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Las mujeres de Junio. Tres Anitas y sus vivos muertos.

Las tres Anitas y sus vivos muertos. Enclave testimonial. 40 años

Myriam Carmen Pinto.

Zurdos no Diestros. Historias humanas de humanos demasiados humanos. Julio 2016.

“Mi Juanito… Mi Juanito“, dice la señora Ana González  cada vez que se encuentra con Anita Altamirano;  la abraza, le apreta una mano y la mira  fijo a los ojos. Se refiere a Juan Gianelli,  detenido, haciendo clases, a quién conoció en su casa cuando estudiaba con su hija Ana María para graduarse de profesores normalistas. Frecuentemente,  también, se reunía con su marido, Manuel Recabarren, que fuera secuestrado una mañana cuando salía en búsqueda de dos de sus hijos, que fueron subidos a la fuerza a un vehículo la noche anterior, incluyendo a la esposa de uno de ellos, embarazada de tres meses y que nunca se supo si  el bebe nació o no. Ocurrió en 1976. Todos  ellos desaparecieron.

Corrían los últimos días de julio de 1976 cuando la señora Ana divisaba por los pasillos de la Vicaría de la Solidaridad, convertida prácticamente en su segunda casa, la llegada de una mujer muy angustiada y desorientada; no sabía hacía donde dirigir sus pasos, ni siquiera dónde detener su mirada. Era la profesora Anita Altamirano. Buscaba ayuda, siguiendo los consejos que le dejara su propio marido en caso de que lo detuviesen. Pese a que no la conocía, pero como su corazón es grande y lo hacía con muchas que llegaban en las mismas condiciones, fue a su encuentro para preguntar que le pasaba, la escuchó y la invitó a una actividad por la tarde. No podía quedarse. Debía regresar a la escuela y después correr a cuidar a sus hijos de 5 y  un año y medio. Ellas tenían 50 y 34 años.

Al día siguiente, nuevamente se encuentran. Regresaba a firmar los escritos de un recurso de amparo. Al verla, de nuevo se acerca, la saluda, diciendo: “No me habías dicho que  era mi Juanito al que buscabas”. Y claro… lo conocía. En la Escuela Normal, fue compañero de curso de Ana María, su hija, estudiaban juntos en su casa, donde también se reunía frecuentemente con Manuel Recabarren, su marido. Militaban en el partido Comunista, vivían en la popular y combativa comuna de San Miguel y siempre se topaban en actividades culturales y políticas que tenían lugar en el teatro municipal Domingo Gómez Rojas, que ya no existe.

La mañana del 30 de abril de 1976, su marido, Manuel Recabarren Rojas, (50 años), fue secuestrado al salir de su casa en búsqueda de información que diera luces del paradero de sus hijos Manuel, (Mañungo), 22 años,  Luis Emilio, 29 años  y su esposa, Nalvia Mena Alvarado (20 años), embarazada de tres meses. La noche anterior, a los tres los habían subido a la fuerza a un vehículo, incluyendo al pequeño hijo, Luis Emilio, de apenas dos años, a quien al cabo de un par de horas un hombre lo baja de un vehículo, dejándolo solo y llorando a seis casas de la familia. Ese llanto desconsolado interrumpió la película que veía en la televisión con uno de sus hijos.

De inmediato se levanta, dirige sus pasos hacia la puerta y al abrirla se percata era su nietecito que venía de la mano de una de sus vecinas; el comienzo de una historia que en menos de 24 horas cambiaría su vida por siempre. Aquella noche, un poco antes de abrir esa noche la puerta de su casa, le había mostrado a su marido -“Mi Negro”, lo nombra – un bosquejo de un panfleto que había confeccionado para repartir en un acto que organizaban para conmemorar el Día de los Trabajadores. A él le gustó, la felicitó y antes de trasladarse a otra habitación le envía un beso; el último que sellaría su despedida. Sus compañeros le apodaban “El Samurái” por su personalidad guerrera y fuerte, un dirigente abierto a escuchar y solucionar los problemas que le planteaba sus compañeros. Había trabajado en el diario El Siglo, en las editoriales Universitaria y Nascimento y durante el gobierno del presidente Allende dirigía las Juntas de Abastecimiento y Precios, JAP de la comuna de San Miguel. Su hijo, Manuel, trabajaba de gasfiter  y Luis Emilio, también del gremio gráfico, era dirigente de la asociación de funcionarios de la Universidad Técnica del Estado. Era su marido, su todo, le había enseñado a cocinar, hacer el amor, amar al pueblo; era su todo. Le decía “La consentida”.

Tres meses después, el lunes 26 de julio, en el marco de la serie de operativos represivos contra la dirección clandestina e importantes dirigentes de masas del Partido Comunista de Chile, el profesor, Juan Gianelli Company, era detenido por un grupo de civiles en la Escuela de Niñas N°24. Regresaba de sus vacaciones de invierno. Había firmado, junto a 17 dirigentes sindicales, una carta enviada al Ministro de Hacienda en la que daban a conocer su preocupación por los cierres de industrias, despidos masivos de trabajadores y su rechazo al modelo económico neoliberal que por entonces hacía su estreno. Fue uno de los fundadores del Sindicato Único de Trabajadores de la Educación (SUTE), disuelto por decreto, al igual que el sistema de Escuelas Normales que puso fin a una época de más de un siglo de formación del profesorado chileno. Tenía 29 años.

Anita, recuerda que por su liderazgo era capaz de hacer callar un teatro lleno de trabajadores y por la tarde, en medio de folcloristas y bailarines del conjunto “Millaray” y “Cantos y Danzas de Chile, Héctor Pávez”, se volvía un bailarín, un artista, “cara a cara, pecho al frente”, el mejor de la cueca larga chilota y cueca zapateada. Ese día no llegó a la cita. Cada año, el día 26 de julio, visitaban a la señora Ana Julia, mamá de Anita, con ocasión de su cumpleaños. Paradojalmente, los tres profesores reunidos en torno a esta fecha conversaban siempre sobre su importancia y significado:  el inicio de la revolución cubana, la ejecución del inca Atahualpa, los cumpleaños de Eva Perón, Unamuno, Machado y Mozart, el día de Santa Ana. La señora Ana González, también cumple años.

Las madres de todas las protestas

Mi Juanito“, “Mi Juanito“, empezó a repetirse en reuniones e innumerables actividades organizadas por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD). ¡Nuestra Vida por la Verdad!, era la consigna que levantaban en lienzos, pancartas y fotografías. Los buscaban en las listas de prisioneros que se daban a conocer en las afueras de los recintos de detención; los paquetes que les dejaban eran devueltos. Los buscaban la en la morgue, hospitales y postas de urgencia… ¿Dónde están?, preguntaban. Ni los santos son tan santos, era la respuesta, los negaban, llegaron a decir que no existían, que no habían nacido nunca o que algunos estaban sumergidos o habían salido del país con otras mujeres.

En junio de 1977, las dos anitas, junto a un grupo de 26 personas, todas familiares de detenidos desaparecidos, participaron en la primera huelga de hambre* que realizaron en la sede de la Cepal. Esta, que fue la primera manifestación pública en plena dictadura militar, les significó ser reconocidas como las madres impulsoras del movimiento por la verdad y la justicia, promoción y defensa de los derechos humanos, la libertad y recuperación de la democracia. “A las mujeres de Junio”,  titulaba su poema, Violeta Zuñiga, esposa de Pedro Silva y Aminta Traverso, poco antes de abandonar la sede internacional, escribía en un pizarrón de una de las salas de reuniones: “El dolor del hambre no se compara con el dolor de no tener al frente al ser amado”; una frase grabada en medallas, pulseras, arpilleras y todo lo que salió de las manos de artesanos solidarios con destino a Europa.

Por participar en esta huelga, Anita perdió su trabajo de profesora en la escuela Parroquial Inmaculada Concepción de Vitacura. A diferencia de la directora de la escuela de la comuna de San Miguel, que le daba permiso y dinero para el taxi, pese a que le solicitaba se mantuviera en segundo plano y tratara de no salir en las fotos durante las protestas, este director, que era un sacerdote holandés, la despidió, acusándola de trabajar para la resistencia. Un par de meses después, el 23 de noviembre de 1977, la señora Ana González,  Gabriela Bravo y Ulda Ortiz, esposa del diputado Carlos Lorca y José Baeza, ambos detenidos desaparecidos, fueron impedidas de ingresar al país. Les dieron el titulo de Terroristas por las denuncias formuladas ante la Comisión de Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Fueron estas mismas gestiones las que finalmente lograron revertir dicha prohibición. La señora Ana no quiso asilarse, regresó a Chile y siguió su lucha como si nada. En 1978, prosiguieron nuevas huelgas de hambre, ayunos, encadenamientos a las rejas del Ministerio de Justicia y protestas por las calles. ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!… gritaban por las calles con las fotografías de sus seres queridos clavadas al pecho como si fueran los clavos de la cruz  al madero. No tenían miedo, aunque muchas veces las declararon públicamente sospechosas de delitos. De hecho, en varias oportunidades, las acusaron de trabajar para el comunismo internacional y los “frailes izquierdizantes”, según les decían.

Por esos años, entre noches en vela, incertidumbres, pesares, angustias, durante las horas de mayor desasosiego cuando participaban en la primera huelga de hambre, las dos anitas, mientras no sabían si al salir las detendrían, las expulsarían del país o las harían igualmente desaparecer, recordaban a los suyos, abarcando, incluso a Ana María, la hija de la señora Ana que fuera compañera de curso de Juan Gianelli.

Más de una vez, tratando de recuperar este pedazo de historia, Anita le ha preguntado a la señora Ana, sí ellos fueron pareja. La duda proviene, a partir de una fotografía de una gira que realizó dicha promoción de profesores y que ella encontró guardada como si fuera un tesoro en un maletín de su marido.  A ello se suma lo que le dijera la dueña de la residencial, donde alojaron durante su luna de miel en Chiloé. Al llegar, ella,  una mujer ciega, al palpar su rostro, exclamó… ¡usted no es la misma Anita que antes acompañaba a este encantador joven profesor!.

Cada vez que Anita hace esta pregunta, la señora Ana, la escucha, enciende un cigarro, lanza el humo, mira hacia el horizonte y responde un No, seguro y firme, aunque en una oportunidad, en uno de los desvelos en la Cepal, respondió que en caso de que a ella le pasara algo, le dejaría a su cuidado a su nieto Rodrigo, el primer hijo de Ana María, que había salido fuera de Chile.

Ana María Recabarren, murió el 16 de marzo de 2007, precisamente, el día de cumpleaños de su hijo Rodrigo y de Anita Altamirano. Desarrolló un cáncer fulminante, se le desató poco tiempo después de escuchar en una reunión, – en el marco de la Mesa de Dialogo (1999-2000),-  que a su hermano, Luis Emilio, lo habían lanzado a las aguas del puerto de San Antonio. En esa oportunidad, un grupo de representantes de las Fuerzas Armadas dieron a conocer una lista de detenidos desaparecidos que fueron arrojados, desde unos helicópteros, al mar abierto dentro de unos sacos y amarrados a un riel. Un estridente y desgarrador grito brotó de lo más profundo de ella, dejándola inconsciente. Parecía su alma, salía de sí. Fue tratada por médicos y psicólogos, pero no logró sobreponerse. Ya no soportaba tanto sufrimiento, tanto dolor crónico, todas sus heridas abiertas. Su partida concretaba un sexto arrebato al interior de la familia Recabarren González.

Por tu vida, mi vida

Las dos Anitas podrían no estar contando esta historia. La señora Ana se salvó ese día que se llevaron a su marido porque se retrasó al vestir a uno de sus nietos y el más pequeño, el hijo del matrimonio secuestrado, seguía llorando de manera desconsolada y Anita, la profesora, una noche en la calle fue acuchillada. No murió desangrada porque una mujer, que después supo había sido alcaldesa, la llevó de inmediato a una Posta de Urgencia.

Viviana, Berta, Tolita, Sola, otras Anitas, entre ellas, Ana Rojas y Anita Molina, madre de Pedrito… creían al comienzo de su lucha los encontrarían vivos, pero al pasar de los años, poco a poco, la verdad empezaba a emerger. Los habían asesinado y ocultado. Varias no han podido llorar, otras lo han hecho a mares, algunas ya no tienen más lagrimas, se les secaron, tuvieron que aprender a volver a sonreír por sus hijos y nietos. A muchas se les detuvo el tiempo o quedaron fuera de este; siguen esperándolos con un plato puesto a la mesa, les planchan las camisas y preparan la cama por si regresan a altas horas de la noche. También se cuentan varios suicidios de madres, hijos o bien enfrentan profundos traumas y conflictos. En 2008, la señora Otilia Vargas,  dijo en su agonía  que su marido la venía a buscar y que estaba a la espera de sus cinco hijos; dos de ellos desaparecidos y tres ejecutados.

La señora Ana dice que el amor a los suyos y al pueblo es lo que la ha mantenido en pie, levantarse cada día, seguir entera, salir a la calle y continuar su lucha año tras año. “Todo mi amor está aquí y se ha quedado pegado a las rocas, al mar, a las montañas”, se lee en el Memorial del Detenido Desaparecido y Ejecutado Político, que fue construido dentro del Cementerio General de Santiago; el primero que en el Chile de la transición se inaugura en 1994, representando a 3.079 víctimas de la tiranía sanguinaria.

La señora Ana fue  detenida nueve veces, estuvo en calabozos y la Cárcel de Mujeres. Estando en la prisión, en vez de quejarse, se dedicaba a limpiar los baños y a compartir con sus compañeras pensamientos positivos. Por su coraje, fuerza, bondad y actitud de vida ha sido reconocida como un baluarte emblemático, un monumento viviente a la dignidad humana y a todas las memorias de lucha. Así y todo, la han tratado de mentirosa. En 2009, la diputada Karla Rubilar, aseguró que Luis Emilio Recabarren, estaba vivo y que residía en Buenos Aires. Al enterarse de esta noticia, Luis Emilio, llamó desde Suecia, anunciando que su padre estaba vivo. Al otro lado de la línea, su tía Patricia, respondía que esa no era la realidad. “Yo quiero decirle al país que afortunadamente en el mundo existe vivo un Luis Emilio Recabarren, pero este Luis Emilio Recabarren no es mi hijo, es mi nieto, el nieto de dos años y medio que dejaron abandonado y que sobrevivió a todos los dolores, a todas las torturas, a todo lo que se sufrió en este país y está vivo en Suecia, al lado de su abuela materna“, declaraba públicamente la señora Ana, desmintiendo a la parlamentaria y a sus sombrías fuentes de información.

Frente a frente al fantasma de la impunidad que recorre el país, recuperada la democracia, “Mi Juanito”, sigue presente en protestas y mítines, ahora, rechazando las rebajas de condenas de autores de brutales asesinatos o cuando se persigue aplicar la Ley de Amnistía. ¡Ni perdón, ni olvido, es la consigna. “Mi Juanito”, “Mi Negro”, escuchan sus oídos, quizás  sea un intento de traerlos a la vida, un lenguaje de resistencia, una suerte de sustitución viviente… algo así como si los llevaran vivos adentro de ellas o como si ellas fueran sus criptas. Son sus muertos vivos, aquellos que nunca vieron apagarse, que nunca enterraron, que no tienen donde ir a poner flores; solo saben, los mataron, los enterraron y después los desenterraron para ocultarlos para siempre, que los lanzaron al mar, desapareciendo así  por segunda y hasta por tercera vez.

A 40 años, Anita Altamirano, sueña con un pasaje de avión que la lleve a un lugar que le permita liberarse de vivir atrapada de un puñal que lleva metido en sus huesos y venas vacías. Ricardo, su hermano poeta, escribió “Las Buenas Costumbres”, que le enseñaron “la pe con la a”, “el Mío Cid en castellano antiguo” y “la libertad de decir cualquier cosa”… mientras piensa en su hermana profesora, bailando solitaria su eterna cueca sola. Es la cueca que interpreta el conjunto folklórico de la agrupación que relata lo dichosas que eran cuando sus días eran apacibles antes de que les llegara la desventura.

La señora Ana, en su casa que parece un museo lleno de fotografías, obras de arte y recuerdos, ya no fuma, quiere seguir luchando, quiere que la visiten, que le vayan a cantar. Es pueblo y necesita a su pueblo. El barrio donde vive está lleno de murales a todo color que ella misma ha pintado con tarros, brochas, pinceles y su camisa amaranto de la Brigada Ramona Parra. Pareciera que estas murallas verde esperanza guían a todos quienes la visitan. Al cumplir 91 años, en una silla de ruedas, a la mesa de la cocina, escucha a Manuel, contándole su día, tal como era antes por las tardes. Un llamado telefónico interrumpe este lapso. Antes de responder, se vuelve a él, cierra los ojos y dice: Manuel, he envejecido, en cambio tú, estas igual… (este el fin de su libro autobiográfico que escribe desde hace un par de años).

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no Diestros. Historias humanas de humanos demasiados humanos. Julio 2016.

Fotografías: Fernando La Voz. Reportaje fotográfico La señora Ana; Pedro Martínez Rodríguez, (fotografía muestra “Chile, memorial del silencio”, España);  arpilleras exposición Memorarte (web Prodemu); albúm familiar Anita Altamirano.

*La primera huelga de hambre fue realizada por los prisioneros del campamento de Puchuncaví, luego de tomar conocimiento del operativo publicitario destinado a encubrir la desaparición de 119 personas en 1975.

Cuando te vayan a agarrar súbete a los techos

Relato Anita Altamirano

A Juan lo toman detenido en la Escuela 24 de Independencia. Ahora recién he podido reconstruir qué pasó con Juan después de su desaparición. Juan estaba trabajando en la escuela cuando lo toman detenido, era el primer día de clases después de las vacaciones de invierno, todos los niños formados. Lo fueron a buscar a la otra escuela porque él trabajaba en la Gran Avenida, en la Escuela 24, pero lo habían mandado castigado de medio horario a la Escuela 24 de Santiago. A él lo menoscababan porque lo iban rebajando de grado, y ahí lo pusieron a repartir las galletas del desayuno.

Esa tarde yo había quedado en esperarlo en la Alameda porque era el cumple de mi mamá el 26 de julio y la íbamos a ir a ver. Yo había estado en la mañana en el centro de perfeccionamiento porque me estaba titulando de educadora diferencial. Quedamos con Juan a las 5 en Teatinos con la Alameda para tomar una micro donde mi mamá, y no llegó. Yo me fui a mi casa, y pensé que a lo mejor se había ido donde mi mamá, porque no había teléfono ni nada.

En la mañana yo me levanté y lo primero que hice fue ir a la escuela, y esta mujer con la que habíamos sido compañeras en el curso de directores, cuando entro a la escuela, me dice: “Señora, ¿se le ofrece algo? ¿Qué necesita?”. “Quiero que me muestre el libro, si Juan vino ayer”, le pedí. “No, no vino, pero espérese que voy a llamar a la subdirectora”. Y la subdirectora me dice: “Juan no vino ayer, pero parece que firmó”, y me mostró el libro donde habían borrado aquí unas líneas y aquí abajo con lápiz rojo había un asterisco que decía: “El profesor Juan Gianelli no se ha presentado ni ayer ni hoy”. La directora no testificó, pero la subdirectora sí. Entonces al tercer o cuarto día que yo fui a catetear a la escuela, yo no pude quedarme, pero la hermana de Juan se quedó, y le dijo a la subdirectora: “Mire, mi cuñada tiene que trabajar y lo que necesito es que usted nos diga por qué los niños dicen que Juan vino el lunes”, y la señora fue a los tribunales y señaló a los tipos, los rasgos, todo, y cómo se lo habían llevado, lo que coincidió con las declaraciones que dieron algunos niños. Entonces por lo menos se supo que ahí lo habían tomado porque me dice que cuando lo iban a echar a la camioneta los niños salieron todos corriendo a ver, y él les había dicho: “Si son unos amigos del Sur que me están esperando”.

Yo le había dicho a Juan como dos días antes: “A ti te van a agarrar en la escuela, y cuando te vayan a agarrar súbete a los techos, haz un escándalo, me dan lo mismo los niños pero que quede una evidencia de que te mataron”. Y me dijo “Pero cómo me dices eso”. “Si así es esta cuestión”, le dije yo, “te van a matar a ti o van a matar a los niños”. Hasta que llegaron estos tipos diciendo que lo buscaban porque eran unos amigos del Sur que le traían una encomienda. Entonces se lo llevaron en una camioneta y de ahí supuestamente quedaron frente al Teatro Municipal, eso es extraoficial pero fue lo que dijo el desertor del comando conjunto de la FACH, 30 años después cuando lo tomaron.

Relatado por Anita Altamirano, esposa de Juan Gianelli Company.

 

Trazos familiares: tres familias, tres generaciones, una dictadura

Trazos familiares: tres familias, tres generaciones, una dictadura

Por Gastón González Napoli

Vivimos en un tiempo raro. Los nazis vuelven a andar en público con orgullo. No solo en Estados Unidos, con la marcha espeluznante en Charlottesville del año pasado; también acá, a la vuelta, en la charla que dieron Agustín Laje y otro asustaviejas en el Palacio Legislativo hubo alguna esvástica. Hace ver que todavía son necesarias las obras de arte de denuncia contra el nazismo. Pero alejémonos de la historia negra europea del siglo XX y vayamos a la nuestra: tampoco hay, y es una vergüenza, mucha diferencia. Que sigan viniendo entonces las películas como Trazos familiares, aunque sean imperfectas. Aunque vuelvan a transitar caminos ya andados.

Sí, Trazos familiares es un documental sobre la dictadura. La protagonizan tres familias que la sufrieron de maneras distintas. La más conocida es la historia de Mariana Zaffaroni Islas, que descubrió con 16 años que los padres que la criaron no eran los biológicos, y que su nombre original no era Daniela, y que su cumpleaños posta no era en setiembre. Descubrió, es decir, que era hija de desaparecidos. Los otros dos casos de Trazos familiares exploran uno el exilio con Ernesto Salvo, que vive en Cataluña, su ex esposa Marta Barreto, que vive en Viena, y el hijo de ambos, Federico, que también vive en Austria. El otro se centra en la familia Casariego Celiberti, y con ella se ven otros dos aspectos lúgubres: el secuestro, que Lilián Celiberti y sus hijos sufrieron en Brasil, abortado a tiempo por una denuncia masiva de la prensa local; y la prisión por causas políticas, tanto a través de Lilián como de los ojos de su hijo Camilo, que la visitaba.

La dirige José Pedro Charlo, cuya filmografía documental incluye El almanaque, sobre la vida en el Penal de Libertad del preso político Jorge Tiscornia; El círculo, sobre el guerrillero tupamaro Henry Engler, co-dirigida por Aldo Garay; y A las cinco en punto, sobre la huelga general inmediatamente posterior al golpe de Estado de 1973. Charlo no tiene el foco puesto en el proceso cívico-militar porque sí: estuvo preso entre el ’76 y el ’84. Un dato que tiene mucho que ver con el trasfondo de su última obra.

La conexión entre las tres familias es la razón de existir de la película, y es un problema. Es que resulta confusa. No hay un esfuerzo cierto por aclararlo para los no-iniciados. Le faltaría una suerte de árbol genealógico que mostrara los vínculos, quizá un repaso apenas más pormenorizado de eventos como el vuelo de los niños exiliados de 1983. Trazos familiares da por descontado que se sabe de qué se está hablando, no se para a pensar en que los más jóvenes pueden no tenerlo tan presente (aunque el vuelo fue el foco de otra película reciente, Tus padres volverán). Error en el que cae mucha de la discusión en torno a la historia reciente, literaria, noticiosa y hasta televisiva, como en el debate incomprensible entre Héctor Amodio Pérez y Federico Fasano. Pero lo peor en este caso es la mezcla de nombres en danza. En el párrafo siguiente, un intento por bajarlos a tierra.

Estando preso, el director Charlo se perdió el dichoso vuelo, que solo conoce por medio de filmaciones de la época. Viendo esas imágenes le llamó la atención una bandera que daba la bienvenida a Camilo y Federico: reconoció enseguida de quiénes eran hijos, viejos compañeros de militancia suyos. Los Salvo, padres de Ernesto, abuelos de Federico, y los Celiberti, padres de Lilián, abuelos de Camilo, eran vecinos; Charlo había visitado esos apartamentos de joven y conocido a Federico y Camilo de pequeños. Ver esa bandera fue la chispa que encendió el documental. Mariana Zaffaroni entra de costado a Trazos familiares, tanto que su presencia casi resquebraja ese concepto inicial. En la despedida de Ernesto Salvo y Marta Barreto con Jorge Zaffaroni y María Emilia Islas, la muy niña Mariana le regaló un oso de peluche al muy niño Federico. Años más tarde, en el vuelo de 1983, Federico, rubio y pelilargo, se ve filmado con el osito que todavía conservaba. Suficiente vínculo para que Charlo incluya la historia de Mariana en la película.

Por suerte lo hace: es el mayor gancho que tiene, con diferencia. Mariana comunica bárbaro y su historia es surrealista, por los hechos que le tocaron y por cómo los vivió. Si esto fuera Hollywood ya tendría su película y su remake. Pero no deja de ser un estiramiento de sus propias reglas internas.

Si se aceptan esas imperfecciones, Trazos familiares guarda un guantazo entre tanta entrevista tomando mate. Las cosas que narra no son nuevas, cualquiera que haya leído un poco o prestado algo de atención en las clases de Historia del liceo maneja los datos macro. Acá el dolor está en lo micro. En lo humano. No en un villano de botas y uniforme sino en un hijo chico furioso con su madre presa. En una madre, otra, que debe ir a reconocer cuerpos temiendo encontrar el de su hija. O quizá deseando hallarla, para al menos poner un punto final. Y en una mujer que empieza a usar un sobrenombre para evitar incomodidades ajenas cuando alguien le dice por su otro nombre, el que tenía antes de saber la verdad.

¿Por qué es necesario patear de nuevo la pelota a la casa de don Plan Cóndor? La respuesta está en Twitter. Las redes sociales, y los comentarios en las noticias, son termómetros bastante certeros y terroríficos para comprobar hasta qué punto no se puede hablar de la dictadura sin dividir las aguas. No se puede criticar a los tupamaros por alzarse contra una democracia sin que vuelen acusaciones de fascismo; no se puede hablar de desaparecidos o de nunca más, ni condenar el pacto de silencio militar, sin que asome su fea cara la teoría de los dos demonios. Uno de los males más atroces, el de un Estado contra sus ciudadanos, se relativiza y, lo que es hasta peor, se partidiza. Se convierte en eslogan de unos mientras otros callan. Terreno fértil para el desastre.

Estudiar historia y ver sus ciclos provoca que uno vaya de ojos abiertos y note los patrones preocupantes. Por eso, que sigan viniendo las películas como Trazos familiares. Se precisan hoy tanto como ayer.

LA MEMORIA REBELDE, TESTIMONIOS SOBRE EL EXTERMINIO DEL MIR: DE PISAGUA A MALLOCO, 1973-1975, 

Reseña: “La Memoria Rebelde, …”

RESEÑA: “LA MEMORIA REBELDE,

TESTIMONIOS SOBRE EL EXTERMINIO DEL MIR: DE PISAGUA A MALLOCO, 1973-1975, AMORÓS, MARIO. EDICIONES ESCAPARATE, CONCEPCIÓN, 2008.

…”

LA MEMORIA REBELDE, TESTIMONIOS SOBRE EL EXTERMINIO DEL MIR: DE PISAGUA A MALLOCO, 1973-1975, AMORÓS, MARIO. EDICIONES ESCAPARATE, CONCEPCIÓN, 2008.

Cuando hablamos del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), no sólo estamos hablando de la historia y trayectoria de un grupo de izquierda que fue decisivo dentro de nuestra historia reciente; hablamos también de una forma de lucha cotidiana dada por una parte de la sociedad chilena reprimida, olvidada, marginada. Hablamos también de hombres y mujeres que fueron y son combatientes en acción y palabra, en donde la teoría no fue argumento de lucha, sino que fue el sustento de las acciones que se llevaron a cabo durante las décadas de 1960 y 1970.

Durante la década de 1960 Latinoamérica asiste a un proceso de revoluciones que cambiarán sustancialmente la historia continental, y también nacional. Los ejemplos de las luchas emancipadoras del imperio dadas de Cuba, Nicaragua y Guatemala, así como Vietnam, la revolución Argelina e Indonesia se constituyen en movimientos claves para los revolucionarios americanos que ven en estos momentos de la historia una necesidad de actuar en contra de la pobreza, la explotación y opresión del patrón; así como del capitalismo que históricamente había atentado contra la integridad de nuestros pueblos. Bajo esta premisa es que surgen numerosos grupos revolucionarios como el ELN, el ERP, los Tupamaros y el MIR que exploran la vía político militar para la consecución de una Revolución Proletaria que termine con los vicios propios del capitalismo imperante… del imperio que reduce a cenizas las esperanzas nacionales y continentales una y otra vez a lo largo del siglo.

En Chile, esta década está marcada por las huelgas generalizadas provenientes de los obreros que veían en los miserables salarios que recibían una forma de opresión y poca dignidad con la que eran tratados como seres humanos. Los partidos políticos de izquierda, tradicionales sostenedores de estas luchas reivindicativas estaban sumidos en la intención de llegar al poder gubernamental, habían surgido caudillos que, contra lo propuesto por sus partidos en las bases fundamentales, trataron de acaparar puestos en el Congreso Nacional. Hacia 1962 había cerca de 34 grupos que se consideraban contrarios a esta realidad pero su capacidad organizativa no pasaba del espacio local. El FRAP (Frente de Acción Popular) y el PC dedicaban esfuerzos para tratar dentro de la legitimidad que les otorgaba ser partidos y coaliciones subsanar estos conflictos.

Dentro de estos grupos revolucionarios surge la Vanguardia Revolucionara Marxista y el PSP (Partido Socialista Popular) que serán el antecedente al MIR; en ellos se agrupaban estudiantes y trabajadores de Concepción y Santiago escindidos del PC y el PS tradicional.

En 1965 y tras un paciente análisis de la contingencia nacional dichos grupos (VRM y PSP) conciben la idea de unificar a estos grupos dispersos bajo la consigna de que la lucha revolucionaria debe ser político-militar, es decir, dar forma concreta, militarizada, armada a la revolución que hasta ese momento sólo era una idea romántica surgida de los ejemplos de Fidel Castro, Mao Tse Tung y por supuesto el Comandante Che Guevara. La intención entonces, es crear una revolución que organice al pueblo desde las bases, trabajando con ellos, creando sociedad y actuando frontalmente; por lo tanto, considerar el elemento militar sería sólo una continuación de la lucha de clases surgida a comienzos de siglo, viniendo a complementar la actividad política de efervecía en aquella época.

El 15 de agosto de 1965, se funda el MIR como consecuencia de esta forma de mirar la revolución; sin embargo no es hasta 1967- año en el que es elegido Secretario General del MIR Miguel Enríquez-, durante el Tercer Congreso Nacional del Movimiento que éste toma forma y practica lo que será su programa. En primer lugar para derrotar la miseria y explotación habría que desarmar al enemigo (la burguesía nacional y extranjera y su aparato estatal); luego, fortalecer sus propias fuerzas (proletariado y sus afiliados, campesinado, pequeña burguesía, subproletariado, personal de tropa de las FF.AA, estudiantes, etc). Sólo enraizándose en las masas o “propias fuerzas” se podría efectivamente llegar a crear a este “Hombre Nuevo” que prometía el Che, un hombre nuevo con valores que incluso traspasaran las propias fronteras nacionales y se hiciera latinoamericano: solidaridad, disciplina férrea, organización y compromiso real eran la propuesta del MIR.

A estas alturas de la década había asumido la presidencia Eduardo Frei Montalva, un demócratacristiano que reprime cualquier intento del pueblo por emanciparse del yugo patronal que cargaban desde siempre, ofrecía una “Revolución en libertad” que era corporativista, populista y proclive al capitalismo. Entonces ¿era una verdadera Revolución como la que proponían los revolucionarios miristas? Absolutamente no, de ahí que se hace necesario e imprescindible efectuar lo más férreamente posible este programa político. Coinciden en este empeño el MTR (Movimiento de Trabajadores Revolucionarios), el FER (Frente de Estudiantes Revolucionarios) y el MPR (Movimiento de Pobladores Revolucionarios) quienes a través de los cuadros políticos que conforman harán las necesarias convocatorias a sus respectivos sectores para efectuar las corridas de cercos en los campos de Chile, la reforma universitaria que impediría la infra educación que recibían los jóvenes del país y por supuesto, apelarían por la obtención de una vivienda digna.

A partir de 1969 el MIR toma forma en las acciones directas en tomas de terreno, en las tomas de fábricas en que se explotaba a los obreros, expropiaciones de bancos, organización de pobladores. Todo esto estuvo a cargo de los GPM (Grupos Político Militares) que eran pequeñas agrupaciones que actuaban en sectores determinados con alguna autonomía del Comité Central. Es precisamente aquí en donde la Revolución empieza a tomar más fuerza porque la sociedad chilena –incluida la izquierda tradicional– comienzan a tomar conciencia de la importancia del MIR como alternativa revolucionaria, porque ya ni siquiera se juzgan o analizan las viejas formas de lucha, ahora se actúa verdaderamente en donde se debe: en la calle y con el pueblo.

Muchos miristas caen presos por estas acciones, entre ellos Sergio Pérez Molina, otros son relegados dentro del país y el movimiento es concebido por el gobierno como “clandestino”; sin embargo esto, sus acciones continúan con más fuerza, su periódico “El Rebelde” (1968) continúa en circulación a pesar de esta clandestinidad y la tarea de crear conciencia dentro del pueblo se hace aun más fuerte.

En 1970 se produce la elección presidencial de Salvador Allende y con ello el advenimiento de la UP (Unidad Popular), un programa de gobierno que prometía a los trabajadores y demás fuerzas sociales una posibilidad real de mejorar su estatus dentro de la sociedad. El MIR aplaude esta elección, de hecho cesan las acciones armadas para el buen funcionamiento del gobierno a pesar de mantenerse crítico en la manera en la que se vinculaba con ciertos sectores políticos. A fines de ese año el MIR sale de la clandestinidad y se da a la tarea de unificar a la izquierda; esta vez no como críticos de su actuación en cuanto a partidos políticos, sino como manera de que esta “vía pacífica al socialismo” no se transformara en una posibilidad más para la burguesía de mantener sus intereses a salvo. Fue así que discutió y denunció todos los errores de la UP pues concedió espacios al partido Demócrata Cristiano y a las Fuerzas Armadas al integrarlos en parte al gobierno, asuntos inconcebibles para el MIR y que, con razón, podrían llevar a la desestabilización total de la construcción socialista que se había hecho hasta ese momento. Años más tarde Miguel Enríquez, desde la clandestinidad diría que esta forma de actuar de la UP hacia un socialismo dentro del modelo burgués habría sido el por qué del fracaso en el proyecto. El Movimiento veía en esta etapa de construcción que estaba haciendo la UP un proceso prerrevolucionario en el que el proletariado daría impulso a sus demandas de forma organizada, mejor estructurada en calidad y no tanto en cantidad.

La lucha continuó con “El Programa del Pueblo” que pretendía sobre todo crear conciencia de clase, mejorar la organización interna de la clase trabajadora y la combatividad del pueblo.

Tal vez estos elementos fueron los gatillantes para que desde aquel fatídico y vergonzoso 11 de septiembre de 1973, el MIR fuera perseguido, reprimido y casi aplastado en su totalidad. En noviembre de ese año, la Comisión Política del MIR haría una declaración que resume su historia hasta ese momento: “Nacimos en 1965, existimos desde 1967, actuamos desde 1969 y entre 1970 y 1973 logramos construir una vigorosa, solidaria y joven organización, arraigada ya en casi todas las capas del pueblo, con una estructura político-militar relativamente sólida, constituida ya una estrecha coordinación y solidaridad revolucionaria en el Cono Sur de América Latina entre el ERP, los Tupamaros, el ELN que, hoy rinde ya sus frutos, habiendo atravesado ya difíciles experiencias: inexperiencias, clandestinidad en 1969, ensanchamiento político y de masas entre 1970-1973, los combates de septiembre y, hoy, la represión. La ilusión reformista de la UP no nos involucra, la deserción provocada por su fracaso sólo nos rasguña. Hemos constituido orgánica, política e ideológicamente una generación de revolucionarios profesionales, que hoy son una posibilidad revolucionaria abierta en Chile y en el Cono Sur. La situación chilena nos ofrece un desafío que somos y debemos ser capaces de vencer con una táctica adecuada, con serenidad, valor y audacia lo lograremos.”

Después de septiembre, Chile asiste quizá a su periodo más trágico, violento, vergonzoso, impresentable, y porqué no decirlo inhumano de su historia reciente. La dictadura no sólo rompió con la ilusión de un país más justo y solidario, también destruyó miles de vidas ya sea por muerte, desaparición, tortura o exilio. Asesinó en vida los proyectos de cientos de chilenos militantes del MIR. Casi toda la dirección central fue asesinada en forma barbárica; el primero de ellos en morir en la resistencia fue Bautista van Schouwen al ser apresado en diciembre de 1973, luego siguieron las persecuciones de Sergio Pérez Molina, Lumi Videla y la muerte en combate de Miguel Enríquez el 5 de octubre de 1974, además de ser apresada su compañera que estaba embarazada…

Estas muertes o desapariciones enlutaron el espíritu del MIR, sin embargo, la consigna que habían proclamado en 1973 “El MIR no se Asila, hay que resistir” continuó siendo la bandera de lucha roji-negra con la que miles de compañeros y compañeras prosiguieron su lucha contra la enferma mentalidad de los aparatos de estado que los perseguían. Miguel había reorganizado a los combatientes en la clandestinidad y frente a su muerte hubiera sido muy lógico que el movimiento desapareciera; no obstante durante los 17 años que duró el martirio de tener a Pinochet como “presidente de la república”, el MIR continuó su lucha en la clandestinidad. Basta recordar a Jecar Neghme “el turco” que cayó el 4 de septiembre de 1989.

Hacer una síntesis de la importancia del MIR en nuestra historia y resumirla en cuartillas no es tarea fácil, constituye un desafío de proporciones pues no sólo sus consignas aun resuenan en nuestra memoria, sino que sobre todo porque la misma lucha que comenzó en la década de 1960 cobra fuerza a diario cuando vemos la pobreza y marginalidad en la que se ha sumido a nuestro país. Todavía hay quienes luchan a diario por un país más justo y solidario, todavía creemos en que es posible que una vanguardia sea quien reagrupe a las fuerzas sociales y vuelvan a la vida los proyectos y anhelos de aquella maravillosa juventud que rindió la vida cuando algunos de nosotros todavía no éramos ni siquiera “proyectos” para nuestros padres.

Es por eso que el libro “La memoria Rebelde” del colega Mario Amorós (colega en el concepto español y chileno) cobra más importancia que nunca, porque el nos propone en su escrito una forma sensible, preciosa y orgullosa de recordar a nuestros compañeros y compañeras del MIR. Su texto es una oda de las aspiraciones que movieron a Humberto, Alfonso, Lumi, Sergio, Miguel y los hermanos Pérez Vargas vistos desde la perspectiva humana y política. Ofrece memorias preñadas de recuerdo y de enseñanza para las nuevas generaciones. Quizá nunca encontremos los cuerpos de los miristas que faltan (y hacen tanta falta), quizá ningún homenaje pueda realmente plasmar en su totalidad sus vidas, pero estas instancias de debate académico al que nos invita Mario es una aproximación a sus vidas… de alguna manera, a nuestras vidas.

Ya no luchamos por las “corridas de cercos”, tal vez ahora no nos enfrentamos al patrón de la fábrica –porque nuestra industria ya no tiene caras visibles, están casi todas corporativizas– y nuestra educación vaya por un rumbo en el que parece mejor la competencia entre los estudiantes que una lucha conjunta por una mejor calidad; sin embargo, todos aquellos que abrazamos el compromiso de nuestros compañeros y amigos que ya no están, creemos que “les asesinaron la carne pero no sus ideas”, porque su lucha, su perseverancia y su combatividad viven en nosotros, los depositarios de sus enseñanzas y sus inmensos valores.

Durante 10 años de lucha desde su fundación hasta 1975 cuando incluso la prensa extranjera se encargó de desprestigiar al MIR en la llamada “Operación Colombo”, en donde supuestamente los miristas se habían asesinado entre ellos por rencillas internas, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria supo sobreponerse a las adversidades que le impuso una derecha siempre fascista, una izquierda “tibia” que no tuvo el coraje de enfrentar los problemas sociales de manera frontal y sobre todo cuando la dictadura trató de exterminarlos; el MIR propuso nuevas formas de lucha, una revolución que no fuera de las ideas sino de la acción, siguió el ejemplo del Che, apoyó desde las bases a nuestro pueblo oprimido y nos legó un ejemplo del que estamos orgullosos.

Me permito hacer referencia al himno “Trabajadores al poder” que fue el himno del MIR para finalizar esta pequeña contribución: “En los campos, caminos y pueblos / ya se ven las banderas surgir / son banderas con el rojo y negro / Patria o Muerte, Vencer o Morir. / No es esclavo el hombre que lucha / por unir a la clase social / que destruya el poder de los ricos / que nos roban a diario el pan. / En la lucha contamos las horas / a los ricos les llega su fin / porque estamos seguros de triunfar / con el pueblo conciencia y fusil.”

Este texto más que un prólogo, es un homenaje a todos aquellos combatientes que soñaron con una América libre, a todos aquellos que rindieron su vida en las garras de la dictadura criminal de la que nos sentimos avergonzados, porque tal como ellos, hoy seguimos luchando, con su ejemplo de su conciencia social, seguimos trabajando con el pueblo y para el pueblo, para que algún día dejemos de ser esclavos de aquellos que a diario nos roban el pan.

Claudia Videla SotomayorHistoriadora

Mandatos militantes, vida cotidiana y subjetividad revolucionaria en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (1965-1975)*

Mandatos militantes, vida cotidiana y subjetividad revolucionaria en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (1965-1975)*

Militant commands, daily life, and revolutionary subjectivity in the Revolutionary Left Movement in Chile (1965-1975)

 

María Olga Ruiz**

* Este artículo expone los resultados de la tesis doctoral: Ruiz, M. O. 2014. Historias y memorias de traición. Subjetividad revolucionaria, mandatos militantes y traición en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), Montoneros y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en las décadas del sesenta y setenta. Santiago: Universidad de Chile.
** Universidad de La Frontera. Núcleo Científico de Ciencias Sociales y Humanidades, Instituto de Estudios Interculturales e Indígenas. Correo electrónico: olgaruizc@gmail.com


Resumen

El texto analiza rasgos de la subjetividad militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en Chile (MIR 1965-1975). Desde un enfoque cultural que se apoya en las propuestas de Lechner y Williams, es posible comprender aspectos de la vida cotidiana de la militancia, y los motivos, razones y pasiones que movilizaron a quienes abrazaron el sueño de la revolución socialista. La pura adscripción racional a un proyecto político-ideológico explica sólo parcialmente la experiencia militante de hombres y mujeres que persistieron en sus propósitos políticos, aún en escenarios donde la derrota política era evidente.

Palabras clave: revolución, movimiento político, cultura política, socialismo.


Resumen

El texto analiza rasgos de la subjetividad militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en Chile (MIR 1965-1975). Desde un enfoque cultural que se apoya en las propuestas de Lechner y Williams, es posible comprender aspectos de la vida cotidiana de la militancia, y los motivos, razones y pasiones que movilizaron a quienes abrazaron el sueño de la revolución socialista. La pura adscripción racional a un proyecto político-ideológico explica sólo parcialmente la experiencia militante de hombres y mujeres que persistieron en sus propósitos políticos, aún en escenarios donde la derrota política era evidente.

Palabras clave: revolución, movimiento político, cultura política, socialismo.


Abstract

The following article analyzes some matters of militant subjectivity in the “Movimiento de Izquierda Revolucionaria” (Left Leaning Revolutionary Movement) (MIR 1965-1975). From a cultural point of view, supported by Lechner and Williams’ theories, it is possible to understand some aspects of militants’ every day life, their motivations, reasons, and the passions that mobilized those who embraced the dream of a socialist revolution. The mere rational adscription to a political-ideological project explains only partially the militancy of a man or a woman’s experience that persisted on their political purpose, even when defeat scenario was imminent.

Key words: revolution, political movement, political culture, socialism.


 

1. Introducción

Al igual que otras organizaciones revolucionarias conosureñas, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (en adelante MIR) construyó modelos identitarios entrelazando la vida cotidiana de sus militantes con definiciones político-ideológicas específicas. La militancia estaba cruzada no sólo por convicciones ideológicas y razones políticas, sino también por un entramado valórico y afectivo que, muchas veces, operó como el núcleo articulador de la identidad militante (Oberti 2011).

La propuesta de “Hombre Nuevo” guevarista llenaba de mística, pero también de exigencias a quienes abrazaban la promesa de la revolución socialista. Este proyecto consideraba no sólo la transformación radical de las estructuras políticas y económicas de las sociedades latinoamericanas, sino también la construcción de una nueva moral que liberara a los hombres (y mujeres) del estado de alienación al que se encontraban sometidos bajo el modelo capitalista. En este sentido, el socialismo no era un mero método de repartición, sino un sistema creador de nuevas conciencias y subjetividades, de modo que poseía una dimensión valórica indiscutible. El “Hombre Nuevo” debía constituirse al calor de las luchas revolucionarias, de modo que quienes se sumaban a la causa revolucionaria debían guiarse por un modelo claramente definido, y cuya máxima encarnación era la propia figura de Ernesto Guevara.

De acuerdo con estos planteamientos, el revolucionario era el escalón más alto de la especie humana, y por lo mismo, debía poner en práctica las virtudes y los valores asociados al modelo guevarista, a saber: la entrega total, el sacrificio permanente, la supeditación de los intereses personales y privados a los intereses colectivos, el coraje, la fuerza, la voluntad. Había que vivir y morir por la revolución, y el revolucionario debía actuar como un verdadero sacerdote de la causa revolucionaria. No obstante lo anterior, la práctica cotidiana de la militancia era diversa y, en esa pluralidad, incidían variados elementos: la edad, el género, la trayectoria política previa, la organización y el momento en que se militaba, entre otros.

En este artículo1 me propongo examinar aspectos de la vida cotidiana y la subjetividad militante del MIR, entre los años 1965, año de su fundación, y 1975, momento de la primera gran derrota político-militar de la organización (Palieraki 2014; Goicovic 2012; Leiva 2010; Pinto 2006, 2005; Sandoval 2004, 1990)2. De esta manera, pongo atención al siguiente problema: los procesos y mecanismos (formales e informales) a través de los cuales se construyen las identidades partidarias y la configuración de una cultura política militante con rasgos específicos.

Para lograr este objetivo he puesto el foco en la experiencia de los cuadros profesionales del MIR, es decir, militantes que se dedicaban exclusivamente a las tareas designadas por la organización o que, manteniendo sus trabajos o estudios, subordinaban esas actividades a las tareas y urgencias de la actividad política. Para este fin he analizado bibliografía especializada acerca de la historia del MIR y otras organizaciones armadas conosureñas, documentos internos y prensa partidaria, tesis universitarias, testimonios escritos y documentos personales de ex militantes3. Además, realicé entrevistas a personas que militaron en diversas estructuras partidarias en el período ya señalado4.

2. El entramado cultural de la militancia política

Como afirma el cientista político chileno-alemán Norbert Lechner (1986), la política, más allá de su dimensión instrumental y programática, posee una dimensión simbólica y subjetiva, de manera tal que la militancia nos remite a un mundo común, a un espacio en el que los sujetos reafirman su pertenencia a un colectivo que los antecede y trasciende. Estos planteos nos acercan a la noción de “cultura política”, categoría que en la década de los 80 fue utilizada por estudios que analizaban los procesos de transición a la democracia, poniendo atención a la dimensión cultural y a la subjetividad de los actores políticos que apoyaron o resistieron la emergencia de dictaduras cívico-militares. Asimismo, la emergencia de los movimientos sociales y la crisis de las “formas de hacer política” tradicionales, pusieron en el tapete los entramados culturales de la política, en especial aquella que se construía y desplegaba fuera de los espacios institucionales.

Esta noción ha sido utilizada para analizar una gran cantidad de problemas sociales, puesto que refiere a aspectos culturales, valorativos y subjetivos de los sujetos sociales que, en un sentido muy laxo, participaban de la vida política5. En relación con ello, Lechner rescata críticamente esta categoría, advirtiendo que su amplitud y extrema flexibilidad puede ser problemática. Señala el autor que “cultura política”:

abarca de modo arbitrario, según las conveniencias del caso, una multiplicidad de aspectos dispares. El empleo demasiado extensivo y poco riguroso del término reduce su valor informativo. En realidad, la noción carece de fundamentación teórica y ello dificulta el análisis empírico; por consiguiente, resulta complicado especificar su contenido concreto (…). No obstante estas objeciones, no debiéramos renunciar, por purismo científico, al empleo del término. Su uso en el lenguaje cotidiano y en el debate intelectual indica su utilidad para señalar un campo que si no quedaría en la oscuridad. Es cierto que carecemos de un concepto de cultura política; pero el fenómeno existe (Lechner 1987: 10).

De esta forma, esta noción refiere no tanto a las acciones políticas como a las orientaciones que las guían, es decir, a los estilos y los modos de hacer y concebir la política. Ello supone poner atención a la producción subjetiva de los sujetos y a los marcos valóricos y emocionales que sostienen la acción política.

Así, las identidades políticas se articulan en torno a acciones programáticas y también a elementos simbólicos, como mitos y ritos que refuerzan el sentido de lo colectivo y la concepción del mundo ligada a esta pertenencia. Mientras que los ritos son una instancia colectiva en la que se recrea, actualiza y consolida la identidad colectiva, los mitos permiten organizar una interpretación del mundo que da sentido a la acción política, situando a la comunidad en una temporalidad específica que le permite reconocerse como parte de una trayectoria histórica de largo alcance.

En relación con este último punto, es preciso señalar que la comprensión del mito como motor de la acción colectiva fue advertida tempranamente por el intelectual peruano José Carlos Mariátegui, fundador de la revista Amauta en 1926, y autor de “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”. Este autor, en la década del 20 del siglo XX, afirmó que los mitos revolucionarios podían activar la voluntad colectiva de los pueblos, asignándole a sus luchas una fuerza y un poder histórico innegable. Señala Mariátegui:

No se vive fecundamente sin una concepción metafísica de la vida. El mito mueve al hombre en la historia. Sin un mito la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico. La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza superhumana; los demás hombres son el coro anónimo del drama (…). Lo que más claramente diferencia en esta época a la burguesía y al proletariado es el mito. La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista. El mito liberal renacentista ha envejecido demasiado. El proletariado tiene un mito: la revolución social. Hacia ese mito se mueve con una fe vehemente y activa. La burguesía niega; el proletariado afirma (1988: 281).

Estas reflexiones fueron elaboradas en un contexto particular: la realidad peruana y el deseo de Mariátegui de construir el socialismo en un país que no poseía un proletariado fuerte ni un desarrollo industrial significativo. Como fundador del Partido Socialista peruano, mantuvo independencia de los lineamientos de la Tercera Internacional y, en lugar de sumarse a la política de bolchevización y a la conformación de un partido proletario clásico, propuso una concepción original sobre el marxismo, la que asignaba un lugar central a la cuestión moral y espiritual, pues, apelando a sus propias palabras, “cada palabra, cada acto del marxismo tiene un acento de fe, de voluntad, de convicción heroica y creadora” (Mariátegui 1934: 58).

Apoyándose en la teoría soreliana de los mitos revolucionarios (Sorel 2005)6, Mariátegui propone que ni la ciencia ni la razón logran satisfacer las inquietudes y necesidades humanas, y que, por lo tanto, la voluntad, la pasión y la fe son los elementos indispensables para movilizar a los sujetos tras la promesa de la revolución socialista. El mito revolucionario se sostiene, entonces, en una fuerza religiosa, mística y espiritual.

Retomando esos planteamientos, en este trabajo asumo que la experiencia militante no se explica únicamente en la mera adscripción a una ideología en particular, sino que constituye una forma de leer y de vivir la realidad. Es, en este sentido, una cultura, tal como la entiende Raymond Willliams (2009) y otros teóricos de los Estudios Culturales.

Desde una cercanía crítica respecto del marxismo, Williams (2009) propuso la noción de “materialismo cultural”, la que expresa el espesor material de la cultura y su lugar en la formación de prácticas y relaciones sociales, instituciones y producciones simbólicas. El autor entiende la cultura en un sentido antropológico, es decir, como modo global de vida sin restringirla a las actividades ni los objetos asociados al trabajo intelectual o artístico. Asimismo, asume que la realidad social y material está estructurada en base a valores, imágenes y significaciones, estableciendo un vínculo estrecho entre cultura y lenguaje.

A partir de esta mirada, se entiende que la realidad se construye a través de una red de relaciones donde lo político, lo social, lo económico y lo cultural interactúan entre sí, de modo que la explicación de los fenómenos sociales no depende sólo de uno de esos aspectos. Es así como las estructuras (entendidas como la dimensión social y económica) y las superestructuras (entendidas como la esfera política e ideológica) están interrelacionadas, pues ambas refieren a actividades humanas concretas que son productivas en tanto participan activamente en la construcción de la realidad. De allí que cualquier intento por establecer una división tajante constituya una abstracción que obtura la posibilidad de comprender la sociedad.

En esta misma línea, la categoría de “estructura de sentimiento” permite analizar cómo esos valores fueron vividos y sentidos por los sujetos, así como la forma en que esos sentimientos se articularon con ideas que habían sido formuladas formal y sistemáticamente. Esta noción hace posible advertir la manera en que el pensamiento es sentido y, a su vez, los sentimientos son pensados, superando la disyunción entre una y otra dimensión de la experiencia humana. Asimismo, permite comprender el modo en que ciertas ideas son incorporadas por los sujetos a su cotidianeidad y, a partir de ahí, son pensadas y sentidas de un modo particular en el que se articulan lo social y lo individual. Indica Williams:

El término resulta difícil; sin embargo, “sentimiento” ha sido elegido con la finalidad de acentuar una distinción respecto de conceptos más formales como “concepción del mundo” o “ideología”. No se trata solamente de que debamos ir más allá de las creencias sistemáticas y formalmente sostenidas, aunque por supuesto siempre debamos incluirlas. Se trata de que estamos interesados en los significados y valores tal como son vividos y sentidos activamente (2009: 180).

Esta propuesta es muy productiva para comprender la vida cotidiana7 de la militancia y los motivos, razones y pasiones que movilizaron a quienes abrazaron el sueño de la revolución socialista. La pura adscripción racional a un proyecto político-ideológico explica sólo parcialmente la experiencia militante de hombres y mujeres que persistieron en sus propósitos políticos, aun en escenarios donde la derrota política era evidente. La comprensión de esa porfía sólo puede ser entendida poniendo atención al entramado valórico, ideológico y emocional que configuró la subjetividad revolucionaria de los 60 y 70.

Asumiendo que la cultura opera como un sistema de significación a través del cual se vivencia y construye la experiencia social, es posible poner el foco en los sentidos asignados a las prácticas sociales (y a quienes tienen el poder para definir esos significados), entendiendo la centralidad que adquieren la subjetividad y las configuraciones identitarias en la puesta en marcha de proyectos emancipatorios. Estas definiciones permiten comprender las prácticas culturales cotidianas como el escenario donde se despliega y construye un determinado tipo de prácticas políticas, visibilizando así dimensiones menos evidentes de la experiencia militante.

En una dirección similar, el intelectual chileno Bernardo Subercaseaux propone la noción de “imaginario político” para referirse a:

un conjunto articulado de representaciones con un núcleo ideológico y un campo léxico y semántico común, que involucra también una dimensión cultural e incluso emocional. En cuanto representaciones, éstas portan un contenido ideológico, un marco conceptual, un determinado lenguaje y una retórica, referentes simbólicos y pulsiones culturales (2004: 52).

En este sentido, la militancia en organizaciones políticas supone la confluencia entre ideas y pulsiones culturales, articulándose estilos de vida singulares y distintivos, que consideran desde un cierto tipo de vestimenta hasta usos lingüísticos específicos. Tanto así, que la identidad cultural partidaria sobrepasa los elementos estrictamente ideológicos, y puede persistir en el tiempo, incluso si la estructura orgánica partidaria se divide o desaparece. Así, la organización política existe en tanto comunidad humana en la que se cruzan los afectos y las ideas, las razones y las pasiones, lo privado y lo público, y en la que las acciones políticas son vividas, sentidas y pensadas de un modo particular.

Los testimonios de ex militantes y diversas investigaciones académicas advierten que el proyecto revolucionario de los 60 y 70 descansaba sobre una visión de mundo y una concepción de la revolución como un absoluto que asignaba un sentido y un lugar en la historia a sus miembros. La militancia imponía a los militantes -en especial a los profesionales o de tiempo completo- mandatos y estrictos patrones de conducta. Asimismo, el ingreso al MIR consideraba distintas etapas (simpatizante, aspirante, militante), cada una de las cuales suponía el cumplimiento de ciertas exigencias, y en muchos casos, una evaluación más o menos formal de parte de un encargado. Se trataba, en suma, de un proceso regulado y controlado que consideraba ritos que reforzaban el tránsito de afuera hacia adentro (Naranjo et al. 2004).

La moral revolucionaria consideraba modos de comportamiento claramente establecidos, y esos mandatos, escritos o no, se mantuvieron, y en muchos casos, se rigidizaron en el escenario posterior al golpe cívico-militar de 1973. La implementación del proyecto político revolucionario requería la formación moral y política de sujetos que debían poseer características particulares: decisión, valor, coraje, fortaleza, convicción y arrojo.

Así también, se asumía que la voluntad era suficiente para poner en marcha el proceso revolucionario y despertar las conciencias de los oprimidos. Tal como señala Alain Badiou (2005), a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, ocurrió un desplazamiento desde el progresismo histórico al heroísmo político histórico, tránsito que se explica en el convencimiento de que la historia sólo puede avanzar forzándola a ello. La voluntad aparece, entonces, como el motor de la historia, ocupando un lugar central en la subjetividad revolucionaria.

Siguiendo esta perspectiva analítica, los trabajos de Julián Bastías (1995), Tamara Vidaurrázaga (2006) y Hernán Vidal (1999) se acercan a la subjetividad militante y a la cultura política de la organización que analizamos, poniendo atención a las tensiones y los nudos problemáticos que acompañaron la experiencia de la militancia revolucionaria setentista. La maternidad, las relaciones de género, la disciplina interna, los mandatos que organizaban y estructuraban la vida diaria, son algunos de los tópicos abordados por estos autores.

3. Llamados por la “Historia”

Muchos de los jóvenes que se sumaron al MIR lo hicieron movilizados por un ánimo contestatario y crítico que se nutría no tanto de concepciones político-ideológicas, sino de un profundo rechazo al sistema imperante. Ese descontento se manifestaba en un cuestionamiento general a todo lo establecido: desde la guerra de Vietnam hasta el mandato de la virginidad; todo debía ser reinventado.

Al impacto provocado por el triunfo de la Revolución Cubana y por las luchas anticolonialistas en Asia y África, se sumaban transformaciones culturales que modificaban la vida cotidiana de hombres y mujeres, como el uso de anticonceptivos y el cuestionamiento a la moral sexual conservadora. Todo gesto de autoritarismo era cuestionado: desde la política imperialista de los EE.UU., hasta la autoridad paterna al interior del núcleo familiar. De este modo, en los largos sesenta (Devés 2003) fueron desestabilizándose los ordenamientos de la vida pública y privada, articulando en un mismo reclamo la lucha por el socialismo, el ejercicio de una sexualidad sin ataduras y la liberación de los oprimidos. Existía el convencimiento de que el sistema, noción bastante amplia e imprecisa que aludía a todo lo establecido, era esencialmente injusto y, por ello, era preciso transformarlo.

Es así como, independientemente de cómo se llegara a la militancia política, la incorporación a esta organización implicó un nuevo modo de relacionarse con los otros y consigo mismo, una ruptura drástica (y muchas veces definitiva) con la vida anterior. El llamado de la historia resultó ser poderoso y casi siempre ineludible, pues se nutría tanto de promesas como de certezas.

Tal como señala la ex militante del MIR, Gladys Díaz, en relación con sus primeros acercamientos a la militancia política:

Yo me crie en una situación en la que no podía si no ser militante de izquierda, en un pueblo minero, con gente muy pobre, leñeros, carboneros, y estaban los chilenos y los norteamericanos. Yo era hija de uno de los hombres de mejor situación (mi papá era comerciante) y desde muy niña vi cosas muy brutales… Me tocó presenciar cosas que yo tendría que haber sido una persona muy insensible o psicópata para no haber sentido desde muy niña lo que era la desigualdad en este país (…) ésa fue mi primera motivación para meterme a lo social.

Los revolucionarios tenían la obligación de realizar cambios en la totalidad del individuo, poniendo sus acciones, afectos e inteligencia al servicio de la colectividad. El cumplimiento de esos deberes iba acompañado de sentimientos de satisfacción, constituyéndose en un sacrificio gozoso para la mayoría de los militantes.

Un rasgo distintivo de esta identidad es la renuncia, en primer término, a sí mismo, es decir, una suerte de abandono del propio yo en el marco de un proceso de fusión con el colectivo. Un cuadro político revolucionario debía estar dispuesto a renunciar a la familia, a los estudios, al desarrollo profesional y a la propia vida si la revolución así lo exigía. En este sentido, resulta paradójico que la afirmación de la identidad revolucionaria consistiera, justamente, en lo que el ex militante Julián Bastías ha definido como proceso de “desindividualización”, formulado como “entrega a la causa” (2005: 176).

La máquina revolucionaria exigía una entrega total y los militantes eran una pequeña pieza de un engranaje mayor al que se debían por entero. En este sentido, el compromiso con la revolución se sostenía en una especie de “borramiento de sí mismo en el colectivo” (Oberti 2011: 190), de modo que los proyectos personales quedaban desplazados por un proyecto de transformación global del que se beneficiarían todos los excluidos y oprimidos del mundo.

De acuerdo a Camilo, ex militante del MIR:

En verdad, toda mi vida fue al servicio del MIR, en todo ese tiempo. Yo creo que el concepto era que la comunidad era más importante que el individuo, entonces, por ejemplo, yo quería ser médico, pero un médico revolucionario, no quería ser un médico cualquiera. Pero para ser un médico revolucionario, ¿qué es lo que había que tener primero? había que tener revolución. Entonces si tú no hacías la revolución, no ibas a ser un médico revolucionario, y si tú querías ser un revolucionario tenías que hacer la revolución. Por lo tanto, tus intereses personales estaban supeditados a los intereses de la comunidad y la comunidad era el Partido, la comunidad era la revolución y la comunidad era la sociedad. Entonces, desde esa perspectiva, no era ningún dolor trasladarse de ciudad, trasladarse de tarea o dejar los estudios o dejar el trabajo que tenía. Eso no es importante desde esa perspectiva. La perspectiva y el marco general era la revolución8.

La máxima expresión de la renuncia total era la disposición a morir, posibilidad que era parte del escenario de probabilidades tratándose de una organización que apostaba a la lucha armada como estrategia para instalar el socialismo en Chile. Como es lógico, una vez ocurrido el Golpe de septiembre de 1973, la proximidad de la muerte se hizo más concreta y cercana. Señala Lautaro Videla, ex mirista:

Yo partí pensando que el acto más sublime de la política es terminar muriendo por los ideales. Nosotros nos formamos en esa lógica, o sea, para nosotros era obvio que nuestra salud estaba en riesgo, nuestra familia estaba en riesgo ¿me entiendes? Había que asumirse como parte de un engranaje, una rolinera de estas bolitas de metal de acero, que a veces se rompen y que si se rompen hay que cambiarlas. Por lo tanto, éramos una rolinera del engranaje del proceso de la revolución y si nos tocaba, nos tocaba. Pero con ese agregado de que si nos toca, va a ser un ejemplo, la parte sublime de nuestro rol político.

La muerte en combate sellaba una vida entregada a los otros. Así lo señalaba la experiencia de Guevara y de otros dirigentes revolucionarios, como Miguel Enríquez o Roberto Santucho. La dimensión sacrificial de la militancia, dar la vida por la vida, otorgaba la posibilidad de trascender y de servir como ejemplo a los futuros revolucionarios. De esta manera, no se trataba de una muerte cualquiera, sino de una muerte luminosa, trascendente y sublime. En palabras de Camilo:

Creo que a la edad que tenía yo, a los 20 años, la muerte es un hecho casi lindo si se producía en esas circunstancias (el combate). Nosotros teníamos muy poca experiencia acerca de la muerte, como no fuese la de nuestros abuelitos en una cama enfermos con cáncer o algo así. Pero la muerte desde la perspectiva revolucionaria era una cosa frente a la que no teníamos dolor ni miedo. Al contrario, era una cosa casi gloriosa. Desde esa perspectiva no era algo que nos amilanara. En absoluto.

El ánimo contestatario y rebelde de quienes aspiraban a ser militantes de las organizaciones revolucionarias debía ser encuadrado para que fuera funcional al proyecto político que se perseguía. Los jóvenes rebeldes debían transformarse en militantes disciplinados, responsables y aplicados y, para ello, las tres organizaciones aquí analizadas pusieron en práctica diversos mecanismos de formación política (Naranjo 2004)9, por ejemplo, escuelas de formación de cuadros, la lectura conjunta de la prensa partidaria, instrucción militar, entre otras. Con respecto a este punto, el ex militante del MIR, Julián Bastías, se pregunta desde una mirada retrospectiva bastante crítica “¿cómo entender que estos individuos atraídos por el espíritu de rebeldía, creativo y libertario que el MIR representaba, se adaptaran rápidamente a valores tan diferentes?” (2005: 170).

En el caso del MIR, la necesidad de transformar a sus militantes en cuadros políticos profesionales requirió la puesta en marcha de estrategias de educación política cada vez más estructuradas. Este proceso se inició en 1969 (dos años después de que Miguel Enríquez asumiera su conducción), y fue parte de una restructuración orgánica más amplia, orientada a fortalecer políticamente al Partido. Entre las medidas adoptadas se consideró el establecimiento de etapas para regular y controlar el ingreso y la formación de los militantes. Para la nueva conducción, el fortalecimiento del Partido hacía indispensable la formación de un nuevo tipo de militante. Tal como señala un documento partidario: “[l]os aficionados deberán abandonar la organización. (…) No se ingresará ni se hará abandono del Partido de cualquier forma. La entrega de sí mismo deberá ser total. La organización decidirá si un militante debe o no trabajar o estudiar, o dónde habitar, etc.” (Naranjo 2004: 62).

Durante este período -previo al golpe cívico-militar de 1973-, y con el objeto de regular y controlar el ingreso a la organización, se establecieron las etapas de simpatizante, aspirante y militante. De acuerdo a lo propuesto, el período de formación debía extenderse por, al menos, seis meses, proceso en el cual se ponía a prueba la capacidad de entrega y disciplina de los futuros militantes.

El proceso formativo consideraba el conocimiento y la comprensión de las siguientes materias: aspectos generales de la teoría marxista-leninista (materialismo dialéctico, materialismo histórico, economía política), historia del movimiento obrero mundial y nacional, historia del Partido y estructura de la formación social chilena. Asimismo, se esperaba que los militantes tuvieran un manejo general de aspectos orgánicos, técnicos y militares, con el objeto de poder aplicar en su quehacer cotidiano los aspectos más teóricos e ideológicos. Un buen militante debía estudiar y conocer las obras clásicas del pensamiento marxista-leninista, así como los escritos de líderes revolucionarios contemporáneos cuya experiencia era considerada como un ejemplo a seguir: Guevara, Giap, Fanon, entre otros.

Además, un aspecto central en la formación militante tenía relación con cuestiones morales y valóricas. Como señala un documento partidario que abordaba el tema de la formación de los cuadros políticos:

El Partido Revolucionario debe transformar a sus militantes, convertirlos en acero bien templado, sensible y flexible, pero no quebradizo, capaz de hacer frente tanto a las incitaciones de la sociedad burguesa a una vida cómoda, al individualismo, al provecho personal, como de hacer frente a la represión, a la persecución, a la tortura, capaz de continuar la lucha con más fe en el triunfo del proletariado que nunca (MIR 1974: 1).

De acuerdo a estos modelos y representaciones, los valores revolucionarios estaban asociados a la fortaleza, la entereza, el estoicismo, los que, a su vez, se definen por oposición a lo quebradizo, lo frágil, lo débil. Asimismo, esa fortaleza debía utilizarse para resistir no sólo al enemigo externo, sino a conductas internas que era preciso erradicar y eliminar: el individualismo, las comodidades de la vida burguesa, el provecho personal.

Esa transformación interna debía hacerse, necesariamente, dentro del Partido y al calor del fuego y los golpes de la lucha de clases. De este modo, si bien el manejo -aunque fuese general- de cuestiones teóricas era indispensable, y con ese fin se elaboraron manuales que resumían las obras de Engels, Marx y Lenin, la práctica revolucionaria era, en definitiva, lo más importante. Tal como advierte Lautaro Videla, ex dirigente que tuvo a su cargo la formación política de otros militantes:

A los simpatizantes y aspirantes tratábamos de vincularlos al conocimiento del pensamiento político marxista, pero lo más importante era la actividad concreta, de compromiso, es decir, desarrollar algunas acciones que demostraran su disposición a jugar un papel en la lucha, que fuera capaz de hablar o que fuera organizador. Valorábamos mucho al que organizaba, al que trabajaba en la oscuridad, oscuro, triste y gris, armando reuniones, consiguiendo recursos, que entregara tiempo y dedicación a la actividad política del MIR10.

La evaluación sobre el desempeño de simpatizantes y aspirantes, y la posibilidad de ascenderlos (o no) a la condición de militantes, estaba en manos de los dirigentes de cada estructura, cuya decisión debía ser confirmada posteriormente por las estructuras superiores del Partido. Ahora bien, la experiencia del tránsito del afuera hacia adentro fue diversa. Como señala Videla, el proceso de formación variaba dependiendo del tipo de militante: mientras a los estudiantes universitarios se les exigía un mayor manejo de aspectos teóricos e ideológicos, los que provenían del mundo sindical y campesino debían demostrar otro tipo de destrezas, más vinculadas al activismo y a capacidades organizativas. Como advierte el mismo dirigente:

En el mundo campesino y sindical lo más determinante era el activismo, ir a una reunión, convocar a sus colegas a que votaran por una determinada posición en el sindicato. En la población, en los sin casa, lo mismo, los campesinos igual. Eso era más determinante que la formación ideológica y los grados de información política. Esto porque había intereses de clase, había una sensibilidad que tenía que ver con su vida cotidiana que lo hacía comprometerse mucho más fácil que un cabro que necesitaba una serie de argumentos ideológicos, para llegar a entender casi abstractamente que era bueno luchar por la reforma agraria y el huevón [sic] no tenía más que un jardín en su casa. Ese tenía que abstraer más y acceder a niveles de conocimiento, cultura y de teoría mayores. Había no una discriminación, una diferenciación en las exigencias11.

De acuerdo a este testimonio, se consideraba que los militantes de extracción pequeño burguesa debían corregir las carencias y deformaciones asociadas a su origen a través del estudio y el conocimiento de la teoría marxista. Se entendía, en un mismo sentido, que quienes provenían de sectores populares tenían, por su experiencia directa y cotidiana con la explotación, más facilidad para acceder a la conciencia revolucionaria y, por lo mismo, su desarrollo político-intelectual no era prioritario (Bastías 2005).

Mientras algunas personas recuerdan el momento preciso en que se les comunicó oficial y formalmente que fueron aceptadas como militantes de la organización, otras afirman haber ingresado sin ningún tipo de restricciones. Es necesario señalar que, en algunos momentos, las medidas de selección y formación no fueron implementadas ya que las urgencias del contexto político no lo hicieron posible. De hecho, muchos de quienes ingresaron a la organización durante el período de la Unidad Popular, y en especial a partir del año 1972 (período de mayor crecimiento orgánico), fueron aceptados de inmediato, sin recibir ningún tipo de formación especial, dada la enorme cantidad de actividades y tareas partidarias que había que realizar.

Después del golpe cívico-militar de 1973, el ingreso masivo y automático de militantes fue considerado por la Dirección como una grave debilidad que explicaba, al menos en parte, los numerosos embates recibidos por parte de los aparatos represivos. Los militantes nuevos, inexpertos y sin formación política, eran -desde esa perspectiva- más propensos a cometer errores de seguridad y a no respetar la compartimentación, lo que hacía más vulnerable al Partido (MIR 1974). Lo cierto es que la implementación de estos procesos educativos no fue una experiencia uniforme, al contrario, muchas veces fue irregular y poco sistemática, siendo desplazada por otras tareas consideradas más urgentes12.

Adicionalmente, la noción leninista de vanguardia política y la moral revolucionaria guevarista fueron elementos centrales en la construcción de la identidad mirista. De acuerdo a estos preceptos, se entendía que el Partido estaba formado por los mejores hijos del pueblo, quienes tenían la misión de conducir y formar a las masas en los valores de la moral revolucionaria y, para ello, debían demostrar con el ejemplo que reunían todas (o al menos gran parte de) las virtudes del “Hombre Nuevo”. Los miristas eran y debían ser los mejores. Señala Videla:

Mira, nosotros éramos como los griegos de la izquierda, la crème de la crème de la izquierda chilena. Miguel era un tipo brillante; el Guti era muy ilustrado, cultísimo; Sotomayor un corajudo, aguerrido; Edgardo era genial, lo mismo el Bauchi… un equipo excepcional. Es cierto que se nos acusó hasta de ser agentes de la CIA, pero creo que mucha gente nos admiraba por nuestro arrojo, nuestro compromiso y nivel de entrega.

La idea de excepcionalidad señalada por el ex militante expresa una concepción de sí mismos que contiene, al menos, dos sentidos. Por un lado, considerarse únicos, particulares, diferentes y, por otro lado, mejores, superiores y aventajados en relación con los militantes de otras organizaciones políticas y, por cierto, respecto de los sujetos comunes y corrientes que no habían despertado a la conciencia revolucionaria.

Es preciso considerar que tanto en el MIR como en otros partidos de izquierda conosureños -incluidos los de izquierda tradicional-, los dirigentes (muchas veces fundadores de la organización) eran considerados la encarnación del militante ideal. A ellos -la mayoría bastante jóvenes-, se les respetaba y admiraba por su inteligencia, oratoria magnífica, coraje y entrega total a la causa revolucionaria. El hecho de que algunos de los dirigentes proviniesen de familias acomodadas, era observado como una prueba irrefutable de su capacidad de renuncia y compromiso con los oprimidos. Se les consideraba personas excepcionales e intelectualmente brillantes. A su vez, su participación en las acciones armadas ponía en evidencia que estaban dispuestos a asumir los riesgos que el proyecto exigía. De este modo, el ejemplo de los dirigentes modelaba la identidad de los militantes, tanto o más que los cursos y manuales de formación política. Como señala Patricio Rivas, ex dirigente del MIR:

su juventud se transformaba en un imán para quienes teníamos menos de veinte años. En todos existía una postura de valentía que comunicaban con la mímica de sus cuerpos. “No le tememos a la historia”, parecían decir con sus gestos. Sugerían una estética, una ética y una política. Se vestían con parkas, chaquetones azules, jeans, pantalones de cotelé oscuros y bototos. Hablaban sin afectación pero con identidad. Cientos de muchachos nos sentiríamos atraídos por esa energía (2007: 20).

En efecto, los dirigentes ejercían un liderazgo que descansaba tanto en elementos racionales como emocionales, actuando como intermediarios entre el proyecto y el conjunto de los militantes. Se buscaba imitar sus virtudes, gestos y hasta su forma de vestir, y condensaban en sí mismos los atributos que la comunidad considera deseables.

Para los militantes que se incorporaron a la organización después del golpe de septiembre de 1973, la historia de sus dirigentes, en especial la de aquellos que murieron asesinados por los aparatos represivos y que en los primeros años de vida de la organización participaron en acciones armadas (fundamentalmente, asaltos a entidades bancarias), operaba como un mito que fortalecía la adhesión colectiva y la identidad militante.

En cuanto a su estructura organizativa, entre 1970 y 1973 la organización interna del MIR estuvo estructurada de la siguiente manera: la militancia de base se organizaba en torno a los Grupos Político Militares (GPM), órganos de carácter territorial que estaban vinculados con los frentes de masas. Por encima de estas estructuras estaban los Comités Regionales (CR), y más arriba se hallaba el Comité Central (CC), órgano de dirección formado por los dirigentes de los Comités Regionales, por los miembros que habían sido elegidos en el III Congreso (realizado en 1967), y por los militantes de confianza que habían sido cooptados. En la cima de la pirámide estaba la Comisión Política (CP), y en su interior se encontraba el Secretariado Nacional, quien asumía la dirección y la representación del Partido.

Esta estructura jerárquica, propia de un partido leninista, se vio reforzada con la postergación del IV Congreso y con el uso reiterado de la cooptación como mecanismo de ascenso en las estructuras partidarias. Este tipo de organización interna asignaba a los máximos dirigentes un poder difícil de contrarrestar, situación que en el periodo analizado no fue mayormente cuestionada -al menos de forma articulada y masiva- por la militancia. Como recuerda el ex militante Luis Ulloa:

Mira, yo no participé nunca en una elección, no existía eso, además era una estructura político-militar entonces nos sometíamos al mando, yo tenía un jefe, él venía con los acuerdos que se habían tomado en otra instancia en la cual yo no tenía ninguna participación… Pero no fue posible, el contexto no permitió hacerlo de otra forma, además que todos respaldábamos a nuestra Dirección, nadie los cuestionaba, para nada… no discutíamos, pero a nadie le importaba, no era un tema, teníamos claro el camino… en lo central estaba todo claro, nosotros teníamos una lucha donde no se daban esas cosas, el tareísmo mataba lo otro, ahogaba la discusión de otros temas, nosotros peleábamos pero con el PC, no adentro… Nunca escuché que alguien reclamara, por primera vez lo escuché preso, en Puchuncavi, nunca antes… nosotros teníamos una cuestión de fe hacia nuestros líderes, o sea Miguel era médico, Bauchi médico, el Dago sociólogo, o sea (… ) ellos podían acceder a una vida cómoda dentro del sistema, pero ellos optaron por otra cosa y era seductor eso, entonces yo no andaba pensado si habrán usurpado el poder, que por qué no habrán elecciones… no era mi problema.

En relación con este punto, algunos dirigentes de la época señalan que, si bien existía un excesivo verticalismo, esto no provocaba mayores conflictos ya que había una suerte de coincidencia armónica entre las aspiraciones e inquietudes de las bases militantes y las decisiones políticas de la Dirección (Leiva 2010). Existen, sin embargo, diversos registros que dan cuenta de que aún antes del golpe militar, existían algunos sectores de la militancia que no aceptaban de buena gana la escasa democracia interna y que plantearon sus diferencias. Años más tarde, documentos oficiales del Partido harían suyos esos mismos cuestionamientos (Calderón 2009).

4. Amor, vida cotidiana y revolución

En muchos sentidos, la intensidad de la vida militante hizo que la organización política se constituyera en una nueva familia para sus militantes, transformando los lazos políticos en poderosos vínculos afectivos. La familia de origen fue abandonada o desplazada por las tareas partidarias, y tanto la fuerza de las convicciones como la certeza de que se podía morir por la causa revolucionaria reforzaban la identidad colectiva de los militantes. Como señala el ex dirigente del MIR, Lautaro Videla:

Había una relación casi amorosa, entre hombres, entre mujeres, un sentimiento de amor, de afecto. Estábamos en la misma pelea, abandonando todo, arriesgándolo todo, teníamos que tener un espacio familiar, chucha [sic] teníamos que tener algo que nos diera un sentido de pertenencia. Un sentido de protección. Sí, éramos una verdadera familia, no me cabe duda de eso.

De este modo, la pertenencia a una organización fue una fuente de gratificaciones afectivas. Este aspecto es decisivo para comprender la identificación política con la comunidad y las dificultades y costos que suponía abandonarla (en especial cuando la salida no era voluntaria).

La transformación de los militantes debía ser integral, involucrando tanto su vida pública como privada. No se trataba de un proyecto y una cultura política que considerara transformaciones radicales única y exclusivamente en la esfera de la política formal y la economía, sino, más bien, de una colonización de lo privado y personal por parte de lo público, en este caso, la revolución socialista. Así se señala en el documento “Notas sobre la formación de los cuadros”, atribuido al dirigente Martín Hernández, quien estaba a cargo de la Comisión Nacional de Formación Política.

No es una parte -la parte pública- del militante la que está dentro del Partido mientras que la otra -la parte privada- queda fuera y sometida a otras leyes, normas y valores morales; el militante revolucionario debe ser tal, tanto en su actividad política como en su actividad privada y en ambas debe constituirse en ejemplo de una nueva moral y del inicio del proceso de constitución del futuro hombre total del socialismo (MIR 1974: 17).

Si bien es posible advertir una coincidencia entre esta afirmación y la politización de lo privado propuesta por el feminismo en la misma época (Oberti 2011), lo cierto es que el proyecto revolucionario no consideraba una revalorización de las relaciones personales ni de la vida cotidiana. Por el contrario, la esfera de lo íntimo debía subordinarse a las exigencias de la gran política. De esta manera, la construcción de los vínculos afectivos primarios estaba condicionada por el ritmo y por los mandatos de la revolución, tal y como lo había señalado el propio Guevara en el clásico escrito “El Socialismo y el hombre en Cuba” de 1965:

Los dirigentes de la Revolución tienen hijos que en sus primeros balbuceos, no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida para llevar la Revolución a su destino; el marco de los amigos responde estrictamente al marco de los compañeros de Revolución. No hay vida fuera de ella (Guevara Cit. en Fernández 1999: 127).

Sin embargo, la articulación entre el mundo de la afectividad y el mundo de la política sí estuvo cruzada por tensiones y conflictos que llevaban la marca del género. El proceso de transformación en un “Hombre Nuevo”, no era, como es evidente, igual para mujeres y hombres. La militancia en organizaciones político-militares les permitió actuar en el espacio público, asumir diversos liderazgos y participar en la construcción del proyecto revolucionario. Paradójicamente, al mismo tiempo que se constituyó en un espacio de desarrollo personal y político (Vidaurrázaga 2006), ese espacio no cuestionó la condición de desigualdad de las mujeres ni otorgó valor a las cuestiones vinculadas con la vida privada.

En un escenario mundial marcado por la subversión de las pautas sociales en el plano moral, sexual y familiar, la experiencia militante estuvo atravesada por la coexistencia -no pocas veces conflictiva- entre prácticas contestatarias y una moral más rígida y conservadora. La mayoría de los entrevistados recuerda que las relaciones personales se desarrollaban con bastante libertad y, de hecho, el MIR no formuló un código de conducta que regulara las relaciones entre sus miembros. No obstante, en algunas ocasiones hubo una suerte de control “entre pares”, es decir, de militantes que cuestionaron las conductas de otros militantes, por no ajustarse a los códigos de la conducta revolucionaria. Como recuerda Gastón Muñoz, ex militante de esta organización:

Yo fui presidente de la Federación de Estudiantes, miembro del consejo superior de la Universidad de Concepción por el MIR, entonces una vez fui cuestionado por un compañero peruano porque eh… yo tenía una compañera y en una fiesta yo había tenido un encuentro casual, digamos. Entonces fui cuestionado porque esas cosas no podían ser en un dirigente, digamos, en un revolucionario, porque en la vida de la unidad no sólo se abordaba el tema político general, sino que la cosa de los valores [es] muy importante. Entonces, se hace esta discusión sobre cuál es el comportamiento del revolucionario, cómo hacerlo, etc. Era una cuestión súper importante en la vida militante, te fijas. La cosa valórica era en nosotros una cuestión, súper pero súper importante.

De este modo, el MIR era el espacio de la revolución pero también el de los afectos, la amistad, el amor y las pasiones. La cantidad de tiempo que los miristas dedicaban a las actividades partidarias hacía prácticamente imposible construir relaciones de amistad o de pareja con personas ajenas a ese mundo. Por lo mismo, las rupturas, los reencuentros y la formación de nuevos vínculos ocurrían, en la mayoría de los casos, al interior de la organización. Esto fortalecía las fronteras que existían entre el mundo partidario y el mundo exterior, mientras que los contactos con el afuera eran cada vez más esporádicos y débiles. De acuerdo a la ex militante Lucrecia Brito, la formación de parejas entre compañeros era frecuente, mientras que las posibilidades de establecer relaciones afectivas con militantes de otras organizaciones enfrentaban algunos obstáculos:

bueno, a los comunistas le prohibían a sus militantes pololear con gente del MIR, y en el MIR no habían ese tipo de prohibiciones, nadie se metía en tu vida privada, aunque claro, no debe haber faltado el desviado que haya querido meterse con alguien de afuera, pero no era la conducta general.

En relación con este punto, si bien no existía ninguna orden partidaria que prohibiera o sancionara la formación de parejas con personas ajenas a la organización, esa posibilidad no sólo era improbable sino que constituía una situación “anómala y desviada”, es decir, poco ajustada a lo considerado normal y correcto. Esta realidad, asumida y naturalizada por gran parte de la militancia aún sin existir una orden de por medio, no impidió que algunos militantes se vincularan afectivamente con personas que pertenecían al mundo del afuera. En estos casos, la articulación entre el compromiso de pareja y el compromiso partidario no estaba libre de tensiones y se organizaba de acuerdo a las prioridades del militante. Así lo recuerda el ex militante Enérico García:

Yo tenía una polola que no era mirista, ella estaba sub-dedicada a mí, a mis tareas. O sea, yo no le iba a dedicar más tiempo a ella que a mi militancia. Ningún compromiso que yo tuviera con ella iba a ser más importante que el que yo tuviera con la organización. Yo me casé en el año 71 con ella, pero si ella no entendía, se acababa la relación, eso… si no entendía mi relación con la política, con esa forma de hacer política.

La masculinidad revolucionaria se expresaba y construía performáticamente (Butler 2002) en la escenificación cotidiana de la valentía, el arrojo y la audacia. El modelo se acerca al arquetipo del guerrero (siempre heterosexual) que seducía con su temeridad y capacidad de sacrificio a las mujeres, incluso a aquellas que eran ajenas al mundo de la militancia y que aceptaban y se adaptaban a sus exigencias y prioridades.

Es así como los rasgos asociados al modelo del “Hombre Nuevo” guevarista fortalecía la masculinidad de los militantes varones y los volvía más atractivos, incluso a aquellos débiles o disminuidos físicamente, ensanchando sus posibilidades de seducción. Para las mujeres, en cambio, el estilo de vida que exigía la construcción del socialismo y el cumplimiento de las exigencias que imponía el proyecto revolucionario las volvía menos femeninas en términos tradicionales, y las transformaba -en los hechos y sin, necesariamente, habérselo propuesto- en transgresoras del sistema sexo-género. Respecto a este punto, Lautaro Videla señala:

los hombres éramos suficientemente atractivos como para ser capaces de engrupir a una mina [sic] que nos veía de vez en cuando y a la que no podíamos ofrecer compromiso certero, pero éramos atractivos, del punto de vista no te digo a lo mejor físico, sino de lo que éramos, de lo que valíamos, de lo que pesábamos, de la huevá [sic] que estábamos. Es muy común que muchos miristas tuvieron de pareja a mujeres que eran más pasivas y que se adaptaron a nuestra condición errática, sin horario. En el caso de las mujeres, que eran menos, normalmente encontraban a su pareja entre los miristas y si no la encontraban lo pasaban mal, porque normalmente nadie se las calaba [sic] porque tenían que estar ahí en el ritmo que teníamos y que ningún hombre normal se las iba a calar [sic]. Pensaban que les estaban poniendo el gorro [sic].

Esa transgresión, muchas veces no buscada, tenía como consecuencia costos y tensiones específicas que imprimían a la militancia femenina un tono diferente a la masculina (Vidaurrázaga 2006). De hecho, la asociación entre la actividad política intensa y una sexualidad activa y poco ajustada a la moral conservadora es inmediata: “pensaban que les estaban poniendo el gorro”. Como señala el testimoniante, pocos hombres estaban dispuestos a aceptar eso, salvo quienes pertenecían a la misma organización.

Hay que precisar que estos deslizamientos y fisuras dejaron intacta la centralidad del imperativo heterosexual, de modo que las organizaciones revolucionarias -al igual que los partidos tradicionales de izquierda, centro y derecha- reprodujeron en su interior las concepciones heterosexistas y homofóbicas de la sociedad que esperaban destruir. Un caso dramático es el de Mario Melo, militante que fue miembro de las FFAA y que durante el periodo de Frei Montalva fue expulsado del ejército por sus vínculos con el MIR. Una vez ocurrido el triunfo de Allende, se incorporó al GAP (guardia personal del presidente), y luego fue parte del aparato militar de la organización. Como tal, fue enviado a Cuba a formar cuadros en esa materia. Estando en la isla, circuló la información de que Melo era homosexual. Max Marambio, ex miembro del GAP, señala en una declaración judicial del año 200313:

[pensamos que] podía reportar un peligro para la organización del MIR teniendo en cuenta que él manejaba información sobre materias sensibles, como casa de seguridad y armamento. Ante eso el MIR optó por congelar la militancia de Melo y ordenarle que se quedara un año en Cuba (…). En todo caso, Mario Melo fue expulsado del MIR y obligado a permanecer en Cuba en tratamiento sicológico para superar su inclinación sexual. El día 11 de septiembre de 1973, Mario Melo encontrándose ya expulsado del MIR, se presentó en La Moneda subiéndose al techo del edificio y desde ahí disparó a los aviones que sobrevolaban el techo presidencial. El hecho de que Mario hubiese ido a la Moneda no teniendo ninguna obligación de hacerlo refleja su lealtad.

La comprensión de la homosexualidad como desviación peligrosa fue parte de un ideario en el que los valores revolucionarios (fuerza, audacia, coraje, decisión) eran, al mismo tiempo, los ideales masculinos tradicionales. De acuerdo a este universo de representaciones, ser un buen revolucionario era lo mismo que ser un buen hombre. Asimismo, la debilidad, la flaqueza, el temor y la cobardía eran asociadas a la “falta de huevos” y a conductas pequeño burguesas (o abiertamente contrarrevolucionarias) que era preciso erradicar. De esta forma, la hombría y la revolución estaban entrelazadas simbólicamente, y se definían por oposición a lo femenino (y homosexual).

En su análisis sobre la masculinidad revolucionaria cubana, Silje Lundgren (2010) señala que en el escenario post-revolucionario se implementaron políticas basadas en la noción estalinista sobre la homosexualidad. Comprendida como expresión de la decadencia burguesa y como vicio capitalista, se resolvió poner en marcha campos de trabajo (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) destinados a reeducar y a curar a individuos cuyas conductas se distanciaban del modelo de “Hombre Nuevo” que la sociedad cubana esperaba construir. De este modo, homosexuales, religiosos, contrarrevolucionarios, y otros individuos con conductas contrarias a la ética y moral revolucionaria, debían rehabilitarse a través del trabajo físico14.

En cuanto al tema de los hijos e hijas, en el período comprendido por este trabajo, el MIR no definió una política específica para sus militantes, y de acuerdo a los testimonios analizados, es posible apreciar que muchas mujeres decidieron postergar la maternidad para que su trabajo partidario no se viese afectado. Ahora bien, esto no significa que los militantes miristas no tuvieran hijos; de hecho, un número importante de ellos sí fueron padres y madres, como sucedió con la mayoría de sus dirigentes. En esos casos, o las mujeres abandonaban total o parcialmente la militancia, o dejaban a sus hijos al cuidado de sus abuelos para poder mantener el mismo nivel de compromiso militante (Vidaurrázaga 2006).

Es interesante constatar que la familia de origen -desplazada o abandonada por la nueva familia mirista- fue la que asumió las responsabilidades que los militantes desatendieron o postergaron al estar absorbidos por las urgencias de la revolución. De esta manera, el cuidado y la crianza de los(as) niños(as), e incluso la mantención material de los propios miristas, fue asumida por padres y madres que no necesariamente compartían los ideales políticos de sus hijos e hijas militantes. Luis Ulloa, ex militante del MIR, lo recuerda así:

Y bueno los hijos quedaron… había muchas mamás cuidando los hijos, porque tú tenías un hijo y si andabai [sic] prófugo tu mamá terminaba criando ese hijo, hay muchas mamás de militantes del MIR que terminaron criando a sus hijos, a mí me pasó, a mi hijo mayor lo terminaron criando mis padres, ellos se hacían cargo de ese costo, yo ahora valoro esas cosas, antes consideraba que era casi su obligación.

Independiente de la forma en que el tema de la paternidad y la maternidad se enfrentara, lo cierto es que el asunto pareció ser una preocupación que afectaba únicamente a las mujeres, a las que en no pocas ocasiones se les exigió que eligieran entre una y otra función. En este sentido, la promesa emancipadora de la revolución socialista era vivida y sentida deun modo diferenciado por hombres y mujeres, y ofrecía a estas últimas tensiones y obstáculos que debieron enfrentar solas. Tal como señala la ex dirigente y periodista Gladys Díaz:

Yo tuve un hijo cuando muy pocos miristas tenían hijos, entonces era re poco entendido el tema de la maternidad. Yo recuerdo una vez haber sido sancionada porque no fui a una reunión porque tenía a mi hijo con neumonía, porque no entendían, no entendían (…). Yo recuerdo que un dirigente de la Comisión Política me dijo que tenía que elegir entre ser miembro del Comité Central o madre porque no podía ser las dos cosas, y yo le dije: “y ¿por qué tú sí?” Y la respuesta fue: “Ah porque yo tengo una mujer que se preocupa de mis hijos”. Y yo, como yo no tenía un hombre que se preocupara de mi hijo… Al final, tú siempre cargaste la militancia con una culpa respecto de tu maternidad.

5. A modo de conclusión

Siguiendo los planteos de Raymond Williams (2009), la idea de revolución fue vivida y sentida de un modo particular por los militantes del MIR. En este marco, la obediencia de los militantes y su acatamiento a las órdenes superiores no se explican únicamente por la dimensión punitiva de la experiencia política. Hubo también otros elementos que explican por qué las personas decidieron cumplir los mandatos de sus dirigentes, aún en escenarios en que la derrota se hacía evidente. En el escenario posterior al Golpe de Estado, el temor a ser sancionado fue un elemento más entre varios otros, y es probable que ni siquiera haya sido el más decisivo a la hora de explicar las razones que llevaron a muchos militantes a mantenerse dentro de sus organizaciones disciplinadamente, aun cuando podían percibir que la realidad desmentía los análisis que los dirigentes elaboraban, y que las políticas implementadas estaban condenadas al fracaso.

Muchos militantes se refieren a la sensación de que todos los errores y deficiencias estaban justificados, ya que el fin último del proyecto era justo. No importaban las imperfecciones que se cometieran en el camino, pues la meta final sería beneficiosa para toda la humanidad. Probablemente, en especial después del golpe de septiembre de 1973, ya no se confiaba ciegamente en la inmediatez del triunfo, pero se asumía que serían otros los que podrían beneficiarse del sacrificio personal y colectivo de los militantes.

Otra razón para continuar militando sin cuestionar mayormente las órdenes de la Dirección, era la sensación de deuda con los amigos y los compañeros fallecidos y/o desaparecidos. Esas muertes operaban como un mandato de continuidad, y la posibilidad de renunciar era percibida como una suerte de traición a esas vidas sacrificadas. Si los otros habían dejado la vida en la lucha, no había derecho a no hacer lo mismo. Abandonar la militancia era abandonarlos a ellos, traicionado su memoria.

Asimismo, estaba presente la idea de haber emprendido un camino sin retorno, un camino en el que, como había afirmado Ernesto Guevara, se triunfaba o se moría, si es que era verdadero. La proximidad de la muerte propia del escenario represivo posterior al golpe cívico-militar, no hacía sino confirmar que las decisiones tomadas eran definitivas, y que la opción por la revolución no admitía dudas ni temores. La lucha era real y era preciso llegar hasta las últimas consecuencias.

Del mismo modo, y como ya ha sido señalado, el MIR se transformó en un espacio afectivo vital y primario para sus miembros. El mundo y la vida ocurrían al interior de esa comunidad, y la política y los afectos eran parte de un todo indisoluble. Por lo tanto, ser expulsados de la organización era una especie de destierro político, social y emocional que había que evitar a toda costa. Al mismo tiempo, ser parte de la organización era sinónimo de ser parte de la historia, era la posibilidad de ser protagonistas del mayor y más noble de los proyectos históricos (Bastías 1995).

Este aspecto explica, al menos en parte, la existencia de una cultura mirista (Goicovic 2012), de un ethos militante que ha persistido en el tiempo más allá de la existencia orgánica y formal de la organización, cuestión que debería ser abordada por futuras investigaciones. Por último, la intensidad de la vida partidaria se nutría tanto de la vida como de la muerte, pues -desde la perspectiva militante- al mismo tiempo que se creaba una realidad nueva y se era protagonista del más hermoso proyecto histórico posible -la revolución-, esa misma plenitud de vida ponía a los militantes al borde del abismo y los dejaba expuestos a la tortura y la muerte. La pasión revolucionaria fue vivida en los dos sentidos del término: como fervor, exaltación e ímpetu, y también como padecimiento, tormento y muerte.

Notas

1 El presente trabajo es parte un trabajo de investigación más amplio que se realiza en el marco del Proyecto FONDECYT Postdoctoral N° 3150169 titulado “Traicionar la revolución. La traición política en el PRT-ERP y Montoneros de la Argentina, el MIR de Chile y el MLN-T de Uruguay”.

2 En 1975, y producto de la represión dictatorial, el MIR quedó prácticamente destruido en términos orgánicos. En 1976, Andrés Pascal retomó la conducción del Partido en el exterior, mientras que en Chile, Hernán Aguiló asumió como secretario interior de una organización que sólo contaba con cerca de 100 militantes. Al respecto, ver: Torres, O. 2010. La izquierda revolucionaria latinoamericana: Derrotas y readecuaciones. Los casos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, MLN-T, de Uruguay y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile. Tesis para obtener el Grado de Doctor en Estudios Latinoamericanos. Santiago: Universidad de Chile.

3 Las fuentes primarias se desglosan a continuación:
– Archivos documentales: Centro de Estudios Miguel Enríquez (CEME-Chile), Centro de Documentación de los Movimientos Armados (CEDEMA).
– Prensa: El Mostrador, 5 de octubre de 2009.

4 Un entrevistado solicitó ser citado con su nombre político, con el objeto de no exponer ni poner en riesgo su actividad profesional actual. Las entrevistas se desglosan como sigue:
– Brito, Lucrecia. Santiago, agosto de 2010.
– Camilo (nombre político). Santiago, marzo de 2010.
– Díaz, Gladys. Santiago, septiembre de 2012.
– García, Enérico. Santiago, octubre de 2012.
– Muñoz, Gastón. Santiago, marzo de 2012.
– Ulloa, Luis. Santiago, diciembre de 2010.
– Videla, Lautaro. Santiago, noviembre de 2011.

5 Una de las definiciones más aceptadas de esta noción es la propuesta por los trabajos de Almond y Powell, quienes la entienden como: “cultura cívica, la que considera las actitudes individuales respecto a la política, incluyendo las orientaciones cognitivas, las creencias, orientaciones afectivas, sentimientos de apego, compromisos y rechazos respecto de los objetos políticos, entre otros elementos” (1966: 48).

6 El filósofo francés Georges Sorel es reconocido como teórico del sindicalismo revolucionario, y como autor de Reflexiones sobre la violencia, texto en el que aborda el potencial revolucionario del mito y defiende el uso de la violencia como forma de enfrentar y derrotar la fuerza del estado burgués.

7 Entiendo la vida cotidiana en los términos en que la define Norbert Lechner: “En lugar de reducir los procesos microsociales al plano del individuo (en contraposición a la sociedad) habría que visualizar la vida cotidiana como una cristalización de las contradicciones sociales que nos permiten explorar la textura celular de la sociedad de algunos elementos constitutivos de los procesos macrosociales y desde allí cuestionar, problematizar y reconfigurar el análisis de lo social desde este campo de análisis de los contextos en los cuales diferentes experiencias particulares llegan a reconocerse en identidades colectivas (…). Vista así, la vida cotidiana se ofrece como un lugar privilegiado para estudiar, según una feliz expresión de Sartre, lo que el hombre hace con lo que han hecho de él” (1987: 65-66).

8 La cursiva es mía.

9 Estos mecanismos no son, por cierto, exclusivos de la izquierda revolucionaria, sino que una práctica extendida en las organizaciones políticas de izquierda en general.

10 La cursiva es mía.

11 La cursiva es mía.

12 Como Partido de cuadros, el MIR requería militantes de tiempo completo, sin embargo, la formación de los Frentes Intermedios hizo posible que muchos jóvenes se incorporaran a la organización sin necesidad de abandonar sus estudios o trabajos. Estos frentes, cuyo objetivo era desarrollar un trabajo político con los sectores estudiantil, obrero y campesino, sirvieron de cantera para captar a nuevos cuadros.

13 La declaración de Max Marambio fue publicada en la prensa en octubre del año 2009. De acuerdo al reportaje (“Max Marambio revela el secreto mejor guardado del MIR”, de Jorge Molina Sanhueza): “[estando] en Cuba, Melo fue expulsado del MIR y se le sometió a un tratamiento siquiátrico para cambiar su inclinación sexual, donde los médicos concluyeron que, sencillamente, era así y que nada lo iba a cambiar. Mario les contó a los médicos historias terribles, como que por años se había tratado en Chile para evitar ser así” (…). “Sin embargo, el hecho no cayó nada bien en un sector del MIR. Algunos miembros que estaban en Cuba se reunieron con Marambio sugiriéndole que Melo debía ser eliminado. [Marambio] evitó que ello sucediera, no sin un fuerte altercado de por medio”. El Mostrador. Santiago, 5 de Octubre de 2009.

14 De acuerdo a Lundgren (2010), estos sitios funcionaron sólo entre 1965 y 1967. Pese a su breve historia, se transformaron en el símbolo de la homofobia revolucionaria.

 

Bibliografía

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Fecha de recepción: 05/06/14
Fecha de aceptación: 01/02/15

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Marchar de la memoria al poder. Resignificación de los ritos.

Chile. ¿Por qué el 10 de septiembre hay que marchar del cementerio al centro de Santiago?

por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)

Publicado el 6 Septiembre, 2017

1.

Para quienes persiguen cambiar la vida y el actual orden de cosas, la memoria no puede monumentalizarse ni agotarse en una simple evocación nostálgica. Para las y los insumisos, la memoria es historicidad actualizada. Que no museo, que presente y futuro.

 

 

Por eso marchar desde el centro de Santiago de Chile hasta el cementerio general para conmemorar a las y los luchadores sociales que cayeron desde el 11 de septiembre de 1973 hasta hoy mismo, constituye una mera puesta en escena de lo que fue. Es un momento necesario, pero insuficiente.

(Y quienes cayeron por la libertad desde el 11 de septiembre de 1973 hasta ahora mismo, son reflejo disruptivo de los que cayeron mucho antes, en los pliegues relampagueantes de la historia de los pueblos en lucha. La desobediencia de los oprimidos es un resultado histórico, movimiento real en alza, momentos cruciales y rompientes de la normalidad sistémica. Ensayos del porvenir.)

2.

Los ritos son tan importantes que es preciso modificarlos según el aquí y el ahora. En cambio, marchar desde el cementerio general hasta el centro de Santiago, esto es, desde la memoria hasta el lugar donde simbólicamente se condensa “lo público”, “lo de todos”, es un ejercicio que sí completa el circuito con sentido de la voluntad transformadora, tanto de los que cayeron y que con nosotros van, como de los que enfrentan las actuales opresiones con el objetivo de superarlas. De lo contrario, la marcha habitual al cementerio general se vuelve un simple espectáculo de repertorio inofensivo. El espectáculo de la caminata del derrotado. El fetiche anti-histórico de la fatalidad quieta, fija. La reiteración incesante de la muerte. Pura impotencia.

Pero los pueblos no van tras la muerte. Son en latencia la promesa de la nueva vida o de la vida por fin socializada.

¿Dónde quiere la oligarquía chilena a la disidencia social más resuelta? En el cementerio. ¿Y cuál es su terror callado o explícito? Que los plebeyos, los humillados y ofendidos, se hagan del poder político y terminen con su dictadura centenaria. El amo sólo tiene sentido cuando existe el esclavo. Ante la liberación del esclavo, se desmorona la condición del amo. Asimismo, el amo, en medio de su derrumbe, por fin comprenderá que ya liberado el esclavo, el mismo amo se libera. En ese momento “no se da vuelta la tortilla” (lo que equivaldría a mantener las mismas relaciones de poder con los sujetos invertidos nada más). La emancipación del esclavo asalariado o sometido al gran capital, jamás puede ser un acto de venganza. Tiene que ser un proceso libertario de todo el género humano. Libre el esclavo, entonces el amo se disuelve en la angustia de su propia libertad desnuda.

3.

La lucha histórica entre opresores y oprimidos se ofrece sobre todo en el campo simbólico y cultural, de acuerdo a las relaciones de fuerza concretas y específicas que trazan la actual fase de dominación en Chile. Las y los oprimidos, las y los comunes, a diferencia de los opresores, bajo las relaciones sociales capitalistas, no pueden alcanzar el poder desde la hegemonía de su propio desenvolvimiento económico hasta llegar a destronar paulatinamente a la minoría mandante, sino que sólo puede realizarse desde la consciencia práctica de su devenir emancipatorio. Por eso la creación de estrategias populares en contra de las sofisticadas relaciones de alienación y de disciplinamiento social está a la orden del día. Y los fenómenos ligados a la alienación y al disciplinamiento social no se limitan únicamente a la población en general. Lo realmente grave es que se reproducen entre quienes se autodenominan desde progresistas hasta revolucionarios. Por ejemplo, el patriarcado, el autoritarismo, formas solapadas o abiertas de racismo y discriminación, se practican ampliamente entre las izquierdas institucionales y no institucionales. En consecuencia, el combate cotidiano en contra de la alienación individual y social debe enfrentarse antes que en ningún otro sitio, en los activos organizados que persiguen la superación de dominio del capital, la explotación y súper-explotación humana y la destrucción suicida de la biodiversidad. También los sujetos rebeldes deben llegar a ser libres. La humanidad colonizada multidimensionalmente por la ideología del capital no puede contener en sí misma las huellas de una civilización nueva.

4.

Aunque parezca apenas un gesto, marchar desde el cementerio hasta el centro de Santiago, en realidad es una de las tantas formas de ir saboteando lo establecido desde y por los pocos de arriba.Esos pocos, ya lo sabemos, nos quieren lo más lejos posible del sitio que resume lo público y lo político. El Estado capitalista chileno, uno de los más hábiles del continente, únicamente quiere clientes, consumidores, usuarios, y operadores funcionales a sus intereses. No es ningún problema para el régimen prevalente que la minoría activa de vez en cuando espectacularice su calendario de derrotas, la cual, a su vez, se corresponde al calendario de las victorias del opresor.

Por eso el 11 de septiembre (este año, el domingo 10 de septiembre) hay que marchar de la memoria al poder, del cementerio al centro cívico de Santiago. No por capricho ni irrespeto. Sino que para ir rompiendo en el ámbito simbólico y de la consciencia de la propia rebeldía, la exclusividad oligárquica de la política.

Por los derechos sociales y populares de las y los trabajadores asalariados y de los auto-explotados; de las mujeres, de los indígenas, de los migrantes, de la disidencia sexual, de los jóvenes sin porvenir y de los viejos-jóvenes, de los empobrecidos, de los ambientalistas, de los colectivos de DDHH, de los intelectuales que producen conocimientos desde los intereses de los de abajo, de los adoloridos, enfermos y esperanzados, de los cristianos de la opción por los pobres, de los desesperados y de los felices en la alegría desafiante de toda la vida que nos queda por imaginar y crear.

@PeriodistaFigue

Preso sin nombre, celda sin número – Jacobo Timerman

VIERNES, 5 DE MARZO DE 2010

Preso sin nombre, celda sin número – Jacobo Timerman

La celda es angosta. Cuando me paro en el centro, mirando hacia la puerta de acero, no puedo extender los brazos. Pero la celda es larga. Cuando me acuesto, puedo extender todo el cuerpo. Es una suerte, porque vengo de una celda en la cual estuve un tiempo— ¿cuánto?— encogido, sentado, acostado con las rodillas dobladas. La celda es muy alta. Saltando, no llego al techo. Las paredes blancas, recién encaladas. Seguramente había nombres, mensajes, palabras de aliento, fechas. Ahora no hay testimonios, ni vestigios. El piso de la celda está permanentemente mojado. Hay una filtración por algún lado. El colchón también está mojado. Y tengo una manta. Me dieron una manta, y para que no se humedezca la llevo siempre sobre los hombros. Pero si me acuesto con la manta encima, quedo empapado de agua en la parte que toca el colchón. Descubro que es mejor enrollar el colchón, para que una parte no toque el suelo. Con el tiempo la parte superior se seca. Pero ya no puedo acostarme, y duermo sentado. Vivo, durante todo este tiempo,—¿cuánto?— parado o sentado.

La celda tiene una puerta de acero con una abertura que deja ver una porción de la cara, o quizás un poco menos. Pero la guardia tiene orden de mantener la abertura cerrada. La luz llega desde afuera, por una pequeña rendija que sirve también de respiradero. Es el único respiradero y la única luz. Una lamparilla prendida día y noche, lo que elimina el tiempo. Produce una semipenumbra en un ambiente de aire viciado, de semi-aire.

Extraño la celda desde la cual me trajeron a ésta—¿desde dónde?—, porque tenía un gujero en el suelo para orinar y defecar. En ésta que estoy ahora tengo que llamar a la guardia para que me lleve a los baños. Es una operación complicada, y no siempre están de humor: tienen que abrir una puerta que seguramente es la entrada del pabellón donde está mi celda, cerrarla por dentro, anunciarme que van a abrir la puerta de mi celda para que yo me coloque de espaldas a ésta, vendarme los ojos, irme guiando hasta los baños, y traerme de vuelta repitiendo toda la operación. Les causa gracia a veces decirme que ya estoy sobre el pozo cuando aún no estoy. O guiarme—me llevan de una mano o me empujan por la espalda—, de modo tal que hundo una pierna en el pozo. Pero se cansan del juego, y entonces no responden al llamado. Me hago encima. Y por eso extraño la celda en la cual había un pozo en el suelo.

Me hago encima. Y entonces necesito permiso especial para lavar la ropa, y esperar desnudo en mi celda hasta que me la traigan ya seca. A veces pasan días porque— me dicen— está lloviendo. Estoy tan solo que prefiero creerles. Pero extraño mi celda con el pozo dentro. La disciplina de la guardia no es muy buena. Muchas veces algún guardia me da la comida sin vendarme los ojos. Entonces le veo la cara. Sonríe. Les fatiga hacer el trabajo de guardianes, porque también tienen que actuar de torturadores, interrogadores, realizar las operaciones de secuestro. En estas cárceles clandestinas sólo pueden actuar ellos, y deben hacer todas las tareas. Pero a cambio, tienen derecho a una parte del botín en cada arresto. Uno de los guardianes lleva mi reloj. En uno de los interrogatorios, otro de los guardianes me convida con un cigarrillo y lo prende con el encendedor de mi esposa. Supe después que tenían orden del Ejército de no robar en mi casa durante mi secuestro, pero sucumbieron a las tentaciones. Los Rolex de oro y los Dupont de oro constituían casi una obsesión de las fuerzas de seguridad argentinas en ese año de 1977.

En la noche de hoy, un guardia que no cumple con el Reglamento dejó abierta la mirilla que hay en mi puerta. Espero un tiempo a ver qué pasa, pero sigue abierta. Me abalanzo, miro hacia afuera. Hay un estrecho pasillo. y alcanzo a divisar frente a mi celda, por lo menos dos puertas más. Sí, abarco completas dos puertas. ¡Qué sensación de libertad! Todo un universo se agregó a mi Tiempo, ese largo tiempo que permanece junto a mí en la celda, conmigo, pesando sobre mí. Ese peligroso enemigo del hombre que es el Tiempo cuando se puede casi tocar su existencia, su perdurabilidad, su eternidad. Hay mucha luz en el pasillo. Retrocedo un poco enceguecido, pero vuelvo con voracidad. Trato de llenarme del espacio que veo. Hace mucho que no tengo sentido de las distancias y de las proporciones. Siento como si me fuera desatando. Para mirar debo apoyar la cara contra la puerta de acero, que está helada. Y a medida que pasan los minutos, se me hace insoportable el frío. Pongo toda la frente apoyada contra el acero, y el frío me hace doler la cabeza. Pero hace ya mucho tiempo—¿cuánto?—que no tengo una fiesta de espacio como ésta. Ahora apoyo la oreja, pero no se escucha ningún ruido.

Vuelvo entonces a mirar. Él está haciendo lo mismo. Descubro que en la puerta frente a la mía también está la mirilla abierta y hay un ojo. Me sobresalto: me han tendido una trampa. Está prohibido acercarse a la mirilla, y me han visto hacerlo. Retrocedo, y espero. Espero un Tiempo, y otro Tiempo, y más Tiempo. Y vuelvo a la mirilla. Él está haciendo lo mismo. Y entonces tengo que hablar de ti, de esa larga noche que pasamos juntos, en que fuiste mi hermano, mi padre, mi hijo, mi amigo. ¿O eras una mujer? Y entonces pasamos esa noche como enamorados. Eras un ojo, pero recuerdas esa noche, ¿no es cierto? Porque me dijeron que habías muerto, que eras débil del corazón y no aguantaste la “máquina”, pero no me dijeron si eras hombre o mujer. Y, sin embargo, ¿cómo puedes haber muerto, si esa noche fue cuando derrotamos a la muerte?

Tienes que recordar, es necesario que recuerdes, porque si no, me obligas a recordar por los dos, y fue tan hermoso que necesito también tu testimonio. Parpadeabas. Recuerdo perfectamente que parpadeabas, y ese aluvión de movimientos demostraba sin duda alguna que yo no era el último ser humano sobre la Tierra en un Universo de guardianes torturadores. A veces, en la celda, movía un brazo o una pierna para ver algún movimiento sin violencia, diferente a cuando los guardias me arrastraban o empujaban. Y tú parpadeabas. Fue hermoso.

Eras—¿eres? —una persona de altas cualidades humanas, y seguramente con un profundo conocimiento de la vida, porque esa noche presentaste todos los juegos; en nuestro mundo clausurado habías creado el Movimiento. De pronto te apartabas y volvías. Al principio me asustaste. Pero enseguida comprendí que recreabas la gran aventura humana del encuentro y el desencuentro. Y entonces jugué contigo. A veces volvíamos a la mirilla al mismo tiempo, y era tan sólido el sentimiento de triunfo, que parecíamos inmortales. Éramos inmortales. Volviste a asustarme una segunda vez, cuando desapareciste por un momento prolongado. Me apreté contra la mirilla, desesperado. Tenía la frente helada y en la noche fría—¿era de noche, no es cierto?—me saqué la camisa para apoyar la frente. Cuando volviste, yo estaba furioso, y seguramente viste la furia en mi ojo porque no volviste a desaparecer. Debió ser un gran esfuerzo para ti, porque unos días después, cuando me llevaban a una sesión de “máquina” escuché que un guardia le comentaba a otro que había utilizado tus muletas como leña. Pero sabes muy bien que muchas veces empleaban esas tretas para ablandarnos antes de una pasada por la “máquina”, una charla con la Susana, como decían ellos. Y yo no les creí. Te juro que no les creí. Nadie podía destruir en mí la inmortalidad que creamos juntos esa noche de amor y camaradería.

Eras— ¿eres?— muy inteligente. A mí no se me hubiera ocurrido más que mirar, y mirar, y mirar. Pero tú de pronto colocabas tu barbilla frente a la mirilla. O la boca. O parte de la frente. Pero yo estaba muy desesperado. Y muy asustado. Me aferraba a la mirilla solamente para mirar. Intenté, te aseguro, poner por un momento la mejilla, pero entonces volvía a ver el interior de la celda, y me asustaba. Era tan nítida la separación entre la vida y la soledad, que sabiendo que tú estabas ahí, no podía mirar hacia la celda, Pero tú me perdonaste, porque seguías vital y móvil. Yo entendí que me estabas consolando, y comencé a llorar. En silencio, claro. No te preocupes, sabía que no podía arriesgar ningún ruido. Pero tú viste que lloraba, ¿verdad?, lo viste sí. Me hizo bien llorar ante ti, porque sabes bien cuán triste es cuando en la celda uno se dice a sí mismo que es hora de llorar un poco, y uno llora sin armonía, con congoja, con sobresalto. Pero contigo pude llorar serena y pacíficamente. Más bien, es como si uno se dejara llorar. Como si todo se llorara en uno, y entonces podría ser una oración más que un llanto. No te imaginas cómo odiaba ese llanto entrecortado de la celda. Tú me enseñaste, esa noche, que podíamos ser Compañeros del Llanto

Durante el régimen militar, Timerman fue detenido por orden del extinto general Ramón Camps, y permaneció en centros clandestinos, cuando el militar ocupaba la jefatura de la Policía Bonaerense. Esa detención fue cuestionada y denunciada por EL DIA reiteradas oportunidades.
Posteriormente recuperó su libertad y se asiló en Europa hasta el retorno de la democracia.
Esta experiencia Timerman la reflejó en su libro “Preso sin nombre, celda sin número”, editado en 1982, y en 1988 publicó “Chile: el galope muerto”, en donde hizo un análisis de la situación política del país trasandino y el golpe de Augusto Pinochet, en 1973.
Pero su capítulo profesional más destacado pasó por el diario “La Opinión”, que dejó una huella en la forma de hacer periodismo.
La semana pasada, en una larga entrevista -que resultó póstuma- por un canal de cable, hablando sobre la reciente muerte de su entrañable amigo y poeta Rafael Alberti, y ponderando su alegría de vivir y su optimismo, Timerman dijo, sorpresivamente: “él se murió, pero yo le gané, estoy muerto desde antes”. Nunca pudo reponerse a la muerte de su mujer, Risha, ocurrida en 1992.

Timerman había nacido el 6 de enero de 1923 en Bar, al sur de Kiev, en Ucrania y llegado a la Argentina a los cinco años, el 11 de octubre de 1928 junto con sus padres, Natan Timerman y Eva Berman, y su hermano José, de siete años.
Como militante de Mapan, una organización del socialismo israelí, en febrero de 1950 fue a un seminario en Mendoza, donde conoció a Risha, una joven cordobesa y judía que por primera vez había dejado las sierras para conocer la montaña, y de la que él se enamoró.
En mayo de ese mismo año se casaron, en mayo de 1951 nació su primer hijo, Daniel Natalio, en diciembre de 1953, Héctor Marcos, ex director de ‘Trespuntos’, y en mayo de 1961, Javier Gustavo, el menor.
En sus primeros tiempos, Timerman trabajó como cronista y traductor en Correo literario, Qué, Noticias Gráficas, France Press, Nueva Sion, Comentario, pero recién en 1957 se le abrió la puerta grande del periodismo: entró como columnista político al vespertino La Razón, bajo la tutela de Félix Laíño, porque era el único diario en el que no se trabajaba de noche.
Después de pasar por varios medios, hizo su propia empresa: nació Primera Plana, en 1962. El staff lo integraban, entre otros, Ramiro de Casasbellas -que, por esas vueltas del destino, vino a morir justamente dos días antes-, Tomás Eloy Martínez, Osiris Troiani y Jorge Listosella.
Llegada la última dictadura en marzo de 1976, Timerman, ya en La Opinión, fue detenido.
El periodista pasó por varios centros clandestinos: Puesto Vasco a Campo de Mayo, de Coti Martínez a Magdalena, antes de ser “blanqueado”. Su calvario concluyó con su arresto domiciliario en abril de 1978.

Marcela Eva Santucho escribe la historia y la memoria de su padre

Entrevista a Marcela Eva Santucho. La hija de Mario Roberto Santucho presenta nuevo libro y asegura: “Estamos cada vez más cerca de encontrar el cuerpo de mi padre”.
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El suboficial retirado Víctor Ibañez fue uno de los principales testimonios que aseguró que el cuerpo de Mario Roberto Santucho, líder del ERP, había sido expuesto por los militares en el Museo de la Subversión Juan Carlos Leonetti -inaugurado en 1979- junto a las pertenencias de otros caídos; libros, panfletos, objetos y armas incautadas a los guerrilleros. El genocida Antonio Domingo Bussi, creador de dicho Museo y quien exhibió el cadáver de Santucho, armaba escenas que representaban la actividad guerrillera con maniquíes, vestidos según cada caso. En el caso de Santucho, no se trataba de un maniquí, sino, de su propio cuerpo embalsamado.

Marcela Eva (47 años) es la segunda hija de las tres que tuvo Santucho con Ana María Villarreal.( Ana, y Gabriela y Mario Antonio con Liliana Delfino, ambas compañeras asesinadas)

A 34 años del secuestro de su padre y a dos de su regreso del exilio, se encuentra presentando Santucho, organizador del contrapoder, su reciente libro en donde intenta retratar la militancia del PRT-ERP en el período que va desde 1972 a 1976. Marcela Eva habló con Miradas al Sur de la búsqueda del cuerpo de su padre Mario Roberto Santucho en el marco de una causa que se reabre: buscando el cadáver de Santucho, se realizó la primera excavación en El Campito, uno de los mayores centros clandestinos que existió en la Argentina durante el terrorismo de Estado -se estima que por ahí pasaron entre tres mil y cinco mil presos políticos de los cuales sólo sobrevivieron cien.

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“Estoy convencida que estamos cada vez más cerca de encontrar el cuerpo de mi padre. Ya pude bajar al sótano donde operaba el Museo de la Subversión. Me acompañó Pablo Llonto -abogado de la familia-. En el museo encontraron su diploma de contador público nacional y una foto de Santucho vivo y otra en donde estaba muerto”, cuenta la hija de Santucho.

–¿Cuándo es demolido el Museo de la Subversión?

Lo sacaron en el ’81 porque venía un grupo de la Organización de los Estados Americanos (OEA) de afuera a investigar los campos de concentración de la última dictadura militar argentina. Ellos venían a inspeccionar y ahí fue que barrieron con todo. No sé que hicieron después con los restos de mi padre, como dicen ellos, mi padre es un trofeo de guerra. Saben muy pocos quién lo guardó. No era algo que todos podían saber. Ahora están empezando a llamar a los colimbas frente a la falta de testimonios, quién sabe si alguno de esos colimbas no desfiló frente al cuerpo, actualmente ellos no pueden ser juzgados porque eran civiles.

 

–¿Quién se presume que fue la autoridad que saca el cuerpo de Santucho del lugar?

El testimonio más significativo es el del suboficial retirado Victor Ibañez. Él asegura que fue Martín Balza, en ese entonces Balza era el jefe del Estado Mayor y fue el encargado de demoler las instalaciones del Museo. Este Ibañez fue el que declaró que todos los días había un desfile militar que terminaba en la puerta del Museo, donde estaba el cuerpo de mi padre, los efectivos tenían que rendirle honores, se dice que algunos oficiales se cuadraban frente a él y le gritaban “¡Viva la patria!”.  http://www.desaparecidos.org/nuncamas/web/investig/saydom/lasombra/lasombr5.htm

“Te voy a matar/derrota./
nunca me faltará un rostro amado para matarte otra vez./ vivo o muerto/ un rostro
amado./ hasta que mueras/
dolida como estás/
ya lo sé/ te voy a matar/
yo/ te voy a matar”
(Nota I, Juan Gelman).

Entre 1974 y 1975 Marcela Eva empezó a vivir en casas operativas. Tenía 11 años y jugaba con la hija de Gorriarán Merlo. Sus padres ya no estaban pero la cuidaban “los compañeros”. A su mamá Ana María Villarreal ya la habían matado en la Masacre de Trelew en el 1972. En ese entonces Marcela Eva tenía nueve años. Santucho estaba fuera del país pero antes de irse había manifestado el deseo de que sus hijos sean cuidados por los compañeros de militancia, y no por su madre, con quien tenía una buena relación pero indefectiblemente los iba a terminar criando de acuerdo a su formación “pequeña burguesa y cristiana”.

–¿Cómo te enterás de la muerte de tu mamá?

Me enteré por televisión. Mis familiares estaban un poco perdidos, no estaban al tanto de la fuga. Seguían las noticias y ahí se enteraban de todo, no podían preguntarle nada a nadie. Así fue como un día estaban mirando la tele y se enteraron. Como no se animaron a decirnos que habían matado a mi mamá, nos sentaron en frente del televisor. Los cables con los caídos se pasaban a cada rato. Ellos nos dijeron que iban a dar noticias de nuestros padres y ahí escuché el nombre de mi madre, estaban informando que se había muerto. A todo esto, Santucho se estaba por ir a Cuba, le dieron permiso para llamar y hablar con la madre primero y después con nosotros, los hijos. Estaba triste y nos dijo que iba a volver, que seamos fuertes. Recuerdo que le pregunté cuándo iba a volver y me dijo que pronto.

–¿En ningún momento le recriminaste algo a tus padres?

Durante la adolescencia, que es cuando uno está en rebelde, me hacía muchas preguntas, todo me dolía. Les recriminé que hayan muerto por un ideal colectivo, por un país y me hayan dejado a mí, sola, a mí y a mis hermanos, que éramos lo más importante desde mi punto de vista… Nosotros no habíamos podido aprovechar ni de la educación de ellos ni de su presencia. Yo decía: “¿Y ahora qué hago?” porque no me gustaba estar donde estaba. Cuando fuimos a Cuba, yo no le podía decir a nadie que me quería volver. Nos mandaron a una escuela en el campo. Estábamos ahí toda la semana, salíamos el sábado y entrábamos el domingo. No me gustaba pero nadie me podía sacar de ahí. Era huérfana.

–¿En esa época quién te ayudaba a reconstruir la historia?

Cierta noción de quien había sido nuestro padre, teníamos, los cubanos nos explicaban. Estuvimos politizadas desde muy chicas. En ese momento, por emociones, por ser adolescente, fui la única que recriminé, que dije: “¿yo qué hago? ¿quién me va a sacar de acá? Muy bien, hicieron lo que tenían que hacer por el país, pero…”. Eso me lo preguntaba todo el tiempo.

–¿Cuándo decidiste empezar a investigar?

A los veintipico me fui a Suiza a estudiar. Después de la democracia volví varias veces al país. Vine en el ’89 la primera vez y seguí viniendo cada tanto: veía que nadie se acordaba de nada. En la época de Menem me decían: “Nosotros también estamos yendo al primer mundo, tenemos el dólar 1 a 1, vamos a ser como Suiza”, y nadie se acordaba, pero para nada, de los 30 mil desaparecidos. Yo dije: “No, tengo que decir algo”. Escuchaba que la derecha tenía su voz, estaba la teoría de los dos demonios con Alfonsín, la derecha seguía diciendo “subversión” todos los años después de la dictadura y había muy pocas voces del otro lado. Tarde o temprano, como hija, tenía que escribir. Logré hacerlo en 2008 con el primer libro ( Mario Roberto Santucho, el revolucionario místico) cuando ya me venía a quedar acá. Por supuesto que ayudó el momento político del país, el actual gobierno democrático que tenemos. Ahora, en este libro (Santucho, organizador del contrapoder), me siento con la conciencia más tranquila, no sólo por mis padres, sino por todos los compañeros que conocí bien, por toda la sangre derramada en este país.

–¿Hay algo que te separe de otros militantes compañeros de tu padre?

Lo único que me puede chocar hoy en día de los militantes -algunos, no todos, por supuesto- es que algunos hablan de “derrota” y para mí no se trata de una derrota. Para mí no es una derrota enfrentarse a un poder más grande y pasar a la pelea. Para mí eso es una victoria. Hay gente que dice que no se puede reivindicar todo, pero sí se puede. Te estoy hablando de jóvenes de los ’70 que debatieron un proyecto común de sociedad, que sacrificaron sus bienes, que quedaron en la clandestinidad, y todo por una consigna social. Para mí hay que revindicar eso, no hay forma de decir que se equivocaron en nada. Algunos se asombran ante tanta reivindicación. 

Yo pienso que ya hemos pasado la etapa de las críticas, algunos sobrevivientes han hecho un congreso en Italia, han dicho que todo estaba mal, que las acciones contra Cámpora estaban mal a pesar de que duró sólo tres meses y que era un gobierno títere porque enseguida la derecha lo sacó. Algunos sobrevivientes se fueron al exterior y ya está, ya hicieron la crítica de esa etapa, pero estamos en 2010, yo no tengo por qué estar buscando los errores de estos compañeros. Estamos hablando de muertos que en aquel momento creyeron una cosa y murieron por eso. Si hoy en día una persona que en su momento aceptó todas las resoluciones y la lucha armada, viene a decir hoy que estuvo todo mal. ¿Por qué no lo dijo en ese momento? ¿O qué tenían que esperar? Que les digan “bueno, está bien, tomen un rato el poder porque nos da lástima, tienen razón, la explotación, los monopolios, la multinacionales…”. No, el poder no lo entregan así.

• Santucho, organizador del contrapoder
Autora: M. E. Santucho
Editorial: Venceremos

Miradas al Sur

 

 

http://memoriastierra.blogspot.com/2010/10/marcela-santucho-historia-de-una-mujer.html
Sinopsis

Este libro explica la controversial etapa de la historia argentina ; la década de los 70. El punto de vista es novedoso, porque la autora es hija de protagonistas de la lucha. Mediante escritos de la época el lector accederá a las acciones del PRT-ERP.

DAR A CONOCER A LAS NUEVAS GENERACIONES LOS IDEALES DE LA JUVENTUD DE LOS AÑOS 70 QUE MILITARON Y SACRIFICARON SUS VIDAS POR UN PROYECTO COMÚN Y UNA SOCIEDAD MAS JUSTA… ESTE LIBRO MUESTRA LA MILITANCIA DESDE ADENTRO, UNA VISIÓN QUE EL SISTEMA ESCONDIÓ DESDE LA DICTADURA Y GOLPE DE ESTADO DE 1976 Y CON EL APOYO DE LOS GOBIERNOS SIGUIENTES SOBRE TODO EL MENEMISMO…

 

 

No hay texto alternativo automático disponible.

Este libro continua de 1972 a 1976, abarcando el periodo político más intenso que hayan vivido los argentinos, donde organizaciones de jóvenes revolucionarios protagonizaban la realidad social. ¿Cuáles eran sus valores? ¿Sus objetivos? ¿Cómo eran sus vidas en la clandestinidad? ¿Las relaciones entre ellos? y más interrogantes actuales encuentran respuesta
Descripción
El propósito de este libro es informar sobre los que lucharon, sus ideas, sus objetivos, su visión. Aun hoy existe poca documentación sobre como militaban, como se relacionaban entre ellos www.dunken.com.ar/web2/libreria_detalle.php?id=9918%20
Capítulo I: Contexto histórico y geográfico de las organizaciones revolucionarios al comienzo de la década del 70 en el Cono Sur
SITUACIÓN EN URUGUAY; MLN-TUPAMAROS
SITUACIÓN EN CHILE; EL GOBIERNO SOCIALISTACAPITULO II: PLAN DE FUGA DEL PENAL DE RAWSON-CHUBUT

– entrevista al responsable del grupo de logística

– entrevista en el aeropuerto a los 19 compañeros que no
logran tomar el avión hacia Chile………………………….…………………………………47

-causa nº 9803 caratulada “Paccagnini, Rubén Roberto y otros/
recurso de casación”………………..……………………………………………………………53

CAPITULO III LAS CÚPULAS DE LAS ORGAS QUE SE FUGARON DE LA
CÁRCEL DE RAWSON SALEN DEL PAÍS DURANTE DOS MESES:

10 DÍAS EN EL CHILE DE ALLENDE RELATADOS EN 1RA PERSONA…………………61

– ROBI, VACA NARVAJA SE ENTERAN DEL ASESINATO DE SUS MUJERES,
LOS DEMÁS DE SUS 16 COMPAÑEROS DE MILITANCIA……………………………….63

Entrevista de “Punto Final” a Santucho, Vaca Narvaja y a Osatinski en Chile……65

-Entrevista a Agustín Tosco, relatando los hechos vividos en el penal después de
la fuga y los siguientes 7 días que terminaron en la masacre de Trelew….………80

DESENMASCARANDO DISCURSOS DE DERECHA…………………………………………..87

Replica a Yofre sobre que adjudica dependencia del PRT hacia Cuba………………99

Los comienzos del pensamiento Santuchista; el Indigenismo………………..………100

CAPITULO IV : LOS 10 ASILADOS EN CUBA, VUELVEN A LA ARGENTINA A OCUPAR SUS PUESTOS EN SUS RESPECTIVAS ORGANIZACIONES

RECUERDOS DE ALEJANDRO FERREYRA……………………………………………114

2 militantes cuadros del PRT-ERP cuentan como ingresaron a la lucha;

-Relato de Pola Augier………………………………………………………………….127

-Relato de Humberto Tumini…………………………………………………………..131

CAPITULO V

A. Ferreyra sobre la fraccion que se separo del PRT…………………………141

ERP 22 de Agosto, la fracción que ajusticio al almirante
Hermes Quijada…………………………………………………………………………..143

-COPAMIENTO DEL COMANDO SANIDAD EN BS-AS;

RELATO DE E. ANGUITA………………………………………………………………..160

Congresos del PRT……………………………………………………………………….169

Insersion del PRT en las fabricas…………………………………………………….174

Capitulo VI ;ACCIONES DE RECUPERACIÓN DE ARMAS

FABRICA DE EXPLOSIVOS DE Villa María, Córdoba……………………………218
(DESGRAVACION DE ENTREVISTA)

Caso Larrabure……………………………………………………………………………230

Masacre de Capilla del Rosario-Catamarca………………………………………233

Azul – Bs.As, relatado por Gorrearan Merlo……………………………………..252

Capitulo VII 1975

La Compañía de monte………………….……………………………………………..261

Informe de la situación campesina por el Negrito Fernández..……………..267

La vida en la compañía de monte……………………………………………………286

La guerrilla rural por Ruben Batalles……………………………………………….291

Capitulo VIII EL DESENLACE

El Rodrigazo……………………………………………………………………………….321

Monte Chingolo…………………………………………………………………………..329

Desenmascarando otros discursos derechistas….…………………………….336

Capitulo IX; AÑO 1976

Carta de Robi al PC……………………………………………………..340

19 de julio de 1976 – Villa Martelli, prov. de Bs As;
Relato de Pola Augier………………………………………………..347

Relato de Gorriaran Merlo……………………………………………351

El gringo Menna………………………………………………………….355

Benito Urteaga……………………………………………………………359

Hugo Irurzun……………………………………………………………..361

Eduardo Merbilhaa…………………………………………………..362

Liliana Delfino…………………………………………………………362

Leonel Mac Donald…………………………………………………..363

Carlos German………………………………………………………..364

Juan Manuel Carrizo…………………………………………………366

Hugo Ducca……………………………………………………………371

Pepe Mangini………………………………………………………….373

Respuesta del Colo a Mattini………………………………………..378

Conclusion………………………………………………………………..385

Bibliografía………………………………………………………………..389

Agradecimientos……………………………………………………..392

VER  BIOGRAFÍA 

 OBRAS DE SANTUCHO EN  https://www.marxists.org/espanol/santucho/

Infidelities: Morality, Revolution, and Sexuality in Left-Wing Guerrilla Organizations in 1960s and 1970s Argentina

415
Journal of the History of Sexuality, Vol. 23, No. 3, September 2014
© 2014 by the University of Texas Press
DOI: 10.7560/JHS23304
Infidelities: Morality, Revolution, and Sexuality
in Left-Wing Guerrilla Organizations
in 1960s and 1970s Argentina
Isabella Cosse
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas,
Universidad de Buenos Aires

“He wouldn’ t s e e me . He di ed thinking I was a traitor,” former
Montonera guerrilla Ana Testa says as she looks into the camera. She had given her account of how she had been tortured, but now she was remembering a different kind of pain. After she was liberated from a clandestine detention center, her partner, Juan Silva—who would later be “disappeared”—could have gone to her, but he refused.1 This is not a mere anecdote. In it are enmeshed the views on love, activism, and morality held by many of the revolutionaries.

This article looks at the role played by sexuality in the construction
of a revolutionary morality as a key dimension for understanding
the left-wing guerrilla groups active in Argentina in the 1960s and 1970s.
In Argentina, as in other Latin American countries, the liberal regime
that crystallized in the nineteenth century strengthened a family type based
on the indissolubility of marriage, gender inequality, and patriarchal power.
Under that model, female infidelity was not tolerated, as an adulterous wife
represented a serious threat to patriarchy, challenging the phallic power of
the male and, with it, patrilineal descent and inheritance. In contrast, it was
acceptable for men to be unfaithful, and their authority over women was
This article is based on a paper originally written for the “Sexuality and Revolutions in
the Latin American ‘Long Sixties’” roundtable of the Berkshire Conference of Women Historians,
Amherst, MA, 9–12 June 2011. I would like to thank Valeria Manzano for inviting me to
participate in that roundtable, the Berkshire Conference for providing me with a travel grant
that made it possible for me to attend, and Margaret Power and all the other participants for
their comments. I would also like to thank the Journal of the History of Sexuality’s anonymous
readers for their feedback, which allowed me to improve my article, and Mathew Kuefler for his
careful editing work. Finally, I thank Laura Pérez Carrara, who has translated this article and
has shared with me the sadness evoked by the stories narrated here, stories that belong to a
past that is still open.
1 Montoneros: Una historia, dir. Andrés Di Tella (Buenos Aires, 1994).
416 I s a b e l l a Cos s e
firmly established under a civil code (enacted in 1869) that denied legal
rights to unmarried couples and out-of-wedlock children and offered no
protection to female heads-of-household.2 In the 1960s, the cornerstones
of this family model were called into question as never before, challenging
widely accepted values such as the sanctity of marriage and long-held assumptions
about gender roles that determined the inferior status of women
and male authority in the family. Infidelity sparked heated debates because
it was at the heart of the sexual double standard. In fact, under Argentina’s
1922 criminal code—still in force in the 1960s—a husband was only considered
adulterous if he kept a mistress or was found with another woman
in the bed he shared with his wife, but for a wife it was enough to have had
a casual encounter with another man.3
In contrast to Europe and the United States, where sexual changes
were fostered by what Jeffrey Weeks termed the “permissive moment,” in
Argentina the traditional family was challenged against a backdrop of rising
authoritarianism, moral crusades, and deteriorating social and economic
conditions.4 It was in that context that armed groups emerged, encouraged
by the Cuban Revolution and the labor and student struggles that were
stirring the country and the world. In the years that followed, as Argentina
became more and more involved in the continental war against subversion,
the state launched increasingly brutal repressive actions, stepping up authoritarianism
and intensifying political polarization. This eventually culminated
in the 1976 military coup, which institutionalized torture, murder, and
enforced disappearance as methods for combating political dissidents and
social activists, claiming as many as thirty thousand disappearance victims,
according to estimates by human rights organizations.5
In recent years, feminist historiography and gender studies have offered
new approaches for rethinking this crucial era, whose echoes are still felt
today in Argentine society. One line of investigation has shown the persistence
of women’s inequality within guerrilla organizations, revealing that
the issue took a back seat to the more important strategic goal of seizing
political power.6 This does not mean that these groups were indifferent
2 For an overview, see Dora Barrancos, Mujeres en la sociedad argentina: Una historia de
cinco siglos (Buenos Aires: Sudamericana, 2007).
3 Código penal (Buenos Aires: Kraft, 1968).
4 On the “permissive moment,” see Jeffrey Weeks, Sex, Politics and Society: The Regulation
of Sexuality since 1800 (London: Longman, 1992), chap. 13. For more details on
Argentina, see Isabella Cosse, Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (Buenos Aires:
Siglo XXI, 2010).
5 For an overview, see Daniel James, ed., Nueva historia argentina, vol. 9, Violencia,
proscripción y autoritarismo (1955–1976) (Buenos Aires: Sudamericana, 2003).
6 For a pioneer study, see María del Carmen Feijoó and Marcela Nari, “Women in Argentina
during the 1960s,” Latin American Perspectives 23, no. 1 (1996): 7–27. For a recent
study, see Alejandra Oberti, “Género, política y violencia: Vida cotidiana y militancia en las
décadas del sesenta y setenta” (PhD diss., Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de
Buenos Aires, 2011).
Infidelities 417
with respect to such matters. Far from it; members of left-wing guerrilla
groups held strong views on family, sexuality, and romantic relationships,
which did not deviate from traditional ideas, imposing a “compulsory heterosexuality”
(as noted by Florencia Mallon in the case of Chile), exalting
virility, and promoting an ideal image of the revolutionary couple, which
was both heterosexual and monogamous.7 They also disapproved of the
sexual revolution as much as conservatives did, although not for the same
reasons, viewing it as an imperialist strategy that would throw the people
off the revolutionary path.8 Guerrilla groups also sought to exert control
over their members’ bodies and discipline their sexuality in what Vera
Carnovale has termed “full organization.”9 More recent studies, along
the lines proposed by Victoria Langland for Brazil, have highlighted the
sexual and gendered portrayal of activists and guerrillas—particularly
women—as the “enemy within” in both antisubversive propaganda and
repressive practices.10 Other studies have explored the sexualization of
activists and captivity survivors, who were believed by their own peers
7 For the concept of “compulsory heterosexuality” applied to Latin America, see
Florencia E. Mallon, “Barbudos, Warriors, and Rotos: The MIR, Masculinity, and Power
in the Chilean Agrarian Reform 1965–74,” in Changing Men and Masculinities in Latin
America, ed. Matthew C. Gutmann (Durham, NC: Duke University Press, 2003), 179–215.
For Argentina, see Osvaldo Bazán, Historia de la homosexualidad en la Argentina: De la
conquista de América al siglo XXI (Buenos Aires: Marea, 2004); and Flavio Rapisardi and
Alejandro Modarelli, Fiestas, baños y exilios: Los gays porteños en la última dictadura (Buenos
Aires: Sudamericana, 2001). On heterosexual monogamy, see Cosse, Pareja, sexualidad y
familia, 142–47; and Andrea Andújar, “El amor en tiempos de revolución,” in De minifaldas,
militancias y revoluciones, ed. Andrea Andújar et al. (Buenos Aires: Luxemberg, 2009),
149–70. For Brazil, see James N. Green, “‘Who Is the Macho Who Wants to Kill Me?’: Male
Homosexuality, Revolutionary, Masculinity, and the Brazilian Armed Struggle of the 1960s
and 1970s,” Hispanic American Historical Review 92, no. 3 (2012): 437–69.
8 Karina Felitti, “Poner el cuerpo: Género y sexualidad en la política revolucionaria de
Argentina en la década de 1970,” in Political and Social Movements during the Sixties and
Seventies in the Americas and Europe, ed. Avital H. Bloch (Mexico: Universidad de Colima,
2010). See also Valeria Manzano, “The Making of Youth in Argentina: Culture, Politics,
and Sexuality (1956–1976)” (PhD diss., Indiana University, Bloomington, 2009), 363–74.
9 Vera Carnovale, Los combatientes: Historia del PRT-ERP (Buenos Aires: Siglo XXI,
2011); and Oberti, Género, política y violencia. See also Paola Martínez, Género, política y
revolución en los años setenta: Las mujeres del PRT-ERP (Buenos Aires: Imago Mundi, 2009).
An early study is Feijoó and Nari, “Women in Argentina.”
10 Valeria Manzano, “Sex, Gender, and the Making of the ‘Enemy Within’ in Cold
War Argentina,” Journal of Latin American Studies 46, no. 3, forthcoming August 2014;
Marta Vasallo, “Militancia y transgresión,” in Andújar et al., De minifaldas, militancias y
revoluciones, 19–31; and Débora D’Antonio, “‘Rejas, gritos, cadenas, ruidos, ollas’: La
agencia política en las cárceles del estado terrorista en Argentina, 1974–1983,” in ibid.,
89–108. These developments continue a line opened by Victoria Langland, “Birth Control
Pills and Molotov Cocktails: Reading Sex and Revolution in 1968 Brazil,” in In from
the Cold: Latin America’s New Encounter with the Cold War, ed. Gilbert Joseph and Daniela
Spenser (Durham, NC: Duke University Press, 2008), 308–49. In a different vein, see
Margaret Power, Right-Wing Women in Chile, Feminine Power and the Struggle against
Allende, 1964–1973 (University Park: Pennsylvania State University Press, 2002).
418 I s a b e l l a Cos s e
to have traded sexual favors for their lives and were consequently cast as
traitors in testimonial novels written in the 1980s.11
While these studies have shed significant light on the gender and sexual
dimensions of guerrilla organizations and political and ideological struggles
in the 1960s and 1970s, most have offered a somewhat simplified reconstruction
of the role of sexuality within such organizations and paid little
attention to its connection with their contemporary society and to the
historicity of the process. In this article I propose a more complex analysis
through three approaches. The first aims to give substance to the heterogeneity
of sexual morality experiences, views, and positions. The second
highlights the porous lines that separated the world of activism from the
wider culture and society of the time.12 The third involves a diachronic
reconstruction that considers the specific characteristics of the different
historical moments that can be distinguished in the period over which this
fast-paced political process unfolded.
My hypothesis is that sexuality represented a dense arena of conflicts
within guerrilla groups. Multiple positions vied against each other within
organizations characterized by social and cultural heterogeneity and gender
anxieties. These cannot be understood outside the context of a society permeated
by intense debates—and deep uncertainties—over the changing family
and sexual orders, which resonated particularly with young people. Tensions
thus existed between the rigid morality preached by these organizations and
the actual experiences of their members. These tensions were resolved or
processed differently over time and became more pronounced as repression
escalated and the organizations became more militarized, thus strengthening
the direct connection between romantic fidelity and political loyalty.
B ased on this hypothesis, I look at how infidelity in heterosexual couples
was experienced, discussed, and addressed in the two leading guerrilla organizations
active in Argentina during the period studied: the Montoneros
and the Ejército Revolucionario del Pueblo (People’s Revolutionary
Party, or ERP), the second of which was the military wing of the Partido
Revolucionario de los Trabajadores (Workers’ Revolutionary Party, or PRT).
The article is divided into three sections. The first examines certain foundational
elements that were at the root of the interlinking of the political
and the personal in both organizations. The second reconstructs the ways
in which the members of these organizations processed the conflicts in
their love lives under conditions of clandestine living and armed struggle.
11 Ana Longoni, Traiciones: La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes
en la represión (Buenos Aires: Norma, 2007); Valeria Manzano, “Betrayal, Loyalty, the
Peronist People and the Forgotten Archives: Miguel Bonasso’s Narrative and the Peronist
Left’s Political Culture, 1984–2003,” Journal of Latin American Cultural Studies 16, no.
2 (2007): 183–99.
12 This is the perspective of Manzano, “Making of Youth”; Cosse, Pareja, sexualidad y
familia; and Alejandro Cattaruzza, “Un mundo por hacer: Una propuesta para el análisis de
las culturas juveniles en los setenta,” Entrepasados 7, no. 2 (1997): 67–76.
Infidelities 419
It underscores the gender and class tensions in the case of the ERP and
the way in which sexual morality was linked to political disputes within
the Montoneros. The last section explores the organizations’ increasing
militarization and the simultaneous development of codes of sexual and
moral conduct that established a direct relationship between political loyalty
(understood as sacrificing one’s life for the cause) and fidelity to one’s spouse
or partner, as more and more militants fell victim to torture, kidnapping,
and disappearance at the hands of the state.
To reconstruct this process I have had to rely on sources that are
necessarily fragmentary. The traces of that past—both written and oral
accounts—are marked by the historical circumstances in which these militants
lived, as they came under attack by repressive forces, were forced to
go underground, and were disappeared. Thus, for my analysis I had to piece
together fragments and decipher evidence culled from memoirs and written
and oral accounts (including twenty-five interviews I conducted myself
and thirty drawn from the Archivo de Memoria Abierta in Buenos Aires);
documents, magazines, and newspapers issued by these organizations; and
novels published during the period studied.13 To overcome these difficulties
I have applied an analysis that involves the constant contrasting of sources
and facts, taking into account the specificity of the discourse of each type
of source and placing them in the contexts in which they emerged.14 These
methodological precautions aside, it is not my intention to produce a linear
narration but rather to create a multifaceted prism—with different sides
and perspectives—to shed light on how love, sexuality, and revolutionary
struggle were intertwined in guerrilla organizations.
Foundational Elements: The Armed Left and Sexual Morality
In 1959 the Cuban Revolution opened up a new political horizon across
Latin America. In Argentina, Peronism—a movement that had granted
workers their social rights—had been banned since the 1955 military
coup that had deposed its leader, Juan Domingo Perón. The victory of the
Cuban guerrillas spurred heated debates over strategy among advocates of
social change, dividing the Left. In the early 1960s a number of Peronist
factions emerged in Argentina, pushing to radicalize the movement, and
the first guerrilla groups were formed there. The social and economic
crisis that had aggravated the historical exclusion of peasants and workers
13 Archivo de Memoria Abierta is a collective memory project that gathers interviews and information
on victims of state terrorism established and maintained by the Acción Coordinada
de Organizaciones de Derechos Humanos, Buenos Aires. For more information, see http://
http://www.memoriaabierta.org.ar.
14 For challenges posed by “recent” history, see Marina Franco and Florencia Levín, eds.,
Historia reciente: Perspectivas y desafíos para un campo en construcción (Buenos Aires: Paidós,
2007). On oral history, see Paul Thompson, La voz del pasado: La historia oral (Valencia:
Alfons el Magnánim, 1988).
420 I s a b e l l a Cos s e
was compounded by a weak democracy and a stream of military interventions.
Young people from both the middle and working classes—many of
whom were the first in their families to gain access to secondary school
and higher education—led the growing social and political unrest, which
prompted new movements and organizations across the country. In 1965,
in the small, poverty-stricken northern province of Santiago del Estero, a
local Americanist movement and a Buenos Aires Trotskyist group merged
to form the PRT. A few years later, the PRT’s military arm would become
one of Argentina’s leading guerrilla groups.15
The decision to create an armed wing came in the aftermath of the military
coup staged by Gen. Juan Carlos Onganía in 1966, which suspended
parliamentary activities in Argentina, outlawed all political parties, stepped
up repression and censorship, and brought the University of Buenos Aires
under the control of the state. But these measures failed to suppress social
unrest, fueling instead the radicalization of young activists. Che Guevara’s
death in 1967 had a similar impact, as his demise heightened the revolutionary
aura that surrounded him and the need to continue his struggle. For
the Left, Guevara represented the ideal new man of indomitable courage
who was willing to give his life for the revolution.16 His image embodied an
eroticized virility and a way of loving that fell outside the reproductive goals
of the bourgeois family, as Diana Sorensen has posited. That image united
a community of “warriors” and provided the backbone of a phallocentric
identity.17 But it also had a human side that was sensitive and compassionate
and that conferred an exceptional quality to the guerrilla virility symbolized
by Guevara: a virility that combined tenderness with bravery and the
strength of the combatant with the sensitivity of a new man who felt deeply
for his fellow human beings and was loved by them.18
Che Guevara’s death rekindled debates over the question of taking
up arms. During this time, the PRT was caught up in intense discussions
that resulted in key ideological guidelines that would shape the party’s
long-term actions. These internal disputes legitimized a rhetoric based
on morally disparaging one’s opponent through accusations of “betrayal”
(of the revolution, of the working class, and even of the party). The triumph
of the proponents of armed struggle consolidated the dominance
of Roberto Santucho, a leader whose family was very influential in the
party, and thus the intertwining of political and personal relations (key
15 For an overview of this period of Argentine history, see James, Nueva historia
argentina, vol. 9.
16 Hugo Vezzetti, Sobre la violencia revolucionaria (Buenos Aires: Siglo XXI, 2009), 131–
65; Carnovale, Los combatientes, 183–222.
17 Diana Sorensen, A Turbulent Decade Remembered: Scenes from the Latin American
Sixties (Stanford, CA: Stanford University Press, 2007), 15–53.
18 Isabella Cosse, “Militancia, sexualidad y erotismo en la izquierda armada en la Argentina
de los años setenta,” in Historia de la moral sexual y los comportamientos sexuales, ed. Dora
Barrancos, Donna Guy, and Adriana Valobra (Buenos Aires: Katz, forthcoming).
Infidelities 421
in any small organization) became linked to kinship and family relations
(with their hierarchies, conflicts, and loyalties).19
With these changes, it became acceptable to invoke the greater good of
the party to interfere in the love lives of its leaders and defend the institution
of marriage. This was not the result of philosophical discussions but a byproduct
of the intersecting of the party’s internal strife and Santucho’s own
marriage crisis. Santucho had married Ana María Villareal (known as Sayo) in
1962. They were both upper-middle-class university graduates who belonged
to their provinces’ intellectual elites. While Ana María’s home province,
Salta, had a more patrician past than Roberto’s Santiago del Estero, both
were set apart from the rest of Argentina in their strong mix of Catholicism
and traditionalism, characterized by the sexual double standard, patriarchal
power, and the submission of women. Roberto’s was a classic example of
the province’s families, as he was the eighth child of a local caudillo (charismatic
and popular leader) whose extramarital affairs were no secret. But
like many middle-class youths, Roberto and Sayo defied established family
values, although without breaking completely with tradition. While they did
get married, they refused a church wedding; and while they agreed to participate
in the honeymoon ritual, they transformed it into a political learning
trip, emulating Che Guevara’s epic journey across Latin America. After the
honeymoon, they settled into conventional married life, with the traditional
division of gender roles. Roberto threw himself into political activism, and
Sayo devoted herself to motherhood, although supporting her husband and
even participating directly in party politics. Roberto convinced her that his
frequent long absences were necessary to further the cause. He offered her a
love nurtured by political commitment and envisioned their future together
as inseparable from the revolutionary struggle.20
In 1967, amid all the infighting in the PRT over strategy, the couple
faced a major marriage crisis. Roberto fell in love with Clarisa Lea Place, a
university student and fellow party member twelve years his junior. Clarisa
was recognized for her unswerving loyalty as a militant, and, according to all
accounts, she loved Roberto deeply. Pola Augier, her best friend and roommate,
recalls how Clarisa believed Roberto would one day leave his wife for
her. But that never happened. Sayo, who was living at the time at the Santucho
family house, found out about her husband’s infidelity, and it quickly
became a matter of collective discussion within the organization. The affair
was affecting internal party matters. Francisco, a former PRT activist, explains
that the marriage crisis was undermining Roberto Santucho’s image in the
19 See Pablo Pozzi, Por las sendas argentinas: El PRT-ERP; La guerrilla marxista (Buenos
Aires: EUDEBA, 2001), 148; and Carnovale, Los combatientes, 261.
20 María Seoane, Todo o nada: La historia secreta y la historia pública del jefe guerrillero
Mario Roberto Santucho (Buenos Aires: Planeta, 1991), 27–87. On fertility rates, see Edith
Pantelides, “La fecundidad argentina desde mediados del siglo XX,” Cuadernos del CENEP,
no. 41 (Buenos Aires: CENEP, 1989), 21 (table 3.6). For other “discreet” youth rebellions,
see Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 71–101, 115–31.
422 I s a b e l l a Cos s e
political discussions under way, so his comrades tried to prevent the matter
from spreading beyond party leaders.21 More importantly, the idea that the
party’s members and especially its leaders had to be an example of revolutionary
morality and that a militant’s private life was inseparable from his or her
political commitment was by then accepted as natural in the organization.
When the issue of Roberto’s infidelity was discussed among PRT leaders,
the majority disapproved of his behavior and reprimanded both lovers,
ordering them to end the affair. Pola remembers her friend telling her that
she had been harshly criticized and humiliated. These political pressures
were combined with family and personal pressures. In Roberto’s case, he
was also admonished by his youngest brother, Julio Santucho, who had
recently joined the party after leaving a Jesuit seminary in Spain where he
had been preparing for the priesthood. In a letter to Roberto, he told him:
[You] forget that this unique moment we are living is not about trying
out new forms of relationships, but about living according to a revolutionary
morality with the greatest selflessness and austerity possible:
an honest and solidly built home, an unbreakable fidelity, a Justice
in everyday life that must be the reflection of the highest ideal of the
revolutionary. . . . Mutual devotion [in a couple] cannot be broken by
the will of either of the parties involved without committing an injustice.
In fact, it can never be broken, because when we give ourselves to
another we do so fully and forever, without calculations or restrictions.
The same is true when we give ourselves to the revolution, because
both forms of devotion stem from the most intimate depths of our
spiritual being, a being that surfaces to be realized in the construction
of a new world. A new world where social relations will be novel not
simply because they are arbitrarily different, but because they will be
stripped of all selfishness and pettiness.22
The letter defines revolutionary love and views the romantic feelings that
two activists can have for each other as intricately linked to their political
ideals. In stark opposition to the affective individualism typical of Anglo-
Saxon modernization, Julio proposed an ideal of love shaped by the
Judeo-Christian tradition, which placed social obligations above personal
decisions and morality above passion. Romantic devotion was equated
with revolutionary commitment in that they both demanded a complete
renunciation through which individuals transcended their self-interest and
became full and accomplished beings.
Julio’s advice evoked ideas that were popular both outside and within
the revolutionary Left. These ideas had echoes of Christian humanism but
also of the writings of Erich Fromm, whose book The Art of Loving was
21 My interview with Francisco R., PRT activist from Tucumán (Buenos Aires, 10
January 2012).
22 Letter transcribed in Seoane, Todo o nada, 123–24.
Infidelities 423
a best-seller in Argentina at the time.23 On the one hand, Julio’s advice
reflected a conjugal ideal that extolled companionship and mutual fulfillment,
a notion that had emerged as a reaction against the authoritarianism
of traditional marriages. Julio, however, rejected the possibility of salvaging
the marriage if it meant that Sayo had to accept her husband’s affair,
as Roberto seemed to hope.24 On the other hand, Julio’s words illustrate
the extent to which sacrifice was glorified within these organizations in
a way that tied the tradition of Christianity to the imaginary of the Left,
for which giving one’s life for the cause—as Che Guevara had done—was
the duty of every revolutionary. Drawing on the two traditions, the letter
contrasted authenticity with moral hypocrisy and placed the former at the
core of both romantic devotion and political commitment. The ideal “new
man” was thus connected with the tradition of Argentina’s historical Left,
which had been informed by an orthodox reading of Marxism that rejected
the double sexual standard but defended love-based monogamy.25
The marriage crisis had a swift denouement: Santucho gave in to the
pressures of both party and family and opted for what was best for him
politically, which was ending the affair. When Clarisa found out, she was
devastated, ashamed of her lover’s behavior, and hurt by how she was
treated by the party leaders. “They treated me like a prostitute,” she told
Pola Augier, who defended her. She believed that the “natural” solution
would have been for the two lovers to stay together. She lost all respect
for Roberto, whom she had admired as a leader. As with “most men, he
seized on his sense of responsibility as the perfect excuse,” thus demonstrating
that “family was sacred” for the “leaders of the north,” who were
still influenced by Catholicism and the preconceptions of that time, despite
their Marxism.26 Another party member, identified only as “Comrade L.,”
viewed the episode in a similar way: Santucho had yielded to pressures from
fellow party leaders and in the “name of the proletariat” had renounced
“the most beautiful thing” that had ever happened to him—Clarisa.27
23 On Christian humanism in Argentina, see José Zanca, “El humanismo cristiano y la
cultura católica argentina (1936–1959)” (PhD diss., Universidad de San Andrés, Buenos
Aires, 2009).
24 On companionship, see Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 115–53. In the letter,
Julio said: “You can’t ask [Ana María] to deny herself, to obliterate herself as a person; you
can’t use people as if they were instruments that can be picked up and discarded on a whim.”
Quoted in Seoane, Todo o nada, 123–24.
25 See, for example, the opinions voiced by Socialist and Trotskyist congressmen in Diario
de sesiones de la Cámara de Diputados, 14 May 1964, Buenos Aires, Congreso de la Nación,
331, 341. For a view of socialist morality in the early twentieth century, see Dora Barrancos,
La escena iluminada: Ciencias para trabajadores, 1890–1930 (Buenos Aires: Plus Ultra, 1996).
26 Pola Augier, Los jardines del cielo: Experiencias de una guerrillera (Buenos Aires: Sudestada,
2006), 116; also available online at http://www.revistasudestada.com.ar/web06
/article.php3?id_article=463 (accessed 25 November 2013).
27 Rolo Diez, El mejor y el peor de los tiempos: Cómo destruyeron al PRT-ERP (Buenos
Aires: Nuestra América, 2010), 34.
424 I s a b e l l a Cos s e
The episode crystallized a close interlinking of the personal and the political,
whereby the subordination of matters of the heart to party concerns was
twofold. First, party authorities were seen as having the right to interfere in
each other’s love lives in the understanding that as leaders they had to set
an example of moral integrity and that their love lives could potentially have
political effects. Second, the importance attributed to romantic fidelity mirrored
the value placed on political loyalty, crucial in a group in which political
opponents were perceived as traitors. These multiple influences operated over
a backdrop of deep-seated patriarchal values, with its naturalization of malecentered
authority and the accepted male tradition of keeping a second home
for a mistress, but they did so in different ways. In some cases they reaffirmed
Marxist orthodoxy, while in others they cemented the very essence of the
sexual morality that the new revolutionary morals were supposed to challenge.
It is worth noting that disagreements with this tendency to interfere in the
personal life of party members did not translate into formal dissent or party
defections. In this case, for example, Clarisa and Pola did not leave the party
but participated shortly thereafter as the only two women delegates at the
Fourth Congress, held in 1968, where Santucho prevailed in his call for armed
struggle and the first step toward the founding of the ERP was taken. The
other female voice at this congress was Sayo’s, although she had no voting
powers. Her presence, according to Pola, represented an acknowledgment
by party authorities of the “stability” of the Santucho marriage and an insult
to Clarisa, brought on by “the hypocrisy of [the party’s] monastic forces,
which were trying to impose their morals.”28
Radicalization was not limited to the PRT. In 1968, in step with student
unrest in cities like Paris, Mexico, and Montevideo, protest movements erupted
across Argentina, culminating in 1969 in the Córdoba worker and student
uprising, which would be known as the Cordobazo and which dealt a mortal
blow to Onganía’s dictatorial regime. In that climate that same year, the Fuerzas
Armadas Revolucionarias (Armed Revolutionary Forces, or FAR), which
had been formed by Marxist militants to support Guevara’s guerrilla efforts
in Bolivia, adopted urban guerrilla tactics and joined forces with Peronists.
The year 1970 also saw the emergence of the Montoneros, an armed
group that identified with Peronist ideas, massively attracting young activists
and soon becoming one of the country’s leading political forces. The
Montoneros went public with a highly symbolic action: the kidnapping and
assassination of Gen. Pedro Eugenio Aramburu, who had led the ousting
of Juan Domingo Perón in 1955 and had ordered the execution of the
military officers who had risen in defense of Peronism the following year.
This action, which sealed the fate of the already weakened Onganía regime,
took up the Peronist resistance tradition in a substantial way.29
28 Carnovale, Los combatientes, 112; and Seoane, Todo o nada, 125, 136.
29 Richard Gillespie, Soldados de Perón: Los Montoneros (Buenos Aires: Grijalbo, 1987),
119–39.
Infidelities 425
The Montoneros also contained foundational elements that engaged with
sexual morality through the interlinking of the personal and the political.
The organization was the result of the merging of various groups with different
histories but connected by a common Peronist identity and the goal of
achieving socialism through armed struggle. In the early stages, the founding
members were especially influenced by the Christian tradition. Several of
the original leaders—including Fernando Abal Medina, Mario Firmenich,
and Carlos Ramus—had met in 1967 through the Catholic priest Carlos
Mujica, a major activist for the poor in 1960s Argentina.30 Graciela Daleo
recalls joining the group as a life-changing experience, both personally and
emotionally, for all those involved. Christian asceticism marked their shared
everyday life. They ate frugally and embraced Christian humility. This did
not prevent them from socializing, including flirting with each other. But
their relationships were tinted with piety and governed by formal courtship
rules. Graciela, for example, had been pining for Jorge for years, but when
he finally asked her to be his girlfriend she told him she had to think about
it and offered her cheek for a chaste good-bye kiss. Jorge, in turn, asked
her to keep their relationship a secret until he could find a way to tell his
mother.31 In other social circles these formalities were considered stilted
and old-fashioned and were being shed.32
The group gradually consolidated and in 1967 created the Comando
Camilo Torres, named after a Colombian guerrilla priest killed the year
before whose memory allowed them to reconcile their Christian beliefs
with the decision to take up arms. The brigade was formed by some thirty
young militants, all under the age of twenty-five, and focused on propaganda
activities, handing out pamphlets and distributing their magazine,
Cristianismo y revolución (Christianity and revolution). Daleo recalls that
the group “observed very strict moral norms,” so she was outraged when
one of their leaders, Juan García Elorrio, took advantage of his partner’s
frequent absences to flirt with other women in the group. A year and a half
later, the brigade had disbanded, and by late 1969 some of its members
had decided to form a new group.33 Daleo, who had taken a break from
activism, received a visit from her friend Mario Firmenich, who in the past
had taken a romantic interest in her and now wanted her help with the new
organization. She remembers that when Firmenich contacted her one of
the things he made clear was that the new organization would not tolerate
any complications due to personal entanglements. “We treat these matters
very seriously. The New Man cannot be irresponsible in his relationship
30 Lucas Lanusse, Montoneros: El mito de sus 12 fundadores (Buenos Aires: Vergara, 2005),
127–38.
31 Graciela Daleo, quoted in Eduardo Anguita and Martín Caparrós, La voluntad: Una
historia de la militancia revolucionaria en la Argentina, vol. 1, 1966–1973 (Buenos Aires:
Planeta, 2013), 23–32, 107.
32 Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 25–51.
33 See Gillespie, Soldados de Perón, 81–86.
426 I s a b e l l a Cos s e
with his partner. Among us, nobody marries and separates on a whim, just
because they feel the urge.” He immediately added: “And we don’t tolerate
treachery [agachadas]. We’re very clear on that. We deal with traitors by
executing them, you know.” According to her own account, Graciela did
not ask who “we” were for security reasons. Shortly thereafter, she learned
that by “we” Firmenich meant the Montoneros.34 The value placed on
fidelity by the Montoneros owed much to Christian sexual morality. But it
was also linked to the Peronist tradition embraced by the Montoneros, as
“loyalty” had been a defining feature of Peronism from the onset, to the
point that the date on which the movement celebrated its anniversary was
called Loyalty Day.35 The concept took on its fullest and most sacralized
meaning in a dichotomous discourse that opposed “good” to “bad” and
“us” (working-class culture and the people) to the “other” (the oligarchy
and unpatriotic forces).36 The Montoneros took up this tradition when they
presented themselves as the avenging force that would bring Perón’s traitors
to justice and would defend the people against the enemies of Peronism.
In sum, in both organizations there were certain key foundational elements
that defined their revolutionary system of morality, including placing
a high value on sexual self-restraint, opening the personal lives of party
leaders to scrutiny from their peers, and encouraging rigid rules. The process
leading up to the creation of the ERP was marked by discussions over
how revolutionary couples should behave, pitting those who defended the
importance of stable relationships against those—mostly young people and
women—who believed in passionate love and the individual’s right to fall
freely in and out of love. There were no such discussions during the forging
of the Montoneros, but its founding members were strongly influenced by
asceticism and a rigid morality, and the organization would soon incorporate
new groups that were emerging from different ideological traditions and
had contrasting views on the subject. Lastly, both the Montoneros and the
ERP—and the armed Left in general—exalted the figure of Che Guevara,
holding him up as a symbol of an eroticized virility that combined bravery
and human compassion. But at the same time in the two organizations,
loyalty was seen as a substantial element of the connection between romantic
ties and political obligations.
Intense Lives: Conflicts of the Heart and Disputes over Morals
By 1970 young people were becoming increasingly radicalized, and their
antiestablishment stance was not limited to politics. On the contrary, young
34 Daleo, quoted in Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:326, 354.
35 Fernando Alberto Balbi, De leales, desleales y traidores: Valores morales y concepción
política en el peronismo (Buenos Aires: GIAPER, 2007), 97–201.
36 Silvia Sigal and Eliseo Verón, Perón o muerte: Los fundamentos discursivos del fenómeno
peronista (Buenos Aires: Eudeba, 2003), 71–74.
Infidelities 427
people—militants and nonmilitants alike—were rebelling in different ways
against traditional family, sexual, and social values. According to a survey
of people under the age of twenty-five featured in the magazine Análisis
(Analysis), some young people viewed marriage as an obsolete institution,
while others preferred to fill it with new meanings, seeing it as a way of “living
together” or as an “enjoyable duty.” Despite these differences, there
was a common rejection of the double standard of sexual morality. Most
considered that adults were hypocrites because they accepted the separation
between “physical love” outside the home and “spiritual love in the home”
that provided a euphemism for adultery.37 They questioned the “system”—a
term that encompassed the whole of the political, social, and moral establishment
and that itself reflected the generational clash. In Argentina, as in other
countries, the family as an institution was widely perceived to be in crisis, but
there was great uncertainty as to what that crisis would entail. This situation
alarmed Catholic and traditionalist organizations, which countered with an
avalanche of public statements, actions, and political lobbying calling on the
government to defend the basic principles of family, order, and tradition that
they claimed defined the nation and that they believed were being threatened.
The Left was not unaffected by these changes in the family and in romantic
relationships. On the contrary, in these organizations they became especially
contentious, as the conviction that an ideal “new man” had to accompany
the dawning society forged by the revolution was not linked to any particular
dogma or ideological definition of revolutionary morality nor to actual considerations
regarding family, couples, and sexuality. Hence the open nature
of the specific meanings ascribed to the new morality, which was defined
only by abstract ideals and suggestive images, thus increasing the possibility
of conflicts arising in concrete interactions. These conflicts were particularly
significant within the Left because of the political commitment that tied
together all aspects of life, including social, romantic, and sexual relations.
Starting a relationship, moving in together, or deciding to have a child were
all decisions with potential political effects. Roberto, an ERP militant from
Buenos Aires, recalls long, painful arguments with his wife: she wanted to
have kids, but he thought the timing was wrong because of their commitment
to the cause, and she was afraid the revolution would take too long and
she would miss her childbearing years.38 Breakups upset militants, and, in
many cases, they became a source of conflict that affected the entire group.
In particular, these ruptures escalated from personal to collective concerns
when they involved a close interlinking of intimate and political aspects, as
was the case with infidelity, which, according to many accounts, emerged
as a frequent problem. These conflicts expressed disagreements over sexual
morality and the meanings that guided militant behavior, which became more
and more important and visible as the organizations expanded.
37 “Cómo se aman los jóvenes,” Análisis, no. 422 (15 April 1969): 40–46.
38 Interview with Robert, Buenos Aires, 10 August 2009.
428 I s a b e l l a Cos s e
B oth organizations began to grow exponentially in 1970. The number of
PRT militants doubled between 1970 and 1972, and membership grew even
more dramatically after it reached 1,500 in 1973. This expansion altered
the organization’s makeup. The proportion of young people, women, and
(mostly male) workers increased. Regional representation also changed,
with new members coming from a wider range of regions, although the
northern provinces still provided the bulk of new recruits. In 1975 half of
the members were under the age of twenty-five, and two-thirds were under
thirty; one-fourth were women; and there was an even number of members
from working families and middle-class backgrounds.39
The data available on Montonero membership are not as detailed. We
know that when the organization started out it was made up predominantly
of middle-class activists, though recent studies have shown that early members
also included working-class activists. By 1971, for example, Montonero
membership included Peronists and textile industry unionists from workingclass
areas in the province of Buenos Aires.40 In any case, the organization
also grew at a dramatic pace. In 1971 Juan Domingo Perón himself, still
exiled in Madrid, pinned his hopes for victory on this “marvelous youth”
that was defying the power of the armed forces.41
In 1973 the Montoneros and FAR merged to form the largest political
youth movement, with thousands of affiliated members. Their rallies
were instrumental in lifting the ban on Peronism (although Perón himself
remained banned) and securing the party’s victory in the elections, which
were held that March and restored democracy. The military in power allowed
the elections to be held in the hope that it would weaken guerrilla
forces, but the Montoneros came out of the voting strengthened and
having reached their greatest political influence.42 The new president of
Argentina, Héctor J. Cámpora, opened up a brief but intense “Spring” during
which political prisoners were pardoned and censorship was somewhat
relaxed. The new government even encouraged what was referred to in
the mass media as a destape sexual (literally, “sexual uncovering”), which
was accompanied by the emergence of new discussions on issues such as
divorce and a greater visibility of feminist and homosexual organizations
and which in turn revived right-wing and conservative discourses in defense
of the family and sexual order. Despite this more open atmosphere,
the Cámpora government lasted only forty-nine days, and no measures
connected with family relations or sexual behavior were adopted.
In that climate, the growth and the unification of the two groups heightened
the importance of ideological differences on sexual morality. Accounts
39 Pozzi, Por las sendas argentinas, 71–80.
40 Javier Salcedo, Los Montoneros del Barrio (Caseros: Universidad Nacional de Tres de
Febrero, 2011), 31–66.
41 Gillespie, Soldados de Perón, 152–53.
42 Ibid., 152–93.
Infidelities 429
from former militants provide evidence for the impact that love conflicts had in
everyday interactions, but they also reveal that the different kinds of romantic
and sexual relationships that were being openly discussed were all within the
margins of the dominant heterosexuality. Homophobia was widespread even
in left-wing organizations. Homosexuals were viewed as a threat to internal
security, based on the preconception that their sexual orientation rendered
them weak and unable to withstand torture without being broken. They were
also believed to discredit the organizations, giving support to the Right in its
accusations of “sexual debauchery” in the armed Left. I found no evidence
of infidelity or love triangles involving same-sex couples. That does not mean
such conflicts did not exist; instead, the prevailing homophobia forced homosexuals
to hide their sexual orientation and precluded any discussion of
homosexual relationships. The fact is that homosexuality-related issues were
not dealt with openly in either organization.43
In contrast, conflicts involving heterosexual couples frequently spurred
heated discussions within the organizations over the ways in which militants
engaged in and dealt with a wide range of romantic entanglements. There
were husbands with lovers who were tolerated by their wives; there were
also women who cheated on their husbands or formal partners by having
affairs or flings; and there was no shortage of love triangles and passionate
one-night stands. There were often less prototypical situations, when cheating
on one’s partner was not a premeditated decision but a fortuitous and
chance result. María, a Montonero guerrilla, was in a passionate relationship
with Gustavo when, in late 1972, circumstances brought her together with
Roberto, whom she started seeing only weeks after she broke it off with
Gustavo. These overlapping relationships were both helped and hindered
by the physical separations that militant activity or imprisonment imposed
on couples, as was the case with ERP member Silvia, who, while her partner
was in prison in 1973, became romantically involved with another man with
whom she worked closely in the party. There were also casual encounters
that arose from a mixture of physical attraction and emotionally charged
moments, as occurred with Francisco and María Elena before they went
out on their first guerrilla operation.44
These stories were not all that different from what other young people
were experiencing in the 1970s, a time when separating sex from emotional
commitment was accepted as natural. That did not mean, however, that
“wearing horns” was taken lightly by men. The “macho” stereotype was
still powerful in Argentine society, and being cuckolded was experienced
by men as an affront to their masculinity, even among young artists and
43 Rapisardi and Modarelli, Fiestas, baños y exilios, 140–73.
44 Interview with Francisco R., Tucumán PRT militant, Buenos Aires, 10 January
2012; Marta Diana, Mujeres guerrilleras: La militancia de los setenta en el testimonio de sus
protagonistas femeninas (Buenos Aires: Planeta, 1996), 72–75; Pozzi, Por las sendas argentinas,
240–41.
430 I s a b e l l a Cos s e
intellectuals, as is illustrated by the caricatures and lampooning featured in
the humor magazine Satiricón. For women, it was increasingly a symbol
of the sexism against which they had to rebel.45 What made these stories
different for clandestine militants was that such turbulent affairs of the heart
were played out against the backdrop of guerrilla warfare and thus took
on special characteristics. Rules imposed by the organization for security
reasons meant that members had to compartmentalize the different areas
of their lives and that all private information had to be kept confidential.
It was easier to maintain “double relationships,” as they were dubbed,
using a term that echoed the world of espionage and fit in perfectly with
the mystique of a clandestine life. As a female ERP member explains, compartmentalization
meant that “infidelity” was only discovered when “they
[the men] were captured.” She recalls one case in which an activist was
found to have been involved with three women, “one in each of the teams
he led.”46 The nature of their actions also meant that they looked death
in the face every day, a risk that redefined their entire lives. And sex was a
part of that. Montonero member Rolo Diez remembers how they saw it
then: “Why renounce sweet love when we knew we could be dead soon?
Why put off for tomorrow the passionate screw we could have today?”47
In other words, the entanglements, affairs, and casual encounters—which,
with such a young membership, often represented a militant’s first sexual
explorations—accompanied the breakneck pace of their dangerous day-today
living and the emotional demands of the constant death risk they faced.
How was it that such intimate affairs came to light? It should first be noted
that many affairs—probably most of them—were never publicly discussed by
the group. In many cases the parties involved were able to keep them private.
Such was the case with Elena, who lived a “great, but forbidden, love” when she
“crossed paths” with another militant.48 It also happened that fellow militants
learned of such affairs and decided not to make them public. In many cases,
however, shared living and prolonged close interaction made it difficult to keep
love crises private. Often, affairs or relationship crises were made public by the
very people involved. The affected party might turn to the group (more or
less formally) to settle the conflict or seek reparation. Estela, an ERP member,
confessed to her husband that she had had an affair with a fellow member
and, at his suggestion, agreed to take the matter to the group for discussion.49
Another ERP activist recalls how most thought it was “natural for a couple’s
problems to be discussed with the group.” And she adds, laughing, “everyone
had something to say, but they were polite about it.”50
45 Jorge Sanzol, Roberto Hanglin, and Ceo, “¿Qué hace su mujer cuando usted no está?,”
Satiricón, no. 25 (February 1975).
46 Quoted in Martínez, Género, política y revolución, 100.
47 Rolo Diez, El mejor y el peor, 46; emphasis in the original.
48 Diana, Mujeres guerrilleras, 201.
49 Carnovale, Los combatientes, 257.
50 Quoted in Pozzi, Por las sendas argentinas, 139.
Infidelities 431
The ways in which discussions were processed and measures were adopted
were also diverse. In both organizations, when such a problem came up the
procedure was often to conduct an intervention of the cell (the basic unit of
operation), which involved a critical peer review and self-critical examination.
Under democratic centralism (the principles of internal organization
that governed these groups and that allowed for the possibility of discussion
within a vertical structure), this step could lead in turn to an intervention of
the body situated above the cell in the organization’s hierarchic structure,
although this did not always happen. In both cases these interventions
(whether of the cell or the bodies above it) did not necessarily entail a sanction
but could instead prompt discussions or negotiations situated halfway
between the formalities of a vertical organization and the self-regulating
negotiations of groups of young peers. Manuel, for example, describes how
when a sentimental problem involving a couple came up for discussion in his
Montonero cell, it was settled among the members themselves, as all were
friends.51 The intervention might be led by party authorities, which could
be conducted in a manner similar to the patriarchal authority exercised by
a father or an older friend. This paternal or older brother role was adopted,
for example, by Luis Ortolani, a former communist and ERP leader, when
he supposedly stopped an angry female member from leaving her husband
after she found out he was “putting horns” on her. Ortolani’s solution was
to advise the husband to “satisfy [his wife] in bed.”52
During these early years, prior to Perón’s return, neither organization
had a fixed set of predetermined penalties for sanctioning members for
their sexual indiscretions or their misconduct in handling their personal
relationships. Stances were instead adopted on a case-by-case basis, and
any decisions on actions to be taken were open to discussion—within the
limits of armed and vertically structured organizations—and influenced by
the specific circumstances. There were multiple factors that came into play
in each decision. In what follows, I have chosen to examine more closely
class and gender determinants in the case of the ERP and internal power
struggles in the case of the Montoneros.
The Role of Gender and Class in the
Resolution of Love Conflicts in the ERP
By the early 1970s relationship problems had become more visible amid the
rapid growth in membership in the ERP, the massive influx of women, and
the radicalization of political actions. In contrast to the Montoneros, the
ERP incorporated the issue into its policy documents. Luis Ortolani, head
of the ERP’s Córdoba division and an instructor in the training school for
51 Interview with Manuel, Buenos Aires, 27 March 2011. On this topic, see Carnovale,
Los combatientes, 354.
52 Luis Ortolani, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2010.
432 I s a b e l l a Cos s e
leaders, drafted a moral rulebook of sorts. Concerned over the effect that
sentimental crises were having on members, in 1972 he published “Moral
y proletarización” (Morality and proletarianization) in the political magazine
La gaviota blindada (The armored seagull). According to Ortolani
himself, his intention was to address problems that he had witnessed among
members, namely, the imposition of arbitrary measures for alleged moral
offenses and the need to regulate relationships to prevent male members
from taking advantage of their female peers.53
In the text the family was defined as a political and military unit formed
by a monogamous and heterosexual couple who were expected to bear
children for the revolution and participate wholly in the life of the masses.
It explicitly rejected any innovation in relationship styles and the new
importance ascribed to sexuality, claiming it was a way of keeping women
subjugated and of perpetuating bourgeois morality. But even as it criticized
these bourgeois ideas, it also tacitly accepted the bourgeois conception of
marriage and gender inequality as a natural order. Fidelity was extolled and
upheld against the sexual double standard, which tolerated male adultery
while it censured unfaithful women, and also against the behaviors associated
with the sexual revolution, which posited the liberating nature of sex
and the end of ties between men and women. The duties owed to the party
were conflated with those owed to one’s spouse or partner. Romantic fidelity
and political loyalty thus entwined guaranteed order in the organization
and structured party morality.54
As Alejandra Oberti notes, the confrontational style of the document shows
that the orthodoxy it rested on was a response to the nontraditional practices
and ideas that existed in the organization.55 Some party members say it was
mandatory reading material, and others claim it was later banned. Whatever
the degree of institutionalization, the document—the only political text from
the organization that addressed revolutionary morality—was undoubtedly a
key reference for members and was widely read and discussed. According to
Diez, one of the criticisms it received when it first came out was that it was
dated because it defended monogamy.56 These differences were not expressed
in categorical political confrontations or clearly articulated positions, but they
did permeate daily dynamics. The recourse to penalties reveals a concern over
the heightened sexual activity of members. While many turned to sex as a
release and a way of experimenting, Ortolani and other leaders clearly saw
the need to use internal discipline to regulate these behaviors.
Ortolani explains that he became concerned when he observed the everyday
interactions between male and female militants. He remembers, in
53 Luis Ortolani, “Moral y proletarización,” Política de la memoria: Anuario de investigación
del CeDInCI (Buenos Aires), no. 5 (December 2004): 93–102.
54 Ibid.
55 Alejandra Oberti, “La moral según los revolucionarios,” in ibid., 77–84.
56 Diez, El mejor y el peor, 37.
Infidelities 433
particular, a rumor that there was a small group in which, before going out
on an operation, “everyone had sex with everyone” because they believed
sex “recharged” and “pumped them up to attack the enemy.”57 While the
veracity of this self-justifying account is debatable, there is no doubt that the
document was a reaction aimed at regulating and ordering nonmonogamous
relationships and that such relationships were not isolated instances. By
then sexual experimentation had become widespread among certain youth
sectors. For example, in Córdoba—Ortolani’s home province—a group of
left-wing university students advocated free love and lived in communes
with open couples.58 While nothing that radical existed in the ERP, there
were obvious differences of opinion. Pedro Cázes Camarero recalls both the
“moral self-righteousness” of Santucho (“he was very formal and machista
and gave too much importance to discipline”) and those he described as
“liberals” and among whom he included himself. “We came from a kind of
hippie, laid-back experience and found that whole peasant and Vietnameseinspired
moralism a pain in the ass,” he says.59
The ERP’s conception of morality was structured by class. The organization’s
members assumed the vanguard role of the working class, which
they idealized as the embodiment of revolutionary values. This meant
that petit-bourgeois and intellectual members had to combat their own
class tendencies through a process of proletarianization. But the party also
took on the task of defending what it believed were proletarian virtues—
although some proletarianization was necessary even to know what such
virtues were. As Carnovale notes, this inconsistent and paradoxical reasoning
opened the door for combating any departure from the party line as a
petit-bourgeois deviation and a product of the individualism, arrogance,
vacillation, and factionalism typical of that class, as well as a betrayal of
proletarian values.60 In his memoir, Diez explains the term mameluquear
(from mameluco, Spanish for “worker overalls”), commonly used to refer
to the weight that working-class considerations had in decision making, as
workers were favored or judged more leniently (including by giving them
greater responsibilities, excusing their weaknesses, or dropping any accusations
against them), while pequebu (from the Spanish for “petit bourgeois”)
members were treated more harshly.61
The issue was even more complex because for militants it was patently
obvious that so idyllic a view of the working class was at odds with the real
values held by actual workers. This was particularly evident in the case of
infidelity. The party saw infidelity as a product of the moral hypocrisy of
the petite bourgeoisie and contrasted it with the honesty that supposedly
57 Ortolani testimony.
58 Interview with Alicia Kinerstol, Buenos Aires, 8 February 2013.
59 Seoane, Todo o nada, 179.
60 Carnovale, Los combatientes, 228–40; Pozzi, Por las sendas argentinas, 239–44.
61 Diez, El mejor y el peor, 42.
434 I s a b e l l a Cos s e
reigned in working-class marriages. But the reality among workers—even
those who were in contact with middle-class militants—was quite different,
as gender inequality and the sexual double standard dominated their
personal relationships. Working-class militants themselves often excluded
their wives from their political activities, and working-class women in turn
opposed their partners’ engaging in political work because they were afraid
that female militants would seduce them and take them away from their
families. It was certainly true that their husbands were enjoying—perhaps
for the first time—the benefit of being members of a certain class, as their
status as workers and representatives of the “dark masses” made them more
attractive to the opposite sex. This sparked conflicts in the family and set
many wives against the organization. In some cases, their suspicions were
justified. As a female ERP member active in a working-class neighborhood
recalls: “The Party was breaking couples up; I mean, the guys were going
crazy over the women militants [compañeras], . . . [and] there were a lot of
jealous fits.” These interclass romances had political repercussions, as party
leaders had to divert their attention from other matters to save marriages
and calm down angry wives.62
Gender tensions cut across these class tensions. While the incorporation
of women in guerrilla training camps expressed a commitment to gender
equality, it also fueled the fears of those who valued the contribution of
women but—heeding Che Guevara’s advice—believed they were better
suited to the rearguard.63 Some still saw women as the weaker sex and at
the same time were afraid they would challenge male power. Their concerns
were compounded by the uneasiness caused by the new behaviors that were
being adopted by women everywhere—not just in guerrilla groups—as they
embraced their sexuality and became more demanding of their partners.
These fears raised specters that fueled the imagination, and all sorts of
debaucheries were pictured. Not only were cells where “everyone had sex
with everyone” imagined, but charismatic men were also thought capable
of turning “operative houses into their own personal harems.”64
These anxieties explain why the first to be charged with infidelity and
penalized by the ERP’s national authorities was a woman. In the early
1970s an entirely male politburo decided to punish an unfaithful wife
who had been reported by her husband after he found her in bed with a
fellow ERP member. According to Ortolani, the woman had only been
62 Quoted in Pozzi, Por las sendas argentinas, 128, 224, 225, 237.
63 Ernesto Che Guevara, Manual de guerrillas, ca. 1961, available online at http://
librodot.com/en/book/detail_prod/1276 (accessed 25 November 2012). On this subject,
see also Vania Markarian, El 68 Uruguayo: El movimiento estudiantil entre molotovs y música
beat (Bernal: Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2012), 134.
64 Ortolani testimony. See also Diez, El mejor y el peor, 35–37. These fears are also highlighted
in the article “Las compañeras en la Guerrilla,” published in Estrella roja, no. 65 (1
December 1975): 18–19. “Operative houses” were those where activists lived, where they
carried out political tasks, and from which they launched military operations.
Infidelities 435
unfaithful to her husband that one time, and the sexual encounter had
occurred when the other man—a close friend of hers—had turned to her
for comfort after learning that his brother had been killed in combat.
“Nothing exorcises death better than sex . . . so it naturally led to that,”
Ortolani explains. By imposing this penalty on a woman, the leaders were
adopting a position in favor of men, defending the damaged manhood of
their peer who had been cuckolded.65
The decision had repercussions. Certain leaders expressed their disagreement,
recalling that no penalty had been imposed when the now wronged
husband had earlier cheated on his wife. This exposed the unfair treatment
of women and revealed how their behavior was measured with a different
yardstick. When the decision was published in an issue of Boletín interno
(the organization’s internal bulletin, of which no copies have survived) it
fueled fears that the many clandestine relationships that existed would be
discovered, and reports would increase. As an ERP member told Ortolani,
if infidelity reports started pouring in, it would be catastrophic for the leaders’
credibility, because there were many of them, including himself, who
were seeing two or even three women at the same time.66
There was no hegemonic position on these matters in the PRT or ERP,
not even among the higher commands. As Diez recalls: “The situation was
getting out of hand for party leaders, and penalizing every moral infraction
would have meant purging the central committee. These romantic frenzies
were most prominent in the Tucumán regional division. Even historical leaders
—shining examples of proletarianism and revolutionary standing—had
morality issues. It put them in an impossible situation. Some members of
the central committee voted consistently against imposing penalties. Others
defended the principles but looked for alternatives that would not undermine
their authority and applied different solutions to identical problems.
Still others criticized these irregularities and inconsistencies.”67
As some expected, many women whose partners were among the higher
commands turned to the central committee to protest against sexual double
standards. This was the case of Peti, who went before the central committee
with a complaint against her unfaithful husband and succeeded in getting
him removed from the position he held and the other woman demoted
to student status in the party training school she directed.68 This does not
mean that the central committee always decided in favor of the woman. On
the contrary; gender inequality was strengthened by the party’s criticism
of the sexual behavior of female members who entered into new relationships
while their previous partners were in prison. Although for the most
part both cells and authorities accepted these relationships, they demanded
65 Ortolani testimony; see also Pozzi, Por las sendas argentinas, 222–24.
66 Ortolani testimony.
67 Diez, El mejor y el peor, 40.
68 Described in Diana, Mujeres guerrilleras, 61–73.
436 I s a b e l l a Cos s e
“transparency” from women, who were required to be open about their new
partners to avoid giving the idea that they were being unfaithful. The use of
the term “transparency” revealed the enormous value placed on it in what
was a simplified view of romantic relationships that ignored the extreme
circumstances into which these guerrillas had been thrown and denied the
possibility that they could find themselves in ambiguous situations or be
emotionally attached to more than one person at the same time.69 Neither
did it take into account how badly an imprisoned—and most probably
tortured—man could take the news of his partner having replaced him with
another man, or how difficult it would be for the woman who had loved,
and might still love, him to tell him she was seeing someone else.
Gender and class tensions were very much a part of the problems caused
by sentimental crises. The forging of the “new man” undoubtedly sparked
countless conflicts that seared the everyday existence and subjectivity of
these guerrillas but that were also intensely political. Their views on sexual
pleasure and eroticism could not be dissociated from the way in which they
perceived their political relationships, both among themselves and with the
party, and from the position they believed they had to take with respect to
the moral status quo and the new morality they had to construct. Sentimental
conflicts could, moreover, be used politically in ideological disputes
within and outside the organizations.
Political Strife and Sexual Behavior in the Montoneros
On 20 June 1973 Juan Domingo Perón returned from exile and was welcomed
by thousands of supporters in a mass rally that quickly turned into
a bloodbath when right-wing Peronists turned on Montonero militants,
leaving dozens dead. This massacre marked the beginning of a period of
escalating violence and internal strife that continued even after Perón was
elected president in September 1973.70 Far from reconciling the two warring
factions, this triumph seemed to fuel their mutual hostility, with the
members of each faction holding themselves up as the true representatives
of Peronism and viewing the other’s members as adversaries who were
either traitors or infiltrators.
B oth factions became embroiled in a battle to prove who was more
devoted to their leader, to the people, and to the nation in a confrontation
that also had gender and sexual undertones. Right-wing Peronists launched
a campaign against the guerrilla groups that attempted to discredit them
by calling them “drug addicts, homosexuals, and home-grown and foreign
mercenaries.”71 These accusations heightened homophobia among the
guerrillas themselves, who responded to right-wing Peronists by chanting
69 See Carnovale, Los combatientes, 258–59.
70 Sigal and Verón, Perón o muerte, 150–52.
71 “Solicitada, 20 de junio—Ezeiza—20 de julio,” La opinión, 20 July 1973.
Infidelities 437
in marches: “We’re not fags, we’re not junkies, we’re FAR and Montonero
soldiers” and other antihomosexual slogans.72
The use of such homophobic slogans by both the Left and the Right
coincided with the challenges to the sexual and gender order that were stirring
Argentine society. Feminist organizations were questioning for the first
time in the country’s history motherhood; gender, abortion, contraception,
and sexual education were debated in the media; and politicians presented
new bills on divorce and joint custody in parliament. Perón focused, as in
his first two presidencies, on the importance of the family as the foundation
of society and celebrated a domestic life built around the woman’s role as
mother and housewife and the man’s role as breadwinner. Accordingly, the
government passed a pronatalist decree that restricted the sale of contraceptives.
73 The government’s pronatalist measures represented a triumph
for the traditionalist Catholic organizations and far-right sectors to which
Perón turned for support. This family-centered agenda happened within
a context marked by spiraling violence, further isolating the Montoneros,
whose members were hunted and killed by paramilitary forces.
This political situation posed a challenge to the Montoneros as a relatively
new organization that lacked a solid structure and a firm ideological backbone.
74 When it merged with the FAR in 1973 its diversity of ideological
traditions and personal loyalties became even more pronounced. Many FAR
leaders came from the Left and were students or intellectuals who were
part of the bohemian social scene and the cultural antiestablishment and
were thus open to sexual experimentation. This was the style, for example,
of the editorial board of the newspaper Noticias (News), founded by the
Montoneros in 1974 to combat the Peronist Right. It was formed by renowned
journalists and intellectuals, many of whom came from the FAR,
as was the case of the activist and poet Francisco “Paco” Urondo, who
headed the newspaper’s political section.75 As in other papers, the newsroom
provided a laid-back and exciting environment where political and
literary feats competed with drinking and sexual exploits. Martín Caparrós,
who worked for the newspaper when he was just sixteen, remembers how
captivated he was by the uninhibited and hedonistic atmosphere that surrounded
Paco and his group, who felt no guilt in indulging in the pleasures
of the flesh—or, as Javier Urondo recalls his father, Paco, saying, of “wine
and flesh [el vino y la carne],” alluding at the same time to the Argentinian
love of beef and of the female body.76
72 Quoted in Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:681. See also Rapisardi and Modarelli,
Fiestas, baños y exilios, 157.
73 Karina Felitti, La revolución de la píldora (Buenos Aires: Edhasa, 2011).
74 Gillespie, Soldados de Perón, 142–52.
75 Gabriela Esquivada, El diario Noticias: Los Montoneros en la prensa argentina (La Plata:
Universidad Nacional de la Plata, 2004), 86–113, 117–37.
76 Martín Caparrós, No velas a tus muertos (Buenos Aires: La Flor, [1986]), 12, 13, 17.
Javier Urondo, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2005.
438 I s a b e l l a Cos s e
Many of the intellectuals in this group had addressed eroticism and sex
in their artistic production. A few years earlier, in 1965, Pirí Lugones, a
Montonero militant, had penned a short story portraying the erotic games of
a group of intellectuals and a complicated love triangle. The story reflected
Pirí’s real-life stormy affairs and the wild parties she hosted, where rock stars
and famous novelists mingled with guerrillas.77 In a 1974 autobiographical
novel that was essentially a portrait of the revolutionary intellectual, Urondo
reflected on the meaning of love, how it differed from simple infatuations,
and what the future held for revolutionary couples. When he wrote the
novel, Urondo had just broken up with a prominent theater actress because
he had fallen in love with another woman. His new love, Liliana “Lili”
Massaferro, was a forty-seven-year-old editor, model, and actress famous
for her great beauty and her promiscuous youth who had thrown herself
into activism in 1971 after her oldest son was brutally slain by the police.78
In his novel, Urondo admitted that couples could experience “displaced
affinities” (most likely alluding to the “elective affinities” that Goethe had
used to explain the fleeting nature of attraction).79
A similar concern was a central theme of Nicolás Casullo’s first novel,
Para hacer el amor en los parques (Making love in the park), a semiautobiographical
account of the adventures of a group of friends who engaged
in short-lived affairs amid collective dynamics marked by camaraderie,
eroticism, and emotional commitment.80 The author, a Montonero leader,
believed that love was something that had to be experienced as often as
possible. In his circle, it was hard for women to say no to sexual advances, in
contrast to how things had been a decade earlier. In Casullo’s words, “saying
no would have sounded ridiculous, unacceptable,” as “the revolution was
also made in bed: the more orgasms you had, the more revolutionary you
were, and the more revolutionary you were, the more orgasms you had.”
Beyond the sexual boasting, this account eloquently shows that there was a
new social mandate to engage in sex as much as possible, which for women
often entailed social coercion.81
In any case, sexual freedom was not limited to men. Many young
Montonero women enjoyed challenging sexual puritanism. Mercedes
Depino remembers how she and fellow FAR militants viewed sexuality
differently from the original Montoneros: “We were very wild in that
sense [in couple relationships]. We were careless because of the sense of
77 Pirí Lugones, “Homenaje a Kinsey,” in Crónicas del sexo, ed. Manuel Mujica Lainez et
al. (Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965), 25–34.
78 Her son, Manuel Belloni, had been a member of the Fuerzas Armadas Peronistas.
Laura Giussani, Buscada: Lili Massaferro; de los dorados años cincuenta a la militancia
montonera (Buenos Aires: Norma, 2005), 145–50.
79 Francisco Urondo, Los pasos previos (1974; Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2011),
178–80.
80 Nicolás Casullo, Para hacer el amor en los parques (Buenos Aires: Altamira, 2006).
81 See Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:597.
Infidelities 439
freedom we had . . . because of our activism. We didn’t want to relinquish
our freedom in any way, . . . and suddenly, there was this fixed, closed
structure governing couple relationships.”82
Their experiences were obviously different from those common among
the Montonero leaders who came from a Catholic background. These
circles were dominated by family-centered ideas, which held the family
up as the foundation of society and combined the Peronist and Catholic
traditions.83 Mario Firmenich, for example, believed militants should have
five children—at a time when the average birthrate was half that—in order
to boost population growth with future revolutionaries, and he proudly
presented his family life as an example.84 In line with this sentiment,
Agrupación Evita (Evita Group), a Montonero popular front formed in
1973 and named in honor of Eva Duarte, Perón’s famous second wife and
a popular leader in her own right, sought to appeal to working-class women
as housewives and mothers. But the female militants in the group—for the
most part middle-class students—could not accept that domestic life was
the sole fate of women, and many considered being assigned to Agrupación
Evita a punishment. The interactions with working-class women, however,
opened the eyes of most to the issues faced by women and the political
connotations of gender inequality in the home.85
In sum, sexual issues were a source of disagreement among Montoneros,
but they did not give way to an official document setting out principles.
Instead, they were intertwined with political disputes. In 1974 the
Montoneros were wrapped up in intense political discussions over how to
deal with escalating attacks from paramilitary groups and Perón’s support
for such actions. On 1 May 1974 the Peronist leader drove the Montoneros
out of Plaza de Mayo in Buenos Aires, where workers had gathered for an
International Workers’ Day rally. The break with Perón fueled militarist
tendencies in the Montoneros, who decreed that the organization would
go underground. The decision was made without consulting its members
and sparked heated internal debates.86
At Noticias, this decision spurred disagreements with the staff over the
paper’s editorial line, and Urondo was removed from the newspaper.87 At
82 Mercedes Depino, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2003.
83 Among the first Peronists there was a range of positions regarding family, but they all
shared a rhetoric that defended “the family” as “the basic cell of society,” the maternal role of
women (an argument used when women were granted political rights in 1947), and the protection
of children. See Isabella Cosse, Estigmas de nacimiento: Peronismo y orden familiar
(Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006).
84 “Montoneros: Guerreros políticos (Interview with Mario Eduardo Firmenich),” in
Gabriel García Márquez, Por la libre: Obra periodística (1974–1993) (Buenos Aires:
Sudamericana, 2000), 111.
85 Karin Grammático, Mujeres Montoneras: Una historia de la Agrupación Evita, 1973–
1974 (Buenos Aires: Luxemburg, 2011).
86 Urondo testimony.
87 Gillespie, Soldados de Perón, 220–21.
440 I s a b e l l a Cos s e
the same time, Urondo’s own conflictive love life became public and triggered
a crisis that impacted the organization’s leadership. Paco had recently
begun a relationship with Alicia Raboy, a twenty-five-year-old Noticias
reporter, while still with Lili. Lili learned of the affair by accident and, according
to her own account, immediately requested a meeting with Julio
Roqué, their superior. She was among the women who, through their work
in Agrupación Evita, were becoming aware of the issues faced by women,
and she now reproached her partner’s behavior as not befitting of the “new
man.” She argued that it echoed old hypocrisies and that Paco was behaving
like the stereotype of a manager who has an affair with his secretary. She
demanded that the organization “really” lecture its members on the new
values that should be embraced by the “new man”; otherwise, the men in
the organization would be no more than “cowardly and unfaithful sexists,
just like any other member of the petite bourgeoisie.” Her denunciation
linked the importance placed on loyalty by Peronists with a rejection of the
petit-bourgeois lifestyle and the sexual double standard. The organization
took up Massaferro’s defense and penalized Urondo, bringing him down
several ranks in the Montoneros hierarchy.88
None of the accounts of this episode question the veracity of the penalty.
there are disagreements over what actually motivated it. Urondo’s
friends claim that the organization’s leadership took advantage of the
situation to reinforce his removal from Noticias.89 The accounts are
revealing in showing how these decisions could advance various political
agendas within the organization. In fact, Paco’s son, Javier Urondo,
who was seventeen at the time, remembers that in the Montoneros,
“monogamy was the only form of relationship accepted by the status
quo, but at some levels of the organization there was some flexibility.”
His father’s story shows that one could take advantage of that flexibility
but that the leadership also had the power not only to put an end to it
but also to use it against whoever did.
Political Loyalty and Romantic Fidelity
in Times of Torture and Disappearances
Perón’s death in 1974 crushed once and for all the hopes that had been
pinned on his ability to solve Argentina’s crisis. The administration of María
Estela Martínez de Perón—Perón’s third wife and widow, popularly known
as Isabel Perón, who succeeded him in the presidency—was unable to check
soaring inflation and quell the discontent it was sparking in the population
or stop the spread of social protests and guerrilla actions. The reaction of the
government, dominated by the far Right, was to further increase its support
for the armed forces. In 1975, after Martínez gave them the authorization
88 Giussani, Buscada, 215.
89 Esquivada, El diario Noticias, 223–25; and Montanaro, Francisco Urondo, 80–90.
Infidelities 441
to “wipe out subversion,” the armed forces launched a full-scale military
attack against radical militants, engulfing the country in torture and death.90
They began their offensive in the province of Tucumán, one of the main
strongholds of the ERP, in a crackdown that ushered in the final stage of the
revolutionary war. Initially, the organization sought to combine guerrilla
actions with legal activities, but it quickly shifted to a military strategy alone
in the belief that this would intensify political contradictions and precipitate
the revolution. The ERP began organizing a regular army. Military ranks
were established, power was concentrated in a single political and military
chief (Santucho), discipline was tightened, and a greater emphasis was placed
on revolutionary morality.91
Heroism was taken to a higher level with a new rhetoric. Estrella roja
(Red Star), the ERP newspaper, began featuring narrative accounts by
anonymous combatants who embodied the canon of virtues, among which
the most important were giving oneself entirely to the cause, even if it
meant death, and “resisting torture.” In these columns, loyalty was more
than just a political and moral mandate; it became emotionally charged
as it connected the living with the dead at a time when increasingly large
numbers of members were being captured, killed, or disappeared. The flip
side of this emotional imperative was discipline. The government’s military
offensive demanded, according to ERP leaders, greater internal order to
improve the organization’s own military capacity, with an “iron discipline”
among subordinates and a “skillful and efficient command” from leaders.92
In this context, the Tribunal de Justicia—a disciplinary panel approved
five years earlier—was finally formed and charged with administering justice
within the organization, setting its political agenda, and developing
the party. When it was created, no one thought anything of extending the
tribunal’s jurisdiction to the sex lives of its members. Far from it, when the
subject of sexual behavior came up at the meeting that created the tribunal,
everyone burst into laughter when a metalworker from a working-class
district of Buenos Aires finished his tirade against “double” relationships by
recommending that “anyone who wants to keep a second woman should
make sure to keep her very far away.”93
The first decisions issued by this justice tribunal were equally contradictory.
The members appointed to the body were barred from serving
because they themselves had been disciplined for having been unfaithful
90 “El operativo independencia en Tucumán,” in “Ese ardiente jardín de la República”:
Formación, y desarticulación de un “campo” cultural; Tucumán, 1880–1975, ed. Fabiola Orquera
(Córdoba: Alción, 2010), 377–400.
91 Carnovale, Los combatientes, 276.
92 “Carta a Clara María de su compañero,” Estrella roja, no. 52 (9 April 1975); Alberto
José Munarriz, Estrella roja, no. 66 (15 November 1975); “La vida en el monte,” Estrella
roja, no. 65 (1 December 1975).
93 Quoted in Martínez, Género, política y revolución, 88, 98; and Pozzi, Por las sendas
argentinas, 241.
442 I s a b e l l a Cos s e
to their partners. At its first session, the tribunal heard the case of one of
its members, Lucio, who had “initiated a parallel relationship with another
woman” after his appointment. At the following session, a second member,
Matías, came under scrutiny when in an exercise of self-criticism after being
appointed he confessed to having secretly maintained a double relationship
over a period of eight months, although he had since ended it. The third
case of sexual misconduct among its members considered by the tribunal
was that of Leopoldo, who, in addition to being a member of this body, was
one of the commanding officers. Not only had he concealed his relationship
with another woman, but when it became public he had also continued
to see her and refused to “regularize” his situation, despite being ordered
repeatedly to do so.94 The penalty for each officer depended on the degree
of concealment of his alleged moral offense and his party rank. All three
were removed from the tribunal, but Matías, who had come clean on his
own, had examined his conduct, and did not occupy a leadership position,
was not suspended from the organization and received instead a recommendation
to be “reeducated.” The other two members received harsher
penalties: Lucio was suspended from the Central Committee for a year, and
Leopoldo was taken off the Executive Committee for eighteen months.95
Being suspended meant that they stopped receiving the stipend that most
full-time and clandestine activists depended on to support themselves, so
it was a harsh penalty. These cases show how common had become the
contradiction between an ideal of moral uprightness and the actual experiences
of the militants and their living conditions, which favored more
open, fluid, and fleeting coupling. But it also demonstrates how as these
organizations stepped up their militarism they also tightened their control
over all aspects of their members’ lives, effectively precluding any chances
of contesting the dominant morality.
B y 1975 the Montoneros were imposing strict rules of personal conduct
and applying harsh penalties to anyone who deviated from them. Evita
Montonera, the organization’s newspaper, revisited the issue of revolutionary
morality and torture. Drawing on the moral authority of Algerian
revolutionary leader Franz Fanon, the paper explained that political awareness
built up the moral fortitude necessary to withstand torture and posed
a question that many militants were probably asking themselves: “Can a
fellow militant [compañero] be justified for breaking under torture and
talking?” The answer given was categorical: “NO, nothing can justify it.”
Anyone who talked lacked the fighting spirit required of all revolutionaries,
and the penalty for all “traitors and snitches” was execution.96 As the
organization became more and more militarized and the number of torture
and death victims grew exponentially, the loyalty mandate was intensified
94 “Tribunal partidario,” Boletín interno, no. 95 (27 November 1975): 6.
95 Ibid.
96 “Juicio revolucionario a un delator,” Evita Montonera, no. 8 (September 1975): 21.
Infidelities 443
to the point that deviating from it could be punished by death. A corollary
of the greater value placed on loyalty was the glorification of the family and
the militant’s duty toward it. The paper highlighted the link between giving
oneself entirely to the cause and being “emotionally mature” in matters
of the heart.97 These views were in line with the exaltation of heterosexual
virility as a trait of the ideal guerrilla, which aimed at counteracting the far
Right’s portrayal of guerrillas as effeminates and drug addicts.
In this way, revolutionary commitment—not as passionate surrender but
as controlled determination—went hand in hand with emotional stability and
restrained and responsible love. But for many activists, life was far from being
ordered and stable. On the contrary, as Adriana Robles remembers: “Couples
were living under great pressure due to political circumstances and clandestine
life; relationships were being formed and breaking up” constantly.98
As with the morals upheld by the ERP, the glorification of the family
by the Montoneros confronted the antisubversive discourse that projected
onto guerrillas the fears that the sexual revolution (in its multiple and diverse
meanings) had sparked in significant sectors of Argentine society. The wave
of repression unleashed by the armed forces was accompanied by a vociferous
antisubversive rhetoric from traditionalist Catholic organizations and far Right
groups, which painted a picture of the enemy as a threat to both nation, family,
and religion. Guerrillas—and especially women guerrillas—were depicted in
such a way that their social and political antiestablishment stance was linked to
a destabilization of the moral, familial, sexual, and gender order. This image
was reproduced most starkly in the torturing of women guerrillas, as they
were subjected to viciously cruel torments that revealed the “double threat”
to the gender and political order that their lives posed and that brought about
a “sexualization” of the state’s extermination operations.99
It was within this context, then, that the Montoneros, like the ERP,
stepped up their militarism and tightened the measures that regulated their
love and family lives. In October 1975 the Consejo Nacional Montoneros
(National Montonero Council) decided to implement a political strategy
that prioritized military actions; at the same time, it also adopted the Código
de Justicia Penal Revolucionario (Criminal code of revolutionary justice).
Articles 4, 5, and 6 defined the crimes of treason, collaboration with the
enemy, confession, and breaking under torture. Article 16 defined infidelity
as having sexual relations with someone other than one’s partner and
equated it with the crime of “disloyalty.” The code stipulated that the two
parties involved in such an affair would be considered guilty even if only
one of them had a steady partner. This definition was a significant innovation
with respect to the code’s precedent, adopted in 1972, where infidelity
97 “Dos Jefes Montoneros caídos,” Evita Montonera, no. 9 (November 1975): 22.
98 Adriana Robles, Perejiles: Los otros Montoneros (Buenos Aires: Colihue, 2004), 118.
99 See Vasallo, “Militancia y transgresión,” 28; D’Antonio, “Rejas, gritos”; and Manzano,
“Sexing and Gendering.”
444 I s a b e l l a Cos s e
was not addressed. No penalties were specified; rather, these were left to
the discretion of the tribunal in each case. Yet a separate chapter listed
the possible penalties for all offenses: demotion, expulsion, confinement,
banishment, prison, and execution.100
The actual authors of the code are not known, and there is no information
about the discussions it generated, if any. But we do know that the
first to be judged under the code was Roberto Quieto, the organization’s
second-in-command, originally a FAR member. On 19 January 1976 he
was found guilty of betrayal while he was being held by the military. He had
been picked up twenty days earlier, when he was spending the afternoon
with his family at a Buenos Aires beach, breaking the strict security rules he
himself had set. In the weeks leading up to his abduction, his friends had
found him dispirited by the escalating repression and concerned over the
triumph of the positions advocating military action.101 The tribunal sentenced
him to demotion and death because he had allowed himself to be captured
alive and had allegedly given information under torture. Many Montonero
members criticized the ruling, which was ultimately not enforced, as Quieto
was never found alive, another victim among the disappeared.102
In the sentence, published in Evita Montonera, the tribunal claimed
that Quieto’s reaction to the kidnapping resulted from “severe selfishness”
and expressed his “individualistic and liberal” tendencies, which had been
apparent for some time not only in his “failure” to live in a safe house but
also in the “poor decisions” he had made in his family life. This was an
allusion to the refusal by his wife, Alicia Beatriz Testai, to participate in
armed struggle, thus allegedly putting her husband at risk whenever he
visited his family. But it was also a reference to the repeated crises in his
marriage, which were further complicated by his affairs with other women.
The sentence thus drew a parallelism between complicated family situations
and political treason that took on a clearly didactic tone.103
The same Evita Montonera issue that featured Quieto’s sentence emphasized
the intended lesson with an obituary that was its antithesis: a tribute
to “Manuel,” the El Litoral region commander. He represented the kind of
heroic leader who proved his loyalty by choosing to die rather than surrender.
According to the Montonero newspaper, this loyalty was in line with the
100 Consejo Nacional Montoneros, “Código de Justicia Penal Revolucionario,” 4 October
1975, Lucha armada 3, no. 8 (2007): 124–27. On the code, see Laura Lenci, “Justicia, política
y violencia: Un análisis de los cuerpos normativos Montoneros, 1972–1975,” Jornadas
de los partidos políticos, Buenos Aires, 25 April 2008.
101 This is confirmed by Lila Pastoriza, “La ‘traición’ de Roberto Quieto: Treinta años de
silencio,” Lucha armada 3, no. 6 (May–June–July 2006): 4–31; and by Alejandra Vignollés,
Doble condena: La verdadera historia de Roberto Quieto (Buenos Aires: Sudamericana, 2011),
170–71.
102 “Juicio revolucionario a Roberto Quieto,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–
March 1976): 13–14.
103 Ibid. On the internal situation, see also Gillespie, Soldados de Perón, 264–72.
Infidelities 445
slain leader’s faithfulness to his wife.104 Ultimately, the aim of these articles
was to make sure that members knew what the organization expected of
them. The direct connection between sacrificing one’s life out of political
loyalty and leading one’s personal life according to the organization’s strict
moral guidelines constituted a single, explicit, and irrevocable mandate.
Quieto’s sentencing was a key piece in the construction of the demonized
figure of the traitor within the Montoneros. The growing number of
casualties was tragically accompanied by the denunciation of survivors, as
Ana Longoni has pointed out, in the understanding that the only way prisoners
could have come out alive was by surrendering information, which
made them traitors. For women it also was seen as meaning they were guilty
of sexual involvement with the enemy. This association of culpability was
based on a hero-traitor dichotomy that did not take into account the radical
asymmetry of vulnerability and domination between the tortured and subjugated
prisoners and their captors. It led the Montoneros to adopt a decision
that distinguished it from other left-wing organizations, as it instructed its
members to commit suicide if they were captured, producing cyanide pills
for that purpose and distributing them among its leaders and militants.105
These instructions contributed to more widespread fear. Paco Urondo
himself—a friend of Roberto Quieto—was deeply upset by the leadership’s
decision.106 Urondo was sent to the region of Cuyo by his superiors, despite
having requested a different destination because he was well known there
and feared he would face greater risk there. Shortly thereafter, on 17 June
1976, he was gunned down by members of the armed forces, but not before
he had swallowed the cyanide pill as instructed. The obituary in Evita
Montonera said nothing of Urondo’s request. Neither did it mention that not
long before his death he had been penalized by the organization because of
how he chose to conduct his love life and that he had refused to make any
changes.107 On the contrary, before he left for Cuyo, he made out a will where
he acknowledged Ángela, his daughter by Alicia. But their sacrifice—Alicia
was kidnapped in the same operation while trying to escape—had redeemed
them both: they had been made into a revolutionary example.
During those months, as losses increased, the Montoneros adopted new
measures to control their members’ love lives. They required everyone to
report their relationships formally to their superiors and to wait six months
before living together. According to Adriana Robles, this measure was
adopted to address security concerns that made it hard to guarantee the
safety of higher-ranking members in safe houses. But it was also part of the
organization’s attempts to bolster its members’ “revolutionary spirit” by
104 “Un jefe Montonero no se entrega,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–March
1976): 16.
105 Longoni, Traiciones, 119–23.
106 Javier Urondo, quoted in Vignollés, Doble condena, 208.
107 “Oficial 1o Francisco Urondo,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–March 1976): 68.
446 I s a b e l l a Cos s e
adopting a stricter “moral stance.” Looking back, Robles says, “I realize
now that six months was a very long time to get to know each other under
the vertiginous lives we were living. But what impresses me most is that
[six months] was much, much longer than what many of us were going to
live.”108 In her case, she and her partner had to give up their house to another
couple who had been together longer and, perhaps coincidently, were
high-ranking members. This six-month rule was met with much disagreement.
According to Depino, many spoke against the decision. She herself
refused to formalize her relationship with Sergio Berlin, who would later
be kidnapped and disappeared. She was nonetheless ordered to examine her
behavior and admit her mistakes in order to avoid being penalized by the
organization.109 This disciplinarian approach gained increasing strength as
more and more activists were killed or captured. In a 1978 interview published
by a Spanish magazine, Horacio Mendizábal—a top-ranking officer
with a Catholic background who would later be disappeared—explained that
the Montoneros demanded that its members be as loyal to their romantic
partners as they were expected to be to the organization.110
This strategy, however, proved inadequate in countering the blows
from the armed forces, which had intensified their kidnapping, torture,
and disappearance methods against guerrillas and activists. The militants
who were still alive were no longer restrained by the harsh discipline of
the groups. Ana Testa and Juan Silva settled in Buenos Aires. Ana quickly
found a job, but Juan could not conceive of a life outside the cause. In
1979 he “hooked up again” with the organization, accepting its conditions:
if his wife refused to rejoin the organization, he would have to
live apart from her and their daughter. He left home on Father’s Day. “I
couldn’t understand it, because I was still completely in love with him
and he with me,” Ana said. Months later she was kidnapped and tortured
but was released alive. Her survival meant bending to a different morality
and pretending to have found her “true” femininity in order to make
her captors believe she had been morally reformed. She also witnessed
how other kidnapped women had to play along with their captors in a
perverse game of seduction.
Ana never saw her partner again.111 Juan refused to see her because he
believed that the only way she could have survived was by betraying the
organization. Shortly thereafter, he was kidnapped and disappeared. Ana
never had a chance to tell him that she had never been unfaithful and that
when she was tortured she had not given any information implicating him.
108 Robles, Perejiles, 118.
109 Depino testimony.
110 Viviana Gorbato, Montoneros, soldados de Menem ¿Soldados de Duhalde? (Buenos Aires:
Sudamericano, 1999), 305.
111 See, more generally, Vasallo, “Militancia y transgresión”; and D’Antonio, “Rejas,
gritos,” 89–108.
Infidelities 447
Her eyes still light up today when she speaks of him, and the love that still
lingers in her eyes makes her pain more heartbreakingly real.
This article opens and closes with Ana Testa because her story crystallizes
the dense and complex intertwining of love, sexuality, and revolutionary
commitment in Argentina’s guerrilla groups. My aim is to shed light on
the unique intersections of sexuality and politics in Argentina in the 1960s
and 1970s. To do that, I have followed three lines of inquiry.
The first explores the specific characteristics of the politicization of personal
relationships in Argentina’s armed groups. In Europe and the United
States, the overlapping of the personal and the political entailed acknowledging
the discrimination caused by gender inequality in a combination
of affective individualism and the human rights paradigm. In contrast, in
Argentina’s armed groups, the personal became political within a collectivity
that sought to build new moral foundations with the aim of banishing
capitalist values (including individualism) from social relations but also from
family and romantic relationships. Far from advocating individual freedom,
the revolution demanded that its members give themselves entirely to the
collective cause and place the revolutionary struggle before their personal
feelings, a logic that questioned the very separation between the private
and the collective and, instead, regarded the intertwining of the two as
natural. While this view was hegemonic, it coexisted with two variations.
First, there was a concern that sexual behavior and romantic problems
could affect military strategies—whether security measures, morale, or
internal conflicts—and political discussions. These groups glorified family
values and heterosexuality in part as a way of countering the accusations of
immorality and sexual excess hurled by repressive forces and the far Right,
but also because they were convinced that sexual debauchery weakened
them for reasons of security, internal order, or morality. Second, there was
a recognition of the political nature of male domination—or women’s
inequality, at least—bringing into the open the political connotations of
gender differences. These different notions of the political nature of the
personal often clashed and were scarcely addressed by both organizations in
their ideological discussions, although they were more important within the
ERP than in the Montoneros, which was also characterized by the influx of
family-centered ideas from the first Peronism and from Catholic tradition.
The second line of inquiry entails applying a social history approach
to the analysis of these armed groups. I explore this perspective from two
angles. First, by acknowledging the porous lines that separated these organizations
from the outside world, I gain new insight into the dissonance
between the sexual conduct and attitudes of individual militants and the
rules that sought to regulate their personal lives. These organizations—and
their members—were influenced by the same conflicts that were shaking
up the familial and sexual status quo in Argentine society in the 1960s and
448 I s a b e l l a Cos s e
1970s. This perspective leads me to assess the role of heterogeneity within
these organizations, valuing its importance for interpretative purposes.
Second, considering these groups from a social perspective requires that I
look more closely at the characteristics of their membership structure and
the daily interactions, interests, and conflicts that shaped the relationships
among members and between members and their organizations. This allows
me to reconstruct the different views on sexual morality that existed within
these organizations and that resulted in different attitudes, stances, and
judgments that, while not crystallizing in fully articulated positions—not
least because positions that deviated from the party line were frowned on
as factionalism—permeated the everyday and the ways in which conflicts
over sentimental crises were handled. Its analysis revealed that different
tensions, interests, and visions were at play in the conflicts created around
sexuality. Gender inequality and class differences were explicitly interwoven,
which underscored class contradictions and brought to the fore the anxieties
sparked by the incorporation of women into guerrilla activities as well as
by the new forms of femininity. While these are studied in greater detail in
the case of the ERP, they were also present among the Montoneros. Generational
differences also played a significant, although less evident, role.
The massive numbers of young people in these organizations accentuated
the conflicts regarding sexual morality, but generational factors combined
with class and gender differences without overshadowing them. The vast
majority of activists were young, and many were only just discovering
their sexuality while simultaneously embracing the revolutionary cause.
And they did so in a context in which the younger generations formed the
frontlines of a confrontation against familial, sexual, and gender orders of
which many militants also felt a part.
This cultural, social, and political context shaped the subjectivity of
militants. It enabled the existence of a variety of relationship styles, which
were accompanied by an equally diverse range of relationship issues within
the organization that were impossible to understand from rigid and simplistic
viewpoints. The very living conditions of the activists—underground
life, guerrilla fighting, constant brushes with death—favored a dynamics
of fleeting, contingent, and flexible relationships among the young people
who were being hurled into emotionally demanding political, collective,
and personal experiences. This reconstruction provides greater insight
into the intersecting of revolutionary politics and sexuality by focusing
on the conflictive tone that such interventions acquired and the existence
of different definitions, ideas, and attitudes toward the armed Left’s
commitment to building new moral foundations. While disagreements
arose in different situations and were sparked by varied factors, I have
highlighted the tensions caused by gender and class and those emerging
from subjective contexts, forms of social interaction, power structures,
and specific political circumstances.
Infidelities 449
The third line of inquiry looks to the diachronic dimension—the chronology
itself—as an explanatory factor that highlights the historical—and
thus mutable and to a certain extent contingent—nature of the concrete
measures taken with respect to sexual morality, as well as their ideological
and emotional importance. I have identified three key moments. The
first was the origins of these organizations, when foundational elements
operated to legitimize the need to control sexual desires, subject the love
lives of party leaders to collective scrutiny, and favor the establishment of
rigid moral standards. From the onset both organizations combined these
foundational elements with the notion of loyalty, though they were not
developed without some resistance. The second moment is defined by the
growing political importance and expanding membership of the organizations
(including women joining in larger numbers) and is characterized by an
explosion of sexual conflicts. Neither organization had an established system
of penalties to deal with these conflicts or to punish members who failed
to conform to the expected moral standards. Instead, behaviors that were
found at fault were dealt with on a case-by-case basis and after discussion.
The third moment is marked by escalating repression and the emergence
of state terrorism, which boosted the more militaristic factions within the
two organizations and led them to increase their control over the sexual
and love lives of their members. The development of penal codes for moral
infractions, which equated romantic infidelity with political disloyalty, served
to naturalize the parallels between how militants behaved in their personal
lives and how committed they were to the cause. Giving oneself entirely
to the cause and accepting order in one’s personal relationships were two
sides of the same coin, constituting an explicit and irrevocable mandate.
While the magnitude of repression and the growing number of members
who were being kidnapped and disappeared precluded any possibility of
challenging this view, they did not diminish its political, practical, and
emotional significance. Leaders still dealt with relationship crises at their
discretion, using them to settle internal disputes and set examples through
penalties, as well as to resolve logistic issues or step up security measures.
No less important was the use of sentimental bonds by repressive forces,
which, in their efforts to dismantle the organizations, threatened militants
with harm to partners or spouses and relatives.
No guerrilla was ever sentenced to death for being unfaithful to a romantic
partner, but family and relationship problems had political repercussions
inside and outside the organizations. From the onset, it was evident that
personal lives were a core dimension of activism and political struggle within
and outside these armed groups, and this is key not only for understanding
the characteristics, ideological definitions, and internal conflicts of the
organizations but also for shedding light on the political and ideological
confrontation and the cultural disruption that cut across Argentine society.
In 1975 that importance reached its maximum expression. Paradoxically,
450 I s a b e l l a Cos s e
as the state’s repressive forces implemented an unprecedented system of
extermination that would leave no trace of the bodies of the victims—not
before subjecting them to vicious sexual and psychological abuse—the
response from these organizations was to confuse romantic infidelity with
political treason and exert greater control over their members, for many of
whom affection, love, and sex had become the only weapons they had to
make them feel that life was still possible.
About the Author
I s a b e l l a Cos s e received her PhD in history from the Universidad de San
Andrés, and she is currently a researcher at Argentina’s Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas. Her publications include the books
Estigmas de nacimiento: Peronismo y orden familiar, 1946–1955 (Buenos
Aires, 2006) and Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (Buenos
Aires, 2010), as well as articles in journals such as Journal of Family History,
Hispanic American Historical Review, and Estudios interdisciplinarios de
América Latina y el Caribe. She has also edited with Karina Felitti and Valeria
Manzano Los ’60 de otra manera: Vida cotidiana, género y sexualidades
en la Argentina (Buenos Aires, 2010).

Una memoria combatiente.La voz de Manuel 42 años después

A 42 años de la salida de los  100 jóvenes chilenos becados para estudiar medicina por el gobierno de Salvador Allende.

AdrianA Goñi Godoy

agosto 2015

“El relato testimonial no pretende erigirse en verdad absoluta, sino se revela como lo que realmente es: una voz angustiada e inevitablemente imprecisa de un narrador que intenta narrar los hechos que la Historia Oficial silencia.”

La voz de Manuel, protagonista de este relato, joven chileno que por el azar de la historia llega a Cuba a estudiar medicina recien salido del colegio, a los 17 años.

“Para que algún día sea leído por Javier, Leo, Titi y Amanda”

José Miguel Carrera *nos entrega en este relato una aguda observación de la realidad de su época y de su inserción en ella. Describe cual etnografo realizando una observación participante lo que ocurre en las calles de Santiago  en el año 2011, cuando rebrotaron las movilizaciones en Chile:

Le gustaba observar a los participantes ( en las marchas), sus vestimentas y las diversas pancartas que llevaban….las agrupaciones que desfilaban tenían novedosas denominaciones, Movimiento Ecologista, Asambleas de Izquierda,Paiz,Colectivo Arrebol, Praxis, Movimiento de Estudiantes de Izquierda, Movimiento Patriótico Manuel Rodriguez, Brigada Salvador Allende,Movimiento de Pobladores en Lucha, Partido Igualdad y muchos otros” (pág.13)

Con humor compara estas marchas con las que vivió en los tiempos de la llegada de la democracia, cuando apenas se juntaba una cincuentena de personas y  recuerda que ” un paco le había dicho,burlandose en medio de la manifestación,

“si querís yo te llevo la pancarta,para que se vea más gente en la marcha”…

La descripción de este espacio antropológico y la llamada a la memoria de estos manifestantes nos hacen recordar, mirando hacia atras, una época reciente que hoy podemos entender como el inicio de una etapa en las luchas de los jóvenes que fueron sujetos sociales de cambio. Así mismo nos es posible contrastar la realidad de hoy y los cambios posibles de detectar por el mismo medio- saliendo a la calle a participar, observar,registrar – en los mismos sectores y actores.

La literatura testimonial, el relato de los protagonistas de los sucesos en distintos momentos históricos es una fuente de información que enriquece nuestra investigación, cuandonos es posible cruzar y contrastar con otras fuentes orales y escritas.

Este libro Somos tranquilos pero nunca tanto…”, frase con la cual José Miguel cierra su relato, es la epopeya de aquellos jóvenes chilenos que un día  fueron becados por el gobierno de Allende para ir a estudiar medicina en Cuba; jóvenes que recién salían del colegio, menores de edad, que cumplirían el sueño de sus padres y que en Chile les era imposible acceder  a la educación superior.

Yo llegué a Cuba para cumplir el sueño de mi madre…me entregó un recorte de diario de la época que informaba del ofrecimiento de becas universitarias para formarse como médico en Cuba….De la población Joao Goulart de la comuna de La Granja salí hacia Cuba….Aterricé en Cuba a finales de agosto de 1973 formando parte del segundo grupo de unos 100 chilenos becados para estudiar medicina. El primer grupo de cerca de 100 becados había llegado en marzo de 1972 y algunos ya estaban comenzando el tercer año de la carrera de medicina”…Si no me equivoco, era el 25 de agosto de 1973, pocos días antes del golpe de estado en Chile”  .**

La invisible memoria de estos hechos que transformaron a  jóvenes y destacados alumnos de liceos en combatientes internacionalistas  en Nicaragua, como oficiales de las Fuerzas Armadas Cubanas está por construirse. Es la memoria de

ellos, que dejaron sudor,sangre, y sembraron esperanzas aquí en Nicaragua, en esas batallas de 1979, están de nuevo aquí  , 30 años después,ratificando su compromiso con la lucha del pueblo nicaraguense,con la lucha latinoamericana y caribeña” *** 

Es la memoria combatiente de militantes de un grupo armado, el frente Patriótico Manuel Rodríguez en Chile, demonizado por la Historia Oficial y endiosado en el recuerdo de hombres y mujeres pobres , pobladores,jóvenes estudiantes de los años 80 y  milicianos y milicianas rodriguistas   que militaron durante la dictadura en sus filas.

En las obras de José Miguel, cronista de la memoria, encontramos a hombres y mujeres jóvenes; es “una historia de jóvenes como tu y yo”    me escribe en su dedicatoria este hombre ya no tan joven a mí, menos joven aún.

Y así vamos tejiendo memorias e historias de vida que se cruzan y encuentran en estos más de cuarenta años en que un golpe de estado y una feroz y prolongada dictadura militar nos lanzó por caminos distintos y coincidentes,  que destrozó proyectos de vida , que nos dejó escribiendo para que no se olvide que fuimos héroes y no villanos; que la lucha fue justa y el enemigo implacable.

**Carrera Carmona,José Miguel,  Misión Internacionalista. De una población chilena a la Revolución Sandinista,Ed. latinoamericana,2010, 2a edición      

** *José Miguel Carrera,  Somos tranquilos, pero nunca tanto…Ceibo Ediciones ,2013  , discurso del Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, julio 2009, pág. 129                                                  

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