Reflexiones sobre la experiencia del gobierno de la Unidad Popular chileno (1970-1973). Aline Maciel.

ALINE MACIEL
HISTORIADO BRASILEÑA

Texto sobre la experiencia del gobierno de la unidad popular en chile 

 

Los dilemas y enseñanzas sobre una experiencia tan particular y nueva todavía estimula importantes reflexiones para el presente. Principalmente para la actual coyuntura brasileña

La experiencia de la Unidad Popular, ocurrida a principios de los años 1970 en Chile, suscitó, en el campo de las izquierdas, innumerables análisis posteriores al período. Los dilemas y enseñanzas sobre una experiencia tan particular y nueva todavía estimula importantes reflexiones para el presente. Principalmente para la actual coyuntura brasileña, que presenta profundos retrocesos a las conquistas de la clase trabajadora y aleja cada vez más la utopía de grandes transformaciones. Sin embargo, revisar un proceso de intensas movilizaciones y cambios permite compartir experiencias históricas que pueden contribuir a las luchas políticas y sociales en la actualidad.

En la década de 1970, mientras que la mayor parte de la izquierda latinoamericana apoya la lucha armada como una estrategia para la revolución, inspirado principalmente en la Revolución Cubana, en Chile la experiencia de la Unidad Popular 11 fue marcada por su originalidad e ineditismo. La idea de una transición pacífica, sin el uso de las armas, y valiéndose de los espacios institucionales, representó un gran desafío para la izquierda chilena. Por un lado, el carácter original de la UP exigía un debate en profundidad sobre las formulaciones políticas y las concepciones tácticas y estratégicas respecto de los caminos a seguir para la realización de las transformaciones y, por otro, acciones rápidas por parte del gobierno de la UP y de sus partidarios en un momento en el que se configuraba una zona de intensos conflictos. En el calor de los acontecimientos era imprescindible examinar a fondo el proceso, pero también actuar y dar respuestas a los desafíos que la coyuntura presentaba.

Cuando el socialista Salvador Allende fue electo presidente de Chile, en 1970, varias expectativas fueron generadas en la clase trabajadora identificada con las propuestas del nuevo gobierno. El proyecto político propuesto por el gobierno de la Unidad Popular, conocido como “vía chilena al socialismo”, era caracterizado por profundos cambios económicos, políticos y sociales sin el rompimiento con la institucionalidad. La propuesta incluía entre los ejes principales la constitución del llamado Área de Propiedad Social (APS), creada a través de la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y la conformación de un sistema de participación popular que trasladara el poder político de las manos de la clase dominante a la clase trabajadora y para los sectores progresistas de la clase media. Para eso, sería fundamental la conquista de los poderes Legislativo y Ejecutivo con el fin de eliminar los obstáculos a las transformaciones defendidas por la UP. Y ese fue uno de los temas que impregnaron los debates en el interior de la coalición, pues Allende no tenía mayoría parlamentaria.

Los minerales (cobre, hierro, nitrato) eran las principales riquezas del país, pero su explotación estaba en manos principalmente de empresas norteamericanas. En el gobierno anterior, el democristiano Eduardo Frei, tuvo una propuesta de chilenización del  cobre, pero, por innumerables motivos, no hubo avance. La nacionalización sería fundamental para disminuir la dependencia al capital extranjero y debilitar el poder de las oligarquías nacionales. En ese sentido, el primer año de la UP fue marcado por la ofensiva política de la izquierda. En los primeros meses del gobierno de Allende, un conjunto sustancial de cambios se hizo, como, por ejemplo, la nacionalización de grandes monopolios industriales y bancarios y la reforma agraria. Se suma a ello la victoria de la UP en las elecciones municipales de 1971 que representó la aprobación del gobierno. En el mismo año se estableció un acuerdo entre el gobierno y la central Única de Trabajadores(CUT), que versó sobre las formas de participación de trabajadores en la APS. El acuerdo abrió el camino para las discusiones relativas a la gestión participativa en las empresas y contribuyó al surgimiento de nuevas formas de organización de la clase obrera en el sistema productivo.

El clima de avances que marcó el primer año del gobierno sufrió un revés en los meses siguientes, y el escenario de inestabilidad se intensificó. La crisis instaurada fue marcada por altos índices inflacionarios, tanto en consecuencia del aumento del poder adquisitivo de trabajadores como del desabastecimiento resultante del boicot al gobierno. 

Las acciones de sectores de la derecha con intención de deslegitimar el gobierno se realizaron desde los primeros días de la UP. Entre ellos: el asesinato del general René Schneider, cometido por el grupo fascista Patria y Libertad con apoyo norteamericano, la Marcha de las Ollas Vacías, organizada por mujeres de las clases más altas en protesta por el supuesto desabastecimiento que la élite mismo había creado, acciones de boicot a la producción y la creación del mercado paralelo, el embargo económico de EEUU y las importaciones la devaluación de las existencias de los minerales en el mercado internacional, el despido de varios ministros del gobierno de Allende, una huelga de los conductores de camiones que ganó la pertenencia de los sectores empresariales, el intento de golpe de Estado conocido como tanquetazo , hasta el golpe militar que derrocó al gobierno e implementado una brutal dictadura en el país que duró casi veinte años.

Además de las acciones por parte de la oposición, la izquierda chilena presentaba divergencias que se profundizaron en el transcurso del proceso. En la historiografía sobre el tema, las principales diferencias se organizaron en dos polos. Uno de ellos, llamado polo gradualista , que abogaba por la necesidad de una alianza con sectores de la burguesía “progresista”, y el gobierno de la primera etapa de la revolución chilena que debe ser presentado como oligárquica, anti – imperialista y anti – monopolio. Este polo estuvo representada principalmente por el Partido Comunista, por un sector Socialista conectado a Allende y en una fracción del Movimiento de Acción Popular Unificado (MAPU), cuyo insignia fue ” consolidar para avanzar “. Por otra parte, el   polo rupturista  defendió la profundización de los cambios realizados por el gobierno, con base en el fortalecimiento del poder popular y sin una alianza con los sectores medios de la Democracia Cristiana (DC). Entre ellos estaban los militantes de un ala del Partido Socialista y del MAPU, la Izquierda Cristiana (IC) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que a pesar de no formar parte de la coalición defendía un apoyo crítico al gobierno, estaban representados por la consigna ” avanzar sin transar “.

Los desacuerdos se profundizan con el así – llamado Paro de Octubre 1972, una huelga de los propietarios de camiones absorbida por sectores empresariales, que agrava aún más la crisis en el país. Desde la parada del empleador hubo un proceso de profundización de la polarización entre los partidarios y los no – partidarios del gobierno y también una profundización de los desacuerdos entre los representantes de los partidos y movimientos que formaron la propia UP.

Con el paro de octubre y las acciones de boicot a la producción, el gobierno junto a la CUT convocó a trabajadoras y trabajadores para actuar contra los intentos de la derecha de desestabilizar el país y como forma de garantizar la producción, distribución y abastecimiento de la población. Varias agencias de base actuaron en defensa del gobierno, incluyendo las articulaciones de abastecimiento y Precios (JAP), comandos comunales (una especie de coordinador de las demandas de los trabajadores), las juntas de vecinos . Durante este período, para hacer frente a la parada del empleador, los trabajadores formaron los llamados industriales cordones 2, que fueron ocupaciones de fábricas organizadas territorialmente y que tuvieron el papel de mantener la producción frente al boicot realizado por empresarios y presionar al gobierno a avanzar en los cambios. Los cordones se fusionaron las empresas nacionalizadas, los que estaban en el proceso de nacionalización y fábricas ocupadas, donde los trabajadores exigieron su nacionalización en vista de las acciones de boicot a la producción por sus propietarios. El sector gradualista condenaba las ocupaciones de fábricas más allá de aquellas aprobadas por el gobierno alegando que la radicalización del proceso minería la posibilidad de un apoyo de sectores progresistas vinculados al empresariado.El polo  rupturista defendía las ocupaciones como forma de avanzar en las transformaciones propuestas y como expresión real del llamado “poder popular”. Las ocupaciones de fábricas y la formación de cordones transgredían el programa político de la UP, cuyas demandas no coincidían con los ritmos de los cambios propuestos por el gobierno. Allende, tras el paro de octubre, llegó a formar un gabinete integrado también por militares como forma de buscar una salida a la crisis instaurada y fue fuertemente criticado por parte de la izquierda chilena.

El clima de alerta que caracterizó los meses siguientes al paro hasta culminar en el golpe militar de 1973 fue acompañado por una intensificación de las movilizaciones de la izquierda y de sus partidarios, pero también de intentos para destituir al gobierno Allende. La situación casi insostenible, agravada por un intento de golpe por la derecha, el apoyo de Estados Unidos, conocido como tanquetazo, hizo que los trabajadores de los cordones enviaran una carta al presidente Allende alertando sobre la inminencia de un nuevo intento de golpe y la urgencia en prepararse para enfrentarlo. La carta fue enviada seis días antes del “septiembre chileno”, que instauró una dictadura en el país y acabó con el Estado de derecho, reprimiendo fuertemente los movimientos populares y marcando profundamente su historia.

El proceso duró más de quince años y fue marcado por el autoritarismo y las violaciones de derechos humanos que dejaron miles de muertos y desaparecidos, cuyos métodos más brutales de tortura fueron usados ​​como forma de impedir cualquier oposición al régimen.

Los años de la dictadura chilena marcaron un período de profundización de las desigualdades sociales con la implantación y desarrollo de las políticas neoliberales en el país. Además, se buscó desmoralizar y apagar la experiencia de la UP, caracterizándola como un período de desorden, violencia, marcado por el desabastecimiento, cuyo papel del régimen militar sería de “reconstrucción de la patria”. Pero la resistencia se dio de varias formas, desde movilizaciones en oposición a la dictadura hasta la formación de frentes armados que lucharon por su fin.

La experiencia chilena de la UP al valerse de los marcos constitucionales para promover cambios profundos en la sociedad amplió y profundizó también la propia democracia, pero sus esfuerzos fueron insuficientes para impedir las acciones opositoras que culminó en el golpe de 1973. Su gran desafío era realizar cambios tan profundos y estructurales que ponían en jaque el poder de las oligarquías y los intereses del capital extranjero, a través del sistema electoral y de respeto a la institucionalidad.

Como se ha señalado por el historiador chileno Mario Garcés, fue el gobierno de Allende que el país experimentó el período más largo de la movilización social y popular y los principales cambios en las relaciones de poder en su historia 3 . En ese sentido, el golpe de Estado de 1973 fue la manera de borrar la “revolución popular” que venía avecinando y de impedir el avance en las transformaciones que se estaban realizando en el país.

En el período post-dictadura, la transición democrática vino acompañada de los traumas dejados por las violaciones y abusos cometidos en la dictadura y los esfuerzos de reconciliación nacional. Como se señaló Nelly Richard, los gobiernos de transición se caracterizaron por el desplazamiento del foco central de las demandas de verdad y justicia, acordaron construir un acuerdo nacional que favoreció a los narrativas sobre el pasado dictatorial 4.

Por otro lado, las narrativas épicas militantes buscaron resaltar las experiencias de lucha en la UP y de resistencia a la dictadura. Las memorias y las narrativas históricas sobre el período, sin embargo, siguen en disputa, y comprender esas disputas posibilita entender los intereses en juego en el presente. Recientemente, en el país, la derecha volvió al poder, después del último gobierno en 2010, con propuestas que involucra, por ejemplo, el endurecimiento de la ley antiterrorista, que afecta directamente a los movimientos sociales en el país (principalmente indígena y estudiantil).

Los análisis posteriores al proceso se realizaron a lo largo de los años e incluyeron colecciones de textos, libros y artículos publicados sobre el período, con reflexiones de teóricos, militantes e intelectuales. Gran parte de ellas fueron también formuladas por personas que participaron en la experiencia de la UP, por lo que integran memorias individuales y colectivas sobre el proceso. Los estudios presentaron reflexiones de diversos aspectos de la experiencia de la UP e incluyeron también críticas y autocríticas. Algunas de ellas apuntaron que los debates y teorías propuestos en la época estaban más centrados en las discusiones estratégicas, tácticas y programáticas que en el modelo por el cual luchaban. También incluyeron un componente fundamental de la derrota de la UP: las divisiones internas y las divergencias sobre los ritmos y los caminos que debía seguir la “revolución chilena”. Otros análisis destacaron una preocupación del gobierno de la UP centrada más en la coyuntura que en los límites del propio proyecto político. En ese sentido, subrayaron que era necesario elaborar más profundamente debates sobre cómo realizar la transición al socialismo, a través de cambios profundos en la sociedad, que pusieron en jaque la producción capitalista, siguiendo los marcos constitucionales.

Hay una vasta bibliografía sobre la Unidad Popular con diversos análisis sobre las experiencias que compusieron el período, como está arriba citado. En este artículo pretendí abordar algunos de sus aspectos principales y señalar algunas reflexiones que se hicieron sobre un período en el que las clases menos favorecidas se atrevieron a ser protagonistas de su propia historia.

 Los estudios incluyen, además de los análisis y formulaciones teóricas, las memorias de aquellos que participaron directamente del proceso. Las reflexiones y rememoraciones sobre el pasado contribuyen a que los acontecimientos no caigan en el olvido, muchas veces forzado, y posibilitan que, en el presente, las personas puedan ir formando sus propios juicios sobre los procesos históricos. Es una forma de compartir experiencias entre las generaciones. Los conflictos y controversias que involucran los esfuerzos de pensar el pasado permiten que los aspectos de lo que se estudia sean reanudados y debatidos. En ese sentido, las memorias sobre el pasado, incorporadas por la historia, pueden funcionar como espacios de luchas políticas en el presente.

Los estudios y debates sobre el tema no están agotados, por el contrario, el distanciamiento en el tiempo puede traer nuevas reflexiones sobre el pasado, y nuevos análisis están siendo producidos, mostrando la riqueza del proceso histórico que se destacó por su originalidad. No había un paradigma y un modelo a seguir, ya que la UP presentó nuevos caminos teóricos y prácticos. Entre errores y aciertos, buscó construir una sociedad menos desigual y ese es uno de los más importantes legados del período. Las experiencias de luchas y movilizaciones enfrentadas en el período contribuyen fuertemente a pensar proyectos futuros que buscan una sociedad más justa e igualitaria.

bibliografía

FLAG, Luis M. Fórmula Chaos: la caída de Salvador Allende (1970-1973) . En el caso de las mujeres.

BORGES, Elisa Campos. ¡Con la UP ahora somos gobierno! La experiencia de los cordones industriales en Chile de Allende. Tesis de doctorado. Universidad Federal Fluminense, 2011.

GARCÉS, Mario. El Despertar de la Sociedad. Los Movimientos Sociales en América Latina y el Caribe. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Maciel, Aline F. Nosotros Gobierno! Participación y organización de los trabajadores en los cordones industriales de Santiago y empresas nacionalizadas de Tomás durante el gobierno de Allende (1970-1973). Tesis de maestría. Universidad de São Paulo, 2015.

MOULIAN, Tomas. Conversación Interrumpida con Allende. Santiago: LOM Ediciones – Universidad Arcis, 1988.

PINTO, Julio; SALAZAR, Gabriel. La historia reciente de Chile II: Actores, Identidad y Movimiento . Santiago: LOM, 1999.

PINTO, Julio (Orgs.). Cuando Hicimos Historia: la Experiencia de La Unidad Popular. Santiago: LOM, 2005.

Soto, Sandra C. cordones industriales: Formas Nuevas sociabilidad del Obrera y Organización política popular . Concepción: Escaparate Ediciones, 2009.

RICHARD, Nelly. Critica de la Memoria (1990-2010). Ediciones Universidad Diego Portales, 2010, 271 p.

Maravall, José. Las Mujeres en la Izquierda Chile Durante la Unidad Popular y la dictadura (1970-1990) . Tesis de doctorado. Universidad Autónoma de Madrid, 2012.

Aline Maciel es  historiadora  doctorada en el programa de Historia Social – USP

NOTAS

1.

La Unidad Popular fue una coalición de izquierda que venció las elecciones en Chile e integraba las siguientes organizaciones políticas: Partido Comunista (PC), Partido Socialista (PS), Partido Radical (PR), Partido Socialdemócrata (PSD), Movimiento de Acción Popular Unificado (MAPU), Acción Popular Independiente (API), Izquierda Cristiana (IC).

2.

Algunos trabajos tratan específicamente de la temática, entre ellos: SOTO, Sandra C. Cordones Industriales: Nuevas Formas de Sociabilidad Obrera y Organización Política Popular. Concepción: Escaparate Ediciones, 2009 .; BORGES, Elisa Campos. ¡Con la UP ahora somos gobierno! La experiencia de los cordones industriales en Chile de Allende. Tesis de doctorado. Universidad Federal Fluminense, 2011 .; MACIEL, Aline F. ¡Nosotros gobierno! Participación y organización de los trabajadores en los cordones industriales de Santiago y empresas nacionalizadas de Tomás durante el gobierno de Allende (1970-1973). Tesis de maestria. Universidad de São Paulo, 2015.

3.

GARCÉS, Mario. El Despertar de la Sociedad. Los Movimientos Sociales en América Latina y el Caribe. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

4.

RICHARD, Nelly. Critica de la Memoria (1990-2010). Ediciones Universidad Diego Portales, 2010, p. 16.

La experiencia de la Unidad Popular, ocurrida a principios de los años 1970 en Chile, suscitó, en el campo de las izquierdas, innumerables análisis posteriores al período. Los dilemas y enseñanzas sobre una experiencia tan particular y nueva todavía estimula importantes reflexiones para el presente. Principalmente para la actual coyuntura brasileña, que presenta profundos retrocesos a las conquistas de la clase trabajadora y aleja cada vez más la utopía de grandes transformaciones. Sin embargo, revisar un proceso de intensas movilizaciones y cambios permite compartir experiencias históricas que pueden contribuir a las luchas políticas y sociales en la actualidad.

 

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Apuntes sobre las relaciones entre el MIR Chile y el Partido Comunista.

 

 

 

 

Apuntes sobre las relaciones entre el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y el Partido Comunista de Chile.

 

 

Caridad Massón Sena*

 

 

 

El  Partido  Obrero  Socialista  de Chile     fundado     por     Luis     Emilio Recabarren se adhirió a la Internacional Comunista   (IC)   en   1921   y,   al   año siguiente    se    convirtió    en    Partido Comunista. Según un informe de M. A. Komin, representante de la Comintern en América       del       Sur,       el movimiento  obrero  en  Chile era muy unido, tenía un carácter más proletario que en otros países de la región y, al mismo tiempo, varios representantes en  el Parlamento.1  Su línea política se basó en la conquista del poder no por medios insurrecciónales, sino a través de las instituciones democráticas burguesas fundamentalmente.  Es  por  ello  que  en 1924,   se   involucró   seriamente   en   la campaña electoral.2

Durante los años de la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931), el Partido vivió un período de gran represión, sin embargo se convirtió en un actor político con gran arraigo entre los mineros y otros sectores proletarios. Esta es la etapa en que comienza una  relación más directa con   la   IC.       En   ese   contexto   de clandestinidad,  el  Comité  Central  del PCCh se dividió ante la ambigüedad de aquel  gobierno  que  se  movía  entre  las posiciones      anticomunistas      y      los propósitos de modernización económica, desarrollo nacional y medidas a favor de las  capas  más  pobres.  Algunos  de  sus miembros pensaban que el gobierno tenía un carácter   fascista y había que luchar contra  él,  mientras  que  otros  querían apoyar   el   proyecto   corporativista   del presidente. Por su parte, el Secretariado Sudamericano (SSA) de la IC, en un lenguaje que pretendía impedir  la  división,  orientó que  debían  ser  muy cuidadosos con las vacilaciones  y los  elementos dudosos. El secretario del PC Rufino Rosas viajó a Moscú en   busca   de   orientaciones.

¿Debían  pactar  con  la pequeña burguesía para derribar al     gobierno  o combatir solos contra él? Rosas creía imposible que, en esos momentos, se pudiera establecer un gobierno obrero y campesino, por eso sugirió apoyar a la burguesía y enarbolar un plan de demandas  populares  inmediatas.  La  IC no  dio  mucha  importancia  a  lo  que

 

2   Eugenia Palieraki, ¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años 1960, Santiago, LOM Ediciones, 2014, p.12.

pasaba en Chile entonces.

 

 

 

 

3 Olga Ulianova, «El PC Chileno durante la dictadura de Ibañez (1927-1931): primera clandestinidad y”bolchevización” estaliniana», en Olga  Ulianova  y  Alfredo  Riquelme  Segovia (eds.),  Chile  en  los  archivos  soviéticos  1922-

1991, t. 1, Santiago de Chile, LOM Ediciones,

2005, pp. 215-232.

 

 

 

 

 

Entre 1928 y 1929, la mayoría de la dirección del Partido estaba en prisión, sus filas desmembradas y con múltiples contradicciones internas. Sin embargo, en

1929 empezó a implementarse la “bolchevización”4   encauzada directamente desde el SSA por el comunista italo-argentino Vittorio Codovilla,   quien   pretendió   llevar   la

dirección del Partido hacia Valparaíso, donde  se  encontraba  el  grupo  liderado por  Galo  González.  En  esa  etapa,  se daban fuertes contradicciones entre Codovilla, representante además de la táctica “clase contra clase”5, y el grupo residente   en   Santiago,   dirigido   por Manuel Hidalgo, el cual era favorable a realizar  asociaciones  con otros  sectores políticos.  Esta  situación  fue  muy discutida  y  Codovilla  desautorizó  las

intenciones de crear un partido legal y a las posiciones hidalguistas, asunto que terminó  con  la intervención  directa  del SSA y las expulsiones de militantes y dirigentes.6

Durante el período que va de la caída de Ibáñez a la formación del Frente

 

 

4  La bolchevización fue una directiva de la IC que en término generales, indicaba a los PPCC que debían adquirir un carácter de masas a través de su reestructuración por medio de células dentro de las empresas, del impulso a la labor en los sindicatos obreros y entre el  campesinado. En cuanto a  la organización  interna,  esta  debía  basarse  en  un fuerte centralismo y una severa disciplina.

5  La política de “clase contra clase” prohibía alianzas con grupos de otras tendencias ideológicas y el trabajo dentro de los sindicatos reformistas y

en los parlamentos burgueses. El frente único solo

se podría concertar con elementos de la base de las organizaciones sindicales y partidistas.

6  Olga Ulianova, «El PC Chileno durante la dictadura    de     Ibáñez    (1927-1931):    primera

clandestinidad y ”bolchevización” estaliniana», en

Olga Ulianova y Alfredo Riquelme Segovia (eds.), Chile en los archivos soviéticos 1922-1991, t. 1, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2005, pp. 233-

258.

Popular en 1936, el Partido osciló entre las actitudes muy radicales y la política de colaboración de clases, a la par que sufrió una grave crisis interna con la escisión de un sector afín al trotskismo.

Al gestarse el golpe de Estado de

1932 y la proclamación de una República Socialista, la dirigencia comunista trató de  instaurar  una  dictadura  del proletariado basada en los soviets. Ello sembró  mucha  confusión  en  su militancia.  Posteriormente  en  julio  de

1933 dio un giro importante al pasar a otra estrategia basada en la revolución democrática burguesa, agraria y anti- imperialista,  que  facilitaba  alianzas  de con otras clases y frentes amplios. Pasó a considerar a la burguesía nacional como el principal aliado del proletariado, cuya tarea   iba   a   ser    el    desarrollo    del

capitalismo. Lucharían juntos contra tres enemigos esenciales: el imperialismo estadounidense, el latifundio y la oligarquía nacional. Se adoptaba así una línea más moderada, alejándose del izquierdismo y el sectarismo.

La   política   de   Frente   Popular, adoptada por el VII Congreso de la IC en

1935, ya era conocida en Chile y su aplicación tenía por objetivo impedir el desarrollo del fascismo; frenar la fuerza

de la derecha; unir a la clase obrera con las clases medias; impulsar la liberación nacional, la industrialización y la modernización del país. Ella permitió crear una coalición que eligió como presidente al político del Partido Radical, Pedro Aguirre Cerda, en 1938, quien organizó su gabinete acompañado de socialistas y democráticos, pero exceptuando a los comunistas.

Aquella táctica   frentepopulista resultó positiva en lo inmediato. El PC logró aumentar sus votos parlamentarios y hasta el nombramiento de tres ministros más adelante. A largo plazo quedaron beneficios en los sectores de educación y salud y la experiencia de aquel esfuerzo democrático. Sin embargo, la guerra fría impuso un realineamiento gubernamental contra los comunistas. Estos fueron desalojados del gobierno y su organización declarada ilegal por la Ley de Defensa Permanente de la Democracia en septiembre de 1948.

En las circunstancias descritas se produjo un repliegue combativo y se formaron dos tendencias en el seno partidista: una minoritaria sostenida por Luis   Reinoso   orientada   a   la   lucha armada,  cuyo  el  objetivo  era  implantar una democracia popular; y otra mayoritaria sostenida por el Secretario General, Galo González, que impulsaba un Programa de Emergencia para poder unificar   las   fuerzas   de   oposición   y realizar la revolución democrática- burguesa. Las desavenencias entre González y Reinoso acabaron resolviéndose  con  la  expulsión  de  este

último.7

Ante la proximidad las elecciones presidenciales de 1952, muchas organizaciones y dirigentes políticos trataron de buscar apoyo del PC para los comicios. En su novena Conferencia, este adoptó la línea de Frente de Liberación Nacional, la tesis de un gobierno de coalición amplia, capaz de llevar adelante la revolución democrático-burguesa. La misma  tenía  similitudes  con  las anteriores, pero entre sus especificidades estaba  la  pretensión   de   alianzas   con

 

 

7  Manuel Loyola T., «“Los destructores del Partido”: notas sobre el reinosismo en el Partido Comunista de Chile», Revista Izquierdas, a. 1, n.2, en

 

http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2011/07/Rei nosismo.pdf, consultado diciembre de 2014.

algunos  sectores  de  la  burguesía,  pero con hegemonía obrera y la adopción de la vía pacífica como medio para hacer las transformaciones. El XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética aprobó  a  nivel  internacional  dicha política.

Según Luis Corvalán, secretario general del Partido, la vía pacífica no estaba necesariamente vinculada a las elecciones, era una lucha de masas para acceder pacíficamente al poder de distintas maneras. Una de ellas podría ser la  elección  del  Presidente  de  la República. Además la misma no excluía

totalmente las acciones violentas.8 Los comunistas consideraban que la contradicción principal en la sociedad chilena se reflejaba en dos bloques: el pueblo que incluía prácticamente a toda

la  sociedad  y  el  poder  económico  y estatal, o sea, los latifundistas y la burguesía monopólica. Consideraban ineludibles la modernización y democratización para llegar al socialismo a través de la democracia. Esa política fue revalidada en 1962 y, a la derrota del socialista Salvador Allende en las elecciones de 1964, el PC de Chile inició la ampliación de sus coaliciones para los próximos sufragios.

El tema de la vía pacífica se situó en el centro de la polémica en los años

  1. En América Latina tuvo además sus peculiaridades por las influencias de la Revolución Cubana, la teoría del foco guerrillero defendida por Ernesto Che Guevara y las ideas Mao Tse-Tung. El triunfo en Cuba impulsó a que desde la URSS se  elaboraran nuevos conceptos

 

 

8 Luis Corvalán, Los comunistas y el MIR, 15-12-

1970,                   en         http://www.socialismo- chileno.org/apsjb/1970/Corvalan%20los%20com unistas%20y%20el%20Mirdic70.pdf,  consultado en diciembre de 2014.

 

 

 

 

 

como  el  de  Estado  Nacional Democrático, en el cual el liderazgo no debía corresponder al PC en particular, sino a las fuerzas progresistas de cada nación.   Precisamente en esa etapa se fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) el 15 de agosto de

  1. Sus miembros salieron  de varios grupos  de  izquierda:  trotskistas, disidentes  socialistas,  maoístas, militantes expulsados del PC, anarco- sindicalistas y cristianos de izquierda. El trostkista     Enrique  Sepúlveda  fue  su

primer secretario general.9

Para  la  investigadora  griega Eugenia Palieraki, los orígenes del MIR hay que buscarlos en el contexto de la historia de la izquierda chilena durante las décadas del veinte y del treinta del siglo pasado. Los políticos, dirigentes de izquierda y sindicalistas que se reunieron para formarlo servirían de puente entre aquella y la joven generación de los sesenta, núcleo que asumiría la dirección del movimiento.

 

[…] Sólo las trayectorias militantes y las motivaciones políticas de los fundadores del MIR pueden aportar respuestas, ya que –salvo algunas excepciones– habían sido militantes sindicalistas o de izquierda mucho tiempo antes de crear el movimiento. Por lo tanto, su acción política no dependió tanto de unas determinadas condiciones económicas y sociales como  de  un  compromiso  militante

 

 

 

 

 

 

9E u g e n i a P a l i e r a k i ,   “ L a   o p c i ó n   p o r   l a s a r m a s .  N u e v a  i z q u i e r d a  r e v o l u c i o n a r i a  y v i o l e n c i a     p o l í t i c a     e n     C h i l e     ( 1 9 6 5 –

1 9 7 0 ) ” , P o l i s ,  19, 2 0 0 8 ,  P u b l i c a d o  e l  2 3 j u l i o  2 0 0 8 ,     h t t p : / / p o l i s . r e v u e s . o r g / 3 8 8 2 , c o n s u l t a d o d i c i e m b r e d e 2 0 1 4 .

personal o generacional de larga data

[…]10

 

Como hemos analizado Luis Reinoso, expulsado del PC por promover la lucha armada,  había desarrollado una visión  crítica  con  respecto  a  las relaciones entre ese Partido y la URSS, al tiempo  que  simpatizaba  con  los principios de la Revolución China y la teoría maoísta de las “dos piernas”, que le otorgaba un rol esencial a los campesinos como fuerza revolucionaria. Algunos de sus seguidores contribuyeron a la formación de un pequeño aparato militar y fomentaron sus ideas dentro del MIR.

También Clotario Blest, el experimentado líder sindicalista, se unió al MIR y tras una visita a Cuba, invitado por  el  Comandante  Guevara,  radicalizó su posición. Él provenía de la corriente del cristianismo social. Pensaba que la moral constituía un elemento central de la identidad de la izquierda, tenía desconfianza en los partidos y era partidario de la unidad de todos los revolucionarios, la acción directa y la insurrección  de  los  trabajadores  de  las

ciudades.11

Un grupo de jóvenes hizo suyas aquellas ideas. Dentro de ellos Miguel Enríquez  y  sus  partidarios,  a  quienes había impactado mucho la experiencia cubana. Antes habían pertenecido al Partido Socialista y a Vanguardia Revolucionaria Marxista. Después del Segundo Congreso del MIR realizado en

1967,   los   trotskistas   abandonaron   o fueron expulsados de la organización. Entonces    estos    muchachos    ganaron

 

 

10  Eugenia Palieraki, ¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años 1960, Santiago, LOM Ediciones, 2014, p.11.

11 Ibídem.

 

 

 

 

 

posiciones    y    Enríquez    asumió    su secretaría general.

Paralelamente, la falta de apoyo del Partido  Comunista  Boliviano  a  la guerrilla del Che y el respaldo del PCCH

generaciones de militantes del PC. Por tanto, el peso de la tradición familiar es un factor a tener en cuenta para explicar por qué apenas hubo jóvenes militantes del PC que

12

 

a la invasión soviética a Checoslovaquia provocó  un  gran  desencanto  entre muchos jóvenes militantes chilenos y un parte de ellos se unió al Movimiento.

En  definitiva,  desde su  fundación las relaciones entre el MIR y el PCCH fueron muy conflictivas.  El  MIR  había intentado, en un primer momento, acercarse al Partido, pero ante su desconfianza hacia los miristas, cambió de posición,  y comenzó  un  proceso  de críticas recíprocas. En criterios de Palieraki:

eligieran al MIR como opción.

 

Ambas organizaciones compitieron en la búsqueda de nuevas afiliaciones entre la juventud Sus programas se excluían mutuamente, por lo que si un militante se decidía por el PC o por el MIR, ello implicaba rechazar al otro. Con la entrada de nuevos militantes, la dirección pasó a manos de Miguel Enríquez. Y es importante destacar como la influencia de los cristianos se fue haciendo mayor, cuando un grupo de jóvenes   de   la   DC   se   incorporó   al

13

 

 

[…] la transición de un comunista al MIR podía ser interpretada por el militante como una ruptura violenta de su trayectoria, lo que no era el caso de los democratacristianos o de los católicos. La adhesión a la Democracia Cristiana o la pertenencia a una organización juvenil católica estaba, ante todo, motivada  por  consideraciones éticas.  En  cambio,  la  adhesión al Partido Comunista comportaba una sólida formación teórica marxista y la adhesión a unos principios ideológicos concretos. Por lo tanto, la transición a otro partido de izquierda que tenía desacuerdos teóricos con el PC podía ser visto como una ruptura radical con la militancia comunista. La segunda razón era la tradición política familiar. La DC era un partido relativamente nuevo y, por consiguiente, carecía de fidelidades partidistas intergeneracionales. Los jóvenes  militantes  comunistas,  en

Movimiento.

Durante las sesiones de su XIV Congreso, el PCCH buscó la unidad entre obreros, campesinos, capas medias, pequeños  y medianos productores  y en un Manifiesto al Pueblo consideró que dentro del Partido Radical y la DC también podían encontrarse sectores populares. En consecuencia ayudó a fundar la Unidad Popular (UP), en la cual también tomaron parte socialistas, radicales, social-demócratas, ibañistas, demócratas-cristianos y miembros del Movimiento de Acción Popular Unitaria. Con un programa de gobierno antimperialista y antioligárquico, la Unidad Popular declaró su candidato presidencial al socialista Salvador Allende.

En tanto el MIR realizaba sus primeras  acciones  armadas  en  junio  de

1969 al asaltar varios bancos. Luego de algunas polémicas sobre la pertinencia de una guerrilla rural, Movimiento focalizó

 

cambio,  provenían  con  frecuencia                                                        

 

de   familias   de   larga   tradición partidista, familias con dos o tres

12 Ibídem, pp. 221.

13 Ibídem.

 

 

 

 

 

sus  combates  en  el  sector  urbano,  con poca influencia entre el campesinado y los obreros.

Según Pascal Allende, quien fuera posteriormente   secretario   general   del MIR y por revelaciones de la hija de Salvador Allende, en plena campaña presidencial el candidato de la UP realizó una reunión secreta con Miguel Enríquez. Este le explicó que el MIR había dejado en libertad a sus militantes para que decidieran votar o no por su candidatura y  que  estaba  preocupado  por  su seguridad. Salvador le pidió que detuvieran las acciones armadas para no perjudicar su campaña y aceptó que militantes miristas formaran el Grupo de Amigos     Personales     para     que     lo

protegieran.14

El triunfo de la Unidad Popular en septiembre de 1970 constituyó la plasmación de la política del PCCh. Por primera vez, una coalición de izquierda gobernaba ciertamente, aunque no tenía todo el poder. Sus medidas más importantes fueron la nacionalización de ramas básicas de la economía, la expropiación de los monopolios y la banca, la liquidación del latifundio, la implementación de la Reforma Agraria, la atención a los reclamos de los trabajadores, el mejoramiento de las condiciones de las condiciones de vida de los sectores más pobres.

Con  el  ascenso  de  Salvador Allende a la silla presidencial, el MIR suspendió sus operaciones armadas, abandonó la clandestinidad y trató de insertarse a la vida política a través de los Frentes  Intermedios de  Masas. Además colocó su estructura militar a disposición

 

14  Andrés Pascal Allende, “El MIR y Allende”, Punto Final, n. 665, 26 de junio de 2008 en http://www.puntofinal.cl/665/mir.phpPunto final, edición 665 (26 de junio-10 de julio 2008)

de su seguridad. Pocas semanas después de haber asumido,  se produjo  un altercado entre el MIR y el PC en la ciudad de Concepción, durante el cual murió un mirista. El Presidente intervino personalmente  exigiendo  a  la  dirección del Partido que dialogara con el Movimiento para impedir nuevas pugnas. Ante esa situación, el secretario General del PC Luis Corvalán declaró públicamente el 15 de diciembre de 1970 que el MIR tenía una concepción completamente  diferente  a  los comunistas sobre las formas de lucha revolucionaria, sin embargo había comprendido el rumbo que debía seguir la revolución chilena y estaba apoyando al Gobierno  Popular. Por lo tanto, creía que se iba a dar “una suerte de entendimiento” entre ambas organizaciones, aunque subsistían diferencias en muchos aspectos y la lucha ideológica continuaría en un plano más

fraternal.15

A  finales  de  ese  año,  se  produjo una amnistía presidencial para los miembros del MIR y posteriormente se le ofreció a Miguel Enríquez que ocupara la cartera de Ministro de Salud, quien no aceptó alegando que no creía posible llevar a vías de hecho los cambios revolucionarios   a   que   aspiraba,   por

medios institucionales.16

Los partidarios de la Unidad Popular, que en el momento en que Allende fue elegido eran poco más de un tercio de la sociedad chilena, fueron aumentando su volumen hasta llegar al

43,85% en las elecciones parlamentarias

 

 

15Luis Corvalán, Los comunistas y el MIR, 15-12-

1970,                   en         http://www.socialismo- chileno.org/apsjb/1970/Corvalan%20los%20com unistas%20y%20el%20Mirdic70.pdf,  consultado en diciembre de 2014.

16 Pascal Allende, obra citada.

 

 

 

 

 

de 1973; sin embargo,  la oposición (la Democracia Cristiana y el Partido Nacional) unieron sus fuerzas formando la Confederación de la Democracia (CODE), que aumentó la polarización del país.

de los partidos de toda la Izquierda, cuando miles de hombres y mujeres del pueblo rodearon el palacio de La Moneda para defender al compañero presidente y exigir castigo a los golpistas.” Pero,

 

En mayo de 1972 se realizaron varias conversaciones entre el MIR y la UP, que fueron ineficaces, según criterio de Pascal Allende. Posteriormente, en el mes de julio, el MIR y todos los partidos de la Unidad Popular, con la excepción del Comunista, convocaron a una asamblea popular en Concepción, y ello provocó el crecimiento de las tensiones con el Presidente.

 

El 5 de agosto la policía de Investigaciones  -que  estaba encabezada por dirigentes comunistas y socialistas partidarios de reprimir al MIR- allanó el campamento Lo Hermida -donde la influencia mirista era muy fuerte- y dispararon sobre los pobladores que se resistieron a la incursión policial, matando e hiriendo a varios de ellos. El MIR advirtió al gobierno que si no detenía la ofensiva represiva usaría las armas de que disponía  para  defenderse.  Una  vez más, el presidente Allende intervino para evitar el conflicto […]17

 

Por otra parte, la derecha antigubernamental iba tomando fuerzas y en octubre de 1971 realizó un paro patronal.  Los  medios  imperialistas estaban dando apoyo a la oposición más reaccionaria y particularmente a sus elementos  dentro  de  las  Fuerzas Armadas.  Cuando  en  junio  de 1973  se produjo   el   intento   de   levantamiento militar -cuenta Pascal Allende- “las banderas  rojinegras  del  MIR  ondearon

[…] ni el MIR se decidió a repartir las

armas al pueblo […] por temor a provocar un enfrentamiento con el gobierno y dividir el movimiento popular, ni el gobierno aprovechó esta victoria para intervenir dentro de las FF.AA (…) A partir de entonces, el inmovilismo del conjunto de la Izquierda y del gobierno creció, junto con la desmoralización y el temor, en el movimiento de masas.18

 

Aunque el presidente Allende intentó una salida política institucional, convocando a un plebiscito, ya el golpe era imparable. La mañana del 11 de septiembre, Miguel Enríquez y Allende se comunicaron por última vez. Miguel le ofreció  el  apoyo  de  combatientes  del MIR   para   proteger   su   salida   de   La Moneda y continuar la resistencia en los barrios populares. Allende no aceptó y le mandó  a  decir:  “Yo  no  me  muevo  de aquí, cumpliré hasta mi muerte la responsabilidad que el pueblo me ha entregado.      Ahora      es      tu      turno , Miguel…”19

18 Ibídem. Los propósitos del Partido Comunista al involucrarse en el proyecto de la Unidad Popular no estaba tratando de  iniciar  una  lucha  por  el  socialismo, sino de conseguir objetivos antimonopolistas,     antilatifundistas     y Democracia  Cristiana.  Mientras  que  el MIR,   que   reconocía   teóricamente   la necesidad   de  atracción   de  las   clases junto a la bandera chilena y las banderas medias, en la práctica no se mostró dispuesto a hacer concesiones para conseguirlo: su proyecto de alianzas era esencialmente  entre  obreros  y campesinos con las capas pobres del campo y la ciudad. Así pues, el PCCh y el MIR fueron las dos organizaciones que más claramente muestran su desacuerdo sobre la concepción del poder popular y los  dos  proyectos  de  la  izquierda  más                                                        

 

17 Pascal Allende, obra citada.

19 Ibídem

 

 

 

 

 

 

contrapuestos.20

Los Cordones Industriales –nos analiza Luis Corvalán- surgieron, por iniciativa del MIR y de un sector del Partido Socialista en 1973 y fueron proclamados como órganos de poder alternativo. El PC los objetó al comienzo. Después de varias conversaciones, socialistas y comunistas llegaron a la conclusión de la necesidad de apoyar dichos cordones, para darles el carácter proletario y que no órganos paralelos, ni opuestos a la Unidad Popular.   El MIR que fue uno de las organizaciones más activas dentro de los Cordones, sin embargo tenía una visión totalmente diferente, pues los consideraba un poder autónomo   e   independiente,   en   lucha contra el Estado burgués y sus instituciones.    Por eso su línea de orientación era construir un poder dual que abriera paso a un Estado proletario.21

Según el criterio del estudioso francés Franck Gaudichaud, en busca de la moderación para aplicar el programa de la Unidad Popular, el Partido Comunista desempeñó un papel esencial. Sus  objetivos  eran  garantizar  la estabilidad del Gobierno y no asustar “a la  burguesía  nacional”.  Y  a  la  larga,impuso una hegemonía sobre el gobierno con el lema “Consolidar para avanzar”. Es por eso que Orlando Millas, ministro comunista,  llamó  a  devolver  las industrias ocupadas por sus obreros  y el PC frenó la constitución del “poder popular” (en particular los Cordones Industriales).  Mientras  que  la  posición del MIR fue más radical: entregando un apoyo crítico al gobierno y pronunciándose por un “poder popular alternativo” al Estado burgués. El Frente de Trabajadores Revolucionarios (tendencia sindical  del  MIR), criticó  el “control burocrático” de la UP sobre el movimiento obrero.

 

 

20 Jesús Sánchez Rodríguez, Reflexiones sobre la revolución                       chilena,                       en http://www.rebelion.org/docs/52569.pdf, consultado en diciembre de 2014.

21 Ibídem.

 

Pero la mayoría de este sector político continuó dependiente de las iniciativas gubernamentales y no logro ocupar un espacio político copado por los dos grandes partidos del movimiento obrero (el PC y el PS). Además, el MIR chileno adopto en algunas ocasiones posicionamientos infantiles, producto de su desesperación por tratar de tener más influencia en una clase obrera que tenía depositadas       mayoritariamente  sus esperanzas en el gobierno. 22

Si  bien es  cierto  que el  gobierno Allende no capituló ante la reacción, ocurrió otra de las posibilidades previstas por el MIR, el golpe de Estado, que encontró a la izquierda dividida y desorganizada, por lo cual no pudo emprender  una  resistencia  popular masiva. En esas circunstancias y consecuente con sus principios, el MIR decidió  que  sus  miembros  no  debían asilarse, sino presentar una batalla frontal contra la dictadura pinochetista.

Como hemos señalado, tanto el Partido Comunista como el MIR fueron actores  políticos  importantes  durante el período  de  la  Unidad  Popular. Fatalmente, siendo ambas organizaciones de la izquierda política, no pudieron concertar   un   compromiso   de   lucha común,  pues  primaron  por  encima  de todo las divergencias de tipo estratégico- táctica que cada una enarbolaba. El costo político de esta situación fue altísimo. La reacción arremetió contra el pueblo chileno y, en especial, contra sus organizaciones representativas. Los partidos tuvieron que pasar a la clandestinidad, miles de sus integrantes fueron asesinados, torturados, encarcelados o tuvieron que salir del país y se instauró una tiranía, cuyas secuelas aún pueden verse en la sociedad chilena.

 

 

 

 

22 Franck Gaudichaud, “Pensar las alternativas yel socialismo en la América latina del siglo XXI”, en http://www.nodo50.org/cubasigloXXI/congreso0

4/gaudichaud_290204.pdf,  consultado  el  9  de febrero de 2015, p. 6.

 

 

 

 

 

 

 

Este texto forma parte del libro de Rosario Alfonso Parodi y Fernado Luis Rojas López (comp.), Ahora es tu turno Miguel. Un homenaje cubano a Miguel Enríquez, Instituto Cubano de Investigación Cultura Juan Marinello, La Habana,

2015, pp. 77-86

Ver

https://www.cepchile.cl/cep/site/artic/20160304/asocfile/20160304095103/Ind-Gral_LaIzquierdaChilena.pdf

 

RÁPIDAS REFLEXIONES ( en clave política) A PROPÓSITO DE UN PROGRAMA DE TV, LA HISTORIA Y LA MEMORIA Sergio Grez Toso

La noche del 17 de septiembre de 2008 cientos de miles de telespectador
es siguieron expectantes el desenlace del programa “Grandes Chilenos de Nuestra Historia”del Canal estatal Televisión Nacional de Chile (TVN). La versión original de este programa, “Great Britons”, ha tenido 18 réplicas en el mundo: en Gran Bretaña los televidentes eligieron como “el más grande” al ex primer ministro conservador Winston Churchill; en Estados Unidos, al ex presidente Ronald Reagan; en Alemania al canciller de la post-guerra mundial Konrad Adenauer; en Francia al general y exPresidente de la República Charles De Gaulle; y en India, a la religiosa Teresa de Calcuta
.
La versión chilena de este programa -adaptación de una licencia de la cadena británica BBC (British Broadcasting Corporation)- provocó grandes controversias. Desde los más variados sectores se formularon críticas los procedimientos de selección de los personajes, sus contenidos, la falta de profundidad en el tratamiento de los temas, la frivolidad “mediática” o “farandulesca” con que fueron tratados los problemas históricos, la mezcolanza de figuras de distintas áreas (héroes guerreros, políticos, artistas, etc.), el sistema de votación y, sobre todo, la validez del “veredicto popular”como criterio de legitimidad histórica
1
.
Para realizar la selección previa de personajes el canal estatal convocó una comisión asesora compuesta de dieciocho intelectuales, quienes designaron a 60 personajes ya fallecidos. A partir de esa muestra extensa, estudiantes y profesores de enseñanza básica,media y superior de todo el país escogieron diez nombres como finalistas. En una tercera etapa el concurso se abrió a todos quienes quisieran participar. Las votaciones del público se extendieron desde el 8 de julio –fecha de inicio de las transmisiones semanales de documentales con la vida y obra de los personajes en competencia- hasta el 17 de septiembre, última emisión en la que se dio a conocer el resultado del concurso.
Varios cientos de miles de “electores” expresaron sus preferencias a
través de la telefonía y porInternet (cada persona podía votar hasta tres veces por día).
.
1
En mi opinión, por sus relevantes aportes en el plano de la cultura, de la política o de la organización social,podrían haber figurado en la lista de “finalistas”
personajes como Benjamín Vicuña Mackenna, José Manuel
Balmaceda, Luis Emilio Recabarren y Clotario Blest,
entre otros. En cambio, a pesar de su fulgor, Lautaro, el
jefe mapuche que resistió brillantemente la invasió
n española en el siglo XVI, difícilmente podría ser
considerado como “chileno”. En aquella época Chile
era solo una expresión geográfica, no existían los
“chilenos”. Solo una alambicada operación historiográfica y política del siglo XIX, al servicio de la construcción imaginaria de la “chilenidad”, lo ha incluido como parte de esta nacionalidad. Lautaro era mapuche, no chileno, y así lo recuerdan los integrantes actuales de ese pueblo originario.
Durante las últimas semanas se estableció una cerrada competencia entre los partidarios de los dos personajes que se vislumbraban como los posibles vencedores: el capitán de Marina Arturo Prat Chacón, héroe de la Guerra del Pací
fico, y el ex Presidente socialista Salvador Allende Gossens.
Aunque en cierto momento Prat parecía seguro vencedor porque aventajaba a Allende por 8% o más de los sufragios del público, la distancia entre ambos personajes se fue acortando progresivamente. Los cómputos que entregaba TVN reflejaban que en los últimos días una ventaja ínfima separaba a ambos personajes: en un momento aparecía Prat a la cabeza del concurso, poco después Allende, y así sucesivamente. Finalmente, la noche del 17 de septiembre –cuando se iniciaban los largos festejos de Fiestas Patrias- la conductora del programa televisivo anunció el estrechisimo resultado definitivo de los más de cuatro millones de votos emitidos por los televidentes: Salvador Allende 38,81%, Arturo Prat 38,44%.
Luego venían, muy abajo, en orden decreciente: el sacerdote jesuita Alberto Hurtado,declarado santo por la Iglesia Católica; el cantautor Víctor Jara, torturado y asesinado pocos días después del golpe de Estado de 1973; el político y guerrillero independentista Manuel Rodríguez;el militar y cabeza de uno de los primeros gobiernos patriotas durante la “Patria Vieja”, José Miguel Carrera; el jefe mapuche Lautaro; los poetas Pablo Neruda y Gabriela Mistral, ambos ganadores del Premio Nobel de Literatura; y, finalmente, cerrando la lista de “elegidos”, la cantautora popular Violeta Parra.
La victoria simbólica de Allende pocos días después de cumplirse 35
años de su muerte y en el año del centenario de su nacimiento, causó un impacto innegable.
Rápidamente los medios de comunicación difundieron la noticia por todo el mundo y las reacciones de partidarios y detractores del que fuera la principal figura de la izquierda chilena del siglo XX no se hicieron esperar. Unos festejando esta victoria simbólica, otros restándole validez, importancia y legitimidad.
Más allá de las múltiples interpretaciones que pueden hacerse sobre este programa
de televisión, en tanto ciudadano e historiador, debo constatar con preocupación el gran abismo que separa al grueso de la comunidad de los historiadores de las preocupaciones y sensibilidades ciudadanas respecto de la Historia y de los problemas históricos.
Aunque es evidente que esta “votación popular” no podía constituirse en un “tribunal de la Historia” (porque los juicios históricos son por definición cambiantes y porque es evidente que todos los televidentes no disponían de los elementos para emitir opiniones bien informadas), creo que en torno a este programa se generó una situación interesante en términos de lo que se ha denominado la “batalla por la memoria”.
Los diez personajes seleccionados por profesores y alumnos de la enseñanza media y universitaria ponen en evidencia el desfase existente entre la historia oficial (omnipresente en los manuales escolares, en los medios de
comunicación de masas y en la historiografía tradicional), por un lado, y la memoria
popular, por el otro. Grandes íconos de esa enseñanza, símbolos de una visión de
Estado y sociedad, no fueron considerados por nuestros conciudadanos llamados a constituirse en jurados.
Los sectores más conservadores de la sociedad chilena vieron con sorpresa y
malestar que en esa selección final no quedaron figuras como Bernardo O’Higgins, Diego
Portales, Manuel Montt, Arturo Alessandri Palma, Carlos Ibáñez del Campo o Augusto
Pinochet, “padres fundadores” o “refundadores” de la institucionalidad nacional, siempre al amparo de la fuerza armada.
Sobre este punto cabe agregar que prácticamente todos los
elegidos, a pesar de sus grandes diferencias, tienen en común el ser personajes caracterizados por la firmeza de sus convicciones, su honestidad, el heroísmo o la sensibilidad artística y, en muchos casos, un final digno a la vez que trágico.
En este sentido, las más altas mayorías de este programa de televisión deben ser interpretadas como el reflejo de cierta legitimidad histórica en la conciencia
de los chilenos de comienzos del siglo XX.
El triunfo de Allende significa, entre otras cosas, que la sistemática labor de
desprestigio y denigración de su figura realizada por la dictadura
y las fuerzas sociales y políticas que le dieron sustento, así como el ocultamiento vergonzante de su obra que han realizado las fuerzas en el gobierno desde 1990, no han dado resultado.
Allende ganó a pesar del muy deficiente programa que le consagró TVN en el marco de este concurso.
Dicho programa fue el resultado de una cuidadosa operación política destinada a proyectar una imagen edulcorada del líder socialista, acorde con las necesidades políticas actuales del bloque en el gobierno.
Así, por ejemplo, se hizo un sugerente silencio sobre la campaña
presidencial de 1964, ganada por Eduardo Frei Montalva con el apoyo de la dere
cha, el concurso millonario de los Estados Unidos y una campaña del terror contra el “comunista Allende”. Es evidente que para la Concertación gobernante, especialmente para la Democracia Cristiana (que no logró colocar a ninguna de sus figuras
entre los “diez grandes”), Allende es incómodo y molesto.
Cabe señalar que, como quedó consignado en un reportaje publicado en
La Nación Domingo (del 14 al 20 de septiembre), el equipo
asesor de estos programas estuvo conformado exclusivamente por historiadores de centro y de derecha de la Pontificia Universidad Católica, y que el programa consagrado a Allende fue revisado tres veces por Daniel Fernández, director ejecutivo del canal estatal, quien diagnosticó que su final era muy “utópico” y “sugirió” un cambio para“contemplar otra visión de la crisis institucional de 1973”. De esta manera, se le agregó elementos que lo“equilibraran”. ¡Una laboriosa construcción a la medida de las necesidades del poder!
Aunque muchos chilenos ignoran aspectos esenciales de su trayectoria,
es evidente que –como dijo el propio Allende en su discurso de despedida- la semilla que él y otros sembraron no ha podido ser arrancada de la “conciencia digna de miles y miles de chilenos”. La actualidad, vigencia y popularidad de Allende en el Chile de nuestros días debe explicarse no sólo por su muerte heroica sino también porque numerosos compatriotas siguen alentando sueños y proyectos de profundo cambio social que rescatan muchos de los elementos del allendismo de las décadas de 1950, 1960 y 1970.
Reconocer o incluso valorar este fenómeno, no implica que los historiadores debamos acreditar los mitos que desde distintos segmentos sociales han surgido sobre la figura de Allende–al igual que sobre cualquier personaje histórico descollante- sino, simplemente, situar los hechos y fenómenos que percibimos en una justa perspectiva que reconoce convergencias, cruces, desencuentros y tensiones entre historia (o más precisamente historiografía), memoria y política
.
Un excelente ejemplo de desmontaje de mitos y manipulación de la realidad histórica por parte de diferentes actores políticos, lo encontramos en el libro de Hermes H.Benítez, Las muertes de Salvador Allende. Una
sus últimos momentos, Santiago, RIL Editores, 2006.
Aunque Benítez es filósofo, en esta obra se revela
como un eximio historiador.
Véase, Sergio Grez Toso, “Historiografía y memoria
De igual forma, el alto score obtenido por Arturo Prat debe ser leído en clave
política. Prat también es una figura heroica, pero a diferencia de Allende, que fue un héroe de la lucha por la emancipación social, Prat es un héroe patriótico en la fase final de la expansión del Estado nacional. Sin haber sido conservador, sino más bien liberal, este oficial de la Armada chilena fue enarbolado en esta votación como el símbolo de los sectores conservadores de nuestros días para evitar un nuevo triunfo, esta vez simbólico, de Allende.
Por Internet circularon profusamente mensajes de sectores
de derecha y de militares en retiro (y al parecer también en servicio activo) llamando a votar por el héroe naval para impedir el triunfo del “marxista Allende”. Esos sector
es conservadores –a diferencia de algunos militantes y académicos de izquierda que mi
raron con olímpico desdén el concurso televisivo- entendieron bien el contenido político del enfrentamiento y movilizaron todas sus fuerzas para ganar esta batalla simbólica.
 A su favor contaban además con la influencia de los manuales escolares donde Prat ocupa un sitial destacadisimo, a diferencia de Allende cuya figura y obra son casi siempre atacadas,deformadas o minimizadas.
Lo ocurrido con este programa televisivo –de una complejidad mucho mayor de que
la que puede reflejarse en estas breves líneas- nos remite ala estrecha relación entre
historia, memoria, ciudadanía y política, a la cual me he referido en otras oportunidades. No obstante el evidente vínculo existente entre estas cuestiones, gran parte de los historiadores de nuestro país son reacios a establecer una relación muy explícita entre ellas, optando por separar la labor historiográfica –concebida como puramente académica y “objetiva”- de sus propias preocupaciones y definiciones políticas y ciudadanas. En ello reside probablemente el desprecio o la indiferencia que manifestaron por el ejercicio de ciudadanía historiográfica
que durante dos meses y medio realizaron cientos de miles de chile
nos,especialmente jóvenes, a través de los medios más modernos y masivos
de comunicación(teléfono, televisión e Internet). Aunque, evidentemente, el juicio histórico de las personases el fruto de muchos elementos condicionantes –como la influencia de la enseñanza escolar, de los medios de comunicación de masas y de las fuerzas sociales y políticas en disputa, además de sus propias experiencias personales y colectivas-ello no invalida las posibilidades de relecturas de la historia que las personas realizan permanentemente en función de los problemas planteados en la sociedad. Estas interpretaciones ciudadanas de la historia pueden o no coincidir con la historia erudita que elaboramos los historiadores (a decir verdad, ello ocurre raramente), pero tienen el valor de constituirse en explicaciones
228. Publicado en formato electrónico, entre otros,
en los siguientes sitios web:
Issue16/esp/v1i16c16.pdf
Sergio Grez Toso, “Historiografía, memoria y políti
ca. Observaciones para un debate”, en
Cuadernos de
Historia,
Nº24, Santiago, marzo de 2005, págs. 107-121. Publ
icado en formato electrónico, entre otros, en:
ntent&task=view&id=630&Itemid=40
ple2/0,1255,SCID%253D21039%2526ISID%253D730
,00.html
Pablo Aravena Núñez, “Historiografía, ciudadanía y
política. Conversación con Sergio Grez Toso”, en
Analecta. Revista de Humanidades,
N°2, Viña del Mar, diciembre de 2007. Versión elec
trónica, entre otros,
en:
2/grez-aravena.pdf
del mundo en las que se apoyan los hombres y mujeres comunes y corri
entes para dotarse
de identidades colectivas y proyectarse hacia el futuro en comunida
d. Pienso que los
historiadores deberíamos asumir a esta realidad en vez de desprec
iarla, tratando de que
nuestra obra sea comprensible y atractiva para sectores mucho má
s vastos que los escasos
contingentes de la cofradía historiográfica y de las disciplinas
aledañas. De esta manera
nuestro trabajo podría aportar a los ciudadanos ciertos elementos d
e reflexión crítica que la
historiografía tradicional, patriótica o institucional es incapaz de proporcion
ar
4
.
Por último, cabe destacar que, pese a los reparos de todo tipo que pueda f
ormular la
academia, el “veredicto” de estos cientos de miles de “jurados
” es coincidente con el juicio
universal de los “ciudadanos de a pie” del mundo entero. ¿Cuál es el “má
s grande de los
chilenos? La respuesta ha sido dada hace mucho tiempo a escala pl
anetaria. ¿Cuál es el
chileno más conocido, valorado y honrado en todo el mundo? ¿Cuál es el más
“universal”?
Basta salir de Chile o simplemente hacer una búsqueda rápida en Int
ernet para saberlo. La
respuesta es aplastante: Salvador Allende Gossens es, en términos
de su impacto y
valoración histórica, “el más grande”, si estoy obligado a ocupar
este término que como
historiador me cuesta mucho avalar. En todo el mundo hay miles de call
es, plazas,
hospitales, monumentos y hasta localidades que llevan su nombre. Igualmente
se cuentan
por miles los libros, artículos y documentales centrados en su vida y
obra. Ninguno de los
otros personajes de la lista del comentado programa de televisión
tiene ese eco universal.
Varios de ellos son conocidos solo en Chile o, a lo sumo, en algunos círcul
os restringidos
de los países vecinos, no solo por una cuestión mediática sino porque su a
cción no tuvo
mayor trascendencia fuera de las fronteras nacionales. A dife
rencia de otros personajes de
la historia nacional y mundial, la figura de Allende no se ha empequeñ
ecido luego del
término de su ciclo vital. Al contrario, se ha mantenido y crecido, a
pesar de la “caída de
los muros” y del “fin de la historia” anunciado por algunos exégeta
s de la sociedad actual.
4
Sobre la historiografía institucional, patriótica
e institucional, véase Marc Ferro,
L’histoire sous
surveillance
, Paris, Calmann-Lévy, 1987. Sobre la relación entr
e historia y política, véase también, Jacques
Le Goff,
Histoire et mémoire
, Paris, Éditions Gallimard, 1988, especialmente pá
gs. 341-352.

Chile. Sobre el gobierno de Allende y el Poder Popular: el libro de Franck Gaudichaud

REVISTA IHU ON-LINE

“Sin dejar de lado tampoco, la interacción con la revolución desde arriba, impulsada por las medidas de Salvador Allende y los partidos políticos de la Unidad Popular. Nos relata con bastante detalle, especialmente los cordones industriales de Cerrillos-Maipú, de Vicuña Mackenna, sin dejar de mencionar a las demás coordinaciones en provincia, en Arica, Valparaíso, Concepción, Osorno, Punta Arenas, entre otras. La lucha de los pobladores y del campamento Nueva La Habana”, escribe Andrés Figueroa Cornejo, luchador social, periodista, licenciado en comunicación social, literatura y lingüística de origen chileno.

 

Franck Gaudichaud es un francés con medio corazón en Chile. De hecho, su compañera y su único hijo, Darío, nacieron en el país del fin del mundo. Master en Historia, Doctor en Ciencias Políticas y militante político y social, es autor de ‘Poder popular y Cordones Industriales’ (Ed. LOM), Operación Cóndor. Terrorismo de Estado en el Cono Sur, Las fisuras del neoliberalismo chileno. Trabajo, crisis de la democracia tutelada y conflicto de clases’ (Ed. Tiempo Robado y Ed. Quimantú), entre otras publicaciones.

Su tesis doctoral para las y los lectores de habla española de ‘Chile 1970-1973. Mil días que estremecieron al mundo. Poder popular, cordones industriales y socialismo durante el gobierno de Salvador Allende’, publicada en el país andino por Ediciones LOM, fue lanzada en la Sala Domeyko de la Casa Central de la Universidad de Chile el pasado 2 de noviembre ‘a tablero vuelto’.

La creatividad popular

Franck Gaudichaud indicó que “el punto de partida del libro fue volver a una historia sobre la cual existe un océano biográfico, pero donde, paradójicamente, queda mucho por investigar. Cuando comencé, lo que más me llamó la atención fue que hay un actor central del proceso muy poco investigado: el movimiento obrero. Hay mucho sobre los partidos políticos, sobre el gobierno, sobre la intervención imperialista, etc. ¿Pero dónde estaban los que hicieron el proceso, los trabajadores, los sindicatos, los territorios y poblaciones? ¿Qué pasaba en las fábricas, en la base? Queda mucho por estudiar sobre lo que ocurrió en las regiones. Yo creo que es uno de ‘los tesoros perdidos de la Revolución Chilena’, estos es, hay que recuperar toda la riqueza de ese período que fue fiesta y drama, pero también fue mucha creatividad popular.”

Durante el lanzamiento, Gaudichaud proyectó explicativamente una serie de fotografías que ilustran los mil días del gobierno de la Unidad Popular, en especial, desde abajo, desde los trabajadores y el pueblo.

“Compañero”

En la presentación, la traductora al español del texto originalmente en francés, Claudia Marchant (co-editora de Tiempo Robado Editoras), señaló que “a través de la traducción de la tesis doctoral de Franck tuve la oportunidad de conocer y entender mejor un texto de mi padre, el filósofo chileno Patricio Marchant, y la importancia y fuerza que le asignó a la palabra ‘compañero’. La fuerza de la dignidad de un momento histórico en el país, vivido por personas comunes y corrientes que no dudan en decir que los años de la Unidad Popular (1970-1973) fueron los más felices, los más plenos, los más importantes. A pesar de las dificultades, de las peleas, del trabajo duro y de la derrota posterior, de la dictadura y de nuestra actual pos-dictadura.

Patricio Marchant escribía en 1989, ‘el régimen de Salvador Allende pudo tener los orígenes sociales, históricos, económicos que se quieran. Pudo tener, y los tuvo, todos los errores que se quieran. Pero para quienes lo vivimos a través de la música de la palabra ‘compañero’, constituyó la única experiencia ético-política de nuestra vida. Esa es la absoluta superioridad moral, ese ser distinto, de otra especie, sobre los que nada supieron de la palabra compañero. Mérito evidentemente no de nosotros, no de nuestra individualidad o de nuestro ser persona. Mérito de esa palabra, de esa música. Música-palabra que no fue inventada por alguien. Música-palabra que dice cuáles eran las fuerzas de ese proceso histórico y nos señalaba sólo eso: la posibilidad de un corresponder a ese proceso. Compañero. Porque una cosa es Salvador Allende, otra esa música ‘Compañero Presidente’, ese fundamento de la grandeza de Salvador Allende. Atenuándose, las desigualdades persistían entre nosotros. Iguales éramos, sin embargo, al saludarnos como ‘compañero, compañeros’. Ese sueño, poco tiempo realidad, convirtió a Chile en un país digno de respeto.’”

“Una memoria para las luchas del presente”

Marchant manifestó que “Es ese país digno de respeto el que Franck nos ofrece hoy. En su trabajo vemos con hechos concretos cómo desde abajo se vivió ese proceso. Repasa los momentos más importantes de la movilización popular, sin por ello dejar de ver sus errores, titubeos y sus dificultades. Sin dejar de lado tampoco, la interacción con la revolución desde arriba, impulsada por las medidas de Salvador Allende y los partidos políticos de la Unidad Popular. Nos relata con bastante detalle, especialmente los cordones industriales de Cerrillos-Maipú, de Vicuña Mackenna, sin dejar de mencionar a las demás coordinaciones en provincia, en Arica, Valparaíso, Concepción, Osorno, Punta Arenas, entre otras. La lucha de los pobladores y del campamento Nueva La Habana, la Asamblea de Concepción en julio de 1972, la Toma de Constitución en febrero de 1973. Las posiciones de los diferentes actores políticos y sociales; los mecanismos de participación desde arriba y desde abajo; los periódicos que salieron a la luz en esos días; la expresión de la lucha cultural e ideológica en curso. Levanta cuadros y lista territorios y su expresión de poder popular; identifica fábricas y dirigentes involucrados, dejando la cancha abierta para todos aquellos que quieran seguir investigando este período. Pero no se trata de episodios aislados, algunos de los cuales han sido tratados con profundidad en otros textos y quedan debidamente referenciados aquí. Sino que el panorama, el paisaje que se dibuja, nos permite tener una visión de conjunto de lo que estaba pasando en los diferentes frentes y lugares. Aunque, sin dudas, como el mismo autor lo ha reconocido, hay territorios menos indagados, entre los que podemos mencionar el campo chileno, las comunidades mapuche y no mapuche asentadas en la pre-cordillera y cordillera, que también tuvieron momentos excepcionales de desarrollo de poder popular, como lo fue el complejo maderero y forestal Panguipulli. Tampoco deja de lado a la oposición y su organización, sus dirigentes y articulaciones. El paro de octubre de 1972 es un momento álgido del texto, así como la forma en que el gobierno y el pueblo movilizado van procesando la embestida patronal. Tampoco se trata de levantar un cuadro heroico de un proceso excepcional. La idea no es construir una memoria y una historia petrificada y despolitizada. Se trata de una memoria para las luchas del presente. No como legado para las nuevas generaciones o no solamente para ello, sino que para hoy, para las y los movilizados de nuestro presente.”

La traductora del texto agregó que “Me imagino que Franck comparte las expresiones de Miguel Mazzeo (historiador, académico y militante político-social argentino) que trabaja el tema del poder popular hoy. Mazzeo escribe que ‘no se trata de que nuestro abordaje esté condicionada por las políticas de la memoria y no por las necesidades inherentes al proyecto emancipador en Nuestra América. Aspiramos a que el régimen de la memoria no se viva como áspera condena. Cuando el pasado es el único lugar del encuentro, o el lugar privilegiado para la realización de nuestros sueños, el presente puede ser el lugar de la pasividad, el fatalismo, la ambigüedad, las querellas superficiales y la mera retórica. Las políticas de la memoria, cuando no promueven síntesis políticas y balances prácticos, cuando opacan el presente y el futuro, pueden terminar como un recurso de las clases dominantes, como un procedimiento destinado a conjurar la praxis emancipadora actual, porque de esta manera instalan en la sociedad la idea de que ese pasado nunca será futuro’.”

Los intersticios de la academia, ventanas abiertas al fragor de las calles

Claudia Marchant comentó que “También podemos destacar las palabras Michäel Löwy en el prólogo del texto de Franck en su edición francesa: ‘es raro leer un libro llevado con tanta convicción en el esfuerzo de dar la palabra a las y los de abajo, en ruptura con las lecturas tradicionales, esencialmente institucionalistas, de la trágica, pero apasionante experiencia chilena. Un trabajo que no esconde su enfoque, su método: analizar los hechos desde el punto de vista de la lucha de clases. Tampoco esconde su empatía crítica con la causa de los vencidos del golpe de Estado militar. Lo trabajadores, los oprimidos y los explotados. Y en particular en este libro, del poderoso movimiento obrero chileno’.

Franck retoma el desafío que tan claramente Luis Martín Cabrera expresa en un texto que Proyección Editores lanzó hace pocos días y que ha copado nuestras últimas conversaciones: Insurgencias invisibles. Dice Luis Martín que ‘los profesores deberíamos salir de nuestras guaridas académicas, al menos de vez en cuando, a trabajar en las comunidades. No para dictar conferencias o para apropiarnos de sus conocimientos y encerrarlos en nuestros papeles. Si no que para intercambiar conocimientos, para socializar nuestros privilegios e insertarlos en una lógica de tiempo y espacios robados. Pensar en los intersticios de la academia, ventanas abiertas al fragor de las calles’.

Mito, realidad y los trabajadores organizados por abajo

Mario Olivares (dirigente sindical, ex militante de los cordones industriales) dijo en la presentación de la obra que “soy un hombre viejo, soy un sobreviviente de esa experiencia. En esa época trabajé en una de esas industrias más o menos emblemáticas de lo que fue el cordón Vicuña Mackenna de Santiago. Entonces yo era dirigente sindical y militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). A mis 66 años, sigo siendo un dirigente sindical activo de los trabajadores de la Viña San Pedro, la segunda vitivinícola de exportación del país que hace parte de la CCU, cuyo propietario es el grupo económico Luksic.

Sobre el libro de Franck, me parece interesante cómo recoge la información. Toma referencias de otros autores que han escrito sobre el proceso de la Unidad Popular y de los cordones industriales. Pero lo que me parece más interesante aún, es que Franck conversa con muchos compañeros como yo, que fueron obreros al interior de las fábricas. Entonces, al leer el libro, uno se da cuenta que el análisis que tenía la conducción de los partidos de izquierda de la época respecto de lo que nosotros estábamos sintiendo abajo, no encaja bien. Allí uno se percata de que existían muchas situaciones que tenían más que ver con mitos que con la realidad. No hay ninguna duda de que el ascenso del gobierno de Allende en Chile provenía del aumento de las luchas populares que venían de muchos años atrás. Pero lo más importante es que cuando adviene la Unidad Popular, más allá de su programa político, creó la expectativa en la clase trabajadora organizada de que era posible iniciar un proceso de transformaciones radicales, de justicia y de igualdad, que apuntaba a la construcción del socialismo. Los dirigentes sindicales por primera vez, comenzaron a tomar confianza en ellos mismos y se empoderaron de su capacidad como trabajadores. Entonces había sectores que criticaban de ‘ultraizquierdistas’ a muchos trabajadores que con su conducta estarían prácticamente ‘poniendo en peligro’ el programa de Allende, en el marco de cómo se avanzaba. En este sentido, mientras se fue agudizando la lucha de clases en la sociedad chilena, naturalmente hubo sectores de la izquierda que radicalizamos nuestras posiciones, incluso más allá de las propias direcciones de esos partidos. Como teníamos a las fuerzas de la reacción, de la burguesía en contra de todo el proceso, nosotros, los trabajadores organizados por abajo, nos impusimos la tarea de crear nuestras propias formas para defendernos de esos embates. Eran formas alternativas bastante básicas. Como era muy fuerte el mercado negro, frente a Cristalerías Chile empezamos a realizar una distribución directa de los productos de las tantas fábricas e industrias de la zona. De las que habían sido estatizadas, como de las que fueron tomadas por los trabajadores. Los trabajadores le habíamos exigido al gobierno de Allende que esas empresas fueran intervenidas y pasaran al control obrero, donde nosotros empezamos a administrar la empresa, por supuesto con un interventor nominado por el gobierno.

Cuando se vino el paro de los camioneros que intentó paralizar completamente al país, nosotros, para evitar que ellos lograran su objetivo, requisamos microbuses en la calle con el fin de llevar y traer a los trabajadores para que las fábricas no dejaran de producir. Claro que estas iniciativas no fueron absolutamente espontáneas. Había direcciones y expresiones de distintos sectores, del Partido Socialista, del MIR, que daban orientaciones de cómo la clase trabajadora debía pasar a la ofensiva.

Cuando yo llegué a la fábrica de muebles a trabajar, además de la explotación brutal, de los bajos salarios, de las ‘ventas negras’ para evitar impuestos, la producción de muebles estaba destinada a los sectores más pudientes y no a los trabajadores. Muchos de mis compañeros vivían en campamentos, en zonas marginales. Entonces cuando nos tomamos la empresa decidimos producir una línea de muebles económicos, dignos, decentes, para los propios trabajadores de la fábrica. También hicimos alrededor de 10 mil linchacos (barra doble de madera) para que se defendieran los compañeros de las fábricas intervenidas y tomadas.

Entre la guerra por la producción y la toma del poder

Mario Olivares, con honesta memoria, informó que “En medio de todo se encontraba la agudización de la lucha de clases y la opinión de sectores de izquierda que querían detener la irrupción de los trabajadores más radicalizados. Nos decían que ‘no querían una guerra civil’, que la única guerra era ‘por la producción’. Nosotros pensábamos en la toma del poder. De esa manera, se formó una dirección político-sindical en el cordón Vicuña Mackenna con las empresas más emblemáticas, salvo las textiles que estaban controladas principalmente por los compañeros del Partido Comunista (PCCh). Y en esa dirección político-sindical nos rotábamos. ¿Qué quiero decir? Que no existía una democracia plena, no era que los trabajadores de base a los que uno representaba elegían a la dirección directamente. Era más bien un acuerdo entre los partidos políticos que teníamos cierta hegemonía en la dirección. Sin embargo, a través de esta instancia, se hablaba de hacer un poder paralelo al poder burgués para intentar dar un salto adelante. Ahora bien, según mi experiencia, yo creo que confundíamos los sueños políticos con la realidad. Se hicieron algunas experiencias que tímidamente tuvieron esa expresión. Por eso el libro de Franck manifiesta lo que yo viví y logra matizar distintas miradas de lo que fue el proceso de una manera coherente e inteligente y sin descalificaciones. Al fin, yo pienso que los sueños no han muerto y sigo peleando.”

Vea también

 

Luchando por mentes y Corazones.Las batallas de la Memoria en el Chile de Pinochet. Steve J. Stern

LUCHANDO POR MENTES Y CORAZONES, LAS BATALLAS DE LA MEMORIA EN EL CHILE DE PINOCHET
Libro Dos de la trilogía La caja de la memoria del Chile de Pinochet 
Steve J. Stern 

 

 

Luchando por mentes y corazones reconstruye la dramática lucha por definir una memoria colectiva durante la dictadura del general Augusto Pinochet. Para ello, Steve J. Stern examina las vivencias de los chilenos en este período y sus formas de interpretar una serie de sucesos que se transformaron en hitos históricos, “nudos de memoria” que incluso hoy dividen a la población.

 

Así, este segundo tomo de la trilogía La caja negra de la memoria del Chile de Pinochet, profundiza en las contradicciones y múltiples matices que se registraban en una sociedad donde era imperativo determinar el recuerdo, el significado y el reconocimiento público de los acontecimientos. Porque frente a quienes recordaban el golpe de Estado y el régimen militar como salvación del caos imperante de la Unidad Popular estaba la memoria de los ciudadanos que experimentaron la dictadura como una violenta ruptura en sus vidas, una herida reabierta constantemente por la detención, ejecución y desaparición de personas. Para algunos esto llegó a ser parte de un pasado que debía ser enterrado y olvidado, mientras para otros, la dictadura todavía era una persecución contra la cual había que despertar y rebelarse.

Polis (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-6568

Polis vol.13 no.37 Santiago abr. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682014000100029

Polis, Revista Latinoamericana, Volumen 13, Nº 37, 2014, p. 533-536

Comentarios y reseñas de libros

Luchando por mentes y corazones. Las batallas de la memoria en el Chile de Pinochet. Libro Dos de la trilogía La caja de la memoria en el Chile de Pinochet

Steve J. Stern

Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2013, 583 págs.

Carlos Durán Migliardi

Universidad Central, Santiago, Chile. Email: cdmigliardi@hotmail.com


¿Qué recordamos cuando miramos al pasado?; ¿cuáles de nuestras vivencias son, para utilizar la jerga de A. Schütz, "esencialmente significativas", y cuáles se diluyen en el puro fluir de la durée?; ¿qué recordamos cuando recordamos?

Al igual como en el caso de la relación entre el individuo y sus vivencias, para los historiadores el tema de la memoria siempre ha sido un objeto difícil, complejo de asir: ¿Tiene algún valor la memoria?; ¿es la memoria una incrustación anómala que impide lo que la vieja historiografía positivista denominaba como “la estricta presentación de los hechos” o, por el contrario, un objeto de estudio digno de la preocupación de los historiadores?; ¿es la memoria, en definitiva, un objeto de preocupación válido para la historiografía?.

Steve Stern, en este segundo volumen de su trilogía “La caja de la memoria del Chile de Pinochet”, se propone tematizar la memoria como un objeto no solo de legítima preocupación para la historiografía, sino que además como un campo de observación que logra relevar de modo privilegiado la carga de historicidad que habita nuestro presente. Desarrollado en torno al objetivo de mostrar la forma en que los “dispositivos de la memoria oficial y contraoficial” desplegaron una desigual lucha por la hegemonía de la mirada sobre la historia  en el contexto de la dictadura chilena durante las décadas de los setenta y hasta 1988,  el libro de Stern ofrece una exhaustiva mirada respecto a los nudos significativos, los significantes claves y los contextos socio-históricos que definieron dicha lucha.

El libro se encuentra dividido en dos partes –“Años fundacionales: la construcción de la caja de la memoria, 1973-982”, y “Luchas por el control: políticas de la memoria como experiencia de masas, 1983-1988”- que, junto con permitir la organización del material presentado y de los tópicos que se tratan en las más de 500 páginas del volumen, permite relevar el carácter central que asumen las variaciones contextuales del período dictatorial en la forma en que los dispositivos de memoria oficial y contraoficial han de enfrentarse a obstáculos, oportunidades y condiciones de emergencia variables y en gran medida contingentes.

En la primera parte del libro el autor relata la configuración de lo que se denomina como los “cuatro marcos de memoria” configurados en el contexto de la primera y más férrea etapa de la dictadura militar chilena. Dos de estos marcos –la memoria como la salvación y la memoria como la caja cerrada- se sitúan desde una memoria oficial que en una primera instancia busca producir un relato de contrastación entre el presente autoritario y el pasado “caótico” de los últimos años de democracia, para luego dirigirse hacia la reivindicación del “olvido” y la necesidad de “superar el pasado traumático” en pos de la construcción del “nuevo futuro de unidad nacional”. Los otros dos marcos, por su parte –la memoria como la “ruptura irresuelta” y la memoria como “la persecución y el despertar”, corresponden a lo que autor denomina como construcciones contraoficiales dadas a la tarea de contrarrestar la hegemonía de los relatos oficiales. Ambos marcos “disidentes” se fueron construyendo a la luz de la centralidad del tema de los derechos humanos y de la resistencia a un régimen cuya sobrevivencia se sostenía sobre la base de miles de víctimas de atropellos a sus derechos fundamentales.

En la segunda parte del libro, intitulada como “Luchas por el control: política de la memoria como experiencia de masas, 1983-1988”, Stern se sitúa en un contexto sociopolítico en el cual la lucha contra la dictadura logra trascender a los estrechos escenarios de la denuncia propios del período anterior. En este contexto marcado por la resistencia activa y organizada con la dictadura de Pinochet, el registro de la memoria pasó a constituirse como un dispositivo consolidado en cuanto a su sentido político, a tal punto de lograr constituirse como una de las herramientas principales de la lucha antidictatorial. Al decir de Stern (p.40), “(…) en la década de los ochenta, las luchas por el control de la memoria rebasaron los límites anteriores y se inscribieron en experiencias sociales masivas: desde las marchas y protestas callejeras que enfrentaron a la aguda represión, hasta las denuncias periodísticas que echaron por tierra los tabúes y la autocensura del pasado, pasando por el resurgimiento del quehacer político, pese a la declaración oficial de su ilegalidad”.

Especialmente interesantes resultan, en la segunda parte del libro, la referencia al rol que los medios de comunicación ocuparon en la pugna por la nominación del pasado y la documentada relación entre el tema de la memoria y la reconfiguración del campo político durante la década de los ochenta. La ampliación de las acciones de denuncia articuladas ahora con un movimiento social que hacía suyo el relato de las violaciones a los DDHH queda vívidamente retratada en la exposición de las acciones de protesta, de las informaciones transmitidas por los medios opositores y del contexto previo al plebiscito de 1988, situaciones en las que la memoria construida en los años anteriores pasó a ocupar un lugar central e imprescindible.

La obra de Stern constituye, sin lugar a dudas, un imprescindible documento para el estudio de la historia reciente de Chile. Pero además, creo que su aporte no solo se encuentra en la maciza recopilación historiográfica lograda, sino que además en la capacidad que el libro tiene para ilustrar a lo menos tres ideas-fuerza respecto al tópico de la memoria y su relación con la historiografía y las ciencias sociales.

En primer lugar, la asociación dicotómica entre memoria y olvido muestra ser una distinción inoperativa. Tal como plantea Stern (p.30), el estudio de la memoria ha de relevar la presencia de “(…) remembranzas selectivas y en pugna, como maneras de darle significado a la experiencia humana y construir la legitimidad desde ella. La dicotomía memoria-olvido es demasiado estrecha y restrictiva, pues tiende a alinear a un grupo de actores con la memoria y a otro con el olvido”. Comprendido esto es como, por ejemplo, puede aprehenderse historiográficamente la memoria “glorificante” del contexto sociopolítico pre-1973, por parte de unos, contrariamente a la afirmación de la necesidad de “olvidar las divisiones del pasado” por parte de otros.

Lo arriba señalado nos conduce a una segunda idea-fuerza expresada en el libro de Stern, referida a destacar lo impropio de la asociación entre las nociones de “memoria” y “verdad histórica”. Lo que los psicoanalistas podrían denominar como “lo real” de los hechos históricos opera en un registro poroso e inaprehensible solo posible de derivar en un relato por medio de lo que Luhmann denominaría como operaciones de “observación de segundo orden”. La memoria histórica, en este sentido, ha de ser comprendida no como la “instancia judicial” de definición sobre “lo realmente acontecido” sino que, por el contrario, como un proceso que se encuentra “en la historia misma”, con todos sus avatares y desventuras.

En tercer lugar, la lectura de la obra que aquí reseñamos manifiesta de modo prístino cómo la memoria no constituye un resultado homogéneo del devenir histórico de las sociedades, sino que más bien un escenario antagónico de pugna por su nominación. Parafraseando una célebre definición acerca de lo político ofrecida por Norbert Lechner, podríamos decir en este sentido que el texto de Stern muestra de qué forma la memoria es el escenario de una lucha “en torno a qué es lo que debemos entender como memoria” o, puesto en otras palabras, referido a “qué es aquello digno de memoria”.

La memoria, así, ha de ser ubicada en el terreno mismo de la política más que en un supuestamente inmaculado lugar extrapolítico de valor universal. Esta naturaleza política de la memoria es, probablemente, lo más destacable del libro de Stern. Desde la pugna por nominar la represión dictatorial de la década de los setenta como “una práctica sistemática de violación de los DDHH” hasta la resignificación del “once” desde “lo que era un símbolo público de celebración (a) un símbolo público de protesta y discordia” (p.462), el libro va graficando la forma en que las victorias y derrotas políticas de la oposición a la dictadura eran, en gran medida, el efecto de una lucha política situada en el terreno mismo de la memoria.

Pero es precisamente en este lugar destacado que ocupa la relación entre política y memoria en donde aflora lo que constituye, a mi juicio, uno de los nudos problemáticos más destacados de la obra de Stern. Y es que, si la memoria adquiere una dimensión eminentemente política, ¿cómo es que ésta se articula con un discurso de carácter moral?; ¿cómo vincular la dimensión política de un dispositivo que tiene como objetivo la oposición a un estado de cosas con la disposición moral de un discurso de defensa del valor universal de los DDHH?

En múltiples pasajes de la obra, Stern reivindica la “potencia”, “fortaleza”, “valor” y “sentido moral” de la memoria contraoficial, asociando estos dispositivos con un lugar de superioridad moral respecto al discurso de la memoria oficial, teñido de “olvido” y “distorsión”. Resulta difícil, en este sentido, no ubicarse en el lugar de los “oprimidos”, de las “victimas”. Y sin embargo, ¿no constituye esta asociación entre memoria y moral una objeción a la condición eminentemente política de la primera.

Sin lugar a dudas, esta tensión entre la dimensión política y moral de la memoria no es un problema del autor, ni mucho menos exclusivo de la obra que en lo presente reseñamos. Contextos tales como la memoria respecto a los crímenes del nazismo o del stalinismo resultan vívidos ejemplos de lo que podríamos asumir como la naturaleza “indecidible” de la memoria, siempre fluctuante entre su inscripción histórico-política y su vocación universalizante y moral, naturaleza que, como podemos extraer de la obra de Stern, también se expresa en el contexto de nuestra memoria respecto al contexto dictatorial chileno, contexto en el cual, como indica el autor,

“la idea misma de memoria cristalizó como un elemento clave y un campo de batalla cultural, esto es, como sinónimo de verdad, como arma contra el olvido y la impunidad judicial, como causa sagrada y estratégica” (p.459).

 

LA LUCHA IDEOLÓGICA EN ESTOS TIEMPOS DE CRISIS DE IDENTIDAD POLÍTICA

LAS CLASES SOCIALES ESTÁN EN PERMANENTE CONFLICTO

Rodrigo Santillán Peralbo
A menudo se habla de la polarización de los sectores sociales y se la tilda de peligrosa, como si se quisiera ocultar la existencia de la lucha de clases que es un concepto marxista explicado por el Materialismo Histórico que se refiere al origen, evolución y actualidad de las clases sociales antagónicas que, por su propia naturaleza y esencia, están en permanente conflicto, propio de toda sociedad organizada políticamente. Los sofismas provenientes de ideólogos del capitalismo transnacional así como los populismos de izquierda crean confusiones ideológicas para la satisfacción de sus objetivos políticos inmediatistas, a la vez que exacerban los antagonismos que, al ser mal conducidos, devienen en violencias incontroladas que retardan los verdaderos procesos revolucionarios. 
El marxismo, con sobra de argumentos científicos señala que la lucha de clases es el motor de la historia, lucha que sólo desaparecerá cuando se llegue dialéctica e inexorablemente a conformar una sociedad sin clases. Unos quieren que esa sociedad igualitaria, solidaria, plena de justicia social y vigencia de derechos humanos sea alcanzada con la revolución que permite los saltos dialécticos que evitan el largo recorrido por los procesos evolutivos, y otros que aborrecen la revolución, menosprecian los cambios y transformaciones porque sólo viven para conservar el sistema que les garantiza mantener sus privilegios de clase, en oposición a los intereses de los pueblos. 

En estos tiempos de confusiones ideológicas y políticas, quizá convenga señalar que los primeros serían de izquierda y los segundos conservadores, es decir de derecha. En la actualidad existen diferentes matices entre derechas e izquierdas, cada sector con su propio membrete, tácticas, estrategias. En cada grupo hay sectarios, ortodoxos, dogmáticos, fanáticos, dueños de verdades absolutas. En todos los sectores políticos, sociales y económicos hay personas que carecen de fundamentos ideológicos. 
¿Qué ha pasado con socialistas, comunistas y más revolucionarios en estos tiempos de crisis de identidad política? ¿Qué ha ocurrido con esos partidos y los proyectos de izquierda revolucionaria a lo largo y ancho de nuestra América Latina?

Germán Rodas Chávez, historiador, académico, ensayista de reconocido prestigio internacional, en su calidad de dirigente histórico del Partido Socialista-Frente Amplio del Ecuador, sostiene que, ahora, ese es “un partido de alquiler” enquistado en el gobierno autollamado de “revolución ciudadana” en posiciones de cuarta categoría. ¿Los revolucionarios rojos de ayer, hoy son amarillo patito o verde flex que es el color del movimiento político del gobierno que preside Rafael Correa Delgado? ¿Acaso olvidaron el valor irremplazable de la lucha de clases? ¿Qué pasa con otros sectores de izquierda que aparentemente han sido derrotados? ¿Será necesario construir una nueva izquierda más allá de egoísmos, sectarismos y particulares estrategias? Sería bueno recordar que para superar esas interrogantes es indispensable recurrir a la ideológica marxista-leninista que es la mejor arma para ubicar a las izquierdas en sus propios derroteros y liquidar la crisis de identidad ideológica creada y forjada por los sectores reaccionarios de las derechas más oligárquicas y cavernarias que perviven en América Latina.
Cierto que la lucha ideológica ha ocasionado toda clase de excesos a lo largo de la historia mundial y en particular desde el siglo XX y primeros años del siglo actual, en particular a partir del triunfo de la Revolución Bolchevique. Fue la Revolución rusa de 1917, la que, al crear el primer Estado socialista del mundo y que estructuró la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la que tuvo que enfrentar militar, política, económica e ideológicamente a Occidente y al capitalismo mundial que ya comenzaba a ser hegemonizado y liderado por Estados Unidos que, desde 1898, había iniciado la etapa imperial.

La lucha ideológica iba a producirse entre dos sistemas diametralmente opuestos: Socialismo y capitalismo, lucha ideológica que ni siquiera descartó la confrontación religiosa y el uso y abuso de la propaganda, prejuicios ancestrales, estereotipos, tradiciones y costumbres en los hechos sociales y culturales, por parte de todos los países sometidos al capitalismo. Hasta estos días, la confrontación se da entre esas dos concepciones del mundo, sus seres y sus cosas.

“Por voluntad de la historia y por la lógica del desarrollo, a lo largo del siglo XX (y lo que va del siglo XXI), las relaciones entre el socialismo y el capitalismo han estado en el epicentro de las luchas ideológicas. Sin embargo, no se trata sólo de la escala y profundidad de las divergencias, sino, en primer lugar de que las relaciones prácticas entre dos mundos, desde el propio comienzo, eran más que frías e, incluso, hostiles debido, frecuentemente, a causas objetivas. Pero tampoco se puede negar que su efecto se viese multiplicado por los factores subjetivos”, sostiene Nikoláev. Esa diametral concepción de percibir y entender la realidad del mundo produjo la “guerra fría” que, en distintas ocasiones y en diversas latitudes 
de la tierra, se transformó en caliente Y que ocasionó múltiples conflictos que, en varias oportunidades pusieron a la humanidad al borde del holocausto nuclear. 

El enfrentamiento entre estas dos ideologías definió las particularidades de la revolución científico-técnica con preponderancia en el plano militar que alcanzó dimensiones demenciales, especialmente en Estados Unidos durante la era Reaganiana, en la que se inició la famosa “guerra de las galaxias” con la intencionalidad de someter al mundo socialista. Por parte del capitalismo hegemónico, la “guerra fría” superó los límites de la racionalidad preconizada por el modernismo, y en aras de la más crasa irracionalidad fueron sacrificados los
pueblos de Centro América y los de los países de América del Sur que con México y el Caribe, conforman la Gran Patria soñada por nuestros libertadores
que, desde luego, fue una definición ideológico-política, estratégica y económica de Simón Bolívar.

En los inicios del nuevo milenio la lucha ideológica es una necesidad consustancial de la especie humana si quiere sobrevivir a las razones-sinrazones del imperio y a los designios del dios dinero-dólar.

Ningún ser humano puede escapar de esa confrontación de ideas y realidades diversas, sencillamente porque el hombre es un ser social y por tanto componente vital de la especie que mayoritariamente es subyugada, excluida y marginada de las “bondades” del capitalismo y de su democracia occidental y cristiana. Pero, esa lucha ideológica debe racionalizarse, debe “civilizarse” para no caer en las tentaciones del fácil e ignaro fanatismo y en el disparate del dogmatismo ortodoxo que, hasta se degeneran en luchas interétnicas y en conflictos religiosos absurdos y sangrientos en una serie de guerras religiosas y tribales.

Esa ideología de la violencia fanática debe ser combatida por la ideología de la revolución social liberadora, por la ideología del progreso de la conciencia social humanista fundada en la solidaridad y en el amor a la vida, en la justicia social, la libertad y los derechos humanos individuales y colectivos, económicos, sociales y
culturales que, desde luego, deben subordinarse a los derechos de la colectividad que son superiores a los del individuo.

La conciencia social desarrollada se forma con principios, doctrinas, filosofías e ideologías. La conciencia revolucionaria es el resultado del conocimiento de la realidad de tantas injusticias, desigualdades y abusos del poder económico, político, social, cultural, militar, religioso y es la comprensión del hombre por el
hombre en la incesante búsqueda de la realización humana con dignidad, con amor y ternura. Por eso, un revolucionario es ante todo un ser humano humanista, dotado de profundas sensibilidades y connotaciones sociales y de hondo amor y respeto a la vida, tanto que es capaz de dar su vida a cambio del respeto al derecho a la vida con justicia y verdadera democracia, para su comunidad y su pueblo. El revolucionario es una persona que desarrolla su existencia sobre la base de principios y valores con los que construye la ideología revolucionaria que se torna en irrenunciable porque pasa a ser la esencia de su vida. Esta verdad es
combatida, encarnizadamente, por el contrarrevolucionario que basa su accionar en la ideología del pragmatismo, de la comodidad de la indiferencia egoísta y del personalismo que le lleva a ubicarse en el ”yoismo” expresado en: “Yo estoy bien v no me importa el resto”. El pragmático es incapaz de renunciamientos porque carece de conciencia social, es incapaz de mínimos sacrificios porque realiza su vida, únicamente, en torno a su persona y porque ha aprendido a despreciar el valor de las ideas, de los principios, de las ideologías.

Son los pragmáticos que surgen del capitalismo egoísta y rapaz, del neoliberalismo que ideológicamente privilegia y exacerba el individualismo, los que rebuscan ideas para denigrar a las ideologías y aborrecerlas, e imbuidos en esas formas de pensar y ser, comienzan a odiar a los revolucionarios y a las ideologías revolucionarias, porque saben, perfectamente, que un revolucionario se
vuelve molesto e incómodo para sus propias cosmovisiones acomodaticias; y, porque presienten que cuando menos principios tienen, mayores son las posibilidades del “éxito”’ material de sus tristes vidas a las que aman, sólo en tanto logran satisfacciones materiales y económicas, sin que les importe la suerte de los demás.

Para esa clase de personas, la ideología y los principios son cosas molestas y nada prácticos y de esa especie de razón surge la necesidad de combatirlos, mucho más si provienen del marxismo militante, quizá porque desconocen que Marx y Engels también denigraron la concepción de la ideología, porque consideraron que era una conciencia tergiversada, utópica, ilusoria, opuesta cualitativamente a la concepción científica del mundo, de la sociedad y del hombre, en la cual se toman como punto de partida la existencia de los hombres y los procesos vitales reales,
según el análisis de Konstantín Nikoláev que agrega que, de esa conceptualización se concibe, se deduce todo lo incluido en el contenido de las ideas, las leyes de su aparición y transformación. sus relaciones estructural-funcionales. En otras palabras, los iniciadores del marxismo no caracterizaron como ideología a la doctrina de la teoría científica del socialismo.

Pero a medida de que se difundía el marxismo, la doctrina comunista, se requirió tomar una nueva conciencia de esa interpretación, diremos sin ambages, unilateral de la noción ideología. La práctica mostraba que la ideología no es simplemente, ni obligatoriamente, ilusiones o errores; las representaciones concretas se tornan en éstos debido al nivel histórico del desarrollo de la sociedad, de la ciencia y de la esfera cultural en general. La ideología como forma de conciencia social es algo cualitativamente distinta, mayor que una suma de sus ideas y representaciones concretas. Tiene funciones que es necesario cumplir, porque de otro modo la sociedad no podrá vivir normalmente” sostiene Nikoláev.

Mientras el marxismo se sumía en confrontaciones ideológicas internas, en la búsqueda de argumentaciones que precisaran la ideología de las masas, del proletariado del campo y la ciudad y sus necesidades revolucionarias, la ideología pragmática del capitalismo sé concretaba en éxitos económicos, políticos y culturales, en el éxito del desarrollo de la ciencia y de la tecnología con fines de aplicación práctica que refuerzan la idea de riqueza y fortuna, poder y expansión de los sectores dominantes, pues de tan pragmáticos, la sociedad en su conjunto integral y sus problemas irresolutos, valían muy poco o nada frente al relumbrón de la revolución científico-técnica.

Es preciso recordar que la ideología es una ciencia y a esa categoría la elevó W. I. Lenin al definir al marxismo como una ideología científica que se desarrolla por sus propias y particulares leyes. La ideología, según Lenin, no es simplemente una percepción del conocimiento científicosino también una formulación, sobre esta base, de las recomendaciones para la organización de la sociedad, su realización práctica, inclusive por la vía revolucionaria. Así, con el desarrollo del socialismo científico, con la praxis revolucionaria que se concretó con el triunfo de la Revolución de octubre de l917 y la estructuración del primer Estado socialista, la ideología dejó de ser una cosa ilusoria, una utopía, un mero ejercicio intelectual o un experimento del pensamiento desarrollado.

La ideología se transformó en una realidad que originaba nuevas realidades y posibilidades de organización social, económica y política; pero a la vez, con el primer triunfo del socialismo aparecieron sus contrarios que ligaron, casi indisolublemente, las palabras ideología, socialismo, comunismo, revolución, para posteriormente extenderse a aquello de la “amenaza comunista”, “avance del comunismo internacional”, “subversivos, terroristas, revolucionarios, o simplemente “delincuentes”, definiciones que expresaban la ideología de las burguesías, del capitalismo y del imperio.

Pronto el capitalismo, con el uso de la propaganda, con el uso abusivo de los medios de comunicación, convertidos en poder mediático, prolíficamente manipulados, difundió por el mundo una serie de estereotipos y prejuicios sobre la
amenaza comunista” y posteriormente, con la aplicación de la sicología social experimental, creó las teorías y las técnicas de la guerra sicológica, para con ella satanizar al socialismo, al comunismo y la necesaria e inevitable revolución social liberadora.

Como el marxismo, en su esencia, propone cambiar la propiedad privada por la propiedad social, debía ser combatido y atacado, calumniado y envilecido, por el capitalismo, sus voceros e ideólogos. Era natural que así ocurriese porque el marxismo atacaba la parte vital del capitalismo: el sistema de propiedad y los dueños y usufructuarios de ella no iban a cruzarse de brazos. Lo asombroso fue que utilizaron a los pobres y oprimidos, a los proletarios del mundo, para perseguir y combatir al marxismo y sus realizaciones socialistas porque, además, de los países socialistas surgieron científicos que desarrollaron la ideología hasta configurarla como una ciencia social con sus propias leves, principios y postulados que entre otras leyes, destaca que la ideología no debe sustentarse en estimaciones, preferencias o juicios subjetivos sino en criterios y verdades objetivos que es una exigencia para la ciencia verdadera. Igualmente, la ideología es un fenómeno evaluable por su contenido, cuantificable por sus efectos, cualificable por su esencia.

La ideología es un sistema de ideas y sólo se prueba su validez en la práctica social. Si es un sistema de ideas, la ideología es consecuentemente, la organización, la sistematización de las ideas, la unificación integral de las representaciones y significados sobre el mundo, sus seres y sus cosas y, por tanto, de las representaciones que el hombre se hace sobre la sociedad y su organización, sobre el hombre en sus interacciones con su entorno, de la sociedad con la naturaleza y del origen y desarrollo de las interacciones de la persona y de la sociedad con su ambiente; es decir, explica científicamente las relaciones e interrelaciones, las interacciones y la interdependencia del hombre con los hombres, del yo con el nosotros, del ser como ser social con la sociedad, del
ser individual con el ser colectivo, del hombre y la mujer con la sociedad, la economía, el derecho, la cultura, la religión; pero siempre en una especie de doble vía, en la que la persona humana tanto da como recibe de la sociedad en la que interactúa.

La ideología confiere a la persona la posibilidad de trascender de su existencia biológica-síquica hacia estadios superiores de comprensión del mundo, ya que le otorga un programa de conocimientos científicos y un plan de acción para insertarse en la sociedad con la que interactúa y para que se eleve sobre ella y denuncie las formas muertas o mostrencas, al tiempo que propone transformaciones para una mejor y superior organización social, económica, política y cultural. Ese es el valor de la ideología científica que es irrefutable, precisamente por el caráctercientífico que posee.
Sostener que la ideología sólo pertenece a los marxistas, a los revolucionarios y subversivos es un sofisma de la peor especie, tanto como afirmar que Estados Unidos es el paradigma de la democracia en la que conviven todas las ideas, agregaríamos, siempre que no representen un peligro para el sistema capitalista, ¿por qué, entonces, el capitalismo estadounidense tiene leyes que condenan de por vida o con pena de muerte a los “sediciosos y subversivos” acusados de haber violado la Ley de Seguridad Nacional o porque han puesto en peligro la existencia y pervivencia de la sacrosanta democracia occidental y cristiana? Después del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos, ha fortalecido la ideología de un Estado policíaco, mediante la expedición de leyes que violan los derechos humanos esenciales, para someter a los sospechosos de terrorismo, a tribunales especiales y, otra vez, pretende consolidar su rol de gendarme universal, con la propalación de la ideología de la defensa de la libertad y la democracia, o de “Justicia infinita”, según las particulares concepciones del imperio guerrerista.

Sin ideología el capitalismo moderno, no hubiese sido siquiera concebido v sin ideología no podría sobrevivir. Las ideas sobre la democracia del voto o sufragio “libre”, las ideas sobre la libertad, el impulso al individualismo, la exacerbación del egoísmo personalista, aquello del respeto a la iniciativa privada y a la propiedad privada, la defensa de los valores de la cultura occidental y cristiana, la motivación para que el hombre defienda “el mundo libre”, constituyen los fundamentos de la ideología capitalista e imperialista y de sus hijos bastardos: el nazifascismo y el neoliberalismo. Los ideólogos del capitalismo hacen gala de cinismo cuando niegan las ideologías o pretenden desideologizar a los pueblos, Estados y naciones.

Proyectos, programas, planes, objetivos y metas, métodos y mecanismos que se utilizan para alcanzar esos objetivos, son el resultado directo de la aplicación de una determinada ideología que, también, es instrumento de los intereses de una clase, de una sociedad o de un sector de ella. De tal manera que los intereses generales o particulares están profundamente unidos a las definiciones ideológicas, por tanto, cualquier ideología existe, actúa o influye en una sociedad
de conformidad con sus intereses y de acuerdo con las metodologías y estrategias instrumentadas desde el conocimiento científico-dialéctico. En consecuencia, la ideología puede estar al servicio de los intereses concretos de la sociedad y de los objetivos que hayan planteado; por tanto, la ideología es una necesidad vital de las sociedades contemporáneas e inclusive de aquellos que niegan su valor y existencia, y de aquellos que pregonan su fin. Inclusive quienes tienen una idea o un sistema de ideas para negar la ideología, quienes crean o poseen argumentos para liquidar a la ideología, de hecho son dueños y portadores de normas, reglas, programas, orientaciones para combatir a la ideología y en consecuencia son ideólogos o dependientes de la ideología de desideologizadora, de la contraideología, de la antiideología.

La ideología no ha llegado a su fin. Existe y tanto que al empezar el milenio continúa la lucha ideológica entre marxismo y capitalismo, entre los desideologizadores y defensores de la validez de las ideologías porque, además, la lucha ideológica va indisolublemente ligada a los intereses de clase y defensa de
los intereses sociales de cada sector de la colectividad humana. Cada sector, cada grupo y cada hombre administran los métodos para la consecución de objetivos ideológicos y políticos que a su vez son instrumentos de clase para alcanzar el poder político que, inexorablemente, tendrá como meta la imposición de una determinada ideología y por ende, dialécticamente, una ideología subordinada y dominada puede pasar a ser una ideología dominante.

En una sociedad de clases existen intereses sociales y económicos contrapuestos y en permanente lucha que son apuntalados y consolidados por una o varias ideologías. “El carácter de los medios, de los métodos y de las formas de defensa y afirmación de los intereses es uno de los indicadores más importantes del nivel de civilización de las relaciones sociales y de la sociedad en su conjunto”, concomitantemente a este criterio, la lucha ideológica adquiere profundidad en su significado y objetivos, cuando la ideología esté caracterizada por la tolerancia; es decir cuando el hombre o el grupo militante aprenda a respetar la ideología ajena y combata la violencia irracional, el fanatismo cruel, el dogmatismo ignaro, el sectarismo infantil. En este momento histórico es preciso encontrar métodos nuevos que permitan el triunfo de la ideología revolucionaria con el menor costo humano. ¿Será posible una revolución incruenta, una revolución blanca? ¿El imperio, pacíficamente va a perder sus privilegios, prebendas e intereses capitalistas y monopólicos? No, por desgracia, porque la noción imperial y su concreción son el producto de la violencia guerrerista y económica y porque el imperio es una negación rotunda a la civilización y convivencia pacífica de ideologías y sistemas políticos y económicos diferentes. El imperialismo no admite competencias.

La ideología capitalista-imperialista-burguesa está en constante lucha contra la ideología marxista-leninista, socialista, proletaria y si una de ellas llega a imponerse total y radicalmente sobre la otra, lo hará con la práctica de la violencia
‘y la violencia nunca será un producto de la civilización. La ideología proletaria sólo puede triunfar por medio de los siguientes procesos:

1. Por la evolución de las condiciones sociales de conformidad con las leyes generales del desarrollo.

2. Por la evolución progresiva de la conciencia social-histórica.

3. Por la vía revolucionaria.

La ideología revolucionaria no quiere esperar la evolución histórica que aniquile al capitalismo y al imperialismo; y en consecuencia propugna los grandes saltos dialécticos para apresurar los procesos históricos. Y, es la ideología revolucionaria la que asusta, hasta el paroxismo, a los capitalistas y sus ideólogos y también a los pueblos sojuzgados que han sido víctimas de la propaganda capitalista, de la guerra sicológica desatada por Estados Unidos y sus aliados capitalistas. En estas condiciones, la lucha ideológica es desigual.

Pero, la dialéctica enseña que el desarrollo de la conciencia social no se detiene, que el progreso siempre irá hacia adelante y que la historia sobrepasa todas las barreras. Es más, la esencia del desarrollo social continuo desbarata las tesis de la contraideología ya que en tanto como niega lo viejo y caduco de las formas sociales, presenta alternativas de lo nuevo; es decir de nuevas formas ideológicas que posibiliten la continuidad de las luchas de los pueblos por alcanzar niveles de igualdad y bienestar. El peligro radica en que las ideas revolucionarias de hoy,
mañana pueden ser viejas, si la revolución conquistó sus objetivos y realizó sus metas. De la constatación de esta realidad nace la idea de la revolución permanente, pues una verdadera y profunda revolución ideará nuevos objetivos y metas y jamás se conformará con alcanzar unos cuantos resultados. Si la constante del ser humano es su predisposición síquica para buscar nuevos objetivos una vez
que alcanzó los que se propusieron, si en su naturaleza anida la inconformidad, es lógico que una revolución siempre proponga nuevos objetivos hacia metas más elevadas. La revolución es obra de seres humanos y por tanto cometerá muchos errores; pero en su dialéctica encontrará las alternativas que posibiliten la perfectibilidad. No entender si son justas o erróneas las realizaciones
revolucionarias, es condenarlas al fracaso. La filosofía, la ideología marxista-leninista no ha fracasado y nadie ha sido capaz de enrostrarla errores conceptuales que resulten impracticables.

Quienes fracasaron fueron los hombres responsables de su aplicación práctica y con ese fracaso condenaron a la humanidad a un largo retroceso histórico y esto no es una “nostalgia dinosáurica” según ridícula acusación de los parlantes de la triunfalista ideología del capitalismo, sino una posición consciente de la realidad, con la esperanza de que la humanidad evolucione para que sea capaz de retomar los procesos revolucionarios que permitan la construcción de una sociedad comunista universal.

Hemos observado los sorprendentes cambios ocurridos en la última década del siglo XX y primeros 14 años del siglo XXI que hasta produjo veleidades como el “socialismo del siglo XXI”: Esos hechos conducen a pensar que desde los niveles de la conciencia crítica y social, es posible asumir los errores del socialismo, las experiencias positivas y negativas, los avances de la ciencia y la
tecnología y las condiciones reales del proceso histórico y de la ideología para, desde sus fundamentos irrebatibles, construir v reconstruir la teoría y prácticas revolucionarias, de tal manera que incidan en la apertura de nuevos horizontes para la humanidad que no puede dejarse estar en la grosera inacción impuesta por el capitalismo imperialista y sus doctrinas neoliberales.

El socialismo es la única posibilidad de supervivencia de la humanidad porque sólo el socialismo, que procura la liberación social y nacional, permite que los pueblos tomen la historia en sus manos y la hagan para servir al hombre en la plenitud de sus derechos y libertades, entendida que la libertad sólo es posible
cuando se la ejerce con responsabilidad y conciencia social, porque se fundamenta en el conocimiento, se enriquece en la cultura. “Por eso, el hombre podrá lograr una emancipación verdadera sólo en la medida en que confirme sus conquistas socio-económicas, políticas y jurídicas con la civilización de su espíritu y conocimientos subordinados a la moral del humanismo”, en palabras de K. Nicoláev.

La ideología para que sea fuerte y posible debe fundamentarse en el conocimiento científico y en la praxis social. La ciencia -como la materia- se transforma en procesos constantes y, por tanto, la ideología también se transforma y cualitativamente se desarrolla a través de los conocimientos y experiencias acumulados por toda la humanidad. La ideología es un acerbo de la humanidad
y no es ni puede ser propiedad particular de un grupo, de un sector, de una sociedad y menos propiedad privada de persona alguna.

Si la ideología se transforma, es lógico que luche contra la inercia social y cultural de la sociedad humana que es propiciada por el ambiente impuesto por las clases dominantes seguidoras del capitalismo imperialista. La penetración cultural e
ideológica es tan fuerte que inmoviliza a grandes sectores de la colectividad y tan fuerte como las medidas económicas tendentes a apuntalar el sistema de injusticias y privilegios, medidas que golpean con extrema dureza a los pueblos que, al recibir los golpes, sólo atinan a responder con débiles protestas, generalmente, acalladas o aniquiladas por los aparatos represivos del sistema y esto ocurre por la debilidad ideológica de la población explotada y excluida, y naturalmente por la debilidad idológica-política de los líderes que se ahogan en la
falta de iniciativas y en la carencia de claridad de los objetivos, tanto que parecen desconocer que la revolución es necesaria para resolver los problemas de la sociedad, si la sociedad está preparada para asumir y asimilar los procesos revolucionarios que son posibles cuando se unen las condiciones objetivas y subjetivas que subyacen en las masas.
La ideología es el sustento de la conciencia social y fundamento de cualquier proceso revolucionario que sólo puede desarrollarse si se basa en la experiencia social, en la racionalidad de las propuestas para construir una nueva sociedad democrática, popular, libre y soberana. Una ideología revolucionaria luchará para aniquilar a la ideología burguesa que esconde la naturaleza de la ideología de dominación y explotación porque le conviene ocultarla para dar rienda suelta a sus apetitos de acumulación y reacumulación de capital.

Terminada la “guerra fría”, la ideología del capitalismo imperialista se reacomodó a las nuevas realidades e impuso o trata de imponer el neoliberalismo, la neoglobalización y la consolidación del imperio, para moldear al mundo bajo las reglas de la neodominación y neocolonización, y como los fines supremos del capitalismo son los negocios y las ganancias, es lógico que sus ideólogos sostengan que el dinero no tiene ideología y traten de desideologizar la explotación y depredación de la humanidad y la tierra. Entonces una ideología revolucionaria tiene, también, que luchar contra la desideologización y en el proceso destruir el engaño y la mentira, y sacar a flote la ideología imperialista en la que se acuna la ideología de las transnacionales y de los monopolios del capitalismo mundial. A nivel nacional es un deber de todo revolucionario que carga una ideología, desenmascarar a los falsos profetas de las nuevas revoluciones de papel que, inclusive, hablan de neosocialismo o socialismo del siglo XXI, como si hubiesen descubierto la panacea universal, sin entender primero que el socialismo es dialéctica y desarrollo del pensamiento y la acción estrictamente revolucionarios. Un revolucionario de verdad no se monta en el anca de aventureros de pseudorevolucionarios.

La ideología es esencial para la humanidad. Suele decirse que las ideas no mueren, sólo cambian, se desarrollan, se transforman. Si la ideología es un sistema de ideas, es imposible que la ideología muera o haya llegado a su fin. Sostener esta barbaridad es, también, una toma de posiciones ideológicas que a la postre resultan falsas, porque también hay ideas falsas y éstas si están condenadas a la muerte. Una ideología cuando es verdadera y lo es si se fundamenta en el conocimiento científico, es una necesidad social insoslayable e indestructible, precisamente, porque cumple también una función social demostrada por Nikolaev al precisar: “El carácter de las necesidades sociales que originan uno u otro fenómeno o proceso se deduce con bastante claridad de las funciones sociales que cumplen. La función integracional de la ideología contribuye a integrar a la sociedad sobre una base socio-económica e ideológica determinada. La función justificativa de la ideología fundamenta científicamente su existencia, y con ello defiende el orden que existe en la sociedad.

Las funciones organizativa y educadora son evidentes y comprensibles. La función protectora de intereses de una u otras clases o grupos sociales estipula la defensa ideológica de quienes sacan mayor provecho del régimen social existente. La función cognoscitiva consiste en que la ideología no sólo emplea el saber que ya existe, también orienta de manera determinada al hombre y a la sociedad a obtener e interpretar una nueva información, un nuevo saber. La función cultural estriba en que la ideología influye poderosamente en la cultura, el arte y las artesanías del pueblo tanto directamente como por medio de su influencia en la sicología social”.

La tesis es correcta que, enterrar a la ideología y cantar himnos en honor de su deceso, es una posición ideológica muy propia del capitalismo imperial que, sin duda, será aniquilado por los falsos hijos que engendra en su inútil propósito de dominar por tiempo indefinido a toda la humanidad. Es más, son desideologizadores los que proclaman que no tienen ideología, que su única ideología es la patria o el pueblo, o los que a regañadientes afirman que son portadores de la doctrina social de la iglesia católica y que mantienen el discurso de que son revolucionarios o líderes de algún tipo de revolución que no se identifica no con la realidad concreta del presente y peor con la realidad histórica.

La ideología está presente en todas las esferas de la actividad humana y nadie puede prescindir de ella. Decir que la ideología ha llegado a su fin es sostener un error monumental, simplemente porque toda sociedad, cualquiera que sea su estado de desarrollo, necesita de la ideología para avanzar en la construcción del
progreso y porque toda sociedad necesita ser iluminada por las ideas y los conocimientos políticos, sociales, culturales, económicos, sin prescindir de la moral social y menos de la moral revolucionaria. Los que mienten y engañan no son revolucionarios.

La ideología es vital para los procesos revolucionarios y esta es la razón de los ideólogos del capitalismo imperial para negarla, vilipendiarla y enterrarla tan prematuramente como prematuro fue el entierro del socialismo.

“El materialismo dialéctico parte del hecho de que el conocimiento es un reflejo del mundo en la conciencia del hombre, inseparable del objeto del conocimiento en el curso de la práctica social, según concepción de A. G. Spirkin. o tegrar a la sociedad sobre una base socio-económica e ideológica determinada, clases o grupos sociales estipula la defensa ideológica de quienes sacan mayor provecho del régimen social existente. La ideología es el estudio de las ideas y sistemas de ideas con las que se nutre el conocimiento. Ideas y conocimientos están en la realidad del mundo material; y es en ese espacio en donde ocurre la práctica social de los hombres que incide en forma directa y determinante en todas las esferas de la vida del ser y de sus relaciones sociales, en permanente interacción con otros seres de la especie, con otras especies y con los objetos. La aplicación
del materialismo y de la dialéctica permite -a través del materialismo dialéctico-el estudio de la sociedad humana. “La ampliación y aplicación de las tesis del materialismo dialéctico al desarrollo de la sociedad, es el materialismo histórico…” explica Spirkin en su obra: Materialismo Dialéctico y Lógica Dialéctica”.

El materialismo histórico demuestra que el ser social determina la conciencia social y que el hombre, con ella, es capaz de comprender la sociedad, sus realidades, problemas, conflictos, las leyes de su desarrollo, es decir el proceso histórico de la humanidad y las fuerzas motrices que lo impulsaron; las fuerzas
productivas, las relaciones de producción en la interacción de sus elementos y en su evolución, el aparecimiento de la propiedad privada que inició la cadena de la explotación del hombre por el hombre, el proceso de acumulación de riqueza y poder sobre la base de la explotación irracional de los recursos humanos y naturales.

El materialismo dialéctico y el materialismo histórico explican científicamente el mundo, el hombre y sus relaciones y naturalmente explican la sociedad, el desarrollo de las ideas, la evolución del pensamiento y del conocimiento, y consecuentemente de la conformación de clases y de sus intereses en cada etapa histórica. El materialismo histórico y dialéctico es la base científica de la ideología marxista-leninista que, ciertamente, no es una simple teoría sino una concepción científica del mundo, de sus seres y sus cosas. Esta ideología no ha muerto y como el materialismo dialéctico explica, solo cambia, avanza, se transforma.

La caída del Muro de Berlín, tomada por muchos como el suceso histórico que propició el fin de las ideologías y de la historia, el derrumbe del socialismo en los países de Europa Oriental y el descalabro de la Unión Soviética, no significan más que ciclos históricos que nacen y terminan de conformidad con las leyes del desarrollo de la sociedad y con la natural evolución de la especie humana.

Sostener que la ideología marxista-leninista que fundamentó los procesos revolucionarios de millones de seres humanos que han luchado y luchan contra todas las formas de explotación, contra el imperialismo y su ideología de dominación, contra las guerras colonialistas y neocolonialistas y que han luchado y libran combates por la paz y la liberación nacional, ha llegado a su fin, no es más que un supuesto carente dé la más mínima significación científica.

Los logros y éxitos alcanzados por la ideología marxista-leninista son incuestionables y ellos por si mismos -como ninguna otra doctrina económica, política, social- confirman la validez del materialismo dialéctico y de la concepción marxista del mundo. Es el marxismo-leninismo el que interpreta de una manera real y científica los intereses de las clases trabajadoras del campo y la ciudad y es la dialéctica narxista-leninista la que enseña a todos los seres humanos que en el mundo todo fluye, todo cambia, todo se transforma, todo se encuentra en permanente movimiento y desarrollo, y naturalmente las ideas, el pensamiento, el conocimiento, la ciencia, la tecnología; es decir la ideología no llega a su fin. En consecuencia toda forma de organización social, económica, política, deviene inevitablemente en pasajera, pues lo caduco muere para dar paso a nuevas formas de organización socio-económica que, al aparecer, serán superiores, mejores y más progresistas y democráticas.

En estos tiempos de crisis de identidad política que afecta a las dirigencias de los partidos socialista, comunista y otros movimientos de izquierda, se debería recordar el texto Apología del Comunismo, magistralmente escrito por Rafael Narbona, en el que dice:

“El odio que siempre ha hostigado al comunismo es la mejor prueba de su potencial transformador. El comunismo no pretendía reformar el capitalismo, sino borrarlo de la faz de la tierra. Por eso, se persiguió, torturó y asesinó a sus partidarios. Yo estoy orgulloso de ser comunista. El comunismo representa el anhelo de un mundo sin pobreza, abusos ni desigualdad. Sería tremendamente injusto establecer una falsa equivalencia entre comunismo y fascismo. El comunismo encarna el sueño de una sociedad igualitaria, sin propiedad privada ni clases sociales. El fascismo, en cambio, expresa una tendencia regresiva hacia un concepto excluyente de humanidad. El comunismo plantea la superación del nacionalismo por medio de la solidaridad internacional. El fascismo exalta la sangre y el suelo, el culto a la personalidad del líder, la limpieza étnica y la mística de lo irracional. El neoliberalismo que ha causado la actual crisis económica intenta igualar comunismo y fascismo para despojar a la clase trabajadora del potencial liberador de una utopía posible, donde la riqueza se distribuiría de acuerdo con las necesidades comunitarias, sin permitir la concentración de capital en monopolios que usurpan el papel de los estados, dictando leyes que protegen exclusivamente sus intereses. El comunismo siempre se ha identificado con una aurora roja, que representa la esperanza. Por el contrario, el fascismo está asociado a un crepúsculo wagneriano, donde sólo triunfa la muerte. Es imposible asimilar ambos términos sin producir una odiosa disonancia.
La lucha de clases nunca se ha interrumpido y los oprimidos, una mayoría doliente y anónima, aún esperan su liberación. No creo que el capitalismo pueda reformarse. La explotación y la alienación no son un efecto indeseado, sino su núcleo esencial. El capitalismo especula con la tierra, los alimentos, el agua, la vida, sin inquietarse por los estragos que provoca con su desmedida ambición. La economía de mercado debe ser reemplazada por una economía regulada por el interés general, con una banca nacional que gestione el crédito, una fiscalidad fuertemente progresiva, un control estricto del mercado inmobiliario, una tasa impositiva sobre los flujos financieros, grandes inversiones públicas en sanidad, educación e infraestructuras, una eficaz política de investigación y desarrollo, medidas contra la especulación y los monopolios y una legislación laboral que garantice los derechos de los trabajadores. Es indiscutible que estas medidas despertarían la ira de los mercados. Un país aislado soportaría con dificultad los ataques especulativos de los bancos, los fondos de inversión y las agencias de calificación. Por eso, el socialismo sólo es viable como internacionalismo.

No creo que la miseria de los trabajadores y los pueblos se mitigue por vías estrictamente políticas. Las grandes transformaciones sociales nunca se han producido sin violencia. Marx nunca se mostró tibio o moderado: “Los comunistas no se cuidan de disimular sus opiniones y proyectos. Proclaman abiertamente que sus propósitos no pueden ser alcanzados sino por el derrumbamiento violento de todo el orden social tradicional. ¡Que las clases dominantes tiemblen ante la idea de una revolución comunista! Los proletarios no pueden perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar. ¡Proletarios del mundo, uníos!”. No creo que estas palabras hayan perdido vigencia. El comunismo no nació para debatirse en universidades y tertulias, sino para cambiar el mundo. Recuperemos su espíritu y pensemos que es posible un porvenir donde los pueblos puedan elegir libremente su destino, logrando que la fraternidad y la solidaridad se impongan a la avaricia y el egoísmo.