Divagaciones sobre un Weichan

Quiero escribir de un hombre.
Tal vez si leen “Héctor Llaitul” no les diga nada.
Yo les voy a contar un poco sobre Héctor Llaitul Carrillanca. Un weichan, un guerrero.

URBESALVAJE

hector llaitul(1)

Por Hugo Dimter

Quiero escribir de un hombre.
Tal vez si leen “Héctor Llaitul” no les diga nada.
Yo les voy a contar un poco sobre Héctor Llaitul.

Chile. Osorno, ciudad gris, lluviosa y fría que se erigió en un valle sureño tras un diluvio que aún no amaina. Dicen que es aburrida; algunos señalan que es cuna de nazis, otros que es actual tierra de colonos alemanes, anteriormente mapuches -exactamente huiliches- que eran, son, y serán habitantes de ese lugar, enclavado en el sur, al final de tierras australes. Ahí, a mediados de los sesenta, nació Héctor Llaitul Carrillanca. Un weichan, un guerrero.

Unos amigos mexicanos y españoles me piden que les cooperé con un artículo y qué mejor que escribir sobre alguien que refleje decencia en estos tiempos plenos de injusticia, maldad y ansias de poder a cualquier costo que son combatidos por escasos hombres de bien.
El…

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Declaracion . LOS MÉDICOS, PSIQUIATRAS, PSICÓLOGOS, ASISTENTES SOCIALES Y PERSONAL DE SALUD ANTE LA CONVOCATORIA DE LA MESA DEL DIÁLOGO. 10septiembre 1999

LOS MÉDICOS, PSIQUIATRAS, PSICÓLOGOS, ASISTENTES SOCIALES Y PERSONAL DE SALUD ANTE LA CONVOCATORIA DE LA MESA DEL DIÁLOGO.

Ante la creación de la denominada Mesa de Diálogo, y conocida sus finalidades y objetivos, los médicos, psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales y personal de salud en general que, desde pocos días después del golpe de Estado en Chile, hemos atendido profesionalmente a numerosas personas, familias y niños afectados por la violencia política en Chile, nos sentimos en la obligación ética y moral de hacer pública la siguiente Declaración:

HIJXS . VOCES

Tlahui-Politic. No. 8, II/1999

Médicos emiten declaración ante la Mesa del Diálogo
CODEPU Valdivia: La armada posee antecedentes sobre los desaparecidos

Información enviada a Mario Rojas, Director de Tlahui. Chile, a 10 de Septiembre, 1999. Chl – Profesionales médicos emiten una declaración pública ante la Mesa del Diálogo.

LOS MÉDICOS, PSIQUIATRAS, PSICÓLOGOS, ASISTENTES SOCIALES Y PERSONAL DE SALUD ANTE LA CONVOCATORIA DE LA MESA DEL DIÁLOGO.

Ante la creación de la denominada Mesa de Diálogo, y conocida sus finalidades y objetivos, los médicos, psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales y personal de salud en general que, desde pocos días después del golpe de Estado en Chile, hemos atendido profesionalmente a numerosas personas, familias y niños afectados por la violencia política en Chile, nos sentimos en la obligación ética y moral de hacer pública la siguiente Declaración:

Hemos conocido muy de cerca en toda su magnitud los graves y profundos trastornos provocados…

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El combate en que murió Miguel Enríquez. Gabriel García Marquez

 

Por Gabriel García Márquez

Nos ha dejado Gabriel García Márquez, el escritor militante. Recordando su faceta periodística, presentamos este artículo publicado originalmente en la revista Alternativa en el que el escritor colombiano reconstruye los últimos días del recordado dirigente chileno, Miguel Enríquez.

Miguel Enríquez fue un importante dirigente de la izquierda Chilena, Secretario General del Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR, Partido, que hizo parte de la Unidad Popular y apoyo al Presidente Salvador Allende, luego del golpe militar, permaneció en Chile, trabajando por la resistencia a la dictadura, hasta que fue ubicado y muerto al resistir el arresto, que muy seguramente lo hubiera conducido a la tortura y la muerte. Gabriel García Márquez, reconstruye sus últimos días y su muerte, con el relato de su esposa, Carmen Castillo, quien sobrevivió.

Teníamos todo listo para cambiarnos de casa el lunes siguiente hacia un lugar más seguro, cuando los agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) nos cayeron por sorpresa y mataron a Miguel.

Aunque parezca extraño, ése fue el único sobresalto doméstico que tuvimos en tantos meses de clandestinidad después del golpe, pues Miguel había descubierto que no hay mejor escondite que la vida cotidiana, de modo que llevábamos una existencia normal, consagrada al intenso trabajo político que nos había encomendado el partido.

Era una casa grande, con una sala, dos dormitorios, un cuarto arreglado como estudio y un pequeño patio con un cuartito al fondo donde guardábamos las armas. El barrio era muy agradable, una mezcla entre obreros especializados y burguesía media, muy simpáticos y amables y nadie hubiera podido imaginarse que Miguel era en aquel momento el hombre más buscado por la dictadura de Chile.

No podían imaginárselo, precisamente porque nunca nos escondimos.
Al principio, cuando llegamos, habíamos explicado a los vecinos que Miguel trabajaba en casa porque estaba enfermo de los riñones.
Yo salía todos los días a la hora en que todas las amas de casa hacen las compras y entonces aprovechaba para hacer los contactos y recoger el material de información que nos llegaba de todos los niveles del partido.

Durante varios meses vivieron con nosotros las dos niñas de Miguel, que se llamaban Jimena y Camila; y a quienes habíamos enseñado a tratarnos de un modo en que nunca supieran quiénes éramos en la realidad. Por fortuna pocos días antes de la muerte de Miguel, habíamos tomado la precaución de asilarlas en una embajada para que salieran del país.

Entonces yo estaba encinta de seis meses y eso fue un detalle más de naturalidad, porque no es fácil sospechar que una mujer embarazada esté haciendo un trabajo político tan intenso y arriesgado.

Lo único que Miguel hizo fue afeitarse el bigote, rizarse el pelo y llevar unos lentes de vidrio naturales cuando salía a la calle.
Manejaba él mismo un Fiat 124 blanco pero su licencia de conductor era falsa y figuraba con un nombre supuesto.

El problema era que ambos teníamos la obligación de andar armados.
En cierta ocasión de los últimos meses, cuando la persecución se había vuelto más dura, Miguel y yo nos encontramos de pronto en pleno centro de Santiago con una barrera militar que filtraba a los transeúntes.

La documentación que llevábamos hubiera pasado, pero las armas no. Nos preparamos porque entonces sólo había dos caminos, o lográbamos pasar o nos abríamos paso a tiros; no había otro remedio.

De pronto, por instinto, ambos tuvimos la misma reacción, le hicimos un gesto amable a los milicos, los saludamos como amigos, como sus partidarios, y así pasamos sin ser molestados a través de cinco automóviles y no sé cuántas furgonetas de pacos con ametralladoras que respondían a nuestros saludos. Cuando nos quedamos sin las niñas, el partido había resuelto que Miguel se sumergiera cada vez más, que no asumiera ninguna otra tarea de choque.

Andrés Pascal, que ahora ha reemplazado a Miguel en la secretaría general del partido, sería el encargado de las tareas de choque para que Miguel se dedicara por completo a analizar informes y redactar documentos que eran necesarios.

Es decir: su tarea principal era pensar, hacer las reflexiones del partido. Estudiaba profundamente la crítica económica mundial, la historia de América Latina, la situación real de Chile en el mundo. A veces permanecía tardes enteras absorto en la lectura de la Enciclopedia Británnica o gateando en el suelo sobre un enorme mapa del mundo.
Mientras tanto yo recogía en la calle materiales que nos enviaban los militantes con los informes de la base.

Cuando regresaba con esos papeles era el momento de mayor tensión del día, porque uno abría aquellos maletines y ahí venía la realidad plasmada en papeles, venían las discusiones políticas de fondo, el pensamiento de la base.

Es raro, pero Miguel no hablaba nunca de la muerte, a pesar de que se sabía acechado por ella.

Tenía un gran amor a la vida y sabía, como médico, que la buena salud y el estado físico eran fundamentales en la lucha revolucionaria.
Por eso hacía todas las mañanas una hora completa de gimnasia, me obligaba a mi a hacerlo con é;l, después tomábamos un desayuno abundante.

Le gustaba comer bien, sabía de buenos vinos y siempre tenía un rato libre para oír música en el tocadiscos destartalado. Le gustaba la música popular de América Latina, le gustaban los tangos y algunas cosas de Wagner, aunque en realidad sólo podía oír lo que teníamos, que era muy poco.

Los amigos que entonces nos visitaban, comían con nosotros y a veces se quedaban a dormir, pero eran siempre hombres de la comisión política del partido y las conversaciones eran de trabajo político.

De pronto, sin ningún anuncio, Miguel me habló una noche de la muerte, quince días antes de que lo mataran.

Es curioso, porque yo misma no sabía qué pensaba. Aquella noche supe que Miguel no le temía a la muerte, pero estaba decidido a no salir a buscarla: estaba contra los sacrificios inútiles. Es bueno que esto quede muy claro: Miguel Enríquez no quería morirse como se murió a los treinta años, quería luchar para ganar, no para perder, sabía lo que quería hacer, lo que quería realizar al final y estaba convencido de que su tarea era mucho más importante después del triunfo.

Tenía conciencia de ser un dirigente de izquierda con capacidad intelectual, y todos éramos conscientes de eso. Y por eso sentía que su deber era estar vivo. El combate en que mataron a Miguel fue el Sábado 5 de Octubre de 1974.

Desde hacía varias semanas sabíamos que algo había pasado, algo que no veíamos con claridad, pero que nos obligaba a cambiar de casa inmediatamente. Los golpes certeros que la dictadura estaba asestando a nuestra militancia demostraban que tenían pistas, que nos habían agarrado hilos muy seguros; tal vez que alguien había hablado. En vista de eso, yo ubiqué una casita chiquita de dos piezas, pero con una parcela que la hacía menos sospechosa, con muchos árboles frutales, con gallinas, escondida en una zona muy calmada donde hubiéramos podido vivir mucho tiempo sin ser descubiertos.
Sin embargo, una serie de contratiempos imprevistos nos hicieron perder un tiempo precioso. La persona que debía comprar la casa a nombre nuestro la ubiqué yo a través de un enlace que cayó; el jueves 3.

El viernes no pude encontrar nada bueno. El sábado salí otra vez y dejé a Miguel trabajando en casa con otros compañeros del partido.
No encontré nada en la mañana, y de regreso me detuve en la tienda de la equina a comprar cosas de comer.
A la una, cuando entraba a la casa cargada de paquetes, encontré a Miguel con la camisa celeste, chaleco beige y los lentes que sólo usaba para salir a la calle. «Tenemos que irnos enseguida», me dijo, con calma pero con firmeza. Y me explicó que habían pasado frente a la casa, muy despacio, dos automóviles que sin duda eran de la DINA.
Nuestras sospechas de que el escondite había sido descubierto empezaban a confirmarse y no podíamos perder un segundo. Todo estaba listo para escapar, el automóvil encendido en el garaje con todas nuestras cosas dentro, salvo dos maletines de papeles que seguían en el dormitorio.
En la casa estaban dos compañeros más: Humberto Sotomayor y el Coño Molina (asesinado pocos dí;as después en las calles de Santiago por la policía).
Nos dirigíamos al garaje, cuando uno de ellos se asomó por a la ventana y gritó: «Ahí vienen de nuevo». Sólo entonces nos dimos cuenta de que se nos venían encima, tanto que apenas si tuvimos tiempo de tomar nuestras armas, cuando una ráfaga de metralleta barrió el frente de la sala. Miguel, con la Naca que tuvo siempre al lado de la cama, respondió al fuego desde una ventana de la sala. Los otros dos disparaba desde posiciones móviles.

Yo disparaba desde el cuarto, con una metralleta Scorpio, muy chiquita. Mi formación era teórica, de modo que el propio ruido de mi arma me produjo una sorpresa muy grande, y disparaba hacia la calle sin ver a nadie, como si estuviéramos peleando contra un enemigo feroz pero invisible. De pronto, como a los diez minutos de fuego intenso, el tiroteo cesó, y Miguel me hizo una seña urgente desde la puerta para que escapáramos por el patio. Yo agarré entonces uno de los maletines, el que tenía los documentos recibidos el día anterior y que yo estaba obligada a proteger, y en ese momento sentí una explosión y un golpe de muerte y sentí el brazo derecho desgarrado y lo vi colgando sin sentirlo moviéndose solo y bañado en sangre.

Una granada lanzada desde la calle había estallado en la sala y sus esquirlas me destrozaron el brazo y me hirieron por todo el cuerpo, pero en el instante de caer al suelo yo no sentía dolor ni miedo sino la sensación nítida de que ya estaba muerta.

Molina pasó junto a mí, siempre disparando hacia la puerta de la calle, y me dijo: «Te tocaron», o algo así. Traté de incorporarme, sin lograrlo y entonces vi a Miguel tirado en el suelo del pasadizo que separaba la casa del garaje, y estaba de espaldas, con la ametralladora en la mano y una mancha de sangre en los pómulos, en ambos lados, pero más en el izquierdo.

Tenía los ojos vivos, me miraba todo el tiempo y respiraba con dificultad. Verlo en aquel estado fue algo tan terrible para mí que perdí el conocimiento. En aquella laguna me fue imposible saber qué sucedió con Molina y Sotomayor.

Pero cuando recobré el conocimiento tuve bastante lucidez para darme cuenta de inmediato que las únicas personas que quedaban dentro de la casa éramos Miguel y yo. No conseguía levantarme, pero lo vi parapetado en un muro del garaje, todaví;a disparando hacia la calle con mucha serenidad.

El último recuerdo que tengo de él, antes de perder la consciencia por segunda vez, es el de su rostro inclinado sobre mí, como en cuclillas, diciéndome algo que no pude entender.

No sé cuánto tiempo había transcurrido cuando volví a despertar, pero el propio gobierno fascista ha dicho que el combate con Miguel duró casi dos horas. Lo primero que me sorprendió fue el silencio absoluto de la casa vacía. No me dolía nada y aunque no podía incorporarme tenía la rara certidumbre de que no iba a morir.

Tanto, que cuando los dos primeros policías echaron abajo la puerta de la calle y entraron corriendo en la casa silenciosa sentí una mezcla de terror y de alivio y me dije: «Mierda, me van a sacar de aquí, y a lo mejor sigo viva», y entonces uno de ellos se me tiró encima y me plantó un puñetazo en la cara y me rompió un diente y me gritó: «Tú eres la Jimena, concha de tu madre, que hacías aquí metida». Pero el otro le ordenó que me dejara quieta. «Esta mujer está embarazada -le gritó- Sáquenla de aquí.» Me acuerdo que entonces me arrastraron hasta la calle, dando órdenes contradictorias de que trajeran una ambulancia, de que no, de que sí la traigan. Había una muchedumbre en los extremos de la calle, había muchos automóviles de la policía, mucho ruidos de sirenas y seguían disparando hacia la casa, lo que me hizo pensar que Miguel estaba vivo y seguía resistiendo. Cuando por fin me subieron a una ambulancia, sentía una prisa irracional de que llegaran pronto a alguna parte. Sin embargo, los dos policías que se subieron conmigo no lograban ponerse de acuerdo sobre mi destino: uno quería llevarme a la cárcel, el otro al hospital.

Este último se impuso, y la visión de los médicos y las enfermeras fue para mí como un nuevo soplo de vida: mi única preocupación desde entonces fue conseguir que alguien sacara la noticia de que yo estaba viva, pues teníamos la experiencia de otros compañeros a quienes los militares los declararon muertos mucho antes de que se les murieran en las salas de tortura. De modo que en la primera fracción de segundo en que me quedé sola con una enfermera que me estaba haciendo una transfusión de sangre, le dije que rápidamente: «Avísele a mi tío Jaime Castillo», y le di el número del teléfono. Ella lo hizo, y con esa llamada me salvó la vida.
La noticia desencadenó en el mundo entero un movimiento de solidaridad cuya presión terminó por vencer a la Junta Militar.

Sin embargo, en aquellos largos días del hospital yo no sabía que tantos amigos conocidos se ocupaban de mi suerte.

Al cabo de incontables horas de interrogatorios, de disputas entre los esbirros que trataban de sacarme informaciones por la fuerza y los médicos que cuidaban de mi salud; después de una operación difícil para tratar de rehabilitarme el brazo que todavía tengo inútil; después de la noticia terrible de la muerte de Miguel que me comunicaron en el hospital y la ansiedad por la suerte de su hijo que empezaba a moverse en mi vientre, después de tantas noches de soledad y horror, vino un coronel que me hizo firmar muchos papeles, me llevó al aeropuerto temblando de furia, y me subió en un avión sin decir siquiera para dónde iba.
Ya en pleno vuelo me dijo alguien que veníamos para acá, para Londres.

Artículo publicado en la revista Alternativa 

AQUEL ONCE DE SEPTIEMBRE- Dr. Claudio Schuftan desde Hanoi

El Dr. Claudio Schuftan es médico pediatra dedicado a la salud internacional. Es de nacionalidad chilena y actualmente reside en Ciudad Ho Chi Minh donde es Cónsul Honorario de Chile. Se graduó de médico en la Universidad de Chile en 1970. Es autor de dos libros y de numerosos capítulos de libro y artículos en su especialidad. El Dr Schuftan es consultor en salud pública con experiencia en más de 50 países, especialmente en el África y en Asia. En Nairobi residió siete años; en Hanoi otros siete y ahora nueve años en Ciudad Ho Chi Minh. Es miembro fundador de Movimiento por la Salud de los Pueblos, una red de activistas en salud con presencia en más de 50 países.

Este relato es inédito. Fue escrito en 1996 relatando sus recuerdos de cómo pasó las horas siguientes al golpe militar del 11 de septiembre de 1973 en su ciudad natal de Santiago. El Dr Schuftan debió dejar su país de origen en enero de 1974. El relato es sometido al Premio Literario Casa de las Américas 2013 en la categoría Literatura Testimonial.

http://coincidir-revista2.blogspot.com/p/claudioschuftan-desde-hanoi-el-dr.html

 

 

AQUEL ONCE DE SEPTIEMBRE

 

 

Para Aron, de su padre.

 

Las cosas se habían estado poniendo malas desde hace ya semanas.  El paro de los transportistas tenia al país paralizado; sabíamos que estaba siendo financiado desde afuera.

 

Esa mañana salí como de costumbre a mi trabajo en el hospital pediátrico.  Eran tres para las ocho. Abrí el portón del garaje, me senté al volante de mi mini Fiat 600, y salí en marcha atrás como todas las mañanas.

 

Lo primero que vi fue un vecino; golpeaba frenéticamente a la puerta de casa de un otro. Una observación más minuciosa me permitió detectar una gran euforia en su golpear.  Yo lo sabía un “momio”, opuesto a la Unidad Popular.  Mi mano derecha automáticamente se dirigió a la perilla de la radio.  El ‘Reporter Esso’, mi acompañante noticiero de todas las mañanas debía salir al aire en un instante.  Pero la ‘Radio Minería’ estaba silente.  El ‘Reporter Esso’ no salió.   ¡Mierda!    Treinta segundos pasadas las ocho escuché el primer himno marcial, uno de muchos que habrían de venir.  Recorrí el dial: marchas ‘partout’.  Estacioné el Fiat en la acera y volví a entrar en casa.  “A buen entendedor, pocas palabras”, se me cruzó por la mente.  Rápidamente junte un pulóver, alimentos secos de cocktail para picar, un par de frutas, mi radio a pilas, unas pilas extra, una linterna.  Lo puse todo en una bolsa de papel de almacén; mi estetoscopio y otros implementos médicos siempre los tenía conmigo.  Volví a salir y me dirigí al hospital.  Las malditas marchas prusianas seguían; en todas las estaciones de radio; ni una noticia.  El trafico estaba más leve que de costumbre.

 

Cuando llegué, sólo más o menos la mitad del personal había venido a trabajar.  Los primeros rumores me llegaron apenas me bajé del auto: “Fue en Valparaíso… la marina… el ejército, aún no se sabe… los carabineros no… ¿y la fuerza aérea?…”  A las nueve salió al aire el primer bando militar. Hablaron los jefes de las tres fuerzas armadas y de carabineros.  Era claro.  Había sido “eso”.

 

Pasé visita a los enfermos. El jefe dijo que había que dar de alta a todos los niños salvo los de gravedad extrema. Me ubiqué con los pocos amigos ‘simpatizantes’ que pude hallar.  La orden de partido que teníamos era quedarnos en el lugar de trabajo y esperar instrucciones.  ¿Pero de dónde?  ¿A través de qué medio?  No había sido especificado.  Todos pensamos: la radio.  Saldrá una radio clandestina. Hay que seguir rastreando el dial: de izquierda a derecha y vuelta. Mil veces.  Pero nunca salió nada.   Excepto la ‘Radio Chilena’ que, arriesgándolo todo, sacó a media mañana, no sé cómo ni recuerdo bien a qué hora exactamente, aquel histórico discurso de despedida del presidente Allende.  Lo siguieron himnos marciales.  La ‘Chilena’ había sido silenciada también. Luego los bandos militares comenzaron a regularizarse: casi cada hora.

Se llamaba a la calma; todo era ya un ‘fait accompli’.

 

Pero el palacio de la Moneda aún no caía.  A las once de la mañana oímos por primera vez los caza-bombarderos pasar en vuelo rasante sobre nuestro hospital. Luego lo hicieron veinte veces más.  “Es una muestra de fuerza y de músculo”, pensamos.  Pero cuando oímos la primera detonación corrimos a la terraza del techo del hospital (un acto no muy prudente, mirado desde después) y vimos las nubes de humos que se concentraban en un lugar restricto a unos cuatro Km. al noroeste de nosotros: … La Moneda.  No podíamos creerlo. “Chile es la Atenas de Latinoamérica….”  ¡Bambalinas!  Todo se había terminado.

 

A las doce se decretó el toque de queda. Todos a casa, decía el bando; y allí esperar instrucciones.  La orden nuestra, ya dije, era quedarse en los lugares de trabajo.  Pero vi la mayoría de mis compañeros y camaradas salir del hospital rumbo a casa con la cabeza gacha y el semblante sombrío.  Sólo el personal de turno en la emergencia (todos “momios”) y dos de nosotros –una enfermera y yo– nos quedamos.  Me acerqué al jefe de turno para decirle que me quedaba como voluntario; “puede que lleguen muchos heridos”, dije. Me miró con gran recelo.  No me confiaba.  Debo haber dicho aquello con mucha decisión pues se resignó.

 

Seguimos dando de alta pacientes cuyos padres llegaban corriendo hasta la una de la tarde, tratando de no jugárselas con el toque de queda.  No querían muchas explicaciones: “Deme mi hijo. Tengo que apurarme”.  Hicimos lo mejor que pudimos.  Alcanzamos a comprar algunos snacks para el almuerzo antes que la ciudad entrara en ese silencio tenso que sólo se interrumpía con el ruido distante de helicópteros y algún fuego de ametralladora.

 

Al fin la radio dio la noticia de la caída de la Moneda y del suicidio del presidente.  Ya no era bluff el golpe.  Sucesivos bandos detallaron como el golpe se consolidaba a través de todo el territorio nacional y las fuerzas armadas tomaban control absoluto.

 

Yo seguía recorriendo el dial de mi pequeña Sony… la transmisión clandestina tendría que salir al aire en cualquier instante… todo se aclararía en torno a qué hacer… Pero no hubo de ser.

 

Angélica, la enfermera jefe del servicio de Lactantes, se había quedado a cargo de los pocos pacientes que quedaron en el hospital.  Era una antigua camarada, y la única persona en que podía confiar en todo el hospital.

 

Como a las tres de la tarde llamé a mi casa. Le dije a mis padres que no se preocuparan que pasaría el toque de queda en el hospital ayudando en la emergencia.  Que le avisaran a mi esposa.

 

Dos días antes, ella y yo habíamos tenido una gran discusión.  Ella (tu madre, Aron) no podía aguantar que yo siguiera tan envuelto en el proceso político que vivía el país.  No le daba suficiente atención; estaba siempre ‘ocupado’, en reuniones de emergencia; todo era emergencia durante esos días del paro de los transportistas.  Me había dado un ultimátum.  … ¡Y tenía razón!  Se fue a casa de una amiga y me dijo: “llámame cuando estés dispuesto a cambiar…”.

 

La crisis del país, nueve horas de edad a estas alturas, se unía a mi crisis personal de un par de días.  ¿De dónde sacar coraje?  Estaba devastado.

 

Para nuestro gran asombro, no había habido heridos en la posta de emergencia de nuestro hospital.  Todo tranquilo como una taza de té en reposo.  Pensamos que era porque éramos un hospital pediátrico, ya que tanto fuego de ametralladora tenía que estar produciendo víctimas.  … ¿O es que no estaban dejando víctimas con necesidad de atención médica, pero más bien de atención funeraria…?

 

Que pasó hasta el anochecer ya no recuerdo.  Quizás un par de atenciones a los pacientes que quedaron, un montón de introspección, y el ejercicio del dial que sólo brindaba más y más bandos y ritmo de marchas.

 

Cuando oscureció, hubo tiempo para un respiro.  En la sala de enfermería de Lactantes Angélica y yo bebíamos un té en silencio.  Fue entonces que el peso de lo acontecido en las horas precedentes tocó fondo en nosotros.  Fue el instante crítico.  Angélica se levantó despacio y se dirigió hacia la ventana en la penumbra.     De allí sentí sus primeros sollozos; lentos y contenidos al principio, casi convulsivos después.  Cuando me le acerqué, ya el nudo que traía en la garganta se hizo inaguantable.

Lloramos juntos por un largo rato.  En silencio.  Las imágenes y los recuerdos se atropellaban en secuencia telescopada.  Sólo queríamos saber una cosa: ¿Por qué?   ¿Dónde habíamos errado en la persecución de nuestros ideales; de nuestros sueños para una sociedad mejor?  El discutirlo no nos trajo muchas respuestas cabales esa noche.

No creo haya muchos llantos peores que los de la impotencia.

 

A eso de las nueve bajamos al comedor de la posta de emergencia.  Los colegas mayores del turno estaban todos allí.  Se les veía una cierta euforia con reservas en el semblante. Tampoco ellos lograban entender bien que nos traería el mañana; mal que mal se consideraban demócratas.  Nuestra presencia no les era del todo grata  (¿que se traman estos dos…? se preguntarían; poco sospechaban nuestro infructuoso barrido del dial…).  No era tiempo para hablar de pequeñeces tampoco.  Se comió poco y en silencio esa noche.  Los largos silencios eran pesados como el plomo.

 

El jefe de turno comentó el estado grave de un paciente neuroquirúrgico del día anterior.  Parecía que necesitaría cirugía; cirugía que no podíamos llevar a cabo con el hospital a medio funcionar como estaba.  Habría que reevaluarlo mañana temprano y decidir enviarlo a la posta central. Pero había el toque de queda… ¿Aplicaría este también a ambulancias?

 

Tampoco se durmió mucho esa noche.  Ahora no sólo se oía el aletear de los helicópteros; se veían también, a lo lejos, sus potentes halos de luz proyectados sobre la superficie.  Calculamos que era sobre las poblaciones marginales del sector sur de la ciudad.

 

El bando de la mañana del doce de septiembre prolongó el toque de queda por veinticuatro horas.  La noche no había traído ningún paciente a la emergencia.  El dial nos había dado marchas solamente.  El paciente quirúrgico nos preocupaba a todos.  Se llamó a la posta central.  Se nos refirió a su flamante nuevo interventor militar: Que sí, que se podía; un sólo chofer, un sólo medico, luces encendidas, manejar por el medio de la calle, velocidad veinte Km. por hora, no usar la sirena, detenerse ante el requerimiento de cualquier patrulla para inspección…y un santo y seña.

 

¿”Usted doctor, iría con el paciente?”, el jefe de turno me preguntó.  ¡Touche’!  El médico que se había ofrecido de voluntario era el más dispensable del turno.

 

A las nueve y media salimos; sabíamos las instrucciones de memoria.  El chofer demostraba (¿o actuaba?) estar en control.  Eso me reaseguró un poco.  Luces prendidas y por el medio de la calle a paso de tortuga emprendimos el recorrido de unos 4 km.  Calles desiertas. Ni perros ni gatos. Puertas cerradas. Ni un alma.

Había que pellizcarse para asegurarse que esto estaba realmente pasando.  No tuvimos incidentes.  No vimos ni siquiera una patrulla hasta ya casi llegar a nuestro destino.  Pero allí no éramos gran novedad.  Las ambulancias iban y venían sin cesar, en silencio, a sus veloces veinte Km. por hora con sus luces encendidas.

 

En la entrada principal de la emergencia ya vimos una buena docena y media de cadáveres.  Aún sin cubrir.  Adentro, era un panal.  Se veía al personal correr; órdenes se daban a gritos.  Había pacientes en camas, en camillas, en colchones en el suelo, en los corredores.  Se veía que había habido ese ritmo de trabajo desde el día anterior.  La gente se veía agotada.  Encontré un colega que no conocía con un minuto libre.  Le presenté nuestro paciente.  Me hizo una mueca. “No sé doctor…si podremos… haré lo posible…esto es una casa de locos… no ha parado… mejor váyase luego…sino el nuevo jefe lo va a reclutar ‘sin derecho a pataleo’… Aquí se cumplen ordenes no más”.

 

Vi a lo lejos a un camarada médico conocido.  Le dije al chofer que ya volvía, que me esperara en la ambulancia.  Tuve sólo tres minutos para inquirir lo que ya sospechaba.  Las víctimas vienen de las poblaciones marginales.  Hay allanamientos en toda la capital.  Se tira a matar.  Aquí llegan los que se salvan por equivocación.  No damos abasto.  La gente no da más.  Necesitamos más personal.  Hay muertos por todas partes.  “Ah, ¿y sabes?, acabo de certificar muerto al Tito Olivares (el secretario de prensa de la Presidencia); lo allanaron en su casa; dicen que trato de arrancarse; los dos tiros son por delante…”.

 

Volví de prisa a la ambulancia.  “¡Vamos!” dije; “esto no da para más”.  Llegamos de vuelta también sin percances.

 

A las dos de la tarde anunciaron un levantamiento del toque por una hora ‘para reabastecerse de comestibles y bebidas’.  Se permitirían apertura de negocios del ramo y limitada circulación de vehículos por la calle, pero con las mismas reglas que para las ambulancias.

 

Tenía que tomar una decisión.  Hice un balance.  Los militares llegarían a nuestro hospital tarde o temprano en las próximas horas.  Mis colegas eran para entonces impredictibles.  Mis paseos por el dial seguirían infructuosos.  Era hora de partir.  Angélica se quedó.  Una vez en casa llamé a mi esposa…

 

Hanoi, 13 de abril de 1996.

 

El “delito¨de las víctimas del golpe de Estado y las violaciones a los Derechos Humanos en Chile

El argumento de la supuesta incompatibilidad o del conflicto de interés entre asumir un cargo público de confianza y ser parte de querellas contra el Estado, tiene una profunda falla moral: las víctimas del golpe de Estado y de las violaciones en los DDHH en Chile después de 1973 siguen siendo víctimas de esos atropellos mientras toda la verdad sea conocida y dicha, mientras esté pendiente la justa y debida reparación y memoria, y cualquiera sea el estado en que se encuentren esas causas en Tribunales.

COYUNTURA POLITICA

En algunos sectores políticos y medios de comunicación -de reconocida inclinación ideológica- han surgido cuestionamientos al nombramiento de determinados militantes y dirigentes de la Nueva Mayoría por tener pendientes juicios contra el Estado, a propósito de las violaciones a los DDHH de que fueron víctimas desde 1973 en adelante.

El argumento de la supuesta incompatibilidad o del conflicto de interés entre asumir un cargo público de confianza y ser parte de querellas contra el Estado, tiene una profunda falla moral: las víctimas del golpe de Estado y de las violaciones en los DDHH en Chile después de 1973 siguen siendo víctimas de esos atropellos mientras toda la verdad sea conocida y dicha, mientras esté pendiente la justa y debida reparación y memoria, y cualquiera sea el estado en que se encuentren esas causas en Tribunales.

Un ex-preso político y torturado en Isla Dawson, o en Pisagua o en el Estadio Nacional, deja de ser…

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Chile, el golpe y los gringos – Gabriel García Marquez

A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López<Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de l0 único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempo: las elecciones presidenciales del próximo septiembre.

COYUNTURA POLITICA

A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López<Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, general Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve, y hablaron en inglés de l0 único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempo: las elecciones presidenciales del próximo septiembre. A los postres, uno de los generales del Pentágono preguntó…

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Mujeres Ex Combatientes. Preservar una memoria individual que proyecta la voz de una colectividad.

Tercer Milenio edición número 23

http://www.periodismoucn.cl/tercermilenio/2012/05/memoria-de-mujeres-en-el-conflicto-colombiano-reportajes-testimonio-y-nuevas-semantizaciones/

Memoria de mujeres en el conflicto colombiano: Reportajes, testimonio y nuevas semantizaciones

Memoirs of women in the Colombian conflict: Reports, testimonies, and new semantizations

RESUMEN:La reciente aparición de textos en la forma de testimonio, etnografía, ensayo, novela y narrativas mixtas escritas por mujeres que han participado directa o indirectamente en el conflicto colombiano intriga y por demás evidencia la necesidad de preservar una memoria individual que proyecta la voz de una colectividad. El análisis de estos textos refleja a su vez la búsqueda de un discurso de “resignificación” de la experiencia femenina en un proceso que perfila nuevos roles genéricos y transformación a nivel de sociedad. En este ensayo se analizan las narrativas surgidas de la participación de la mujer en el conflicto colombiano en los años recientes desde el periodismo, pasando por el testimonio individual y colectivo hasta las nuevas expresiones que surgen en la era digital. En toda esta escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales, memoria-texto-identidad, que giran en torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación del sujeto femenino en la sociedad. ABSTRACT:Recent texts by women in the Colombian conflict—testimonials, ethnographies, essays, novels and mixed narratives—have provided evidence and have fostered inquiries on the need to preserve individual memory by projecting a collective voice.  The analysis of these texts also constitutes a quest for a new discourse of “re-signification” on the feminine experience, a process that generates new gender roles and transformations at a societal level. This essay examines narratives by Colombian women actors in the recent conflict.  Expressive forms range from journalism and individual and collective testimonials to new expressions in the digital era. Three elements pervade these narratives—memory, text and identity—and revolve around issues of rescue, construction and reaffirmation of feminine subjects in society.
PALABRAS CLAVES: testimonio, memoria, resignificación, conflicto colombiano KEYWORDS: testimonials, memory, re-signification, Colombian conflict.

 

*Elvira Sánchez- Blake. Profesora Asociada. Department of Romance and Classical Studies. Michigan State University. Contacto: sblake@msu.edu

 

Más que recuperar la memoria,

estamos recordando el olvido

(Mujeres no contadas)

La reciente aparición de textos en la forma de testimonio, etnografía, ensayo, novela y narrativas mixtas escritas por mujeres que han participado directa o indirectamente en el conflicto colombiano intriga y por demás evidencia la necesidad de preservar una memoria individual que proyecta la voz de una colectividad. El análisis de estos textos refleja a su vez la búsqueda de un discurso de “resignificación” o “resemantización” de la experiencia femenina en un proceso que perfila nuevos roles genéricos y transformación a nivel de sociedad. En este ensayo se analizan las narrativas surgidas de la participación de la mujer en el conflicto colombiano en los años recientes desde el periodismo, pasando por el testimonio individual y colectivo hasta las nuevas expresiones que surgen en la era digital. En toda esta escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales, memoria-texto-identidad, que giran en torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación del sujeto femenino en la sociedad.

Las dimensiones de preservar la memoria como necesidad, deber, urgencia, presencia, así como la dualidad entre recordar y olvidar son constantes de la narrativa de mujeres sobre el conflicto colombiano.  De acuerdo con Carmiña Navia, dentro de las expresiones se ha configurado un tipo de texto difícil de definir porque no se deja agarrar (2004: 19), es decir que no se logra ubicar dentro de los géneros autobiográficos o testimoniales surgidos desde los ochenta en otras regiones de Latinoamérica como medio de expresión de las luchas revolucionarias. Por eso como explica Navia,  “ha sido necesario inventar un lenguaje, un discurso, una voz” que le permita a la mujer conquistar espacios y consolidar la validez de su experiencia (2004: 17).

El proceso vital de resignificar la memoria a través de narrativas ha tenido una evolución que parte de la escritura externa (crónicas periodísticas y testimonios mediatizados) surgidos en la década de los ochenta y noventa. Estas narrativas han dado la pauta hacia la búsqueda de lenguajes propios individuales (autobiografía, historias de vida, narrativas mixtas) a partir del 2000, para consolidarse en la producción de narrativas autorreflexivas que surgen desde espacios colectivos. En toda esta escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales, memoria-texto-identidad, que giran en torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación del sujeto femenino en la sociedad.

Estos procesos nos remiten al concepto señalado por Todorov, el de construir una memoria “ejemplar” orientada a aprender de las lecciones del pasado para evitar caer en las situaciones similares que se producen en el presente (2000:31-32). Así, en los casos estudiados, la memoria recuperada y transmitida se convierte en principio de acción para el presente, como un proceso potencialmente liberador. Este ensayo explora las tendencias que se han producido en la narrativa de mujeres dentro del conflicto colombiano desde la década de los ochenta hasta el presente y se enfoca en la experiencia de las mujeres excombatientes en su transformación de actores de guerra a sujetos de paz a partir de los procesos de rescate y validación de la memoria.

Reportajes

En la década de los ochenta dos periodistas irrumpieron en la escena colombiana con dos textos que se ubican dentro del reportaje a profundidad desde una perspectiva femenina: Patricia Lara con Siembra vientos y recogerás tempestades (1982) y Olga Behar con Las guerras de la paz (1984). En ambos se trata de entrevistas con los actores del conflicto político que vive el país en ese momento. La intención de Behar era recoger la voces y los sentimientos de quienes “hacen historia en el país” a través de entrevistas a líderes del gobierno, representantes de los partidos, guerrilleros y comisionados de paz. Las entrevistas  de Lara se enfocan en la constitución del grupo M-19 contada por sus actores y sus detractores. En ambos casos, la mayoría de entrevistas fueron realizadas a hombres, que eran los actores conocidos dentro del conflicto. Estas dos publicaciones tempranas marcarán la pauta para otras obras del mismo género que se desarrollan posteriormente. En 1986 Olga Behar escribe otra narración mezcla de testimonio y ficción. Noches de humo relata la  historia de la toma del Palacio de Justicia ocurrida en noviembre de 1985 desde una narrativa personal que traza la cronología de este evento decisivo en la historia de Colombia. Este relato es difícil de clasificar puesto que nunca se logró aclarar del todo la veracidad de los hechos narrados.

Otro documento que surge del periodismo en esa época es Historia de una traición (1986) escrito por la entonces reportera de la revista Semana, Laura Restrepo.  En esta especie de reportaje-testimonio, la autora, que vivió los hechos como miembro de la Comisión de Paz de las negociaciones entre el Gobierno y el M-19, hace una denuncia acusatoria contra el gobierno y los pactos rotos en el proceso de la negociación de la paz. Años más tarde el libro fue republicado con el título de Historia de un entusiasmo (1998) cuando Restrepo se había convertido en una autora de reconocido prestigio literario. En esta segunda entrega el aspecto literario toma fuerza y Restrepo asume con propiedad la parte de la historia que le corresponde.

Dichos documentos periodísticos que le costaron exilio, silencios y rupturas con la profesión a más de una persona, quedaron como testimonio de una época en que se abría una esperanza, pero que quedó claudicada por acontecimientos posteriores.  Una década más tarde, luego de acontecimientos que bañaron de sangre al país, se inicia una nueva época testimonial, que renacerá con una perspectiva más etnográfica desde la historia de vida, la biografía y el testimonio en su calidad más genérica.

Autobiografía

En el año 2000 se publican dos libros claves que revelan las historias de vida de las combatientes en Colombia desde una perspectiva personal: Escrito para no morir: bitácora de una militancia de María Eugenia Vásquez (2000), y Razones de vida de Vera Grabe (Planeta, 2000). Ambos son narraciones autobiográficas que relatan desde una primera persona las experiencias de estas mujeres en su vinculación con la guerrilla y su transformación a nivel personal y colectivo. El mismo año surge también otro reportaje periodístico de Patricia Lara,  Las mujeres en la guerra (2000).  Llama la atención que estos tres textos hayan sido ampliamente estudiados, traducidos y ganadores de premios.  Dichas publicaciones marcaron una pauta y sirvieron como base para múltiples estudios y posteriores exploraciones desde la academia.

A partir del año 2000 se han publicado otros testimonios, historias de vida, tesis y ensayos  académicos sobre las mujeres que han sido partícipes de una forma u otra en el conflicto colombiano, particularmente desde la militancia. Cabe mencionar ensayos académicos tales como Guerras y paz en Colombia: las mujeres escriben de Carmiña Navia Velasco (2004), ganador del premio casa de las Américas sobre estudios de la mujer, y un estudio realizado por Luz María Londoño y Yoana Fernández Nieto, Mujeres no contadas: procesos de desmovilización y retorno a la vida civil de mujeres excombatientes en Colombia 1990-2003 (2007). También se encuentra una abundancia de artículos y ediciones de revistas académicas que han estudiado el fenómeno de la mujer en la violencia.

Narrativas mixtas

Paralelo a estas publicaciones de tipo testimonial, han surgido obras literarias de narrativa mixta. Obras como Desterrados, cicatrices de la guerra de Marisol Gómez Giraldo (2001) utilizan la crónica- testimonio en primera persona que recoge la voz y los sentimientos de sus entrevistados. En ellas se retrata las experiencias de campesinos y campesinas desplazados de sus lugares de origen y la de  civiles que se encuentran en mitad del conflicto entre guerrilleros y paramilitares. Otros textos de narrativa mixta que vale resaltar son las novelas de Mary Daza Orozco: Los muertos no se cuentan así (1991), una cronología ficcionalizada de las masacres contra los miembros de la Unión patriótica y Cita en el café de la bolsa (1998) donde narra la toma del Palacio de Justicia desde la perspectiva de las víctimas y los desaparecidos.  El testimonio de Gloria Cuartas, ¿porqué no tiene miedo? (1997) ha sido catalogado por Carmiña Navia como de cruce y transición (2004: 55). La autora, Marvel Sandoval establece un diálogo con la protagonista para transmitir los horrores y vejaciones ocurridas en el Urabá antioqueño desde la experiencia de la alcaldesa que sobrevive a múltiples amenazas y atentados. Este texto difícil de clasificar en últimas cuestiona la indiferencia del país hacia la guerra que se vive en las zonas aisladas como Apartadó. En 2005 Patricia Lara irrumpe de nuevo con una novela de narrativa mixta, Amores enemigos, que narra la relación de una joven guerrillera con un paramilitar. Lara explica que con esta obra pretendía establecer una reconciliación entre los bandos enfrentados. Desde mi punto de vista, la evolución hacia la narrativa de ficción es la evolución natural de periodistas, críticos y testimoniantes que se  han acercado al tema y que se han quedado con historias atrapadas que pugnan por salir a flote.

El tema de la mujer en medio de la guerra se aprecia también en filmes como La primera noche e incluso en obras de teatro. Tal es el caso de Las mujeres de la guerra, una adaptación de la obra de Patricia Lara en un monólogo interpretado magistralmente por Carlota Llanos bajo la dirección de Fernando Montes.

El género que comprende todas estas narrativas es el de testimonio por ser el que reúne las características señaladas por John Beverly, ya que estas son narrativas que expresan la voz de una colectividad con un carácter de urgencia en medio de un conflicto político (1996). Al mismo tiempo, la variedad de manifestaciones limita una categorización. Navia se pregunta, “los libros mencionados… son acaso ¿de reportajes?, ¿de entrevistas?, ¿de historias de vida?, ¿de investigación/acción?, ¿de memorias?, ¿de autobiografías?, ¿de análisis?, ¿de literatura testimonial?, ¿de novelas?, ¿de crónicas?” (2004: 21). Coincido con la afirmación de que “se trata de propuestas para resemantizar y resituar estas palabras de mujeres colombianas que vivieron/viven la guerra, que la analizan y la evalúan, y que, en términos generales, desean la paz” (Navia, 2004: 21).

Colectivo de Excombatientes

A partir del año 2000 se produce un fenómeno de visibilidad de las mujeres que participaron en el conflicto armado en Colombia. Quizá como un eco o una correspondencia con las publicaciones de las primeras excombatientes que se atrevieron a narrar sus testimonios, otras desmovilizadas se sintieron impulsadas a expresar sus propias memorias a través de la reflexión y la escritura.

El Colectivo de Mujeres Excombatientes se constituyó a raíz de una iniciativa promovida por María Eugenia Vásquez sobre la necesidad de recuperar la memoria y canalizar las energías de las mujeres que habían participado en las agrupaciones guerrilleras.  La mayoría de ellas se encontraban dispersas –sin norte—defraudadas  por el fracaso de su compromiso político o por el aislamiento y vacío que significó la ruptura con un grupo y una causa a la que habían entregado su vida, sus anhelos y por el que en la mayoría de los casos, habían renunciado a hogares, familias e hijos.

El objetivo de un primer encuentro en julio de 1999 era iniciar una dinámica de reflexión sobre su experiencia como militantes y su impacto en la sociedad. Se intentaba registrar las memorias de esas vivencias desde el punto de vista individual y colectivo. Se pretendía también orientar la energía de estas mujeres hacia un objetivo común que les permitiera reposicionarse dentro de la sociedad y sentar las bases para una construcción colectiva de identidad.

A partir de esa iniciativa este grupo de mujeres continuó reuniéndose periódicamente y convocando un número mayor de excombatientes y desmovilizadas de otras agrupaciones. El éxito de estas reuniones llevó a la conformación  del “Colectivo de Mujeres Excombatientes”. En agosto del 2001 se llevó a cabo el primer encuentro de mujeres excombatientes en Colombia con asistencia de 150 delegadas de todo el país. Actualmente el grupo consta de 526 integrantes registradas y distribuidas en organizaciones regionales.  Alix Salazar, directora ejecutiva del Colectivo, explicó que  muchas mujeres participan en los encuentros sin registrarse por el temor a ser identificadas y estigmatizadas y por seguridad personal, ya que el apelativo de ‘excombatiente” es un estigma en un país que continúa en estado de guerra[1].

El Colectivo de mujeres excombatientes ha crecido de forma sorprendente desde sus inicios hace diez años. Al primer encuentro ocurrido en el año 2000 convocado a través de cartas enviadas a compañeras y conocidas por las primeras integrantes reunió a 150 personas. Cada año este número se ha ampliado e incluso ha trascendido a nivel internacional.  En el primer encuentro internacional en el año 2005 se hicieron presentes mujeres excombatientes de los frentes guerrilleros de Nicaragua, Guatemala y El Salvador. Londoño y Nieto señalan que “las mujeres han ido ganando reconocimiento en diversos espacios y abriendo su trabajo  a campos relacionados con la resolución del conflicto y la construcción de paz a través de propuestas basadas en dos principios fundamentales: la conciencia de género y la reivindicación de su condición de actoras políticas no armadas” (2006: 89).

Uno de los elementos curiosos que destaca Salazar es que se han dado casos de excombatientes de las Autodefensas (grupos paramilitares que en esencia son enemigos de los grupos guerrilleros) en busca de apoyo en el Colectivo de excombatientes. Sobre este punto Salazar comenta que la palabra “excombatiente” no es exclusiva de los grupos guerrilleros y al fin y al cabo, cualquiera que sea el bando al que se haya pertenecido, las necesidades de las desmovilizadas terminan siendo las mismas.

Como parte de otras actividades realizadas por las Excombatientes se encuentran las jornadas de apoyo a las viudas de la guerra, trabajo con niñas desmovilizadas y con los hijos de combatientes, cada uno con sus propias necesidades. Las miembros del Colectivo reciben invitaciones regularmente a ofrecer talleres, charlas y testimonios sobre sus experiencias y apoyo a iniciativas de paz. Salazar se refirió especialmente a los talleres con niñas desvinculadas del conflicto que se encuentran amparadas en albergues del Instituto de Bienestar Familiar.  En esos talleres se manejan dinámicas de recuperación de la memoria y búsqueda de identidad con las jóvenes que en algunos casos son desertoras y en otros, capturadas por el ejército, para facilitar su reinserción en la vida civil. La experiencia de las  niñas excombatientes (menores de 18 años) es muy diferente de las excombatientes más veteranas. La mayoría de ellas han entrado a la guerrilla por reclutamiento forzado, y muchas de ellas han sido “víctimas de violencia intrafamiliar, maltrato físico y psicológico o acoso sexual” (Castillo-Tietze, 2006: 223), circunstancias que en nada se asemejan a las motivaciones políticas y sociales de las excombatientes más veteranas. Todos estos sujetos, involucrados directa o indirectamente con el conflicto requieren un trabajo sobre memoria y búsqueda de canales para su recuperación.

Roles genéricos

¿Por qué existen colectivos de mujeres excombatientes y no de hombres excombatientes?, es la pregunta que muchos se hacen. Es evidente que la desmovilización tuvo un impacto diferente en hombres y mujeres. Las mujeres fueron consideradas doblemente transgresoras por haber contrariado las normas en contra del establecimiento y contra su rol de género. De acuerdo con Norma Enríquez, coordinadora del Comité de América Latina y el Caribe por la defensa de los derechos de las mujeres, mientras a los hombres se les recibió como héroes a las mujeres se les consideró como villanas[2]. Estas consideraciones explican que la creación del Colectivo de Mujeres Excombatientes haya tenido tanta significación para las mujeres que han encontrado en este foro un lugar  de reflexión y recuperación de identidades perdidas y desmembradas. Es a partir de esta redefinición que muchas mujeres han reencauzado sus energías en proyectos de transformación social y de autoconciencia de género. Londoño y Nieto afirman que muchas de las mujeres tomaron conciencia de su rol genérico después de la desmovilización y una gran mayoría de ellas trabajan  activamente el tema desde la práctica social o desde la academia (2006:171). Resulta significativo que muchas mujeres al desvincularse de la lucha armada en la vida civil iniciaron o prosiguieron sus estudios como una forma de comprender sus experiencias en la guerra además del obvio beneficio económico y de superación personal que esto significa.

De actores armadas a sujetos de paz

La acción fundamental del Colectivo de Mujeres Excombatientes está contenida en los talleres de recuperación de la memoria traducidos en procesos de reflexión, producción de historias de vida, video documentales y estudios académicos escritos por las mismas participantes del grupo y en ocasiones, por investigadoras que se han sumado a la causa del Colectivo.

La generación de estos documentos desde el interior de esta colectividad tiene alta significación en la creación de nuevos canales de expresión que no se ubican dentro de categorías conocidas. No son reportajes ni testimonios en su definición canónica, sino un nueva forma de expresión que responde a esa búsqueda de “semantización” de la que habla Carmiña Navia. Dicha expresión no se encasilla en un sólo género de expresión, sino que aprovecha las avances  tecnológicos de video, tecnología digital y virtual  de la época.

El documental “Reveladas” producido por Juliana Ladrón de Guevara en el año 2010, es un ejemplo de esta nueva semantización. El video presenta a cuatro mujeres del Colectivo de excombatientes en un seguimiento de su vida cotidiana y en entrevistas que las remonta de sus recuerdos de combatientes y “guerreras” a las inquietudes del presente. La particularidad de este video documental es la autorreflexión de las protagonistas. No hay una narración externa ni una guía o guión que predetermine al espectador.  Las reflexiones parten del interior de estas mujeres en su quehacer cotidiano y la suma de sus reflexiones sobre el pasado, presente y porvenir. En este proceso, ellas se muestran como lo que son: seres de carne y hueso con la particularidad de haber pertenecido a una organización que luchó por construir “un mundo mejor”, algo que actualmente se lee como un cliché, pero que representó en su momento un proyecto de vida y una razón de ser. También se aprecia la transformación que ellas mismas han experimentado de actoras en armas a sujetos de paz, contenidas en pasajes como estos:

Éramos jóvenes y buscábamos algo diferente.  Cuando opté por las armas         pensamos que la única opción eran las armas. Si uno es insurgente es porque         quiere transformar el mundo… Me sentía defendiendo unas ideas justas… Éramos una generación que sentía una responsabilidad por un cambio. (Testimonio de excombatiente, 2010)…

Habernos desmovilizado por las razones que lo tuvimos para hacerlo es válido. Si hubiéramos seguido (en la guerra) hubiéramos tenido que traspasar ese límite de    lo ético y lo digno y terminaríamos haciendo las atrocidades que vemos hacer a otros por imponer su punto de vista. (Testimonio de excombatiente, 2010).

Estos comentarios revelan no sólo la evolución, sino la crítica hacia los actores armados que no han comprendido los límites éticos de la insurgencia y la necesidad de transformar los procesos hacia la búsqueda de una paz con justicia social.

La guerra es un paso en la búsqueda de paz

Una de las entrevistadas expresa “la guerra no es una razón de ser, es un paso en la búsqueda de paz” (2010). Esto nos remite a uno de los temas más significativos de las excombatientes, la conexión entre guerra y paz. Según Alix Salazar, el 80 por ciento de las desmovilizadas trabaja o ha trabajado con proyectos de paz. Sin embargo las Organizaciones de mujeres por la paz no las reconocen por su pasado de “guerreras”. Es decir que mientras las universidades e instituciones de reinserción las convocan para dar charlas, talleres y aportes al tema de la paz y reconciliación, las organizaciones femeninas se niegan a reconocerles ese derecho. De acuerdo con Salazar, el debate se encuentra en el meollo de lo que significa la paz:

No se reconocen los logros de la guerra, Nosotras hemos creado con la guerra un       escenario para construir un país distinto: la paz con contenidos de justicia social”.            Esto se traduce en que sin justicia social no puede haber paz, concepto que contrasta con “el pacifismo” que buscan las Organizaciones de Paz[3] .

Este enunciado resume un sentir colectivo expresado en distintas formas por varias excombatientes, la de que no puede existir paz sin justicia social. De ahí que la gran mayoría de las excombatientes trabajen por la paz en sus múltiples dimensiones. Tanto María Eugenia Vásquez como Vera Grabe, dos de las mujeres que tuvieron mayor  liderazgo en el M-19, trabajan activamente por la paz.  Vásquez  ha estado vinculada con proyectos de reinserción y de desplazados durante los pasados diez años, así como con aportes a talleres de recuperación de la memoria y proyectos de vida de las mujeres víctimas y agentes de la violencia. Vera Grabe ha promovido desde el Senado proyectos de ley por la equidad de la mujer y actualmente trabaja como directora del Observatorio para la paz. Grabe es la gestora y promotora del concepto “pedagogía de paz”, una iniciativa tendiente a educar a la población desde las raíces para cambiar comportamientos sociales que generan violencia y construir nuevos escenarios sociales dentro de una cultura de paz[4].

Estas iniciativas demuestran que la experiencia adquirida en la guerra se puede encauzar hacia dinámicas que permitan la valoración de la paz con justicia social. Sobre este particular, Norma Enríquez, insiste en que “no es posible la paz en una sociedad que hace visible las grandes desigualdades, por eso es necesario encauzar a las mujeres como actoras de paz en su capacidad propositiva de alternativas de paz, sin renunciar a sus sueños de una sociedad justa” (2010).

Testimonio colectivo

Como resultado de los talleres de memoria realizados por el Colectivo de Mujeres Excombatientes surgió la iniciativa de escribir un libro que comprende 13 historias de vida, doce de las cuales han sido escogidas a través de una selección rigurosa entre las oficinas regionales de la Red de Excombatientes en todo el país. Alix Salazar explicó cada región eligió dos historias de varias postulaciones con el fin darle representatividad a cada zona y obtener una muestra variada e ilustrativa de diversas experiencias.

Lo más significativo de este libro es que surge de la búsqueda de la memoria colectiva de un momento de la historia a partir de una transformación individual. Salazar explica que la  historia número 13 es un intento de recrear a todas las mujeres en una solo relato que reagrupe las experiencias, sentimientos e inquietudes de todas.

Las autoras de las 13 historias hacen parte del Colectivo y también han sido seleccionadas rigurosamente entre ellas mismas. Uno de los elementos particulares es que una vez escritas las historias, se lleva a cabo lo que se denomina “talleres de espejo revelador”, que consiste en leer el texto escrito sobre cada una de las historias ante la gente que conoció al sujeto del relato para determinar si el texto se ajusta o no a la realidad.  Al ser entrevistadas sobre la naturaleza del libro las autoras insisten en que estas narrativas no se  enfocan en la victimización, pérdidas y tristezas, sino en la reflexión de lo que estas vidas significaron como proyectos de vida .

María Eugenia Vásquez, una de las pioneras en atreverse a escribir su autobiografía  afirma que su testimonio requirió una labor metodológica de pulsión del recuerdo y autorreflexión basado en la técnica de Ira Progroff de diario intensivo (2000). Esta misma técnica es la que las autoras del libro intentan plasmar: una metáfora de la reagrupación de las múltiples mujeres que habitan a una sola, expresada en una historia colectiva. El meollo de la historia número trece se resume en el siguiente apartado tomado de la introducción:

Memorias de todos los olvidos perdidos, amores contrariados, decepciones constantes, ausencias y presencias; la guerra y la paz, la vida y la muerte, el odio y el amor, de todo esto está contenida esta historia. (Ladrón de Guevara, 2010)

Este libro que comprende las múltiples historias de mujeres excombatientes contada desde adentro —sin necesidad de un mediador y donde el proceso es más importante que el fin— se encuentra aun en desarrollo al escribir este ensayo. Al igual que los múltiples procesos de guerra y paz inconclusos, el de las mujeres que escriben sobre sus experiencias como sujetos, agentes y víctimas de la violencia continúa con nuevos retos y desafíos en la búsqueda de comprender y articular las variadas y múltiples dimensiones de este fenómeno.

Visto desde la perspectiva etnográfica resulta sorprendente que lo que se inició como un acercamiento e intento de recuperación de la memoria de mujeres vinculadas con el conflicto colombiano, se hubiera convertido en un proceso de reflexión y participación con resultados concretos en proyectos de vida y de colectividad. El análisis de la participación de la mujer en procesos de violencia que inicié en Patria se escribe con sangre (2000)me permitió  comprender la toma de conciencia de la mujer que participa activamente en la construcción cuerpo-patria-texto. Mujer, texto y nación se encuentran nuevamente en el análisis del testimonio. Es texto, puesto que es memoria discursiva que refleja las presencias, las ausencias, las voces y los silencios, lo invisible e invisible detrás de cada historia. Y es nación porque permite la inscripción de un proceso histórico vigente en la construcción de la nacionalidad.

En “El legado del desarme” (2002), confirmé el cambio de percepción de los roles y esquemas genéricos en cuanto a la subjetividad de la mujer en la sociedad. Al reconstruir las historias por medio de la palabra, las mujeres han reforzado su identidad y han adquirido conciencia de su rol en la historia. La participación de la mujeres en procesos de violencia les ha conferido una conciencia política y la oportunidad de ser parte de un momento histórico que rompe esquemas y permite transformaciones a nivel país.

Doce años después, al examinar la evolución de dichos procesos, considero que la relación cuerpo-texto-patria contiene un elemento adicional decisivo que es el de la memoria. La memoria que  implica un conjuro contra el olvido de una colectividad en contraposición a un discurso que silencia y se pierde en el marasmo de un discurso oficial. La recuperación de la memoria en sus variadas formas de expresión adquiere validez en el sentido señalado por  Todorov de exemplum,  por el cual se extrae una lección.  Es a la vez una vía de preservación de la memoria individual que proyecta y refleja a una colectividad. Actúa de igual forma como una presencia detodo aquello que es silenciado o borrado en esa dualidad de memoria-olvido, en las que ambas partes son constitutivas de un todo.

Considero además que el elemento esencial de las narrativas de las mujeres mencionadas y estudiadas ¾llámese testimonio, reportaje, autobiografía o etnografías o narrativa mixta¾ responden a  esa necesidad de búsqueda de un discurso de resignificación o resemantización de la experiencia femenina dentro de la dinámica de violencia y las transformaciones que se generan a nivel de sociedad. Es también una búsqueda del lenguaje propio, lo que Luz María Londoño denomina “horizonte femenino de significación” que introduce una mirada particular de género a la guerra (2005:72).  La escritura individual que se transforma en colectiva surge de la urgencia de  explicar y analizar los fenómenos y las dinámicas que se evidencian en una sociedad afectada por una guerra persistente y crónica. Es en suma la respuesta a una necesidad intrínseca del ser humano de explicar desde lo racional la irracionalidad de comportamientos humanos.

BIBLIOGRAFÍA

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Daza, M. (1991). Los muertos no se cuentan así. Bogotá, Plaza y Janés.

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Vásquez, M.E. (2000). Escrito para no morir: bitácora de una militancia.

Bogotá, Ministerio de Cultura.


REFERENCIAS

[1] Entrevista personal, junio 18, 2010. En adelante, las referencias a Alix Salazar se refieren a esta entrevista, a menos que se estipule lo contrario.

[2] Para ampliación de este tema, ver Sánchez-Blake “El legado de la violencia” (2002).

[3] Norma Enríquez, líder de la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz, señala que existen posturas muy radicales por parte de organizaciones de paz no reconocen el aporte de mujeres que han tenido participación en la insurgencia. (Entrevista personal junio 16, 2010).

[4] Ver Vera Grabe, “Recetas no, lecciones sí” (2009: 77).

Relacionado

http://monicaallozanop.wix.com/combatientes-mujeres

http://monicaallozanop.wix.com/combatientes-mujeres#!derechos-humanos/c4ou

Una arqueología de la Memoria Familiar.

lA HISTORIA FAMILIAR ENCIERRA LA HISTORIA Y LA MEMORIA DE UN PERIODO HISTORICO DEL QUE SOMOS TESTIMONIO

ASI LO VIVI YO...y quien lo hereda no lo hurta

Hace algunos años un grupo de mi familia se abocó a realizar una arqueología de las raíces que parieron una tribu de personas esparcidas por el planeta.

Los iniciadores del viaje, navegaron desde una Polonia del siglo XIX hacia un lugar remoto al Sur del mapa, la ciudad de Rancagua, en  Chile .

No sabemos porqué viajaron esos cuatro hermanos, con sus cónyuges y sus hijos, en un periplo sin retorno posible.

Una navegación contemporánea por el océano virtual, un poco por curiosidad y otro poco por comprobar las nebulosas informaciones acerca de esta rama familiar que nos une a tantos desconocidos- hoy recuperados parientes- condujo al descubrimiento de hechos y personas que vivieron en un tiempo histórico  ajeno, en geografías de nombres impronunciables,que ejercieron oficios ancestrales, y que nos mostró una realidad desconocida, una pertenencia a una tribu y a un pueblo remoto.

Hombres, mujeres y niños que vagaban…

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