Hacer Memoria antes de Google. La Historia Oculta de la Historia Oculta

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HACE 30 AÑOS, SEMANAS DESPUÉS DEL PLEBISCITO DEL 5 DE OCTUBRE DE 1988, EL DIARIO LA ÉPOCA PUBLICÓ EL ÚLTIMO FASCÍCULO DE “LA HISTORIA OCULTA DEL RÉGIMEN MILITAR”, LA MÁS COMPLETA INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA ESCRITA SOBRE LA DICTADURA. LANZADA LUEGO COMO LIBRO, LA OBRA SE CONVIRTIÓ EN UN CLÁSICO DEL GÉNERO. UNA ENTREVISTA CON SUS TRES AUTORES -REALIZADA POR ACADÉMICOS DE LA ESCUELA DE PERIODISMO UDP-, ENTREGA DETALLES INÉDITOS SOBRE CÓMO LOGRARON REPORTEAR LA TRASTIENDA DE PINOCHET EN EL PODER.

 

 

-Dame un pucho -dijo el conscripto- No he fumado en todo el día.

-¡Nada de cigarrillos! -gritó un suboficial, a cierta distancia-. Mi general dijo que ni una luz.

El diálogo ocurre la madrugada del 12 de septiembre de 1973, entre soldados que custodian los escombros humeantes de La Moneda. En Santiago reina el toque de queda y los conscriptos están cansados y nerviosos.

Así parte “La historia oculta del régimen militar”, la investigación periodística que cubre los 17 años de la dictadura de Pinochet, desde las violaciones a los derechos humanos hasta las soterradas disputas entre los miembros de la junta. La obra fue lanzada por primera vez hace 30 años, en el desaparecido diario La Epoca, mediante fascículos semanales que culminaron con la cobertura del plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Los autores eran los periodistas Ascanio Cavallo, Manuel Salazar y Oscar Sepúlveda, tres compañeros de carrera en la Universidad de Chile que, en las postrimerías del régimen, trabajaban en La Epoca como editores. Amigos, voraces lectores y cinéfilos, se propusieron hacer un relato rigurosamente periodístico, aunque con giros literarios acotados que lo intensificaran. Así surgió la idea de partir con la escena de los soldados custodiando La Moneda destruida. Luego, la trama va ampliando el foco hasta graficar en toda su magnitud la tragedia del quiebre democrático.

Se propusieron escribir unos 25 capítulos, robándole tiempo a la frenética labor periodística de esos días. Para no verse “pillados” por la contingencia, tenían listas cuatro o cinco entregas cuando el primer capítulo se publicó con el diario. Pero muy pronto estaban sobrepasados, cerrando los fascículos el día antes. De los 25 capítulos proyectados escribieron más de 50, el último de ellos con detalles de cómo la noche del 5 de octubre un amargado Pinochet, en La Moneda, se vio obligado a aceptar la derrota. La obra completa ha sido reeditada varias veces como libro.

Hace algunos años, a instancias de dos periodistas e investigadores de la Escuela de Periodismo UDP, los tres autores hablaron por separado de esa experiencia. El resultado es esta entrevista a tres voces sobre una de las investigaciones periodísticas más emblemáticas de la historia chilena reciente. Un extracto de este registro fue publicado el domingo 30 de septiembre en Reportajes del diario La Tercera. Acá su versión completa.

¿Cuando decidieron escribir esta serie tenían algún modelo o referente periodístico que se acercara a lo que querían hacer?

A. Cavallo: Acá en Chile no, que yo recuerde. Sí teníamos claro que había que hacer un relato que requería de ciertos giros literarios muy acotados. Por ejemplo, partir con detalles y ampliar el foco, que técnicamente es un recurso no periodístico.

M. Salazar: Tengo la impresión de que un referente fue un trabajo que habían hecho años atrás las periodistas Marcela Otero y Malú Sierra en la revista Hoy, el primer reportaje en la prensa chilena sobre los detenidos desaparecidos y la DINA. Era un trabajo por capítulos estupendo y que tenía un nombre parecido. A nosotros desde el comienzo nos pareció que lo que debíamos hacer era contar de otra manera lo ocurrido durante la dictadura, desde sus inicios hasta donde llegásemos. Yo tenía la formación de la agencia UPI. Cuando tú escribes para agencias internacionales redactas textos que tienen entre tres mil y ocho mil caracteres, no más. Y tienes que privilegiar el color, los datos pasan a ser un anexo. Lo que importa es el relato, que sea una buena historia. Algo muy propio del periodismo anglosajón.

O. Sepúlveda: Los tres somos de la misma generación de la Escuela de Periodismo de Universidad de Chile, pero hasta donde recuerdo no teníamos ningún referente como guía. Nunca por lo menos lo conversamos (…) La idea era hacer una obra novedosa, recrear los hechos a través de imágenes que pudieran acercar al lector a la trama, para que no fuera tan árida. Como si estuviera viendo una película. Los tres éramos buenos lectores, nos gustaba el cine. Eso influyó.

¿Manejaban las técnicas del periodismo de investigación de manera sistemática o intuitiva?

M. Salazar: De una forma más sistemática, por nuestra trayectoria profesional. Los tres empezamos a trabajar en periodismo por ahí por 1978 y ya llevábamos casi 10 años cuando empezamos la serie. Era una época durísima donde aprendías mucho. Tenías relación con periodistas extranjeros que venían a Chile, gente que te enseñaba mucho.

A. Cavallo: No tuvimos ramos del periodismo de investigación en la universidad, pero teníamos muy claros los estándares del periodismo de investigación norteamericano. No es que los aplicáramos todos, pero sabíamos que había procedimientos como los del caso Watergate en el Washington Post. Yo por lo menos me acuerdo de haber tenido esa conciencia de cruce de fuentes desde bastante temprano en mi carrera.

“A LOS 15 Ó 20 CAPÍTULOS ESTÁBAMOS PILLADOS”

¿Hicieron una capitulación previa antes de lanzarse a escribir?

O. Sepúlveda: Hicimos un esqueleto inicial. Al comienzo definimos unos 25 capítulos, pero terminamos con más de 50. El libro tiene una estructura que se justifica sólo por la forma en que fue hecho: a medida que íbamos investigando se nos completaba el cuadro. Por eso trabajamos mucho con flashbacks, porque nos surgían datos sobre temas que ya habían quedado atrás. Entonces, en capítulos posteriores teníamos que volver a profundizar aspectos valiosos.

M. Salazar: Hicimos una primera capitulación antes de reportear nada. Logramos el visto bueno del director del diario [Emilio Filippi] y creo que trabajamos menos de un mes preparando los cuatro o cinco primeros capítulos antes de publicar la serie.

A. Cavallo: Incluso, cuando partimos no estaba clara la fecha del plebiscito, pero ya habíamos anunciado a los lectores que la serie llegaba hasta ahí. Estuvimos trabajando un mes o algo más en hacer entrevistas y reuniendo papeles, pero a ciegas. En general no sabíamos lo que andábamos buscando. Recuerdo haber ido a entrevistas donde preguntaba: “Oiga ¿qué pasó el ‘75 en general?”. Tengo la idea de que alcanzamos a producir unos 3 ó 4 capítulos antes de partir, como colchón para que no nos pillara la máquina. Pero ya a los 15 ó 20 capítulos estábamos pillados, cerrando capítulos el día anterior.

¿Cómo repartieron el reporteo y la escritura?

M. Salazar: Nos guiamos por los temas que habíamos reporteado cada uno hasta ese momento. Yo me hice cargo de los temas de derechos humanos, represión e izquierda. Ascanio Cavallo tomó la política palaciega y los partidos que estaban relativamente institucionalizados en los ‘80, como la DC. Oscar Sepúlveda tomó las relaciones internacionales y otros asuntos similares. Todos nos hicimos cargo de capítulos específicos, pero gracias al background de cada uno también aportábamos a los capítulos de los otros. Si Oscar, por ejemplo, estaba trabajando en tal tema, lo que teníamos Ascanio y yo al respecto lo dejábamos en su carpeta y también le aportábamos fuentes. Eso fue posible fundamentalmente por nuestra relación de amistad y confianza.

A. Cavallo: Manuel Salazar tomó todo lo que era la represión de la izquierda, la subversión y los temas de derechos humanos, una línea que parte con el exterminio del MIR y que termina con el FPMR. Oscar tomó temas de relaciones exteriores como el Filipinazo y episodios políticos como la venida del Papa Juan Pablo II a Chile. Yo tomé los temas relacionados con fuerzas armadas e itinerario político.

O. Sepúlveda: Cuando uno entrevistaba a una fuente salía con mucha información, porque la idea era aprovechar cada entrevistado para sacarle toda la información posible sobre el periodo que la fuente conocía. Después carpeteábamos los datos y hacíamos una división de antecedentes. Entonces, junto con iniciar este temario con estos 25 capítulos iniciales, empezamos a repartirnos los temas: “Tú te encargas de estos cinco capítulos, tú de estos otros cinco”. Con la Iglesia Católica repartimos más las cosas. Yo trabajé muchísimo en los capítulos finales de la venida del Papa. Ascanio trabajó bastante el rol que jugó la Iglesia en los inicios del régimen.

BUSCAR SIN GOOGLE

¿Qué tan importante fue el trabajo previo de recopilación de información?

M. Salazar: Es fundamental en este tipo de periodismo. Tienes que verlo y tenerlo todo. Hace unos años un periodista tuvo problemas con un empresario, Julio Ponce Lerou, porque publicó una información usando como base un reportaje de la revista Cauce de los años ’80. El periodista no captó que al número siguiente la revista tuvo un desmentido de Ponce Lerou. Se quedó sólo con el reportaje original y no revisó sus reacciones. Eso es muy frecuente.

A. Cavallo: Nos dimos cuenta que había mucha información publicada en los diarios. En El Mercurio, por ejemplo, salían parrafitos de enfrentamientos entre la subversión y los aparatos de seguridad. Entonces, uno podía saber datos como la fecha y el lugar. Era largo de hacer, sin google, con archivos de papel. Ocupábamos el archivo de La Época y también la Biblioteca Nacional. Además, ocupábamos archivos de la Iglesia Católica sobre derechos humanos. La Vicaría de la Solidaridad había publicado varios libros y documentos resúmenes muy ordenados. Entre las revistas era especialmente valiosa Qué Pasa, que tenía una sección llamada Ojos de la Llave con mucho material. Después, en los ’80 la sección política de Qué Pasa se puso muy valiosa. Ahora, siempre eran más indicios que información procesada. Obviamente, también hay que contar las revistas que surgieron en los ’80: Hoy, Apsi, Análisis.

O. Sepúlveda: Había que recorrer desde El Mercurio hasta la revista Análisis.

¿Los archivos de la Vicaría fueron los más valiosos a los que tuvieron acceso?

M. Salazar: En el tema de los derechos humanos a lo mejor, aunque en ese ámbito también logramos hablar con protagonistas, gente que por ejemplo había estado clandestina. Además, accedimos a otros documentos completamente desconocidos en ese tiempo: decretos, comisiones legislativas, mucha información policial de Investigaciones. Yo creo que durante varios años se acostumbró en Chile a utilizar las investigaciones judiciales sobre casos emblemáticos para hacer libros. Tomabas el proceso judicial y escribías el libro. Nosotros nos resistíamos a eso. Íbamos más allá del dato frío. Para nosotros también era importante saber contar la historia.

¿Hubo libros que les resultaran valiosos?

A. Cavallo: Hubo uno que nos dio mucho material, “El General Disidente”, de Florencia Varas [Editorial Aconcagua, 1979]. Tenía indicios de hechos que luego reporteamos y resultaron ser grandes. Además, tuvimos acceso a prácticamente todos sus protagonistas. Obtuvimos documentos como las cartas de la crisis al interior de la junta militar, con motivo de la consulta de 1978 [en capítulo 18, Asonada en diciembre, cuando Pinochet decidió hacer una consulta a la ciudadanía para rechazar la condena de la ONU a Chile por la situación de los derechos humanos, lo que fue resistido por el general Leigh]. Otro libro importante es “Asesinato en Washington”, de John Dinges y Saul Landau [Assassination on embassy row, Editorial Pantheon, 1980].

Resultado de imagen para “El General Disidente”, de Florencia Varas [Editorial Aconcagua, 1979]

“ERAN MAYORITARIAMENTE FUENTES DE GOBIERNO”

¿Cómo consiguieron que fuentes del propio régimen hablaran para este proyecto?

O. Sepúlveda: A nuestros primeros entrevistados les contábamos que íbamos a cubrir una serie de hechos que la prensa de la época había omitido. Toda esta gente en general entendió, y a eso probablemente contribuyó que los primeros capítulos tuvieran un cierto peso, un cierto tono que influyó mucho: cuando empezamos a publicar, las fuentes se multiplicaron.

M. Salazar: En el contexto político del momento, parte importante de la derecha estaba muy dispuesta a la transición. Hubo gente de ese sector que nos ayudó harto, incluso a convencer a otras fuentes para hablar. Otro actor importante fue la Iglesia Católica, partiendo por el cardenal Raúl Silva Henríquez. Esto hizo que personas que nunca imaginamos nos hablaran. Eso sí, con el compromiso ya claramente establecido después de ver los primeros capítulos de que el resguardo de la fuente no se iba a romper.

¿Cuántos entrevistados tuvieron en total?

A. Cavallo: Hasta donde recuerdo eran cerca de 140 personas, aunque las horas de grabación eran muchas más. Eran mayoritariamente fuentes de gobierno. En segundo lugar venían los entrevistados de oposición. Sobre estas últimas, evitamos en lo posible hablar con los dirigentes de primerísimo nivel, salvo para chequear información. Si no, convertíamos la trama en una suerte de santería civil y nuestro foco era el gobierno.

O. Sepúlveda: Mi cálculo es que usamos cerca de trescientas fuentes, aunque es una estimación mía, que los demás autores no tienen necesariamente que compartir.

¿Por qué optaron por usar casi exclusivamente fuentes en “off the record”?

M. Salazar: Antes de que los primeros capítulos salieran nos encontramos con bastante gente que estaba dispuesta a hablar, pero que no quería ser mencionada. Nosotros en La Época teníamos un manual de estilo, que decía que todas las fuentes debían citarse, salvo en casos extraordinarios. Pero el libro partía con los primeros años de la dictadura, los más complicados. Y al empezar a reportear la mayoría de la gente no quería aparecer con su nombre. Ese era un lío, por lo que decidimos no poner fuentes, salvo alguien que pidió expresamente ser mencionado: el abogado Jorge Ovalle Quiroz [asesor del comandante en jefe de la Fach, Gustavo Leigh].

A. Cavallo: Si poníamos un episodio con fuentes y otro sin fuentes el primero iba a ganar fuerza en desmedro del otro. Además, trabajamos sobre la convicción de que en el ambiente de la época pretender tener sólo fuentes en on the record era una demencia. Ahora, la inmensa mayoría de las entrevistas las grabamos en cintas, no obstante ser pactado en off the record.

O. Sepúlveda: Había gente que no tenía problemas en que citáramos su identidad, pero se trataba de casos en que nosotros teníamos información que avalaba lo que nos decían. Sin embargo, la mayoría te pedía inmediatamente el off the record como condición para hablar.

¿Qué reglas utilizaban para trabajar con fuentes en off the record?

O. Sepúlveda: Teníamos clarísimo el principio ético básico de no revelar jamás a una fuente en la investigación, ni al conversar con otros entrevistados ni en el texto. Tampoco quisimos nunca confundir nuestra misión de periodistas con la de un investigador policial, ni hacer denuncias en los tribunales ni arreglar cuentas con la historia. Simplemente ser testigos y retratar.

A. Cavallo: Nosotros nunca hemos dicho quiénes nos hablaron, pero una vez Mónica Madariaga [ex ministra de Justicia y Educación de Pinochet, fallecida en 2009], al presentar sus propias memorias, dijo: “Yo quiero decir que fui una fuente”. Con ella la cantidad de horas de grabación fue inmensa. Y ella siempre partió sobre la base de que no revelaríamos unilateralmente su identidad.

¿Qué resguardos tomaron para evaluar la información de las fuentes “en off”?

M. Salazar: Para reproducir un hecho delicado había que encontrar tres fuentes distintas que contaran la historia de una manera aproximada. Ahí entraba el recurso de la novelización de la trama: darle atractivo y estilo al relato, lo que a mi juicio fue un acierto.

¿En qué episodios requirieron de tres fuentes para chequear la información?

M. Salazar: Uno de los episodios más comentados es una reunión del círculo más pequeño de Pinochet, donde Pinochet golpea una mesa de vidrio y la rompe, en medio de una pelea con el general Gustavo Leigh [en el capítulo 3, Fractura en el piso 22]. En esos momentos el episodio era bastante difícil de creer. Ahora, especialmente para la gente que tiene cierto manejo en estos temas, se puede identificar qué fuentes hablaron, pero en ese momento era súper complicado, porque las fuentes eran muy restringidas.

A. Cavallo: Al narrar el viaje fracasado de Pinochet a Filipinas, Oscar Sepúlveda logró reconstruir visualmente detalles inimaginables. Incluso llegó con una foto de la placa de auto que iba a usar Pinochet en esa visita.

En algunos pasajes ustedes omiten información, como en el capítulo 14, “Los años de gloria de la DINA”, donde no ponen los nombres de las empresas proveedoras de la DINA porque no tenían la certeza de que esas firmas supieran que trabajaban con ese organismo.

M. Salazar: Me parece que uno debería dejar espacio para la duda cuando no hay certeza. Decir: “Hay fuentes que dicen esto, pero nosotros no fuimos capaces de saber si es verdadero”. Ese tipo de aclaraciones nosotros tres la compartimos hasta ahora. Probablemente otros periodistas también. Pero muy pocos medios te permiten hacer eso. Los medios quieren acercarse al máximo a la verdad y eso no siempre se logra.

UNA DELEGACIÓN DE LA DINA EN EL DIARIO

¿Dónde se reunían con fuentes confidenciales como ex miembros de la DINA u oficiales de Ejército?
M. Salazar: En los lugares más extraños, lo que es típico de esa clase de fuentes. Por ejemplo en una plaza, con un tipo que se te acercaba y te decía: “Caminemos”. Me acuerdo de haberme juntado con una fuente en la ribera del Mapocho, con el tipo súper nervioso. O cuando hablabas con la ultraizquierda, que te hacían subirte a un auto y te llevaban para acá y para allá.
A. Cavallo: Hicimos el quinto capítulo del libro sobre la DINA, Las cuatro letras del miedo. Era un capítulo con información más o menos pública, a la que sumamos antecedentes inéditos de Manuel Salazar. Pero luego de publicarlo nos llamaron ex agentes de la DINA, quejándose porque no les habíamos preguntado. Entonces, hicimos otro capítulo, Dina: los años de gloria, con los datos aportados por una delegación de ex agentes que llegó al diario. Los ex DINA sentían que habían tenido que hacer el trabajo sucio, pero que el modelo económico lo estaban disfrutando otros. Se suele olvidar que la DINA tenía un modelo económico propio. Su división económica había investigado a los grupos empresariales, a los ricos, no a los pobres. Entonces, estos entrevistados estaban preocupados de reivindicar esa parte. Pero como eran bastante toscos, de paso te contaban una cantidad de brutalidades desconocidas. Con mucho orgullo nos contaron que tenían bajo control a todos los embajadores que vinieron a la Sexta Asamblea de la OEA en Santiago [1976], gracias a la “compañía” de sus mujeres de la Brigada Femenina.

¿Hubo información que no lograron chequear y publicar o que omitieron por posibles represalias?

O. Sepúlveda: Más que omitir información por posibles represalias, lo hicimos por falta de unanimidad nuestra en la credibilidad de las fuentes. O cuando no había pruebas suficientes.

A. Cavallo: Teníamos indicios sobre quién era un personaje muy, muy importante del régimen al que le decían el “Cara de Jote” y que presenció continuamente actos de tortura. No estoy seguro si no lo confirmamos completamente, o si preferimos no inferir una acusación tan grave.

En el libro sugieren cosas sin decirlas claramente. Una de ellas es cuando a Pinochet le cancelan la visita a Filipinas y su comitiva debe volver. El libro dice que mientras el avión retornaba, en el entorno de Pinochet se temió seriamente por la estabilidad del régimen. ¿Por qué no dicen derechamente que Pinochet temió que le hicieran un golpe en Santiago?

A. Cavallo: En ese caso se trata de una especulación que recorrió a la comitiva. Si hubiéramos dicho “golpe de Estado” habríamos tenido que precisar. Lo mismo ocurre después, en 1986, luego del atentado en el Cajón del Maipo, en que hubo un par de horas en que Pinochet buscó detectar desde dónde podría venir el complot.

O. Sepúlveda: Uno no puede asegurar lo que pasa por la mente de un personaje. Uno a lo más sugiere lo que podría estar pensando.

“HASTA A DÓNDE VAN A LLEGAR”

¿Hubo presiones cuando comenzaron a salir los primeros capítulos?
M. Salazar: Publicado el primer capítulo el director del diario recibió una llamada del general Santiago Sinclair, entonces vicecomandante en jefe del Ejército, quien le preguntó: “Queremos saber hasta a dónde van a llegar”. Y Emilio Filippi le explicó lo que pretendíamos, que no queríamos victimizar ni culpar a nadie.
A. Cavallo: Yo creo que si nos hubiéramos metido más con los políticos civiles los problemas hubieran sido mayores.

En varios pasajes relatan reuniones de Pinochet con su entorno más estrecho. Incluso, describen sus estados de ánimo y rabietas ¿Cómo lograron ese grado de descripción?

O. Sepúlveda: La gente en esa época sentía que estaba viviendo la historia. Había fuentes muy locuaces, como Mónica Madariaga, cuya colaboración podemos revelar ahora que murió. Cuando estas versiones coincidían con, por ejemplo, la de un general que te decía “efectivamente así fue”, podías reconstruir episodios y climas internos. Los diálogos reconstruidos reflejan ese tono y esa tensión. Obviamente, eran diálogos y escenas que no tenían una fidelidad total, porque no había grabaciones de las reuniones de Pinochet con sus ministros y generales.

A. Cavallo: Siempre he pensado que si Pinochet hubiera sabido con quienes hablábamos habría hecho una razzia, desde el vicecomandante en jefe del Ejército hacia abajo. A mí Sergio Fernández me prohibió la entrada a La Moneda cuando volvió en 1987 [como ministro del Interior de Pinochet, para enfrentar el Plebiscito]. Igual era una prohibición que tampoco causó tanto efecto, porque no tenía cómo saber que seguía teniendo fuentes en La Moneda.

O. Sepúlveda: Tuvimos reuniones con ministros en La Moneda. Ellos tenían respeto por nuestro trabajo, más allá de que no compartieran la visión de nuestro diario. Nos tenían cautela y reserva, pero al mismo tiempo confianza. Probablemente preferían asumir el riesgo de hablar con nosotros para que su versión fuera recogida. Ellos también tenían que cubrir sus espaldas, porque era un periodo en que todo el mundo se movía muy sigilosamente. Era importante para un ministro de Pinochet dejar su versión para la historia. Era frecuente la gente que decía: “Mire, yo estuve aquí, pero en esto otro donde me han mencionado no estuve por tal y tal razón”. Aclarar los límites de la participación personal era bien típico.

¿Cuáles creen que eran las motivaciones que tenían autoridades del régimen para convertirse en fuentes del libro?

O. Sepúlveda: Querían ser escuchados. Nos decían algo así como: “Nos parece seria la forma en que están trabajando, sé que en algún momento van a tocar algún periodo en el que yo participé y quiero que escuchen mi versión, que no pretende ser la verdad, pero sí un aporte”.

M. Salazar: Hubo autoridades del régimen y gente muy cercana a Pinochet, que estuvo muy dispuesta a conversar, aunque sólo sobre algunas cosas. Porque hubo gente que puso esta condición: “Hablamos, pero sólo de esto, nada más que de esto”. Con el tiempo uno se da cuenta que en esa actitud había un cálculo: “Este gobierno se acaba y por lo tanto me tengo que acomodar a los cambios”.

¿Qué motivos tuvo Mónica Madariaga para hablar?

A. Cavallo: Mónica Madariaga venía bastante de vuelta. Peleó mucho con los militares cuando era ministra. A los almirantes les molestaba que fuera mujer. Incluso, cuando ella asumió en Justicia, el almirante Merino obligó al subsecretario, que era marino, a que renunciara, porque “a un marino no lo podía mandar una mujer”. Los generales de Ejército se cruzaron con ella cuando asumió en Educación y empezó una campaña interna y luego pública contra los rectores militares en las universidades. Una vez ella declaró: “Yo pedí que me dejaran dirigir un regimiento y todavía no me dan autorización”. Pinochet debió darse cuenta que ella se estaba convirtiendo en un problema.

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PINOCHET: “A ESTOS CABROS LES FALTA LA MITAD”

¿Se percataron en el reporteo si Pinochet rastreaba las filtraciones a la prensa?
O. Sepúlveda: Yo creo que tenía sus métodos, aunque no inició ninguna persecución específica con nosotros, porque el libro también le interesó a él. Así me lo dijo un general: “Mi general empezó a leer los fascículos, dijo que estaba bien pero que a estos cabros les falta la mitad”.¿Pidieron una entrevista con Pinochet?
O. Sepúlveda: A través de esa misma gente con la que hablábamos le pedimos entrevista, pero no resultó.

¿Qué ocurrió cuando aparece el primer capítulo?
A. Cavallo: Pensábamos que se cerrarían todas las fuentes. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Cuando entre el segundo y tercer capítulo se percibió que era una obra cronológica, empezó un fenómeno. Había gente que nos llamaba para decirnos: “Cuando lleguen al ‘78 hablen conmigo”. Eso es algo totalmente normal, de reivindicación histórica. Un protagonista nunca quiere que la historia se escriba demasiado en contra suya. Y empezaron a entregarnos documentos, material que en general buscaba reivindicar la propia función de la fuente. Pero como mucho de ese material tenía información objetiva, nos servía.
O. Sepúlveda: Probablemente aportó el tono y la seriedad del trabajo. Además, en ese momento la gente sentía menos miedo de contar las cosas. Quizás cuatro años antes un proyecto así no hubiese tenido el mismo resultado.
M. Salazar: Hubo gente del régimen militar que inicialmente se mostraba reacia a colaborar, pero después del primer capítulo eso cambió. Era gente que de alguna manera quería abrirse un espacio, que suponía que La Época iba a tener un papel relevante en la transición. Muchos ya sospechaban a mitad del ‘88 que el plebiscito lo perderían y ya se estaban imaginando los escenarios políticos posteriores. Entonces, hubo gente del régimen y de la derecha que llamó para contar episodios pequeñitos, pero que eran útiles para calzar piezas mayores.

CONTRA EL TIEMPO Y A TRES MANOS

¿Cómo se editaban entre ustedes?
A. Cavallo: Nos repartíamos alternadamente la redacción de los capítulos semanales, para que a nadie le tocara publicar dos capítulos seguidos. Por esa razón técnica los temas están un poco alternados. La idea era que los otros dos revisaran, pero a la altura de los capítulos 12 ó 13 nos fue quedando menos tiempo para eso. A la altura de mayo o junio de 1988 estábamos en una crisis absoluta, despachando semana a semana cada capítulo.
O. Sepúlveda: Teníamos libertad para opinar todo sobre el capítulo del otro, rayando o aportando antecedentes si creíamos que faltaban. Nos entendíamos bastante bien.
M. Salazar: Uno escribía un capítulo y se lo pasaba a otro. Ese otro editaba, agregaba datos y se lo pasaba al tercero. Eso le dio a La Historia Oculta un estilo de narración particular, unificado, y también permitió profundizar ciertas aristas y eliminar otras.

Llama la atención el estilo visual del libro, que privilegia las escenas y la reconstrucción de diálogos por sobre el análisis.
O. Sepúlveda: Cuando cada uno se hizo cargo de escribir sus capítulos y luego cruzamos los borradores eso nos gustó y decidimos aplicarlo sistemáticamente. Nos parecía más entretenido que recurrir al tono del cientista político.
A. Cavallo: Grabábamos a nuestros entrevistados para no tener que tomar apuntes. Así se privilegiaba la reconstrucción de diálogos y escenas. Era la única forma posible de llegar a eso. En Chile tenemos una oralidad muy visual, muy rica para reconstruir diálogos y situaciones.

¿Cómo compatibilizaban la escritura con su labor en el diario?
O. Sepúlveda: Hacíamos la pauta del diario en la mañana y luego pensábamos en las entrevistas para la serie. Si surgían entrevistas largas yo, como editor político, me apoyaba mucho en mi sub-editor, Rafael Fuentealba. En esos días llegaba de vuelta a las siete de la tarde, para revisar la edición y decidir con Rafael los cambios para la edición nocturna. Entre las 10 y las 12 de la noche retomaba el libro, dependiendo de lo atrasado que estuviera. Como a la una de la mañana nos íbamos con Ascanio y Manuel a conversar sobre los capítulos siguientes, tomando alguna cerveza. Estuvimos un año completo en eso.
A. Cavallo: Escribíamos los capítulos en los computadores del diario, que tenían un sistema infernal. Primero, el servidor generaba un calor espantoso y había que mantenerlo en una pieza con hielo para que no se cayera. Segundo, no podías llevarte información para trabajar en la casa. Un viernes Oscar Sepúlveda estaba escribiendo un capítulo sobre la visita del Papa, que tenía que cerrar como plazo máximo el lunes a las seis de la tarde, para publicarlo el martes. Y ese viernes se cayó el sistema y se perdió todo. El lunes hubo que reescribir el capítulo. No alcanzamos a sintetizar. Esa es la explicación de por qué hay tres capítulos del Papa y no uno en la primera edición del libro. De hecho, la visita del Papa fue la única corrección a fondo que nos permitimos en ediciones posteriores: redujimos los tres capítulos originales a dos.

¿Cómo discriminaban qué información iba para el libro y cuál para el diario?
A. Cavallo: Cuando la serie comenzó a salir, en diciembre de 1987, los contenidos estaban muy distanciados de la coyuntura. Pero el capítulo sobre el plebiscito, que es el último, se publicó en diciembre de 1988, sólo dos meses después del triunfo del No. Entonces, en ese reporteo fuimos topándonos con información que servía para el diario. Por ejemplo, tuvimos la duda de hacer un reportaje para el diario sobre el papel clave del miembro del Tribunal Constitucional Eugenio Valenzuela Somarriva, un jurista de derecha, en las leyes políticas que permitieron que el plebiscito fuera una competencia limpia. Pero ese tema era demasiado académico para el diario. Al final, el rol de Valenzuela fue en el libro [en el capítulo penúltimo, La invisible trama del voto].
M. Salazar: Había gente del régimen militar que discrepaba de la campaña por el Sí y que nos habló mucho. El problema era si usar eso en el diario o en la serie. Además, debíamos tener cuidado de no ser utilizados. Creo que probablemente hay un cierto bajón en el aspecto dramático de La Historia Oculta a mediados del ’88, porque cada vez nos ocupaba más tiempo el diario y no era tan entretenido contar la trama legalista, de los decretos sobre el plebiscito. Había que hablar con expertos. A Ascanio Cavallo le gustaba más eso que a mí, pues yo pensaba que perdíamos masividad.

BUCEANDO EN LAS PUGNAS INTERNAS

¿Cuáles creen que fueron los grandes méritos del libro?
O. Sepúlveda: Transmitir el clima interno al interior del régimen militar, algo sorprendente para su tiempo. Fue valioso describir todas las disputas de Pinochet con sus propios colaboradores, con la propia junta de gobierno. Eso fue un aporte, porque en el mundo de la oposición había menos secretos. El cómo se formaba una organización sindical o cómo se organizaba una protesta, era menos impresionante que saber cómo había peleado Pinochet con el general Leigh.
M. Salazar: Hay algo súper importante para el momento en que salió la serie, pero que lamentablemente no fue recogido en las ediciones del libro: las fotos. Ahí hubo un aporte gráfico que resultó estremecedor. En el primer capítulo venían fotos del Estadio Nacional, con prisioneros desnudos. Había gente que no lo podía creer. Esas fotos están tomadas de un libro que se publicó en la RDA de un famoso documental. Y había también muchas fotos que eran desconocidas porque no se habían podido publicar en los medios. Oscar [Sepúlveda] consiguió la patente del vehículo que iba a usar Pinochet en Filipinas. Esa foto fue la que abrió el capítulo sobre el tema.¿Cuáles son sus capítulos favoritos?
A. Cavallo: Me gusta mucho el capítulo de Filipinas [Filipinazo, capítulo 27], una historia que estaba completamente virgen y que quedó muy bien detallada y escrita. Otro es el que narra la destitución del general Leigh, que los propios militares me comentaron que tenía detalles impresionantes [La caída de Leigh, capítulo 22]. También me gustó el capítulo de la llegada del Papa [El Papa pisa Pudahuel, capítulo 49]. El capítulo sobre el plebiscito creo que está bien [5 de octubre, capítulo 53], porque fue la primera interpretación global del plebiscito, aunque a ratos se pierde en detalles obsesivos. De este último me acuerdo de la escena en que el ministro Fernández dice que el 43% logrado por Pinochet es un triunfo, y el general Fernando Matthei le pregunta “dónde está la champaña”. Esa escena apareció casi al mismo tiempo en La Época y en Qué Pasa, pero nadie había explicado en qué contexto fue, qué estaba pasando con Pinochet.
M. Salazar: Me gusta el primer capítulo [Los días del “poder total”]. Muestra lo que va a ser el libro, rompe con todo lo que se ha hecho hasta ese momento en prensa escrita y abre una ventana. En general, rescato los recursos literarios que usamos, que creo que tiene que ver con la experiencia de reporteo que echo mucho de menos en los periodistas de hoy. Cada uno de nosotros tuvo que hacer el servicio militar cinco años antes de que recién te pusieran una jineta. Hoy los periodistas jóvenes quieren hacer frentes de inmediato, y que les paguen bien o se van.
O. Sepúlveda: Me gustan los capítulos sobre el funcionamiento de la DINA [capítulos 5 y 14: Las cuatro letras del miedo y Dina: los años de gloria]. Después, los que narran la destitución del general Leigh y el Filipinazo.

¿Qué debilidades tiene el libro?
M. Salazar: Probablemente faltó profundizar en temas que tienen que ver con mis obsesiones personales. Temas como los derechos humanos, las negociaciones al interior de la izquierda, las relaciones del PC con la Unión Soviética y con Fidel, aunque quizás todo eso sea materia de otros libros.
A. Cavallo: Creo que el libro tiene un cierto desequilibrio estructural, lo que quizás tenga que ver con el método de trabajo, pero echo de menos un reporteo más profundo a los años 1974 y 1975, que cubrimos muy rápido. En cambio, 1978, 1981 y 1982 están muy detallados. También creo que por razones de urgencia renunciamos muy rápido a episodios que deberíamos haber profundizado, como la investigación sobre la muerte del niño Rodrigo Anfruns, que quedó como subcapítulo. Pudimos haber entrado más en eso; teníamos cómo hacerlo.
O. Sepúlveda: Una debilidad es cierto desorden cronológico, por los flashbacks. Lo que pasa es que esto no fue pensado en un principio como libro. No trabajamos un año entero como una unidad para después publicarlo. Y eso es un problema.

“¿QUÉ CRESTAS ME ESTÁ PREGUNTANDO?”
(Cavallo y el reporteo en democracia)

Ascanio, diez años después usted intentó una fórmula muy similar: otra serie por entregas, “La historia oculta de la transición”, que también acabó como libro.
A. Cavallo: Lo que pasó ahí fue la misma situación. En 1995 renuncié a La Época y me fui a revista Hoy. Pero para 1997 los dueños de Hoy estaban peleados entre sí y nadie aportaba capital. Como no teníamos ingresos, la única forma era aumentar la circulación con un gancho artificial. Nos decidimos por la fórmula de una nueva serie periodística por capítulos. El problema es que más adelante la negociación con el potencial comprador, en este caso Radio Cooperativa, se desplomó…

¿Qué diferencias tiene “La historia oculta de la transición” con “La historia oculta del régimen militar”?
A. Cavallo: Estábamos en una democracia bien secretista. Tal vez era más fácil que antes hablar del gobierno, pero estaba todo el tema de la convivencia con el mundo militar. De hecho, los capítulos que para mí son centrales tienen que ver con Punta Peuco, el Boinazo. La tesis de este libro es que la transición terminaba con la salida de Pinochet de la Comandancia en Jefe, porque él sustentó su poder no en la Presidencia de la República, sino en el Ejército. Algo que sostengo todavía. Por lo tanto, era un periodo que tenía un límite bien nítido: 1990-1998. Además, tenía mucho más clara la estructura de capítulos, qué temas había que tocar.

¿Qué diferencias hay entre esos dos libros y el que escribió entre uno y otro, “Los hombres de la transición”?
A. Cavallo: Los Hombres de la Transición es bastante más literario. En él traté de retratar a un grupo de personajes que se juntaba en el Congreso en marzo de 1990, cuando Pinochet le entregó la banda presidencial a Patricio Aylwin. Entonces, tenía que preocuparme de la trayectoria que cada uno había recorrido para llegar a esa circunstancia. El libro tenía que partir con Pinochet, la mañana en que tomaba el helicóptero a Valparaíso para entregar el mando. Y tenía que terminar con Pinochet entregando el mando. Ese era el plan original. El ministro Carlos Cáceres se fue en el mismo helicóptero y quedó sentado al lado de la primera dama, Lucía Hiriart, que le hablaba y le hablaba. Pinochet iba solo, pegado a una ventana, como meditando. Entonces me dije: “Esto me sirve para hacer el flashback”. Pero tenía que describir la ruta del helicóptero. Justo conseguí que Pinochet me recibiera para conversar. Y le pregunté:
-General, ese día el helicóptero ¿Por dónde salió?
-¿Cómo que por dónde salió?
-¿Por dónde se fue a Valparaíso?
-Por arriba…
-Sí, pero qué ruta tomó…
-Hacia arriba, pues ¿Qué crestas me está preguntando?
-La ruta que tomó el helicóptero…
Pinochet apretó un timbre y pensé que se había enojado y que me iba a echar. Llegó un ordenanza y Pinochet le dijo: “Mire, este es el señor Cavallo, mañana ponga un helicóptero y llévelo a Valparaíso porque no sé qué huevada me está preguntando”. Efectivamente, el aparato salía por una ruta rara, por el noroeste, en dirección a Quintero, donde están los cerros más bajos. Y luego se devuelve sobre el mar a Valparaíso. Y eso sólo fue una línea en el libro. Además, Pinochet iba apoyado en el vidrio porque tenía sueño.

La Historia Oculta de la Transición deja la idea de que parte del material se recolectó durante su paso por la dirección de Hoy ¿Es eso correcto?
A. Cavallo: No, la conclusión es más triste: Todos esos años escribí de política y me creía un tipo informado, pero cuando me puse a reportear de nuevo para ese libro me di cuenta que sólo me había enterado de un 30%. Por ejemplo, durante el reporteo de La Historia Oculta de la Transición una fuente me sopló que la manifestación de personal del Ejército vestido de civil en las afueras de la Cárcel de Punta de Peuco, en julio de 1995, no había tenido nada que ver con el encarcelamiento del general Manuel Contreras (R), quien estaba en ese penal. “Acuérdate que están los Pinocheques todavía dando vueltas”, me dijo la fuente. Yo no lo podía creer. ¡Era la tercera muestra de malestar del Ejército por los Pinocheques y ningún periodista se había dado cuenta! Empecé a reportear y encontré al general adecuado que me dijo que lo había llamado Lucía Hiriart para ordenarle que organizara una manifestación en Punta de Peuco, “porque Augustito está con problemas de nuevo con estos tipos”. Y me dio el detalle completo de cómo había sido toda esta trama [en el capítulo 28, El picnic de la segunda división]. O sea, en su momento no me enteré de algo tan escandaloso.

 

Investigación de imágenes de archivo:
Oscar Castro y Cristián Roa
Edición de imágenes de archivo:
Cristián RoaFotografías e imágenes:
“La historia oculta del régimen militar”, segunda edición, 1989.
Diario La Epoca, Hemeroteca Biblioteca Nacional de Chile.

Descripción de las imágenes en orden correlativo:
Descripción: “La calle Teatinos el 12 de septiembre: vigilancia y limpieza de calles”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 13).
Descripción: “La Moneda el 12 de septiembre”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 15).
Descripción: “Obispo Fernando Ariztía”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 101).
Descripción: “Pinochet dicta normas y plazos a la comisión de reforma constitucional. A su lado Mónica Madariaga y Enrique Ortúzar”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 241).
Descripción: “Mónica Madariaga”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 319).
Portada capítulo 5, “Las cuatro letras del miedo”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 41).
Portada capítulo 14, “DINA: los años de gloria”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 133).
Descripción: “Sergio de la Cuadra asume; contemplan Mendoza, De Castro, Danús y Carrasco”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 385).
Portada capítulo 3, “Fractura en el piso 22”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 25).
Portada capítulo 49, “El Papa pisa Pudahuel”. En diario La Época (01/11/1988).
Extracto del capítulo 3, “Fractura en el piso 22”. En “La historia oculta del régimen militar”, segunda edición (1989). (p. 32).
Imagen patente descrita en capítulo “Filipinazo”. En diario La Época (31/05/1988).
Portada capítulo 22, “La caída de Leigh”. En diario La Época (26/04/1988).
Portada capítulo 27, “Filipinazo”. En diario La Época (31/05/1988).
Portada capítulo 49, “El Papa pisa Pudahuel”. En diario La Época (01/11/1988).
Portada capítulo 53, “5 de octubre”. En diario La Época (29/11/1988).
Portada capítulo 1, “Los días del ‘poder total’”. En diario La Época (01/12/1987).
Portada capítulo 5, “Las cuatro letras del miedo”. En diario La Época (29/12/1987).
Portada capítulo 14, “DINA: los años de gloria”. En diario La Época (01/03/1988).
Afiche promocional publicado en diario La Época (26/11/1987).

 

MEMORIAS: DERROTAS Y RESISTENCIAS

MEMORIAS: DERROTAS Y RESISTENCIAS

1 mayo, 2018 editor DEBATES 0

Por Andrés Vera Quiroz.

Encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer (Walter Benjamin, 1940).

A 28 años de finalizada, la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet Ugarte y a 45 años de perpetrado el violento golpe de Estado aún quedan cosas pendientes en nuestro país. La evidencia de lo anterior quedó registrado en dos hechos visiblemente claros pero diametralmente contrapuestos: los dichos del parlamentario de la UDI, Ignacio Urrutia Bonilla, al calificar de “terroristas con aguinaldo” a las personas que sufrieron numerosos vejámenes de la represión política en el contexto de la discusión de un proyecto de Ley (que en sí, no cumple estándares internacionales) para otorgar un monto de 3 millones por única vez a los ex presos políticos del régimen de facto y el segundo hecho; la entrega de títulos póstumos y simbólicos a un centenar de estudiantes de la Universidad de Chile que no pudieron finalizar sus estudios debido a la detención y desaparición por agentes de Estado durante el período dictatorial. Lo último, como un gran acto de justicia, memoria y resignificación esencial para cientos de hombres y mujeres.

Tomo el libro “Lo que queda de Auschwitz: El Archivo y el testigo” y extraigo la siguiente cita: “Lo decisivo es sólo que las dos cosas no se confundan, que el derecho no albergue la pretensión de agotar el problema. La verdad tiene una consistencia no jurídica, en virtud de la cual la quaestio facti no puede ser confundida con la questio iuris” (Agamben, 2000: 16)

Desde el primer día de instalada la dictadura militar, los familiares y acompañantes se fueron agrupando en la búsqueda de sus parientes cobrando una fuerza gigante el ¿DÓNDE ESTÁN?, con el correr del tiempo, clamando, marchando y exigiendo Verdad y Justicia, y en el último tiempo, ese tiempo que no se detiene… buscando reivindicaciones justas y necesarias.

El Estado ese mismo que atropello los derechos fundamentales ante su clamor generoso respondió en la medida de lo posible, a saber:

  1. El Informe Rettig entregado en febrero de 1991 bajo el gobierno de Patricio Aylwin Azócar.
  2. Las Leyes de Punto Final (acuerdo Figueroa – Otero) de 1995. Este proyecto de Ley evitaría los procesamientos, restringiría las investigaciones judiciales a la localización de los restos de los “desaparecidos”, garantizaría el secreto total para estas investigaciones y permitiría que se archivaran los casos antes de que se hallaran los restos o se estableciera toda la verdad.
  3. Detención de Pinochet Ugarte en Londres en octubre de 1998 en virtud de una orden de captura emitida por el juez español Baltasar Garzón Real. Las diversas apelaciones y tratativas del gobierno de turno saliente y entrante dieron sus resultados en marzo del 2000, el Ministerio del Interior británico resolvió liberarlo por razones humanitarias. Ese mismo año de regreso en Chile, el senador debió enfrentar un proceso de desafuero por el caso “Caravana de la Muerte” que llevaba el juez Juan Guzmán Tapia. Finalmente fue desaforado y el citado proceso sobreseído por razones de demencia senil el 2002.
  4. La Mesa de Diálogo por los Derechos Humanos convocada en agosto de 1999 bajo el gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle. La cual entregó un listado en enero del 2001 con el destino final de 200 detenidos desaparecidos.
  5. Informe Valech entregado en noviembre de 2004 bajo el gobierno de Ricardo Lagos Escobar y su propuesta sobre Derechos Humanos del 2003, “No hay mañana, sin ayer”.
  6. Informe Valech II recepcionado en agosto de 2010 bajo el gobierno de Sebastián Piñera Echeñique.

Entonces abro el libro “Recordar, Violación de derechos humanos: una mirada médica, psicológica y política”, y quedo prendido con la siguiente cita: “De modo que la verdad, aunque oficial, fue parcial y escindida, sin nombres de los responsables y sin ser entregada a la comunidad en forma masiva y sencilla, de modo que fuera asumida por toda la sociedad civil. Lo sucedido quedó en la nebulosa, hizo que la mentira continuara y la confusión persistiera, que la realidad no se reconstruyera, no se socializara, no se comunicara, sino más bien se callara y ocultara” (Rojas, 2017: 55-56).

El honorable diputado Urrutia junto a muchos otros silentes olvida que el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de personas existieron durante todo el período que se extendió la dictadura militar.

Estadio Nacional, Estadio Chile, Pisagua, Chacabuco, Londres 38, Nido 20, Academia de Guerra Aérea, Colonia Dignidad, Venda Sexy, Cuartel Silva Palma, Cuartel Simón Bolívar y Villa Grimaldi por nombrar algunos con más o menos relevancia, con más o menos víctimas, con más o menos sadismo y aberraciones en su interior.

En esas casas, centros de detención, tortura y desaparición final, estuvieron y pasaron miles de hombres y mujeres en distintos períodos. Lugares que con el tiempo se convirtieron en verdaderos anfiteatros del terror, en los cuales se “extirparía el cáncer marxista” como planteaba el general Gustavo Leigh Guzmán y que formaban parte del enemigo interno, sitios donde se fraguó el poder desaparecedor del Estado. Eran lugares en los cuales – en dichos del Mocito- no existía Dios.

Steve J. Stern, historiador y académico de la Universidad de Wisconsin, traza la noción de memorias sueltas y emblemáticas. Las primeras corresponden al recuerdo de la experiencia personal y las segundas corresponderían a una memoria colectiva que permite ser un marco interpretativo de las memorias sueltas. Son las memorias emblemáticas las que permiten darle un sentido a la memoria suelta, personal e individual.

No cabe duda que sí seguimos la reflexión de Stern, reconocemos en las memorias colectivas el carácter de interpretativas y con capacidad de dar sentido, se hace evidente que las memorias emblemáticas disputan la hegemonía en el escenario social. Es decir, una suerte de competencia por la supremacía, al modo de competencias que señala Bourdieu en su concepto de habitus y campo. Así las memorias definen sus relaciones de poder al interior del campo.

Para Stern, en Chile las memorias emblemáticas respecto al Golpe y la Dictadura se componen de cuatro variantes:

  1. La memoria como salvación, aquí la idea es de un trauma vivido antes del Golpe militar durante la Unidad Popular en la que la idea de una inminente guerra civil es “defendida” por el advenimiento de la intervención militar;
  2. Una segunda memoria, es opuesta a ésta, en tanto es una memoria que tiene como idea central al trauma, puesto en la experiencia de la dictadura con el terrorismo de Estado como práctica que interrumpe las vidas de los sujetos dañándolas para siempre;
  3. Una tercera memoria, es la de los valores que se ponen a prueba en la Dictadura, es muy cercana a la anterior, pero no es necesariamente de personas afectadas por el terrorismo de Estado sino de quienes se sienten interpelados éticamente tanto desde la violencia de la dictadura, como de las violencias ejercida por grupos de izquierda.
  4. Y por último, la memoria como olvido, es la cuarta memoria emblemática que está más cerca de la primera, en tanto es mejor no hablar, el Golpe militar y la Dictadura son vistos como problemas peligrosos.

Estas cuatro memorias actúan en el espacio de la memoria colectiva disputando la centralidad de su versión de la experiencia del pasado, del discurso que portan y de los significados que quieren relevar al resto de los grupos, comunidades y por ende, de toda la sociedad.

En el contexto descrito anteriormente, aparecen los discursos para exponer la (s) propias versiones del pasado en el espacio público, por tanto, abriéndose al cuestionamiento y/o confrontación, es decir, al debate político. A través de afirmaciones, negaciones, silencios, justificaciones se irán articulando las memorias matizadas y mezcladas en dicho espacio.

En este sentido, lo que emerge son narraciones del pasado sin claridades políticas que se van sitúan en la zona gris como afirmaba Levi y Calveiro, en donde el antagonismo como forma de ubicar la diferencia se diluye.

Dicho de otra forma, las narraciones y sus relatos que se articulan del pasado no obstaculizan la posición del otro; no producen incomodidad, ni disputan hegemonía pues al no existir dos “bandos” no llegan a producir conflicto. Por tanto, la despolitización y privatización operan en los discursos de las memorias a partir de aquello, reordenando las posiciones y fuerzas para una disputa sinfín sobre qué es, cuándo es y cómo se hace, la memoria.

Lo anterior, efectos de un campo de debate y disputas no saldado, pues la gran mayoría de las veces las propuestas de soluciones han llegado desde la institucionalidad tejiendo en ocasiones subrepticiamente un particular orden social… el consenso.

Recordemos a Todorov aquellos que, por una u otra razón, conocen el horror del pasado tienen el deber de alzar su voz contra otro horror… lejos de seguir prisioneros del pasado, lo habremos puesto al servicio del presente, como la memoria –y el olvido- se han de poner al servicio de la justicia”.

Mayo del 2018

 

” La Malva no se va!” El pedagógico y la madre de un desaparecido.

 

En el segundo semestre de 1980 los estudiantes del Pedagógico demostraron todo su rechazo a la autoridad universitaria, fiel representante de la institucionalidad militar que reinaba en chile, paralizando la universidad y movilizándose diariamente. Las voces de estudiantes, desde el MIR hasta la DC, se aunaron en un solo grito de repudio al despido injustificado de la profesora de castellano, Malva Hernandez, por supuestos “motivos presupuestarios”, los que escondían a su vez el deseo de despedir a una profesora miembro de la agrupación de familiares detenidos desaparecidos.
El paro generalizado, la inactividad académica y los gritos de “¡la malva no se va!”, terminaron de golpe en el momento que el rector designado, y el decano de filosofía y humanidades, decidieron cerrar el año académico. 

 

Entre octubre y marzo del siguiente año, la dictadura y todo su equipo de civiles apuraron la promulgación de una nueva Ley General de Universidades. Era el pleno proceso de institucionalización del régimen. Gonzalo Vial, historiador y ministro de educación, salía en marzo anunciando la reestructuracion de la universidad, que en otras palabras no fue más que su desmembramiento.

Y dentro de ella, el Pedagógico dejaba de existir, las facultades se re-estructuraban, las carreras pedagógicas eran quitadas del rango de universitarias y el campus Macul -o las termas de Macul- eran bautizadas como Campus Lircay en honor a la batalla de liberales contra conservadores en 1829. Estudiantes fueron divididos entre la nueva sede de la Universidad de Chile y los de la Academia superior de Ciencias Pedagógicas, y lo que se pensaba que sería la biblioteca más grande de América Latina se reducía a pequeñas partículas.

El Campus de la Academia fue pintado entero de blanco, sus enredaderas cortadas, y desde ese momento “el pasto creció más largo”.
Hoy, el hasta ahora rector de la Universidad, estudiante de castellano en el proceso más duro de la dictadura, decide volver a pintar su edificio central de color blanco. Y con ello revivir la época del pasto largo, de la policía secreta, de la delación, del terror y la ruptura. La renovación de algunos otrora resistentes es espeluznante.

 — con Malva Hernández Castillo y Jorge Pesce Aguirre en Metropolitan University of Educational Sciences.

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                               RODRIGO

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“Ahora comprendo mi piel y mis huesos

el tañido funerario de todas mis canciones

el blanco color opaco de mi espejo

la oquedad de mis sienes.

Yo soy la madre          vengo desde la altura

He perdido a mi hijo y soy su tumba.”

(Ronda – Eugenia Brito)

Los recuerdos que tengo de mi hijo los he ido anotando algunas veces para no olvidarlos. Cuando Rodriguito entró a kínder tenía casi cinco años. Su colegio era antiguo y estaba cerca de la casa (en ese tiempo vivíamos en Ñuñoa); la construcción era muy vieja; una muralla alta de ladrillos la separaba de la calle y para entrar, había una puerta de madera. Adentro, tenía un gran patio con salas por los costados y en medio de él, estaba una salita cuadrada que era más nueva, donde se situaba el kindergarten; su piso era de tablas de madera ancha, que en algunas partes se veía carcomida por el paso de los años; esta salita tenía una gran ventana que se abría hacia el patio. En medio de este, había un árbol añoso,  que en esa época tenía unas flores largas, verdes, como cuncunas. La profesora, una muy buena educadora, como había dicho el director, era una niña muy joven.

Cierto día Rodriguito tuvo una idea genial. A la entrada de la  sala había un hoyo redondito entre dos tablas. En el recreo juntó las florcitas y las puso alrededor del hoyito en forma de rayos; para él era algo bonito. Cuando la señorita entró, lanzó un grito y saltó por la ventana. Vino corriendo la inspectora a ver qué pasaba y la profesora le contó que había un hoyo lleno de gusanos. Como los niños eran muy pequeños, no les preguntaron nada. Cuando Rodriguito llegó a la casa, me contó lo que había pasado, pero no entendía por qué la señorita había gritado…

Al año siguiente, cuando tenía poco más de cinco años,  entró a primero básico al Colegio Calasanz. Un día cuando llegó a la casa, me contó, con sus ojitos tristes, a punto de llorar: “En el colegio hay un niño que no vive con su mamá…”  Y me miraba directamente a los ojos a ver qué decía yo. Le pregunté por qué y él me contestó que la mamá estaba en Arica. Yo le dije que a lo mejor ella estaba trabajando allá y por eso no estaba con él. No me dijo nada, pero siguió triste toda la tarde… para él era terrible no vivir con su mamá.

Un día invitó a un compañero de curso a la casa y cuando estaban jugando en nuestro patio, que era muy grande y muy bonito, yo lo llamé diciéndole “Gordo”, para que viniera. Él se puso colorado y vino donde yo estaba y muy avergonzado me dijo:” No me digas así, no ves que mi amigo es gordo…” Pensé que era tan niño y ya se preocupaba de no herir a su amigo, diciéndole lo que este pensaba que era su defecto.

Se veía bien con su uniforme de pantalón corto, camisa blanca, corbata y chaqueta. Tenía su carita de niño, todavía redonda, por eso yo le decía Gordo, mi gordo…

Otro día me contó con los ojos muy abiertos y con la mirada perdida como mirando hacia adentro: “El papá de un niño de mi colegio inventó una máquina a la que le echa paja por un lado y le sale leche por el otro…” Yo me reí y no me di cuenta de que él ya quería imaginarse el mundo  de otra forma, con su pensamiento concreto todavía.

Sus compañeros eran su tema predilecto. Aunque también, su hermano mayor. Un día, cuando volvían del colegio, él venía enojado y cuando les abrí la puerta me dijo: “El Eduardo me dice a cada rato que me apure y cuando pasa por la casa del lado y está esa niña, se hace el grande de siete años y más me apura …” Como en esa época los niños usaban un bolsón que se colgaban de un hombro y la correa les cruzaba el pecho, su hermano, que era un año mayor y más delgado y ágil, lo apuraba siempre, pero lo que le daba más rabia a él era que cuando pasaba por la puerta del lado se lo decía más fuerte, haciéndose “el grande de siete años”. Sentía que su hermano lo mandaba y por algo inentendible, precisamente en ese lugar, al llegar a la casa, después de caminar cuatro largas cuadras, lo apuraba… El amor no tocaba a su puerta todavía.

En ese tiempo siempre nos visitaba una tía abuela mía que era buena relatando historias. Una vez nos contó que en el campo a un hombre que tenía una sola oreja lo llamaban Pilón. Rodrigo ya estaba más grande y un día nos sorprendió diciéndonos que él había inventado una adivinanza: “Tengo la cabeza hueca y soy pilón”. Nos desafió a que la adivinásemos y nadie supo: era una taza.

Pasó el tiempo y nos fuimos a vivir a Las Condes. Ya no conversaba con Eduardo, su hermano mayor, porque sentía que su mundo era diferente al de él. En cambio, su hermano menor, Patricio, y su gran amigo Cristián, eran tierra fresca  para sembrar sus ideas. Se sentaban en un asiento de la plaza, al frente de la casa, a reflexionar y él explicaba su filosofía adolescente. Allí los pillaba la noche y solo terminaban sus conversaciones cuando los llamaban a comer.

En esa misma época empezó a enseñarle el mundo a su hermana pequeña, a Malvita. A ella la adoctrinaba sobre cómo defenderse cuando la vecina, niña como ella, le tiraba su largo pelo rubio, su orgullo y su debilidad a la vez. Rodrigo le adaptó un linchaco que se había quebrado y le enseñó a usarlo; también a usar sus manos en defensa propia… Pero, sobre todo, le enseñó, tendidos en el pasto por las noches, a mirar las estrellas y cómo distinguirlas…

Sus sueños se los transmitía a ellos, sus hermanos y su amigo más querido… Era un filósofo en capullo todavía, mas   ya quería actuar ante lo duro, pero también quería mostrar lo hermoso que tenía la vida. Más adelante vendrían los años de su militancia, el encuentro con el amor y la lucha contra el dictador.

Y entró a la universidad a estudiar Filosofía. Allí su personalidad de líder carismático y alegre no pasó inadvertida; fue vigilado y delatado… y despareció.

Esta es la historia de su corta vida.

Hijo mío, te miro en las fotos donde miras de frente y tus ojos me hablan. A veces te veo sonriendo, a veces, serio. Tu presencia está siempre conmigo y tus palabras me duelen, porque por defenderte del peligro, como si dijera mágicos conjuros, en lugar de sembrarte coraje te decía que te cuidaras y tú me lo enrostrabas, diciéndome que si te pasaba algo, era yo la que te iba a joder.

Me siento culpable de no haber vivido a concho mis días contigo, porque te fuiste tan luego y tan horriblemente de mi vida. Esta pena que llevo es un peso que me agobia y no puedo calmarla con nada. Cuando llegan estos días de otoño, casi invierno, te recuerdo caminando con tus pasos largos, entrando al Pedagógico y cimbreándote bajo la llovizna como si nada…

Cuando no te vi más, al comienzo lloré mucho por ti, escondida para que no me vieran tus hermanos ni nadie. Lloraba porque te sabía desvalido, lejos, aislado y mi mente se detenía justo ahí, sin pensar en lo que te estaría pasando. Pero cuando perdí la esperanza de volverte a ver, no lloré más. Se me habían secado los ojos.

Ahora que estoy anciana, cuando pienso en ti en las noches, me salen sollozos secos, terriblemente secos y solo me llegan al pensamiento estos versos para quedarme dormida:

“Velloncito de mi carne, que en mi entraña yo tejí, velloncito friolento, duérmete apegado a mí!”

(Apegado a mí – Gabriela Mistral)

Mayo de 2016

Agustín Edwards: Un Obituario desclasificado.


memo CIA para el registro que describe a 15 de septiembre de 1970 entre el cumplimiento de Agustin Edwards Eastman y director de la CIA Richard Helms en Washington, DC (Documento 1)

Agustin Edwards: Un desclasificados Obituario

Desclasificado de la CIA, la Casa Blanca documentos revelan colaboración entre Chile magnate de los medios y más alto nivel de gobierno de Nixon

Kissinger establecer reuniones secretas para Edwards con Nixon y director de la CIA Richard Helms

Documentos Registro Edwards encubierta Golpe conspiración para derrocar a Allende en Chile

Publicado abril 25, 2017

 

Archivo Nacional de Seguridad informativa libro Nº 587

 

Editado por Peter Kornbluh
Para más información, contacte con: peter.kornbluh@gmail.com y 202.994.7000

 


Washington, DC, 25 de abril de 2017 – magnate de los medios Agustín Edwards Eastman, que fue ampliamente considerado como el Rupert Murdoch de Chile, murió el 24 de abril, a los 89 años, dejando un legado de la estrecha colaboración con Henry Kissinger y la CIA en la instigación y apoyar el golpe del 11 de septiembre de 1973, militares. Edwards fue el único chileno-civil o militar conocida para encontrarse cara a cara con el director de la CIA Richard Helms en septiembre de 1970 en relación con los planes para instigar un cambio de régimen contra el líder socialista Salvador Allende, que acababa de ser elegido presidente.

Documentos desclasificados de la CIA y la Casa Blanca publicado hoy por el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington demuestran de manera concluyente lo Edwards en repetidas ocasiones negó – que él y su periódico, El Mercurio , se convirtió en una parte fundamental de los planes estadounidenses para fomentar un golpe militar contra el presidente Allende.

 

* * * * *

Agustín Edwards Eastman: A desclasificados Obituario

15 de septiembre de, 1970 , fue un día espectacular en la vida del magnate de los medios de Chile, Agustin Edwards Eastman. Su día comenzó a las 8 am, con el desayuno en la oficina de Henry Kissinger, entonces asesor de seguridad nacional del presidente Richard Nixon. A las 9:15 am, Kissinger había dispuesto para Edwards para ver en secreto Nixon en la Casa Blanca. Aunque no hay constancia documental de que la reunión con el presidente tuvo lugar, ese mismo día en el Madison Hotel en el centro de Washington DC, Edwards se convirtió en el único chileno-civil o militar conocido para encontrarse cara a cara con el director de la CIA Richard Helms . A las 3:25 pm de ese tarde, el presidente Nixon llamó a Kissinger y Helms en la Oficina Oval y los instruyó para tratar de forma encubierta para “salvar a Chile” por orquestar un golpe militar. “Tengo esta impresión de que el presidente llamó a esta reunión,” Helms testificó más tarde ante el Senado de Estados Unidos “debido a la presencia de Edwards en Washington y lo … Edwards estaba diciendo acerca de las condiciones en Chile.”

Agustin Edwards Eastman (derecha) con el dictador chileno Augusto Pinochet (sin fecha)

Extraordinaria influencia de Edwards en la política de Estados Unidos y la intervención de la CIA en Chile no se detuvo allí. Cuando fracasó Schneider-CIA acción encubierta, que incluyó el asesinato del general René bloquear inauguración de Salvador Allende, el imperio mediático de Edwards se convirtió en el colaborador clandestina líder en el fomento de un golpe de estado militar. Presidente Nixon autorizó personalmente la financiación encubierta de la CIA para sostener El Mercurio por lo que podría convertirse en un megáfono medios de oposición, la agitación y la información errónea contra el gobierno de Allende. A raíz del derrocamiento de Allende, la CIA le atribuye explícitamente su proyecto de propaganda de los medios en Chile para jugar “un papel significativo en el escenario para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973,” y continuó para canalizar el dinero en secreto con el grupo Edwards para que El Mercurio puede “presentar la Junta de la manera más positiva para el público chileno.”

A lo largo de su larga vida, Sr. Edwards negó ninguna de estas cosas hubiera pasado. Afirmó que él y El Mercurio nunca recibió ninguna financiación secreta de la CIA; en la reunión con Helms, según su testimonio jurado ante el juez chileno Mario Carroza, declaró: “ this Reunión se efectuo Días Despues de la elección realizada de Salvador Allende OPORTUNIDAD Donde se comento Las Circunstancias de Haber Salido ONU presidente comunista En un País Democrático, Pero en ningún caso se pensaba en un golpe de estado o algo PARECIDO “(Traducción:. “esta reunión tuvo lugar pocos días después de la elección de Salvador Allende, que me dio la oportunidad de formular observaciones sobre las circunstancias que habían permitido un presidente comunista ganar en un país democrático. en ningún momento hablamos de un golpe ni nada de eso.” )

Pero anteriormente clasificados de la Casa Blanca y la CIA en los registros de la intervención de Estados Unidos en Chile publicados por el Archivo de Seguridad Nacional de hoy proporcionan la verdad histórica que, durante su vida, Edwards nunca podría admitir. Entre las revelaciones clave en los documentos:

** Durante su larga conversación con el director de la CIA Helms y uno de sus principales colaboradores, Kenneth Millian, Edwards no sólo empujó para un respaldo de Estados Unidos, de preferencia, golpe de estado para bloquear la inauguración de la debidamente elegido próximo presidente de Chile, Salvador Allende; También proporciona la inteligencia detallada sobre potenciales golpistas en las fuerzas armadas chilenas y discutido “tiempo para una posible acción militar”. De acuerdo con el memorando de la CIA de conversación con Edwards, titulada “Discusión de la situación política chilena”, que revisan sistemáticamente la fuerza y ​​el golpe de Estado potencial de cada rama de las fuerzas armadas. Durante la discusión de la Armada, “Edwards describe contralmirante Fernando Porta, Comandante en Jefe de la Armada, que se opone a Allende, como indeciso y demasiado prudente.” Informó que “De los 11 almirantes de la Armada, ocho son anti-Allende y tres son pro-Tomic, incluyendo el contralmirante Luis Urzua Merino, comandante del Cuerpo de Marines.”Más adelante en la conversación, Edwards informó a la CIA que“después de discutir la situación posterior a las elecciones con [Camilo general] Valenzuela y algunas de las claves Naval oficiales que estaban preocupados con dos puntos básicos: 1) Si el Gobierno de Chile se volcó en una acción militar, entonces sería instalado el nuevo gobierno reciben el reconocimiento diplomático de los EE.UU.? 2) ¿Los Fuerzas Armadas chilenas reciben apoyo logístico para una acción contra el gobierno?”Edwards también dijo a la CIA que el presidente Eduardo Frei sería un aliado poco fiable en cualquier intento de golpe. “Frei probablemente ‘pollo’ en el último minuto”, según Edwards, “la decisión de no actuar en poco más que una llamada telefónica de un angustiado.” Cuando los funcionarios de la CIA pidió a Edwards que sabía que “todavía tenía buenos contactos con los militares,”Edwards nombrado miembros Partido Nacional Sergio Jarpa y Francis Bulnes. Además, pasó un tiempo considerable que describe “el mejor hombre” que podría ayudar. Pero la identidad de esa persona sigue siendo un secreto de la CIA.

** Después de la reunión con el director de la CIA, Edwards se quedó en Washington para un número de días para seguir compartiendo información más detallada con funcionarios de la agencia como la CIA movilizó para poner en práctica las órdenes del presidente Nixon para orquestar un golpe de estado. El 18 de septiembre, Helms informó a Kissinger que “más conversaciones y una reunión de información más exhaustiva están llevando a cabo con el Sr. Edwards en este momento.”

** Henry Kissinger, según transcripciones desclasificados de sus llamadas telefónicas, intentó dispuesta una reunión ultrasecreta entre Edwards y el presidente Nixon. En la tarde del 14 de septiembre de 1970, Kissinger llama programador de Nixon, Stephen Bull, y pidió que Edwards silencio se hizo pasar a la Oficina Oval antes de una reunión de Nixon había programado la mañana siguiente con el vicepresidente del partido alemán Unión Demócrata Cristiana, Gerhard Schroeder. “¿Es necesario Edwards más de 15 minutos?”, Preguntó Bull. “Absolutamente no”, respondió Kissinger. “Le programar 9:15-10:00”, afirmó Toro. “En ese periodo de 45 minutos [UTE] haremos Edwards al principio y luego traer a Schroeder.” Preguntó Kissinger para la reunión Schroeder para comenzar a las 9:45. Para mantener el secreto reunión Nixon-Edwards, Kissinger entonces instrucciones Bull: “no deje [Edwards y Schroeder] entren en contacto. Obtener Edwards a cabo.”Horario diario de Nixon le muestra reunirse con Kissinger de 9:37 am a 9:49 am-a ventana de doce minutos que potencialmente incluye Edwards-justo antes de que el presidente y Kissinger comenzó una reunión de 30 minutos con Schroeder. No existen otros registros de la Casa Blanca de grabación que esta sesión se llevó a cabo; Edwards declaró ante el ministro Carroza: “ no tengo recuerdos de haberme Entrevistado con Nixon .” (Traducción: “Yo no recuerdo haber reunido con Nixon” )

** Presidente Nixon autorizó personalmente más de $ 1 millón de dólares en septiembre de 1971 “para mantener el papel [ El Mercurio ] ir.” (La financiación inicial ascendía a la suma considerable de 67 millones de escudos.) Documentos de la CIA y la Casa Blanca muestran que los medios de comunicación Edwards grupo recibió casi $ 2 millones en fondos encubiertas de la CIA entre el otoño de 1971 y mayo de 1972. el dinero se utilizó para pagar el Mercurio cuentas y deudas ‘s, y cubrir los‘déficits operativos mensuales’con el fin de ayudar a la oposición forces- el Mercurio “hace ayudan a dar el corazón a las fuerzas de oposición “, afirma una nota a Henry Kissinger y para proporcionar una cobertura positiva de los medios para los candidatos anti-Allende en las elecciones al Congreso de marzo de 1973. Además, los registros de la CIA revelan que el Grupo Edwards recibió fondos secretos de la corporación ITT en $ 100.000 incrementos a través de una cuenta bancaria en Suiza.

** El Mercurio y los demás medios de comunicación propiedad de Edwards no sólo promovieron la agitación y la inestabilidad en Chile, pero conspiraron con las fuerzas armadas para establecer las condiciones para un golpe militar exitoso. En mayo de 1973, la estación de la CIA en Santiago identificó “el El Mercurio cadena de periódicos”, como entre “las partes más militantes de la oposición”, que “se han fijado como objetivo la creación de conflictos y enfrentamientos que dará lugar a una especie de militar . la intervención”El cable secreto de la CIA continuó:‘Cada [parte militante] a su manera está tratando de coordinar sus esfuerzos con los miembros de las fuerzas armadas que conozcan y que comparten este objetivo’.

** La CIA le atribuye su “proyecto de propaganda” en el que El Mercurio y los medios de comunicación Edwards, donde los actores clave, como teniendo “jugaron un papel importante en el escenario para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973.” De acuerdo con un secreto de la CIA informe posterior al golpe, “Antes del golpe de los medios de comunicación del proyecto mantuvieron un constante aluvión de críticas contra el gobierno, explotando cada posible punto de fricción entre el gobierno y la oposición democrática, y haciendo hincapié en los problemas y conflictos que se estaban desarrollando entre el gobierno y las fuerzas armadas “.

** Después del golpe, El Mercurio siguió recibiendo financiación encubierta de la CIA hasta junio de 1974. La CIA determinó eran necesarios los fondos para ayudar a los esfuerzos del periódico para ayudar al régimen de Pinochet consolidar su poder. “Desde el golpe, estos medios de comunicación han apoyado el nuevo gobierno militar. Ellos han tratado de presentar la Junta de la manera más positiva para el público chileno “, de acuerdo a la solicitud de la CIA para continuar dinero encubiertas para El Mercurio . “El proyecto es esencial para permitir que la estación de [CIA] para ayudar a moldear la opinión pública chilena en apoyo del nuevo gobierno …”.

Todos estos registros desclasificados de la CIA y la Casa Blanca se presentaron al ministro Carroza por su investigación sobre la participación de Edwards en forma encubierta colaborar con una potencia extranjera contra las instituciones democráticas de su propio país. Con la muerte de Edwards, que la investigación ya no lleva ninguna consecuencia judicial. Pero la verdad real como opuesta a la abundancia de mentiras que se han presentado con el tiempo, sobre la única parte que Agustin Edwards Eastman jugó en la historia oscura de Chile sigue siendo importante. No habrá veredicto legal en el Caso Edwards; pero los documentos todavía proporcionarán el juicio de la historia.

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TOP TEN documentos desclasificados
LOS TOP TEN DOCUMENTOS DESCLASIFICADOS

documento 01
09/18/1970
CIA, Memorando de Conversación, “Discusión de la situación política chilena”, 18 de septiembre de 1970. (Se presentan dos versiones – ver descripción a continuación).
Esta reunión tuvo lugar el 15. El resumen fue transmitido a Henry Kissinger septiembre sobre el 18 de septiembre Las dos versiones presentadas fueron puestos en libertad en fechas diferentes con diferente texto extirpado. La primera versión, una fuerte censura es el documento completo, de 10 páginas descubierto por Peter Kornbluh y primero publicado en el sitio web de Chile, CIPER / Chile. La segunda versión se compone de sólo las primeras cuatro páginas, pero más del texto ha sido revelado.
documento 02
09/18/1970
CIA, Memorando de Conversación, “Discusión de la situación política chilena” (versión transcrito), 18 de septiembre de 1970.
Esta versión del documento apareció en Relaciones Exteriores del Departamento de Estado de Estados Unidos de la serie de Estados Unidos. Tenga en cuenta que la fecha en que el documento ha sido cambiado, por error, a 14. El encuentro Edwards / Helms tuvo lugar en el Madison Hotel de septiembre sobre el 15 de septiembre censores de la CIA redactados nombre de Edwards durante la mayor parte del documento para proteger su contribución inteligencia, pero la dejó sin censura en varias partes.
documento 03
09/14/1970
Kissinger, transcripción de la llamada telefónica a Steven Bull 14 de septiembre de 1970.
En esta llamada a la secretaria citas de Nixon, Kissinger establece una breve reunión, secreta entre Edwards y el presidente. Esta es la única referencia conocida a esta reunión secreta; nunca se ha determinado de forma concluyente que Edwards y Nixon en realidad se reunieron.
documento 04
09/09/1970
Consejo Nacional de Seguridad, memorándum a Kissinger, “40 Reunión del Comité de 9 de septiembre de 1971- Chile.”
Este documento describe una reunión de la Comisión 40, el órgano interinstitucional responsable de aprobar las operaciones encubiertas de la CIA. Incluye discusión de $ 1 millón en fondos encubierto a El Mercurio.
documento 05
09/30/1971
CIA, memorando para el registro, “Autorización de Apoyo ‘El Mercurio’,” 30 de septiembre de., 1971
De acuerdo con esta nota, director de la CIA Helms notificó a la división de operaciones que Kissinger había informado de la aprobación de Nixon de $ 700.000 para El Mercurio, pero que la cantidad podría superar los $ 1 millón “siempre que se justifica para mantener el papel en marcha”.
documento 06
04/10/1972
CIA, Memorando de Theodore G. Shackley al director de la CIA, “solicitud de fondos adicionales para El Mercurio” 10, de abril de, 1972
Theodore Shackley, jefe de la División del Hemisferio Occidental de operaciones de la CIA, busca casi $ 1 millón en apoyo adicional para El Mercurio, citando la posibilidad de “diversas formas de [chilena] acoso del gobierno, entre ellos el ataque físico.” Embajador Nathaniel Davis, y el secretario de Estado adjunto Charles Meyer avalan la propuesta.
documento 07
04/11/1972
NSC, Memorando de Henry Kissinger, “40 Reunión del Comité-Chile” 11, de abril de, 1972
Este memorando describe una nueva propuesta de la CIA a continuar financiando El Mercurio. Los detalles son extirpados, pero el “corazón del argumento” se explica. CIA y el Departamento de Estado se dice que favorece la idea, y el documento señala que el periódico es “importante” y una “espina en el costado de Allende”.
documento 08
02/28/1973
CIA, Resumen, “El Mercurio,” 28 de febrero de, 1973
Aquí la CIA proporciona un resumen de las discusiones anteriores del gobierno estadounidense de apoyo a El Mercurio que empiezan con la recomendación de septiembre de 1971 para proporcionar respaldo financiero para el papel.
documento 09
05/02/1973
CIA, por cable, Informe sobre otros grupos “militantes” El Mercurio y fomentar un golpe 2 de mayo., 1973
La estación de la CIA en Santiago identifica “la cadena El Mercurio de los periódicos”, como entre “las partes más militantes de la oposición”, que “se han fijado como objetivo la creación de conflictos y enfrentamientos que dará lugar a algún tipo de intervención militar.” “Ninguno tiene una idea clara de cómo se trata a suceder o qué forma tomará,” continuó el cable secreto de la CIA. “Cada una a su manera está tratando de coordinar sus esfuerzos con los miembros de las fuerzas armadas que conozcan y que comparten este objetivo.”
documento 10
1973-11-00
CIA, memorando al Director Asociado Adjunto de Operaciones, “Proyecto [extirpado] Solicitud de Modificación No. 1 para el año fiscal 1974,” sin fecha (aproximadamente finales de noviembre de 1973).
Esta solicitud para continuar el apoyo financiero de El Mercu

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

En agosto de 2015 se realizó en nuestra Facultad el coloquio “A 40 años de la Operación Colombo: el rol de discurso de la prensa en los dispositivos de control social, ayer y hoy”, ocasión en la que la Prof. Constanza Martínez, académica del Departamento de Filosofía, expuso sobre el rol de medios como El Mercurio y La Segunda en la represión de la dictadura militar chilena.

Quiero aclarar que no me referiré aquí en detalle a la Operación Colombo en sí, porque es una operación de una gran complejidad, donde los montajes en el nivel del discurso se ensamblan con montajes en otros niveles que requerirían mucho más tiempo del que tenemos. Existen muy buenos estudios que abordan en detalle cómo funcionó el aparato represivo chileno, junto al argentino y el brasilero, en esa confabulación que inició en los hechos la Operación Cóndor.

Lo que sí quiero compartir con ustedes son algunos de las preguntas y conclusiones de la investigación que realicé hace unos años, buscando conocer cómo se construyó en el discurso la representación social de los sujetos de la nueva izquierda revolucionaria, entre los meses de abril y julio de 1975, a través del estudio y análisis de los textos de las noticias publicadas por El Mercurio, La Segunda y La Tercera.

Estas formas de representar deben ser leídas como estrategias elegidas entre otras posibles en un contexto histórico determinado, con el fin de alcanzar un objetivo, que se vuelve más claro en la medida en que esas representaciones aparecen de manera sistemática, de modo que ofrecen una intención clara como actos de habla que sirven para “hacer determinadas cosas con las palabras”.

Para conocer entonces esas representaciones, revisé las ediciones de esos tres diarios durante esos cuatro meses, y seleccioné los textos de noticias en las que hubiera representaciones específicas del MIR y de los demás integrantes de la Junta de Coordinación Revolucionaria. La muestra total recogida fue de 556 noticias, divididas en 429 noticias de agencias internacionales y 127 crónicas nacionales. Y ¿por qué abordar un grupo tan grande de noticias?, se preguntarán. Porque, durante el proceso de observación inicial de los textos, se me hizo cada vez más evidente que los editores y propietarios de medios, que habían declarado por su responsabilidad en la Operación Colombo ante el Tribunal de Ética y Disciplina del Colegio de Periodistas, mentían al decir que su participación en ella había sido completamente obligada por la DINA. No porque algunos de los textos del caso no hubieran sido efectivamente redactados por el aparato represivo, sino porque existe otra serie de textos publicados en sus medios que aparecen en perfecta coherencia con las representaciones provenientes de la DINA y responden a los mismos fines. Creo que, de hecho, estos medios de prensa cumplieron –y por qué no decirlo, cumplen- un rol muy relevante en el dispositivo represivo estatal y, para el período estudiado, en el sistema del terror, por lo que podríamos hablar de terrorismo de prensa.

Para ahondar en ese punto vamos a necesitar revisar qué es un sistema del terror.

Según Víctor Walter, un sistema del terror es una esfera de relaciones controlada por los procesos del terror, en que todos juegan algún rol. Este proceso implica tres componentes: un acto o amenaza de violencia, una reacción emocional ante ese acto o amenaza y los efectos sociales que se derivan de los dos anteriores. Implica a tres actores o grupos de actores: “una fuente y una víctima de la violencia, y un objetivo del acto de terror. La víctima perece, pero el objetivo reacciona al espectáculo o a la noticia de esa destrucción mediante alguna forma de sumisión o acomodo, es decir, al retirar su resistencia o al inhibir su resistencia potencial.” (1969:9)

Por eso es importante distinguir entre el acto de destrucción en sí y el acto de terror.

El primero se completa en sí mismo a través de la aniquilación de la víctima. El segundo, en cambio, tiene por fin último el control sobre un sector amplio de la población más allá de la víctima.

Ante el acto de violencia, dependiendo del proceso de identificación del espectador, este generará una reacción, o bien de terror hacia la fuente de la violencia, o bien de cohesión con ella. Si a ello se suma una campaña de refuerzo de la imagen positiva de la fuente de violencia -lo que se conoce como ‘propaganda blanca’-, acompañada del refuerzo de una imagen negativa y amenazadora de la víctima, el resultado tiende a ser que el espectador se sienta protegido por la fuente de la violencia, proyectando en ella una figura paterna o salvadora y generando sentimientos de adhesión hacia la fuente: el acto de violencia se banaliza entonces como un espectáculo de compensación necesaria para el restablecimiento del orden y se transforma en una estrategia de propaganda de integración para la fuente de violencia. Por el contrario, si, pese a la campaña de imagen, un espectador resistente se identifica con la víctima, el sistema de terror es igualmente útil al poder para ejercer control sobre él, porque el horror del castigo sobre sus pares tenderá a paralizarlo, disminuyendo su resistencia y habilidad de lucha, lo que facilitará su aniquilación.

Entonces el mismo acto de violencia puede ser útil a los objetivos de generar adhesión u horror, según la ubicación del espectador en relación a la víctima de la violencia. En cualquiera de los casos, el proceso de violencia está al servicio del terror y el proceso del terror está al servicio del poder.

Como un régimen despótico terrorista requiere de un gran volumen de víctimas, para asegurar el control social durante casi una década, el régimen de terror de la dictadura cívico militar chilena necesitó dar una clara señal inicial en el primer período represivo, cuya dimensión dificultara estadísticamente que algún miembro de la sociedad no fuera víctima, o amigo, vecino, familiar de alguna víctima. En adelante, tras el período de estabilización del poder político, bastaría con activar mecanismos de memoria para renovar los efectos sociales de inhibición de la resistencia.

Para lograr que el terror sea procesado de modo que, además de inhibir la posible resistencia, aparezca un sentimiento de cohesión hacia la fuente de violencia, se refuerza la idea de que la violencia no es intrínseca a la fuente, sino que es una respuesta necesaria ante la amenaza de la verdadera violencia que proviene de un sector específico de la sociedad al que es necesario aislar y aniquilar: en nuestro caso, el ‘enemigo interno cooptado por el marxismo internacional’. Se crean entonces “zonas de terror” donde las víctimas para la violencia son escogidas “por su pertenencia a grupos de conductas específicas o a clases especiales de individuos”, de modo tal que si no se cumplen las condiciones de pertenencia a dicho grupo, aparentemente no es posible ser confundido con una víctima potencial.

A esta descripción corresponde, me parece, el segundo momento represivo, entre el 74 y el 77, cuando se escogen grupos específicos como objetivos de represión. Aquí la violencia corresponde a un doble objetivo. Se trata, por una parte, de ubicar, detener y aniquilar a aquellos sectores sociales que persisten en la resistencia frente a los mecanismos de control del gobierno. Dentro de la zona de terror, entonces, el objetivo es la aniquilación. Pero en segundo lugar, se cumple un objetivo de cohesión hacia afuera de la zona de terror, para el que es necesario conseguir que los grupos dentro de la zona sean percibidos como una amenaza real para la seguridad del resto de la población.

En este objetivo se funda la necesidad de sobredimensionar en el discurso oficial la capacidad y número de los actores resistentes, estableciendo la necesidad de un estado de guerra permanente que justifica la mantención literal y figurativa de un estado de excepción permanente, un estado de emergencia interior y exterior que conmina a adherir al gobierno comprometiéndose con la unidad nacional en torno al objetivo prioritario de la supervivencia material y simbólica de la nación, objetivo que está en la base de la Doctrina de Seguridad Nacional.

Ahora bien, nos interesa focalizar el rol que cumplen los medios de comunicación al interior de este sistema de terror. De qué modo, en este sentido, los medios se hacen partícipes del proceso del terror. Un modelo de sistema político del terror, debe tener una división y especialización en el campo de la violencia, un personal del terror que se divida a grandes rasgos en un directorio y unos agentes reales de la violencia. Ya volveremos sobre este punto.

En las noticias, las marcas de ideología están más ocultas que en otros géneros discursivos, pues su objetivo es ser comprendidas como ‘reflejo de la realidad’, por lo que utilizan un lenguaje mayoritariamente descriptivo, que tienda a la ilusión de objetividad, así como estrategias que apuntan a la veridicción, es decir, a naturalizar como verdades universales las interpretaciones particulares de las elites simbólicas que son las que tienen acceso a esta forma de discurso público. Por eso, para rastrear en ellas la ideología y entender de qué modos estos discursos hacen ‘algo más que informar’, es necesario revisar criterios como la selección que se hace de la información: qué se elige mostrar y qué ocultar, qué actores se invisivilizan, cuáles se muestran y en relación a qué tipo de acciones, si son representados como pasivos o activos, etc. También es necesario mirar cómo se jerarquiza determinada noticia, si recibe la primera plana, o la del medio, si se desarrolla en 10 o en 50 líneas. Por último, la forma en que se representa la noticia, con los actores sociales implicados y relacionados con determinadas acciones, presentan siempre un guión de interpretación de los hechos que es fundamental para entender el rol que este tipo de discurso público tiene en los modelos mentales que todos nosotros desarrollamos para nuestra interpretación del mundo.

En los textos que estudiamos se hacen evidentes a lo menos dos objetivos retóricos que se entrelazan a través de las representaciones de actores de la nueva izquierda revolucionaria: representar al marxismo como una amenaza y representar a la dictadura como factor protector contra la amenaza. La estrategia se desglosa así: por una parte, las representaciones que aparecen en las noticias del exterior, responden a la idea del marxismo como una amenaza seria y vigente, que genera horror por su crueldad, que gana fuerza y se coordina para generar caos, en un mundo convulsionado que destaca por sus imágenes de angustia e inseguridad. Esta estrategia aparece en directa relación con la naturalización de la interpretación de la Bipolaridad que propugna la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, dentro de la que se inscriben las dictaduras latinoamericanas de los 70.

Esa representación angustiosa del mundo, como la llama el profesor Claudio Durán, funciona argumentativamente como contraste con las noticias del interior, donde se representa a los actores de la nueva izquierda revolucionaria como una amenaza latente pero controlada, vinculándolos la gran mayoría de las veces con acciones del aparato represivo sobre ellos, apareciendo pasivos, recluidos ya a la zona de terror o prontos a serlo, a punto de ser vencidos, restringida su posibilidad de acción ya no por lo que hagan, sino por su identidad ideológica que se ha vuelto biológica. De estas representaciones en el exterior y en el interior, leídas desde un público no resistente o ideológicamente afín a la dictadura, se desprende la estrategia de la representación positiva del gobierno y su acción represiva como elemento trascendente dentro de su propaganda de integración. Para un público resistente, en cambio, estas mismas estrategias responden a actos de amenaza sobre sus vidas y las vidas de sus seres queridos.

Sin embargo, si bien la selección de noticias del exterior es bastante concordante en los tres medios en lo que respecta a la interpretación de la bipolaridad, esta selección presenta diferencias importantes entre un medio y otro, las que parecen responder a los distintos grupos sociales a los que los medios están dirigidos. Estas diferencias son particularmente obvias en el caso del contraste entre El Mercurio y La Segunda, puesto que no solo son parte del mismo grupo empresarial, sino que compartían el edificio y la máquina de teletipos en que se recibían los cables de agencias internacionales, por lo que su selección distinta responde a sus distintas estrategias.

Así, llama la atención por ejemplo, que El Mercurio, de conocidas vinculaciones con la CIA y destinado a un público internacional y oligárquico, sea el único que publica los cables referidos a la Junta de Coordinación Revolucionaria, cuya existencia está en la base de la justificación que los aparatos represivos latinoamericanos y la CIA esgrimieron para la formación de la Operación Cóndor. En este caso, El Mercurio también incluye, como suele, un editorial que señala explícitamente que si los grupos subversivos se coordinan en el Cono sur, también deberían hacerlo sus persecutores. En lo que respecta a la situación de Argentina, que está viviendo los últimos meses del gobierno de Isabelita Perón, y donde los militares de la Doctrina de Seguridad Nacional van ganando terreno y avanzando hacia el golpe de marzo del 76, El Mercurio concentra su atención en justificar y naturalizar el golpe inminente como algo inevitable, destacando la imagen de ingobernabilidad y el clima de violencia extrema, en que, a través de una estrategia de agregación, reduce a números a las víctimas fatales del aparato represivo estatal y paraestatal, así como a las víctimas de la acción de grupos revolucionarios, además de empaquetar y mezclar todos estas acciones bajo el rótulo de ‘violencia política’, poniendo en segundo plano, las diferencias de móviles y modos de operar de cada grupo.

En cambio, La Segunda, medio destinado a las clases que pueden ser entendidas como la base electoral de Allende, privilegia la publicación de noticias en que los sujetos de la nueva izquierda revolucionaria son víctimas de tortura y asesinato por parte de la triple A y la CNU, organismos del aparato represivo paraestatal argentino, buscando enfatizar la crueldad del castigo sobre sus cuerpos, y a la vez desenfatizar a los agentes de estos crímenes, de modo de poder utilizarlos como ‘propaganda negra’, es decir, culpabilizando a los mismos actores revolucionarios de haberlos cometido, bajo la misma lógica en que se escribieron los textos de la DINA para la Operación Colombo.

El 14 de abril, este medio se permite incluso publicar un cable de Brasil, que contiene la carta de un ex-prisionero político a su familia, donde se detallan las torturas a las que fue sometido. Evidentemente aquí no estamos hablando solo de una estrategia de propaganda de integración. La selección de estos textos y su tratamiento funcionan como actos de amenaza para los sujetos resistentes al régimen.

El rol de La Segunda en el sistema de terror puede ejemplificarse de modo escalofriante en el momento de la publicación de las listas de los 119 en Chile, cuando algunos de los familiares de los detenidos desaparecidos se encontraban reunidos en la sede del Comité Pro paz y uno de ellos llegó con la infame publicación y comenzó la lectura de los nombres en voz alta. Para ese grupo específico que se ubicaba en el entorno de lo que hemos llamado la zona del terror, la publicación de las listas de los 119 habrá tenido la connotación de convertirlos en testigos directos del asesinato de sus seres amados. Para quienes se encontraban situados un poco más lejos, las listas, con su estructura perfecta y ordenada, habrán sido como escuchar amplificado un grito desde el interior de los altos muros de la zona de terror.

Citando a Walter, “Aunque los campos de concentración Nazi eran unidades cerradas, físicamente clausuradas, el terror en ellos, como sus diseñadores sabían, penetró lejos más allá de sus muros” (Walter 1969:11). No desconocemos con ello que el régimen de terror haya tenido la necesidad de dar una respuesta sobre el paradero de los desaparecidos ante la opinión internacional. Es muy posible que la planificación inicial de la Operación Colombo hubiera considerado la visita de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas que estaba programada para el 12 de julio y que terminó siendo suspendida por Pinochet los primeros días de ese mes. Sin embargo, la forma final del montaje, las listas, el número de victimados señalando, tal vez, la fecha 11 de septiembre,(11 9 ) rompen el esquema del tipo de propaganda de integración que desbordaba cotidianamente los medios de prensa chilenos para transformarlos, abiertamente, en medios del sistema de terror, amplificadores de la onda del grito estremecedor, hasta ahora acallado, desde el interior de los muros.

Pero para llegar en un momento a publicar una metáfora de la brutalidad de “Exterminados como ratones” antes se debe haber hecho un trabajo largo de construcción de la identidad social negativa del sujeto así atacado. Sabemos hoy que ese trabajo comenzó mucho antes, tal vez antes incluso que las campañas financiadas por la CIA durante los sesenta y setenta. En nuestro corpus de noticias existe una importante cantidad de recursos evaluativos de juicio en las crónicas nacionales, los que van dibujando un sujeto de marcado signo negativo: peligroso, asesino, siniestro, cobarde, traidor. Por añadidura, este sujeto aparece representado como el padre abandonador, traidor y maltratador de la mujer, que es también una representación simbólica de la patria en el discurso de Pinochet. Así, para nuestro corpus, mientras la realidad de los centros de detención y tortura se oculta, sí se hace pública la detención y muerte de Isidro Arias Matamala, músico de la filarmónica y militante del MIR, asesinado en tortura en Villa Grimaldi, y la detención de Víctor Gilberto Muñoz Urrutia, militante del PS y del Ejército de Liberación Nacional sección chilena, sobreviviente de Villa Grimaldi. A estas dos personas se les imputan hechos que rompen la situación de control durante el período estudiado, por ello son representados como la amenaza latente sobre la que se vuelca el esfuerzo estatal de control. En el relato oficial que los medios reproducen con citación directa o confundiendo sus voces y sus puntos de vista con los de las fuentes policiales, la muerte de Arias y la detención de Muñoz son representadas como enfrentamientos con la policía, ocurriendo el primero, “en la casa de su amante donde había encontrado refugio”, y el segundo, en una boite, donde él mismo atrajo la atención de sus aprehensores disparando a quemarropa sobre su conviviente. Las esposas e hijos abandonados son también representados para la identificación del espectador o más bien, de la espectadora, porque esta estrategia representacional está dirigida específicamente a la mujer, a quien Pinochet representa en su discurso como “una esencia permanente e inalterable” cuya tarea fundamental es educar al futuro de Chile.

Otra estrategia que apunta a evitar la empatía con la víctima del terror y generar la sumisión del espectador a la fuente de violencia tiene que ver con desdibujar el rasgo [+ humano], animalizando o cosificando a los actores de la nueva izquierda revolucionaria. Por una parte, de manera sistemática en nuestro corpus se revisa en cada noticia de su detención la descripción detallada del supuesto armamento con que fueron detenidos, como las tres ametralladoras AKA de Arias, que se cortó la yugular ante la detención inminente para luego morir al enfrentar a sus aprehensores con una Colt (sic), o bien las 71 molotovs que esta Facultad tiene frescas en su memoria. De este modo se sobredimensiona su poder de acción y su peligrosidad, justificando la represión extrema sobre el conjunto de la población. En nuestro corpus, al menos, nunca se representa el armamento de las fuerzas de seguridad.

En este mismo sentido la metáfora ‘elementos’, típica del discurso de la Doctrina de Seguridad Nacional, aparece también de manera sistemática en el discurso de las fuentes de gobierno y de los medios en sus crónicas nacionales, mientras que en los cables internacionales solo aparece cuando hay citación directa de los militares de la Doctrina de Seguridad Nacional. Creemos que la representación ‘elemento’, como en elemento marxista, elemento extremista, elemento subversivo, es parte de una metáfora conceptual mayor, que responde a la interpretación de que El MARXISMO INTERNACIONAL ES UNA MÁQUINA, simplificación de la DSN que también busca el objetivo de deshumanizar.

Así mismo, de la metáfora central a esta doctrina, según la cual LA NACIÓN ES UN ORGANISMO VIVO cuya posibilidad de supervivencia se ve amenazada por el marxista, se desprende la metáfora de que EL MARXISMO ES UNA ENFERMEDAD, que ataca este cuerpo desde dentro -el enemigo interno- justificando el viraje de las fuerzas armadas desde el exterior hacia el interior. Metáforas como ‘el cáncer marxista’ se desprenden de este cruce, así como la de ‘rebrote marxista’ y la justificación de las dictaduras como ‘remedios necesarios’. La potencia de las metáforas en el discurso político y de los medios es que se naturalizan con mayor facilidad que el discurso referencial y que, en la medida en que nos hacen ‘sentir cosas’, permiten una retención mucho mayor en la memoria episódica, de modo que se vuelven “inolvidables” y son mucho más determinantes de nuestras creencias que otro tipo de lenguaje. Así, la metáfora que mayor huella dejó en la memoria colectiva durante la operación Colombo proviene de la metáfora conceptual EL MARXISTA ES UN ANIMAL PELIGROSO. En nuestro corpus esta se actualiza de manera sistemática a través de la representación del proceso de detención de estas personas como ‘cacería’, metáfora que sigue presente hasta hoy en el grupo especial de carabineros especialistas en detención de encapuchados que se autodenomina “cazadores”. Pero sin lugar a dudas, la más emblemática para la Operación Colombo y para esta investigación es la representada en el titular principal de La Segunda “Exterminados como ratones”, que presenta en las páginas interiores la versión “Exterminan como ratas a miristas”. Esta actualización de la metáfora no solo justifica la labor de exterminio a la que se abocan las Fuerzas Armadas bajo la DSN, sino que remite también a la propaganda nazi, en cuyo cine podemos encontrar un esquema de ensamblaje entre textos e imágenes que representa al judío como la rata que lleva consigo la peste, motivo por el que no solo es aceptable aniquilarlas, sino necesario para nuestra supervivencia.

En conclusión, aunque no podamos revisar aquí en detalle las formas en que el discurso de los medios estudiados fue concordante con el discurso de las Fuerzas Armadas en sus elecciones léxicas, sintácticas y retóricas de representar a los sujetos de la Nueva Izquierda Revolucionaria, creemos que los pocos ejemplos que hemos mostrado nos permiten aseverar que estos medios participaron activamente en la justificación de su aniquilamiento y en la propaganda de integración del régimen de facto. Pero lo que nos permite con toda seguridad hablar de una dictadura cívico militar, donde estos medios cumplieron un rol central a través del terrorismo de prensa, tiene relación con aquellas estrategias en que, como en una vitrina del horror, estos medios, en particular La Tercera y La Segunda, del grupo mercurial, funcionan como la plaza pública, vale decir, como la condición de posibilidad de que el acto de terror alcanzara a su objetivo, el espectador.

Así, siguiendo la línea del esquema del sistema de terror de Walter, tendríamos que decir entonces, que, en ausencia de la plaza pública que permita el encuentro directo entre el acto de violencia y su objetivo de control, los medios de comunicación cumplen voluntariamente ese rol, lo que los convierte en parte del personal del terror. Para el caso que nos ocupa, creemos que la división del trabajo de la fuente del terror puede ser entendida distinguiendo: primero, un grupo interno dentro del directorio que corresponde al departamento de Operaciones Psicológicas de la DINA -dividido a su vez en las unidades de Propaganda y Guerra Psicológica, y Prensa y Relaciones Públicas- que mantenía relaciones directas con la Dirección Nacional de Comunicación Social (DINACOS) dependiente de la Secretaría General de Gobierno; y segundo, de un grupo paralelo al de los agentes de violencia, que correspondería a los dueños y editores de los medios, quienes ejecutan la planificación de los anteriores, haciendo llegar hasta el objetivo los estímulos necesarios para generar en él la reacción deseada de control social.

Mientras más se observa el discurso de los medios estudiados, más difícil se hace deslindarlo del discurso del gobierno de facto y de su aparato represivo. De ahí que cobre especial sentido que Pinochet utilizara para describir a El Mercurio una metáfora militar, llamándolo “trinchera contra el totalitarismo”, o que “Alexis”, el alias con que escribía sus columnas Álvaro Puga, muy posiblemente el autor intelectual de la Operación Colombo, refiriera con orgullo como Mario Carneyro, director de La Segunda, cumplió un rol clave en el derrocamiento del gobierno democrático de Salvador Allende.

Referencias
DURÁN, C. 1995. El Mercurio: ideología y propaganda. 1954-1994. Ensayos de interpretación biológica y psicohistórica. Santiago de Chile: Ediciones Chileamérica-Cesoc.
WALTER, E.V. 1969. Terror and Resistance. A study of political violence. New York: Oxford University Press. Descargar

Lunes 24 de abril de 2017

Tesis Constanza Martínez descargar aquí

SOCIALISTAS Y EL COMANDANTE DEL EJERCITO GENERAL CHEYRE EN MADRID 1996: EL ENCUENTRO DE EL ESCORIAL

SOCIALISTAS Y EL COMANDANTE DEL EJERCITO GENERAL CHEYRE

EN MADRID 1996: EL ENCUENTRO DE EL ESCORIAL.

 Elie Valencia

Holanda, 20 de Marzo de 2002

 

 

 

En la primavera española de 1996, se juntaron a dialogar altos dirigentes socialistas, con altos oficiales  del ejercito, y asesores de Pinochet en Madrid.  Este dialogo se realizó dentro del contexto del seminario “Las Fuerzas Armadas y la transición a la democracia: Los casos de España y Chile”. Este seminario fue patrocinado por la fundación española Ortega y Gasset y se realizó en el Hotel Victoria Plaza de El Escorial – en Mayo de 1996. 

Este  singular encuentro fue organizado y coordinado conjuntamente por el entonces embajador chileno  en  España,  el socialista Alvaro Briones, y el ex agregado militar a la embajada de  Madrid,  el General Juan Emilio Cheyre. En este seminario participaron tanto políticos españoles como  chilenos.

Por los socialistas asistieron al seminario el entonces ministro de Obras Publicas  y candidato a la presidencia, Ricardo Lagos,  Camilo Escalona, actual presidente del PS, el senador Jaime Gazmuri y  Enrique  Correa, ex ministro del gobierno de Alwin y experimentado operativo político socialista. La delegación militar incluyó el entonces director de la academia de guerra, Coronel Jaime García, el ex comandante del Regimiento Maipo,  Coronel José Manuel Piuzzi, el Coronel Carlos Molina Jonson y el General Cheyre. También participaron el asesor político  Sergio Rillón y el ex ministro de relaciones exteriores  de la dictadura militar, Hernán Felipe Errázuriz.

Lo discutido en este encuentro entre los políticos socialistas, pinochetistas  y militares no se ha hecho publico. Estos eran los tiempos cuando el  ex dictador estaba preparando el terreno para asumir como político civil (senador vitalicio auto designado), los militares  buscaban mantener sus inmunidades y prerrogativas, y los socialistas buscaban  el espacio político para afirmar a Lagos como candidato a la presidencia. Indudablemente,  este equipo socialista tenia interés en que los militares no se opusieran abiertamente a la candidatura de Lagos, y buscaban generar un cierto nivel de confianza en la cúpula militar.

En agosto de  1997, el embajador socialista Briones escribió en  el diario La Época de Santiago un controversial articulo, que sin duda elucida algunas de las posiciones socialistas que apoyaban el trabajo del encuentro de El Escorial. En su columna  “No vindicar el pasado“, Briones argumenta que en el  proceso de transición  “debe buscarse conscientemente una suerte de amnesia pública“.  En Noviembre de 1997, dentro del contexto de la denuncia de que el agregado de la fuerza aérea  en Madrid, coronel Barrientos, fue un torturador en Magallanes en 1973, los dirigentes socialistas Gazmuri y Escalona que participaron el encuentro de El Escorial  aseguran que la tesis de la “amnesia publica” de Briones esta desvinculada de este caso, y tiene una base más  amplia. Gazmuri indica que no avala este argumento pero que esta tesis “apunta a un tema más general”. Escalona, por su parte, afirma que Briones ” ha trabajado con mayor tenacidad para sostener una relación con el mundo militar que tiene un sentido estratégico: la candidatura de Ricardo Lagos” ( La Tercera 3 noviembre 1997).

Un encuentro de estas características, de políticos socialistas y militares en el extranjero, no deja de llamar la atención y levantar suspicacias. Indudablemente la intención no era socializar, si no crear ciertas garantías y confianzas mínimas para proceder en el futuro. Y no seria sorprendente el saber de que temas como la institucionalidad, la constitución de 1980 y los derecho humanos hayan sido  temas de discusión privadas en este seminario sobre los militares en la transición.

Lamentablemente, los socialistas y la ciudadanía en general no han sido informados de estas conversaciones  entre personeros de las cúpula socialistas y  militares. Sin lugar a dudas, el encuentro de El Escorial y la tesis de la búsqueda de la amnesia publica han jugado un importante  rol  en el establecimiento de la  relación entre los militares y   dirigentes socialistas. En la actual coyuntura política, la relación entre socialistas y los militares esta formalizada a nivel de gobierno. El presidente Lagos  nombró a Cheyre como el nuevo comandante en jefe del Ejercito y a la socialista Michelle Bachelet como nueva ministra de defensa, a quien institucionalmente responden las fuerzas armadas. Los entendimientos que han permitido esta formalización, aparte de la constitución pinochetista de 1980, no están claros, particularmente en el área de los derechos humanos.

Los valores socialistas se beneficiarían de una clara política y practica transparente en las relaciones con las Fuerza Armadas  y las violaciones derecho humanos. Lo socialistas que fuimos victimas de estos crimines de lesa humanidad rechazamos todo esfuerzo que busca un nivel de “amnesia publica ” respecto a estas violaciones. Una mayor  y clara información publica sobre los derechos humanos, la dictadura militar, y  el rol de los militares en la transición fortalecería el desarrollo de la democracia  chilena.

 

 

Elie Valencia

 

 

 

Editor@Dawson2000.com

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Los niños de la guerra.Hijos de soldados portugueses en Africa. 40 años despues

Hijos africanos de portugueses que combatieron en las antiguas colonias buscan el reconocimiento y la ciudadanía

Marana Borges | Lisboa – 02/20/2016 –

http://operamundi.uol.com.br/conteudo/reportagens/43262/filhos+africanos+de+portugueses+que+lutaram+em+ex-colonias+buscam+reconhecimento+e+cidadania.shtml

 

 

Son los niños de la guerra. Tienen los padres, madres portuguesas de África. Los padres eran jóvenes soldados a un servicio de país que la mitad del siglo 20, todavía luchando para preservar las colonias de ultramar; madres, las mujeres pobres en general estaban lavando la ropa de las tropas portuguesas durante la guerra en Guinea-Bissau, Angola y Mozambique.

A veces, el colonizador y el colonizado se enamoraron; otras veces, se les ofrecían servicios sexuales a cambio de dinero o comida. Los niños nacidos de esa situación son muchas. Cientos. Tal vez miles. Nadie les dijo. Hay constancia de que el padre biológico, viviendo estigmatizada en sus países, donde son conocidos como “Tuga permanece.”

Con la intensificación de la violencia y el estallido de la guerra civil en los territorios en que se independizó,las  madres quemaron la poca documentación que podría ser utilizado para rastrear a los padres de sus hijos. Cartas, fotografías, certificados arriba. Tienen miedo de persecución y asesinatos frecuentes contra cualquier sospechoso de haber colaborado con la antigua metrópoli. Los niños, por lo general registradas a nombre de otro padre también mantienen en secreto. Pero si los apellidos podrían ocultar el origen portugués, el color de la piel denunciado.Visto como “blanco” en el país de origen, muchos han pagado un alto precio por ello.

averdade / Flickr CC jinete en la ciudad de Muxungue en Mozambique: país fue uno de los que lucharon por la independencia de Portugal

Uno de ellos es Hedgar Fernando da Silva. conductor del camión, que vive en Guinea-Bissau.Dedicó gran parte de su vida para buscar el paradero de su padre. No logrado. A los 48 años, todavía se siente discriminado, “la mitad de una persona”. “Todo niño tiene derecho a saber quién crea que ,” él dijo por teléfono Opera Mundi . En 2014, fue la Embajada de Portugal en Guinea, que le dijo a ser el padre quien debe reconocer al niño, no el estado. El cónsul, sin embargo, se comprometió a revisar el caso y en contacto con usted. Fernando sigue esperando por una respuesta. Ahora es el jefe de una asociación con 50 de estos niños, y reivindica el derecho a la ciudadanía portuguesa.

Esta batalla depende de la interpretación de la cuestión con carácter privado o del Estado. Paraamerasiáticos , ya que se dio a conocer a los hijos de las mujeres vietnamitas con los soldados estadounidenses nacidos durante la guerra de Vietnam (1955-1975), los Estados Unidos le concedió el estatus de inmigración de Estados Unidos en la década de 1980, después de un intenso debate público. No había ningún requisito para probar la paternidad – eran suficientes rasgos físicos. Alrededor de 26.000 niños emigraron a los Estados Unidos, aunque sólo el 3% de ellos han logrado recuperar sus padres.

Pero en Portugal – que envió a África como un millón de combatientes durante los 13 años de guerra colonial (1961-1974) – el tema sigue siendo tabú. Contactado por  Opera Mundi , el Ministerio de Asuntos Exteriores, responsable de las relaciones exteriores del país, se negó a hacer comentarios, diciendo que la agencia “nunca se ha enfrentado a este problema o situaciones concretas.”

La primera (y única) persona para dar reconocimiento a nivel nacional con el tema era Catarina Gomes, un reportero  Pública , con una serie de informes , uno de los cuales le ganaron este año el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Lo descubrió por casualidad, durante el trabajo de campo para escribir un libro sobre la guerra colonial. Entonces creado un canal en línea para recibir información sobre los padres y los niños . Así encontrado Antonio Bento, que aceptó la invitación para regresar a Angola para cumplir con el hijo que aún queda en el vientre de su pareja de entonces, con quien ella se enamoró después de 23 años.

Barnabe Freixo / Flickr CC tráfico en Bissau, capital de Guinea Bissau, un ex soldados colonia portuguesa dejó hijos

Antonio es un raro caso de un niño en busca del padre. Ella lo buscó toda su vida. La mayoría de los ex combatientes colocan una piedra sobre el tema. Casado, con dos hijas y un residente de una pequeña ciudad de 11.000 habitantes en la región de Alentejo, a 85 km de Lisboa, Antonio hizo su paternidad en un asunto público. Periódico materia de participar fue la única manera de superar los costos de un viaje imposible para alguien que, a los 63 años, está en el paro. El encuentro con el primogénito ahora 40 años de edad sargento, con cuatro hijos, recuerda con voz emocional. “Soy sentimental, llorando de ver el final de la novela, imagino a conocer a mi hijo después de tanto tiempo?”

La razón principal para la mayoría de los padres ocultar el pasado, de acuerdo con Antonio, es el miedo a debilitar el entorno familiar actual, “Muchos de ellos nunca han dicho a sus esposas que tenían un hijo antes.” Dijo, y no fue fácil. Ahora se une a sus pequeños ahorros y de jubilación espera para ver al niño de nuevo. Pero lo hace en voz baja: “Este tema sigue siendo tabú, ser mi propio.”

La paternidad del drama revela otro – el sexismo, el racismo, la desigualdad social y económica.”El ejército era el símbolo del poder colonial: los hombres, blanco, fuerte; ellos mujeres, africano, negro. Muchos no han vuelto a casar o fueron escondidos del entorno social “, dice el periodista Catarina Gomes. Si los “hijos del viento”, como también se les llama, habían tenido madres blancos, ricos, Europeo, seguiría siendo tan difícil de encontrar a sus padres portugueses? Nadie se atreve a contestar.

Em busca do pai tuga

“Pai, está lá! Oh pai, fiquei muito contente de termos oportunidade de falar hoje. Estou vivo e a minha mãe também. Olha, pai, não se sinta mal, é percurso de vida, não há ressentimento. Olha, pai, não tenha receio, fica tranquilo, eu sou homem, estou a trabalhar. Muito obrigada por o ter conhecido, pai. Que Deus o abençoe com a vida que tem aí.”Fernando Mota, 40 anos, não sabe há quantos anos anda às voltas com este diálogo na cabeça, às vezes muda-lhe pequenos detalhes, junta-lhe palavras, tira-lhe outras, esta é a versão mais recente. O diálogo é, na verdade, um monólogo imaginário, nunca passou disso, porque na sua cabeça é como se ele pudesse dizê-lo assim, tal e qual o pensou, sem interrupções, com o tom doce que está a usar agora. Fernando é professor de História e Geografia no Liceu Jorge Ampa, em Bissau.Fernando Mota sonha muito ouvir a voz do pai ao telefone, mas nunca imaginou quais seriam mesmo as palavras que diria se conseguisse descobrir o seu número de telefone lá longe, em Portugal, e ele respondesse do outro lado da linha, como aconteceu com alguns filhos de ex-militares. Prefere agarrar-se a este monólogo perfeito, como se estivesse resignado com a possibilidade de nunca vir a realizar-se além da sua imaginação, pacificado com a ideia de nunca vir a ouvir a voz desse soldado português que esteve na Guiné há 42 anos e que é seu pai.Se Fernando Hedgar da Silva conhecesse Fernando Mota, talvez oachasse demasiado sentimental. Ele imaginou-se mesmo cara a cara com o pai, só que, na cena em causa, o pai estendia-lhe a mão para lhe dar um passou-bem e Fernando espetava-lhe um murro. Houve uma altura em que só sentia raiva pelo pai português, mais ainda quando teve quase a certeza de que não o ia conseguir descobrir. Houve um tempo em que pensava que o pai se chamava furriel. Foi um ex-militar que lhe explicou que “furriel não é nome de pessoa, é posto. “Não tens nome, não tens nada, não te posso ajudar”. Tenho menos de um por cento de hipóteses de o encontrar”. No tempo em que só tinha rancor contra o furriel sem nome, pensou criar uma associação com uma designação que resumia esse sentimento, Associação de Filhos Abandonados pelos Colonialistas Portugueses. Fernando, de 45 anos, camionista, braço tatuado com o seu diminutivo, Dinho, serenou. Hoje, escolheria outro nome para uma associação que continua a sonhar criar com um objectivo: “Quero mostrar aos portugueses que nós existimos, que fomos abandonados, que somos muitos” e, quem sabe, diz a medo, talvez “encontrar o meu pai” e deixar de se sentir “meia-pessoa”.

Num dos mais populares blogues de ex-combatentes da guerra colonial, chamado Luís Graça & Camaradas da Guiné, alguém lembra que, na altura, lhes chamavam “portugueses suaves”, a esses meninos que nasciam junto a quartéis portugueses, sem pai conhecido, mais claros do que os outros e em que se sabia, por norma, quem era o militar que tinha estado com a mãe, sem que isso fosse dito em voz alta e mesmo que o próprio nunca o admitisse.

Em 11 anos de guerra, que na Guiné começou em 1963, até à independência, em 1974, passaram por um país com o tamanho aproximado do Alentejo cerca de 200 mil homens portugueses. À data, a população da Guiné rondava o meio milhão de habitantes, resume Luís Graça, o criador e editor do blogue.

No blogue, José Saúde, um ex-furriel na Guiné, decidiu começar a chamá-los de “filhos do vento”, porque parecia que não eram “filhos de ninguém”, crianças com mãe guineense, que ficou, e sem pai conhecido, que, terminada a comissão, regressava a Portugal. “O assunto é melindroso” entre os ex-combatentes, “tabu”. Mas mesmo assim, um dia ele lançou o desafio no blogue, era preciso falar do tema, que depois tomou a forma de uma pergunta – “Camaradas: quantas crianças mestiças, cuja paternidade era imputada a militares, “tugas” [como eram conhecidos os portugueses], vocês conheceram, nos anos e nos sítios por onde andaram na Guiné? Vamos arranjar material para meia dúzia de posts.” Foi uma trintena de posts, num blogue que é seguido por cerca de 500 pessoas.

Foram poucos os que responderam directamente à pergunta: “Quantos de nós, na solidão da mata, na angústia e incerteza de como e se no dia seguinte estaríamos vivos, não cometeram actos que deram origem a estes casos”, escreveu um ex-militar; um outro limitou-se a citar o Poema da Malta das Naus, de António Gedeão: “Tremi no escuro da selva alambique de suores/ Estendi na areia e na relva/mulheres de todas as cores.” Houve também quem ironizasse “pais de multidões mestiças? Ena pá, o que para aí vai!” No mesmo sentido, houve quem respondesse tão-somente que “são mais as vozes do que as nozes”. Os que responderam, mesmo, à pergunta lembram ter conhecido na sua comissão um, dois “filhos do vento”, no máximo, alguns juntaram aos posts fotos destes meninos clarinhos que destoavam dos outros e que lhes ficaram para sempre na memória.

Dauda era louro e de olhos azuis. O capitão José Neto tirou-lhe uma fotografia a brincar numa poça ao lado de outros meninos da aldeia – parece um anúncio da Benetton, mas a preto e branco, com a claridade de Dauda a contrastar com o escuro dos que brincavam com ele. Dauda era filho de um capitão português da companhia que José Neto tinha ido render. Todos os homens sabiam, só o próprio fingia ignorá-lo, contou no blogue o capitão José Neto, que morreu de cancro em 2007, dizendo ter desenvolvido raiva ao pai omisso. E, por isso, passou a chamar a criança abandonada pelo apelido que devia ser o seu, caso o pai o tivesse perfilhado. Ordenou que todos passassem a chamá-lo Vieira (apelido fictício).

Afeiçoou-se ao menino claro, mais ainda quando um dia lhe salvou a vida. Tinha havido um bombardeamento e ele foi tirá-lo da casa minutos antes de explodir uma granada. Só depois de o marido morrer é que a mulher, Júlia Neto, soube porque é que não se podia tocar naquele estilhaço que estava guardado no móvel do escritório da casa como se fosse um tesouro. Era um bocado da granada que podia ter matado o Vieira se o capitão Neto não o tivesse salvado.

O capitão José Neto nunca mais voltou à Guiné mas, em casa, mulher e filhas sempre ouviram falar daquele “filho adoptivo”. As suas filhas sempre souberam que tinham “um irmão” na Guiné, conta Júlia Neto.

Quando um dia, cerca de 40 anos depois da guerra, o capitão Neto voltou a estabelecer contactos com a Guiné – através de uma organização não-governamental gerida por um guineense de origem portuguesa que quis reconstruir um antigo quartel português, a Acção para o Desenvolvimento -, fez um pedido ao seu presidente, Carlos Silva: “Por favor, descobre-me o Vieira.” Foi o que fez, mas Vieira tinha morrido um mês antes, com menos de 40 anos, e o capitão Neto morreu sem nunca reencontrar o menino claro.

Depois de o marido morrer, Júlia Neto foi à Guiné e fez questão de ir conhecer a mulher de Vieira e as três filhas. Sentiu que, se não tinha podido conhecer o “menino”, tinha pelo menos de conhecer a sua família. O pai de Vieira ainda é vivo, reformou-se há pouco tempo, conta.

Ao tentar reconstituir a história do rapaz, Carlos Silva soube que, na altura, o pai de Dauda foi encostado à parede. Quando a mulher descobriu que ele tinha tido um filho de uma guineense, deu-lhe a escolher, ou ele (o Dauda) ou ela (a mulher). “Ele, claro, optou pela mulher e largou a criança.” E as três meninas, Paula, Fátima e Fatu da Fonseca, nunca souberam nada desse seu avô português, só conhecem Júlia, a mulher de um capitão que volta não volta lhes manda presentes. Dauda, ou Vieira, morreu filho do vento.

Não foi esse o nome por que foram conhecidos toda uma vida na Guiné. Filhos do vento até soaria bem, parece poético. Sem se conhecerem uns aos outros, todos eles foram tratados por “restos de tuga”.

Parecem autênticas histórias de Gata Borralheira. Na história de Óscar Albuquerque, há uma casa, com irmãos, uma mãe e um pai que sabe que um dos filhos, o menos negro, não é seu. O suposto pai, que na verdade é padrasto, sabe que aquele é um filho da sua mulher com outro homem, um branco e, por isso, Óscar acaba por ser o mais mal tratado da casa.

Na Guiné, há uma escala de claros-escuros que pode passar despercebida a quem está de fora, mas que é perceptível a um guineense. O que chamam “um guineense-guineense” é mais escuro, em todos os que são claros, mais ou menos, se percebe que houve mistura com brancos. No seu caso e noutros semelhantes, por terem nascido naquele período, durante a guerra ou logo a seguir, em zonas de quartéis de portugueses, não havia forma de esconder que eram “filhos de tuga”, como também eram conhecidos. Mesmo que o quisessem, não haveria como: “Não há maneira de esconder a pele, a claridade não engana”, diz José Carlos Martins, de 48 anos.

Era essa a primeira pista. Desde crianças que olhavam para a sua cor e se confrontavam com a sua origem. Hoje já são adultos, andam na casa dos 40, 50 anos, mas quando contam as suas histórias é como se voltassem a ser meninos e choram, choram muito, como faziam quando em casa sentiam que eram diferentes.

Em casa de Fátima Cruz, o ser diferente vinha à baila de cada vez que a mãe pedia às filhas para fazerem tarefas: buscar água, lenha – “então, e a branca, não vai?”, acabava por dizer uma das irmãs. Foi maltratada pelo padrasto e pela mãe, que sente que a culpava. Ela era o fardo levado para uma nova união com um guineense, que em Fátima tinha um lembrete demasiado evidente para si, e para os outros, de que a sua mãe tinha estado com um branco, no seu caso, que até tinha vivido com ele dois anos.

Sanu Mané tinha 15 anos quando começou a ser lavadeira de um militar português de quem engravidou

“Se falar com a minha mãe, ela vai dizer que nunca me tratou de forma diferente.” É verdade. Sanu Mané tinha 15 anos quando começou a ser lavadeira do pai de Fátima – hoje é vendedora e presidente de uma associação comunitária contra a violência de género – e diz que nunca tratou a filha pior do que as irmãs, apesar de ter sofrido tanto com aquela gravidez, apesar de ter passado muito por causa daquela “filha branca”. Na sua família, mal se soube que ela estava grávida do alferes português, tentaram que abortasse. Em casa, davam-lhe todos os dias um remédio feito de raízes dentro de uma panela. Ela fingia engoli-lo, mas conseguia deitá-lo fora às escondidas. A gravidez começou a ser visível e estava ela de poucos meses quando o tio materno começou a chicoteá-la na barriga, para que “o bebé do branco” não nascesse.

Fátima Cruz ouviu estas histórias todas, estas e a de que ainda foi o pai quem lhe escolheu o nome, que era o da mãe dele, Fátima. E que ele queria ficar com a mãe, mas a família não quis que a filha ficasse com um branco, e que depois de voltar a Portugal até lhe mandava encomendas com leite, roupa, jóias, mas que o tio materno as recebia e tratava de queimar tudo, contaria bastante mais tarde o homem dos correios que fazia as entregas.

Fátima Cruz tem 36 anos, está bem na vida, tem três filhos, vende roupa, e ainda hoje pensa que só aquele homem dos correios a poderia reunir ao seu pai. Ao menos se o homem dos correios não tivesse morrido, talvez ainda fosse possível recuperar a morada, saber-lhe o paradeiro, encontrá-lo. Se o homem dos correios não tivesse morrido…

Nas histórias destes filhos, há quase sempre pessoas que desapareceram, externas à família, e que só elas teriam podido ajudá-los. Porque à pessoa que mais sabia não se podia perguntar.

“Não se faz uma pergunta dessas a uma mãe. É um segredo das mães”, e Óscar Albuquerque nem agora, com 40 anos, chega a formulá-la, assim, com todas as letras. Mas seria algo como: “Mãe, afinal quem é o meu pai?” O mais longe que ousou foi contornar a questão, delicadamente: “Mãe, pode um homem ter dois pais?” Não teve resposta.

Teve de ser uma vizinha que, uma vez, o chamou da rua, estava ele a jogar à bola, teria uns 11 anos. “Anda cá, anda cá.” Dentro da casa da senhora, resguardados dos olhares, ouviu o que sempre tinha desconfiado, mas era demasiado pequeno para perceber: “Aquele senhor não é teu pai, tu és filho de um tropa português. Aqui na aldeia toda a gente conhecia o teu pai.”

Como muitos filhos de portugueses, quando a mãe engravidou, a família tratou de a casar à pressa com alguém escolhido por si. Mas quando a criança nasceu, percebia-se que não era igual aos outros. Quando já era adulto, a mãe contou-lhe um dia – “só para me magoar”, recorda agora – que mal o pai do seu padrasto viu o bebé Óscar, disse ao filho: “Este não é teu filho, é filho de um branco.”

Ana Sanconha, vendedora, de 40 anos, lembra-se bem do sítio onde a mãe lhe contou. Iam as duas a percorrer a estrada de terra batida vermelha marginada por cajueiros que liga Iemberém a Cacine, no Sul da Guiné, a mesma que agora percorreu a pé durante cinco horas para nos vir contar a sua história. “Foi aqui, foi aqui mesmo”, sentaram-se as duas e aí ela perguntou-lhe: “Mamã, diz-me lá quem era o meu pai. Chorou, chorou e depois contou. Chamava-se António da Silva.” Tinha 25 anos quando soube.

A mãe de Califa Tcham só contou porque sabia que não tardava iria morrer. Foi quando ela estava já muito doente que soube, ou melhor, que confirmou que o pai era português, porque as más-línguas da aldeia sempre a tinham chamado “filha do capitão”. Com a mãe, não ficou a saber mais, “morreu, não terminou de explicar”. Foi assim que aos 29 anos, morta a mãe com o seu segredo, se pôs a fazer perguntas aos ex-militares guineenses que lutaram com o pai. O mais que conseguiu foi juntar o apelido ao posto, Califa Tcham era afinal filha de um “capitão Trindade”.

Perguntar às mães sobre as suas origens significa voltar a um passado traumático que se quer esquecido, a envolvimentos clandestinos que envergonham. Às vezes fora do casamento, quando os maridos estavam ausentesa lutar no mato, outras vezes a relações de quando ainda eram meninas.

Maria Geralda Cassamá, 66 anos, hoje professora primária em Quinhamel, perto de Bissau, só conta como tudo aconteceu porque o filho, Erasmo da Fonseca, engenheiro mecânico, lhe pediu muito. “Não há vergonha, tens de contar tudo. Não há lágrimas, a culpa não é tua.”

Geralda Cassamá, com o seu filho Erasmo Fonseca, conta que era virgem e que o militar esteve com ela uma única vez

Como é que se conta a um filho que se perdeu a virgindade com aquela primeira relação? Que o furriel português, que conheceu em casa de familiares seus, foi atrás dela até Bissau, onde estudava, e um dia a convidou a ir conhecer por dentro o edifício da Cruz Vermelha? E afinal a levou para um quarto, fechou a porta à chave e insistiu muito, muito e ela acabou por aceitar? Tinha 18 anos. “Eu era virgem, fiquei como um cadáver na cama, ele foi tomar banho e foi-se embora.” Só voltaram a ver-se mais uma vez, quando ela lhe disse. “Aquela brincadeirazinha pôs-te grávida?”, “O que eu sei é que estou grávida”, “Tens de abortar, eu não quero deixar um filho na Guiné, vejo como estão os filhos de tropas.”

“Tinha medo, ouvi dizer que se morria no aborto.” O pai dela ficou furioso quando soube, mas não se foi queixar ao quartel do militar português que lhe tinha engravidado a filha. “Havia medo de falar, era o tempo colonial.” E Erasmo nasceu.

Se as mães não tivessem mantido segredo tanto tempo sobre a identidade dos pais, se depois da independência da Guiné ser filho de português não se tivesse tornado um perigo e as mães não tivessem tido de queimar todos os documentos e fotos que os associavam àqueles pais e a Portugal, se algumas mães não tivessem morrido prematuramente, se ao menos elas soubessem ler e escrever e tivessem apontado o nome e morada dos pais… Se…

 
O segredo das mães e a discriminação na infância. Há quem chame Filhos do Vento a estes filhos de ex-combatentes portugueses com mães guineenses que tiveram as suas vidas marcadas pelo preconceito. Em criança, chegavam a ser chamados “restos de tuga”.Leia a reportagem completa “Em busca do pai tuga” na Revista 2Página Especial “Filhos do Vento”

O envio de informações que julgue relevantes para a busca destes filhos de ex-militares portugueses deverá ser feito para o email filhosdovento@publico.pt

Reportagem financiada no âmbito do projecto Público Mais

CATARINA GOMES, RICARDO REZENDE

As identidades dos pais estão, muitas vezes, soterradas debaixo destas camadas de impossibilidades encadeadas umas nas outras e que resultam de um país onde a esperança média de vida se fica pelos 49 anos e leva cedo as memórias dos mais velhos que não chegam a sê-lo (só 5% da população tem mais de 60 anos), a que se soma a turbulência da própria história da Guiné.

Depois da independência, em 1974, a vida tornou-se difícil para todos os que estivessem de alguma forma associados aos ocupantes. Desde logo para os milhares de guineenses que tinham lutado com os portugueses e foram deixados para trás. Sabe-se que muitos ex-militares guineenses foram fuzilados por terem ajudado “o inimigo”. Foi duro para as mulheres que tinham tido relações com portugueses, “as mulheres de tuga”, mais ainda para as que tinham filhos como prova. E, no fim da linha, foi difícil para os filhos que tinham nascido de portugueses.

No período pós-independência, foram destruídos todos os documentos, fotos, registos relacionados com os pais e que, passada a tempestade, os podiam ajudar a encontrá-los.

No caso de Fátima Cruz, consta que o pai até a tinha registado como filha, mas a mãe teve de destruir esse e outros papéis, temia pela sua vida. Foram-se embora as fotos dos rostos de homens jovens fardados que andavam lá por casa. Rasgados, queimados, havia que esconder quaisquer ligações “aos colonialistas”.

Carlos Alberto Silva ainda se lembra de ter seis anos e passar que tempos a olhar para a única foto de um jovem militar que havia em casa, a procurar semelhanças, a pensar “é igual a mim”. Depois da independência, “a minha mãe rasgou-a e pôs na fossa”. Em adulto, teve a sorte de reencontrar uma cópia dessa foto em casa de um conhecido, copiou-a, ampliou-a e tem-na num álbum de família, como se o pai desconhecido fizesse parte dela.

Na família dos irmãos José Maria e Elva Maria Indequi, além de se destruírem fotos do pai, a mãe tratou de os mandar para longe, com medo que os fuzilassem. Ele e a irmã cresceram apartados da mãe. “Nós fomos escondidos, a minha mãe ficou só com o filho negro.”

 

Todos eles relembram o período da independência como o mais complicado das suas vidas. Óscar ainda fica com os olhos tremeluzentes de lágrimas, quando repete os versos em crioulo que era obrigado a entoar na escola: um hino do Partido Africano da Independência da Guiné e Cabo Verde (PAIGC) que falava da heróica expulsão dos portugueses –Grilla na terra, tugazinho na nuven” (“guerrilha na terra, tugazinho nas nuvens”, ou seja, lá longe). “Eu chorava, era o único na turma que chorava” – porque estavam a falar do pai que ele não conhecia, mas que ainda assim era o seu pai.

Nataniel Silva Évora ouvia o mesmo hino à saída de casa, cantado pelos colegas, às vezes acompanhado de pedradas – “quando rapo o cabelo notam-se as cicatrizes” – ou de sacos de cascas de amendoim que eram atirados para cima dele. A mãe biológica não teve condições financeiras para ficar com ele e a mãe adoptiva que o criou era paciente, limpava-lhe o sangue das pedradas, punha desinfectante e dizia-lhe: “Não digas nada, corre.” Na altura, ouviram todos variações da frase: “Já corremos com os vossos pais, o que é que vocês ficaram cá a fazer? Vão para a vossa terra.”

Óscar Albuquerque escreveu sete cartas ao pai português. Nunca teve resposta

Mesmo sem retratos, todos eles imaginaram e continuam a imaginar como serão os pais fisicamente, mas o que têm como matéria-prima para imaginação é muitas vezes só os seus próprios rostos, os seus cabelos, os seus corpos.

“Deve ter a minha altura, olhos castanhos, o cabelo preto, como o meu”, diz Fátima Cruz. “Os ex-colegas [guineenses] do meu pai disseram-me que sou a cara chapada.” “Sabes o que é uma máquina fotocopiadora, Óscar? Tu és tal e qual o teu pai”, disse-lhe um ex-colega do pai. E e ele ficou feliz quando ouviu isso. A Fátima Mané, a mãe dizia: “Ele era bonito”, e aponta para a sua cara: “Como eu.” Fernando Hedgar da Silva lembra-se de se olhar ao espelho e tentar não chorar.

Além de traços físicos, procuram em si características da personalidade dos pais desconhecidos. Coleccionam pequenos detalhes aos quais dão um significado exagerado, “eu sou desportista, ele era desportista”, diz José Carlos Martins, com um dos bíceps tatuado com o escorpião que era símbolo da companhia do pai. Quando há algo que consideram uma qualidade, estabelecem ligações: Nataniel é paciente, “deve ser por causa do meu pai”.

Isidro Teixeira, jornalista da televisão nacional, descobriu um dia porque é que, assim sem mais, sentiu vontade de entrar numa escola de música e se saiu bem com as oito canções que compôs. Uma delas foi um sucesso do Carnaval de há 15 anos. Ele sempre ouviu dizer que o pai era “cabo corneteiro”, mas depois, há uns anos, chegou-lhe às mãos uma foto do pai no tempo da guerra a tocar guitarra portuguesa. “Quando vi essa foto… O talento nasce da pessoa. Então gosto da música por causa do meu pai, ele sopro e cordas, eu canto.”

Mas 40 a 50 anos depois da guerra, muitos destes filhos chegam à idade adulta com quase nada ou muito pouco para somar à imaginação.Para a maioria, a busca começa já demasiado tarde. Em adultos, ganham autonomia e saem da casa, e nessa altura já rareiam as pistas para encontrar a outra metade das suas histórias.

Esta busca pelo pai “tuga” depende do que têm como ponto de partida, mas também dos recursos de que cada um dispõe. Os que têm mais estudos são normalmente quem chega mais longe. Ter algum dinheiro e tempo também é importante. E os homens desenvencilham-se mais do que as mulheres.

Maria Djasse, a mais velha de três irmãs, cada uma filha do seu pai português, chegou aos 45 anos com duas palavras, “cabo” e “rancho”. Um ex-militar guineense explicou-lhe que “rancho” era como se dizia “comida” entre os militares e pensa que talvez o pai fosse um cabo que trabalhava na cozinha do quartel. Soma a essa informação a subtracção que todos fazem à sua idade para encontrar o tempo em que os pais lá estiveram. Maria tem 45 anos, acha ela porque nunca foi registada e não tem bilhete de identidade (de uma população de 1,6 milhões, só 150 mil o tem), o que significa que terá nascido em 1968. Subtrai-se os nove meses da sua gestação e mais os dois anos da comissão e, além de saber que talvez o pai tenha sido um cabo que trabalhava na cozinha, terá estado na Guiné por volta de 1966-67. É tudo.

Mariama Camará sabe mais, mas apenas que o apelido do pai era Amaral. Viajou duas horas com o filho de um ano e meio ensanduichado entre ela e o marido na motorizada para nos transmitir isso, que o pai dela chama-se Amaral e que gostava de o conhecer, talvez a possamos ajudar. Alguns não estão certos da grafia. Zita Morato não sabe se o apelido do pai é Parque ou Parco, são essas as duas versões de apelidos que tem escritas num papel, e são também as poucas palavras que diz em português e não em crioulo. Os irmãos Indequi têm três versões de nomes, “é uma história muito confusa, escura, nem mesmo com um holofote se consegue iluminar”, diz José Maria: o pai dos dois ou se chama Roberto Silva ou Cabo Vicente, ou José Carlos dos Santos.

Quem como José Maria e Elva tem mais dúvidas do que certezas pede que lhes divulguemos a única certeza que têm, os nome das mães; que se os pais forem vivos hão de ler-lhes o nome no jornal, lembrar-se que um dia estiveram com elas. A mãe de Fernando Hedgar Silva é Sabadozinha Mendes, a de Nataniel é Elizabete Pereira Évora, a das três irmãs é Fatuma Sale Djasse, a das gémeas Higina e Teresa é Domingas da Silva.

O pai das gémeas Higina e Teresa Silva estava no quartel de Bula

Mas talvez nem se lembrem já como se chamavam aquelas mulheres africanas com nomes estranhos. Por isso, estes filhos ajudam juntando os nomes pelos quais os pais conheciam as mães: a de Zita Morato era Naná, o pai de Óscar tratava a mãe por Esparguete porque era magrinha.

Como querem fazer os pais recuar ao seu passado na Guiné, têm a preocupação de lembrar sempre os nomes que as povoações guineenses tinham no tempo dos portugueses. Higina Silva, que assume o papel de porta-voz da irmã gémea que não fala português, Teresa, estava aflita. Tinha medo que escrevêssemos que o pai estava colocado no quartel de Bula, é que se o pai ler talvez não saiba que, quando ele lá estava, Bula chamava-se Nuno Tristão, o navegador português que descobriu a Guiné.

Têm esperança de que com todos estes dados os pais lhes leiam a história e saibam, ou se lembrem, que têm filhos na Guiné.

Há quem tenha conseguido ir um pouco mais longe na busca. São os que desdobram com desvelo papelinhos que trazem muito bem arrumados na carteira com os dados que conseguiram amealhar, como se fosse preciso estarem registados, como se não soubessem de cor os nomes e os números ali manuscritos. São dados que resultaram de muita persistência, colhidos clandestinamente junto de ex-militares guineenses que foram amigos de portugueses, à socapa para não amofinar a família, que vê a busca como uma traição à família guineense, ao padrasto que, bem ou mal, os criou. Estes são os filhos que conseguiram saber o número do batalhão a que pertencia o pai (cada um tinha 600 homens), o número da companhia (cada uma tinha cerca de 150). Há até quem tenha conseguido o número mecanográfico, com que era identificado individualmente cada militar.

Mas os dados que eles repetem estão como assentes num vazio, num contexto que desapareceu. O que adianta a Florinda Barros saber que o pai, há 44 anos, pertencia à companhia nº 799? Ou a Fernando Mota que a companhia do pai se chamava Lenços Verdes? E a Fátima Mané que era o Dragão Negro? De que adianta a Zita Morato saber que há 40 anos o pai tinha a alcunha de Chinês, porque gostava muito de macacos e andava sempre com um ao ombro? Ou que o seu melhor amigo era o Zezinho? E depois? O que fazer com estes dados?

Na família de Fátima Cruz ela era tratada como “a branca”

Os mais despachados e os que vivem ou têm dinheiro para se deslocar a Bissau já foram à embaixada de Portugal. A Fátima Cruz disseram para tirar uma senha. “De nada serve, eles não nos ajudam.” A Fernando Mota disseram “não tratamos de tais assuntos”. Desistiram quase todos. Da embaixada respondem que, no último ano, o Gabinete do Adido de Defesa registou três casos de pessoas que fizeram perguntas. “Na maioria das vezes, ficam pelos pedidos de informação, pois já não dispõem de documentação ou outro tipo de comprovativo (como por exemplo fotografias) para basear a abertura de um processo. Apenas memória, vaga, de conversas em família.”

Outros foram bater à porta da Cruz Vermelha, também em Bissau. Valério Candete, responsável pelo restabelecimento de laços familiares, diz que, desde 2010, recebeu 13 pedidos de informações sobre pais portugueses do tempo da guerra, mas, mais uma vez, o ponto de partida é incerto.

Aos que insistiram, disseram-lhes para escrever para um sítio em Lisboa chamado Arquivo Geral do Exército. Mas e a morada? Conseguir a morada é outro obstáculo que só os mais desenvoltos conseguem superar, como Óscar Albuquerque, que entretanto se converteu ao catolicismo e recorreu à ajuda de freiras amigas. Na volta do correio, recebeu: “Informa-se que com os dados fornecidos não é possível localizar o processo do ex-furriel miliciano e este Arquivo não pode fornecer informações respeitantes a terceiros sem autorização superior. Se assim o desejar, deverá requerer ao Exmo. Senhor Chefe do Estado-Maior do Exército.” Foi o que fez. “Sua Excelência, desde 1990, escrevi cinco cartas, até então não recebi nenhuma resposta.” “Sua excelência” nunca respondeu.

Até que, esgotada a via da embaixada e da Cruz Vermelha, surgiu nos idos de 1990 uma boa nova trazida por imigrantes guineenses que viviam em Portugal e voltavam de férias. Chamava-se Ponto de Encontro, na televisão portuguesa SIC. Contavam-lhes que, num programa, tinham unido um pai e um filho. Parecia um sonho. Nataniel Silva Évora ainda se encheu de esperança mas não conseguiu a morada da SIC. Estalou entretanto a guerra civil de 1998 e ele esteve refugiado no Senegal. Óscar conseguiu que um amigo seu “que percebe de computadores” fosse à Internet – quando diz “ir à Internet” é como se falasse de um sítio inacessível e algo misterioso, muito poucos têm email – e obtivesse a morada. Escreveu para lá, apelou ao sentimento, “tenho medo que a morte leve um de nós, antes do primeiro encontro entre pai e filho que nunca se abraçaram”. Nunca teve resposta. “É uma coisa boa esse Ponto de Encontro”, diz Isidro Teixeira, ficando triste quando lhe dizemos que já não existe, desde 2002.

A mãe de Nataniel Silva Évora não teve condições financeiras para o criar

Mas nesta busca de uma vida há quem tenha chegado mais longe. Isidro Teixeira é dos que teve recursos para procurar. Descobriu o paradeiro do pai próximo de uma cidade que dizem que “é pequena e linda”, Viseu, e até iniciou, em 1994, uma Acção de Reconhecimento de Paternidade no Tribunal Judicial de Bissau. Mas, quatro anos depois, foi informado que o pai tinha morrido e acabou por desistir: “Achei que já não fazia sentido.”

Isidro é contido mas, quando fala do pai, é como se estivesse dividido entre a emoção e a razão. “O meu sonho era falar com ele, foi pouco homem, um homem tem de assumir as suas responsabilidades.” Para depois usar o jargão jurídico que é o do seu meio profissional – além de jornalista, Isidro é auxiliar na Conservatória de Registo Civil de Bissau -, “não se pode julgar alguém sem ser ouvido, ele tentou levar-me para Portugal”. Houve casos como o de Isidro, em que os pais até os tentaram levar para Portugal mas as famílias escondiam os bebés com medo que nunca mais voltassem a África.

Para alguns filhos que querem encontrar os seus pais portugueses, admite que a motivação possa ser material. Querem ajuda, a vida está difícil na Guiné. Mas o que ele quer é o mesmo que a maioria, não ter um espaço em branco no bilhete de identidade a seguir aos dois pontos de pai, “é uma vergonha carregar o apelido da mãe”. E, depois, “ter a nacionalidade portuguesa. Não quero mais nada. Tenho sangue português”. Se fosse português, não tinha passado o que passou.

Isidro esteve um dia em Portugal. Ou melhor, esteve um dia no aeroporto de Lisboa, porque o Serviço de Estrangeiros e Fronteiras não o deixou sair. “Tinham medo que eu ficasse, eu expliquei: “Eu sou jornalista, apresentador de televisão, auxiliar de conservador, acha que eu quero cá ficar a varrer o chão?” Não me quiseram ouvir.” Ele só queria ir a Viseu, visitar o sítio de onde veio o pai, talvez conhecer alguns familiares que por lá vivessem.

José Carlos Martins descobriu o pai vivo. Tem escrito num papel a sua morada em Vila Real de Santo António (Algarve), para onde enviou uma carta, sem resposta. Com a ajuda de um amigo influente, conseguiu estar com ele num chat. Chegou a ver-lhe a foto do perfil no Facebook, um rosto velho que desapareceu mal ele lhe disse “daqui fala Zé Carlos, sou o teu filho da Guiné”. Guarda uma imagem com pouca definição desse encontro, é a ampliação em tamanho A4 da foto tipo passe que por minutos esteve no ecrã de um computador.

José Carlos Martins trabalha na Conservatória de Registo Civil em Bissau

Óscar Albuquerque também escreveu ao pai, sete cartas, para uma morada na freguesia dos Anjos, em Lisboa. Na primeira, de 2005, começava com “meu queridinho pai” e acabava pedindo-lhe “uma fotografia sua para poder imaginá-lo. Em caso de querer contactar, faça-o pelo telefone”, e deixava-lhe o seu número de telemóvel. O pai nunca escreveu nem ligou. Um dia encheu-se de coragem, admite que precisou para tal de engolir meio litro de vinho tinto Malaquias ao mesmo tempo que pensava “tenho de ligar a este senhor”. “Boa noite, sou da Guiné-Bissau, está a falar com seu filho, Óscar.” “Não leve a mal, não sei de nada, amigo.” Algum tempo mais tarde, tentou segunda vez: “Sou Óscar de novo”, “Não sei de nada do que me está a dizer”, “Então me desculpe”. “Parei de ligar.” Já lá vão dez anos. Bem sabe que as palavras que ouviu foram curtas e grossas, mas marcaram-no, “nunca pensei ouvir a voz do meu pai, uma voz rouca. Fiquei emocionado”.

Erasmo Fonseca também escreveu, para um 1.º esquerdo de São João do Estoril. Junto com a missiva mandou fotografias. Podia ser que o pai se enternecesse, “junto a esta carta vai as fotografias de mim e dos seu netinhos”, Jennifer, Vítor, Ivanilda, Jaquelina. “Por hoje é tudo, um abraço forte do teu filho que sempre deseja conhecer-lhe.”

Erasmo pacientou, pacientou, até que um dia ligou-lhe, disse-lhe primeiro que era um colega da tropa, para não o assustar, depois falou-lhe da mãe, “ele soube perfeitamente de quem é que eu estava a falar”. A conversa azedou quando lhe disse que quem estava a ligar-lhe era “o filho que deixou na barriga”. O pai respondeu que só com um teste de ADN acreditava nele. “Eu ia lá fazer o teste, se eu o fizesse, ele ia ficar envergonhado”, diz, para depois terminar com um sorriso triste, “mas quem vai-me levar a Portugal?” Só os filhos que têm mais estudos ouviram falar do tal ADN, mas a possibilidade de fazer um destes testes surge quase como uma cena de ficção científica – não existem na Guiné, onde ainda se morre de “doença” e de “febre” (é essa resposta que muitos dão quando se pergunta o motivo da morte de alguém).

Carlos Alberto Silva esteve próximo do pai. Emigrado em Portugal 12 anos – foi encarregado de obras -, andava nas ruas de Lisboa a reparar nos rostos dos homens com a idade que o pai teria hoje, tentando reconhecê-lo apenas com aquela fotografia que sobreviveu dele em jovem. Até que um dia, no sítio que é como se fosse a Guiné em Portugal – o Rossio, em Lisboa, é todos os domingos local de reunião da comunidade -, teve uma esperança. Um ex-colega dele da guerra disse-lhe que o ia apresentar ao pai, “passa cá no domingo, às cinco”. “Nunca apareceu”, imagina que mudou de ideias.

Quando ouve falar de filhos que só querem conhecer os pais para ter a nacionalidade portuguesa, fica triste. “A nacionalidade já eu tenho, vivi 12 anos em Portugal, eu só queria conhecê-lo.”

Nenedjo Djaló parece que viveu o sonho. Numa das mesas da sua sala de estar tem uma enorme fotografia emoldurada a amarelo fluorescente, a mais berrante de todas. Está ali como prova de que ela tem pai, que ele não a abandonou – como ouviu toda uma vida -, que ele a reconheceu. Estão de braço dado em frente ao restaurante Cavalo Lusitano, onde almoçaram os dois quando ela foi passar férias com ele a Portugal. Um álbum verde cheio de fotografias fora do lugar atesta a felicidade desses 45 dias.

Nenedjo foi encontrada por acaso por ex-combatentes portugueses em visita de nostalgia à Guiné que, deu-se a coincidência, conheciam o pai. A primeira vez que Nenedjo e o pai falaram ao telefone choraram e ele deu-lhe a escolher: “Queres vir cá ou vou eu aí?” Ela não teve dúvidas, aquela era a oportunidade de se vingar das humilhações, “preciso que você venha cá, as pessoas que me discriminaram, quero que elas o vejam”.

Sabia que o pai só ia ficar uma semana na Guiné, por isso Nenedjo preparou-lhe um livrinho com argolas a condensar os 33 anos de vida que passaram um sem o outro. “Falámos muito. Só nos separávamos para dormir, ficávamos a falar no hotel até às 4h00. E não era mais tempo porque tinha uma bebé pequena e estava a amamentar.” O pai encontrou-se com a mãe de Nenedjo, triste por só ter sabido da existência da filha “já grande”: “Porque é que não me disseste que estavas grávida?”

Já lá vão seis anos desde essa cena da chegada do pai que pôs toda a gente no aeroporto de Bissau a chorar. Parece longínquo. Desde o reencontro que pede ao pai que a reconheça oficialmente como filha. Nenedjo queria que o nome do pai estivesse nos seus documentos, queria ter o apelido dele, queria ter a nacionalidade portuguesa, “eu sou luso-guineense”. Ressalva que não quer ir para Portugal, que tem marido e filhos na Guiné, mas que assim podia ir lá quando quisesse, de férias. Ele sempre lhe disse que ia ver, que era delicado. Ela dá-lhe um toque, ele liga-lhe de volta, falam quase todas as semanas pelo telefone. O pai não tornou à Guiné, Nenedjo nunca mais voltou a Portugal.

O pai de Nenedjo, que prefere não ser identificado, diz que o grande problema foi contar à mulher, que no início ficou em estado de choque mas depois acabou por a acolher bem. Bem sabe que Nenedjo quer ser reconhecida, além do tratamento por filha e da ajuda que lhe manda todos os meses. Mas “é complicado”. Por enquanto, “ela tem de ter paciência”. E diz que “podem levantar-se problemas legais”. Todos os pais que se resguardam é isso que temem, nota, “não querem ter problemas em casa. Entrar uma pessoa estranha na família não é simples”.

O ex-combatente de 71 anos diz que foi “uma notícia chocante” a de saber que deixou uma filha na Guiné. “São situações que surgem onde há homens sem mulheres. Eu não sou nenhum santo e cometi as minhas asneiras”, são filhos que nascem de “relações ocasionais”. “Aconteceu em todo o lado, em Moçambique, em Angola”. Ele também combateu em Moçambique, “de lá não me apareceu ninguém”. A mãe de Nenedjo era a sua lavadeira.

Cada militar tinha uma, a mulher que ia todas as semanas ao quartel para lhes buscar a roupa suja e a devolver lavada. “Todos os que cá passaram sabem que as lavadeiras faziam mais do que lavar a roupa”, refere Carlos Silva, presidente da ONG Acção para o Desenvolvimento, em Bissau, que se empenhou na reconstrução do quartel português de Guiledje. Quando não eram as próprias, serviam de elo de ligação para serem apresentadas a outras mulheres na comunidade.

Luís Graça, criador de um dos mais populares blogues de ex-combatentes da guerra colonial, diz que é importante lembrar o contexto em que se vivia, que estes homens – hoje na casa dos 60, 70 anos – tinham 20 e poucos anos e para muitos a tropa tinha sido a forma de saírem pela primeira vez das suas aldeias. Eram rapazes com fraca escolaridade, “muitos solteiros e que nunca tinham estado com uma mulher”. Vinham de um país conservador, com moral católica, que tinha feito com que, em 1963, Salazar tivesse acabado com as casas de passe, recorda. Prostituição organizada quase só em Bissau, no interior não havia. Eram homens que nunca tinham visto mulheres, assim, de peito à mostra, como era hábito na Guiné de então entre as raparigas não casadas. “Algumas fotos desse tempo são indicadoras disso, era exótico, há algum erotismo.” “Era tempo de guerra, o medo da morte, a necessidade de estar com uma mulher…”

Quarenta ou quase cinquenta anos depois de terem nascido, eles ainda continuam a sonhar encontrar o pai. São muitas histórias e raros os encontros com final feliz. Mas alguns filhos já conseguiram ouvir a voz dos pais, como nos mostram os enviados especiais do PÚBLICO à Guiné-Bissau,Catarina Gomes, Manuel Roberto e Ricardo Rezende.Leia a reportagem completa “Em busca do pai tuga” na Revista 2Página Especial “Filhos do Vento”

O envio de informações que julgue relevantes para a busca destes filhos de ex-militares portugueses deverá ser feito para o email filhosdovento@publico.pt

Reportagem financiada no âmbito do projecto Público Mais

CATARINA GOMES, RICARDO REZENDE

Ponha-se de parte a tentação de imaginar títulos românticos como “amor em tempos de guerra”. “Por barreiras culturais, religiosas e linguísticas, era difícil falar-se de amor, havia simpatias, atracção física”, diz Luís Graça. Histórias de amor como a da guineense Romana Lopes e do ex-militar português Manuel dos Santos, que tiveram quatro filhos e vivem até hoje em Quinhamel, perto de Bissau, são a excepção. As de coabitação às vezes durante todo o período da comissão são algumas, às vezes até envolvendo “casamentos tradicionais”. Mas o que prevalecia “eram relações fortuitas e ocasionais”, nota Luís Graça. O que estava em causa era “muitas vezes favores sexuais em troca de géneros alimentares, açúcar, sabão, óleo, azeite”, completa Carlos Silva, “eram situações de extrema pobreza”.

Juntava-se a isso um tempo em que até já existiam preservativos mas “eram um luxo e não se usavam” – o máximo que os serviços de saúde militares distribuíam aos homens eram “pomadas antivenéreas”, recorda Luís Graça, que é também professor universitário na Escola Nacional de Saúde Pública da Universidade Nova de Lisboa.

Fica por responder a pergunta de quantos “filhos do vento” deixaram na Guiné estes cerca de 200 mil homens que por lá passaram. Não há números, o que se segue são somas de impressões: Isidro Teixeira diz que muitos não assumem, “tentam esconder o verdadeiro eu”, mas na Conservatória de Registo Civil de Bissau ele recebe os pedidos de nacionalidade com base na paternidade portuguesa, diz que entre Portugal e a Guiné existirão uns 500. Fernando Hedgar da Silva ri-se da estimativa. É camionista, percorre o país, cada vez que chega a um sítio dizem-lhe “tugazinho, tens cá “irmãos”” e ele manda-os chamar, anota-lhes a história: “Isso que a senhora está a fazer já eu faço há muito tempo. Somos milhares.” A primeira vez que o engenheiro Cherno Baldé viu brancos, em 1965, eram soldados portugueses, tinha ele cinco anos. Na sua aldeia de menos de mil habitantes, chegaram a estar colocados 200 militares portugueses; a guerra terminada, havia em Fajonquito (no Norte), “pelo menos dez filhos, isto só os que nasceram e cresceram connosco”. E não tem dúvida: “Se passasse cá um mês, era uma multidão que lhe aparecia.”

Como provar que são portugueses se não têm o nome do pai no BI ? A luta dos filhos de ex-combatentes que lutaram na Guiné para provar quem são e o sentimento de frustração por não terem a nacionalidade portuguesa.Leia a reportagem completa “Em busca do pai tuga” na Revista 2Página Especial “Filhos do Vento”

O envio de informações que julgue relevantes para a busca destes filhos de ex-militares portugueses deverá ser feito para o email filhosdovento@publico.pt

Reportagem financiada no âmbito do projecto Público Mais

CATARINA GOMES, RICARDO REZENDE

A história de guerras em que os combatentes que vão lutar fora do seu país deixam filhos não é uma realidade nova. No século XX, há, por exemplo, casos de alemães que, na Segunda Guerra Mundial, deixaram filhos de francesas que depois foram ostracizadas. Nos Estados Unidos, os filhos dos soldados americanos com mulheres vietnamitas até têm nome, chamam-lhes amerasians (fusão das palavras americanos com asiáticos). De tal forma o assunto se tornou público, que estes “filhos do pó”, como eram conhecidos no Vietname – cresceram muitos deles em orfanatos ou tornaram-se sem-abrigo – ganharam direito ao estatuto de imigrante americano de forma automática. Em 1987, o Amerasian Homecoming Act deu-lhes esse direito, sem necessidade de haver provas de paternidade, bastava terem a mínima presença de traços físicos ocidentais. Ao abrigo da lei, emigraram para os Estados Unidos 26 mil filhos e mais 75 mil dos seus familiares. Um estudo publicado no Journal of Multicultural Counseling and Development sobre este universo concluiu que 76% desejavam conhecer os seus pais, mas só 33% sabiam os seus nomes. Outros 22% tinham tentado estabelecer contacto, mas só 3% tinham tido a oportunidade de conhecer os seus pais biológicos.

Quando tinha dez anos, Inês Miriam Henrique, cabelo ligeiramente encarapinhado, cara branca polvilhada de sardas, conta que teve um sonho: o pai português chegou, “vamos, vamos, vou-te levar”. Tinha um jipe, era elegante, cabelo castanho claro, rapado, era alto, branco. “Vamos, vamos embora”. Eu levantei-me para ir e já acordei”. Inês Miriam tem 37 anos, oito filhos, continua a ter desses sonhos, ainda ontem o pai lhe disse a dormir: “Minha filha queria tanto conhecer-te.”

Inês Miriam Henrique continua a ter sonhos com o pai. Ele diz-lhe “vamos, vamos, vou-te levar”.

Há filhos de portugueses que já ouviram falar de pais que andam à procura deles. “Há cobardes mas já ouvi falar de homens que vieram à procura dos filhos, homens de coração. Não conheci, mas ouvi falar”, diz Erasmo Fonseca, que, tal como muitos destes filhos, usa o apelido do pai sem nunca lho ter sido dado. Quem, como Erasmo, ainda não ouviu o pai a dizer-lhe do outro lado “faça um teste de ADN”, continua a sonhar ser encontrado. Talvez, algures, em Portugal, haja alguém à procura deles, como eles continuam em busca dos pais.

Carlos Alberto Silva conhece “três pais que vieram cá à procura dos filhos para os reconhecer, um era dos Açores, outro de Penafiel, outro de Borba”. Diz que “os filhos reconhecidos estão em Portugal, os pais deram-lhes a nacionalidade, condições e amizade. Esses vêm cá e voltam”. Os que continuam na Guiné são os que foram deixados para trás.

João, professor secundário em Portugal, prefere não falar, mas a mãe, Luísa, conta a história. Ela tinha 17 anos e era virgem, o militar português tinha 20 e poucos. Ele foi-se embora quando ela ainda não sabia que estava grávida, mas escreveu a contar-lhe. “Ele não pôs em dúvida, mandou-me uma procuração e reconheceu-o como filho.” Luísa acabou por sair da Guiné depois da independência quando conheceu o guineense com quem se veio a casar, mas as cartas do pai do filho era para lá que continuavam a seguir. Desencontraram-se.

Quando Luísa voltou a casar, quis o destino que fosse parar a Portugal, onde viveu toda uma vida a uns 50 quilómetros do homem que procurou durante 41 anos. Tinha feito de tudo para o encontrar, até que, há três anos, uma amiga lhe sugeriu que tentasse o mais simples, ir às Finanças, onde conseguiu a morada. Escreveu-lhe e ele ligou-lhe assim que recebeu a carta: “Estou pronto para conhecer o meu filho.”

Na casa daquele pai toda a família tinha ouvido falar do filho que ele tinha deixado na Guiné, percebiam como ficava transtornado quando na televisão passavam imagens de guerra naquele país, a pensar que tinha morrido. Tanto aquele filho perdido o assombrava que escolheu dar o seu nome ao outro filho que lhe nasceu em Portugal, João. Essa foi uma escolha. Mas coincidência foi que dois irmãos de nome igual que nunca se conheceram tenham dado aos filhos mais velhos o nome de Francisco e aos mais novos o de Miguel. Hoje pai e filho “dão-se muito bem”, passam os aniversários juntos, reúnem-se nas festas, os dois filhos Joões, os netos Francisco e Miguel a duplicar.

“Ele sempre andou à procura deste filho perdido” e, diz Luísa, o filho “mudou desde que conheceu o pai. Ele era muito fechado, sério, tinha uma tristeza nele”. “Não é por ser meu filho, mas é uma jóia de pessoa, ele merecia.”

“Depois de 40 anos de silêncio absoluto, muitos pais não estão dispostos a aceitá-los, porque isso quer dizer que há 40 anos que os abandonaram”, diz Carlos Silva. Talvez essa busca ao contrário seja mais fácil para uma geração diferente, a dos irmãos, nota. Talvez os filhos destes pais queiram conhecer os seus irmãos guineenses.

O pai de Marisa Tavares morreu quando ela tinha seis anos, de cancro. Em adulta, soube que ele tinha um filho em Catió, dos tempos da guerra na Guiné. Numa caixa de madeira, descobriu dezenas de fotografias com mulheres africanas de peitos à mostra. Alguma seria a mãe do seu irmão? Numa, o pai tem uma criança negra ao colo, seria aquele o seu irmão? Quis tanto encontrá-lo. Ela que pouco sabe falar português – os pais emigraram para o Canadá quando era criança – criou um blogue só para essa busca (http://omadragoa.blogspot.pt/). Espalhou o pedido pelos blogues de ex-combatentes, encontrou colegas do pai que sabiam que ele era folgazão, mas desconheciam que o camarada de armas lá tinha deixado um filho. Criou o blogue sem saber sequer o nome do irmão. Anda à procura dele há três anos, se o irmão ainda for vivo, há-de andar pelos 40 anos. Mas não é provável que a tenha lido, porque não há rede eléctrica na Guiné, poucos têm acesso à Internet e seria preciso que o irmão soubesse falar inglês. Ela pergunta: “Are you my brother?”

 

El derecho a la memoria urbana: marcar y desmarcar la ciudad.

El derecho a la memoria urbana: marcar y desmarcar la ciudad.

por 14 diciembre 2015

El derecho a la memoria urbana: marcar y desmarcar la ciudad.
Cabe preguntarse cuanto es lo que se ha avanzado en Chile en materia de reparaciones simbólicas y si es que se ha hecho todo lo que se podía hacer, o más bien ha imperado una mirada superficial en el tratamiento de la memoria urbana asociada a la dictadura bajo una lógica neoliberal, donde el Estado tiene una participación secundaria y el patrimonio se transa primando criterios de rentabilidad.

La memoria en la ciudad es un derecho de todos sus habitantes. Las sociedades traumatizadas  por horrores como la dictadura ocurrida en Chile necesitan de un relato urbano sobre lo sucedido, que sirva como marco de orientación, en un proceso de sanación colectiva que contribuya a fortalecer la no repetición de lo vivido. Marcar, recuperar y resignificar lugares emblemáticos como los ex centros de detención, junto con desmarcar los espacios y símbolos que hacen apología a la dictadura es una tarea a una sociedad que desea fomentar una cultura de los derechos humanos.

Chile en esta materia ha sido incapaz de elaborar un proyecto nacional de memoria. Las sumatoria de acciones fragmentadas parecieran estar delineadas por el principio de “en la medida de lo posible” y como respuesta a demandas particulares.

La ciudad se puede entender como un Palimpsesto plantea André Corboz, un antiguo manuscrito usado por los egipcios que se reescribía múltiples veces pero que siempre guardaba los rastros de las escrituras anteriores. Una hoja donde se expresan simultáneamente la escritura y el borrado, la memoria y el olvido.

Resulta relevante comprender la ciudad como un territorio en disputa constante, donde se ven reflejadas múltiples fuerzas que promueven intereses diversos: públicos, privados, colectivos, individuales, para instalar discursos o para anularlos. Aquí confluyen el Estado, las organizaciones ciudadanas, el mundo privado, por nombrar algunos actores comunes, quienes son los protagonistas de un juego dinámico que genera que la ciudad este siempre en movimiento, transformándose permanentemente.

Sin embargo, y asumiendo la condición palimpséstica de las ciudades, los procesos de borrado premeditados resultan críticos y debiesen alertar nuestra preocupación: demoliciones, abandono e invisibilización de las huellas del horror, que no suceden por simple obsolescencia o deterioro producto del paso del tiempo, sino más bien como actos intencionados, dado el significado e impacto que estos espacios y estructuras generan en la sociedad.

En lo particular es posible presenciar este fenómeno urbano de desaparición en la relación de las ciudades chilenas post-dictadura con el pasado traumático de ésta, donde las marcas de lugares significativos, a través de memoriales y monumentos, han sido promovidas principalmente desde la ciudadanía, siendo el Estado un actor reactivo y falto de propuestas potentes.

Hace 11 años el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, conocido como Informe Valech, daba cuenta de la existencia de 1.132 lugares que funcionaron como centro de detención a lo largo del país, de los cuales 221 operaron en la ciudad de Santiago: estadios, comisarias, sedes de partidos, casas particulares, etc., siendo algunos de conocimiento público y otros de carácter clandestino. En el segundo informe realizado el año 2010 no hubo avances en esta materia, sin embargo hoy sabemos, por ejemplo, de la existencia del centro clandestino Simón Bolívar 8800, en la comuna de La Reina, donde no hubo sobrevivientes.

Según el Ministerio de Bienes Nacionales, de los 1.132 recintos el 70% han sido individualizados y de éstos el 64% seria de propiedad fiscal (515), siendo Carabineros de Chile la institución que posee el mayor número de recintos, con un 56,2%. Este escenario nos plantea posibilidades claras de avanzar en materia de marcación y recuperación de lugares que hoy son parte del patrimonio fiscal.

Todorov advierte la necesidad de vincular “la exigencia de recuperar el pasado” con los usos que se harán de este. Llevado al tema de los ex centros de detención y la construcción de memoriales, esto implica no sólo la preocupación por la recuperación física o marcación de lugares, sino también la debida reflexión -particular y colectiva- sobre el para qué y cómo deben ser recuperados estos lugares en el contexto actual. Es importante incluir también dentro de esta discusión, la importancia de des-marcar espacios y símbolos que tienen por objetivo hacer una apología de la dictadura.

Es aquí es donde cabe preguntarse cuanto es lo que se ha avanzado en Chile en materia de reparaciones simbólicas y si es que se ha hecho todo lo que se podía hacer, o más bien ha imperado una mirada superficial en el tratamiento de la memoria urbana asociada a la dictadura bajo una lógica neoliberal, donde el Estado tiene una participación secundaria y el patrimonio se transa primando criterios de rentabilidad.

El programa de gobierno con el que la Nueva Mayoría gana las elecciones presidenciales el año 2013 plantea la creación de “una política de recuperación de todos los sitios de memoria histórica donde se violaron los derechos humanos, velando por su mantención básica y permanente” y se compromete a desarrollar “una estrategia específica para vincular a los sitios de memoria histórica con las nuevas generaciones”. Concluyendo ya el segunda año de mandato aun estas promesas están en deuda.

En el caso de Santiago, donde operaron 222 recintos de detención conocidos, hasta la fecha han sido recuperados sitios que hoy son un referente ético y moral para la sociedad, como Villa Grimaldi, Londres 38, José Domingo Cañas, por nombrar los más emblemáticos, sin embargo la lista no se extiende por mucho más. En estos casos el Estado ha apoyado la adquisición de los inmuebles y, en algunos, a la sustentabilidad de los proyectos. Son muy puntuales aquellas iniciativas en las que se ha visto involucrado desde los esfuerzos iniciales de recuperación como parte de una política de memoria, lo que pareciera dar cuenta de la limitada importancia que se le otorga al tema.

Quedan pendientes al menos la recuperación de aquellos lugares que hoy concitan esfuerzos desde agrupaciones y organizaciones sociales, como La Venda Sexy -actualmente una casa particular en la comuna de Macul-, 3 y 4 Álamos -hoy un centro de detención de menores en la comuna de San Joaquín- y el Ex Cuartel Borgoño, ocupado desde 1988 por la Policía de Investigaciones en la comuna de Independencia. Este último, centro clandestino de tortura y exterminio, funcionó hasta 1989 y fue demolido en plena democracia en el año 1998, haciendo caso omiso de su valor patrimonial.

En términos de marcas urbanas de lugares emblemáticos el escenario ha sido más prolífico, existiendo muchas veces apoyo estatal para la realización de estas iniciativas. Vale mencionar lo que se ha realizado en el Estadio Nacional, el Estadio Víctor Jara, el memorial del Patio 29 en el Cementerio General y el memorial de Paine. Cabe también mencionar la existencia de un sinnúmero de marcas autogestionadas por agrupaciones, colectivos e individuos que forman parte del paisaje urbano de la memoria colectiva.

En lo relativo a desmarcar y eliminar símbolos asociados a la dictadura, ha habido una ambigüedad en las acciones propiciadas desde el Estado, que nuevamente dan cuenta de un cierto grado de incapacidad o poca voluntad en la materia. En términos positivos, y siempre presión social mediante, destaca lo realizado el año 2004 al apagar la llama de la “libertad” que flameaba frente a La Moneda, extinguiendo con ello el mandato del dictador de que “el pueblo tiene el deber de mantenerla viva e inextinguible”. En esta misma línea, la agrupación A Desmonumentar el Golpe junto al Municipio de Providencia, lograron devolver el nombre de la arteria principal de la comuna de Avenida 11 de Septiembre a Avenida Nueva Providencia.

Pese a los avances, son muchos los restos de la dictadura esparcidos por la ciudad sobre los que hay que avanzar. Solo por destacar uno, debido a su ubicación estratégica -en plena Alameda, en la comuna de Santiago-, está el Monumento a los Martires de Carabineros, denominado “Gloria y Victoria”. Puede que a simple vista pase desapercibido, pero al mirarlo con más detención se percibe dos unos formando el número once, representando el día del golpe de Estado. Es probable que un monumento con estas características estuviera prohibido en muchos países del mundo con políticas de memoria y reparación consistentes.

En el Chile de hoy, con un modelo de desarrollo profundamente neoliberal, escasa participación ciudadana y una débil cultura democrática, pareciera primar un pacto de silencio urbano, donde los esfuerzos de memorias fragmentados se diluyen en una imagen borrosa de país. Sin el embargo, el escenario actual presenta oportunidades concretas para avanzar en este tema si es que se logran establecer las convergencias necesarias:

  • En primer lugar, resulta necesario exigir el cumplimiento del programa de Gobierno en relación a la recuperación de los lugares de memoria. Existen compromisos específicos que deben ser llevados adelante, en el marco de un proyecto de memoria nacional que convoque a la participación ciudadana, que establezca los lineamientos fundamentales sobre los que se construye la memoria colectiva del país. Esto por ejemplo podría ser llevado adelante desde los gobiernos locales con participación vinculante.
  • Solicitar se tramite con suma urgencia el proyecto de ley que pretende prohibir la exaltación de la dictadura para, luego de ser aprobado, generar un proceso de limpieza de las ciudades, como parte del proyecto nacional de memoria.
  • Aprovechar la oportunidad que representa la próxima elección de alcaldesas y alcaldes como un escenario apropiado para que la sociedad civil levante y gestione sus proyectos con sus gobiernos locales, llevando adelante iniciativas de memoria en todas sus expresiones. Las organizaciones que ya han concretizado este tipo de iniciativas deben articularse e informar sobre sus aprendizajes, de manera de facilitar la tarea a nuevos emprendedores de la memoria.
  • El Estado, a través del Ministerio de Bienes Nacionales y las instituciones involucradas, debe pronunciarse en principio acerca de los centros de detención sobre los que tiene competencia, y proponer una marca simbólica en cada uno de estos inmuebles que señale claramente el compromiso del Estado con el respeto a los Derechos Humanos y la memoria, dejando atrás un actuar temeroso y sin propuestas.

Un desarrollo integral de las ciudades debiese incorporar en su crecimiento el respeto rotundo por la memoria. Esto no implica, necesariamente, recuperarlo todo, pero si abrir una discusión amplia y trascendente acerca del cómo hacernos cargo de este tema en el presente, para proyectarlo al futuro.

Sin embargo, hoy no debiese convocarnos solo la idea de construir lugares que recuerden, sino también las estrategias que necesitamos implementar para que estos lugares se inserten en la ciudad, para que sean protagonistas del cotidiano y no monumentos estáticos. Centros culturales, museos, espacios públicos y parques debiesen buscar complementar las carencias de infraestructura presentes en las distintas comunas. Es fundamental que estos espacios sean pensados para incluir también a las personas que no tienen una aproximación natural al tema de los derechos humanos, ampliando los núcleos de participación y promoviendo la efectiva reflexión en torno al nunca más.

La proliferación de lugares de memoria que fomenten el encuentro democrático, sin duda contribuye a construir una  ciudad  más inclusiva, tolerante y diversa, que refuerza la creación de una cultura democrática donde lo único que no cabe es la apología al horror.

Sebastian Troncoso Stocker

Arquitecto U. Chile

Master en diseño urbano y desarrollo, University College London

Relacionado

http://www.jornada.unam.mx/2005/08/28/sem-gaspar.html

http://paisajes.comisionporlamemoria.org/?page_id=93

Las marcas Urbanas de la Memoria

 

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No borraran nuestra memoria. Jorge Marin y William Miller asesinados y mancillados.

El montaje ideado por la dictadura en Iquique para asesinar a dos militantes de izquierda y un soldado

leyendaAnyelina Rojas V.- A 42 años del golpe militar, se siguen esclareciendo casos relativos a los crímenes ocurridos tras la dictadura. En estos días hemos sabido de montajes, donde incluso, se prestaron para ello, medios de comunicación y periodistas. Iquique desde los primeros días de la dictadura, también fue objeto de un montaje, que costó la vida del Joven Jorge Marín (19) y Wiliam Miller (42), cuyos restos jamás fueron encontrados. 

De acuerdo a una investigación periodística realizada por el Canal Municipal de Iquique, RTC y el Portal Digital EdicionCero, se recreo lo ocurrido. Un equipo se trasladó a Santiago y contacto al padre del Soldado Pedro Prado Ortiz, quien también murió, siendo conscripto, en manos de sus superiores. Fue el falso enfrentamiento, que cobró tres vidas, todos, al fin y al cabo, víctimas de la misma dictadura.

Marcando un hito histórico, este 11 de septiembre, a 42 años del golpe militar,

se inauguró  un monolito, diseñado en  una gigantesca roca, que recuerda la trágica muerte

de Jorge Marín Rossel y William Miller.Fueron ultimados en un falso enfrentamiento,

tras permanecer detenidos y sufrir todo tipo de vejámenes en el que fuera

el Regimiento de Telecomunicaciones, donde hoy se levanta la Escuela de Caballería,

borrando todo vestigio de lo que fue ese centro de tortura. El Monolito, se ubica

estratégicamente a la vera del camino del recinto militar, cuyo límite tiene rejas de metal

que dejan amplia vista hacia el interior del regimiento, ya que se exhibe material bélico,

a modo de piezas museográficas. La unión de estos dos elementos: tanques, por un lado,

y el  monolito por Jorge Marín y William Miller, conforman una imagen icónica que une

el presente y el pasado, como una complicidad no acordada,

para impedir que se borre la memoria.

DOCUMENTOS

De esta forma, el caso del asesinato de Marín y Miller, está inexorablemente conectado al del soldado, Pedro Prado Ortiz, también muerto, supuestamente como víctima de los dos anteriores.

Según la versión oficial dada por las autoridades militares de la época, y registrada en el Bando Militar N° 64, de la Jefatura en Estado de Sitio de la Provincia de Iquique, se dio orden de disparar, en donde fueran habidos, contra los “extremistas que se fugaron del lugar de detención”, supuestamente, el Regimiento de Telecomunicaciones.

Su hermano, Héctor Marín, recuerda ese episodio. “En el Bando Militar se dice que se fugaron de un lugar donde estaban detenidos, no indica que era el Regimiento de Telecomunicaciones. También establece que donde sean habidos de les dará de baja”. Hoy, el recinto militar está identificado en el Informe de la Comisión Rettig.

La información oficial señala que el soldado Prado Ortiz encontró la muerte de manos de Marín y Miller, que lo habrían asesinado en la huída, tras parapetarse en el Cementerio N° 3 de Iquique, en el intento de fuga desde el recinto militar. El camposanto y el regimiento, se ubicaban en forma contigua.

El informe de la Comisión Rettig, que consigna este caso, señala que: “Resulta inverosímil para los miembros de esta comisión, que dos personas detenidas en un regimiento militar, se hayan podido fugar de ese lugar, con medidas de custodia tan severas como las existentes en el período. No se llevó a cabo tampoco, una investigación interna ante un hecho de esta naturaleza, que al menos, habría implicado la negligencia de algún efectivo”.

“Esta Comisión ha llegado a la convicción que ambas personas fueron detenidas por agentes del Estado y desaparecieron a manos de sus aprehensores, violando sus derechos humanos”.

Jorge Marín Rossel, de 19 años, era militante del Partido Socialista y Secretario de las Juventudes de ese partido en Iquique. Se desempeñaba como funcionario de Emporchi. Era casado y tenía una pequeña hija que al mMARIN Y MILLARomento de su detención, tenía apenas 3 meses de nacida.

Según el informe Rettig, se establece que fue detenido el 28 de septiembre de 1973, por agentes del Estado, en su domicilio y llevado al regimiento de Telecomunicaciones. Desde esa fecha se encuentra desaparecido.

William Millar Sanhueza, de 42 años, 5 hijos, era trabajador de la empresa de Ferrocarriles del Estado. Era dirigente gremial y militante del Partido Socialista.

Según consta en el Informe Rettig, fue detenido el 16 de septiembre de 1973, en su domicilio y dejado en libertad. Posteriormente, el día 24 del mismo mes, fue requerido mediante un Bando Militar, presentándose en su trabajo. De allí fue trasladado al Cuartel de Investigaciones y luego al Regimiento de Telecomunicaciones, desde donde se perdió su pista.

Marín y Miller, tenían en común el hecho de ser destacados dirigentes del Partido Socialista; ambos, incluso, eran parte del Comité Central. Esto es lo que unió su triste destino.

PEDRO PRADO ORTIZPedro Prado Ortiz, de 19 años, era de Santiago y se encontraba en Iquique cumpliendo con su Servicio Militar en el Regimiento de Telecomunicaciones. Provenía de Santiago y sus padres no militaban ni simpatizaban con partido político alguno.

Según el Informe Rettig, Pedro Prado murió el 1 de octubre de 1973, a consecuencia de disparos efectuados por civiles, que actuaban bajo motivaciones políticas, mientras integraba una patrulla de vigilancia, apostada en el Cementerio N° 3 de la ciudad de Iquique, en violación de sus derechos humanos.

Para ocultar estas muertes, en la madruga del 30 de septiembre, Marín y Miller fueron sacados en un jeep militar hacia el Cementerio N° 3, contiguo al Regimiento, donde indicaron que se parapetaron y mataron al soldado Pedro Prado Ortiz. La verdad es que el soldado, fue una víctima más.

El montaje llegó a tal extremo, que en honor  actuar del conscripto, abatido por terroristas, la calle 11 Oriente, se bautizó como “Soldado Pedro Prado Ortiz”, hoy Avenida Salvador Allende. Mientras, se entiende que Marín, Millar y Prado, fueron los tres, víctimas de un solo victimario: la dictadura.

VERSIÓN DE LA FAMILIA MARÍN

Con el dolor tan fuerte, que le corroe el alma, como si los hechos hubiesen ocurrido hoy, Héctor Marín accedió a contar la verdad de la familia; aquella verdad de la que fueron testigos y, además, detalles muy importantes, que han logrado recopilar durante todos estos años.

“A mi hermano –relata emocionado- lo detienen el 28 de septiembre de 1973, a las 6 de la tarde, cuando ya era hora del toque de queda. Esto ocurre en la casa materna, en presencia de sus 4 hermanos; todos éramos menores de edad”.

“Nuestra madre exige a los militares que se identifiquen y que digan el motivo de la detención de nuestro hermano. El que comandaba el grupo era Roberto Fuentes (conocido como “guatón Fuentes”), en un operativo en que participaron más de 100 hombres. Ellos estaban al interior de la casa, por los techos y mantenían toda la cuadra acordonada”

La casa de la familia Marín Rossel, se ubicaba en un típico barrio iquiqueño, exactamente en calle Latorre con Juan Martínez y Arturo Fernández. Es donde detienen a Jorge Marín, “apenas entra a la casa, ya que estaba durmiendo siesta y venía de donde su suegra, a 4 cuadras de la nuestra. Lo encapucharon y lo esposan adelante de nosotros… en un acto casi reflejo, se alcanza a sacar un anillo que mama le había regalado”.

“Luego lo suben a un camión militar, tapado con lona y con 2 militares al lado. A mi mama la suben a un jeep descubierto. Así la caravana se va en dirección a la Comandancia de Ejército, en calle Luis Uribe. En el lugar, los militares le dicen algo al oído a mi hermano, y él le dice a mi mamá, “mama bájate”. La dejaron hasta las 10 de la noche en ese lugar y luego la llevan a nuestra casa en calle Latorre 1048”.

“Con los años y con declaraciones de testigos, supimos que lo llevaron al retén de El Colorado, en el sector norte de Iquique y que ahí fue salvajemente torturado y casi muerto. Fue ensacado y trasladado en ese estado, al Regimiento de Telecomunicaciones”.

El mortal destino del joven Jorge Marín, se cruzó con el de William Miller. Ambas familias se han unido para luchar por la justicia y la verdad. “Respecto de sus muertes –relata Héctor Marín- el panteonero de la época declara que por las puertas que comunicaban el Regimiento con el Cementerio, los militares ingresaban a los muertos. En su testimonio dice que vio alrededor de 7, y que posiblemente entre ellos estaban Marín y Millar”.

Cuenta que según testimonio de otro detenido, “mi hermano se identificó como Jorge Marín y alcanzó a escuchar que el otro compañero estaba en muy malas condiciones. Volvieron a ser torturas, por el lado de las caballerizas, contiguo al cementerio ahí les dispararon ya, para rematarlos”.

Luego “fueron sacados por la puerta que unía al regimiento con el Cementerio, y que los cuerpos fueron lanzados a la fosa común. “Curiosamente hay un documento donde por esos días, se autoriza para que se incineren los restos de personas NN que se encontraban en la fosa. Y oculto entre ellos, Marín y Millar”.

Una línea clave para esclarecer estos hechos, es la referida a la causal de muerte del soldado Pedro Prado Ortiz, ya que posterior a la versión oficial de los primeros años de la dictadura, y según se consigan en el Informe Rettig, hay otras versiones sobre su trágico desenlace, que nada tiene que ver con Marín y Millar.

Dice el documento: “El conscripto Pedro Prado, que en la información oficial de la época aparece muerto por Marín y Millar al evadirse, en nuevas y reiteradas informaciones, también oficiales, es declarado como fallecido en otras circunstancias”.

Los restos de Marín y Millar jamás aparecieron. ¿Dónde están? Es la pregunta que hasta hoy se hacen sus familiares. ¿Fueron lanzados a la fosa común del Cementerio N°3? ¿Fueron enterrados clandestinamente en el mismo regimiento, ya desaparecido y en cuyos terrenos hoy se levanta una moderna Escuela de Caballería? ¿Tal vez arrojados al mar? ¿O lanzados a un pique minero?

hitoHOY, EL MONOLITO

Por ello, el Monolito en honor a Jorge Marín y William Millar, es de una importancia extraordinaria, porque está ahí, en el límite exacto, entre la calle, y la reja del que fuera el Regimiento de Telecomunicaciones. Es decir, en el lugar mismo donde fueron torturas y ya en estado agónico, llevados en sacos y casi muerto, al Cementerio N° 3, utilizando un portón con comunicación directa.

Este hecho marca un hito a la memoria, dejando un testimonio donde funcionó el regimiento como centro de prisión y tortura.

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Conozca acá el reportaje RTC/EdicionCero

A la vera del camino del ex centro de tortura, Regimiento Telecomunicaciones, levantan monolito por ejecutados políticos Marín y Miller

El atentado se produjo en la noche del sábado, cuando los efectivos militares rayaron con spray negro una placa insertada en mármol que recordaba los hechos acaecidos en esa ciudad tras el golpe de estado. En esa época, en el lugar funcionaba el Regimiento de Telecomunicaciones.

En su recinto se detuvo a cerca de un millar de opositores al régimen de facto, fue utilizado como centro de torturas y asesinatos de lesa humanidad, mientras que en su Batallón Logístico se mantuvo detenidas a unas setenta mujeres.

La placa recuerda a las víctimas de esas violaciones a los DD.HH., en especial a dos dirigentes de la Juventud Socialista de Iquique de esa ápoca, Jorge Marín y Williams Millar, a quienes se asesinó esgrimiendo el falso argumento de la ley de fuga y se les imputó la muerte de un soldado conscripto, que fue asesinado por los propios militares.

El CFMF protestó por “el atentado perpetradopor dos jóvenes tenientes del Ejercito en servicio activo, que no participaron en los crímenes que el monolito denuncia”, en lo que considera “un intento para borrar de la placa la verdad que allí se revela a las futuras generaciones”

“Preocupa e indigna la falta de respeto y de tolerancia,el espíritu anti democrático que revela tal conducta, indicativo que aún en nuestras FF AA el adoctrinamiento y formación de sus integrantes no les permite repudiar los crímenes de lesa humanidad cometidos por sus antecesores”, sostuvo el CFMF..

“Nuestra solidaridad con las familias de los compañeros Jorge Marín y Williams Millar por este agravio innecesario a la memoria y nuestro saludo fraterno a los compañeros iquiqueños que hacen posible que nada ni nadie este olvidado, como requisito para construir una Patria libre, justa y buena para todos, en la cual los DD.HH., partiendo por el derecho a la vida, la libertad de pensamiento y de opiniónsean plenamente respetadas, en especial por quienes se les confía el monopolio de las armas.

Santiago 13 de Septiembre de 2015

Por el Centro de Formación Memoria y Futuro

Jaime Lorca Tobar, Director del CFMF
Luis Caroca, Encargado del CFMF Capítulo Iquique

Foto de Rodrigo Sepúlveda.
Foto de Rodrigo Sepúlveda.

Dos oficiales en servicio activo son los que dañaron placa recordatoria por Jorge Marín y William Miller

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En un acto de barbarie uniformados destruyen monolito en memoria de Detenidos Desaparecidos

carocaPeriodista Anyelina Rojas V.- Un llamado del general de la VI División de Ejército, alertó al alcalde Jorge Soria,  instalada este 11 de septiembre, en memoria de los ejecutados políticos  Jorge Marín (19) y William Miller (42), quienes se encuentran hasta la fecha en calidad de detenidos desaparecidos. “Es un acto de barbarie en este sitio de memoria”, declaró Luis Caroca, ex preso político y quien lideró la iniciativa en Iquique.

La voz de alerta la dio el mismo Ejército al Alcalde Soria, ya que el terreno donde se levanta la roca de granitos –de unas 5 toneladas de peso- está en terreno municipal. Mientras, que la denuncia pública la hizo el ex preso político y dirigea Quiroga, sobre los daños sufridos por el monolito y placa recordante de la Juventud Socialista para el 11 de septiembre de 1973, Luis Caroca; además, principal gestor de la idea.

Acongojado, Caroca llegó hasta el lugar declarando que se rompe todo el espíritu de la obra. “Este es un lugar de regocijo, un sitio de memoria y lo que cuenta en la placa, corresponde a vivencias que ocurrieron acá (ex Regimiento de Telecomunicaciones), por lo tanto, no debiera ser agravante para nadie, porque sólo da cuenta de la realidad que se vivió”.

Los hechos ocurrieron en horas de la madrugada de este domingo 13 de septiembre y fueron efectivos militares, de la dotación de la Escuela de Caballería Blindada, (ex Regimiento de Telecomunicaciones) quienes retuvieron al autor del acto vandálico. Se trata de dos oficiales en servicio activo, fanáticos que no toleraron que la verdad se exponga, por ello pintaron con negro la placa recordatoria de mármol, tapando la leyenda; rayando la roca y dibujando obscenidades.

El autor fue entregado a Carabineros. “El es un militar en retiro y seguramente vivió todo esto, pero desde otro punto de vista. Seguramente fue el ejecutor de estas cosas, o parte de lo que ocurrió”.

NO TIENE SENTIDO”

De acuerdo a los antecedentes proporcionados por Caroca, el general le señaló al alcalde Soria, que su intención es reunirse con la Corporación gestora de la iniciativa, para expresar sus disculpas, encuentro que se verificará este lunes 14, con la asistencia de Luis Caroca.

Señaló el dirigente, que le parece bien que los soldados hayan cumplido con el rol de proteger una propiedad privada, a la vez que valoró la disposición del jefe militar al tomar contacto con ellos

Calificó el hecho como un llamado de atención. “El 11 de septiembre debiera ser una fecha de paz; un llamado de tranquilidad… Ya sabemos todo lo que pasó acá y en el país. Pero es necesario que se sepa definitivamente toda la verdad y que estos compromisos de silencio se desbloqueen para dar un salto cualitativo, con un Chile más unido y más hermano”.

Añade que el ataque destructivo da cuenta de una realidad” porque el tema no se ha zanjado ni se ha enfrentado como debía haberse hecho. Hay gente que todavía tiene viviencias y que ni siquiera la han trabajado con un psicólogo. Entonces aparecen estos fanatismo que no tienen que ver con la realidad que vivimos hoy”.

“No me imagino a un alemán, tratando de destruir Auschwitz, para borrar su existencia para que la gente no lo recuerde y lo borre de su memoria… o de otros campos de concentración que existieron en el mundo”. Ejemplifica Caroca.

BORRAR LA MEMORIA

“En Chile Han tratado de borrar nuestra memoria. Esto ya no es el Telecomunicaciones, esta es otra institución y los hombres que están acá son otros hombres, que nada tiene que ver ni cargar con la responsabilidad de los otros”.

“Ahora si quieren dar vuelta la página, ya, está bien, pero les falta primero un capítulo que tienen que darlo, antes de cambiar todas las estructuras físicas de los lugares. Eso significa, saber donde esta Jorge Marín, dónde está William Millar, por ejemplo Cuando ellos mismos entreguen la información, el capítulo se va a cerrar. Porque los familiares, por lo menos van a tener un lugar donde ir a dejar una flor…”, añadió Luis Caroca.

Para él, lo ocurrido “es un acto de barbarie, no tiene sentido, no se puede tapar el sol con las manos. Las cosas que pasaron cada vez más gente lo conoce. No tiene ningún sentido esconder lo que aquí estaba escrito (en la placa) Y la belleza de instalar una roca que es parte de nuestra naturaleza, ¿destruirla? ¡No tiene sentido!. No lo tiene”, concluye, sin poder evitar la emoción que se escapa a través de su mirada.

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Oficiales del Ejército habrían dañado memorial de detenidos desaparacidos en Iquique

El hecho habría ocurrido la madrugada de este domingo por dos tenientes de la Escuela de Caballería Blindada.

SANTIAGO.- Denuncian a dos oficiales que habrían dañado un memorial de detenedidos desaparecidos inaugurado el viernes 11 de septiembre a las afueras de la Escuela de Caballería blindada del Ejército en Iquique.

Según informó radio Bio Bío, el general de la VI División de Ejército, John Griffiths Spielman, alertó a la Municipalidad de Iquique por los daños al monolito, que fue instalado en memoria de los ejecutados políticos Jorge Marín (19) y William Miller (42).

Los hechos habrían ocurrido en la madrugada de este domingo por militares de la dotación de la Escuela de Caballería Blindada, (ex Regimiento de Telecomunicaciones), identificados como el teniente Mauricio Pacheco Urrutia, de la 2° Brigada Acorazada “Cazadores”, y el teniente Pablo Henriquez Fernandez del Centro de Entrenamiento Acorazado.

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Emol
domingo, 13 de septiembre de 2015 22:01

El Informe Valech también sentó a los periodistas chilenos en el banquillo.

El Informe Valech también sentó a los periodistas chilenos en el banquillo

por Ernesto Carmona

Revista Rocinante, enero 2005

 

Los periodistas iniciaron un saludable debate interno sobre su propia responsabilidad en las violaciones de los derechos humanos sacadas a luz por el Informe de la Comisión Sobre Prisión Política y Tortura. Al igual que el Poder Judicial, la prensa también jugó su rol en el sufrimiento inflingido por la dictadura.

Los periodistas forman parte de una profesión, no de una mafia. Si algunos periodistas tuvieron lamentables posturas pro-dictadura solo usufructuaron de una “libertad de opinión” negada a “los otros”, aquellos que estuvieron presos y fueron torturados. Pero hoy deben explicar su pasado ante la ciudadanía, no sólo ante sus pares.

Hubo periodistas cómplices y otros protagonistas de la dictadura. En el crimen del obrero Jorge Tomás Henríquez González (el 18/03/1973), cuidador de equipos relacionados con Canal 5 (filial del 13), los tribunales involucraron a Michael Townley y a gente de medios. Más tarde hubo delaciones que causaron desempleo, prisión y tortura.

Los periodistas cometemos errores. Pero otra cosa es escribir mentiras y levantar calumnias. En Canal 13 y en TVN se hicieron “listas negras” de gente de izquierda supuestamente involucrada en el Plan Zeta, un mito CIA vitoreado en libros y artículos de distinguidos periodistas. Algunos aportes fueron Anatomía de un fracaso (Zigzag, 1973) de Emilio Filippi y Hernán Millas; Martes 11, auge y caída de Allende (Triunfo, 1973), de Abraham Santibáñez, Luis Alvarez Baltierra y Francisco Castillo; y muchos otros. Fueron textos lamentables, que probablemente avergüenzan a sus autores, pero evocarlos hoy constituye, para algunos, “cacería de brujas” y “justicia popular”.

Operación Silencio

En 1973, el 36,6% de la prensa escrita nacional era de izquierda. La dictadura eliminó 312.000 ejemplares diarios identificados con el gobierno de Salvador Allende: Clarín (220.000), El Siglo(29.000), Puro Chile (25.000), La Nación (21.000) yLas Noticias de Última Hora (17.000). Los diarios que apoyaron el golpe también padecieron después control y censura: La Tercera (220.000), El Mercurio(126.000), Las Últimas Noticias (81.000), La Segunda (55.000), Tribuna (40.000) y La Prensa(29.000), con un total de 541.000 ejemplares diarios. En estos medios también trabajó gente que no comulgó con el totalitarismo de los dueños.

Se cerraron unas 40 radioemisoras allendistas (contra 115 partidarias del golpe), 11 periódicos provinciales y un centenar de revistas publicadas por Quimantú (la editorial ZigZag estatizada, que hoy es de Ricardo Claro), Horizonte (PC), Prensa Latinoamericana (PS) y otras empresas desaparecidas junto a su maquinaria e inmuebles. Decenas de revistas anti-Allende apoyaron con fervor el nuevo régimen.

Desinformando

El entonces presidente del Colegio de Periodistas, Carlos Sepúlveda Vergara (DC, fallecido), devino en director de La Patria, el nuevo diario de gobierno, rebautizado después como El Cronista y más tarde vuelto a llamarse La Nación. Pocos periodistas opuestos (o simplemente críticos) a la dictadura continuaron trabajando discretamente en los medios permitidos por el régimen, pasaron información a las redes clandestinas anti-dictadura, mientras otros mantuvieron una actitud decente sin llegar necesariamente al heroísmo. Hubo también periodistas de izquierda que saltaron la valla pero no hicieron todavía ningún “mea culpa” como el de María Angélica de Luigi (The Clinic 9 de diciembre). Unos cuantos pasaron agachados, a la sombra de la memoria frágil.

Periodistas de izquierda que conservaron vida y libertad utilizaron la estructura del Colegio para asistir a sus colegas en prisión. En Chacabuco los periodistas prisioneros recibieron a María Eugenia Oyarzún, dirigenta de derecha del Colegio pero interesada en mejorar su suerte. Hacia fines de 1973, medio centenar de periodistas estaba preso desde Dawson a Chacabuco. Las cifras del Informe Valech hablan de 230 víctimas en 17 años de dictadura (8% del total), 23 asesinados y/o desaparecidos, más 9 estudiantes. Más de 100 trabajadores de la prensa, perdieron la vida, incluyendo a fotógrafos, camarógrafos, locutores, cinematografistas y afines del sector comunicaciones, tal como lo consigna Morir es la noticia (http://shop.logos.it/users/carmona/index.htmly/ohttp://www.derechos.org/nizkor/chile/libros/reporter/).

Los medios encubrieron toda clase de crímenes, fusilamientos de estudiantes “extremistas”, “fugas” falsas y asesinatos de periodistas. Difundieron como verdad los mitos del Plan Zeta y de una “guerra” interna unilateral que tampoco respetaba los tratados de Ginebra (tal como lo han consignado el Informe Rettig y hoy el Informe Valech). Se hicieron grandes esfuerzos mediáticos por convencer a los chilenos de que vivían en “la copia feliz del Edén”. La televisión mostró cientos de reportajes tan controvertidos como la burlona filmación de Claudio Sánchez, de Canal 13, en el Estadio Nacional, con presos cantando “El Patito chiquito…” de los Quincheros. Abel Esquivel describía en Ercilla (octubre de 1973) una suerte de spa resort que sería el inhóspito penal de Dawson cuyos huéspedes no tenían conciencia de estar recuperando la salud y reponiéndose del stress. Los archivos conservan muchísimos reportajes olvidados de diarios, revistas y televisión efectuados por otros afines a esta línea Sánchez-Esquivel.

Operaciones de inteligencia

Distinguidos profesionales de ayer y hoy parecieron convencerse del país de fantasía que edificaron con sus medios. Muchos periodistas demócratacristianos revirtieron después esa postura, cuando su partido se alejó del gobierno militar que contribuyó a instalar. Pero también hubo profesionales que se abstuvieron de servir de comparsa en los montajes o escribir en contra de su conciencia, en contraste con aquellos menos competentes excusados en el “yo no sabía”.

Hubo periodistas que contribuyeron a presentar asesinatos de colegas acribillados por la espalda, como el de Augusto Carmona en 1977, como “enfrentamientos”. Los fallecidos Silvia Pinto y Jaime Valdés colaboraron en la llamada Operación Colombo, un montaje DINA destinado a “demostrar” que 119 detenidos desaparecidos (incluido el periodista Mario Calderón Tapia, de La Unión de Valparaíso) se habían matado entre ellos en Argentina, en 1975, según las portadas de La Segunda (“Exterminados como ratones”), La Tercera (“El MIR ha asesinado a 60 de sus hombres”) y otros medios.

En un notorio contraste, el reportero policial Rodolfo Sesnic, de La Segunda, cuestionó la versión oficial sobre el asesinato del líder sindical Tucapel Jiménez, investigó por su cuenta y publicó un libro en plena dictadura. En castigo, la empresa lo puso en hípica y, lamentablemente, falleció de cáncer al comenzar los ‘90.

La DINA/CNI seleccionó a periodistas de la fuente policial para formarlos en “Inteligencia de la Información”, asignatura impartida en su Escuela de La Rinconada de Maipú. De acuerdo al testimonio de un “ex alumno”, algunos avezados estudiantes se encuentran entre los firmantes de una carta en apoyo a Claudio Sánchez difundida en estos días en la prensa.

La verdad duele

Abraham Santibáñez eligió a El Mercurio del 2 de diciembre para sostener (en una carta al Director) que por sacar a la luz estos trapos sucios del periodismo “podríamos estar peligrosamente cerca” de una “la justicia popular” (…), “a veces expedita y cruel”. Lamentablemente, el diario nunca publicó la réplica del ex presidente de la Orden, Guillermo Torres, quien cuestionó su argumentación “para justificar el que no se cumpla con el deber de analizar en las instancias gremiales adecuadas, el comportamiento de periodistas que faltaron a sus compromisos y se prestaron para graves conductas antiéticas”. Recordando, además, que Santibáñez forma parte del Tribunal Nacional de Ética del Colegio de Periodistas.

El Colegio expulsó en 1999 a Manuel Fuentes Wendling, director de la revista Tiempos del Mundo, del Reverendo Moon, por delatar en La Segunda en 1975 la militancia comunista de Felidor Contreras, dirigente del Colegio, y declarar “marxista” a Fernando Reyes Matta, entonces exiliado, cuando ambos epítetos costaban la vida. Fuentes hizo notar que Contreras “caminaba tranquilamente por las calles”.

El entonces diputado DC Andrés Aylwin, afirmó en 1997 que un mínimo libertad de prensa hubiera frenado el crimen de los detenidos desaparecidos, tal como muy pocos jueces salvaron la vida de numerosos presos con solo acoger un hábeas corpus aceptados o visitar una prisión de la DINA.

Manuel Cabieses, director de Punto Final y ex dirigente del Colegio, llevó al Tribunal Ético a su “colega” Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, por haber recibido fondos estadounidenses para derrocar a Salvador Allende y tergiversar la verdad durante décadas, pero su libelo no prosperó. Fernando Paulsen reclamó en Chilevisión un “mea culpa” de los medios ante el Informe Valech. El Colegio recogió también el guante y se propuso realizar su propio debate interno, a través de todo el país, para culminar (quizás en enero) con un Plenario nacional, instancia estatutaria similar al Congreso. Lo hará internamente, por la salud de la profesión, porque considera que es una obligación ante la sociedad y por los miles de jóvenes que estudian para ser periodistas.

Historia personal

En 1973 era director de la Radio Nacional del MIR, pero no fui detenido luego del golpe gracias al rigor de la clandestinidad y la suerte de no toparme en la calle con la Flaca Alejandra, que me reconoció en 1993 siendo un guatón pelao muy distinto al del 73.

Me fui a Buenos Aires a trabajar en El Cronista, cuyo logotipo inspiró a la agregada de prensa Silvia Pinto para cambiarle el nombre a La Patria. La colega Pinto hizo campaña pública en mi contra cuando me encontré preso después de asistir a un encuentro latinoamericano de periodistas realizado en Caracas en octubre de 1974. El director y propietario del diario, Rafael Perrota, me mostró la carta que envió la diplomática solicitando mi despido. Hoy Perrota forma parte de los periodistas desaparecidos de la Argentina. Emigré a Perú y Venezuela, donde recibí la solidaridad de los colegas, conseguí trabajo y continué mi vida familiar.

Preso bajo el gobierno de María Estela Martínez de Perón, me enteré que existía una coordinación represiva sudamericana que más tarde se conoció como la Operación Cóndor. En 1975 acudí a un Relator de DD.HH. de Naciones Unidas para informar cómo perseguían a los chilenos en Argentina utilizando un llamado “Convenio Sudamericano de Policías” para multiplicar las huellas dactilares y fotos de los detenidos a fin de llenar carpetas destinadas a casi todos los países del Cono Sur.

Ahora revivo cómo el golpe y la sevicia arruinaron tantas vidas. Hoy podemos sentarnos en el Consejo Nacional del Colegio frente a María Eugenia Oyarzún y el resto del Tribunal Nacional de Ética para debatir libremente lo ocurrido y recibir la legítima comprensión de personas que trabajan enEl Mercurio. No es que algo ande mal sino que la gente y las circunstancias cambiaron.

Por cierto, en una mañana de Copiapó de 1997, después de la presentación de Morir es la noticia, un periodista me “confesó” haber participado junto a otros reporteros de la fuente policía/tribunales en los cursos “Inteligencia de la Información” que impartía la DINA a un grupo selecto. Algunos de los nombres (Coya, Ruiz, Honorato) aparecieron en The Clinic nº50 de mayo 2001, pero no hubo reacción, ni siquiera una querella donde un juez me pidiera pruebas. Esa conversación a tres bandas, que fue en calzoncillos –olvidé llevar mi pijama y el dueño de casa parece que tampoco lo usaba– y tomando nescafé en la casa de Osmán Cortés (anfitrión, presidente del Consejo Regional), ocurrió muy temprano, después que a medianoche le tiré sobre la mesa del restaurante donde cenábamos la pregunta ¿por qué colaboraste con la Dina? Valoro que este periodista llegara tempranísimo, bañado, afeitado y con anteojos oscuros para entregarme una “confesión” como ante un cura. Por eso protejo su nombre. Pero ante un juez no podría hacerlo. De todos modos, ahora pienso que tendría que hablarle para persuadirlo de que salga honestamente al pizarrón, como lo hizo María Angélica De Luigi.

Centro de Periodismo de Investigación
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