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El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

El rol de los medios en los dispositivos de represión: representaciones de la Nueva Izquierda revolucionaria en la prensa de 1975

En agosto de 2015 se realizó en nuestra Facultad el coloquio “A 40 años de la Operación Colombo: el rol de discurso de la prensa en los dispositivos de control social, ayer y hoy”, ocasión en la que la Prof. Constanza Martínez, académica del Departamento de Filosofía, expuso sobre el rol de medios como El Mercurio y La Segunda en la represión de la dictadura militar chilena.

Quiero aclarar que no me referiré aquí en detalle a la Operación Colombo en sí, porque es una operación de una gran complejidad, donde los montajes en el nivel del discurso se ensamblan con montajes en otros niveles que requerirían mucho más tiempo del que tenemos. Existen muy buenos estudios que abordan en detalle cómo funcionó el aparato represivo chileno, junto al argentino y el brasilero, en esa confabulación que inició en los hechos la Operación Cóndor.

Lo que sí quiero compartir con ustedes son algunos de las preguntas y conclusiones de la investigación que realicé hace unos años, buscando conocer cómo se construyó en el discurso la representación social de los sujetos de la nueva izquierda revolucionaria, entre los meses de abril y julio de 1975, a través del estudio y análisis de los textos de las noticias publicadas por El Mercurio, La Segunda y La Tercera.

Estas formas de representar deben ser leídas como estrategias elegidas entre otras posibles en un contexto histórico determinado, con el fin de alcanzar un objetivo, que se vuelve más claro en la medida en que esas representaciones aparecen de manera sistemática, de modo que ofrecen una intención clara como actos de habla que sirven para “hacer determinadas cosas con las palabras”.

Para conocer entonces esas representaciones, revisé las ediciones de esos tres diarios durante esos cuatro meses, y seleccioné los textos de noticias en las que hubiera representaciones específicas del MIR y de los demás integrantes de la Junta de Coordinación Revolucionaria. La muestra total recogida fue de 556 noticias, divididas en 429 noticias de agencias internacionales y 127 crónicas nacionales. Y ¿por qué abordar un grupo tan grande de noticias?, se preguntarán. Porque, durante el proceso de observación inicial de los textos, se me hizo cada vez más evidente que los editores y propietarios de medios, que habían declarado por su responsabilidad en la Operación Colombo ante el Tribunal de Ética y Disciplina del Colegio de Periodistas, mentían al decir que su participación en ella había sido completamente obligada por la DINA. No porque algunos de los textos del caso no hubieran sido efectivamente redactados por el aparato represivo, sino porque existe otra serie de textos publicados en sus medios que aparecen en perfecta coherencia con las representaciones provenientes de la DINA y responden a los mismos fines. Creo que, de hecho, estos medios de prensa cumplieron –y por qué no decirlo, cumplen- un rol muy relevante en el dispositivo represivo estatal y, para el período estudiado, en el sistema del terror, por lo que podríamos hablar de terrorismo de prensa.

Para ahondar en ese punto vamos a necesitar revisar qué es un sistema del terror.

Según Víctor Walter, un sistema del terror es una esfera de relaciones controlada por los procesos del terror, en que todos juegan algún rol. Este proceso implica tres componentes: un acto o amenaza de violencia, una reacción emocional ante ese acto o amenaza y los efectos sociales que se derivan de los dos anteriores. Implica a tres actores o grupos de actores: “una fuente y una víctima de la violencia, y un objetivo del acto de terror. La víctima perece, pero el objetivo reacciona al espectáculo o a la noticia de esa destrucción mediante alguna forma de sumisión o acomodo, es decir, al retirar su resistencia o al inhibir su resistencia potencial.” (1969:9)

Por eso es importante distinguir entre el acto de destrucción en sí y el acto de terror.

El primero se completa en sí mismo a través de la aniquilación de la víctima. El segundo, en cambio, tiene por fin último el control sobre un sector amplio de la población más allá de la víctima.

Ante el acto de violencia, dependiendo del proceso de identificación del espectador, este generará una reacción, o bien de terror hacia la fuente de la violencia, o bien de cohesión con ella. Si a ello se suma una campaña de refuerzo de la imagen positiva de la fuente de violencia -lo que se conoce como ‘propaganda blanca’-, acompañada del refuerzo de una imagen negativa y amenazadora de la víctima, el resultado tiende a ser que el espectador se sienta protegido por la fuente de la violencia, proyectando en ella una figura paterna o salvadora y generando sentimientos de adhesión hacia la fuente: el acto de violencia se banaliza entonces como un espectáculo de compensación necesaria para el restablecimiento del orden y se transforma en una estrategia de propaganda de integración para la fuente de violencia. Por el contrario, si, pese a la campaña de imagen, un espectador resistente se identifica con la víctima, el sistema de terror es igualmente útil al poder para ejercer control sobre él, porque el horror del castigo sobre sus pares tenderá a paralizarlo, disminuyendo su resistencia y habilidad de lucha, lo que facilitará su aniquilación.

Entonces el mismo acto de violencia puede ser útil a los objetivos de generar adhesión u horror, según la ubicación del espectador en relación a la víctima de la violencia. En cualquiera de los casos, el proceso de violencia está al servicio del terror y el proceso del terror está al servicio del poder.

Como un régimen despótico terrorista requiere de un gran volumen de víctimas, para asegurar el control social durante casi una década, el régimen de terror de la dictadura cívico militar chilena necesitó dar una clara señal inicial en el primer período represivo, cuya dimensión dificultara estadísticamente que algún miembro de la sociedad no fuera víctima, o amigo, vecino, familiar de alguna víctima. En adelante, tras el período de estabilización del poder político, bastaría con activar mecanismos de memoria para renovar los efectos sociales de inhibición de la resistencia.

Para lograr que el terror sea procesado de modo que, además de inhibir la posible resistencia, aparezca un sentimiento de cohesión hacia la fuente de violencia, se refuerza la idea de que la violencia no es intrínseca a la fuente, sino que es una respuesta necesaria ante la amenaza de la verdadera violencia que proviene de un sector específico de la sociedad al que es necesario aislar y aniquilar: en nuestro caso, el ‘enemigo interno cooptado por el marxismo internacional’. Se crean entonces “zonas de terror” donde las víctimas para la violencia son escogidas “por su pertenencia a grupos de conductas específicas o a clases especiales de individuos”, de modo tal que si no se cumplen las condiciones de pertenencia a dicho grupo, aparentemente no es posible ser confundido con una víctima potencial.

A esta descripción corresponde, me parece, el segundo momento represivo, entre el 74 y el 77, cuando se escogen grupos específicos como objetivos de represión. Aquí la violencia corresponde a un doble objetivo. Se trata, por una parte, de ubicar, detener y aniquilar a aquellos sectores sociales que persisten en la resistencia frente a los mecanismos de control del gobierno. Dentro de la zona de terror, entonces, el objetivo es la aniquilación. Pero en segundo lugar, se cumple un objetivo de cohesión hacia afuera de la zona de terror, para el que es necesario conseguir que los grupos dentro de la zona sean percibidos como una amenaza real para la seguridad del resto de la población.

En este objetivo se funda la necesidad de sobredimensionar en el discurso oficial la capacidad y número de los actores resistentes, estableciendo la necesidad de un estado de guerra permanente que justifica la mantención literal y figurativa de un estado de excepción permanente, un estado de emergencia interior y exterior que conmina a adherir al gobierno comprometiéndose con la unidad nacional en torno al objetivo prioritario de la supervivencia material y simbólica de la nación, objetivo que está en la base de la Doctrina de Seguridad Nacional.

Ahora bien, nos interesa focalizar el rol que cumplen los medios de comunicación al interior de este sistema de terror. De qué modo, en este sentido, los medios se hacen partícipes del proceso del terror. Un modelo de sistema político del terror, debe tener una división y especialización en el campo de la violencia, un personal del terror que se divida a grandes rasgos en un directorio y unos agentes reales de la violencia. Ya volveremos sobre este punto.

En las noticias, las marcas de ideología están más ocultas que en otros géneros discursivos, pues su objetivo es ser comprendidas como ‘reflejo de la realidad’, por lo que utilizan un lenguaje mayoritariamente descriptivo, que tienda a la ilusión de objetividad, así como estrategias que apuntan a la veridicción, es decir, a naturalizar como verdades universales las interpretaciones particulares de las elites simbólicas que son las que tienen acceso a esta forma de discurso público. Por eso, para rastrear en ellas la ideología y entender de qué modos estos discursos hacen ‘algo más que informar’, es necesario revisar criterios como la selección que se hace de la información: qué se elige mostrar y qué ocultar, qué actores se invisivilizan, cuáles se muestran y en relación a qué tipo de acciones, si son representados como pasivos o activos, etc. También es necesario mirar cómo se jerarquiza determinada noticia, si recibe la primera plana, o la del medio, si se desarrolla en 10 o en 50 líneas. Por último, la forma en que se representa la noticia, con los actores sociales implicados y relacionados con determinadas acciones, presentan siempre un guión de interpretación de los hechos que es fundamental para entender el rol que este tipo de discurso público tiene en los modelos mentales que todos nosotros desarrollamos para nuestra interpretación del mundo.

En los textos que estudiamos se hacen evidentes a lo menos dos objetivos retóricos que se entrelazan a través de las representaciones de actores de la nueva izquierda revolucionaria: representar al marxismo como una amenaza y representar a la dictadura como factor protector contra la amenaza. La estrategia se desglosa así: por una parte, las representaciones que aparecen en las noticias del exterior, responden a la idea del marxismo como una amenaza seria y vigente, que genera horror por su crueldad, que gana fuerza y se coordina para generar caos, en un mundo convulsionado que destaca por sus imágenes de angustia e inseguridad. Esta estrategia aparece en directa relación con la naturalización de la interpretación de la Bipolaridad que propugna la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, dentro de la que se inscriben las dictaduras latinoamericanas de los 70.

Esa representación angustiosa del mundo, como la llama el profesor Claudio Durán, funciona argumentativamente como contraste con las noticias del interior, donde se representa a los actores de la nueva izquierda revolucionaria como una amenaza latente pero controlada, vinculándolos la gran mayoría de las veces con acciones del aparato represivo sobre ellos, apareciendo pasivos, recluidos ya a la zona de terror o prontos a serlo, a punto de ser vencidos, restringida su posibilidad de acción ya no por lo que hagan, sino por su identidad ideológica que se ha vuelto biológica. De estas representaciones en el exterior y en el interior, leídas desde un público no resistente o ideológicamente afín a la dictadura, se desprende la estrategia de la representación positiva del gobierno y su acción represiva como elemento trascendente dentro de su propaganda de integración. Para un público resistente, en cambio, estas mismas estrategias responden a actos de amenaza sobre sus vidas y las vidas de sus seres queridos.

Sin embargo, si bien la selección de noticias del exterior es bastante concordante en los tres medios en lo que respecta a la interpretación de la bipolaridad, esta selección presenta diferencias importantes entre un medio y otro, las que parecen responder a los distintos grupos sociales a los que los medios están dirigidos. Estas diferencias son particularmente obvias en el caso del contraste entre El Mercurio y La Segunda, puesto que no solo son parte del mismo grupo empresarial, sino que compartían el edificio y la máquina de teletipos en que se recibían los cables de agencias internacionales, por lo que su selección distinta responde a sus distintas estrategias.

Así, llama la atención por ejemplo, que El Mercurio, de conocidas vinculaciones con la CIA y destinado a un público internacional y oligárquico, sea el único que publica los cables referidos a la Junta de Coordinación Revolucionaria, cuya existencia está en la base de la justificación que los aparatos represivos latinoamericanos y la CIA esgrimieron para la formación de la Operación Cóndor. En este caso, El Mercurio también incluye, como suele, un editorial que señala explícitamente que si los grupos subversivos se coordinan en el Cono sur, también deberían hacerlo sus persecutores. En lo que respecta a la situación de Argentina, que está viviendo los últimos meses del gobierno de Isabelita Perón, y donde los militares de la Doctrina de Seguridad Nacional van ganando terreno y avanzando hacia el golpe de marzo del 76, El Mercurio concentra su atención en justificar y naturalizar el golpe inminente como algo inevitable, destacando la imagen de ingobernabilidad y el clima de violencia extrema, en que, a través de una estrategia de agregación, reduce a números a las víctimas fatales del aparato represivo estatal y paraestatal, así como a las víctimas de la acción de grupos revolucionarios, además de empaquetar y mezclar todos estas acciones bajo el rótulo de ‘violencia política’, poniendo en segundo plano, las diferencias de móviles y modos de operar de cada grupo.

En cambio, La Segunda, medio destinado a las clases que pueden ser entendidas como la base electoral de Allende, privilegia la publicación de noticias en que los sujetos de la nueva izquierda revolucionaria son víctimas de tortura y asesinato por parte de la triple A y la CNU, organismos del aparato represivo paraestatal argentino, buscando enfatizar la crueldad del castigo sobre sus cuerpos, y a la vez desenfatizar a los agentes de estos crímenes, de modo de poder utilizarlos como ‘propaganda negra’, es decir, culpabilizando a los mismos actores revolucionarios de haberlos cometido, bajo la misma lógica en que se escribieron los textos de la DINA para la Operación Colombo.

El 14 de abril, este medio se permite incluso publicar un cable de Brasil, que contiene la carta de un ex-prisionero político a su familia, donde se detallan las torturas a las que fue sometido. Evidentemente aquí no estamos hablando solo de una estrategia de propaganda de integración. La selección de estos textos y su tratamiento funcionan como actos de amenaza para los sujetos resistentes al régimen.

El rol de La Segunda en el sistema de terror puede ejemplificarse de modo escalofriante en el momento de la publicación de las listas de los 119 en Chile, cuando algunos de los familiares de los detenidos desaparecidos se encontraban reunidos en la sede del Comité Pro paz y uno de ellos llegó con la infame publicación y comenzó la lectura de los nombres en voz alta. Para ese grupo específico que se ubicaba en el entorno de lo que hemos llamado la zona del terror, la publicación de las listas de los 119 habrá tenido la connotación de convertirlos en testigos directos del asesinato de sus seres amados. Para quienes se encontraban situados un poco más lejos, las listas, con su estructura perfecta y ordenada, habrán sido como escuchar amplificado un grito desde el interior de los altos muros de la zona de terror.

Citando a Walter, “Aunque los campos de concentración Nazi eran unidades cerradas, físicamente clausuradas, el terror en ellos, como sus diseñadores sabían, penetró lejos más allá de sus muros” (Walter 1969:11). No desconocemos con ello que el régimen de terror haya tenido la necesidad de dar una respuesta sobre el paradero de los desaparecidos ante la opinión internacional. Es muy posible que la planificación inicial de la Operación Colombo hubiera considerado la visita de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas que estaba programada para el 12 de julio y que terminó siendo suspendida por Pinochet los primeros días de ese mes. Sin embargo, la forma final del montaje, las listas, el número de victimados señalando, tal vez, la fecha 11 de septiembre,(11 9 ) rompen el esquema del tipo de propaganda de integración que desbordaba cotidianamente los medios de prensa chilenos para transformarlos, abiertamente, en medios del sistema de terror, amplificadores de la onda del grito estremecedor, hasta ahora acallado, desde el interior de los muros.

Pero para llegar en un momento a publicar una metáfora de la brutalidad de “Exterminados como ratones” antes se debe haber hecho un trabajo largo de construcción de la identidad social negativa del sujeto así atacado. Sabemos hoy que ese trabajo comenzó mucho antes, tal vez antes incluso que las campañas financiadas por la CIA durante los sesenta y setenta. En nuestro corpus de noticias existe una importante cantidad de recursos evaluativos de juicio en las crónicas nacionales, los que van dibujando un sujeto de marcado signo negativo: peligroso, asesino, siniestro, cobarde, traidor. Por añadidura, este sujeto aparece representado como el padre abandonador, traidor y maltratador de la mujer, que es también una representación simbólica de la patria en el discurso de Pinochet. Así, para nuestro corpus, mientras la realidad de los centros de detención y tortura se oculta, sí se hace pública la detención y muerte de Isidro Arias Matamala, músico de la filarmónica y militante del MIR, asesinado en tortura en Villa Grimaldi, y la detención de Víctor Gilberto Muñoz Urrutia, militante del PS y del Ejército de Liberación Nacional sección chilena, sobreviviente de Villa Grimaldi. A estas dos personas se les imputan hechos que rompen la situación de control durante el período estudiado, por ello son representados como la amenaza latente sobre la que se vuelca el esfuerzo estatal de control. En el relato oficial que los medios reproducen con citación directa o confundiendo sus voces y sus puntos de vista con los de las fuentes policiales, la muerte de Arias y la detención de Muñoz son representadas como enfrentamientos con la policía, ocurriendo el primero, “en la casa de su amante donde había encontrado refugio”, y el segundo, en una boite, donde él mismo atrajo la atención de sus aprehensores disparando a quemarropa sobre su conviviente. Las esposas e hijos abandonados son también representados para la identificación del espectador o más bien, de la espectadora, porque esta estrategia representacional está dirigida específicamente a la mujer, a quien Pinochet representa en su discurso como “una esencia permanente e inalterable” cuya tarea fundamental es educar al futuro de Chile.

Otra estrategia que apunta a evitar la empatía con la víctima del terror y generar la sumisión del espectador a la fuente de violencia tiene que ver con desdibujar el rasgo [+ humano], animalizando o cosificando a los actores de la nueva izquierda revolucionaria. Por una parte, de manera sistemática en nuestro corpus se revisa en cada noticia de su detención la descripción detallada del supuesto armamento con que fueron detenidos, como las tres ametralladoras AKA de Arias, que se cortó la yugular ante la detención inminente para luego morir al enfrentar a sus aprehensores con una Colt (sic), o bien las 71 molotovs que esta Facultad tiene frescas en su memoria. De este modo se sobredimensiona su poder de acción y su peligrosidad, justificando la represión extrema sobre el conjunto de la población. En nuestro corpus, al menos, nunca se representa el armamento de las fuerzas de seguridad.

En este mismo sentido la metáfora ‘elementos’, típica del discurso de la Doctrina de Seguridad Nacional, aparece también de manera sistemática en el discurso de las fuentes de gobierno y de los medios en sus crónicas nacionales, mientras que en los cables internacionales solo aparece cuando hay citación directa de los militares de la Doctrina de Seguridad Nacional. Creemos que la representación ‘elemento’, como en elemento marxista, elemento extremista, elemento subversivo, es parte de una metáfora conceptual mayor, que responde a la interpretación de que El MARXISMO INTERNACIONAL ES UNA MÁQUINA, simplificación de la DSN que también busca el objetivo de deshumanizar.

Así mismo, de la metáfora central a esta doctrina, según la cual LA NACIÓN ES UN ORGANISMO VIVO cuya posibilidad de supervivencia se ve amenazada por el marxista, se desprende la metáfora de que EL MARXISMO ES UNA ENFERMEDAD, que ataca este cuerpo desde dentro -el enemigo interno- justificando el viraje de las fuerzas armadas desde el exterior hacia el interior. Metáforas como ‘el cáncer marxista’ se desprenden de este cruce, así como la de ‘rebrote marxista’ y la justificación de las dictaduras como ‘remedios necesarios’. La potencia de las metáforas en el discurso político y de los medios es que se naturalizan con mayor facilidad que el discurso referencial y que, en la medida en que nos hacen ‘sentir cosas’, permiten una retención mucho mayor en la memoria episódica, de modo que se vuelven “inolvidables” y son mucho más determinantes de nuestras creencias que otro tipo de lenguaje. Así, la metáfora que mayor huella dejó en la memoria colectiva durante la operación Colombo proviene de la metáfora conceptual EL MARXISTA ES UN ANIMAL PELIGROSO. En nuestro corpus esta se actualiza de manera sistemática a través de la representación del proceso de detención de estas personas como ‘cacería’, metáfora que sigue presente hasta hoy en el grupo especial de carabineros especialistas en detención de encapuchados que se autodenomina “cazadores”. Pero sin lugar a dudas, la más emblemática para la Operación Colombo y para esta investigación es la representada en el titular principal de La Segunda “Exterminados como ratones”, que presenta en las páginas interiores la versión “Exterminan como ratas a miristas”. Esta actualización de la metáfora no solo justifica la labor de exterminio a la que se abocan las Fuerzas Armadas bajo la DSN, sino que remite también a la propaganda nazi, en cuyo cine podemos encontrar un esquema de ensamblaje entre textos e imágenes que representa al judío como la rata que lleva consigo la peste, motivo por el que no solo es aceptable aniquilarlas, sino necesario para nuestra supervivencia.

En conclusión, aunque no podamos revisar aquí en detalle las formas en que el discurso de los medios estudiados fue concordante con el discurso de las Fuerzas Armadas en sus elecciones léxicas, sintácticas y retóricas de representar a los sujetos de la Nueva Izquierda Revolucionaria, creemos que los pocos ejemplos que hemos mostrado nos permiten aseverar que estos medios participaron activamente en la justificación de su aniquilamiento y en la propaganda de integración del régimen de facto. Pero lo que nos permite con toda seguridad hablar de una dictadura cívico militar, donde estos medios cumplieron un rol central a través del terrorismo de prensa, tiene relación con aquellas estrategias en que, como en una vitrina del horror, estos medios, en particular La Tercera y La Segunda, del grupo mercurial, funcionan como la plaza pública, vale decir, como la condición de posibilidad de que el acto de terror alcanzara a su objetivo, el espectador.

Así, siguiendo la línea del esquema del sistema de terror de Walter, tendríamos que decir entonces, que, en ausencia de la plaza pública que permita el encuentro directo entre el acto de violencia y su objetivo de control, los medios de comunicación cumplen voluntariamente ese rol, lo que los convierte en parte del personal del terror. Para el caso que nos ocupa, creemos que la división del trabajo de la fuente del terror puede ser entendida distinguiendo: primero, un grupo interno dentro del directorio que corresponde al departamento de Operaciones Psicológicas de la DINA -dividido a su vez en las unidades de Propaganda y Guerra Psicológica, y Prensa y Relaciones Públicas- que mantenía relaciones directas con la Dirección Nacional de Comunicación Social (DINACOS) dependiente de la Secretaría General de Gobierno; y segundo, de un grupo paralelo al de los agentes de violencia, que correspondería a los dueños y editores de los medios, quienes ejecutan la planificación de los anteriores, haciendo llegar hasta el objetivo los estímulos necesarios para generar en él la reacción deseada de control social.

Mientras más se observa el discurso de los medios estudiados, más difícil se hace deslindarlo del discurso del gobierno de facto y de su aparato represivo. De ahí que cobre especial sentido que Pinochet utilizara para describir a El Mercurio una metáfora militar, llamándolo “trinchera contra el totalitarismo”, o que “Alexis”, el alias con que escribía sus columnas Álvaro Puga, muy posiblemente el autor intelectual de la Operación Colombo, refiriera con orgullo como Mario Carneyro, director de La Segunda, cumplió un rol clave en el derrocamiento del gobierno democrático de Salvador Allende.

Referencias
DURÁN, C. 1995. El Mercurio: ideología y propaganda. 1954-1994. Ensayos de interpretación biológica y psicohistórica. Santiago de Chile: Ediciones Chileamérica-Cesoc.
WALTER, E.V. 1969. Terror and Resistance. A study of political violence. New York: Oxford University Press. Descargar

Lunes 24 de abril de 2017

Tesis Constanza Martínez descargar aquí

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Brasileños y ciencias sociales en el Chile de la Unidad Popular. Sergio salinas

Brasileños y ciencias sociales en el Chile de la Unidad Popular
Sergio Salinas1
Resumen
En Chile, las ciencias sociales vivieron uno de los momentos de mayor expansión de
su historia entre 1967 y el 11 de septiembre de 1973, fecha del golpe militar. Las
razones fueron fundamentalmente dos: la “reforma universitaria” y la llegada,
producto de su exilio, de destacados intelectuales brasileños, partidarios de la teoría
de la dependencia. Este artículo analiza los cambios vividos en las ciencias sociales
como la participación de estos intelectuales brasileños en la Unidad Popular.
Palabras-Clave: Chile; Brasil; Ciencias Sociales.
Resumo
No Chile, as ciências sociais viveram um dos momentos de maior expansão de sua
história entre 1967 e 11 de setembro de 1973, data do golpe militar. As razões foram
fundamentalmente duas: a “reforma universitária” e a chegada, produto de seu exílio,
de destacados intelectuais brasileiros, partidários da teoria de dependência. Este
artigo analisa as mudanças ocorridas nas ciências sociais, como a participação desses
intelectuais brasileiros na Unidade Popular.
Palavras-Chave: Chile; Brasil; Ciências Sociais.
Abstract
In Chile, the social sciences experienced one of the greatest moments of expansion in
its history between 1967 and September 11th, 1973, date of the military coup. The
reasons were basically two: the university reform and arrival, product of their exile,
of leading Brazilian intellectuals, supporters of dependency theory. This article
analyzes the changes experienced in the social sciences as the participation of these
Brazilian intellectuals in the Popular Unity.
keywords: Chile; Brazil; Social Sciences.
1 Doctor en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile. E-mail: ssalinas@uchile.cl.
Revista Eletrônica da ANPHLAC, ISSN 1679-1061, Nº. 18, p. 121-138, jan./jul.
2015.
http://revista.anphlac.org.br/

En los últimos años se han producido diversas conmemoraciones del ciclo de
golpes militares que sacudió hace más de 40 años a diversos países de América
Latina. Lo anterior generó numerosas investigaciones y reflexiones desde puntos de
vista no tratados anteriormente. En el caso de Chile, la conmemoración de los 40
años del golpe militar, el 11 de septiembre de 1973, no fue una excepción,
produciéndose una verdadera explosión de artículos y libros respecto al tema.
De esta manera, el trágico final del proyecto revolucionario de la Unidad
Popular ofreció la ocasión para volver a reflexionar sobre ese período y revisar las
historias de sus actores. Entre estos últimos, uno de los temas más interesantes es la
llegada a Chile, desde fines de 1960, de varios intelectuales extranjeros que
participaron tanto en el proceso de la Unidad Popular como en el partido político que
justificaba la lucha armada como estrategia para conquistar el poder: el Movimiento
de Izquierda Revolucionaria (MIR). Sin duda, que el grupo de extranjeros de mayor
influencia, sobre todo a través de su reflexión académica, en el efervescente proceso
social conducido por los sectores populares y la izquierda entre 1960 y 1973, fue el
proveniente desde Brasil.
Las ciencias sociales en Chile
Entre mediados de la década del sesenta y el golpe militar de 1973, “las
ciencias sociales experimentaron en Chile un triple fenómeno: de expansión de sus
posiciones académicas, de transformación de su estructura conceptual y de cambio
de su función en el campo intelectual” (SALINAS, 2013, p. 159). Dos de las razones
principales que explican lo anterior se encuentran en el proceso de “Reforma
Universitaria” y la llegada de académicos extranjeros.

En primer lugar, es necesario señalar que la “Reforma Universitaria”, a
mediados de la década del 60, creó nuevas oportunidades y condiciones para las
ciencias sociales. “Las que se materializaron en el proceso de institucionalización de
las ciencias sociales y el aumento del número de matriculados. Además, se
experimentó un proceso ampliado de institucionalización: se crearon nuevas
unidades académicas, institutos de investigación y carreras profesionales”
(SALINAS, 2013, p. 160).
Por ejemplo, se formaron centros interdisciplinarios de ciencias sociales,
especialmente en las universidades de Chile y Católica de Chile. Como señala el
académico chileno, José Joaquín Brunner (1986, p. 15), lo anterior significó
Que el mercado de posiciones académicas en este sub-campo
disciplinario aumenta explosivamente, multiplicándose los puestos de
investigadores, docentes y administradores superiores en el caso de la
sociología y especialidades conexas”. En el caso de la sociología, ésta
experimentó un rápido crecimiento de su base institucional
estableciéndose nuevas escuelas o institutos.
En la Universidad Católica de tanto el Centro de Estudios de la Realidad
Nacional (CEREN) y el Centro de Estudios de la Planificación (CEPLAN),
representaban, respectivamente, las dos iniciativas más importantes de la reforma en
el campo de las ciencias sociales, uno con foco en la sociología y el otro con foco en
la economía.
En la Universidad de Chile, se observó un fenómeno similar, aunque menos
pronunciado. Se creó el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO), mientras se
multiplicaron los programas de economía y ciencias sociales en diversas facultades.
En el campo de las ciencias sociales, principalmente las vinculadas a la
sociología, producto de la expansión institucional impulsada por la reforma
universitaria, se produjo: el establecimiento de mercado de posiciones académicas
más amplio y complejo; el surgimiento de una incipiente jerarquía institucional en el
campo de las ciencias sociales, ocupando las posiciones preeminentes los centros de
investigación CEREN y CESO; la aparición de una naciente estructura de
comunicación académica en el subcampo, en particular mediante la publicación de
revistas especializadas como los Cuadernos de la Realidad Nacional, del CEREN;
Sociedad y Desarrollo, del CESO; y Eure, revista del Centro Interdisciplinario de
Desarrollo Urbano (CIDU) (BRUNNER, 1986, p. 15).
Las ciencias sociales cambiaron en Chile de orientación a partir de 1967, pero
sobre todo después de 1970, año del triunfo de la Unidad Popular y de la formación
del gobierno de la coalición de izquierda. Brunner (1986, p. 15) afirma que:
En parte, este fenómeno representa el efecto de una segunda recepción
en la sociología chilena, esta vez bajo el impacto de la crítica a la teoría
empírica de las ciencias sociales en el contexto de un ascenso de las
ideologías de izquierda.
En esta situación, se difunde en Chile –como afirma Manuel Antonio Garretón
(2005, p. 3) – el modelo del marxismo-ciencia que impulsará, en el campo de las
ciencias sociales universitarias, una rápida sustitución del programa de investigación
articulado en torno a la teoría de la modernización por el programa de investigación
articulado en torno a la teoría de la dependencia.
Por otra parte, hacia 1967 comienza una marcada radicalización política en el
país que se traduce luego en franca polarización desde 1970. Tales fenómenos
penetraron también en las universidades. Por un lado, a nivel institucional, se
transformaron sus estructuras de gobierno en un campo de lucha por el poder, lo que
en algunos casos se resolvió por la vía de crear instituciones paralelas, especialmente
en el ámbito de las Ciencias Sociales. Por otro, hubo una ideologización temática y
de los contenidos de las ciencias sociales, con énfasis apologético o denunciativo de
la realidad; sumado a una combinación del uso del marxismo estructuralista
althuseriano o poulantziano en el plano teórico, con el leninismo en el plano político,
que criticaban la visión estructural funcionalista predominante hasta entonces, por
considerarlas vinculadas a las visiones norteamericanas de la guerra fría. Esta visión
planteaba que el propósito de la sociedad es el mantenimiento del orden y la
estabilidad social, y que la función de las partes de una sociedad y el modo en que
estas están organizadas, la estructura social, serviría para mantener ese orden y esa
estabilidad. Los principales autores de esta corriente eran Talcott Parsons, Robert
Merton, Gabriel Almond y Bingham Powell.
En tercer lugar, el movimiento estudiantil y los alumnos de ciencias sociales –
mayoritariamente de izquierdas– tendieron a abandonar la universidad y las
disciplinas para involucrarse en los procesos de lucha social y estrategias políticas
que se jugaban más allá de las aulas. En el horizonte, estaban presentes las elecciones
presidenciales de 1970, donde por primera vez la izquierda planteó un proyecto y un
programa de socialismo: conformar una área de propiedad social expropiando las
empresas monopólicas para ir abriendo camino al socialismo en el marco del
régimen democrático.
Pero volvamos a las ciencias sociales. Este cambio de un programa de
investigación a otro, con la llegada del marxismo científico, implicó también una
redefinición completa de la propia disciplina. No solo cambió su modelo conceptual
predominante, sino que cambiaron además los ideales explicativos de la ciencia y la
identidad profesional del científico social. El marxismo científico “proporciona
precisamente el paradigma sustitutivo y legitima este cambio de orientación en las
ciencias sociales, tornándose dominante dentro del subcampo” (SALINAS, 2013, p.
161-162).
Así, la idea de la neutralidad valorativa de la ciencia que había presidido la
profesionalización de la disciplina es ahora abandonada, siendo reemplazada por la
noción del compromiso valorativo, que opone ciencia académica (o burguesa) a
ciencia comprometida o militante. La vocación del científico y del político tiende a
fundirse en la imagen del sociólogo como crítico de la realidad, como intelectual
revolucionario o como transformador de la sociedad.
En síntesis, a partir de 1970, el sociólogo se vuelve ideólogo; en el campo
académico mediante el recurso a un nuevo paradigma de cientificidad (el marxismo)
que le permite romper con la sociología “académica” sin abandonar la pretensión de
verdad, y en el campo político-social donde se presenta ahora como un organizador
de discursos, con efectos directos en la política y como un portador de proyectos de
cambio de la sociedad2.
2 Se trata, así, de una profundización, radicalización y crisis interna del modelo fundacional, en que las
ciencias sociales, especialmente la sociología, se transforman en una expresión –en el campo

El aporte de los brasileños
Otro tema importante en el contexto que presentan las ciencias sociales, lo
constituyó la venida a Chile de importantes intelectuales europeos y brasileños de
izquierda. Entre ellos, destacaron los brasileños Theotonio Dos Santos3, Ruy Mauro
Marini4 y Vania Bambirra5, los que se vincularían tanto a la Unidad Popular como al
naciente Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). De la misma manera, esta
situación se repetiría con uno de los más importantes autores de la teoría de la
dependencia, André Gunder Frank6.
Helenice Rodrigues da Silva (2007) recuerda que:
[…] A repressão na Universidade de São Paulo, no início de 1969,
provoca uma onda de exílio em direção do Chile. A experiência
socialista da Unidade Popular atrai, particularmente, os intelectuais
brasileiros ávidos de liberdade e de cultura. Além do interesse pela
política, o Chile propicia, a esses professores, condições de emprego
em suas instituições de pesquisa e em universidades. A Universidade
Católica do Chile, por exemplo, vai abrigar alguns profissionais
brasileiros, vítimas da repressão. Durante os três anos de governo de
Allende, esse país transforma-se em uma espécie de melting pot onde
académico e e intelectual– de los procesos y luchas políticas del instante.

No es que no hubiera influencia y luchas ideológicas en el momento de fundación e institucionalización de las ciencias
sociales; de hecho, las visiones marxistas aparecen como respuesta a ellas, sino que ahora ellas se
entrelazan más directamente con los procesos políticos concretos.
3 Entre las principales publicaciones realizadas en la época en que vivió en Chile se encuentran:
Tendencias del Capitalismo Contemporáneo, Santiago, Chile: Ed. de CESO, 1973; Transición al
Socialismo y Experiencia Chilena. Santiago: Ed. PLA, 1973. v. 1.; Problemas del Subdesarrollo
Latinoamericano. Ciudad de México: Ed. Nuestro Tiempo, 1973. v. 1; Socialismo o Fascismo: El
Dilema Latinoamericano y el Nuevo carácter de la Dependencia. Santiago, Chile: Ed. PLA, 1972;
Dependencia y Cambio Social. Santiago, Chile: Ed. do CESO, 1972; Economía Política del
Imperialismo. Buenos Aires: Ed. Periferia, 1972. v. 1; La Crisis Norte Americana y América
Latina. Santiago, Chile: Ed. PLA, 1971; La Dependencia Económica y Política en América
Latina. Ciudad de México: Ed. Siglo XXI, 1971. v. 1; El Concepto de Clases Sociales. Santiago,
Chile: Ed. PLA, 1970.
4 Escribió durante su permanencia en Chile Subdesarrollo y Revolución (1969) y Dialéctica de la
dependencia (1973).
5 Entre los principales libros publicados a principios de los setenta se encuentran: El capitalismo
dependiente latinoamericano, Santiago de Chile, 1973 y reeditado en Siglo XXI, México, 1974; La
revolución cubana: una reinterpretación, Ed. Nuestro Tiempo, México, 1974
6 Entre sus libros publicados en ese periodo se encuentran: Capitalismo y subdesarrollo en América
Latina, 1967; Latinoamérica: subdesarrollo o revolución, 1969; Sociología del desarrollo y
subdesarrollo de la sociología: el desarrollo del subdesarrollo, 1969; Lumpenburguesía:
Lumpendesarrollo. Dependencia, clase y política en Latinoamérica,19e misturam intelectuais latino-americanos, intelligentsia francesa,como também militantes de esquerda de diferentes partes do mundo.
Theotonio Dos Santos, que estudió Sociología, Política y Administración
Pública en la Universidad Federal de Minas Gerais, recuerda que:
[…] Veníamos del proceso brasileño que vivió un gran auge de lucha
de masas, sobre todo entre 1960 y 1964, con ello hubo avances
democráticos muy importantes. Bueno, el golpe de Estado de 1964,
que era resultado de varios intentos anteriores, estaba claramente
dentro de una concepción nueva de golpes de Estado porque seguía la
idea de crear un régimen con una fuerte base en las fuerzas armadas.
Según la interpretación norteamericana, en ese momento estas fuerzas
representaban los sectores más modernizantes dentro de América
Latina. Por lo tanto, al darle una base estatal más organizada, más
coherente, se podía entonces conducir el proceso de modernización
(VIDAL, 2013).
Do Santos afirma que muchos de sus compañeros se equivocaron en el
diagnóstico del proceso, porque creían que se trataba de un golpe de la antigua
oligarquía ligada a la tierra, cuando de hecho era un golpe del gran capital en su
forma más avanzada:
[…] Yo lo caractericé exactamente en la época como un proyecto
fascista. Incluso tuvimos mucha discusión entre nosotros, por ejemplo,
con Ruy Mauro, pues él no concordaba con el uso de este concepto de
fascismo y hablaba de un régimen de seguridad nacional como parte
de la ideología que Estados Unidos trajo a América Latina. Sin
embargo, yo usé la palabra fascista en un sentido que me parece más
complejo, como un régimen de terror del gran capital. Es decir, en el
momento que el gran capital siente que necesita de un régimen de
terror para poder hacer los cambios que le interesan en la dirección de
su forma de base y de la acumulación capitalista. Entonces, creo que
nosotros acertamos mucho, a diferencia de otros compañeros que
todavía pensaban en una lucha antifeudal. Para nosotros era bastante
claro que la conducción del proceso de acumulación capitalista y de
modernización, estaba en manos del gran capital internacional y, el
grupo en que confiaba para llevar adelante este proceso era
básicamente los militares (VIDAL, 2013).
Dos Santos y Mauro Marini entre 1960 y 1964 habían estudiado
sistemáticamente el marxismo como culminación de sus estudios filosóficos. En
estos años en Brasilia, realizaron un seminario de lectura de El Capital junto con Luis
Fernando Víctor, Teodoro Lamounier, Albertino Rodríguez y Perseu Abramo. Este
mismo seminario se reorganizó luego del exilio de estos intelectuales en Chile.
Carlos Martins (1998) recuerda que:
El movimiento de lectura de El Capital se transformó en una fiebre
mundial. En Sao Paulo, el seminario sobre El Capital reunió por
varios años lo mejor de las ciencias sociales y la filosofía de la USP.
En Brasilia formamos un grupo que reunía lo mejor del país en torno a
este seminario. En Chile organizamos con Fernando Henrique
Cardoso, Francisco Weffort, Aníbal Quijano, Pedro Paz y muchos
más, un excelente seminario que luego se extendió a otros temas.
De la misma forma, se realizaron otros seminarios de lectura de El Capital en
Cuba (organizado por Ernesto Che Guevara) y en Francia, impulsado por Louis
Althusser (resultó el libro Leer El Capital). A finales de la década de los sesenta se
produjo el regreso a América Latina de representantes de todas estas experiencias.
Entre ellos, volvieron a Chile, Marta Harnecker, discípula de Althusser, y Ruy
Mauro Marini, quien regresó desde México, donde desarrolló su propio grupo de
lectura.
Como señaló el propio Theotonio Dos Santos:
[…] Todas estas experiencias paralelas confluían en un gran
movimiento de lectura y discusión del pensamiento marxista como
nunca había ocurrido en ninguna otra parte del mundo y llegaba a la
vida universitaria de manera insólita. Hasta en las escuelas de
psicología y en la de ciencias exactas se formaban grupos de lectura
de El Capital y de autores marxistas clásicos y contemporáneos (Apud
MARTINS, 1998).
Cabe recordar que Theotonio Dos Santos tuvo una activa militancia política y
participación en movimientos sociales, que se extiende a la clandestinidad después
del golpe en Brasil de 1964, hasta 1966, cuando se exilia en Chile. Agrega Martins
(1998) que:
[…] El eje de su militancia política era su participación en la POLOP
de la que fue fundador en 1961 y cuya dirección nacional asume en
1964. La POLOP promovió una dura crítica a los partidos comunistas
y al estalinismo y convocaba a una unión de la izquierda
revolucionaria contra la política de frente único con la burguesía,
propuesta por el PCB, que enmarcaba el movimiento de masas dentro
del nacionalismo burgués.
El trabajo de investigación desarrollado por Theotonio Dos Santos lo
convirtió en uno de los más importantes teóricos de la dependencia. Jaime Osorio
(2004, p. 136), señala que las críticas de Dos Santos a la teoría del desarrollo y sus
formulaciones sobre las diversas “formas de dependencia”:
[…] Permitieron mostrar que el estudio de esa problemática era un
camino indispensable de análisis. Su libro Imperialismo y
dependencia, editado muy posteriormente, recoge buena parte de los
mejores trabajos desarrollados en esta época, junto a estudios más
recientes sobre el imperialismo y la crisis mundial capitalista, temas
hacia los que desplazó su atención.
Por su parte, Vania Bambirra, esposa de Dos Santos, también se integró al
Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO), de la Universidad de Chile, como
integrante del equipo de investigación sobre las relaciones de dependencia de
América Latina. Este equipo se había constituido en 1968 bajo la dirección de
Theotonio Dos Santos.
Vania Bambirra también se convirtió en una de las precursoras de la teoría
marxista de la dependencia. Osorio (2004, p. 136) señala que Bambirra, al criticar la
tipología propuesta por Cardoso y Faletto entre economías de enclave y economías
con control nacional del proceso productivo, desde aspectos metodológicos hasta
aspectos de contenido, en su libro El capitalismo dependiente latinoamericano,
propone una nueva clasificación de los países latinoamericanos en función del tipo
de estructura productiva que presentan en el momento de la integración monopólica
que se produce con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial. En este libro
establece dos tipos: 1. Estructuras diversificadas, en las cuales aún predomina el
sector primario exportador, existiendo, sin embargo, un proceso de industrialización
en expansión, y 2. estructuras primario-exportadoras, cuyo sector secundario estaba
compuesto casi exclusivamente por industrias artesanales.
Para Bambirra (1999, p. 6), claramente el objetivo que tenía el CESO y sus
estudios eran avanzar en superar el pensamiento desarrollista, emprendiendo la tarea
de sentar las bases para el desarrollo de la teoría marxista de la dependencia. Agrega
que:
[…] El trabajo que intentábamos llevar a cabo en el CESO fue
gratamente interrumpido por la victoria de la Unidad Popular que
necesitó la colaboración de parte de los miembros del equipo de
estudios sobre la dependencia para enfrentar prácticamente las tareas
de su ruptura”.

Otro intelectual brasileño que dejó huella no solo en Chile, sino también en
México fue, Ruy Mauro Mariniquien es considerado por muchos cientistas sociales
uno de los más brillantes intelectuales militantes de América Latina. Se destacó por
su importante obra que subvirtió el pensamiento colonizado dominante y por su
militancia coherente.
De cierta manera, la vida de Marini, rodeada de exilios recurrentes, es el vivo
resumen de uno de los períodos más intensos de la historia política latinoamericana.
Estuvo exiliado en México, en 1965; en Chile, en 1969; y nuevamente en México, en
1974. Su regreso definitivo a Brasil se había producido recién en 1996.
Según el propio Marini, su venida a Chile se gestó por la presión ejercida por
sus amigos Theotonio Dos Santos y Vania Bambirra; más la intervención de un
político, el entonces senador Salvador Allende y de la Universidad de Concepción y
de su Federación de Estudiantes. Marini7 señaló, en el año 2007, que:
[…] Efectivamente, aún en México, yo había sido contactado por su
presidente, Nelson Gutiérrez, quien me conocía por mis trabajos y por
las informaciones de amigos brasileños, entre los cuales Evelyn
Singer, profesora en dicha universidad y que había militado conmigo
en Brasil. Gutiérrez me había comunicado sobre la existencia de una
vacante de profesor titular en el Instituto Central de Sociología y me
había consultado sobre mi interés en ocuparla”.
Al igual que sus colegas Do Santos y Bambirra, Marini desarrolla sus estudios
en torno a las características del capitalismo dependiente, buscando generar la base
para la comprensión no solo de nuestro continente, “sino también de las diversas
formas de la superexplotación de la fuerza de trabajo y del subimperialismo”
(OSORIO, 2004, p. 138).
En un artículo en la revista chilena Punto Final8, el sociólogo y cientista
político brasileño, Emir Sader, recuerda su estadía en Chile durante el período de la
7 Ruy Mauro Marini falleció, en la ciudad brasileña de Río de Janeiro, el año de 1997, después de
una larga enfermedad.
8 La revista Punto Final era un medio de comunicación muy cercano del Movimiento de Izquierda
Revolucionaria (MIR). Durante la dictadura militar muchos de sus periodistas fueron asesinados o son
detenidos desaparecidos.
Unidad Popular (1970-1973) y su vinculación con el MIR. Además recuerda a Ruy
Mauro Marini:
[…] La primera vez que pasé por Chile me quedé en el
departamento de Ruy Mauro, en Providencia. Éramos amigos y
compañeros de militancia en Brasil, en la organización marxista
Política Operaria. Ruy Mauro había sido detenido después del golpe
de 1964, en el trabajo de organización de un foco guerrillero con el
cual pretendíamos desarrollar un trabajo de propaganda armada de la
resistencia a la dictadura (Punto Final, 2014).
Sader señala que su organización heredó el trabajo de Leonel Brizola con
sargentos y marinos y a Ruy Mauro le tocó la misión de reorganizarlos. Ese trabajo
sufrió una dura represión, Ruy Mauro fue detenido y brutalmente torturado por el
servicio secreto de la Marina (CENIMAR). Agrega que:
[…] Cuando fue finalmente liberado, decidimos que él debía salir del
país. Ruy Mauro escogió ir a México, pero luego se trasladó a Chile, a
Concepción, donde conoció a los dirigentes del MIR. Ahí empezó la
intensa colaboración de Ruy Mauro con el MIR, así como la apertura
de los espacios por los cuales tantos de nosotros hemos transitado
(Punto Final, 2014).
Sader recuerda que en casa de Ruy Mauro conoció a los miembros de la
comisión política del MIR, que a menudo hacían reuniones en aquel departamento, a
Miguel Enríquez, Bautista Van Schouwen, Luciano Cruz, Edgardo Enríquez, Nelson
Gutiérrez y Andrés Pascal Allende. Afirma que era una comisión política, un equipo
de dirección, como pocas veces una organización de Izquierda pudo tener. Agrega
que:
[…] En ese equipo sobresalía Miguel, un líder revolucionario
extraordinario desde todo punto de vista. Nunca he conocido a alguien
tan capacitado para la dirección política como Miguel. Por representar
la alternativa revolucionaria frente al camino institucional de la
Unidad Popular, el MIR atraía automáticamente a los militantes de
otras organizaciones revolucionarias, en particular de las
latinoamericanas. La concepción internacionalista del MIR –
reivindicada directamente del Che- favorecía aún más la
concentración de militantes de esa corriente en el MIR. Alrededor de
Ruy Mauro Marini se ubicaba el núcleo más cohesionado de
brasileños en el MIR (Punto Final, 2014).

Ruy Mauro Marini, para muchos autores, con su libro Dialéctica de la
dependencia, hizo que “el marxismo latinoamericano alcanza su punto más alto en
tanto formulación de las leyes y tendencias que engendran y mueven al capitalismo
sui generis llamado dependiente. Esto se alcanzaba luego de una década de arduos
estudios y discusiones sobre el tema” (OSORIO, 2004, p. 138). Marini también fue
un activo militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), realizando
numerosos escritos políticos.

La teoría de la dependencia
Recordemos que la teoría de la dependencia nació directamente relacionada
con la crisis del modelo desarrollista de la Comisión Económica para América Latina
y el Caribe (CEPAL) impulsado en la década anterior. A través del concepto de
dependencia “se quería explicar por qué no se había logrado el desarrollo con aquel
modelo –de industrialización por sustitución de importaciones- cuando las
condiciones económicas previas habían apuntado a su viabilidad” (REY, 2003, p.
52).
Cabe recordar que la CEPAL, fundamentalmente producto de las
investigaciones de Raúl Prebisch, afirmaba que para crear condiciones de desarrollo
dentro de un país era necesario, entre otros tópicos: controlar la tasa de cambio
monetario, poniendo mayor énfasis en políticas fiscales que en políticas monetarias;
Promover un papel gubernamental más eficiente en términos de desarrollo nacional;
Generar una mayor demanda interna incrementando los sueldos y salarios de los
trabajadores; Desarrollar un sistema seguro social más eficiente por parte del
gobierno, especialmente para sectores pobres a fin de generar condiciones para que
estos sectores puedan llegar a ser más competitivos; y Desarrollar estrategias
nacionales que sean coherentes con el modelo substitución de importaciones,
protegiendo la producción nacional al imponer cuotas y tarifas a los mercados
externos.
Para algunos autores la propuesta de Prebisch y de la CEPAL fue la base de la
teoría de la dependencia a principios de los años 50. Sin embargo, para otros autores
como Faletto y Dos Santos luego del fracaso de las propuestas de desarrollo de la
CEPAL surge, propiamente, la teoría de la dependencia.
A mediados de la década de los sesentas se publicó este modelo teórico más
elaborado. Entre los principales autores de la teoría de la dependencia tenemos a:
André Gunder Frank, Raúl Prebisch, Theotonio Dos Santos, Fernando Henrique
Cardoso, Edelberto Torres-Rivas, y Samir Amin.
Para muchos autores es el neo-marxismo y no el marxismo ortodoxo clásico el
que provee una base para la teoría de la dependencia. Por ejemplo, el enfoque clásico
se centra en el análisis del papel de los monopolios extendidos a escala mundial,
mientras que el centro del neo-marxismo es proveer una visión desde las condiciones
periféricas. Además, el marxismo clásico previó la necesidad de una revolución
burguesa en la introducción de procesos de transformación; desde la perspectiva neomarxista
y basándose en las condiciones actuales de los países del Tercer Mundo, es
imperativo ‘saltar’ hacia una revolución social, principalmente porque se percibe que
la burguesía nacional se identifica fuertemente con posiciones de élite y de la
metrópoli más que con posiciones nacionalistas. Por último, afirma Giovanni Reyes
(2001):
El enfoque marxista clásico consideraba que el proletariado industrial
tenía la fuerza y estaba llamado a ser la vanguardia para la revolución
social; el enfoque neo-marxista insistió en que la clase revolucionaria
debía de estar conformada por los campesinos para poder llevar a cabo
un conflicto revolucionario.
Por lo anterior, la teoría de la dependencia se convirtió –afirma Eduardo Rey
Tristán (2003, p. 52):
En un apoyo científico al antiimperialismo militante, que reforzaba la
orientación latinoamericanista al considerar la situación del continente
como un todo (si bien con sus peculiaridades), y que se oponía al
postulado comunista respecto a la necesidad de una etapa
democrático-burguesa anterior a la revolución socialista.
De acuerdo con la escuela de la dependencia tres son las hipótesis principales
relacionadas al desarrollo en los países del Tercer Mundo: Primero, el desarrollo de
los países del Tercer Mundo necesita tener un grado de subordinación al centro en
contraste con el desarrollo de las naciones centrales cuyo desarrollo fue
históricamente y es hoy día independiente. Segundo, los partidarios de esta teoría
consideran que las naciones periféricas experimentan su mayor desarrollo económico
cuando sus enlaces con el centro están más débiles. Eduardo Rey Tristán (2003, p.
52) señala que:
Un ejemplo de esto es el proceso de industrialización que se desarrolló
en Latinoamérica durante los años 30s y 40s cuando las naciones del
centro estaban concentradas en resolver los problemas de la Gran
Depresión y las potencias occidentales estaban involucradas en la
Segunda Guerra Mundial”.
Una tercera hipótesis indica que cuando los países del centro se recuperan de su
crisis y restablecen sus vínculos comerciales y financieros, incorporan de nuevo al
sistema a los países periféricos, y el crecimiento y la industrialización de esto país se
tiende a ver subordinada. André Gunder Frank señala que:
[…] Cuando los países del centro se recuperan de la guerra u otras
crisis que han desviado de su atención de la periferia, la balanza de
pagos, inflación y estabilidad política de los países del Tercer Mundo
se han visto afectadas negativamente. Por último, el cuarto aspecto se
refiere al hecho de que las naciones más subdesarrolladas que todavía
operan con sistemas tradicionales feudales son las que tuvieron
relaciones más cercanas con el centro” (DOS SANTOS, 2005).
Para Theotonio Dos Santos el paso teórico más importante que ocurrió en las
Ciencias Sociales latinoamericanas fue mostrar que la dependencia no era un
fenómeno externo que se podía cortar a través del desarrollo económico y de una
actitud política más independiente. Dos Santos (1970, p. 7) señala que:
[…] Lo que se explicitó teóricamente fue, sobre todo, el hecho de que
la situación de dependencia en que vivimos dentro del sistema
capitalista mundial condiciona las estructuras internas de nuestros
países, haciéndolos dependientes en su propia constitución.
Pero Theotonio Dos Santos avanza más allá de lo económico tocando tópicos
políticos, especialmente en sus escritos realizados durante su estadía en Chile. Para el
economista brasileño en el marco de la Guerra Fría se crean las condiciones para el
surgimiento de guerras locales que pueden organizar paulatinamente una
insurrección popular.
Do Santos (1970, p. 93) afirmó que:
[…] En esas condiciones, las organizaciones políticas de vanguardia
no pueden seguir viviendo en las expectativas de una situación
insurreccional; pero pueden transformarse en una organización
político-militar permanente que organice, a largo plazo, un
movimiento insurreccional. El conjunto de esas acciones armadas (que
asumen, de acuerdo a características regionales, las más diversas
formas) lo que se viene llamando la “guerra popular”. El concepto de
guerra popular elimina la tesis del “foco”, elimina la contradicción
foco-partido, la contradicción campo-ciudad, todas ellas alternativas
artificiales creadas por la apreciación unilateral de la experiencia de la
Revolución Cubana.
La importancia del aporte de los intelectuales brasileños al proceso de la
unidad Popular y al MIR queda ratificada en la investigación de Fahra Neghme y
Sebastián Leiva. Estos autores sostienen que la dirigencia del MIR, en particular
Miguel Enríquez, mantuvo una permanente comunicación con ellos. Por ejemplo, el
dirigente que Martín Hernández, dirigente del MIR, plantea que:
[…] Con la mayor parte de los teóricos marxistas de la dependencia,
incluso con aquellos que son militantes de la Unidad Popular como
Theotonio Dos Santos y Vania Bambirra, Enríquez tiene un constante
intercambio intelectual. La base de la convergencia intelectual entre
Enríquez, formado en la tradición trotskista, y los teóricos marxistas
de la dependencia radica en la ratificación que hace la teoría de la
dependencia de la idea central de un programa de transición, a saber la
fusión de las tareas de liberación nacional y socialistas (NEGHME y
LEIVA, 2000, p. 32).
Por último, Andrés Pascal Allende9, ex secretario general del MIR desde
1974 hasta 1987, sostiene que la teoría de la dependencia tuvo una gran importancia
en la estructuración del discurso y estrategia política del MIR. Pascal Allende que
esta teoría, junto con valorizar la existencia de lo que se denominó Tercer Mundo, un
mundo de abajo, también se definió a estos países como dependientes del capitalismo
central. Y eso los llevó a una lectura desde la propia realidad de América Latina y, en
especial, de Chile (SALINAS, 2013, p. 292). Los teóricos de la dependencia que más
influyeron en el MIR -afirmó Andrés Pascal Allende- fueron:
[…] André Gunder Frank, muy cercano a ellos; Ruy Mauro Marini,
que llega en el gobierno de la Unidad Popular y que llega a ser parte del
Comité Central del MIR; Aníbal Quijano, que vivió a fines de los 60’ en
Chile. “En fin, esa intelectualidad que empieza a alejarse de esa mirada
tan euro-céntrica y comienza a mirar nuestras realidades a partir de lo
sucedido aquí, una mirada al período de la Colonia, al desarrollo del
9 Entrevista realizada al dirigente del MIR, Andrés Pascal Allende, el 19 de julio de 2011 (SALINAS,
2013, p. 292).

Capitalismo en Latinoamérica que es distinto al mismo desarrollo en
Europa (SALINAS, 2013, p. 292).
Conclusiones
En Chile, el período político vivido durante la Unidad Popular continúa, pese
a los más 40 años transcurridos, siendo controversial. Sin embargo, en los últimos
años se ha producido un aumento en las investigaciones y libros sobre los actores que
participaron en aquel momento que marcó la historia chilena.
Sin lugar a dudas, como queda establecido en este artículo, un rol protagónico
en este proceso político, ya sea participando en centros de estudios, en los partidos
políticos de la Unidad Popular o en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria
(MIR), lo tuvieron intelectuales extranjeros, siendo los más importantes entre ellos
los provenientes desde Brasil. Estos intelectuales aportaron al desarrollo de las
ciencias sociales en Chile ayudando a su desarrollo de una forma nunca antes vista
en el país. Además sus reflexiones en torno a la teoría de la dependencia no sólo
contribuyeron al debate académico en Chile sino que se difundieron por América
Latina y el mundo.
Revista Eletrônica da ANPHLAC, ISSN 1679-1061, Nº. 18, p. 121-138, jan./jul.
2015.
http://revista.anphlac.org.br/

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Revista Eletrônica da ANPHLAC, ISSN 1679-1061, Nº. 18, p. 121-138, jan./jul.

Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile

Intervenciones de Mario Garcés y Pedro Naranjo en la presentación de este libro

Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile

Rebelión

Intervención de Mario Garcés Durán, Doctor en Historia, en la actividad de homenaje y de lanzamiento del libro “Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile.” Realizado el 5 de octubre del 2004 en el Campus Libertad de la Universidad ARCIS en Santiago.

Este libro que hoy presentamos se inscribe en medio de un conjunto de actos, homenajes, paneles y foros que nos traen a la memoria a Miguel Enríquez; su vida, sus luchas, sus contribuciones al proyecto revolucionario chileno y también su trágico final, su muerte en combate el 5 de octubre de 1974. Pero así como la figura de Miguel anima y estimula la memoria, al mismo tiempo su memoria nos obliga a interrogar a la historia, la historia de Miguel, la historia del MIR, la historia del movimiento popular y la historia del Chile reciente.

He querido comenzar mi presentación de este libro marcando estos dos conceptos, estas dos dimensiones: la historia y la memoria. Lo hago así porque creo que ambas dimensiones nos enfrentan a problemas cercanos, pero diferentes. Y lo hago en esta Universidad, que es donde me empeño en contribuir a la formación de los estudiantes de historia, volviendo una y otra vez sobre las relaciones entre la historia y la memoria.

No puedo extenderme sobre las diferencias entre uno y otro concepto. Sólo diré que mientras la memoria se fusiona con el hecho recordado: así fue, así me lo contaron; la historia busca tomar distancia con el pasado para poner orden; mientras la memoria, como indica Paul Ricoeur goza de esa pequeña felicidad del reconocimiento propio del testigo que puede afirmar, es él, es ella; la historia enfrenta el problema de la representación del pasado que sólo se consigue luego de largas complejas indagaciones sobre el pasado. Construcciones y representaciones que tiene el afán de cumplir un pacto de verdad con el lector. En realidad, tanto la historia como la memoria, el historiador y el testigo buscan ser creídos, buscan de alguna manera hablar con la verdad.

He querido establecer algunas mínimas distinciones porque creo que es fácil engañarnos o conformarnos con verdades a medias respecto del conocimiento del pasado. Necesitamos de la historia y de la memoria, del testimonio oral y del documento escrito, de la experiencia del testigo que nos confía su testimonio y de la paciente tarea de los archivos y del debate académico que enriquece nuestros enfoques y puntos de vista.

Cuando el CEME a través de Pedro Naranjo nos propuso editar este libro al Comité Editorial de LOM, como miembro de este Comité indiqué, que valorando la iniciativa como una contribución a la memoria histórica de los chilenos, con el MIR enfrentaríamos un déficit de investigación histórica.

De MIR circulan múltiples memorias y variadas estigmatizaciones en la sociedad chilena, pero pocas obras históricas. Conocemos el trabajo del profesor Carlos Sandoval de esta Universidad, algunos artículos de Luis Vitale, de Igor Goicovic, y nos tocó además dirigir la tesis de grado de Sebastián Leiva y Fahra Negme. Todos estos trabajos, parciales aún, nos van dando luces sobre diversos aspectos o momentos de la historia del MIR, pero no contamos todavía con una obra sistemática que nos narre la historia del MIR.

En el prólogo de este libro he sugerido como historiador un conjunto de preguntas y problemas que habría que tener en cuenta al trabajar la historia del MIR y de Miguel Enríquez, ya que como sostiene Pedro Naranjo en la excelente biografía política de Miguel que nos presenta en este libro, es muy difícil separar la historia del líder, del dirigente de la historia de la organización.

Sugiero reconocer al menos tres etapas en la historia del MIR que a Miguel Enríquez le tocó vivir: la etapa fundacional (1965-1970), la etapa de la Unidad Popular (1970-1973) y la breve etapa de la dictadura (1973-1974).

Sugiero también que la historia del MIR es del todo emblemática, en el sentido, que se trata de un grupo que en muy corto plazo alcanzó gran impacto en la política chilena, y que al mismo tiempo vivió la acción devastadora del terrorismo de Estado, que en pocos años le costó la vida a unos seiscientos militantes, la mayor parte de ellos, menores de 30 años. Pocas veces se han dado en la historia de Chile experiencias como ésta, y al mismo tiempo, es del todo evidente que la historia del MIR es parte sustantiva de la historia de Chile.

Señalo algunas de las preguntas y problemas que, a mi juicio, debe encarar una historia del MIR:

  • En la etapa fundacional, al menos dos cuestiones son fundamentales, por una parte, el impacto de la revolución cubana que remeció a América Latina y Chile, y, por otra parte, la crítica visión que desarrolló el MIR de la izquierda chilena existente hasta ese tiempo. Me parece que el problema histórico puede plantearse del siguiente modo: La revolución cubana, al igual que la revolución bolchevique de 1917, demostró que la revolución podía triunfar y los miristas criticaron a la izquierda chilena por sus dificultades para hacer triunfar la revolución. La izquierda histórica parecía demasiado integrada al sistema político chileno. Miguel Enríquez y otros dirigentes se plantearon entonces la necesidad de elaborar una estrategia y una táctica así como la formación de un partido que, de una vez por todas, hiciera la revolución en Chile.

Me parece que hay que estudiar los efectos de esta afirmación, en el sentido que para muchos jóvenes de los años sesenta el MIR tuvo la enorme atracción de constituirse en una organización que prometía e invitaba a “hacer la revolución”. Alguien dirá que cada tanto, surge algún grupo que proclama la necesidad de la revolución, pero la diferencia es que la invitación del MIR no cayó en el vacío, ya que miles de jóvenes estudiantes, pobladores, mapuches, campesinos, obreros, intelectuales se sumaron a sus filas, convencidos de que ahora sí tomaban el rumbo de la revolución en Chile. La pregunta que la historia debe responder, admitiendo estos hechos, es que hacía que esa generación sesentista creyera y estuviera dispuesta a dar la vida por la revolución. O de otro modo, ¿cómo se constituyó esa subjetividad dominante en amplios sectores de la población, de que la revolución era posible, que para hacerla, sólo había que proponérselo? ¿Qué explica ese sentido de “historicidad” tan radical y tan distante de nuestros días en que el orden se nos presenta como naturalizado y en consecuencia, la sociedad como imposible de ser transformada?

  • Sostengo como hipótesis para el período de la Unidad Popular, en contra de lo que muchos creen, que el triunfo electoral de la UP no fue un obstáculo para el crecimiento del MIR, sino por el contrario, lo favoreció. Curiosa paradoja: Triunfa una coalición de partidos que proclama la posibilidad de una vía chilena y pacífica al socialismo y crece una organización revolucionaria, relativamente pequeña, que se declaraba partidaria de la vía armada. (Curiosa es nuestra historia en América Latina, como indicó alguna vez García Márquez, estamos más cerca de Kafka que de Descartes, más cerca del realismo mágico que del racionalismo ilustrado).

Descifrar este enigma implica necesariamente hacer la historia de la Unidad Popular, ya que fue en ese contexto que se produjo un explosivo crecimiento del MIR, tanto en el número de sus militantes, pero más que eso, en el impacto de sus proposiciones en la política chilena. Muchas de estas proposiciones se pueden seguir más o menos sistemáticamente en el libro que estamos presentando.

Para simplificar las cosas, podemos valernos de la tesis del profesor Peter Winn, en el libro recientemente traducido y editado por LOM sobre los trabajadores de Yarur. Winn sostiene que en la UP convivieron dos revoluciones: Una, desde arriba, la planificada por la UP, sus técnicos y dirigentes de los partidos de la izquierda; y otra, la revolución que se generó “desde abajo”, que en unas fases se complementó con la de arriba, pero en otras se tensó y divergió con ella. El MIR se puede sostener entonces, se vinculó especialmente con la “revolución desde abajo”. De este modo, su crecimiento, su desarrollo se vincula con las aspiraciones de cambio, con las tradiciones de lucha popular que se potenciaron y multiplicaron durante la Unidad Popular. El MIR no inventó la tradición de lucha popular, se fundió con ella y por cierto también la estimuló y buscó constituirla en la referencia fundamental de la revolución chilena.

  • En tercer lugar, con relación a la dictadura, el MIR proclamó el fracaso del reformismo y no el de la revolución. Desde esta perspectiva, buscó ponerse a la cabeza de las luchas de la resistencia a la dictadura, favoreciendo la unidad de todas las fuerzas anti dictatoriales o anti-gorilas. En ese empeño se le fue la vida a Miguel Enríquez y el MIR fue objeto de la mayor operación represiva que se conozca en el país. El partido de la revolución fue prácticamente aniquilado y los efectos del genocidio acompañan hasta hoy a muchos de sus sobrevivientes.

Dos problemas al menos son importantes de considerar a propósito de la Unidad Popular y de la dictadura:

1.- La propuesta o la visión del MIR de que no era posible transitar por vía pacífica al socialismo, habida cuenta del colapso de a vía chilena, pareciera darle la razón al MIR, pero creo que hay que problematizar esta lectura, ya que se podría admitir que el MIR tuvo la razón teórica, pero no así la razón histórica, ya que siendo un actor del proceso, evidentemente era deseable otro destino para la Unidad Popular. Es distinto contar con la razón teórica, como razón crítica que con la razón histórica, como razón positiva.

2.- Vinculado a lo anterior, se puede también problematizar la visión que el MIR sostuvo sobre el fin de la Unidad Popular. El golpe de estado no significó sólo la derrota del reformismo, sino que fue la derrota de Allende, de la izquierda, del movimiento popular y del propio MIR.

3.- ¿Qué pude explicar estos desencuentros entre las razones teóricas y las razones prácticas de la historia?

Creo que se pueden sugerir al menos tres hipótesis:

1.- El MIR hizo una lectura sesgada de la realidad chilena. Una lectura que poniendo el mayor énfasis en las capacidades de lucha de la clase popular no terminaba de reconocer y medir la fuerza que tenían las formas de integración y adaptación de la misma clase popular a la sociedad capitalista. ¿Se trataba sólo de desplazar al reformismo obrero, para lo cual bastaba con marcar las diferencias con el Partido Comunista? ¿Había o no y de qué manera había que tener en cuenta el desplazamiento de las clases medias hacia el campo de la oposición? ¿Cuánto pesaban y cuánto pesan en Chile las instituciones del Estado, como campo privilegiado para la política? ¿De qué manera esas formas de hacer política constituían realidad y constituían a los propios sujetos populares?

2.- La crítica a la izquierda tradicional llevó al MIR a insistir en la necesidad de construir el partido de la revolución para lo cual actualizó al Lenín del Que hacer y el de Las tesis de abril. Es decir, al Lenín del partido de vanguardia y el de la dualidad de poderes. Sin embargo, no bastaba con mirar a Chile a través de Lenín, había que mirar a Chile con ojos propios. Por ejemplo, qué podía significar en Chile la construcción de formas de poder alternativo, de poder popular, podían estas constituirse en corto plazo en poder revolucionario, capaz de transformar radicalmente la sociedad o requerían de un tiempo de desarrollo, maduración, ejercicio práctico más que de retórica revolucionaria. ¿Ese desarrollo no implicaba acaso defender al gobierno de Salvador Allende, por más reformista que fuere, mientras las fuerzas propias del campo popular no alcanzaban un mayor desarrollo? ¿Por qué el poder del pueblo, sus tradiciones, sus deseos de cambio, su sentido de soberanía se expresaron tan débilmente el día del golpe? ¿Quién se equivocaba, la izquierda, el pueblo, ambos?

3.- El voluntarismo inevitablemente conlleva autoritarismo. El MIR adoleció, a mi juicio, de una sobre determinación teórica, es decir,

del deseo de cambiar la realidad especialmente a partir de sus presupuestos teóricos. Pero, cuando la realidad sigue un camino distinto, sólo hay dos posibilidades: modificar esos presupuestos o insistir porfiadamente en la voluntad para producir el cambio. Me parece que el MIR en muchos momentos optó por este segundo camino, lo que inevitablemente lo llevaba a reforzar una cultura organizacional autoritaria (estilos, formas, valores, actitudes, etc.), que en el mediando plazo complotaron en contra de su propio desarrollo. Por ejemplo: frente a la amenaza y la práctica represiva, que costó la vida a tantos militantes, ¿no existía la posibilidad de evaluar con más realismo la fuerza del enemigo? ¿La revolución no puede retroceder en determinadas circunstancias?

Se podrían formular muchas más preguntas que apuntan, claro está, a desentrañar los por qué de la derrota de la revolución en Chile en los años 70, proceso en el cual el MIR fue un actor fundamental.

Me parece, y con esto termino, que no hay posibilidad de reconstruir la izquierda chilena, tan debilitada en los días de hoy, si no se responde a las muchas de estas preguntas, hasta ahora sin respuestas o con respuestas muy parciales. Es decir, la izquierda puede constituir la memoria en un culto al pasado de una revolución “que no fue”, pero también puede hacer de la memoria un ejercicio crítico que la ayude a ponerse de pie. Por ello, hay que hacer el inventario de las derrotas, hay que hacer todos los ejercicios necesarios de memoria, pero también la historia (la memoria puede ser auto complaciente). Sé que se trata de un ejercicio difícil, sobre todo para los viejos, no así para los jóvenes sin son capaces de pararse sobre nuestros hombros, para mirar más lejos y proponernos nuevas perspectivas de análisis.

Palabras de pedro naranjo s., coordinador del ceme, en la actividad de homenaje a miguel enríquez y de lanzamiento del libro “miguel enríquez y el proyecto revolucionario en chile”. realizado en santiago el 5 de octubre del 2004, en la sede libertad de la universalidad arcis, santiago de chile.

Recordando al Miguel del pueblo, el Miguel de todos.

Compañeras y compañeros

En nombre del Centro de Estudios “Miguel Enríquez”, saludamos la presencia de todos los presentes. Asimismo expresamos nuestro agradecimiento, a LOM y el “Comité 30 años” por organizar la presentación del libro “Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile”.

Esta actividad, es una de las tantas convocadas para recordar el aniversario 30 de la caída en combate de Miguel, y nos muestra el interés y convocatoria que despierta su figura. En ella también queremos recordar a todos los caídos en la larga lucha por la libertad y la justicia social de nuestro pueblo. Cientos de ellos nos acompañan con sus rostros de vida en este local.

Mi intervención de manera breve considerará y en ese orden tres cuestiones: el libro que se edita, el trabajo del CEME y la necesidad de historiar al MIR y, finalmente algunas ideas y homenaje a Miguel.

Sobre la presente edición

El contenido del libro lo inicia un trabajo que habla sobre la vida de Enríquez, integra antecedentes referenciales sobre su pensamiento y el desarrollo, posiciones y práctica política del MIR en ese periodo.

El resto lo constituye la selección de textos seleccionados, que persiguen dar una visión general del pensamiento de Miguel y de las políticas del MIR en el periodo. La mayoría corresponde a textos redactados por el máximo dirigente del MIR en forma de discursos, informes o declaraciones y están orientados para la acción política de su partido: denunciar y atacar a sus adversarios, dar la discusión ideológica con el resto de la izquierda o convocar al pueblo a la lucha. También, y para ampliar la visión política se incluyen unos pocos documentos generales del MIR de momentos de su trayectoria y, en cuya elaboración tuvo destacada participación Miguel.

La selección de los documentos del libro que presentamos, no fue tarea fácil para los que participamos en ella. Más aún, cuando el punto de partida del CEME era publicar parte importante de la documentación hasta hoy recuperada, del periodo 1965-1974, cuestión no viable por su extensión. Al final, de un universo inicial de mas de 900 páginas en más de 130 documentos, la presente selección recoge cerca de dos decenas que recorren el camino entre la fundación del MIR en agosto de 1965 hasta la caída de Miguel en octubre de 1974.

La documentación entregada, aunque significativa e importante, es insuficiente para comprender en todas sus aristas el ideario político y quehacer del MIR en el periodo.

Esperamos, a mediano plazo, poner a disposición de interesados más fuentes documentales, en forma escrita o vía internet en nuestro sitio definitivo que esperamos editar en los meses iniciales del próximo año.

Al entregar a público este trabajo, agradecemos a todos los que en distintos tiempos y lugares apoyaron nuestro trabajo. Asimismo, a LOM que recogió e hizo realidad la iniciativa de publicar este libro de homenaje.

Sobre el trabajo del CEME y la necesidad de historiar al MIR..

En nuestro país hay un importante déficit de estudios relativos al movimiento popular (social y político) del periodo 1960-1990. Pareciera que la represión, el oscurantismo, y censura de los tiempos del régimen militar, que nos derroto en muchos planos, aún nos mantiene aprisionados y no permite a los involucrados que aun son consecuentes con lo que hicieron, levantar sin permiso de nadie su voz y pensamiento para asumir lo hecho y lo que se pensó; reconocer y asumir nuestras experiencias con sus enseñanzas y lecciones.

No se puede aceptar pasivamente que la “historia oficial dominante” margine, haga desaparecer o tergiverse impunemente procesos sociales, hechos, situaciones, colectivos y personajes participantes en la sociedad chilena, por el solo hecho de no estar vinculados a los centros del poder dominante, haciendo que la experiencia popular se recoja fragmentariamente en la historia de Chile.

En el desarrollo del movimiento popular chileno (nos referimos a sus organizaciones sociales y políticas) hay una experiencia inmensa de luchas con momentos de triunfos y derrotas, de avances y retrocesos. De ellos, se evidencian muchos déficit de sistematización, enseñanzas no recogidas y responsabilidades no asumidas.

…………………………………….

El MIR, fundado en agosto 1965 fue una importante organización de la izquierda revolucionaria chilena y latinoamericana. A partir de su fundación se planteó el reto de levantar y construir para el país un proyecto histórico original que buscaba transformar radicalmente la realidad chilena de entonces. Sus comienzos no fueron fáciles en el proceso de poder unificar pensamientos y miembros procedentes de orgánicas diversas.

Las exigencias de la lucha de clases nacional, en especial el complejo y rico periodo de la historia nacional de 1970 a 1973, le planteo desafíos inéditos, no fáciles de resolver y en ellos tuvo aciertos y errores.

El triunfo de Salvador Allende en 1970 le obligo a una adecuación táctica profunda, y aunque visualizo el nuevo periodo abierto, la no comprensión inicial de todas las posibilidades que presentaba, le retraso el otorgar mayor importancia a la vinculación mas profunda con los diferentes movimientos sociales populares, para poder avanzar en la constitución de una fuerza social revolucionaria.

Aun, el papel y rol del MIR en las décadas pasadas, desde un punto de vista histórico es un problema no resuelto, permanece pendiente. Su experiencia es poco conocida, aunque de ella a veces se habla, de forma bastante deformada o interesada.

No existen trabajos históricos sistematizados que permita apreciar y analizar la participación mirista en períodos importantes de la lucha de clases del pueblo chileno. El acceso a documentación no es fácil a consecuencia del sistemático e intenso proceso de destrucción ideológico, político, humano, orgánico, documental y de experiencias del conjunto del movimiento popular y del mirismo en particular que realizo durante la dictadura militar. Agréguese la política de omisión y silenciamiento histórico de los sectores nacionales dominantes en la actualidad.

Por otro lado, el proceso de crisis política, ideológica y orgánica progresivo que afectó internamente al MIR desde mediados de la década de 1980, como consecuencia de problemas ideológicos y políticos no resueltos, significó no solo perdida de fuerza e influencia social y política, sino la división y posterior desaparecimiento orgánico del tronco mirista.

………………………

El hecho de conocer y haber participado mucho tiempo en la experiencia mirista motiva desde hace un tiempo, el interés de un pequeño colectivo para contribuir sin plazos fijos al trabajo de recuperación de la historia y experiencia del MIR, que con posterioridad hemos ampliado de forma parcial al conjunto del movimiento popular chileno.

El CEME trabaja para recoger los planteamientos y experiencias del conjunto del mirismo a lo largo de los distintos periodos de su historia. Nuestra idea de trabajo no se identifica o depende de ningún grupo u orgánica mirista pasada o presente. Reconocemos y asumimos las diferencias que existieron y las que se manifiestan hoy.

A todas esas expresiones y visiones llamamos ayer, y les llamamos hoy y hacia el futuro a participar en esta tarea que reclama un esfuerzo sostenido, urgente y permanente.

Y, aunque la historia pasada de todas las organizaciones populares está abierta al estudio de todos los interesados, hoy es una exigencia política y ética, para los propios protagonistas, los miristas sobrevivientes, asumir sus experiencias pasadas (en sus definiciones y hechos, en los aportes y sus errores) a fin de contribuir al conocimiento del trayecto histórico del movimiento popular chileno.

Es importante no solo reconocer nuestra historia, sino asumir por lo que se lucho, no solo como un mero ejercicio recordatorio o nostálgico, sino como una revisión critica de nuestras propuestas y quehacer, para entregarlo a nuestro pueblo y a las generaciones presentes y futuras que con justeza lo reclaman.

Es la forma de evidenciar nuestra gratitud con nuestro pueblo que nos otorgo confianza y reconocimiento.

Es la forma de rendir homenaje y valorar el quehacer y consecuencia de nuestros compañeros y compañeras de ruta que entregaron su vida para hacer realidad lo que sustentaron.

Es la forma concreta con que exdirigentes y militantes asumen sus responsabilidades.

Será una forma de contribuir a contrarrestar parcialmente los olvidos conscientes y tergiversaciones que entrega la historia oficial de las clases dominantes,

Es la forma de ayudar a reconocer en la historia de Chile las experiencias populares.

Es la forma de hacer valer el hecho de que el movimiento popular y sus expresiones sociales y políticas han sido importantes, permanentes, y en momentos decisivos protagonistas históricos en la sociedad chilena, por su rol, quehacer y luchas.

Recuperar la experiencia del MIR,es parte del proceso para recoger la historia político social del conjunto del movimiento popular chileno, su cultura, identidad, combates y protagonistas, en su lucha por lograr un mundo mejor, sin injusticias, con bienestar, sin explotados y libre de explotadores.

Pero también nos plantea la necesidad de enjuiciar el rol histórico de la organización, de sus instancias colectivas, de sus dirigentes, incluido Miguel y precisar los aciertos y los errores en que incurrió.

Aunque el pasado no se puede reproducir o copiar mecánicamente, de sus experiencias es importante extraer lecciones y enseñanzas posibles de considerar útilmente en los momentos presente y futuro de la lucha popular.

El CEME invita a los protagonistas a tomar la palabra, a reconocer y asumir su pasado, decir nuestra verdad. Entregar documentación, información y la visión personal de los sucesos acontecidos en diversos momentos y lugares de nuestro país, de acuerdo al sentido, percepción y valor que cada uno da a las vivencias que protagonizó.

El homenaje a Miguel Enríquez.

Compañeras y compañeros

Hoy día, arribamos al 30 aniversario de la muerte en combate de Miguel Enríquez, fundador y Secretario General del MIR.

A todos los caídos y a Miguel, entregamos nuestro homenaje. Lo hacemos al combatiente revolucionario que dedicó y entregó su vida a la lucha de nuestro pueblo por su liberación, que hizo grandes esfuerzos, al igual que los miembros de la organización que el dirigió, para ganarse con sus propuestas originales, ejemplo personal y su gran capacidad de conductor, un lugar permanente en los sectores consecuentes de nuestro pueblo.

Es el homenaje al joven y maduro dirigente, que en momentos muy complejos que atravesó nuestro país, pudo junto a los que le acompañaron, resolver y orientar importantes problemas teóricos y prácticos que planteaba la lucha revolucionaria de entonces.

La trayectoria y quehacer de Miguel Enríquez. está entrelazado con el proceso de construcción y desarrollo político del MIR, hasta octubre de 1974, en que su vida es tronchada a los 30 años cuando sus concepciones no alcanzaban un pleno desarrollo, y quedaron solo esbozadas en sus líneas generales.

Miguel vive, trabaja, lucha y piensa, y los puntos de partida de su pensamiento se sitúan, en parte de las décadas de 1960 y comienzos de 1970. Está influido y exigido para dar respuesta y orientar un actuar consciente a los acontecimientos e ideas de la realidad chilena en aquella época que gesto inéditos desafíos expresados en diversas e importantes experiencias sociales y políticas.

……….

Miguel Enríquez, fue la figura más destacada de una nueva generación de revolucionarios surgida en Chile en el curso de la década de 1960. Eran momentos, que en diversos países del continente latinoamericano se enfrentaba al dominio y explotación del imperialismo norteamericano y de las burguesías nacionales, con métodos de lucha ofensivos por parte de nacientes destacamentos revolucionarios.

El impacto de de la primera revolución socialista de América, la revolución cubana, junto a diversos e importantes factores sociopolíticos de la realidad chilena, influyeron en a la constitución del MIR, en momentos en que el movimiento popular chileno hacía frente a la profunda crisis económica, social y política que agudizaba en el país los enfrentamientos entre las clases sociales.

En ese momento, Miguel junto a otros compañeros expreso con mucha visión, capacidad y convicción, nuevas concepciones, propuestas políticas y métodos de lucha, para superar las concepciones programáticas, estratégicas y tácticas que proponían las fuerzas políticas tradicionales de la izquierda chilena, durante las últimas décadas.

Miguel y la organización que dirigió desde 1967, paso a expresar, un proyecto de rebeldía y lucha total contra las formas de dominación de entonces. Pero esta rebeldía no era ambigua, tenía claros objetivos, intentaba realizar en forma práctica una revolución social contra el sistema capitalista y en ello el compromiso era hasta sus últimas consecuencias.

Se luchó para conquistar el poder por parte de los sectores explotados y desde ese poder avanzar hacia la liberación humana.

Durante el gobierno del presidente Allende, la voz de Miguel Enríquez expresó con fuerza y claridad el pensamiento del partido que dirigía:

Conquistar el poder para los trabajadores a partir del ascenso de la izquierda al Gobierno y a través de la movilización de masas. Combatir implacablemente al imperialismo, a los dueños de las grandes fábricas y los fundos. Hacer de la tierra y de las fábricas, propiedad de todo el pueblo.

Planteó insistentemente al pueblo que las clases dominantes se oponían al avance de los trabajadores y se preparaban para derrocar al gobierno, reprimir al pueblo y provocar un enfrentamiento. Y, en respuesta a ello había que preparar al pueblo para resistir en todos los planos.

Señalaba la necesidad de aumentar las fuerzas del pueblo a través de la movilización combativa de los trabajadores, de los pobres del campo y la ciudad por sus reivindicaciones y derechos, contra sus patrones y a través de todas las formas de lucha que permitiera combatir mejor al enemigo de clase. Todo esto como única forma de elevar la conciencia y el nivel de organización de los trabajadores, poder ganar fuerzas, y golpear al enemigo para avanzar hacia la conquista del poder y el socialismo.

Ante un proceso político original que fue difícil, y contradictorio, se trataba para él y los revolucionarios de empujar hacia adelante, de hacer avanzar con más fuerza que nunca a los trabajadores. Rompiendo todas las trabas que impidieran su avance, modificándolas o destruyéndolas, según la fuerza acumulada.

Se hizo esfuerzos para incorporar y movilizar a las masas y golpear el aparato de estado y los patrones, entendiéndolo como única garantía para asegurar un camino revolucionario. Se llamó e impulsó la constitución de formas de poder local autónomas del estado, los Comandos Comunales de Trabajadores con amplia participación de los sectores sociales existentes en ese territorio.

Se levantó una línea política independiente, dando un apoyo crítico al gobierno de la Unidad Popular. Realizo esfuerzos para lograr la unidad de la izquierda. Nos comprometimos con el resultado del proceso y su derrota en 1973 golpeo y afecto profundamente al MIR y a todos los partidos populares.

El MIR y Miguel, levantaron en lo internacional una línea de independencia. Se criticó y rechazó los modelos burocráticos de construcción del socialismo en los países del entonces llamado “campo socialista”. Pero junto con levantar un proyecto nacional, tenia la visión estratégica del carácter continental de la revolución latinoamericana y la necesidad de los revolucionarios de coordinar sus luchas, para lo cual fue un importante gestor e impulsor en la constitución de la Junta de Coordinación Revolucionaria con participación del MIR y organizaciones de Argentina, Bolivia y Uruguay.

Miguel y sus compañeros no tenía más enemigos, que los enemigos del pueblo, éstos eran, el imperialismo norteamericano, los dueños de los fundos, los dueños de las grandes fábricas, los partidos políticos que defendían los intereses de los poseedores del poder y la riqueza, el Partido Nacional y el Partido Demócrata Cristiano. Su vida la entrego a combatirlos en todos los planos y en todas las formas.

Vivió para defender los intereses de los obreros, los campesinos, los pobladores, el pueblo trabajador los estudiantes y los soldados democráticos.

…………

Miguel reunía, características de hombre de acción y pensador. Realizo a plenitud una relación estrecha entre teoría y práctica. En él vida y pensamiento eran absolutamente concordantes. De gran consecuencia entre lo que decía y lo que hacía.

Le imprimió un particular sello a la lucha por ganar para las posiciones revolucionarias la conducción del movimiento de masas y este impulsara una táctica y estrategia política independiente tras el objetivo de conquistar un real gobierno de trabajadores en la perspectiva de avanzar a un auténtico poder proletario.

Inmensos fueron sus esfuerzos propios y los colectivos para lograr constituir el MIR, en el curso de la crisis del sistema de dominación burguesa en Chile en un partido que fuera vanguardia revolucionaria de la clase obrera, antes que la burguesía chilena resolviera sus diferencias y se uniera para desencadenar la contraofensiva reaccionaria. Errores de apreciación política trajeron como consecuencia retrasos irrecuperables que afectaron el desarrollo posterior del MIR.

En los difíciles momentos con posterioridad al golpe militar, en medio de una intensa persecución y accionar represivo, participó en la definición de políticas dirigió la reorganización del MIR y encabezó la lucha de resistencia popular contra la dictadura y sus aliados.

En esos momentos de repliegue de toda la izquierda, permaneció en Chile, se opuso tenazmente a dejar el país tanto él como miembros de su partido, por considerarlo una renuncia a su papel histórico junto a su pueblo. Su prestigio entre las masas y el pueblo era inmenso. Tenía el convencimiento que el derrocamiento de la dictadura militar solo sería posible al lograr una amplia alianza antidictatorial e impulsando una combinación muy variada de formas de lucha.

…………..

Su vida la entrego completamente a la lucha por los intereses de los trabajadores y todos los explotados de nuestra patria, tras el objetivo de alcanzar una sociedad diferente, libre de explotación, que tuviera como cimientos la justicia social y una verdadera democracia, donde el pueblo asuma un rol activo y protagónico para decidir su futuro.

Miguel nos dejó su pensamiento político y ejemplo de consecuencia, también nos lega su tenacidad incansable de más de una década, en que intenta construir paso a paso un partido revolucionario. Más aprendamos de Miguel y digamos que si alguien hoy quiere construir un partido revolucionario con una política revolucionaria tiene que construirlo no como una reconstrucción de algo que fue sino con las características apropiadas a la nueva situación de la sociedad.

Para eso puede servir, no solamente el ejemplo moral de Enríquez y sus camaradas, sino también su ejemplo intelectual y práctico. Pues precisamente el dio un ejemplo de cómo adecuarse a unas características concretas, a un periodo concreto, una teoría que en sus manos no era la simple reproducción o la simple repetición de una fraseología añeja, sino un intento por crear algo nuevo a partir y sobre la base de construcciones y adquisiciones teóricas anteriores. Ese ejemplo, esa rigurosidad conceptual, ese valor intelectual es tan alto como el ejemplo moral y el valor moral que nos dejó.

Compañeras y compañeras

Hoy 5 de octubre, desde este lugar histórico del movimiento obrero chileno, la ex Fundición Libertad de Santiago.

Junto con rendir homenaje al Miguel del pueblo, al Miguel de todos,

recordamos a todos nuestros héroes y mártires, mujeres, hombres y jóvenes que cayeron en distintas épocas luchando por la libertad i emancipación de nuestro pueblo.

Pero tampoco olvidamos y también saludamos a todos los que firmemente lucharon y están vivos.

Todos son parte de nuestra historia.

¡SOLO LA LUCHA NOS HARA LIBRES¡

Consenso y Disenso en la Memoria Histórica y en las Actitudes Hacia la Reparación en Tres Generaciones de Chilenos

Psykhe vol.22 no.2 Santiago nov. 2013

http://dx.doi.org/10.7764/psykhe.22.2.601

PSYKHE 2013, Vol. 22, 2, 33-47

Consenso y Disenso en la Memoria Histórica y en las Actitudes Hacia la Reparación en Tres Generaciones de Chilenos

Consensus and Dissent in Historical Memory and in Attitudes Toward Reparation in Three Generations of Chileans

Héctor Carvacho*, Jorge Manzi**, Andrés Haye**, Roberto González**, Marcela Cornejo**

*Universität Bielefeld

**Pontificia Universidad Católica de Chile


En 2 estudios correlacionales, con muestras basadas en cuotas de nivel socioeconómico, edad y género (N1 = 996 y N2 = 841), en Santiago de Chile se evaluaron 2 hipótesis: (a) chilenos que se socializaron políticamente en diferentes épocas (previa, durante y posterior a la dictadura) y que tienen diferente orientación política (izquierda, centro o derecha) manifiestan consenso en su memoria histórica, pero disenso en su valoración de las políticas de reparación hacia víctimas de la dictadura y (b) las actitudes ideológicas (autoritarismo, apoyo a la democracia y orientación a la dominancia social) explican las diferencias en la valoración de las políticas de reparación.

El análisis de una pregunta abierta muestra consenso intergeneracional y entre grupos políticos en que el golpe de Estado de 1973 y la transición a la democracia son los elementos centrales de la historia política chilena. Usando un modelo de ecuaciones estructurales, se encontró que los grupos políticos disienten en su valoración de las políticas de reparación (la izquierda tiene actitudes más positivas), en función de las actitudes ideológicas que subyacen a la orientación política.

Palabras clave: generaciones, memoria histórica, socialización política, orientación política, actitudes ideológicas

http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-22282013000200004&lng=es&nrm=iso&tlng=es

Discusión

Este artículo aborda el problema del impacto de la dictadura en la conformación de la memoria histórica y en las actitudes hacia las políticas de reparación hacia las víctimas. Abordar este problema adquiere particular importancia al cumplirse 40 años del golpe de Estado de 1973 en Chile. Fechas conmemorativas especiales reactivan las emociones y actitudes que subyacen a los conflictos y llevan a las sociedades a discutir el tema en el contexto de una mirada de futuro que contrapone olvido y memoria (Jelin, 2001). Además, todavía permanecen abiertas múltiples preguntas sobre los procesos de memoria y olvido colectivo. ¿Aumenta el consenso con el paso del tiempo? ¿Aparecen nuevos ámbitos de disenso conectados al pasado traumático? Este artículo buscó dar algunas pistas en esta discusión abierta.

En el contexto de un amplio estudio sobre la cultura política de los chilenos (ver Haye et al., 2009), se llevaron a cabo dos estudios que mostraron que, por un lado, existen visiones consensuales entre generaciones y orientaciones políticas con respecto a la centralidad del golpe de Estado y la transición a la democracia para la construcción de la memoria histórica en Chile. Por otro lado, existe disenso entre orientaciones políticas (izquierda-derecha) con respecto a las actitudes hacia las políticas de reparación hacia las víctimas de la dictadura, siendo las personas de izquierda quienes más apoyan estas políticas. A la diferencia en orientación política subyacen actitudes ideológicas como autoritarismo, orientación a la dominancia social y apoyo a la democracia, que a su vez predicen directa e indirectamente el apoyo a las políticas de reparación. Vale decir, el disenso en las políticas de reparación se explica sustantivamente en función de las actitudes ideológicas. Es importante mencionar que la existencia de un efecto directo de la configuración ideológica, que no es mediado por la orientación política, indica que hay participantes que, a pesar de presentar un patrón de respuestas consistente en términos ideológicos que predice las actitudes hacia la reparación en la forma esperada, no expresan su ideología a través de la auto-identificación en el eje izquierda-derecha. Para aclarar en qué consiste el efecto directo se requieren nuevos estudios que incorporen mediadores adicionales, tales como victimización competitiva (Noor, Shnabel, Halabi & Nadler, 2012) o emociones (González et al., en este número).

Los resultados de estos estudios expanden la investigación previa sobre las diferencias entre las generaciones en la memoria (e.g., Guichard & Henríquez, 2011; Manzi et al., 2003), al mostrar en un contexto socio-histórico distinto que el consenso en torno a las relevancia del golpe de Estado y la dictadura es transgeneracional. A su vez, ofrecen evidencia clara de que las actitudes ideológicas que subyacen a la diferenciación entre izquierda y derecha explican también el disenso en las actitudes hacia la reparación, lo cual es un hallazgo novedoso, que expande tanto la investigación sobre actitudes hacia la reparación (Lira & Morales, 2005; Morales & Cornejo, 2013) como la investigación sobre las consecuencias de las actitudes ideológicas (e.g., Cárdenas, Meza, Lagues & Yañez, 2010; Carvacho, 2010; Cohrs, Kämpfe-Hargrave & Riemann, 2012; Ho et al., 2012).

Es importante también discutir algunas limitaciones del estudio. La primera y más evidente es que la recolección de los datos fue llevada a cabo en los años 2005 y 2006, justamente antes de que se iniciara un evento político post dictadura de tremenda importancia en Chile, a saber, las protestas estudiantiles que adquirieron impacto nacional, primero en 2006, protagonizadas principalmente por estudiantes secundarios, y luego en 2011, incorporando estudiantes secundarios y universitarios con al apoyo de otros actores sociales. Al momento de diseñar el estudio, pensamos que el marcador generacional de la generación joven del estudio sería la elección presidencial del año 2005, donde resultó electa la presidenta Bachelet. Sin embargo, la aparición del movimiento estudiantil convirtió al grupo más joven de nuestro estudio en una especie de cohorte entre generaciones, pues la nueva generación política parece ser un par de años más joven.

Una segunda limitación se relaciona con la pregunta del Estudio 1. No podemos garantizar que todos los participantes entendieron la pregunta de la misma forma. No es claro qué entendieron algunos por historia política nacional, lo que se refleja en la mención de hechos evidentemente no políticos (por ejemplo, eventos deportivos). Además, los registros de los encuestadores pueden ser imprecisos, pues no contaron con soporte tecnológico que permitiera asegurar la calidad del registro. Las notas de los encuestadores, a pesar de haber sido capacitados para hacerlo de forma estándar, difieren en su nivel de detalle. Por esta razón, el análisis se enfocó en dos categorizaciones que subsanan el problema de la precisión de los registros (basadas en años y épocas). En el futuro se podrían complementar estos estudios con otros que permitan un mejor registro y preguntas adicionales, de modo de establecer estrategias de análisis que capturen otras facetas de la memoria histórica.

Una tercera limitación es que en este estudio no diferenciamos entre víctimas y no víctimas de la dictadura. Esto es relevante, pues investigaciones previas han mostrado diferencias importantes entre estos dos grupos, en términos de sus emociones y su actitud hacia el perdón y la reparación (Cárdenas, Ascorra, San Martín, Rodríguez & Páez, 2013; Cárdenas, Páez et al., 2013).

La última limitación es de orden metodológico. A pesar de estar incluido en una investigación de carácter longitudinal, el Estudio 2 utiliza datos transversales y correlacionales para presentar un modelo de mediación con supuestos sobre causalidad en la relación entre las variables. Estos supuestos están basados en la evidencia disponible en la literatura, pero, dado que el modelo presentado es novedoso y original, no han sido evaluados específicamente. Esto se podría resolver utilizando datos longitudinales y modelos que controlen los efectos auto-regresivos.

Finalmente, retomamos las preguntas presentadas al inicio del texto: ¿Qué tan profundo es el impacto de los eventos políticos más importantes de la historia en la cultura política de un país? ¿Es posible hablar de generaciones que son definidas por su experiencia compartida en torno a uno de estos eventos? Este artículo provee evidencia sobre la existencia de una cultura política transgeneracional, en la que el pasado histórico traumático del golpe de Estado y la dictadura sigue constituyendo un campo de diferenciación ideológica fundamental. Esto puede mostrar que en culturas políticas marcadas por altos grados de ideologización, como ha sido la chilena, se pueden producir transmisiones intergeneracionales que en la práctica atenúen o anulen las diferencias generacionales.


“No quiero que el tiempo pase y la muerte los silencie. ..” Internacionalistas chilenos.

MISIÓN INTERNACIONALISTA. DE UNA POBLACIÓN CHILENA A LA REVOLUCIÓN SANDINISTA. JOSÉ MIGUEL CARRERA CARMONA

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“No se conoce en Chile la historia de los internacionalistas.Ya han transcurrido más de treinta años de esa gesta heroica y quiero contribuir modestamente a la memoria histórica del pueblo chileno como una muestra de respeto y admiración a mis compañeros, a los que entregaron su vida en el cumplimiento de nuestros sueños y a los que siguen vivos y orgullosos de su pasado.
No quiero que el tiempo pase y la muerte los silencie. Ese es mi único propósito.” José M. Carrera

Esta mañana de febrero,con aire de vacaciones de otros, comencé a leer este libro de José Miguel.

Tanto leer historias, relatos, testimonios, poemas contingentes, cuentos combativos,música que comprometa su pensar y ver en el cable cine testimonial memorioso de otros continentes,y de países hermanos- de por acá muy de repente la telenovela contingente- como que una se  siente a veces con el alma embotada, con la memoria impregnada y ya casi,casi,por defensa personal, no hace eco.

Y un día cualquiera  una se tropieza con las palabras del antiguo “ayudista”, del hoy mercader del Templo,manejador de técnicas sociológicas y de psicología social con las que maneja bellos y nobles términos que transforma en epítetos deshonrosos con fines más que transparentes. 1.

Lo que leo hoy al vuelo, con renovado interés, es la antítesis de lo señalado anteriormente. Es la dignidad y la honestidad de un protagonista de una historia compartida, segmentada por imperativos de una contingencia extendida por décadas que solo dio voz a los espúreos y a los traidores.

José Miguel Carrera, de ilustre nombre y memoria larga, relata experiencias desconocidas para casi todo chileno , salvo para quienes vivieron la gesta de luchar, como militares chilenos formados en Cuba, en una revolución  triunfante, como lo fue la Sandinista.

Las palabras “compañero”, “combatiente”,”comandante” tienen en este relato el contenido valórico que nos interpreta y convoca y que hace de nuestra memoria colectiva , esa que comparten los que tienen la dignidad de luchar por sus principios,  una fuente de orgullo y dignidad.

El joven que dejó su población, su familia,su país para partir a Cuba a estudiar medicina, en el primer grupo de becados en 1972, que solo volvió diecisiete años después, clandestino, oficial de ejército,que rompió los sueños maternos,que recibió el reconocimiento del gobierno nicaragüense,y que hoy comparte su historia y la de los jóvenes de su generación,abre una puerta al conocimiento de una etapa de nuestra historia aún invisible .

1.- Fernando Villegas..http://blog.latercera.com/blog/fvillegas/entry/sabe_a_jab%C3%B3n_pero_es

Apoyamos la autogestión de trabajos de memoria e historia reciente

Comparta su Historia de Vida. La Memoria nos hermana. Exilio en Mozambique

HIJXS . VOCES

Personas que estuvimos en Mozambique escribimos testimonios de ese periplo, y se plasmó en un libro que se lanzó en noviembre en el ex congreso, lamentablemente hubo poca participación y fue muy poca gente que trabaja en la “memoria”, pero fue mucha gente que quiso estar y tener segun dicen esos históricos testimonios esta fue la invitación donde sale información, quien necesite un libro me lo pide lo tiene un compañero a cargo de la distribución

Mari Cris, en Red Solidaria Casa de Miguel

https://www.facebook.com/groups/casademiguel/10151948927743616/?notif_t=group_comment

Paulina Manríquez | Mozambique

Paulina-Manriquez

¿CUÁLES SON LAS PRIMERAS IMPRESIONES DE SU LLEGADA AL NUEVO PAÍS?

DE LA VILLA FREI, ÑUÑOA  A  MAPUTO, MOZAMBIQUE.

Iniciado los años 80’, durante la crisis económica de Chile y luego del periodo de terror vivido en los 70’, mis padres junto a sus…

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Revista on line Licentiare. Un espacio para publicar .OPINIÓN ENSAYO TESIS

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Cuando la revolución parecía esperar a la vuelta de la esquina… Eugenia Palieraki.2008

La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile Polis, 19 | 2008 Eugenia Palieraki Cuando la revolución parecía esperar a la vuelta de la esquina, el dilema entre vía armada y vía electoral se planteaba en todas las organizaciones con mayor o menor intensidad y persistencia. La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (1965-1970) Introducción 1 Chile se ha jactado permanentemente de ser un país de orden y con una larga tradición democrática y republicana*; un país donde la búsqueda de consensos ha sido por largo tiempo -y sigue aún considerándose- como la fuerza motriz de su historia. Si esto corresponde a una verdad histórica o a una construcción –fundada tanto a partir de los trabajos de politólogos extranjeros como de los mitos de la historiografía nacional- lo cierto es que este imaginario nacional sigue vigente hoy. 2 No obstante, en los últimos años la historiografía chilena muestra un claro interés por sujetos complejos y polémicos. Prueba de ello es la atracción que suscita en las jóvenes generaciones de historiadores, los periodos “problemáticos” de la historia reciente – en especial el gobierno de la Unidad Popular (UP) y en menor medida el conjunto de los años sesenta-. Sin embargo, este retorno no ha significado necesariamente la emergencia de un verdadero debate y las lecturas que se realizan de este periodo están –muchas veces- sometidas a consideraciones ideológicas o políticas. 3 La reflexión histórica sobre los largos años sesenta (1960-1973) se vuelve mucho más ardua a medida que se enfoca sobre aspectos más polémicos. Y he aquí uno de ellos: el rol político de la nueva izquierda revolucionaria1, nacida a mediados de los años sesenta y cuya presencia en la escena política influenció fuertemente el curso de los acontecimientos durante la Unidad Popular. Esta izquierda frecuentemente es identificada con el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), pero en los años sesenta y setenta estaba compuesta de numerosos grupos pequeños. La mayoría gravitaban alrededor del MIR, escindiéndose de él para a veces, volver a integrarse2. Nuestro artículo se focalizará sobre el MIR y la problemática de la violencia política3, que fue central en su historia. Estudiaremos el discurso que tuvo el MIR sobre este punto durante el período 1965-1970, construido tanto en los escritos teóricos como en los discursos de sus dirigentes, así como el lugar y el rol que ocupó la violencia en la práctica política del MIR. La articulación entre prácticas políticas y representaciones estará en el centro de nuestra atención. El camino tortuoso hacia una historia de la “izquierda revolucionaria” 4 En la bibliografía chilena, la izquierda revolucionaria y la violencia política son dos temas que a menudo se entrecruzan. Relacionado con el primer tema, es necesario constatar que la calidad no siempre abunda. En el caso del MIR, estamos obligados a navegar entre una historia militante –seguramente necesaria, pero que plantea numerosos problemas-, los estudios periodísticos, y la más infinita desigualdad de artículos y referencias en las revistas y la bibliografía general. 5 Las obras de historia militante, además de su deseo de excluir al no-militante, plantean igualmente graves problemas, fundamentalmente en lo que concierne la plena comprensión del objeto de estudio. El militante, teniendo por definición un apego particular hacia su propio partido, ve su grupo político en tanto depositario de la verdad, pero también como radicalmente diferente de los otros grupos políticos. Los estudios sobre la izquierda han tendido a menudo a separar el partido estudiado del contexto en el cual éste realizaba su acción política. De esta manera, la izquierda ha terminado por entregar retrospectivamente su rol marginal y extranjero al campo político, puesto que parecía no recibir ni generar influencias sobre los otros partidos y movimientos. Para no mencionar el tratamiento aun más problemático de temas sensibles, tales como el de las relaciones con las organizaciones internacionales, o el apoyo a la lucha armada, a los cuales raramente estos estudios se refieren. A propósito de la violencia política, durante las cuatro últimas décadas las ciencias sociales, tanto en Europa como en América Latina, han realizado un trabajo sistemático de estudio y de conceptualización. Chile parece haber escapado, salvo excepciones4, a esta ola de “violentología” que ha invadido a otros países del sub-continente –Colombia es un caso ejemplar. La falta de estudios sobre la violencia política en Chile ha impedido que ella sea objeto de un debate nacional5, incluso cuando no está menos presente en la historia chilena que en la de otros países del continente. No obstante, a partir de las pocas obras que tratan el tema,cuatro principales interpretaciones se destacan. Es necesario señalar aquí que a menudo están vinculadas a una posición política. La primera consiste en negar prácticamente la existencia de la violencia política: los “extremistas” (de izquierda, evidentemente) serían asimilados a los criminales, a los delincuentes comunes. Esta interpretación, defendida en el terreno de las ciencias políticas y de la sociología por Talcott Parsons, ha hecho su aparición en Chile sobre todo a través de los medios de comunicación de centro y de derecha y ello a partir de finales de los años 1960. La segunda interpretación ve en la utilización de la violencia política en Chile,una imitación de modelos extranjeros –de la Revolución cubana y de la guerrilla guevarista,en este caso. Curiosamente, ella fue concebida y defendida con fervor por los intelectuales del PCCH, en los años 1960 y 1970 y retomada por los intelectuales ligados a la dictadura de Pinochet. Para los defensores de esta teoría, la violencia política era extranjera a las costumbres nacionales y su adopción no podía ser sino una influencia maléfica de otros países, deseosos de entrometerse en los asuntos nacionales. La tercera interpretación, a menudo vinculada a la anterior, atribuye la violencia política a los extremos: ya sea de aparición simultanea en los dos extremos y que se retro-alimenta, o bien como la violencia de la extrema derecha en tanto respuesta a la violencia de extrema izquierda (la encontramos en los escritos y la prensa del PCCH y de la Democracia Cristiana). Se trata de una versión chilena de la “teoría de los dos demonios”6. Ésta es la mas difícil de tratar, puesto que es la más repetida y la que se ajusta mejor a la versión nacional de una “historia de consenso”. En una interpretación donde los dos extremos se juntan, esta ultraizquierda extremista –que por su radicalismo es vista como extranjera a la historia y al temperamento chileno- es presentada a la vez como colaboradora de la extrema derecha, agente de Fidel Castro, el movimiento menos significativo de la izquierda chilena, y al mismo tiempo principal responsable de la crisis de los años 70-73 y de la caída de Allende7. En un registro completamente diferente, la cuarta interpretación encarna la violenciapolítica a través de dos actores que se oponen sin tregua desde el alba de los tiempos: el Estado, por una parte, y por otra los Dominados; la violencia de las clases dominantes contrala del bajo Pueblo. Esta interpretación concibe la violencia como una constante de la historia chilena, ocultando toda dimensión temporal. En este marco interpretativo, la violencia del MIR llega a ser la traducción de la violencia popular; y la represión después del Golpe de Estado la repetición del ciclo violencia popular-violencia del Estado. Teniendo el mérito deintegrar al actor-Estado en el debate sobre la violencia, esta interpretación es a pesar de todo algo esquemática. 7 De estas interpretaciones de la violencia política de los años 1960 podemos sacar nuestras primeras conclusiones. En primer lugar, la izquierda revolucionaria es a menudo considerada como actor principal de la violencia política de los años 1960-1970. En segundo lugar, las otras corrientes políticas son raras veces tomadas en cuenta y el Estado menos aún. En tercer lugar, las conclusiones son más dictadas por los fines ideológicos que por un estudio histórico basado en las fuentes. Por último, la violencia política es imaginada como una táctica propia de ciertos movimientos o partidos políticos, una práctica innata, sin que las razones que hayan conducido a su adopción y el rol especifico que cumple sean examinados. 8 Ahora bien, hacer la historia del recuso –en el discurso o en la acción- de una organización política a la violencia no es una tarea fácil, a causa de la complejidad del fenómeno. El discurso que legitima la violencia se forja siempre paso a paso. Por otra parte, dicho discurso no es necesariamente coherente ni unívoco. Además, cumple numerosas funciones: legitima en el plano interno las prácticas violentas, las justifica socialmente y los argumentos se adaptan cada vez a las necesidades del momento. Los usos de la violencia pueden igualmente variar,diferenciarse en relación al discurso que les precede y en general encontrar su justificación y lógica, una vez los hechos consumados. Cuando el historiador se acerca a este tema candente,debe considerar el elemento pasional (la fascinación por la violencia). Y debe sobre todo incluir en su esquema interpretativo la incertidumbre que caracteriza la toma de decisiones en política. Numerosas tendencias convergen a cada momento y producen un acontecimiento cuyas consecuencias los actores no conocen con antelación. Ahora bien, el problema para el historiador se plantea así: ¿Cómo hacer para construir a la vez una interpretación de los hechos coherente y tomar en cuenta las incertidumbres y las incoherencias del momento estudiado? 9 Proponemos aquí examinar la relación que mantiene la nueva izquierda revolucionaria chilena con la violencia política a partir de los ejes de reflexión siguientes. Primero, tomando en cuenta el contexto intelectual, ideológico y político que permite a cada momento la legitimación de la violencia en tanto instrumento para hacer política. Enseguida, estudiando la violencia revolucionaria en tanto discurso: los debates sobre la táctica y la estrategia, respecto a los límites de la utilización de la violencia, sobre las referencias históricas y los modelos para cada táctica adoptada. Luego, la utilización de la violencia en tanto elemento regulador de las tensiones internas al movimiento, pero también en tanto creador de divisiones internas a largo plazo8. Por último, a través de la visión del Estado, sobre todo la que la policía y luego el poder judicial tienen de estos grupos; como legitimación de la represión, represión basada en el postulado de que la violencia es incompatible con la política. Este último punto será solamente esbozado. La apología de la violencia: la violencia discursiva en su contexto histórico 10 Una cuestión siempre vigente hoy en día es saber si la violencia puede ser un medio legítimo para hacer política9. Trátese del debate actual, o de aquél de los años 1960, que es objeto de este artículo, siempre es necesario comenzar por reubicarlo en su contexto histórico. Tratar de comprender a través de qué procesos la violencia política se convirtió (o no) en opción principal a fin de provocar cambios sociales y políticos. No hay que confundir, sin embargo, la contextualización que intentamos hacer aquí con la apología de la violencia. 11 En lo que concierne a los años 1960 chilenos, afirmar que la vía armada hacia la toma del poder era un asunto de los extremos, es desconocer las verdaderas dimensiones que este debate tenía en ese momento. Cuando la revolución parecía esperar a la vuelta de la esquina, el dilema entre vía armada y vía electoral se planteaba en todas las organizaciones con mayor o menor intensidad y persistencia. 12 Todo esto se expresaba en el marco de la violencia “discursiva”10. Porque si miramos la violencia política más cotidiana, podemos constatar que a partir del gobierno de Eduardo Frei (1964-1970), la violencia política invadió las calles de las grandes ciudades chilenas,pero también el campo. Y en ningún partido, ni organización política, de izquierda como de derecha, estuvo ausente. Afirmar que el recurso sistemático a la violencia ha sido consecuencia de los discursos y los llamados a las armas de los movimientos políticos más radicalizados,es reconocerles una incidencia tal sobre la sociedad chilena y sobre la opinión pública que incluso ellos mismos no osarían asumir. No podemos más que constatar la existencia de un proceso generalizado de politización y radicalización de la sociedad civil en el que todos los partidos u organizaciones políticas han contribuido. No obstante, aquellos que la reivindican públicamente y la convierten en su estandarte, son mucho menos numerosos. 13 Volvamos ahora al contexto en donde la “vía armada” se volvió, en vista de la conquista del poder, la única o la principal opción de la nueva izquierda revolucionaria. La arqueología de una justificación y adopción discursiva de la violencia no es evidente y amerita un estudio más detallado. La toma del poder por las armas estaba regularmente propuesta en el seno de la izquierda desde finales del siglo XIX. Por último, en los años 1950, no eran los partidos políticos sino sobre todo la CUT (Central Única de Trabajadores) que lanzaba el llamado a las armas. Ahora bien, en los años 1960, un viraje se produce en el debate sobre el uso de la violencia política. Primero, este último es mucho más generalizado y no se limita a algunas fracciones marginales y minoritarias de la izquierda. Una franja importante de la izquierda se desplaza lento pero seguro hacia el culto a la lucha armada. Los debates se centran sobre la táctica y la estrategia, y sólo se espera la insurrección de las masas o bien la aparición de un núcleo de elegidos que cumplirá con la misión. Este cambio tiene relación con el período muy particular que fueron los años 1960. El contexto intelectual se presta. Y los ejemplos concretos abundan: Cuba ante todo, pero también toda América latina, Argelia, Viet-Nam… 14 El rol que juega la revolución cubana en este viraje del debate fue central. Ella constituyó entonces, una referencia ineludible para el conjunto de la izquierda latinoamericana –y no solamente para aquella que le fue cercana. Mientras que la revolución cubana confirmaba en los hechos que en América latina se podía llegar al poder por la vía de las armas, el ejemplo del Che Guevara y sus escritos contribuían a la formación de un discurso, de un imaginario, de una estética y de una nueva moral revolucionaria propia de los años 1960. La violencia reaparecía como inherente a lo político. No obstante, el impacto de la revolución cubana no puede explicar todo. Evocar la “influencia extrajera”, creer en una imitación ciega de los modelos venidos del exterior, para explicar el nacimiento y el recorrido de la nueva izquierda revolucionaria en Chile, y en general en América latina, sigue siendo un enfoque insatisfactorio11. 15 Aunque las relaciones estrechas entre Cuba y los movimientos revolucionarios latinoamericanos es un hecho acertado, no podemos sacar conclusiones precipitadas sobre la naturaleza de éstas, ni pensar que los movimientos armados eran los únicos en tener relaciones con Cuba (el PCCH y el PS, tenían también intercambios constantes con la isla de la revolución). Por otra parte, las particularidades nacionales, los financiamientos cubanos que ya no se distribuían a destajo a partir de 1967, el viraje bajo la presión soviética de la política cubana en esa misma fecha, todo esto nos conduce a una historia de las relaciones entre la “izquierda revolucionaria” y Cuba, más matizada y compleja que lo que podríamos suponer hasta ahora (Levesque 1976; Lagonotte 2003). Desgraciadamente, la imposibilidad de acceso a los archivos cubanos complica extremadamente la tarea. 16 Otro elemento que es necesario no desatender: la revolución cubana se ha constituido como referencia para la izquierda latinoamericana sobre la base de una fuerte reivindicación latinoamericanista. Ella era concebida por los militantes de la izquierda armada latinoamericana como una segunda independencia (Rodríguez Elizondo 1995: 134), lo que la convertía en la realización definitiva de las independencias continentales, estableciendo así un vínculo inquebrantable con la historia y el imaginario nacionales del conjunto de los países latinoamericanos. En este sentido la tradición latinoamericanista y nacionalista del Partido Socialista chileno (Benavides 1988), de donde provenía una gran parte de los militantes del MIR, es consumada a través del MIR. Y puesto que la revolución cubana había sido armada, la conclusión más fácil, si se creía en la unidad de la historia continental, era que la revolución latinoamericana debía también hacerse por las mismas vías. 17 Los años 1960 latinoamericanos están tan marcados por la revolución cubana como por los acontecimientos del tercer mundo, en que la vertiente mas radicalizada desarrolla un discurso muy construido sobre el problema de la violencia política y su legitimidad. “Si los 60 se inician con la Revolución Cubana, puede afirmarse que en las ideas se hallan formulaciones sesentistas bien tempranamente en Frantz Fanon” (Devés 2003: 136)”, afirma el historiador Eduardo Devés. Editado en castellano en 1963, Los condenados de la tierra constituyen una teorización sólida que reúne a menudo las conclusiones que se desprenden de la experiencia cubana. La obra de Fanon inaugura, de una cierta manera, la visión política romántica y radical que fue la de los años 1960 en América latina, y en las tesis de la “nueva izquierda” del continente no ha sido apreciada en su justo valor. 18 Los condenados de la tierra inaugura toda una corriente interpretativa, proponiendo una nueva lectura de la violencia política. La violencia revolucionaria llega a ser el medio privilegiado,incluso el único medio hacia la liberación. La violencia no es solamente legítima sino indispensable para la toma de conciencia popular. Es la condición previa a la movilización de masas y el instrumento principal para la construcción del hombre nuevo. “La construcción de la nación se facilita por la existencia de esa mezcla hecha de sangre y de cólera (Fanon 1963: 85)”, advierte Fanon. La división entre lo militar y lo político está abolida –y veremos que La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 6 Polis, 19 | 2008 esta es una de las principales características de las nuevas izquierdas revolucionarias de los años 1960. “La táctica y la estrategia se confunden”, dice Fanon, “El arte político se trasforma simplemente en arte militar. El militante político es el combatiente. Hacer la guerra y hacer política es una sola cosa (Ibíd.: 121)”. 19 Introduciendo la indivisibilidad entre lo político y lo militar, entre la política y la guerra, Fanon también adopta la teoría expansiva de la violencia. Ésta marcó los años sesenta para constituir el principal argumento de la nueva izquierda no sólo en América latina, sino también en Europa, en los Estados Unidos y en otras partes del mundo. La injusticia y las desigualdades sociales, el colonialismo, son una forma de violencia. La violencia revolucionaria es la única respuesta posible y en consecuencia una respuesta legítima a la violencia institucionalizada, aquella del colono en los países colonizados y aquella del Estado en los países latinoamericanos, denominados también semi-coloniales (Ibíd.: 32). 20 La cuestión que se plantea ahora es la del vínculo entre el contexto y nuestro objeto de estudio. Para ser más precisos, la recepción y la apropiación del contexto intelectual y político descrito anteriormente por el MIR. Si el MIR se ha impregnado por este contexto, también ha recorrido su propio camino con el fin de establecer una fuerte justificación de la violencia política. Porque, incluso si el contexto se prestaba, la lucha armada era una opción, y no una necesidad histórica. La prueba: después de la fundación del MIR en 1965 hasta el año 1969, el uso de la lucha armada fue objeto de un debate cerrado. Fue la etapa de la justificación interna de la violencia. Una vez cerrada esta etapa, el MIR pasó a la acción. La irrupción del MIR en la escena política pública con los asaltos a bancos cambió radicalmente la situación. La violencia mirista escapó entonces del debate interno en que se podían controlar las modalidades. Ella se agregó al debate más general desarrollado en el seno de la izquierda. El MIR debió también enfrentar las dificultades materiales y los límites culturales, que se hacía necesario desde ya tomar en cuenta. En el plano interno, por otra parte, las dificultades suscitadas por el paso a la acción no fueron menores. Lo político y lo militar que la dirección mirista se obstinaba en hacer coexistir en cada militante, devinieron fuente de incesantes debates internos, de oposiciones y de divisiones. 21 Sobre este punto algunas precisiones son necesarias. La dirección del MIR –Secretariado Nacional y Comité Central- cambió durante el periodo 1965-1969, para permanecer prácticamente el mismo a partir de 1969 y hasta 1974. En un primer tiempo, entre 1965 y 1967 la dirección estaba controlada por la “vieja generación”, fundadora del MIR y trotskista en su mayoría12. Enrique Sepúlveda fue elegido secretario general del MIR hasta 1967. Fue entonces reemplazado por Miguel Enríquez, representante de la “joven generación”, de 25 años de edad, surgido del medio estudiantil de la ciudad de Concepción. La vieja generación trotskista fue expulsada del MIR en 1969. Estos cambios de dirección fueron decisivos para la definición de las principales líneas teóricas y de acción del movimiento. 22 Los trotskistas que estuvieron al origen de la fundación del MIR se decían herederos de la tradición más radical de la izquierda. Consideraban seriamente –sobre todo a nivel del discurso, más que de la acción- el recurso a la lucha armada para conducir la clase obrera al poder. Al mismo tiempo, permanecían estrechamente ligados al Partido Socialista. Es necesario precisar aquí que el PS chileno contaba -después de su fundación- con una fracción trotskista importante, que hacia el lazo con los trotskistas extra parlamentarios (Sarget: 1994). En 1965, estos últimos fueron protagonistas en la fundación del MIR. Si comparamos esta fecha de fundación, 1965, a aquella de la mayoría de los otros grupos de la “nueva izquierda” latinoamericana (con algunos matices para el cono Sur), nos damos cuenta que los chilenos llegaron a la cita con algunos años de retraso. 23 No es casualidad. En 1964, año de elecciones presidenciales, todos estos trotskistas aportaban su “apoyo critico” a la candidatura del doctor Salvador Allende. Ahora bien, el resultado no fue el esperado: Allende perdió las elecciones de 1964 y fue Eduardo Frei Montalva, el candidato de la Democracia Cristiana, quien salió vencedor. Los trotskistas habían afirmado claramente que las elecciones no eran más que una “necesidad táctica y momentánea”, pero la crisis desatada por la derrota en el seno de la izquierda chilena, comprendido su sector más radical, fue muy importante. Cansados de las aventuras electorales del PS, fundaron, algunos La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 6 Polis, 19 | 2008 esta es una de las principales características de las nuevas izquierdas revolucionarias de los años 1960. “La táctica y la estrategia se confunden”, dice Fanon, “El arte político se trasforma simplemente en arte militar. El militante político es el combatiente. Hacer la guerra y hacer política es una sola cosa (Ibíd.: 121)”. 19 Introduciendo la indivisibilidad entre lo político y lo militar, entre la política y la guerra, Fanon también adopta la teoría expansiva de la violencia. Ésta marcó los años sesenta para constituir el principal argumento de la nueva izquierda no sólo en América latina, sino también en Europa, en los Estados Unidos y en otras partes del mundo. La injusticia y las desigualdades sociales, el colonialismo, son una forma de violencia. La violencia revolucionaria es la única respuesta posible y en consecuencia una respuesta legítima a la violencia institucionalizada, aquella del colono en los países colonizados y aquella del Estado en los países latinoamericanos, denominados también semi-coloniales (Ibíd.: 32). 20 La cuestión que se plantea ahora es la del vínculo entre el contexto y nuestro objeto de estudio. Para ser más precisos, la recepción y la apropiación del contexto intelectual y político descrito anteriormente por el MIR. Si el MIR se ha impregnado por este contexto, también ha recorrido su propio camino con el fin de establecer una fuerte justificación de la violencia política. Porque, incluso si el contexto se prestaba, la lucha armada era una opción, y no una necesidad histórica. La prueba: después de la fundación del MIR en 1965 hasta el año 1969, el uso de la lucha armada fue objeto de un debate cerrado. Fue la etapa de la justificación interna de la violencia. Una vez cerrada esta etapa, el MIR pasó a la acción. La irrupción del MIR en la escena política pública con los asaltos a bancos cambió radicalmente la situación. La violencia mirista escapó entonces del debate interno en que se podían controlar las modalidades. Ella se agregó al debate más general desarrollado en el seno de la izquierda. El MIR debió también enfrentar las dificultades materiales y los límites culturales, que se hacía necesario desde ya tomar en cuenta. En el plano interno, por otra parte, las dificultades suscitadas por el paso a la acción no fueron menores. Lo político y lo militar que la dirección mirista se obstinaba en hacer coexistir en cada militante, devinieron fuente de incesantes debates internos, de oposiciones y de divisiones. 21 Sobre este punto algunas precisiones son necesarias. La dirección del MIR –Secretariado Nacional y Comité Central- cambió durante el periodo 1965-1969, para permanecer prácticamente el mismo a partir de 1969 y hasta 1974. En un primer tiempo, entre 1965 y 1967 la dirección estaba controlada por la “vieja generación”, fundadora del MIR y trotskista en su mayoría12. Enrique Sepúlveda fue elegido secretario general del MIR hasta 1967. Fue entonces reemplazado por Miguel Enríquez, representante de la “joven generación”, de 25 años de edad, surgido del medio estudiantil de la ciudad de Concepción. La vieja generación trotskista fue expulsada del MIR en 1969. Estos cambios de dirección fueron decisivos para la definición de las principales líneas teóricas y de acción del movimiento. 22 Los trotskistas que estuvieron al origen de la fundación del MIR se decían herederos de la tradición más radical de la izquierda. Consideraban seriamente –sobre todo a nivel del discurso, más que de la acción- el recurso a la lucha armada para conducir la clase obrera al poder. Al mismo tiempo, permanecían estrechamente ligados al Partido Socialista. Es necesario precisar aquí que el PS chileno contaba -después de su fundación- con una fracción trotskista importante, que hacia el lazo con los trotskistas extra parlamentarios (Sarget: 1994). En 1965, estos últimos fueron protagonistas en la fundación del MIR. Si comparamos esta fecha de fundación, 1965, a aquella de la mayoría de los otros grupos de la “nueva izquierda” latinoamericana (con algunos matices para el cono Sur), nos damos cuenta que los chilenos llegaron a la cita con algunos años de retraso. 23 No es casualidad. En 1964, año de elecciones presidenciales, todos estos trotskistas aportaban su “apoyo critico” a la candidatura del doctor Salvador Allende. Ahora bien, el resultado no fue el esperado: Allende perdió las elecciones de 1964 y fue Eduardo Frei Montalva, el candidato de la Democracia Cristiana, quien salió vencedor. Los trotskistas habían afirmado claramente que las elecciones no eran más que una “necesidad táctica y momentánea”, pero la crisis desatada por la derrota en el seno de la izquierda chilena, comprendido su sector más radical, fue muy importante. Cansados de las aventuras electorales del PS, fundaron, algunos La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 7 Polis, 19 | 2008 meses más tarde, el MIR, destinado a devenir el único verdadero movimiento revolucionario chileno, que salvaría a las masas de la ilusión electoral, abriéndoles los ojos sobre una gran verdad histórica: la vía hacia el poder popular debía ser trazada por las armas. En torno a este motivo se juntaron no solamente los trotskistas, sino también algunos anarquistas, y los miembros expulsados de las Juventudes Comunistas y de las Juventudes Socialistas (entre ellos Miguel Enríquez). 24 Al momento del Congreso de fundación, una división de tareas se efectuó espontáneamente, pero que ya era reveladora de las tensiones internas por venir. Mientras que los viejos trotskistas se consumían en interminables discusiones sobre el nombre que había que dar al nuevo partido; mientras que Luis Vitale, trotskista e historiador, redactaba la Declaración de Principios, que insistía sobre el carácter antiimperialista del movimiento, Miguel Enríquez y su grupo eran los únicos en ocuparse de la redacción de las tesis político-militares. Las tesis político-militares de 1965 eran una versión revisada de las tesis de Mao sobre la guerra popular y prolongada y de Ernesto Guevara sobre la guerrilla rural. Luis Vitale a su vez, criticaba el tono demasiado guevarista de estas tesis y planteaba como cláusula para su adopción, la moción siguiente: la condición para comenzar la lucha armada era asegurarse del apoyo previo de las masas13. 25 Las posiciones descritas anteriormente no son casuales. Aunque Luis Vitale y la mayor parte de los trotskistas apoyaban el principio de la lucha armada, tenían tras de ellos una larga trayectoria política, marcada por la tradición sindical y las movilizaciones sociales más que por el guevarismo. La condición sine qua non para cualquier acción armada, era que ella reflejara la voluntad de las masas y ser seguida por ellas. Los trotskistas estaban poco atraídos por el modelo guevarista o foquista de una elite revolucionaria que, comprometiéndose sola en la acción, provocaría enseguida la movilización de las masas. Para ellos, la lucha armada jugaba el rol de un despertador del pueblo, sacudido de su pasividad electoralista obligándose a movilizarse, pero también integrado a la lucha y a la movilización. El equilibro era delicado, porque ¿cómo incitar al pueblo a la revolución y a la vez pretender seguirlo en sus deseos e intuiciones? Y concretamente, en el contexto de los años 1960, ¿cómo hablar a la vez de lucha armada y seguir al pueblo en su deseo de votar por Allende y de participar por la vía de las elecciones? 26 Miguel Enríquez representaba otra cultura política en el seno del MIR, pero también otra generación. Una generación que vacilaba entre la fascinación por la lucha armada y la guerrilla guevarista y las precauciones frente al foquismo, constantemente formuladas por la vieja generación. Proviniendo de las Juventudes Socialistas, Miguel Enríquez era más cercano de sus corrientes más radicales. Pero no tenía relación de larga data con el PS como la “vieja generación” del MIR, ni había trabajado activamente por la campaña electoral. Como muchos jóvenes de su edad, había sobre todo sufrido el efecto de la desilusión antes del entusiasmo y había sido rápidamente expulsado del PS, en 196414. 27 Otro elemento constitutivo de la cultura política de Miguel Enríquez y de la generación que él representaba, era la fuerte fascinación por la revolución cubana. La lectura de los textos del Che15 y la mística de la guerra de guerrillas y la lucha armada rural, llevaron a la redacción de la tesis político-militar de 1965, luego a la de 196716. Cuba, admirada pero criticada en cierta medida por los trotskistas, era adulada por los jóvenes. La adopción de tesis más o menos foquistas se convirtió rápidamente en un índice importante de la toma de distancia entre las dos generaciones. 28 A pesar de las diferencias que los separaban, los trotskistas apoyaron en 1967 la candidatura de Miguel Enríquez, que fue elegido secretario general del MIR. Después de la llegada de Miguel Enríquez al secretariado nacional del Movimiento, la hora de la acción había sonado. Una vez que los miembros de la organización adoptaron la lucha armada en tanto principal medio de la toma del poder, los debates internos debían restringirse, la disciplina imponerse y la lucha armada ser por fin puesta en práctica. El paso a la acción tardó, de todas maneras, dos años. En 1969, el dilema interno del MIR a propósito de las vías que debía tomar la revolución sale a la luz pública, gracias a los asaltos a bancos. La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 8 Polis, 19 | 2008 De la palabra a la acción 29 Hemos hasta aquí re-trazado brevemente el camino que llevó hasta la adopción de las tesis político-militares, y luego a la imposición de la lucha armada sobre las otras formas de lucha. En un país en apariencia tranquilo, con dos partidos de izquierda que estaban completamente integrados al sistema político, optar por la lucha armada parecía ser el único medio que disponía un nuevo movimiento de izquierda para existir. Conjugando las tesis maoístas con las guevaristas17, la joven generación del MIR pensaba poder abrirse un camino propio, en ruptura radical con los otros partidos de la izquierda chilena18. Hasta 1968, este camino parecía conducir a la guerrilla rural. Dos escuelas de guerrillas fueron organizadas en el sur del país19. Los primeros contactos fueron establecidos en la zona de Concepción con personas susceptibles de querer formar una guerrilla en el lugar20. Pero, en junio de 1969 cuando fueron realizadas las primeras acciones armadas del MIR, no fue en la cordillera de Los Andes sino en Santiago. Y no fue en un enfrentamiento con el ejército en las montanas del sur sino asaltando bancos. Los asaltos han sido, por otra parte, las solas y únicas acciones armadas del MIR hasta el Golpe de Estado de 1973. 30 Pero, ¿por qué, después de cuatro años de interminables discusiones, donde la “joven generación” hizo lo mejor que pudo por imponer internamente su opción por la guerrilla rural, terminó por invertirse en las acciones de guerrilla urbana? Las razones son múltiples. Primero, el MIR fue esencialmente un movimiento urbano. Su conocimiento del campo a finales de los años 1960, era muy precario e inestable. En un documento interno de 1970, la dirección del movimiento constataba siempre la insuficiente implantación en el campesinado y en los obreros21. Comprometerse en la aventura de una guerrilla rural sin tener los apoyos suficientes, era un suicidio. 31 Por añadidura, el dilema guerrilla urbana o rural había también sido objeto de debates. En el seno del Secretariado Nacional, Sergio Zorrilla defendió con pasión la primera opción y había comenzado, durante el año 1969, la creación de la primera escuela chilena de guerrilla urbana22; lo que permitió una organización eficaz de los asaltos a bancos algunos meses más tarde. Sin embargo, -y varios testimonios confirman el hecho23- los asaltos a bancos no estaban considerados en un primer momento por razones de tipo teóricas, sino simplemente por razones prácticas: para realizar acciones armadas, era necesario tener dinero. Ahora bien, las cajas de la revolución estaban vacías. Y la de los bancos llenas y mal protegidas24… 32 La guerrilla urbana parecía igualmente “estar de moda”. Los asaltos a bancos habían sido popularizados con la acción del Movimiento de Liberación Nacional –Tupamaros de Uruguay (Fernández Huidobro 2001; Lessa 2003). Los Tupamaros, por otra parte, se encargaron de teorizar la guerrilla urbana (Biedma 1972). En el mismo momento, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) argentino estaba en pleno proceso de “destrotskización” y de militarización, y las acciones de guerrilla urbana se volvían cada vez más recurrentes (Bufano 2004; De Santis 1998; Santucho 2004; Seoane 1992). 33 El final del año 1968 significó para el MIR el paso a la acción. Extrañamente, fueron justamente los “viejos trotskistas” los primeros en lanzarse. Sus operaciones no fueron, por cierto, siempre selladas de un gran éxito25. Sin embargo, en junio de 1969, cuando fueron “gentilmente” expulsados del movimiento, fueron acusados de consumar su tiempo a las discusiones teóricas y no dedicarse suficientemente a las acciones. Un mes más tarde, otra fracción constituida en torno al Departamento de Ciencias Humanas de la Universidad de Chile (Pedagógico) y de Rafael Ruiz Moscatelli, era expulsada. Sus miembros formaron entonces el MR2 (Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez). Según la Dirección Nacional del MIR, eran demasiado radicales y sospechosos de desviación foquista (Naranjo: 59)… A pesar de las afirmaciones de la Dirección Nacional, el MR2 no instaló jamás una guerrilla rural. Ellos se dedicaron, por el contrario, al igual que el MIR a los asaltos de bancos. ¿Qué interpretación darle a esto? 34 Los debates en torno a la táctica y a la estrategia revolucionaria a adoptar eran, ciertamente, virulentos en el seno de la izquierda chilena y latinoamericana en los años 1960. No obstante el debate servía también para arreglar cuentas internas. El argumento “demasiado violentos, La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 9 Polis, 19 | 2008 demasiado radicales”, o bien, “no bastante violentos, no suficientemente revolucionarios” era utilizado para evitar las disidencias y alejar a los rebeldes de la organización. Miguel Enríquez estaba deseoso de crear un nuevo partido político, capaz de existir al lado de dos grandes partidos de izquierda y de cambiar los destinos de su país. La conquista del poder debía, según él, pasar por la construcción de una organización homogénea, con un líder poderoso y sin oposición interna (Naranjo 2004: 62). Los trotskistas fueron las primeras víctimas de la “limpieza interna” del MIR. Luego, fue el turno de la “disidencia” de la Universidad de Chile. Las críticas que ella formulaba empezaron a ser molestas26. Es, por cierto, durante una reunión amistosa, que se les comunicó su salida voluntaria de la organización27. 35 El partido así creado ponía en marcha otro modelo de militantismo y de organización interna. Se debatía mucho menos y era hora de la acción. Incluso si la nueva Dirección del MIR proclamaba la indivisibilidad entre lo político y lo militar, lo militar parecía aún tomar la delantera sobre lo político: 36 “Hoy día… si los objetivos son los mismos, las prioridades y los métodos son diferentes. El volumen relativo de “tareas especiales” [es decir las tareas militares] deben aumentar enormemente. Las “tareas especiales” deben dejar de ser privativas de un sector de la organización para transformarse en el problema de la mayor parte del Movimiento. Las cuestiones políticas estarán estrictamente ligadas a las tareas especiales. La integración de lo político y lo militar se hará una realidad […] No habrá más espacio para las tendencias demasiado divergentes (Naranjo 2004: 62)”. 37 Fiándose a las consignas de la nueva izquierda latinoamericana, la joven dirección del MIR se lanza sin pestañear sobre el terreno de lo militar. Una nueva estructuración es inventada para promover la formación del militante integral, reuniendo en su persona las cualidades de hombre político y de soldado de la revolución: esta estructura se denomina GPM, Grupo Político-Militar. Ahora bien, a pesar de la afirmación del vínculo inquebrantable entre lo militar y lo político y la primacía de lo político sobre lo militar, el riesgo de inversión era inminente. A partir del momento donde la política comienza a ser concebida en términos militares, como una guerra, los limites entre lucha política y lucha militar se vuelven difíciles de definir (Ollier 1998: 131). 38 Sin embargo, la utilización mirista de la violencia no parecía ser, a finales de los sesenta, un mal cálculo político. Si comparamos Chile con otros países de América latina (Colombia, Argentina), el terreno era relativamente virgen. El MIR podía jactarse entre sus militantes de ser el que había introducido las prácticas radicales en la escena política chilena, luego de décadas de pasividad. Mientras que la pasividad de la sociedad chilena aseguraba a las acciones armadas miristas un efecto de golpe mediático sin precedentes (Deas 1999: 63-72), el riesgo era que la naturaleza política de sus acciones no fuera comprendida socialmente o que fuera cuestionada. Edgardo Enríquez, miembro de la Comisión Política se explicaba así en 1972 frente a un periodista extranjero: 39 “…no hay ninguna duda que en Chile, el uso de la violencia estuvo y está siempre concebido a ojos del pueblo por connotaciones bien particulares. Es un hecho indiscutible que en Chile el uso de la violencia con fines políticos o de cualquiera otra naturaleza, requiere de un tal grado de justificación pública que en el caso en que no lo logremos, se produzca una reacción popular de desaprobación hacia los autores de la violencia y de conmiseración hacia la víctima…Los márgenes de los usos de la violencia están fijados por el pueblo, y nosotros, debíamos ser realistas reconociendo que no tenemos grandes posibilidades de cambiarlas… Las represalias […] las hemos siempre ejercido no contra las personas, sino contra los bienes materiales y los inmuebles pertenecientes al enemigo, y en las coyunturas extremadamente agudas de la lucha de clases en el país”28. 40 La criminalización de la violencia política mirista se rastrea rápidamente en la prensa de finales de los años 1960. Cuando el MIR se lanzó a los asaltos a bancos, -llamados “expropiaciones” con el fin de explicitar su contenido político-, un gran debate se llevó a cabo en la prensa para definir este nuevo modo de acción –nuevo por lo menos para Chile. Los principales dirigentes del MIR y autores de los asaltos –Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Sergio Zorrilla- sintieron ellos mismos, en un primer tiempo, la necesidad de explicar las La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (19 (…) 10 Polis, 19 | 2008 motivaciones de sus acciones. En plena clandestinidad y mientras que la policía los buscaba por todo Santiago, se abocarían en la importante misión de proteger su imagen. En el centro de la capital, se reunirán en pleno espacio público con un periodista del diario Clarín, periódico que tenía relaciones privilegiadas con el MIR. Allí. Miguel Enríquez afirmaba: 41 “Necesitamos financiar nuestro aparato organizativo armado. Las organizaciones revolucionarias de acción –no de palabra- necesitan proteger a obreros, campesinos y pobladores, para que no ocurra más que se asesine impunemente a los obreros…”29. 42 La violencia social era, entonces, aquella que imponía la violencia revolucionaria. Elevándose al rango de salvadores del pueblo, los dirigentes del MIR comenzaban así a crear una imagen, muy rápidamente retomada por los medios de comunicación, para ser aprobada o desmentida. Los autores de los asaltos eran “jóvenes dirigentes revolucionarios”, los “Robin Hood chilenos”30 o bien “delincuentes comunes”31, los “ideólogos del guatapique y del piedrazo”32 El dilema no sólo quedó en el papel. Las primeras detenciones de militantes, autores o colaboradores de los asaltos, la dificultad de dar una definición a estas “acciones directas” llegaron a ser un verdadero problema jurídico. Los inculpados terminaron por ser juzgados y castigados, a la vez según el Derecho penal, y según la Ley de Seguridad Interior del Estado (Canovas Robles 1989: 47-55), antes de ser indultados por el gobierno de Salvador Allende. 43 Los asaltos a bancos organizados por el MIR produjeron entonces un doble efecto. Por una parte y siempre a través del debate público, entraron en el repertorio del activismo político de las acciones que tradicionalmente eran consideradas como relevantes de la delincuencia común. Las “acciones directas” devenían para algunos una vía plausible para hacer política. Pero al mismo tiempo, en los medios de comunicación críticos hacia el MIR –tanto de derecha como de izquierda- toda violencia revolucionaria era calificada de violencia criminal. En este discurso, la violencia y la política se volvían poco a poco irreconciliables, y la cuestión de saber dónde se encontraban los límites de lo político era planteada con urgencia. Es así como hacer uso de la violencia se volvía sinónimo de locura, de falta de argumentos y de soporte político33. 44 La despolitización de la violencia no era solamente una expresión de la antipatía visceral sentida hacia ella. Este enfoque parecía igualmente cumplir otra función. En el Chile de los años sesenta, las “acciones directas” del MIR popularizarían el debate sobre las vías de la revolución –pacíficas o violentas- llevado con fervor en el seno de la izquierda, fundamentalmente a partir de la revolución cubana. La vía armada comenzaba a tener más visibilidad, y a menudo a suscitar las simpatías en ciertos sectores de la izquierda “tradicional” o de los intelectuales. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria se tornaba en el símbolo de esta “nueva” vía, transformándose igualmente en nueva fuerza política34. Vaciar esta “nueva vía” de todo contenido político y de todo argumento fue un medio muy eficaz para deslegitimarla y de excluir al MIR de la carrera política. Esta no tuvo éxito. Las acciones directas del MIR impusieron a este como actor relevante del espacio publico chileno. 45 Por otra parte, las acciones armadas crearon a favor del MIR todo un capital de simpatía, sobre todo entre los cuadros dirigentes del Partido Socialista. Las acciones armadas miristas agrupaban y reforzaban el debate acerca de las vías de la revolución al interior de la izquierda, presente de manera bastante tímida hasta entonces. Incluso los defensores de la vía electoral estaban prestos a reconocer que después de décadas de puras prácticas electorales, la izquierda se encontraba seriamente desgastada (Puccio 1985: 141 y 167). La locura simpática de los jóvenes miristas, recordaba a los viejos cuadros socialistas el romanticismo de su juventud. El discurso mirista remitía a un estado puro de la revolución y el motivo de “la Revolución traicionada” y prohibida por el MIR sonaba bastante familiar a los oídos del PS35 *** 46 Es así como el MIR evolucionó de una justificación parcial de la violencia política, realizada por la “vieja generación” a su adopción completa por la joven generación. Una vez impuesto el discurso, así como el grupo de Miguel Enríquez en la dirección del Movimiento, sólo faltaba emprender la acción. Confrontados a las restricciones de la cultura política nacional adaptaron el contenido de sus acciones, y desarrollaron un doble discurso. La idea de la contra-violenciase volvió entonces en una cuestión central. Por un lado, estaba la fascinación por la violencia,la fe en sus virtudes y en su naturaleza creadora, fundadora de un nuevo orden; una violencipartera de la Historia. Y por el otro lado, el uso de la violencia era justificado en tanto respuesta ya fuera a la represión y la violencia del Estado, o a la injusta distribución de las riquezas y a la violencia larvada de las relaciones sociales. En el primer caso, la violencia era la opción de la verdadera izquierda, la sola izquierda revolucionaria. Y en el segundo caso, la violencia era la única vía que la sociedad dejaba abierta, una imposición. Bibliografía Álvarez Alarcón, R. (1999), Formación y fundación del MIR : de Clotario Blest a Miguel Enríquez (1965-1967), Tesis de Licenciatura en Historia, Instituto de Historia, Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile. Arancibia, P. (2001), Los orígenes de la violencia política en Chile. 1960-1973, Libertad y Desarrollo, Santiago. Aróstegui, J. (1994), “Violencia, sociedad y política: la definición de la violencia” en Ayer N°13, Madrid. Arriagada, G. (1974), De la vía chilena a la vía insurreccional, Pacífico, Santiago. Avendaño, D.; Palma, M. 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Visible Invisibilización. Aproximaciones en torno a la violencia.

 

 
Visible Invisibilización. Aproximaciones en torno a la violencia, es un proyecto que explora diversas expresiones artísticas que abordan al tema de la violencia en México y Latinoamérica como una experiencia actual ineludible, a través de una exposición de arte multidisciplinario con 27 artistas nacionales e internacionales, y la realización de actividades paralelas como talleres, clínicas, seminarios y conferencias con artistas y académicos especialistas en la materia. La muestra se llevará a cabo en el Museo de la Ciudad de Querétaro, el Centro Educativo y Cultural del Estado de Querétaro Manuel Gómez Morín y la Plaza Constitución, las actividades paralelas se realizarán también en la Universidad Autónoma de Querétaro y el Museo de Arte de Querétaro.
Esta exposición y sus actividades tienen la finalidad de contribuir al desarrollo artístico y cultural en la ciudad de Querétaro, generando un campo de reflexión y discusión pública sobre el tema de la violencia en México y Latinoamérica, abriendo las posibilidades de diálogo entre la comunidad, especiaistas, académicos y artistas para analizar las circunstancias actuales de la experiencia estética y su relación con la producción, recepción y representación de la violencia, entendiendo la naturaleza de los discursos visuales y las prácticas artísticas como zona de cruce multidisciplinario que permite pensar, cuestionar, evidenciar y responder a los aconteceres del mundo contemporáneo desde diversas perspectivas.

40 Años. La Ciudad sin ti. Pedro Lemebel

“LA CIUDAD SIN TI”

Quien podría haber pensado entonces que me ibas a penar el resto de la vida, como una música tonta, como la más vulgar canción, de esas que escuchan las tías solas o las mujeres cursis. Canciones de folletín que a veces aúllan en algún programa radial. Y era tan raro que te gustara esa melodía romanticona, a ti, un muchacho de la jota, en ese liceo poblacional donde cursábamos la educación media en plena Unidad Popular. Mas extraño era que, siendo yo un maripozuelo evidente, fueras el único que me daba pelota en mi rincón del patio, arriesgándote a las burlas. “Pues la ciudad sin ti…está solitaria”, no dejabas de canturrear con esa risa tristona que yo evitaba compartir para no complicarte. Hace poco, después de tantos años, volví a escuchar esa canción y supe que entonces admiraba tu candor revolucionario, amaba tu alegre compromiso que se enfureció tanto cuando supiste que los fachos iban a destruir el mural de la Ramona Parra en el frontis del liceo. Hay que hacer guardia toda la noche, dijiste, y nadie te pescó porque al otro día había una prueba. Que importa la prueba, me da una gueba, yo me quedo cuidando el mural del pueblo. Y a mi tampoco me importó la prueba, cuando escapé de mi casa a medianoche y me fui al liceo donde te encontré acurrucado empuñando un palo haciendo guardia bajo el mural de pájaros, puños alzados y bocas hambrientas. “Pues la ciudad sin ti”, reíste sorprendido al verme haciendo un espacio para que me sentara a tu lado. No lo podías creer, y me mirabas y cantabas “Todas las calles llenas de gente están, y por el aire suena una música”. Te vine a hacer compañía, compañero, dije tiritando de tímido. Bienvenida sea su compañía, compañero, me contestaste pasándome el pucho a medio consumir por tu boca jugosa. No fumo, te contesté con pudor. Entonces no fumaba, ni piteaba, ni tomaba, ni jalaba, solo amaba con la furia apasionada de los diecisiete años. Pueden venir los fachos, ¿no tienes miedo? Te contesté que no, temblando. Es por el frío, esta noche hace mucho frío. No me creíste, pero enlazaste tu brazo en mis hombros con un cálido apretón. “De noche salgo con alguien a bailar, nos abrazamos, llenos de felicidad…mas la ciudad sin ti”. Era extraño que cantaras esa canción y no las de Quilapayún o Víctor Jara, que guitarreaban tus compañeros del partido. La cantabas despacito, a media voz, como si temieras que alguien pudiera escucharte. No se…era como si me la cantaras solo a mí. “Pues la ciudad sin ti…”, musitabas cada letra en el vaho de aquella tensa noche de vigilia. Casi no sentía frío a tu lado, y hablando así despacito de tantas cosas, de tanto ingenuo adolecer, me fui relajando, adormilando en tu hombro. Pero el pavor me cortó la respiración al escuchar unos pasos en la calle. No te muevas, me soplaste al oído sujetando el garrote. Pueden ser los fachos. Y permanecimos así juntititos, con el corazón a dúo, haciendo tum tum, expectantes. Pero no eran los fachos, porque las pisadas se perdieron en la concavidad de la calle retumbando. Y quedamos de nuevo solos en silencio. “Y en el aire se escucha una música…” volviste a cantar en mi oído y así pasaron las horas y al día siguiente nos sacamos rojo en la prueba y vinieron los exámenes de fin de año y los tiempos escolares rodaron turbulentos en marchas por Vietnam y mitines en apoyo al presidente Allende. Y después, la música se corto de pronto, vino el golpe y su brutalidad me hizo olvidar aquella canción.

Nunca mas supe de ti, pasaron los inviernos de tormenta rebalsando el Mapocho de cadáveres con un tiro en la frente. Pasaron los inviernos con la estufa a parafina y la tele prendida con Don Francisco y su musiquita burlesca acompañando el cortejo de la patria en dictadura. Todo así, con show importado, con vedettes tetudas en la falda de los generales. La única música que retumbaba en el toque de queda era la de esa farándula miliquera.

Nunca mas supe de ti, quizás escondido, arrancado, torturado, acribillado o desaparecido en el pentagrama impune y sin música del duelo patrio. Algo me dice que fue así. Santiago es una esquina, Santiago no es el gran mundo, aquí algún día todo se comenta, todo se sabe. Por eso hoy al escuchar esa canción, la canto sin voz, solo para ti, y camino trizando los charcos del parque. Este invierno se viene duro, cae la tarde otoña en el cielo reflejado de las pozas. Aglomeración de autos tocan bocinas en los semáforos. Van y vienen los estudiantes con sus pasamontañas para el frío y la protesta. Los santiaguinos se agolpan en los paraderos del Transantiago en masa, en tumultos, en una muchedumbre alborotada que colma las calles… “mas la ciudad sin ti…mi corazón sin ti…está solitario”.

25 de agosto 2013

 

 

 

ÉRASE UNA GUERRA CIVIL QUE NO SE ACABA(BA) NUNCA.

ÉRASE UNA GUERRA CIVIL QUE NO SE ACABA(BA) NUNCA

1936-2016. Artículo del historiador José Luis Ibáñez Salas sobre la Guerra Civil española, “esa larga noche de escombros” de cuyo inicio se han cumplido ya ochenta años.


Érase una guerra civil que no se acaba(ba) nunca. José Luis Ibáñez Salas.

Érase una guerra civil que no se acaba(ba) nunca

Érase una guerra civil que no se acababa nunca, una guerra con sus buenos y con sus malos, pero sin final, ya digo, una guerra de mil días que duraba casi cincuenta años. Érase una guerra con su general(ísimo) y caudillo, con sus derrotados tras alambradas o en zanjas, con sus vencidos vivos en un cementerio sin lápidas,

Érase una vez una guerra entre hermanos, entre primos y consuegros, entre amigos y enemigos, una guerra entre españoles, una guerra con sus hediondos cadáveres, con sus pechos de insignias sin valor, una guerra redonda y retardada, alargada en las noches de vientres amargos, con sus generales victoriosos y gordos, con sus fronteras vigiladas por senegaleses, con sus niñas de oro a punto de enviudar, con sus niños sin guantes ni jerséis ni calzado, una guerra civil llena de extranjeros, no siempre de sí mismos, pero al llegar un nuevo octubre, el del año 82, muchos quisieron ver que acababa, que dejaba de ser guerra civil y se convertía en un futuro, ahora sí, ahora sí, ahora sí. Érase una vez una guerra redimida en una urna.

Con sus hediondos cadáveres, con sus pechos de insignias sin valor. #GuerraCivil @AdehistoriaCLIC PARA TUITEAR

La Guerra Civil española, la Guerra Civil por antonomasia

La cuarta de las guerras civiles entre españoles, desde su inaugurada en 1808 contemporaneidad de compatriotas, comenzó en el verano de 1936. Demasiado siglo XX, como sabemos.

¡Cómo de profunda es la crisis social y política, cómo de enfurecida la polarización de la sociedad, cómo ha de ser la situación para que se produzca, contra el deteriorado orden constitucional de la tambaleante Segunda República española, una sublevación militar en el protectorado español de Marruecos y se declare el estado de guerra el 17 de julio del año 1936! ¿O no habría sido preciso ese ambiente de aliento de pozo para que el que se dará en llamar Alzamiento Nacional se adelantara sobre lo previsto? ¿Fueron unos extraterrestres quienes fracasarán en aquellos días de julio en su pronunciamiento decimonónico fuera de cacho y con su bravata defectuosa forzarán una guerra civil, la Guerra Civil española?

Los rebeldes que se alzaron contra el Gobierno constitucional republicano en julio del año 36 del siglo XX justificaron su traición como la única salida posible para evitar una revolución, si bien lo que en realidad lograron de inmediato fue provocar con el fracaso de su golpe sedicioso esa revolución, pues al desmoronar la capacidad coercitiva del Estado en los territorios que no apoyaron la rebelión, el resultado de la sublevación encabezada por los militares ultraconservadores no fue otro que las fuerzas del movimiento obrero más concienciado recibieran el impulso definitivo a su vocación revolucionaria. Los conjurados, que venían tramando su conspiración casi desde el mismo 14 de abril del 31, aceleran sus pasos la primavera del 36. Bastantes de los altos mandos militares se van uniendo a la sedición y rodeándose de los promotores ideológicos de la misma, sobre todo monárquicos borbónicos o carlistas pero también seguidores de los variopintos grupos parafascistas surgidos a imitación de las corrientes en alza en la Europa del momento, con el tinte castizo propio de la extrema derecha española, y numerosos simpatizantes y militantes de partidos menos comprometidos con las nuevas formas del autoritarismo occidental.

Justificaron su traición como salida para evitar una revolución #GuerraCivil @AdehistoriaCLIC PARA TUITEARPero para que se diera una guerra, una guerra civil, fue necesario que los españoles, implicados por las buenas o por las malas en el desaguisado, se concienciaran de que era un conflicto bélico en todas sus dimensiones lo que había estallado después del éxito del pronunciamiento militar en el norte de África y del consiguiente fracaso de los sublevados a la hora de arrastrar al resto del país.

Entre el verano de 1936 y la primavera de 1939, el estupefacto siglo XX de los españoles se convierte en un periodo de enfrentamiento bélico entre los aglutinados partidarios de acabar violentamente con el régimen republicano instaurado en 1931, de un lado, y los dispares defensores de los principios básicos de la legitimidad constitucional o de los avances sociales acometidos o por acometer por la República amenazada, del otro.

Lo tengo dicho en muchos sitios: España se inundará de zozobras, audacias, resignaciones y expectativas durante la segunda mitad del mes de julio de 1936. Brevemente: después de que el levantamiento contra el Gobierno constitucional arrancara el 17 de julio en Melilla y las unidades militares sublevadas se hicieran de inmediato asimismo con Tetuán y Ceuta, el general Francisco Franco partió al día siguiente desde Canarias hacia Marruecos para tomar el mando del Ejército de África, la más profesional fuerza de choque con que se podía contar en aquellos momentos; y ese día 18, cuando la sublevación triunfa en todo el protectorado marroquí y se sublevan no siempre con éxito las regiones militares peninsulares, dimite el jefe del Gobierno lealista, Santiago Casares Quiroga, e intenta formar un nuevo ejecutivo el republicano Diego Martínez Barrio. Un día más tarde, la rebelión se generaliza por buena parte del país y Franco se pone al frente del principal cuerpo de Ejército. El presidente de la República, Manuel Azaña, consigue por fin aquel día 19 de julio la formación de un Gobierno, encabezado por otro republicano, José Giral, que ordena la entrega de armas a las organizaciones sindicales y a los militantes de izquierda.

Pasan los días y el país va quedando fracturado en dos zonas bajo el control de cada uno de los dos bandos. Los bandos, ya están aquí. ¿O siempre estuvieron? El éxito o el fracaso de la rebelión mide la asignación territorial a una o a otra zona. Ni el Gobierno reconstituido a trompicones ni los sediciosos han salido vencedores en este primer asalto. Nadie domina a finales de julio el país. Se avecina una guerra de duración impredecible. Además del territorio bajo soberanía española en el norte de África, los sublevados dominan a finales de julio los municipios de lo que hoy son las comunidades autónomas de Galicia, Navarra, La Rioja e Islas Canarias y una buena parte de Castilla y León; en Euskadi, la provincia de Álava; el occidente de Aragón; Islas Baleares, a excepción de la isla de Menorca; en Extremadura, la provincia de Cáceres casi en su totalidad; Oviedo en Asturias; y, por último, algunas zonas de Andalucía, entre ellas la ciudad de Sevilla; y, de su lado, el nuevo Gobierno constitucional presidido por José Giral, mejor dicho, sus aliados frentepopulistas levantados en armas contra los sediciosos, han logrado conservar las que habrían de ser su buque insignia, Madrid, Cataluña y la Comunidad Valenciana; casi todas las localidades de Andalucía; Euskadi, salvo la citada Álava; Asturias, a excepción de su asimismo mentada capital, Oviedo, Menorca en Islas Baleares; y todas las tierras de Cantabria, Castilla-La Mancha y Región de Murcia, así como parte de Cáceres y la provincia de Badajoz, en Extremadura. España rota, ahora sí.

Una #GuerraCivil en tres capítulos que tuvo como colofón la debacle republicana. @AdehistoriaCLIC PARA TUITEARTres capítulos. En tres capítulos te dividiste, guerra entre hermanos, guerra entre enemigos acérrimos, tela de enemigos, enemigos a tope. Cada capítulo dedicado a una de las operaciones militares, que de eso se trataba, de cosas de militares, con sus batallas y sus bombardeos y sus fusilamientos y sus desfiles y sus síseñorordenaustedalgunacosamás?: Primer capítulo: el asalto de los sublevados a Madrid, saldado sin éxito. Segundo: la campaña del Norte y la Montaña y las tierras asturianas holladas por las botas de los soldados de Franco. Tercero y último, decisivo, con la batalla del Ebro como combate señero y la debacle republicana como colofón.

Vamos con tu primer capítulo, Guerra Civil

Principios de agosto de 1936. Se produce el decisivo paso del estrecho de Gibraltar de las tropas del Ejército radicado en el protectorado marroquí y mandadas por Franco. Tu protagonista, primer capítulo, es el extremo esfuerzo de los rebeldes para obtener el centro neurálgico del Estado, la capital, la ciudad de Madrid. En el asedio de Madrid a cargo de los insurrectos, es la llamada batalla de Madrid, se ataca por el norte y por el sur. Fracaso. Noviembre de 1936 es un mes muy especial en la batalla de Madrid, que duró hasta el final de la guerra, hasta marzo de 1939, el mes en el que se dieron las principales acciones de ataque y defensa de uno y otro bando.

 

Los sublevados del norte y los del sur habían logrado enlazar ya en el mes de agosto a lo largo de la frontera con Portugal, luego del avance sobre Andalucía y la provincia extremeña de Badajoz de las tropas de Franco, las fuerzas de África, que contaban ya con las primeras ayudas alemanas e italianas. Por su parte, en el norte ocupaban la ciudad guipuzcoana de Irún a principios de septiembre y cortaban así la otra frontera, la francesa.

 

 

Franco renunciaba al avance hacia Madrid y ordenaba desviarse hacia la ciudad de Toledo para liberar del asedio que venían sufriendo desde el 22 de julio los hombres (y las familias atraídas por ellos, algunas en calidad de rehenes) del coronel José Moscardó, refugiados en el emblemático edificio de la Academia de Infantería. El 28 de septiembre de ese año se producía la salida, la liberación, de los resguardados defensores y de sus secuestrados.

Guerra Civil, estás matando también en las retaguardias aterrorizadas a ambos lados del límite de los combates. Mientras, los insurrectos institucionalizan su conglomerado de fuerzas militares y paramilitares y, cómo no, políticas. El 24 de julio ya se crea en la ciudad de Burgos la Junta de Defensa Nacional, con el general Miguel Cabanellas al frente, compuesta por otros cuatro generales, Emilio Mola y Fidel Dávila y Andrés Saliquet y Miguel Ponte y por dos coroneles, Fernando Moreno y Federico Montaner. El 29 de septiembre, la Junta de Defensa Nacional hace pública la designación de Franco como jefe militar de las fuerzas sublevadas, con el título de generalísimo de los tres ejércitos −un nombre que, acortado a generalísimo sin más, habría de calar en el imaginario popular durante décadas−, y jefe político de un gobierno que aún no es técnicamente tal. Franco es elegido por los miembros de la Junta de Defensa Nacional sin que quede claro si el mandato se otorga sólo para el tiempo que dure la guerra, pues no se ponía limitación específica alguna. El 1 de octubre, fecha simbólica que se unirá al 18 de julio en los fastos franquistas, el general Franco asumió plenamente ambos cargos, a los cuáles él mismo se ocupó de añadir el de jefe del Estado. Su investidura en la que es la sede de los rebeldes, la ciudad de Burgos, se producirá en tanto que “jefe del Gobierno del Estado”. Franco tiene todo el poder sobre el territorio conquistado por los conjurados. Ha comenzado el franquismo. Ese día 1 de octubre se inicia la dictadura personal del general Francisco Franco Bahamonde y, con ella, el periodo al que llamamos franquismo y, por ende, el régimen político homónimo, surgido del consenso mínimo alcanzado por los sublevados: la completa destrucción de la tradición liberal. Al día siguiente, de hecho, los hechos incontestables, manifiestos: Franco se convierte en el jefe del Estado y del Gobierno, pues la Junta Técnica del Estado, con el general Dávila como presidente, sustituye a la anterior Junta como forma de organización política de los rebeldes: es el “órgano asesor del mando único y de la Jefatura del Estado Mayor del Ejército, cuyas resoluciones necesitaban el refrendo del general Franco como Jefe del Estado”. La Junta Técnica del Estado ya no está integrada sólo por militares y canaliza las distintas fuerzas políticas del bando rebelde, al que ya se puede llamar bando franquista, y, en ella, ya están representadas las fuerzas políticas que conforman dicho bando y sus miembros son técnicos sin ningún peso político.

¿Qué cómo había logrado Franco su ascendente imbatible entre los rebeldes? Regresemos un momento a finales de julio y principios de agosto de este 1936: el jefe de las fuerzas armadas norteafricanas consigue hacerlas cruzar el estrecho de Gibraltar tras lograr que la Alemania nazi y la Italia fascista vendan a los sublevados los aviones necesarios para su traslado a Andalucía y llevar así a cabo subrepticiamente, para no romper la llamada no intervención internacional, el primer puente aéreo militar de la historia. Franco solicitó a las potencias del futuro Eje Roma-Berlín su ayuda interesada, y lo hizo presentándose a sí mismo como el líder de los sublevados, una jefatura autoasumida y de la que el general no tenía dudas.

¿Pero de qué iba Franco? Muy simple, Franco respondía al paradigma ultraconservador que habría de acabar venciendo en la Guerra Civil: de marcado antiliberalismo, su ideología estaba sustentada en la creencia de que el siglo XIX, y sobre todo lo que le había tocado a él vivir en el XX, subvertía los logros de la España anterior a la aplicación de los principios de la Ilustración, tan antiespañoles; un antiliberalismo que tenía el corolario del anticomunismo y se acentuaba en su acendrado catolicismo, al que veía como el fundamento moral y político de la nación española; todo ello ceñido a una visión del pasado de los españoles en el que lo esencial sería la preponderancia de la monarquía y de la unidad en torno a Dios y a España. Ahí es nada.

Llega tu segundo capítulo, Guerra Civil, ese que tiene su epicentro en la campaña del Norte

En junio de 1937 Vizcaya pasa a poder de los ejércitos de Franco y con ella lo que quedaba de Euskadi, en agosto Cantabria hace lo propio y en octubre dichas tropas toman los territorios que les faltaban en Asturias y cierran así la llamada campaña del Norte, donde nuevamente se demostraban algunas cosas: que la unidad de mando y la mayor profesionalización militar de los sublevados, así como la capacidad de estos de atraerse a sus aliados naturales, la Italia fascista mussoliniana y la Alemania nazi hitleriana, y de mantener la aberración de la neutralista no intervención de las demás potencias estaban resultando decisivas a la hora de imponerse en una guerra en la que el otro bando apenas contaba con ayuda exterior, más cara política que económicamente (la soviética), y era asimismo incapaz de estructurar debidamente por más que lo había intentado una organización castrense profesional en todos sus rangos.

Ocupado por los franquistas el norte peninsular, la situación bélica es cada vez más favorable a los enemigos de lo que quedaba del régimen republicano. La otra España, la gobernada desde mayo de 1937 por el socialista Juan Negrín (que había sucedido al también dirigente socialista y sindicalista Francisco Largo Caballero, al frente de un ejecutivo republicano desde septiembre del 36 que contó con presencia ya no sólo de republicanos, sino también de socialistas y comunistas e incluso de anarcosindicalistas), parece que ha encauzado demasiado tarde su objetivo de vencer a los rebeldes por encima (y antes) de ese otro tan ¿utópico? de lograr la sociedad perfecta. Y los revolucionarios han intentado evitar su desorganización, pero continúan disgregados en al menos tres grupos, como poco: comunistas, socialistas y anarquistas. ¡Ah¡ y no olvidemos a los escasos defensores de la Constitución del 31. ¿O sí? En la España auténtica, la que de hecho te ha provocado, Guerra Civil, dominada unipersonalmente por Franco, el 19 de abril de 1937 tiene lugar uno de los pasos encaminados a facilitar al general ese desempeño autocrático: la promulgación del Decreto de Unificación que llevaba implícita la creación de un partido único, Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), amalgama de todas las formaciones políticas que se habían unido a los sublevados que ahora se encontraban bajo el poder de Franco. Con FET y de las JONS, el franquismo tiene su propio Movimiento Nacional, denominación ésta más habitual que se usará para referirse al partido único del que por supuesto Franco será jefe máximo desde primera hora. Las divergencias internas de las fuerzas políticas antirrepublicanas llegan a su fin y la victoria en la guerra es ya el único objetivo, común, de todos los grupos que luchaban contra los restos de la autoridad republicana. Ese movimiento nacional pretende defenderse del desorden público, de la ruptura territorial de España, de los ataques a la dignidad del Ejército, del desprestigio de la ley, del maltrato popular a las instituciones públicas. Y, por supuesto, de la bestia negra de los juramentados: la inminente revolución comunista. Defenderse atacándola.

Y tu tercer capítulo. Esto se acaba

1938 es el año decisivo. En enero se forma el primer Gobierno de cuantos habría de presidir Franco a lo largo de su dictadura de décadas, un gabinete integrado por militares y por civiles (en el que destacaría el concuñado del jefe del Estado Ramón Serrano Suñer, ministro de Interior y secretario del Consejo de Ministros) que estaba compuesto por todo el espectro político favorable a la causa anticonstitucional y antirrepublicana (reputados militares, monárquicos, carlistas y falangistas). Tres meses después se promulga el Fuero del Trabajo, vértice normativo del nacionalsindicalismo, uno de los pilares iniciales del régimen franquista, la primera de las normas que conformarían el peculiar entramado seudoconstitucional de la dictadura franquista. En julio da comienzo la batalla decisiva, la del Ebro, largo y cruel combate que finalizará en noviembre con la derrota del Ejército republicano en la que fue su última y más decidida ofensiva para obtener un triunfo que se le escapaba irremediablemente ante el continuo avance de los soldados franquistas.

Esa victoria de los sublevados supondrá la destrucción casi definitiva del enemigo y despejará su avance hacia Cataluña, de manera que a finales de enero de 1939 los ejércitos de Franco llegarán a Barcelona, camino de la frontera con Francia, poco antes de proceder a la ocupación de los pasos gerundenses hacia el país vecino. A los defensores de la República sólo les quedarán escasos territorios en el centro de la Península y en el sur, de tal manera que la ofensiva franquista de los meses de febrero y marzo de aquel año 39 es un avance hacia el final del conflicto, decidido y certero.

En los primeros días de marzo, se crea en Madrid el autodenominado Consejo Nacional de Defensa, a la cabeza del cual está el jefe del Ejército del Centro, el coronel Segismundo Casado, que destituyó al jefe del ejecutivo republicano, al socialista Negrín, como medida previa para negociar una paz honrosa con Franco. Pero la paz no llegó, y no llegó porque no hubo acuerdo de paz. Hubo rendición y Victoria con mayúscula. El triunfo de los valores diametralmente opuestos a aquellos que habían inspirado las jornadas de alegría colectiva de abril de 1931, el triunfo de la autocracia personalista ultraconservadora, antiliberal y antidemocrática, revanchista y represiva. Los franquistas entrarán el 28 de marzo en Madrid y tres días después no quedará un solo metro cuadrado sobre el que alguna autoridad contraria a Franco pudiera hacer valer su mando.

Con el famosísimo bando de guerra postrero, el 1 de abril de 1939 la guerra ha terminado con la victoria de quienes se sublevaron en julio de 1936 y la inmediata derrota total del orden constitucional republicano y del intento de establecimiento de la verdadera democracia. De resultas de ello se implantará un régimen dictatorial unipersonal con la figura de Franco como cabeza directora y visible. Guerra civil, quiero que sepas una cosa: sin la ayuda de la Italia fascista de Mussolini y la Alemania nacionalsocialista de Hitler, Franco no podría haber ganado. España es a partir de la primavera del año 1939 un país de vencedores y vencidos.

 

España es a partir de la primavera del año 1939 un país de vencedores y vencidos @AdehistoriaCLIC PARA TUITEAR

Y lo que vino después (y algunas notas sobre la represión)

¿Qué quedó de España tras tu torbellino, Guerra Civil de los años 30 del siglo pasado, tan cercana aún para algunos? Desolación. Tras eso que fuiste, esa contienda fratricida canalla y soez, quedó el triunfo del sector más antiliberal de cuantos promovieron la destrucción del régimen democrático instituido en abril de 1931 y, con ellos, el de aquellos que simplemente, impelidos a aceptar un bando, acertaron y se fueron (o se quedaron, más bien) con los sediciosos.

La primera y evidente consecuencia de tu ser guerra fue el elevadísimo número de pérdidas humanas,cifrado habitualmente en una cantidad superior al medio millón, que provocó una drástica disminución de la población activa y constituyó uno de los factores de la (reducida) actividad económica de la posguerra.

Y llegamos a lo más doloroso (y polémico, y encarnizadamente polémico). Muchas de las víctimas de aquellos tres años sucumbieron en medio del horror de las represiones ejercidas en las retaguardias de las dos zonas. Eso sí, conviene aclarar, y aclaro, que cuando de represión se habla no sólo se alude a los muertos, a los asesinados o ajusticiados según se quiera mirar, a la violencia física siquiera, sino que se ha de considerar asimismo la represión económica y laboral, así como la política y la cultural.

Ya lo decíamos, la guerra mató (y mucho) también en las retaguardias aterrorizadas, y durante sus casi 33 meses completos de obscena contienda fratricida se perpetraron en España esencialmente dos represiones, según el territorio fuera dominado por uno u otro bando.

Si hablamos de la represión ejercida en el increíblemente menguante territorio fiel a la causa republicana se suele decir de ella que fue fundamentalmente espontánea, que la llevaron a cabo indocumentados sin control, en su mayoría anarquistasReproduzco de nuevo las palabras en cursiva: espontáneaindocumentadosanarquistas.Pues bien, cada vez es más reconocido que en la zona leal no sólo hubo represión espontánea y que no era extraño que quienes la llevaran a cabo o la consintieran sin reparos tuvieran nombre y apellidos, y cierto prestigio incluso, y, por supuesto, no fueran mayoritariamente seguidores de los principios del anarquismo. La represión republicana estalló con vigor en el sangriento verano del 36 y se redujo notablemente, sin desaparecer, seis meses después de la sublevación. Y, evidentemente, cesó en cada lugar cuando las tropas franquistas entraban tras su incontenible proceso de conquista. Por mejor decir, lo que hizo fue permutarse por la de los recién llegados y por la de los quintacolumnistas o simples ex sufridores que en muchos casos volvían ahora las tornas hacia donde su odio les dictaba. La represión física perpetrada en el bando republicano suele estimarse en unos 50.000 seres humanos ajusticiados o asesinados y fue fruto de la propia revolución social provocada por el desbaratamiento del Estado traído por la sublevación de julio de 1936. Ahora bien, ese descontrol especialmente inicial se extendió a lo largo de todo el conflicto, aunque institucionalizado, y ello pese a los esfuerzos de los distintos gobiernos encabezados pronto por los socialistas, escindidos ellos mismos entre la tendencia demócrata pero poco y la revolucionaria intransigente, y formados además no sólo por anarquistas o por republicanos más o menos radicales sino también por comunistas.

En cuanto a la represión ejercida por los sublevados, pronto franquistas, digámoslo pronto, su principal característica, derivada del resultado de los propios acontecimientos, fue su prolongación en el tiempo hasta el final de la misma dictadura en 1975. Si durante la guerra los represaliados eran cuantos pudieran ser tenidos por partidarios del otro bando e incluso los opuestos al ejercicio personalista del poder por parte de Franco, durante la posguerra lo fueron estos últimos y sobre todo cuantos cabría asimilar a los perdedores de la guerra, aunque de manera más directa todos aquellos tachados de antifranquistas. Los estudiosos de las cifras de la represión digamos física ejercida por el franquismo suelen admitir que fueron eliminados por ella entre 150.000 y 200.000 seres humanos, aunque lo más habitual es descender hasta el primero de los dos datos. Casi todos entre julio de 1936 y la promulgación en julio del año 1945 del Fuero de los Españoles, acabada ya la Segunda Guerra Mundial. Sólo en nueve años, principalmente en los de la guerra y en los de la primerísima posguerra. En concreto, se estima que el número de personas que recibieron la muerte en el ejercicio de la represión llevada a cabo por el régimen de Franco, una vez acabada la Guerra Civil española, ascendió a unos 50.000 seres humanos. Es fácil, tras leer estas cifras, calcular cuántos cadáveres dejó a su paso la represión de los sublevados durante tus años de dolor, guerra miserable. Pero a esa catástrofe, no hemos de olvidar, hay que añadir asimismo las otras represiones, la que se llevó a cabo por medio de la depuración de los funcionarios, no sólo aunque sobre todo profesores, incluidos por supuesto los militares (aquellos que se salvaran de los pelotones de fusilamiento, claro está); o la represión económica aplicada desde enero de 1937 por medio de incautaciones de bienes y embargos de cuentas a quienes se les tuviera por responsables de las pérdidas de riqueza durante la Guerra Civil, pero también a través de los numerosos despidos consentidos por el régimen; y por supuesto la más generalizada de todas, la estrictamente política.

Consecuencia de tus tres años de ser guerra fue, por supuesto, la dictadura del general Franco, que se fundamentó en la represión de los vencidos. Fuiste una guerra de eliminación del otro, y para ello los victoriosos usaron desde luego la muerte, la represión y la depuración y se aprovecharon del exilio. Y tu fruto, la dictadura franquista, el franquismo, exterminó la herencia liberal y las tradiciones republicana, socialista y anarquista para construir en su lugar un nuevo Estado donde los vencidos quedarían excluidos.

Una #guerra de eliminación del otro. El nuevo Estado excluyó a los vencidos. @AdehistoriaCLIC PARA TUITEARTras de ti, odiosa guerra, se rompió con las tradiciones culturales que llevaban a España hacia la modernización para sustituirlas por el más puro antiliberalismo católico y por unas gotas del específico fascismo español, a medio camino de la soldadesca patriotera y la paradójica revolución social nacida para evitar la revolución social.

En aquellos años inmediatos a tu ser guerra entre paisanos, cundió entre los derrotados el desánimo, al tiempo que la exaltación de la revancha mantenía unidos a los triunfadores.

En lo económico, la consecuencia más destacada de tu devastación bélica fue el descenso a niveles preindustriales del nivel de renta de la población, a lo que habría que añadir una brutal disminución de la producción provocada por la merma de la población activa y la destrucción de una considerable parte de las infraestructuras del país (vías férreas y carreteras, pero también viviendas y hasta centros industriales).

Y en lo social, en lo que respecta a la vida cotidiana de la inmensa mayoría de quienes salían del largo túnel de una guerra civil para entrar en la oscura senda de los años de una posguerra inacabable, siguieron años de privaciones ya padecidas durante los años de conflicto. De privaciones protagonizadas por el racionamiento que habrían de durar hasta la década de 1950.

Todo ese panorama realmente terrible, provocado por la insensatez de todos pero muy especialmente por la decisión irrevocable de los sublevados y sus seguidores organizados en torno de la figura dictatorial de Francisco Franco, habría de estar pilotado por un régimen que construía un Nuevo Estado antidemocrático.

A mediados de 1939, Francisco Franco tenía la tarea descomunal de sacar a España del hoyo en que se hallaba. Contaba para ello con una base ideológica antiliberal, anticomunista, nacionalsindicalista y nacionalcatólica. Guerra Civil española, te odio. (Aunque en octubre de 1982 las urnas nos redimieran de tu larga noche de escombros.)

 

1936-2016. Érase una vez hace ochenta años… #GuerraCivil @AdehistoriaCLIC PARA TUITEAR 

Érase una guerra civil que no se acaba(ba) nunca es un artículo de José Luis Ibáñez Salas

Marchar de la memoria al poder. Resignificación de los ritos.

Chile. ¿Por qué el 10 de septiembre hay que marchar del cementerio al centro de Santiago?

por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)

Publicado el 6 Septiembre, 2017

1.

Para quienes persiguen cambiar la vida y el actual orden de cosas, la memoria no puede monumentalizarse ni agotarse en una simple evocación nostálgica. Para las y los insumisos, la memoria es historicidad actualizada. Que no museo, que presente y futuro.

 

 

Por eso marchar desde el centro de Santiago de Chile hasta el cementerio general para conmemorar a las y los luchadores sociales que cayeron desde el 11 de septiembre de 1973 hasta hoy mismo, constituye una mera puesta en escena de lo que fue. Es un momento necesario, pero insuficiente.

(Y quienes cayeron por la libertad desde el 11 de septiembre de 1973 hasta ahora mismo, son reflejo disruptivo de los que cayeron mucho antes, en los pliegues relampagueantes de la historia de los pueblos en lucha. La desobediencia de los oprimidos es un resultado histórico, movimiento real en alza, momentos cruciales y rompientes de la normalidad sistémica. Ensayos del porvenir.)

2.

Los ritos son tan importantes que es preciso modificarlos según el aquí y el ahora. En cambio, marchar desde el cementerio general hasta el centro de Santiago, esto es, desde la memoria hasta el lugar donde simbólicamente se condensa “lo público”, “lo de todos”, es un ejercicio que sí completa el circuito con sentido de la voluntad transformadora, tanto de los que cayeron y que con nosotros van, como de los que enfrentan las actuales opresiones con el objetivo de superarlas. De lo contrario, la marcha habitual al cementerio general se vuelve un simple espectáculo de repertorio inofensivo. El espectáculo de la caminata del derrotado. El fetiche anti-histórico de la fatalidad quieta, fija. La reiteración incesante de la muerte. Pura impotencia.

Pero los pueblos no van tras la muerte. Son en latencia la promesa de la nueva vida o de la vida por fin socializada.

¿Dónde quiere la oligarquía chilena a la disidencia social más resuelta? En el cementerio. ¿Y cuál es su terror callado o explícito? Que los plebeyos, los humillados y ofendidos, se hagan del poder político y terminen con su dictadura centenaria. El amo sólo tiene sentido cuando existe el esclavo. Ante la liberación del esclavo, se desmorona la condición del amo. Asimismo, el amo, en medio de su derrumbe, por fin comprenderá que ya liberado el esclavo, el mismo amo se libera. En ese momento “no se da vuelta la tortilla” (lo que equivaldría a mantener las mismas relaciones de poder con los sujetos invertidos nada más). La emancipación del esclavo asalariado o sometido al gran capital, jamás puede ser un acto de venganza. Tiene que ser un proceso libertario de todo el género humano. Libre el esclavo, entonces el amo se disuelve en la angustia de su propia libertad desnuda.

3.

La lucha histórica entre opresores y oprimidos se ofrece sobre todo en el campo simbólico y cultural, de acuerdo a las relaciones de fuerza concretas y específicas que trazan la actual fase de dominación en Chile. Las y los oprimidos, las y los comunes, a diferencia de los opresores, bajo las relaciones sociales capitalistas, no pueden alcanzar el poder desde la hegemonía de su propio desenvolvimiento económico hasta llegar a destronar paulatinamente a la minoría mandante, sino que sólo puede realizarse desde la consciencia práctica de su devenir emancipatorio. Por eso la creación de estrategias populares en contra de las sofisticadas relaciones de alienación y de disciplinamiento social está a la orden del día. Y los fenómenos ligados a la alienación y al disciplinamiento social no se limitan únicamente a la población en general. Lo realmente grave es que se reproducen entre quienes se autodenominan desde progresistas hasta revolucionarios. Por ejemplo, el patriarcado, el autoritarismo, formas solapadas o abiertas de racismo y discriminación, se practican ampliamente entre las izquierdas institucionales y no institucionales. En consecuencia, el combate cotidiano en contra de la alienación individual y social debe enfrentarse antes que en ningún otro sitio, en los activos organizados que persiguen la superación de dominio del capital, la explotación y súper-explotación humana y la destrucción suicida de la biodiversidad. También los sujetos rebeldes deben llegar a ser libres. La humanidad colonizada multidimensionalmente por la ideología del capital no puede contener en sí misma las huellas de una civilización nueva.

4.

Aunque parezca apenas un gesto, marchar desde el cementerio hasta el centro de Santiago, en realidad es una de las tantas formas de ir saboteando lo establecido desde y por los pocos de arriba.Esos pocos, ya lo sabemos, nos quieren lo más lejos posible del sitio que resume lo público y lo político. El Estado capitalista chileno, uno de los más hábiles del continente, únicamente quiere clientes, consumidores, usuarios, y operadores funcionales a sus intereses. No es ningún problema para el régimen prevalente que la minoría activa de vez en cuando espectacularice su calendario de derrotas, la cual, a su vez, se corresponde al calendario de las victorias del opresor.

Por eso el 11 de septiembre (este año, el domingo 10 de septiembre) hay que marchar de la memoria al poder, del cementerio al centro cívico de Santiago. No por capricho ni irrespeto. Sino que para ir rompiendo en el ámbito simbólico y de la consciencia de la propia rebeldía, la exclusividad oligárquica de la política.

Por los derechos sociales y populares de las y los trabajadores asalariados y de los auto-explotados; de las mujeres, de los indígenas, de los migrantes, de la disidencia sexual, de los jóvenes sin porvenir y de los viejos-jóvenes, de los empobrecidos, de los ambientalistas, de los colectivos de DDHH, de los intelectuales que producen conocimientos desde los intereses de los de abajo, de los adoloridos, enfermos y esperanzados, de los cristianos de la opción por los pobres, de los desesperados y de los felices en la alegría desafiante de toda la vida que nos queda por imaginar y crear.

@PeriodistaFigue

Las suaves cenizas del olvido.

Las suaves cenizas del Olvido

BRIAN LOVEMAN y ELIZABETH LIRA, Las suaves cenizas del olvido. Vía chilena de reconciliación política 1814-1932 y Las ardientes cenizas del olvido. Vía chilena de reconciliación política 1932-1994, LOM Ediciones-Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 1999 y 2000 respectivamente.

La obra de Loveman y Lira, planificada en tres volúmenes y que hasta ahora ha dado a la luz los dos primeros, resulta una investigación fundamental sobre nuestro pasado, con notables implicancias en el presente y evidentes y fundamentales consecuencias hacia el futuro de la convivencia nacional.

La importancia del trabajo dice relación, en primer término, con su objeto de estudio, es decir, la forma en que en Chile se ha producido la reconciliación política luego de las crisis y conflictos que ha experimentado el país a lo largo de su evolución republicana. El tema, además, y dada la actualidad del problema en el Chile de hoy, viene a demostrar que toda historia es contemporánea y que los estudiosos del pasado deben estar muy atentos a vivir su presente para interrogar al pasado.

También es una investigación de mérito, porque el libro, además de abordar su objeto de estudio particular, y como una forma de comprenderlo en su verdadera dimensión, es una completa historia política de Chile. Comprensiva, interpretativa y, principalmente, documentada, lo que es esencial dado el carácter que han tomado algunos textos que pretenden hacer historia reciente. En este contexto, y qué duda cabe, lo más trascendente de ella es la evidencia respecto a que cuando los principios se han dejado de lado en razón de las coyunturas políticas o de los intereses de grupos, el país lo ha pagado con violencia.

Por último, se trata de un trabajo de valor, pues al explicar las causas que en diferentes momentos se han dado para amnistiar, perdonar, olvidar y correr el “tupido velo”, es decir, aplicar la “vía chilena de la reconciliación política”, Loveman y Lira nos permiten adentrarnos en la historia de las mentalidades, en el carácter y actitudes de una sociedad, en la larga duración. Algo tan útil cuando se trata de comprender el comportamiento de una sociedad.

En relación con su objeto de estudio, los autores muestran una doble preocupación. Por una parte está la de estudiar los procesos de reconciliación, la trayectoria histórica de los mismos en cuanto realidad histórica. Pero, como la reconciliación supone la existencia previa de violencia política, de conflictos, de crisis institucionales, de rupturas y odiosidades, entre otros elementos, la obra que comentamos no solo estudia las “formas” de reconciliación política practicadas en el país, sino también las circunstancias y coyunturas que las motivaron. Así, al abordar las formas de reunir a la gran familia chilena, como Loveman y Lira lo hacen, necesariamente también han debido aludir a las instancias que han provocado la ruptura de la paz social. Esto es lo que hace posible que también nos encontremos frente a una historia política del Chile republicano.

Una historia política que al ser fruto de la comprensión de los procesos de reconciliación y de transición en que estos se dan, necesariamente resulta interpretativa, incluso con la presentación de algunas tesis de gran interés para quienes se adentran en el estudio de nuestro país.

Así por ejemplo, los autores plantean la polaridad, siempre presente a lo largo de la historia republicana nacional, entre reconciliación política, propia de la cultura cristiano-occidental, y resistencia, propia del pueblo. Constatación por lo demás interesante y de proyecciones analíticas si se considera que Chile presume de formar parte del mundo occidental y de practicar los valores de su cultura, pese a lo cual, según Loveman y Lira, su pueblo siempre se ha opuesto a una de sus manifestaciones más trascendentes en términos de nuestra convivencia social y política.

Otra idea fuerza que nos resulta interesante es la que plantea que la vía chilena de la reconciliación política constituye un verdadero sistema de gobierno. Ella no solo lleva a la conclusión que la impunidad ha sido la regla de nuestro régimen político, obligándonos a revisar y estudiar en sus verdaderos alcances el funcionamiento político republicano, sino que también representa un verdadero reto hacia el futuro en momentos en que es urgente revisar y democratizar una institución esencial como lo es la Constitución Política.

Pero al caracterizarse a la vía chilena de reconciliación como “correr el velo del olvido”, “el perdón jurídico a través de amnistías e indultos” o “el uso de una práctica destinada a dejar atrás sin justicia lo ocurrido”, y de acuerdo con las razones esgrimidas cada vez que se puso en práctica esta vía, podemos también conocer algo más de la mentalidad de nuestra sociedad o, si se quiere más exactamente, del carácter de la clase política chilena y de las motivaciones que la llevan a actuar de la forma en que lo ha hecho. En la polaridad olvido/perdón, perdón/castigo, justicia/impunidad, amnistía/impunidad y en las causas que la explican en cada coyuntura histórica, está también nuestra historia cultural y las motivaciones profundas que explican nuestro comportamiento como sociedad. Razones más que suficientes para valorar el texto de Loveman y Lira.

Considerando que aún falta la publicación del último volumen de esta obra, y que por lo tanto sus autores todavía están a tiempo de recoger algunos planteamientos sobre su trabajo, como nos consta que lo han hecho respecto de los volúmenes publicados, es que a continuación ofrecemos algunas interrogantes motivadas por la lectura de su obra.

Nos preguntamos si en razón de lo que hoy ocurre en Chile respecto de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, es todavía posible sostener que la impunidad, el olvido, el perdón o el tupido velo son siempre los elementos propios de nuestras reconciliaciones. ¿Cómo se explicaría esta que parece una actitud “diferente” y contradictoria con nuestra historia de reconciliaciones?

Por otra parte, la vía chilena de la reconciliación es propia de la evolución nacional, del país en su conjunto, o solo lo es respecto de las elites, los grupos dominantes, la clase política o como quiera que se le llame. ¿No se estará confundiendo, una vez más, historia de la elite chilena con historia de Chile?

Si como nosotros creemos la vía chilena de reconciliación es en lo esencial la vía de reconciliación de la elite chilena, ello explicaría el uso intensivo que Loveman y Lira demuestran que se ha hecho de esta vía. Ello porque dicho grupo necesita perdonar y olvidar desde el momento en que todos forman parte de un mismo sector relacionado por múltiples factores que, necesariamente, debe seguir conviviendo y por lo tanto “arreglar” de algún modo las disputas surgidas en su seno.

También explicaría la situación actual, esto es, el rechazo al olvido, a la amnistía y a correr el tupido velo sobre los crímenes y abusos de la dictadura, pues el drama que ella provocó fue más allá de la elite y afectó a sujetos de un espectro social mucho más amplio. La mayor parte de ellos ajenos al modo tradicional de superar los conflictos practicado por la elite. Lo anterior, sin perjuicio de la conciencia mundial que hoy existe respecto a los derechos humanos que, sabemos, antes no existía y que obliga, lo estamos viviendo, a enfrentar problemas que, también sabemos, algunos quisieran haber “barrido bajo la alfombra”.

Pero, y a propósito de la última de las actitudes mencionadas, esta contrasta con lo ocurrido precisamente durante el gobierno militar, pero también luego de la victoria conservadora en Lircay y el acceso al poder de Portales. Esto es, la persistencia de una actitud oficial que imponía el recuerdo de todos los males y desgracias causados por quienes habían sido desbancados del poder. Entonces no hubo ni perdón, ni olvido y la vía chilena de reconciliación política no operó para ellos. ¿No será que además existe otra mentalidad que funciona paralalela a la que explica la vía chilena de reconciliación política y que, por el contrario, hace imposible el olvido y el perdón? ¿Cómo cabe esta realidad en la caracterización realizada por los autores?

Por otra parte, nos preguntamos y preguntamos también cómo se explica la supervivencia de una nación y una sociedad que según la obra que nos ocupa acumula conflicto tras conflicto: sin enfrentarlos, sin hacer justicia, siempre olvidando y amnistiando. ¿Es posible la sobrevivencia de una sociedad en esas condiciones? ¿Es ella una sociedad “sana”? ¿Es posible vivir así por siglos?

En la obra de Loveman y Lira tenemos la historia oculta de nuestro país, la que pocos quieren mostrar y la que todavía menos quieren conocer. Esta historia y los hechos que la conforman están ahí, han sido documentados como vía chilena de la reconciliación política. Ella nos lleva a preguntarnos si ha existido y existe una verdadera cultura política nacional, como se supone que existe, cuando Loveman y Lira nos muestran que esta, de existir, ha sido la de la “institucionalidad autoritaria” compuesta por un “arsenal de modalidades represivas”.

Entonces, y a la luz de la trayectoria republicana nacional, evidentemente integradora de cada vez más sectores y sujetos al sistema y sus beneficios, volvemos a preguntarnos si a través de la obra que comentamos estamos conociendo el conjunto de la nación, si estamos abordando la totalidad del proceso político experimentado por nuestra sociedad, o sí solo nos estamos ilustrando de un aspecto de dicho fenómeno y de las acciones emprendidas por un sector de nuestra sociedad. Naturalmente necesarios de conocer, imprescindibles de integrar en nuestra historia pero, creemos, lejos de marcarla definitivamente con su impronta autoritaria y represiva.

Pero más allá de las interrogantes que suscita el texto de Loveman y Lira, por lo demás muestra de su valor, el mismo tiene el mérito adicional de recuperar un ángulo de nuestro pasado que puede transformarse en “principio de acción para el presente”1. Es decir, de utilizarlo con vistas al presente y al futuro, de aprovechar las lecciones de las injusticias sufridas para luchar contra las que se producen hoy día. En especial, si como creemos, en nuestra trayectoria histórica también hay procesos y elementos que permitirían esperar un presente mucho más plural y democrático que el que actualmente vivimos.

A este respecto, la recuperación de las voces discordantes, siempre presentes y en contra de la “vía chilena de la reconciliación”, pero que Loveman y Lira solo ofrecen como forma de reproche y censura del fenómeno que ellos han identificado y estudiado, sería muy deseable.

Tal vez en el próximo volumen de esta obra, palabras como las de un diputado que en 1936 se oponía a la ley de amnistía que entonces se discutía argumentando que “…no unamos a la familia chilena amnistiando a los que merecen castigo. Unámosla sancionando a los culpables…”, puedan ser rescatadas en sí mismas, como testimonio que paralelamente a los instrumentos de la vía chilena de reconciliación, por lo demás la mayor parte de ellos jurídicos, siempre existió una conciencia moral que incluyendo a parte de ella está más allá de la elite. Cierto, poco exitosa en términos de la legislación, pero no en función de hacer avanzar una noción de justicia y una mentalidad política democrática que hoy se muestra plenamente vigente y, como siempre, luchando por evitar que una vez más algunos impongan su vía “chilena” de la reconciliación.

Rafael Sagredo Baeza


1  El concepto y su significado en la obra de Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria, Ediciones Paidós Ibérica, S.A., 2000.

RÁPIDAS REFLEXIONES ( en clave política) A PROPÓSITO DE UN PROGRAMA DE TV, LA HISTORIA Y LA MEMORIA Sergio Grez Toso

La noche del 17 de septiembre de 2008 cientos de miles de telespectador
es siguieron expectantes el desenlace del programa “Grandes Chilenos de Nuestra Historia”del Canal estatal Televisión Nacional de Chile (TVN). La versión original de este programa, “Great Britons”, ha tenido 18 réplicas en el mundo: en Gran Bretaña los televidentes eligieron como “el más grande” al ex primer ministro conservador Winston Churchill; en Estados Unidos, al ex presidente Ronald Reagan; en Alemania al canciller de la post-guerra mundial Konrad Adenauer; en Francia al general y exPresidente de la República Charles De Gaulle; y en India, a la religiosa Teresa de Calcuta
.
La versión chilena de este programa -adaptación de una licencia de la cadena británica BBC (British Broadcasting Corporation)- provocó grandes controversias. Desde los más variados sectores se formularon críticas los procedimientos de selección de los personajes, sus contenidos, la falta de profundidad en el tratamiento de los temas, la frivolidad “mediática” o “farandulesca” con que fueron tratados los problemas históricos, la mezcolanza de figuras de distintas áreas (héroes guerreros, políticos, artistas, etc.), el sistema de votación y, sobre todo, la validez del “veredicto popular”como criterio de legitimidad histórica
1
.
Para realizar la selección previa de personajes el canal estatal convocó una comisión asesora compuesta de dieciocho intelectuales, quienes designaron a 60 personajes ya fallecidos. A partir de esa muestra extensa, estudiantes y profesores de enseñanza básica,media y superior de todo el país escogieron diez nombres como finalistas. En una tercera etapa el concurso se abrió a todos quienes quisieran participar. Las votaciones del público se extendieron desde el 8 de julio –fecha de inicio de las transmisiones semanales de documentales con la vida y obra de los personajes en competencia- hasta el 17 de septiembre, última emisión en la que se dio a conocer el resultado del concurso.
Varios cientos de miles de “electores” expresaron sus preferencias a
través de la telefonía y porInternet (cada persona podía votar hasta tres veces por día).
.
1
En mi opinión, por sus relevantes aportes en el plano de la cultura, de la política o de la organización social,podrían haber figurado en la lista de “finalistas”
personajes como Benjamín Vicuña Mackenna, José Manuel
Balmaceda, Luis Emilio Recabarren y Clotario Blest,
entre otros. En cambio, a pesar de su fulgor, Lautaro, el
jefe mapuche que resistió brillantemente la invasió
n española en el siglo XVI, difícilmente podría ser
considerado como “chileno”. En aquella época Chile
era solo una expresión geográfica, no existían los
“chilenos”. Solo una alambicada operación historiográfica y política del siglo XIX, al servicio de la construcción imaginaria de la “chilenidad”, lo ha incluido como parte de esta nacionalidad. Lautaro era mapuche, no chileno, y así lo recuerdan los integrantes actuales de ese pueblo originario.
Durante las últimas semanas se estableció una cerrada competencia entre los partidarios de los dos personajes que se vislumbraban como los posibles vencedores: el capitán de Marina Arturo Prat Chacón, héroe de la Guerra del Pací
fico, y el ex Presidente socialista Salvador Allende Gossens.
Aunque en cierto momento Prat parecía seguro vencedor porque aventajaba a Allende por 8% o más de los sufragios del público, la distancia entre ambos personajes se fue acortando progresivamente. Los cómputos que entregaba TVN reflejaban que en los últimos días una ventaja ínfima separaba a ambos personajes: en un momento aparecía Prat a la cabeza del concurso, poco después Allende, y así sucesivamente. Finalmente, la noche del 17 de septiembre –cuando se iniciaban los largos festejos de Fiestas Patrias- la conductora del programa televisivo anunció el estrechisimo resultado definitivo de los más de cuatro millones de votos emitidos por los televidentes: Salvador Allende 38,81%, Arturo Prat 38,44%.
Luego venían, muy abajo, en orden decreciente: el sacerdote jesuita Alberto Hurtado,declarado santo por la Iglesia Católica; el cantautor Víctor Jara, torturado y asesinado pocos días después del golpe de Estado de 1973; el político y guerrillero independentista Manuel Rodríguez;el militar y cabeza de uno de los primeros gobiernos patriotas durante la “Patria Vieja”, José Miguel Carrera; el jefe mapuche Lautaro; los poetas Pablo Neruda y Gabriela Mistral, ambos ganadores del Premio Nobel de Literatura; y, finalmente, cerrando la lista de “elegidos”, la cantautora popular Violeta Parra.
La victoria simbólica de Allende pocos días después de cumplirse 35
años de su muerte y en el año del centenario de su nacimiento, causó un impacto innegable.
Rápidamente los medios de comunicación difundieron la noticia por todo el mundo y las reacciones de partidarios y detractores del que fuera la principal figura de la izquierda chilena del siglo XX no se hicieron esperar. Unos festejando esta victoria simbólica, otros restándole validez, importancia y legitimidad.
Más allá de las múltiples interpretaciones que pueden hacerse sobre este programa
de televisión, en tanto ciudadano e historiador, debo constatar con preocupación el gran abismo que separa al grueso de la comunidad de los historiadores de las preocupaciones y sensibilidades ciudadanas respecto de la Historia y de los problemas históricos.
Aunque es evidente que esta “votación popular” no podía constituirse en un “tribunal de la Historia” (porque los juicios históricos son por definición cambiantes y porque es evidente que todos los televidentes no disponían de los elementos para emitir opiniones bien informadas), creo que en torno a este programa se generó una situación interesante en términos de lo que se ha denominado la “batalla por la memoria”.
Los diez personajes seleccionados por profesores y alumnos de la enseñanza media y universitaria ponen en evidencia el desfase existente entre la historia oficial (omnipresente en los manuales escolares, en los medios de
comunicación de masas y en la historiografía tradicional), por un lado, y la memoria
popular, por el otro. Grandes íconos de esa enseñanza, símbolos de una visión de
Estado y sociedad, no fueron considerados por nuestros conciudadanos llamados a constituirse en jurados.
Los sectores más conservadores de la sociedad chilena vieron con sorpresa y
malestar que en esa selección final no quedaron figuras como Bernardo O’Higgins, Diego
Portales, Manuel Montt, Arturo Alessandri Palma, Carlos Ibáñez del Campo o Augusto
Pinochet, “padres fundadores” o “refundadores” de la institucionalidad nacional, siempre al amparo de la fuerza armada.
Sobre este punto cabe agregar que prácticamente todos los
elegidos, a pesar de sus grandes diferencias, tienen en común el ser personajes caracterizados por la firmeza de sus convicciones, su honestidad, el heroísmo o la sensibilidad artística y, en muchos casos, un final digno a la vez que trágico.
En este sentido, las más altas mayorías de este programa de televisión deben ser interpretadas como el reflejo de cierta legitimidad histórica en la conciencia
de los chilenos de comienzos del siglo XX.
El triunfo de Allende significa, entre otras cosas, que la sistemática labor de
desprestigio y denigración de su figura realizada por la dictadura
y las fuerzas sociales y políticas que le dieron sustento, así como el ocultamiento vergonzante de su obra que han realizado las fuerzas en el gobierno desde 1990, no han dado resultado.
Allende ganó a pesar del muy deficiente programa que le consagró TVN en el marco de este concurso.
Dicho programa fue el resultado de una cuidadosa operación política destinada a proyectar una imagen edulcorada del líder socialista, acorde con las necesidades políticas actuales del bloque en el gobierno.
Así, por ejemplo, se hizo un sugerente silencio sobre la campaña
presidencial de 1964, ganada por Eduardo Frei Montalva con el apoyo de la dere
cha, el concurso millonario de los Estados Unidos y una campaña del terror contra el “comunista Allende”. Es evidente que para la Concertación gobernante, especialmente para la Democracia Cristiana (que no logró colocar a ninguna de sus figuras
entre los “diez grandes”), Allende es incómodo y molesto.
Cabe señalar que, como quedó consignado en un reportaje publicado en
La Nación Domingo (del 14 al 20 de septiembre), el equipo
asesor de estos programas estuvo conformado exclusivamente por historiadores de centro y de derecha de la Pontificia Universidad Católica, y que el programa consagrado a Allende fue revisado tres veces por Daniel Fernández, director ejecutivo del canal estatal, quien diagnosticó que su final era muy “utópico” y “sugirió” un cambio para“contemplar otra visión de la crisis institucional de 1973”. De esta manera, se le agregó elementos que lo“equilibraran”. ¡Una laboriosa construcción a la medida de las necesidades del poder!
Aunque muchos chilenos ignoran aspectos esenciales de su trayectoria,
es evidente que –como dijo el propio Allende en su discurso de despedida- la semilla que él y otros sembraron no ha podido ser arrancada de la “conciencia digna de miles y miles de chilenos”. La actualidad, vigencia y popularidad de Allende en el Chile de nuestros días debe explicarse no sólo por su muerte heroica sino también porque numerosos compatriotas siguen alentando sueños y proyectos de profundo cambio social que rescatan muchos de los elementos del allendismo de las décadas de 1950, 1960 y 1970.
Reconocer o incluso valorar este fenómeno, no implica que los historiadores debamos acreditar los mitos que desde distintos segmentos sociales han surgido sobre la figura de Allende–al igual que sobre cualquier personaje histórico descollante- sino, simplemente, situar los hechos y fenómenos que percibimos en una justa perspectiva que reconoce convergencias, cruces, desencuentros y tensiones entre historia (o más precisamente historiografía), memoria y política
.
Un excelente ejemplo de desmontaje de mitos y manipulación de la realidad histórica por parte de diferentes actores políticos, lo encontramos en el libro de Hermes H.Benítez, Las muertes de Salvador Allende. Una
sus últimos momentos, Santiago, RIL Editores, 2006.
Aunque Benítez es filósofo, en esta obra se revela
como un eximio historiador.
Véase, Sergio Grez Toso, “Historiografía y memoria
De igual forma, el alto score obtenido por Arturo Prat debe ser leído en clave
política. Prat también es una figura heroica, pero a diferencia de Allende, que fue un héroe de la lucha por la emancipación social, Prat es un héroe patriótico en la fase final de la expansión del Estado nacional. Sin haber sido conservador, sino más bien liberal, este oficial de la Armada chilena fue enarbolado en esta votación como el símbolo de los sectores conservadores de nuestros días para evitar un nuevo triunfo, esta vez simbólico, de Allende.
Por Internet circularon profusamente mensajes de sectores
de derecha y de militares en retiro (y al parecer también en servicio activo) llamando a votar por el héroe naval para impedir el triunfo del “marxista Allende”. Esos sector
es conservadores –a diferencia de algunos militantes y académicos de izquierda que mi
raron con olímpico desdén el concurso televisivo- entendieron bien el contenido político del enfrentamiento y movilizaron todas sus fuerzas para ganar esta batalla simbólica.
 A su favor contaban además con la influencia de los manuales escolares donde Prat ocupa un sitial destacadisimo, a diferencia de Allende cuya figura y obra son casi siempre atacadas,deformadas o minimizadas.
Lo ocurrido con este programa televisivo –de una complejidad mucho mayor de que
la que puede reflejarse en estas breves líneas- nos remite ala estrecha relación entre
historia, memoria, ciudadanía y política, a la cual me he referido en otras oportunidades. No obstante el evidente vínculo existente entre estas cuestiones, gran parte de los historiadores de nuestro país son reacios a establecer una relación muy explícita entre ellas, optando por separar la labor historiográfica –concebida como puramente académica y “objetiva”- de sus propias preocupaciones y definiciones políticas y ciudadanas. En ello reside probablemente el desprecio o la indiferencia que manifestaron por el ejercicio de ciudadanía historiográfica
que durante dos meses y medio realizaron cientos de miles de chile
nos,especialmente jóvenes, a través de los medios más modernos y masivos
de comunicación(teléfono, televisión e Internet). Aunque, evidentemente, el juicio histórico de las personases el fruto de muchos elementos condicionantes –como la influencia de la enseñanza escolar, de los medios de comunicación de masas y de las fuerzas sociales y políticas en disputa, además de sus propias experiencias personales y colectivas-ello no invalida las posibilidades de relecturas de la historia que las personas realizan permanentemente en función de los problemas planteados en la sociedad. Estas interpretaciones ciudadanas de la historia pueden o no coincidir con la historia erudita que elaboramos los historiadores (a decir verdad, ello ocurre raramente), pero tienen el valor de constituirse en explicaciones
228. Publicado en formato electrónico, entre otros,
en los siguientes sitios web:
Issue16/esp/v1i16c16.pdf
Sergio Grez Toso, “Historiografía, memoria y políti
ca. Observaciones para un debate”, en
Cuadernos de
Historia,
Nº24, Santiago, marzo de 2005, págs. 107-121. Publ
icado en formato electrónico, entre otros, en:
ntent&task=view&id=630&Itemid=40
ple2/0,1255,SCID%253D21039%2526ISID%253D730
,00.html
Pablo Aravena Núñez, “Historiografía, ciudadanía y
política. Conversación con Sergio Grez Toso”, en
Analecta. Revista de Humanidades,
N°2, Viña del Mar, diciembre de 2007. Versión elec
trónica, entre otros,
en:
2/grez-aravena.pdf
del mundo en las que se apoyan los hombres y mujeres comunes y corri
entes para dotarse
de identidades colectivas y proyectarse hacia el futuro en comunida
d. Pienso que los
historiadores deberíamos asumir a esta realidad en vez de desprec
iarla, tratando de que
nuestra obra sea comprensible y atractiva para sectores mucho má
s vastos que los escasos
contingentes de la cofradía historiográfica y de las disciplinas
aledañas. De esta manera
nuestro trabajo podría aportar a los ciudadanos ciertos elementos d
e reflexión crítica que la
historiografía tradicional, patriótica o institucional es incapaz de proporcion
ar
4
.
Por último, cabe destacar que, pese a los reparos de todo tipo que pueda f
ormular la
academia, el “veredicto” de estos cientos de miles de “jurados
” es coincidente con el juicio
universal de los “ciudadanos de a pie” del mundo entero. ¿Cuál es el “má
s grande de los
chilenos? La respuesta ha sido dada hace mucho tiempo a escala pl
anetaria. ¿Cuál es el
chileno más conocido, valorado y honrado en todo el mundo? ¿Cuál es el más
“universal”?
Basta salir de Chile o simplemente hacer una búsqueda rápida en Int
ernet para saberlo. La
respuesta es aplastante: Salvador Allende Gossens es, en términos
de su impacto y
valoración histórica, “el más grande”, si estoy obligado a ocupar
este término que como
historiador me cuesta mucho avalar. En todo el mundo hay miles de call
es, plazas,
hospitales, monumentos y hasta localidades que llevan su nombre. Igualmente
se cuentan
por miles los libros, artículos y documentales centrados en su vida y
obra. Ninguno de los
otros personajes de la lista del comentado programa de televisión
tiene ese eco universal.
Varios de ellos son conocidos solo en Chile o, a lo sumo, en algunos círcul
os restringidos
de los países vecinos, no solo por una cuestión mediática sino porque su a
cción no tuvo
mayor trascendencia fuera de las fronteras nacionales. A dife
rencia de otros personajes de
la historia nacional y mundial, la figura de Allende no se ha empequeñ
ecido luego del
término de su ciclo vital. Al contrario, se ha mantenido y crecido, a
pesar de la “caída de
los muros” y del “fin de la historia” anunciado por algunos exégeta
s de la sociedad actual.
4
Sobre la historiografía institucional, patriótica
e institucional, véase Marc Ferro,
L’histoire sous
surveillance
, Paris, Calmann-Lévy, 1987. Sobre la relación entr
e historia y política, véase también, Jacques
Le Goff,
Histoire et mémoire
, Paris, Éditions Gallimard, 1988, especialmente pá
gs. 341-352.

Nicanor Parra. 103 años . El Parra cuestionado . El Parra disidente.

 El antipoeta chileno Nicanor Parra llega a los 103 años de vida  El artista, hermano de Violeta Parra, es considerado como uno de los más grandes rupturistas de la prosa latinoamericana. |
Foto: EFE Publicado 5 septiembre 2017
   Especial Nicanor Parra
En Chile, los festejos de su cumpleaños comenzaron en julio, con el lanzamiento de su más reciente libro, “El último apaga la luz”. Nicanor Parra Sandoval, conocido en el mundo de la literatura como el “antipoeta”, y considerado por muchos como el último de los “históricos” líricos chilenos con vida, cumple este martes 103 años de existencia.
En su más de siglo de vida, el poeta, matemático y físico ha influido de manera profunda la prosa latinoamericana. Es ganador del Premio Nacional de Literatura (1969) y el Premio Miguel de Cervantes (2011), además de haber sido postulado tres veces como candidato al Nobel de Literatura.
Pese a las variaciones que su estilo ha adquirido a lo largo de los años, siempre se ha caracterizado por su contenido crítico, cuestionador, irreverente y contingente; incluso, desafiando el vanguardismo histórico de sus compatriotas Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Sus obra aborda el absurdo, el humor y la cultura popular; practicando lo que muchos llaman la “democratización” de la poesía y la apertura de esta a otros públicos, llevándolo a ser señalado como el creador de la “antipoesía”. 
Celebraciones En el marco de su cumpleaños, Parra lanzó su más reciente trabajo “El último apaga la luz” (2017); un libro que se aleja de la prosa y ofrece textos completos, y que llegará a países como España, Argentina, Perú, Uruguay y México a fines de este año.
Asimismo, Francia decidió festejar su aniversario publicando una selección bilingüe de sus obras, a cargo de la editorial Seuil y la Maison de l’Amérique Latine.En Chile, las celebraciones estarán a cargo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y de Publicaciones UDP de la Universidad Diego Portales, quien edita los trabajos del antipoeta. “Es una especie de patrimonio en constante provocación, que ha hecho de su apellido uno noble. ‘Parra’ es el único apellido noble chileno, y la gente lo siente así. Son los presidentes de la República quienes lo van a ver a él, y no al revés” aseguró Matías Rivas, director de la editorial
Felipe Ojeda 5 SEP 2017
NICANOR PARRA
Nicanor Parra en dictadura: “El gallinero está a cargo del zorro”
Cachureo, un documental filmado desde 1977, muestra al antipoeta explicando su cosmovisión y también declamando sus poemas en plena dictadura chilena: “El poeta habla el lenguaje de la tribu”, se defiende Parra.El poeta camina lento y seguro de sí mismo. La imagen en blanco y negro lo muestra de traje ceñido mientras sostiene unas hojas y se pasea sin mirar al actor Jaime Vadell, que hace de presentador. Solo frente al micrófono detiene su paso.
Allí lee:Cuando los españoles llegaron a Chile Se encontraron con la sorpresa de que aquí no había oro ni plata nieve y trumao sí: trumao y nieve nada que valiera la pena los alimentos eran escasos y continúan siéndolo dirán ustedes es lo que yo quería subrayar el pueblo chileno tiene hambre sé que por pronunciar esta frase puedo ir a parar a Pisagua pero el incorruptible Cristo de Elqui no puede tener otra razón de ser que la verdad el general Ibáñez me perdone en Chile no se respetan los derechos humanos aquí no existe libertad de prensa aquí mandan los multimillonarios el gallinero está a cargo del zorro claro que yo les voy a pedir que me digan en qué país se respetan los derechos humanos.
Nicanor Parra aparece como Nuestro Señor Jesucristo, de camisa blanca y anteojos de carey. Tiene 62 años y el pelo alborotado. La escena fue filmada en el verano de 1977. Santiago está bajo la dictadura de Pinochet. Hace horas se corrió la voz de un acto cultural en este espacio abierto, donde hace solo días unos desconocidos quemaron la carpa de la compañía de teatro La Feria. Ahí se mostraba la obra Hojas de Parra, con textos del antipoeta.
]
Su vida  
Nicanor nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, localidad cercana a Chillán, sur de Chile. Es el mayor de cinco hermanos -ya fallecidos-, entre ellos la cantautora y artista visual Violeta Parra y los músicos y folcloristas Roberto y Eduardo y “Lalo” Parra.
En 1937 se graduó como profesor de Matemáticas y Física y ese mismo año publicó su primer texto, “Cancionero sin nombre”. En 1943 se especializó en Mecánica Avanzada en el Institute of International Education a la Universidad de Brown, Estados Unidos; tomando cursos de Cosmología en la Universidad de Oxford, años más tarde.Fue en 1954 cuando lanzó la segunda -y más reconocida- de sus obras, “Poemas y Antipoemas”, considerado por los críticos de la época como una obra revolucionaria en el campo de la lírica. A lo largo de su carrera ha escrito más de 20 libros, y obtenido 24 premios y reconocimientos, tanto nacionales como mundiales.
Parra: Parra en Dictadura Macarena Gallo y Daniel Hopenhayn 05 Septiembre, 2014 
EL PARRA COMPLACIENTE
Después del golpe de Estado, según el propio Parra suele contar, los militares fueron a preguntarle bajo qué figura (embajador, rector) quería incorporarse al gobierno de facto. Él rehusó las ofertas pero pidió que le respetaran su lugar en la universidad. Pronto, sin embargo, asumió como director (para el caso, interventor) del Departamento de Fïsica del Pedagógico. Duró un mes en el cargo, pero su actitud inicial, para algunos, fue dolorosa.
Recuerda Poli Délano: “Yo me separé bastante de Parra, prácticamente la amistad se trizó, porque no fue servil, pero sí complaciente con la dictadura. Aceptó un cargo en la Universidad de Chile mientras estaban llevándose detenidos sin saber lo que pasaba con ellos. Yo tuve la sensación que él estaba contento con que se hubiera dado el Golpe. Pero nunca me hizo el comentario”.
Jorge Edwards añade “en el Golpe fue bastante dubitativo, no estuvo claro. Después se afirmó en su antipinochetismo, pero al comienzo… Yo no lo calificaría de golpista, pero habló mal de Allende en privado, y después del Golpe”.
Floridor Pérez, prisionero político en 1973, marca su punto: “Golpista es quien tenía la capacidad de influir y lo hiciera, actuando o escribiendo. Nunca vi en eso a Parra”.
Por otra parte, en su artículo “Los funerales de Neruda”, la escritora Virginia Vidal afirma haberse encontrado con Nicanor Parra en el mítico funeral del poeta. Y que Parra, comentando unos elogios que le había dedicado El Mercurio, le habría dicho: “Pretenden convertirme en el poeta oficial del régimen. No lo conseguirán”.
Parra sabía, sin embargo, lo que muchos sus pares estaban pensando sobre él, y su ostracismo académico previo al Golpe se hizo aún pronunciado durante los primeros años de dictadura. El Departamento de Estudios Humanísticos, por su misma distancia con la UP, no fue tocado por el gobierno, deviniendo así en el único oasis de independencia intelectual de aquellos años.
Su alumno José Ángel Cuevas recuerda que “allá por el 75 estábamos estudiando el Tao. Parra me contó que lo había ido a ver un milico a la casa, un coronel o un oficial, y le dijo: ‘Don Nicanor, sería bueno que usted se metiera un poco más, que apareciera un poco más…’. Y Nicanor le dice que no puede porque estaba estudiando una teoría budista llamada Wu Wei, que significaba ‘No acción’. Lo agarró pa’l leseo no más”.
EL PARRA DISIDENTE
En febrero de 1977, Parra hizo su primer gesto público de disidencia con el régimen. El grupo teatral La Feria, liderado por Jaime Vadell y José Manuel Salcedo, estrenó en una carpa circo la obra Hojas de Parra, basada en textos suyos. En la previa, Las Últimas Noticias no veía en Parra la menor amenaza para el statu quo: “El dionisiaco poeta, que tan bellamente le ha cantado al vino, no teme repetirse relacionando su apellido con la frondosidad de la vid. Es de esperar que en las funciones el público bulla como un lagar, que coseche jocundos aplausos, y que sus sienes sean ceñidas en vez de laureles, con una corona esmeraldina tejida en hojas de parra”.No fue tan así.
Presentado por Vadell como “Nuestro Señor Jesucristo en persona”, Parra leyó los futuros Sermones y prédicas del Cristo del Elqui, donde se colaban frases como: “En Chile no se respetan los derechos humanos. Aquí no existe libertad de prensa. Aquí mandan los multimillonarios. El gallinero está a cargo del zorro”.
El diario La Segunda acusó recibo: “Lo grave es que a los chilenos, posibles espectadores de estas Hojas de Parra no se les advierta que van a asistir a una crítica evidente y a una forma de posición política contraria a la situación nacional. (…) Quienes asistieron este fin de semana al Teatro La Feria comentaban a la salida del deplorable espectáculo y que era realmente increíble lo que allí se presentaba. Al mismo tiempo indicaban que el hecho que esta obra se estuviese presentando estaba demostrando una vez más que en Chile hay libertad y que nadie está sojuzgado”.
La obra presentó once funciones antes de que la carpa fuera quemada por desconocidos. Siete mil personas la vieron.
Durante los 80, Parra mantuvo esta posición. “Era como un torero que cada tanto le clavaba banderillas al régimen, con pequeñas cosas –recuerda Jorge Edwards–. En un acto sobre la libertad de expresión, leyó un texto que parecía sumamente subversivo, y resulta que era un decreto sobre la libertad de prensa de Bernardo O´Higgins. Esas cosas las hace mucho”.
Publicaría también un antipoema en homenaje al fallecido ex presidente Frei Montalva y una nueva tanda de artefactos donde la postura política sería inequívoca: “Ayer de tumbo en tumbo / Hoy de tumba en tumba”.
Aunque sin miedo a sonar imprudente: “De aparecer apareció / pero en una lista de desaparecidos”.
Y también se defendía, otra vez, de ciertos ataques, como en este poema de 1983:
Yo partidario de la dictadura?
no me haga reír amigo Volodia
me desayuno con ese pastel
Ud. está tratando de tirarme la lengua
hágase su voluntad hombre a hombre
lo desafío x intermedio de este poema
a discutir en serio los problemas de Chile
los problemas del mundo si le parece
para que vea los puntos que calzo
desempleo tortura autoritarismo
récord mundial en contaminación atmosférica
algo que a Ud. lo tiene sin cuidado
lo sé como buen industrialista decimonónico(…)
lo siento mucho camarada Volodia
no soy yo son Uds. los que se quedaron atrás
EL PARRA PERSEGUIDO
El compromiso de Parra con el proceso democrático ya era evidente, pero eso no lo libraría del sentimiento de persecución que cargaba desde 1970, cuando el tecito con la Patricia Nixon lo puso donde menos quería estar.
De acuerdo a Sergio Parra, a fines de los 80, “vuelven todos los retornados del exilio, y Nicanor sabía que muchos le querían cobrar que él se hubiera quedado en Chile. Gonzalo Millán, por ejemplo, meses antes morir, dijo que tenía mucho rencor contra Nicanor porque no había salido al exilio, lo que para ellos habría sido muy importante porque Neruda no estaba vivo y Parra los dejó huérfanos en el exilio al no ocupar ese lugar simbólico contra la dictadura. Millán dijo esto en Buenos Aires cuando lanzamos una antología de poesía chilena, con Catalina Parra sentada en primera fila. Quedamos muy sorprendidos, lo dijo con mucho dolor”.
El testimonio de Fernando Quilodrán es coincidente: “Cuando yo llegué exiliado a Holanda, me llamó gente muy preocupada por la seguridad de Nicanor. Yo les dije que él estaba bien, y demasiado bien. Nos pareció ofensivo, porque el nombre de Nicanor figuraba a nivel internacional y si hubiera jugado un papel como Neruda habría sido muy importante, como gran poeta y como de hermano de Violeta Parra, que era conocida en todo el mundo”.
De aquí que, según Sergio Parra, “Nicanor apoyó la democracia como correspondía, hizo un par de cosas, pero después se replegó, tuvo mucho cuidado porque el debate no era de altura, era de ‘aquí vamos a cocinarlo vivo’. Él que lo acogió mucho y fue su contenedor ante esta ola, fue José Donoso. Donoso era una figura fuertísima entre los escritores, y él hizo el parelé. Si él lo hubiera abandonado, ahí sí hubiese sido complicado”.
Sólo Nicanor Parra sabe hasta dónde los persiguieron estos fantasmas durante, por lo menos, dos décadas. Adriana Valdés, entrevistada por Aldo Perán (cuya recopilación de archivos de prensa ha sido de gran utilidad para este reportaje), afirma que “Nicanor tenía mucho miedo durante la Unidad Popular, inclusive, de que atacaran su casa”. Temor que pudo alcanzar niveles insospechados según este relato de Leonidas Morales: “Cuando yo volví del exilio quise hablar con él y fui a un lugar donde él estaba invitado. Al verme, según me contó después, él no sabía qué hacer, porque pensó que lo iba a desconocer. Pero yo me acerqué y me abrazó. Se quedó en mi casa y en la noche planificamos una segunda parte para el libro de conversaciones. Las hicimos en La Reina, pero decía cosas que me ponían de mal humor y tenía que apretar los dientes para continuar. Decirme por ejemplo que él estaba en la lista del Plan Z. Me pareció una cosa tan ridícula… Era 1989, hasta un niño sabe que eso fue un invento para legitimar el Golpe. Pero él creía en eso”.A manera de final feliz, Fernando Quilodrán cuenta que a comienzos de los 2000, siendo director de la SECH, se juntó en su oficina con Nicanor Parra. Y que según le contaron después, el antipoeta habría exclamado al retirarse: “¡Se murió Lenín: me aceptaron en la SECH!”. 
La opinión de Nicanor Parra sobre Pinochet que irritó a la familia del poeta
por FELIPE SALEH 14 febrero, 2012
La opinión de Nicanor Parra sobre Pinochet que irritó a la familia del poeta
Hace un par de meses está a la venta el DVD “Retrato de un Antipoeta”, la película sobre el reciente ganador del premio Cervantes que Víctor Jiménez Atkin filmó durante once años. Es lo que quedó de una edición completa, que su hija Colombina logró cortar contratando a un importante estudio de abogados.

 

“Por una parte es un salvador, si no fuera por Pinochet estaríamos como Cuba. Eso es un hecho. Pero enseguida las atrocidades que se cometieron. Uno quisiera un salvador sin atrocidades. ¿Cómo junta uno las dos cosas? La atrocidad con una operación de salvataje. Si uno quiere pensar en grande la cosa, no hay tal salvador. Un salvador a corto plazo ¿para qué? Un mecanismo que se llama consumismo, pan para hoy y hambre para mañana”.

Esta opinión de Nicanor Parra sobre la dictadura —el mismo artista que tomó el té con la esposa de Richard Nixon en 1970—, casi le cuesta once años de trabajo a Víctor Jiménez Atkin, el director de “Retrato de un Antipoeta”, documental ahora disponible en DVD, en una edición especial.

 

 

 

 

Ahora, desde diciembre de 2011 , está disponible la versión completa de la película en el DVD en venta en librerías. La familia de Parra no ha reaccionado aún. Como “extras” trae los discursos completos de la Feria del Libro 1998 y una entrevista al filólogo, especialista en Parra, César Cuadra.

Tortura: Aspectos Médicos, Psicológicos y Sociales

Tortura: Aspectos Médicos, Psicológicos y Sociales

S E M I N A R I O     I N T E R N A C I O N A L

TORTURA:
Aspectos Médicos, Psicológicos y Sociales. Prevención y Tratamiento

Equipo de Salud Mental-DITT del Comite de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU)
Organización Mundial contra la Tortura (O.M.C.T.) Ginebra – Suiza

Santiago – Chile. Noviembre 1989

PRESENTACIÓN

 

 

 

Desde la instauración de la dictadura militar el 11 de septiembre de 1973, la tortura sistemática, individual o masiva, brutal o refinada, se hizo una constante en Chile.

Desde esa misma época, profesionales de la salud asumieron la tarea de dar tratamiento a aquellos que lo necesitaban. El desafío comprometió acciones en diferentes terrenos que iban mucho más allá de lo estrictamente clínico: lo jurídico, lo ético, lo social, lo político, entre otros; y las condiciones en que se desarrolló el trabajo asistencial bajo la dictadura no sólo estuvieron marcadas por severas dificultades, sino también implicaba riesgos que son fáciles de comprender.

La experiencia acumulada durante más de 16 años atendiendo a las víctimas de la represión política y a sus familiares, es inmensa. Ella abarca innumerables aspectos en el campo clínico, tanto en lo terapéutico propiamente tal, como en la prevención y en la denuncia.

Actualmente la mayoría de dichos profesionales trabajan en equipos especializados e interdisciplinarios en el seno de organismos de Derechos Humanos. Conocidos son el equipo de Salud de la Vicaría de la Solidaridad, el equipo de Salud Mental de la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC), el equipo de Denuncia, Investigación y Tratamiento del Torturado y su núcleo familiar (DITT) del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU), el equipo de Salud Física y Mental de la Fundación de Protección a la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (PIDEE) y, últimamente, el grupo médico del Centro de Investigación y Tratamiento del Stress (CINTRAS).

En 1985, el equipo de Salud Mental del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo había efectuado, conjuntamente con el Comité para la Defensa de la Salud, de la Ética profesional y los Derechos Humanos del Pueblo Argentino (CODESEDH), en Buenos Aires, el Primer Seminario Latinoamericano sobre la Tortura.

La aspiración era, sin embargo, realizar en Chile, bajo dictadura, un evento de carácter internacional que develara el profundo significado que la presencia de la tortura tenía en Chile, en todos los campos del quehacer humano y ayudara al conocimiento, denuncia, investigación y superación del sistema que tortura y de los efectos que provoca individual y socialmente.

Apoyados por la Organización Mundial Contra la Tortura con sede en Ginebra, y con el patrocinio de FASIC, PIDEE, CINTRAS, se llevó adelante esta iniciativa con los siguientes objetivos:

– Reunir profesionales que han brindado asistencia a las víctimas de la tortura en el interior de Chile, así como a personalidades internacionales que se han destacado por su trabajo en el tema.

– Avanzar en el tratamiento y en la prevención de la tortura a través del intercambio profesional de conocimientos y experiencias.

– Difundir y denunciar, tanto en Chile como en el extranjero, la persistencia de la práctica de la tortura y contribuir a través de esta denuncia a su erradicación.

Bajo el título “Tortura: aspectos médicos, psicológicos y sociales. Prevención y tratamiento”, este seminario se realizó en Santiago de Chile exactamente un mes antes de las elecciones presidenciales, elecciones a través de las cuales Chile pretende dejar atrás la dictadura c iniciar su camino de transición a la democracia. El problema de la Salud Mental y los Derechos Humanos, debía estar entonces presente de una manera destacada en la discusión y el interés de la opinión pública.

Si bien este Seminario estuvo marcado por la necesidad de revelar la verdad de lo ocurrido, no es menos cierto que resultaba fundamental también reunir a todos quienes han sufrido la tortura y a quienes la han estudiado con el fin de combatirla y contribuir así desde ambas perspectivas a una mejor comprensión de sus consecuencias tanto a nivel individual como colectivo: es la tarea de la reparación y la rehabilitación. Hemos pretendido asimismo, discutir las acciones concretas para evitar que los atropellos de los Derechos Humanos, de entre los cuales la tortura es el paradigma más atroz, vuelvan a ocurrir: es la tarea de la prevención de! trastorno socio-político y de la promoción efectiva de la dignidad humana.

El fin de la dictadura no suprime los daños que su imperio durante más de 16 años ha provocado. Habrá que atenderlos. El advenimiento de la democracia no garantiza por si mismo que el respeto de los Derechos Humanos quede automáticamente preservado. Habrá que trabajar por ello, cuidar que ética y política sean cuestiones indivisibles y esta es una tarea de todas las organizaciones sociales y políticas, de todo el pueblo. Profesionales de la Salud y la Jurisprudencia, sin embargo, cargan sobre sus hombros un deber particularmente insoslayable en lo que se refiere a la prevención de la tortura.

El Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo entrega al conocimiento de la opinión publica el presente volumen, que reúne todos los trabajos presentados por profesionales chilenos y extranjeros en este Seminario, en la confianza que represente una contribución efectiva a la tarea éticamente intransable en la que el pueblo de Chile está hoy empeñado: el establecimiento de la Verdad, el encuentro con la Justicia y la construcción de una sociedad basada en el respeto de los Derechos Humanos.


SEMINARIO INTERNACIONAL

TORTURA: 
Aspectos Médicos, Psicológicos y Sociales. Prevención y Tratamiento

Organizadores
Equipo de Salud Mental-DITT
del Comite de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU)

Santiago – Chile

Organización Mundial contra la Tortura (O.M.C.T.) Ginebra – Suiza

Patrocinantes

Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC)
Fundación para la Protección de la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (PIDEE)
Centro de Investigación y Tratamiento del Stress (CINTRAS)

PROLOGO

ANTECEDENTES

SESIÓN INAUGURAL

SYMPOSIUM

Symposium Nº l: Concepto. Orígenes, objetivos y técnicas de la tortura. Agentes ejecutores

La Tortura: Agencia Primaria del Terror. Tito Tricot

La tortura: un enfoque social. Domingo Sánchez

La tortura como Crimen Contra la Humanidad. Andrés Domínguez

Represión Política e Impunidad en la Argentina. Darío Lagos, Daniel Kernec

Acerca de Cinco Ex Torturadores. Eduardo Pérez Arza

Casos Arsenales y Atentados: la dimensión de lo personal y lo social en la tortura. Carlos Madariaga

Incomunicación Prolongada: Otra forma de tortura repercusión psicológica en el individuo. Elisa Neumann, Consuelo Macchiavello

Symposium Nº 2: Efectos médicos, psicológicos y sociales.
Repercusiones sobre el individuo, la familia y la sociedad.

El dolor invisible de la tortura en las familias de exiliados en Europa. Jorge Barudy

Lo igual y lo distinto en los problemas psicopatológicos ligados a la represión política. Mario Vidal

La Tortura como experiencia traumática extrema, su expresión en lo psicológico, en lo somático y en lo social. María Isabel Castillo, Elena Gómez, Juana Kovalakys

Salud Mental y Derechos Humanos. Sergio Lucero

Tortura en el Hospital “Almirante Neff” (Valparaíso): Comunicación de tres casos. Luis Ibacache

Situación de Salud en prisioneros políticos. Algunos efectos de la tortura y reclusión.
Pedro Marín Hernández

Algunos comentarios sobre la experiencia de asistencia urológica en pacientes torturados. Guillermo Sohrens, Fernando Bustamante

Un viaje muy particular. Sergio Vuskovic

Vivir en parejas: Vivencia y elaboración de los traumas. Héctor Faúndez, Mónica Hering, Sara Balogi

Adolescencia en familias reprimidas. Héctor Faúndez, Mónica Hering, Sara Balogi

Symposium Nº3: Asistencia y tratamiento. Diversas formas de abordaje terapéutico.

Daño y reparación: una aproximación conceptual. Gloria Maureira

Efectos psicológicos de la represión en la comunidad universitaria de San Luis. Eduardo Llosa

Experiencia terapéutica integral con niños. Nicolás Zárate

Grupo terapéutico de reencuentro. Mónica Esterio, Lilian Román, María Teresa Almarza

Taller Terapéutico: una experiencia de trabajo grupal en pacientes sometidos a situaciones de violencia extrema. Carmen Contreras, Carlos Corvalán

La comunidad y la asistencia terapéutica en Derechos Humanos. Norberto Liwski

La psicoterapia de la tortura: el valor terapéutico de la solidaridad, la esperanza y la justicia. Jorge Barudy

Trauma, encuentro y significado. Inger Agger, Soren Buus Jensen

El modelo de trabajo de CEPAR: una práctica transcultural. Julio González

Terapia al torturado: una reflexión de una práctica humana. Paz Rojas

Prisioneros políticos: dimensiones psicoterapéuticas de la asistencia jurídica. Sergio Pesutic

Tortura y terapia familiar: discusión acerca de la integración de un enfoque sistémico en un caso de traumatización extrema. David Becker. Elizabeth Lira

Una experiencia de terapia ocupacional con afectados por la represión política. Alejandro Guajardo

Kinesiología y daño psicológico: una experiencia clínica. Patricia Cardenal

Violencia organizada y problemas psicosociales de los refugiados: algunas experiencias en un país de reasentamiento. Dr. Nils Johan Lavik

MESAS REDONDAS

Mesa Redonda Nº1: El daño y la reparación en Salud Mental. La perspectiva de los afectados directos.

Mi experiencia personal con la tortura. Hernán Montealegre

Daño psicológico y social en las víctimas de la represión. Atenas Dedes

Los detenidos-desaparecidos y la Justicia. Sola Sierra

La situación de los presos políticos. Cecilia Acuña

La tortura, el daño y la reparación. Juez Rene García Villegas

Mesa Redonda Nº 2: Acerca de la patología provocada por la tortura: problemas epistemológicos y nosológicos.

Objetividad en ciencias. Juan M. Pérez Franco

Cuestiones epistemológicas. Héctor Faúndez

El problema de las clasificaciones psiquiátricas frente a la patología provocada por la tortura. Rodrigo Erazo

Mesa Redonda Nº 3: Experiencia de trabajo de grupos e Instituciones. Modos de abordaje terapéutico.

Programa terapéutico de FASIC. Una experiencia de psicología viva. Adriana Maggi

Experiencia de trabajo de CINTRAS. Mario Vidal

Estudio prospectivo de los talleres como recurso terapéutico. Sonia Herrera, Gunter Seelmann

El método testimonial como ritual y evidencia en psicoterapia para refugiados políticos. Soren Buus Jensen, Inger Agger

Tortura, exilio y salud mental: nuestra conceptualización. Jorge Barudy

Experiencia de trabajo en el centro psicosocial de Frankfurt, Alemania Federal. Carlos Corvalán

Mesa Redonda Nº4: Aspectos preventivos: experiencia de trabajo con grupos. 
Capacitación y Salud Mental

La tortura desde una perspectiva jurídica. Carlos Fresno

Nuestra respuesta a la situación de tortura institucionalizada. Rosa Parissi

Capacitación y salud mental: una experiencia colectiva. Mónica Peña

En torno al modelo psicosocial de dominación. Jorge Pantoja

Represión, temor y participación. Formación de monitores en Salud Mental. Elisa Neumann, Angélica Monreal

La visita carcelaria: un abordaje terapéutico en grupos familiares de presos políticos. Chetty Espinoza, Myriam George, M. Inés Villar, Gloria Vío Grossi

FORO PLENARIO

Perspectiva para la reparación y para la profilaxis del daño. Cuestiones éticas y jurídicas. Responsabilidades individuales, de grupos profesionales y del Estado.

Reparación y prevención. Perspectiva desde la salud mental. Angélica Monreal

Reparación jurídica. Jorge Mera

Verdad y Justicia desde la perspectiva de los partidos políticos. Fabiola Letelier

Consideraciones éticas. Padre José Aldunate

PRESENTACIÓN DEL LIBRO “Persona, Estado, Poder. Estudios sobre Salud Mental. Chile 1973-1989”

Palabras de Alfredo Jadresic V.
Palabras de Jaime Castillo Velasco
Palabras de Fernando Oyarzún P.

ANEXOS

Comentario a “Un viaje muy particular” Sergio Vuskovic
La tortura en la formación militar. Miguel González

Introduction (english)
Introduction (francais)


© Este libro fue elaborado y editado por el Equipo de Denuncia, Investigación y Tratamiento del Torturado y de su núcleo familiar (DITT) del Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU).

Santiago de Chile, Abril de 1990

El testimonio de experiencias políticas traumáticas: terapia y denuncia en Chile (1973-1985)

El testimonio de experiencias políticas traumáticas: terapia y denuncia en Chile (1973-1985)

ELIZABETH LIRA
INTRODUCCIÓNEn muchos países, al final de las dictaduras y guerras civiles, se han establecido comisiones de la verdad que han escuchado a las víctimas y han reconstruido la historia de las violaciones de derechos humanos ocurridas durante el período examinado. La coincidencia de miles de testimonios ha posibilitado la identificación de los recintos secretos de detención, sus rutinas cotidianas así como los procedimientos represivos y el clima de terror instalado en las víctimas y en la sociedad. El reconocimiento oficial de lo ocurrido ha hecho exigible al estado procurar la justicia y la reparación de las víctimas.

En el caso de las violaciones de derechos humanos en Chile miles de personas dieron testimonio durante el régimen militar denunciando detenciones arbitrarias, torturas, desaparición de personas y ejecuciones políticas ante organismos nacionales e internacionales de derechos humanos, tribunales de justicia, espacios terapéuticos y medios de comunicación entre otros, desde 1973 en adelante. Después de 1990, la Comisión de Verdad y Reconciliación reconstituyó la situación de muertos y desaparecidos por razones políticas (1990-1991) y luego la Comisión de Prisión Política y Tortura (2003-2005) recibió testimonios de miles de personas que fueron detenidas y torturadas entre 1973 y 1990.

La tortura, la desaparición de un familiar, así como sobrevivir a la propia ejecución eran situaciones simultáneamente políticas y personales, identificadas en la mayoría de los casos como experiencias traumáticas. Los represores eran agentes del estado que ejecutaban la política definida por el régimen militar. Los perseguidos eran declarados “enemigos de la patria” y un peligro para la seguridad nacional.

En este trabajo se analiza el testimonio de experiencias políticas traumáticas como instrumento terapéutico en el tratamiento de víctimas de tortura y de otras víctimas de violaciones de derechos humanos durante el régimen militar en Chile. Consideramos como testimonio el relato personal realizado por quien ha sido protagonista de hechos que tenían implicaciones sociales, políticas o criminales entre 1973 y 1990 y que ha sido testigo de lo sucedido a otros que compartían su situación. En este contexto, el testimonio de la experiencia represiva comprende el relato descriptivo o en primera persona acerca de la detención, los interrogatorios y la reclusión de quien estuvo preso por motivos políticos. En los casos de detenidos desaparecidos o ejecutados políticos el relato suele ser realizado por un familiar. Casi siempre incluye la situación de detención, la desaparición o ejecución de su hija o hijo, de su padre o madre y de su compañera o compañero y las acciones realizadas para encontrarlo y conocer las circunstancias de su muerte y las consecuencias de esta situación sobre los miembros de la familia.

La primera parte del trabajo describe la función terapéutica del testimonio. En la segunda parte se analiza la función social del testimonio al ser utilizado para denunciar las violaciones de derechos humanos.


PSICOTERAPIA Y REPRESIÓN POLÍTICA

La modalidad de trabajo que describiremos fue una de las respuestas de los profesionales de salud mental ante las consecuencias de las violaciones de derechos humanos sobre las personas y las familias. Es importante recordar que el régimen militar se inauguró con una política de represión masiva contra los partidarios del gobierno derrocado. El país fue declarado en estado de guerra interna y se suspendieron las garantías y derechos individuales. Más de cinco mil personas fueron detenidas entre el 11 y el 13 de septiembre de 1973 a lo largo del país y más de dieciocho mil fueron detenidas en los meses siguientes.1 La mayoría de los detenidos fueron torturados brutalmente durante horas, días o semanas. Miles de personas partieron al exilio. Muchas fueron ejecutadas sumariamente. Otras desaparecieron después de ser detenidas.

Esta situación llevó a representantes de diversas denominaciones religiosas a crear en octubre de 1973 el Comité de Cooperación para la Paz, con el fin de otorgar defensa legal a los perseguidos. Durante 1975 se creó la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC). En enero de 1976, la Vicaría de la Solidaridad del Arzobispado de Santiago sustituyó al Comité Pro Paz disuelto por presiones del régimen. Esas instituciones proporcionaron asistencia legal y humanitaria a las personas que solicitaban ayuda.

Se constataba día tras día que la represión política tenía efectos devastadores sobre las personas y sus familias. Por ello, algunos profesionales de salud mental empezaron a proporcionar atención de emergencia en sus consultas particulares como parte de la red de apoyo creada en los organismos de derechos humanos. Solamente en septiembre de 1977 se inició en FASIC el Programa Médico Psiquiátrico formado por médicos psiquiatras, psicólogos y asistentes sociales.2

Las personas que consultaron en 1977 y 1978 en su mayoría eran presos políticos que habían sido condenados en consejos de guerra y tramitaban la conmutación de la pena de cárcel por extrañamiento, es decir, debían partir al exilio acogiéndose al decreto ley 504, de 1975.3 En pocos días salían de la prisión, se reunían con la familia y emigraban. En la mayoría de los casos era posible realizar sólo una o dos sesiones, individuales, familiares o grupales según los casos. Se trabajó principalmente en grupos caracterizados como “grupos de orientación al exilio” formados por ex presos y sus familias. Los participantes pudieron hablar del impacto de la represión política sobre sus vidas, principalmente acerca de los efectos de la tortura. Hablaron de sus temores e incertidumbres y pudieron anticipar también las dificultades del exilio que se avecinaba. Un número cercano a los cinco mil presos políticos conmutaron la pena de cárcel por el exilio según el decreto ley ya mencionado y tramitaron a través de FASIC su salida del país entre 1975 y 1980. Cerca de seiscientos recibieron atención psicológica (familiar, grupal o individual) entre 1977 y 1980.4

El atropello a la dignidad personal, la situación de amenaza generalizada y el desamparo legal y social había afectado a las familias de distintas maneras. El prisionero político había pasado mucho tiempo separado de su familia, recibiendo visitas esporádicas bajo condiciones de extremo control, desconociendo muchas veces los detalles de lo que les había ocurrido a sus familiares después de su detención y había temido por ellos. A su vez, la familia había presenciado con impotencia la detención, la incomunicación y la reclusión de su familiar y temía por su integridad física y psicológica y por su vida. La incertidumbre, el temor y la inseguridad se sumaban a la confusión ante las acusaciones oficiales difundidas por los medios de comunicación acerca de que el padre, el esposo o esposa, la hija o hijo, el hermano o la hermana era un delincuente que había cometido los peores crímenes. Los problemas económicos, el aislamiento, los miedos y las rabias circulaban entre las familias, y los conflictos entre sus miembros se agudizaban.

La mayoría de los ex presos señalaban que necesitaban reivindicar su dignidad y su honor. Habían carecido de las más elementales condiciones procesales y habían sido acusados de los peores crímenes en nombre de la defensa de la patria, estigmatizándolos como delincuentes. Requerían ser reconocidos como protagonistas y militantes de un proyecto de cambio social y político legítimo y no como gestores de un proyecto criminal.

Los profesionales observaban que la realización de denuncias y acciones en los tribunales exigiendo justicia favorecían la recuperación moral y psicológica de los afectados. Por esta razón se consideró la posibilidad de elaborar la denuncia en el contexto del proceso terapéutico que incluía atención médica integral, medicación y terapia ocupacional, entre otras. El objetivo primordial de la intervención era aliviar los síntomas y permitir a las personas restablecer sus vínculos afectivos y sociales, recuperando el control sobre su vida.

La propuesta de grabar el testimonio fue acogida con gran interés por quienes consultaban. La grabación era percibida como una forma de registro permanente de su experiencia que confirmaba que aquello les había sucedido “efectivamente”, contradiciendo la negación oficial de la tortura y, en muchos casos, de la detención, no obstante existir testigos de la misma.

El testimonio era un proceso penoso y al mismo tiempo aliviador. La grabación se transcribía y se trabajaba con el texto en algunas sesiones, volviendo sobre el relato y sus detalles, sobre las emociones, sobre la tristeza, la culpa. El testimonio era finalmente el documento que encerraba la historia de la persona tal y como quería comunicarla. Esta forma de trabajo fue implementada principalmente en los casos de presos políticos torturados y se fue adaptando a los requerimientos de los pacientes y a la mejor comprensión acerca de su función terapéutica. En 1980 se analizaron los resultados obtenidos en los primeros casos atendidos y se revaluaron en 1981. Esta experiencia psicoterapéutica y sus resultados fueron publicados en los años siguientes.5

La atención de víctimas de la represión política tenía un fuerte impacto moral y emocional sobre todos aquellos que trabajaban con las víctimas. Ese impacto era encauzado hacia el cuidado y la protección de la vida de las personas y también hacia la necesidad de denunciar lo que sucedía ante los tribunales, ante las iglesias, la opinión pública nacional e internacional, entre otros.6 Las denuncias enfatizaban las secuelas que se advertían en las personas y en las familias, en particular los efectos traumáticos que persistían en el tiempo y se buscaba impedir que continuara la represión política.7 De esta manera, la denuncia canalizaba parcialmente la rabia y la violencia asociada a este tipo de casos, no solamente para los consultantes sino también para los abogados, terapeutas y trabajadores de derechos humanos.

PSICOTERAPIA Y MEMORIA

La psicoterapia para las víctimas de la represión política era un ámbito profesional desconocido. Fue necesario investigar sobre diagnóstico y tratamiento en situaciones relativamente afines tales como las situaciones de persecución durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos de esos estudios documentaban la sintomatología observada en ciertos casos clínicos, pero muy pocos se referían a los procesos terapéuticos. Eso hizo necesario rastrear en los trabajos que dieron origen a la investigación clínica y terapéutica sobre el trauma a mediados del siglo XIX. Se trataba de casos de mujeres jóvenes que presentaban una sintomatología angustiosa, cuadros de parálisis parcial no vinculados a las estructuras neurológicas correspondientes o cegueras repentinas sin que fuera posible atribuirlas a algún daño sensorial. Se trataba de patologías invalidantes que resultaban incomprensibles para el conocimiento científico de ese entonces. El significado de la sintomatología no era claro, aunque los médicos consideraban que ese comportamiento se debía a “algo mental” de origen emotivo. Las hipótesis de diagnóstico y tratamiento se fueron construyendo sobre la base de atribuir el origen de la “enfermedad” a una experiencia intolerable que no había podido ser procesada psicológicamente. En consecuencia, se requería encontrar modalidades de tratamiento que permitieran acceder a esa experiencia. Esta manera de aproximarse a los casos surgió durante la segunda mitad del siglo XIX, en el hospital de la Salpêtrière de París. El médico neurólogo Jean-Marie Charcot trabajaba con esos casos y buscaba la manera de comprender y tratar esa patología. Atribuía gran importancia terapéutica a la posibilidad de recordar lo sucedido y para ello utilizó la hipnosis. Se pudo observar que en estado de trance la persona “recordaba” lo que hoy sería caracterizado como “el hecho traumático”.8

La mayoría de los casos atendidos remitían a experiencias de abuso sexual u otras experiencias conflictivas vinculadas a la sexualidad. Las pacientes eran mujeres y el diagnóstico global fue “histeria”, connotando una vinculación específica a la sexualidad femenina. En muchos casos parecía que la experiencia sufrida había constituido una amenaza existencial de gran envergadura. Se suponía entonces que el origen del trauma se vinculaba a un conflicto moral y psicológico (de origen religioso o cultural) asociado a una experiencia sexual principalmente abusiva. La persona disociaba el recuerdo de la experiencia vivida y de todos aquellos elementos significativos vinculados a ella, intentando funcionar como si aquello no hubiera sucedido jamás. Suprimido el recuerdo solamente quedaban los síntomas que expresaban de manera aparentemente “incomprensible” la huella de esa experiencia intolerable.

Aunque inicialmente el objetivo del tratamiento era acceder a la experiencia traumática y a las emociones que habían sido reprimidas, en la hipnosis el recuerdo se producía en un estado alterado de conciencia y aunque desencadenaba emociones de gran intensidad, no modificaba el estado mental de la paciente. La imposibilidad de acceder posteriormente al recuerdo recuperado bajo hipnosis hacía que lo que se había “descubierto” se mantuviera disociado y permaneciera reprimido, es decir, continuara en el “olvido”.

Sigmund Freud, que había estado en el hospital de La Salpêtrière en París trabajando con Charcot, descartó posteriormente la hipnosis y exploró otras alternativas, utilizando finalmente la asociación libre y desarrollando, hacia fines del siglo XIX, el psicoanálisis como práctica clínica y teoría psicológica. Su trabajo clínico con este tipo de casos describió cómo el recuerdo reprimido rescatado de las profundidades del olvido era clave en el proceso de mejoría. Observó que la catarsis asociada al recuerdo producía un alivio ostensible, aunque casi siempre transitorio. Concluiría más tarde que los síntomas desaparecerían y el alivio podría ser duradero si ese recuerdo llegara a formar parte de un saber del sujeto sobre sí mismo y su historia. Era necesario que la persona comprendiera cuándo y cómo esa experiencia había amenazado su existencia y cómo el síntoma “traducía” el significado de la experiencia y, al mismo tiempo, la defensa y la “negociación” psicológica para sobrevivir, lo que implicaba asumir y elaborar el significado de la experiencia y no solamente “recordar” lo sucedido, que era lo que ocurría en la catarsis.9

Atribuíamos importancia a esta discusión por sus analogías con algunos aspectos de las situaciones que enfrentábamos. Sin embargo, una diferencia importante era que no estábamos trabajando con memorias suprimidas y olvidadas por completo. También trabajábamos con fragmentos de memorias penosas y persistentes que abrumaban a las personas cotidianamente. Se trataba de un pasado reciente que para muchos no llegaba todavía a ser pasado sino que era vivido como un presente traumático. La intervención terapéutica se realizaba sobre memorias vivas y al mismo tiempo sobre memorias disociadas. Nos parecía que era necesario recordar, verbalizar y nombrar, pero a veces era imposible: no había palabras. Sin embargo, hablar y decir permitía ordenar en parte las dimensiones caóticas y fragmentadas del recuerdo. Pero la palabra y la memoria estigmatizaban y aislaban a las víctimas. Pocos querían escuchar y saber lo que les había sucedido. Muchos negaban. Otros se angustiaban y se llenaban de miedo y tampoco querían saber. Un silencio general rodeaba a la represión política como si aquello solamente existiera en la mente de las víctimas.

EL TESTIMONIO COMO INSTRUMENTO TERAPÉUTICO (1978-1982)

La psicoterapia de las víctimas de la represión política, en particular de quienes fueron torturados y estuvieron presos durante varios años, permitió identificar un hecho central: para muchos de ellos, el compromiso político constituía el eje más significativo de sus vidas y había jugado un papel decisivo en su capacidad de resistir las atrocidades. Esa capacidad de enfrentar lo insoportable surgía del valor de aquello por lo cual se había luchado y se había amado más que la propia vida.10 A su vez, la pérdida que significaba la derrota del proyecto político en lo personal, se asociaba y subordinaba a la pérdida sufrida por la sociedad chilena.

Para algunos la percepción de derrota era acompañada también por una disposición a reflexionar sobre su responsabilidad en el fracaso de dicho proyecto, buscando repensar y proyectar su vida ante el cambio de escenario político que cambiaba su lugar y su poder. Otros subrayaban la angustia ante “la muerte y la pérdida” del proyecto político, como si la suerte del país y la suya propia fueran una sola y misma cosa. Esa percepción de pérdida irreversible desmoronaba sus defensas y el sentido de su resistencia ante la catástrofe vital experimentada. Algunos se aferraban a las prácticas partidarias como si la rigidez de los rituales garantizara la permanencia del proyecto y el sentido de sus vidas. Era angustioso para ellos percibir que carecían de control sobre muchas situaciones que los afectaban vitalmente y que estaban expuestos a nuevas detenciones o a perder la vida o tener que salir del país para protegerla.

Por su parte, la violencia represiva y la indefensión generalizada habían producido desconfianza e inseguridad en la relación con los otros y consigo mismos. En muchos casos se alteraba el juicio de realidad. El miedo afectaba el pensamiento y las funciones cognitivas básicas, dando crédito a rumores que aumentaban la inseguridad.

La ilegalización de los partidos políticos de la Unidad Popular y de muchas organizaciones sindicales y sociales había destruido las redes sociales en las que estaban insertos. Muchos perdieron sus trabajos y sus medios de vida, empobreciéndose dramáticamente. Todo ello contribuía a que muchos se abrumaran y se aislaran, corriendo el riesgo de interiorizar lo que les ocurría como una pérdida insuperable, dándose por vencidos.11

La situación terapéutica podía constituir una suerte de tregua, un espacio en el que se podía hablar y se podía pensar. Para ello era fundamental establecer un vínculo de confianza que pudiera contener el dolor y la rabia y que permitiera proyectar la propia vida bajo estas nuevas y adversas circunstancias.

Los fragmentos siguientes de los testimonios de José, Pedro y Diego, quienes fueron presos políticos entre 1973 y 1978, ilustran las posibilidades de esa elaboración. Todos ellos habían sido condenados de por vida. Cuando fueron atendidos, habían optado por conmutar la pena de cárcel por exilio y estaban por salir a los distintos países que les habían otorgado visa. Se iban a separar después de haber compartido casi cinco años de cárcel y de haber pasado juntos los interrogatorios y torturas. En ese sentido, sus testimonios fueron resultado del diálogo que sostuvieron entre sí, a propósito de la represión padecida y sus consecuencias pero también por la separación forzosa debido a la partida al exilio. La elaboración de la experiencia represiva vivida había ocurrido entre ellos durante los largos años de reclusión.

Dijeron que se habían preguntado muchas veces acerca de “quién soy, qué me pasó, qué me perturba, qué me duele, dónde estoy y para dónde voy”. Los hechos vividos fueron entramados por cada uno en un relato escueto que, si bien soslayaba en parte aquellos aspectos que sentían que los desmoronaban, a la vez proporcionaban, por su concisión misma, las claves de su supervivencia.

El relato grabado fue transformado en un testimonio, excluyendo aquellos aspectos más íntimos y penosos que habían sido comunicados en las sesiones. Separaron lo íntimo y privado de aquello que, aunque también era personal, consideraban que formaba parte de lo público y social.12

José, militante socialista, detenido el 30 de septiembre de 1973.

Yo soy José, tengo veintinueve años, nací en el campo cerca de Chanqueahue. […] Llegué a ser miembro de la seguridad del presidente Allende. Llega el 11 de septiembre y se acaba todo. Caí como todos los compañeros en una situación de inseguridad, en la cual no se sabía qué hacer. […] Muchos compañeros determinaron entregarse [voluntariamente]. Según alegaron, no había que resistir, y se entregaron; de ellos, cuatro fueron liquidados al poco tiempo; Otros [que fueron encontrados y detenidos] fueron encarcelados, entre ellos, yo. De los encarcelados hubo fusilados sin sentencia, veintiséis fueron muertos.

A todo esto yo no me quise entregar. Me fui de mi casa, bueno, era una reacción natural si se quiere dentro de uno, de lo que uno conoce. [Se había ocultado para evitar su detención]. Fui detenido en el pueblo por prevención [en un operativo] por carabineros, y de ahí trasladado a distintos retenes, comisarías, hasta llegar a la Dirección General de Investigaciones. Posteriormente, el mismo día me trasladaron al Estadio Nacional, donde estuve más o menos, durante cuarenta y cinco días. De ahí fui trasladado a la Oficina Salitrera Chacabuco. Posteriormente, quince días después, al Regimiento de Calama. Bueno, ahí empezó un proceso en el cual yo no tuve participación, sino que fui como el hombre que necesitaban, porque si al interrogarme de una forma decía lo que tenía que decir, no lo creían. Si hubieran querido interrogarme para conocer alguna cosa, lo habrían hecho, pero no lo hicieron, me interrogaron tres veces, pero una fue para preguntarme, la otra para golpearme. Sin preguntar nada.

Después de eso viene el proceso, según ellos. […] Bueno, de partida ningún hecho comprobado: que tuve un viaje a Cuba, que fui a aprender artes marciales, actividad guerrillera –absolutamente falso, no lo podía comprobar yo ni ellos tampoco–, la situación de ser miembro de la seguridad del Presidente Allende. Se sabía que era miembro de la seguridad, pero buscaban otras actividades que no eran las de seguridad, sino asaltos y cosas así, nada que ver. Después de eso viene el Consejo de Guerra y en seguida una condena a muerte, firmada y todo; después la intervención –creo yo– del arzobispo. Me rebajaron la condena a perpetua. Después de un año y meses que estuve encarcelado me trasladaron por razones de seguridad a Copiapó; estuve quince días en Iquique, de paso. En Copiapó estuve dos años y tantos, con lo cual hice cuatro años, cuatro meses y días más. Solamente estuve libre desde el 11 hasta el 30 de septiembre de ese año. […]

Toda nuestra situación ha sido tan terrible, ¡y cómo se ha cumplido en parte lo que pretende la Junta! Aquí, si no se puede matar en todo sentido, se trataba de hacer que cada uno viera cada cantidad de problemas que desembocaban en llegar a pensar que la vida no tiene ningún brillo, que no tiene valor, cuando somos nosotros los que le damos ese valor; pienso que prácticamente ése es el logro de lo que la Junta quiere: llevarnos a esa condición de quebrarnos así.

Es lamentable, para mí es lamentable, porque muestra que han logrado en parte lo que querían, y muestra cómo fue tan terrible lo que pasó el 11 de septiembre. Las organizaciones, todos los compañeros quedaron prácticamente desarticulados, y generalmente se cayó en el aislamiento, y el aislamiento fue debilitando a los compañeros, los fue llevando a centrarse en sus problemas, vivir para sus problemas, hasta llevarlos a sentirse inútiles, cuando siempre somos útiles, somos útiles de una u otra manera, y la vida siempre tiene valor, siempre es bonita, todo depende de cómo nosotros tratemos de encontrarle ese valor.

Pedro, funcionario público, detenido el 11 de septiembre de 1973.

Me llamo Pedro U. Tengo treinta años. Nací y me crié en Rancagua. Estuve preso y salí recién. Cuando me encontré fuera de la cárcel tuve una depresión nerviosa, porque me “quise comer la calle”, por usar un término así. Salí de la cárcel, fui donde mi familia, estuve un par de horas ahí y me dieron ganas de salir y recorrer Rancagua de punta a cabo, y anduve y anduve y anduve mirando, no sé, una cuestión media rara, porque salí medio diferente de la cárcel, fue así como un shock el que tuve. Salí medio diferente y sentía como que eso era mentira, era mentira todo lo que estaba viendo. Posteriormente me vine a Santiago y aquí ha sido verdaderamente terrible pasear, caminar, me he ido al paseo Ahumada, he visto, no sé, me da la impresión de ver en la gente cierto automatismo de indiferencia, el trabajo de las hormigas, que no es un trabajo consciente sino que es un trabajo mecánico. Entonces después que llego a la casa como que llego cansado, agobiado, me agobia este trabajo de hormigas, si lo pudiéramos llamar así, tan indiferente, tan frío. Y cada uno va por la calle, se mete a un negocio, sale a tomar la micro y si muere alguien al lado, a nadie le importa; si alguien está pidiendo una limosna, no importa, y si sale en los diarios un asesinato que hay que condenar, a nadie le importa. Y cuando hablan, por ejemplo, lo de Aldo Moro, las declaraciones de gobierno, yo digo: ¡qué cinismo! ¡Cómo repudian esto y todas las cosas que han hecho ellos, que uno ha visto, la experiencia misma de uno! […]13

Lo otro es que, para mí, Santiago es estar solo. Es estar metido entre dos millones de personas, solo; estar en un recinto apretado de gente, pero solo. Yo pienso como la gente de provincia que viene a Santiago. Uno siente que aquí en Santiago son todos más o menos parecidos, que en el centro la gente se comporta como robots, con cara de robots, de cadáveres. Lo otro es la hipocresía, del que dirá “yo no entiendo tanta hipocresía, para qué?”; eso a uno lo deprime y es mejor no pensarlo, porque si uno se pone a ver todo lo que escriben los diarios, digamos, es claramente programado, ¡y cómo mienten, cómo pueden ser tan hipócritas! Lo mismo en la televisión cuando dan informaciones, yo digo cómo se sentirán ellos, cómo se sentirán como personas, ¿sentirán que están haciendo la historia? ¿Se sentirán los salvadores de Chile? ¿Los salvadores del país? Me imagino que sí.

Seguramente la historia no nos va a nombrar, no nos va a individualizar, pero en una u otra medida, nosotros somos entes partícipes de un momento histórico, de un proceso, y actualmente somos todavía partícipes de la historia, la historia no nos ha dejado de lado, tan sólo si nosotros mismos nos apartamos de ello. Entonces toda la experiencia nuestra debe ir encauzada hacia allá, a ubicarnos nosotros mismos dentro de nuestra vida futura y dentro de toda la vida de este pueblo.
Diego, veintisiete años, condenado a muerte por Consejo de Guerra.

Tenemos una situación adversa –la realidad es adversa, es terrible–, que nos lleva a provocar las crisis en nuestro interior, en nuestras ideas, en nuestras aspiraciones; si nosotros no entendemos esa realidad como un elemento antagónico que nos permite poder enfrentar nuestra propia vida, frente a eso estamos sonados, estamos fritos. Porque si uno cae preso, el mundo sigue igual; cuando a uno lo están interrogando, [uno] sabe que le están poniendo corriente, y afuera la gente está caminando, comprando en la feria o qué sé yo. O sea, eso es lo terrible de descubrir, o sea, el poco significado o la poca importancia que tiene la vida. Realmente la vida no tiene ninguna importancia, la importancia se la da uno, y esa importancia se la da uno en la medida en que uno vea las cosas y las exprese con una mayor dosis de equilibrio, de sentido común, de unidad de criterios. Y en el matrimonio yo creo que eso es importantísimo, lo esencial; por eso que las decisiones del matrimonio mismo, incluso lo que se quiere poner o lo que se quiera hacer, por muy particular que uno lo crea, debe hacerlo ver a la compañera, debe hacerlo ver a la otra persona porque es lo único que nos permite desprendernos un poco y conocernos.

Yo creo que es un asunto muy difícil de superar en la pareja, en el matrimonio. Es reconocer la crítica de la compañera; para mí, mi mujer es antes que nada una compañera; es compañera y la compañera con mayúscula. Yo entiendo el sentido de compañera, lo entendí estando preso, lo entendí cuando la llevaron detenida y la interrogaron, lo entendí cuando me amenazaron con matarla, y lo entendí cuando me amenazaron con llevarme la guagua para meterle corriente, tenía 4 meses. Lo entendí cuando me fue a ver a la fiscalía cuando aparecí por primera vez; lo entendí cuando fue por primera vez a la cárcel y vi la forma en que la registraron, y cómo la tocaban; cuando viajaba hasta allá lloviendo, comprendí el sentido de la palabra compañera. Es decir, antes no captaba; sabía lo que era, porque era mi compañera, porque estaba conmigo, pero lo entendí, mejor dicho, verdaderamente ahí, en ese momento: antes que nada mi mujer es mi compañera, no es propiedad mía.
Como instrumento terapéutico, el testimonio permitía restablecer las capacidades del yo de la persona que eran necesarias para iniciar un proceso psicoterapéutico. El testimonio conectaba a la persona con sus sentimientos y daba lugar a una catarsis. Dicha catarsis era penosa, violenta, y casi irreal. Podía ser considerada como el inicio de un viaje hacia el pasado que permitía reconocerse en una historia que era propia aunque en ese momento fuera percibida en muchos aspectos como ajena.

En las sesiones, la comunicación reconstituía los hechos de la experiencia represiva así como la historia personal en todas sus dimensiones. El trabajo de elaborar el documento del testimonio daba lugar a una profundización de su contenido. Finalmente se transformaba en la expresión material de una etapa del trabajo realizado. El documento quedaba en poder de la persona y en la carpeta personal que permanecía en la institución. A veces con su nombre e identificación completa. A veces utilizando un seudónimo para proteger su identidad.

En algunas situaciones el testimonio tenía mayor valor terapéutico que en otras. Los ex presos políticos y los torturados experimentaban un alivio importante al comprender mejor cómo la represión y la tortura se habían instalado en sus vidas, y cómo, por otro lado, a pesar de que sus consecuencias los acompañarían por largo tiempo, paradójicamente, la tortura no era “personal”. Torturador y torturado no se conocían previamente; cada uno representaba los “bandos” en conflicto en la sociedad. La crueldad y la intimidad del dolor y la muerte compartidas entre extraños y “enemigos” daban cuenta del conflicto profundo existente en la sociedad, que tarde o temprano habría de volver al espacio público donde se había originado, y donde podría empezar realmente la reparación de las víctimas.


SOBREVIVIENTES DE EJECUCIÓN

La experiencia de sobrevivientes de ejecución es distinta a las de los presos políticos. Al parecer no más de cinco ejecutados sobrevivieron a esa experiencia. Dos de ellos, Lázaro y María, consultaron entre 1979 y 1980.14

Lázaro era un dirigente sindical campesino, de cincuenta y cinco años de edad en el momento de la consulta. Relató haber estado detenido durante nueve días en un recinto policial y luego en un regimiento, de donde fue sacado y llevado en la mitad de la noche a un puente donde fue fusilado el 26 de septiembre de 1973, y arrojado al río. Los impactos de bala no le afectaron órganos vitales y permaneció herido en el lugar, escondido entre matorrales. Caminó durante tres noches hasta llegar a su casa. Permaneció oculto en una pieza durante cinco años, en condiciones de extrema pobreza. Allí sobrevivió gracias al apoyo afectivo de su familia y al compromiso de todos ellos de no comunicar su presencia a nadie, lo que cumplieron incluso los hijos menores que todavía no iban a la escuela.

Un día supe que uno de los tres más pequeñitos –el mayorcito– se pasaba llorando, se pasaba tardes enteras llorando porque el papá se había muerto, entonces el otro lo consolaba. Le decía, “no llorís, Coné” –porque así le decíamos, Coné–, “no llorís Coné que el papito no está muerto”. Tampoco sabía el que lo estaba consolando que yo estaba vivo. Así es que cuando supe que se la pasaba llorando, le dije a mi señora “mira, aquí yo me voy a arriesgar el todo por el todo, porque no vamos a dejar que se enfermen, les vamos a decir que estoy vivo”. Entonces fue la mamá, los llevó al comedor y les dijo “miren, el papá […] el papá no está na’ muerto, el papá está por allí, va a llegar ligerito aquí a conversar con ustedes”. Los fue preparando, entonces luego los trajo y ahí tuvimos una alegría enorme, no se puede decir de otra forma, no hay palabras para esas cosas.
El trabajo terapéutico se desarrolló entre octubre y noviembre de 1979. Apuntó a reconstituir la historia personal, desde la niñez, la vida sindical, las opciones políticas, así como la represión padecida. Los primeros destinatarios de su testimonio fueron sus hijos. Empezaba su historia diciendo:

Yo conocía la miseria desde muy pequeñito; quizás va a parecer mentira, pero a los dieciocho años aún no me había puesto zapatos […]. Les cuento que en mi casa sólo había un catre, una sola cama, donde dormían mi padre y mi madre, los demás dormíamos en el suelo, en payasas de hojas de choclo, hechas con sacos de cáñamo […].

[…] Las miserias que uno ha vivido no se olvidan, y todavía más, si esas miserias después de treinta años de vida sigue viéndolas en otros niños, sigue viendo a estas familias campesinas tan pobres como uno ha sido, entonces empieza a pensar uno ¿quién tiene la culpa de esta situación? ¿Por qué existe esto? ¿Es verdad que es la borrachera de los campesinos la que los mantiene en la pobreza, o es que no se les da el pago suficiente por su trabajo? Y cuando uno empieza a comprender que no es la flojera de los campesinos, que no es la borrachera lo que los mantiene pobres, sino que es la injusticia, entonces ya uno no tiene miedo de luchar, ya sabe quiénes son los culpables.

[…] No recuerdo muy bien la fecha, pero me parece que fue el año de 1965, cuando por primera vez hablé con un patrón en nombre mío y de otros trabajadores. Fue para reclamar el pago de veintitrés horas de trabajo extraordinario que se nos adeudaba. Esto que, dicho así parece tan fácil y simple, en ese tiempo era tan peligroso como tirarle la cola a un león.
Al momento de consultar, Lázaro y su familia estaban decidiendo qué hacer con sus vidas. Debido a la situación extrema padecida por esta familia, les habían ofrecido visas para un país europeo. Tenían temor de permanecer en el país y también temían verse obligados por las circunstancias a salir al exilio. Las historias compartidas entre el padre, la madre y los hijos acerca de lo que vivieron y sintieron en todo ese tiempo tuvo un efecto catártico para todos. Posibilitó hablar acerca de las fantasías y temores que habían tenido y les permitió entender el compromiso político del padre y el sentido de su lucha sindical. Tomaron la decisión de permanecer en Chile, a pesar de las adversidades y la pobreza y de la eventual persecución que les significaba seguir viviendo en el campo, y bajo la dictadura.

María, tenía algo más de cuarenta años al consultar. Había sido alcaldesa de un pueblo en el sur durante el gobierno de Salvador Allende. Fue fusilada el 18 de septiembre de 1973 en un puente cerca de su casa. No le alcanzaron los impactos de bala, pero cayó al río. Su esposo fue fusilado con ella y fue arrastrado por las aguas. Ella sobrevivió oculta en diversos lugares y sus hijos fueron internados en hogares de menores por las autoridades de la época. María experimentó un grave trastorno emocional y una pérdida de memoria que la llevó por algunos años a ignorar su nombre, y a olvidar totalmente la experiencia vivida. La terapia duró casi dos años. Al inicio, solamente recordaba la detención y la ejecución. La parte del testimonio que citamos a continuación fue realizada en enero de 1980, algunos meses después del inicio de la terapia.

En la comisaría no me interrogaron absolutamente para nada; me pidieron nada más el nombre, el número de carnet. Conmigo, al comienzo, llegaron mansos, pero sí llegaron a allanarme la casa; en el allanamiento de la casa me hicieron pedazos los colchones. Yo los tenía tapizados; ésos los partieron a lo largo, atravesados, porque ellos creían que entre el tapiz estaban las armas, y los colchones los hicieron pedazos, los plumones, porque allá se usa la pluma, los abrieron. Las cosas las dejaron de una manera terrible, no le dejaron una cama a mis hijos para que duerman, una cama, porque yo les tenía plumones a todos mis hijos. Y después que destruyeron todo, nos llevaron y dejaron a mis hijos mirando y llorando.

Y el sargento tuvo la sinvergüenzura de decirle a mis hijos “los otros ya lloraron, ahora les toca a ustedes llorar”. Se lo dijo a mi niñita de seis años. ¿Qué sabría esa criatura? ¿Qué sabría la otra de ocho años? ¿Qué sabría el otro de diez años? ¿Qué sabría el otro de doce años? ¿Qué sabrían? ¿Tendrían ideas ellos?

Estuve ahí desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche, estuve en el retén. Finalmente llegó un cabo de carabineros y abrió el calabozo y me dijo: “Señora, salga”. Salí. “Pase al despacho.” Pasé al despacho. En un papel en blanco ordinario que estaba en el libro me hicieron firmar y me pidieron el carnet y pusieron el número del carnet ahí, y el carnet se perdió porque no me lo entregaron. Y así lo hicieron con todos.

Como a las doce de la noche dispararon dos tiros de metralletas al aire, ése fue el aviso para que llegara el grupo que nos venía a buscar y para atemorizar a la gente de la comuna. Echaron a los hombres a patadas y a culatazos dentro del vehículo y a mí me mandaron un culatazo y de ladito me echaron para adentro. Andaríamos en vehículo como dos horas, porque es lejos, y otra es que se fueron por caminos desviados para emborracharnos a nosotros.
Lázaro y María habían sobrevivido a la propia ejecución. En ambos casos se trataba de una experiencia extraordinaria. Estar inerme ante la arbitrariedad, el despojo y la inminencia de la muerte llevó a María a condensar toda su vida en una sola vivencia, olvidando todo el resto y perdiendo hasta la noción de su identidad. La miseria, la persecución, el temor permanente de ser encontrada y asesinada, coexistían en ella con una angustia cuyo origen no podía recordar. El testimonio de María se fue elaborando paulatinamente durante casi dos años. Cada cierto tiempo se recapitulaba en la medida en que habían surgido los recuerdos. En ese tiempo pudo recuperar la relación con sus hijos y empezó a vivir con uno de ellos. Al tener un lugar donde vivir e iniciar acciones legales por lo que le había sucedido, María mejoró notablemente.

Lázaro y María hablaron de su vida antes de la dictadura y de su quehacer social y político; de sus esperanzas y proyectos; de la ejecución frustrada, de la angustia ante la muerte y de la azarosa supervivencia posterior. Cada una de esas etapas era relatada como parte de su propia vida, pero al mismo tiempo como una experiencia muy distante, disociada y casi ajena. Lograron ponerle palabras a su historia a pesar de la angustia y de la sensación de irrealidad que los acompañaba al recordar lo sucedido. La estabilidad emocional alcanzada con tanta dificultad no se sostenía únicamente en el testimonio sino también en otras herramientas terapéuticas. Entre ellas era crucial el apoyo social para resolver las condiciones de vivienda, alimentación, vestuario y trabajo. Finalmente, ambos revalorizaron sus afectos y su vida de familia, dándoles prioridad en las metas que se propusieran para el futuro.

EVALUACIÓN RETROSPECTIVA DEL TESTIMONIO

El testimonio se iniciaba casi siempre con la individualización del protagonista como miembro de una familia, como un ser humano activo y participativo en organizaciones sociales y políticas. Se recapitulaba su trayectoria y pertenencia política y su motivación social. En ese contexto se recogía la denuncia de los hechos represivos que le afectaron. Ello permitía subrayar la condición de persona y protagonista de una historia política y social de quien había sido víctima de la represión del régimen. A su vez, daba cuenta de los efectos de la tortura y la represión sobre personas concretas y sus familias, así como sobre determinados grupos políticos y redes sociales.

Más de veinte años después, me parece que el testimonio fue terapéutico para quienes consultaron en esos momentos. La experiencia represiva reciente abría la posibilidad de profundizar en las emociones asociadas a las pérdidas que amenazaban sus vidas y sus condiciones de vida. Para muchos era la pérdida del empleo o la vivienda; del derecho a vivir en su patria, al buen nombre y dignidad y al derecho a luchar por sus valores y creencias. A su vez, situar la experiencia represiva en el contexto de la vida y del compromiso político de la persona, permitía relacionar dimensiones afectivas personales y dimensiones político sociales, habitualmente muy disociadas, lo que contribuía a potenciar los recursos personales y facilitaba una mejor convivencia cotidiana al interior de la familia.

Un aspecto crucial era el vínculo terapéutico que permitía contener experiencias brutales y devastadoras, restableciendo poco a poco la confianza básica y la posibilidad de un vínculo humano confiable, estable y cálido.

En otro plano, las autoridades negaban la práctica de torturas y la represión política. Es más, después de 1977 los detenidos que eran liberados de los recintos secretos de interrogatorio eran obligados a firmar una declaración reconociendo haber sido bien tratados y no haber sido torturados. Estas negaciones oficiales tenían consecuencias muy perturbadoras sobre los afectados. Contrarrestar esos efectos requería confirmar la realidad de los hechos y la realidad de la experiencia de la persona. Esa confirmación se lograba a través del testimonio permitiendo restablecer en parte el juicio de realidad sobre lo sucedido. A su vez, el documento como tal posibilitaba difundir esa experiencia sin tener que volver a relatarla una y otra vez. Era una forma simbólica de poner “en el afuera” algo que se había experimentado internamente y que no había sido posible expresar en palabras durante largo tiempo. Algunos mencionaban que querían fijar la experiencia “tal como fue” antes de que se desvaneciera por efecto del olvido o simplemente por el paso del tiempo. Querían que quedara constancia de lo ocurrido “para la historia”. A diferencia de las declaraciones entregadas en la comisiones de la verdad, estos testimonios eran procesados de acuerdo a las posibilidades psicológicas de cada persona, durante el tiempo que fuera necesario.

Los efectos de esta modalidad terapéutica, además de los mencionados, fueron variados, no solamente debido a las diferencias individuales en cuanto a motivación, experiencias vitales y capacidad de elaboración. Un aspecto decisivo fue la necesidad de tomar en cuenta la evolución del contexto represivo y la percepción social de las violaciones de derechos humanos. A fines de los años setenta, el hecho de dar un testimonio personal sobre la experiencia represiva para denunciarla tenía un impacto psicológico mucho mayor para las víctimas que después de 1983. Iniciado el período de las protestas nacionales, las revistas de oposición empezaron a denunciar regularmente la represión existente a través de casos relatados in extenso. Al masificarse la denuncia se fue creando un amplio consenso acerca de la veracidad de las violaciones de derechos humanos y de la necesidad de poner fin a la dictadura, lo que modificó el lugar de la denuncia e hizo menos necesaria la gestión del testimonio en el proceso terapéutico.

LA FUNCIÓN SOCIAL DEL TESTIMONIO Y EL VALOR DEL ESCRITO

Si la historia reconstruida era el primer paso hacia la recuperación de lo vivido para el propio paciente, observábamos también que los testimonios recogidos en forma de documento podían tener además un gran valor simbólico. Especialmente para quienes apenas sabían leer y escribir este valor se acrecentaba. El documento cumplía con una función social en tanto que su contenido se podía compartir. Surgidos del registro fiel de la comunicación, mantenían el lenguaje propio de cada persona y su forma de expresarse. La persona lo reconocía como un escrito que contaba su vida con sus propias palabras. Su forma escrita permitía compartir con otros los recuerdos y las experiencias de dolor y miedo que habían quedado registradas. Podía ser releído y su contenido reelaborado después de la terapia, incluso, quizás, por personas distintas al autor del testimonio. El documento había “fijado” el pasado con toda su tragedia, tal como fue dicho, tal como fue recordado y, por tanto, como la persona relató haberlo sufrido. Algunos pacientes valoraban que sus palabras se dejaran “documentadas” para las generaciones futuras, y que de esa forma, ese testimonio podría llegar a ser un documento histórico.

Habíamos observado que las personas que habían vivido una experiencia brutal, humillante y denigrante tenían una gran dificultad para comunicarla. Temían abrumar a las personas cercanas si les contaban los horrores padecidos. Temían verse disminuidas o despreciadas. Recordar les producía tal conmoción que no podían hablar. La posibilidad de comunicar su experiencia, conservarla en una grabación, hacerla un texto y sentir que para alguien podía ser importante escucharla generaba emociones ambivalentes. Producía temor y ansiedad imaginar que había de recordar lo sucedido. Al mismo tiempo, “contar” aparecía como la posibilidad de liberarse del recuerdo dañino, doloroso, humillante, que volvía a su mente una y otra vez. Especialmente cuando había servido para poner por escrito algunas situaciones particularmente extremas y brutales y podía ser utilizado como un registro de lo sucedido con fines judiciales.

Algunos ex detenidos relataban que en la cárcel, entre los compañeros que habían sufrido la misma situación, se había dado espontáneamente una comunicación profunda sobre el horror padecido, y que se habían sentido aliviados por la comprensión y capacidad de acogida del otro. Visto desde esta perspectiva, el testimonio no era sólo un texto que había ayudado a reconstruir la propia historia, o un registro del pasado sino que podía ser utilizado por la persona para revindicar el valor de su compromiso político, de su lucha social y participación en partidos y sindicatos antes de la dictadura, y para reconocerse como alguien que había sido perseguido a causa de ello.

Ya sea porque el testimonio permitía objetivar la experiencia a través del lenguaje y recomponer los fragmentos de la historia personal, o porque al ser utilizado como denuncia permitía canalizar la agresión experimentada, se observaba que el regreso casi ritual al documento modificaba la percepción que la persona tenía sobre sí misma y la situación que la había afectado. La persona podía verse a sí misma ya no solamente como víctima, sino como aquella persona activa y participativa que había sido y que tal vez podía volver a ser. Este cambio frenaba el ciclo de deterioro emocional en el que estaba sumergida.

De esta manera, el testimonio se volvía continente de un mundo persecutorio que no era producto de la subjetividad de los pacientes, sino que existía en la realidad, aunque fuera negado por las autoridades. Posibilitaba compartir con los demás el sufrimiento individual sin desvirtuarlo y sin que el sujeto tuviera que revivir una y otra vez el dolor al tener que contar su historia. El testimonio se constituía, según las propias víctimas, en “un valioso elemento de denuncia”, para prevenir que tales crímenes se volvieran a cometer. En suma, permitía que el conocimiento del daño sufrido por la persona no quedara restringido a la relación terapéutica.


EL TESTIMONIO COMO INSTRUMENTO DE DENUNCIA Y SU VALOR TERAPÉUTICO

Algunos de los textos de los testimonios fueron utilizados por las víctimas como denuncia y en acciones legales contra los culpables, especialmente después de 1980. Los relatos facilitaron reconstituir detalladamente lo ocurrido al realizar denuncias judiciales. Algunos pacientes enviaron su testimonio a organismos internacionales de derechos humanos (principalmente a los relatores especiales sobre la violación de derechos humanos en Chile nombrados por Naciones Unidas). Otros los entregaron a periodistas que investigaban situaciones puntuales y algunos de ellos fueron publicados en revistas y libros. Más de alguno fue difundido en las transmisiones de programas de radio dirigidos a Chile, como era el caso del programa “Escucha Chile” de Radio Moscú. Otros se los dieron a conocer únicamente a sus hijos y su familia.

La posibilidad de usar el testimonio en una denuncia que tuviera valor legal tuvo gran importancia en el proceso terapéutico. De esta manera se encauzaba la hostilidad experimentada por la víctima al ser sometida a tratos denigrantes e inhumanos hacia el “hacer justicia”, “poner las cosas en su lugar” en los cauces legales y judiciales. Por otra parte, fue a través de esas historias que, más allá del círculo de los afectados, se fue conociendo quiénes eran las personas que habían sido perseguidas y qué les había sucedido. Era un relato en primera persona, simple, descriptivo, incluso anecdótico. Daba cuenta de lo vivido de una manera que permitía la identificación del lector o del que escuchaba con las emociones comunicadas a través del testimonio. En algunos casos los datos entregados hacían posible identificar a la persona y sus circunstancias, pero en otros, los detalles y lugares habían sido cambiados para proteger su identidad. Con excepción de las denuncias enviadas a las Naciones Unidas y a los tribunales, casi siempre los testimonios circularon con seudónimos hasta 1984. En la mayoría de los casos, la difusión de los testimonios fue realizada por los “testimoniantes” y no existe un registro que permita conocer en detalle su distribución y su impacto.

DETENIDOS DESAPARECIDOS

Una situación diferente se produjo en relación con los testimonios realizados por los familiares de detenidos desaparecidos. Las denuncias judiciales empezaron en 1974 y dieron origen a la formación de la agrupación de familiares y a acciones de búsqueda y denuncia destinadas a encontrar a sus familiares detenidos y desaparecidos.

Hay pocos documentos trabajados como testimonios. El primero de ellos fue la película No olvidar, de Ignacio Agüero, filmada en 1979. El testimonio de la familia Maureira es recogido en el relato de la madre, doña Elena Muñoz, y de los hijos sobrevivientes, poco tiempo después de haber encontrado los restos de sus familiares en los hornos de cal de Lonquén. Ellos cuentan aspectos de la historia familiar y laboral, del trabajo sindical, y luego la detención y desaparición del padre, Sergio Adrián Maureira Lillo, y de sus cuatro hijos mayores el 7 de octubre de 1973. La madre cuenta acerca de la búsqueda y las hijas señalan que la búsqueda terminó cuando fueron encontrados sus cuerpos junto a otros campesinos desaparecidos de la localidad de Isla de Maipo. Relatan que después que ellos los reconocieron, las autoridades dispusieron que los restos fueran arrojados a la fosa común del cementerio de Isla de Maipo. Finalmente señalan que en el proceso judicial contra los carabineros que los habían detenido quedó establecido cómo murieron, pero los responsables fueron amnistiados. Durante años este documento tuvo una difusión privada en el país. Los nombres de sus autores fueron conocidos solamente después de 1988.

Otros testimonios de familiares de detenidos desaparecidos fueron publicados como libro bajo la autoría de las ocho mujeres, familiares de detenidos desaparecidos que relataron su historia. Tal como el film No olvidar, este libro no fue realizado específicamente con propósitos terapéuticos. Cada una de ellas hizo su relato en primera persona, identificando a su familiar por su nombre y edad y contando la historia familiar, laboral, sindical y política. Detallaron las circunstancias de la detención y las respuestas de las autoridades. Describieron la búsqueda realizada durante años y la incertidumbre persistente sobre su destino hasta el período en que se realizó el testimonio (1980). Sólo en 1987, fue posible publicar estos relatos en el libro titulado Memorias contra el olvido.15

El testimonio de los familiares de detenidos desaparecidos tuvo desde el inicio la finalidad de la denuncia y, por este motivo, era repetido muchas veces ante abogados y jueces, en reuniones de solidaridad, en entrevistas periodísticas y otras instancias. La necesidad de repetir el relato en función de la denuncia generaba una cierta disociación emocional que era útil para ese propósito. La desaparición había dado origen a una situación de búsqueda que no se cerraba sino hasta conocer el destino final de la persona desaparecida. El carácter interminable de la situación represiva y el desgaste asociado a la denuncia permanente reducían o anulaban la función terapéutica que el testimonio podía tener en otros casos. Por ello, en esas circunstancias, todo testimonio era necesariamente un relato inconcluso que, por sí mismo, no producía mayores cambios en el estado emocional de la persona.

TESTIMONIOS GRUPALES EN EL MARCO DE LAS PROTESTAS DE 1983-1984

El testimonio fue utilizado para denunciar situaciones de represión colectiva que ocurrieron entre 1983 y 1984. El 12 de julio de 1983, el día de la tercera protesta nacional, veintinueve mujeres de la Olla Común de la Comunidad Esperanza situada en la zona noroeste de Santiago, fueron detenidas en el momento en que cocinaban para las familias que se alimentaban diariamente gracias a la existencia de la olla común. Las cocineras que estaban preparando el almuerzo, la directiva de la olla común y algunas mujeres que habían llegado a buscar el alimento para llevarlo a sus casas fueron arrestadas sin orden alguna de detención.

La olla común era el resultado del esfuerzo colectivo de la comunidad para obtener alimentos y cocinarlos para trescientas familias que almorzaban todos los días, excepto el domingo, gracias a esta iniciativa. Mientras las veintinueve mujeres estuvieron detenidas, las familias no pudieron alimentarse. La detención produjo una gran conmoción en la comunidad y tenían mucho miedo por ellas. Algunas de las mujeres fueron liberadas después de permanecer en un recinto policial durante un día. Otras fueron trasladadas a un recinto secreto de detención por agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI), sin que se tuviera noticias de su paradero durante varios días. Casi todas fueron maltratadas y denigradas y algunas de ellas fueron torturadas. Cuando las liberaron solicitaron ayuda en organismos de derechos humanos. En ese contexto se inició el trabajo grupal.

Participaron en el grupo algunas de las que habían sido detenidas, sus esposos y algunos de sus hijos. El testimonio de las detenidas (y por otro lado, el de sus esposos) fue reconstruido en el trabajo terapéutico grupal. Las sesiones fueron grabadas, transcritas y su contenido fue elaborado en conjunto. El primer objetivo fue poner en común la experiencia de detención que había ocurrido tres semanas antes de empezar las sesiones. Desde el inicio se contempló utilizar el documento para denunciar lo ocurrido dentro de la comunidad y fuera de ella. A fin de impedir alguna forma de represalia decidieron cambiar los nombres de las personas y de la comunidad en el documento final.

El testimonio es muy extenso y fue trabajado desde el inicio como una historia colectiva de la detención del grupo. Cada una de las participantes se presentó y contó su experiencia. En ese relato intervinieron distintas voces, incluso algunos niños. Se ha seleccionado el relato de una de las dirigentes de la olla, María del Carmen, quien estuvo detenida por más tiempo. El testimonio data de agosto de 1983.

Yo me llamo María del Carmen, tengo cuarenta y cinco años, tengo cinco hijos, mi marido está cesante, trabaja en el Empleo Mínimo (PEM). Ése no es trabajo, es una explotación más por el hambre. A mí me llevaron a la CNI; me sacaron de noche [del recinto policial donde permanecía detenida], con la vista tapada, esposada y me metieron en un furgón, de cabeza y con los pies casi levantados, metidos, enrollados, y con todo mi cuerpo encima de los brazos, esposada, y enseguida me tiraron una manta, yo sentía que en ese momento me iba a morir por falta de aire.

Yo les dije que por qué me llevaban a mí en esas condiciones “me siento como un condenado a muerte, yo no he hecho nada, ¿hay alguna ley que me castigue –le dije yo– por pedir un plato de comida para mis hijos?, que además tengo dos desnutridos”. Entonces me dijeron “últimamente nosotros las leyes nos las estamos metiendo por la raja”. Así es que pensé que de ahí no iba a salir con vida, por el trato que recibí, por la forma en que me mantuvieron allí. Torturaban fuertemente a los hombres.

Al llegar a la CNI me desnudaron, me atendió una mujer y se escucharon voces de hombres. Me desnudaron, se burlaron mucho de que yo era obesa y decían: “Así hablan del hambre”. En los interrogatorios en todo momento hicieron notar la gordura de mi cuerpo, conocían muy bien mi cuerpo.

[…] ¿Sabe lo que creo? Que esto que me pasó es terrible, porque la CNI determina si uno es culpable o no. Ellos son los tribunales, porque a mí no me llevaron a ningún otro lugar. Me hicieron firmar cualquier cantidad de documentación que yo no pude leer, porque tenía un poquito levantada la venda solamente para firmar.

[…] Me dijeron que afuera estaba mi hijo y yo sentí el llanto de un niño, (que no era mi hijo, el deficiente mental, porque yo ubico el llanto de cada uno de mis hijos). Me dijeron que lo tenían afuera y yo sentía el llanto, pero me quedé tranquila, en el fondo, porque pensé que no eran ellos. Pero dije ¡no! ¡mis hijos no! En un grito grande, fuerte.

Y ahí sentí ya que el cuerpo ya no era el mío, como que no me pertenecía ya mi cuerpo, sentí esa sensación, o sea que en este momento, una parte de mi cabeza me funcionaba y el resto del cuerpo para nada. Me dejaron de interrogar, después volvieron otra vez, y así en forma muy violenta me interrogaban y me amenazaban, por ahí llegó un tipo que me golpeaba fuertemente en el hombro. Una cosa que molestaba, no dolía exactamente, pero era desesperante sentir que le estaban haciendo así a uno.

A mí en todo momento me acusaban de política y de hacer política, y fuertemente presionada para dar algún nombre de algún político. […] En todo momento en la CNI me interrogaban fuertemente, la presión fue muy grande, muy fuerte, y la acusación grave, porque me acusaron de ser una persona política. Entonces yo a Dios le pedía a gritos que me fortaleciera para poder responder, que no fuera a ser cosa que yo me quebrara de tal manera que me traicionara y me culpara de algo que jamás he hecho. Me acusaban ellos de ser una persona activista en una célula Alicia Ramírez; que yo me había inscrito como comunista en esa célula en el año 1974. Yo le dije: “Quiero verla, usted tiene que tener algún motivo para estarme diciendo eso, yo quiero verla, quiero ver mi firma porque yo ubico mi firma en cualquier lugar, y tan analfabeta como ustedes creen no soy”.

[…] Yo me desesperaba, había momentos en que me quebraba de tal manera que yo sentía que me moría, y decía yo que no podía ser que estuviera en esas condiciones por estar esperando la comida para mis hijos. Ellos se quedaban callados y me daba la impresión que comentaban entre ellos, porque yo ya estaba tirada de espaldas en la cama y yo suplicándoles que me sacaran de ahí, porque estaba sudada total, tenía el buzo mojado. No me lo sacaron tampoco, yo en mi vida había transpirado en la forma en que transpiré ahí, las manos se me mojaban. Además, cuando me largaron del interrogatorio me amenazaban, y torturaban a personas, torturaron a muchas personas antes de mi interrogatorio.

[…] Estuve en la CNI desde la noche del viernes hasta el lunes y me dejaron botada en una calle en la comuna de Quinta Normal, en el camino a mi casa, pero lejos todavía. Me bajaron del furgón con la vista tapada, dos tipos y una mujer, y me sujetaron para que no me cayera porque temblaba, y eran como las 8.20 de la mañana, había una neblina cerrada, me destaparon la vista y me dijeron: “Señora, si usted se mueve de aquí antes de tres minutos o se le ocurre mirarme a mí para saber quién soy, dese por muerta”. Yo me quedé temblando aterrada, porque me dijo que no me podía mover para ningún lado. No sé cuantos minutos pasaron, yo esperaba que alguien me dijera “puede caminar”, “puede irse”. Nadie me dijo nada, hasta que un señor que iba pasando por ahí me dijo: “¿Señora, le sucede algo?”. Entonces yo me atreví a contestarle, se acercó y me tomó de las manos porque yo estaba temblando, con un bolso colgado aquí y con las manos así y los ojos cerrados. Entonces le dije “¿hay algún auto en la calle?”. Debe haber mirado y me dijo “no, no veo nada […]”, me volvió a preguntar “¿le sucede algo? ¿Para dónde va?”. Le dije yo “es que sabe, me acaban de bajar de un furgón de la CNI y me amenazaron de que si miraba para algún lado me iban a disparar” y él me ayudó. Pero yo no podía caminar, estaba como trabada, empalada, no sé, por la tensión, y tenía mucho miedo, mucho.16
La reconstitución de la experiencia de las mujeres de la Olla Común de la Comunidad Esperanza estaba orientada a identificar los hechos, reconocer los temores y recuperar el juicio de realidad respecto de lo que les había ocurrido. El miedo se había transformado en pánico. Algunas tenían miedo de reunirse en el recinto donde preparaban la comida y creían que podrían ser detenidas en cualquier momento. Otras pensaban que para evitar la represión debía suspenderse el funcionamiento de la olla común. Pero todas carecían de los recursos mínimos para asegurar el alimento a sus familias y si se cerraba “la olla” la situación se haría insostenible. La conflictividad entre ellas se incrementaba día a día. Reproducían rumores sobre eventuales represalias si seguían organizadas y se acusaban mutuamente. La reacción de María del Carmen, como se aprecia en la parte del testimonio que se ha incluido, ilustra la dificultad de algunas mujeres para recuperar la normalidad de la vida cotidiana a raíz de la experiencia represiva. Ella empezó a ejercer de denunciante antes los Tribunales, las radios y medios periodísticos de oposición, los organismos de derechos humanos y otras instituciones a las que tuvo acceso. Se alteró emocionalmente. Se visualizaba a sí misma en una calidad inédita: su detención y su miedo la habían hecho “importante”. Es cierto que, por unos pocos días, ella fue el centro de la noticia en su población, en su familia, en la olla común, incluso en la opinión pública. Fue la que recorrió los organismos de derechos humanos y solicitó atención psicológica para ella y sus compañeras. Pero la atención pública a su caso fue necesariamente transitoria. Los detenidos eran cientos y muchas personas habían muerto el día de la protesta. La imposibilidad de procesar lo que le había ocurrido, la había llevado a adoptar esta postura del denunciante y a repetir lo que le había sucedido a quien se lo quisiera oír. La reacción de María perturbó a su familia y al grupo que hacía funcionar la olla común. Se agudizaron los conflictos que había tenido antes con su pareja y con sus compañeras. En María, el miedo había sido aplacado con su denuncia permanente, sin que hubiera mayor elaboración ni comprensión de su miedo ni de lo que le pasaba. La producción del testimonio, en el contexto del trabajo grupal, logró precisamente contener parte de su ansiedad, hasta entonces incontrolable. Al mismo tiempo abrió la posibilidad de elaborar, aunque parcialmente, los conflictos con su entorno, desencadenados por esta reacción ansiosa (hubo necesidad de continuar trabajando con ella en forma individual).

Para María y las otras mujeres que habían sido detenidas, se trataba de una experiencia caótica y angustiosa, que era emocionalmente incontenible mientras no tuviera al menos alguna estructura que les permitiera comprender lo sucedido. En ese sentido, la estructura del relato fue un elemento que las ayudó a ordenarse, expresar sus miedos y a discriminar, al menos parcialmente, las eventuales amenazas. Cada cual pudo contar lo que le sucedió y se pudo ordenar cronológicamente lo ocurrido. Luego, la lectura de las grabaciones propició un tiempo para la reflexión, cuando, a partir de éstas, se fue construyendo un solo texto. La revisión de la historia permitía que la experiencia pudiera ser recuperada más allá de la dimensión individual. Como las mujeres lo señalaron, su texto documentaba lo que les había ocurrido para que fuera “una lección para Chile”. Su detención y miedo eran el precio de haber luchado por su derecho a la vida y a la comida de sus hijos, pero también por un cambio para el futuro.

ASPECTOS METODOLÓGICOS Y ÉTICOS DEL TESTIMONIO EN TERAPIA

El testimonio como herramienta terapéutica constituyó una manera de integrar los aspectos de la experiencia traumática vivida a causa de la represión política. Las víctimas de tortura, en particular, comunicaban de manera fragmentaria lo que les había sucedido –en parte hechos, en parte emociones–. Y sólo lo vivido, recuperado en su globalidad, podía tener alguna significación para la persona, es decir, le permitía saber y entender “por qué me ocurrió a mí”. Paradójicamente, el testimonio era en cierta forma una confesión completa, aquella que fue exigida por el torturador y que el sujeto había protegido a costa de su dolor. Como se ha señalado, cuando las circunstancias políticas se modificaron, el testimonio fue cada vez menos útil debido a que la eficacia terapéutica del testimonio se diluyó.

Queremos subrayar la necesidad –metodológica y ética– de que el investigador distinga entre un testimonio dentro de un proceso terapéutico y una entrevista utilizada en el marco de una investigación en ciencias sociales. Historias como la de María del Carmen suelen ser “interesantes” para los investigadores sociales. Ella ilustra lo ocurrido en Chile a personas que, como ella, fueron dirigentes sociales populares. Tanto en los momentos críticos como en los años siguientes, muchos de ellos han sobrevivido a sus angustias, a sus pérdidas y dolores en medio de conflictos familiares, deterioros económicos, persecuciones reiteradas y otras adversidades. En general, esas personas aceptan contar sus vidas y sus experiencias represivas cuando alguien se los pide. Hemos visto cómo María del Carmen se sintió valorada cuando se habló de su detención en la prensa y en los tribunales, y cómo experimentó por un tiempo un cierto alivio a su situación emocional. Lo mismo pasa con muchos dirigentes: experimentan un gran bienestar emocional al ser considerados “interesantes” y al ser escuchados largamente. En la mayoría de los casos ese bienestar es transitorio, pero produce en los investigadores la ilusión de que hablar del pasado y de la vida de las personas ha sido benéfico para la persona entrevistada o al menos inofensivo. Si para unos la entrevista puede tener un efecto terapéutico, para otros puede ser devastador. Reactivar las angustias y vulnerabilidades ante el recuerdo de pérdidas personales o de épocas de su vida que fueron muy penosas, puede tener efectos muy dolorosos, pero en algunos puede ser también muy desestabilizador.

El testimonio de una víctima de represión política puede entenderse como un mapa de dolores que al recorrerlo reabre heridas y que requiere, por tanto, de un cierre con el protagonista o testigo, aunque, a simple vista, esos dolores parezcan estar amortiguados y sean casi invisibles. Un cierre que permita contener lo sucedido en el proceso de recordar y que destaque los recursos y fortalezas que han sostenido a la persona. La entrevista hecha en el marco de una investigación en ciencias sociales requiere tomar en cuenta estos aspectos a fin de resguardar la integridad psicológica del entrevistado.

La experiencia demuestra que un investigador atento y cálido puede conducir una entrevista en profundidad sin dañar al entrevistado, con la condición de que sea capaz de reconocer la emoción y la sensibilidad del otro y sus propios límites, es decir, pueda reconocer cuándo debe detenerse para no exponer a la persona entrevistada a mayores dolores. Para ello es necesario acordar previamente el sentido y el encuadre de la entrevista, tal como se hace en un proceso terapéutico, definiendo las reglas de la relación y los aspectos de la vida de la persona que quedarán fuera.

Otra diferencia a considerar es el tema de la “verdad”. Durante el período de negación extrema y de silencio que caracterizó a la dictadura era muy importante poder “decir” en la terapia lo que le había ocurrido a la persona. En términos psicológicos, eso implicaba una confirmación de la experiencia y una validación de las percepciones del consultante, desvirtuando la negación a la que había estado previamente forzado por la autoridad y continuaba estándolo a nivel público. Por ello, la psicoterapia daba particular importancia a la “voz propia” de la persona para decir “su verdad”.

La experiencia de la víctima, reinstaurada como verdad en un testimonio escrito, era parte de la denuncia de las violaciones de derechos humanos de la dictadura. Ello le permitía al propio denunciante reconocer su experiencia junto a la de otros a quienes les había ocurrido algo semejante. Había otras versiones con las cuales podía comparar su propia historia y concluir, tal vez, que se trataba de “una masacre en general”, como dijera un dirigente campesino al reflexionar sobre su experiencia como detenido.

Ahora bien, el relato de ese sujeto reprimido, la verdad reconstruida que confirma su experiencia –una experiencia que coincidía con la de muchos otros– no es la “historia de la represión”. Lo que se intentaba, en esos momentos, desde el ámbito terapéutico, era encontrar un sentido a lo vivido, dentro del curso de la propia existencia, situando lo ocurrido no en la “locura que nos afectó” –expresión sobre la época que desdibuja toda responsabilidad–, sino en el ámbito de un conflicto político nacional en el cual se había participado.

En suma, el testimonio entregado en el espacio terapéutico se asemeja, en muchos aspectos, a las historias de vida y otros relatos personales de la llamada historia oral, también a las historias clínicas y a los testimonios judiciales. Pero posee diferencias metodológicas importantes que tienen que ver con su finalidad específica: la de aliviar el padecimiento que aflige a la persona que consulta, y permitirle que retome el curso de su vida como protagonista de ella y no encerrado en la condición de víctima.

CONCLUSIONES

La práctica clínica desarrollada durante la dictadura militar en Chile permitió llegar a un nuevo saber sobre lo traumático, en particular su efecto sobre la memoria. Se pudo observar que las experiencias de amenaza vital percibidas como tales por los sujetos (es decir, la toma de conciencia de una amenaza de muerte) alteraban el funcionamiento de la memoria. Generaban, en algunos casos, un olvido masivo de la totalidad de la experiencia. La experiencia así como la operación de olvidarla se hacían inaccesibles a la conciencia. O, por el contrario, aparecía una suerte de amplificación de la memoria haciendo literalmente inolvidable lo vivido, en sus detalles y significaciones. El recuerdo se imponía e invadía la vida del sujeto, con imágenes recurrentes y angustias intolerables, que no daban tregua ni en el sueño ni en la vigilia.

La práctica clínica demostró también que, especialmente en el tratamiento de traumatizados, la catarsis era aliviadora e incluso podía incidir sobre algunos de los síntomas, pero que, casi siempre, era transitoria, porque el psiquismo se había reorganizado en función de la amenaza de muerte percibida. La disociación era la defensa más común ante la angustia experimentada. Los hechos podían ser relatados punto por punto, como si el relator fuera solamente un testigo ajeno e inconmovible. No bastaba solamente con volver al momento de la amenaza y recordar lo sucedido en ese entonces. Rehacer en la terapia el camino del “olvido” implicaba trabajar con lo que había vivido el sujeto también después del hecho traumático, recordando cómo la amenaza se había experimentado como “muerte” y se había inscrito en su historia, había cruzado sus vínculos, su trabajo y sus sueños.

El testimonio articulaba la experiencia individual con el proceso histórico en el que había ocurrido. Permitía entender cómo el proceso colectivo se entretejía con las vidas concretas que lo hicieron posible. Este entrecruzamiento permitía entender “qué me pasó a mí” como algo que había ocurrido a muchos otros, y este entendimiento acerca de “qué nos pasó” conducía ahora a un “por qué nos pasó”. Así del análisis sobre lo vivido individualmente se podía transitar a una revisión dialéctica de la catástrofe a la vez personal, familiar y del país, asumiendo un mayor juicio de realidad sobre lo sucedido. A este respecto, era importante que el consultante pudiera percibir los límites explicativos de versiones que, o bien enfatizaban únicamente las culpas individuales, o bien pretendían excluir toda responsabilidad personal, situando el peso de los acontecimientos únicamente en la conspiración política.

Finalmente, había que tener en cuenta que no todos los consultantes experimentaban alivio al contar su historia. Muchos de ellos la contaban de manera disociada, manteniendo las defensas estructuradas a partir del trauma. No necesariamente el mero hecho de reconstituirla podía tener algún efecto percibido positivamente por la propia víctima. Muchos pacientes decían expresamente que querían olvidar y que no querían volver a hablar nunca más de lo que les había sucedido, especialmente en relación con experiencias denigrantes y atroces.

Por otra parte, nuestra experiencia terapéutica nos mostró cuán persistente es la creencia de que es posible y recomendable olvidar. Sin embargo, la capacidad de olvidar suele ser el resultado del proceso de recordar y elaborar el pasado hasta lograr estar en paz con la verdad propia y con la verdad de los hechos.

La tragedia griega interpretaba como resultado del “destino” aquellas partes de la vida que le tocaba vivir a un ser humano y sobre las cuales no tenía control alguno. Al mismo tiempo, subrayaba que lo propio de lo humano era luchar para vivir de acuerdo a su condición, es decir no resignarse al destino.17 Transmitía a los asistentes el horror ante la violencia, la muerte y el daño devastador e irreparable del abuso de poder, especialmente cuando se producía entre cercanos y parientes. Buscaba exponer los dilemas del perdón, de la venganza, el odio, así como también de la generosidad, de la lealtad y el amor. Los asistentes se identificaban emocionalmente con la acción dramática. Las reacciones de piedad, conmiseración, horror y tristeza ante los personajes y los acontecimientos dramatizados eran tanto mayores cuando resonaban en sus vidas más allá de las meras referencias políticas. Al invitar a sentir y pensar sobre un hecho que había afectado a una comunidad, la tragedia operaba, no obstante, como una escenificación potente de algunos dilemas básicos de la convivencia humana, cuya significación traspasaría los siglos.

Durante los años de la dictadura “recordar” y “mantener la memoria” fue un tema de las víctimas. “No olvidar” era su respuesta permanente, fraguada desde las lealtades viscerales con sus muertos, sus proyectos y sus esperanzas, ante la propuesta de olvidar del régimen que se manifestaba en los discursos de la vida diaria. Contar lo sucedido, buscar la verdad acerca de ello tenía a veces un efecto ritual aliviador precisamente porque “mi relato se preservaría como una historia externa a mí, independiente de mi recuerdo” y entonces “yo podría tal vez olvidar” o, al menos, “no tendría que tener el compromiso de recordar en forma permanente”.

Las víctimas que atendimos luchaban para que se instalara en la sociedad la responsabilidad por la memoria más allá de sí mismos. Tal vez la dramatización de la tragedia griega respondía a la necesidad de delegar la responsabilidad de no olvidar mediante un testimonio a varias voces que interpelaba a sus contemporáneos. Tal vez la tragedia griega al dramatizar acontecimientos reales o verosímiles de la historia, que cruzaban y destruían las vidas de sus protagonistas en conflictos políticos y personales, los liberaba de tener que sostener la memoria como tarea individual.

NOTAS

1. Ministerio del Interior. Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Santiago: 2005, pp. 203-221. Las cifras mencionadas corresponden a los declarantes ante la Comisión. Es probable que el número sea mayor.

2. Eugenia Weinstein, Elizabeth Lira y Eugenia Rojas. Editoras. Trauma, Duelo y Reparación. Santiago: FASIC e Interamericana, 1987.

3. El Decreto Ley 504 de abril de 1975 permitió que los presos condenados por consejos de guerra conmutaran la pena de cárcel por extrañamiento (exilio).

4. Patricio Orellana y Elizabeth Q. Hutchison. El Movimiento de Derechos Humanos en Chile 1973-1990. Santiago: CEPAL, 1991.

5. Ana Julia Cienfuegos y Cristina Monelli. “El testimonio de experiencias políticas traumáticas como instrumento terapéutico”. Crisis política y daño psicológico. Lecturas de psicología y política. Tomo 2, pp. 78-88. Colectivo Chileno de Trabajo Psicosocial, 1982 (sin pie de imprenta). Un análisis más completo se publicó con el título “The testimony of political repression as a therapeutic instrument”. American Journal of Orthopsychiatry. Nueva York: enero 1983, pp. 43-51. Otra versión se encuentra en Elizabeth Lira y Eugenia Weinstein (editoras). Psicoterapia y represión política. México: Siglo XXI, 1984, en el capítulo “El testimonio de experiencias políticas traumáticas como instrumento terapéutico”, pp. 17-34.

6. El régimen militar presionó a las iglesias para impedir esas denuncias. La presión ejercida determinó el cierre del Comité de Cooperación para la Paz en 1975, lo que decidió al Cardenal Silva Henríquez a fundar la Vicaría de la Solidaridad, que continuó su labor.

7. Ana Catalina Rodríguez de Ruiz Tagle “Detenidos Políticos, Sufrimiento y Esperanza”. Mensaje. Volumen 26, núm. 275, diciembre 1978, pp. 777- 783.

8. Judith Herman. Trauma and Recovery. Basic Books, 1992. En el capítulo 1, “A forgotten history”, la autora desarrolla extensamente los antecedentes de la investigación clínica sobre el trauma desde el siglo XIX hasta la actualidad.

9. Véase Jean Paul Sartre. Freud. Madrid: Alianza Editorial, 1985, p. 159 y ss. Este libro corresponde al guión que hiciera Sartre para un film sobre Freud. Fue publicado póstumamente bajo el título Le Scénario Freud. París: Gallimard, 1984.

10. El testimonio de un dirigente campesino torturado registrado entre 1975 y 1976, me mostró la importancia que tenía para una persona denigrada y destruida situar la experiencia represiva en el contexto de la historia de su vida y de los valores morales y religiosos que lo habían inspirado en su actuación política. Elizabeth Lira. La psicología del compromiso cristiano. Santiago: Instituto Latino Americano de Doctrina y Estudios Sociales. Tesis, 1976.

11. Elizabeth Lira y Eugenia Weinstein. “El testimonio de experiencias políticas traumáticas como instrumento terapéutico”. Elizabeth Lira y Eugenia Weinstein (editoras). Psicoterapia y Represión política. México: Siglo XXI, 1984, pp. 17-34.

12. Los testimonios fueron realizados en 1978. Se encuentran en un manuscrito no publicado sobre algunos casos atendidos entre 1978 y 1980.

13. Se refiere al secuestro y posterior asesinato del político italiano Aldo Moro, presidente del Partido Demócrata Cristiano de Italia. Sus captores, las Brigadas Rojas, abandonaron su cadáver el 9 de mayo de 1978 en un callejón de Roma.

14. El análisis de estos casos está en el capítulo de Elizabeth Lira. “Sobrevivir. Los límites de la psicoterapia”. E. Lira y E. Weinstein (editoras). Psicoterapia y represión política. México: Siglo XXI, 1984.

15. Rosario Rojas de Astudillo et al. Memorias contra el olvido. Santiago: Editorial Amerinda, 1987.

16. “Una triste lección para Chile: Comunidad Esperanza. Protesta 12 de julio 1983”. 1983, manuscrito.

17. Aristóteles. Poética. Caracas: Monte Ávila, 1991.

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Trauma, duelo, reparación y memoria. Elizabeth Lira

RESUMEN

El articulo describe y reflexiona Acerca de la Experiencia de Trabajo psicosocial y terapéutico Realizado Con Víctimas de violaciones de Derechos Humanos DURANTE El Régimen Militar en Chile (1973-1990) . Esta experiencia contribuyó la inclusión uno de la Atención Médica y Psicológica en Las Políticas de Reparación del Estado à partir de 1990.

PALABRAS CLAVE

Trauma, duelo , Reparación , Verdad, Impunidad , Justicia, olvido , memoria .

RESUMEN

El artículo describe y reflexiona sobre la experiencia de trabajo psicosocial y terapéutico llevado a cabo con las víctimas de violaciones de derechos humanos durante el régimen militar en Chile (1973-1990) . Esta experiencia contribuyó a la inclusión de la atención médica y psicológica en las políticas de reparación del Estado desde 1990. La evolución en los modos de tratamiento y la intervención psicosocial se discuten a la luz de las tareas y los dilemas que surgen en el contexto de transición política : el reconocimiento y la reparación de las víctimas , la verdad o la ocultación de los crímenes , la justicia contra la impunidad; olvido o diferentes formas de memoria y su impacto en las vidas de las víctimas y sobre el proceso de reconciliación política.

 

 

Las transiciones políticas desde dictaduras o guerras civiles a regímenes democráticos suelen empezar con países divididos y cargados de un pasado que sigue siendo presente para un gran número de personas, por cuanto sus vidas han estado cruzadas por el conflicto y sus consecuencias. Con frecuencia se hacen llamados a la reconciliación en nombre de la patria común, invitando a superar el pasado conflictivo. Pero los desplazados, los que perdieron a sus familiares que fueron secuestrados, desaparecieron o fueron asesinados, los niños que no tuvieron infancia y que vivieron bajo la amenaza y el miedo no siempre pueden dar vuelta a la página para empezar de nuevo como si no hubiera pasado nada. Los procesos de reconciliación política suelen recurrir a leyes de amnistía que buscan instalar el olvido jurídico y político sobre las responsabilidades criminales ocurridas en un pasado que se resiste a pasar al olvido y que suele convertirse en un presente asfixiado de exigencias y contradicciones para muchos. Por otra parte, la proclamación del olvido como fundamento de la paz social no tiene en cuenta el efecto del conflicto sobre las víctimas e impone, de diversas maneras, una resignación forzosa ante los hechos consumados y a la impunidad subsecuente. Diversas voces han señalado que tanta violencia no puede pasar por la historia como si no hubiera sucedido nada y que la reconciliación requiere hacerse cargo del pasado y reconocer y reparar a las víctimas, incorporando sus memorias y la memoria de la lucha, mediante condiciones de justicia y equidad como ejes de la construcción democrática actual y futura. Emerge así una lucha de visiones y de interpretaciones del pasado y de los procedimientos necesarios para superar sus consecuencias, que coexisten conflictivamente en los espacios políticos de transición. ¿Cómo entender la reconciliación política? ¿Puede ser posible basar la reconciliación política en el reconocimiento de los derechos de todos o es imperativo fundar la paz en la impunidad sobre el pasado?

La prolongación de la violencia por años o décadas genera acostumbramiento. Paradójicamente, la denuncia que se repite una y otra vez contribuye a que, para la mayoría de esa sociedad, esos horrores se vuelvan invisibles y que el trauma y el sufrimiento se transformen en un asunto privado de las víctimas. Cuando las violaciones de Derechos Humanos se tratan políticamente como si no hubiesen existido o, de haber existido, como el costo necesario de la paz, es como si estas sociedades se convirtieran metafóricamente en sociedades ciegas, sordas y mudas al dolor y al horror, donde las voces no resuenan porque no hay nadie que escuche. La mudez y la sordera parecen provenir del miedo. El miedo a la muerte asociado a la violencia que se transforma en un miedo generalizado e inespecífico de muchos, a veces de casi todos, dependiendo de su lugar dentro de la sociedad. El miedo los (nos) hace o nos haría cómplices de esta mudez y sordera y de los hechos que las provocan. En una sociedad con torturados, muertos y desaparecidos, de alguna manera casi todos han (hemos) sido afectados por el terror causado por las amenazas de muerte que circulan en la sociedad. Un sector, casi siempre minoritario, reacciona moralmente con una fuerte indignación ante la denuncia de las violaciones a los derechos de las personas, buscando incidir en la voluntad de terminar con dichas violaciones y producir cambios políticos. Pero en casi todas las sociedades existe un sector importante que ha respaldado la política represiva y se ha identificado con el proceder de las autoridades, valorando sus actuaciones como actos necesarios en defensa del bien común.

El final del conflicto implica hacerse cargo de las tensiones surgidas de estas distintas visiones, establecer el imperio de la ley y el reconocimiento de los derechos de todos, garantizando mediante condiciones legales, culturales y políticas que estos hechos no se repetirán. No obstante, las razones profundas por las cuales la violencia llegó a ocurrir entre nosotros suscitan más polémica que la situación misma. Hay muchos elementos que provienen de raíces históricas y políticas sobre las cuales no hay todavía (y tal vez nunca habrá) un consenso nacional. Por eso la tarea de establecer la paz toma tantos o más años que los que fueron necesarios para generar las condiciones del conflicto, y, quizás, los años necesarios para producir este proceso de comprensión tomarán más tiempo que el resto de nuestras vidas.

Cada sociedad ha debido enfrentar el conflicto y sus consecuencias desde su historia y condiciones políticas, con los valores y principios y visiones políticas de su gente, con su capacidad de forjar dimensiones de responsabilidad compartida sobre el futuro, con el fin de detener la multiplicación de las víctimas y hacerse cargo de éstas. En algunos países se desarrollaron esfuerzos de solidaridad, apoyo y reparación de las víctimas, a pesar de que el conflicto no había terminado, sirviendo de base a políticas oficiales posteriores. En otros, aunque el conflicto se dio por terminado, las medidas de reconocimiento y reparación respondieron a iniciativas oficiales débiles y ambiguas. En todos los casos, las personas afectadas por la violencia de las dictaduras y los conflictos armados han visto profundamente alteradas sus vidas, con graves consecuencias. En varios países los profesionales de salud mental se preocuparon por las víctimas desde instituciones solidarias o a título personal. Esos profesionales funcionaron como “delegados” (informales) de la sociedad, asumiendo la responsabilidad de trabajar con las víctimas desde sus saberes y competencias, pero también desde las limitaciones de su rol y ubicación social, que, casi siempre, era, a pesar de todo, marginal. En algunos países la reparación ha sido una política pública que incorporó servicios de salud mental. En ese contexto, los agentes de salud mental se constituyeron en “delegados” formales de la sociedad, como en el caso del Programa de Reparación Integral de Salud (PRAIS) para las víctimas de las violaciones de Derechos Humanos ocurridas en Chile entre 1973 y 1990 (ILAS 1994, 1997). Este programa fue creado acogiendo las recomendaciones de la Comisión de Verdad y Reconciliación (Lira y Loveman 2005).

En este artículo se reflexiona acerca de la experiencia de trabajo psicosocial y terapéutico efectuado en Chile durante el régimen militar (1973-1990) y lo que hemos aprendido en ese trabajo como profesionales de salud mental y como ciudadanos y ciudadanas comprometidos con la paz social y el respeto de los Derechos Humanos.

Las demandas de Las víctimas: Verdad, Justicia y Reparación

Las víctimas han reclamado esclarecer lo que les ha ocurrido a ellas y a sus familiares exigiendo la verdad. Parte de la verdad general y particular se alcanza en las comisiones de la verdad al establecer los hechos sucedidos y los nombres de las víctimas. En los tribunales de justicia, la verdad judicial es particular y posibilita identificar las circunstancias en que ocurrieron los hechos, las víctimas y los responsables en cada caso. La verdad que falta, casi siempre, es la verdad de los sufrimientos, de los temores y sueños de las víctimas y la conexión de sus vidas con la historia de violencia, del conflicto y de la resistencia en el país, permitiendo identificar los significados que estas experiencias han tenido y tienen para ellas.

Las víctimas han reclamado justicia ante los tribunales, con resultados variables, casi siempre precarios. En la mayoría de los casos, los procesos judiciales han demorado décadas en lograr el esclarecimiento de los crímenes que las afectan. En algunos casos, el castigo a los responsables llega muy tarde; los perpetradores son ancianos mentalmente deteriorados y, para más de uno, el pasado y el presente se han borrado de su mente, perdiendo sentido toda acción de justicia. Otros han sido sentenciados como culpables, pero insisten en haber salvado a la patria de sus enemigos y afirman que, de verse enfrentados nuevamente a situaciones semejantes, procederían de la misma forma. No obstante, y a pesar de todas esas limitaciones, la justicia puede desempeñar un rol político pacificador e inhibir las venganzas y la justicia por mano propia. Puede cumplir también un rol terapéutico al confirmar la experiencia de las víctimas (que ha sido negada por décadas), cuando el juez define como delito el atropello y la injusticia sufridos por las personas, ordena el castigo de los perpetradores y determina medidas de reparación.

La no sanción de los crímenes es una forma de negación de que se trata de crímenes. A veces la negación es anterior a la instancia judicial. Ocurre cuando una autoridad declara que tales hechos nunca sucedieron. De esas formulaciones hay numerosos ejemplos. También se observa cuando se reivindican los hechos como actos necesarios en nombre del bien común, lo que constituye una re-negación del sentido que tiene para quienes fueron afectados por ellos. Esta posición favorece la perpetuación de los resentimientos, puede estimular las venganzas y reeditar el conflicto. El equipo de asistencia psicológica de CELS en Argentina señaló hace ya 20 años que “la vigencia de la impunidad en democracia evoca el terror impuesto […] y, por consiguiente reaparece la parálisis, la fragmentación, la marginación económico social, el silencio, el miedo, la dificultad de organizarse, de imaginar un proyecto” (CELS 1989; ILAS 1989). Esa situación parece forzar a las víctimas a asumir el daño experimentado, la exclusión y el abuso como si no hubiese responsables y como si el Estado no tuviera la responsabilidad de restablecer el orden y el imperio de la ley, es decir, de garantizar el reconocimiento de los derechos de todos. Si estas situaciones se mantienen, las víctimas pueden sumirse en el desamparo, la desolación y el aislamiento o seguir reclamando sus derechos sin tregua y hasta su muerte, intentando resistir la privatización de las consecuencias de la violencia, devolviéndolas una y otra vez al espacio público y político en el que ocurrieron, denunciando que fueron actos abusivos de agentes del Estado.

Cuando las autoridades se hacen cargo efectivamente de la verdad y la reparación como política de Estado, y de garantizar el ejercicio independiente de la justicia, las víctimas pueden recuperar su libertad como ciudadanos, para dejar estas tareas en manos del Estado, de la sociedad civil, o continuar activamente en ellas, si así lo deciden, pero sin la presión moral de tener que desempeñar el rol de voceros incansables de la injusticia y el abuso de sus seres queridos y de ellas mismas.

La reparación es un proceso. La indemnización por el daño causado o una placa en memoria de una o más personas pueden formar parte de medidas de reparación. Pero la reparación social se funda, en primer lugar, en el reconocimiento de que los hechos ocurrieron efectivamente y que constituyeron una injusticia y un abuso, al violarse derechos fundamentales de las personas y las comunidades. La reparación opera mediante un cambio en la actitud social y cívica de las autoridades al asumir la responsabilidad por lo sucedido y sus consecuencias, mediante gestos simbólicos y acciones directas, y cuyo propósito es desagraviar y resarcir esos agravios y daños identificados. ¿Qué medidas y acciones forman parte de las políticas de reparación por parte del Estado en cada circunstancia? ¿Qué es lo que hace o puede hacer la sociedad civil? ¿Qué es lo que las víctimas identifican, requieren y demandan como reparación? Parece obvio que la reparación no se agota en la verdad ni en la sanción judicial de los responsables, pero ambos elementos forman parte del proceso que conduce a la percepción de las víctimas de sentirse reparadas, no obstante considerar que las experiencias y las pérdidas vividas son por definición irreparables.

La reparación se funda en el reconocimiento de las víctimas y de sus derechos; en la afirmación de que a causa de los atropellos han experimentado daños y sufrido diversas consecuencias en sus cuerpos y mentes que han llegado a afectar gravemente a sus familias, sus vínculos cercanos, y la vida de la comunidad a la que pertenecen. El trabajo terapéutico y psicosocial forma parte del proceso de reparación. Se basa en la recuperación de los recursos propios de las personas para reconquistar su condición de sujetos activos y participativos, de ciudadanas y ciudadanos con derechos. La reparación, en su dimensión moral y subjetiva supone que las víctimas pueden tramitar procesos de elaboración y discernimiento que permitan asumir lo vivido como parte de su propia historia, y, al mismo tiempo, moverse del lugar de víctimas, recuperando su autonomía personal. Por su parte, la doctrina de Derechos Humanos señala como estrategias principales de las políticas de reparación asegurar formas de restauración, rehabilitación, compensación e indemnización a las víctimas por los daños causados (Comisión de Derechos Humanos, ONU 2003). Las intervenciones psicosociales y terapéuticas se inscriben en esos valores y forman parte de esas estrategias.

Lo que hemos aprendido

Las violaciones de Derechos Humanos tuvieron lugar en Chile como consecuencia de la intervención militar en 1973. Las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno democráticamente elegido que encabezaba Salvador Allende como presidente de la República, apoyado por la Unidad Popular, coalición política de izquierda que llevaba a cabo un proyecto de “transición al socialismo”. El Presidente se suicidó en el Palacio de Gobierno el 11 de septiembre y el régimen militar se instaló con muy poca resistencia, controlando completamente el país antes de terminar el día. En pocas horas miles de personas fueron detenidas y sometidas a torturas en más de 1.200 recintos a lo largo del país. Se declaró el estado de sitio, entendido como estado de guerra, y se instalaron consejos de guerra para procesar a los detenidos. Miles de personas fueron ejecutadas como resultado de juicios sumarísimos; otras tantas murieron como consecuencia de las torturas. Miles de ellas recibieron condenas de cárcel; otras fueron expulsadas del país. Los partidarios del gobierno derrocado fueron catalogados y tratados como “enemigos” de la patria (Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación 1991; Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura 2004).

La asistencia legal, social, médica y psicológica a las personas perseguidas se organizó a inicios de octubre de 1973 con el respaldo de las iglesias, en particular, de la Iglesia católica.[1] Los abogados que iniciaron la defensa de las personas ante los tribunales de justicia identificaron la necesidad de apoyo y acompañamiento psicosocial de las víctimas y sus familias, y recomendaron que se buscaran formas de atención psicológica porque su estado mental parecía gravemente alterado. Algunos profesionales se acercaron a los organismos solidarios y ofrecieron sus servicios en los organismos de Derechos Humanos. Otros ofrecieron horas de atención en sus consultas privadas. Algunos años después, se organizó formalmente la atención psicológica en los organismos de Derechos Humanos, en la Vicaría de la Solidaridad (desde 1976), en la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (desde 1977) y en la Corporación de Derechos del Pueblo (desde 1980).

Estos equipos de atención fueron la primera instancia en la que se constataron las graves consecuencias de la represión política sobre las personas y sus familias. Los consultantes eran personas que habían sido secuestradas y torturadas; familiares de ejecutados políticos, personas que habían sufrido condenas y encarcelamiento por varios años y salían al exilio, conmutando la pena de cárcel por el extrañamiento (Garcés y Nicholls 2005). Consultaban también familiares de detenidos desaparecidos, y, desde 1981, consultaron también personas y familias que retornaban al país desde el exilio, mientras que muchos continuaban saliendo del país para proteger sus vidas. La mayoría de quienes consultaban tenían condiciones económicas precarias, no tenían trabajo y, con frecuencia, presentaban enfermedades de diverso tipo que, muchas veces, eran secuelas de la tortura y del confinamiento en condiciones extremadamente insalubres. Los encuadres del trabajo de atención psicosocial eran flexibles. Se ofrecían diversas formas de trabajo grupal y terapia ocupacional, atención familiar y consultas individuales, y, según las necesidades, se proporcionaba atención médica y psiquiátrica en los casos que la requerían. Frente a situaciones de crisis aguda o de emergencia la respuesta era una atención médico-psiquiátrica, indicándose algunos medicamentos o una intervención psicoterapéutica de tipo breve, dentro de los enfoques teóricos y clínicos predominantes en el país en ese momento, sin mayores diferencias teóricas o prácticas entre los equipos de salud mental existentes.[2]

El enfoque de trabajo de los equipos terapéuticos de los organismos de Derechos Humanos fue evolucionando a lo largo de los años. Hubo intercambios con grupos de otros países, y en Santiago, una coordinación eficaz entre los equipos de diversas instituciones. El trabajo en las regiones se empezó a desarrollar, con muchas limitaciones, a mediados de la década de 1980, debido principalmente al riesgo de sufrir represión por parte de las autoridades. Sin embargo, hacia finales de la dictadura se habían creado equipos de salud mental en cinco regiones, sostenidos por algunos profesionales apoyados por organismos de la Iglesia católica o la Iglesia metodista, según las regiones. La orientación psicoterapéutica de los equipos de salud mental surgió desde una posición de indagación y búsqueda, una actitud crítica frente a los instrumentos clásicos de diagnóstico, con una clara perspectiva dinámica, en la cual la comunicación y el vínculo, la simbolización y la sintomatología se ubicaban en un contexto social y político real. El equipo del Programa Médico Psiquiátrico de la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC) fue el más completo y numeroso de profesionales de salud mental durante casi 10 años (1977-1987), y estuvo formado en sus primeros cinco años solamente por mujeres. Tuvo integrantes que tenían formación psicoanalítica, y otras tenían formación médico-psiquiátrica; algunas se habían formado en terapia familiar sistémica, y otras, en psicología social. Esta combinación permitió una gama muy amplia de posibilidades para los tratamientos que ofrecían, pero también una discusión permanente entre visiones diferentes que enriquecieron la manera de analizar las situaciones y conceptualizar el padecimiento de los pacientes. El equipo dedicó tiempo a lecturas inspiradoras de diversos autores que habían reflexionado sobre su práctica profesional desde experiencias que podrían considerarse análogas. Entre ellos cabe destacar a Carlos Castilla del Pino (1972 y 1974), quien desarrolló la mayor parte de su práctica clínica durante el franquismo en España, aunque nunca se refirió expresamente a la relación política específica. También se tuvieron muy en cuenta algunos autores argentinos, como José Bléger (1977), Armando Bauleo (1969 y 1971) y, especialmente, Marie Langer (1981 y 1987) y un grupo de psicólogos latinoamericanos en el exilio, en México, quienes fueron consejeros a distancia del equipo de FASIC.

La lectura de diversos autores hizo parte de la formación de enfoques y criterios comunes en el equipo, buscando comprender mejor los conceptos asociados a trauma, experiencias traumáticas y procesos terapéuticos. Entre ellos, Franz Fanon, autor de Los condenados de la Tierra, prologado por Jean-Paul Sartre, contribuyó a una visión que integraba el análisis de experiencias políticas diversas al esfuerzo de teorizar las consecuencias de la violencia y la tortura.[3] Un lugar relevante tuvo la revisión de los escritos de Bruno Bettelheim (1973 y 1982). La descripción de su experiencia como prisionero en un campo de concentración y su conceptualización de las “situaciones límites” como experiencias vitales asociadas a la percepción de un peligro de muerte dentro de un contexto amenazador e ineludible fueron un marco de referencia importante. En la época estaba disponible una literatura variada sobre las experiencias vinculadas al Holocausto, que tenían alguna relación, a pesar de sus diferencias, con los problemas de los consultantes. Esos documentos y los otros escritos mencionados tuvieron como función incitar la reflexión y la construcción de un enfoque propio que respondiera al contexto político y a los padecimientos de las víctimas. El trabajo se realizaba en un marco institucional limitado por las riesgosas condiciones de la época. Por esta razón, las modalidades de trabajo fueron inicialmente intervenciones en crisis, que se fueron transformando progresivamente en modalidades flexibles y abiertas a las necesidades de los y las consultantes, sin las restricciones de un trabajo acotado en el tiempo por las condiciones institucionales.[4]

Aprendimos que la asistencia psicológica debía sustentarse en un reconocimiento del doble carácter de las consecuencias de las violaciones a los Derechos Humanos en la vida de las personas. Por una parte, se trataba de efectos emocionales y materiales, expresados en dolores, enfermedades, sufrimientos y conflictos interpersonales. Por otra, se trataba de fenómenos de origen y significación política vinculados con sus proyectos vitales, sociales, y su participación política. Considerábamos que era fundamental la construcción de un vínculo de trabajo, que denominamos comprometido, para diferenciarlo de cualquier otro vínculo terapéutico o social. Implicaba una actitud éticamente no neutral frente al padecimiento del paciente, entendiendo que el trastorno o la alteración que presentaba era el resultado de una agresión infligida deliberadamente por sus ideas o actuaciones políticas por parte de agentes del Estado (Lira y Weinstein 1984). El vínculo terapéutico comprometido implicaba facilitar y restablecer la capacidad de confiar, a través de la construcción de una relación real. La comunicación estaba centrada en los hechos sufridos por las personas, que –a pesar de su carácter abrumador, atemorizador o doloroso, y de ser parte de una realidad socialmente negada– podían ser reconstituidos y contenidos en el espacio privado de la relación terapéutica. Este modo de trabajar implicaba confirmar la experiencia vivida como un hecho realmente sucedido. Esta función fue retomada, en cierta forma, por las comisiones de la verdad, en las que se producía la escucha del Estado, confirmando y validando la experiencia vivida desde un lugar simbólico. El reconocimiento de la persona y su padecimiento en diversas instancias privadas y públicas generaba posibilidades de reparación que se conectaban y que podían complementarse, adquiriendo un potencial terapéutico relevante.

La conceptualización acerca del contexto político iba unida a la discusión acerca del trauma y las experiencias traumáticas que eran resultado de la violencia política. Las torturas, los secuestros, desapariciones y asesinatos, el exilio, la relegación, los amedrentamientos y allanamientos masivos eran entendidos como situaciones específicas potencialmente traumáticas, que atentaban contra la vida y la identidad de las personas, afectando negativamente su condición de miembros de una sociedad y su calidad de sujetos sociales activos y participativos.

La tortura, el desaparecimiento de un hijo o el asesinato del padre pueden constituirse en un trauma, como ocurre con el abuso sexual en los niños y adultos. Observamos que, en el contexto de la dictadura, las situaciones de secuestro, tortura, desaparición de un familiar u otras –una o varias, acumulativamente– presentaban sintomatologías semejantes a experiencias traumáticas de otro origen. Con frecuencia, se aplicaba el diagnóstico de estrés postraumático, al observarse la sintomatología descrita. En varios países, este diagnóstico contribuía a una decisión favorable de las autoridades para otorgar la condición de refugiado, especialmente en California, durante la década de 1980, lo que contribuyó a su aplicación frecuente para favorecer la inserción de exiliados por razones políticas que se encontraban como ilegales en Estados Unidos (Quiroga 2005). No obstante, este diagnóstico basado en los síntomas era, a nuestro juicio, insuficiente para dar cuenta de las situaciones de alteración emocional que observábamos. Un elemento adicional era la dificultad de considerar la dimensión pos. Las situaciones eran más bien acumulativas y podrían repetirse mientras se mantuviera la situación política, de manera que la experiencia no sólo podría volver a ocurrir sino que existía el temor constante ante la posibilidad de que se repitiera efectivamente. Más bien nos preguntábamos: ¿Cuál es la particularidad traumática de cada una de estas experiencias ligadas a la violencia política? Nos parecía que era preciso responder a esta pregunta de manera específica para cada caso, pues cada una de las situaciones (tortura, desaparición de un familiar) podría dar lugar a un trauma psicológico específico.

Es importante recordar que las violaciones de Derechos Humanos eran y son el resultado de decisiones tomadas por agentes políticos, que se materializan en la acción de unos seres humanos, que se transforman en victimarios, contra otros seres humanos, que se constituyen en víctimas. Las consecuencias en las víctimas se diagnostican identificando los síntomas y las alteraciones observados, que, aunque son semejantes a otras situaciones traumáticas, cobran sentido para la víctima, en la medida en que se enmarcan y se comprenden en el contexto político en el que ocurrieron, al mismo tiempo que se entienden en relación con el contexto de la vida y proyectos de cada persona. De este modo, la situación puede ser experimentada de formas muy diversas por un militante político, en comparación con una persona que no lo es, pero también puede haber muchas diferencias, de acuerdo con la edad, la experiencia, las creencias religiosas y la manera de ser de cada persona.

Definimos en esa época que el proceso terapéutico tenía como propósito trabajar en la reparación de las repercusiones de la violencia política sobre personas dañadas y traumatizadas que consultaban pidiendo ayuda en relación con lo que les estaba sucediendo. Lo que se intentaba era restablecer la relación del sujeto con la realidad, buscando recuperar su capacidad de vincularse con las personas y las cosas, de proyectar su quehacer y su futuro, mediante un mejor conocimiento de sí mismo y de sus propios recursos, y también mediante la ampliación de su conciencia respecto a la realidad que le tocaba vivir (Weinstein, Lira y Rojas 1987). Recuperar la salud mental implicaba retomar el curso de la vida integrando el pasado participativo, enfrentar las experiencias represivas con su horror y sus secuelas, y el presente con todas sus dificultades y contradicciones.

Esta modalidad terapéutica se hacía cargo del contexto histórico y político y buscaba promover la autonomía de la persona en todos los ámbitos de funcionamiento personal. Los objetivos se acordaban en las primeras sesiones, a partir de los motivos de consulta, y eran varios. Podían dirigirse al alivio de los síntomas, especialmente los estados de ansiedad e insomnio. Con frecuencia, el tratamiento implicaba interconsultas médicas en el equipo y alguna medicación que aliviara las reacciones agudas. La sintomatología era entendida como expresión de un conflicto vital actual en la lucha por sobrevivir y procesar las consecuencias de la agresión sufrida; por tanto, se buscaba responder a la pregunta “¿Por qué me ocurrió esto a mí?” en un contexto biográfico, político y circunstancial muy específico. En muchos casos la experiencia reciente se acumulaba en una historia vital que potenciaba su impacto y significado, que hacía necesario ampliar los objetivos iniciales del trabajo terapéutico. La historia personal y la experiencia represiva estaban ligadas desde el inicio. Sin embargo, poner fin al horror en la propia historia personal generaba deseos de olvido, que se contradecían inevitablemente con la voluntad política de no olvidar, que suele ser expresión de la resistencia de las víctimas. Esa tensión formaba parte del proceso.

Las pérdidas de vidas de personas queridas y el malogramiento de los proyectos personales tienen una dimensión irrecuperable y abrumadora en un contexto marcado por la impotencia de las víctimas ante los hechos consumados. El proceso terapéutico puede posibilitar reconocer el significado de lo vivido y rescatar lo reparable en un conjunto de experiencias vitales marcadas por lo irreparable. Asumir las pérdidas implica una compleja tarea, que supone descubrir lo destruido en uno mismo, es decir, reconocer la vivencia de muerte alojada en la propia interioridad. En este contexto, poder tramitar el duelo por todo lo perdido implica iniciar un proceso de elaboración que permita una desidentificación con lo amado perdido o muerto (Caruso 1975). Esto requiere poder diferenciar el muerto y el viviente (el que ha muerto y lo que ha muerto y la vida del sobreviviente). Dicho de otra manera, se trataba de transitar desde la posición de víctima a la de sobreviviente y ciudadano.

Estas distinciones requieren ser especificadas según la naturaleza de cada situación. En los casos de detenidos desaparecidos, cabe señalar que la pérdida era y es experimentada inicialmente como una ausencia forzosa, una separación que se teme sea definitiva, pero que se espera revertir con la aparición con vida del desaparecido. Las autoridades no se hacen cargo de la desaparición (aunque son las responsables). Los recursos de amparo ante los tribunales no tienen resultados. La indefinición y la ambigüedad de las autoridades sobre la suerte del desaparecido obligan a la familia a mantener constantes la búsqueda y la demanda ante los tribunales de justicia para que la situación se resuelva. En el caso de Chile, la mayoría de las familias todavía buscan a sus desaparecidos. Aunque el Estado ha asumido responsabilidades políticas en los hechos, no se han encontrado los restos para darles sepultura, y en muy pocos casos los responsables han contribuido a dilucidar cuál fue el destino final de los desaparecidos. Un problema adicional ha sido la identificación de los restos encontrados, que ha tomado décadas. Con el paso de los años, la búsqueda se ha hecho irrenunciable, tanto si la mueven el afecto y la lealtad familiar con el desaparecido, como si la denuncia pública y política se hace en nombre de los derechos de todos y del imperio de la ley como fundamento de la convivencia democrática.

Durante la dictadura, en la vinculación entre contexto y efectos traumáticos de la violencia política –a juicio de los equipos psicosociales de la época–, se requería analizar algunos procesos psicosociales desencadenados por la represión política. Uno de ellos era la percepción de amenaza desde las personas y los grupos sociales. Describimos en esos momentos como amenaza política la práctica de violaciones de Derechos Humanos como política del régimen y la respuesta de miedo generalizado de amplios sectores de la sociedad. El miedo movilizaba vivencias de impotencia e indefensión ligadas a la inminencia de pérdidas y al riesgo vital, permaneciendo como una huella invisible en la interioridad de cada sujeto y en la vida social, incluso mucho tiempo después de haber cesado la amenaza directa (Lira y Castillo 1991).

La desconfianza erosionaba las relaciones sociales y diluía los esfuerzos políticos de unidad para terminar con la dictadura y construir el proceso de transición a la democracia. El final del régimen abría perspectivas de cambio, pero este último era, en muchos sentidos, una amenaza a las adaptaciones y equilibrios logrados durante el conflicto, por desajustados que ellos fueran. En cierta forma, el miedo operaba como motivación para la supervivencia y, a la vez, la adaptación a la situación, inhibiendo los recursos, las capacidades y los esfuerzos para cambiarla (Martín Baró 1990). ¿Cómo entender la tarea de reparación individual y social en un escenario político en transición o declarado en transición? ¿Cuáles eran y son los desafíos y dificultades que se presentaban y se presentan al trabajo psicológico de reparación en un contexto político en el que se mantiene la violencia?

Otros temas sobre los que podemos reflexionar

Cuando iniciamos el trabajo de atención clínica y terapéutica carecíamos de conocimientos eficaces y de la experiencia suficiente para abordar las consecuencias individuales y colectivas de la violencia que existía en la sociedad y que se concretizaba en las diversas formas de represión política, especialmente en la tortura. Para cada persona la experiencia de violencia y destrucción, con sus consecuencias de pérdidas, duelos y rabias, era particular. Era su propia identidad individual la que había sido amenazada y fragmentada, pero esos efectos subjetivos propios eran consecuencia del proceso político del país y se podían entender en relación con la actuación de cada persona en ese proceso. Sin embargo, el paso del tiempo, con su bagaje de nuevas experiencias, modificaba la percepción del pasado, del proyecto personal, de la participación política, y, por tanto, las significaciones ya no eran las mismas. Rastrear los cambios de esos significados era parte del trabajo terapéutico, y sigue siéndolo hasta el presente.

Durante el período de mayor represión y de mayor silencio social (1973-1983), el trabajo terapéutico se iniciaba, casi siempre, con la reconstitución de la experiencia represiva vivida, expresada como un testimonio que posibilitaba algún grado de elaboración emocional, permitiendo, a su vez, vincularla al contexto de la biografía y de la experiencia vital de la persona que consultaba (Lira y Weinstein 1984). Al inicio, el testimonio fue una técnica terapéutica relevante. El relato era grabado y transcrito. El producto de este trabajo se leía y repasaba en las sesiones, se comentaba y revisaba, y se convertía en un texto que pertenecía a la persona consultante, quien podía usarlo, principalmente, en la denuncia de lo que le había sucedido, y, en muchos casos, posibilitaba otras formas de comunicación con su propia familia acerca de lo que había vivido. Cada texto era un fragmento de la vida de una persona, que, a su vez, formaba parte de la vida nacional. Se centraba en la experiencia de represión política, confirmándola como un hecho cierto, en un contexto social de negación generalizada (Cienfuegos y Monelli 1983). El testimonio permitía dirigir la rabia y los sentimientos agresivos a través de la denuncia de las violaciones de Derechos Humanos, acción que estaba ligada a la expectativa de contribuir a ponerles fin y a terminar con la dictadura. Esa dimensión de denuncia fue desarrollada por los propios consultantes mucho más allá del espacio terapéutico;[5]posibilitaba orientar también un conjunto de experiencias muy destructivas, especialmente el padecimiento de torturas, hacia un espacio político y social que las resignificaba. Cuando la mayoría de la sociedad chilena empezó a expresarse abiertamente contra la dictadura, aproximadamente desde 1983, a través de las protestas nacionales, el testimonio dejó de tener la importancia terapéutica que tuvo en los años anteriores.

Otro aspecto relevante era lo que ocurría con los propios terapeutas. Las motivaciones para involucrarse en esa tarea por parte de trabajadores sociales, psicólogos, terapeutas, abogados y otros profesionales en los organismos de Derechos Humanos se fundaban en valores y en opciones vinculadas a sus compromisos históricos y políticos. La no neutralidad ética frente a la violencia y la violación de los derechos de las personas era un elemento distintivo del vínculo terapéutico y de la actitud de los profesionales, subrayando la imposibilidad de asumir una posición neutral frente a la represión política. Los y las terapeutas estábamos involucrados con nuestras capacidades profesionales y nuestras emociones, y también como ciudadanas y ciudadanos. Las condiciones de amenaza en las que se vivía eran actualizadas cotidianamente, apareciendo en las sesiones, lo que implicaba trabajar muchas veces con un contenido muy angustioso que provenía de la amenaza de la realidad externa, y que podía afectar a pacientes y terapeutas de una manera muy concreta. La percepción de la amenaza podía desencadenar también ansiedades ligadas a la propia biografía. Sin embargo, las angustias no se registraban expresamente de manera que permitieran procurarles contención, y no se habían previsto espacios de elaboración en las instancias institucionales. Probablemente, el carácter en extremo amenazante de la situación política y la relevancia atribuida a las motivaciones éticas de los terapeutas fomentaban una actitud de omnipotencia frente a este trabajo, como un factor cualitativamente relevante, que facilitaba negar la angustia inherente a la vida propia y al trabajo cotidiano. Esta actitud era observable también en la mayoría de los trabajadores de Derechos Humanos (Lira 1995).

Las condiciones de trabajo de los organismos de Derechos Humanos no permitían dar importancia al desgaste emocional de los profesionales ni tampoco al impacto de la escucha de historias terribles como consecuencia de trabajar con víctimas cuyas experiencias eran devastadoras. Las dificultades y la impotencia experimentadas podían ser atribuidas a las condiciones políticas y, más tardíamente, a las insuficiencias de las estructuras institucionales. La reacción espontánea frente a las dificultades tendía a ponerlas en el afuera, lo que posibilitaba unir al equipo y habilitarlo para expulsar lo contradictorio o conflictivo como no perteneciente al grupo, potenciando a su vez la omnipotencia como reacción que intentaba superar la impotencia que embargaba al equipo. Más de alguna vez, el equipo terapéutico se enfrentó a situaciones de amenaza. La reacción grupal implicó priorizar la protección de los consultantes, sin considerar los efectos en el equipo.

En este contexto específico, uno de los recursos desarrollados para enfrentar la angustia generada por este trabajo fue el intento de sistematizar y conceptualizar la experiencia de trabajo y denunciar lo que estaba sucediendo a las víctimas y a sus familias en instancias sociales, académicas e internacionales. Se escribieron trabajos, artículos y diversos documentos explicitando las consecuencias individuales y colectivas de la represión política y de situaciones traumáticas específicas como la tortura o la desaparición de personas (Lira y Castillo 1986; Lira, Weinstein y Kovalskys 1987). Al formular estas ideas, al situar estas experiencias en un marco conceptual, se ponía un límite a la angustia experimentada. Mediante las palabras, se dio un orden a la realidad aterrorizadora vivida por las víctimas y las terapeutas, posibilitando el encauzamiento de las ansiedades y confusiones generadas por este trabajo. Sin embargo, los escritos hacían referencia solamente a los pacientes. No se describían las dificultades de las y los terapeutas. El impacto transferencial y contratransferencial de la violencia, la agresión y la angustia que los pacientes llevaban a las sesiones estaba ausente. Al final de la dictadura se inició un conjunto de actividades de autocuidado y supervisión permanente, que permitieron, precisamente, identificar, procesar y asumir algunas de las dificultades descritas con anterioridad.

Esta revisión breve y sintética de lo que aprendimos requiere mencionar, además, los aspectos éticos incluidos en el trabajo terapéutico y psicosocial con víctimas de violaciones de Derechos Humanos que es necesario explicitar. En cada intervención se requiere garantizar el cuidado y bienestar de las personas y el respeto por su dignidad. Cada iniciativa de trabajo sobre los dolores y las pérdidas de las personas debe enmarcarse en esos principios, excluyendo todo aquello que puede volver a causar daño y dolor. Ello implica establecer los resguardos necesarios, a fin de que quienes implementen procesos terapéuticos o psicosociales sean competentes para ello, estén conscientes de sus límites y puedan pedir ayuda, si la necesitan. En el mismo sentido, se debe procurar el cuidado y autocuidado de quienes forman parte de los equipos, para evitar el desgaste emocional y otros efectos negativos asociados a este tipo de trabajo. Las consideraciones éticas mencionadas deben establecerse también para quienes realizan trabajos de investigación con víctimas, especialmente referidos a procesos de recuperación de memorias que se basan en testimonios. Se requiere garantizar que esos procedimientos no causarán daño y que respetarán la privacidad y el dolor de las personas. Es necesario, además, que quienes son entrevistados otorguen su consentimiento de ser grabados y registrados audiovisualmente, y se debe explicitar el uso posterior del material recogido, estableciendo con claridad las condiciones de confidencialidad, el almacenamiento, la propiedad de los datos y las condiciones de privacidad que se respetarán, en caso de eventuales publicaciones o difusión de las entrevistas.

La memoria de experiencias políticas traumáticas

El saber sobre lo traumático que hemos aprendido a través de la práctica clínica, nos ha mostrado que las experiencias de amenaza vital percibidas –es decir, la toma de conciencia de una amenaza a la existencia tal como la pensamos e imaginamos– alteran el funcionamiento de la memoria generando, en muchos casos, un olvido masivo que encapsula la totalidad de la experiencia y que se hace inaccesible a la conciencia, o que, por el contrario, se manifiesta como una amplificación de la memoria haciendo literalmente inolvidable lo vivido, en todos sus detalles y significaciones. Es decir, el recuerdo se impone, impidiendo cerrar la experiencia e invadiendo la vida del sujeto con imágenes recurrentes y angustias intolerables, que no dan tregua, ni en el sueño ni en la vigilia.

Nuestra práctica clínica mostró también que, especialmente en el tratamiento de personas traumatizadas, la catarsis –al recuperar los recuerdos reprimidos– era aliviadora e incluso podía incidir haciendo desaparecer algunos de los síntomas, pero este alivio era casi siempre transitorio. Observamos que el psiquismo se había reorganizado en función de la amenaza de muerte percibida, y no bastaba solamente con volver al momento de la amenaza. Se hacía necesario trabajar con la experiencia de casi muerte que había vivido la persona analizando cómo esa amenaza se había inscrito en su historia, cómo esa casi muerte había cruzado sus vínculos, su trabajo, sus sueños. Por lo mismo, la función de recordar lo reprimido y lo olvidado como estrategia curativa conducía a identificar la necesidad de procesar el conjunto de la experiencia en sus distintos contextos, teniendo como eje central el trabajo de la memoria de ese pasado en función de la vida.

La imposibilidad del olvido circunscrita a ciertas experiencias traumáticas abre la pregunta sobre el proceso inverso: ¿cómo posibilitar algún tipo de olvido, cuando la experiencia del tiempo traumático se impone como un presente interminable marcado por la imposibilidad de un simple transcurrir? Tomando en consideración este otro ángulo, se entienden mejor las explicaciones populares que vinculan la memoria con la evocación de los sufrimientos, y el alivio de éstos, con el olvido y la supresión de la memoria.

Las reacciones descritas tienen claves psicobiológicas que explican la memoria forzosa o la amnesia radical, y que, en último término, se encuentran asociadas a la supervivencia. De este modo, recordar u olvidar son alternativas complejas que se estructuran de acuerdo con la percepción consciente o inconsciente del sujeto de que su propia vida depende de olvidar o recordar, pero no siempre se trata de opciones; es decir, dentro de lo que sabemos, no se presenta claramente como una alternativa que el sujeto pueda elegir. La memoria al margen de la conciencia –de ese darse cuenta que opera como continuidad permanente en lo cotidiano– puede ser vivida como un recuerdo ajeno, sin sentido para el sujeto, y se hace inútil como recurso para el alivio de su ansiedad y temor, y, por tanto, infructuoso para la supervivencia. La psicobiología de la memoria nos indica que el recordar y el olvidar son el fruto de una red de conexiones, estructuralmente análoga en todos los seres humanos, pero diversa y diferenciada en cada uno, no solamente en la selección de lo que se recuerda sino también en como se recuerda (con imágenes, olores, impresiones, emociones, detalles o sentimientos gruesos que apuntan al significado de la experiencia y que queda fijado como una condensación individual). Algunas investigaciones recientes sobre la memoria concluyen que no es una facultad única sino que lo que llamamos memoria es el resultado de diferentes sistemas que dependen de distintas estructuras cerebrales. La flexibilidad o inflexibilidad, así como su accesibilidad, dependen de la integridad de los circuitos, pero también de la existencia de daños en las estructuras cerebrales que posibilitan su funcionamiento o de las experiencias traumáticas que los han alterado (Schacter y Scarry 2001).

Se ha llegado a saber que la memoria humana es el resultado de numerosos procesos simultáneos, desde los complicados circuitos neurobiológicos que la hacen posible hasta las interpretaciones y significados posteriores sobre las experiencias que la constituyen. Varios estudios han mostrado cómo testigos diversos, presentes en el mismo acontecimiento, no lo recuerdan de modo semejante ni tampoco lo distorsionan de forma idéntica. Hay un sello individual en recordar y olvidar selectivamente. Es más, diversos estudios de psicofisiología han demostrado que ningún estímulo es recibido pasivamente por las células nerviosas y que la respuesta a la luz, al sonido o la oscuridad es fruto de la “interpretación” individual de los estímulos, sobre la base de una estructura común a la especie humana. Esa estructura funciona a partir de la experiencia pasada, codificada en las conexiones nerviosas, y pone en marcha la red de dichas conexiones modificando la nueva información. La clave de estas miles de operaciones es la vida, la supervivencia.

Desde hace siglos la “memoria” se vincula a la vida social y política señalando la necesidad social de olvidar o recordar, en beneficio de la convivencia y la reconciliación política. Correr el velo del olvido o dictar leyes de olvido han sido expresiones que vienen desde el siglo XIX en la historia chilena y que han formado parte del discurso político en el pasado en otras sociedades, generando la expectativa de que los grandes conflictos se resolvían decretando la obliteración de la memoria de ellos.6 Es decir, decretando el olvido o dejando que el tiempo extinguiera la memoria, asumiendo que el olvido pacificaría los ánimos y las pasiones políticas. Sin embargo, este supuesto ha demostrado sus limitaciones tanto psicológicas como políticas. Por otra parte, la memoria de las víctimas es, en muchos casos, una memoria traumática, es decir, el sufrimiento y el miedo permanecen vívidamente presentes sin que el transcurso del tiempo altere ese recuerdo, pero simultáneamente sin que ese recuerdo pueda ser integrado en el conjunto de la vida y de las relaciones sociales. La emocionalidad que tiñe esos recuerdos tiene la intensidad producida por una o muchas experiencias percibidas como amenazadoras y con riesgo de muerte, a las que se asocian pérdidas o temor a la pérdida de personas y de afectos y relaciones significativos. Las evocaciones del pasado sintetizan y condensan esas experiencias, cuyo sentido surge del sufrimiento y del dolor de las pérdidas, pero también de las resistencias ante la represión y las amenazas y de las lealtades construidas con personas y grupos sociales en estos procesos y en el curso de la vida. La posibilidad colectiva de resolver ese pasado entretejido de experiencias personales y políticas implica reconocerlo como un asunto que no es únicamente privado y propio de las biografías e historias individuales sino que concierne también al ámbito social y público, y que puede ser resignificado en los rituales del reconocimiento social, en los procesos judiciales y en las medidas de reparación. Dicho de otra forma, el pasado compartido socialmente nunca deja de tener una dimensión privada y personal, pero cuando los mismos hechos sociales y políticos han modelado un conjunto de experiencias traumáticas para miles de personas, se construye un espacio común que marca las relaciones sociales y requiere ser elaborado en los ámbitos colectivo y personal.

La memoria colectiva de una nación se compone de memorias diversas y contradictorias, que intentarán prevalecer unas sobre otras después del conflicto (González 1996). La batalla de las memorias se apoya actualmente en la tecnología de las comunicaciones ampliando sus alcances y tejiendo redes en diversos ámbitos, asegurando formas de registro y de interpretación que se despliegan casi sin posibilidades de control y censura en internet. A diferencia de otras épocas, estas posibilidades han modificado los alcances de la expresión de las víctimas y del registro de su voz en la historia, haciendo una apelación ética y política en las sociedades de las que forman parte sobre las consecuencias de la violencia sobre sus vidas (Stern 2004 y 2006).

Como se ha dicho en distintos momentos y desde distintos enfoques teóricos y disciplinarios, la aseveración de los testigos constituye el material básico para una reconstrucción de lo “sucedido”, ya se trate de la historia de una familia, de un pueblo o de una nación, especialmente cuando sus testimonios son los únicos registros de hechos oprobiosos que han afectado a comunidades en conflicto. Esa verdad no existiría sin su palabra. En tiempos recientes, en muchos países, esos testigos han sido objeto de intentos sistemáticos de eliminación, tergiversación y suplantación de su palabra, mediante la negación social, la distorsión producida por la publicidad oficial y la descalificación de las palabras de las víctimas, considerándolas mentiras, agresiones al régimen en el poder o distorsiones que serían resultado de sus trastornos psicológicos.[7] Al mismo tiempo, las atrocidades cometidas han sido de tal magnitud que las campañas destinadas a poner en duda la palabra de las víctimas y de los testigos suelen tener resonancia en distintos sectores, y hasta hoy hay quienes no pueden creer que aquello efectivamente ocurrió. Esa visión se corresponde casi siempre con aquellos que se identificaron con las medidas represivas y las apoyaron considerándolas necesarias en función de la salvación de la patria. Sin embargo, la convergencia de los relatos de diversos testigos y la calidad de testimonios judiciales de muchos de ellos han contribuido a la credibilidad de lo sucedido a cientos de miles de personas, y también los testimonios recogidos en las comisiones de la verdad han confirmado que los hechos sucedieron y afectaron a personas concretas, con nombre y apellido.

Casi siempre, los hechos de violencia política que han generado muertes han dado origen a conmemoraciones, memoriales, sitios de memoria y diversas formas de memoria política iniciados por los familiares de los muertos o por miembros de las comunidades afectadas.

El pasado ha sido fechado, recordado y conmemorado para no olvidar (a los muertos, lo vivido, las pérdidas, el miedo…). Los sobrevivientes, los familiares de las víctimas y sus amigos y personas cercanas declaran como postura ética (y política) no olvidar, invistiendo a la memoria de una fuerza política y cultural que se asocia con frecuencia al recuerdo de las víctimas, a la búsqueda de justicia, a la lucha por la paz, a la construcción y consolidación democráticas. La resistencia contra el olvido basada en el vínculo personal con los muertos y desaparecidos suele coexistir con una resistencia basada en la fidelidad y adhesión a sus creencias, ideas y valores y proyectos políticos. Este vínculo se traduce en una lealtad profunda que suele ser el motor de memorias militantes, que buscan trascender más allá de la represión y de la muerte. En algunos casos, expresan una dimensión del proceso de elaboración del duelo de las personas y familias, y, a veces, también surgen en los grupos políticos de los cuales formaron parte, como una deuda moral con aquellos que murieron en la lucha. Esas memorias mantienen el sentido de la causa por la que esas personas perdieron la vida y casi siempre coinciden en afirmar que se requiere recordar para asegurar que nunca más vuelvan a ocurrir tanta muerte, tanto dolor y miedo, tantas pérdidas.

La expresión nunca más se repite como un exorcismo y se asocia también a la expresión recordar para no repetir, afirmación familiar al saber psicoanalítico, que fundamenta la urgencia de examinar el pasado y reflexionar sobre él para proponer cambios en aquello que puede reproducir y activar el conflicto; sugiere recuperar la memoria sobre el pasado conflictivo y sus consecuencias, esperando que la comprensión del proceso y sus implicaciones pueda producir un cambio en las percepciones, en las conductas, en las emociones y, por tanto, en las relaciones sociales de la comunidad en la que se produjo la violencia. Pareciera existir la expectativa de que el conocimiento de la violencia represiva y sus consecuencias generaría una reacción de indignación moral ante la crueldad, y que ése sería el motor de una decisión política y moral de no repetir, de un nunca más, haciendo una analogía sugerente, aunque a veces excesiva, con los procesos psíquicos individuales.[8]

El deber de memoria y la memoria como un derecho

La memoria en el marco de políticas oficiales de memoria y de conmemoraciones forma parte del esfuerzo de las autoridades por establecer nuevas condiciones de convivencia política que reconozcan los agravios y busquen reparar a las víctimas. Hacen parte también de la memoria surgida desde las emociones y significados que tienen para las víctimas, las familias o una comunidad determinados sucesos o acontecimientos, que pueden ser reconocidos simultáneamente como hechos históricos de la nación y, a la vez, como sucesos y memorias de una comunidad particular. Casi siempre, los hechos se refieren a violencia y muerte, y se suelen recordar, casi únicamente, como agravios y pérdidas.

En la trayectoria de los familiares de las víctimas (denuncia, manifestaciones públicas, acciones judiciales) la memoria de lo sucedido surge desde la lealtad con las víctimas, asumida como un deber moral. Se trata de los familiares que buscan a sus desaparecidos, o que exigen los restos de sus familiares asesinados, o que denuncian las torturas de sus familiares y luchan por su liberación. Las acciones son una expresión del vínculo con la víctima y, al mismo tiempo, afirman las propias convicciones y valores, el sentido de las luchas, el costo de las pérdidas y la necesidad de trascender el momento amargo de la muerte, la incertidumbre y el dolor. Esta actitud ha sido descrita como el deber de memoria. El deber de memoria se funda en la lealtad y en los afectos con las víctimas, pero es también expresión de una responsabilidad social hacia la comunidad humana global, publicitando el conocimiento de esa violencia y sus efectos, y convocando a que ésta nunca más se repita. Estos propósitos se encuentran en las iniciativas de memorialización y sitios de memoria en varios países. El deber de memoria fue explicitado en los escritos de Primo Levi, sobreviviente del genocidio nazi, interpretando ese deber en función de las lealtades de los vivos con sus muertos (Levi 2006); se inscribe en una visión valorativa de las relaciones sociales basada en el respeto al otro, en su individualidad y diversidad, y en la esperanza de que la memoria contribuirá a erradicar la crueldad y el abuso por motivos políticos.

Esta visión se manifiesta principalmente en las acciones en relación con las víctimas, en la búsqueda de los detenidos desaparecidos, en la conmemoración de su ausencia, en las acciones públicas, hasta lograr identificar sus restos y conocer su destino final. Los procesos de memoria surgidos desde los vínculos con las víctimas han existido a lo largo y ancho del planeta; su persistencia en el tiempo surge desde la fuerza de su legitimidad afectiva y moral, tanto en América Latina como en otras latitudes. Así ha ocurrido con los familiares de muertos y desaparecidos durante de la Guerra Civil española y durante el franquismo, con familiares de los desaparecidos de la antigua Yugoslavia o del estalinismo (Merridale 2000).

La construcción de una memoria democrática, de un proceso de memoria basado en la reconstrucción de la historia y la memoria de la resistencia política a la opresión, y en la construcción democrática, funda su legitimidad en un eje complementario del anterior, puesto que las historias individuales y los testimonios de las víctimas definen el sentido ético de la memoria política, tal como se ha analizado hasta el momento. La propuesta conocida como Memorial Democrático de Cataluña es una expresión concreta de esta visión. Se trata de construir en España una memoria sobre un pasado conflictivo, que incluye la República, la Guerra Civil, la dictadura de Francisco Franco, la transición y la democracia, tropezando con amnistías y amnesias políticas en diversos momentos de los últimos 70 años.

La propuesta catalana afirma que la memoria es un derecho. A partir de esa visión (y convicción), diversos grupos, desde la sociedad civil, se propusieron fundar una política pública sobre la memoria. Argumentando el derecho a la memoria política han apelado a la expresión de los valores de la lucha democrática como patrimonio cultural para la democracia y la gobernabilidad. La propuesta del Memorial Democrático de Cataluña se funda en la convicción de que la convivencia democrática no se ve favorecida por la amnesia política de un pasado violento, sino al contrario. Se requiere, señalan, un diálogo permanente entre la disciplina histórica y el testimonio de la vivencia, entre el conocimiento científico y la memoria:

El Memorial Democrático se ha concebido como un observatorio de los valores de la democracia y un motor de iniciativas destinadas a mantener la memoria histórica. Como una herramienta del gobierno para transmitir a las nuevas generaciones los fundamentos históricos de nuestro sistema de libertades y garantías sociales. […] La finalidad última de una política pública de la memoria democrática es proclamar solemnemente la vigencia de los valores democráticos como fundamento del modelo de organización y de convivencia de la sociedad catalana actual. Es, también, proclamar la voluntad de proyectar estos valores hacia el futuro. A esta función de afirmación, el Memorial le añade la de desagravio y homenaje a todas las víctimas directas o indirectas de la lucha por la democracia, mínimo gesto que merecen como depositarias de una memoria silenciada, si no negada.

Proclamar y rememorar –conmemorar en definitiva– son acciones que confieren al Memorial naturaleza de monumento en el sentido más radical del término: aquella obra humana edificada con la finalidad precisa de conservar vigente, en la conciencia de las generaciones futuras, el recuerdo de un acontecimiento o de un proyecto de futuro, o bien de ambas cosas a la vez.[9]

La propuesta del Memorial Democrático de Cataluña afirma, además, que las nuevas instituciones democráticas requieren de una condena política formal de los regímenes dictatoriales anteriores, para legitimar institucionalmente una política oficial de recuperación de la memoria democrática.

A modo de conclusiones

Es importante recordar que las víctimas y sus familiares han luchado en decenas de países, durante décadas, buscando verdad y justicia, como dijimos al comienzo. El esfuerzo inicial era lograr que se reconociera la detención y luego la desaparición de sus familiares como hechos sucedidos efectivamente, enfrentando la negación oficial, incluso a riesgo de sus vidas. Ha sido habitual que las autoridades declararan, a pesar de las evidencias en contrario, que los hechos no tuvieron lugar. El primer objetivo de las víctimas ha sido, entonces, que las autoridades y los tribunales de justicia reconocieran la existencia de los hechos que las habían afectado.

Al instalarse los gobiernos de transición de regímenes autoritarios a regímenes democráticos, las expectativas de los grupos y asociaciones de víctimas son, precisamente, que se reconozca lo que les ocurrió a ellos mismos o a sus familiares, que se reconozcan sus derechos y que se repudie, formalmente, la política de violaciones de Derechos Humanos. En muchos países la condena moral y política de los crímenes cometidos se ha expresado en las declaraciones y discursos de las autoridades que asumen el poder después del conflicto, representando a las fuerzas políticas opositoras y denunciando las violaciones de Derechos Humanos cometidas.

En Chile, después del final del régimen militar, el primer gobierno de la transición estableció una Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación destinada a identificar los casos de detenidos desaparecidos, ejecutados políticos y víctimas de violencia política (1990-1991). Trece años después se estableció una Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura (2003-2005).[10] La Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, así como la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura, señalaron en sus conclusiones que las violaciones de Derechos Humanos tuvieron efectos devastadores en las víctimas y en la convivencia social de la sociedad chilena, y rechazaron moral y políticamente que desde el Estado se hubiesen diseñado políticas sistemáticas de represión política utilizando la tortura y la desaparición de personas. Sin embargo, y paradójicamente, esos informes y las voces de las víctimas se suelen cerrar en el mismo momento en que se dan a conocer, y en poco tiempo se transforman en documentos simbólicos que concentran el horror del pasado pero no logran despertar un interés memorial, precisamente por su penoso contenido, incluso entre las propias víctimas.

Esas reacciones contribuyen a que esta historia sea, haya sido y siga siendo abrumadora no sólo para las víctimas sino para grandes grupos sociales en cada sociedad, precisamente porque esas historias se congelan en el momento del horror. Por otra parte, la formulación del deseo de Nunca más respecto al pasado oprobioso es una invitación a recordar para aprender de esta experiencia en el ámbito social y político, convocando a una nueva forma de convivencia. Estos dos movimientos no parecen encontrarse. Sin embargo, uno y otro no tienen mayor relevancia y efectividad para asumir (y superar) el pasado mientras no den curso a procesos que permitan grados de elaboración de lo vivido, padecido, renegado y destruido, es decir, procesos que posibiliten formas intencionadas de elaboración emocional y moral por parte de las y los afectados que faciliten construir una memoria común, con el propósito de sanarse ellos mismos e introducir procesos que apunten a la sanación de la vida social. De este modo, memoria y reparación social, procesos terapéuticos y proceso social democrático se vinculan y entretejen.

La reparación supone los debidos procesos legales, en el marco jurídico de cada país y de sus posibilidades políticas, aunque no se agota en ellos. Supone la construcción de una cultura democrática, fundada en el respeto intrínseco a los Derechos Humanos de cada uno, incluido el derecho a un debido proceso de los victimarios. Implica también una elaboración social del sufrimiento y de la violencia en el ámbito cultural reconociendo que esto ocurrió entre nosotros y que es lo que queremos que no vuelva a ocurrir. Cada víctima tiene derecho a que su historia y su padecimiento sean reconocidos como una injusticia y como una violación a sus derechos; que la sociedad le otorgue una reparación que incluya espacios de reflexión y elaboración en todos los niveles de contexto implicados, y que la memoria política conserve su nombre y su historia como elementos indispensables para sostener una memoria democrática que garantice el respeto y la dignidad de las personas en todo momento y circunstancia, ahora y en el próximo futuro. Cada país y cada comunidad humana son desafiados a construir la paz basada en la verdad de lo sucedido y en el reconocimiento y reparación de las víctimas, dejando atrás las fórmulas políticas que fundaron la paz en la impunidad de crímenes atroces, sembrando resentimientos y favoreciendo el resurgimiento de los odios y las venganzas y la recreación de la violencia con afanes justicieros, por ausencia de justicia.

REFERENCIAS

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[*] La investigación para este artículo ha sido realizada en el marco del proyecto “memoria y Justicia” patrocinado por la Fundación Ford en la Universidad Alberto Hurtado.«« Volver

[**] Psicóloga Terapeuta Familiar, Magister en Ciencias del DesarrolloDirectora del Centro de Ética, Universidad Alberto Hurtado, Santiago, Chile. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran: Psicología, ética y seguridad nacional: el rol de los psicólogos. Psykhe 17, No. 2: 5-17, 2010; y Chile: dilemas de la memoria política. En Políticas Públicas de la Memòria I Coloquio Internacional Memorial Democràtic Barcelona, eds. Jordi Guixé Coromines y Montserrat Iniesta,39-83. Barcelona: Editorial Milenio – Memorial Democratic, 2010. Correo electrónico: elira@uahurtado.cl.«« Volver

[1] En octubre de 1973 la Iglesia católica, la Iglesia luterana, la Iglesia metodista, la Iglesia ortodoxa y la comunidad judía crearon el Comité de Cooperación para la Paz, a fin de prestar servicios de defensa legal y atención social. Al cierre de esta iniciativa, en 1976 el arzobispo de Santiago creó la Vicaría de la Solidaridad con esos propósitos, que duró hasta 1992.«« Volver

[2] Una investigación realizada entre 1989 y 1992 descubrió que todos los grupos de salud mental que atendían víctimas tenían un enfoque semejante (Agger y Jensen 1996).«« Volver

[3] Ver http://www.autonomiayemancipacion.org/Biblioteca/D-4/Los%20condenados%20de%20la%20Tierra%20-%20Fanon.pdf«« Volver

[4] Parte del equipo que inicialmente formaba parte de FASIC constituyó el Instituto Latinoamericano de Salud Mental, una ONG que estaba compuesta únicamente por profesionales de salud mental. El equipo publicó artículos y libros acerca de su trabajo, que se incluyen en la bibliografía.«« Volver

[5] Las denuncias eran enviadas a los relatores especiales del caso de Chile de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. La votación anual en la Asamblea General, que condenaba las violaciones de Derechos Humanos en Chile, era percibida como un logro personal y como el resultado de los testimonios enviados. Ver también http://www.umatic.cl/histch7.html (último acceso, 21 de junio de 2010).«« Volver

[6] El Edicto de Nantes, que estableció la tolerancia religiosa en Francia en 1598, empezaba señalando que la memoria de todo lo acontecido entre las partes desde el inicio del mes de marzo de 1585, “permanecerá borrada y extinguida, como cosa no sucedida”. Ver http://huguenotsweb.free.fr/histoire/edit_nantes.htm«« Volver

[7] Todorov (2000) advirtió sobre la supresión de la memoria como una acción política realizada en diversas culturas ante los conflictos como una forma de instalar una visión del pasado a favor de los vencedores. Entre ellos, los conquistadores españoles que destruyeron los vestigios de la antigua grandeza de los vencidos.«« Volver

[8] Asociación Psicoanalítica Argentina (1986). Este documento, publicado poco después del final de la dictadura militar, constituye una contribución para pensar las políticas de la transición y la memoria.«« Volver

[9] http://www.gencat.cat/generalitat/cas/govern/infocatalunya/08_infocat/04.htm (último acceso,10-12-09).«« Volver

[10] Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, tres tomos. Santiago, 1991. Ver http://www.ddhh.gov.cl/ddhh_rettig.html; Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura. Informe de la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura. Edición oficial, 2005. http://www.lanacion.cl/prontus_noticias/site/edic/home/port/torturas.html (último acceso, 12-01-10).«« Volver

No olvidar, de Ignacio Agüero. El caso de Lonquén.

ARCHIVOS
No olvidar, de Ignacio Agüero
Por Héctor Soto
Publicado en Revista Enfoque nº4, verano-otoño 1985

 

                        No olvidar

No olvidar envuelve tanto una contribución al cine chileno como un acto de lealtad con la impostergable recuperación de la conciencia pública de este país. La obra, un documental de sólo 30 minutos de duración, se filmó entre los años 1979 y 1982 y desde entonces estuvo a la espera de la resolución administrativa que autorizara sus exhibiciones. La demora fue previsible, atendida la materia del filme –el caso de Lonquén- y el consabido temor que inspira al autoritarismo el ejercicio de la libertad de expresión. Ese temor no sólo se traduce en incapacidad mental para aceptar y entender la disidencia, sino además en la tendencia a sobredimensionar los efectos presuntamente subversivos del pensamiento y de la actividad artística libre.

No olvidar rescata sin violencia, pero con legítima indignación, uno de los más sórdidos episodios de la historia política y policial del país. Vuelve a colocar a la opinión pública frente a los monstruosos contornos de un crimen que, además de asesinatos, incluyó especiales manifestaciones de barbarie, escarnio y crueldad. El filme replantea el caso a partir de entrevistas con los familiares de las víctimas, de tomas documentales de las visitas de la familia Maureira a los hornos donde quedaron sepultados cinco de los suyos y de escuetas informaciones sobre la comisión, denuncia e investigación de los hechos.

Hay que agradecer a Ignacio Agüero, director de la cinta, y al trabajo de cámara de Cristián Lorca, su fidelidad a los testimonios que recogieron y su perseverancia para sacar adelante un proyecto que se filmó en condiciones casi imposibles. Hay que agradecer también el profundo respeto que trasuntan sus imágenes a quienes vivieron más de cerca el drama de Lonquén. El enfoque que eligieron es especialmente destacable en su austeridad, si se consideran los riesgos que el documental enfrentaba de haber sucumbido a la tentación de apartarse de la objetividad de los hechos por dos vías igualmente engañosas, si bien explicables. La primera era la opción de dramatizar el caso, comprometiendo el carácter documental de la realización y la demoledora fuerza persuasiva de los datos crudos establecidos por la investigación. La segunda alternativa era elaborar a partir de Lonquén un discurso político de alcances generales que –asimilando la ferocidad del episodio- lo hubiera desgastado en la controversia y en la relatividad que tiene todo análisis político. Tal como están presentados los hechos, la imágenes tienen un poder de convicción que está al margen de cualquier controversia y que es anterior a cualquier interpretación política que se le quiera asignar.

Es posible que un rol decisivo en este acierto haya correspondido a la formidable estatura moral que todo espectador podrá reconocer en la figura de la señora Maureira, cuyo esposo y cuatro hijos sucumbieron, con varios otros habitantes de Isla de Maipo, en los abandonados hornos de Lonquén, posteriormente dinamitados. La sabiduría envuelta en sus palabras, el sentimiento de justicia –no de rencor- que las anima, la indulgencia que, por momentos, trasuntan sus sencillas expresiones fueron con toda seguridad una pauta extremadamente honesta y sincera para no apelar en el filme a consideraciones relacionadas de manera sólo indirecta con los hechos. Al hacer suya esta diáfana y equilibrada percepción de la tragedia, la dirección de Ignacio Agüero ofreció el mejor tributo que estaba a su alcance a esa familia y al rigor de su propia obra.

Sencilla en su estructura, carente de todo efectismo, favorecida por imágenes silenciosas, reposadas y contemplativas, No olvidar es un trabajo serio en sus planteamientos y en su ejecución técnica. Contiene reveladoras observaciones documentales .-especialmente en las entrevistas- que compensan con amplitud la escasez de documentos y testimonios disponibles para la realización de film. Su director, Ignacio Agüero, se formó en la Escuela de Artes de la Comunicación y acredita en esta obra un singular dominio de las potencialidades expresivas del cine. Ese nivel permite incorporar su obra a las mejores conquistas del cine documental chileno.

ARTICULO PUBLICADO ORIGINALMENTE EN
Revista Enfoque nº4, verano-otoño 1985

“…¡Escucha winka…!”

Libro-ensayo sobre historia nacional mapuche,   “…¡Escucha winka…!”.

Pablo Mariman

Y pese a que existen textos como memorias y testimonios, este es el primer intento académico que se hace desde el mundo mapuche por pensar su propia historia. “No le quisimos poner ‘el primer libro de historia’, pero en términos de una reflexión sistemática es el primero”, explica el mismo Marimán, quien dirigió el trabajo de investigación a partir de 2004 y reclutó a sus colegas Sergio Caniuqueo y José Millalén, además del sociólogo Rodrigo Levil.

El libro, de casi 300 páginas, está dividido en cuatro ensayos sobre la sociedad mapuche prehispánica, el período anterior a la conquista militar chileno-argentina, su absorción estatal entre 1880-1978 y su actual estado, además de un epílogo sobre el futuro. Todo cruzado por sus reivindicaciones históricas y políticas.

“Creo que a algunos les va a sacar ronchas y seguro van a decir que somos unos resentidos”, advierte Marimán, para quien este trabajo significa “crear un estado de conciencia, que reconozcan que del otro lado también están siendo observados”.

De hecho, la diferencia se hace desde el título, como un llamado de atención a los winkas (no mapuches), para indicarles que el conflicto no pasa con la totalidad de ellos, sino con una parte: “El grupo político-económico que no abre canales de negociación”, lanza el gestor de este “texto académico que no se deshace del conflicto político”.

LA MADRE DEL CONFLICTO

La tesis de “…¡Escucha winka…!” es que hubo un hecho traumático que terminó con la sociedad mapuche involucrada dentro de los Estados de Chile y Argentina. Un hecho fundacional de la historia contemporánea indígena: “Una situación de dominio colonial, donde también está involucrada la sociedad”, dice Marimán, quien cursa un doctorado en Etnohistoria en la Universidad de Chile.

Para él son tres las vigas que arman toda esta historia. Una institucionalidad que aplasta y margina la de los mapuches. La pauperización económica producto del despojo del patrimonio material del pueblo mapuche: de 10 millones de hectáreas entre el Biobío y Chiloé quedó reducido al 3%. “El tercio de millón de personas que vive en sus territorios históricos no puede estar condenado a vivir en la pobreza y en el 3% de lo que les correspondió, mientras los grupos de Angelini y Matte juntan un millón de hectáreas y viven de esa riqueza. Más que un pueblo entero, es inaceptable”, arguye.

Y, por último, la supresión de sus derechos, que tienen todos los pueblos del mundo como nación, por parte de la clase dirigente. “No podemos decidir nuestro destino porque a algunos les da pánico que construyamos un Estado dentro de otro, algo que no tiene sentido en este momento histórico”, opina el historiador.

NO HAY DEUDA QUE NO SE PAGUE

Si algo tiene este libro que no tienen los textos históricos es una proyección hacia el futuro. Y eso Marimán destaca, pues “si sólo hubiésemos historiado, a lo mejor sería una joya de la academia, pero lo que más nos interesa es saber para dónde va todo esto”.

Señales hay, pues la ONU aprobó en junio un estatuto para el reconocimiento del derecho de autodeterminación de los pueblos indígenas.

Según el historiador, esto abre un camino a una autonomía dentro del Estado de Chile y “el día de mañana los historiadores tendrán que explicar por qué en 2001 se aplicó la Ley Antiterrorista al pueblo mapuche, una ley heredada de la dictadura que no tenía por dónde aplicarse a la lucha de reivindicaciones que son legítimas”.

- ¿Cómo ves el futuro?

- La situación mapuche no tiene posibilidades de desarrollarse como sociedad. Es tratada desde el punto de vista del asistencialismo del Estado, pero no dan salida a la cuestión social: el colonialismo. Como dijo alguna vez una mapuche: “En vez de darnos las manos, mejor quítennoslas de encima”. LCD

fecha original: 15 de octubre de 2006

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