MEMORIAS: DERROTAS Y RESISTENCIAS

MEMORIAS: DERROTAS Y RESISTENCIAS

1 mayo, 2018 editor DEBATES 0

Por Andrés Vera Quiroz.

Encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer (Walter Benjamin, 1940).

A 28 años de finalizada, la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet Ugarte y a 45 años de perpetrado el violento golpe de Estado aún quedan cosas pendientes en nuestro país. La evidencia de lo anterior quedó registrado en dos hechos visiblemente claros pero diametralmente contrapuestos: los dichos del parlamentario de la UDI, Ignacio Urrutia Bonilla, al calificar de “terroristas con aguinaldo” a las personas que sufrieron numerosos vejámenes de la represión política en el contexto de la discusión de un proyecto de Ley (que en sí, no cumple estándares internacionales) para otorgar un monto de 3 millones por única vez a los ex presos políticos del régimen de facto y el segundo hecho; la entrega de títulos póstumos y simbólicos a un centenar de estudiantes de la Universidad de Chile que no pudieron finalizar sus estudios debido a la detención y desaparición por agentes de Estado durante el período dictatorial. Lo último, como un gran acto de justicia, memoria y resignificación esencial para cientos de hombres y mujeres.

Tomo el libro “Lo que queda de Auschwitz: El Archivo y el testigo” y extraigo la siguiente cita: “Lo decisivo es sólo que las dos cosas no se confundan, que el derecho no albergue la pretensión de agotar el problema. La verdad tiene una consistencia no jurídica, en virtud de la cual la quaestio facti no puede ser confundida con la questio iuris” (Agamben, 2000: 16)

Desde el primer día de instalada la dictadura militar, los familiares y acompañantes se fueron agrupando en la búsqueda de sus parientes cobrando una fuerza gigante el ¿DÓNDE ESTÁN?, con el correr del tiempo, clamando, marchando y exigiendo Verdad y Justicia, y en el último tiempo, ese tiempo que no se detiene… buscando reivindicaciones justas y necesarias.

El Estado ese mismo que atropello los derechos fundamentales ante su clamor generoso respondió en la medida de lo posible, a saber:

  1. El Informe Rettig entregado en febrero de 1991 bajo el gobierno de Patricio Aylwin Azócar.
  2. Las Leyes de Punto Final (acuerdo Figueroa – Otero) de 1995. Este proyecto de Ley evitaría los procesamientos, restringiría las investigaciones judiciales a la localización de los restos de los “desaparecidos”, garantizaría el secreto total para estas investigaciones y permitiría que se archivaran los casos antes de que se hallaran los restos o se estableciera toda la verdad.
  3. Detención de Pinochet Ugarte en Londres en octubre de 1998 en virtud de una orden de captura emitida por el juez español Baltasar Garzón Real. Las diversas apelaciones y tratativas del gobierno de turno saliente y entrante dieron sus resultados en marzo del 2000, el Ministerio del Interior británico resolvió liberarlo por razones humanitarias. Ese mismo año de regreso en Chile, el senador debió enfrentar un proceso de desafuero por el caso “Caravana de la Muerte” que llevaba el juez Juan Guzmán Tapia. Finalmente fue desaforado y el citado proceso sobreseído por razones de demencia senil el 2002.
  4. La Mesa de Diálogo por los Derechos Humanos convocada en agosto de 1999 bajo el gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle. La cual entregó un listado en enero del 2001 con el destino final de 200 detenidos desaparecidos.
  5. Informe Valech entregado en noviembre de 2004 bajo el gobierno de Ricardo Lagos Escobar y su propuesta sobre Derechos Humanos del 2003, “No hay mañana, sin ayer”.
  6. Informe Valech II recepcionado en agosto de 2010 bajo el gobierno de Sebastián Piñera Echeñique.

Entonces abro el libro “Recordar, Violación de derechos humanos: una mirada médica, psicológica y política”, y quedo prendido con la siguiente cita: “De modo que la verdad, aunque oficial, fue parcial y escindida, sin nombres de los responsables y sin ser entregada a la comunidad en forma masiva y sencilla, de modo que fuera asumida por toda la sociedad civil. Lo sucedido quedó en la nebulosa, hizo que la mentira continuara y la confusión persistiera, que la realidad no se reconstruyera, no se socializara, no se comunicara, sino más bien se callara y ocultara” (Rojas, 2017: 55-56).

El honorable diputado Urrutia junto a muchos otros silentes olvida que el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de personas existieron durante todo el período que se extendió la dictadura militar.

Estadio Nacional, Estadio Chile, Pisagua, Chacabuco, Londres 38, Nido 20, Academia de Guerra Aérea, Colonia Dignidad, Venda Sexy, Cuartel Silva Palma, Cuartel Simón Bolívar y Villa Grimaldi por nombrar algunos con más o menos relevancia, con más o menos víctimas, con más o menos sadismo y aberraciones en su interior.

En esas casas, centros de detención, tortura y desaparición final, estuvieron y pasaron miles de hombres y mujeres en distintos períodos. Lugares que con el tiempo se convirtieron en verdaderos anfiteatros del terror, en los cuales se “extirparía el cáncer marxista” como planteaba el general Gustavo Leigh Guzmán y que formaban parte del enemigo interno, sitios donde se fraguó el poder desaparecedor del Estado. Eran lugares en los cuales – en dichos del Mocito- no existía Dios.

Steve J. Stern, historiador y académico de la Universidad de Wisconsin, traza la noción de memorias sueltas y emblemáticas. Las primeras corresponden al recuerdo de la experiencia personal y las segundas corresponderían a una memoria colectiva que permite ser un marco interpretativo de las memorias sueltas. Son las memorias emblemáticas las que permiten darle un sentido a la memoria suelta, personal e individual.

No cabe duda que sí seguimos la reflexión de Stern, reconocemos en las memorias colectivas el carácter de interpretativas y con capacidad de dar sentido, se hace evidente que las memorias emblemáticas disputan la hegemonía en el escenario social. Es decir, una suerte de competencia por la supremacía, al modo de competencias que señala Bourdieu en su concepto de habitus y campo. Así las memorias definen sus relaciones de poder al interior del campo.

Para Stern, en Chile las memorias emblemáticas respecto al Golpe y la Dictadura se componen de cuatro variantes:

  1. La memoria como salvación, aquí la idea es de un trauma vivido antes del Golpe militar durante la Unidad Popular en la que la idea de una inminente guerra civil es “defendida” por el advenimiento de la intervención militar;
  2. Una segunda memoria, es opuesta a ésta, en tanto es una memoria que tiene como idea central al trauma, puesto en la experiencia de la dictadura con el terrorismo de Estado como práctica que interrumpe las vidas de los sujetos dañándolas para siempre;
  3. Una tercera memoria, es la de los valores que se ponen a prueba en la Dictadura, es muy cercana a la anterior, pero no es necesariamente de personas afectadas por el terrorismo de Estado sino de quienes se sienten interpelados éticamente tanto desde la violencia de la dictadura, como de las violencias ejercida por grupos de izquierda.
  4. Y por último, la memoria como olvido, es la cuarta memoria emblemática que está más cerca de la primera, en tanto es mejor no hablar, el Golpe militar y la Dictadura son vistos como problemas peligrosos.

Estas cuatro memorias actúan en el espacio de la memoria colectiva disputando la centralidad de su versión de la experiencia del pasado, del discurso que portan y de los significados que quieren relevar al resto de los grupos, comunidades y por ende, de toda la sociedad.

En el contexto descrito anteriormente, aparecen los discursos para exponer la (s) propias versiones del pasado en el espacio público, por tanto, abriéndose al cuestionamiento y/o confrontación, es decir, al debate político. A través de afirmaciones, negaciones, silencios, justificaciones se irán articulando las memorias matizadas y mezcladas en dicho espacio.

En este sentido, lo que emerge son narraciones del pasado sin claridades políticas que se van sitúan en la zona gris como afirmaba Levi y Calveiro, en donde el antagonismo como forma de ubicar la diferencia se diluye.

Dicho de otra forma, las narraciones y sus relatos que se articulan del pasado no obstaculizan la posición del otro; no producen incomodidad, ni disputan hegemonía pues al no existir dos “bandos” no llegan a producir conflicto. Por tanto, la despolitización y privatización operan en los discursos de las memorias a partir de aquello, reordenando las posiciones y fuerzas para una disputa sinfín sobre qué es, cuándo es y cómo se hace, la memoria.

Lo anterior, efectos de un campo de debate y disputas no saldado, pues la gran mayoría de las veces las propuestas de soluciones han llegado desde la institucionalidad tejiendo en ocasiones subrepticiamente un particular orden social… el consenso.

Recordemos a Todorov aquellos que, por una u otra razón, conocen el horror del pasado tienen el deber de alzar su voz contra otro horror… lejos de seguir prisioneros del pasado, lo habremos puesto al servicio del presente, como la memoria –y el olvido- se han de poner al servicio de la justicia”.

Mayo del 2018

 

Polonia: cuando el revisionismo histórico se quiere hacer pasar por memoria

Polonia: cuando el revisionismo histórico se quiere hacer pasar por memoria

Gavin Rae

02/03/2018

La Ley modificada sobre el Instituto de Memoria Nacional, aprobada por el parlamento polaco el 26 de enero, ha causado una gran tormenta política nacional e internacional (el texto completo en inglés de la Ley se puede encontrar aquí). Además de ampliar las divisiones históricas y políticas en Polonia, ha abierto un conflicto no solo con Israel y Ucrania, sino también con el principal aliado del país, Estados Unidos. La ley ya ha sido firmada por el presidente, aunque la ha enviado al tribunal constitucional para su revisión (respecto a las controversias legales que rodean a la ley, consultar aquí).

Este artículo considerará el contenido de la Ley; las reacciones al mismo y qué repercusiones más amplias puede tener.

(Co) Responsabilidad y campos de exterminio

Hay principalmente dos partes controvertidas de esta Ley, que consideraremos una tras otra. La primera se refiere a acusaciones de (co) responsabilidad de los polacos por los crímenes nazis en la Segunda Guerra Mundial. Esta parte (Artículo 55a.1) dice:

“Quien alegue, públicamente y en contra de los hechos, que la Nación Polaca o la República de Polonia es responsable o corresponsable de los crímenes nazis cometidos por el Tercer Reich, como se especifica en el Artículo 6 de la Carta del Tribunal Militar Internacional adjunto al acuerdo internacional para el enjuiciamiento y castigo de los principales criminales de guerra del Eje Europeo, firmado en Londres el 8 de agosto de 1945 (Diario de Leyes polaco de 1947, artículo 367), o por otros delitos que constituyen crímenes contra la paz, crímenes contra la humanidad o crímenes de guerra, o quienquiera que de otra forma disminuya groseramente la responsabilidad de los verdaderos perpetradores de dichos crímenes – será castigado con una multa o con hasta 3 años de prisión. La sentencia se hará pública.

Lo primero que debe observarse aquí es lo que se ha omitido de este proyecto de ley. No incluye la frase “Campos de exterminio polacos”, aunque se ha informado ampliamente en los medios internacionales de que esto está en la Ley y que se ha utilizado regularmente como justificación para ella en Polonia. Esta frase ha sido utilizada en el pasado por algunos políticos internacionales (sobre todo Barak Obama) y en los medios internacionales. Generalmente se ha usado para denotar la ubicación geográfica de los campos, aunque fue condenada fuertemente, con razón, por todos los gobiernos polacos, que tendieron a reducir su uso. La frase nunca se ha utilizado dentro de Polonia y como esta ley solo se puede aplicar en Polonia, de todos modos no habría sido de utilidad práctica. Lo absurdo de la situación actual es que la frase se ha extendido por todo el mundo durante la semana pasada, y los tweets que la incluyen han llegado a decenas de millones de personas; algunos de los cuales, hostiles a la Ley, usándola como una forma de criticar al gobierno polaco.

La redacción del presente proyecto de ley es en realidad mucho más ambigua y peligrosa que esto, con el término “corresponsabilidad / responsabilidad” abierto a interpretaciones erróneas y abusivas. El holocausto fue un acto planeado y llevado a cabo por los nazis alemanes en Polonia, que estaba bajo su ocupación. Los nazis consideraban a los polacos como una raza eslava inferior y si hubieran ganado la guerra indudablemente habrían intentado destruir por completo a Polonia y al pueblo polaco. Polonia (tanto católicos como judíos y otros) sufrió, en porcentaje, una mayor pérdida de población que cualquier otro país durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de su infraestructura, industrias y ciudades (más del 85% de los edificios de Varsovia) fueron destruidas por los nazis. Los nazis construyeron la mayoría de sus campos de concentración en la Polonia ocupada y llevaron a cabo la matanza sistemática de tres millones de judíos (más del 90% de la población judía polaca anterior a la guerra). Aproximadamente otros 2 millones de polacos no judíos murieron durante la Segunda Guerra Mundial. Desde el comienzo de la ocupación de Polonia, la población polaca estuvo sujeta al terror, las ejecuciones en masa y represalias indiscriminadas contra comunidades enteras en las que hubo resistencia. La ocupación en Polonia fue más dura que en cualquier otro país de Europa occidental. No se creó ningún gobierno colaboracionista en Polonia y los polacos organizaron el mayor movimiento de resistencia a la ocupación nazi en Europa. La Polonia ocupada era el único territorio bajo ocupación nazi en que cualquier tipo de ayuda a los judíos era castigada con la muerte no solo para quien ayudaba sino también para toda su familia. A pesar de esto, los ciudadanos polacos ostentan el número más alto del mundo de individuos que han sido reconocidos como Justos Entre las Naciones, como no judíos que arriesgaron sus vidas para salvar a los judíos del exterminio durante el Holocausto. Se estima que alrededor de 50,000 polacos fueron ejecutados directamente por ayudar a judíos.

Quizás sea imposible imaginarse cómo fue vivir bajo esta ocupación y tratar de pensar cómo uno podría haber actuado en tal situación. La destrucción, el miedo y la barbarie infligidos por los nazis a Polonia fueron a tal escala que no es posible comprender. Los polacos fueron víctimas de esta ocupación. No hay ningún “pero” que pueda seguir a esta frase, no puede añadirse ninguna calificación que pueda de alguna manera disminuirla. La ocupación tuvo lugar en una sociedad que estaba dividida antes de la guerra, en la cual un creciente nacionalismo de derechas ( que se había extendido a través del continente) se combinaba frecuentemente con el antisemitismo contra la amplia población judía. Durante la guerra estas divisiones fueron explotadas por los nazis y hubo casos en que algunos polacos instigaron el asesinato de judíos. Ningún país está hecho simplemente de buenas o malas personas y ninguna historia es siempre blanca y negra.

La nueva ley no solo nubla la historia, sino que utiliza la tragedia de la ocupación nazi para un beneficio político actual. El gobierno polaco y los medios de derecha están caldeando la atmósfera en Polonia al difundir la creencia de que hay una campaña internacional para culpar a Polonia del holocausto y afirmar que los campos de concentración eran “polacos”. El proyecto de ley traslada potencialmente a los tribunales las dolorosas discusiones entre comunidades y entre historiadores  y extiende la incertidumbre y el miedo sobre lo que se puede decir. Algunos políticos destacados relacionados con el gobierno (como la Ministra de Educación Anna Zalewska) han puesto en duda la sentencia previamente aprobada por el Instituto de Memoria Nacional de que la masacre de judíos en la aldea de Jedwabne fue llevada a cabo por polacos. Imaginémonos por un momento que el Gobierno hubiera revertido esta decisión, ¿sería ilegal decir que los polacos fueron responsables de esta tragedia?

Incitando la reacción

El propósito político de este proyecto de ley parece ser inflamar las emociones y las hostilidades de un sector de la población polaca. Después de llevar a cabo una campaña de propaganda negativa contra refugiados y musulmanes, el gobierno y los medios de la derecha están abriendo la caja de Pandora del antisemitismo. El año 2018 es el 50 aniversario de uno de los pasajes más oscuros de la historia de la República Popular Polaca, en que miles de judíos fueron expulsados ​​del país. En la Polonia contemporánea (donde la población judía es actualmente muy pequeña) el antisemitismo sigue siendo fuerte, aunque ha ido disminuyendo sin cesar. Desde principios de la década de 1990 hasta 2005, quienes expresaban aversión por los judíos eran alrededor de la mitad de la población. Sin embargo, esto había disminuido hasta tan solo el 27% en 2010 (cuando por primera vez había más polacos con una actitud positiva que negativa hacia los judíos); antes de subir al 32% en 2015. Esta ley ha provocado una explosión de antisemitismo en las redes sociales liderada por una minoría racista escuchada en el país. Prominentes publicistas de derecha han bromeado con que quizás deberíamos utilizar también la frase ‘Campos de Concentración Judíos’. En una manifestación organizada por el Movimiento Nacional, de extrema derecha, ante el Palacio del Presidente (haciendo campaña para que firme el Acta), se desplegó una pancarta con un lema instando al presidente Duda a “arrancar su kipá”.

El gobierno también ha respondido con su propia campaña basada en el eslogan “Campos de exterminio alemanes”. El gobierno afirma que hay que subrayar siempre el hecho de que los campos de concentración eran alemanes y que el holocausto fue llevado a cabo por los alemanes. Recientemente se han pedido incluso cambios en los nombres de los campos de concentración como Majdanek o Auschwitz para que incluian la palabra alemán. Esto se basa en la falsa creencia de que las personas del exterior no entienden quiénes eran los nazis y de dónde venían. Al enfatizar sistemáticamente el hecho obvio de que eran alemanes, se minimiza el hecho de que eran campos fascistas. Se pasa por alto que el fascismo no se limitaba a Alemania ni era algo concerniente únicamente a ella; que algunos colaboraron con él; y que sigue siendo una amenaza en el día de hoy. Esta revisión de la historia ha sido secundada por miembros del gobierno y medios de la derecha, que afirman que Hitler era en realidad “de izquierdas”. Un prominente historiador derechista, Piotr Zychowicz, que ha popularizado este absurdo, incluso publicó un libro en que afirmaba que la mejor solución para Polonia en 1939 hubiera sido haberse aliado con el Tercer Reich y haber ayudado a derrotar a la Unión Soviética.

La reacción de Israel

La reacción nacionalista de derechas en Polonia ha sido replicada por algunas respuestas similares por parte de la derecha israelí. La comunidad judía, a nivel nacional e internacional, había criticado el proyecto de ley antes de que se aprobara en el parlamento; y después de su aprobación, la condena del proyecto de ley fue inmediata y fuerte, expresando el temor real de que la discusión abierta sobre el holocausto en Polonia sea censurada. Sin embargo, las reacciones de algunos políticos israelíes han sido en sí mismas incendiarias y ofensivas. Por ejemplo, el líder del partido opositor, Yair Lapid, tuiteó que el Holocausto: “fue concebido en Alemania, pero cientos de miles de judíos fueron asesinados sin haber conocido nunca a un soldado alemán. Hubo campos de exterminio polacos y ninguna ley puede cambiar eso”. Por otra parte, fue cancelada la visita que el Ministro de Educación, Naftali Bennett debía realizar a  Polonia, debido a sus afirmaciones de que” muchos polacos, a lo largo del país, persiguieron, informaron o participaron activamente  en el asesinato de más de 200,000 judíos durante y después del Holocausto” y que vendría a Polonia a decir la verdad. Bennet es miembro del Partido del Interior, de extrema derecha, que cree que no hay lugar para Palestina en la Tierra de Israel “otorgada por Dios”.

Esta ley ha inflamado las emociones, ha llevado a los extremos la discusión sobre la terrible historia compartida de la ocupación nazi y ha dado ínfulas a las voces nacionalistas más derechistas tanto en Israel como en Polonia. Esta deriva hacia los extremos ha sido criticada por el Gran Rabino de Varsovia, Michael Schudrich. Este ha condenado el proyecto de ley y ha señalado que existe una preocupación real dentro de la población judía de Polonia respecto a lo que está sucediendo en el país. Simultáneamente, ha declarado que: “Algunas de las cosas que he oído decir por Israel en la última semana también son horripilantes. Estas afirmaciones contra Polonia que simplemente no son ciertas y claramente no ayudan. Y más que no ayudar, simplemente son equivocadas “.

Colaboración ucraniana

El segundo elemento controvertido de este proyecto de ley se refiere a las acciones de los nacionalistas ucranianos durante la guerra. Esta parte dice:

“Artículo 2a. En el sentido de la Ley, los crímenes cometidos por nacionalistas ucranianos y miembros de unidades ucranianas colaboradoras con el Tercer Reich constituyen actos cometidos por nacionalistas ucranianos entre 1925 y 1950 que involucraron el uso de violencia, terror u otras violaciones de derechos humanos contra personas o grupos de población . La participación en el exterminio de la población judía y el genocidio de ciudadanos de la Segunda República Polaca en Volhynia y Malopolska del Este [Pequeña Polonia] también constituye un crimen cometido por nacionalistas ucranianos y miembros de unidades ucranianas que colaboran con el Tercer Reich “.

La historia nunca se discute en el vacío, sino que está conformada por los acontecimientos políticos contemporáneos. Las relaciones entre Ucrania y Polonia han estado cambiando constantemente en los últimos años. Polonia fue un firme defensor de las protestas de Maidan en Ucrania y del derrocamiento del gobierno de Yanukovich y respaldaron al gobierno ucraniano en el conflicto militar en el este de Ucrania. Prominentes políticos de Polonia, entre ellos miembros del actual partido gobernante PiS (entre ellos, Jarosław Kaczyński), participaron en las protestas de Maidan en Kiev. La elevación de las banderas nacionalistas históricas del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) y el crecimiento del nacionalismo de derecha y las unidades paramilitares fueron casi totalmente ignoradas por Polonia y Occidente. En abril de 2015, el parlamento ucraniano incluso aprobó una ley que reconoce a UPA como un “luchador por la libertad y la independencia” el mismo día en que el entonces presidente polaco Bronisław Komorowski se dirigió al parlamento ucraniano. Tal hipocresía e irresponsabilidad no se limita a Polonia, ya que los políticos y comentaristas occidentales de todas las tendencias políticas (no menos los que profesan ser los más liberales), condenan cualquier crítica a la extrema derecha en Ucrania por ser exagerada y simplemente propaganda rusa.

Ucrania ha experimentado su propio proceso de revisionismo histórico y censura. Además de alabar a los nacionalistas ucranianos (muchos de los cuales participaron en el asesinato de judíos y polacos y lucharon junto a los nazis), el gobierno ucraniano ha comenzado a censurar a quienes presentan otra versión de la historia. El libro Stalingrad, un bestseller histórico de Antony Beevor, fue prohibido por el gobierno ucraniano, por un pasaje que cuenta cómo 90 mil niños judíos fueron asesinados por la milicia ucraniana “para no herir los sentimientos del Sonderkommando”, las unidades de trabajo compuestas por prisioneros del campo de exterminio nazi .

El gobierno ucraniano ha condenado la ley polaca sobre crímenes de guerra “ucranianos” diciendo que restringe la libertad de expresión y es un paso hacia la censura de partidos. Aunque sin duda tienen toda la razón en este sentido, no reconocen de ninguna manera que ellos están cometiendo los mismos errores. El nacionalismo está aumentando tanto en Polonia como en Ucrania y ambas poblaciones tienen agravios históricos contra el otro. Además, ha habido una gran migración de ucranianos a Polonia en los últimos años, con alrededor de dos millones de ucranianos trabajando legalmente en el país. Estos inmigrantes se han integrado con éxito en la sociedad polaca, aunque los ataques contra los ucranianos en Polonia han ido en aumento. Sin embargo, el crecimiento del nacionalismo en ambos países y la apertura de disputas históricas entre ellos amenazan potencialmente estas relaciones principalmente  pacíficas.

Repercusiones internacionales

Uno de los aspectos más curiosos de estos eventos es el cambio en las relaciones internacionales entre los EE. UU. y tres de sus aliados internacionales más cercanos: Polonia, Israel y Ucrania.

Apenas unos meses atrás, Donald Trump visitó Varsovia e hizo grandes elogios de Polonia y su gobierno. Su retórica nacionalista derechista entonaba con la del gobierno polaco, afirmando que las principales amenazas para el mundo son Rusia y el terrorismo islámico; y que históricamente, el nazismo y el comunismo eran “males gemelos”. Trump fue el primer presidente en décadas que no visitó el monumento a la sublevación del gueto judío de 1943, cuando visitó Varsovia. Además, consultó con el historiador de extrema derecha Marek Jan Chodakiewicz para su discurso en Varsovia. Como señaló Rafał Pankowski, de la red antirracista Never Again, Chodakiewicz es conocido como un negacionista de la responsabilidad polaca por los actos de antisemitismo, incluido el infame pogrom Jedwabne de 1941, “(..)” Ha afirmado repetidamente que eran principalmente los mismos judíos los responsable de la hostilidad de sus vecinos polacos. Las acusaciones a los judíos de estar involucrados con el comunismo han estado presentes en muchos de los escritos de Chodakiewicz “.

El día en que se aprobó la Ley en el parlamento polaco, el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Rex Tillerson, estaba de visita en Varsovia como parte de una gira internacional. En aquel momento  no hizo ninguna declaración sobre la Ley y fue solo después de que Israel se quejara de ella, que el gobierno de los EE. UU. también respondió con una condena similar. Hay que suponer que a los gobiernos polaco y estadounidense les pilló por sorpresa la reacción de Israel. Recientemente Polonia ha estrechado sus relaciones con Israel y Estados Unidos, así como se han agriado sus relaciones con la Unión Europea y Alemania. Polonia fue uno de los pocos países que no votó en contra del proyecto de ley de Estados Unidos en las Naciones Unidas para reconocer a Jerusalén como la capital de Israel; y recientemente firmó un memorando de intención para comprar tanto el sistema de misiles Patriot de EE. UU. como misiles interceptores del sistema de defensa de misiles David Sling de Israel. Además, como se señaló anteriormente, Polonia y Ucrania se han convertido en estrechos aliados, unidos en sus actitudes hacia cosas tales como las sanciones económicas internacionales contra Rusia y el aumento de la presencia militar de la OTAN en la región.

La Ley Polaca de Memoria Histórica ha revelado las crecientes tensiones de Polonia con Israel y Ucrania. Esto es en parte un efecto del debilitamiento del poder internacional de Estados Unidos. Estados Unidos continúa siendo la potencia militar más grande del mundo y el mayor exportador de armas en el mundo. Están estratégicamente aliados a Ucrania y Polonia como parte de su objetivo declarado de extender sus fuerzas armadas a las fronteras de Rusia; e Israel es su principal aliado en el Medio Oriente y depende de las armas y el apoyo militar de los Estados Unidos. Esta realidad no va a cambiar pronto y, por lo tanto, es de esperar que eventualmente pueda encontrarse alguna forma de compromiso que al menos pueda calmar temporalmente las tensiones entre estas tres naciones.

Sin embargo, cualquier hegemonía global debe tener una mezcla de poderes “duros” y “blandos”. Estados Unidos ya no tiene mucho que ofrecer a estos países más allá de venderles sus armas y proporcionarles su nefasta seguridad. Su peso económico declinante en el mundo significa que EE. UU. ya no puede pagar por la complicidad ni exportar su visión del “sueño americano” como hacía anteriormente. En la época de Trump, su falsa imagen como defensor de los derechos humanos (incluso en casa) se pone en evidencia como un fraude. Al respaldar a las administraciones nacionalistas y conservadoras dentro de sus propios estados aliados, Estados Unidos está ayudando a crear hostilidades nacionalistas entre estas  regiones. La reapertura de disputas históricas, que se remontan a la Segunda Guerra Mundial, refleja cómo muchas de las estabilidades y seguridades del mundo de posguerra continúan esfumándose.

sociólogo, vive en Varsovia. Ha escrito extensamente sobre temas relacionados con la transición en Europa Central y Oriental y la expansión de la Unión Europea, con especial énfasis en Polonia. Su libro El regreso de Polonia al capitalismo, fue publicado por IB Tauris. Dirige el blog Más allá de la Transición.

Fuente:

Traducción:Anna Maria Garriga Tarré

El derecho a la memoria urbana: marcar y desmarcar la ciudad.

El derecho a la memoria urbana: marcar y desmarcar la ciudad.

por 14 diciembre 2015

El derecho a la memoria urbana: marcar y desmarcar la ciudad.
Cabe preguntarse cuanto es lo que se ha avanzado en Chile en materia de reparaciones simbólicas y si es que se ha hecho todo lo que se podía hacer, o más bien ha imperado una mirada superficial en el tratamiento de la memoria urbana asociada a la dictadura bajo una lógica neoliberal, donde el Estado tiene una participación secundaria y el patrimonio se transa primando criterios de rentabilidad.

La memoria en la ciudad es un derecho de todos sus habitantes. Las sociedades traumatizadas  por horrores como la dictadura ocurrida en Chile necesitan de un relato urbano sobre lo sucedido, que sirva como marco de orientación, en un proceso de sanación colectiva que contribuya a fortalecer la no repetición de lo vivido. Marcar, recuperar y resignificar lugares emblemáticos como los ex centros de detención, junto con desmarcar los espacios y símbolos que hacen apología a la dictadura es una tarea a una sociedad que desea fomentar una cultura de los derechos humanos.

Chile en esta materia ha sido incapaz de elaborar un proyecto nacional de memoria. Las sumatoria de acciones fragmentadas parecieran estar delineadas por el principio de “en la medida de lo posible” y como respuesta a demandas particulares.

La ciudad se puede entender como un Palimpsesto plantea André Corboz, un antiguo manuscrito usado por los egipcios que se reescribía múltiples veces pero que siempre guardaba los rastros de las escrituras anteriores. Una hoja donde se expresan simultáneamente la escritura y el borrado, la memoria y el olvido.

Resulta relevante comprender la ciudad como un territorio en disputa constante, donde se ven reflejadas múltiples fuerzas que promueven intereses diversos: públicos, privados, colectivos, individuales, para instalar discursos o para anularlos. Aquí confluyen el Estado, las organizaciones ciudadanas, el mundo privado, por nombrar algunos actores comunes, quienes son los protagonistas de un juego dinámico que genera que la ciudad este siempre en movimiento, transformándose permanentemente.

Sin embargo, y asumiendo la condición palimpséstica de las ciudades, los procesos de borrado premeditados resultan críticos y debiesen alertar nuestra preocupación: demoliciones, abandono e invisibilización de las huellas del horror, que no suceden por simple obsolescencia o deterioro producto del paso del tiempo, sino más bien como actos intencionados, dado el significado e impacto que estos espacios y estructuras generan en la sociedad.

En lo particular es posible presenciar este fenómeno urbano de desaparición en la relación de las ciudades chilenas post-dictadura con el pasado traumático de ésta, donde las marcas de lugares significativos, a través de memoriales y monumentos, han sido promovidas principalmente desde la ciudadanía, siendo el Estado un actor reactivo y falto de propuestas potentes.

Hace 11 años el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, conocido como Informe Valech, daba cuenta de la existencia de 1.132 lugares que funcionaron como centro de detención a lo largo del país, de los cuales 221 operaron en la ciudad de Santiago: estadios, comisarias, sedes de partidos, casas particulares, etc., siendo algunos de conocimiento público y otros de carácter clandestino. En el segundo informe realizado el año 2010 no hubo avances en esta materia, sin embargo hoy sabemos, por ejemplo, de la existencia del centro clandestino Simón Bolívar 8800, en la comuna de La Reina, donde no hubo sobrevivientes.

Según el Ministerio de Bienes Nacionales, de los 1.132 recintos el 70% han sido individualizados y de éstos el 64% seria de propiedad fiscal (515), siendo Carabineros de Chile la institución que posee el mayor número de recintos, con un 56,2%. Este escenario nos plantea posibilidades claras de avanzar en materia de marcación y recuperación de lugares que hoy son parte del patrimonio fiscal.

Todorov advierte la necesidad de vincular “la exigencia de recuperar el pasado” con los usos que se harán de este. Llevado al tema de los ex centros de detención y la construcción de memoriales, esto implica no sólo la preocupación por la recuperación física o marcación de lugares, sino también la debida reflexión -particular y colectiva- sobre el para qué y cómo deben ser recuperados estos lugares en el contexto actual. Es importante incluir también dentro de esta discusión, la importancia de des-marcar espacios y símbolos que tienen por objetivo hacer una apología de la dictadura.

Es aquí es donde cabe preguntarse cuanto es lo que se ha avanzado en Chile en materia de reparaciones simbólicas y si es que se ha hecho todo lo que se podía hacer, o más bien ha imperado una mirada superficial en el tratamiento de la memoria urbana asociada a la dictadura bajo una lógica neoliberal, donde el Estado tiene una participación secundaria y el patrimonio se transa primando criterios de rentabilidad.

El programa de gobierno con el que la Nueva Mayoría gana las elecciones presidenciales el año 2013 plantea la creación de “una política de recuperación de todos los sitios de memoria histórica donde se violaron los derechos humanos, velando por su mantención básica y permanente” y se compromete a desarrollar “una estrategia específica para vincular a los sitios de memoria histórica con las nuevas generaciones”. Concluyendo ya el segunda año de mandato aun estas promesas están en deuda.

En el caso de Santiago, donde operaron 222 recintos de detención conocidos, hasta la fecha han sido recuperados sitios que hoy son un referente ético y moral para la sociedad, como Villa Grimaldi, Londres 38, José Domingo Cañas, por nombrar los más emblemáticos, sin embargo la lista no se extiende por mucho más. En estos casos el Estado ha apoyado la adquisición de los inmuebles y, en algunos, a la sustentabilidad de los proyectos. Son muy puntuales aquellas iniciativas en las que se ha visto involucrado desde los esfuerzos iniciales de recuperación como parte de una política de memoria, lo que pareciera dar cuenta de la limitada importancia que se le otorga al tema.

Quedan pendientes al menos la recuperación de aquellos lugares que hoy concitan esfuerzos desde agrupaciones y organizaciones sociales, como La Venda Sexy -actualmente una casa particular en la comuna de Macul-, 3 y 4 Álamos -hoy un centro de detención de menores en la comuna de San Joaquín- y el Ex Cuartel Borgoño, ocupado desde 1988 por la Policía de Investigaciones en la comuna de Independencia. Este último, centro clandestino de tortura y exterminio, funcionó hasta 1989 y fue demolido en plena democracia en el año 1998, haciendo caso omiso de su valor patrimonial.

En términos de marcas urbanas de lugares emblemáticos el escenario ha sido más prolífico, existiendo muchas veces apoyo estatal para la realización de estas iniciativas. Vale mencionar lo que se ha realizado en el Estadio Nacional, el Estadio Víctor Jara, el memorial del Patio 29 en el Cementerio General y el memorial de Paine. Cabe también mencionar la existencia de un sinnúmero de marcas autogestionadas por agrupaciones, colectivos e individuos que forman parte del paisaje urbano de la memoria colectiva.

En lo relativo a desmarcar y eliminar símbolos asociados a la dictadura, ha habido una ambigüedad en las acciones propiciadas desde el Estado, que nuevamente dan cuenta de un cierto grado de incapacidad o poca voluntad en la materia. En términos positivos, y siempre presión social mediante, destaca lo realizado el año 2004 al apagar la llama de la “libertad” que flameaba frente a La Moneda, extinguiendo con ello el mandato del dictador de que “el pueblo tiene el deber de mantenerla viva e inextinguible”. En esta misma línea, la agrupación A Desmonumentar el Golpe junto al Municipio de Providencia, lograron devolver el nombre de la arteria principal de la comuna de Avenida 11 de Septiembre a Avenida Nueva Providencia.

Pese a los avances, son muchos los restos de la dictadura esparcidos por la ciudad sobre los que hay que avanzar. Solo por destacar uno, debido a su ubicación estratégica -en plena Alameda, en la comuna de Santiago-, está el Monumento a los Martires de Carabineros, denominado “Gloria y Victoria”. Puede que a simple vista pase desapercibido, pero al mirarlo con más detención se percibe dos unos formando el número once, representando el día del golpe de Estado. Es probable que un monumento con estas características estuviera prohibido en muchos países del mundo con políticas de memoria y reparación consistentes.

En el Chile de hoy, con un modelo de desarrollo profundamente neoliberal, escasa participación ciudadana y una débil cultura democrática, pareciera primar un pacto de silencio urbano, donde los esfuerzos de memorias fragmentados se diluyen en una imagen borrosa de país. Sin el embargo, el escenario actual presenta oportunidades concretas para avanzar en este tema si es que se logran establecer las convergencias necesarias:

  • En primer lugar, resulta necesario exigir el cumplimiento del programa de Gobierno en relación a la recuperación de los lugares de memoria. Existen compromisos específicos que deben ser llevados adelante, en el marco de un proyecto de memoria nacional que convoque a la participación ciudadana, que establezca los lineamientos fundamentales sobre los que se construye la memoria colectiva del país. Esto por ejemplo podría ser llevado adelante desde los gobiernos locales con participación vinculante.
  • Solicitar se tramite con suma urgencia el proyecto de ley que pretende prohibir la exaltación de la dictadura para, luego de ser aprobado, generar un proceso de limpieza de las ciudades, como parte del proyecto nacional de memoria.
  • Aprovechar la oportunidad que representa la próxima elección de alcaldesas y alcaldes como un escenario apropiado para que la sociedad civil levante y gestione sus proyectos con sus gobiernos locales, llevando adelante iniciativas de memoria en todas sus expresiones. Las organizaciones que ya han concretizado este tipo de iniciativas deben articularse e informar sobre sus aprendizajes, de manera de facilitar la tarea a nuevos emprendedores de la memoria.
  • El Estado, a través del Ministerio de Bienes Nacionales y las instituciones involucradas, debe pronunciarse en principio acerca de los centros de detención sobre los que tiene competencia, y proponer una marca simbólica en cada uno de estos inmuebles que señale claramente el compromiso del Estado con el respeto a los Derechos Humanos y la memoria, dejando atrás un actuar temeroso y sin propuestas.

Un desarrollo integral de las ciudades debiese incorporar en su crecimiento el respeto rotundo por la memoria. Esto no implica, necesariamente, recuperarlo todo, pero si abrir una discusión amplia y trascendente acerca del cómo hacernos cargo de este tema en el presente, para proyectarlo al futuro.

Sin embargo, hoy no debiese convocarnos solo la idea de construir lugares que recuerden, sino también las estrategias que necesitamos implementar para que estos lugares se inserten en la ciudad, para que sean protagonistas del cotidiano y no monumentos estáticos. Centros culturales, museos, espacios públicos y parques debiesen buscar complementar las carencias de infraestructura presentes en las distintas comunas. Es fundamental que estos espacios sean pensados para incluir también a las personas que no tienen una aproximación natural al tema de los derechos humanos, ampliando los núcleos de participación y promoviendo la efectiva reflexión en torno al nunca más.

La proliferación de lugares de memoria que fomenten el encuentro democrático, sin duda contribuye a construir una  ciudad  más inclusiva, tolerante y diversa, que refuerza la creación de una cultura democrática donde lo único que no cabe es la apología al horror.

Sebastian Troncoso Stocker

Arquitecto U. Chile

Master en diseño urbano y desarrollo, University College London

Relacionado

http://www.jornada.unam.mx/2005/08/28/sem-gaspar.html

http://paisajes.comisionporlamemoria.org/?page_id=93

Las marcas Urbanas de la Memoria

 

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40 años de lucha de las mujeres y resistencia feminista. Coloquio Golpe 1973-2013

Coloquio Golpe 1973-2013

40 años de lucha de las mujeres y resistencia feminista

Carolina Franch, Svenska Arensburg, Loreto Rebolledo y Vicky Quevedo.

Carolina Franch, Svenska Arensburg, Loreto Rebolledo y Vicky Quevedo.

Mujeres pobladoras en los años 80'.

Mujeres pobladoras en los años 80′.

Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres, MEMCH 83'.

Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres, MEMCH 83′.

En el marco de la segunda jornada del Coloquio Golpe 1973-2013, desarrollado el 10 de septiembre en el Teatro Antonio Varas, se realizó la mesa “Movimientos feministas”, en donde académicas y comunicadoras compartieron sus experiencias y reflexiones en torno a la resistencia de las mujeres durante la dictadura militar y los años posteriores.

La mesa modera por la antropóloga social, Carolina Franch- parte del equipo del Centro de Interdisciplinario de Estudio de Género de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile- estuvo compuesta por Svenska Arensburg, Psicóloga, Doctora en Psicología Social y académica del Departamento de Psicología de la Universidad de Chile (FACSO), Loreto Rebolledo- Periodista y Doctora en Historia de América, Directora Iniciativa Bicentenario de la Universidad de Chile- y Vicky Quevedo, Periodista de Radio Universidad de Chile.

Resistencias en Dictadura

La periodista Loreto Rebolledo reflexionó sobre al proceso histórico de emancipación que las mujeres realizaron a partir de los años 60′, en el marco de una sociedad que se modernizaba pero que continuaba reproduciendo un discurso conservador en las familias y en donde las mujeres seguían representando el rol de madres y esposas.

En ese contexto, la década de los 70′ se inició con un 9,2%de jóvenes cursando estudios universitarios de los cuales el 30% eran mujeres, quienes además, llevaban menos de 25 años con derecho a voto. “Desde los partidos y los sindicatos las mujeres eran visibles pero en ese momento el principal problema político era la lucha de clases. Desde la izquierda se pensaba de que en la medida en que se avanzaba hacia el socialismo se avanzaba contra otras inequidades como la de género”, señaló Rebolledo.

Con el Golpe de Estado, la derecha comenzó a usar fuertemente la figura de las mujeres desde el estereotipo de la madre, como las salvadoras de Chile. Mientras esa imagen conservadora de las mujeres era utilizada por la dictadura, en los espacios de resistencia, las mujeres se organizaban, surgiendo así “la conciencia de género de la mano de la lucha contra la dictadura, tanto en los sectores poblacionales como profesionales”. En este periodo nacieron importantes organizaciones como “Mujeres Democráticas”, la “Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos”, la que estaba compuesta principalmente por mujeres, y la “Unión de Mujeres de Valparaíso”, entre otras.

“Las mujeres y sus organizaciones trabajan en redes, se reivindica la democracia en la política y en lo cotidiano, bajo una vocación de trabajo unitario”, señaló.

La académica de la Universidad de Chile, Svenska Arensburg, reflexionó a partir del caso de Martha Ugarte asesinada y hecha desaparecer durante la dictadura, argumentando de acuerdo con Guadalupe Santa Cruz “es imposible permutar lo perdido, vivimos entre la ingobernabilidad de los cuerpos latinoamericanos y la amenaza posible de desaparición de cuerpos y biografías”.

Sobre las lecciones del movimiento de mujeres que se configuró en los años de la dictadura, la académica explicó que en este periodo la “organización del movimiento de mujeres congregaba la insumisión colectiva que reunía a la diversidad de mujeres, desde donde se vio nacer a -Somos más- y -Mujeres por la vida-, quienes proclamaban Democracia en el país y en la casa”.

Otro de los aportes del movimiento destacados por la académica fue la multiplicidad de escrituras y voces que narran con la historia y el cuerpo el proceso que se vivía. Sabiendo que la mera presencia de una mujer no es un gesto del feminismo sino la discusión pública sobre la precarización de la vida, donde muchas escritoras, académicas y poetas traspasaron los formatos para denunciar esa precariedad que habitaba en la vida de las mujeres.

“En textos como (Olga) Grau, (Diamela) Eltit, (Carmen) Berenguer, se narra el paso del cuerpo por la historia, buscando un Chile antipatriarcal. Ahí, existe una necesidad de reconocernos en la lectura, en donde lo feminista abre los espacios de lo privado y visibiliza que el Estado está en la cama”, explicó.

Las deudas de la democracia

La comunicadora Vicky Quevedo resaltó el desarrollo del pensamiento feminista de los años 80′ donde los aportes como lo de Julieta Kirkwood, fueron la base para denuncia a la sociedad chilena conservadora del momento.

Tal como explica Quevedo, el feminismo que se desarrolló en los años de dictadura, se constituyó en una diversidad de experiencias y reflexiones de mujeres de distintos sectores sociales que se veían la opresión política y de género y que se aunaban bajo es slogan “Democracia en el país y en la casa”.

“Los partidos de izquierda veían a las feministas como pretensiones pequeñas burguesas, demandas que se resolverían automáticamente con la democracia. El feminismo generaba inseguridades en las propias mujeres y para otras generaba una forma de ver qué había detrás de los históricos silencios de las mujeres”, señala.

Durante los años 80′ y 90′ se produjo un proceso de incorporación de mujeres a los partidos políticos, mientras otras se quedaron en el movimiento feminista, donde el dialogo entre las agendas fue configurando el Chile posdictadura, proceso en el cual el movimiento feminista comenzó a menguar. Así, señala Quevedo, “los partidos de la Concertación monopolizaron todo y las mujeres fueron relegadas a espacios como el Servicio Nacional de la Mujer, Sernam, que era dirigido por una demócrata cristiana”.

“La democracia aun tiene saldos con las mujeres como lo es resolver la violencia y los femicidios. Está dictadura patriarcal se fisura lentamente en la actualidad. Desarmar un sistema patriarcal es más difícil que una dictadura”, sostuvo Quevedo.

Quién es Miguel Herberg? Controversia

Quien es Miguel Herberg ?

Traducción aproximada  al castellano

QUIÉN ES Miguel Herberg?
Publicado en marzo de 2014. Últimas Modificaciones, 29 de mayo

El nombre de Miguel Herberg aparece en los créditos finales de la película Der Krieg der Mumien (1974). La presencia de Miguel Herberg en Chile en 1973, se confirma nuevamente.

En las versiones originales en alemán, así como en las diez películas de Walter Gerhard Scheumann Heynowski y 1974-1983 Chile, Miguel Herberg es nada… o casi nada.

El nombre de Miguel Herberg se nombra modestamente hacia el final de los créditos de la primera película de H & S en Chile “Der Krieg der Mumien.” Esta película aborda los meses previos al golpe de Estado del 11 de septiembre,   el año 1973. En la RDA Fue lanzado a principios de marzo de 1974.

Teniendo en cuenta que esta palabra “Mitarbeit en Chile / Miguel Herberg” (Colaboración en Chile / Miguel Herberg, en la versión en español de La Guerra de los momios) es en sí misma la prueba de la mala fe de Isabel Mardones, Ignacio Aliaga y Luis Horta, respectivamente directores de cine del Instituto Goethe, la Cineteca Nacional y la Filmoteca de la Universidad de Chile.

Para tratar de salvar a los dos impostores Gerhard Walter y Heynowski Scheumann, han optado por ignorar este hecho, la mención de  Herberg en genérica y acreditar la situación en la que Miguel Herberg nunca había puesto un pie en Chile en el año 1973…

Bajo la introducción al “Libro de Trabajo” para Heynowski y Scheumann firmado por Albert Cervoni (miembro del consejo de redacción de “Cinema”), con una referencia genérica a Miguel Herberg. [Cine 75 de abril N º 197, reimpreso distribuido por UNI / CI / ty]

En el número de abril 1975 de la revista “Cinema”, órgano de la Federación Francesa de Clubs de Cine, 32 páginas están dedicadas a la producción de Francia “momias de la Guerra”. Es esencialmente en la página 9 de la página 31, traducción del alemán de un “libro” de los cineastas y Heynowski Scheumann cuya versión original fue estrenada en el momento de la salida de “Der Krieg de Munien” en Berlín en marzo de 1974. Heynowski Scheumann allí empezaron a construir su leyenda en las diferencias de precios significativas a la simple verdad.

Este extenso documento  será una reimpresión hecha pública a través de la distribuidora de la película, UNI / CI / IDAD. Miguel Herberg esta vez se presenta en la página 7 reimpreso como uno de los dos “socios políticos” de los cineastas alemanes orientales. Aunque su papel no es reconocido a la altura de lo que ha sido, al menos, su existencia no se niega que al igual que más tarde Walter Heynowski y Gerhrard Scheumann en genérico todas sus otras películas en Chile.

Después Der Krieg der Mumien el nombre de Miguel Herberg nunca aparecerá en los créditos de las películas de Heynowski Scheumann. Por de pronto, en esta primera película rara vez se oye su voz. En las versiones originales de los documentales de Heynowski y Scheumann las intervenciones y preguntas de Miguel Herberg se integran con mayor frecuencia en el discurso principal del comentarista que se produce en la voz, en general, la voz de Gerhard Scheumann. Por lo demás, las preguntas de Miguel Herberg se doblan a menudo a la lengua alemana y la voz de Miguel Herberg rara vez sobrevive.

En las versiones en español de estas películas, la voz en off Gerhard Scheumann fue traducido al español y le dijo a un español … La voz de Miguel Herberg haciendo preguntas, frecuentemente conocidos en alemán en la versión GDR vuelve un poco más a menudo en las versiones en español de los documentales de Heynowski y Scheumann. Estas huellas son suficientes como evidencia concluyente de fraude y Gerhard Walter Heynowski Scheumann y una nueva y abrumadora evidencia de la mala fe de los que han tratado de hacer pasar a Miguel Herberg como ‘impostor’.

En estos extractos de Mas Fuerte Que El Fuego, la versión española de Im Feuer bestanden (1978), son testimonio de la conversación de Miguel Herberg con el general Gustavo Leigh, quien todavía se consideraba al momento de esta entrevista, a finales de la mañana del 18 de febrero 1974, como el más feroz de los cuatro generales de la junta militar, más feroz que el líder de la junta, el general Pinochet:

La voz de Miguel Herberg, con su énfasis madrileño es innegable en estos breves extractos de Mas Fuerte Que El Fuego publicado en Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=yhhtVezc2wc) por Saúl Valverde, director de cine español.

a 0’30 “, Miguel Herberg al general Leigh: No se podrían entrevistar a estos pilotos?

El general Leigh a Herberg Miguel: No, yo porción del quiero… mantenerlos Anónimos por Razones obvias… Nooooo… yo no quiero que los pilotos aparezcan en tanta televisión PORQUE Gente… la olny afectar algoritmo…

Herberg Miguel Claro, claro..Nosotros preguntamos

El general Leigh. INCLUSO mi hijo es piloto… teniente… No Es conveniente…
Por dirección de seguridad
Miguel Herberg: ” “Nos puede decir si ha participado en los combates del 11 de septiembre ? Conductor: “Si, Como Todos Los pilotos del grupo 7”

. (Https :/ / www.youtube.com/watch?v=yhhtVezc2wc)

En Youtube.
Tres horas después el general Leigh se le negó el permiso para conocer a los pilotos

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Mis en ligne en mars 2014. Dernières modifications, le 29 mai.

Le nom de Miguel Herberg apparaît en queue du générique du film Der krieg der mumien (1974). La présence de Miguel Herberg au Chili en 1973 est là encore confirmée…

Dans les versions originales, en allemand donc, de la dizaine de films réalisés par Walter Heynowski et Gehrard Scheumann de 1974 à 1983 sur le Chili, Miguel Herberg n’est rien… ou presque rien.

Le nom de Miguel Herberg est modestement mentionné à la fin du générique du tout premier film de H&S sur le Chili « Der krieg der mumien ». Ce film traite des mois qui ont précédé le coup d’état du 11 septembre, donc de l’année 1973. Il est sorti en RDA au début du mois de mars 1974.

Notons que cette mention « Mitarbeit in Chile / Miguel Herberg« (Collaboración in Chile / Miguel Herberg, dans la version espagnole La guerra de los momios) est à elle seule la preuve de la mauvaise foi d’Isabel Mardones, d’Ignacio Aliaga et Luis Horta, respectivement directeurs de la cinémathèque du Goethe Institut, de la Cineteca nacional, et de la Cineteca de la Universidad de Chile.

Pour tenter de sauver les deux imposteurs Walter Heynowski et Gerhard Scheumann, ils ont en effet préféré ignorer cette mention d’Herberg sur ce générique et accréditer le scénario selon lequel Miguel Herberg n’avait jamais mis les pieds au Chili en 1973…

En dessous de l’introduction au “Carnet de travail” d’Heynowski et Scheumann signée Albert Cervoni (membre du comité de rédaction de “Cinéma”), un générique avec mention de Miguel Herberg. [Cinéma 75, avril, n° 197, tiré à part diffusé par UNI/CI/TÉ]

Dans le n° d’avril 1975 de la revue « Cinéma », organe de la Fédération française des Ciné-Clubs, 32 pages sont consacrées à la sortie en France de « La guerre des momies« . Il s’agit pour l’essentiel, de la page 9 à la page 31, de la traduction depuis l’allemand d’un « carnet de travail » des réalisateurs Heynowski et Scheumann dont la version originale avait été diffusée au moment de la sortie de « Der Krieg des Munien » à Berlin, en mars 1974. Heynowski et Scheumann y construisent le début de leur légende au prix d’importants écarts à la simple vérité.

Ce long document fera l’objet d’un tiré à part diffusé par les soins du distributeur du film, UNI/CI/TÉ. Miguel Herberg est cette fois-ci présenté, page 7 du tiré à part, comme un des deux « collaborateurs politiques » des réalisateurs est-allemands. Même si son rôle n’est pas reconnu à la hauteur de ce qu’il a été, au moins son existence même n’est-elle pas niée comme le feront plus tard Walter Heynowski et Gerhrard Scheumann sur les génériques de tous leurs autres films sur le Chili.

Après Der krieg der mumien, le nom de Miguel Herberg n’apparaîtra plus jamais dans les génériques des films d’Heynowski et Scheumann. Mais dés ce premier film on entend rarement sa voix. Dans les versions originales des documentaires d’Heynowski et Scheumann, les interventions et les questions de Miguel Herberg sont le plus fréquemment intégrées au discours du commentateur principal qui intervient en voix off, en règle générale, la voix de Gerhard Scheumann. Pour le reste, les questions de Miguel Herberg sont souvent doublées en langue allemande et la voix de Miguel Herberg ne surnage que rarement.

Dans les versions espagnoles de ces films, le commentaire en voix off de Gerhard Scheumann a été traduit en espagnol et confié à un hispanophone… La voix de Miguel Herberg posant des questions, le plus souvent doublée en allemand dans la version RDA, réapparaît un peu plus souvent dans les versions espagnoles des documentaires d’Heynowsky et Scheumann. Ces traces sont suffisantes pour être des preuves irréfutables de l’imposture de Walter Heynowski et Gerhard Scheumann et de nouvelles preuves accablantes de la mauvaise foi de ceux qui ont tenté de faire passer Miguel Herberg pour un ‘impostor« .

Dans ces extraits de Mas fuerte que el Fuego, version espagnole de Im Feuer Bestanden (1978), on est témoin de l’entretien de Miguel Herberg avec le général Gustavo Leigh, encore considéré au moment de cette interview, en fin de matinée le 18 février 1974, comme le plus féroce des quatre généraux de la junte militaire, encore plus féroce que le chef la junte, le général Pinochet :

La voix de Miguel Herberg, avec son accent madrilène, est incontestable dans ces brefs extraits de Mas fuerte que el fuego mis en ligne sur Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=yhhtVezc2wc) par Saúl Valverde, cinéaste espagnol.

à 0’30 », Miguel Herberg au général Leigh : No se podrian entrevistar a estos pilotos ?

Général Leigh a Miguel Herberg : No, yo quiero mantenerlos anónimos… por razones obvias… Nooooo… los pilotos yo no quiero que aparezcan en television… porque tanta gente que le suele afectar algo…

Miguel Herberg : Claro, nosotros preguntamos… claro !

Général Leigh : incluso el hijo mio es piloto… teniente… No es conveniente por seguridad…
Sur Youtube. Trois heures après que le général Leigh lui a refusé l’autorisation de rencontrer les pilotes : Miguel Herberg : “Nos puede decir si ha participado a los combates del 11 de septiembre ? Le pilote : “Si, como todos los pilotos del groupe 7”

. (https://www.youtube.com/watch?v=yhhtVezc2wc)

Sur Youtube.
Trois heures après que le général Leigh lui a refusé l’autorisation de rencontrer les pilotes :

Miguel Herberg : « Nos puede decir si ha participado a los combates del 11 de septiembre ?
Le pilote : « Si, como todos los pilotos del groupe 7″.
(https://www.youtube.com/watch?v=yhhtVezc2wc)

[ MH : On pourrait interviewer ces pilotes ?

Leigh : Non, je souhaite les garder anonymes… pour des raisons évidentes… Nooooon… je ne veux pas que les pilotes apparaissent à la télévision… Parce qu’il y a des gens qui pourraient en être dérangés…

MH : Bien sûr, nous on demande… bien sûr…

Leigh : d’ailleurs mon fils est pilote… lieutenant… Ce n’est pas pertinent pour des raisons de sécurité… ]

Qui est Miguel Herberg ?

Miguel Herberg est ce fou qui, moins de trois heures après que le général Gustavo Leigh, membre de la junte lui ait clairement refusé l’autorisation de rencontrer les pilotes chargés des bombardements du 11 septembre 1973, se retrouve sur la piste de décollage de la base aérienne Los Cerillos et leurs tend son micro au pied de leurs avions bombardiers Hawkers prêts à décoller pour un show organisé par le commandant du Groupe 7 à son intention :

à 1′ 03 », Herberg : Nos puede decir si ha participado a los combates del 11 de septiembre ?

Le pilote : Si, como todos los pilotos del grupe 7

[ MH : Pouvez-vous nous dire si vous avez participé aux combats du 11 septembre ?

Le pilote : Oui, comme tous les pilotes du groupe 7 ]

À la suite, questions et réponses semblables avec autre pilote, un commandant d’escadrille et le commandant du Groupe 7.

Un seul journaliste ou cinéaste de la presse audio-visuelle, chilien ou de la presse internationale, a-t-il montré autant d’audace que Miguel Herberg ?

C’est pourtant ce même Miguel Herberg qui s’est vu traité d’ « impostor » par Patricio Guzman, soutenu par Ricardo Brodsky, directeur du Museo de la Memoria y de los derechos humanos de Santiago !

Qui n’est pas Miguel Herberg ?
Miguel Herberg, photo prise en Italie vers 1974.

Miguel Herberg, photo prise en Italie vers 1974.

Grâce à Jacqueline Mouesca, Patricio Guzman, Pedro Chaskel, Isabel Mardones, Ricardo Brodsky… on peut déjà dire qui n’est pas Miguel Herberg Hartung :

– Miguel Herberg n’est pas comme l’écrivait en 1988 Jacqueline Mouesca, historienne du cinéma [Veinticinco años de cine chileno (1960-1985); Madrid, Eds. del Litoral], le « colaborador ocasional » d’une équipe au Chili qui aurait été constituée d’Heynowski et Scheumann, Hellmich à la caméra et Berger au son (Note 1). Cette équipe n’a jamais existé au Chili. Hellmich n’y a jamais filmé sous la direction d’Heynowslki et Scheumann. Le seul séjour prouvé de Manfred Berger au Chili est celui de 1974 où il s’occupe du son pour les reportages et interviews filmés par Hellmich et réalisés sous la direction de Miguel Herberg. Berger était-il à Santiago le 11 septembre 1973 ? Ce n’est pas complètement invraisemblable, mais il reste à en apporter la preuve.

– Miguel Herberg n’est pas non plus, comme Patricio Guzman a tenté d’en convaincre, un « ayudante del cameraman… no es de fiar » (un aide caméraman … dont on ne peut pas se fier). Au dire de Patricio Guzman, le plus virulent vis-à-vis de Miguel Herberg jusqu’à le traiter d’Impostor, ce serait parmi les dernières paroles qu’il aurait recueillies en 1997 de la bouche de Gerhard Scheumann quelques mois avant qu’il ne meurt d’un cancer. Nous démontrerons que dans toute cette affaire H&S – Herberg le « no es de fiar » conviendrait mieux à Patricio Guzman qu’à Miguel Herberg.
Peter Hellmich face à l’amiral Ismaël Huerta photographié par Miguel Herberg le 25 janvier 1974.

Peter Hellmich face à l’amiral Ismaël Huerta photographié par Miguel Herberg le 25 janvier 1974.

Miguel Herberg n’est pas non plus l’inconnu évoqué par Pedro Chaskel. Chaskel prétend en effet s’être entretenu avec Peter Hellmich au Festival de Leipzig qui lui aurait affirmé « de Miguel Herberg no había oído nunca » (De Miguel Herberg, je n’ai jamais entendu parler). Il s’agit incontestablement d’un faux témoignage. Il reste à savoir si la responsabilité en incombe à Peter Hellmich qui aurait menti à Pedro Chaskel ou à Pedro Chaskel qui aurait inventé cette affirmation de Peter Hellmich. Nous avons quelques raisons de pencher pour la seconde hypothèse.

Enfin, on l’aura compris, Miguel Herberg n’est pas celui qui n’a pas posé le pied au Chili de toute l’année 1973, comme a voulu le faire croire Isabel Mardones en s’appuyant sur les affirmations de Mathias Remmert, producteur des films du Studio H&S sur le Chili et longtemps gardien peu scrupuleux de ses archives.
Miguel Herberg, vers 2010.

Miguel Herberg, vers 2010.

Qui est Miguel Herberg ?

Miguel a ceci de commun avec Walter Heynowski et Gerhard Scheumann : chacun d’entre eux alterne le vrai et le faux. Par exemple, Miguel Herberg s’est laissé parfois aller à affirmer qu’il était à Santiago le 11 septembre 1973. Il devait y être, son caméraman Peter Hellmich l’attendait… mais il n’y était pas. La décision d’assister avec Danilo Trelles à la tri-continentale à Alger du 5 au 9 septembre 1973 lui a fait rater – on peut le dire d’un cinéaste-journaliste – le coup d’État au Chili.

La vantardise est un trait assez fréquent chez les journalistes et les documentaristes. La différence entre Heynowski, Scheumann et Herberg reste cependant considérable : quand les deux premiers disent 20% d’une vérité inconsistante pour rendre plus crédible leurs 80% de mensonges et vantardises, Miguel Herberg énonce 80% de vérités vérifiables… et pour le reste se laisse aller à quelques propos de pure fantaisie. Ce dont Herberg n’avait d’ailleurs aucunement besoin tant son travail réel a été exceptionnel.
Le 19 mai 1971, L’Unità, organe du Parti communiste italien, signale à ses lecteurs le passage à la RAI (télévision italienne) d’un documentaire de Miguel Herberg sur le sport en RDA.

Le 19 mai 1971, L’Unità, organe du Parti communiste italien, signale à ses lecteurs le passage à la RAI (télévision italienne) d’un documentaire de Miguel Herberg sur le sport en RDA.

Quelles ont été les relations de Miguel Herberg avec le Studio Heynowski & Scheumann ?

Où et quand a-t-il connu Peter Hellmich ?

Comment a-t-il obtenu qu’Hellmich soit son caméraman au Chili ?

Il ne faudra pas compter pour donner des réponses sérieuses à ces questions sur Heynowski, Remmert, Stein, Chaskel, Guzman, Mardones ou Brodsky qui ont fait la preuve de leur mauvaise foi, et parfois de bassesse.

Les archives de Miguel Herberg et nos recherches donneront des réponses. Pour l’instant, cette brève publiée dans l’Unità du 19 mai 1971 (ci-dessus) ou encore l’article qu’il signe « Miguel » en septembre 1970 dans le journal féminin est-allemand Für Dich confirment les déclarations de Miguel Herberg : il était correspondant à Rome de journaux de l’Allemagne de l’Est. Ses entrées en RDA étaient donc bien antérieures à ses séjours au Chili et ne devaient rien à Walter Heynowski et à Gerhard Scheumann.

Miguel Herberg : publication dans le journal féminin est-allemand Für Dich (septembre 1970)
Quien es Miguel Herberg ? » texte et photos dans FÜR DICH (septembre 1970) » FÜR DICH, couverture, septembre 1970

FÜR DICH, …

Modus operandi Les archives de Miguel Herberg éclairent aussi sur son modus operandi.
Le terme « d’infiltration » pour décrire sa familiarité avec les représentants de l’ultra-droite chilienne, même s’il a lui même utilisé ce terme, nous paraît mal rendre compte de sa manière d’opérer. En effet, Miguel Herberg avance à visage découvert. Quand pour la première fois le Museo de la memoria a présenté les films du studio H&S, le programme présentait nos deux héros-imposteurs, Heynowski et Scheumann, usant de faux passeports… Isabel Mardones a insisté de son côté sur la précaution prise par nos deux maîtres-espions : ne porter que des sous-vêtements made in Allemagne de l’Ouest. Les soutiens d’Heynowski et Scheumann tenaient à les présenter comme les personnages dignes d’un roman de John Le Carré. À l’occasion de la présentation des films d’Heynowski et Scheumann et sur la foi des textes produits par le Museo de la memoria, le journal en ligne lanacion.cl parlait de « leurs méthodes d’espionage ». Rien de tout cela… c’est sous son véritable nom, sa véritable résidence – Roma, Italia – avec un vrai passeport et la recommandation de Renzo Rossellini qui produisait depuis 1969 des films sur le tiers-monde résolument à gauche avec sa maison de production San Diego Cinématografica que Miguel Herberg a fait son entrée dans la droite ultra de Santiago par la porte « Di Girólamo » (lire L’interview du général Roberto Viaux par Miguel Herberg). La page « Les agendas de Miguel Herberg« , où sont détaillés ses contacts avec Juan-Luis Ossa et Lucia Santa Cruz, permet aussi de mieux comprendre la manière de procéder de Miguel Herberg.

Jean-Noël Darde

À SUIVRE…

Note 1

Jacqueline Mouesca a donné en 1988 la première caution universitaire au récit des deux imposteurs. C’est son texte qui va être par la suite souvent repris sans précaution. Cependant, sans que Jacqueline Mouesca le sache au moment où elle rédigeait son ouvrage (texte accessible ici sur Internet), une fois admis qu’il faut rendre à Herberg la direction de tournages que Jacqueline Mouesca attribuait à tort, en 1988, à Heynowski et Scheumann, de nombreux passages de son texte sont indirectement de beaux hommages au travail réalisé par Miguel Herberg au Chili, en 1973 comme en 1974. En effet, à plusieurs reprises Jacqueline Mouesca évoque la lourdeur idéologique dont les deux réalisateurs allemands font preuve mais ajoute que les images de certains des reportages tournés font à elles seules la valeur exceptionnelle des films du Studio H&S sur le Chili. Des images tournées – pour certaines dans des conditions très périlleuses – sous la seule direction de Miguel Herberg…

* * *

Textes de Jean-Noël Darde ( jndarde@gmail.com ).

Mensaje de correo-e recibido de Jean Noel Darde en 14 junio 2014

En linea, 120 fotos en color de Miguel Herberg, tomadas en los campos de prisioneros de Chacabuco y Pisagua los dias 28 y 30 de enero de 1974 :

– 28 de enero de 1974 : Campo de Chacabuco, fotos en color de Miguel Herberg

– 30 de enero de 1974 : Campo de Pisagua, fotos en color de Miguel Herberg

En enero de 1974, haciendo caso omiso de que se lo prohibiera el General Augusto Pinochet, Miguel Herberg dirigió la realizacion de reportajes cinematograficos excepcionales en los campos de prisioneros de Chacabuco y Pisagua. Lo acompañaban Peter Hellmich, operador de camara, y Manfred Berger ingeniero de sonido (véase http://youtu.be/_PBwKIu3qm4)

Ese mismo material cinematografico fue utilizado por los cineastas Walter Heynowski y Gerhard Scheumann, cineastas estrellas de la ex-RDA (Gerhard Scheumann es hoy considerado como ex agente de la Stasi, policia politica de la ex RDA, por los historiadores alemanes).

Paralelamente a los rodajes que dirigió en Chacabuco y Pisagua, Miguel Herberg tambien sacó fotos diapositivas. Estas son las 120 fotos que por primera vez estan accesibles en linea.

Una parte de esas fotos, así como el testimonio de Miguel Herberg ya fueron ampliamente difundidas en el mes de marzo de 1974 ( véase : http://cluster014.ovh.net/~chilirda/chili73/?page_id=294).

Probablemente, algunas de las reacciones a estas publicaciones influenciaron a la junta militar al decidir clausurar los campos de Chacabuco y Pisagua, menos de diez meses despues de que se publicaran los primeros reportajes que los denunciaban.

Jean-Noël Darde
Maître de conférences (r.) Université Paris 8
Ex-periodista en Chile en 1972 y 1974

Zona de los archivos adjuntos
Vista previa del vídeo Yo he sido, yo soy, yo seré: la impostura de Walter Heynowski y Gerhard Scheumann de YouTube

Relacionados

“Testamento chileno”.

miguelherberg.blogspot.com/2012/01/testamento-chileno.html

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/politica-economia/Miguel-Herberg-Chile-Pinochet-pelicula-pisagua_0_662933937.html

http://sitiocero.net/2012/acerca-de-miguel-herberg/

http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-aventura-del-saber/aventura-del-saber-miguel-herberg/1338262/

Duelo y melancolía en la postdictadura. Discusiones en torno al pensamiento crítico en el Chile de la transición

Duelo y melancolía en la postdictadura.

Discusiones en torno al pensamiento crítico en el Chile de la transición.

Luciano Allende Pinto

lallende1978@gmail.com

ACERCA DEL AUTOR: 

Luciano Allende es Licenciado en Filosofía Universidad ARCIS, Magister © en Filosofía Política Universidad de Santiago USACH, becario CONICYT en programa de Doctorado en Filosofía mención Estética en la Universidad de Chile. Es profesor de Filosofía en el Liceo Andrés Bello A-94, ex Liceo nº 6 de hombres de San Miguel.

Resumen: El presente texto busca presentar algunas reflexiones sugeridas a partir de la experiencia chilena del neoliberalismo, entendiendo que la experiencia de este modelo económico, político y cultural se da en el contexto local, como experiencia de la postdictadura. Se recogen esquemáticamente una pequeña parte de las conceptualizaciones críticas que intelectuales nacionales y extranjeros han desarrollado desde fines de la década de los ochenta, asumiendo que esta es tan sólo una de las posibles relaciones que se pueden sostener con la escena escritural de postdictadura. Especial importancia se da a las claves de lectura sugeridas por Alberto Moreiras, a propósito de la noción del duelo en América Latina, y a la tesis de Patricio Marchant, sobre la pérdida de la palabra, cuyas repercusiones recorren el campo intelectual de cierta izquierda chilena, especialmente aquella que con Nelly Richard se reconoce como Pensamiento Crítico y Crítica Cultural, en donde un número importante de intelectuales provenientes de diversas ramas de la producción artística, las ciencias sociales y la filosofía, se inscriben no sin diferencias e intensas discusiones*.

Palabras clave: Golpe, Duelo, Crítica Cultural, postdictadura, políticas, pensamiento crítico latinoamericano.

http://escriturasaneconomicas.cl/duelo.php

Las recientes transiciones democráticas en el Cono Sur están vinculadas a fuertes procesos de modernización neoliberal, cuya condición de posibilidad es el olvido de la violenta depuración del cuerpo social realizada por las dictaduras.

Alberto Moreiras,  Postdictadura y Reforma del pensamiento.

Pensar el Chile de la actualidad, implica pensar en la cotidianidad de las demandas estudiantiles, en las marchas no autorizadas, en los zombies bailando como muertos vivientes por la Educación en plena Alameda en vez del hombre libre caminando, en el malestar del endeudamiento –sistemático y progresivo– de la población; pensar en la crisis de la representatividad política, de la criminalización de los movimientos sociales, del malestar del consumo, etc; nos lleva una vez más, a la conjugación de ciertos conceptos que bajo los nombres deneoliberalismo,transición democrática y postdictadura, re-abren los problemas de un presente que, junto con intentar plantearse nuevos desafíos, no pueden dejar de atender a un pasado doloroso que como origen constituyente, no es sino la siniestra carta de nacimiento de nuestro ethos cotidiano.

Es fundamental comprender que nuestra actualidad, en tanto presente históricamente constituido responde todavía hoy a una experiencia del pensar, que se inaugura con el Golpe de Estado de 1973, en este sentido, asumo como primera clave de lectura, la tesis marchantiana según la cual, el Golpe es elacontecimiento que abre de manera radical la experiencia de nuestro pensar, como experiencia de la pérdida.

Un día, de golpe, tantos de nosotros perdimos la palabra, perdimos totalmente la palabra. Otros en cambio –fuerza o debilidad– (se) perdieron esa pérdida: pudieron seguir hablando, escribiendo, y, si cambio de contenido, sin embargo, ningún cambio de ritmo en su hablar, en su escritura. Destino, esa pérdida total fue nuestra única posibilidad, nuestra única oportunidad. […] es necesario aquí hablar con rigor, la realidad produjo una nueva escena de escritura. (Marchant, 1984: 308)

El golpe se da como golpe a la palabra, a la representación, como desarticulación radical del logos, los sujetos y la subjetividad propiamente democrática; se trata de pensar el Golpe como destino, como don (Es Gibt), es decir, como acontecimiento des(a)propiador de la representación, se quiere comprender el Golpe como un evento que, con una fuerza homóloga a las de las bombas sobre los muros de la Moneda, es, a la vez, capaz de demoler los edificios conceptuales heredados de la modernidad y sus promesas de emancipación, devastación de la historia, de la proyección política programática, y de las utopías, porque finalmente aquel no es sino un  golpe el sentido mismo. Patricio Marchant, tras superar la afasia del Golpe –siete años de mutismo–, sugiere el arrojo hacia un pensamiento de la escena, y con ello también de lo obsceno: la pérdida, la desaparición y la huella del destrozo.

Una experiencia del pensar abierta por un evento tal, nos sitúa en el contexto de la recuperación democrática, ante el desafío de una restitución de la palabra perdida. Doble filo entre restitución e institución, entre la segunda y sus márgenes (Richard, 2001) este es precisamente el asunto que se juega en lo que se ha denominado crítica cultural y pensamiento crítico, desde fines de los setenta, la década de los ochenta y hasta ahora, un pensamiento que se ejerce problemáticamente en el pliegue Margen e Institución.

Situados en los márgenes de la producción académica tradicional y estrictamente universitaria, el pensamiento crítico desarrolla a propósito de la llamada Escena de Avanzada primero y la Revista de Crítica Cultural después, una importante reflexión de izquierda, que, en tanto dialoga con una serie de autores provenientes de lo que todavía hoy se puede llamar filosofía contemporánea, viene a ser la primera recepción local de las ideas propias de la desconstrucción, de la postmodernidad, del pensamiento débil y gran parte de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, en Chile.

Con un espacio editorial propio, el quehacer crítico intenta propiciar una estética, una filosofía, una teoría política, una historia y una sociología, marginales, es decir una reflexión que se piensa a sí misma como forma de resistencia intelectual al neoliberalismo instaurado como transición a la democracia, en el contexto de la postmodernidad y el fin de los metarrelatos. Con Nelly Richard se acuña una resignificación local –y no exclusivamente moderna– del término “crítica”, que hará suyo el problema del duelo y la melancolía como condición esencial de un pensamiento de izquierda que responda a aquello que la escena de postdictadura fuerza a pensar.

Para los efectos de la constitución conceptual del pensamiento crítico especial importancia tendrán los aportes sugeridos por el filósofo Alberto Moreiras, a propósito de la noción de duelo en América Latina, donde se inscriben no sin diferencias e intensas discusiones, nombres diversos.

En su conferencia “Postdictadura y reforma del pensamiento”, pronunciada en el contexto del seminario Utopía(s) el año 1993, Moreiras sostenía que un pensamiento postdictatorial, está marcado más que por el ánimo de la celebración, por la depresión de la pérdida, y que como tal no podría sino ser “un pensamiento de duelo, en trance de constituirse como tal: lo cual significa no sólo pensamiento de duelo, sino también, duelo del pensamiento” (Moreiras, 1993: 263).  Con ello se sugiere la idea de un pensamiento que intenta resistir a ese olvido señalado en la cita que nos sirve de epígrafe, por cuanto, un pensamiento del duelo, no podrá sino ser un pensamiento rememorante, cuyo ejercicio estará marcado por las diacronías, por los tropos y los topos que fuerzan la red de nombres Golpe, Dictadura, Transición, Neoliberalismo, y Post-dictadura; con lo cual, el ejercicio de pensar en el Chile de la actualidad, de alguna manera habrá de reencontrarse con la herida abierta de la instauración del proyecto neoliberal, o bien, inscribirse paradojalmente en la fortclusión de su escena fundacional, escindiendo toda ley del hogar y la polis, es decir, toda familiaridad constituida por la transición democrática postdictatorial. Ciertamenteneoliberalismo ypostdictadura no son lo mismo, no obstante, como nos han hecho ver A. Moreiras, N. Richard e I. Avelar, entre otros, estos pertenecen a la misma experiencia, a saber, la experiencia de los Golpes de Estado y las dictaduras latinoamericanas; sea la versión chilena, brasileña o argentina del fascismo, todos se dan como un golpe al Estado que instaura el Mercado (Avelar, 2000) y todos producen una transición como institucionalización del régimen dictatorial (Thayer, 1996): Son estos procesos los que en tanto espaciamiento de un cierto topos, inauguran –en cuanto acontecimiento–  la trópica crítica del post donde un pensamiento tal se inscribe.

Utopía(s) y la tesis de Moreiras: postdictadura y duelo.

Fue a partir de la convocatoria realizada por la ahora inexistente División de Cultura del Ministerio de Educación, que se organizó el Seminario Utopía(s) (1993), aquel produjo un encuentro en torno a las perspectivas que la recuperación de la democracia traía consigo para el quehacer intelectual y cultural de un Chile que junto con la salida de la dictadura de Augusto Pinochet, recibía festivamente a un número importantes de intelectuales y artistas que volvían del exilio y otros tantos que después de largo tiempo sacaban la voz en contextos que se entendían como propios del proceso democrático, este ánimo se deja leer en la presentación del editor Eugenio Llona, al documento que recoge las conferencias y comentarios realizados en aquella oportunidad:

¿Quién puede decir –en un Seminario de este tipo– que la más pequeña y opaca frase de hoy no esconda el germen de una luminosa genialidad que estallará mañana? ¿Cómo excluir, sin lastimar, la transmisión del ambiente que se vivió en este Seminario, su atmósfera de pura intensidad poética, la generosa y cómplice energía proyectiva, digna de los mejores tiempos de cualquier época? (1993: 9)

Efectivamente en el Seminario se dieron cita exponentes de la cultura y las artes, filósofos, escritores, poetas, ensayistas, cineastas, actores, etc., todos reunidos y convocados a hablar desde sus propias disciplinas, al llamado asistieron un número amplísimo de conferencistas y público en general, celebraban la posibilidad de una apertura al diálogo en torno al sentido que todavía en el contexto de la postmodernidad podría tener preguntarse por la utopía, las visiones eran divergentes y encontramos desde una apuesta radical por la reinstalación de lo utópico en Darío Oses, hasta la idea de las “utopías intrascendentes” en la presentación de Pablo Oyarzún (Oyarzún, 1993a). Sin embargo, y a pesar de los matices que pudiese haber, en general en todos los textos se deja atisbar la idea según la cual el retorno de la democracia era a su vez el retorno de la cultura a los espacios públicos e incluso oficiales, tras el apagón cultural de la dictadura.

Pero en medio de la fiesta había un invitado de piedra, es decir, uno que se encargaba de decir en el pleno de la celebración que es eso que falta, esto porque la conferencia del filósofo español Alberto Moreiras, en lugar de señalar “ese germen que estallará mañana” no hacía sino invitarnos a mirar hacia el pasado, de algún modo su tesis hundía el dedo en la llaga de la reciente recuperación democrática impidiendo la sutura de la herida abierta por el Golpe, y lo hacía en medio de la celebración institucional, en pleno rito de recuperación para la cultura del Diego Portales, ocupado tras el bombardeo a la Moneda por la Junta Militar. En sus palabras se vislumbraba una doble incomodidad, la propia y la colectiva, porque era precisamente en ese escenario donde la recuperación más urgente, la de nuestro pensar era consignada como pendiente.

Moreiras aludía ahí a la necesidad asumir una condición anímica radical, se trataba de un duelo del pensamiento, como experiencia postdictatorial no constituida, es decir, en falta para el pensar; hacía la indicación de un pensamiento del duelo, como forma por un lado constitutiva y por otro desconstructiva de una reflexión que se inscribía más en lo atópico que en lo utópico. La pregunta retorna con doble faz, ¿cómo habitar esta –nuestra- experiencia de pensamiento desfondada por la escena del Golpe? y por otro, si acaso ¿es posible superar ese duelo del pensamiento que Moreiras anunciaba?

“Duelo” y “pensamiento”, como pensamiento del duelo, ¿qué es lo que una expresión tal sugiere en la medida en que está implicaría un duelo del pensar mismo? Siguiendo los principales aspectos de la conferencia citada, me contento con señalar que estos pueden resumirse en tres tópicos fundamentales: Disposición afectiva radical, proceso de intro y extroyección, y el problema del sentido.[1]Nos dice el autor:

El campo intelectual de la postdictadura incluye como una de sus características, al mismo tiempo más saliente y más ignoradas, la de estar sometido a una determinación afectiva extrema, que yo propongo considerar en términos de duelo. (Moreiras, 1993: 263-264)

Pathos radical, y pensamiento de los deudos, propician una profunda desconstrucción de la escena política transicional, aquella determinación afectiva extrema, vuelca la tarea a un hacerse cargo de un pasado de desaparición, de dolor y terror, en este sentido dicho cargar, implicaría una doble operación de introyección y extroyección, que ciertamente no responde a la tradicional operación proyectiva que caracteriza a la  utopía. De manera tal, que el ejercicio del duelo se establecería desde la doble operación de conmemoración y olvido, esto es, como asimilación y expulsión:

el pensamiento trata de asimilar lo pasado buscando reconstituirse, reformarse, siguiendo líneas de identidad con su propio pasado; pero trata también de expulsar su cuerpo muerto, de extroyectar su corrupción torturada (Moreiras, 1993: 264)

Se trata de una condición quiasmática y crítica del pensar mismo, impelida a mirar por una parte la blanca fachada, tanto como la cara bombardeada de la Moneda. Por consiguiente, la reforma del pensar no es articulable como simple proyecto en una temporalidad lineal acorde a la idea de progreso ilustrada, aunque surgiera en tanto, reformulación una débil posibilidad de restitución.

Reformar es algo que urge en tiempos de crisis, en la medida en que ésta de suyo enrostra esa misma urgencia, los noventas se pensaron en/con las tesis del fin de la historia, en/con y frente al fin de las utopías y por supuesto, lidiando con el fin de los proyectos políticos programáticos. En medio de este descampado de los cuerpos y el sentido, no será sino la ordenanza de restitución de este último, lo que constituye la tarea fundamental del duelo.

En torno a la posibilidad de dicha restitución se jugarán gran parte de las discusiones que se sostienen en las inmediaciones del pensamiento crítico, especialmente entre W. Thayer y N. Richard, y con ellos, entre la Escuela de Filosofía de ARCIS en los noventa y el Diplomado de Crítica Cultural de la misma universidad. Ambos responden de manera diversa al problema señalado por Moreiras:

En las postdictaduras contemporáneas, la lucha cultural no es tanto una lucha entre sentidos ideológicos opuestos como una lucha por el establecimiento o restablecimiento de la posibilidad misma de sentido. Esta lucha por el sentido, en su formulación más radical, está inevitablemente condicionada por procesos de introyección más o menos  aberrantes que acompañan en las sociedades postdictatoriales la transición política desde un régimen basado en la represión sangrienta a una democracia liberal; lo cual también puede decirse; desde cultura del miedo a una cultura cuya más fuerte determinación es su propio legado en el terror, y su necesidad de intro/extroyectarlo. (Moreiras, 1993: 265)

En este sentido, Moreiras nos advierte que se debe comprender la introyección como la transferencia del deseo del exterior al interior de un sujeto, lo que tendría como meta vencer la angustia propia de la pérdida del objeto; dicho ejercicio no estará completo sino hasta que ese deseo recuperado por el sujeto implique la  recuperación de cierta subjetividad. Una que sea susceptible de ser puesta en una exterioridad, que no es sino el espacio público y el cuerpo social reconstituido. Esta tendría que ser la tarea del duelo que a principios de los años noventa nuestras sociedades debieron, a decir de Moreiras, asumir como la más urgente lucha, a partir de una recuperación del sentido de la propia historia –tanto en lo que remite a lo individual como a lo colectivo–, y a su vez, como una recuperación de lo propio de la historia, en tanto historia del terror y el dolor: catastrofe[2]; empero dicha tarea es urgente en cuanto, proceso político consciente, por esto, reformar mienta una recuperación no como proceso natural sino como decisión y lucha. Éste sería el ejercicio reformulador que atisbaba en 1993 Alberto Moreiras:[3]

Vencer la depresión afectiva del cuerpo social como tarea del pensamiento […] Vencer: no derrotar militarmente, no superar dialécticamente, no destruir políticamente, sino más bien vencer como el cuerpo vence una enfermedad, como el espíritu llega a aceptar la muerte de un ser querido. (1993)

Alejándonos sólo lo suficiente de los desarrollos propuestos por Moreiras, asumimos que dicho ejercicio no puede ser ajeno a la tarea de la repetición psicoanalítica, como forma de rememoración e historicidad propia y de lo propio. Se trata de repetir la parte maldita de la historia reciente de nuestras naciones, con vistas a lograr en algún momento un cierto “duelo del duelo”[4], como ejercicio tanatobiográfico. De este modo, una tarea tal encuentra a partir de la concepción benjaminiana de la historia una articulación propicia para pensar nuestra experiencia del fascismo como una relación con los restos y los residuos, imposible de administrar en un discurso oficial.

Esquemáticamente podríamos decir que la lucha por la recuperación del sentido, en tanto, recuperación de la palabra, siguiendo a Marchant, se articula al menos de tres modos, en a) una semántica institucional basada en el paradigma de la gobernabilidad, en b) la apertura de espacios de polisemia de la pérdida, y en c) la filiación anasémica de y con lo perdido.[5]

El primero responde al discurso sociológico de la transición pro concertacionista, que  habría operado como política de la desmemoria y por tanto, como fortclusiónradical de lo obsceno.  Lejano a una perspectiva tal se encuentra el segundo, el pensamiento crítico de Richard, cuya recuperación no se reduce a la semántica del documento, el testimonio ni lo puramente museológico; por cuanto, duelo-melancólico no es lo mismo que pensamiento nostálgico. Sin embargo, su ejercicio conlleva a comienzos de la década del 2000, la necesidad de una recuperación de la palabra, se evocaría ahí un llamado a una débil emancipación, una que se inscriba problemáticamente en la demanda quasi-ética y quasi-política de una historicidad ante la des(a)propiación, una que nos devuelva un sentido, un reconocimiento del pasado cuyas huellas y marcas del destrozo, habitan fantasmagóricamente nuestro presente, dicha recuperación retorna en estos días bajo la triada ética política verdad,justicia y reparación,  sin exclusiones mutuas.

En Las marcas del destrozo y su reconjugación en plural (2001), la autora rescata la interpretación de Moreiras, a partir de la comprensión del golpe comotrauma, el duelo como pérdida de objeto y la melancolía como suspensión irresuelta del duelo (104), para postular desde ese “lugar” marcado por la pérdida, una articulación de un pensamiento crítico que sin ser amnésico, no responda inmediatamente a las operaciones sociales de la memoria, fundamentalmente articuladas en las formas lo monumental y lo documental, por cuanto, estas establecerían narraciones institucionalizantes de lo perdido, dejando fuera la pérdida en cuanto tal.

La autora afirma que el quehacer de la crítica cultural apuesta por una narratividad de los márgenes que debiese ser capaz de escenificar su condición patética, sin ceder a lo puramente testimonial propio de la institucionalidad de latransición[6]. Se tratará entonces de abrir en una condición problemática para un quehacer intelectual que se inscribe en una cierta marginalidad, respecto del proceso transicional como uno que precisamente, en tanto, es un todavía no y postergación permanente de la democracia, viene a ser, en términos efectivos unya no de la democracia, que reemplaza la misma por las exigencias de gobernabilidad anestésica de lo social que sea “responsable” con las política que el mercado exige, y por lo tanto, que opere como garantía secreta del mercado mismo. Frente a esta situación es que ya no tanto la crítica cultural como el pensamiento crítico[7] buscarían su inscripción propia en los márgenes.

A decir de Richard, la tarea de un pensar que responda a nuestra experiencia estaría atravesada por una doble exigencia:

reformar el pensamiento en postdictadura pasaría, primero, por el reconocimiento de una desoladora y trastornadora marca de la ausencia (pérdida, abandono, desaparición, vaciamiento) y, segundo, por la tarea de trasladar esa marca del pasado enlutado hacia un presente y un futuro que dejen lo muerto atrás para salir así de la repetición enfermiza a la que nos condenaría el duelo no consumado (Richard, 2001: 107).

Como vemos Richard, al mismo tiempo que señala una tensión entre reconocimiento y traslado, deja abierta la puerta para una posible consumación del duelo. Dicha articulación, se abre como una apuesta a favor de la consumación, como cierre de la repetición patológica del trauma cuya traslación, ya no respondería a la translatio vacía de la transición (Thayer, 1996), sino una tal, que subvierta la historicidad de la desmemoria por una que tenga entre otras cosas la capacidad de recuperar la historia misma, en este sentido,  Richard sostiene que consumar el trabajo del duelo histórico significa narrar el dolor de la pérdida del pasado, y con ello, narrar también la historia como pasado: es decir, conjurar los fantasmas que pueblan la escena de recuperación democrática.

Por su parte, W. Thayer, y otros pensadores que han recogido la tesis marchantiana del golpe hasta sus últimas consecuencias, asumen que éste como acontecimiento señala el fin de toda ideología, como forma de soberanía estatal moderna, luego nos queda el recurso de la insistencia en el shock, como “represión sin represión”, tras la cual no es posible recuperación, ni restitución alguna, por cuanto, una recuperación tal no sería sino la institucionalización de lo schockeante, la apuesta danza sobre el abismo, ni duelo, ni duelo del duelo, sino pensamiento doliente.

La fuerza sin ley es la ley de la fuerza. La ley fuera de la ley es, ahora, la ley. La excepción se convierte en norma. Y si no hace mucho laexcepción concernía a la norma como excepción de la norma, y se mantenía  atada a ella como término correlativo, interiorizada en la soberanía y el mando de la ley, hoy en día, en la post-dictadura y el post capitalismo estatal imperialista, lo que corre es la excepción sin más, el estado de excepción como proliferación empírica de la norma fuera de toda norma trascendente y trascendental. (Thayer, 2001:253).

Thayer ve en la tesis marchantiana del golpe a la palabra, la necesidad de abrir un pensamiento cuya insistencia y persistencia en el trauma no permite duelo alguno, el golpe como evento filosófico de des(a)propiación radical, no permitiría apropiación, no cabe la crítica, porque la demanda de las condiciones de posibilidad, debe dejar su lugar al abismo de las condiciones de imposibilidad, y al mismo tiempo, a la imposibilidad como condición. Se tratará de pensar entonces no la reforma del pensamiento –como proponía Moreiras– sino la insistencia en el abismo de lo anasémico, es decir, de aquello que en tanto, experiencia radical, no puede ser determinable por conceptos, ni reducible a explicaciones. En este sentido, el Golpe era: “Un padecimiento en el cuerpo biográfico de los individuos que se resistía a toda repetición que desbordaba los argumentos y los relatos de identidad de los sujetos y que se hundía en lo que literalmente no tiene nombre” (Oyarzún & Thayer, 2000)[8]. Desde este lugar, el golpe viene a ser el don de lo impresentable.

Ahora bien, el problema sigue siendo todavía hoy, de qué se trata, y con quien se trata, si es que fuese posible esa reformulación, asumimos que esta tendrá que hacerse cargo de la manera en que las dictaduras militares pasan de un ejercicio de pura violencia a la institucionalización de un régimen. Proceso que como ha hecho ver W. Thayer, consiste en la articulación política de la represión (Thayer,  2001), Moreiras se refiere a este proceso como “refundación capitalista” donde, como sostiene el autor, las dictaduras “sin perder su acción represivo-defensiva, entran en un neoliberalismo funcional cuyo objetivo expreso es la modernización, según patrones impuestos a la periferia por el capitalismo transnacional de acumulación flexible”(1993: 269), es justamente este proceso donde la postdictadura coincide con la instauración del neoliberalismo, con su carácter económico-financiero y formas de gobierno quasi-representativas articuladas dentro de los esquemas políticos de las democracias neoliberales; en Chile la continuidad de este proceso por parte de los gobiernos de la Concertación es total, en tanto, responden a la lógica de “en la medida de lo posible”, y cuya maquinaria asume el funcionamiento de la institucionalidad heredada de la dictadura, sin cuestionar de modo alguno el fondo, a saber, el origen siniestro de su fundación.

En este escenario paradójicamente coinciden tanto la univocidad de un sentido económico político neoliberal, como el fascismo de la diversidad (Olga Grau, citada por Oyarzún, (Utopía(s), 1993b), articulándose dicha instauración como una suerte de hegemonía política de la desmemoria y por consiguiente, como des(a)propiación extrema de las propias condiciones de la realidad política, económica y cultural, es decir, antes que una política abierta a su génesis dictatorial como aquello que una recuperación democrática debió hacerse cargo, se instauró una economía política de los cuerpos, que en tanto, repetición patológica, responde más a una fortclusión psicótica que a una reformulación efectiva.

Finalmente, nos vemos forzados a asumir que decir “reformulación del pensar en la postdictadura” y decir “pensamiento de la recuperación democrática” son operaciones radicalmente opuestas, una opera como política de la memoria, mientras que la otra disuelve el pasado en el olvido de la circulación en el mercado.

Quizá la actual crisis, y los atisbos hacia el asunto del malestar en la sociedad chilena que adquiere formas de violencia en la protesta ciudadana, sea una de las consecuencias de la no consumación del duelo por parte de la sociedad en su conjunto. No obstante, cabe considerar también, que la reinstauración de demandas colectivas y el potencial de subjetividad que aquello implica, nos fuerce a pensar en una nueva forma de lo social en el contexto del capitalismo trasnacional, ciudadanía(s) sin estado, ciudadanía(s) en estado de excepción, son cuestiones que debiesen reabrir un debate como el de Utopía(s), en una suerte derelevo de la tradicionaldicotomía Estado/Sociedad civil, hacia una forma nueva que se sitúa colectivamente frente al Estado y el Mercado, como resistencia política a la atomización e individualización totalizante de la operación neoliberal.

Probablemente sea necesario agregar un tercer y un cuarto términos, nuevamente prestados por el psicoanálisis, para pensar aquello que constituye la experiencia del pensar que la postdictadura fuerza, al duelo y la melancolía,debemos sumar el malestar y la ilusión, por cuanto estos dos últimos, reincorporan un pensamiento que dé cuenta de subjetividades colectivas, que sin recuperar la palabra y sin perderse la pérdida, hablan en y desde el anonimato de lo virtual, para reinsertarse en nuevos contextos de espacio público inauditos que parecían disueltos en las lógicas de desterritorialización del capitalismo mundial integrado, como superficies mucho más alternas que continuas del mercado mismo.

Bibliografía.

Avelar, Idelber. (2000) Alegorías de la derrota, La ficción post dictatorial y el trabajo del duelo. Santiago: Cuarto Propio.

del Sarto, Ana. (2001)  “Fuga Melancólica. Aporías del ‘Pensamiento Crítico’ chileno sobre la postdictadura” en Nelly Richard & Alberto Moreiras (Eds),Pensar en/la Postdictadura. Santiago: Cuarto Propio.

Derrida, Jacques. (1986) La tarjeta postal. De Sócrates a Freud y más allá. México D. F.: Siglo XXI.

Marchant, Patricio. (1984) Sobre árboles y madres. Santiago: Ediciones Gato Murr.

Moreiras, Alberto. (1993) “Postdictadura y reforma del pensamiento” en Utopia(s), Coloquio Organizado por el Ministerio de Educación. Santiago de Chile.

—. (1999). Tercer espacio, literatura y duelo en América latina.  Editorial ARCIS-LOM, Santiago de Chile. Se consultó edición electrónica disponible en:  http://www.philosophia.cl/biblioteca/Moreiras/Tercer%20espacio.pdf

—. (2001) “El otro duelo: A punta desnuda. Las marcas del destrozo y su reconjugación en plural” en Pensar en/la postdictadura. (págs. 315-329) Santiago:Editorial Cuarto Propio.

Oyarzún, P. (1993a). Utopía(s). La ley de los idiomas y la dispersión de la lengua(págs. 161- 167). Santiago: Ministerio de Educación.

—. (1993b). Utopía(s). De Utopías y Fines (págs. 21-29). Santiago: Ministerio de Educación.

—. (2000). Oyarzún, Pablo & Thayer, Willy. Presentación: Perdidas palabras, prestados nombres. Presentación a Marchant, Patricio. Escritura y  Temblor(págs. 9-13). Santiago: Editorial Cuarto Propio.

—. (2000) Duelo y alegoría de la experiencia. Presentación del libro Alegorías de la derrota. Edición virtual disponible en http://www.philosophia.cl/articulos/antiguos0405/alegoriadelaexperiencia.PDF

Richard, Nelly. (1998). Residuos y metáforas. Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la transición. Santiago: Editorial Cuarto Propio.

—.  (2001) “Las marcas del destrozo y su reconjugación en plural” en Pensar en/la postdictadura. (págs. 103-114) Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio.

Thayer, Willy. (1996) La crisis no moderna de la universidad moderna: (epílogo del Conflicto de las facultades). Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio.

—. (2001)“Vanguardia, dictadura, globalización (La serie de las artes visuales en Chile, 1957-2000).” en Pensar en/la Postdictadura. (págs. 239-260)Santiago: Cuarto Propio.


Notas.

* La primera versión de este texto fue presentado en el IV Seminario de Pensamiento Filosófico en Chile: El desafío filosófico de recuperar el pasado y pensar el presente en Chile, organizado por el Grupo de Investigación en Filosofía Chilena, en agosto del 2012, aquel recoge algunos elementos que se encuentran desarrollados en el ensayo: Articulaciones del pensamiento crítico en el Chile de la postdictadura, en proceso de desarrollo.

[1] Un excelente y detallado comentario es el que ha realizado Ana del Sarto, enFuga Melancólica. Aporías del “Pensamiento Crítico” chileno sobre la postdictadura (2001).

[2] En la misma conferencia, el filósofo español refiere al pasar al concepto benjaminiano de historia, no deja de ser interesante el modo en que fundamentalmente a partir de la traducción de las tesis Sobre el concepto de historia, en La dialéctica en suspenso (Santiago: ARCIS-LOM, 1996), por parte de Pablo Oyarzún, se hayan originado una gran cantidad de interpretaciones locales que retoman la relación de una historia con la catástrofe como experiencia radical de fascismo y la desaparición, que permite sobreponer lo que sea la historia, a las tesis que anunciaban su fin, asuminos que Pisagua o Auschwitz, exigen pensar una historia del horror y los restos.

[3] El desarrollo del artículo dialoga con las tesis de F. Jameson y E. Laclau, a partir de una serie de rendimientos críticos que se establecen de los análisis de la posibilidades de democratización y proliferaciones de sentido en el centro y en la periferia, donde se encontraría una serie de colectividades intermedias, donde un “pensamiento postmoderno vestibular” debiese desarrollarse, como vencimiento del pathos, en algún sentido esa condición vestibular viene a ser una formulación provisoria de lo que más tarde denominará con mayor claridad “tercer espacio”.

[4] Dicha expresión se encuentra desarrollada en Moreiras, en su obra Tercer espacio, literatura y duelo en América latina (1999), así como en el artículo presentado en el Seminario que recoge las ponencias realizadas en el Diplomado de Crítica Cultural de la Universidad ARCIS, reunidos en Pensar en/la postdictadura (2001) Editado por Nelly Richard y Alberto Moreiras. No obstante, dicha exigencia de “duelo del duelo”, habría aparecido ya en las conversaciones sugeridas en el Seminario Utopía(s), según comenta Pablo Oyarzún en su presentación al libro de Idelver Avelar, Alegorías de la Derrota: La ficción postdictatorial y el trabajo del duelo, titulada Duelo y alegoría de la experiencia(2000).

[5] Debo agradecer en este punto, la observación de Marcelo Rodríguez, quien me hiciera ver que la escena de pensamiento de la década del 80’s debiese también considerar aquellas voces que en términos marchantianos  “se perdieron esa pérdida”, es decir, toda una escena de pensamiento que operó de espaldas a los acontecimientos históricos, y que ejerció el pensamiento no sólo filosófico en ocupaciones metafísicas y analíticas que se presentaban a sí mismas como sifuesen producto de un espacio despolitizado.

[6] “El uso actual de la palabra «transición» atribuiría movimiento y transformación –y todos seríamos víctimas por igual de esa atribución- a una realidad estacionaria e intransitiva. Habitaríamos bajo los efectos de un nombre impropio para la actualidad”  (Thayer, 1996: 169). En este sentido, habría un uso impropio y funcional a la instauración del neoliberalismo, y otro que podríamos denominar crítico: “La sociología llama transición no al período de translatio del Estado moderno al mercado post-estatal (cuestión que acontece con guerras y dictaduras y calamidades varias); sino al período de post-dictadura, es decir, donde no hay ya translatio alguna. Transición nombra propiamente para “nosotros”, entonces, no la transferencia de la administración gubernamental de la dictadura a la democracia, sino la transformación de la economía y la política que la dictadura operó: el desplazamiento del Estado como centro-sujeto de la historia nacional, al mercado excéntrico post-estatal y post-nacional. Desplazamiento que supone, más en general, el extravío de las categorías articulantes de la historia moderna, a saber: Estado, pueblo, revolución, progreso, democracia, interés, historia, ideología, hegemonía, confrontación, autonomía, localidad, política, pedagogía, nacionalidad, etc.”  (175-176).

[7] La aclaración de los términos “crítica cultural” y “pensamiento crítico” en Richard, ha sido señalada por Ana del Sarlo (2001). Si bien el proyecto editorialRevista de Crítica Cultural, sigue estando vigente, efectivamente puede sustentarse esa distinción a partir de la centralidad de los estudios sobre la Escena de Avanzada y una reflexión respecto de la escena política y cultural de la postdictadura.

[8] Es el mismo Willy Thayer quien cita en Vanguardia, dictadura, globalización(2001), el pasaje de su Presentación aEscritura y Temblor de Patricio Marchant, aclarando que dicho pasaje pertenece a Pablo Oyarzún, sin embargo, el texto en la versión impresa de Cuarto Propio (2000), no corresponde literalmente al citado por Thayer, en el artículo del 2001; tampoco hay correspondencia respecto al año, dado que en la nota bibliográfica de Thayer, se fecha el texto de la Presentaciónen el 2001, desconocemos si se trata de un simple error y una paráfrasis, o si el autor tiene presente la versión leída en el lanzamiento de la obra, o bien, si se trata de una versión revisada inédita del mismo.

Cuando la revolución parecía esperar a la vuelta de la esquina… Eugenia Palieraki.2008

La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile Polis, 19 | 2008 Eugenia Palieraki Cuando la revolución parecía esperar a la vuelta de la esquina, el dilema entre vía armada y vía electoral se planteaba en todas las organizaciones con mayor o menor intensidad y persistencia. La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (1965-1970) Introducción 1 Chile se ha jactado permanentemente de ser un país de orden y con una larga tradición democrática y republicana*; un país donde la búsqueda de consensos ha sido por largo tiempo -y sigue aún considerándose- como la fuerza motriz de su historia. Si esto corresponde a una verdad histórica o a una construcción –fundada tanto a partir de los trabajos de politólogos extranjeros como de los mitos de la historiografía nacional- lo cierto es que este imaginario nacional sigue vigente hoy. 2 No obstante, en los últimos años la historiografía chilena muestra un claro interés por sujetos complejos y polémicos. Prueba de ello es la atracción que suscita en las jóvenes generaciones de historiadores, los periodos “problemáticos” de la historia reciente – en especial el gobierno de la Unidad Popular (UP) y en menor medida el conjunto de los años sesenta-. Sin embargo, este retorno no ha significado necesariamente la emergencia de un verdadero debate y las lecturas que se realizan de este periodo están –muchas veces- sometidas a consideraciones ideológicas o políticas. 3 La reflexión histórica sobre los largos años sesenta (1960-1973) se vuelve mucho más ardua a medida que se enfoca sobre aspectos más polémicos. Y he aquí uno de ellos: el rol político de la nueva izquierda revolucionaria1, nacida a mediados de los años sesenta y cuya presencia en la escena política influenció fuertemente el curso de los acontecimientos durante la Unidad Popular. Esta izquierda frecuentemente es identificada con el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), pero en los años sesenta y setenta estaba compuesta de numerosos grupos pequeños. La mayoría gravitaban alrededor del MIR, escindiéndose de él para a veces, volver a integrarse2. Nuestro artículo se focalizará sobre el MIR y la problemática de la violencia política3, que fue central en su historia. Estudiaremos el discurso que tuvo el MIR sobre este punto durante el período 1965-1970, construido tanto en los escritos teóricos como en los discursos de sus dirigentes, así como el lugar y el rol que ocupó la violencia en la práctica política del MIR. La articulación entre prácticas políticas y representaciones estará en el centro de nuestra atención. El camino tortuoso hacia una historia de la “izquierda revolucionaria” 4 En la bibliografía chilena, la izquierda revolucionaria y la violencia política son dos temas que a menudo se entrecruzan. Relacionado con el primer tema, es necesario constatar que la calidad no siempre abunda. En el caso del MIR, estamos obligados a navegar entre una historia militante –seguramente necesaria, pero que plantea numerosos problemas-, los estudios periodísticos, y la más infinita desigualdad de artículos y referencias en las revistas y la bibliografía general. 5 Las obras de historia militante, además de su deseo de excluir al no-militante, plantean igualmente graves problemas, fundamentalmente en lo que concierne la plena comprensión del objeto de estudio. El militante, teniendo por definición un apego particular hacia su propio partido, ve su grupo político en tanto depositario de la verdad, pero también como radicalmente diferente de los otros grupos políticos. Los estudios sobre la izquierda han tendido a menudo a separar el partido estudiado del contexto en el cual éste realizaba su acción política. De esta manera, la izquierda ha terminado por entregar retrospectivamente su rol marginal y extranjero al campo político, puesto que parecía no recibir ni generar influencias sobre los otros partidos y movimientos. Para no mencionar el tratamiento aun más problemático de temas sensibles, tales como el de las relaciones con las organizaciones internacionales, o el apoyo a la lucha armada, a los cuales raramente estos estudios se refieren. A propósito de la violencia política, durante las cuatro últimas décadas las ciencias sociales, tanto en Europa como en América Latina, han realizado un trabajo sistemático de estudio y de conceptualización. Chile parece haber escapado, salvo excepciones4, a esta ola de “violentología” que ha invadido a otros países del sub-continente –Colombia es un caso ejemplar. La falta de estudios sobre la violencia política en Chile ha impedido que ella sea objeto de un debate nacional5, incluso cuando no está menos presente en la historia chilena que en la de otros países del continente. No obstante, a partir de las pocas obras que tratan el tema,cuatro principales interpretaciones se destacan. Es necesario señalar aquí que a menudo están vinculadas a una posición política. La primera consiste en negar prácticamente la existencia de la violencia política: los “extremistas” (de izquierda, evidentemente) serían asimilados a los criminales, a los delincuentes comunes. Esta interpretación, defendida en el terreno de las ciencias políticas y de la sociología por Talcott Parsons, ha hecho su aparición en Chile sobre todo a través de los medios de comunicación de centro y de derecha y ello a partir de finales de los años 1960. La segunda interpretación ve en la utilización de la violencia política en Chile,una imitación de modelos extranjeros –de la Revolución cubana y de la guerrilla guevarista,en este caso. Curiosamente, ella fue concebida y defendida con fervor por los intelectuales del PCCH, en los años 1960 y 1970 y retomada por los intelectuales ligados a la dictadura de Pinochet. Para los defensores de esta teoría, la violencia política era extranjera a las costumbres nacionales y su adopción no podía ser sino una influencia maléfica de otros países, deseosos de entrometerse en los asuntos nacionales. La tercera interpretación, a menudo vinculada a la anterior, atribuye la violencia política a los extremos: ya sea de aparición simultanea en los dos extremos y que se retro-alimenta, o bien como la violencia de la extrema derecha en tanto respuesta a la violencia de extrema izquierda (la encontramos en los escritos y la prensa del PCCH y de la Democracia Cristiana). Se trata de una versión chilena de la “teoría de los dos demonios”6. Ésta es la mas difícil de tratar, puesto que es la más repetida y la que se ajusta mejor a la versión nacional de una “historia de consenso”. En una interpretación donde los dos extremos se juntan, esta ultraizquierda extremista –que por su radicalismo es vista como extranjera a la historia y al temperamento chileno- es presentada a la vez como colaboradora de la extrema derecha, agente de Fidel Castro, el movimiento menos significativo de la izquierda chilena, y al mismo tiempo principal responsable de la crisis de los años 70-73 y de la caída de Allende7. En un registro completamente diferente, la cuarta interpretación encarna la violenciapolítica a través de dos actores que se oponen sin tregua desde el alba de los tiempos: el Estado, por una parte, y por otra los Dominados; la violencia de las clases dominantes contrala del bajo Pueblo. Esta interpretación concibe la violencia como una constante de la historia chilena, ocultando toda dimensión temporal. En este marco interpretativo, la violencia del MIR llega a ser la traducción de la violencia popular; y la represión después del Golpe de Estado la repetición del ciclo violencia popular-violencia del Estado. Teniendo el mérito deintegrar al actor-Estado en el debate sobre la violencia, esta interpretación es a pesar de todo algo esquemática. 7 De estas interpretaciones de la violencia política de los años 1960 podemos sacar nuestras primeras conclusiones. En primer lugar, la izquierda revolucionaria es a menudo considerada como actor principal de la violencia política de los años 1960-1970. En segundo lugar, las otras corrientes políticas son raras veces tomadas en cuenta y el Estado menos aún. En tercer lugar, las conclusiones son más dictadas por los fines ideológicos que por un estudio histórico basado en las fuentes. Por último, la violencia política es imaginada como una táctica propia de ciertos movimientos o partidos políticos, una práctica innata, sin que las razones que hayan conducido a su adopción y el rol especifico que cumple sean examinados. 8 Ahora bien, hacer la historia del recuso –en el discurso o en la acción- de una organización política a la violencia no es una tarea fácil, a causa de la complejidad del fenómeno. El discurso que legitima la violencia se forja siempre paso a paso. Por otra parte, dicho discurso no es necesariamente coherente ni unívoco. Además, cumple numerosas funciones: legitima en el plano interno las prácticas violentas, las justifica socialmente y los argumentos se adaptan cada vez a las necesidades del momento. Los usos de la violencia pueden igualmente variar,diferenciarse en relación al discurso que les precede y en general encontrar su justificación y lógica, una vez los hechos consumados. Cuando el historiador se acerca a este tema candente,debe considerar el elemento pasional (la fascinación por la violencia). Y debe sobre todo incluir en su esquema interpretativo la incertidumbre que caracteriza la toma de decisiones en política. Numerosas tendencias convergen a cada momento y producen un acontecimiento cuyas consecuencias los actores no conocen con antelación. Ahora bien, el problema para el historiador se plantea así: ¿Cómo hacer para construir a la vez una interpretación de los hechos coherente y tomar en cuenta las incertidumbres y las incoherencias del momento estudiado? 9 Proponemos aquí examinar la relación que mantiene la nueva izquierda revolucionaria chilena con la violencia política a partir de los ejes de reflexión siguientes. Primero, tomando en cuenta el contexto intelectual, ideológico y político que permite a cada momento la legitimación de la violencia en tanto instrumento para hacer política. Enseguida, estudiando la violencia revolucionaria en tanto discurso: los debates sobre la táctica y la estrategia, respecto a los límites de la utilización de la violencia, sobre las referencias históricas y los modelos para cada táctica adoptada. Luego, la utilización de la violencia en tanto elemento regulador de las tensiones internas al movimiento, pero también en tanto creador de divisiones internas a largo plazo8. Por último, a través de la visión del Estado, sobre todo la que la policía y luego el poder judicial tienen de estos grupos; como legitimación de la represión, represión basada en el postulado de que la violencia es incompatible con la política. Este último punto será solamente esbozado. La apología de la violencia: la violencia discursiva en su contexto histórico 10 Una cuestión siempre vigente hoy en día es saber si la violencia puede ser un medio legítimo para hacer política9. Trátese del debate actual, o de aquél de los años 1960, que es objeto de este artículo, siempre es necesario comenzar por reubicarlo en su contexto histórico. Tratar de comprender a través de qué procesos la violencia política se convirtió (o no) en opción principal a fin de provocar cambios sociales y políticos. No hay que confundir, sin embargo, la contextualización que intentamos hacer aquí con la apología de la violencia. 11 En lo que concierne a los años 1960 chilenos, afirmar que la vía armada hacia la toma del poder era un asunto de los extremos, es desconocer las verdaderas dimensiones que este debate tenía en ese momento. Cuando la revolución parecía esperar a la vuelta de la esquina, el dilema entre vía armada y vía electoral se planteaba en todas las organizaciones con mayor o menor intensidad y persistencia. 12 Todo esto se expresaba en el marco de la violencia “discursiva”10. Porque si miramos la violencia política más cotidiana, podemos constatar que a partir del gobierno de Eduardo Frei (1964-1970), la violencia política invadió las calles de las grandes ciudades chilenas,pero también el campo. Y en ningún partido, ni organización política, de izquierda como de derecha, estuvo ausente. Afirmar que el recurso sistemático a la violencia ha sido consecuencia de los discursos y los llamados a las armas de los movimientos políticos más radicalizados,es reconocerles una incidencia tal sobre la sociedad chilena y sobre la opinión pública que incluso ellos mismos no osarían asumir. No podemos más que constatar la existencia de un proceso generalizado de politización y radicalización de la sociedad civil en el que todos los partidos u organizaciones políticas han contribuido. No obstante, aquellos que la reivindican públicamente y la convierten en su estandarte, son mucho menos numerosos. 13 Volvamos ahora al contexto en donde la “vía armada” se volvió, en vista de la conquista del poder, la única o la principal opción de la nueva izquierda revolucionaria. La arqueología de una justificación y adopción discursiva de la violencia no es evidente y amerita un estudio más detallado. La toma del poder por las armas estaba regularmente propuesta en el seno de la izquierda desde finales del siglo XIX. Por último, en los años 1950, no eran los partidos políticos sino sobre todo la CUT (Central Única de Trabajadores) que lanzaba el llamado a las armas. Ahora bien, en los años 1960, un viraje se produce en el debate sobre el uso de la violencia política. Primero, este último es mucho más generalizado y no se limita a algunas fracciones marginales y minoritarias de la izquierda. Una franja importante de la izquierda se desplaza lento pero seguro hacia el culto a la lucha armada. Los debates se centran sobre la táctica y la estrategia, y sólo se espera la insurrección de las masas o bien la aparición de un núcleo de elegidos que cumplirá con la misión. Este cambio tiene relación con el período muy particular que fueron los años 1960. El contexto intelectual se presta. Y los ejemplos concretos abundan: Cuba ante todo, pero también toda América latina, Argelia, Viet-Nam… 14 El rol que juega la revolución cubana en este viraje del debate fue central. Ella constituyó entonces, una referencia ineludible para el conjunto de la izquierda latinoamericana –y no solamente para aquella que le fue cercana. Mientras que la revolución cubana confirmaba en los hechos que en América latina se podía llegar al poder por la vía de las armas, el ejemplo del Che Guevara y sus escritos contribuían a la formación de un discurso, de un imaginario, de una estética y de una nueva moral revolucionaria propia de los años 1960. La violencia reaparecía como inherente a lo político. No obstante, el impacto de la revolución cubana no puede explicar todo. Evocar la “influencia extrajera”, creer en una imitación ciega de los modelos venidos del exterior, para explicar el nacimiento y el recorrido de la nueva izquierda revolucionaria en Chile, y en general en América latina, sigue siendo un enfoque insatisfactorio11. 15 Aunque las relaciones estrechas entre Cuba y los movimientos revolucionarios latinoamericanos es un hecho acertado, no podemos sacar conclusiones precipitadas sobre la naturaleza de éstas, ni pensar que los movimientos armados eran los únicos en tener relaciones con Cuba (el PCCH y el PS, tenían también intercambios constantes con la isla de la revolución). Por otra parte, las particularidades nacionales, los financiamientos cubanos que ya no se distribuían a destajo a partir de 1967, el viraje bajo la presión soviética de la política cubana en esa misma fecha, todo esto nos conduce a una historia de las relaciones entre la “izquierda revolucionaria” y Cuba, más matizada y compleja que lo que podríamos suponer hasta ahora (Levesque 1976; Lagonotte 2003). Desgraciadamente, la imposibilidad de acceso a los archivos cubanos complica extremadamente la tarea. 16 Otro elemento que es necesario no desatender: la revolución cubana se ha constituido como referencia para la izquierda latinoamericana sobre la base de una fuerte reivindicación latinoamericanista. Ella era concebida por los militantes de la izquierda armada latinoamericana como una segunda independencia (Rodríguez Elizondo 1995: 134), lo que la convertía en la realización definitiva de las independencias continentales, estableciendo así un vínculo inquebrantable con la historia y el imaginario nacionales del conjunto de los países latinoamericanos. En este sentido la tradición latinoamericanista y nacionalista del Partido Socialista chileno (Benavides 1988), de donde provenía una gran parte de los militantes del MIR, es consumada a través del MIR. Y puesto que la revolución cubana había sido armada, la conclusión más fácil, si se creía en la unidad de la historia continental, era que la revolución latinoamericana debía también hacerse por las mismas vías. 17 Los años 1960 latinoamericanos están tan marcados por la revolución cubana como por los acontecimientos del tercer mundo, en que la vertiente mas radicalizada desarrolla un discurso muy construido sobre el problema de la violencia política y su legitimidad. “Si los 60 se inician con la Revolución Cubana, puede afirmarse que en las ideas se hallan formulaciones sesentistas bien tempranamente en Frantz Fanon” (Devés 2003: 136)”, afirma el historiador Eduardo Devés. Editado en castellano en 1963, Los condenados de la tierra constituyen una teorización sólida que reúne a menudo las conclusiones que se desprenden de la experiencia cubana. La obra de Fanon inaugura, de una cierta manera, la visión política romántica y radical que fue la de los años 1960 en América latina, y en las tesis de la “nueva izquierda” del continente no ha sido apreciada en su justo valor. 18 Los condenados de la tierra inaugura toda una corriente interpretativa, proponiendo una nueva lectura de la violencia política. La violencia revolucionaria llega a ser el medio privilegiado,incluso el único medio hacia la liberación. La violencia no es solamente legítima sino indispensable para la toma de conciencia popular. Es la condición previa a la movilización de masas y el instrumento principal para la construcción del hombre nuevo. “La construcción de la nación se facilita por la existencia de esa mezcla hecha de sangre y de cólera (Fanon 1963: 85)”, advierte Fanon. La división entre lo militar y lo político está abolida –y veremos que La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 6 Polis, 19 | 2008 esta es una de las principales características de las nuevas izquierdas revolucionarias de los años 1960. “La táctica y la estrategia se confunden”, dice Fanon, “El arte político se trasforma simplemente en arte militar. El militante político es el combatiente. Hacer la guerra y hacer política es una sola cosa (Ibíd.: 121)”. 19 Introduciendo la indivisibilidad entre lo político y lo militar, entre la política y la guerra, Fanon también adopta la teoría expansiva de la violencia. Ésta marcó los años sesenta para constituir el principal argumento de la nueva izquierda no sólo en América latina, sino también en Europa, en los Estados Unidos y en otras partes del mundo. La injusticia y las desigualdades sociales, el colonialismo, son una forma de violencia. La violencia revolucionaria es la única respuesta posible y en consecuencia una respuesta legítima a la violencia institucionalizada, aquella del colono en los países colonizados y aquella del Estado en los países latinoamericanos, denominados también semi-coloniales (Ibíd.: 32). 20 La cuestión que se plantea ahora es la del vínculo entre el contexto y nuestro objeto de estudio. Para ser más precisos, la recepción y la apropiación del contexto intelectual y político descrito anteriormente por el MIR. Si el MIR se ha impregnado por este contexto, también ha recorrido su propio camino con el fin de establecer una fuerte justificación de la violencia política. Porque, incluso si el contexto se prestaba, la lucha armada era una opción, y no una necesidad histórica. La prueba: después de la fundación del MIR en 1965 hasta el año 1969, el uso de la lucha armada fue objeto de un debate cerrado. Fue la etapa de la justificación interna de la violencia. Una vez cerrada esta etapa, el MIR pasó a la acción. La irrupción del MIR en la escena política pública con los asaltos a bancos cambió radicalmente la situación. La violencia mirista escapó entonces del debate interno en que se podían controlar las modalidades. Ella se agregó al debate más general desarrollado en el seno de la izquierda. El MIR debió también enfrentar las dificultades materiales y los límites culturales, que se hacía necesario desde ya tomar en cuenta. En el plano interno, por otra parte, las dificultades suscitadas por el paso a la acción no fueron menores. Lo político y lo militar que la dirección mirista se obstinaba en hacer coexistir en cada militante, devinieron fuente de incesantes debates internos, de oposiciones y de divisiones. 21 Sobre este punto algunas precisiones son necesarias. La dirección del MIR –Secretariado Nacional y Comité Central- cambió durante el periodo 1965-1969, para permanecer prácticamente el mismo a partir de 1969 y hasta 1974. En un primer tiempo, entre 1965 y 1967 la dirección estaba controlada por la “vieja generación”, fundadora del MIR y trotskista en su mayoría12. Enrique Sepúlveda fue elegido secretario general del MIR hasta 1967. Fue entonces reemplazado por Miguel Enríquez, representante de la “joven generación”, de 25 años de edad, surgido del medio estudiantil de la ciudad de Concepción. La vieja generación trotskista fue expulsada del MIR en 1969. Estos cambios de dirección fueron decisivos para la definición de las principales líneas teóricas y de acción del movimiento. 22 Los trotskistas que estuvieron al origen de la fundación del MIR se decían herederos de la tradición más radical de la izquierda. Consideraban seriamente –sobre todo a nivel del discurso, más que de la acción- el recurso a la lucha armada para conducir la clase obrera al poder. Al mismo tiempo, permanecían estrechamente ligados al Partido Socialista. Es necesario precisar aquí que el PS chileno contaba -después de su fundación- con una fracción trotskista importante, que hacia el lazo con los trotskistas extra parlamentarios (Sarget: 1994). En 1965, estos últimos fueron protagonistas en la fundación del MIR. Si comparamos esta fecha de fundación, 1965, a aquella de la mayoría de los otros grupos de la “nueva izquierda” latinoamericana (con algunos matices para el cono Sur), nos damos cuenta que los chilenos llegaron a la cita con algunos años de retraso. 23 No es casualidad. En 1964, año de elecciones presidenciales, todos estos trotskistas aportaban su “apoyo critico” a la candidatura del doctor Salvador Allende. Ahora bien, el resultado no fue el esperado: Allende perdió las elecciones de 1964 y fue Eduardo Frei Montalva, el candidato de la Democracia Cristiana, quien salió vencedor. Los trotskistas habían afirmado claramente que las elecciones no eran más que una “necesidad táctica y momentánea”, pero la crisis desatada por la derrota en el seno de la izquierda chilena, comprendido su sector más radical, fue muy importante. Cansados de las aventuras electorales del PS, fundaron, algunos La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 6 Polis, 19 | 2008 esta es una de las principales características de las nuevas izquierdas revolucionarias de los años 1960. “La táctica y la estrategia se confunden”, dice Fanon, “El arte político se trasforma simplemente en arte militar. El militante político es el combatiente. Hacer la guerra y hacer política es una sola cosa (Ibíd.: 121)”. 19 Introduciendo la indivisibilidad entre lo político y lo militar, entre la política y la guerra, Fanon también adopta la teoría expansiva de la violencia. Ésta marcó los años sesenta para constituir el principal argumento de la nueva izquierda no sólo en América latina, sino también en Europa, en los Estados Unidos y en otras partes del mundo. La injusticia y las desigualdades sociales, el colonialismo, son una forma de violencia. La violencia revolucionaria es la única respuesta posible y en consecuencia una respuesta legítima a la violencia institucionalizada, aquella del colono en los países colonizados y aquella del Estado en los países latinoamericanos, denominados también semi-coloniales (Ibíd.: 32). 20 La cuestión que se plantea ahora es la del vínculo entre el contexto y nuestro objeto de estudio. Para ser más precisos, la recepción y la apropiación del contexto intelectual y político descrito anteriormente por el MIR. Si el MIR se ha impregnado por este contexto, también ha recorrido su propio camino con el fin de establecer una fuerte justificación de la violencia política. Porque, incluso si el contexto se prestaba, la lucha armada era una opción, y no una necesidad histórica. La prueba: después de la fundación del MIR en 1965 hasta el año 1969, el uso de la lucha armada fue objeto de un debate cerrado. Fue la etapa de la justificación interna de la violencia. Una vez cerrada esta etapa, el MIR pasó a la acción. La irrupción del MIR en la escena política pública con los asaltos a bancos cambió radicalmente la situación. La violencia mirista escapó entonces del debate interno en que se podían controlar las modalidades. Ella se agregó al debate más general desarrollado en el seno de la izquierda. El MIR debió también enfrentar las dificultades materiales y los límites culturales, que se hacía necesario desde ya tomar en cuenta. En el plano interno, por otra parte, las dificultades suscitadas por el paso a la acción no fueron menores. Lo político y lo militar que la dirección mirista se obstinaba en hacer coexistir en cada militante, devinieron fuente de incesantes debates internos, de oposiciones y de divisiones. 21 Sobre este punto algunas precisiones son necesarias. La dirección del MIR –Secretariado Nacional y Comité Central- cambió durante el periodo 1965-1969, para permanecer prácticamente el mismo a partir de 1969 y hasta 1974. En un primer tiempo, entre 1965 y 1967 la dirección estaba controlada por la “vieja generación”, fundadora del MIR y trotskista en su mayoría12. Enrique Sepúlveda fue elegido secretario general del MIR hasta 1967. Fue entonces reemplazado por Miguel Enríquez, representante de la “joven generación”, de 25 años de edad, surgido del medio estudiantil de la ciudad de Concepción. La vieja generación trotskista fue expulsada del MIR en 1969. Estos cambios de dirección fueron decisivos para la definición de las principales líneas teóricas y de acción del movimiento. 22 Los trotskistas que estuvieron al origen de la fundación del MIR se decían herederos de la tradición más radical de la izquierda. Consideraban seriamente –sobre todo a nivel del discurso, más que de la acción- el recurso a la lucha armada para conducir la clase obrera al poder. Al mismo tiempo, permanecían estrechamente ligados al Partido Socialista. Es necesario precisar aquí que el PS chileno contaba -después de su fundación- con una fracción trotskista importante, que hacia el lazo con los trotskistas extra parlamentarios (Sarget: 1994). En 1965, estos últimos fueron protagonistas en la fundación del MIR. Si comparamos esta fecha de fundación, 1965, a aquella de la mayoría de los otros grupos de la “nueva izquierda” latinoamericana (con algunos matices para el cono Sur), nos damos cuenta que los chilenos llegaron a la cita con algunos años de retraso. 23 No es casualidad. En 1964, año de elecciones presidenciales, todos estos trotskistas aportaban su “apoyo critico” a la candidatura del doctor Salvador Allende. Ahora bien, el resultado no fue el esperado: Allende perdió las elecciones de 1964 y fue Eduardo Frei Montalva, el candidato de la Democracia Cristiana, quien salió vencedor. Los trotskistas habían afirmado claramente que las elecciones no eran más que una “necesidad táctica y momentánea”, pero la crisis desatada por la derrota en el seno de la izquierda chilena, comprendido su sector más radical, fue muy importante. Cansados de las aventuras electorales del PS, fundaron, algunos La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 7 Polis, 19 | 2008 meses más tarde, el MIR, destinado a devenir el único verdadero movimiento revolucionario chileno, que salvaría a las masas de la ilusión electoral, abriéndoles los ojos sobre una gran verdad histórica: la vía hacia el poder popular debía ser trazada por las armas. En torno a este motivo se juntaron no solamente los trotskistas, sino también algunos anarquistas, y los miembros expulsados de las Juventudes Comunistas y de las Juventudes Socialistas (entre ellos Miguel Enríquez). 24 Al momento del Congreso de fundación, una división de tareas se efectuó espontáneamente, pero que ya era reveladora de las tensiones internas por venir. Mientras que los viejos trotskistas se consumían en interminables discusiones sobre el nombre que había que dar al nuevo partido; mientras que Luis Vitale, trotskista e historiador, redactaba la Declaración de Principios, que insistía sobre el carácter antiimperialista del movimiento, Miguel Enríquez y su grupo eran los únicos en ocuparse de la redacción de las tesis político-militares. Las tesis político-militares de 1965 eran una versión revisada de las tesis de Mao sobre la guerra popular y prolongada y de Ernesto Guevara sobre la guerrilla rural. Luis Vitale a su vez, criticaba el tono demasiado guevarista de estas tesis y planteaba como cláusula para su adopción, la moción siguiente: la condición para comenzar la lucha armada era asegurarse del apoyo previo de las masas13. 25 Las posiciones descritas anteriormente no son casuales. Aunque Luis Vitale y la mayor parte de los trotskistas apoyaban el principio de la lucha armada, tenían tras de ellos una larga trayectoria política, marcada por la tradición sindical y las movilizaciones sociales más que por el guevarismo. La condición sine qua non para cualquier acción armada, era que ella reflejara la voluntad de las masas y ser seguida por ellas. Los trotskistas estaban poco atraídos por el modelo guevarista o foquista de una elite revolucionaria que, comprometiéndose sola en la acción, provocaría enseguida la movilización de las masas. Para ellos, la lucha armada jugaba el rol de un despertador del pueblo, sacudido de su pasividad electoralista obligándose a movilizarse, pero también integrado a la lucha y a la movilización. El equilibro era delicado, porque ¿cómo incitar al pueblo a la revolución y a la vez pretender seguirlo en sus deseos e intuiciones? Y concretamente, en el contexto de los años 1960, ¿cómo hablar a la vez de lucha armada y seguir al pueblo en su deseo de votar por Allende y de participar por la vía de las elecciones? 26 Miguel Enríquez representaba otra cultura política en el seno del MIR, pero también otra generación. Una generación que vacilaba entre la fascinación por la lucha armada y la guerrilla guevarista y las precauciones frente al foquismo, constantemente formuladas por la vieja generación. Proviniendo de las Juventudes Socialistas, Miguel Enríquez era más cercano de sus corrientes más radicales. Pero no tenía relación de larga data con el PS como la “vieja generación” del MIR, ni había trabajado activamente por la campaña electoral. Como muchos jóvenes de su edad, había sobre todo sufrido el efecto de la desilusión antes del entusiasmo y había sido rápidamente expulsado del PS, en 196414. 27 Otro elemento constitutivo de la cultura política de Miguel Enríquez y de la generación que él representaba, era la fuerte fascinación por la revolución cubana. La lectura de los textos del Che15 y la mística de la guerra de guerrillas y la lucha armada rural, llevaron a la redacción de la tesis político-militar de 1965, luego a la de 196716. Cuba, admirada pero criticada en cierta medida por los trotskistas, era adulada por los jóvenes. La adopción de tesis más o menos foquistas se convirtió rápidamente en un índice importante de la toma de distancia entre las dos generaciones. 28 A pesar de las diferencias que los separaban, los trotskistas apoyaron en 1967 la candidatura de Miguel Enríquez, que fue elegido secretario general del MIR. Después de la llegada de Miguel Enríquez al secretariado nacional del Movimiento, la hora de la acción había sonado. Una vez que los miembros de la organización adoptaron la lucha armada en tanto principal medio de la toma del poder, los debates internos debían restringirse, la disciplina imponerse y la lucha armada ser por fin puesta en práctica. El paso a la acción tardó, de todas maneras, dos años. En 1969, el dilema interno del MIR a propósito de las vías que debía tomar la revolución sale a la luz pública, gracias a los asaltos a bancos. La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 8 Polis, 19 | 2008 De la palabra a la acción 29 Hemos hasta aquí re-trazado brevemente el camino que llevó hasta la adopción de las tesis político-militares, y luego a la imposición de la lucha armada sobre las otras formas de lucha. En un país en apariencia tranquilo, con dos partidos de izquierda que estaban completamente integrados al sistema político, optar por la lucha armada parecía ser el único medio que disponía un nuevo movimiento de izquierda para existir. Conjugando las tesis maoístas con las guevaristas17, la joven generación del MIR pensaba poder abrirse un camino propio, en ruptura radical con los otros partidos de la izquierda chilena18. Hasta 1968, este camino parecía conducir a la guerrilla rural. Dos escuelas de guerrillas fueron organizadas en el sur del país19. Los primeros contactos fueron establecidos en la zona de Concepción con personas susceptibles de querer formar una guerrilla en el lugar20. Pero, en junio de 1969 cuando fueron realizadas las primeras acciones armadas del MIR, no fue en la cordillera de Los Andes sino en Santiago. Y no fue en un enfrentamiento con el ejército en las montanas del sur sino asaltando bancos. Los asaltos han sido, por otra parte, las solas y únicas acciones armadas del MIR hasta el Golpe de Estado de 1973. 30 Pero, ¿por qué, después de cuatro años de interminables discusiones, donde la “joven generación” hizo lo mejor que pudo por imponer internamente su opción por la guerrilla rural, terminó por invertirse en las acciones de guerrilla urbana? Las razones son múltiples. Primero, el MIR fue esencialmente un movimiento urbano. Su conocimiento del campo a finales de los años 1960, era muy precario e inestable. En un documento interno de 1970, la dirección del movimiento constataba siempre la insuficiente implantación en el campesinado y en los obreros21. Comprometerse en la aventura de una guerrilla rural sin tener los apoyos suficientes, era un suicidio. 31 Por añadidura, el dilema guerrilla urbana o rural había también sido objeto de debates. En el seno del Secretariado Nacional, Sergio Zorrilla defendió con pasión la primera opción y había comenzado, durante el año 1969, la creación de la primera escuela chilena de guerrilla urbana22; lo que permitió una organización eficaz de los asaltos a bancos algunos meses más tarde. Sin embargo, -y varios testimonios confirman el hecho23- los asaltos a bancos no estaban considerados en un primer momento por razones de tipo teóricas, sino simplemente por razones prácticas: para realizar acciones armadas, era necesario tener dinero. Ahora bien, las cajas de la revolución estaban vacías. Y la de los bancos llenas y mal protegidas24… 32 La guerrilla urbana parecía igualmente “estar de moda”. Los asaltos a bancos habían sido popularizados con la acción del Movimiento de Liberación Nacional –Tupamaros de Uruguay (Fernández Huidobro 2001; Lessa 2003). Los Tupamaros, por otra parte, se encargaron de teorizar la guerrilla urbana (Biedma 1972). En el mismo momento, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) argentino estaba en pleno proceso de “destrotskización” y de militarización, y las acciones de guerrilla urbana se volvían cada vez más recurrentes (Bufano 2004; De Santis 1998; Santucho 2004; Seoane 1992). 33 El final del año 1968 significó para el MIR el paso a la acción. Extrañamente, fueron justamente los “viejos trotskistas” los primeros en lanzarse. Sus operaciones no fueron, por cierto, siempre selladas de un gran éxito25. Sin embargo, en junio de 1969, cuando fueron “gentilmente” expulsados del movimiento, fueron acusados de consumar su tiempo a las discusiones teóricas y no dedicarse suficientemente a las acciones. Un mes más tarde, otra fracción constituida en torno al Departamento de Ciencias Humanas de la Universidad de Chile (Pedagógico) y de Rafael Ruiz Moscatelli, era expulsada. Sus miembros formaron entonces el MR2 (Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez). Según la Dirección Nacional del MIR, eran demasiado radicales y sospechosos de desviación foquista (Naranjo: 59)… A pesar de las afirmaciones de la Dirección Nacional, el MR2 no instaló jamás una guerrilla rural. Ellos se dedicaron, por el contrario, al igual que el MIR a los asaltos de bancos. ¿Qué interpretación darle a esto? 34 Los debates en torno a la táctica y a la estrategia revolucionaria a adoptar eran, ciertamente, virulentos en el seno de la izquierda chilena y latinoamericana en los años 1960. No obstante el debate servía también para arreglar cuentas internas. El argumento “demasiado violentos, La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 9 Polis, 19 | 2008 demasiado radicales”, o bien, “no bastante violentos, no suficientemente revolucionarios” era utilizado para evitar las disidencias y alejar a los rebeldes de la organización. Miguel Enríquez estaba deseoso de crear un nuevo partido político, capaz de existir al lado de dos grandes partidos de izquierda y de cambiar los destinos de su país. La conquista del poder debía, según él, pasar por la construcción de una organización homogénea, con un líder poderoso y sin oposición interna (Naranjo 2004: 62). Los trotskistas fueron las primeras víctimas de la “limpieza interna” del MIR. Luego, fue el turno de la “disidencia” de la Universidad de Chile. Las críticas que ella formulaba empezaron a ser molestas26. Es, por cierto, durante una reunión amistosa, que se les comunicó su salida voluntaria de la organización27. 35 El partido así creado ponía en marcha otro modelo de militantismo y de organización interna. Se debatía mucho menos y era hora de la acción. Incluso si la nueva Dirección del MIR proclamaba la indivisibilidad entre lo político y lo militar, lo militar parecía aún tomar la delantera sobre lo político: 36 “Hoy día… si los objetivos son los mismos, las prioridades y los métodos son diferentes. El volumen relativo de “tareas especiales” [es decir las tareas militares] deben aumentar enormemente. Las “tareas especiales” deben dejar de ser privativas de un sector de la organización para transformarse en el problema de la mayor parte del Movimiento. Las cuestiones políticas estarán estrictamente ligadas a las tareas especiales. La integración de lo político y lo militar se hará una realidad […] No habrá más espacio para las tendencias demasiado divergentes (Naranjo 2004: 62)”. 37 Fiándose a las consignas de la nueva izquierda latinoamericana, la joven dirección del MIR se lanza sin pestañear sobre el terreno de lo militar. Una nueva estructuración es inventada para promover la formación del militante integral, reuniendo en su persona las cualidades de hombre político y de soldado de la revolución: esta estructura se denomina GPM, Grupo Político-Militar. Ahora bien, a pesar de la afirmación del vínculo inquebrantable entre lo militar y lo político y la primacía de lo político sobre lo militar, el riesgo de inversión era inminente. A partir del momento donde la política comienza a ser concebida en términos militares, como una guerra, los limites entre lucha política y lucha militar se vuelven difíciles de definir (Ollier 1998: 131). 38 Sin embargo, la utilización mirista de la violencia no parecía ser, a finales de los sesenta, un mal cálculo político. Si comparamos Chile con otros países de América latina (Colombia, Argentina), el terreno era relativamente virgen. El MIR podía jactarse entre sus militantes de ser el que había introducido las prácticas radicales en la escena política chilena, luego de décadas de pasividad. Mientras que la pasividad de la sociedad chilena aseguraba a las acciones armadas miristas un efecto de golpe mediático sin precedentes (Deas 1999: 63-72), el riesgo era que la naturaleza política de sus acciones no fuera comprendida socialmente o que fuera cuestionada. Edgardo Enríquez, miembro de la Comisión Política se explicaba así en 1972 frente a un periodista extranjero: 39 “…no hay ninguna duda que en Chile, el uso de la violencia estuvo y está siempre concebido a ojos del pueblo por connotaciones bien particulares. Es un hecho indiscutible que en Chile el uso de la violencia con fines políticos o de cualquiera otra naturaleza, requiere de un tal grado de justificación pública que en el caso en que no lo logremos, se produzca una reacción popular de desaprobación hacia los autores de la violencia y de conmiseración hacia la víctima…Los márgenes de los usos de la violencia están fijados por el pueblo, y nosotros, debíamos ser realistas reconociendo que no tenemos grandes posibilidades de cambiarlas… Las represalias […] las hemos siempre ejercido no contra las personas, sino contra los bienes materiales y los inmuebles pertenecientes al enemigo, y en las coyunturas extremadamente agudas de la lucha de clases en el país”28. 40 La criminalización de la violencia política mirista se rastrea rápidamente en la prensa de finales de los años 1960. Cuando el MIR se lanzó a los asaltos a bancos, -llamados “expropiaciones” con el fin de explicitar su contenido político-, un gran debate se llevó a cabo en la prensa para definir este nuevo modo de acción –nuevo por lo menos para Chile. Los principales dirigentes del MIR y autores de los asaltos –Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Sergio Zorrilla- sintieron ellos mismos, en un primer tiempo, la necesidad de explicar las La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 10 Polis, 19 | 2008 motivaciones de sus acciones. En plena clandestinidad y mientras que la policía los buscaba por todo Santiago, se abocarían en la importante misión de proteger su imagen. En el centro de la capital, se reunirán en pleno espacio público con un periodista del diario Clarín, periódico que tenía relaciones privilegiadas con el MIR. Allí. Miguel Enríquez afirmaba: 41 “Necesitamos financiar nuestro aparato organizativo armado. Las organizaciones revolucionarias de acción –no de palabra- necesitan proteger a obreros, campesinos y pobladores, para que no ocurra más que se asesine impunemente a los obreros…”29. 42 La violencia social era, entonces, aquella que imponía la violencia revolucionaria. Elevándose al rango de salvadores del pueblo, los dirigentes del MIR comenzaban así a crear una imagen, muy rápidamente retomada por los medios de comunicación, para ser aprobada o desmentida. Los autores de los asaltos eran “jóvenes dirigentes revolucionarios”, los “Robin Hood chilenos”30 o bien “delincuentes comunes”31, los “ideólogos del guatapique y del piedrazo”32 El dilema no sólo quedó en el papel. Las primeras detenciones de militantes, autores o colaboradores de los asaltos, la dificultad de dar una definición a estas “acciones directas” llegaron a ser un verdadero problema jurídico. Los inculpados terminaron por ser juzgados y castigados, a la vez según el Derecho penal, y según la Ley de Seguridad Interior del Estado (Canovas Robles 1989: 47-55), antes de ser indultados por el gobierno de Salvador Allende. 43 Los asaltos a bancos organizados por el MIR produjeron entonces un doble efecto. Por una parte y siempre a través del debate público, entraron en el repertorio del activismo político de las acciones que tradicionalmente eran consideradas como relevantes de la delincuencia común. Las “acciones directas” devenían para algunos una vía plausible para hacer política. Pero al mismo tiempo, en los medios de comunicación críticos hacia el MIR –tanto de derecha como de izquierda- toda violencia revolucionaria era calificada de violencia criminal. En este discurso, la violencia y la política se volvían poco a poco irreconciliables, y la cuestión de saber dónde se encontraban los límites de lo político era planteada con urgencia. Es así como hacer uso de la violencia se volvía sinónimo de locura, de falta de argumentos y de soporte político33. 44 La despolitización de la violencia no era solamente una expresión de la antipatía visceral sentida hacia ella. Este enfoque parecía igualmente cumplir otra función. En el Chile de los años sesenta, las “acciones directas” del MIR popularizarían el debate sobre las vías de la revolución –pacíficas o violentas- llevado con fervor en el seno de la izquierda, fundamentalmente a partir de la revolución cubana. La vía armada comenzaba a tener más visibilidad, y a menudo a suscitar las simpatías en ciertos sectores de la izquierda “tradicional” o de los intelectuales. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria se tornaba en el símbolo de esta “nueva” vía, transformándose igualmente en nueva fuerza política34. Vaciar esta “nueva vía” de todo contenido político y de todo argumento fue un medio muy eficaz para deslegitimarla y de excluir al MIR de la carrera política. Esta no tuvo éxito. Las acciones directas del MIR impusieron a este como actor relevante del espacio publico chileno. 45 Por otra parte, las acciones armadas crearon a favor del MIR todo un capital de simpatía, sobre todo entre los cuadros dirigentes del Partido Socialista. Las acciones armadas miristas agrupaban y reforzaban el debate acerca de las vías de la revolución al interior de la izquierda, presente de manera bastante tímida hasta entonces. Incluso los defensores de la vía electoral estaban prestos a reconocer que después de décadas de puras prácticas electorales, la izquierda se encontraba seriamente desgastada (Puccio 1985: 141 y 167). La locura simpática de los jóvenes miristas, recordaba a los viejos cuadros socialistas el romanticismo de su juventud. El discurso mirista remitía a un estado puro de la revolución y el motivo de “la Revolución traicionada” y prohibida por el MIR sonaba bastante familiar a los oídos del PS35 *** 46 Es así como el MIR evolucionó de una justificación parcial de la violencia política, realizada por la “vieja generación” a su adopción completa por la joven generación. Una vez impuesto el discurso, así como el grupo de Miguel Enríquez en la dirección del Movimiento, sólo faltaba emprender la acción. Confrontados a las restricciones de la cultura política nacional adaptaron el contenido de sus acciones, y desarrollaron un doble discurso. La idea de la contra-violenciase volvió entonces en una cuestión central. Por un lado, estaba la fascinación por la violencia,la fe en sus virtudes y en su naturaleza creadora, fundadora de un nuevo orden; una violencipartera de la Historia. Y por el otro lado, el uso de la violencia era justificado en tanto respuesta ya fuera a la represión y la violencia del Estado, o a la injusta distribución de las riquezas y a la violencia larvada de las relaciones sociales. En el primer caso, la violencia era la opción de la verdadera izquierda, la sola izquierda revolucionaria. Y en el segundo caso, la violencia era la única vía que la sociedad dejaba abierta, una imposición. Bibliografía Álvarez Alarcón, R. (1999), Formación y fundación del MIR : de Clotario Blest a Miguel Enríquez (1965-1967), Tesis de Licenciatura en Historia, Instituto de Historia, Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile. Arancibia, P. (2001), Los orígenes de la violencia política en Chile. 1960-1973, Libertad y Desarrollo, Santiago. Aróstegui, J. (1994), “Violencia, sociedad y política: la definición de la violencia” en Ayer N°13, Madrid. Arriagada, G. (1974), De la vía chilena a la vía insurreccional, Pacífico, Santiago. Avendaño, D.; Palma, M. 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PODERES POPULARES EN AMÉRICA LATINA: PISTAS ESTRATÉGICAS Y EXPERIENCIAS RECIENTES

Português: Os presidentes do Paraguai, Fernand...
Português: Os presidentes do Paraguai, Fernando Lugo, da Bolívia, Evo Morales, do Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, do Equador, Rafael Correa, e da Venezuela, Hugo Chavez, participam com integrantes do Fórum Social Mundial do painel América Latina e o Desafio da Crise Internacional (Photo credit: Wikipedia)

Especial para G80
PODERES POPULARES EN AMÉRICA LATINA: PISTAS ESTRATÉGICAS Y EXPERIENCIAS RECIENTES

[Introducción del libro colectivo: Amériques latines. Emancipations en construction, Paris, Syllepse, 2013 (Américas latinas. Emancipaciones en construcción), publicado en asociación con Francia América Latina.]

“Emancipación” (del latín  emancipatio, -onis): Acción de liberarse de un vínculo, de una traba, de un estado de dependencia, de una dominación, de un prejuicio .

El laboratorio latinoamericano [1]

Desde hace más de una década, América Latina aparece como una “zona de tempestades” del sistema-mundo capitalista. La región ha conocido importantes movilizaciones colectivas y luchas sociales contra los estragos del neoliberalismo y sus representantes económicos o políticos y, también, contra el imperialismo; dinámicas de protestas que han llevado en algunos casos a la dimisión o la destitución de gobiernos considerados ilegítimos, corruptos, represivos y al servicio de intereses extraños a la soberanía popular. El cambio de las relaciones de fuerzas regionales, en el patio trasero de los Estados Unidos, se ha traducido también en el plano político e institucional en lo que ha sido calificado por muchos observadores como “giro a la izquierda” [2] (Gaudichaud, 2012) así como, en algunos casos, en una descomposición del sistema de partidos tradicionales:

“A comienzos de los años 90, la izquierda latinoamericana agonizaba. La socialdemocracia se adhería al más desenfrenado neoliberalismo. Sólo algunos embriones de guerrillas y el régimen cubano, superviviente a la caída de la URSS en un período de penuria denominado “ período especial”, rechazaban el “final de la Historia” tan querido por Francis Fukuyama. Después de haber sido el laboratorio de experimentación del neoliberalismo, desde comienzos de los años 2000 América Latina se ha convertido en el laboratorio de la contestación al neoliberalismo. Han surgido oposiciones en América Latina, con formas diversas y desordenadas: revueltas como el Caracazo venezolano (1989) [3] , ahogado en sangre, o el zapatismo mexicano, luchas victoriosas contra los intentos de privatizaciones como las guerras del agua y del gas en Bolivia, y también movilizaciones campesinas masivas como la de los cocaleros bolivianos y los sin-tierra brasileños. Entre 2000 y 2005, seis presidentes fueron derrocados por movimientos llegados de la calle, principalmente en su zona andina: en Perú en 2000; en Ecuador en 2000 y 2005; en Bolivia, tras la guerra del gas en 2003 y en 2005; además de una sucesión de cinco presidentes en dos semanas en Argentina, durante la crisis de diciembre de 2001. A partir de 1999 se han constituido gobiernos que se reivindican de estas resistencias. En poco más de una década, más de diez países se han inclinado hacia la izquierda, sumándose a Cuba donde los hermanos Castro siguen estando en el poder. Llevados por estos poderosos movimientos sociales, nuevos gobiernos de izquierda con trayectorias atípicas se han instalado en el poder: un militar golpista en Venezuela, un militante obrero en Brasil, un sindicalista cultivador de coca en Bolivia, un economista hostil a la dolarización en Ecuador, un cura de la Teología de la Liberación en Paraguay…” (Posado, 2012).

Aunque el tema del “socialismo del siglo 21” es reivindicado por líderes como Hugo Chávez, la región no ha conocido experiencias revolucionarias, en el sentido de una ruptura con las estructuras sociales del capitalismo periférico, como fue el caso de la revolución sandinista en Nicaragua, el castrismo en Cuba o, en cierta medida, el proceso de poder popular durante el gobierno de Allende en Chile. Sin embargo, en un contexto mundial difícil, caracterizado por la fragilidad relativa de las experiencias progresistas o emancipadoras, las organizaciones sociales y populares latinoamericanas han sabido encontrar los medios para pasar de la defensiva a la ofensiva, aunque no siempre de manera coordinada. Haciéndose eco de las reivindicaciones de las y los “de abajo” y/o al comienzo de la crisis de hegemonía del neoliberalismo, algunos gobiernos llevan a cabo políticas con acentos antiimperialistas y reformas de gran envergadura, sobre todo en Bolivia, en Ecuador y en Venezuela. Más que un enfrentamiento con la lógica infernal del capital, estos gobiernos se orientan hacia modelos nacionales-populares y de transición post-neoliberal, de vuelta al Estado, a su soberanía sobre algunos recursos estratégicos, en ocasiones con nacionalizaciones y políticas sociales de redistribución de la renta dirigidas hacia las clases populares, pero manteniendo los acuerdos con las multinacionales y las élites locales (ALAI, 2012). En estos tres últimos países se han desarrollado también los mayores avances democráticos de esta década en el plano constitucional, gracias a innovadoras asambleas constituyentes; un contexto que ofrece nuevos espacios políticos y un margen de maniobra creciente para la expresión y la participación de los ciudadanos. El “progresismo gubernamental” se viste a veces también con el ropaje de un social liberalismo sui generis , en particular en Brasil (y de manera diferenciada, en Argentina), combinando una política voluntarista y de transferencias de rentas condicionadas, destinadas a los más pobres, favoreciendo a las élites financieras y al agrobusiness .

Según el economista Remy Herrera: “ La inteligencia política del presidente Lula se demostró al haber resuelto un dilema completamente insoluble para sus predecesores de derecha, en su búsqueda de un neoliberalismo “perfecto”: profundizar la lógica de sumisión de la economía nacional a las finanzas globalizadas, ampliando al mismo tiempo la base electoral en el seno de las fracciones desfavorecidas de las clases explotadas contra las cuales se dirige sin embargo esa estrategia. Una explicación puede ser sin duda el modo de gestionar la pobreza que ha adoptado el Estado: cambiar la vida de los más miserables, en concreto, gracias a una renta mínima, sin tocar las causas determinantes de su miseria” (Herrera, 2011).

En otros países, los movimientos populares tienen que seguir haciendo frente a regímenes conservadores o abiertamente represivos, al terrorismo de Estado, a las mafias o al paramilitarismo, como ocurre en grandes países como Colombia y México, o incluso Paraguay (desde el golpe de Estado “legal” de junio de 2012) y Honduras (desde el golpe de Estado de 2009) [4]. En plena crisis internacional del capitalismo, la región logra asombrosas tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto (y además durante un largo período), que suscitan la admiración del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, aunque se trata de un “crecimiento” desigual, basado esencialmente en un visión neo-desarrollista que mantiene o renueva el saqueo de los recursos naturales, la extracción de materias primas (petróleo, gas, minerales, etc.) y una fuerte dependencia respecto al mercado mundial, por medio de una estrategia de “acumulación por desposesión” (en palabras de David Harley) extremadamente costosa en el plano social y ambiental. Esta estrategia “extractivista”, compartida por el conjunto de los gobiernos de la región, es una de las principales tensiones del período (Svampa, 2011):

“A nivel económico, este modelo, orientado esencialmente hacia la exportación, induce un despilfarro de riquezas naturales en gran medida no renovables. Engendra una dependencia tecnológica respecto a empresas multinacionales y una dependencia económica respecto a fluctuaciones de los precios mundiales de las materias primas. Aunque los elevados precios de estas últimas en la actual coyuntura han permitido a los países de América Latina superar la crisis después de 2008, la reprimarización de las economías, esto es, la incitación a volver a dirigirse hacia la producción de materias primas no transformadas, las hace muy vulnerables a un eventual cambio de los mercados. En un contexto de mundialización económica, este modelo refuerza una división internacional del trabajo asimétrica entre los países del Norte, que preservan localmente sus recursos naturales, y los del Sur. A nivel ambiental, las minas a cielo abierto, la sobreexplotación de yacimientos de débil concentración, el agrobusiness o incluso la extracción de hidrocarburos, implican el vertido de metales pesados en el entorno, la contaminación de los suelos y de las capas freáticas, la deforestación y la destrucción de los paisajes, de los ecosistemas y de la biodiversidad. […] Esta situación crea –casi mecánicamente– las condiciones para una intensificación de los conflictos sociales. El margen de maniobra de los gobiernos es sin embargo estrecho: por una parte, estas economías están basadas en gran medida en la exportación de materias primas, y por otra, las izquierdas recién llegadas al poder necesitan, para poder mantenerse, resultados tangibles a corto plazo en términos de redistribución y de desarrollo social” (Duval, 2011).

No obstante, si comparamos el estado actual del continente con el período de los años 70-90, saltan a la vista muchos cambios sociopolíticos. Porque habría que recordar brevemente “de dónde viene” el subcontinente. Después de los años 80, los años de la década “robada” (más que “perdida”), años de explosión de una deuda exterior por lo general ilegítima, los 90 fueron los años de las aplicaciones salvajes de los preceptos del FMI, de los ajustes estructurales, de la continuación de las políticas de consenso de Washington, de las desregulaciones y privatizaciones en nombre de una supuesta eficacia económica, que llevaron a la destrucción de sectores enteros de los servicios públicos y a una mercantilización de los ámbitos sociales de una amplitud sin igual. América Latina ha sufrido de lleno el “neoliberalismo de guerra” ( para retomar la expresión del sociólogo mexicano Pablo González Casanova), su hegemonía, y después su crisis, en particular en América del sur, aunque este último persiste –e incluso se refuerza– en otros países: en México, en Colombia y en una parte de Centroamérica. Estos períodos han sucedido en muchos casos a largas dictaduras. Chile encarna todavía este capitalismo de desastre de los Chicago-boys y de la doctrina del “choque neoliberal” [5]. Producto de las derrotas de las izquierdas, de la represión del movimiento obrero y de la imposición de este nuevo modelo de acumulación, el subcontinente es el más desigual del planeta: la región de las desigualdades sociales, territoriales y raciales. A pesar de una ligera mejora en este aspecto, y también, de forma más clara, en el de la pobreza (en Colombia, un contraejemplo, las desigualdades han continuado aumentando) (Gaudichaud. 2012) [6].

Movimientos sociales, utopías concretas, poderes populares

En un reciente análisis de las “gracias y desgracias de la conflictividad social” en Francia desde los años 1970 a los 2000, Lilian Mathieu señala, a justo título, que: “la cuestión de las alternativas al orden capitalista se plantea con tanta agudeza hoy que hace treinta o cuarenta años. Tal vez incluso con más urgencia: las consecuencias desastrosas de este modo de producción para la simple supervivencia de la humanidad son ahora mucho más tangibles”; pero también que después de los desvíos autoritarios de varias experiencias post-capitalistas en el siglo 20: “No sólo se ha hundido la credibilidad de las alternativas. También los intentos de construir sobre el terreno formas de vida que se sustraen al orden dominante se han malogrado en su mayor parte y sólo son contempladas en tono de burla. El fenómeno de las comunidades, aunque numéricamente marginal, tuvo cierto eco e impresionó mucho a los contemporáneos, sobre todo por el hecho de ser obra de jóvenes diplomados, destinados como tales a asegurar la reproducción del orden capitalista. Las temáticas de la “vuelta a la naturaleza” (o al “país” regional), la exigencia de autenticidad en la producción y el consumo, la voluntad de escapar de la lógica mercantil, la reivindicación de relaciones sociales más igualitarias (en la pareja, la familia, la empresa…), en resumen, varios elementos de lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello denominan “crítica artista” [7], han sido invalidadas tras infructuosos intentos de aplicación concreta, o reprimidos, o “recuperados” y sometidos al orden capitalista. Estas dos lógicas de “descredibilización” de las alternativas al capitalismo pueden ser ilustradas con el tríptico de Albert Hirschman [8]. Al haber fracasado tanto la opción de la “voice” (acelerar la instauración del socialismo por medio de una movilización de masas) como la del “exit” (la instauración de “bolsas” de existencia que escapan al orden dominante, en el interior mismo de sociedades capitalistas, sin cuestionarlas frontalmente), sólo quedaría la opción de la lealtad al capitalismo” (Mathieu, 2012).

Esta constatación parte de una descripción crítica del “nuevo espíritu del capitalismo” y de las realidades político-sociales de los países industriales de los centros de la economía mundial y de la cuarta edad (neoliberal) del capital. ¿Pero qué ocurre en el sur y en la periferia del sistema, en las sociedades dependientes y sometidas al intercambio desigual mundializado? Para comprender tanto los intentos de transiciones post-neoliberales como los de construcciones comunitarias de emancipaciones locales, de autogestión territorial en América Latina, es indispensable tener en cuenta la temporalidad propia de la región (aunque integrada en un todo mundial) y sus formaciones sociales específicas. Así, aunque la reflexión sociológica arriba citada puede proporcionarnos elementos teóricos sobre las relaciones actuales –y pasadas– entre experiencias revolucionarias y ensayos de construcciones locales (lo que algunos denominan “utopías concretas”), debe estar supeditada a la consideración de las realidades de una América indo-afro-latina.

Primera evidencia, esta realidad ha estado atravesada por grandes momentos revolucionarios y varios proyectos nacionales, muchos derrotados, de transición antiimperialista: de la revolución mexicana de 1910 –mucho antes que la revolución rusa– hasta las actuales –aunque embrionarias– discusiones sobre el socialismo “del siglo 21”, pasando por la revolución cubana (1959) y otras más… Otra evidencia, ya mencionada, el continente latinoamericano, a diferencia de un “viejo mundo” en plena crisis de civilización, es de nuevo un terreno de ensayo para la construcción de alternativas: bajo estas latitudes se abrió, desde los años 90, el ciclo altermundialista (Pleyers, 2011) y tuvieron lugar los foros sociales mundiales, concebidos como experiencias de democracia participativa (en particular en Porto Alegre, Brasil); también ahí se pueden situar las primeras explosiones de resistencias globales al neoliberalismo (Vivas y Atentas, 2009), simbolizadas en el grito de los neo zapatistas chiapanecos contra los tratados de libre comercio: “¡ Ya basta !”; y es también al sur del Río Bravo donde se viene hablando de “buen vivir” [9], de derechos de la Naturaleza y de los bienes comunes, de Estado plurinacional o incluso de autonomías indígenas. En cuanto a la noción de “poder popular”, ha recorrido todas las grandes movilizaciones sociales del siglo 20 latinoamericano, tanto en Argentina, como lo demuestra Guillaume de Gracia (2009), como en el resto de la región: designa una dinámica que se puede ver en marcha durante los períodos de crisis revolucionarias, pero también en varias experimentaciones locales o comunitarias, circunscritas a un barrio, una fábrica, un territorio; una noción que ha conocido por tanto múltiples puestas en práctica aunque todas ellas ligadas directamente al movimiento obrero y social. Este poder popular consiste en una serie de experiencias sociales y políticas, la creación de nuevas formas de apropiaciones colectivas (a veces limitadas), que se oponen –en su totalidad o en parte– a la formación social dominante y a los poderes constituidos. En otras palabras, se trata de un cuestionamiento de las formas de organización del trabajo, de las jerarquías sociales, de los mecanismos de dominación materiales, de género, de raza o simbólicos. América Latina ha estado recorrida, en varios puntos de su territorio, por estos “relámpagos autogestionarios” cuyas identidades y geografía social están inextricablemente ligadas a su arraigo en este continente (Petras y Veltmeyer, 2002).

Con esta pequeña obra colectiva, nuestra ambición es revisar estas gramáticas de una emancipación plural –parcial y atravesada por múltiples conflictos, pero “en actos”–, en el curso de la última década. Las diez utopías concretas que nos proponemos tratar aquí reflejan la diversidad de estas experimentaciones, algunas “desde abajo”, directamente surgidas del movimiento social, otras más ligadas a formas de democracia participativa y en relación con algunas instituciones. Experiencias que esbozan la cartografía, parcelada, de otros mundos posibles: Comuna de Oaxaca, mujeres y feministas mexicanas frente a la violencia y al patriarcado, ensayos difíciles de control obrero en Venezuela o empresas recuperadas en Argentina, consejos comunales en los barrios populares de Caracas, luchas de los sin techo en Uruguay o ejemplar organización colectiva de los trabajadores sin tierra en Brasil, iniciativa para una sociedad post-petróleo y del “buen vivir” en Ecuador y agroecología en una comunidad colombiana, a pesar de la guerra; finalmente los análisis del proceso constituyente boliviano que plantea la cuestión de las instituciones y la construcción de una democracia postcolonial. En contextos diversos, surgen gérmenes de poderes populares que buscan a tientas los caminos de la emancipación, casi siempre contra los poderes constituidos y la represión del Estado; aunque también, en ocasiones, en relación con políticas públicas post-neoliberales y el campo político o partidista nacional. Por supuesto, los ejemplos que hemos seleccionado no pretenden dar una imagen exhaustiva de todo el mosaico de experiencias en curso. Habríamos podido citar también los medios de comunicación comunitarios de muchos países, la lucha de los mapuches de Chile por su supervivencia y por la recuperación de sus tierras, la autoorganización campesina en Honduras, la increíble capacidad de resistencia de los “caracoles” y el asesoramiento de los buenos gobiernos Zapatistas, los comedores comunitarios autogestionados de Buenos Aires o incluso las juntas de vecinos de la ciudad de El Alto (Bolivia), el “asambleísmo” y las ocupaciones estudiantiles del último período, etc. Por medio de textos cortos y accesibles, escritos por autores y autoras que conocen de cerca estas experiencias, a menudo a través de observaciones de participaciones en el terreno, nuestro objetivo es desbrozar algunos temas poco o nada abordados en los medios masivos de comunicación dominantes, con la esperanza de invitar al debate sobre las cuestiones estratégicas que suscitan estas experiencias.

Lejos de nuestra intención la idea de mitificar lo que el sociólogo Franck Poupeau ha designado como “pequeños universos” cerrados en sí mismos, “una micro-sociedad formidable, por ser singular, gobernada por la ayuda mutua y el compartir, separada de los flujos de la comunicación mercantil y de los intercambios interesados que son la suerte de la masa de consumidores”: estos “senderos de la utopía” [10] en construcción que aquí explicamos no pretenden “pensar la utopía a partir de experiencias de comunidades en ruptura con el resto del mundo social”. Porque pensamos que “ lo ‘común’ obtiene su eficacia de lo que es universalizable, extensible más allá de la comunidad de iniciados, en las esferas donde el antagonismo entre trabajo y capital deja entrever la posibilidad de un cambio profundo” (Poupeau, 2012), y que debe dirigirse al mayor número, comenzando por las clases populares y por aquellas y aquellos que sufren directamente la miseria del mundo. Esto es precisamente lo que dejan entrever –con un grado de éxito o de fracaso variable y a escalas diversas– las experiencias que ponemos en debate en esta obra colectiva. Todas ellas resisten a su manera al signo de los tiempos (neoliberal, racista, machista y austero) y participan, aquí y ahora, a la construcción de nuevos espacios políticos, territorios sociales en busca de “lazos que liberen”. En cierta manera, podría sugerirse que estos poderes populares responden concretamente al eco planetario y a los interrogantes de las y los indignados, al surgimiento de este “pueblo de las plazas” y a las múltiples revueltas que, desde hace meses, rasgan el consenso neoliberal en varios países. Estos 99% de ciudadanas y ciudadanos que hacen frente a la arrogancia del 1% de oligarcas de las finanzas y de una política politiquera ciega:

“El año 2011 supone un cambio histórico. La oleada revolucionaria iniciada en Túnez ruge todavía en la plaza Tahrir, en Egipto. Ha cambiado el panorama político en el mundo árabe y se ha extendido rápidamente como una mancha de aceite a las cuatro esquinas del planeta. De Santiago de Chile al municipio de Wukan en el sur de China, de la Puerta del Sol a la plaza Sintagma, de Moscú a Wall Street pasando por los motines de Londres, se ha visto alterado el curso regular de la dominación. En el ciberespacio, se ha abierto un nuevo frente con la guerrilla de los Anonymous contra las grandes corporaciones y los dispositivos del Big Brother. Estos acontecimientos están todavía demasiado cercanos para poder seguir los hilos que los unen, comprender sus raíces. La amplitud y la naturaleza de los cambios desencadenados son por ahora imposibles de conocer. Pero resulta claro que, al igual que en 1848 o 1968, la posibilidad de otro futuro se ha entreabierto en 2011”. (ContreTemps, 2012).

Hay que subrayar sin embargo que las emancipaciones latinoamericanas en proceso que aquí presentamos se diferencian también ampliamente de la constelación de las indignaciones mundiales. En primer lugar porque han podido pasar, incluso desde hace varios años, de la ofensiva a la construcción, de la indignación a la creación alternativa. Pero también por el hecho de vínculos específicos y directos con las clases populares de la región, lejos de un “sujeto revolucionario” incorpóreo o de una reivindicación de ciudadanía abstracta, como se pueden encontrar entre algunas y algunos indignados. Pero, sobre todo, estas experiencias tienen su propio repertorio y en ningún caso pretenden significar modelos “llave en mano”, ni tampoco “prêt-à-porter” de praxis militantes que deban ser aplicadas mecánicamente bajo otros cielos. Por el contrario, deseamos mostrar cómo estos procesos nacen de las entrañas mismas de las condiciones materiales y subjetivas del capitalismo latinoamericano, de su violencia, de su exclusión en las cuales están inmersos. Son el fruto de un ciclo de movilizaciones que comenzó globalmente a mediados de la década de los 90, hace más de quince años, y revelan la lucha de muchos actores. Una multiplicidad producto en parte de los efectos de la fragmentación social neoliberal y de su implantación brutal en América Latina:

“Estos movimientos tienen historias, bases sociales y reivindicativas y arraigo en los territorios rurales o urbanos, muy diferentes. Son sin embargo capaces de movilizarse colectivamente en torno a objetivos comunes, sobre todo cuando un proyecto político gubernamental, supranacional o económico (la estrategia de una multinacional, por ejemplo) amenaza las estructuras que representan. Es posible identificar a algunas familias que estructuran en esta nebulosa de organizaciones locales, regionales o nacionales cuya historia común se ha forjado en las resistencias a las oligarquías y a las políticas neoliberales desde hace una treintena de años: los movimientos indígenas (muy activos en particular en los países andinos), los movimientos y sindicatos campesinos (presentes en el conjunto del sub-continente, siendo el más emblemático y poderoso el Movimiento de trabajadores rurales sin tierra del Brasil. MST); los movimientos de mujeres; los sindicatos obreros y de la función pública; los movimientos de jóvenes y de estudiantes, las asociaciones medioambientales” (Ventura, 2012).

Estamos por tanto ante un sujeto emancipador plural y complejo, caracterizado por la multidimensionalidad. ¿Quiero esto decir que la componente de clase, el sindicalismo o incluso los trabajadores estarían ausentes o “diluidos” en una nebulosa post-moderna, definida sólo por la novedad de estos movimientos? En ningún caso. La dimensión de clase de estos conflictos sigue siendo central y los asalariados han jugado un papel esencial en este ciclo ascendente de protestas, y lo siguen haciendo por medio de experiencias como las que describimos en este libro (ver los textos sobre Uruguay, Argentina o Venezuela). Sin embargo, se constituye una praxis propia a las movilizaciones del último período, en particular la del movimiento indígena y su cuestionamiento de la “colonialidad del poder”[ 11], que “ ha renovado y enriquecido los programas y los horizontes, con una profundidad estratégica todavía lejos de ser asumida en toda su dimensión para ser coherente con la máxima de Mariátegui, que decía que el socialismo indo-americano no puede surgir del calco ni de la copia. […] Desposeídas o amenazadas de expropiación, temiendo por sus tierras, su trabajo y sus condiciones de vida, muchas de estas organizaciones han encontrado una identificación política en su desposesión (los sin tierra, los sin trabajo, los sin techo), en las condiciones sociopolíticas de vida comunitaria amenazada (los movimientos de habitantes, las asambleas ciudadanas” (Algranati, Taddei, Seoane, 2011). Estas nuevas movilizaciones se caracterizan sobre todo por la horizontalidad de las formas de organización, la importancia de la discusión en asambleas y la reivindicación de un territorio de luchas.

Durante la última década, hemos asistido a una relocalización de los movimientos sociales y a un ascenso potencial del espacio local como base territorial de sociabilidad, pero también como centro de reivindicaciones y de la acción de protesta: luchas contra las expropiaciones de tierras, luchas por el medio ambiente, luchas por la vivienda, luchas contra el cierre de fabricas, etc… Se trata de construir territorios alternativos o incluso “espacios de experiencia en los cuales los participantes intenten traducir a la práctica los valores de participación, de igualdad y de autogestión” . Sin embargo, “el arraigo local de actores y de movilizaciones no es en absoluto incompatible ni con el vínculo político nacional, ni con una proyección de la ciudadanía más allá de las fronteras del Estado-nación” (Merklen, Pleyers, 2011). Desde luego, estas prácticas situadas y circunscritas a un espacio específico, pese a todo su potencial, plantean también la cuestión de los límites de movilizaciones que se esfuerzan en obtener resultados a nivel nacional, en ausencia de proyecto político a una escala más amplia. El conjunto de estos procesos plantea por tanto importantes cuestiones estratégicas sobre el “arriba” y el “abajo”, los instrumentos y las tácticas de una estrategia emancipadora para el siglo 21…

Desde abajo, desde arriba y a la izquierda [12]. Cambiar el mundo transformando el poder y … la sociedad

Una reflexión sobre este laboratorio latinoamericano en términos de experiencias democráticas, autogestionarias, participativas, y potencialmente emancipadoras, como las que aquí se presentan, se muestra rica en pistas sobre toda una serie de cuestiones: relación entre autonomías sociales y Estado, relación entre movimientos, partidos e instituciones, formas de organización de las clases populares y relaciones entre lo local, lo nacional y lo global, relación con el mercado así como con otros sectores sociales subalternos, etc. Desde hace algunos años, están muy presentes en América Latina los debates en torno a cómo “cambiar el mundo” (Whitaker, 2006), pero también sobre la relación que las diversas modalidades de transformación social entablan con el Poder.

Algunos analistas y militantes han sido seducidos por la idea de construir un “antipoder”, o de un contra-poder, basado únicamente en la autonomía de los movimientos sociales, de las “multitudes” y de espacios comunitarios autogestionados. Podemos encontrar estas ideas, con sensibilidades diferentes, en Toni Negri, Miguel Benasayang y, sobre todo John Holloway. Este último, inspirándose en particular en la rica experiencia zapatista, llama a “cambiar el mundo sin tomar el poder”, a construir más “poder-acción”, “poder-hacer” (potentia), en vez de interesarse en el “poder sobre” (potestas), el del Estado y las instituciones: “el mundo no puede ser cambiado por medio del Estado”, el cual constituye sólo “un nudo en la red de relaciones de poder” (Holloway, 2008). El objetivo estratégico sería por tanto liberar la potentia de la potestas, prevenir las experiencias autogestionadas del “peligro” de las instituciones. Desde esta perspectiva, como lo señaló mordazmente Daniel Bensaid, Holloway ha forjado hasta cierto punto una especie de “zapatismo imaginario” [13], muy alejado de las realidades de México: desde luego, las conquistas de los zapatistas son considerables y hay que defender su “digna rabia”, cueste lo que cueste, al igual que su propuesta de “mandar obedeciendo”, porque tienen mucho que aportar a las prácticas políticas y militantes de este comienzo de siglo. ¿Pero por qué no ver también sus dificultades y sobre todo la existencia concreta de un poder –muy real (y en ocasiones necesariamente vertical)– que practican en lo cotidiano, a través de instituciones como los “consejos de buen gobierno”, de un ejército (EZLN), de dirigentes (a veces incluso sobrerrepresentados)? (Baschet, 2002).

Entre los más fecundos autores “movimentista” latinoamericanos interesados por las experiencias bolivianas (“guerras” del agua y del gas), Argentina (piqueteros  [14]) y, en particular, mexicana, hay que citar también a Raúl Zibechi. Según este último, se trata más bien de “dispersar el poder” (2009), basándose especialmente en el pensamiento comunitario de las poblaciones amerindias, una comunidad percibida, según el antropólogo Pierre Clastres, de la sociedad contra el Estado. Para Zibechi, el desafío sería “huir del Estado, salir de él”, mientras que procesos como el de la Comuna de Oaxaca representan “momentos epistemológicos, que hacen comprender lo no visible, lo que la vida cotidiana recubre el resto del tiempo. La dispersión del poder se realiza allí de dos maneras: asistimos por una parte a una desarticulación de la centralización estatal, y por otra parte estos movimientos no crean nuevo aparato burocrático centralizado, sino que adoptan una multitud de formas de organización, de manera que en el interior los poderes están distribuidos a través de toda la trama organizativa”. Describe micropoderes, inspirados en Foucault, Deleuze y Guattari. Pero en la cuestión –esencial– de la estructuración (democrática) de tales alternativas, de su perennización, prefiere alternativas “sólo provisionales. Hoy existen, mañana tal vez no. No es un problema, porque siempre pueden renacer” [15]. ¿Constituyen estas movedizas fundaciones perspectivas sólidas para otro mundo posible? ¿No se corre el riesgo de caer en una política sin política, teorizando una cierta impotencia para franquear los obstáculos de una revolución que rechaza tomar el poder? Además, aunque la Comuna de Oaxaca es seguramente la primera gran comuna del siglo 21, como lo recuerda Pauline Rosen-Cros en este libro, se presenta siempre como una institución al servicio del pueblo e incluso como un “espacio de ejercicio del poder” que integra a “todas las organizaciones sociales y políticas, los sindicatos democráticos, las comunidades y todo el pueblo”. Se trata de eso, no de una lógica de anti-poder o ni siquiera de su “dispersión”, aunque sea cierto que para Holloway lo importante es combatir al Estado, y la comuna de Oaxaca lo ha intentado con todas sus fuerzas.

Otros autores, en la senda de un marxismo más ortodoxo, han tenido tendencia a torcer el bastón en el otro sentido e insistir –a la inversa– en la necesidad de tomar el poder de Estado para forjar alternativas sólidas al imperialismo y al capitalismo [16]. Reivindicando aún más la herencia cubana o el proceso bolivariano venezolano, recordando (con toda razón) la violencia de las experiencias contrarrevolucionarias en América Latina, el sociólogo argentino Atilio Borón critica la falta de consistencia intrínseca del anti-poder frente al imperialismo, a los militares o a las multinacionales. Muestra la “fragilidad constitutiva, sociológica, de la multitud”, que no consigue tomar forma en una estructura política amplia, un proyecto nacional capaz de resistir y construir en el marco de la mundialización (Borón, 2001). Porque un movimiento, una comunidad, un colectivo, autónomo pero aislado, pueden verse cooptados o marginalizados y reprimidos por el poder –bien real – del Estado existente (la historia argentina es ejemplar en este sentido). ¿Cómo federar entonces una multiplicidad de espacios alternativos y autónomos para contrarrestar el rodillo compresor del capitalismo militar-industrial neoliberal? Volvemos a encontrar aquí algunos rasgos del debate iniciado en el siglo 19 en Europa por Proudhon, Bakanounine y Marx, y también por los comuneros parisinos.

Según el editorialista de Le Monde Diplomatique Serge Halimi, sería contradictorio hacer “como si algunas prefiguraciones de una utopía ‘libertaria’ (una cooperativa en Boston, un movimiento indígena en Chiapas, un squat en Ámsterdam), y el establecimiento de diversos ‘lazos’ (Internet, Foros mundiales) entre estos islotes participativos, equivalieran a una estrategia política. Como si las experiencias locales a pie de tierra no fuesen tributarias de decisiones nacionales o internacionales (nivel de vida del país, fiscalidad, acuerdos de libre comercio, moneda, guerras,…) que impiden confeccionar aparte su pequeña utopía, ‘sin tomar el poder’. Como si un internacionalismo legítimo debiera hacer olvidar que algunos Estados-nación habían constituido terrenos de luchas, de solidaridad, y permitido garantizar las conquistas obreras que la « mundialización » se ha propuesto romper en pequeños trozos” [17].

Aunque esta observación tiene cierta pertinencia estratégica, se desentiende de un problema (¡y no de los menores!): los socialismos “reales” del siglo XX no han resuelto en absoluto el problema de la existencia del Estado, de su burocratización, su autoritarismo, como ha sido denunciado con toda razón por los movimientos libertarios. ¿Cómo “tomar” el poder sin ser tomados por el poder o sin acomodarse en nombre de un cierto “realismo” institucional (cuestión planteada recientemente por la historia del Partido de los Trabajadores en Brasil)? ¿Cómo construir formas de poder popular constituyente, o incluso de doble poder, moldeando instituciones radicalmente democráticas, controladas por abajo y socializando el poder en todos los poros de la sociedad (en lugar de estatizarla)? Lo que está en juego es el difícil paso de poderes constituyentes a poderes constituidos y los métodos de articulación entre democracia directa, participativa y representativa, entre espacios de deliberación y de decisión: en definitiva, la cuestión clásica de la “soberanía” del pueblo. ¿Esta construcción-destrucción-creación debe desarrollarse totalmente externa al Estado (para echarlo abajo) o bien como emergencia combinada a la vez de formas externas y de un impulso procedente de instituciones gubernamentales? Esta cuestión está claramente planteada por los consejos comunales de Venezuela, efectivamente soberanos a cierta escala, pero directamente dependientes de una relación vertical con el ejecutivo bolivariano, como nos lo explica Mila Ivanovic.

El mismo problema a nivel económico, con las cooperativas, empresas recuperadas y otros experimentos locales: ¿cómo coordinar estos ensayos autogestionarios que no sea por medio del mercado, que tiende a desarticular la dimensión alternativa de estos espacios? ¿Con qué instrumentos? ¿Partidos, organizaciones, movimientos? ¿Y cómo abordar la discordancia de tiempos entre las elecciones –hoy América Latina vive en regímenes constitucionales, tras la noche negra de las dictaduras y guerras civiles– y lo indispensable, las luchas sociales y de autoorganización? Hervé Do Alto nos recuerda por ejemplo que la actual experiencia boliviana no habría podido surgir sin la creación del partido-movimiento MAS (Movimiento al Socialismo), que no sólo ha llevado al gobierno a Evo Morales por medio las urnas, sino que ha comenzado también a democratizar este país, el más pobre de América del Sur. Sin embargo, los gobiernos actuales, y su orientación general neo-desarrollista o en favor de un “capitalismo Ando-amazónico”, recuerdan una vez más que las izquierdas pueden ganar el gobierno, sin que el pueblo gane el poder, ni que esto signifique un proceso de ruptura (Toussaint, 2009). Todo lo contrario, ocurre a menudo que iniciativas venidas desde abajo son el blanco del autoritarismo de ejecutivos que, inicialmente, habían sido elegidos como una posible vía de cambio. ¿Qué pensar del gobierno nacionalista de Ollanta Humala en Perú, que había recibido el apoyo de una gran parte de la izquierda y de la sociedad civil y que hoy día encarna la figura de un gobierno al servicio de las transnacionales mineras, dispuesto a reprimir a su pueblo?¿Y qué ocurre con las relaciones entre toda una parte de los movimientos sociales, indígenas, obrero, con gobiernos nacionalistas-populares o progresistas (como por ejemplo los de Correa en Ecuador, Roussef en Brasil o Morales en Bolivia? Muchos militantes denuncian lo que consideran un nuevo rostro del capitalismo en vez de una perspectiva de reformas post-neoliberales, y por ello los repetidos conflictos entre estos presidentes y una parte de la población o de los trabajadores organizados.

En sus reflexiones sobre el “futuro del socialismo”, el economista Claudio Katz recuerda que el debate no se refiere tanto a la realización inmediata de otro mundo posible sino a su comienzo, condición esencial para cualquier avance futuro. Afirma que una estrategia de transformación radical se extiende necesariamente durante un largo período y que, en este camino sembrado de trampas, “todo proyecto político y económico basado en la mayoría de la población que presente signos que van hacia la extensión de la propiedad colectiva y la consolidación de la autogestión popular, representa una forma embrionaria de socialismo” (Katz, 2004). Con este rasero (y en marco de las relaciones existentes con el imperialismo) podrían juzgarse los procesos de transformación en la región. Sobre esta base, nadie duda de que el camino será todavía largo, a pesar de los saltos logrados hacia la emancipación…

Cambiar el mundo favoreciendo la autoorganización y transformando el modelo de desarrollo, modo de producción, instituciones y sociedad: un desafío para pensar la emancipación del siglo 21… Pero se trata también de lograr aquí y ahora otras formas de vida posibles, hacer la demostración de las alternativas, verificar in vivo nuevos horizontes y crear bienes comunes: como lo decía Jacinta, militante del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) brasileño, se trata de convertirse en “sujeto de su propia historia”, o para José Martínez, productor agroecológico colombiano, recrear “sistemas de vida”. Jules Falquet recuerda que a pesar de la violencia masculina, neoliberal y guerrera que reina en México, mujeres y feministas han sabido retomar la iniciativa. En suma, con este libro colectivo, hemos intentado mostrar el momento vertical y el momento horizontal de una política de emancipación, y sus tensiones permanentes. Se trata de una invitación a inspirarse en la riqueza de las experiencias “desde abajo”, comunitarias, locales, autogestionadas, sino también en parte “desde arriba”, con el papel de los partidos políticos, de los procesos constituyentes, de los gobiernos progresistas, con el fin de retomar un debate estratégico necesario, que en parte ha quedado sepultado bajo los escombros del muro de Berlín y eclipsado por la asfixia de la revolución cubana.

Para Richard Neuville:

“La diversidad de las experiencias [en curso] demuestra ampliamente la riqueza de las prácticas emancipadoras en marcha en el subcontinente latinoamericano. Expresan relaciones diferenciadas con el poder […]. En su diversidad, los movimientos sociales plantean claramente la cuestión de la democracia en sus aspectos económico, político y social, tanto a través del control y la gestión directa de la producción, la participación activa en las instancias de decisión como la autoorganización y la autonomía. Por ello, aún con matices, pueden ser categorizados como movimientos autogestionarios” (2012).

Se trata también de pensar los vínculos entre el campo social y político que estas variadas experiencias plantean, para continuar una reflexión que sigue abierta. Retomando figuras teóricas antes citadas, para enfocar la articulación entre crítica “artista” y crítica “social” del capitalismo, entre la Voice y el Exit, entre utopías concretas y proyectos políticos post-capitalistas y écosocialistas. Cuando se recorren los ejemplos aquí presentados, se puede avanzar la hipótesis de que en América Latina, las denuncias de la alienación neoliberal o los ensayos de emancipación comunitarios están precisamente conectados a la crítica social y ambiental del capitalismo (OSAL, 2012) y, sobre todo, a sus movimientos populares. Esto es lo que hace la fuerza del panorama actual en el subcontinente. Junto con otras cuestiones fundamentales que evidentemente habrá que tratar: los modelos de desarrollo cuando extractivismo y ecocidios hacen estragos en todo el continente, las relaciones de “raza” y de género, las integraciones regionales y la solidaridad internacional. ¡Un vasto programa en perspectiva!

Como señalaba Daniel Bensaid en su debate con John Holloway:

“Hay que atreverse a ir más allá de la ideología, sumergirse en las profundidades de la experiencia histórica, para retomar los hilos de un debate estratégico enterrado bajo el peso de las derrotas acumuladas. En el umbral de un mundo en parte inédito, donde lo nuevo cabalga sobre lo antiguo, más vale reconocer lo que se ignora, estar disponible a las experiencias que vendrán, que teorizar la impotencia minimizando los obstáculos a franquear” (ContreTemps, 2003).

Este pequeño libro colectivo es una invitación al viaje, al debate más amplio y a pensar otros posibles para el mañana. Una invitación al “principio esperanza” y al optimismo que defendía el filósofo Ernst Bloch [18], por encima de las catástrofes y la barbarie que acechan. Una convicción: estas utopías concretas vistas desde el Sur, llegadas de la “gran patria” de José Martí y de Mariátegui, pueden, junto con otras, ayudarnos a rearmarnos en el plano de las ideas y a (re)pensar cómo transformar el mundo.

Franck Gaudichaud
Viento Sur / ContreTemps

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NOTAS

[1] Nuestro agradecimiento a Emmanuel Delgado Hoch, de las ediciones Syllepse, por sus comentarios críticos a este texto. El resultado final, como tiene que ser, es de mi entera responsabilidad.
[2] Se trata en realidad de una gran variedad de gobiernos: de centro-izquierda, progresistas, social-liberales o nacional-populares, siguiendo las configuraciones socio-históricas nacionales, y sus relaciones con los movimientos sociales, con el imperialismo y con las clases dominantes.
[3] Caracazo : insurrección popular ocurrida el 27 de febrero de 1989 en Caracas contra la política neoliberal y las subidas de tarifas, impuestas por el presidente social-demócrata Carlos Andrés Pérez. La represión policial causó, según las estimaciones, entre 1.000 y 3.000 muertes.
[4] Sobre esta nueva generación de Golpes de Estado, a veces denominados “legales”, ver: “Coup d’Etat au Paraguay”, 23/06/2012, y “Honduras, un an après le coup d’Etat” (por Renard Lambert), La valise diplomatique, 28/06/2010, http://www.monde-diplomatique.fr.
[5] N. Klein, La Stratégie du choc , Actes Sud, París 2008.
[6) Ver también el dossier: “Menos desigualdades, ¿más justicia social?”, Nueva Sociedad, nº 239, junio 2012, http://www.nuso.org.
[7] En su libro, Boltanski y Chiapello distinguen la crítica “artista” que denuncia la alienación, la sociedad de consumo y la inautenticidad del capitalismo (asumida muchas veces por estudiantes, artistas e intelectuales), de la crítica “social”, centrada en la explotación y llevada a cabo por el movimiento obrero; recuperada la una por el sistema de gestión y muy desconectada de la otra, desde sus comienzos, en 1968 ( Le nouvel esprit du capitalisme , Paris, Gallimard, 1999).
[8] Albert O. Hirschman, Défection et prise de parole, Paris, Fayard, 1995.
[9] Sobre la noción mestiza del “ buen vivir” e indígena de Sumak Kawsay, ver el artículo de Matthieu Le Quang sobre Ecuador en este volumen.
[10] Ver el rico reportaje sobre varias utopías comunitarias europeas de Isabelle Fremeaux y John Hordan: Les sentiers de l’utopie , Zones – La Découverte, Paris, 2011, y el informe crítico de F. Poupeau: “Peut-on changer le monde? Des gens formidables…”, Le Monde Diplomatique, Paris, noviembre 2011.
[11] El concepto de “colonialidad del poder” fue presentado por primera vez por el intelectual peruano Anibal Quijano. Según este último, la matriz colonial se basa en cuatro pilares: la explotación de la fuerza de trabajo, la dominación etno-racial, el patriarcado y el control de las formas de subjetividad (o imposición de una orientación cultural etno-centrista). Dos siglos después de las independencias latinoamericanas, esta matriz seguiría siendo central en las relaciones sociales: “esta colonialidad del poder se ha mostrado más duradera y más arraigada que el colonialismo en cuyo seno se engendró, y que ayudó a imponerla mundialmente”, inscribiéndose por tanto en una dominación de tipo post-colonial (Quijano, 2007).
[12] La idea de “Por abajo, a la izquierda” es una referencia central de la experiencia zapatista.
[13] D. Bensaid, “La Révolution sans prendre le pouvoir? À propos d’un récent livre de John Holloway », ContreTemps, 2003.
[14] Piqueteros: “trabajadores desocupados” que cortaron las carreteras con grandes “piquetes” de huelga, tras la crisis de 2001 en Argentina.
[15] Ver la interesante entrevista a Zibechi aparecida en la revista libertaria Réfractions (2007).
[16] Sobre este debate estratégico internacional y sus prolongaciones, así como las repuestas aportadas por Holloway, ver: Contra y más allá del Capital (2006).
[17] S. Halimi, “Quelle societé future ? Dernières nouvelles de l’Utopie », Le Monde Diplomatique, Paris, agosto 2006.
[18] A. Münster, Ernst Bloch, messianisme et utopie, PUF, Paris, 1989.

Traducido del francés por: VIENTO SUR
Revisado por:  María Piedad Ossaba (Red Tlaxcala – La Pluma)
Fuente: Contretemps, 10 de enero de 2013

Franck Gaudichaud

Las imágenes permitidas.Reality del dolor a 40 Años del Golpe de Estado.

Rodrigo Díaz

Periodista y cientista político

Etiquetas:  » Publicado: 12/09/2013

Las imágenes permitidas

Una sociedad en paz y en la cual se respeten los derechos de sus habitantes no deja nunca de ser el fruto de un penoso y difícil esfuerzo. Tal como señalaba el jurista alemán Ihering, no hay un solo derecho que no sea sino el fruto de sangre derramada en las calles, en otras palabras, los pueblos no alcanzan su dignidad sin dar una batalla por ella.

Pero ocurre en la práctica –y así ocurrió en Chile-, que hay veces en que se intenta evitar a toda costa el conflicto, sobre todo después de haber vivido una dictadura. ¿De qué vale obtener justicia y reparación a las víctimas de crueles atropellos a sus derechos más fundamentales si con ello se arriesga un nuevo enfrentamiento que puede costar la vida a miles de compatriotas más? ¿De qué sirve recuperar las empresas que fueron arrebatadas o terminar con una institucionalidad impuesta por la fuerza bruta si con ello se provoca otra vez un golpe de Estado?

Este suicidio moral es el legado de la mal llamada política de los consensos, una política de la cobardía que abandonó la obligación de la justicia, una política en que la concertación salvó el pellejo que otros sacrificaron por decencia y compromiso y que al paso del tiempo, transformó ese sacrificio de miles de chilenos en un sacrificio inútil, olvidado, guardado en un rincón de la historia.

El único problema de razonar así, es que se está dictando sobre la conciencia de un pueblo una auténtica sentencia de muerte. Un pueblo que permite que los culpables de crímenes atroces o de latrocinios gigantescos permanezcan impunes, es capaz de permitir que lo aniquilen. Por lo mismo es que las sociedades que hacen uso de su derecho a defenderse, lo hacen por su independencia y por proteger su existencia y su dignidad y por el dolor que produce la injusticia de que han sido víctimas.

Por lo anterior es que no resulta posible callar ante el legado vergonzoso que a 40 años del golpe nos dejaron los gobiernos de la concertación. Y no es cuestión de decir “Lo hicimos por la paz de Chile”. Con eso solo nos condenaron a naufragar en medio de injusticias gigantescas, siendo que resistirlas era el deber de todos quienes formábamos parte de la sociedad chilena veinte años atrás y lo sigue siendo. Este suicidio moral es el legado de la mal llamada política de los consensos, una política de la cobardía que abandonó la obligación de la justicia, una política en que la concertación salvó el pellejo que otros sacrificaron por decencia y compromiso y que al paso del tiempo, transformó ese sacrificio de miles de chilenos en un sacrificio inútil, olvidado, guardado en un rincón de la historia.

Y hoy, a 40 años del golpe, con un gobierno de distinto signo pero que sigue la misma política de los anteriores, aparecen súbitamente imágenes hoy permitidas de los que padecieron y sus victimarios,  de los cómplices y de jueces cobardes y toda una suerte de perdones y gestos éticos, como si hubiesen salido del escritorio de un grupo de publicistas. Todos somos responsables, por ende, nadie lo es. Parece ser la hora de que los chilenos recordemos con reality del dolor, imágenes morbosas, cascadas de espanto y horror.

¿Por qué ahora y de este modo? Sencillamente para repetir el guión incluso ahora, cuarenta años después. Para que una vez más un pueblo que se rebela contra la injusticia lo piense dos veces. Especialmente las nuevas generaciones que luchan contra la injusticia que se expresa en la educación, en la previsión, en el texto de nuestra vergonzosa constitución. En otras palabras, cuidado con arriesgarse más de lo debido. Miren las imágenes permitidas y dejen todo como está.

Para que nunca más se cometan crímenes y atropellos como los ocurridos en Chile, nunca más la injusticia, nunca más la paz al precio de servir la impunidad.

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Encuentro Metropolitano de Movimientos Sociales y Poder Popular 2013 en Chile

Invitación al Encuentro de Movimientos Sociales y Poder Popular

 

“El poder popular constituye una de las tesis políticas de mayor complejidad desarrolladas por los movimientos de izquierda revolucionaria latinoamericanos”. Con esta premisa, el grupo de Estudio de Ciencias Sociales y Política y el Centro Estudios Enzo Falleto de la Facultad de Humanidades de la Usach invitan a reflexionar y debatir sobre “las estrategias y proyectos desde la asociatividad y el territorio” desarrollas en los últimos cincuenta años en Chile y en América Latina.

La iniciativa se llevará a cabo los días 22, 23 y 24 de octubre en la Universidad de Santiago de Chile. La convocatoria es realizada por el grupo de Estudio de Ciencias Sociales y Política y el Centro Estudios Enzo Falleto de la Facultad de Humanidades de dicha institución.

Los organizadores señalan que el uso del concepto Poder Popular “constituye la expresión del activo proceso de construcción generado por las izquierdas revolucionarias de la región, siendo una de las expresiones más particulares del marxismo latinoamericano, cuya praxis histórica se diferenció políticamente del marxismo soviético”. Por la misma razón, argumentan que su revisión y puesta en perspectiva resulta un asunto fundamental para orientar la praxis política de los nuevos movimientos sociales que buscan las transformaciones estructurales de la sociedad.

En este sentido, el Encuentro Metropolitano de Movimientos Sociales y Poder Popular se propone examinar los procesos de “organización y autogestión que obreros y pobladores impulsaron desde la década del 60 en nuestro país”, donde destacan experiencias como el surgimiento del MIR y otras que se desarrollaron dentro de la misma Unidad Popular (1970 -1973). Además, se revisarán casos referenciales como el de “la Revolución Cubana en 1959, el Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1984, la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca de 1985, la formación del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en el Salvador”, entre otros.

Según indica el comunicado oficial, la actividad tiene por objetivo esencial “Recuperar, reflexionar y analizar críticamente la experiencia chilena del poder popular como un referente capaz de guiar y aportar a los movimiento constituye un proceso reflexivo sobre la praxis política actual, que la re-articulación de los movimientos sociales promueve, siendo una oportunidad de acumular experiencia colectiva y elaborar un discurso capaz de proyectar nuevos referentes políticos que amplíen y profundicen el proceso de reconstitución del movimiento socio-político nacional”.

El encuentro se llevará a cabo los días 22, 23 y 24 de Octubre de 2013, desde las 16:00 horas en el Salón Enrique Frommel de la Universidad de Santiago.

Las inscripciones son gratuitas y abiertas a todo público. Más información en:

ciencias.sociales.politica@gmail.com

http://cienciassocialespolitica.wordpress.com/

https://www.facebook.com/ciencias.sociales.politica.USACH