Trazos familiares: tres familias, tres generaciones, una dictadura

Trazos familiares: tres familias, tres generaciones, una dictadura

Por Gastón González Napoli

Vivimos en un tiempo raro. Los nazis vuelven a andar en público con orgullo. No solo en Estados Unidos, con la marcha espeluznante en Charlottesville del año pasado; también acá, a la vuelta, en la charla que dieron Agustín Laje y otro asustaviejas en el Palacio Legislativo hubo alguna esvástica. Hace ver que todavía son necesarias las obras de arte de denuncia contra el nazismo. Pero alejémonos de la historia negra europea del siglo XX y vayamos a la nuestra: tampoco hay, y es una vergüenza, mucha diferencia. Que sigan viniendo entonces las películas como Trazos familiares, aunque sean imperfectas. Aunque vuelvan a transitar caminos ya andados.

Sí, Trazos familiares es un documental sobre la dictadura. La protagonizan tres familias que la sufrieron de maneras distintas. La más conocida es la historia de Mariana Zaffaroni Islas, que descubrió con 16 años que los padres que la criaron no eran los biológicos, y que su nombre original no era Daniela, y que su cumpleaños posta no era en setiembre. Descubrió, es decir, que era hija de desaparecidos. Los otros dos casos de Trazos familiares exploran uno el exilio con Ernesto Salvo, que vive en Cataluña, su ex esposa Marta Barreto, que vive en Viena, y el hijo de ambos, Federico, que también vive en Austria. El otro se centra en la familia Casariego Celiberti, y con ella se ven otros dos aspectos lúgubres: el secuestro, que Lilián Celiberti y sus hijos sufrieron en Brasil, abortado a tiempo por una denuncia masiva de la prensa local; y la prisión por causas políticas, tanto a través de Lilián como de los ojos de su hijo Camilo, que la visitaba.

La dirige José Pedro Charlo, cuya filmografía documental incluye El almanaque, sobre la vida en el Penal de Libertad del preso político Jorge Tiscornia; El círculo, sobre el guerrillero tupamaro Henry Engler, co-dirigida por Aldo Garay; y A las cinco en punto, sobre la huelga general inmediatamente posterior al golpe de Estado de 1973. Charlo no tiene el foco puesto en el proceso cívico-militar porque sí: estuvo preso entre el ’76 y el ’84. Un dato que tiene mucho que ver con el trasfondo de su última obra.

La conexión entre las tres familias es la razón de existir de la película, y es un problema. Es que resulta confusa. No hay un esfuerzo cierto por aclararlo para los no-iniciados. Le faltaría una suerte de árbol genealógico que mostrara los vínculos, quizá un repaso apenas más pormenorizado de eventos como el vuelo de los niños exiliados de 1983. Trazos familiares da por descontado que se sabe de qué se está hablando, no se para a pensar en que los más jóvenes pueden no tenerlo tan presente (aunque el vuelo fue el foco de otra película reciente, Tus padres volverán). Error en el que cae mucha de la discusión en torno a la historia reciente, literaria, noticiosa y hasta televisiva, como en el debate incomprensible entre Héctor Amodio Pérez y Federico Fasano. Pero lo peor en este caso es la mezcla de nombres en danza. En el párrafo siguiente, un intento por bajarlos a tierra.

Estando preso, el director Charlo se perdió el dichoso vuelo, que solo conoce por medio de filmaciones de la época. Viendo esas imágenes le llamó la atención una bandera que daba la bienvenida a Camilo y Federico: reconoció enseguida de quiénes eran hijos, viejos compañeros de militancia suyos. Los Salvo, padres de Ernesto, abuelos de Federico, y los Celiberti, padres de Lilián, abuelos de Camilo, eran vecinos; Charlo había visitado esos apartamentos de joven y conocido a Federico y Camilo de pequeños. Ver esa bandera fue la chispa que encendió el documental. Mariana Zaffaroni entra de costado a Trazos familiares, tanto que su presencia casi resquebraja ese concepto inicial. En la despedida de Ernesto Salvo y Marta Barreto con Jorge Zaffaroni y María Emilia Islas, la muy niña Mariana le regaló un oso de peluche al muy niño Federico. Años más tarde, en el vuelo de 1983, Federico, rubio y pelilargo, se ve filmado con el osito que todavía conservaba. Suficiente vínculo para que Charlo incluya la historia de Mariana en la película.

Por suerte lo hace: es el mayor gancho que tiene, con diferencia. Mariana comunica bárbaro y su historia es surrealista, por los hechos que le tocaron y por cómo los vivió. Si esto fuera Hollywood ya tendría su película y su remake. Pero no deja de ser un estiramiento de sus propias reglas internas.

Si se aceptan esas imperfecciones, Trazos familiares guarda un guantazo entre tanta entrevista tomando mate. Las cosas que narra no son nuevas, cualquiera que haya leído un poco o prestado algo de atención en las clases de Historia del liceo maneja los datos macro. Acá el dolor está en lo micro. En lo humano. No en un villano de botas y uniforme sino en un hijo chico furioso con su madre presa. En una madre, otra, que debe ir a reconocer cuerpos temiendo encontrar el de su hija. O quizá deseando hallarla, para al menos poner un punto final. Y en una mujer que empieza a usar un sobrenombre para evitar incomodidades ajenas cuando alguien le dice por su otro nombre, el que tenía antes de saber la verdad.

¿Por qué es necesario patear de nuevo la pelota a la casa de don Plan Cóndor? La respuesta está en Twitter. Las redes sociales, y los comentarios en las noticias, son termómetros bastante certeros y terroríficos para comprobar hasta qué punto no se puede hablar de la dictadura sin dividir las aguas. No se puede criticar a los tupamaros por alzarse contra una democracia sin que vuelen acusaciones de fascismo; no se puede hablar de desaparecidos o de nunca más, ni condenar el pacto de silencio militar, sin que asome su fea cara la teoría de los dos demonios. Uno de los males más atroces, el de un Estado contra sus ciudadanos, se relativiza y, lo que es hasta peor, se partidiza. Se convierte en eslogan de unos mientras otros callan. Terreno fértil para el desastre.

Estudiar historia y ver sus ciclos provoca que uno vaya de ojos abiertos y note los patrones preocupantes. Por eso, que sigan viniendo las películas como Trazos familiares. Se precisan hoy tanto como ayer.

El Centro de Documentación Eremias Delizoicov y el Comité de la familia de los Muertos y Desaparecidos Políticos Brasil

El Centro de Documentación Eremias Delizoicov y el Comité de la familia de los Muertos y Desaparecidos Políticos organizar y desarrollar el sitio www.desaparecidospoliticos.org.br . El objetivo es divulgar las investigaciones sobre las muertes, la localización de los restos mortales de las víctimas de la dictadura e identificar a los responsables de los crímenes de tortura, homicidio y ocultación de los cadáveres de decenas de personas durante el período de la dictadura militar en Brasil (1964/85) .
El sitio tiene en su base de datos los nombres de 383 muertos y desaparecidos, textos sobre la amnistía, la guerrilla del Araguaia, la fosa clandestina del Cementerio de Perus, la historia de las organizaciones de izquierda, de los órganos de represión y los principales hechos políticos en el período. El sitio tiene más de 3 mil documentos digitalizados, entre ellos los producidos en el DOPS, biografías, fotos y video sobre las personas que fueron víctimas del régimen civil-militar, informaciones sobre los militares que participaron en la represión, además de noticias actualizadas y textos especializados sobre el asunto.

¿Donde estan? | 02/05/2008 | El Estado de San Pablo
Antigua celda del DOPS transformada en lugar de memoria.
Antigua foto de la celda del DOPS.
Los ex presos visitan el Memorial.

Las celdas del antiguo Departamento de la Orden Política y Social (Dops), uno de los más temidos locales de represión de la dictadura militar en São Paulo, fueron retitulados ayer. De Memorial de la Libertad, el edificio, reformado y abierto para visitar en 2002, pasa a llamarse Memorial de la Resistencia. El cambio era reivindicado por ex presos y perseguidos políticos. El Dops, donde hoy funciona también la Pinacoteca del Estado, estuvo por años bajo la responsabilidad del delegado Sérgio Paranhos Fleury, considerado uno de los mayores cazadores de enemigos del régimen militar y responsable directo de torturas y asesinatos.

“El nuevo nombre es más adecuado y rinde homenaje a los que lucharon aquí”, afirmó el secretario de Estado de Cultura, João Sayad, en la ceremonia de relanzamiento del espacio, que también alberga, desde ayer, exposición fotográfica sobre el período de la dictadura. El proyecto del memorial fue coordinado por la Secretaría de Estado de la Cultura de São Paulo y por la Secretaría Especial de Derechos Humanos de la Presidencia de la República.

El ministro de la Secretaría Especial de Derechos Humanos, Paulo de Tarso Vannucchi, afirmó que la iniciativa paulista debe servir de ejemplo en otros Estados. “Espero que el gobierno federal se sensibilice con la alianza hecha en Sao Paulo y transforme otros espacios en memorias como ese. Es una forma de que el país conozca su pasado reciente”, dijo Vannucchi, también un ex preso político.

Según él, San Pablo es uno de los Estados que más han evolucionado en la apertura de los archivos del período de dictadura militar. En los últimos años, afirmó Vannucchi, el gobierno federal también avanzó en la disponibilidad de estos documentos a familiares de ex presos del régimen militar, periodistas e investigadores. Informó que en las próximas semanas la ministra Dilma Rousseff (Casa Civil) va a anunciar la interconexión digital de todos los archivos (estatales y nacionales) existentes sobre el período.

En el evento, el vicegobernador de Sao Paulo, Alberto Goldman, dijo que va a sugerir al gobernador José Serra que el edificio del antiguo DOI-Codi, en el Paraíso, también sea transformado en memorial. Según Goldman, la comisaría de la calle Tutóia tiene un historial “mucho peor” que el Dops.

Además de autoridades, cientos de ex presos políticos, amigos y familiares de ellos y de desaparecidos y muertos durante el régimen militar llenaron ayer los salones de la estación Pinacoteca. El profesor de Medicina de la USP Silvino Alves de Carvalho, de 66 años, es uno de ellos. En 1974, Carvalho pasó 40 días preso en el Dops. Ayer, llevó a su hijo de 14 años por primera vez al lugar. “Estar aquí de nuevo me trae alegría y tristeza”, comentó. “Alegría por estar vivo y con mi familia, y tristeza por recordar las barbaridades que ocurrieron en ese lugar.”

El periodista Alipio Freire, de 62 años, también estuvo preso por tres meses en las celdas del Dops, en 1969. Cuenta que ya ha logrado “metabolizar” los recuerdos del período. “Tengo amigos que ni entran aquí, veo como otra parte de mi historia y de la memoria del país, para el bien o para el mal, y es importante preservarla.

La historia del futuro no se hará sin la memoria de nuestros amigos y compañeros mártires

Michel Löwy

11/05/2008

Luiz Eduardo Merlino (1948-1971), joven periodista brasilero, militante de la Cuarta Internacional, murió bajo la tortura, a los 23 años, en julio de 1971. Su ex-compañera, Angela Mendes de Almeida, y su hermana, Regina Merlino Dias de Almeida, decidieron, a pesar de la amnistía oficial que los militares se auto-otorgaron hace ya más de veinte años, llevar a la justicia al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, acusado por varios testigos de ser el principal responsable por este crimen.

Felizmente, el juez Carlos Abrâo, aceptó el pedido de apertura de la acción : la tortura, según la ley brasilera y los tratados internacionales firmados por el Brasil, es imprescriptible. El proceso deberá comenzar dentro de algunas semanas. Las dos autoras de esta acción no piden la condenación penal del oficial, ni indemnizaciones, sino simplemente la verdad : que la justicia declare al coronel Ustra responsable por la tortura y la muerte de Merlino. (1)

Este siniestro personaje era el jefe del Departamento de Operaciones y de Información (DOI-CODI) de la dictadura militar en Sâo Paulo. Bajo este eufemismo se escondía una oficina de torturas, de las que fueron víctimas de tortura – entre 1970 y 1973, el período de comando de Ustra – cerca de quinientos prisioneros, de los cuales murieron mas de cuarenta, entre ellos nuestro joven camarada. Según la versión oficial, acreditada por dos “médicos legistas” al servicio de los militares, Merlino se habría “suicidado”, tirándose bajo las ruedas de un automóvil : explicación ridícula, frecuentemente utilizada por la dictadura para cubrir sus crímenes.

Leer artículo completo en  http://www.sinpermiso.info/textos/la-historia-del-futuro-no-se-har-sin-la-memoria-de-nuestros-amigos-y-compaeros-mrtires

Preso sin nombre, celda sin número – Jacobo Timerman

VIERNES, 5 DE MARZO DE 2010

Preso sin nombre, celda sin número – Jacobo Timerman

La celda es angosta. Cuando me paro en el centro, mirando hacia la puerta de acero, no puedo extender los brazos. Pero la celda es larga. Cuando me acuesto, puedo extender todo el cuerpo. Es una suerte, porque vengo de una celda en la cual estuve un tiempo— ¿cuánto?— encogido, sentado, acostado con las rodillas dobladas. La celda es muy alta. Saltando, no llego al techo. Las paredes blancas, recién encaladas. Seguramente había nombres, mensajes, palabras de aliento, fechas. Ahora no hay testimonios, ni vestigios. El piso de la celda está permanentemente mojado. Hay una filtración por algún lado. El colchón también está mojado. Y tengo una manta. Me dieron una manta, y para que no se humedezca la llevo siempre sobre los hombros. Pero si me acuesto con la manta encima, quedo empapado de agua en la parte que toca el colchón. Descubro que es mejor enrollar el colchón, para que una parte no toque el suelo. Con el tiempo la parte superior se seca. Pero ya no puedo acostarme, y duermo sentado. Vivo, durante todo este tiempo,—¿cuánto?— parado o sentado.

La celda tiene una puerta de acero con una abertura que deja ver una porción de la cara, o quizás un poco menos. Pero la guardia tiene orden de mantener la abertura cerrada. La luz llega desde afuera, por una pequeña rendija que sirve también de respiradero. Es el único respiradero y la única luz. Una lamparilla prendida día y noche, lo que elimina el tiempo. Produce una semipenumbra en un ambiente de aire viciado, de semi-aire.

Extraño la celda desde la cual me trajeron a ésta—¿desde dónde?—, porque tenía un gujero en el suelo para orinar y defecar. En ésta que estoy ahora tengo que llamar a la guardia para que me lleve a los baños. Es una operación complicada, y no siempre están de humor: tienen que abrir una puerta que seguramente es la entrada del pabellón donde está mi celda, cerrarla por dentro, anunciarme que van a abrir la puerta de mi celda para que yo me coloque de espaldas a ésta, vendarme los ojos, irme guiando hasta los baños, y traerme de vuelta repitiendo toda la operación. Les causa gracia a veces decirme que ya estoy sobre el pozo cuando aún no estoy. O guiarme—me llevan de una mano o me empujan por la espalda—, de modo tal que hundo una pierna en el pozo. Pero se cansan del juego, y entonces no responden al llamado. Me hago encima. Y por eso extraño la celda en la cual había un pozo en el suelo.

Me hago encima. Y entonces necesito permiso especial para lavar la ropa, y esperar desnudo en mi celda hasta que me la traigan ya seca. A veces pasan días porque— me dicen— está lloviendo. Estoy tan solo que prefiero creerles. Pero extraño mi celda con el pozo dentro. La disciplina de la guardia no es muy buena. Muchas veces algún guardia me da la comida sin vendarme los ojos. Entonces le veo la cara. Sonríe. Les fatiga hacer el trabajo de guardianes, porque también tienen que actuar de torturadores, interrogadores, realizar las operaciones de secuestro. En estas cárceles clandestinas sólo pueden actuar ellos, y deben hacer todas las tareas. Pero a cambio, tienen derecho a una parte del botín en cada arresto. Uno de los guardianes lleva mi reloj. En uno de los interrogatorios, otro de los guardianes me convida con un cigarrillo y lo prende con el encendedor de mi esposa. Supe después que tenían orden del Ejército de no robar en mi casa durante mi secuestro, pero sucumbieron a las tentaciones. Los Rolex de oro y los Dupont de oro constituían casi una obsesión de las fuerzas de seguridad argentinas en ese año de 1977.

En la noche de hoy, un guardia que no cumple con el Reglamento dejó abierta la mirilla que hay en mi puerta. Espero un tiempo a ver qué pasa, pero sigue abierta. Me abalanzo, miro hacia afuera. Hay un estrecho pasillo. y alcanzo a divisar frente a mi celda, por lo menos dos puertas más. Sí, abarco completas dos puertas. ¡Qué sensación de libertad! Todo un universo se agregó a mi Tiempo, ese largo tiempo que permanece junto a mí en la celda, conmigo, pesando sobre mí. Ese peligroso enemigo del hombre que es el Tiempo cuando se puede casi tocar su existencia, su perdurabilidad, su eternidad. Hay mucha luz en el pasillo. Retrocedo un poco enceguecido, pero vuelvo con voracidad. Trato de llenarme del espacio que veo. Hace mucho que no tengo sentido de las distancias y de las proporciones. Siento como si me fuera desatando. Para mirar debo apoyar la cara contra la puerta de acero, que está helada. Y a medida que pasan los minutos, se me hace insoportable el frío. Pongo toda la frente apoyada contra el acero, y el frío me hace doler la cabeza. Pero hace ya mucho tiempo—¿cuánto?—que no tengo una fiesta de espacio como ésta. Ahora apoyo la oreja, pero no se escucha ningún ruido.

Vuelvo entonces a mirar. Él está haciendo lo mismo. Descubro que en la puerta frente a la mía también está la mirilla abierta y hay un ojo. Me sobresalto: me han tendido una trampa. Está prohibido acercarse a la mirilla, y me han visto hacerlo. Retrocedo, y espero. Espero un Tiempo, y otro Tiempo, y más Tiempo. Y vuelvo a la mirilla. Él está haciendo lo mismo. Y entonces tengo que hablar de ti, de esa larga noche que pasamos juntos, en que fuiste mi hermano, mi padre, mi hijo, mi amigo. ¿O eras una mujer? Y entonces pasamos esa noche como enamorados. Eras un ojo, pero recuerdas esa noche, ¿no es cierto? Porque me dijeron que habías muerto, que eras débil del corazón y no aguantaste la “máquina”, pero no me dijeron si eras hombre o mujer. Y, sin embargo, ¿cómo puedes haber muerto, si esa noche fue cuando derrotamos a la muerte?

Tienes que recordar, es necesario que recuerdes, porque si no, me obligas a recordar por los dos, y fue tan hermoso que necesito también tu testimonio. Parpadeabas. Recuerdo perfectamente que parpadeabas, y ese aluvión de movimientos demostraba sin duda alguna que yo no era el último ser humano sobre la Tierra en un Universo de guardianes torturadores. A veces, en la celda, movía un brazo o una pierna para ver algún movimiento sin violencia, diferente a cuando los guardias me arrastraban o empujaban. Y tú parpadeabas. Fue hermoso.

Eras—¿eres? —una persona de altas cualidades humanas, y seguramente con un profundo conocimiento de la vida, porque esa noche presentaste todos los juegos; en nuestro mundo clausurado habías creado el Movimiento. De pronto te apartabas y volvías. Al principio me asustaste. Pero enseguida comprendí que recreabas la gran aventura humana del encuentro y el desencuentro. Y entonces jugué contigo. A veces volvíamos a la mirilla al mismo tiempo, y era tan sólido el sentimiento de triunfo, que parecíamos inmortales. Éramos inmortales. Volviste a asustarme una segunda vez, cuando desapareciste por un momento prolongado. Me apreté contra la mirilla, desesperado. Tenía la frente helada y en la noche fría—¿era de noche, no es cierto?—me saqué la camisa para apoyar la frente. Cuando volviste, yo estaba furioso, y seguramente viste la furia en mi ojo porque no volviste a desaparecer. Debió ser un gran esfuerzo para ti, porque unos días después, cuando me llevaban a una sesión de “máquina” escuché que un guardia le comentaba a otro que había utilizado tus muletas como leña. Pero sabes muy bien que muchas veces empleaban esas tretas para ablandarnos antes de una pasada por la “máquina”, una charla con la Susana, como decían ellos. Y yo no les creí. Te juro que no les creí. Nadie podía destruir en mí la inmortalidad que creamos juntos esa noche de amor y camaradería.

Eras— ¿eres?— muy inteligente. A mí no se me hubiera ocurrido más que mirar, y mirar, y mirar. Pero tú de pronto colocabas tu barbilla frente a la mirilla. O la boca. O parte de la frente. Pero yo estaba muy desesperado. Y muy asustado. Me aferraba a la mirilla solamente para mirar. Intenté, te aseguro, poner por un momento la mejilla, pero entonces volvía a ver el interior de la celda, y me asustaba. Era tan nítida la separación entre la vida y la soledad, que sabiendo que tú estabas ahí, no podía mirar hacia la celda, Pero tú me perdonaste, porque seguías vital y móvil. Yo entendí que me estabas consolando, y comencé a llorar. En silencio, claro. No te preocupes, sabía que no podía arriesgar ningún ruido. Pero tú viste que lloraba, ¿verdad?, lo viste sí. Me hizo bien llorar ante ti, porque sabes bien cuán triste es cuando en la celda uno se dice a sí mismo que es hora de llorar un poco, y uno llora sin armonía, con congoja, con sobresalto. Pero contigo pude llorar serena y pacíficamente. Más bien, es como si uno se dejara llorar. Como si todo se llorara en uno, y entonces podría ser una oración más que un llanto. No te imaginas cómo odiaba ese llanto entrecortado de la celda. Tú me enseñaste, esa noche, que podíamos ser Compañeros del Llanto

Durante el régimen militar, Timerman fue detenido por orden del extinto general Ramón Camps, y permaneció en centros clandestinos, cuando el militar ocupaba la jefatura de la Policía Bonaerense. Esa detención fue cuestionada y denunciada por EL DIA reiteradas oportunidades.
Posteriormente recuperó su libertad y se asiló en Europa hasta el retorno de la democracia.
Esta experiencia Timerman la reflejó en su libro “Preso sin nombre, celda sin número”, editado en 1982, y en 1988 publicó “Chile: el galope muerto”, en donde hizo un análisis de la situación política del país trasandino y el golpe de Augusto Pinochet, en 1973.
Pero su capítulo profesional más destacado pasó por el diario “La Opinión”, que dejó una huella en la forma de hacer periodismo.
La semana pasada, en una larga entrevista -que resultó póstuma- por un canal de cable, hablando sobre la reciente muerte de su entrañable amigo y poeta Rafael Alberti, y ponderando su alegría de vivir y su optimismo, Timerman dijo, sorpresivamente: “él se murió, pero yo le gané, estoy muerto desde antes”. Nunca pudo reponerse a la muerte de su mujer, Risha, ocurrida en 1992.

Timerman había nacido el 6 de enero de 1923 en Bar, al sur de Kiev, en Ucrania y llegado a la Argentina a los cinco años, el 11 de octubre de 1928 junto con sus padres, Natan Timerman y Eva Berman, y su hermano José, de siete años.
Como militante de Mapan, una organización del socialismo israelí, en febrero de 1950 fue a un seminario en Mendoza, donde conoció a Risha, una joven cordobesa y judía que por primera vez había dejado las sierras para conocer la montaña, y de la que él se enamoró.
En mayo de ese mismo año se casaron, en mayo de 1951 nació su primer hijo, Daniel Natalio, en diciembre de 1953, Héctor Marcos, ex director de ‘Trespuntos’, y en mayo de 1961, Javier Gustavo, el menor.
En sus primeros tiempos, Timerman trabajó como cronista y traductor en Correo literario, Qué, Noticias Gráficas, France Press, Nueva Sion, Comentario, pero recién en 1957 se le abrió la puerta grande del periodismo: entró como columnista político al vespertino La Razón, bajo la tutela de Félix Laíño, porque era el único diario en el que no se trabajaba de noche.
Después de pasar por varios medios, hizo su propia empresa: nació Primera Plana, en 1962. El staff lo integraban, entre otros, Ramiro de Casasbellas -que, por esas vueltas del destino, vino a morir justamente dos días antes-, Tomás Eloy Martínez, Osiris Troiani y Jorge Listosella.
Llegada la última dictadura en marzo de 1976, Timerman, ya en La Opinión, fue detenido.
El periodista pasó por varios centros clandestinos: Puesto Vasco a Campo de Mayo, de Coti Martínez a Magdalena, antes de ser “blanqueado”. Su calvario concluyó con su arresto domiciliario en abril de 1978.

Memoria en la Web.Ha muerto Juan Seoane, el detective que se quedó en La Moneda el 11 de Septiembre de 1973…

El libro que cuenta la historia del detective que acompañó a Allende en el bombardeo a La Moneda

Entrevista a Juan Seoane

por  3 febrero, 2014

El libro que cuenta la historia del detective que acompañó a Allende en el bombardeo a La Moneda
Me dijo Miranda (Alquimia Ediciones), primera novela del argentino Federico Galende, parece inspirada en Juan Seoane Miranda, el mítico jefe de la guardia presidencial de Investigaciones. Galende articula su texto al modo de un testimonio repetido por otro, haciendo que cada capítulo empiece con la misma sentencia: “Me dijo Miranda” o simplemente “me dijo”, como si en ella participaran dos narradores –como el escribano anónimo que refiere el testimonio de Pereira en Sostiene Pereira, de Tabucchi.

me dijo Miranda alta

La historia mundial es abundante en héroes desconocidos, sin calles que lleven sus nombres o conmemoraciones en fecha alguna. La historia chilena está lejos de ser una excepción. Con facilidad se han olvidado personajes que no cuadran con las viñetas patrióticas de un país que prefiere vehementes saltos al vacío que actos de consecuencia llevados al extremo.

Entre quienes protagonizan hechos como los últimos están los diecisiete detectives que acompañaron a Salvador Allende en La Moneda hasta su muerte, todos bajo el mando de Juan Seoane Miranda, quien desobedeció la orden del mandatario de desalojar el palacio de gobierno y decidió permanecer ahí para cumplir su palabra de –tratar de– protegerlo.

En Me dijo Miranda (Alquimia Ediciones, Santiago de Chile, 2013), primera novela de Federico Galende (Rosario, Argentina, 1965), un narrador anónimo retransmite la historia del detective Juan Miranda, personaje que trae a la memoria al detective Seoane. Galende articula su texto al modo de un testimonio repetido por otro, haciendo que cada capítulo empiece con la misma sentencia: “Me dijo Miranda” o simplemente “me dijo”, como si en ella participaran dos narradores –como el escribano anónimo que refiere el testimonio de Pereira en Sostiene Pereira, de Tabucchi.

Uno de estos narradores –el autor, digamos– hace la traducción simultánea desde el lenguaje testimonial del otro –Miranda– al lenguaje de la ficción. Nada en el libro indica que la novela esté inspirada en el caso de Seoane, aunque varias veces el narrador da a entender que Juan Miranda es un personaje real y tuvo ocasión de reunirse con él, entrevistarlo en distintas ocasiones y lugares, ver sus documentos, libros, objetos del pasado.

Así conocemos las anécdotas y testimonios de Miranda, quien comenzó su carrera en la Brigada de Homicidios, pero fue removido pronto de ahí, sin explicaciones, mientras investigaba el asesinato del general Schneider. Luego fue reclutado en la Policía Política, donde sufrió la pérdida de varios colegas. La desaparición de uno de ellos, jefe de la guardia presidencial, marcaría su destino: el avión que lo transportaba desde Lima hasta Santiago se extravió en algún lugar de la selva y Juan Miranda fue designado para tomar su lugar.

A consecuencia de esto estableció una relación de cercanía con Allende, a quien acompañó en su viaje a México, Estados Unidos, La Habana, Moscú, pasando por Marruecos, Ecuador y Perú. Las anécdotas de Miranda son varias: el recibimiento multitudinario que tuvo Allende en México, un intento de comer camarones en Ecuador ante la mirada fija de un garzón, un baño en la tina del rey Hassan II en Marruecos y una carta escrita a su esposa en papel real que la mujer todavía conserva enmarcada, por mencionar algunas.

A estos episodios se suman los sucesos que envuelven al narrador durante su trabajo de investigación y escritura: un encuentro casual con un ex GAP que conoció a Miranda, una chica que aparece y desaparece de la vida del escritor mientras pasa una temporada en Estados Unidos, y otros momentos en los que el narrador se despega de su máscara, volviendo aún más amena la lectura.

A veces dan ganas de conocer en detalle la historia paralela del narrador, apenas insinuada, para tener respuesta a preguntas como, qué lo motivó a contarnos la historia de Miranda, o por qué no volvió a verlo después de varias entrevistas. Pero el relato principal, la historia de Miranda, absorbe la atención tanto por la minuciosa escritura como por la frescura del punto de vista que el detective nos entrega, en su calidad de colaborador cercano de Allende, apolítico, que sólo a fuerza de contacto entendió la dimensión del personaje histórico que protegía.

Como resultado, se obtiene un texto que exuda dedicación, en el que Galende, su voz ajena, erige la historia de este detective y logra imprimirle un dinamismo magnético que arrastra con ligereza al lector a través de capítulos donde la ausencia de puntos aparte no da tregua. Sin florituras, con descripciones livianas pero plenas de detalles que enriquecen, el narrador da a conocer el mundo de este policía que nunca manifiesta su ideología política, lo que salva a la novela de volverse panfletaria.

Si bien la intensidad de los sucesos narrados amenaza con opacar sus formas narrativas, Galende asume ese desafío elaborando un estilo transparente, en el cual se insertan y divisan claramente los hechos. Cabe preguntarse por qué un autor argentino escribe la historia de un personaje perdido en los dobleces de la historia política chilena, pero quizás a eso se deba la referencia a Tabucchi, autor italiano que creó una gran novela sobre la dictadura en Portugal.

Como sea, es de esperar una mayor atención de los lectores sobre Me dijo Miranda, no solamente porque constituye un esfuerzo narrativo admirable, sino porque logra trascender del yo testimonial y entregar una visión de un hecho histórico que pertenece a cualquiera, más allá de todo nacionalismo.

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Archivo De Cultura Chilena Eucanter

 

UN VIEJO ROBLE HA MUERTO DE PIE, JUAN SEOANE

JOSÉ MIGUEL CARRERA·MARTES, 13 DE JUNIO DE 2017

Hoy es un día triste, falleció el ex detective Juanito Seoane, un hombre leal a la Constitución y las leyes, como quizás diría el presidente Salvador Allende.
El día del golpe de estado de 1973, con los servidores de los ricos chilenos vestidos de uniforme atacando La Moneda, según se cuenta en los relatos de sobrevivientes que la defendieron, Allende antes de morir lo liberó de su responsabilidad de protegerlo y le dijo que se podía retirar de La Moneda con sus hombres de la policía de investigaciones.
Él lo cuente en una entrevista al periodista Claudio Betsalel del Diario el Mundo “Cuando se fueron los agentes de la Guardia del palacio y cambiaron de bando, el presidente me llamó. Estaba en el salón Toesca, en una mesa grande, sentado sobre la mesa y con los pies colgando. Estaba solo. Me acerqué y me dijo que estaba liberado para retirarme junto con todos los funcionarios a mi cargo. Le contesté: -Yo voy a quedarme-. Entonces me dijo: -Estaba seguro de que usted se iba a quedar, porque los viejos robles mueren de pie-. No fue nada grandilocuente, sólo una cosa sentida”.
¿Por qué se quedó en La Moneda? Le preguntaron nuevamente: “Uno piensa en ese momento en muchas cosas. Que se ha estado cumpliendo una función, que hay una familia que ha creído en lo que uno decía… ¿Con qué cara me iba a presentar a todo el mundo si escapaba? Son decisiones sin vuelta, sin importar lo que vaya a suceder”.
Sus detectives, leales como él, al saber su decisión, no abandonaron tampoco a Allende, a diferencia de la guardia de carabineros, que si se retiró al otro bando.
Juan Seoane fue detenido y debió salir al exilio, a México. En ese país se enteró años después, que la Revolución Popular Sandinista había triunfado el 19 de julio de 1979, compañeros del GAP, ex escoltas de Allende, que participaron como combatientes internacionalistas en el Frente Sur de la guerrilla, lo invitaron a colaborar, y fue así como se transformó en el asesor primero de la naciente Policía Sandinista de Nicaragua y dedicó todos sus esfuerzos en esa tarea. Ejemplarmente como diría los dirigentes sandinistas.
Ahí lo conocimos muchos de nosotros, en los ajetreos de la revolución, fuimos sus amigos y compañeros, nos tomó cariño, casi nos veía como hijos, y por lo menos yo, como un padre.
Nos volvimos a encontrar en Chile después que terminara la dictadura de Pinochet y cuando podíamos lo visitábamos en su casa, siempre se preocupaba de nuestro futuro, incluso una vez lo entrevistamos junto a compañeros del colectivo G80.
El año 2009 publicó sus memorias en un libro que tituló “LOS VIEJOS ROBLES MUEREN DE PIE” en honor a Salvador Allende.
Fue un hombre bueno, leal, constitucionalista, un gran hombre.
Descansa en paz compañero Juanito Seoane.
Santiago, Chile, Junio 2017

Una etnografía acerca de la institucionalización del recuerdo sobre los crímenes del terrorismo de Estado en la Argentina

Ana Guglielmucci
La consagración de la memoria

Una etnografía acerca de la institucionalización del recuerdo sobre los crímenes del terrorismo de Estado en la Argentina

En Argentina, qué recordar y qué olvidar respecto a la llamada violencia política de los setenta se ha constituido en un tema de interés y de debate entre militantes de derechos humanos, familiares de detenidos-desaparecidos, sobrevivientes, políticos, periodistas y miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, además de otros actores. Asimismo, la interpretación y adjudicación de responsabilidades jurídicas sobre eventos pasados, su documentación y transmisión a las nuevas generaciones ha sido un tema central de la “agenda pública” de los gobiernos constitucionales instaurados con posterioridad a ese momento histórico.

Desde mediados de la década del noventa, la categoría memoria comenzó a instalarse como una consigna del movimiento de derechos humanos, sumándose a la tradicional demanda de Verdad y Justicia. Paralelamente, se multiplicaron los estudios sobre la construcción social de recuerdos sobre el pasado reciente. Y, a través del activismo político-militante y el trabajo profesional de diversos actores, la categoría memoria sobre el terrorismo de Estado fue incorporada en proyectos, leyes y programas gubernamentales, ceremonias oficiales y obras materiales destinados a preservarla y promoverla públicamente.
En este contexto, el libro de Ana Guglielmucci, a partir de una perspectiva etnográfica, nos permite encontrar lineamientos para analizar la consagración de la memoria como objeto de políticas públicas en Argentina y, más específicamente, en la Ciudad de Buenos Aires. A lo largo del recorrido analítico de la autora, el lector puede comprender los procesos sociales y culturales que han alentado a construir, mantener y difundir recuerdos comunes sobre eventos pasados que se pretenden como aún presentes. Hablar de memoria en Argentina, a diferencia de otros países, conlleva una marca indeleble ligada a las prácticas terroristas ejecutadas por el Estado, como la instauración de centros clandestinos de detención y la desaparición forzada de personas.
El análisis antropológico del proceso de diseño e implementación de una serie de políticas públicas para evocar estos eventos pasados permite revisar los sentidos hegemónicos locales materializados en obras públicas como monumentos y sitios de memoria.
Formato: 15x23cm
ISBN: 978-987-1238-99-6