Exilio chileno e historiografía* . …la izquierda exiliada…Hugo Cancino , Universidad de Aalborg

El exilio permanente de los latinoamericanos

HIJXS . VOCES

Exilio chileno e historiografía*

Hugo Cancino
Universidad de Aalborg

El universo del exilio chileno pareciera ser una problemática oficialmente
olvidada y tan sólo un componente subalterno de la memoria colectiva de los
chilenos que experimentaron la dictadura en el país1. Sin embargo el exilio
continúa siendo un tema traumático para aquellos que lo vivimos. Para la élite
política que asumió la difícil tarea de negociar con la cúpula militar las
condiciones de la transición a la democracia y constituirse luego en dirección de
este proceso inconcluso, es el problema del “exilio” y también aquel de los
“desaparecidos” un asunto molesto de debatir y de investigar, que
supuestamente turba los consensos establecidos con la cúpula militar que aún
opera con poder de veto en la transición incompleta2. El olvido colectivo de este
pasado luctuoso sería parte de una estrategia de reconciliación que omite exigir
que los hechores reconozcan su responsabilidad…

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Mandela: una voluntad política de hierro y una sorprendente capacidad de perdón.

Mandela's cell
Mandela’s cell (Photo credit: bigskyred)

 

 

 

Mandela: Curvar el arco de la historia

Max J. Castro • 12 diciembre, 2013

mandela 1

Escribir acerca de Nelson Mandela es un riesgo sobrecogedor. No es solo la grandeza del hombre o el hecho de que tanto se haya escrito ya –encontré 810 millones de entradas en una búsqueda de noticias en Google– acerca del libertador y fundador del moderno, democrático y multirracial estado sudafricano. Es también que es difícil hacer justicia a los logros singulares de este hombre que sus compatriotas llaman con afecto Madiba.

Martin Luther King dijo una vez que aunque el arco de la historia es largo, se inclina hacia la justicia. La inclinación de ese arco no es un hecho de la naturaleza. Se logra por medio de las luchas, sacrificio y compromiso de hombre y mujeres que aborrecen la injusticia. Sin embargo, hay pocas instancias en la historia –si acaso existe alguna– en que un solo ser humano haya curvado tan exitosamente el arco de la historia, de manera de avanza hacia la justicia más rápidamente y llegar a ella con menos trauma de lo que alguien hubiera podido imaginar.

Cuando hace muchísimos años yo era un estudiante de Sociología en la universidad y luego en mis estudios de posgrado, el régimen de apartheid ejercía todo el poder sobre la vasta mayoría negra por medio de la violencia institucionalizada en todas sus formas, desde el asesinato hasta el encarcelamiento, pasando por un humillante sistema de pases y controles residenciales que transformaron al pueblo africano en extranjeros en su propia tierra.

Casi todos mis compañeros de estudio y mis profesores pensaban que el resultado de esta lucha entre una mayoría negra que militantemente se negaba a someterse a la descarada opresión del apartheid y un recalcitrante régimen racista inevitablemente terminaría en tragedia. Un panorama preveía que un régimen cada vez más amenazado impondría una escalada de violencia a las masas negras, hasta que estas se sometieran o sufrieran el genocidio. El otro resultado posible era que la mayoría negra de alguna manera lograra arrebatar el poder a los blancos por medio del voto o las balas y luego exigiera una violencia proporcional al daño, expulsando a los blancos del país o masacrándolos.

El hecho de que ambas trayectorias fueran evitadas fue debido casi por entero a un hombre: Nelson Mandela. Su voluntad política y visión estratégica, su capacidad para resistir veintisiete años en una dura prisión y emerger incólume, tan decidido como siempre a destruir el apartheid e instalar la democracia, pero capaz también de buscar la reconciliación racial, destruyó el apartheid e impidió un baño de sangre en Sudáfrica. Nadie podría haberlo logrado. Fue un ejemplo temprano de un par de rasgos que raramente coexisten, pero que Mandela poseía en abundancia: una voluntad política de hierro y una sorprendente capacidad de perdón.

Por supuesto, otros merecen parte del crédito. El presidente sudafricano Willem de Klerk, con quien Mandela compartió el Premio Nobel de la Paz, tuvo el valor de poner en libertad a Mandela y negociar el fin del apartheid. Stephen Biko, el joven líder antiapartheid asesinado por el régimen en 1977, los cientos de estudiantes muertos en la masacre de Sharpville en 1960, los otros incontables y anónimos que dieron su vida por la causa merecen aún más crédito. También debe dárseles a los miles de estudiantes y activistas en Estados Unidos y Europa que protestaron e hicieron campaña de manera incansable contra el apartheid.

Solo los muy rencorosos o desinformados negarían que Fidel Castro y los soldados cubanos que combatieron y derrotaron al cacareado ejército sudafricano y a sus representantes negros desempeñaron un importante y quizás decisivo papel en convencer a los líderes blancos sudafricanos de que el camino de la intransigencia sin fin era un callejón sin salida. En ausencia de las fuerzas militares cubanas, los sudafricanos muy probablemente hubieran tenido éxito en crear estados títeres a lo largo de su frontera norte para que sirviera de contención e impedir que las guerrillas antiapartheid se infiltraran en el país.

La derrota del ejército sudafricano en Angola a manos de los cubanos socavó la moral y confianza de los que apoyaban al apartheid. Incluso alguien tan obsesivamente anticastrista como Carlos Alberto Montaner reconoció en una reciente columna publicada en The Miami Herald que “para Mandela, o para cualquiera con una piel endurecida por golpes de cachiporra y la vida de prisión, que un remoto país como Cuba regido por un blanco enviara cientos de miles de soldados a luchar durante 14 años consecutivos en contra de los intereses de Sudáfrica y a veces en contra del ejército de ese país, era algo que merecía gratitud”.

Seguramente. Aunque como es de esperar y de manera nada persuasiva Montaner imputa motivos maquiavélicos a la decisión de Castro de enviar tropas cubanas para hacer fracasar la gran estrategia del régimen de apartheid, estos hechos están claro. El gobierno cubano apoyó al lado correcto en la lucha sudafricana, durante largo tiempo y a un costo increíble en vidas y recursos. Por el contrario, durante la mayor parte del conflicto Estados Unidos apoyó militar, económica y diplomáticamente al lado equivocado, un importante favor adicional para comprender la gratitud de Mandela hacia Castro, algo que Montaner se guarda convenientemente de mencionar.

Montaner tampoco alude a la vergonzosa manera en que importantes líderes políticos cubanoamericanos de Miami se pusieron ellos y pusieron a la ciudad en una situación embarazosa cuando trataron de desairar Mandela durante su breve escala aquí en 1990. El espectáculo de un político de medio pelo como el entonces alcalde de Miami Xavier L. Suárez –un hombre tan chiflado que cree que la teoría de la evolución es falsa– dándole lecciones a un gigante político como Mandela sería cómico si el resultado no hubiera provocado un incremente de las ya altas tensiones entre cubanos y negros. Por su parte, Mandela ignoró completamente la perorata que no significaba más que demagogia.

Mandela, por supuesto, no fue infalible. Al igual que otros seres humanos cometió errores. El más serio fue no reconocer a tiempo el azote que el SIDA se convertiría para Sudáfrica.

Peor que la tendencia de convertir póstumamente a Mandela en San Mandela es el esfuerzo por “descolmillar” al tigre, presentar a Mandela como aceptable para todas las tendencias políticas, construir una narrativa de su vida que omita posiciones inconvenientes, como su pródigo apoyo a la causa palestina, sus duras críticas a la guerra de Iraq y en general al papel de EE.UU. en el mundo, y su aborrecimiento a la desigualdad económica. Mejor recordar al hombre completo, duro y amable, idealista y pragmático, progresista y demócrata, un gigante, pero no un dios.

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La opción por las armas. Nueva izquierda revolucionaria y violencia política en Chile (1965 – 1970) * Eugenia Palieraki

historia del recuso –en el discurso o en la acción- de una organización política a la violencia no es una tarea fácil, a causa de la complejidad del fenómeno. El discurso que legitima la violencia se forja siempre paso a paso. Por otra parte, dicho discurso no es necesariamente coherente ni unívoco. Además, cumple numerosas funciones: legitima en el plano interno las prácticas violentas, las justifica socialmente y los argumentos se adaptan cada vez a las necesidades del momento.

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La reflexión histórica sobre los largos años sesenta (1960-1973) se vuelve mucho más ardua a medida que se enfoca sobre aspectos más polémicos. Y he aquí uno de ellos: el rol político de la nueva izquierda revolucionaria 1  , nacida a mediados de los años sesenta y cuya presencia en la escena política influenció fuertemente el curso de los acontecimientos durante la Unidad Popular.

Este artículo se focaliza en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y la problemática de la violencia política, que fue central en su historia. Abarcaremos el período 1965-1970 y estudiaremos el discurso que tuvo el MIR sobre este punto, construido tanto en los escritos teóricos como en los discursos de sus dirigentes, el lugar y el rol que ocupó la violencia en la práctica política del MIR, y por último la articulación entre prácticas políticas y representaciones. El artículo está estructurado en torno a los…

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Mujeres, género y política en la historia reciente.

Mujeres, género y política en la historia reciente.

 

Mujeres, género y política en la historia reciente.

Notas para un balance de la investigación y la bibliografía.

En el proceso de consolidación de un campo de estudio dedicado a investigar el pasado reciente, los estudios de género realizan un aporte significativo. Si bien la mayoría de los estudios sobre las décadas del 60 y 70 se han centralizado en la descripción y análisis de temáticas tales como la movilización política y sindical, las organizaciones políticas armadas y no armadas, la implementación del terrorismo de Estado, la reestructuración económica o los cambios culturales, en los últimos años han comenzado a divulgarse trabajados sobre el período que incorporan en sus análisis históricos, la perspectiva de género.
La consolidación de área de investigación
El año 1996 puede considerarse un punto de inicio a partir del cual comenzó a elaborarse una reflexión más sistemática acerca de la traumática experiencia dictatorial iniciada el 24 de marzo de 1976. Los diversos actos que se organizaron entonces para conmemorar el 20º aniversario de ese golpe de Estado –se destaca sobre todo la multitudinaria marcha que tuvo lugar en Buenos Aires– dan cuenta de cierta maduración social para poder decir y poder escuchar de manera más abierta lo acontecido en aquellos años de silencio y muerte. En torno a esa fecha aniversario, marcada por un fuerte clima de interrogación sobre el pasado reciente, se observa la edición de una plétora de textos dedicados a narrar, en clave testimonial y periodística, historias de vida atravesadas por la militancia revolucionaria de los años 60 y 70 y el terrorismo de Estado. Los libros publicados en el último lustro de la década del noventa recuperan mayoritariamente las experiencias militantes de los varones comprometidos con la lucha armada y en cuyos relatos se evidencia la necesidad de explicar la derrota del proyecto revolucionario. También deben considerarse los trabajos dedicados a reunir documentos de las organizaciones político-armadas, notas periodísticas de época sobre ellas, y demás fuentes primarias referidas a cuestiones vinculadas a esa etapa de la historia argentina.

En ese coro de voces masculinas, se distingue el libro de la periodista Marta Diana, Mujeres guerrilleras . La razón que la impulsó a escribir sobre las experiencias de las militantes de las organizaciones político-armadas fue la noticia tardía sobre la desaparición de su mejor amiga del colegio secundario cordobés. Su libro parte de una pregunta: ¿qué motivos pudieron guiar a su entrañable compañera, “una muchacha pacífica, estudiosa” hacia la lucha armada? En su afán por entender esa decisión, Diana recupera los testimonios de otras mujeres que optaron por el mismo camino que su amiga desaparecida. Sus entrevistas permitieron trazar un primer panorama de la militancia femenina en aquellos convulsionados años; una temática escasamente tratada hasta entonces. Es a partir del año 2000 que se observa en el corpus de las literaturas periodística y testimonial dedicadas al pasado reciente la emergencia de numerosos textos que recuperan el decir femenino. Se trata de relatos de mujeres que narran sus propias historias o de mujeres que prestan su pluma para narrar las experiencias de otras que participaron de la política revolucionaria. En ellos, como lo había manifestado de manera incipiente Marta Diana en su pionero trabajo, son puestos de relieve aspectos de la vida militante, hasta entonces ausentes u opacados. Temas como el amor y las relaciones amorosas –en todas sus vertientes–, la vida cotidiana, la sexualidad, y sobre todo las tensiones, las vacilaciones y las contradicciones que la militancia les planteaba a estas mujeres comienzan a tener su lugar en estos relatos y permiten pensar ese “mundo de la militancia” como un estado de vida más complejo y diverso que entra en discusión con otras narraciones –masculinas, en su mayoría– que solían presentarlo casi sin fisuras, homogéneo.

La abundante bibliografía de corte testimonial y periodístico contrastaba, para la misma fecha, con los aportes de la historiografía al análisis y la reflexión sobre la historia reciente, más bien escasos. Existieron ciertos reparos desde el campo de la historia profesional para abordar ese pasado, tal vez demasiado cercano para el canon historiográfico de entonces. Sin embargo, esas reservas parecen haberse superado por el impulso de las generaciones de historiadores e historiadoras más jóvenes quienes junto a la guía, el apoyo y el trabajo de otros colegas más experimentados, han transformado sus intereses en el cimiento necesario sobre el cual se asienta y consolida una nueva área de la investigación histórica dedicada a explorarlo. Sin lugar a dudas, en este proceso de consolidación han resultado decisivos las enormes contribuciones de la historia oral y los trabajos en torno a la memoria.

Hoy, la historia reciente es una temática que ha aglutinado a investigadores en centros de estudios y equipos de trabajos en diversas instituciones académicas y el objeto de estudio de un número importante de tesis en curso (ya de grado; ya de posgrado). En torno a ella se organizan jornadas, coloquios, encuentros y las colecciones de historia argentina recientemente editadas lo han incorporado en sus tomos.

La experiencia en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras.

En el proceso de consolidación de un campo de estudio dedicado a investigar el pasado reciente, los estudios de género realizan un aporte significativo. Si bien la mayoría de los estudios sobre las décadas del 60 y 70 se han centralizado en la descripción y análisis de temáticas tales como la movilización política y sindical, las organizaciones políticas armadas y no armadas, la implementación del terrorismo de Estado, la reestructuración económica o los cambios culturales, en los últimos años han comenzado a divulgarse trabajados sobre el período que incorporan en sus análisis históricos, la perspectiva de género. Éstos, además de recuperar para las mujeres su condición de actores políticos, contribuyen a complejizar, completar y renovar la historia de esa época crucial de la Argentina. En tal sentido, un análisis de género posibilita “resignificar los alcances y los límites de las políticas revolucionarias, reinterpretar las prácticas de violencia institucional, reconceptualizar el sentido y el terreno de las resistencias, visualizar los múltiples espacios de conflicto, y de revelar los complejos mecanismos de poder y representación”.

Desde el año 2000, en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE) de la Facultad de Filosofía y Letras, el grupo “Mujeres, política y diversidad en los ‘70”, del que formo parte, se dedica a explorar el pasado reciente. Inquietudes comunes tales como la insuficiente producción historiográfica sobre el período y la necesidad de contar con una historia que lo piense y lo analice; la ausencia en los relatos (académicos o no) de las múltiples formas de participación de las mujeres y sobre todo de una reflexión de género dieron lugar a su conformación. La labor desarrollada por este equipo de historiadoras ha prosperado en estimulantes propuestas académicas. Así, el IIEGE, junto al Museo Roca, ha organizado dos exitosas jornadas de reflexión dedicadas a explorar los vínculos entre la historia, el género y la política en los 70- las primeras en el año 2004, las segundas en 2006-; además de la publicación un libro, cuya edición compartió con la editorial Feminaria.

Un análisis comparativo entre ambas jornadas puede resultar un ejercicio muy útil para sopesar la evolución de los aportes de los estudios de género a la reflexión sobre la historia reciente.

Desde una perspectiva puramente cuantitativa, las 31 ponencias presentadas en el evento de 2004 se duplicaron en el segundo. Este crecimiento da cuenta de una doble consolidación, la del IIEGE como un espacio abierto para la reflexión sobre el pasado reciente y la de los estudios de género como un área generadora de esa reflexión. Cualitativamente, son muchos los aspectos a ser considerados. Respecto de los asuntos tratados, en el primero, numerosos trabajos discutidos allí, giraron en torno a la condición de las mujeres en tanto militantes políticas y, sobre todo, a su papel en las organizaciones político-armadas del período, fundamentalmente Montoneros y el PRT-ERP. Esta “preferencia temática”, admite ser pensada como un primer momento de la investigación en la que parecía necesario hacer visibles a las mujeres en las narraciones y análisis históricos sobre los años 70 y cuestionar ciertas imágenes sobre la militancia revolucionaria del período y sus organizaciones construidas a partir de testimonios masculinos. En el segundo, varias ponencias trataron la cuestión. Sin embargo, la mayoría de ellas lograron superar el escalón de la visibilización para establecer relaciones con otros aspectos que condicionaban la militancia política y eran condicionados por ella. Las relaciones de pareja, familiares y de amistad o cuestiones vinculadas con la sexualidad fueron algunos de los ejes tomados en cuenta en varios textos. Así, el tema de la militancia política, tan preponderante en 2004, maduró dos años después en la formulación de nuevas preguntas que parecen correr el foco de la investigación hacia un análisis social de las experiencias políticas. Y si bien en las primeras jornadas la sexualidad y las políticas sexuales, las relaciones interpersonales –en ámbitos domésticos o políticos– tuvieron su lugar, en las segundas, estos asuntos lograron una mayor preponderancia. Por otro lado, la militancia fue el puntapié para indagar otros aspectos como las experiencias de las mujeres en las cárceles del régimen penitenciario o en el exilio, aspectos que no se desarrollaron en las ponencias de 2004 y que en 2006 provocaron un interesante debate.

Vinculados con el eje de la militancia, se presentaron en ambas reuniones varios textos dedicados a explorar la historia del feminismo argentino en los años 60 y 70 y sus posibles conexiones con otras experiencias políticas insurgentes del período. En este punto, estas investigaciones en curso intentan reparar ciertos olvidos de la historiografía local que poco ha recorrido la historia de feminismo en la Argentina reciente, en tanto movimiento político y contracultural.

También se incrementó de un evento a otro, la cantidad de trabajos dedicados a estudiar la historia reciente a partir de las realidades sociopolíticas de las provincias. En todos los casos se trató de ejercicios que recuperaron por un lado, acontecimientos políticos y sociales importantes en la vida de aquellas; por otro, la participación y el accionar de las mujeres en ellos.

En consonancia con el espíritu interdisciplinario del Instituto, tanto en las primeras como en las segundas jornadas se presentaron varios trabajos provenientes de áreas como la crítica literaria, el cine y las artes plásticas en las que se observa un importante desarrollo de la investigación sobre el período. Finalmente, la presencia de investigadoras de otras academias latinoamericanas es el último aspecto que merece ser mencionado. Sus presentaciones como los debates posteriores indican que existe un estimulante camino por recorrer de manera conjunta para abordar ese traumático pasado también desde una perspectiva regional.

NOTAS 

Solo a manera de ejemplo: Luis Mattini, Hombre y mujeres del PRT-ERP: la pasión militante , Buenos Aires, Contrapunto, 1990 [obra reedita por la Editorial de la Campana, cita en la ciudad de La Plata en 1995]; Eduardo Anguita y Martín Caparrós, La Voluntad , Buenos Aires, Norma, 1997; Miguel Bonasso, El presidente que no fue. Los archivos ocultos del peronismo , Buenos Aires, Planeta, 1997; Ernesto Jauretche,Violencia y política en los 70 , Buenos Aires, Ediciones del Pensamiento Nacional, 1997; Roberto C. Perdía, La otra historia. Testimonio de un jefe montonero , Fuerte General Roca, Editorial Agora, 1997; Ernesto Jauretche y Gregorio Levenson, Historia de la Argentina revolucionaria , Buenos Aires, Ediciones del Pensamiento Nacional, 1998; Gonzalo Chaves y Jorge Lewinger, Los del 73. Memoria montonera , La Plata, Editorial de la Campana, 1999; María Seoane, Todo o nada. La historia secreta y pública del jefe guerrillero Mario Roberto Santucho , Buenos Aires, Planeta, 1990; Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA , Buenos Aires, Norma, 2000Gustavo Vaca Narvaja y Fernando Frugoni, Fernando Vaca Narvaja, con igual ánimo , Buenos Aires, Colihue, 2002. De todas estas obras, la de Anguita y Caparrós se distingue por factura, densidad y efectos en el debate público. Se trata del primer intento por reconstruir una historia sobre la militancia política de los años sesenta y setenta, alejada, sin embargo de la impronta militante. Deben mencionarse además por su carácter inaugural los libros de Pablo Giussani, Pablo, Montoneros, la soberbia armada , Buenos Aires, Sudamericana, 1984 y Juan Gasparini, Montoneros, final de cuentas , Buenos Aires, Puntosur, 1988.

Se destacan sobre todo los trabajos de Roberto Baschetti, De la guerrilla peronista al gobierno popular: documentos 1970-1973, La Plata, Editorial de la Campana, 1995; Documentos 1973-1976 , La Plata, Editorial de la Campana, 1996;Documentos de la resistencia peronista, 1955-1970 , La Plata, Editorial de la Campana, 1997.

Marta Diana, Mujeres guerrilleras , Buenos Aires, Planeta, 1997.

Se pueden señalar: M. Actis, G. Aldini, L. Gardekis, M. Lewin, E. Tokar, Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA , Buenos Aires, Sudamericana, 2001; Noemí Ciollaro, Pájaros sin luz. Testimonios de mujeres de desaparecidos , Buenos Aires, Planeta, 1999; Laura Giussani, Buscada. Lili Massaferro: de los dorados años cincuenta a la militancia montonera , Buenos Aires, Norma, 2005; Adriana Robles, Perejiles. Los otros montoneros , Buenos Aires, Colihue, 2004; Marisa Sadi, Montoneros. La resistencia después del final , Buenos Aires, Nuevos Tiempos, 2004; Gabriela Saidon, La Montonera. Biografía de Norma Arrostito , Buenos Aires, Sudamericana, 2005; Cristina Zuker,El tren de la victoria, una saga familiar , Buenos Aires, Sudamericana, 2003; Nosotras, presas políticas , Buenos Aires, Nuestra América, 2006; La Lopre, Memorias de una presa política , Buenos Aires, Norma. 2006.

Las escasas obras académicas provinieron sobre todo de la sociología y la ciencia política. Se indican las siguientes: Claudia Hilb y Daniel Lutzky, La nueva izquierda argentina, 1960-1980: Política y violencia , Buenos Aires, CEAL, 1984; María Matilde Ollier, El fenómeno insureccional y la cultura política, 1969-1973 , Buenos Aires, CEAL, 1986 y La creencia y la pasión. Privado, público y político en la izquierda revolucionaria , Buenos Aires, Ariel, 1998; Judith Filc, Entre el parentesco y la política. Familia y dictadura, 1976-1983 , Buenos Aires, Biblos, 1997; Pucciarelli, Alfredo (ed.), La primacía de la política: Lanusse, Perón y la nueva izquierda en tiempos del GAN , Buenos Aires, Eudeba, 1999. Si se toma como ejemplo las producciones académicas en torno a Montoneros observamos una meseta prolongada entre el ya clásico trabajo de Richard Gillespie, Soldados de Perón. Los Montoneros , Buenos Aires, Grijalbo, 1987; un artículo de Carlos Altamirano “Montoneros” en Altamirano, Carlos,Peronismo y cultura de izquierda , Buenos Aires, Temas Grupo Editorial, 2001 y las recientes publicaciones de dos tesis de maestrías devenidas en libros: Gabriela Esquivada, Gabriela, El diario Noticias. Los Montoneros en la prensa argentina , La Plata, EPC- Facultad de Periodismo y Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata, 2004 y Lucas Lanusse,Montoneros. El mito de sus doce fundadores , Buenos Aires, Vergara, 2005.

En el año 1996, el historiador Luis Alberto Romero afirmaba en una nota de opinión publicada en el diario Clarín : “La historia termina hace cincuenta años; lo que sigue es política. La historia debe atenerse a los hechos, a lo realmente ocurrido; lo demás es filosofía”. [“Para que sirve la historia”, Clarín , 11 de octubre de 1996]. Un año más tarde opinaba en el mismo periódico: “Los setenta se han puesto de moda. En estos días, varios libros de éxito nos traen las voces de sus actores, de quienes los conocieron o secundaron, de los que integraban el coro y de quienes los reprimieron. Para justificarse o para vender libros, todos exponen su verdad (…) Se reclama a los historiadores que digan algo, y los historiadores tienen algo que decir: tienen una tarea y una responsabilidad. Lo que sin duda no tienen es la última palabra, pues lo que está en juego es algo más que la historia científica: se trata de la memoria y la conciencia de la sociedad. (…) A todo profesional la disciplina lo ayuda a separar la paja del trigo, a constatar que ocurrió realmente, a veces contra la memoria de los propios protagonistas, a establecer los criterios de verdad, los márgenes de lo opinable. En estos términos, no tenemos todavía una buena historia de los setenta”. [ “Nos falta una buena historia de los años setenta”, Clarín , 15 de mayo de 1997].

En el año 1994, la historiadora Hilda Sabato fue interrogada por la ausencia de trabajos consistentes sobre “los setenta”. Ella respondió: “No tengo una explicación acerca de por qué esto es así, aunque sí tengo una justificación autobiográfica. Lo cierto es que son pocos los historiadores que han trabajado sobre los últimos cincuenta años de historia argentina, y habría que ver por qué. Sobre el período del ’76 en adelante es muy importante no sólo que los historiadores y los intelectuales reflexionen, sino que esta reflexión se extienda a toda la sociedad. Fue una experiencia durísima y que nos ha marcado de la peor manera; si no volvemos sobre eso, va a ser muy difícil saber dónde estamos parados. No tengo pensado por qué quienes estamos en edad de hacer ese tipo de trabajo no lo estamos generando. En lo personal, tengo una dificultad para mirar ese período, no sólo como historiadora, sino como intelectual, como una persona con intereses políticos y hasta como simple argentina (…) Quizás la generación que sigue a la nuestra pueda encarar esa exploración con preguntas que estén un poco más despegadas de la experiencia personal”. En: Roy Hora y Javier Trímboli, Pensar la Argentina. Los historiadores hablan de historia y política , Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1994, p.103.

Debe subrayarse la tarea desarrollada por Elizabeth Jelin en el Núcleo Memoria inscripto en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y por la colección de libros Memorias de la Represión que reúne los resultados del Programa desarrollado por el Panel Regional de América Latina del Social Science Research Council que ella dirigió junto a Carlos Degregori.

Ver: Marcos Novaro y Vicente Palermo, Historia Argentina 9. La dictadura militar , Buenos Aires, Paidós, 2003; Juan Suriano (dir.), Nueva Historia Argentina. Dictadura y Democracia (1976-2001) , tomo X, Buenos Aires, Sudamericana, 2005.

El Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género es dirigido por la Dra. Dora Barrancos. Y la Dra. Nora Domínguez es su Secretaria Académica.

A. Andujar, N. Domínguez, K. Grammático, et. al. (comps.),Historia, género y política en los ’70, Buenos Aires, Feminaria, 2005, p.14

Forman el grupo: Andrea Andujar, Débora D’antonio, Fernanda Gil Lozano, Valeria Pita, María Laura Rosa, Alejandra Vasallo y Karin Grammático.

Con el respaldo de D. Barrancos y N. Domínguez, y la habitual generosidad de la Lic. María Inés Rodríguez, directora del Museo Roca, se desarrollaron en la sede de esa institución, lasJornadas de Reflexión Historia, Género y Política en los ’70 , tanto en el año 2004 como en el año 2006. En ambas contamos con la colaboración del equipo del IIEGE, Archivo Palabras e Imágenes de Mujeres (APIM), dirigido por la Dra. Mirta Lobato que expuso las muestras fotográficas: “Mujeres en acción: política y feminismos en la década de 1970” (2004) y “De pantalones anchos y vincha… Mujeres y militancia política en los ‘70” (2006).

Participaron, entre otras, Graciela Sapriza, de Uruguay, Maria Lygia Quartim de Moraes y Ana María Collings, de Brasil, y Brenda Rodríguez Ramírez, de México. También estuvo presente en las jornadas del año 2006, la prestigiosa historiadora norteamericana Temma Kaplan quien dictó una conferencia magistral sobre cuestiones vinculadas al género y la memoria en el contexto latinoamericano.

A. Andujar, N. Domínguez, K. Grammático, et. al. (comps.), op. cit. p.16

A modo de cierre
A partir de este recuento pormenorizado de las actividades llevadas adelante por el IIEGE se puede trazar un panorama tentativo de los aportes realizados por los estudios de género en la historia reciente y del cual se desprende una posible agenda de la que merecen subrayarse los siguientes ítems:

* El desarrollo de una historia social de la militancia política de los años sesenta y setenta.

* El afianzamiento del vínculo con otras áreas de género de universidades latinoamericanas a fin de construir un espacio de investigación y reflexión de las experiencias históricas del pasado reciente de América Latina desde una perspectiva regional.

* La reconstrucción de experiencias políticas como las del feminismo u otros movimientos de mujeres que hasta el momento han sido poco tratadas por la historiografía local.

Finalmente retomo las palabras del grupo “Mujeres, política y diversidad en los ‘70” propósito de la edición del ya citado libroHistoria, Género y Política en los ’70 ; “la búsqueda hacia el pasado de esas presencias femeninas no es sólo parte de una labor intelectual. Es, más bien, la consecución de un deseo de arrojar luz sobre nuestras propias presencias y nuestros propios lazos con ese pasado”.

NOTAS 

Solo a manera de ejemplo: Luis Mattini, Hombre y mujeres del PRT-ERP: la pasión militante , Buenos Aires, Contrapunto, 1990 [obra reedita por la Editorial de la Campana, cita en la ciudad de La Plata en 1995]; Eduardo Anguita y Martín Caparrós, La Voluntad , Buenos Aires, Norma, 1997; Miguel Bonasso, El presidente que no fue. Los archivos ocultos del peronismo , Buenos Aires, Planeta, 1997; Ernesto Jauretche,Violencia y política en los 70 , Buenos Aires, Ediciones del Pensamiento Nacional, 1997; Roberto C. Perdía, La otra historia. Testimonio de un jefe montonero , Fuerte General Roca, Editorial Agora, 1997; Ernesto Jauretche y Gregorio Levenson, Historia de la Argentina revolucionaria , Buenos Aires, Ediciones del Pensamiento Nacional, 1998; Gonzalo Chaves y Jorge Lewinger, Los del 73. Memoria montonera , La Plata, Editorial de la Campana, 1999; María Seoane, Todo o nada. La historia secreta y pública del jefe guerrillero Mario Roberto Santucho , Buenos Aires, Planeta, 1990; Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA , Buenos Aires, Norma, 2000Gustavo Vaca Narvaja y Fernando Frugoni, Fernando Vaca Narvaja, con igual ánimo , Buenos Aires, Colihue, 2002. De todas estas obras, la de Anguita y Caparrós se distingue por factura, densidad y efectos en el debate público. Se trata del primer intento por reconstruir una historia sobre la militancia política de los años sesenta y setenta, alejada, sin embargo de la impronta militante. Deben mencionarse además por su carácter inaugural los libros de Pablo Giussani, Pablo, Montoneros, la soberbia armada , Buenos Aires, Sudamericana, 1984 y Juan Gasparini, Montoneros, final de cuentas , Buenos Aires, Puntosur, 1988.

Se destacan sobre todo los trabajos de Roberto Baschetti, De la guerrilla peronista al gobierno popular: documentos 1970-1973, La Plata, Editorial de la Campana, 1995; Documentos 1973-1976 , La Plata, Editorial de la Campana, 1996;Documentos de la resistencia peronista, 1955-1970 , La Plata, Editorial de la Campana, 1997.

Marta Diana, Mujeres guerrilleras , Buenos Aires, Planeta, 1997.

Se pueden señalar: M. Actis, G. Aldini, L. Gardekis, M. Lewin, E. Tokar, Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA , Buenos Aires, Sudamericana, 2001; Noemí Ciollaro, Pájaros sin luz. Testimonios de mujeres de desaparecidos , Buenos Aires, Planeta, 1999; Laura Giussani, Buscada. Lili Massaferro: de los dorados años cincuenta a la militancia montonera , Buenos Aires, Norma, 2005; Adriana Robles, Perejiles. Los otros montoneros , Buenos Aires, Colihue, 2004; Marisa Sadi, Montoneros. La resistencia después del final , Buenos Aires, Nuevos Tiempos, 2004; Gabriela Saidon, La Montonera. Biografía de Norma Arrostito , Buenos Aires, Sudamericana, 2005; Cristina Zuker,El tren de la victoria, una saga familiar , Buenos Aires, Sudamericana, 2003; Nosotras, presas políticas , Buenos Aires, Nuestra América, 2006; La Lopre, Memorias de una presa política , Buenos Aires, Norma. 2006.

Las escasas obras académicas provinieron sobre todo de la sociología y la ciencia política. Se indican las siguientes: Claudia Hilb y Daniel Lutzky, La nueva izquierda argentina, 1960-1980: Política y violencia , Buenos Aires, CEAL, 1984; María Matilde Ollier, El fenómeno insureccional y la cultura política, 1969-1973 , Buenos Aires, CEAL, 1986 y La creencia y la pasión. Privado, público y político en la izquierda revolucionaria , Buenos Aires, Ariel, 1998; Judith Filc, Entre el parentesco y la política. Familia y dictadura, 1976-1983 , Buenos Aires, Biblos, 1997; Pucciarelli, Alfredo (ed.), La primacía de la política: Lanusse, Perón y la nueva izquierda en tiempos del GAN , Buenos Aires, Eudeba, 1999. Si se toma como ejemplo las producciones académicas en torno a Montoneros observamos una meseta prolongada entre el ya clásico trabajo de Richard Gillespie, Soldados de Perón. Los Montoneros , Buenos Aires, Grijalbo, 1987; un artículo de Carlos Altamirano “Montoneros” en Altamirano, Carlos,Peronismo y cultura de izquierda , Buenos Aires, Temas Grupo Editorial, 2001 y las recientes publicaciones de dos tesis de maestrías devenidas en libros: Gabriela Esquivada, Gabriela, El diario Noticias. Los Montoneros en la prensa argentina , La Plata, EPC- Facultad de Periodismo y Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata, 2004 y Lucas Lanusse,Montoneros. El mito de sus doce fundadores , Buenos Aires, Vergara, 2005.

En el año 1996, el historiador Luis Alberto Romero afirmaba en una nota de opinión publicada en el diario Clarín : “La historia termina hace cincuenta años; lo que sigue es política. La historia debe atenerse a los hechos, a lo realmente ocurrido; lo demás es filosofía”. [“Para que sirve la historia”, Clarín , 11 de octubre de 1996]. Un año más tarde opinaba en el mismo periódico: “Los setenta se han puesto de moda. En estos días, varios libros de éxito nos traen las voces de sus actores, de quienes los conocieron o secundaron, de los que integraban el coro y de quienes los reprimieron. Para justificarse o para vender libros, todos exponen su verdad (…) Se reclama a los historiadores que digan algo, y los historiadores tienen algo que decir: tienen una tarea y una responsabilidad. Lo que sin duda no tienen es la última palabra, pues lo que está en juego es algo más que la historia científica: se trata de la memoria y la conciencia de la sociedad. (…) A todo profesional la disciplina lo ayuda a separar la paja del trigo, a constatar que ocurrió realmente, a veces contra la memoria de los propios protagonistas, a establecer los criterios de verdad, los márgenes de lo opinable. En estos términos, no tenemos todavía una buena historia de los setenta”. [ “Nos falta una buena historia de los años setenta”, Clarín , 15 de mayo de 1997].

En el año 1994, la historiadora Hilda Sabato fue interrogada por la ausencia de trabajos consistentes sobre “los setenta”. Ella respondió: “No tengo una explicación acerca de por qué esto es así, aunque sí tengo una justificación autobiográfica. Lo cierto es que son pocos los historiadores que han trabajado sobre los últimos cincuenta años de historia argentina, y habría que ver por qué. Sobre el período del ’76 en adelante es muy importante no sólo que los historiadores y los intelectuales reflexionen, sino que esta reflexión se extienda a toda la sociedad. Fue una experiencia durísima y que nos ha marcado de la peor manera; si no volvemos sobre eso, va a ser muy difícil saber dónde estamos parados. No tengo pensado por qué quienes estamos en edad de hacer ese tipo de trabajo no lo estamos generando. En lo personal, tengo una dificultad para mirar ese período, no sólo como historiadora, sino como intelectual, como una persona con intereses políticos y hasta como simple argentina (…) Quizás la generación que sigue a la nuestra pueda encarar esa exploración con preguntas que estén un poco más despegadas de la experiencia personal”. En: Roy Hora y Javier Trímboli, Pensar la Argentina. Los historiadores hablan de historia y política , Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 1994, p.103.

Debe subrayarse la tarea desarrollada por Elizabeth Jelin en el Núcleo Memoria inscripto en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y por la colección de libros Memorias de la Represión que reúne los resultados del Programa desarrollado por el Panel Regional de América Latina del Social Science Research Council que ella dirigió junto a Carlos Degregori.

Ver: Marcos Novaro y Vicente Palermo, Historia Argentina 9. La dictadura militar , Buenos Aires, Paidós, 2003; Juan Suriano (dir.), Nueva Historia Argentina. Dictadura y Democracia (1976-2001) , tomo X, Buenos Aires, Sudamericana, 2005.

El Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género es dirigido por la Dra. Dora Barrancos. Y la Dra. Nora Domínguez es su Secretaria Académica.

A. Andujar, N. Domínguez, K. Grammático, et. al. (comps.),Historia, género y política en los ’70, Buenos Aires, Feminaria, 2005, p.14

Forman el grupo: Andrea Andujar, Débora D’antonio, Fernanda Gil Lozano, Valeria Pita, María Laura Rosa, Alejandra Vasallo y Karin Grammático.

Con el respaldo de D. Barrancos y N. Domínguez, y la habitual generosidad de la Lic. María Inés Rodríguez, directora del Museo Roca, se desarrollaron en la sede de esa institución, lasJornadas de Reflexión Historia, Género y Política en los ’70 ,tanto en el año 2004 como en el año 2006. En ambas contamos con la colaboración del equipo del IIEGE, Archivo Palabras e Imágenes de Mujeres (APIM), dirigido por la Dra. Mirta Lobato que expuso las muestras fotográficas: “Mujeres en acción: política y feminismos en la década de 1970” (2004) y “De pantalones anchos y vincha… Mujeres y militancia política en los ‘70” (2006).

Participaron, entre otras, Graciela Sapriza, de Uruguay, Maria Lygia Quartim de Moraes y Ana María Collings, de Brasil, y Brenda Rodríguez Ramírez, de México. También estuvo presente en las jornadas del año 2006, la prestigiosa historiadora norteamericana Temma Kaplan quien dictó una conferencia magistral sobre cuestiones vinculadas al género y la memoria en el contexto latinoamericano.

A. Andujar, N. Domínguez, K. Grammático, et. al. (comps.), op. cit. p.16

Pegado de <http://www.uba.ar/encrucijadas/40/sumario/enc40-mujeresypolitica.php>

Mujeres, género y política en la historia reciente.

 

«NADIE HABRÁ VISTO ESAS IMÁGENES, PERO EXISTEN»1.A PROPÓSITO DE LAS MEMORIAS DEL EXILIO EN LA ARGENTINA ACTUAL

© Ediciones Universidad de Salamanca América Latina Hoy, 34, 2003, pp. 103-118
«NADIE HABRÁ VISTO ESAS IMÁGENES, PERO EXISTEN»1.
A PROPÓSITO DE LAS MEMORIAS DEL EXILIO
EN LA ARGENTINA ACTUAL


«No one has seen these images, but they exist».
The memory of exile in contemporary Argentina
Silvina JENSEN
Universidad Nacional del Sur, Argentina
sjensen@criba.edu.ar
BIBLID [1130-2887 (2003) 34, 101-116]
Fecha de recepción: marzo de 2003
Fecha de aceptación y versión final: mayo de 2003
RESUMEN: Este trabajo analiza los modos en que los argentinos recuerdan el exilio de la dictadura militar, enfatizando la peculiar inscripción pública del tema del exilio en la Argentina en los últimos años. A partir de la contextualización de la memoria del destierro en las luchas por el recuerdo del terrorismo de Estado pretendo mostrar cómo desde mediados de la década de1990 se está produciendo un lento reposicionamiento del exilio en la memoria de la represión.
A juicio de la autora, este nuevo interés social sobre el exilio –expresado en la publicación de literatura sobre el exilio, la configuración de escenarios culturales, judiciales y legislativos queconvocan a problematizar al destierro, etc.– no es tanto el resultado de la aparición de información inédita, indicios desconocidos o flamantes huellas, sino de la nueva mirada que sobre los tiempos del autoproclamado «Proceso de Reorganización Nacional» se está articulando tanto desde la
comunidad académica como de la sociedad en su conjunto.
Palabras clave: exilio, represión, memorias, militancia, dictadura.
ABSTRACT: This paper examines how Argentines remember the experience of exile from
the military dictatorship, with particular emphasis on the public discussion of the theme of exile
in Argentine in recent years. Through a contextualization of the memory of exile in the struggle
to keep alive the memory State terrorism, the article aims to show how since the mid-1990s we
are witnessing a repositioning of the experience of exile in the memory of the years of repression.
1. Jorge SEMPRÚN. La escritura o la vida. Barcelona: Tusquets, 1998.
ISSN: 1130-2887
According to the author, this new social interest on exile –expressed in the emergence of a number
of publications on exile, the development of cultural, legal and legislative spaces are giving rise
to a public airing of the theme of exile– is less the result of the emergence of unpublished material,
but more the result of a new vision which is emerging from the academic community and from
society in general on the self-proclaimed «Process of National Reorganization».
Key words: exile, repression, memories, militancy, dictatorship.
I. CONSIDERACIONES INICIALES
Anclados en la encrucijada entre lo individual y colectivo, los trabajos de la memoria
se inscriben en una trama de significados culturales compartidos, activados y reformulados por los actores sociales según las circunstancias.
Los recuerdos no sólo existen en la mente de los individuos, sino que están distribuidos
en soportes o superficies en los que la relación entre marca, textura y acontecimiento
libera efectos de sentido (Richard, 1998).
El lenguaje es la primera forma cultural de mediación de los recuerdos. Luego, las representaciones del pasado son vehiculizadas por artefactos culturales y discursos públicos.
De este modo, preguntarse sobre qué recuerdan los argentinos sobre el exilio
supone incursionar en las luchas entre actores que compiten por el derecho a nombrar al exilio.
Este trabajo, que forma parte de una investigación más amplia2, centra su atención
en la actual «cartografía del exilio»3, que pone de manifiesto los modos en que diferentes actores sociales están disputando por el derecho a nominar qué se entiende por exilio, quién puede ser considerado un exiliado y cuáles son los sentidos involucrados en esa categoría social.

2. Silvina JENSEN. Suspendidos de la Historia/Exiliados de la memoria. Historia de las representaciones
del exilio en Argentina (1976-2000). Investigación realizada en el marco del programa de formación
e investigación «Memoria colectiva y represión: perspectivas comparativas sobre los procesos de democratización en el Cono Sur de América Latina», Social Science Research Council, coordinado
por Elizabeth Jelin, 1999-2000. Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en las VIII Jornadas Interescuelas/Departamento de Historia, Salta (Argentina), septiembre de 2001.
3. Para estudiar las formas en las que los agentes sociales producen, conservan y transmite memorias bajo la presión de desafíos y alternativas cambiantes, utilizaré la metáfora «cartografía del exilio”.

Una cartografía recoge las marcas públicas (huellas o impresiones) dejadas por los actores involucrados en la producción de memoria. Asimismo, cada escenario susceptible de ser cartografiado y reconocido en su peculiaridad, condensa la yuxtaposición de innovación y permanencia, emergencia o agitación superficial y movimiento subterráneo y continuidades de larga duración.
Las sucesivas cartografías del exilio pueden ser individualizadas o por la densidad de marcas exílicas
(proliferación de acontecimientos que remiten al exilio en forma directa o colateral); o por la presencia de la cuestión exilio (persistencia temporal y centralidad en la agenda pública o cultural); o por el nivel de circulación pública (conformación de memorias más inclusivas [JELIN y KAUFMAN, 1999]
y no circunscritas a grupos de afectados); o por la conflictividad (momentos de crisis en los que es posible observar las memorias en disputa [POLLAK, 1989: 6].
Como espacio de disputas, el escenario público de memorias sobre el exilio está
ocupado por narrativas que no ofrecen una continuidad absoluta en el tiempo y que
representan diferentes compromisos de sentido elaborados tanto por aquellos que vivieron el exilio, como por aquellos que no tuvieron la experiencia directa (Jelin y Kaufman,1999).
Teniendo en cuenta que desde mediados de la década de los 90, un nuevo impulso
de revisión de las consecuencias del terrorismo de Estado permite pensar en un «recalentamiento memorialista» (Rousso, 1987: 220), intentaré responder a la pregunta cuál es el lugar del exilio en este nuevo relato sobre el pasado dictatorial que se está construyendo en Argentina, en estos últimos años.
Parto de la hipótesis que el reciente «reposicionamiento» del exilio en la memoria
de la represión no obedece tanto a la aparición de información inédita, indicios desconocidos o flamantes huellas, sino a esa nueva mirada sobre la dictadura militar que desde la sociedad se está articulando.
II. EL EXILIO EN LA MEMORIA DE LA REPRESIÓN
No es el propósito de este trabajo analizar en forma pormenorizada la dinámica de
la producción de memoria del exilio en Argentina. Sin embargo para entender los puentes que los argentinos del nuevo milenio estamos construyendo con el exilio, no pueden obviarse ni la evolución de las prácticas de recuerdo/olvido, ni el análisis de la
relación del exilio con las otras consecuencias de la violencia del Estado terrorista de
los años 70.
En este sentido, mi punto de partida es doble. Por una parte, entiendo que la actual
cartografia es la resultante de la negociación entre actores que disputan por hacer de su narrativa del exilio, la memoria dominante. Pero en tanto un relato pasa a hegemonizarel espacio público, otras narrativas ocupan roles marginales, residuales o emergentes(Williams, 1980). Asimismo, en el escenario actual coexisten relatos inéditos sobre el exilio y otros que, aunque asumen sentidos nuevos –a partir de la intervención de otros agentes y a la luz de otros conflictos y otros intereses–, son vestigios de representaciones pasadas (Perk y Thompson, 1998).
Por otra parte, intento leer el exilio como una huella de la represión dictatorial,
como violación de los derechos humanos (DD.HH.) y en el contexto de la violencia política que explica la partida e impide el retorno del desplazado a su patria. Pero, asumo que esto no es sí mismo un dato, sino que, por el contrario, se trata de una asunción problemática, que ilumina el núcleo mismo de la cuestión, qué recuerdan los argentinos sobre el exilio.
Sin embargo, a la hora de evaluar el grado de visibilidad pública que el exilio tiene
en la sociedad argentina actual valoraré el modo en que aparece (o no) en las narrativas colectivas sobre la violencia de los años 70, excluyendo aquellas lecturas en las que el exilio aparece anexado a otros relatos, como el de las migraciones, el de la «fuga de cerebros», etc.

III. EL RÍO DE LA MEMORIA DEL EXILIO
Desde mediados de los años 90, el recuerdo del terrorismo de Estado volvió a concitar
la atención de los argentinos. Esta eclosión devino después de un periodo en el
que, paralelamente al intento oficial de clausurar el pasado –vía leyes de Punto Final y
Obediencia Debida e Indultos–, la presencia pública del tema DD.HH. había perdido
centralidad en la agenda política y social.
A partir de los últimos años de la década del 80, las huellas de la represión dictatorial
fueron cada vez más débiles y dispersas, al tiempo que la memoria se encriptaba
en los grupos de «afectados», sobrevivientes y familiares de las víctimas. Una «memoria silente» (Páez et al., 1998: 171) pareció dominar el campo de las representaciones colectivas sobre las consecuencias del horror de los años 70. Sin embargo, esta «ausencia» pública no implicó la suspensión de los trabajos de la memoria, ya que como si se tratara de un río subterráneo, su corriente no había dejado de fluir.

Las polémicas declaraciones de Scilingo, la masividad de la conmemoración del XX
aniversario del golpe militar, la aparición pública de la nueva generación de los hijos4 de la represión, la multiplicación de las iniciativas sociales y estatales por «materializar» la memoria desde la recuperación de los «lugares de la memoria» del horror, la inauguración de diversas instancias judiciales en el mundo que pretenden hacer justicia plena, cuando la vía penal está vedada en el país por las leyes de impunidad, y la implementación desde el Estado de una política de reparación a las víctimas del terrorismo,son sólo algunos de los muchos signos y escenarios que señalan que la dictadura es un pasado que no pasa.
La memoria colectiva desde finales de la dictadura militar ha estado dominada por
dos grandes relatos que intentaron dar cuenta de lo ocurrido en el país entre 1976 y
1983. Por una parte, la versión construida por los militares a lo largo de los 7 años de gobierno y cuyo colofón es el Documento Final de la Junta Militar (abril de 1983) y la Ley de Pacificación o Autoamnistía (septiembre de 1983) y, por el otro, el Nunca Más.
Luego de la derrota de Malvinas, el poder pretoriano avanzó en la política de negación
y ocultamiento hasta construir una Verdad, que pretendía alejar tanto una posible
persecución penal como un juicio histórico desfavorable. En su versión de la historia
–enmarcada en la Doctrina de la Seguridad Nacional– las Fuerzas Armadas (FF.AA.) confirmaban que los argentinos habíamos vivido una guerra, donde los culpables eran los «subversivos»; reducían el plan sistemático de exterminio de la oposición, aexcesos,errores o conductas aisladas de militares réprobos y equiparaban las desapariciones a muertes en combate de guerrilleros que usaban nombres falsos, a ajusticiamientos entre los mismos combatientes de izquierda o a exilios dorados de «subversivos» en fuga.

4. Con la palabra hijos nos referimos tanto a la aparición de la generación de los hijos de los
represaliados directos, como a la organización de derechos humanos que aglutina a hijos de desaparecidos,muertos, presos políticos y exiliados.
La sigla HIJOS significa Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio. Esta agrupación hizo su aparición pública en 1996 en distintas ciudades de Argentina y también en países donde hay comunidades de argentinos, muchos de los cuales son antiguos exiliados.
En este relato, el exilio se asociaba preferentemente5 a la guerrilla cobarde que huyó del país, luego de ser derrotada por las FF.AA., a vivir del dorado refugio europeo:
Este informe hace fe del nacimiento, desarrollo y desenlace del fenómeno terrorista en
la República Argentina y de su posterior rebrote lejos de sus fronteras una vez derrotado en ésta, el suelo de la Libertad.
[…] El contenido de esa victoria coincide con el significado de la derrota de los violentos.
Sus jefes huyeron a refugios dorados y aquí dejaron –junto con su legado de sangre–
a sus seguidores (Presidencia de la Nación, 1979: 3).
El origen externo de la «subversión» se ponía de manifiesto con el retorno de
los derrotados a su «punto de partida». Desde fuera de la patria, el exiliado no sólo
confirmaba su condición de desertor-cobarde, sino de traidor, agitando una campaña
tendiente a aislar a la República, desprestigiar a su gobierno y a vituperar al pueblo
argentino:
…el ámbito internacional constituye actualmente el centro de gravedad de la actuación
de las bandas de delincuentes terroristas argentinos, quienes contando con importantes
recursos financieros propios y vinculaciones de diversos tipos que permiten la difusión
de lo planificado en sus campañas de acción psicológica contra nuestro país, tratan de
aislar a la REPÚBLICA ARGENTINA de los países tradicionalmente amigos, para provocar dificultades al gobierno con sus pares en el exterior, a fin de que fracasen los objetivos previstos en el Proceso de Reorganización Nacional (PRN) (Presidencia de la Nación,1979: 12).
Cuando el presidente Alfonsín decidió anular la autoamnistía militar, constituir una
comisión encargada de investigar las violaciones de los DD.HH.6, enjuiciar a las Juntas
Militares y ordenar la persecución penal de las cabezas de Montoneros y Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) en el exilio, dio un fuerte impulso a la organización
de una memoria que no sólo contestaba la lectura militar, sino que impulsaba un nuevo
modo de entender la violencia.
Por una parte, el Nunca Más fue crucial en la construcción social del conocimiento
sobre las consecuencias del autoritarismo. El informe atacaba los cimientos de la teoría
de los «excesos» y «errores» de los militares comprometidos en la «salvación de la
patria» en una «guerra antisubversiva» (Junta Militar, 1983: 11); y, al mismo tiempo,
explicaba que los «derechos humanos fueron violados en forma sistemática y estatal
por la represión de las Fuerzas Armadas». Pero, por otra parte, en el prólogo del informe, y sin divorciarse del espíritu de la Ley de Autoamnistía, se leía el proceso político

5. Para un estudio pormenorizado de las luchas por la memoria del exilio entre 1976 y 1983
Vid. Silvina JENSEN. Suspendidos de la Historia/Exiliados de la memoria. Historia de las representacionesdel exilio en Argentina (1976-2000).
6. Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas.
argentino de la década de los 70 como la lucha entre «dos demonios»: la violencia de
las organizaciones armadas y la de las FF.AA. que ocuparon la estructura del Estado en marzo de 1976 (CO.NA.DEP., 1985: 7 y ss.).
De esta forma, frente a la tesis de la «guerra contrarrevolucionaria» (Díaz Bessone,
1988: 343), el Nunca Más hablaba de «terrorismo de Estado». Pero, en un contexto
fuertemente atravesado por los resabios de una política de sentido autoritaria, la posibilidadde dotar de visibilidad a desaparecidos, torturados, presos políticos o exiliados,sólo fue posible en cuanto víctimas, esto es, como sujetos pasivos de la represión militar.
La borradura de las identidades políticas de las víctimas fue una precondición para su relegitimación social en una sociedad en la que «el por algo habrá sido» era moneda corriente.
Si las prácticas genocidas habían implicado un doble esfuerzo de aniquilamiento
físico y de exclusión simbólica (que incluyó el diseño de la forma en que los enemigos
debían ser pensados y recordados); los gobiernos democráticos, desde la Teoría de los Dos Demonios, ratificaron esa borradura.
Paralelamente, si los militares execraban a los «subversivos», ahora como si se tratara
de un espejo invertido, se demonizaba a los militares y se divorciaba a la dictadura
de la sociedad civil que la había generado, soportado o convalidado. Las FF.AA.eran el mal absoluto, como los «subversivos» fueron el «cáncer» de la «Argentina occidental y cristiana». Pero si los militares eran lo radicalmente abominable y habían mostrado con su accionar los signos de su sadismo, perversión o locura; las víctimas sólo podían ser inocentes. En esta lógica, ser víctima era equivalente a estar libre de culpa, más que a haber sido sujeto de la violación de sus derechos fundamentales (derecho a la vida,la libertad, la legítima defensa, etc.) (CO.NA.DEP., 1985: 9 y 10).

Esta borradura de la identidad de las víctimas fue la resultante de un contexto
político marcado por el clima de la transición democrática que, al tiempo que apostaba por la paz y la no violencia como piedras fundantes del nuevo orden, cargaba con la impronta autoritaria que hizo de la política una mala palabra y equiparó a opositorescon «guerrilleros» o «subversivos».
Este proceso tuvo varias consecuencias para la elaboración social del sentido de lo
ocurrido durante la dictadura. En primer lugar, la prensa privilegió el relato del horror
sobre aquellas víctimas no susceptibles de sospecha: bebés, niños, embarazadas o sacerdotes represaliados.

En segundo lugar, se fue instalando una lógica de jerarquización en el interior del campo de las víctimas, que se dividió en «víctimas de primera» y «víctimas
de segunda»: «desparecidos» y muertos, por un lado y presos políticos y exiliados,
por el otro7. Y, en tercer lugar, se continuó pensando el problema según la lógica

7. Una de las narrativas del exilio que luchaba por ocupar un lugar central en el debate público de la transición fue la que incluía al exilio en la nómina de las consecuencias de la represión dictatorial.
Sin embargo, la posibilidad de leer el exilio como algo más que una vivencia individual o como una incidencia en el destino de los intelectuales, estuvo condicionada por una lógica jerárquica que comparaba el grado de sufrimiento o daño que comportó el destierro con respecto a la cárcel, la muerte o la desaparición. Como ejemplo, en el proyecto del diputado Néstor Perl sobre nacionalidad de dictatorial inocente-culpable, ya sea para contestarla (invirtiéndola) o para confirmarla
desde la reproducción de la mirada evaluadora que hacía de toda víctima un potencial
culpable (Feierstein, 2000).
La despolitización de los represaliados y la imposibilidad de entender a las víctimas
como sujetos políticos, con ideas y proyectos, no sólo bloqueó la «descripción densa
» (Geertz, 1992: 19) de por qué los actores sociales de los 70 actuaron como lo hicieron y fueron capaces de legitimar la violencia como instrumento de orden o de cambio, sino que para el caso del exilio implicó una muy difícil relación (o casi divorcio) de la memoriade la represión.
Hablar del exilio en los primeros años del gobierno de Alfonsín implicaba no sólo
combatir la imagen totalizadora y estigmatizante construida por los militares que identificaron
exilio con «subversión en fuga» y agente de la «campaña antiargentina», sino
la política de sentido emanada del Decreto 157/83 que ordenaba la persecución penal de los líderes guerrilleros, en su mayoría en el exilio (Acuña et al., 1995).
Mientras desde los organismos de DD.HH. se insistía en la urgencia de despenalizar
el exilio, para asumirlo como un «sistema de eliminación de la oposición de bajo costo
»8, contemplado dentro de la Doctrina de la Seguridad Nacional; los referentes públicos del exilio pasaron a ser los intelectuales y artistas.
La prensa de los primeros años de la transición adoptó dos estrategias. Por una parte,la nómina de los militantes políticos en el exilio reproducía los nombres que la dictadura había convertido en prototipos de la «subversión cobarde y apátrida»: Mario
Firmenich, Enrique Gorriarán Merlo, Fernando Vaca Narvaja9, etc. En este sentido,
cuando se hablaba de exiliados aún se pensaba en aquellos que los militares calificaron como «fugitivos», «cobardes» e «hipócritas», que habían condenado a los militantes de base a la muerte, el suicidio o el aislamiento.
Por otra parte, en plena coyuntura del «desexilio» (Benedetti, 1984: 39) artistas,
intelectuales, científicos, escritores y directores de cine relataban en la prensa sus experiencias de destierro. Desde entonces, los nombres de Héctor Alterio, Nacha Guevara,
Norman Brisky, Fernado «Pino» Solanas, Osvaldo Soriano, David Viñas, Daniel Moyano
o Héctor Tizón han pasado a ser los «protagonistas» del exilio.
Sin embargo, un plexo de factores coadyuvaron a fortalecer el silencio sobre la violenciaque implicó la diáspora de los 70. Lo político del exilio y la marca represiva que lo configura como una instancia peculiar en el territorio de viajes y desplazamientos, no siempre fueron explicitados.

los hijos de los argentinos exiliados se afirmaba que el exilio implicó un «traumático desarraigo forzado», pero su «condición es lamentable, aunque no tremendísima» (Néstor PERL. Proyecto de modificación
de la Ley de Nacionalidad y Ciudadanía y eximición del pago de tarifas de importación para elementos de trabajos personal y confort de familias exiliadas. Cámara de Diputados de la Nación, 1986,
6/7 de marzo, p. 1.979.
8. Exilio: Nunca Más. Reencuentro, 1984, nº 2, diciembre. Buenos Aires.
9. Luis TORRES y Juan YOFRE. El regreso al país de 60.000 exiliados. Somos, 20 de abril de 1984,
año 8, n° 396, pp. 16-17. Buenos Aires; Un fantasma sombrío. Clarín, 7 de diciembre de 1983, p. 8.
Buenos Aires.
Pasada la coyuntura del retorno (1982-1987), la conexión entre exilio y represión
dictatorial pasó a constituir una memoria subterránea, habitada por recuerdos vergonzosos,prohibidos o indecibles (Pollak, 1989: 8).

¿A qué obedecía el paulatino divorcio entre exilio y violencia política?
El exilio como experiencia dolorosa remite no sólo al sufrimiento físico y psicológico
derivado de las situaciones de persecución, cárcel y tortura que suelen ser el
preámbulo de la diáspora, sino también a la angustia que conlleva el saberse superviviente.
En este sentido, el carácter amenazante del recuerdo de una situación de
perfiles contradictorios no es ajeno al silencio sobre el exilio. Como afirma uno de los
protagonistas del film Sentimientos. Mirta de Liniers a Estambul (1987), «los pocos días que llevo de exilio me han demostrado que las culpas aumentan con la distancia».
Si el alejamiento forzado fue vivido como un «gesto de desamor y egoísmo» por
muchos exiliados (Tizón, 1998: 435), la culpa del superviviente no era equiparable a la
identidad culpable que los militares atribuyeron a los «fugados» o «expulsados» de
la comunidad nacional10. Sin embargo, sea por rechazo a la mirada estigmatizadora
de la dictadura11, sea por eludir una posible persecución penal en democracia por
la actividad política de denuncia realizada en el exterior durante los años de exilio12,
sea por la culpa de saberse un privilegiado entre sus compañeros muertos o desaparecidos,sea por sentir que su vida anterior y durante el exilio no era comparable a la de personalidades trascendentes de la lucha antidictatorial (Hipólito Solari Yrigoyen) o a la de los próceres desterrados del siglo XIX (San Martín) (Ulanovsky, 1983: 35); los exiliados coadyuvaron a diluir la marca de violencia que explicaba su salida del país.
Las verdades a medias, los silencios tranquilizadores, los deslizamientos semánticos
y el cruce de acusaciones generaron un doble fenómeno. Por una parte, subsumieron
el exilio político en el universo de los exilios metafóricos, los viajes intelectuales, la fuga
de talentos o en la corriente más amplia de las emigraciones; y, por el otro, provocaron
la privatización del sufrimiento del exiliado y lo disociaron de la historia colectiva de
represión que lo explicaba.

10. El exilio de los años 70 fue un movimiento desordenado y progresivo, no convocado por ninguna fuerza política e integrado por miles de situaciones individuales. Convivieron en el exilio argentino,fugas, expulsiones, partidas condicionadas, retornos imposibles, «deportados-desterrados» (BROCATO,
1986: 76) y «exiliados del miedo» (ULANOVSKY, 1983: 34).
Pero, si desde una perspectiva analítica es difícil definir un perfil único de exiliado, la dictadura militar reconoció por una parte la existencia de «subversivos que huyeron del país después de la derrota» y, por la otra, de expulsados, como el caso de Timerman o Hipólito Solari Yrigoyen (beneficiados por el «derecho de opción» a salir del país contemplado en el artículo 23 de la Constitución Nacional).
Los «agentes de la campaña antiargentina» en ningún caso fueron nominados como exiliados. En este sentido, el gobierno militar desestimaba las denuncias que afirmaban que el periodista Robert Cox (director del Buenos Aires Herald) se había visto «obligado a abandonar el país» por las amenazas recibidas
(JUNTA MILITAR, 1980: 88).
11. «Estuve a veces tentado de sentirme un exiliado, en el sentido de alguien condenado al ostracismo,
pero me parecía que esto no era legítimo, porque era como asumir que el poder me había aplicado una pena y yo la había aceptado, con lo cual aceptaba también haber cometido algo incorrecto»
(Testimonio de Blas Matamoro, en PARCERO et al., 1985: 100).
12. Causas abiertas. Reencuentro, 1985, n° 4, marzo, p. 7. Buenos Aires.
Como leer el exilio en clave política podía implicar una identificación del desterrado
con el proyecto de la violencia de izquierda, desde el gobierno y desde la sociedad
civil se avanzó en una pendiente de paulatino divorcio del exilio de la trama política
que lo explicaba, lo que a la larga condujo a la subrepresentación del exilio en la memoria de la represión.
IV. ESCENARIOS Y VECTORES DE LAS MEMORIAS DEL EXILIO EN EL 2000
La trama de las memorias del exilio desde mediados de la década de los 90 ha
comenzado no sólo a multiplicar sus marcas, sino especialmente a recuperar una narrativa marginal en las cartografías anteriores. Lentamente, se van descubriendo los caminos
para rediseñar la política de interpretación dominante desde finales de la dictadura
que, luego de abandonar la demonización explícita, ha tendido progresivamente a encubrir,eludir, silenciar o borrar la violencia fundante de todo exilio político.
¿En qué consiste este reposicionamiento del exilio en la memoria de la represión?
¿En qué medida la multiplicación de las marcas del exilio remite a las posibilidades que ofrece la nueva narrativa de la represión que se está organizando en la sociedad argentina?
¿Cuáles son los puentes entre exilio y dictadura que desde el Estado y la sociedad
civil se están explorando? ¿Ha sido necesario descubrir nuevas historias o nuevos
protagonistas de la diáspora para impulsar al centro de la escena pública sentidos marginaleo marginalizados en el pasado? ¿En qué medida la configuración de escenarios legales, judiciales o culturales están favoreciendo la reactivación de las huellas del exilio en su multivocidad política?

En resumen, podría afirmarse que desde mediados de los años 90 se han organizado
escenarios públicos que tienden a resignificar el exilio como un síntoma más de
la sociedad argentina herida por el autoritarismo de las Juntas Militares. Por una parte,
el exiliado es presentado como un ciudadano al que se le ha vulnerado el derecho
a habitar el suelo propio, so pena de ver amenazadas su integridad física y su libertad.
Y, por la otra, comienzan a recuperarse otras marcas políticas del exilio: la identidad
política previa al extrañamiento y su compromiso político en la denuncia internacional
de la dictadura en los países de destierro.
Como víctimas, testigos o actores políticos, los exiliados son actualmente protagonistas
de tres «planos de la experiencia colectiva» (Todorov, 1998: 82): 1. el de la consciencia histórica o del saber (apertura de archivos como el de la represión cultural,
programas de investigación, como el del Archivo del Banco Nacional de Desarrollo
(BA.NA.DE.), edición de memorias de exiliados políticos, etc.); 2. el de la legalidad (proyectos de ley de reparación al exilio y a artistas perseguidos) y 3. el de la justicia: escenarios judiciales internacionales (juicios en distintos países del mundo por connacionalesvíctimas de la dictadura militar argentina y juicios por delitos de lesa humanidad, en especial los llamados «Juicios de Madrid») y locales («Juicios por la Verdad»).
Desde mediados de los años 90, pero de forma más significativa hacia los últimos
años de la década y en el contexto del nuevo impulso editorial sobre el tema dictadura,

comienzan a editarse o reeditarse obras que hablan del exilio en clave política, matizando aquella modalidad de lectura que lo reducía a una clave individual y cultural.
Por una parte, junto a la recuperación de la militancia política de los desaparecidos,
se multiplican las memorias o relatos de «exiliados militantes» y de «militantes exiliados» (Graham-Yoll, 1999: 39). Valgan como ejemplos Rebeldía y Esperanza de Osvaldo Bayer (1993); Mujeres Guerrilleras de Marta Diana (1996); los dos últimos tomos de LaVoluntad de Eduardo Anguita y Martín Caparrós (1998); El presidente que no fue de Miguel Bonasso (1998); Memoria del miedo (retrato de un exilio) de Andrew Graham Yooll (1999); De los bolcheviques a la gesta montonera de Gregorio Levenson (2000) y Diario de un clandestino de Miguel Bonasso (2000), entre muchos otros.
En este reposicionamiento del exilio en el espacio público no importan tanto la proliferación de marcas, como el lugar desde el cual los testimonios del exilio son enunciados.
Para 1996, nadie desconocía que Envar El Kadri, Graciela Daleo, Nicolás
Casullo, Horacio González o Daniel de Santis fueron exiliados, pero que sus historias
aparecieran en un relato de militancia (La Voluntad) o que fueran convocados para hablar en un nuevo aniversario del 24 de marzo, marcaba una diferencia respecto a la descontextulización que había imperado desde fines de los años 80. 13.
Por otra parte, en este intento por conectar el daño individual con el drama colectivo,el exilio asume una nueva dimensión política en el marco del «redescubrimiento»del plan de control cultural puesto en práctica por la dictadura militar.
Aunque la diáspora argentina estuvo conformada mayoritariamente por sectores
medios, universitarios, y en los que artistas e intelectuales tuvieron un peso significativo,
el drenaje de población argentina de mediados de los años 70 no es asimilable a la
perpetua condición de errancia, inconformismo y resistencia de los hombres de la cultura.
Los destierros no fueron «metafóricos» ni tampoco «literarios» (Said, 1996: 63).
Sin embargo, dentro de la lógica desnaturalizadora que se había instalado en el espacio público argentino, la referencia a los artistas o intelectuales exiliados era asumida como «exilios dorados» o como simples marcas de las trayectorias individuales.
Cuando Clarín publicó para el XX aniversario del 24 de marzo, un suplemento dedicado
al Operativo Claridad, recuperaba una dimensión del plan represivo y de «refundación
cultural» del Proceso de Reorganización Nacional, denunciado ya en plena
dictadura por los exiliados (AIDA, 1981).
El dossier del matutino porteño ponía de manifiesto hasta qué punto el aniquilamiento
físico tenía una contrapartida en la prohibición, seguimiento y control en el
ámbito cultural. Para el gobierno militar, la transformación del sistema educativo y cultural era la piedra fundante de la «Nueva Argentina», amenazada no sólo por las organizaciones armadas, sino por los hombres y mujeres de la cultura, verdaderos «propiciantesde la subversión y el terrorismo» (Moreau et al., 2000).

13. Como ejemplo vale observar la presencia de las voces de ex exiliados en el diario Página 12,
en los números dedicados al XX y XXV aniversarios del golpe militar del 24 de marzo de 1976.
Entre los nombres convocados figuran Juan Manuel Abal Medina, Miguel Bonasso, CarlosUlanovsky, Vilma Ripoy, Rodolfo Terragno, José Nun, etc. En estos relatos, el exilio aparece como un colofón de las otras prácticas represivas (persecución, secuestro, tortura, desaparición, etc.) planificadaspor los militares.
Este informe publicado en 1996 y las más recientes informaciones sobre los archivos
del BA.NA.DE. (Ginzberg, 2001) explicitan aún más los modos que asumió la sistemática eliminación de la oposición durante los «años de plomo».
Tras el golpe, en el seno del Ministerio de Cultura y Educación se creó un organismo
de inteligencia, encubierto bajo el nombre de Recursos Humanos, encargado de evaluar los antecedentes ideológicos de cantantes, cineastas, escritores y actores, muchos de los cuales integran en la actualidad las listas de desaparecidos, torturados, censurados o exiliados por el poder militar.
La apertura de archivos y los programas de investigación sobre la represión cultural
confirman, por una parte, a la persecución de las ideas como capítulo de la maquinaria
represiva dictatorial y, por la otra, al exilio como una de las prácticas contempladas
en el sistema de eliminación de la «otredad».
En la «guerra por el predominio en la cultura» (Cardoso, 1996), muchos exiliados
comparten la calificación de «personas con antecedentes ideológicos desfavorables» con desaparecidos, muertos y presos políticos. Los nombres de Alberto Adellach, EduardoPavlosky, Pedro Orgambide, David Viñas o Mercedes Sosa, acompañan a los de Rodolfo Walsh o Paco Urondo. De las 231 figuras del ámbito cultural que aparecen en los papeles de la oficina de Recursos Humanos, 41 están desaparecidas y el resto conforman el universo de los exilios («de adentro» o «de afuera») (García y Torres Lépori, 1996).
La importancia de estos «hallazgos» para la política de memoria del exilio puede
valorarse en la presentación de varios proyectos tendientes a reparar el daño producido por la persecución de personas y obras, que violó no sólo el derecho a la libre expresión,a la cultura y al trabajo, sino también el derecho a «permanecer, transitar y salir libremente del país»14.
A finales de mayo del año pasado se presentó en la Cámara de Senadores un proyecto
de ley de reparación económica a artistas perseguidos por la dictadura militar que,
inscrito en la política de indemnización a presos políticos (1991) y familiares de desaparecidos (1994), reconoce las «penurias sufridas por los actores del mundo cultural entre 1976 y 1983».
Desaparición, tortura, cárcel, listas negras, censura y exilio forman parte de la misma
lógica represiva. En este contexto, el exiliado se percibe como una víctima más de
la depuración ideológica. Pero, al mismo tiempo, el proyecto del senador Moreau recupera otra de las dimensiones políticas del exilio, porque asume que los intelectuales y
artistas (en el interior o en el exilio) fueron responsables del sostenimiento del espacio
democrático y de la denuncia internacional del régimen militar.

14. Hace unos meses, desde la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires se ha hecho
un llamamiento a las víctimas de la represión cultural a presentar su testimonio para la CO.NA.DEP. de la Cultura y elevar la investigación a la Justicia con vistas a una eventual reparación estatal. Página 12,
14 de abril de 2001. Buenos Aires.

De esta forma, el exiliado-víctima y actor político reconquista un lugar en la memoria
de la represión dictatorial. Elucidada la lógica de la maquinaria terrorista militar, el
exilio no se concibe como anécdota individual u opción personal. Partiendo del diálogo
horizontal con las otras víctimas, esta nueva narrativa del exilio no busca las razones
que explican el destierro en los sujetos afectados, sino en el Estado terrorista que los constituyó en enemigos.
Otros dos escenarios que están permitiendo reinstalar la disputa acerca de los sentidos
del exilio en la memoria de la represión son, por una parte, el proyecto de Ley
de Reparación Económica al Exilio (López Arias et al.,) y, por el otro, los «Juicios de
Madrid».
En ambos escenarios se rescata –aunque con desigual intensidad– la triple marca
política del exilio: 1. las coordenadas de origen del desplazamiento, es decir, la relación entre compromiso político-militante previo al destierro y alejamiento forzado del
país; 2. la identidad política que la dictadura les atribuyó, al demonizar a los exiliados,
transformándolos en «subversivos en fuga, agentes de la campaña antiargentina»; 3. la
lucha antidictatorial desplegada por los exiliados en las tierras de acogida.
El Proyecto de Reparación a exiliados enfatiza que: 1. los exiliados «forman
parte del pueblo argentino»; 2. el exilio comportó dolor y sufrimiento: «desarraigo,
pérdida de identidad, la interrupción violenta de todas las actividades de la vida cotidiana»; 3. el exilio fue una práctica prevista por la Doctrina de la Seguridad Nacional, de manera que «no hay margen de dudas con relación a su encuadre violatorio de los DD.HH.»; y 4. el exilio realizó una labor política de denuncia internacional de la acción del terrorismo de Estado en Argentina.
Si el Proyecto de Reparación al Exilio pone en juego una narrativa que conecta al
exilio con las otras víctimas de la represión dictatorial, los debates públicos suscitados
en torno a qué se entiende por exilio y quién tiene derecho a ser denominado exiliado
ponen de relieve que en los «modos de tratar y de reconstruir la memoria de la represión», el exilio no ha tenido un lugar claro (Comisión de Exiliados Argentinos, 2000).
Dos cuestiones deben tenerse en cuenta. Una que se encuentra en la génesis del
proyecto y es que la presentación legislativa reconoce un antecedente en el fallo a favor
de Mario Bufano, ex preso político, que escapó del centro de detención clandestino al
que había sido confinado, permaneció 5 meses oculto en el país y luego se exilió en
Uruguay, Brasil y finalmente México (Página 12, 24/3/1998). Bufano logró que la Corte
Suprema computara el tiempo de exilio como días de cárcel y así quedar incluido en
la ley que indemnizaba a los presos políticos. La segunda es que, ante el caso Bufano,
miles de exiliados comenzaron a reclamar por un doble reconocimiento pecuniario y
simbólico, lo que motivó la presentación parlamentaria del diputado López Arias. Sin
embargo, a diferencia de las leyes reparatorias anteriores, el Proyecto de Reparación a
Exiliados carece de una definición explícita de la condición de exiliado y, aunque, puntualiza la situación de refugiados y asilados, deja como territorio de conflicto la importante «zona gris» del exilio argentino, constituido por aquellos que carecieron del estatus legal de tales.

De este modo, el reingreso del exilio en la agenda pública se produce desde los
huecos dejados por figuras más centrales de la memoria de la represión dictatorial (presos políticos). Carente de una legitimidad propia en el universo de las víctimas, este
proyecto recupera para los ex exiliados la condición de ciudadanos a los que se les ha
conculcado su derecho a habitar el suelo propio. Pero, si por una parte, el exilio en el
proyecto legislativo deja de ser una categoría existencial y pasa a concebirse como una
injuria colectiva perpetrada por el Estado terrorista, por el otro, la ambigüedad de su
articulado –que refiere a una realidad histórica compleja y de perfiles difusos en la consciencia colectiva–, ha abierto un debate en el que a veces las voces «progresistas» y las de los «reaccionarios» se superponen para descalificar la iniciativa parlamentaria y en esa descalificación vuelven a cuestionar al exilio comoconsecuencia de las violaciones a los DD.HH.
Excluidas las voces que reeditan la demonización del exilio como «agente de la
antipatria» (Torlaschi, 1999), resulta interesante puntualizar cómo el debate en torno
al Proyecto de Reparación a Exiliados recobra no sólo la inevitable dualidad del destierro
como padecimiento y de la salida/huida/abandono del país como acto voluntario;sino que, al exigir «credenciales de auténtico exilio», pone en entredicho el quantum de desdicha que el exilio comportó en comparación a la cárcel, la muerte o la desaparición.
A los escalafones de sufrimiento se suman las viejas rivalidades relativas a la paternidad y eficacia de la lucha antidictatorial. De este modo, los debates por la reparación económica del exilio ponen de manifiesto que el reconocimiento de la violencia que implicó el extrañamiento del país no resulta fácil. Aunque el desentrañamiento de la lógica represiva permita entender al exiliado como una víctima más, los trabajos de relegitimación social del exilio no han llegado a su fin. Quizás el descubrimiento de la verdadera trama de los «Juicios de Madrid», del rol de los exiliados como testigos y querellantes en los procesos, de la recuperación para las causas internacionales de los 25 años de memoria y de denuncia de las organizaciones de DD.HH. en Argentina –pero también en el exilio–, sean por la lógica del castigo a los represores, la mejor vía para reconstruir los puentes solidarios entre las víctimas del pasado, muchas de las cuales aún viven en el exterior, pero afirman sentirse «parte de la sociedad argentina».
V. A MANERA DE EPÍLOGO
La demanda contra militares argentinos en España fue presentada en marzo de 1996,
pero no fue sino hasta la detención de Pinochet en Londres (octubre de 1998), cuando
el tema comenzó a tener peso y dejó de ser una nota en la sección Internacionales
en los diarios argentinos, para incorporarse a los apartados DD.HH., Terrorismo de Estado o simplemente Juicios a militares argentinos en Madrid.
En forma sintomática, aunque la geografía de las causas judiciales que se cursan en
países europeos (España, Francia, Italia, Suecia, Alemania, etc.) reproduce el mapa de
los lugares que acogieron a las colonias más numerosas de exiliados, la construcción
periodística de los «Juicios» no ha iluminado especialmente esta relación. Por varios
años, los medios de comunicación argentinos han circunscripto el juicio a las figuras
de Garzón y, en menor medida, del fiscal Carlos Castresana, han apuntado a la «globalización de la Justicia» y escasamente han mencionado a «los argentinos que residen en aquellos países».
Sin embargo, aunque la literatura sobre los «Juicios» y la prensa argentina han tardado
en reconocer al exilio como uno de los actores de las causas contra represores
que lleva adelante el juez español Baltazar Garzón, en los dos últimos años esta situación ha comenzado a modificarse.
El camino del silencio a la alusión y de ésta, a la mención explícita del rol de las
asociaciones de DD.HH. de Argentina o de argentinos que aún viven fuera del país –como consecuencia del exilio– está aún transitándose. Quizás, la referencia más concreta a la«carnadura» de los procesos judiciales internacionales, sea Sano Juicio de Eduardo Anguita, quien rescata de las penumbras –y sin desconocer la osadía en la interpretación de las leyes o el compromiso solidario de Garzón, Castresana, o el juez mexicano que autorizó la extradición del marino Miguel Ángel Cavallo a España, etc.–, el rol de aquellos exiliados devenidos hoy emigrantes.
En la memoria colectiva de la represión, el exilio ha ocupado un lugar ambiguo y
de contornos difusos y su rescate suele valorarse como un intento de reivindicar una
experiencia represiva y una experiencia militante.
Si bien, el destierro en sí mismo no dice nada de las cualidades morales o políticas
de quienes lo vivieron, sin embargo, constituye un capítulo de la historia de la represión.
Como afirmaban los integrantes de la Plataforma Argentina de Barcelona, «fuimos
golpeados, secuestrados, violados» y «pudimos escapar». Luego, la coyuntura actual de los «Juicios» es la continuidad histórica de aquella lucha contra la impunidad, que hoy se expresa en nuevas campañas de firmas, aporte de dinero para llevar a España a familiares de las víctimas o supervivientes, en la colaboración de los antiguos exiliados como testigos o víctimas en las «causas por robos de bebés» y también en los «Juicios por la Verdad» que se desarrollan en Argentina.
En 1998, el escritor español Manuel Vázquez Montalbán afirmaba que «hubo desaparecidos españoles», pero que la clave de los «Juicios de Madrid» se encuentra en que «ha habido una emigración de argentinos exiliados en España» (Página 12, 29/10/1998).
Mientras para buena parte de la sociedad argentina, el exiliado ha sido un actor
secundario y ha tejido en torno a él una memoria discreta en el contexto del recuerdo
de la represión dictatorial, los militares han mostrado un sistemático reconocimiento
del papel del exilio. A tal punto han sido (y son) conscientes del actor silencioso (silenciado) que, ante la detención de Cavallo en México, rápidamente denunciaron un
nuevo «complot internacional contra Argentina» y una «maniobra de la ultraizquierda»,
a la manera de la «campaña antiargentina» de los «subversivos en fuga» de los años 70.
Pero, en esto no sólo valoraron una supuesta superposición de sentidos, sino que, de
hecho, el ex marino Cavallo fue uno de los encargados de la coordinación de la actividad represiva en el Centro Piloto de París, «centro encargado de infiltrar y neutralizar al exilio» en su tarea política de denuncia (Página 12, 4/1/2001). Hoy, Garzón lo acusa, entre otras causas, por dichas acciones. La Justicia recompone la trama de la represión dictatorial y la distancia física de los ex exiliados se acorta.

Finalmente, quiero mencionar otro hecho. Carlos Slepoy, militante del Partido
Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo, detenido a disposicióndel poder ejecutivo, torturado, beneficiado por la opción, consumó su destierro en noviembre de 1977. Su militancia en el exilio, lo llevó a ser parte fundamental de la Asociación Argentina pro Derechos Humanos de Madrid, organismo clave de la acusación particular ante el Juzgado n° 5 de la Audiencia Nacional. Hoy, brinda su testimonio como víctima y testigo en los «Juicios por la Verdad» de La Plata (asamblea@yahoogroups.com, 22/5/2001). El desexilio simbólico de los exiliados se fortalece.
En resumen, la cartografía actual revela un escenario de fuertes conflictos sobre el
sentido del exilio en los que si, por una parte, se reeditan narrativas que lo dejan atrapado en la culpa, la vergüenza y hasta el estigma, por la otra, se organizan escenarios que transitan los puentes entre la experiencia individual de los destierros y la historia colectiva de la represión y en los que el exiliado disputa tanto un lugar entre las víctimas del terrorismo de Estado, como un rol de actor con identidad política anterior y posterior al extrañamiento.
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Duelo y melancolía en la postdictadura. Discusiones en torno al pensamiento crítico en el Chile de la transición

Duelo y melancolía en la postdictadura.

Discusiones en torno al pensamiento crítico en el Chile de la transición.

Luciano Allende Pinto

lallende1978@gmail.com

ACERCA DEL AUTOR: 

Luciano Allende es Licenciado en Filosofía Universidad ARCIS, Magister © en Filosofía Política Universidad de Santiago USACH, becario CONICYT en programa de Doctorado en Filosofía mención Estética en la Universidad de Chile. Es profesor de Filosofía en el Liceo Andrés Bello A-94, ex Liceo nº 6 de hombres de San Miguel.

Resumen: El presente texto busca presentar algunas reflexiones sugeridas a partir de la experiencia chilena del neoliberalismo, entendiendo que la experiencia de este modelo económico, político y cultural se da en el contexto local, como experiencia de la postdictadura. Se recogen esquemáticamente una pequeña parte de las conceptualizaciones críticas que intelectuales nacionales y extranjeros han desarrollado desde fines de la década de los ochenta, asumiendo que esta es tan sólo una de las posibles relaciones que se pueden sostener con la escena escritural de postdictadura. Especial importancia se da a las claves de lectura sugeridas por Alberto Moreiras, a propósito de la noción del duelo en América Latina, y a la tesis de Patricio Marchant, sobre la pérdida de la palabra, cuyas repercusiones recorren el campo intelectual de cierta izquierda chilena, especialmente aquella que con Nelly Richard se reconoce como Pensamiento Crítico y Crítica Cultural, en donde un número importante de intelectuales provenientes de diversas ramas de la producción artística, las ciencias sociales y la filosofía, se inscriben no sin diferencias e intensas discusiones*.

Palabras clave: Golpe, Duelo, Crítica Cultural, postdictadura, políticas, pensamiento crítico latinoamericano.

http://escriturasaneconomicas.cl/duelo.php

Las recientes transiciones democráticas en el Cono Sur están vinculadas a fuertes procesos de modernización neoliberal, cuya condición de posibilidad es el olvido de la violenta depuración del cuerpo social realizada por las dictaduras.

Alberto Moreiras,  Postdictadura y Reforma del pensamiento.

Pensar el Chile de la actualidad, implica pensar en la cotidianidad de las demandas estudiantiles, en las marchas no autorizadas, en los zombies bailando como muertos vivientes por la Educación en plena Alameda en vez del hombre libre caminando, en el malestar del endeudamiento –sistemático y progresivo– de la población; pensar en la crisis de la representatividad política, de la criminalización de los movimientos sociales, del malestar del consumo, etc; nos lleva una vez más, a la conjugación de ciertos conceptos que bajo los nombres deneoliberalismo,transición democrática y postdictadura, re-abren los problemas de un presente que, junto con intentar plantearse nuevos desafíos, no pueden dejar de atender a un pasado doloroso que como origen constituyente, no es sino la siniestra carta de nacimiento de nuestro ethos cotidiano.

Es fundamental comprender que nuestra actualidad, en tanto presente históricamente constituido responde todavía hoy a una experiencia del pensar, que se inaugura con el Golpe de Estado de 1973, en este sentido, asumo como primera clave de lectura, la tesis marchantiana según la cual, el Golpe es elacontecimiento que abre de manera radical la experiencia de nuestro pensar, como experiencia de la pérdida.

Un día, de golpe, tantos de nosotros perdimos la palabra, perdimos totalmente la palabra. Otros en cambio –fuerza o debilidad– (se) perdieron esa pérdida: pudieron seguir hablando, escribiendo, y, si cambio de contenido, sin embargo, ningún cambio de ritmo en su hablar, en su escritura. Destino, esa pérdida total fue nuestra única posibilidad, nuestra única oportunidad. […] es necesario aquí hablar con rigor, la realidad produjo una nueva escena de escritura. (Marchant, 1984: 308)

El golpe se da como golpe a la palabra, a la representación, como desarticulación radical del logos, los sujetos y la subjetividad propiamente democrática; se trata de pensar el Golpe como destino, como don (Es Gibt), es decir, como acontecimiento des(a)propiador de la representación, se quiere comprender el Golpe como un evento que, con una fuerza homóloga a las de las bombas sobre los muros de la Moneda, es, a la vez, capaz de demoler los edificios conceptuales heredados de la modernidad y sus promesas de emancipación, devastación de la historia, de la proyección política programática, y de las utopías, porque finalmente aquel no es sino un  golpe el sentido mismo. Patricio Marchant, tras superar la afasia del Golpe –siete años de mutismo–, sugiere el arrojo hacia un pensamiento de la escena, y con ello también de lo obsceno: la pérdida, la desaparición y la huella del destrozo.

Una experiencia del pensar abierta por un evento tal, nos sitúa en el contexto de la recuperación democrática, ante el desafío de una restitución de la palabra perdida. Doble filo entre restitución e institución, entre la segunda y sus márgenes (Richard, 2001) este es precisamente el asunto que se juega en lo que se ha denominado crítica cultural y pensamiento crítico, desde fines de los setenta, la década de los ochenta y hasta ahora, un pensamiento que se ejerce problemáticamente en el pliegue Margen e Institución.

Situados en los márgenes de la producción académica tradicional y estrictamente universitaria, el pensamiento crítico desarrolla a propósito de la llamada Escena de Avanzada primero y la Revista de Crítica Cultural después, una importante reflexión de izquierda, que, en tanto dialoga con una serie de autores provenientes de lo que todavía hoy se puede llamar filosofía contemporánea, viene a ser la primera recepción local de las ideas propias de la desconstrucción, de la postmodernidad, del pensamiento débil y gran parte de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, en Chile.

Con un espacio editorial propio, el quehacer crítico intenta propiciar una estética, una filosofía, una teoría política, una historia y una sociología, marginales, es decir una reflexión que se piensa a sí misma como forma de resistencia intelectual al neoliberalismo instaurado como transición a la democracia, en el contexto de la postmodernidad y el fin de los metarrelatos. Con Nelly Richard se acuña una resignificación local –y no exclusivamente moderna– del término “crítica”, que hará suyo el problema del duelo y la melancolía como condición esencial de un pensamiento de izquierda que responda a aquello que la escena de postdictadura fuerza a pensar.

Para los efectos de la constitución conceptual del pensamiento crítico especial importancia tendrán los aportes sugeridos por el filósofo Alberto Moreiras, a propósito de la noción de duelo en América Latina, donde se inscriben no sin diferencias e intensas discusiones, nombres diversos.

En su conferencia “Postdictadura y reforma del pensamiento”, pronunciada en el contexto del seminario Utopía(s) el año 1993, Moreiras sostenía que un pensamiento postdictatorial, está marcado más que por el ánimo de la celebración, por la depresión de la pérdida, y que como tal no podría sino ser “un pensamiento de duelo, en trance de constituirse como tal: lo cual significa no sólo pensamiento de duelo, sino también, duelo del pensamiento” (Moreiras, 1993: 263).  Con ello se sugiere la idea de un pensamiento que intenta resistir a ese olvido señalado en la cita que nos sirve de epígrafe, por cuanto, un pensamiento del duelo, no podrá sino ser un pensamiento rememorante, cuyo ejercicio estará marcado por las diacronías, por los tropos y los topos que fuerzan la red de nombres Golpe, Dictadura, Transición, Neoliberalismo, y Post-dictadura; con lo cual, el ejercicio de pensar en el Chile de la actualidad, de alguna manera habrá de reencontrarse con la herida abierta de la instauración del proyecto neoliberal, o bien, inscribirse paradojalmente en la fortclusión de su escena fundacional, escindiendo toda ley del hogar y la polis, es decir, toda familiaridad constituida por la transición democrática postdictatorial. Ciertamenteneoliberalismo ypostdictadura no son lo mismo, no obstante, como nos han hecho ver A. Moreiras, N. Richard e I. Avelar, entre otros, estos pertenecen a la misma experiencia, a saber, la experiencia de los Golpes de Estado y las dictaduras latinoamericanas; sea la versión chilena, brasileña o argentina del fascismo, todos se dan como un golpe al Estado que instaura el Mercado (Avelar, 2000) y todos producen una transición como institucionalización del régimen dictatorial (Thayer, 1996): Son estos procesos los que en tanto espaciamiento de un cierto topos, inauguran –en cuanto acontecimiento–  la trópica crítica del post donde un pensamiento tal se inscribe.

Utopía(s) y la tesis de Moreiras: postdictadura y duelo.

Fue a partir de la convocatoria realizada por la ahora inexistente División de Cultura del Ministerio de Educación, que se organizó el Seminario Utopía(s) (1993), aquel produjo un encuentro en torno a las perspectivas que la recuperación de la democracia traía consigo para el quehacer intelectual y cultural de un Chile que junto con la salida de la dictadura de Augusto Pinochet, recibía festivamente a un número importantes de intelectuales y artistas que volvían del exilio y otros tantos que después de largo tiempo sacaban la voz en contextos que se entendían como propios del proceso democrático, este ánimo se deja leer en la presentación del editor Eugenio Llona, al documento que recoge las conferencias y comentarios realizados en aquella oportunidad:

¿Quién puede decir –en un Seminario de este tipo– que la más pequeña y opaca frase de hoy no esconda el germen de una luminosa genialidad que estallará mañana? ¿Cómo excluir, sin lastimar, la transmisión del ambiente que se vivió en este Seminario, su atmósfera de pura intensidad poética, la generosa y cómplice energía proyectiva, digna de los mejores tiempos de cualquier época? (1993: 9)

Efectivamente en el Seminario se dieron cita exponentes de la cultura y las artes, filósofos, escritores, poetas, ensayistas, cineastas, actores, etc., todos reunidos y convocados a hablar desde sus propias disciplinas, al llamado asistieron un número amplísimo de conferencistas y público en general, celebraban la posibilidad de una apertura al diálogo en torno al sentido que todavía en el contexto de la postmodernidad podría tener preguntarse por la utopía, las visiones eran divergentes y encontramos desde una apuesta radical por la reinstalación de lo utópico en Darío Oses, hasta la idea de las “utopías intrascendentes” en la presentación de Pablo Oyarzún (Oyarzún, 1993a). Sin embargo, y a pesar de los matices que pudiese haber, en general en todos los textos se deja atisbar la idea según la cual el retorno de la democracia era a su vez el retorno de la cultura a los espacios públicos e incluso oficiales, tras el apagón cultural de la dictadura.

Pero en medio de la fiesta había un invitado de piedra, es decir, uno que se encargaba de decir en el pleno de la celebración que es eso que falta, esto porque la conferencia del filósofo español Alberto Moreiras, en lugar de señalar “ese germen que estallará mañana” no hacía sino invitarnos a mirar hacia el pasado, de algún modo su tesis hundía el dedo en la llaga de la reciente recuperación democrática impidiendo la sutura de la herida abierta por el Golpe, y lo hacía en medio de la celebración institucional, en pleno rito de recuperación para la cultura del Diego Portales, ocupado tras el bombardeo a la Moneda por la Junta Militar. En sus palabras se vislumbraba una doble incomodidad, la propia y la colectiva, porque era precisamente en ese escenario donde la recuperación más urgente, la de nuestro pensar era consignada como pendiente.

Moreiras aludía ahí a la necesidad asumir una condición anímica radical, se trataba de un duelo del pensamiento, como experiencia postdictatorial no constituida, es decir, en falta para el pensar; hacía la indicación de un pensamiento del duelo, como forma por un lado constitutiva y por otro desconstructiva de una reflexión que se inscribía más en lo atópico que en lo utópico. La pregunta retorna con doble faz, ¿cómo habitar esta –nuestra- experiencia de pensamiento desfondada por la escena del Golpe? y por otro, si acaso ¿es posible superar ese duelo del pensamiento que Moreiras anunciaba?

“Duelo” y “pensamiento”, como pensamiento del duelo, ¿qué es lo que una expresión tal sugiere en la medida en que está implicaría un duelo del pensar mismo? Siguiendo los principales aspectos de la conferencia citada, me contento con señalar que estos pueden resumirse en tres tópicos fundamentales: Disposición afectiva radical, proceso de intro y extroyección, y el problema del sentido.[1]Nos dice el autor:

El campo intelectual de la postdictadura incluye como una de sus características, al mismo tiempo más saliente y más ignoradas, la de estar sometido a una determinación afectiva extrema, que yo propongo considerar en términos de duelo. (Moreiras, 1993: 263-264)

Pathos radical, y pensamiento de los deudos, propician una profunda desconstrucción de la escena política transicional, aquella determinación afectiva extrema, vuelca la tarea a un hacerse cargo de un pasado de desaparición, de dolor y terror, en este sentido dicho cargar, implicaría una doble operación de introyección y extroyección, que ciertamente no responde a la tradicional operación proyectiva que caracteriza a la  utopía. De manera tal, que el ejercicio del duelo se establecería desde la doble operación de conmemoración y olvido, esto es, como asimilación y expulsión:

el pensamiento trata de asimilar lo pasado buscando reconstituirse, reformarse, siguiendo líneas de identidad con su propio pasado; pero trata también de expulsar su cuerpo muerto, de extroyectar su corrupción torturada (Moreiras, 1993: 264)

Se trata de una condición quiasmática y crítica del pensar mismo, impelida a mirar por una parte la blanca fachada, tanto como la cara bombardeada de la Moneda. Por consiguiente, la reforma del pensar no es articulable como simple proyecto en una temporalidad lineal acorde a la idea de progreso ilustrada, aunque surgiera en tanto, reformulación una débil posibilidad de restitución.

Reformar es algo que urge en tiempos de crisis, en la medida en que ésta de suyo enrostra esa misma urgencia, los noventas se pensaron en/con las tesis del fin de la historia, en/con y frente al fin de las utopías y por supuesto, lidiando con el fin de los proyectos políticos programáticos. En medio de este descampado de los cuerpos y el sentido, no será sino la ordenanza de restitución de este último, lo que constituye la tarea fundamental del duelo.

En torno a la posibilidad de dicha restitución se jugarán gran parte de las discusiones que se sostienen en las inmediaciones del pensamiento crítico, especialmente entre W. Thayer y N. Richard, y con ellos, entre la Escuela de Filosofía de ARCIS en los noventa y el Diplomado de Crítica Cultural de la misma universidad. Ambos responden de manera diversa al problema señalado por Moreiras:

En las postdictaduras contemporáneas, la lucha cultural no es tanto una lucha entre sentidos ideológicos opuestos como una lucha por el establecimiento o restablecimiento de la posibilidad misma de sentido. Esta lucha por el sentido, en su formulación más radical, está inevitablemente condicionada por procesos de introyección más o menos  aberrantes que acompañan en las sociedades postdictatoriales la transición política desde un régimen basado en la represión sangrienta a una democracia liberal; lo cual también puede decirse; desde cultura del miedo a una cultura cuya más fuerte determinación es su propio legado en el terror, y su necesidad de intro/extroyectarlo. (Moreiras, 1993: 265)

En este sentido, Moreiras nos advierte que se debe comprender la introyección como la transferencia del deseo del exterior al interior de un sujeto, lo que tendría como meta vencer la angustia propia de la pérdida del objeto; dicho ejercicio no estará completo sino hasta que ese deseo recuperado por el sujeto implique la  recuperación de cierta subjetividad. Una que sea susceptible de ser puesta en una exterioridad, que no es sino el espacio público y el cuerpo social reconstituido. Esta tendría que ser la tarea del duelo que a principios de los años noventa nuestras sociedades debieron, a decir de Moreiras, asumir como la más urgente lucha, a partir de una recuperación del sentido de la propia historia –tanto en lo que remite a lo individual como a lo colectivo–, y a su vez, como una recuperación de lo propio de la historia, en tanto historia del terror y el dolor: catastrofe[2]; empero dicha tarea es urgente en cuanto, proceso político consciente, por esto, reformar mienta una recuperación no como proceso natural sino como decisión y lucha. Éste sería el ejercicio reformulador que atisbaba en 1993 Alberto Moreiras:[3]

Vencer la depresión afectiva del cuerpo social como tarea del pensamiento […] Vencer: no derrotar militarmente, no superar dialécticamente, no destruir políticamente, sino más bien vencer como el cuerpo vence una enfermedad, como el espíritu llega a aceptar la muerte de un ser querido. (1993)

Alejándonos sólo lo suficiente de los desarrollos propuestos por Moreiras, asumimos que dicho ejercicio no puede ser ajeno a la tarea de la repetición psicoanalítica, como forma de rememoración e historicidad propia y de lo propio. Se trata de repetir la parte maldita de la historia reciente de nuestras naciones, con vistas a lograr en algún momento un cierto “duelo del duelo”[4], como ejercicio tanatobiográfico. De este modo, una tarea tal encuentra a partir de la concepción benjaminiana de la historia una articulación propicia para pensar nuestra experiencia del fascismo como una relación con los restos y los residuos, imposible de administrar en un discurso oficial.

Esquemáticamente podríamos decir que la lucha por la recuperación del sentido, en tanto, recuperación de la palabra, siguiendo a Marchant, se articula al menos de tres modos, en a) una semántica institucional basada en el paradigma de la gobernabilidad, en b) la apertura de espacios de polisemia de la pérdida, y en c) la filiación anasémica de y con lo perdido.[5]

El primero responde al discurso sociológico de la transición pro concertacionista, que  habría operado como política de la desmemoria y por tanto, como fortclusiónradical de lo obsceno.  Lejano a una perspectiva tal se encuentra el segundo, el pensamiento crítico de Richard, cuya recuperación no se reduce a la semántica del documento, el testimonio ni lo puramente museológico; por cuanto, duelo-melancólico no es lo mismo que pensamiento nostálgico. Sin embargo, su ejercicio conlleva a comienzos de la década del 2000, la necesidad de una recuperación de la palabra, se evocaría ahí un llamado a una débil emancipación, una que se inscriba problemáticamente en la demanda quasi-ética y quasi-política de una historicidad ante la des(a)propiación, una que nos devuelva un sentido, un reconocimiento del pasado cuyas huellas y marcas del destrozo, habitan fantasmagóricamente nuestro presente, dicha recuperación retorna en estos días bajo la triada ética política verdad,justicia y reparación,  sin exclusiones mutuas.

En Las marcas del destrozo y su reconjugación en plural (2001), la autora rescata la interpretación de Moreiras, a partir de la comprensión del golpe comotrauma, el duelo como pérdida de objeto y la melancolía como suspensión irresuelta del duelo (104), para postular desde ese “lugar” marcado por la pérdida, una articulación de un pensamiento crítico que sin ser amnésico, no responda inmediatamente a las operaciones sociales de la memoria, fundamentalmente articuladas en las formas lo monumental y lo documental, por cuanto, estas establecerían narraciones institucionalizantes de lo perdido, dejando fuera la pérdida en cuanto tal.

La autora afirma que el quehacer de la crítica cultural apuesta por una narratividad de los márgenes que debiese ser capaz de escenificar su condición patética, sin ceder a lo puramente testimonial propio de la institucionalidad de latransición[6]. Se tratará entonces de abrir en una condición problemática para un quehacer intelectual que se inscribe en una cierta marginalidad, respecto del proceso transicional como uno que precisamente, en tanto, es un todavía no y postergación permanente de la democracia, viene a ser, en términos efectivos unya no de la democracia, que reemplaza la misma por las exigencias de gobernabilidad anestésica de lo social que sea “responsable” con las política que el mercado exige, y por lo tanto, que opere como garantía secreta del mercado mismo. Frente a esta situación es que ya no tanto la crítica cultural como el pensamiento crítico[7] buscarían su inscripción propia en los márgenes.

A decir de Richard, la tarea de un pensar que responda a nuestra experiencia estaría atravesada por una doble exigencia:

reformar el pensamiento en postdictadura pasaría, primero, por el reconocimiento de una desoladora y trastornadora marca de la ausencia (pérdida, abandono, desaparición, vaciamiento) y, segundo, por la tarea de trasladar esa marca del pasado enlutado hacia un presente y un futuro que dejen lo muerto atrás para salir así de la repetición enfermiza a la que nos condenaría el duelo no consumado (Richard, 2001: 107).

Como vemos Richard, al mismo tiempo que señala una tensión entre reconocimiento y traslado, deja abierta la puerta para una posible consumación del duelo. Dicha articulación, se abre como una apuesta a favor de la consumación, como cierre de la repetición patológica del trauma cuya traslación, ya no respondería a la translatio vacía de la transición (Thayer, 1996), sino una tal, que subvierta la historicidad de la desmemoria por una que tenga entre otras cosas la capacidad de recuperar la historia misma, en este sentido,  Richard sostiene que consumar el trabajo del duelo histórico significa narrar el dolor de la pérdida del pasado, y con ello, narrar también la historia como pasado: es decir, conjurar los fantasmas que pueblan la escena de recuperación democrática.

Por su parte, W. Thayer, y otros pensadores que han recogido la tesis marchantiana del golpe hasta sus últimas consecuencias, asumen que éste como acontecimiento señala el fin de toda ideología, como forma de soberanía estatal moderna, luego nos queda el recurso de la insistencia en el shock, como “represión sin represión”, tras la cual no es posible recuperación, ni restitución alguna, por cuanto, una recuperación tal no sería sino la institucionalización de lo schockeante, la apuesta danza sobre el abismo, ni duelo, ni duelo del duelo, sino pensamiento doliente.

La fuerza sin ley es la ley de la fuerza. La ley fuera de la ley es, ahora, la ley. La excepción se convierte en norma. Y si no hace mucho laexcepción concernía a la norma como excepción de la norma, y se mantenía  atada a ella como término correlativo, interiorizada en la soberanía y el mando de la ley, hoy en día, en la post-dictadura y el post capitalismo estatal imperialista, lo que corre es la excepción sin más, el estado de excepción como proliferación empírica de la norma fuera de toda norma trascendente y trascendental. (Thayer, 2001:253).

Thayer ve en la tesis marchantiana del golpe a la palabra, la necesidad de abrir un pensamiento cuya insistencia y persistencia en el trauma no permite duelo alguno, el golpe como evento filosófico de des(a)propiación radical, no permitiría apropiación, no cabe la crítica, porque la demanda de las condiciones de posibilidad, debe dejar su lugar al abismo de las condiciones de imposibilidad, y al mismo tiempo, a la imposibilidad como condición. Se tratará de pensar entonces no la reforma del pensamiento –como proponía Moreiras– sino la insistencia en el abismo de lo anasémico, es decir, de aquello que en tanto, experiencia radical, no puede ser determinable por conceptos, ni reducible a explicaciones. En este sentido, el Golpe era: “Un padecimiento en el cuerpo biográfico de los individuos que se resistía a toda repetición que desbordaba los argumentos y los relatos de identidad de los sujetos y que se hundía en lo que literalmente no tiene nombre” (Oyarzún & Thayer, 2000)[8]. Desde este lugar, el golpe viene a ser el don de lo impresentable.

Ahora bien, el problema sigue siendo todavía hoy, de qué se trata, y con quien se trata, si es que fuese posible esa reformulación, asumimos que esta tendrá que hacerse cargo de la manera en que las dictaduras militares pasan de un ejercicio de pura violencia a la institucionalización de un régimen. Proceso que como ha hecho ver W. Thayer, consiste en la articulación política de la represión (Thayer,  2001), Moreiras se refiere a este proceso como “refundación capitalista” donde, como sostiene el autor, las dictaduras “sin perder su acción represivo-defensiva, entran en un neoliberalismo funcional cuyo objetivo expreso es la modernización, según patrones impuestos a la periferia por el capitalismo transnacional de acumulación flexible”(1993: 269), es justamente este proceso donde la postdictadura coincide con la instauración del neoliberalismo, con su carácter económico-financiero y formas de gobierno quasi-representativas articuladas dentro de los esquemas políticos de las democracias neoliberales; en Chile la continuidad de este proceso por parte de los gobiernos de la Concertación es total, en tanto, responden a la lógica de “en la medida de lo posible”, y cuya maquinaria asume el funcionamiento de la institucionalidad heredada de la dictadura, sin cuestionar de modo alguno el fondo, a saber, el origen siniestro de su fundación.

En este escenario paradójicamente coinciden tanto la univocidad de un sentido económico político neoliberal, como el fascismo de la diversidad (Olga Grau, citada por Oyarzún, (Utopía(s), 1993b), articulándose dicha instauración como una suerte de hegemonía política de la desmemoria y por consiguiente, como des(a)propiación extrema de las propias condiciones de la realidad política, económica y cultural, es decir, antes que una política abierta a su génesis dictatorial como aquello que una recuperación democrática debió hacerse cargo, se instauró una economía política de los cuerpos, que en tanto, repetición patológica, responde más a una fortclusión psicótica que a una reformulación efectiva.

Finalmente, nos vemos forzados a asumir que decir “reformulación del pensar en la postdictadura” y decir “pensamiento de la recuperación democrática” son operaciones radicalmente opuestas, una opera como política de la memoria, mientras que la otra disuelve el pasado en el olvido de la circulación en el mercado.

Quizá la actual crisis, y los atisbos hacia el asunto del malestar en la sociedad chilena que adquiere formas de violencia en la protesta ciudadana, sea una de las consecuencias de la no consumación del duelo por parte de la sociedad en su conjunto. No obstante, cabe considerar también, que la reinstauración de demandas colectivas y el potencial de subjetividad que aquello implica, nos fuerce a pensar en una nueva forma de lo social en el contexto del capitalismo trasnacional, ciudadanía(s) sin estado, ciudadanía(s) en estado de excepción, son cuestiones que debiesen reabrir un debate como el de Utopía(s), en una suerte derelevo de la tradicionaldicotomía Estado/Sociedad civil, hacia una forma nueva que se sitúa colectivamente frente al Estado y el Mercado, como resistencia política a la atomización e individualización totalizante de la operación neoliberal.

Probablemente sea necesario agregar un tercer y un cuarto términos, nuevamente prestados por el psicoanálisis, para pensar aquello que constituye la experiencia del pensar que la postdictadura fuerza, al duelo y la melancolía,debemos sumar el malestar y la ilusión, por cuanto estos dos últimos, reincorporan un pensamiento que dé cuenta de subjetividades colectivas, que sin recuperar la palabra y sin perderse la pérdida, hablan en y desde el anonimato de lo virtual, para reinsertarse en nuevos contextos de espacio público inauditos que parecían disueltos en las lógicas de desterritorialización del capitalismo mundial integrado, como superficies mucho más alternas que continuas del mercado mismo.

Bibliografía.

Avelar, Idelber. (2000) Alegorías de la derrota, La ficción post dictatorial y el trabajo del duelo. Santiago: Cuarto Propio.

del Sarto, Ana. (2001)  “Fuga Melancólica. Aporías del ‘Pensamiento Crítico’ chileno sobre la postdictadura” en Nelly Richard & Alberto Moreiras (Eds),Pensar en/la Postdictadura. Santiago: Cuarto Propio.

Derrida, Jacques. (1986) La tarjeta postal. De Sócrates a Freud y más allá. México D. F.: Siglo XXI.

Marchant, Patricio. (1984) Sobre árboles y madres. Santiago: Ediciones Gato Murr.

Moreiras, Alberto. (1993) “Postdictadura y reforma del pensamiento” en Utopia(s), Coloquio Organizado por el Ministerio de Educación. Santiago de Chile.

—. (1999). Tercer espacio, literatura y duelo en América latina.  Editorial ARCIS-LOM, Santiago de Chile. Se consultó edición electrónica disponible en:  http://www.philosophia.cl/biblioteca/Moreiras/Tercer%20espacio.pdf

—. (2001) “El otro duelo: A punta desnuda. Las marcas del destrozo y su reconjugación en plural” en Pensar en/la postdictadura. (págs. 315-329) Santiago:Editorial Cuarto Propio.

Oyarzún, P. (1993a). Utopía(s). La ley de los idiomas y la dispersión de la lengua(págs. 161- 167). Santiago: Ministerio de Educación.

—. (1993b). Utopía(s). De Utopías y Fines (págs. 21-29). Santiago: Ministerio de Educación.

—. (2000). Oyarzún, Pablo & Thayer, Willy. Presentación: Perdidas palabras, prestados nombres. Presentación a Marchant, Patricio. Escritura y  Temblor(págs. 9-13). Santiago: Editorial Cuarto Propio.

—. (2000) Duelo y alegoría de la experiencia. Presentación del libro Alegorías de la derrota. Edición virtual disponible en http://www.philosophia.cl/articulos/antiguos0405/alegoriadelaexperiencia.PDF

Richard, Nelly. (1998). Residuos y metáforas. Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la transición. Santiago: Editorial Cuarto Propio.

—.  (2001) “Las marcas del destrozo y su reconjugación en plural” en Pensar en/la postdictadura. (págs. 103-114) Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio.

Thayer, Willy. (1996) La crisis no moderna de la universidad moderna: (epílogo del Conflicto de las facultades). Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio.

—. (2001)“Vanguardia, dictadura, globalización (La serie de las artes visuales en Chile, 1957-2000).” en Pensar en/la Postdictadura. (págs. 239-260)Santiago: Cuarto Propio.


Notas.

* La primera versión de este texto fue presentado en el IV Seminario de Pensamiento Filosófico en Chile: El desafío filosófico de recuperar el pasado y pensar el presente en Chile, organizado por el Grupo de Investigación en Filosofía Chilena, en agosto del 2012, aquel recoge algunos elementos que se encuentran desarrollados en el ensayo: Articulaciones del pensamiento crítico en el Chile de la postdictadura, en proceso de desarrollo.

[1] Un excelente y detallado comentario es el que ha realizado Ana del Sarto, enFuga Melancólica. Aporías del “Pensamiento Crítico” chileno sobre la postdictadura (2001).

[2] En la misma conferencia, el filósofo español refiere al pasar al concepto benjaminiano de historia, no deja de ser interesante el modo en que fundamentalmente a partir de la traducción de las tesis Sobre el concepto de historia, en La dialéctica en suspenso (Santiago: ARCIS-LOM, 1996), por parte de Pablo Oyarzún, se hayan originado una gran cantidad de interpretaciones locales que retoman la relación de una historia con la catástrofe como experiencia radical de fascismo y la desaparición, que permite sobreponer lo que sea la historia, a las tesis que anunciaban su fin, asuminos que Pisagua o Auschwitz, exigen pensar una historia del horror y los restos.

[3] El desarrollo del artículo dialoga con las tesis de F. Jameson y E. Laclau, a partir de una serie de rendimientos críticos que se establecen de los análisis de la posibilidades de democratización y proliferaciones de sentido en el centro y en la periferia, donde se encontraría una serie de colectividades intermedias, donde un “pensamiento postmoderno vestibular” debiese desarrollarse, como vencimiento del pathos, en algún sentido esa condición vestibular viene a ser una formulación provisoria de lo que más tarde denominará con mayor claridad “tercer espacio”.

[4] Dicha expresión se encuentra desarrollada en Moreiras, en su obra Tercer espacio, literatura y duelo en América latina (1999), así como en el artículo presentado en el Seminario que recoge las ponencias realizadas en el Diplomado de Crítica Cultural de la Universidad ARCIS, reunidos en Pensar en/la postdictadura (2001) Editado por Nelly Richard y Alberto Moreiras. No obstante, dicha exigencia de “duelo del duelo”, habría aparecido ya en las conversaciones sugeridas en el Seminario Utopía(s), según comenta Pablo Oyarzún en su presentación al libro de Idelver Avelar, Alegorías de la Derrota: La ficción postdictatorial y el trabajo del duelo, titulada Duelo y alegoría de la experiencia(2000).

[5] Debo agradecer en este punto, la observación de Marcelo Rodríguez, quien me hiciera ver que la escena de pensamiento de la década del 80’s debiese también considerar aquellas voces que en términos marchantianos  “se perdieron esa pérdida”, es decir, toda una escena de pensamiento que operó de espaldas a los acontecimientos históricos, y que ejerció el pensamiento no sólo filosófico en ocupaciones metafísicas y analíticas que se presentaban a sí mismas como sifuesen producto de un espacio despolitizado.

[6] “El uso actual de la palabra «transición» atribuiría movimiento y transformación –y todos seríamos víctimas por igual de esa atribución- a una realidad estacionaria e intransitiva. Habitaríamos bajo los efectos de un nombre impropio para la actualidad”  (Thayer, 1996: 169). En este sentido, habría un uso impropio y funcional a la instauración del neoliberalismo, y otro que podríamos denominar crítico: “La sociología llama transición no al período de translatio del Estado moderno al mercado post-estatal (cuestión que acontece con guerras y dictaduras y calamidades varias); sino al período de post-dictadura, es decir, donde no hay ya translatio alguna. Transición nombra propiamente para “nosotros”, entonces, no la transferencia de la administración gubernamental de la dictadura a la democracia, sino la transformación de la economía y la política que la dictadura operó: el desplazamiento del Estado como centro-sujeto de la historia nacional, al mercado excéntrico post-estatal y post-nacional. Desplazamiento que supone, más en general, el extravío de las categorías articulantes de la historia moderna, a saber: Estado, pueblo, revolución, progreso, democracia, interés, historia, ideología, hegemonía, confrontación, autonomía, localidad, política, pedagogía, nacionalidad, etc.”  (175-176).

[7] La aclaración de los términos “crítica cultural” y “pensamiento crítico” en Richard, ha sido señalada por Ana del Sarlo (2001). Si bien el proyecto editorialRevista de Crítica Cultural, sigue estando vigente, efectivamente puede sustentarse esa distinción a partir de la centralidad de los estudios sobre la Escena de Avanzada y una reflexión respecto de la escena política y cultural de la postdictadura.

[8] Es el mismo Willy Thayer quien cita en Vanguardia, dictadura, globalización(2001), el pasaje de su Presentación aEscritura y Temblor de Patricio Marchant, aclarando que dicho pasaje pertenece a Pablo Oyarzún, sin embargo, el texto en la versión impresa de Cuarto Propio (2000), no corresponde literalmente al citado por Thayer, en el artículo del 2001; tampoco hay correspondencia respecto al año, dado que en la nota bibliográfica de Thayer, se fecha el texto de la Presentaciónen el 2001, desconocemos si se trata de un simple error y una paráfrasis, o si el autor tiene presente la versión leída en el lanzamiento de la obra, o bien, si se trata de una versión revisada inédita del mismo.

Revista Chilena de Antropología Visual

Revista Chilena de Antropología Visual

La Revista Chilena de Antropología Visual es una publicación científica en formato electrónico y carácter semestral (Junio-Diciembre), realizada en la actualidad por el Centro de Estudios en Antropología Visual (CEAVI). El primer número fue editado en el año 2001, desde ese entonces, su principal objetivo ha sido reunir y publicar trabajos e investigaciones vinculadas a la Antropología Visual, tanto a nivel nacional como latinoamericano.

Nuestra Revista publica textos originales e inéditos sobre investigaciones ligadas a la imagen fija o en movimiento, en los cuales se desarrollen aspectos teóricos y/o metodológicos sobre la relación entre imagen y cultura. En este sentido se privilegian trabajos que se aproximen, desde una mirada crítica y reflexiva, a la importancia de los medios audiovisuales en la cultura contemporánea.

 

Quisiéramos partir haciendo una pequeña reflexión acerca de la importancia que reviste este número especial donde hemos plasmado un trabajo de colaboración muy fecundo entre la Coordinadora Latinoamericana de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígena-CLACPI y el Centro de Estudios en Antropología Visual-CEAVI. Tenemos la fuerte convicción de que la labor conjunta posibilita la creación de lazos de trabajo y de amistad. Asimismo, creemos que es tiempo de hacer valer los derechos indígenas, largamente omitidos por la sociedad y sus múltiples aristas, como es el respeto a las formas de conocimiento, saberes y experiencias en el ámbito de la comunicación. De este modo, este número especial busca reflejar esta participación y respeto a los derechos intelectuales inspirándonos en el Convenio 169 de la OIT que pone especial énfasis a la idea del consentimiento libre, previo e informado1.

De esta manera, se llevó a cabo el desafío de hacer un número especial titulado “Cine, Video y Comunicación Indígena. Los caminos recorridos junto a la cámara”, sobre la Comunicación Indígena de Latinoamérica y sus relaciones con otras experiencias a nivel continental. Destacando la importancia de generar un dialogo intercultural reuniendo a distintos autores, protagonistas y comunicadores(as) con miradas y visiones diversas. Así como compartir sus conocimientos, experiencias y pensamientos en torno a sus producciones y redes establecidas. De este modo, la revista ha sido la plataforma ideal para generar una reflexión y debate sobre las imágenes, abordando especialmente las problemáticas de personas y colectivos que frecuentemente no son visibilizados siendo sus discursos acallados y marginados. Para el movimiento indígena de comunicación, se concreta un nuevo tipo de relación donde hemos establecido un sistema de colaboración que rompe con las formas tradicionales de  investigación. Además, nos permite contribuir en la sistematización de las experiencias en el mundo de la comunicación indígena. Por último, es un medio y una herramienta para llegar a otros sectores de la sociedad que desconocen el esfuerzo realizado por CLACPI en sus casi 30 años de existencia y lucha por una comunicación propia de los pueblos indígenas.

Este número especial agrupa los diversos artículos de manera tal que los discursos se ordenan de acuerdo a las experiencias de sus protagonistas, lo que se ha hecho a través de una propuesta testimonial que abarca diálogos con una profunda reflexión personal.