What made these stories
different for clandestine militants was that such turbulent affairs of the heart
were played out against the backdrop of guerrilla warfare and thus took
on special characteristics. Rules imposed by the organization for security
reasons meant that members had to compartmentalize the different areas
of their lives and that all private information had to be kept confidential.
It was easier to maintain “double relationships,” as they were dubbed,
using a term that echoed the world of espionage and fit in perfectly with
the mystique of a clandestine life. As a female ERP member explains, compartmentalization
meant that “infidelity” was only discovered when “they
[the men] were captured.” She recalls one case in which an activist was
found to have been involved with three women, “one in each of the teams
he led.”46 The nature of their actions also meant that they looked death
in the face every day, a risk that redefined their entire lives. And sex was a
part of that. Montonero member Rolo Diez remembers how they saw it
then: “Why renounce sweet love when we knew we could be dead soon?
Why put off for tomorrow the passionate screw we could have today?”47
In other words, the entanglements, affairs, and casual encounters—which,
with such a young membership, often represented a militant’s first sexual
explorations—accompanied the breakneck pace of their dangerous day-today
living and the emotional demands of the constant death risk they faced.
How was it that such intimate affairs came to light? It should first be noted
that many affairs—probably most of them—were never publicly discussed by
the group. In many cases the parties involved were able to keep them private.
Such was the case with Elena, who lived a “great, but forbidden, love” when she
“crossed paths” with another militant.48 It also happened that fellow militants
learned of such affairs and decided not to make them public. In many cases,
however, shared living and prolonged close interaction made it difficult to keep
love crises private. Often, affairs or relationship crises were made public by the
very people involved. The affected party might turn to the group (more or
less formally) to settle the conflict or seek reparation. Estela, an ERP member,
confessed to her husband that she had had an affair with a fellow member
and, at his suggestion, agreed to take the matter to the group for discussion.49
Another ERP activist recalls how most thought it was “natural for a couple’s
problems to be discussed with the group.” And she adds, laughing, “everyone
had something to say, but they were polite about it.”50
45 Jorge Sanzol, Roberto Hanglin, and Ceo, “¿Qué hace su mujer cuando usted no está?,”
Satiricón, no. 25 (February 1975).
46 Quoted in Martínez, Género, política y revolución, 100.
47 Rolo Diez, El mejor y el peor, 46; emphasis in the original.
48 Diana, Mujeres guerrilleras, 201.
49 Carnovale, Los combatientes, 257.
50 Quoted in Pozzi, Por las sendas argentinas, 139.
Infidelities 431
The ways in which discussions were processed and measures were adopted
were also diverse. In both organizations, when such a problem came up the
procedure was often to conduct an intervention of the cell (the basic unit of
operation), which involved a critical peer review and self-critical examination.
Under democratic centralism (the principles of internal organization
that governed these groups and that allowed for the possibility of discussion
within a vertical structure), this step could lead in turn to an intervention of
the body situated above the cell in the organization’s hierarchic structure,
although this did not always happen. In both cases these interventions
(whether of the cell or the bodies above it) did not necessarily entail a sanction
but could instead prompt discussions or negotiations situated halfway
between the formalities of a vertical organization and the self-regulating
negotiations of groups of young peers. Manuel, for example, describes how
when a sentimental problem involving a couple came up for discussion in his
Montonero cell, it was settled among the members themselves, as all were
friends.51 The intervention might be led by party authorities, which could
be conducted in a manner similar to the patriarchal authority exercised by
a father or an older friend. This paternal or older brother role was adopted,
for example, by Luis Ortolani, a former communist and ERP leader, when
he supposedly stopped an angry female member from leaving her husband
after she found out he was “putting horns” on her. Ortolani’s solution was
to advise the husband to “satisfy [his wife] in bed.”52
During these early years, prior to Perón’s return, neither organization
had a fixed set of predetermined penalties for sanctioning members for
their sexual indiscretions or their misconduct in handling their personal
relationships. Stances were instead adopted on a case-by-case basis, and
any decisions on actions to be taken were open to discussion—within the
limits of armed and vertically structured organizations—and influenced by
the specific circumstances. There were multiple factors that came into play
in each decision. In what follows, I have chosen to examine more closely
class and gender determinants in the case of the ERP and internal power
struggles in the case of the Montoneros.
The Role of Gender and Class in the
Resolution of Love Conflicts in the ERP
By the early 1970s relationship problems had become more visible amid the
rapid growth in membership in the ERP, the massive influx of women, and
the radicalization of political actions. In contrast to the Montoneros, the
ERP incorporated the issue into its policy documents. Luis Ortolani, head
of the ERP’s Córdoba division and an instructor in the training school for
51 Interview with Manuel, Buenos Aires, 27 March 2011. On this topic, see Carnovale,
Los combatientes, 354.
52 Luis Ortolani, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2010.
432 I s a b e l l a Cos s e
leaders, drafted a moral rulebook of sorts. Concerned over the effect that
sentimental crises were having on members, in 1972 he published “Moral
y proletarización” (Morality and proletarianization) in the political magazine
La gaviota blindada (The armored seagull). According to Ortolani
himself, his intention was to address problems that he had witnessed among
members, namely, the imposition of arbitrary measures for alleged moral
offenses and the need to regulate relationships to prevent male members
from taking advantage of their female peers.53
In the text the family was defined as a political and military unit formed
by a monogamous and heterosexual couple who were expected to bear
children for the revolution and participate wholly in the life of the masses.
It explicitly rejected any innovation in relationship styles and the new
importance ascribed to sexuality, claiming it was a way of keeping women
subjugated and of perpetuating bourgeois morality. But even as it criticized
these bourgeois ideas, it also tacitly accepted the bourgeois conception of
marriage and gender inequality as a natural order. Fidelity was extolled and
upheld against the sexual double standard, which tolerated male adultery
while it censured unfaithful women, and also against the behaviors associated
with the sexual revolution, which posited the liberating nature of sex
and the end of ties between men and women. The duties owed to the party
were conflated with those owed to one’s spouse or partner. Romantic fidelity
and political loyalty thus entwined guaranteed order in the organization
and structured party morality.54
As Alejandra Oberti notes, the confrontational style of the document shows
that the orthodoxy it rested on was a response to the nontraditional practices
and ideas that existed in the organization.55 Some party members say it was
mandatory reading material, and others claim it was later banned. Whatever
the degree of institutionalization, the document—the only political text from
the organization that addressed revolutionary morality—was undoubtedly a
key reference for members and was widely read and discussed. According to
Diez, one of the criticisms it received when it first came out was that it was
dated because it defended monogamy.56 These differences were not expressed
in categorical political confrontations or clearly articulated positions, but they
did permeate daily dynamics. The recourse to penalties reveals a concern over
the heightened sexual activity of members. While many turned to sex as a
release and a way of experimenting, Ortolani and other leaders clearly saw
the need to use internal discipline to regulate these behaviors.
Ortolani explains that he became concerned when he observed the everyday
interactions between male and female militants. He remembers, in
53 Luis Ortolani, “Moral y proletarización,” Política de la memoria: Anuario de investigación
del CeDInCI (Buenos Aires), no. 5 (December 2004): 93–102.
54 Ibid.
55 Alejandra Oberti, “La moral según los revolucionarios,” in ibid., 77–84.
56 Diez, El mejor y el peor, 37.
Infidelities 433
particular, a rumor that there was a small group in which, before going out
on an operation, “everyone had sex with everyone” because they believed
sex “recharged” and “pumped them up to attack the enemy.”57 While the
veracity of this self-justifying account is debatable, there is no doubt that the
document was a reaction aimed at regulating and ordering nonmonogamous
relationships and that such relationships were not isolated instances. By
then sexual experimentation had become widespread among certain youth
sectors. For example, in Córdoba—Ortolani’s home province—a group of
left-wing university students advocated free love and lived in communes
with open couples.58 While nothing that radical existed in the ERP, there
were obvious differences of opinion. Pedro Cázes Camarero recalls both the
“moral self-righteousness” of Santucho (“he was very formal and machista
and gave too much importance to discipline”) and those he described as
“liberals” and among whom he included himself. “We came from a kind of
hippie, laid-back experience and found that whole peasant and Vietnameseinspired
moralism a pain in the ass,” he says.59
The ERP’s conception of morality was structured by class. The organization’s
members assumed the vanguard role of the working class, which
they idealized as the embodiment of revolutionary values. This meant
that petit-bourgeois and intellectual members had to combat their own
class tendencies through a process of proletarianization. But the party also
took on the task of defending what it believed were proletarian virtues—
although some proletarianization was necessary even to know what such
virtues were. As Carnovale notes, this inconsistent and paradoxical reasoning
opened the door for combating any departure from the party line as a
petit-bourgeois deviation and a product of the individualism, arrogance,
vacillation, and factionalism typical of that class, as well as a betrayal of
proletarian values.60 In his memoir, Diez explains the term mameluquear
(from mameluco, Spanish for “worker overalls”), commonly used to refer
to the weight that working-class considerations had in decision making, as
workers were favored or judged more leniently (including by giving them
greater responsibilities, excusing their weaknesses, or dropping any accusations
against them), while pequebu (from the Spanish for “petit bourgeois”)
members were treated more harshly.61
The issue was even more complex because for militants it was patently
obvious that so idyllic a view of the working class was at odds with the real
values held by actual workers. This was particularly evident in the case of
infidelity. The party saw infidelity as a product of the moral hypocrisy of
the petite bourgeoisie and contrasted it with the honesty that supposedly
57 Ortolani testimony.
58 Interview with Alicia Kinerstol, Buenos Aires, 8 February 2013.
59 Seoane, Todo o nada, 179.
60 Carnovale, Los combatientes, 228–40; Pozzi, Por las sendas argentinas, 239–44.
61 Diez, El mejor y el peor, 42.
434 I s a b e l l a Cos s e
reigned in working-class marriages. But the reality among workers—even
those who were in contact with middle-class militants—was quite different,
as gender inequality and the sexual double standard dominated their
personal relationships. Working-class militants themselves often excluded
their wives from their political activities, and working-class women in turn
opposed their partners’ engaging in political work because they were afraid
that female militants would seduce them and take them away from their
families. It was certainly true that their husbands were enjoying—perhaps
for the first time—the benefit of being members of a certain class, as their
status as workers and representatives of the “dark masses” made them more
attractive to the opposite sex. This sparked conflicts in the family and set
many wives against the organization. In some cases, their suspicions were
justified. As a female ERP member active in a working-class neighborhood
recalls: “The Party was breaking couples up; I mean, the guys were going
crazy over the women militants [compañeras], . . . [and] there were a lot of
jealous fits.” These interclass romances had political repercussions, as party
leaders had to divert their attention from other matters to save marriages
and calm down angry wives.62
Gender tensions cut across these class tensions. While the incorporation
of women in guerrilla training camps expressed a commitment to gender
equality, it also fueled the fears of those who valued the contribution of
women but—heeding Che Guevara’s advice—believed they were better
suited to the rearguard.63 Some still saw women as the weaker sex and at
the same time were afraid they would challenge male power. Their concerns
were compounded by the uneasiness caused by the new behaviors that were
being adopted by women everywhere—not just in guerrilla groups—as they
embraced their sexuality and became more demanding of their partners.
These fears raised specters that fueled the imagination, and all sorts of
debaucheries were pictured. Not only were cells where “everyone had sex
with everyone” imagined, but charismatic men were also thought capable
of turning “operative houses into their own personal harems.”64
These anxieties explain why the first to be charged with infidelity and
penalized by the ERP’s national authorities was a woman. In the early
1970s an entirely male politburo decided to punish an unfaithful wife
who had been reported by her husband after he found her in bed with a
fellow ERP member. According to Ortolani, the woman had only been
62 Quoted in Pozzi, Por las sendas argentinas, 128, 224, 225, 237.
63 Ernesto Che Guevara, Manual de guerrillas, ca. 1961, available online at http://
librodot.com/en/book/detail_prod/1276 (accessed 25 November 2012). On this subject,
see also Vania Markarian, El 68 Uruguayo: El movimiento estudiantil entre molotovs y música
beat (Bernal: Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2012), 134.
64 Ortolani testimony. See also Diez, El mejor y el peor, 35–37. These fears are also highlighted
in the article “Las compañeras en la Guerrilla,” published in Estrella roja, no. 65 (1
December 1975): 18–19. “Operative houses” were those where activists lived, where they
carried out political tasks, and from which they launched military operations.
Infidelities 435
unfaithful to her husband that one time, and the sexual encounter had
occurred when the other man—a close friend of hers—had turned to her
for comfort after learning that his brother had been killed in combat.
“Nothing exorcises death better than sex . . . so it naturally led to that,”
Ortolani explains. By imposing this penalty on a woman, the leaders were
adopting a position in favor of men, defending the damaged manhood of
their peer who had been cuckolded.65
The decision had repercussions. Certain leaders expressed their disagreement,
recalling that no penalty had been imposed when the now wronged
husband had earlier cheated on his wife. This exposed the unfair treatment
of women and revealed how their behavior was measured with a different
yardstick. When the decision was published in an issue of Boletín interno
(the organization’s internal bulletin, of which no copies have survived) it
fueled fears that the many clandestine relationships that existed would be
discovered, and reports would increase. As an ERP member told Ortolani,
if infidelity reports started pouring in, it would be catastrophic for the leaders’
credibility, because there were many of them, including himself, who
were seeing two or even three women at the same time.66
There was no hegemonic position on these matters in the PRT or ERP,
not even among the higher commands. As Diez recalls: “The situation was
getting out of hand for party leaders, and penalizing every moral infraction
would have meant purging the central committee. These romantic frenzies
were most prominent in the Tucumán regional division. Even historical leaders
—shining examples of proletarianism and revolutionary standing—had
morality issues. It put them in an impossible situation. Some members of
the central committee voted consistently against imposing penalties. Others
defended the principles but looked for alternatives that would not undermine
their authority and applied different solutions to identical problems.
Still others criticized these irregularities and inconsistencies.”67
As some expected, many women whose partners were among the higher
commands turned to the central committee to protest against sexual double
standards. This was the case of Peti, who went before the central committee
with a complaint against her unfaithful husband and succeeded in getting
him removed from the position he held and the other woman demoted
to student status in the party training school she directed.68 This does not
mean that the central committee always decided in favor of the woman. On
the contrary; gender inequality was strengthened by the party’s criticism
of the sexual behavior of female members who entered into new relationships
while their previous partners were in prison. Although for the most
part both cells and authorities accepted these relationships, they demanded
65 Ortolani testimony; see also Pozzi, Por las sendas argentinas, 222–24.
66 Ortolani testimony.
67 Diez, El mejor y el peor, 40.
68 Described in Diana, Mujeres guerrilleras, 61–73.
436 I s a b e l l a Cos s e
“transparency” from women, who were required to be open about their new
partners to avoid giving the idea that they were being unfaithful. The use of
the term “transparency” revealed the enormous value placed on it in what
was a simplified view of romantic relationships that ignored the extreme
circumstances into which these guerrillas had been thrown and denied the
possibility that they could find themselves in ambiguous situations or be
emotionally attached to more than one person at the same time.69 Neither
did it take into account how badly an imprisoned—and most probably
tortured—man could take the news of his partner having replaced him with
another man, or how difficult it would be for the woman who had loved,
and might still love, him to tell him she was seeing someone else.
Gender and class tensions were very much a part of the problems caused
by sentimental crises. The forging of the “new man” undoubtedly sparked
countless conflicts that seared the everyday existence and subjectivity of
these guerrillas but that were also intensely political. Their views on sexual
pleasure and eroticism could not be dissociated from the way in which they
perceived their political relationships, both among themselves and with the
party, and from the position they believed they had to take with respect to
the moral status quo and the new morality they had to construct. Sentimental
conflicts could, moreover, be used politically in ideological disputes
within and outside the organizations.
Political Strife and Sexual Behavior in the Montoneros
On 20 June 1973 Juan Domingo Perón returned from exile and was welcomed
by thousands of supporters in a mass rally that quickly turned into
a bloodbath when right-wing Peronists turned on Montonero militants,
leaving dozens dead. This massacre marked the beginning of a period of
escalating violence and internal strife that continued even after Perón was
elected president in September 1973.70 Far from reconciling the two warring
factions, this triumph seemed to fuel their mutual hostility, with the
members of each faction holding themselves up as the true representatives
of Peronism and viewing the other’s members as adversaries who were
either traitors or infiltrators.
B oth factions became embroiled in a battle to prove who was more
devoted to their leader, to the people, and to the nation in a confrontation
that also had gender and sexual undertones. Right-wing Peronists launched
a campaign against the guerrilla groups that attempted to discredit them
by calling them “drug addicts, homosexuals, and home-grown and foreign
mercenaries.”71 These accusations heightened homophobia among the
guerrillas themselves, who responded to right-wing Peronists by chanting
69 See Carnovale, Los combatientes, 258–59.
70 Sigal and Verón, Perón o muerte, 150–52.
71 “Solicitada, 20 de junio—Ezeiza—20 de julio,” La opinión, 20 July 1973.
Infidelities 437
in marches: “We’re not fags, we’re not junkies, we’re FAR and Montonero
soldiers” and other antihomosexual slogans.72
The use of such homophobic slogans by both the Left and the Right
coincided with the challenges to the sexual and gender order that were stirring
Argentine society. Feminist organizations were questioning for the first
time in the country’s history motherhood; gender, abortion, contraception,
and sexual education were debated in the media; and politicians presented
new bills on divorce and joint custody in parliament. Perón focused, as in
his first two presidencies, on the importance of the family as the foundation
of society and celebrated a domestic life built around the woman’s role as
mother and housewife and the man’s role as breadwinner. Accordingly, the
government passed a pronatalist decree that restricted the sale of contraceptives.
73 The government’s pronatalist measures represented a triumph
for the traditionalist Catholic organizations and far-right sectors to which
Perón turned for support. This family-centered agenda happened within
a context marked by spiraling violence, further isolating the Montoneros,
whose members were hunted and killed by paramilitary forces.
This political situation posed a challenge to the Montoneros as a relatively
new organization that lacked a solid structure and a firm ideological backbone.
74 When it merged with the FAR in 1973 its diversity of ideological
traditions and personal loyalties became even more pronounced. Many FAR
leaders came from the Left and were students or intellectuals who were
part of the bohemian social scene and the cultural antiestablishment and
were thus open to sexual experimentation. This was the style, for example,
of the editorial board of the newspaper Noticias (News), founded by the
Montoneros in 1974 to combat the Peronist Right. It was formed by renowned
journalists and intellectuals, many of whom came from the FAR,
as was the case of the activist and poet Francisco “Paco” Urondo, who
headed the newspaper’s political section.75 As in other papers, the newsroom
provided a laid-back and exciting environment where political and
literary feats competed with drinking and sexual exploits. Martín Caparrós,
who worked for the newspaper when he was just sixteen, remembers how
captivated he was by the uninhibited and hedonistic atmosphere that surrounded
Paco and his group, who felt no guilt in indulging in the pleasures
of the flesh—or, as Javier Urondo recalls his father, Paco, saying, of “wine
and flesh [el vino y la carne],” alluding at the same time to the Argentinian
love of beef and of the female body.76
72 Quoted in Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:681. See also Rapisardi and Modarelli,
Fiestas, baños y exilios, 157.
73 Karina Felitti, La revolución de la píldora (Buenos Aires: Edhasa, 2011).
74 Gillespie, Soldados de Perón, 142–52.
75 Gabriela Esquivada, El diario Noticias: Los Montoneros en la prensa argentina (La Plata:
Universidad Nacional de la Plata, 2004), 86–113, 117–37.
76 Martín Caparrós, No velas a tus muertos (Buenos Aires: La Flor, [1986]), 12, 13, 17.
Javier Urondo, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2005.
438 I s a b e l l a Cos s e
Many of the intellectuals in this group had addressed eroticism and sex
in their artistic production. A few years earlier, in 1965, Pirí Lugones, a
Montonero militant, had penned a short story portraying the erotic games of
a group of intellectuals and a complicated love triangle. The story reflected
Pirí’s real-life stormy affairs and the wild parties she hosted, where rock stars
and famous novelists mingled with guerrillas.77 In a 1974 autobiographical
novel that was essentially a portrait of the revolutionary intellectual, Urondo
reflected on the meaning of love, how it differed from simple infatuations,
and what the future held for revolutionary couples. When he wrote the
novel, Urondo had just broken up with a prominent theater actress because
he had fallen in love with another woman. His new love, Liliana “Lili”
Massaferro, was a forty-seven-year-old editor, model, and actress famous
for her great beauty and her promiscuous youth who had thrown herself
into activism in 1971 after her oldest son was brutally slain by the police.78
In his novel, Urondo admitted that couples could experience “displaced
affinities” (most likely alluding to the “elective affinities” that Goethe had
used to explain the fleeting nature of attraction).79
A similar concern was a central theme of Nicolás Casullo’s first novel,
Para hacer el amor en los parques (Making love in the park), a semiautobiographical
account of the adventures of a group of friends who engaged
in short-lived affairs amid collective dynamics marked by camaraderie,
eroticism, and emotional commitment.80 The author, a Montonero leader,
believed that love was something that had to be experienced as often as
possible. In his circle, it was hard for women to say no to sexual advances, in
contrast to how things had been a decade earlier. In Casullo’s words, “saying
no would have sounded ridiculous, unacceptable,” as “the revolution was
also made in bed: the more orgasms you had, the more revolutionary you
were, and the more revolutionary you were, the more orgasms you had.”
Beyond the sexual boasting, this account eloquently shows that there was a
new social mandate to engage in sex as much as possible, which for women
often entailed social coercion.81
In any case, sexual freedom was not limited to men. Many young
Montonero women enjoyed challenging sexual puritanism. Mercedes
Depino remembers how she and fellow FAR militants viewed sexuality
differently from the original Montoneros: “We were very wild in that
sense [in couple relationships]. We were careless because of the sense of
77 Pirí Lugones, “Homenaje a Kinsey,” in Crónicas del sexo, ed. Manuel Mujica Lainez et
al. (Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965), 25–34.
78 Her son, Manuel Belloni, had been a member of the Fuerzas Armadas Peronistas.
Laura Giussani, Buscada: Lili Massaferro; de los dorados años cincuenta a la militancia
montonera (Buenos Aires: Norma, 2005), 145–50.
79 Francisco Urondo, Los pasos previos (1974; Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2011),
178–80.
80 Nicolás Casullo, Para hacer el amor en los parques (Buenos Aires: Altamira, 2006).
81 See Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:597.
Infidelities 439
freedom we had . . . because of our activism. We didn’t want to relinquish
our freedom in any way, . . . and suddenly, there was this fixed, closed
structure governing couple relationships.”82
Their experiences were obviously different from those common among
the Montonero leaders who came from a Catholic background. These
circles were dominated by family-centered ideas, which held the family
up as the foundation of society and combined the Peronist and Catholic
traditions.83 Mario Firmenich, for example, believed militants should have
five children—at a time when the average birthrate was half that—in order
to boost population growth with future revolutionaries, and he proudly
presented his family life as an example.84 In line with this sentiment,
Agrupación Evita (Evita Group), a Montonero popular front formed in
1973 and named in honor of Eva Duarte, Perón’s famous second wife and
a popular leader in her own right, sought to appeal to working-class women
as housewives and mothers. But the female militants in the group—for the
most part middle-class students—could not accept that domestic life was
the sole fate of women, and many considered being assigned to Agrupación
Evita a punishment. The interactions with working-class women, however,
opened the eyes of most to the issues faced by women and the political
connotations of gender inequality in the home.85
In sum, sexual issues were a source of disagreement among Montoneros,
but they did not give way to an official document setting out principles.
Instead, they were intertwined with political disputes. In 1974 the
Montoneros were wrapped up in intense political discussions over how to
deal with escalating attacks from paramilitary groups and Perón’s support
for such actions. On 1 May 1974 the Peronist leader drove the Montoneros
out of Plaza de Mayo in Buenos Aires, where workers had gathered for an
International Workers’ Day rally. The break with Perón fueled militarist
tendencies in the Montoneros, who decreed that the organization would
go underground. The decision was made without consulting its members
and sparked heated internal debates.86
At Noticias, this decision spurred disagreements with the staff over the
paper’s editorial line, and Urondo was removed from the newspaper.87 At
82 Mercedes Depino, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2003.
83 Among the first Peronists there was a range of positions regarding family, but they all
shared a rhetoric that defended “the family” as “the basic cell of society,” the maternal role of
women (an argument used when women were granted political rights in 1947), and the protection
of children. See Isabella Cosse, Estigmas de nacimiento: Peronismo y orden familiar
(Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006).
84 “Montoneros: Guerreros políticos (Interview with Mario Eduardo Firmenich),” in
Gabriel García Márquez, Por la libre: Obra periodística (1974–1993) (Buenos Aires:
Sudamericana, 2000), 111.
85 Karin Grammático, Mujeres Montoneras: Una historia de la Agrupación Evita, 1973–
1974 (Buenos Aires: Luxemburg, 2011).
86 Urondo testimony.
87 Gillespie, Soldados de Perón, 220–21.
440 I s a b e l l a Cos s e
the same time, Urondo’s own conflictive love life became public and triggered
a crisis that impacted the organization’s leadership. Paco had recently
begun a relationship with Alicia Raboy, a twenty-five-year-old Noticias
reporter, while still with Lili. Lili learned of the affair by accident and, according
to her own account, immediately requested a meeting with Julio
Roqué, their superior. She was among the women who, through their work
in Agrupación Evita, were becoming aware of the issues faced by women,
and she now reproached her partner’s behavior as not befitting of the “new
man.” She argued that it echoed old hypocrisies and that Paco was behaving
like the stereotype of a manager who has an affair with his secretary. She
demanded that the organization “really” lecture its members on the new
values that should be embraced by the “new man”; otherwise, the men in
the organization would be no more than “cowardly and unfaithful sexists,
just like any other member of the petite bourgeoisie.” Her denunciation
linked the importance placed on loyalty by Peronists with a rejection of the
petit-bourgeois lifestyle and the sexual double standard. The organization
took up Massaferro’s defense and penalized Urondo, bringing him down
several ranks in the Montoneros hierarchy.88
None of the accounts of this episode question the veracity of the penalty.
there are disagreements over what actually motivated it. Urondo’s
friends claim that the organization’s leadership took advantage of the
situation to reinforce his removal from Noticias.89 The accounts are
revealing in showing how these decisions could advance various political
agendas within the organization. In fact, Paco’s son, Javier Urondo,
who was seventeen at the time, remembers that in the Montoneros,
“monogamy was the only form of relationship accepted by the status
quo, but at some levels of the organization there was some flexibility.”
His father’s story shows that one could take advantage of that flexibility
but that the leadership also had the power not only to put an end to it
but also to use it against whoever did.
Political Loyalty and Romantic Fidelity
in Times of Torture and Disappearances
Perón’s death in 1974 crushed once and for all the hopes that had been
pinned on his ability to solve Argentina’s crisis. The administration of María
Estela Martínez de Perón—Perón’s third wife and widow, popularly known
as Isabel Perón, who succeeded him in the presidency—was unable to check
soaring inflation and quell the discontent it was sparking in the population
or stop the spread of social protests and guerrilla actions. The reaction of the
government, dominated by the far Right, was to further increase its support
for the armed forces. In 1975, after Martínez gave them the authorization
88 Giussani, Buscada, 215.
89 Esquivada, El diario Noticias, 223–25; and Montanaro, Francisco Urondo, 80–90.
Infidelities 441
to “wipe out subversion,” the armed forces launched a full-scale military
attack against radical militants, engulfing the country in torture and death.90
They began their offensive in the province of Tucumán, one of the main
strongholds of the ERP, in a crackdown that ushered in the final stage of the
revolutionary war. Initially, the organization sought to combine guerrilla
actions with legal activities, but it quickly shifted to a military strategy alone
in the belief that this would intensify political contradictions and precipitate
the revolution. The ERP began organizing a regular army. Military ranks
were established, power was concentrated in a single political and military
chief (Santucho), discipline was tightened, and a greater emphasis was placed
on revolutionary morality.91
Heroism was taken to a higher level with a new rhetoric. Estrella roja
(Red Star), the ERP newspaper, began featuring narrative accounts by
anonymous combatants who embodied the canon of virtues, among which
the most important were giving oneself entirely to the cause, even if it
meant death, and “resisting torture.” In these columns, loyalty was more
than just a political and moral mandate; it became emotionally charged
as it connected the living with the dead at a time when increasingly large
numbers of members were being captured, killed, or disappeared. The flip
side of this emotional imperative was discipline. The government’s military
offensive demanded, according to ERP leaders, greater internal order to
improve the organization’s own military capacity, with an “iron discipline”
among subordinates and a “skillful and efficient command” from leaders.92
In this context, the Tribunal de Justicia—a disciplinary panel approved
five years earlier—was finally formed and charged with administering justice
within the organization, setting its political agenda, and developing
the party. When it was created, no one thought anything of extending the
tribunal’s jurisdiction to the sex lives of its members. Far from it, when the
subject of sexual behavior came up at the meeting that created the tribunal,
everyone burst into laughter when a metalworker from a working-class
district of Buenos Aires finished his tirade against “double” relationships by
recommending that “anyone who wants to keep a second woman should
make sure to keep her very far away.”93
The first decisions issued by this justice tribunal were equally contradictory.
The members appointed to the body were barred from serving
because they themselves had been disciplined for having been unfaithful
90 “El operativo independencia en Tucumán,” in “Ese ardiente jardín de la República”:
Formación, y desarticulación de un “campo” cultural; Tucumán, 1880–1975, ed. Fabiola Orquera
(Córdoba: Alción, 2010), 377–400.
91 Carnovale, Los combatientes, 276.
92 “Carta a Clara María de su compañero,” Estrella roja, no. 52 (9 April 1975); Alberto
José Munarriz, Estrella roja, no. 66 (15 November 1975); “La vida en el monte,” Estrella
roja, no. 65 (1 December 1975).
93 Quoted in Martínez, Género, política y revolución, 88, 98; and Pozzi, Por las sendas
argentinas, 241.
442 I s a b e l l a Cos s e
to their partners. At its first session, the tribunal heard the case of one of
its members, Lucio, who had “initiated a parallel relationship with another
woman” after his appointment. At the following session, a second member,
Matías, came under scrutiny when in an exercise of self-criticism after being
appointed he confessed to having secretly maintained a double relationship
over a period of eight months, although he had since ended it. The third
case of sexual misconduct among its members considered by the tribunal
was that of Leopoldo, who, in addition to being a member of this body, was
one of the commanding officers. Not only had he concealed his relationship
with another woman, but when it became public he had also continued
to see her and refused to “regularize” his situation, despite being ordered
repeatedly to do so.94 The penalty for each officer depended on the degree
of concealment of his alleged moral offense and his party rank. All three
were removed from the tribunal, but Matías, who had come clean on his
own, had examined his conduct, and did not occupy a leadership position,
was not suspended from the organization and received instead a recommendation
to be “reeducated.” The other two members received harsher
penalties: Lucio was suspended from the Central Committee for a year, and
Leopoldo was taken off the Executive Committee for eighteen months.95
Being suspended meant that they stopped receiving the stipend that most
full-time and clandestine activists depended on to support themselves, so
it was a harsh penalty. These cases show how common had become the
contradiction between an ideal of moral uprightness and the actual experiences
of the militants and their living conditions, which favored more
open, fluid, and fleeting coupling. But it also demonstrates how as these
organizations stepped up their militarism they also tightened their control
over all aspects of their members’ lives, effectively precluding any chances
of contesting the dominant morality.
B y 1975 the Montoneros were imposing strict rules of personal conduct
and applying harsh penalties to anyone who deviated from them. Evita
Montonera, the organization’s newspaper, revisited the issue of revolutionary
morality and torture. Drawing on the moral authority of Algerian
revolutionary leader Franz Fanon, the paper explained that political awareness
built up the moral fortitude necessary to withstand torture and posed
a question that many militants were probably asking themselves: “Can a
fellow militant [compañero] be justified for breaking under torture and
talking?” The answer given was categorical: “NO, nothing can justify it.”
Anyone who talked lacked the fighting spirit required of all revolutionaries,
and the penalty for all “traitors and snitches” was execution.96 As the
organization became more and more militarized and the number of torture
and death victims grew exponentially, the loyalty mandate was intensified
94 “Tribunal partidario,” Boletín interno, no. 95 (27 November 1975): 6.
95 Ibid.
96 “Juicio revolucionario a un delator,” Evita Montonera, no. 8 (September 1975): 21.
Infidelities 443
to the point that deviating from it could be punished by death. A corollary
of the greater value placed on loyalty was the glorification of the family and
the militant’s duty toward it. The paper highlighted the link between giving
oneself entirely to the cause and being “emotionally mature” in matters
of the heart.97 These views were in line with the exaltation of heterosexual
virility as a trait of the ideal guerrilla, which aimed at counteracting the far
Right’s portrayal of guerrillas as effeminates and drug addicts.
In this way, revolutionary commitment—not as passionate surrender but
as controlled determination—went hand in hand with emotional stability and
restrained and responsible love. But for many activists, life was far from being
ordered and stable. On the contrary, as Adriana Robles remembers: “Couples
were living under great pressure due to political circumstances and clandestine
life; relationships were being formed and breaking up” constantly.98
As with the morals upheld by the ERP, the glorification of the family
by the Montoneros confronted the antisubversive discourse that projected
onto guerrillas the fears that the sexual revolution (in its multiple and diverse
meanings) had sparked in significant sectors of Argentine society. The wave
of repression unleashed by the armed forces was accompanied by a vociferous
antisubversive rhetoric from traditionalist Catholic organizations and far Right
groups, which painted a picture of the enemy as a threat to both nation, family,
and religion. Guerrillas—and especially women guerrillas—were depicted in
such a way that their social and political antiestablishment stance was linked to
a destabilization of the moral, familial, sexual, and gender order. This image
was reproduced most starkly in the torturing of women guerrillas, as they
were subjected to viciously cruel torments that revealed the “double threat”
to the gender and political order that their lives posed and that brought about
a “sexualization” of the state’s extermination operations.99
It was within this context, then, that the Montoneros, like the ERP,
stepped up their militarism and tightened the measures that regulated their
love and family lives. In October 1975 the Consejo Nacional Montoneros
(National Montonero Council) decided to implement a political strategy
that prioritized military actions; at the same time, it also adopted the Código
de Justicia Penal Revolucionario (Criminal code of revolutionary justice).
Articles 4, 5, and 6 defined the crimes of treason, collaboration with the
enemy, confession, and breaking under torture. Article 16 defined infidelity
as having sexual relations with someone other than one’s partner and
equated it with the crime of “disloyalty.” The code stipulated that the two
parties involved in such an affair would be considered guilty even if only
one of them had a steady partner. This definition was a significant innovation
with respect to the code’s precedent, adopted in 1972, where infidelity
97 “Dos Jefes Montoneros caídos,” Evita Montonera, no. 9 (November 1975): 22.
98 Adriana Robles, Perejiles: Los otros Montoneros (Buenos Aires: Colihue, 2004), 118.
99 See Vasallo, “Militancia y transgresión,” 28; D’Antonio, “Rejas, gritos”; and Manzano,
“Sexing and Gendering.”
444 I s a b e l l a Cos s e
was not addressed. No penalties were specified; rather, these were left to
the discretion of the tribunal in each case. Yet a separate chapter listed
the possible penalties for all offenses: demotion, expulsion, confinement,
banishment, prison, and execution.100
The actual authors of the code are not known, and there is no information
about the discussions it generated, if any. But we do know that the
first to be judged under the code was Roberto Quieto, the organization’s
second-in-command, originally a FAR member. On 19 January 1976 he
was found guilty of betrayal while he was being held by the military. He had
been picked up twenty days earlier, when he was spending the afternoon
with his family at a Buenos Aires beach, breaking the strict security rules he
himself had set. In the weeks leading up to his abduction, his friends had
found him dispirited by the escalating repression and concerned over the
triumph of the positions advocating military action.101 The tribunal sentenced
him to demotion and death because he had allowed himself to be captured
alive and had allegedly given information under torture. Many Montonero
members criticized the ruling, which was ultimately not enforced, as Quieto
was never found alive, another victim among the disappeared.102
In the sentence, published in Evita Montonera, the tribunal claimed
that Quieto’s reaction to the kidnapping resulted from “severe selfishness”
and expressed his “individualistic and liberal” tendencies, which had been
apparent for some time not only in his “failure” to live in a safe house but
also in the “poor decisions” he had made in his family life. This was an
allusion to the refusal by his wife, Alicia Beatriz Testai, to participate in
armed struggle, thus allegedly putting her husband at risk whenever he
visited his family. But it was also a reference to the repeated crises in his
marriage, which were further complicated by his affairs with other women.
The sentence thus drew a parallelism between complicated family situations
and political treason that took on a clearly didactic tone.103
The same Evita Montonera issue that featured Quieto’s sentence emphasized
the intended lesson with an obituary that was its antithesis: a tribute
to “Manuel,” the El Litoral region commander. He represented the kind of
heroic leader who proved his loyalty by choosing to die rather than surrender.
According to the Montonero newspaper, this loyalty was in line with the
100 Consejo Nacional Montoneros, “Código de Justicia Penal Revolucionario,” 4 October
1975, Lucha armada 3, no. 8 (2007): 124–27. On the code, see Laura Lenci, “Justicia, política
y violencia: Un análisis de los cuerpos normativos Montoneros, 1972–1975,” Jornadas
de los partidos políticos, Buenos Aires, 25 April 2008.
101 This is confirmed by Lila Pastoriza, “La ‘traición’ de Roberto Quieto: Treinta años de
silencio,” Lucha armada 3, no. 6 (May–June–July 2006): 4–31; and by Alejandra Vignollés,
Doble condena: La verdadera historia de Roberto Quieto (Buenos Aires: Sudamericana, 2011),
170–71.
102 “Juicio revolucionario a Roberto Quieto,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–
March 1976): 13–14.
103 Ibid. On the internal situation, see also Gillespie, Soldados de Perón, 264–72.
Infidelities 445
slain leader’s faithfulness to his wife.104 Ultimately, the aim of these articles
was to make sure that members knew what the organization expected of
them. The direct connection between sacrificing one’s life out of political
loyalty and leading one’s personal life according to the organization’s strict
moral guidelines constituted a single, explicit, and irrevocable mandate.
Quieto’s sentencing was a key piece in the construction of the demonized
figure of the traitor within the Montoneros. The growing number of
casualties was tragically accompanied by the denunciation of survivors, as
Ana Longoni has pointed out, in the understanding that the only way prisoners
could have come out alive was by surrendering information, which
made them traitors. For women it also was seen as meaning they were guilty
of sexual involvement with the enemy. This association of culpability was
based on a hero-traitor dichotomy that did not take into account the radical
asymmetry of vulnerability and domination between the tortured and subjugated
prisoners and their captors. It led the Montoneros to adopt a decision
that distinguished it from other left-wing organizations, as it instructed its
members to commit suicide if they were captured, producing cyanide pills
for that purpose and distributing them among its leaders and militants.105
These instructions contributed to more widespread fear. Paco Urondo
himself—a friend of Roberto Quieto—was deeply upset by the leadership’s
decision.106 Urondo was sent to the region of Cuyo by his superiors, despite
having requested a different destination because he was well known there
and feared he would face greater risk there. Shortly thereafter, on 17 June
1976, he was gunned down by members of the armed forces, but not before
he had swallowed the cyanide pill as instructed. The obituary in Evita
Montonera said nothing of Urondo’s request. Neither did it mention that not
long before his death he had been penalized by the organization because of
how he chose to conduct his love life and that he had refused to make any
changes.107 On the contrary, before he left for Cuyo, he made out a will where
he acknowledged Ángela, his daughter by Alicia. But their sacrifice—Alicia
was kidnapped in the same operation while trying to escape—had redeemed
them both: they had been made into a revolutionary example.
During those months, as losses increased, the Montoneros adopted new
measures to control their members’ love lives. They required everyone to
report their relationships formally to their superiors and to wait six months
before living together. According to Adriana Robles, this measure was
adopted to address security concerns that made it hard to guarantee the
safety of higher-ranking members in safe houses. But it was also part of the
organization’s attempts to bolster its members’ “revolutionary spirit” by
104 “Un jefe Montonero no se entrega,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–March
1976): 16.
105 Longoni, Traiciones, 119–23.
106 Javier Urondo, quoted in Vignollés, Doble condena, 208.
107 “Oficial 1o Francisco Urondo,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–March 1976): 68.
446 I s a b e l l a Cos s e
adopting a stricter “moral stance.” Looking back, Robles says, “I realize
now that six months was a very long time to get to know each other under
the vertiginous lives we were living. But what impresses me most is that
[six months] was much, much longer than what many of us were going to
live.”108 In her case, she and her partner had to give up their house to another
couple who had been together longer and, perhaps coincidently, were
high-ranking members. This six-month rule was met with much disagreement.
According to Depino, many spoke against the decision. She herself
refused to formalize her relationship with Sergio Berlin, who would later
be kidnapped and disappeared. She was nonetheless ordered to examine her
behavior and admit her mistakes in order to avoid being penalized by the
organization.109 This disciplinarian approach gained increasing strength as
more and more activists were killed or captured. In a 1978 interview published
by a Spanish magazine, Horacio Mendizábal—a top-ranking officer
with a Catholic background who would later be disappeared—explained that
the Montoneros demanded that its members be as loyal to their romantic
partners as they were expected to be to the organization.110
This strategy, however, proved inadequate in countering the blows
from the armed forces, which had intensified their kidnapping, torture,
and disappearance methods against guerrillas and activists. The militants
who were still alive were no longer restrained by the harsh discipline of
the groups. Ana Testa and Juan Silva settled in Buenos Aires. Ana quickly
found a job, but Juan could not conceive of a life outside the cause. In
1979 he “hooked up again” with the organization, accepting its conditions:
if his wife refused to rejoin the organization, he would have to
live apart from her and their daughter. He left home on Father’s Day. “I
couldn’t understand it, because I was still completely in love with him
and he with me,” Ana said. Months later she was kidnapped and tortured
but was released alive. Her survival meant bending to a different morality
and pretending to have found her “true” femininity in order to make
her captors believe she had been morally reformed. She also witnessed
how other kidnapped women had to play along with their captors in a
perverse game of seduction.
Ana never saw her partner again.111 Juan refused to see her because he
believed that the only way she could have survived was by betraying the
organization. Shortly thereafter, he was kidnapped and disappeared. Ana
never had a chance to tell him that she had never been unfaithful and that
when she was tortured she had not given any information implicating him.
108 Robles, Perejiles, 118.
109 Depino testimony.
110 Viviana Gorbato, Montoneros, soldados de Menem ¿Soldados de Duhalde? (Buenos Aires:
Sudamericano, 1999), 305.
111 See, more generally, Vasallo, “Militancia y transgresión”; and D’Antonio, “Rejas,
gritos,” 89–108.
Infidelities 447
Her eyes still light up today when she speaks of him, and the love that still
lingers in her eyes makes her pain more heartbreakingly real.
This article opens and closes with Ana Testa because her story crystallizes
the dense and complex intertwining of love, sexuality, and revolutionary
commitment in Argentina’s guerrilla groups. My aim is to shed light on
the unique intersections of sexuality and politics in Argentina in the 1960s
and 1970s. To do that, I have followed three lines of inquiry.
The first explores the specific characteristics of the politicization of personal
relationships in Argentina’s armed groups. In Europe and the United
States, the overlapping of the personal and the political entailed acknowledging
the discrimination caused by gender inequality in a combination
of affective individualism and the human rights paradigm. In contrast, in
Argentina’s armed groups, the personal became political within a collectivity
that sought to build new moral foundations with the aim of banishing
capitalist values (including individualism) from social relations but also from
family and romantic relationships. Far from advocating individual freedom,
the revolution demanded that its members give themselves entirely to the
collective cause and place the revolutionary struggle before their personal
feelings, a logic that questioned the very separation between the private
and the collective and, instead, regarded the intertwining of the two as
natural. While this view was hegemonic, it coexisted with two variations.
First, there was a concern that sexual behavior and romantic problems
could affect military strategies—whether security measures, morale, or
internal conflicts—and political discussions. These groups glorified family
values and heterosexuality in part as a way of countering the accusations of
immorality and sexual excess hurled by repressive forces and the far Right,
but also because they were convinced that sexual debauchery weakened
them for reasons of security, internal order, or morality. Second, there was
a recognition of the political nature of male domination—or women’s
inequality, at least—bringing into the open the political connotations of
gender differences. These different notions of the political nature of the
personal often clashed and were scarcely addressed by both organizations in
their ideological discussions, although they were more important within the
ERP than in the Montoneros, which was also characterized by the influx of
family-centered ideas from the first Peronism and from Catholic tradition.
The second line of inquiry entails applying a social history approach
to the analysis of these armed groups. I explore this perspective from two
angles. First, by acknowledging the porous lines that separated these organizations
from the outside world, I gain new insight into the dissonance
between the sexual conduct and attitudes of individual militants and the
rules that sought to regulate their personal lives. These organizations—and
their members—were influenced by the same conflicts that were shaking
up the familial and sexual status quo in Argentine society in the 1960s and
448 I s a b e l l a Cos s e
1970s. This perspective leads me to assess the role of heterogeneity within
these organizations, valuing its importance for interpretative purposes.
Second, considering these groups from a social perspective requires that I
look more closely at the characteristics of their membership structure and
the daily interactions, interests, and conflicts that shaped the relationships
among members and between members and their organizations. This allows
me to reconstruct the different views on sexual morality that existed within
these organizations and that resulted in different attitudes, stances, and
judgments that, while not crystallizing in fully articulated positions—not
least because positions that deviated from the party line were frowned on
as factionalism—permeated the everyday and the ways in which conflicts
over sentimental crises were handled. Its analysis revealed that different
tensions, interests, and visions were at play in the conflicts created around
sexuality. Gender inequality and class differences were explicitly interwoven,
which underscored class contradictions and brought to the fore the anxieties
sparked by the incorporation of women into guerrilla activities as well as
by the new forms of femininity. While these are studied in greater detail in
the case of the ERP, they were also present among the Montoneros. Generational
differences also played a significant, although less evident, role.
The massive numbers of young people in these organizations accentuated
the conflicts regarding sexual morality, but generational factors combined
with class and gender differences without overshadowing them. The vast
majority of activists were young, and many were only just discovering
their sexuality while simultaneously embracing the revolutionary cause.
And they did so in a context in which the younger generations formed the
frontlines of a confrontation against familial, sexual, and gender orders of
which many militants also felt a part.
This cultural, social, and political context shaped the subjectivity of
militants. It enabled the existence of a variety of relationship styles, which
were accompanied by an equally diverse range of relationship issues within
the organization that were impossible to understand from rigid and simplistic
viewpoints. The very living conditions of the activists—underground
life, guerrilla fighting, constant brushes with death—favored a dynamics
of fleeting, contingent, and flexible relationships among the young people
who were being hurled into emotionally demanding political, collective,
and personal experiences. This reconstruction provides greater insight
into the intersecting of revolutionary politics and sexuality by focusing
on the conflictive tone that such interventions acquired and the existence
of different definitions, ideas, and attitudes toward the armed Left’s
commitment to building new moral foundations. While disagreements
arose in different situations and were sparked by varied factors, I have
highlighted the tensions caused by gender and class and those emerging
from subjective contexts, forms of social interaction, power structures,
and specific political circumstances.
Infidelities 449
The third line of inquiry looks to the diachronic dimension—the chronology
itself—as an explanatory factor that highlights the historical—and
thus mutable and to a certain extent contingent—nature of the concrete
measures taken with respect to sexual morality, as well as their ideological
and emotional importance. I have identified three key moments. The
first was the origins of these organizations, when foundational elements
operated to legitimize the need to control sexual desires, subject the love
lives of party leaders to collective scrutiny, and favor the establishment of
rigid moral standards. From the onset both organizations combined these
foundational elements with the notion of loyalty, though they were not
developed without some resistance. The second moment is defined by the
growing political importance and expanding membership of the organizations
(including women joining in larger numbers) and is characterized by an
explosion of sexual conflicts. Neither organization had an established system
of penalties to deal with these conflicts or to punish members who failed
to conform to the expected moral standards. Instead, behaviors that were
found at fault were dealt with on a case-by-case basis and after discussion.
The third moment is marked by escalating repression and the emergence
of state terrorism, which boosted the more militaristic factions within the
two organizations and led them to increase their control over the sexual
and love lives of their members. The development of penal codes for moral
infractions, which equated romantic infidelity with political disloyalty, served
to naturalize the parallels between how militants behaved in their personal
lives and how committed they were to the cause. Giving oneself entirely
to the cause and accepting order in one’s personal relationships were two
sides of the same coin, constituting an explicit and irrevocable mandate.
While the magnitude of repression and the growing number of members
who were being kidnapped and disappeared precluded any possibility of
challenging this view, they did not diminish its political, practical, and
emotional significance. Leaders still dealt with relationship crises at their
discretion, using them to settle internal disputes and set examples through
penalties, as well as to resolve logistic issues or step up security measures.
No less important was the use of sentimental bonds by repressive forces,
which, in their efforts to dismantle the organizations, threatened militants
with harm to partners or spouses and relatives.
No guerrilla was ever sentenced to death for being unfaithful to a romantic
partner, but family and relationship problems had political repercussions
inside and outside the organizations. From the onset, it was evident that
personal lives were a core dimension of activism and political struggle within
and outside these armed groups, and this is key not only for understanding
the characteristics, ideological definitions, and internal conflicts of the
organizations but also for shedding light on the political and ideological
confrontation and the cultural disruption that cut across Argentine society.
In 1975 that importance reached its maximum expression. Paradoxically,
450 I s a b e l l a Cos s e
as the state’s repressive forces implemented an unprecedented system of
extermination that would leave no trace of the bodies of the victims—not
before subjecting them to vicious sexual and psychological abuse—the
response from these organizations was to confuse romantic infidelity with
political treason and exert greater control over their members, for many of
whom affection, love, and sex had become the only weapons they had to
make them feel that life was still possible.
About the Author
I s a b e l l a Cos s e received her PhD in history from the Universidad de San
Andrés, and she is currently a researcher at Argentina’s Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas. Her publications include the books
Estigmas de nacimiento: Peronismo y orden familiar, 1946–1955 (Buenos
Aires, 2006) and Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (Buenos
Aires, 2010), as well as articles in journals such as Journal of Family History,
Hispanic American Historical Review, and Estudios interdisciplinarios de
América Latina y el Caribe. She has also edited with Karina Felitti and Valeria
Manzano Los ’60 de otra manera: Vida cotidiana, género y sexualidades
en la Argentina (Buenos Aires, 2010).