Trazos familiares: tres familias, tres generaciones, una dictadura

Trazos familiares: tres familias, tres generaciones, una dictadura

Por Gastón González Napoli

Vivimos en un tiempo raro. Los nazis vuelven a andar en público con orgullo. No solo en Estados Unidos, con la marcha espeluznante en Charlottesville del año pasado; también acá, a la vuelta, en la charla que dieron Agustín Laje y otro asustaviejas en el Palacio Legislativo hubo alguna esvástica. Hace ver que todavía son necesarias las obras de arte de denuncia contra el nazismo. Pero alejémonos de la historia negra europea del siglo XX y vayamos a la nuestra: tampoco hay, y es una vergüenza, mucha diferencia. Que sigan viniendo entonces las películas como Trazos familiares, aunque sean imperfectas. Aunque vuelvan a transitar caminos ya andados.

Sí, Trazos familiares es un documental sobre la dictadura. La protagonizan tres familias que la sufrieron de maneras distintas. La más conocida es la historia de Mariana Zaffaroni Islas, que descubrió con 16 años que los padres que la criaron no eran los biológicos, y que su nombre original no era Daniela, y que su cumpleaños posta no era en setiembre. Descubrió, es decir, que era hija de desaparecidos. Los otros dos casos de Trazos familiares exploran uno el exilio con Ernesto Salvo, que vive en Cataluña, su ex esposa Marta Barreto, que vive en Viena, y el hijo de ambos, Federico, que también vive en Austria. El otro se centra en la familia Casariego Celiberti, y con ella se ven otros dos aspectos lúgubres: el secuestro, que Lilián Celiberti y sus hijos sufrieron en Brasil, abortado a tiempo por una denuncia masiva de la prensa local; y la prisión por causas políticas, tanto a través de Lilián como de los ojos de su hijo Camilo, que la visitaba.

La dirige José Pedro Charlo, cuya filmografía documental incluye El almanaque, sobre la vida en el Penal de Libertad del preso político Jorge Tiscornia; El círculo, sobre el guerrillero tupamaro Henry Engler, co-dirigida por Aldo Garay; y A las cinco en punto, sobre la huelga general inmediatamente posterior al golpe de Estado de 1973. Charlo no tiene el foco puesto en el proceso cívico-militar porque sí: estuvo preso entre el ’76 y el ’84. Un dato que tiene mucho que ver con el trasfondo de su última obra.

La conexión entre las tres familias es la razón de existir de la película, y es un problema. Es que resulta confusa. No hay un esfuerzo cierto por aclararlo para los no-iniciados. Le faltaría una suerte de árbol genealógico que mostrara los vínculos, quizá un repaso apenas más pormenorizado de eventos como el vuelo de los niños exiliados de 1983. Trazos familiares da por descontado que se sabe de qué se está hablando, no se para a pensar en que los más jóvenes pueden no tenerlo tan presente (aunque el vuelo fue el foco de otra película reciente, Tus padres volverán). Error en el que cae mucha de la discusión en torno a la historia reciente, literaria, noticiosa y hasta televisiva, como en el debate incomprensible entre Héctor Amodio Pérez y Federico Fasano. Pero lo peor en este caso es la mezcla de nombres en danza. En el párrafo siguiente, un intento por bajarlos a tierra.

Estando preso, el director Charlo se perdió el dichoso vuelo, que solo conoce por medio de filmaciones de la época. Viendo esas imágenes le llamó la atención una bandera que daba la bienvenida a Camilo y Federico: reconoció enseguida de quiénes eran hijos, viejos compañeros de militancia suyos. Los Salvo, padres de Ernesto, abuelos de Federico, y los Celiberti, padres de Lilián, abuelos de Camilo, eran vecinos; Charlo había visitado esos apartamentos de joven y conocido a Federico y Camilo de pequeños. Ver esa bandera fue la chispa que encendió el documental. Mariana Zaffaroni entra de costado a Trazos familiares, tanto que su presencia casi resquebraja ese concepto inicial. En la despedida de Ernesto Salvo y Marta Barreto con Jorge Zaffaroni y María Emilia Islas, la muy niña Mariana le regaló un oso de peluche al muy niño Federico. Años más tarde, en el vuelo de 1983, Federico, rubio y pelilargo, se ve filmado con el osito que todavía conservaba. Suficiente vínculo para que Charlo incluya la historia de Mariana en la película.

Por suerte lo hace: es el mayor gancho que tiene, con diferencia. Mariana comunica bárbaro y su historia es surrealista, por los hechos que le tocaron y por cómo los vivió. Si esto fuera Hollywood ya tendría su película y su remake. Pero no deja de ser un estiramiento de sus propias reglas internas.

Si se aceptan esas imperfecciones, Trazos familiares guarda un guantazo entre tanta entrevista tomando mate. Las cosas que narra no son nuevas, cualquiera que haya leído un poco o prestado algo de atención en las clases de Historia del liceo maneja los datos macro. Acá el dolor está en lo micro. En lo humano. No en un villano de botas y uniforme sino en un hijo chico furioso con su madre presa. En una madre, otra, que debe ir a reconocer cuerpos temiendo encontrar el de su hija. O quizá deseando hallarla, para al menos poner un punto final. Y en una mujer que empieza a usar un sobrenombre para evitar incomodidades ajenas cuando alguien le dice por su otro nombre, el que tenía antes de saber la verdad.

¿Por qué es necesario patear de nuevo la pelota a la casa de don Plan Cóndor? La respuesta está en Twitter. Las redes sociales, y los comentarios en las noticias, son termómetros bastante certeros y terroríficos para comprobar hasta qué punto no se puede hablar de la dictadura sin dividir las aguas. No se puede criticar a los tupamaros por alzarse contra una democracia sin que vuelen acusaciones de fascismo; no se puede hablar de desaparecidos o de nunca más, ni condenar el pacto de silencio militar, sin que asome su fea cara la teoría de los dos demonios. Uno de los males más atroces, el de un Estado contra sus ciudadanos, se relativiza y, lo que es hasta peor, se partidiza. Se convierte en eslogan de unos mientras otros callan. Terreno fértil para el desastre.

Estudiar historia y ver sus ciclos provoca que uno vaya de ojos abiertos y note los patrones preocupantes. Por eso, que sigan viniendo las películas como Trazos familiares. Se precisan hoy tanto como ayer.

Una etnografía acerca de la institucionalización del recuerdo sobre los crímenes del terrorismo de Estado en la Argentina

Ana Guglielmucci
La consagración de la memoria

Una etnografía acerca de la institucionalización del recuerdo sobre los crímenes del terrorismo de Estado en la Argentina

En Argentina, qué recordar y qué olvidar respecto a la llamada violencia política de los setenta se ha constituido en un tema de interés y de debate entre militantes de derechos humanos, familiares de detenidos-desaparecidos, sobrevivientes, políticos, periodistas y miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, además de otros actores. Asimismo, la interpretación y adjudicación de responsabilidades jurídicas sobre eventos pasados, su documentación y transmisión a las nuevas generaciones ha sido un tema central de la “agenda pública” de los gobiernos constitucionales instaurados con posterioridad a ese momento histórico.

Desde mediados de la década del noventa, la categoría memoria comenzó a instalarse como una consigna del movimiento de derechos humanos, sumándose a la tradicional demanda de Verdad y Justicia. Paralelamente, se multiplicaron los estudios sobre la construcción social de recuerdos sobre el pasado reciente. Y, a través del activismo político-militante y el trabajo profesional de diversos actores, la categoría memoria sobre el terrorismo de Estado fue incorporada en proyectos, leyes y programas gubernamentales, ceremonias oficiales y obras materiales destinados a preservarla y promoverla públicamente.
En este contexto, el libro de Ana Guglielmucci, a partir de una perspectiva etnográfica, nos permite encontrar lineamientos para analizar la consagración de la memoria como objeto de políticas públicas en Argentina y, más específicamente, en la Ciudad de Buenos Aires. A lo largo del recorrido analítico de la autora, el lector puede comprender los procesos sociales y culturales que han alentado a construir, mantener y difundir recuerdos comunes sobre eventos pasados que se pretenden como aún presentes. Hablar de memoria en Argentina, a diferencia de otros países, conlleva una marca indeleble ligada a las prácticas terroristas ejecutadas por el Estado, como la instauración de centros clandestinos de detención y la desaparición forzada de personas.
El análisis antropológico del proceso de diseño e implementación de una serie de políticas públicas para evocar estos eventos pasados permite revisar los sentidos hegemónicos locales materializados en obras públicas como monumentos y sitios de memoria.
Formato: 15x23cm
ISBN: 978-987-1238-99-6

Infidelities: Morality, Revolution, and Sexuality in Left-Wing Guerrilla Organizations in 1960s and 1970s Argentina

415
Journal of the History of Sexuality, Vol. 23, No. 3, September 2014
© 2014 by the University of Texas Press
DOI: 10.7560/JHS23304
Infidelities: Morality, Revolution, and Sexuality
in Left-Wing Guerrilla Organizations
in 1960s and 1970s Argentina
Isabella Cosse
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas,
Universidad de Buenos Aires

“He wouldn’ t s e e me . He di ed thinking I was a traitor,” former
Montonera guerrilla Ana Testa says as she looks into the camera. She had given her account of how she had been tortured, but now she was remembering a different kind of pain. After she was liberated from a clandestine detention center, her partner, Juan Silva—who would later be “disappeared”—could have gone to her, but he refused.1 This is not a mere anecdote. In it are enmeshed the views on love, activism, and morality held by many of the revolutionaries.

This article looks at the role played by sexuality in the construction
of a revolutionary morality as a key dimension for understanding
the left-wing guerrilla groups active in Argentina in the 1960s and 1970s.
In Argentina, as in other Latin American countries, the liberal regime
that crystallized in the nineteenth century strengthened a family type based
on the indissolubility of marriage, gender inequality, and patriarchal power.
Under that model, female infidelity was not tolerated, as an adulterous wife
represented a serious threat to patriarchy, challenging the phallic power of
the male and, with it, patrilineal descent and inheritance. In contrast, it was
acceptable for men to be unfaithful, and their authority over women was
This article is based on a paper originally written for the “Sexuality and Revolutions in
the Latin American ‘Long Sixties’” roundtable of the Berkshire Conference of Women Historians,
Amherst, MA, 9–12 June 2011. I would like to thank Valeria Manzano for inviting me to
participate in that roundtable, the Berkshire Conference for providing me with a travel grant
that made it possible for me to attend, and Margaret Power and all the other participants for
their comments. I would also like to thank the Journal of the History of Sexuality’s anonymous
readers for their feedback, which allowed me to improve my article, and Mathew Kuefler for his
careful editing work. Finally, I thank Laura Pérez Carrara, who has translated this article and
has shared with me the sadness evoked by the stories narrated here, stories that belong to a
past that is still open.
1 Montoneros: Una historia, dir. Andrés Di Tella (Buenos Aires, 1994).
416 I s a b e l l a Cos s e
firmly established under a civil code (enacted in 1869) that denied legal
rights to unmarried couples and out-of-wedlock children and offered no
protection to female heads-of-household.2 In the 1960s, the cornerstones
of this family model were called into question as never before, challenging
widely accepted values such as the sanctity of marriage and long-held assumptions
about gender roles that determined the inferior status of women
and male authority in the family. Infidelity sparked heated debates because
it was at the heart of the sexual double standard. In fact, under Argentina’s
1922 criminal code—still in force in the 1960s—a husband was only considered
adulterous if he kept a mistress or was found with another woman
in the bed he shared with his wife, but for a wife it was enough to have had
a casual encounter with another man.3
In contrast to Europe and the United States, where sexual changes
were fostered by what Jeffrey Weeks termed the “permissive moment,” in
Argentina the traditional family was challenged against a backdrop of rising
authoritarianism, moral crusades, and deteriorating social and economic
conditions.4 It was in that context that armed groups emerged, encouraged
by the Cuban Revolution and the labor and student struggles that were
stirring the country and the world. In the years that followed, as Argentina
became more and more involved in the continental war against subversion,
the state launched increasingly brutal repressive actions, stepping up authoritarianism
and intensifying political polarization. This eventually culminated
in the 1976 military coup, which institutionalized torture, murder, and
enforced disappearance as methods for combating political dissidents and
social activists, claiming as many as thirty thousand disappearance victims,
according to estimates by human rights organizations.5
In recent years, feminist historiography and gender studies have offered
new approaches for rethinking this crucial era, whose echoes are still felt
today in Argentine society. One line of investigation has shown the persistence
of women’s inequality within guerrilla organizations, revealing that
the issue took a back seat to the more important strategic goal of seizing
political power.6 This does not mean that these groups were indifferent
2 For an overview, see Dora Barrancos, Mujeres en la sociedad argentina: Una historia de
cinco siglos (Buenos Aires: Sudamericana, 2007).
3 Código penal (Buenos Aires: Kraft, 1968).
4 On the “permissive moment,” see Jeffrey Weeks, Sex, Politics and Society: The Regulation
of Sexuality since 1800 (London: Longman, 1992), chap. 13. For more details on
Argentina, see Isabella Cosse, Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (Buenos Aires:
Siglo XXI, 2010).
5 For an overview, see Daniel James, ed., Nueva historia argentina, vol. 9, Violencia,
proscripción y autoritarismo (1955–1976) (Buenos Aires: Sudamericana, 2003).
6 For a pioneer study, see María del Carmen Feijoó and Marcela Nari, “Women in Argentina
during the 1960s,” Latin American Perspectives 23, no. 1 (1996): 7–27. For a recent
study, see Alejandra Oberti, “Género, política y violencia: Vida cotidiana y militancia en las
décadas del sesenta y setenta” (PhD diss., Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de
Buenos Aires, 2011).
Infidelities 417
with respect to such matters. Far from it; members of left-wing guerrilla
groups held strong views on family, sexuality, and romantic relationships,
which did not deviate from traditional ideas, imposing a “compulsory heterosexuality”
(as noted by Florencia Mallon in the case of Chile), exalting
virility, and promoting an ideal image of the revolutionary couple, which
was both heterosexual and monogamous.7 They also disapproved of the
sexual revolution as much as conservatives did, although not for the same
reasons, viewing it as an imperialist strategy that would throw the people
off the revolutionary path.8 Guerrilla groups also sought to exert control
over their members’ bodies and discipline their sexuality in what Vera
Carnovale has termed “full organization.”9 More recent studies, along
the lines proposed by Victoria Langland for Brazil, have highlighted the
sexual and gendered portrayal of activists and guerrillas—particularly
women—as the “enemy within” in both antisubversive propaganda and
repressive practices.10 Other studies have explored the sexualization of
activists and captivity survivors, who were believed by their own peers
7 For the concept of “compulsory heterosexuality” applied to Latin America, see
Florencia E. Mallon, “Barbudos, Warriors, and Rotos: The MIR, Masculinity, and Power
in the Chilean Agrarian Reform 1965–74,” in Changing Men and Masculinities in Latin
America, ed. Matthew C. Gutmann (Durham, NC: Duke University Press, 2003), 179–215.
For Argentina, see Osvaldo Bazán, Historia de la homosexualidad en la Argentina: De la
conquista de América al siglo XXI (Buenos Aires: Marea, 2004); and Flavio Rapisardi and
Alejandro Modarelli, Fiestas, baños y exilios: Los gays porteños en la última dictadura (Buenos
Aires: Sudamericana, 2001). On heterosexual monogamy, see Cosse, Pareja, sexualidad y
familia, 142–47; and Andrea Andújar, “El amor en tiempos de revolución,” in De minifaldas,
militancias y revoluciones, ed. Andrea Andújar et al. (Buenos Aires: Luxemberg, 2009),
149–70. For Brazil, see James N. Green, “‘Who Is the Macho Who Wants to Kill Me?’: Male
Homosexuality, Revolutionary, Masculinity, and the Brazilian Armed Struggle of the 1960s
and 1970s,” Hispanic American Historical Review 92, no. 3 (2012): 437–69.
8 Karina Felitti, “Poner el cuerpo: Género y sexualidad en la política revolucionaria de
Argentina en la década de 1970,” in Political and Social Movements during the Sixties and
Seventies in the Americas and Europe, ed. Avital H. Bloch (Mexico: Universidad de Colima,
2010). See also Valeria Manzano, “The Making of Youth in Argentina: Culture, Politics,
and Sexuality (1956–1976)” (PhD diss., Indiana University, Bloomington, 2009), 363–74.
9 Vera Carnovale, Los combatientes: Historia del PRT-ERP (Buenos Aires: Siglo XXI,
2011); and Oberti, Género, política y violencia. See also Paola Martínez, Género, política y
revolución en los años setenta: Las mujeres del PRT-ERP (Buenos Aires: Imago Mundi, 2009).
An early study is Feijoó and Nari, “Women in Argentina.”
10 Valeria Manzano, “Sex, Gender, and the Making of the ‘Enemy Within’ in Cold
War Argentina,” Journal of Latin American Studies 46, no. 3, forthcoming August 2014;
Marta Vasallo, “Militancia y transgresión,” in Andújar et al., De minifaldas, militancias y
revoluciones, 19–31; and Débora D’Antonio, “‘Rejas, gritos, cadenas, ruidos, ollas’: La
agencia política en las cárceles del estado terrorista en Argentina, 1974–1983,” in ibid.,
89–108. These developments continue a line opened by Victoria Langland, “Birth Control
Pills and Molotov Cocktails: Reading Sex and Revolution in 1968 Brazil,” in In from
the Cold: Latin America’s New Encounter with the Cold War, ed. Gilbert Joseph and Daniela
Spenser (Durham, NC: Duke University Press, 2008), 308–49. In a different vein, see
Margaret Power, Right-Wing Women in Chile, Feminine Power and the Struggle against
Allende, 1964–1973 (University Park: Pennsylvania State University Press, 2002).
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to have traded sexual favors for their lives and were consequently cast as
traitors in testimonial novels written in the 1980s.11
While these studies have shed significant light on the gender and sexual
dimensions of guerrilla organizations and political and ideological struggles
in the 1960s and 1970s, most have offered a somewhat simplified reconstruction
of the role of sexuality within such organizations and paid little
attention to its connection with their contemporary society and to the
historicity of the process. In this article I propose a more complex analysis
through three approaches. The first aims to give substance to the heterogeneity
of sexual morality experiences, views, and positions. The second
highlights the porous lines that separated the world of activism from the
wider culture and society of the time.12 The third involves a diachronic
reconstruction that considers the specific characteristics of the different
historical moments that can be distinguished in the period over which this
fast-paced political process unfolded.
My hypothesis is that sexuality represented a dense arena of conflicts
within guerrilla groups. Multiple positions vied against each other within
organizations characterized by social and cultural heterogeneity and gender
anxieties. These cannot be understood outside the context of a society permeated
by intense debates—and deep uncertainties—over the changing family
and sexual orders, which resonated particularly with young people. Tensions
thus existed between the rigid morality preached by these organizations and
the actual experiences of their members. These tensions were resolved or
processed differently over time and became more pronounced as repression
escalated and the organizations became more militarized, thus strengthening
the direct connection between romantic fidelity and political loyalty.
B ased on this hypothesis, I look at how infidelity in heterosexual couples
was experienced, discussed, and addressed in the two leading guerrilla organizations
active in Argentina during the period studied: the Montoneros
and the Ejército Revolucionario del Pueblo (People’s Revolutionary
Party, or ERP), the second of which was the military wing of the Partido
Revolucionario de los Trabajadores (Workers’ Revolutionary Party, or PRT).
The article is divided into three sections. The first examines certain foundational
elements that were at the root of the interlinking of the political
and the personal in both organizations. The second reconstructs the ways
in which the members of these organizations processed the conflicts in
their love lives under conditions of clandestine living and armed struggle.
11 Ana Longoni, Traiciones: La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes
en la represión (Buenos Aires: Norma, 2007); Valeria Manzano, “Betrayal, Loyalty, the
Peronist People and the Forgotten Archives: Miguel Bonasso’s Narrative and the Peronist
Left’s Political Culture, 1984–2003,” Journal of Latin American Cultural Studies 16, no.
2 (2007): 183–99.
12 This is the perspective of Manzano, “Making of Youth”; Cosse, Pareja, sexualidad y
familia; and Alejandro Cattaruzza, “Un mundo por hacer: Una propuesta para el análisis de
las culturas juveniles en los setenta,” Entrepasados 7, no. 2 (1997): 67–76.
Infidelities 419
It underscores the gender and class tensions in the case of the ERP and
the way in which sexual morality was linked to political disputes within
the Montoneros. The last section explores the organizations’ increasing
militarization and the simultaneous development of codes of sexual and
moral conduct that established a direct relationship between political loyalty
(understood as sacrificing one’s life for the cause) and fidelity to one’s spouse
or partner, as more and more militants fell victim to torture, kidnapping,
and disappearance at the hands of the state.
To reconstruct this process I have had to rely on sources that are
necessarily fragmentary. The traces of that past—both written and oral
accounts—are marked by the historical circumstances in which these militants
lived, as they came under attack by repressive forces, were forced to
go underground, and were disappeared. Thus, for my analysis I had to piece
together fragments and decipher evidence culled from memoirs and written
and oral accounts (including twenty-five interviews I conducted myself
and thirty drawn from the Archivo de Memoria Abierta in Buenos Aires);
documents, magazines, and newspapers issued by these organizations; and
novels published during the period studied.13 To overcome these difficulties
I have applied an analysis that involves the constant contrasting of sources
and facts, taking into account the specificity of the discourse of each type
of source and placing them in the contexts in which they emerged.14 These
methodological precautions aside, it is not my intention to produce a linear
narration but rather to create a multifaceted prism—with different sides
and perspectives—to shed light on how love, sexuality, and revolutionary
struggle were intertwined in guerrilla organizations.
Foundational Elements: The Armed Left and Sexual Morality
In 1959 the Cuban Revolution opened up a new political horizon across
Latin America. In Argentina, Peronism—a movement that had granted
workers their social rights—had been banned since the 1955 military
coup that had deposed its leader, Juan Domingo Perón. The victory of the
Cuban guerrillas spurred heated debates over strategy among advocates of
social change, dividing the Left. In the early 1960s a number of Peronist
factions emerged in Argentina, pushing to radicalize the movement, and
the first guerrilla groups were formed there. The social and economic
crisis that had aggravated the historical exclusion of peasants and workers
13 Archivo de Memoria Abierta is a collective memory project that gathers interviews and information
on victims of state terrorism established and maintained by the Acción Coordinada
de Organizaciones de Derechos Humanos, Buenos Aires. For more information, see http://
http://www.memoriaabierta.org.ar.
14 For challenges posed by “recent” history, see Marina Franco and Florencia Levín, eds.,
Historia reciente: Perspectivas y desafíos para un campo en construcción (Buenos Aires: Paidós,
2007). On oral history, see Paul Thompson, La voz del pasado: La historia oral (Valencia:
Alfons el Magnánim, 1988).
420 I s a b e l l a Cos s e
was compounded by a weak democracy and a stream of military interventions.
Young people from both the middle and working classes—many of
whom were the first in their families to gain access to secondary school
and higher education—led the growing social and political unrest, which
prompted new movements and organizations across the country. In 1965,
in the small, poverty-stricken northern province of Santiago del Estero, a
local Americanist movement and a Buenos Aires Trotskyist group merged
to form the PRT. A few years later, the PRT’s military arm would become
one of Argentina’s leading guerrilla groups.15
The decision to create an armed wing came in the aftermath of the military
coup staged by Gen. Juan Carlos Onganía in 1966, which suspended
parliamentary activities in Argentina, outlawed all political parties, stepped
up repression and censorship, and brought the University of Buenos Aires
under the control of the state. But these measures failed to suppress social
unrest, fueling instead the radicalization of young activists. Che Guevara’s
death in 1967 had a similar impact, as his demise heightened the revolutionary
aura that surrounded him and the need to continue his struggle. For
the Left, Guevara represented the ideal new man of indomitable courage
who was willing to give his life for the revolution.16 His image embodied an
eroticized virility and a way of loving that fell outside the reproductive goals
of the bourgeois family, as Diana Sorensen has posited. That image united
a community of “warriors” and provided the backbone of a phallocentric
identity.17 But it also had a human side that was sensitive and compassionate
and that conferred an exceptional quality to the guerrilla virility symbolized
by Guevara: a virility that combined tenderness with bravery and the
strength of the combatant with the sensitivity of a new man who felt deeply
for his fellow human beings and was loved by them.18
Che Guevara’s death rekindled debates over the question of taking
up arms. During this time, the PRT was caught up in intense discussions
that resulted in key ideological guidelines that would shape the party’s
long-term actions. These internal disputes legitimized a rhetoric based
on morally disparaging one’s opponent through accusations of “betrayal”
(of the revolution, of the working class, and even of the party). The triumph
of the proponents of armed struggle consolidated the dominance
of Roberto Santucho, a leader whose family was very influential in the
party, and thus the intertwining of political and personal relations (key
15 For an overview of this period of Argentine history, see James, Nueva historia
argentina, vol. 9.
16 Hugo Vezzetti, Sobre la violencia revolucionaria (Buenos Aires: Siglo XXI, 2009), 131–
65; Carnovale, Los combatientes, 183–222.
17 Diana Sorensen, A Turbulent Decade Remembered: Scenes from the Latin American
Sixties (Stanford, CA: Stanford University Press, 2007), 15–53.
18 Isabella Cosse, “Militancia, sexualidad y erotismo en la izquierda armada en la Argentina
de los años setenta,” in Historia de la moral sexual y los comportamientos sexuales, ed. Dora
Barrancos, Donna Guy, and Adriana Valobra (Buenos Aires: Katz, forthcoming).
Infidelities 421
in any small organization) became linked to kinship and family relations
(with their hierarchies, conflicts, and loyalties).19
With these changes, it became acceptable to invoke the greater good of
the party to interfere in the love lives of its leaders and defend the institution
of marriage. This was not the result of philosophical discussions but a byproduct
of the intersecting of the party’s internal strife and Santucho’s own
marriage crisis. Santucho had married Ana María Villareal (known as Sayo) in
1962. They were both upper-middle-class university graduates who belonged
to their provinces’ intellectual elites. While Ana María’s home province,
Salta, had a more patrician past than Roberto’s Santiago del Estero, both
were set apart from the rest of Argentina in their strong mix of Catholicism
and traditionalism, characterized by the sexual double standard, patriarchal
power, and the submission of women. Roberto’s was a classic example of
the province’s families, as he was the eighth child of a local caudillo (charismatic
and popular leader) whose extramarital affairs were no secret. But
like many middle-class youths, Roberto and Sayo defied established family
values, although without breaking completely with tradition. While they did
get married, they refused a church wedding; and while they agreed to participate
in the honeymoon ritual, they transformed it into a political learning
trip, emulating Che Guevara’s epic journey across Latin America. After the
honeymoon, they settled into conventional married life, with the traditional
division of gender roles. Roberto threw himself into political activism, and
Sayo devoted herself to motherhood, although supporting her husband and
even participating directly in party politics. Roberto convinced her that his
frequent long absences were necessary to further the cause. He offered her a
love nurtured by political commitment and envisioned their future together
as inseparable from the revolutionary struggle.20
In 1967, amid all the infighting in the PRT over strategy, the couple
faced a major marriage crisis. Roberto fell in love with Clarisa Lea Place, a
university student and fellow party member twelve years his junior. Clarisa
was recognized for her unswerving loyalty as a militant, and, according to all
accounts, she loved Roberto deeply. Pola Augier, her best friend and roommate,
recalls how Clarisa believed Roberto would one day leave his wife for
her. But that never happened. Sayo, who was living at the time at the Santucho
family house, found out about her husband’s infidelity, and it quickly
became a matter of collective discussion within the organization. The affair
was affecting internal party matters. Francisco, a former PRT activist, explains
that the marriage crisis was undermining Roberto Santucho’s image in the
19 See Pablo Pozzi, Por las sendas argentinas: El PRT-ERP; La guerrilla marxista (Buenos
Aires: EUDEBA, 2001), 148; and Carnovale, Los combatientes, 261.
20 María Seoane, Todo o nada: La historia secreta y la historia pública del jefe guerrillero
Mario Roberto Santucho (Buenos Aires: Planeta, 1991), 27–87. On fertility rates, see Edith
Pantelides, “La fecundidad argentina desde mediados del siglo XX,” Cuadernos del CENEP,
no. 41 (Buenos Aires: CENEP, 1989), 21 (table 3.6). For other “discreet” youth rebellions,
see Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 71–101, 115–31.
422 I s a b e l l a Cos s e
political discussions under way, so his comrades tried to prevent the matter
from spreading beyond party leaders.21 More importantly, the idea that the
party’s members and especially its leaders had to be an example of revolutionary
morality and that a militant’s private life was inseparable from his or her
political commitment was by then accepted as natural in the organization.
When the issue of Roberto’s infidelity was discussed among PRT leaders,
the majority disapproved of his behavior and reprimanded both lovers,
ordering them to end the affair. Pola remembers her friend telling her that
she had been harshly criticized and humiliated. These political pressures
were combined with family and personal pressures. In Roberto’s case, he
was also admonished by his youngest brother, Julio Santucho, who had
recently joined the party after leaving a Jesuit seminary in Spain where he
had been preparing for the priesthood. In a letter to Roberto, he told him:
[You] forget that this unique moment we are living is not about trying
out new forms of relationships, but about living according to a revolutionary
morality with the greatest selflessness and austerity possible:
an honest and solidly built home, an unbreakable fidelity, a Justice
in everyday life that must be the reflection of the highest ideal of the
revolutionary. . . . Mutual devotion [in a couple] cannot be broken by
the will of either of the parties involved without committing an injustice.
In fact, it can never be broken, because when we give ourselves to
another we do so fully and forever, without calculations or restrictions.
The same is true when we give ourselves to the revolution, because
both forms of devotion stem from the most intimate depths of our
spiritual being, a being that surfaces to be realized in the construction
of a new world. A new world where social relations will be novel not
simply because they are arbitrarily different, but because they will be
stripped of all selfishness and pettiness.22
The letter defines revolutionary love and views the romantic feelings that
two activists can have for each other as intricately linked to their political
ideals. In stark opposition to the affective individualism typical of Anglo-
Saxon modernization, Julio proposed an ideal of love shaped by the
Judeo-Christian tradition, which placed social obligations above personal
decisions and morality above passion. Romantic devotion was equated
with revolutionary commitment in that they both demanded a complete
renunciation through which individuals transcended their self-interest and
became full and accomplished beings.
Julio’s advice evoked ideas that were popular both outside and within
the revolutionary Left. These ideas had echoes of Christian humanism but
also of the writings of Erich Fromm, whose book The Art of Loving was
21 My interview with Francisco R., PRT activist from Tucumán (Buenos Aires, 10
January 2012).
22 Letter transcribed in Seoane, Todo o nada, 123–24.
Infidelities 423
a best-seller in Argentina at the time.23 On the one hand, Julio’s advice
reflected a conjugal ideal that extolled companionship and mutual fulfillment,
a notion that had emerged as a reaction against the authoritarianism
of traditional marriages. Julio, however, rejected the possibility of salvaging
the marriage if it meant that Sayo had to accept her husband’s affair,
as Roberto seemed to hope.24 On the other hand, Julio’s words illustrate
the extent to which sacrifice was glorified within these organizations in
a way that tied the tradition of Christianity to the imaginary of the Left,
for which giving one’s life for the cause—as Che Guevara had done—was
the duty of every revolutionary. Drawing on the two traditions, the letter
contrasted authenticity with moral hypocrisy and placed the former at the
core of both romantic devotion and political commitment. The ideal “new
man” was thus connected with the tradition of Argentina’s historical Left,
which had been informed by an orthodox reading of Marxism that rejected
the double sexual standard but defended love-based monogamy.25
The marriage crisis had a swift denouement: Santucho gave in to the
pressures of both party and family and opted for what was best for him
politically, which was ending the affair. When Clarisa found out, she was
devastated, ashamed of her lover’s behavior, and hurt by how she was
treated by the party leaders. “They treated me like a prostitute,” she told
Pola Augier, who defended her. She believed that the “natural” solution
would have been for the two lovers to stay together. She lost all respect
for Roberto, whom she had admired as a leader. As with “most men, he
seized on his sense of responsibility as the perfect excuse,” thus demonstrating
that “family was sacred” for the “leaders of the north,” who were
still influenced by Catholicism and the preconceptions of that time, despite
their Marxism.26 Another party member, identified only as “Comrade L.,”
viewed the episode in a similar way: Santucho had yielded to pressures from
fellow party leaders and in the “name of the proletariat” had renounced
“the most beautiful thing” that had ever happened to him—Clarisa.27
23 On Christian humanism in Argentina, see José Zanca, “El humanismo cristiano y la
cultura católica argentina (1936–1959)” (PhD diss., Universidad de San Andrés, Buenos
Aires, 2009).
24 On companionship, see Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 115–53. In the letter,
Julio said: “You can’t ask [Ana María] to deny herself, to obliterate herself as a person; you
can’t use people as if they were instruments that can be picked up and discarded on a whim.”
Quoted in Seoane, Todo o nada, 123–24.
25 See, for example, the opinions voiced by Socialist and Trotskyist congressmen in Diario
de sesiones de la Cámara de Diputados, 14 May 1964, Buenos Aires, Congreso de la Nación,
331, 341. For a view of socialist morality in the early twentieth century, see Dora Barrancos,
La escena iluminada: Ciencias para trabajadores, 1890–1930 (Buenos Aires: Plus Ultra, 1996).
26 Pola Augier, Los jardines del cielo: Experiencias de una guerrillera (Buenos Aires: Sudestada,
2006), 116; also available online at http://www.revistasudestada.com.ar/web06
/article.php3?id_article=463 (accessed 25 November 2013).
27 Rolo Diez, El mejor y el peor de los tiempos: Cómo destruyeron al PRT-ERP (Buenos
Aires: Nuestra América, 2010), 34.
424 I s a b e l l a Cos s e
The episode crystallized a close interlinking of the personal and the political,
whereby the subordination of matters of the heart to party concerns was
twofold. First, party authorities were seen as having the right to interfere in
each other’s love lives in the understanding that as leaders they had to set
an example of moral integrity and that their love lives could potentially have
political effects. Second, the importance attributed to romantic fidelity mirrored
the value placed on political loyalty, crucial in a group in which political
opponents were perceived as traitors. These multiple influences operated over
a backdrop of deep-seated patriarchal values, with its naturalization of malecentered
authority and the accepted male tradition of keeping a second home
for a mistress, but they did so in different ways. In some cases they reaffirmed
Marxist orthodoxy, while in others they cemented the very essence of the
sexual morality that the new revolutionary morals were supposed to challenge.
It is worth noting that disagreements with this tendency to interfere in the
personal life of party members did not translate into formal dissent or party
defections. In this case, for example, Clarisa and Pola did not leave the party
but participated shortly thereafter as the only two women delegates at the
Fourth Congress, held in 1968, where Santucho prevailed in his call for armed
struggle and the first step toward the founding of the ERP was taken. The
other female voice at this congress was Sayo’s, although she had no voting
powers. Her presence, according to Pola, represented an acknowledgment
by party authorities of the “stability” of the Santucho marriage and an insult
to Clarisa, brought on by “the hypocrisy of [the party’s] monastic forces,
which were trying to impose their morals.”28
Radicalization was not limited to the PRT. In 1968, in step with student
unrest in cities like Paris, Mexico, and Montevideo, protest movements erupted
across Argentina, culminating in 1969 in the Córdoba worker and student
uprising, which would be known as the Cordobazo and which dealt a mortal
blow to Onganía’s dictatorial regime. In that climate that same year, the Fuerzas
Armadas Revolucionarias (Armed Revolutionary Forces, or FAR), which
had been formed by Marxist militants to support Guevara’s guerrilla efforts
in Bolivia, adopted urban guerrilla tactics and joined forces with Peronists.
The year 1970 also saw the emergence of the Montoneros, an armed
group that identified with Peronist ideas, massively attracting young activists
and soon becoming one of the country’s leading political forces. The
Montoneros went public with a highly symbolic action: the kidnapping and
assassination of Gen. Pedro Eugenio Aramburu, who had led the ousting
of Juan Domingo Perón in 1955 and had ordered the execution of the
military officers who had risen in defense of Peronism the following year.
This action, which sealed the fate of the already weakened Onganía regime,
took up the Peronist resistance tradition in a substantial way.29
28 Carnovale, Los combatientes, 112; and Seoane, Todo o nada, 125, 136.
29 Richard Gillespie, Soldados de Perón: Los Montoneros (Buenos Aires: Grijalbo, 1987),
119–39.
Infidelities 425
The Montoneros also contained foundational elements that engaged with
sexual morality through the interlinking of the personal and the political.
The organization was the result of the merging of various groups with different
histories but connected by a common Peronist identity and the goal of
achieving socialism through armed struggle. In the early stages, the founding
members were especially influenced by the Christian tradition. Several of
the original leaders—including Fernando Abal Medina, Mario Firmenich,
and Carlos Ramus—had met in 1967 through the Catholic priest Carlos
Mujica, a major activist for the poor in 1960s Argentina.30 Graciela Daleo
recalls joining the group as a life-changing experience, both personally and
emotionally, for all those involved. Christian asceticism marked their shared
everyday life. They ate frugally and embraced Christian humility. This did
not prevent them from socializing, including flirting with each other. But
their relationships were tinted with piety and governed by formal courtship
rules. Graciela, for example, had been pining for Jorge for years, but when
he finally asked her to be his girlfriend she told him she had to think about
it and offered her cheek for a chaste good-bye kiss. Jorge, in turn, asked
her to keep their relationship a secret until he could find a way to tell his
mother.31 In other social circles these formalities were considered stilted
and old-fashioned and were being shed.32
The group gradually consolidated and in 1967 created the Comando
Camilo Torres, named after a Colombian guerrilla priest killed the year
before whose memory allowed them to reconcile their Christian beliefs
with the decision to take up arms. The brigade was formed by some thirty
young militants, all under the age of twenty-five, and focused on propaganda
activities, handing out pamphlets and distributing their magazine,
Cristianismo y revolución (Christianity and revolution). Daleo recalls that
the group “observed very strict moral norms,” so she was outraged when
one of their leaders, Juan García Elorrio, took advantage of his partner’s
frequent absences to flirt with other women in the group. A year and a half
later, the brigade had disbanded, and by late 1969 some of its members
had decided to form a new group.33 Daleo, who had taken a break from
activism, received a visit from her friend Mario Firmenich, who in the past
had taken a romantic interest in her and now wanted her help with the new
organization. She remembers that when Firmenich contacted her one of
the things he made clear was that the new organization would not tolerate
any complications due to personal entanglements. “We treat these matters
very seriously. The New Man cannot be irresponsible in his relationship
30 Lucas Lanusse, Montoneros: El mito de sus 12 fundadores (Buenos Aires: Vergara, 2005),
127–38.
31 Graciela Daleo, quoted in Eduardo Anguita and Martín Caparrós, La voluntad: Una
historia de la militancia revolucionaria en la Argentina, vol. 1, 1966–1973 (Buenos Aires:
Planeta, 2013), 23–32, 107.
32 Cosse, Pareja, sexualidad y familia, 25–51.
33 See Gillespie, Soldados de Perón, 81–86.
426 I s a b e l l a Cos s e
with his partner. Among us, nobody marries and separates on a whim, just
because they feel the urge.” He immediately added: “And we don’t tolerate
treachery [agachadas]. We’re very clear on that. We deal with traitors by
executing them, you know.” According to her own account, Graciela did
not ask who “we” were for security reasons. Shortly thereafter, she learned
that by “we” Firmenich meant the Montoneros.34 The value placed on
fidelity by the Montoneros owed much to Christian sexual morality. But it
was also linked to the Peronist tradition embraced by the Montoneros, as
“loyalty” had been a defining feature of Peronism from the onset, to the
point that the date on which the movement celebrated its anniversary was
called Loyalty Day.35 The concept took on its fullest and most sacralized
meaning in a dichotomous discourse that opposed “good” to “bad” and
“us” (working-class culture and the people) to the “other” (the oligarchy
and unpatriotic forces).36 The Montoneros took up this tradition when they
presented themselves as the avenging force that would bring Perón’s traitors
to justice and would defend the people against the enemies of Peronism.
In sum, in both organizations there were certain key foundational elements
that defined their revolutionary system of morality, including placing
a high value on sexual self-restraint, opening the personal lives of party
leaders to scrutiny from their peers, and encouraging rigid rules. The process
leading up to the creation of the ERP was marked by discussions over
how revolutionary couples should behave, pitting those who defended the
importance of stable relationships against those—mostly young people and
women—who believed in passionate love and the individual’s right to fall
freely in and out of love. There were no such discussions during the forging
of the Montoneros, but its founding members were strongly influenced by
asceticism and a rigid morality, and the organization would soon incorporate
new groups that were emerging from different ideological traditions and
had contrasting views on the subject. Lastly, both the Montoneros and the
ERP—and the armed Left in general—exalted the figure of Che Guevara,
holding him up as a symbol of an eroticized virility that combined bravery
and human compassion. But at the same time in the two organizations,
loyalty was seen as a substantial element of the connection between romantic
ties and political obligations.
Intense Lives: Conflicts of the Heart and Disputes over Morals
By 1970 young people were becoming increasingly radicalized, and their
antiestablishment stance was not limited to politics. On the contrary, young
34 Daleo, quoted in Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:326, 354.
35 Fernando Alberto Balbi, De leales, desleales y traidores: Valores morales y concepción
política en el peronismo (Buenos Aires: GIAPER, 2007), 97–201.
36 Silvia Sigal and Eliseo Verón, Perón o muerte: Los fundamentos discursivos del fenómeno
peronista (Buenos Aires: Eudeba, 2003), 71–74.
Infidelities 427
people—militants and nonmilitants alike—were rebelling in different ways
against traditional family, sexual, and social values. According to a survey
of people under the age of twenty-five featured in the magazine Análisis
(Analysis), some young people viewed marriage as an obsolete institution,
while others preferred to fill it with new meanings, seeing it as a way of “living
together” or as an “enjoyable duty.” Despite these differences, there
was a common rejection of the double standard of sexual morality. Most
considered that adults were hypocrites because they accepted the separation
between “physical love” outside the home and “spiritual love in the home”
that provided a euphemism for adultery.37 They questioned the “system”—a
term that encompassed the whole of the political, social, and moral establishment
and that itself reflected the generational clash. In Argentina, as in other
countries, the family as an institution was widely perceived to be in crisis, but
there was great uncertainty as to what that crisis would entail. This situation
alarmed Catholic and traditionalist organizations, which countered with an
avalanche of public statements, actions, and political lobbying calling on the
government to defend the basic principles of family, order, and tradition that
they claimed defined the nation and that they believed were being threatened.
The Left was not unaffected by these changes in the family and in romantic
relationships. On the contrary, in these organizations they became especially
contentious, as the conviction that an ideal “new man” had to accompany
the dawning society forged by the revolution was not linked to any particular
dogma or ideological definition of revolutionary morality nor to actual considerations
regarding family, couples, and sexuality. Hence the open nature
of the specific meanings ascribed to the new morality, which was defined
only by abstract ideals and suggestive images, thus increasing the possibility
of conflicts arising in concrete interactions. These conflicts were particularly
significant within the Left because of the political commitment that tied
together all aspects of life, including social, romantic, and sexual relations.
Starting a relationship, moving in together, or deciding to have a child were
all decisions with potential political effects. Roberto, an ERP militant from
Buenos Aires, recalls long, painful arguments with his wife: she wanted to
have kids, but he thought the timing was wrong because of their commitment
to the cause, and she was afraid the revolution would take too long and
she would miss her childbearing years.38 Breakups upset militants, and, in
many cases, they became a source of conflict that affected the entire group.
In particular, these ruptures escalated from personal to collective concerns
when they involved a close interlinking of intimate and political aspects, as
was the case with infidelity, which, according to many accounts, emerged
as a frequent problem. These conflicts expressed disagreements over sexual
morality and the meanings that guided militant behavior, which became more
and more important and visible as the organizations expanded.
37 “Cómo se aman los jóvenes,” Análisis, no. 422 (15 April 1969): 40–46.
38 Interview with Robert, Buenos Aires, 10 August 2009.
428 I s a b e l l a Cos s e
B oth organizations began to grow exponentially in 1970. The number of
PRT militants doubled between 1970 and 1972, and membership grew even
more dramatically after it reached 1,500 in 1973. This expansion altered
the organization’s makeup. The proportion of young people, women, and
(mostly male) workers increased. Regional representation also changed,
with new members coming from a wider range of regions, although the
northern provinces still provided the bulk of new recruits. In 1975 half of
the members were under the age of twenty-five, and two-thirds were under
thirty; one-fourth were women; and there was an even number of members
from working families and middle-class backgrounds.39
The data available on Montonero membership are not as detailed. We
know that when the organization started out it was made up predominantly
of middle-class activists, though recent studies have shown that early members
also included working-class activists. By 1971, for example, Montonero
membership included Peronists and textile industry unionists from workingclass
areas in the province of Buenos Aires.40 In any case, the organization
also grew at a dramatic pace. In 1971 Juan Domingo Perón himself, still
exiled in Madrid, pinned his hopes for victory on this “marvelous youth”
that was defying the power of the armed forces.41
In 1973 the Montoneros and FAR merged to form the largest political
youth movement, with thousands of affiliated members. Their rallies
were instrumental in lifting the ban on Peronism (although Perón himself
remained banned) and securing the party’s victory in the elections, which
were held that March and restored democracy. The military in power allowed
the elections to be held in the hope that it would weaken guerrilla
forces, but the Montoneros came out of the voting strengthened and
having reached their greatest political influence.42 The new president of
Argentina, Héctor J. Cámpora, opened up a brief but intense “Spring” during
which political prisoners were pardoned and censorship was somewhat
relaxed. The new government even encouraged what was referred to in
the mass media as a destape sexual (literally, “sexual uncovering”), which
was accompanied by the emergence of new discussions on issues such as
divorce and a greater visibility of feminist and homosexual organizations
and which in turn revived right-wing and conservative discourses in defense
of the family and sexual order. Despite this more open atmosphere,
the Cámpora government lasted only forty-nine days, and no measures
connected with family relations or sexual behavior were adopted.
In that climate, the growth and the unification of the two groups heightened
the importance of ideological differences on sexual morality. Accounts
39 Pozzi, Por las sendas argentinas, 71–80.
40 Javier Salcedo, Los Montoneros del Barrio (Caseros: Universidad Nacional de Tres de
Febrero, 2011), 31–66.
41 Gillespie, Soldados de Perón, 152–53.
42 Ibid., 152–93.
Infidelities 429
from former militants provide evidence for the impact that love conflicts had in
everyday interactions, but they also reveal that the different kinds of romantic
and sexual relationships that were being openly discussed were all within the
margins of the dominant heterosexuality. Homophobia was widespread even
in left-wing organizations. Homosexuals were viewed as a threat to internal
security, based on the preconception that their sexual orientation rendered
them weak and unable to withstand torture without being broken. They were
also believed to discredit the organizations, giving support to the Right in its
accusations of “sexual debauchery” in the armed Left. I found no evidence
of infidelity or love triangles involving same-sex couples. That does not mean
such conflicts did not exist; instead, the prevailing homophobia forced homosexuals
to hide their sexual orientation and precluded any discussion of
homosexual relationships. The fact is that homosexuality-related issues were
not dealt with openly in either organization.43
In contrast, conflicts involving heterosexual couples frequently spurred
heated discussions within the organizations over the ways in which militants
engaged in and dealt with a wide range of romantic entanglements. There
were husbands with lovers who were tolerated by their wives; there were
also women who cheated on their husbands or formal partners by having
affairs or flings; and there was no shortage of love triangles and passionate
one-night stands. There were often less prototypical situations, when cheating
on one’s partner was not a premeditated decision but a fortuitous and
chance result. María, a Montonero guerrilla, was in a passionate relationship
with Gustavo when, in late 1972, circumstances brought her together with
Roberto, whom she started seeing only weeks after she broke it off with
Gustavo. These overlapping relationships were both helped and hindered
by the physical separations that militant activity or imprisonment imposed
on couples, as was the case with ERP member Silvia, who, while her partner
was in prison in 1973, became romantically involved with another man with
whom she worked closely in the party. There were also casual encounters
that arose from a mixture of physical attraction and emotionally charged
moments, as occurred with Francisco and María Elena before they went
out on their first guerrilla operation.44
These stories were not all that different from what other young people
were experiencing in the 1970s, a time when separating sex from emotional
commitment was accepted as natural. That did not mean, however, that
“wearing horns” was taken lightly by men. The “macho” stereotype was
still powerful in Argentine society, and being cuckolded was experienced
by men as an affront to their masculinity, even among young artists and
43 Rapisardi and Modarelli, Fiestas, baños y exilios, 140–73.
44 Interview with Francisco R., Tucumán PRT militant, Buenos Aires, 10 January
2012; Marta Diana, Mujeres guerrilleras: La militancia de los setenta en el testimonio de sus
protagonistas femeninas (Buenos Aires: Planeta, 1996), 72–75; Pozzi, Por las sendas argentinas,
240–41.
430 I s a b e l l a Cos s e
intellectuals, as is illustrated by the caricatures and lampooning featured in
the humor magazine Satiricón. For women, it was increasingly a symbol
of the sexism against which they had to rebel.45 What made these stories
different for clandestine militants was that such turbulent affairs of the heart
were played out against the backdrop of guerrilla warfare and thus took
on special characteristics. Rules imposed by the organization for security
reasons meant that members had to compartmentalize the different areas
of their lives and that all private information had to be kept confidential.
It was easier to maintain “double relationships,” as they were dubbed,
using a term that echoed the world of espionage and fit in perfectly with
the mystique of a clandestine life. As a female ERP member explains, compartmentalization
meant that “infidelity” was only discovered when “they
[the men] were captured.” She recalls one case in which an activist was
found to have been involved with three women, “one in each of the teams
he led.”46 The nature of their actions also meant that they looked death
in the face every day, a risk that redefined their entire lives. And sex was a
part of that. Montonero member Rolo Diez remembers how they saw it
then: “Why renounce sweet love when we knew we could be dead soon?
Why put off for tomorrow the passionate screw we could have today?”47
In other words, the entanglements, affairs, and casual encounters—which,
with such a young membership, often represented a militant’s first sexual
explorations—accompanied the breakneck pace of their dangerous day-today
living and the emotional demands of the constant death risk they faced.
How was it that such intimate affairs came to light? It should first be noted
that many affairs—probably most of them—were never publicly discussed by
the group. In many cases the parties involved were able to keep them private.
Such was the case with Elena, who lived a “great, but forbidden, love” when she
“crossed paths” with another militant.48 It also happened that fellow militants
learned of such affairs and decided not to make them public. In many cases,
however, shared living and prolonged close interaction made it difficult to keep
love crises private. Often, affairs or relationship crises were made public by the
very people involved. The affected party might turn to the group (more or
less formally) to settle the conflict or seek reparation. Estela, an ERP member,
confessed to her husband that she had had an affair with a fellow member
and, at his suggestion, agreed to take the matter to the group for discussion.49
Another ERP activist recalls how most thought it was “natural for a couple’s
problems to be discussed with the group.” And she adds, laughing, “everyone
had something to say, but they were polite about it.”50
45 Jorge Sanzol, Roberto Hanglin, and Ceo, “¿Qué hace su mujer cuando usted no está?,”
Satiricón, no. 25 (February 1975).
46 Quoted in Martínez, Género, política y revolución, 100.
47 Rolo Diez, El mejor y el peor, 46; emphasis in the original.
48 Diana, Mujeres guerrilleras, 201.
49 Carnovale, Los combatientes, 257.
50 Quoted in Pozzi, Por las sendas argentinas, 139.
Infidelities 431
The ways in which discussions were processed and measures were adopted
were also diverse. In both organizations, when such a problem came up the
procedure was often to conduct an intervention of the cell (the basic unit of
operation), which involved a critical peer review and self-critical examination.
Under democratic centralism (the principles of internal organization
that governed these groups and that allowed for the possibility of discussion
within a vertical structure), this step could lead in turn to an intervention of
the body situated above the cell in the organization’s hierarchic structure,
although this did not always happen. In both cases these interventions
(whether of the cell or the bodies above it) did not necessarily entail a sanction
but could instead prompt discussions or negotiations situated halfway
between the formalities of a vertical organization and the self-regulating
negotiations of groups of young peers. Manuel, for example, describes how
when a sentimental problem involving a couple came up for discussion in his
Montonero cell, it was settled among the members themselves, as all were
friends.51 The intervention might be led by party authorities, which could
be conducted in a manner similar to the patriarchal authority exercised by
a father or an older friend. This paternal or older brother role was adopted,
for example, by Luis Ortolani, a former communist and ERP leader, when
he supposedly stopped an angry female member from leaving her husband
after she found out he was “putting horns” on her. Ortolani’s solution was
to advise the husband to “satisfy [his wife] in bed.”52
During these early years, prior to Perón’s return, neither organization
had a fixed set of predetermined penalties for sanctioning members for
their sexual indiscretions or their misconduct in handling their personal
relationships. Stances were instead adopted on a case-by-case basis, and
any decisions on actions to be taken were open to discussion—within the
limits of armed and vertically structured organizations—and influenced by
the specific circumstances. There were multiple factors that came into play
in each decision. In what follows, I have chosen to examine more closely
class and gender determinants in the case of the ERP and internal power
struggles in the case of the Montoneros.
The Role of Gender and Class in the
Resolution of Love Conflicts in the ERP
By the early 1970s relationship problems had become more visible amid the
rapid growth in membership in the ERP, the massive influx of women, and
the radicalization of political actions. In contrast to the Montoneros, the
ERP incorporated the issue into its policy documents. Luis Ortolani, head
of the ERP’s Córdoba division and an instructor in the training school for
51 Interview with Manuel, Buenos Aires, 27 March 2011. On this topic, see Carnovale,
Los combatientes, 354.
52 Luis Ortolani, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2010.
432 I s a b e l l a Cos s e
leaders, drafted a moral rulebook of sorts. Concerned over the effect that
sentimental crises were having on members, in 1972 he published “Moral
y proletarización” (Morality and proletarianization) in the political magazine
La gaviota blindada (The armored seagull). According to Ortolani
himself, his intention was to address problems that he had witnessed among
members, namely, the imposition of arbitrary measures for alleged moral
offenses and the need to regulate relationships to prevent male members
from taking advantage of their female peers.53
In the text the family was defined as a political and military unit formed
by a monogamous and heterosexual couple who were expected to bear
children for the revolution and participate wholly in the life of the masses.
It explicitly rejected any innovation in relationship styles and the new
importance ascribed to sexuality, claiming it was a way of keeping women
subjugated and of perpetuating bourgeois morality. But even as it criticized
these bourgeois ideas, it also tacitly accepted the bourgeois conception of
marriage and gender inequality as a natural order. Fidelity was extolled and
upheld against the sexual double standard, which tolerated male adultery
while it censured unfaithful women, and also against the behaviors associated
with the sexual revolution, which posited the liberating nature of sex
and the end of ties between men and women. The duties owed to the party
were conflated with those owed to one’s spouse or partner. Romantic fidelity
and political loyalty thus entwined guaranteed order in the organization
and structured party morality.54
As Alejandra Oberti notes, the confrontational style of the document shows
that the orthodoxy it rested on was a response to the nontraditional practices
and ideas that existed in the organization.55 Some party members say it was
mandatory reading material, and others claim it was later banned. Whatever
the degree of institutionalization, the document—the only political text from
the organization that addressed revolutionary morality—was undoubtedly a
key reference for members and was widely read and discussed. According to
Diez, one of the criticisms it received when it first came out was that it was
dated because it defended monogamy.56 These differences were not expressed
in categorical political confrontations or clearly articulated positions, but they
did permeate daily dynamics. The recourse to penalties reveals a concern over
the heightened sexual activity of members. While many turned to sex as a
release and a way of experimenting, Ortolani and other leaders clearly saw
the need to use internal discipline to regulate these behaviors.
Ortolani explains that he became concerned when he observed the everyday
interactions between male and female militants. He remembers, in
53 Luis Ortolani, “Moral y proletarización,” Política de la memoria: Anuario de investigación
del CeDInCI (Buenos Aires), no. 5 (December 2004): 93–102.
54 Ibid.
55 Alejandra Oberti, “La moral según los revolucionarios,” in ibid., 77–84.
56 Diez, El mejor y el peor, 37.
Infidelities 433
particular, a rumor that there was a small group in which, before going out
on an operation, “everyone had sex with everyone” because they believed
sex “recharged” and “pumped them up to attack the enemy.”57 While the
veracity of this self-justifying account is debatable, there is no doubt that the
document was a reaction aimed at regulating and ordering nonmonogamous
relationships and that such relationships were not isolated instances. By
then sexual experimentation had become widespread among certain youth
sectors. For example, in Córdoba—Ortolani’s home province—a group of
left-wing university students advocated free love and lived in communes
with open couples.58 While nothing that radical existed in the ERP, there
were obvious differences of opinion. Pedro Cázes Camarero recalls both the
“moral self-righteousness” of Santucho (“he was very formal and machista
and gave too much importance to discipline”) and those he described as
“liberals” and among whom he included himself. “We came from a kind of
hippie, laid-back experience and found that whole peasant and Vietnameseinspired
moralism a pain in the ass,” he says.59
The ERP’s conception of morality was structured by class. The organization’s
members assumed the vanguard role of the working class, which
they idealized as the embodiment of revolutionary values. This meant
that petit-bourgeois and intellectual members had to combat their own
class tendencies through a process of proletarianization. But the party also
took on the task of defending what it believed were proletarian virtues—
although some proletarianization was necessary even to know what such
virtues were. As Carnovale notes, this inconsistent and paradoxical reasoning
opened the door for combating any departure from the party line as a
petit-bourgeois deviation and a product of the individualism, arrogance,
vacillation, and factionalism typical of that class, as well as a betrayal of
proletarian values.60 In his memoir, Diez explains the term mameluquear
(from mameluco, Spanish for “worker overalls”), commonly used to refer
to the weight that working-class considerations had in decision making, as
workers were favored or judged more leniently (including by giving them
greater responsibilities, excusing their weaknesses, or dropping any accusations
against them), while pequebu (from the Spanish for “petit bourgeois”)
members were treated more harshly.61
The issue was even more complex because for militants it was patently
obvious that so idyllic a view of the working class was at odds with the real
values held by actual workers. This was particularly evident in the case of
infidelity. The party saw infidelity as a product of the moral hypocrisy of
the petite bourgeoisie and contrasted it with the honesty that supposedly
57 Ortolani testimony.
58 Interview with Alicia Kinerstol, Buenos Aires, 8 February 2013.
59 Seoane, Todo o nada, 179.
60 Carnovale, Los combatientes, 228–40; Pozzi, Por las sendas argentinas, 239–44.
61 Diez, El mejor y el peor, 42.
434 I s a b e l l a Cos s e
reigned in working-class marriages. But the reality among workers—even
those who were in contact with middle-class militants—was quite different,
as gender inequality and the sexual double standard dominated their
personal relationships. Working-class militants themselves often excluded
their wives from their political activities, and working-class women in turn
opposed their partners’ engaging in political work because they were afraid
that female militants would seduce them and take them away from their
families. It was certainly true that their husbands were enjoying—perhaps
for the first time—the benefit of being members of a certain class, as their
status as workers and representatives of the “dark masses” made them more
attractive to the opposite sex. This sparked conflicts in the family and set
many wives against the organization. In some cases, their suspicions were
justified. As a female ERP member active in a working-class neighborhood
recalls: “The Party was breaking couples up; I mean, the guys were going
crazy over the women militants [compañeras], . . . [and] there were a lot of
jealous fits.” These interclass romances had political repercussions, as party
leaders had to divert their attention from other matters to save marriages
and calm down angry wives.62
Gender tensions cut across these class tensions. While the incorporation
of women in guerrilla training camps expressed a commitment to gender
equality, it also fueled the fears of those who valued the contribution of
women but—heeding Che Guevara’s advice—believed they were better
suited to the rearguard.63 Some still saw women as the weaker sex and at
the same time were afraid they would challenge male power. Their concerns
were compounded by the uneasiness caused by the new behaviors that were
being adopted by women everywhere—not just in guerrilla groups—as they
embraced their sexuality and became more demanding of their partners.
These fears raised specters that fueled the imagination, and all sorts of
debaucheries were pictured. Not only were cells where “everyone had sex
with everyone” imagined, but charismatic men were also thought capable
of turning “operative houses into their own personal harems.”64
These anxieties explain why the first to be charged with infidelity and
penalized by the ERP’s national authorities was a woman. In the early
1970s an entirely male politburo decided to punish an unfaithful wife
who had been reported by her husband after he found her in bed with a
fellow ERP member. According to Ortolani, the woman had only been
62 Quoted in Pozzi, Por las sendas argentinas, 128, 224, 225, 237.
63 Ernesto Che Guevara, Manual de guerrillas, ca. 1961, available online at http://
librodot.com/en/book/detail_prod/1276 (accessed 25 November 2012). On this subject,
see also Vania Markarian, El 68 Uruguayo: El movimiento estudiantil entre molotovs y música
beat (Bernal: Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2012), 134.
64 Ortolani testimony. See also Diez, El mejor y el peor, 35–37. These fears are also highlighted
in the article “Las compañeras en la Guerrilla,” published in Estrella roja, no. 65 (1
December 1975): 18–19. “Operative houses” were those where activists lived, where they
carried out political tasks, and from which they launched military operations.
Infidelities 435
unfaithful to her husband that one time, and the sexual encounter had
occurred when the other man—a close friend of hers—had turned to her
for comfort after learning that his brother had been killed in combat.
“Nothing exorcises death better than sex . . . so it naturally led to that,”
Ortolani explains. By imposing this penalty on a woman, the leaders were
adopting a position in favor of men, defending the damaged manhood of
their peer who had been cuckolded.65
The decision had repercussions. Certain leaders expressed their disagreement,
recalling that no penalty had been imposed when the now wronged
husband had earlier cheated on his wife. This exposed the unfair treatment
of women and revealed how their behavior was measured with a different
yardstick. When the decision was published in an issue of Boletín interno
(the organization’s internal bulletin, of which no copies have survived) it
fueled fears that the many clandestine relationships that existed would be
discovered, and reports would increase. As an ERP member told Ortolani,
if infidelity reports started pouring in, it would be catastrophic for the leaders’
credibility, because there were many of them, including himself, who
were seeing two or even three women at the same time.66
There was no hegemonic position on these matters in the PRT or ERP,
not even among the higher commands. As Diez recalls: “The situation was
getting out of hand for party leaders, and penalizing every moral infraction
would have meant purging the central committee. These romantic frenzies
were most prominent in the Tucumán regional division. Even historical leaders
—shining examples of proletarianism and revolutionary standing—had
morality issues. It put them in an impossible situation. Some members of
the central committee voted consistently against imposing penalties. Others
defended the principles but looked for alternatives that would not undermine
their authority and applied different solutions to identical problems.
Still others criticized these irregularities and inconsistencies.”67
As some expected, many women whose partners were among the higher
commands turned to the central committee to protest against sexual double
standards. This was the case of Peti, who went before the central committee
with a complaint against her unfaithful husband and succeeded in getting
him removed from the position he held and the other woman demoted
to student status in the party training school she directed.68 This does not
mean that the central committee always decided in favor of the woman. On
the contrary; gender inequality was strengthened by the party’s criticism
of the sexual behavior of female members who entered into new relationships
while their previous partners were in prison. Although for the most
part both cells and authorities accepted these relationships, they demanded
65 Ortolani testimony; see also Pozzi, Por las sendas argentinas, 222–24.
66 Ortolani testimony.
67 Diez, El mejor y el peor, 40.
68 Described in Diana, Mujeres guerrilleras, 61–73.
436 I s a b e l l a Cos s e
“transparency” from women, who were required to be open about their new
partners to avoid giving the idea that they were being unfaithful. The use of
the term “transparency” revealed the enormous value placed on it in what
was a simplified view of romantic relationships that ignored the extreme
circumstances into which these guerrillas had been thrown and denied the
possibility that they could find themselves in ambiguous situations or be
emotionally attached to more than one person at the same time.69 Neither
did it take into account how badly an imprisoned—and most probably
tortured—man could take the news of his partner having replaced him with
another man, or how difficult it would be for the woman who had loved,
and might still love, him to tell him she was seeing someone else.
Gender and class tensions were very much a part of the problems caused
by sentimental crises. The forging of the “new man” undoubtedly sparked
countless conflicts that seared the everyday existence and subjectivity of
these guerrillas but that were also intensely political. Their views on sexual
pleasure and eroticism could not be dissociated from the way in which they
perceived their political relationships, both among themselves and with the
party, and from the position they believed they had to take with respect to
the moral status quo and the new morality they had to construct. Sentimental
conflicts could, moreover, be used politically in ideological disputes
within and outside the organizations.
Political Strife and Sexual Behavior in the Montoneros
On 20 June 1973 Juan Domingo Perón returned from exile and was welcomed
by thousands of supporters in a mass rally that quickly turned into
a bloodbath when right-wing Peronists turned on Montonero militants,
leaving dozens dead. This massacre marked the beginning of a period of
escalating violence and internal strife that continued even after Perón was
elected president in September 1973.70 Far from reconciling the two warring
factions, this triumph seemed to fuel their mutual hostility, with the
members of each faction holding themselves up as the true representatives
of Peronism and viewing the other’s members as adversaries who were
either traitors or infiltrators.
B oth factions became embroiled in a battle to prove who was more
devoted to their leader, to the people, and to the nation in a confrontation
that also had gender and sexual undertones. Right-wing Peronists launched
a campaign against the guerrilla groups that attempted to discredit them
by calling them “drug addicts, homosexuals, and home-grown and foreign
mercenaries.”71 These accusations heightened homophobia among the
guerrillas themselves, who responded to right-wing Peronists by chanting
69 See Carnovale, Los combatientes, 258–59.
70 Sigal and Verón, Perón o muerte, 150–52.
71 “Solicitada, 20 de junio—Ezeiza—20 de julio,” La opinión, 20 July 1973.
Infidelities 437
in marches: “We’re not fags, we’re not junkies, we’re FAR and Montonero
soldiers” and other antihomosexual slogans.72
The use of such homophobic slogans by both the Left and the Right
coincided with the challenges to the sexual and gender order that were stirring
Argentine society. Feminist organizations were questioning for the first
time in the country’s history motherhood; gender, abortion, contraception,
and sexual education were debated in the media; and politicians presented
new bills on divorce and joint custody in parliament. Perón focused, as in
his first two presidencies, on the importance of the family as the foundation
of society and celebrated a domestic life built around the woman’s role as
mother and housewife and the man’s role as breadwinner. Accordingly, the
government passed a pronatalist decree that restricted the sale of contraceptives.
73 The government’s pronatalist measures represented a triumph
for the traditionalist Catholic organizations and far-right sectors to which
Perón turned for support. This family-centered agenda happened within
a context marked by spiraling violence, further isolating the Montoneros,
whose members were hunted and killed by paramilitary forces.
This political situation posed a challenge to the Montoneros as a relatively
new organization that lacked a solid structure and a firm ideological backbone.
74 When it merged with the FAR in 1973 its diversity of ideological
traditions and personal loyalties became even more pronounced. Many FAR
leaders came from the Left and were students or intellectuals who were
part of the bohemian social scene and the cultural antiestablishment and
were thus open to sexual experimentation. This was the style, for example,
of the editorial board of the newspaper Noticias (News), founded by the
Montoneros in 1974 to combat the Peronist Right. It was formed by renowned
journalists and intellectuals, many of whom came from the FAR,
as was the case of the activist and poet Francisco “Paco” Urondo, who
headed the newspaper’s political section.75 As in other papers, the newsroom
provided a laid-back and exciting environment where political and
literary feats competed with drinking and sexual exploits. Martín Caparrós,
who worked for the newspaper when he was just sixteen, remembers how
captivated he was by the uninhibited and hedonistic atmosphere that surrounded
Paco and his group, who felt no guilt in indulging in the pleasures
of the flesh—or, as Javier Urondo recalls his father, Paco, saying, of “wine
and flesh [el vino y la carne],” alluding at the same time to the Argentinian
love of beef and of the female body.76
72 Quoted in Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:681. See also Rapisardi and Modarelli,
Fiestas, baños y exilios, 157.
73 Karina Felitti, La revolución de la píldora (Buenos Aires: Edhasa, 2011).
74 Gillespie, Soldados de Perón, 142–52.
75 Gabriela Esquivada, El diario Noticias: Los Montoneros en la prensa argentina (La Plata:
Universidad Nacional de la Plata, 2004), 86–113, 117–37.
76 Martín Caparrós, No velas a tus muertos (Buenos Aires: La Flor, [1986]), 12, 13, 17.
Javier Urondo, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2005.
438 I s a b e l l a Cos s e
Many of the intellectuals in this group had addressed eroticism and sex
in their artistic production. A few years earlier, in 1965, Pirí Lugones, a
Montonero militant, had penned a short story portraying the erotic games of
a group of intellectuals and a complicated love triangle. The story reflected
Pirí’s real-life stormy affairs and the wild parties she hosted, where rock stars
and famous novelists mingled with guerrillas.77 In a 1974 autobiographical
novel that was essentially a portrait of the revolutionary intellectual, Urondo
reflected on the meaning of love, how it differed from simple infatuations,
and what the future held for revolutionary couples. When he wrote the
novel, Urondo had just broken up with a prominent theater actress because
he had fallen in love with another woman. His new love, Liliana “Lili”
Massaferro, was a forty-seven-year-old editor, model, and actress famous
for her great beauty and her promiscuous youth who had thrown herself
into activism in 1971 after her oldest son was brutally slain by the police.78
In his novel, Urondo admitted that couples could experience “displaced
affinities” (most likely alluding to the “elective affinities” that Goethe had
used to explain the fleeting nature of attraction).79
A similar concern was a central theme of Nicolás Casullo’s first novel,
Para hacer el amor en los parques (Making love in the park), a semiautobiographical
account of the adventures of a group of friends who engaged
in short-lived affairs amid collective dynamics marked by camaraderie,
eroticism, and emotional commitment.80 The author, a Montonero leader,
believed that love was something that had to be experienced as often as
possible. In his circle, it was hard for women to say no to sexual advances, in
contrast to how things had been a decade earlier. In Casullo’s words, “saying
no would have sounded ridiculous, unacceptable,” as “the revolution was
also made in bed: the more orgasms you had, the more revolutionary you
were, and the more revolutionary you were, the more orgasms you had.”
Beyond the sexual boasting, this account eloquently shows that there was a
new social mandate to engage in sex as much as possible, which for women
often entailed social coercion.81
In any case, sexual freedom was not limited to men. Many young
Montonero women enjoyed challenging sexual puritanism. Mercedes
Depino remembers how she and fellow FAR militants viewed sexuality
differently from the original Montoneros: “We were very wild in that
sense [in couple relationships]. We were careless because of the sense of
77 Pirí Lugones, “Homenaje a Kinsey,” in Crónicas del sexo, ed. Manuel Mujica Lainez et
al. (Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965), 25–34.
78 Her son, Manuel Belloni, had been a member of the Fuerzas Armadas Peronistas.
Laura Giussani, Buscada: Lili Massaferro; de los dorados años cincuenta a la militancia
montonera (Buenos Aires: Norma, 2005), 145–50.
79 Francisco Urondo, Los pasos previos (1974; Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2011),
178–80.
80 Nicolás Casullo, Para hacer el amor en los parques (Buenos Aires: Altamira, 2006).
81 See Anguita and Caparrós, La voluntad, 1:597.
Infidelities 439
freedom we had . . . because of our activism. We didn’t want to relinquish
our freedom in any way, . . . and suddenly, there was this fixed, closed
structure governing couple relationships.”82
Their experiences were obviously different from those common among
the Montonero leaders who came from a Catholic background. These
circles were dominated by family-centered ideas, which held the family
up as the foundation of society and combined the Peronist and Catholic
traditions.83 Mario Firmenich, for example, believed militants should have
five children—at a time when the average birthrate was half that—in order
to boost population growth with future revolutionaries, and he proudly
presented his family life as an example.84 In line with this sentiment,
Agrupación Evita (Evita Group), a Montonero popular front formed in
1973 and named in honor of Eva Duarte, Perón’s famous second wife and
a popular leader in her own right, sought to appeal to working-class women
as housewives and mothers. But the female militants in the group—for the
most part middle-class students—could not accept that domestic life was
the sole fate of women, and many considered being assigned to Agrupación
Evita a punishment. The interactions with working-class women, however,
opened the eyes of most to the issues faced by women and the political
connotations of gender inequality in the home.85
In sum, sexual issues were a source of disagreement among Montoneros,
but they did not give way to an official document setting out principles.
Instead, they were intertwined with political disputes. In 1974 the
Montoneros were wrapped up in intense political discussions over how to
deal with escalating attacks from paramilitary groups and Perón’s support
for such actions. On 1 May 1974 the Peronist leader drove the Montoneros
out of Plaza de Mayo in Buenos Aires, where workers had gathered for an
International Workers’ Day rally. The break with Perón fueled militarist
tendencies in the Montoneros, who decreed that the organization would
go underground. The decision was made without consulting its members
and sparked heated internal debates.86
At Noticias, this decision spurred disagreements with the staff over the
paper’s editorial line, and Urondo was removed from the newspaper.87 At
82 Mercedes Depino, testimony on record at the Archivo de Memoria Abierta, 2003.
83 Among the first Peronists there was a range of positions regarding family, but they all
shared a rhetoric that defended “the family” as “the basic cell of society,” the maternal role of
women (an argument used when women were granted political rights in 1947), and the protection
of children. See Isabella Cosse, Estigmas de nacimiento: Peronismo y orden familiar
(Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006).
84 “Montoneros: Guerreros políticos (Interview with Mario Eduardo Firmenich),” in
Gabriel García Márquez, Por la libre: Obra periodística (1974–1993) (Buenos Aires:
Sudamericana, 2000), 111.
85 Karin Grammático, Mujeres Montoneras: Una historia de la Agrupación Evita, 1973–
1974 (Buenos Aires: Luxemburg, 2011).
86 Urondo testimony.
87 Gillespie, Soldados de Perón, 220–21.
440 I s a b e l l a Cos s e
the same time, Urondo’s own conflictive love life became public and triggered
a crisis that impacted the organization’s leadership. Paco had recently
begun a relationship with Alicia Raboy, a twenty-five-year-old Noticias
reporter, while still with Lili. Lili learned of the affair by accident and, according
to her own account, immediately requested a meeting with Julio
Roqué, their superior. She was among the women who, through their work
in Agrupación Evita, were becoming aware of the issues faced by women,
and she now reproached her partner’s behavior as not befitting of the “new
man.” She argued that it echoed old hypocrisies and that Paco was behaving
like the stereotype of a manager who has an affair with his secretary. She
demanded that the organization “really” lecture its members on the new
values that should be embraced by the “new man”; otherwise, the men in
the organization would be no more than “cowardly and unfaithful sexists,
just like any other member of the petite bourgeoisie.” Her denunciation
linked the importance placed on loyalty by Peronists with a rejection of the
petit-bourgeois lifestyle and the sexual double standard. The organization
took up Massaferro’s defense and penalized Urondo, bringing him down
several ranks in the Montoneros hierarchy.88
None of the accounts of this episode question the veracity of the penalty.
there are disagreements over what actually motivated it. Urondo’s
friends claim that the organization’s leadership took advantage of the
situation to reinforce his removal from Noticias.89 The accounts are
revealing in showing how these decisions could advance various political
agendas within the organization. In fact, Paco’s son, Javier Urondo,
who was seventeen at the time, remembers that in the Montoneros,
“monogamy was the only form of relationship accepted by the status
quo, but at some levels of the organization there was some flexibility.”
His father’s story shows that one could take advantage of that flexibility
but that the leadership also had the power not only to put an end to it
but also to use it against whoever did.
Political Loyalty and Romantic Fidelity
in Times of Torture and Disappearances
Perón’s death in 1974 crushed once and for all the hopes that had been
pinned on his ability to solve Argentina’s crisis. The administration of María
Estela Martínez de Perón—Perón’s third wife and widow, popularly known
as Isabel Perón, who succeeded him in the presidency—was unable to check
soaring inflation and quell the discontent it was sparking in the population
or stop the spread of social protests and guerrilla actions. The reaction of the
government, dominated by the far Right, was to further increase its support
for the armed forces. In 1975, after Martínez gave them the authorization
88 Giussani, Buscada, 215.
89 Esquivada, El diario Noticias, 223–25; and Montanaro, Francisco Urondo, 80–90.
Infidelities 441
to “wipe out subversion,” the armed forces launched a full-scale military
attack against radical militants, engulfing the country in torture and death.90
They began their offensive in the province of Tucumán, one of the main
strongholds of the ERP, in a crackdown that ushered in the final stage of the
revolutionary war. Initially, the organization sought to combine guerrilla
actions with legal activities, but it quickly shifted to a military strategy alone
in the belief that this would intensify political contradictions and precipitate
the revolution. The ERP began organizing a regular army. Military ranks
were established, power was concentrated in a single political and military
chief (Santucho), discipline was tightened, and a greater emphasis was placed
on revolutionary morality.91
Heroism was taken to a higher level with a new rhetoric. Estrella roja
(Red Star), the ERP newspaper, began featuring narrative accounts by
anonymous combatants who embodied the canon of virtues, among which
the most important were giving oneself entirely to the cause, even if it
meant death, and “resisting torture.” In these columns, loyalty was more
than just a political and moral mandate; it became emotionally charged
as it connected the living with the dead at a time when increasingly large
numbers of members were being captured, killed, or disappeared. The flip
side of this emotional imperative was discipline. The government’s military
offensive demanded, according to ERP leaders, greater internal order to
improve the organization’s own military capacity, with an “iron discipline”
among subordinates and a “skillful and efficient command” from leaders.92
In this context, the Tribunal de Justicia—a disciplinary panel approved
five years earlier—was finally formed and charged with administering justice
within the organization, setting its political agenda, and developing
the party. When it was created, no one thought anything of extending the
tribunal’s jurisdiction to the sex lives of its members. Far from it, when the
subject of sexual behavior came up at the meeting that created the tribunal,
everyone burst into laughter when a metalworker from a working-class
district of Buenos Aires finished his tirade against “double” relationships by
recommending that “anyone who wants to keep a second woman should
make sure to keep her very far away.”93
The first decisions issued by this justice tribunal were equally contradictory.
The members appointed to the body were barred from serving
because they themselves had been disciplined for having been unfaithful
90 “El operativo independencia en Tucumán,” in “Ese ardiente jardín de la República”:
Formación, y desarticulación de un “campo” cultural; Tucumán, 1880–1975, ed. Fabiola Orquera
(Córdoba: Alción, 2010), 377–400.
91 Carnovale, Los combatientes, 276.
92 “Carta a Clara María de su compañero,” Estrella roja, no. 52 (9 April 1975); Alberto
José Munarriz, Estrella roja, no. 66 (15 November 1975); “La vida en el monte,” Estrella
roja, no. 65 (1 December 1975).
93 Quoted in Martínez, Género, política y revolución, 88, 98; and Pozzi, Por las sendas
argentinas, 241.
442 I s a b e l l a Cos s e
to their partners. At its first session, the tribunal heard the case of one of
its members, Lucio, who had “initiated a parallel relationship with another
woman” after his appointment. At the following session, a second member,
Matías, came under scrutiny when in an exercise of self-criticism after being
appointed he confessed to having secretly maintained a double relationship
over a period of eight months, although he had since ended it. The third
case of sexual misconduct among its members considered by the tribunal
was that of Leopoldo, who, in addition to being a member of this body, was
one of the commanding officers. Not only had he concealed his relationship
with another woman, but when it became public he had also continued
to see her and refused to “regularize” his situation, despite being ordered
repeatedly to do so.94 The penalty for each officer depended on the degree
of concealment of his alleged moral offense and his party rank. All three
were removed from the tribunal, but Matías, who had come clean on his
own, had examined his conduct, and did not occupy a leadership position,
was not suspended from the organization and received instead a recommendation
to be “reeducated.” The other two members received harsher
penalties: Lucio was suspended from the Central Committee for a year, and
Leopoldo was taken off the Executive Committee for eighteen months.95
Being suspended meant that they stopped receiving the stipend that most
full-time and clandestine activists depended on to support themselves, so
it was a harsh penalty. These cases show how common had become the
contradiction between an ideal of moral uprightness and the actual experiences
of the militants and their living conditions, which favored more
open, fluid, and fleeting coupling. But it also demonstrates how as these
organizations stepped up their militarism they also tightened their control
over all aspects of their members’ lives, effectively precluding any chances
of contesting the dominant morality.
B y 1975 the Montoneros were imposing strict rules of personal conduct
and applying harsh penalties to anyone who deviated from them. Evita
Montonera, the organization’s newspaper, revisited the issue of revolutionary
morality and torture. Drawing on the moral authority of Algerian
revolutionary leader Franz Fanon, the paper explained that political awareness
built up the moral fortitude necessary to withstand torture and posed
a question that many militants were probably asking themselves: “Can a
fellow militant [compañero] be justified for breaking under torture and
talking?” The answer given was categorical: “NO, nothing can justify it.”
Anyone who talked lacked the fighting spirit required of all revolutionaries,
and the penalty for all “traitors and snitches” was execution.96 As the
organization became more and more militarized and the number of torture
and death victims grew exponentially, the loyalty mandate was intensified
94 “Tribunal partidario,” Boletín interno, no. 95 (27 November 1975): 6.
95 Ibid.
96 “Juicio revolucionario a un delator,” Evita Montonera, no. 8 (September 1975): 21.
Infidelities 443
to the point that deviating from it could be punished by death. A corollary
of the greater value placed on loyalty was the glorification of the family and
the militant’s duty toward it. The paper highlighted the link between giving
oneself entirely to the cause and being “emotionally mature” in matters
of the heart.97 These views were in line with the exaltation of heterosexual
virility as a trait of the ideal guerrilla, which aimed at counteracting the far
Right’s portrayal of guerrillas as effeminates and drug addicts.
In this way, revolutionary commitment—not as passionate surrender but
as controlled determination—went hand in hand with emotional stability and
restrained and responsible love. But for many activists, life was far from being
ordered and stable. On the contrary, as Adriana Robles remembers: “Couples
were living under great pressure due to political circumstances and clandestine
life; relationships were being formed and breaking up” constantly.98
As with the morals upheld by the ERP, the glorification of the family
by the Montoneros confronted the antisubversive discourse that projected
onto guerrillas the fears that the sexual revolution (in its multiple and diverse
meanings) had sparked in significant sectors of Argentine society. The wave
of repression unleashed by the armed forces was accompanied by a vociferous
antisubversive rhetoric from traditionalist Catholic organizations and far Right
groups, which painted a picture of the enemy as a threat to both nation, family,
and religion. Guerrillas—and especially women guerrillas—were depicted in
such a way that their social and political antiestablishment stance was linked to
a destabilization of the moral, familial, sexual, and gender order. This image
was reproduced most starkly in the torturing of women guerrillas, as they
were subjected to viciously cruel torments that revealed the “double threat”
to the gender and political order that their lives posed and that brought about
a “sexualization” of the state’s extermination operations.99
It was within this context, then, that the Montoneros, like the ERP,
stepped up their militarism and tightened the measures that regulated their
love and family lives. In October 1975 the Consejo Nacional Montoneros
(National Montonero Council) decided to implement a political strategy
that prioritized military actions; at the same time, it also adopted the Código
de Justicia Penal Revolucionario (Criminal code of revolutionary justice).
Articles 4, 5, and 6 defined the crimes of treason, collaboration with the
enemy, confession, and breaking under torture. Article 16 defined infidelity
as having sexual relations with someone other than one’s partner and
equated it with the crime of “disloyalty.” The code stipulated that the two
parties involved in such an affair would be considered guilty even if only
one of them had a steady partner. This definition was a significant innovation
with respect to the code’s precedent, adopted in 1972, where infidelity
97 “Dos Jefes Montoneros caídos,” Evita Montonera, no. 9 (November 1975): 22.
98 Adriana Robles, Perejiles: Los otros Montoneros (Buenos Aires: Colihue, 2004), 118.
99 See Vasallo, “Militancia y transgresión,” 28; D’Antonio, “Rejas, gritos”; and Manzano,
“Sexing and Gendering.”
444 I s a b e l l a Cos s e
was not addressed. No penalties were specified; rather, these were left to
the discretion of the tribunal in each case. Yet a separate chapter listed
the possible penalties for all offenses: demotion, expulsion, confinement,
banishment, prison, and execution.100
The actual authors of the code are not known, and there is no information
about the discussions it generated, if any. But we do know that the
first to be judged under the code was Roberto Quieto, the organization’s
second-in-command, originally a FAR member. On 19 January 1976 he
was found guilty of betrayal while he was being held by the military. He had
been picked up twenty days earlier, when he was spending the afternoon
with his family at a Buenos Aires beach, breaking the strict security rules he
himself had set. In the weeks leading up to his abduction, his friends had
found him dispirited by the escalating repression and concerned over the
triumph of the positions advocating military action.101 The tribunal sentenced
him to demotion and death because he had allowed himself to be captured
alive and had allegedly given information under torture. Many Montonero
members criticized the ruling, which was ultimately not enforced, as Quieto
was never found alive, another victim among the disappeared.102
In the sentence, published in Evita Montonera, the tribunal claimed
that Quieto’s reaction to the kidnapping resulted from “severe selfishness”
and expressed his “individualistic and liberal” tendencies, which had been
apparent for some time not only in his “failure” to live in a safe house but
also in the “poor decisions” he had made in his family life. This was an
allusion to the refusal by his wife, Alicia Beatriz Testai, to participate in
armed struggle, thus allegedly putting her husband at risk whenever he
visited his family. But it was also a reference to the repeated crises in his
marriage, which were further complicated by his affairs with other women.
The sentence thus drew a parallelism between complicated family situations
and political treason that took on a clearly didactic tone.103
The same Evita Montonera issue that featured Quieto’s sentence emphasized
the intended lesson with an obituary that was its antithesis: a tribute
to “Manuel,” the El Litoral region commander. He represented the kind of
heroic leader who proved his loyalty by choosing to die rather than surrender.
According to the Montonero newspaper, this loyalty was in line with the
100 Consejo Nacional Montoneros, “Código de Justicia Penal Revolucionario,” 4 October
1975, Lucha armada 3, no. 8 (2007): 124–27. On the code, see Laura Lenci, “Justicia, política
y violencia: Un análisis de los cuerpos normativos Montoneros, 1972–1975,” Jornadas
de los partidos políticos, Buenos Aires, 25 April 2008.
101 This is confirmed by Lila Pastoriza, “La ‘traición’ de Roberto Quieto: Treinta años de
silencio,” Lucha armada 3, no. 6 (May–June–July 2006): 4–31; and by Alejandra Vignollés,
Doble condena: La verdadera historia de Roberto Quieto (Buenos Aires: Sudamericana, 2011),
170–71.
102 “Juicio revolucionario a Roberto Quieto,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–
March 1976): 13–14.
103 Ibid. On the internal situation, see also Gillespie, Soldados de Perón, 264–72.
Infidelities 445
slain leader’s faithfulness to his wife.104 Ultimately, the aim of these articles
was to make sure that members knew what the organization expected of
them. The direct connection between sacrificing one’s life out of political
loyalty and leading one’s personal life according to the organization’s strict
moral guidelines constituted a single, explicit, and irrevocable mandate.
Quieto’s sentencing was a key piece in the construction of the demonized
figure of the traitor within the Montoneros. The growing number of
casualties was tragically accompanied by the denunciation of survivors, as
Ana Longoni has pointed out, in the understanding that the only way prisoners
could have come out alive was by surrendering information, which
made them traitors. For women it also was seen as meaning they were guilty
of sexual involvement with the enemy. This association of culpability was
based on a hero-traitor dichotomy that did not take into account the radical
asymmetry of vulnerability and domination between the tortured and subjugated
prisoners and their captors. It led the Montoneros to adopt a decision
that distinguished it from other left-wing organizations, as it instructed its
members to commit suicide if they were captured, producing cyanide pills
for that purpose and distributing them among its leaders and militants.105
These instructions contributed to more widespread fear. Paco Urondo
himself—a friend of Roberto Quieto—was deeply upset by the leadership’s
decision.106 Urondo was sent to the region of Cuyo by his superiors, despite
having requested a different destination because he was well known there
and feared he would face greater risk there. Shortly thereafter, on 17 June
1976, he was gunned down by members of the armed forces, but not before
he had swallowed the cyanide pill as instructed. The obituary in Evita
Montonera said nothing of Urondo’s request. Neither did it mention that not
long before his death he had been penalized by the organization because of
how he chose to conduct his love life and that he had refused to make any
changes.107 On the contrary, before he left for Cuyo, he made out a will where
he acknowledged Ángela, his daughter by Alicia. But their sacrifice—Alicia
was kidnapped in the same operation while trying to escape—had redeemed
them both: they had been made into a revolutionary example.
During those months, as losses increased, the Montoneros adopted new
measures to control their members’ love lives. They required everyone to
report their relationships formally to their superiors and to wait six months
before living together. According to Adriana Robles, this measure was
adopted to address security concerns that made it hard to guarantee the
safety of higher-ranking members in safe houses. But it was also part of the
organization’s attempts to bolster its members’ “revolutionary spirit” by
104 “Un jefe Montonero no se entrega,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–March
1976): 16.
105 Longoni, Traiciones, 119–23.
106 Javier Urondo, quoted in Vignollés, Doble condena, 208.
107 “Oficial 1o Francisco Urondo,” Evita Montonera 2, no. 12 (February–March 1976): 68.
446 I s a b e l l a Cos s e
adopting a stricter “moral stance.” Looking back, Robles says, “I realize
now that six months was a very long time to get to know each other under
the vertiginous lives we were living. But what impresses me most is that
[six months] was much, much longer than what many of us were going to
live.”108 In her case, she and her partner had to give up their house to another
couple who had been together longer and, perhaps coincidently, were
high-ranking members. This six-month rule was met with much disagreement.
According to Depino, many spoke against the decision. She herself
refused to formalize her relationship with Sergio Berlin, who would later
be kidnapped and disappeared. She was nonetheless ordered to examine her
behavior and admit her mistakes in order to avoid being penalized by the
organization.109 This disciplinarian approach gained increasing strength as
more and more activists were killed or captured. In a 1978 interview published
by a Spanish magazine, Horacio Mendizábal—a top-ranking officer
with a Catholic background who would later be disappeared—explained that
the Montoneros demanded that its members be as loyal to their romantic
partners as they were expected to be to the organization.110
This strategy, however, proved inadequate in countering the blows
from the armed forces, which had intensified their kidnapping, torture,
and disappearance methods against guerrillas and activists. The militants
who were still alive were no longer restrained by the harsh discipline of
the groups. Ana Testa and Juan Silva settled in Buenos Aires. Ana quickly
found a job, but Juan could not conceive of a life outside the cause. In
1979 he “hooked up again” with the organization, accepting its conditions:
if his wife refused to rejoin the organization, he would have to
live apart from her and their daughter. He left home on Father’s Day. “I
couldn’t understand it, because I was still completely in love with him
and he with me,” Ana said. Months later she was kidnapped and tortured
but was released alive. Her survival meant bending to a different morality
and pretending to have found her “true” femininity in order to make
her captors believe she had been morally reformed. She also witnessed
how other kidnapped women had to play along with their captors in a
perverse game of seduction.
Ana never saw her partner again.111 Juan refused to see her because he
believed that the only way she could have survived was by betraying the
organization. Shortly thereafter, he was kidnapped and disappeared. Ana
never had a chance to tell him that she had never been unfaithful and that
when she was tortured she had not given any information implicating him.
108 Robles, Perejiles, 118.
109 Depino testimony.
110 Viviana Gorbato, Montoneros, soldados de Menem ¿Soldados de Duhalde? (Buenos Aires:
Sudamericano, 1999), 305.
111 See, more generally, Vasallo, “Militancia y transgresión”; and D’Antonio, “Rejas,
gritos,” 89–108.
Infidelities 447
Her eyes still light up today when she speaks of him, and the love that still
lingers in her eyes makes her pain more heartbreakingly real.
This article opens and closes with Ana Testa because her story crystallizes
the dense and complex intertwining of love, sexuality, and revolutionary
commitment in Argentina’s guerrilla groups. My aim is to shed light on
the unique intersections of sexuality and politics in Argentina in the 1960s
and 1970s. To do that, I have followed three lines of inquiry.
The first explores the specific characteristics of the politicization of personal
relationships in Argentina’s armed groups. In Europe and the United
States, the overlapping of the personal and the political entailed acknowledging
the discrimination caused by gender inequality in a combination
of affective individualism and the human rights paradigm. In contrast, in
Argentina’s armed groups, the personal became political within a collectivity
that sought to build new moral foundations with the aim of banishing
capitalist values (including individualism) from social relations but also from
family and romantic relationships. Far from advocating individual freedom,
the revolution demanded that its members give themselves entirely to the
collective cause and place the revolutionary struggle before their personal
feelings, a logic that questioned the very separation between the private
and the collective and, instead, regarded the intertwining of the two as
natural. While this view was hegemonic, it coexisted with two variations.
First, there was a concern that sexual behavior and romantic problems
could affect military strategies—whether security measures, morale, or
internal conflicts—and political discussions. These groups glorified family
values and heterosexuality in part as a way of countering the accusations of
immorality and sexual excess hurled by repressive forces and the far Right,
but also because they were convinced that sexual debauchery weakened
them for reasons of security, internal order, or morality. Second, there was
a recognition of the political nature of male domination—or women’s
inequality, at least—bringing into the open the political connotations of
gender differences. These different notions of the political nature of the
personal often clashed and were scarcely addressed by both organizations in
their ideological discussions, although they were more important within the
ERP than in the Montoneros, which was also characterized by the influx of
family-centered ideas from the first Peronism and from Catholic tradition.
The second line of inquiry entails applying a social history approach
to the analysis of these armed groups. I explore this perspective from two
angles. First, by acknowledging the porous lines that separated these organizations
from the outside world, I gain new insight into the dissonance
between the sexual conduct and attitudes of individual militants and the
rules that sought to regulate their personal lives. These organizations—and
their members—were influenced by the same conflicts that were shaking
up the familial and sexual status quo in Argentine society in the 1960s and
448 I s a b e l l a Cos s e
1970s. This perspective leads me to assess the role of heterogeneity within
these organizations, valuing its importance for interpretative purposes.
Second, considering these groups from a social perspective requires that I
look more closely at the characteristics of their membership structure and
the daily interactions, interests, and conflicts that shaped the relationships
among members and between members and their organizations. This allows
me to reconstruct the different views on sexual morality that existed within
these organizations and that resulted in different attitudes, stances, and
judgments that, while not crystallizing in fully articulated positions—not
least because positions that deviated from the party line were frowned on
as factionalism—permeated the everyday and the ways in which conflicts
over sentimental crises were handled. Its analysis revealed that different
tensions, interests, and visions were at play in the conflicts created around
sexuality. Gender inequality and class differences were explicitly interwoven,
which underscored class contradictions and brought to the fore the anxieties
sparked by the incorporation of women into guerrilla activities as well as
by the new forms of femininity. While these are studied in greater detail in
the case of the ERP, they were also present among the Montoneros. Generational
differences also played a significant, although less evident, role.
The massive numbers of young people in these organizations accentuated
the conflicts regarding sexual morality, but generational factors combined
with class and gender differences without overshadowing them. The vast
majority of activists were young, and many were only just discovering
their sexuality while simultaneously embracing the revolutionary cause.
And they did so in a context in which the younger generations formed the
frontlines of a confrontation against familial, sexual, and gender orders of
which many militants also felt a part.
This cultural, social, and political context shaped the subjectivity of
militants. It enabled the existence of a variety of relationship styles, which
were accompanied by an equally diverse range of relationship issues within
the organization that were impossible to understand from rigid and simplistic
viewpoints. The very living conditions of the activists—underground
life, guerrilla fighting, constant brushes with death—favored a dynamics
of fleeting, contingent, and flexible relationships among the young people
who were being hurled into emotionally demanding political, collective,
and personal experiences. This reconstruction provides greater insight
into the intersecting of revolutionary politics and sexuality by focusing
on the conflictive tone that such interventions acquired and the existence
of different definitions, ideas, and attitudes toward the armed Left’s
commitment to building new moral foundations. While disagreements
arose in different situations and were sparked by varied factors, I have
highlighted the tensions caused by gender and class and those emerging
from subjective contexts, forms of social interaction, power structures,
and specific political circumstances.
Infidelities 449
The third line of inquiry looks to the diachronic dimension—the chronology
itself—as an explanatory factor that highlights the historical—and
thus mutable and to a certain extent contingent—nature of the concrete
measures taken with respect to sexual morality, as well as their ideological
and emotional importance. I have identified three key moments. The
first was the origins of these organizations, when foundational elements
operated to legitimize the need to control sexual desires, subject the love
lives of party leaders to collective scrutiny, and favor the establishment of
rigid moral standards. From the onset both organizations combined these
foundational elements with the notion of loyalty, though they were not
developed without some resistance. The second moment is defined by the
growing political importance and expanding membership of the organizations
(including women joining in larger numbers) and is characterized by an
explosion of sexual conflicts. Neither organization had an established system
of penalties to deal with these conflicts or to punish members who failed
to conform to the expected moral standards. Instead, behaviors that were
found at fault were dealt with on a case-by-case basis and after discussion.
The third moment is marked by escalating repression and the emergence
of state terrorism, which boosted the more militaristic factions within the
two organizations and led them to increase their control over the sexual
and love lives of their members. The development of penal codes for moral
infractions, which equated romantic infidelity with political disloyalty, served
to naturalize the parallels between how militants behaved in their personal
lives and how committed they were to the cause. Giving oneself entirely
to the cause and accepting order in one’s personal relationships were two
sides of the same coin, constituting an explicit and irrevocable mandate.
While the magnitude of repression and the growing number of members
who were being kidnapped and disappeared precluded any possibility of
challenging this view, they did not diminish its political, practical, and
emotional significance. Leaders still dealt with relationship crises at their
discretion, using them to settle internal disputes and set examples through
penalties, as well as to resolve logistic issues or step up security measures.
No less important was the use of sentimental bonds by repressive forces,
which, in their efforts to dismantle the organizations, threatened militants
with harm to partners or spouses and relatives.
No guerrilla was ever sentenced to death for being unfaithful to a romantic
partner, but family and relationship problems had political repercussions
inside and outside the organizations. From the onset, it was evident that
personal lives were a core dimension of activism and political struggle within
and outside these armed groups, and this is key not only for understanding
the characteristics, ideological definitions, and internal conflicts of the
organizations but also for shedding light on the political and ideological
confrontation and the cultural disruption that cut across Argentine society.
In 1975 that importance reached its maximum expression. Paradoxically,
450 I s a b e l l a Cos s e
as the state’s repressive forces implemented an unprecedented system of
extermination that would leave no trace of the bodies of the victims—not
before subjecting them to vicious sexual and psychological abuse—the
response from these organizations was to confuse romantic infidelity with
political treason and exert greater control over their members, for many of
whom affection, love, and sex had become the only weapons they had to
make them feel that life was still possible.
About the Author
I s a b e l l a Cos s e received her PhD in history from the Universidad de San
Andrés, and she is currently a researcher at Argentina’s Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas. Her publications include the books
Estigmas de nacimiento: Peronismo y orden familiar, 1946–1955 (Buenos
Aires, 2006) and Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (Buenos
Aires, 2010), as well as articles in journals such as Journal of Family History,
Hispanic American Historical Review, and Estudios interdisciplinarios de
América Latina y el Caribe. She has also edited with Karina Felitti and Valeria
Manzano Los ’60 de otra manera: Vida cotidiana, género y sexualidades
en la Argentina (Buenos Aires, 2010).

Mujeres y Militancias en el Movimiento de Derechos Humanos de Argentina. El caso Tucuman

Mujeres militantes en el movimiento de Derechos Humanos de Argentina. El caso Tucumán1

Rubén Isidoro Kotler

Résumés

Cet article analyse quelques caractéristiques de mouvements défenseurs des Droits de l’Homme dans la province de Tucuman (Argentine) en mettant en exergue le militantisme des femmes dans ces organisations à partir de témoignages de : Laura Figueroa, avocate des Droits de l’Homme pour « l’Asociación de abogados por los derechos humanos », une organisation qui avait une petite mais intense participation au cours des premières années de transition vers la démocratie ; Sara Mrad, la principale leader de “Madres…mayo” dans la région de Tucuman, depuis 1981 jusqu’à nos jours ; Angela Nassif, la dirigeante historique du Parti Communiste Révolutionnaire dans la région du Tucuman et l’une des fondatrices de « l’Asamblea por los Derechos Humanos » dans cette province en 1984, et enfin Josefina Centurión, militante au H.I.JO.S Tucuman.

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Texte intégral

  • 1  El presente trabajo forma parte de la investigación con vistas al desarrollo de la tesis doctoral (…)

1El movimiento de derechos humanos de Argentina surgido durante la última dictadura militar [1976-1983], tuvo una representación de mujeres numéricamente importante en su seno. Desde organizaciones que por su filiación con los represaliados conformaron el Movimiento de Madres de Plaza de Mayo, Familiares de Desaparecidos por Razones Políticas, Abuelas de Plaza de Mayo e H.I.J.O.S., u otras cuyo origen tuvieron características más bien políticas, como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos o algunas asociaciones de Abogados por los Derechos Humanos, todas contaron un componente similar : un elevado número de militantes femeninas. La presencia de mujeres en los distintos organismos de la provincia argentina de Tucumán, ha impreso al movimiento particularidades que lo distinguieron de otros similares, toda vez que sus principales referentes han sido mujeres.

2A partir del testimonio de cuatro militantes es posible buscar las referencias por medio de las cuales las mujeres decidieron involucrarse en otra forma de hacer política, distinta de la tradicional, reservada históricamente al género masculino. No sólo han sido familiares de víctimas de la represión ilegal y parapolicial las mujeres que se han involucrado en la defensa de los derechos humanos en la provincia de Tucumán. Si bien algunas de ellas han tenido y tienen, aún hoy, fuertes vinculaciones con los desaparecidos, otras han volcado su militancia en la defensa de los derechos humanos aún sin tener familiares represaliados, optando por militar desde una posición política. Entre las primeras, es posible mencionar a Sara Mrad, referente del movimiento de Madres de Plaza de Mayo filial Tucumán desde los comienzos de la agrupación en 1981 hasta la actualidad. Sara tiene a su hermana desaparecida, y aunque procuró activar en la agrupación de Familiares de Desaparecidos por Razones Políticas, no dudó en acercarse al Movimiento de Madres de Detenidos‑Desaparecidos de Tucumán, identificándose políticamente con aquella organización ; por su parte Josefina Centurión, activa militante en la organización H.I.J.O.S. en Tucumán, es hija de un desaparecido y aunque se incorporó tardíamente al grupo, su paso dejó constancia de su compromiso en la defensa de los derechos humanos. Laura Figueroa no tiene familiares represaliados, sin embargo su temprana militancia política la llevó a poner sus conocimientos como abogada en la lucha por la defensa de los derechos humanos. Laura es ex miembro de la Asociación de Abogados por los derechos humanos, organización que tuvo una breve pero intensa vida en la transición democrática en la provincia de Tucumán ; finalmente, Ángela Nassif, histórica dirigente del Partido Comunista Revolucionario, se involucró en la defensa de los derechos humanos desde la aparición misma de los organismos arriba mencionados, siendo su vínculo más estrecho primero con Madres de Detenidos‑Desaparecidos y luego con la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Tucumán, desde los comienzos de dicha organización en 1984, siendo una de sus miembros fundadoras.

  • 2  Estos movimientos son reconocidos como los Tucumanazos, que tuvieron su referente en otras provinc (…)

3La provincia de Tucumán, ubicada en el Noroeste argentino, con un poco más de 21.000 kilómetros cuadrados, ha vivido durante los años de la dictadura y durante la llamada transición a la democracia una situación particular con respecto al resto del país. Históricamente Tucumán ha sido una provincia que se ha mostrado como uno de los puntos más neurálgicos de la movilización política en la década de 1960, tras el derrocamiento del presidente Arturo Íllia y la instauración del gobierno militar encabezado por Juan Carlos Onganía el 28 de junio de 1966. El gobierno de facto instaurado en 1966 afectó especialmente a la provincia de Tucumán política, social, cultural y económicamente, lo que produjo un amplio movimiento de protesta obrero estudiantil2 que sacudió los cimientos políticos locales entre 1969 y 1976.

  • 3  Crenzel, Emilio,Memorias Enfrentadas: El voto a bussi en Tucumán, Tucumán, Colección Diálogos, U (…)
  • 4  López Echagüe, Hernán, El enigma del General Bussi, Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
  • 5  La CONADEP ha sido la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas creada por el gobierno de A (…)
  • 6  Informe de la CONADEP, Buenos Aires, EUDEBA, 1998, pp. 213‑217; Informe de la Comisión Bicameral I (…)
  • 7 Crenzel, Emilio, op. cit; Kotler, Rubén,« El Tucumanazo, los tucumanazo 1969‑1972, Memorias enfrent (…)
  • 8  Vilas, Acdel, Tucumán, enero a diciembre de 1975, en http://www.nuncamas.org. [Consultado de la web por(…)
  • 9  Utilizo aquí el término aniquilamiento que es como define el Estado argentino la política represiv (…)

4En referencia al pasado represivo argentino, las primeras persecuciones políticas, las primeras desapariciones forzadas de personas y los primeros Centros Clandestinos de Detención han ocurrido también en Tucumán desde finales de 1974 y comienzos de 1975, con el establecimiento del llamado Operativo Independencia3, ejecutado por el ejército a la sazón del Poder Ejecutivo Nacional (P.E.N.) al mando de la entonces presidenta constitucional Isabel Martínez de Perón. El Operativo Independencia implicó la intervención del ejército en un accionar represivo avalado legalmente por el Estado4, supuso la implementación por primera vez de torturas y la desaparición sistemática de personas bajo un gobierno constitucional, prácticas que se aplicaron en todo el país, de manera planificada, metódica e ilegal, después de producirse la última asonada militar el 24 de marzo de 1976. En este sentido el informe de la CONADEP5 expresa que « a la provincia de Tucumán le cupo el siniestro privilegio de haber inaugurado la « institución » Centro Clandestino de Detención, como una de las herramientas fundamentales del sistema de represión montado en la Argentina »6. La represión pretendía castigar con firmeza a los estudiantes, obreros y dirigentes sindicales tucumanos, activos participantes en los Tucumanazos de los años previos7. En algunas esferas del ejército se esgrimía el argumento de la instalación de la guerrilla en los montes tucumanos para desatar la cruenta represión, argumento falaz, ya que para diciembre de 1975 la guerrilla en Argentina estaba incapacitada en su accionar8. No caben dudas, y sobre todo después de los últimos estudios en la materia, que el plan del llamado Proceso de Reorganización Nacional pretendía « aniquilar »9 a todo el movimiento popular opositor al régimen ultraliberal instaurado en junio de 1966.

  • 10 Informe CONADEP, op. cit., pp. 213 – 217
  • 11  Gónzalez Tizón, Hilda P. y Gónzalez, Atilio Roque, « Tucumán: el entramado represivo (1975‑1978) » (…)
  • 12  López Echagüe, Hernán, op. cit., p. 216.

5El número de desapariciones ocurridas durante el Operativo Independencia entre febrero y diciembre de 1975, según las denuncias efectuadas ante la CONADEP, fue de 114 personas10. Según un estudio realizado por González y González Tizón, entre febrero de 1975 y marzo de 1976 se produjeron 358 detenciones seguidas de desapariciones de personas en la provincia de Tucumán11. Por lo tanto, cuando se produjo el último golpe militar en la República Argentina la represión ilegal y parapolicial ya estaba afectando a grandes sectores, en su mayoría, como ya lo he expresado más arriba, luchadores sociales, militantes obreros y estudiantiles. Como afirma López Echagüe « la denominada Operación Independencia encierra un indescifrable enigma, […] de ser temido por la sociedad argentina en su conjunto : es posible señalar con exactitud la fecha de su inicio pero resulta dificultoso […] establecer la de su finalización »12.

  • 13  Crenzel, Emilio, El voto a Bussi en Tucumán,op. cit.
  • 14  Denominaré  « Bussismo » a la forma que tomó en la provincia de Tucumán una forma de autoritarismo (…)
  • 15 Crenzel, Emilio, El Voto a Bussi en Tucumán, op. cit.; López Echagüe, Hernán, op. cit.
  • 16  Díaz Colodrero, José L. y Abella, Mónica, Punto Final. Amnistía o voluntad Popular, Buenos Aires (…)
  • 17  Referido al Operativo Independencia al que ya he hecho mención más arriba.
  • 18  El término delincuente es usado aquí para referirse a lo que los militares llamaban “delincuentes (…)
  • 19  López Echagüe, Hernán,  op. cit., p. 216.

6Tucumán se había convertido además en un caso paradigmático de estudio, sobre todo desde la sociología, donde existen numerosos trabajos dedicados a la cuestión13 de la elección como gobernador constitucional en octubre de 1995 del ex dictador Antonio Domingo Bussi. A lo largo de los años 90, elBussismo14 no había dejado de crecer cuantitativamente como fuerza política organizada alrededor del partido que fundara el propio Bussi, « Fuerza Republicana » y que obtuvo en distintas elecciones, tanto provinciales como nacionales, un importante caudal de votos15. En este sentido la ley de Punto Final decretada por el gobierno radical de Raúl Alfonsín en 1986, y que había beneficiado a innumerables militares con la interrupción de los juicios en su contra por la violación a los derechos humanos, benefició también a Bussi, quien vio como el juicio que se llevaba en su contra quedaba interrumpido y sin efecto, lo que le habilitaba para participar en la vida política de la provincia como candidato en elecciones democráticas dentro de un marco constitucional16. Con motivo del retorno a la esfera pública de Bussi, esta vez como general retirado y candidato a gobernador de la provincia en 1991, el periodista López Echagüe arribaba a la siguiente conclusión : « El retorno del general, responsable de la más cruenta etapa de este operativo17 solo sirve para acrecentar dicho misterio [sobre el final del Operativo, que en palabras de Bussi no llegaría a su fin hasta que no quede ningún « delincuente en Tucumán »] y hacer eterno el temor. Pues ¿qué es un delincuente18 para el general ? ¿Qué futuro propone… ? »19. Estos eran algunos de los interrogantes que se planteaban a comienzo de los 90 ante la posibilidad cada vez más cierta del regreso de Bussi a las esferas del poder, esta vez despojado del traje militar.

7Fueron entonces estos los contextos durante los cuales emergió y se desarrolló la acción del movimiento de derechos humanos en todo su espectro, representado por cada una de las organizaciones que lo componían, organizaciones de distinto signo, pero que buscaban sus puntos de encuentro en la militancia activa para reclamar un doble principio : « verdad y justicia ». Vinculado al enfrentamiento con el Bussismo, el movimiento se nutrió entonces de importantes figuras femeninas que imprimieron al conjunto de las organizaciones de derechos humanos características particulares. Si bien es cierto que el movimiento de derechos humanos de Tucumán ha estado integrado tanto por hombres como por mujeres, éstas últimas se destacaron a lo largo de la historia tanto por su presencia en el ámbito público como por su participación, siendo las principales figuras de referencia de la mayoría de las organizaciones.

El derecho en la lucha por los derechos humanos

8Influenciada por el Tucumanazo de noviembre de 1970, Laura Figueroa pronto volcó su militancia a través de un partido de extracción trotskista, el Movimiento Al Socialismo [MAS]. No será hasta 1983 en que se involucraría de lleno en la defensa de los derechos humanos y empujada por el partido, contribuyó a organizar y a fundar la « Asociación de Abogados por los Derechos Humanos », un organismo que si bien tuvo una corta vida, ha participado en importantes causas en la transición al periodo constitucional abierto el 10 de diciembre de 1983. Justamente ese fue el día elegido para la aparición pública de la Asociación, no solamente por la asunción a la presidencia de la nación por parte del presidente radical Raúl Alfonsín, sino porque aquella fecha era simbólica para el movimiento en su conjunto, ya que se recordaba el día internacional de los derechos humanos. Laura recuerda los orígenes de la asociación explicando que :

  • 20  El CELS es el Centro de Estudios Legales y Sociales, muy vinculado al movimiento de derechos human (…)
  • 21  MAS, partido de extracción trotskista: Movimiento Al Socialismo.
  • 22  Testimonio de Laura Figueroa [Entrevista realizada el 22 de diciembre de 2007].

Cuando me recibo, mi objetivo era ser abogada laboralista, defensora de los sectores obreros, y de esa manera poner a disposición de uno de los sectores más castigados, que es la clase obrera, el título que la Universidad me daba. Yo me recibo de abogada en 1981, todavía bajo el proceso militar y empiezo a hacer mi especialidad en derecho laboral, había comenzado a incursionar ya en casos cuando viene a Tucumán Luis Zamora, que era miembro del CELS20en Buenos Aires, entonces los organismos de derechos humanos piden acá una entrevista con Luis Zamora, que en ese momento era candidato a presidente por el MAS21 y le piden que se formara en Tucumán algo parecido al CELS. Zamora dice que no era posible y yo justo estaba en el local del MAS y me llaman para decirme que los organismos estaban planteando esto. Los que yo recuerdo que estaban Carmen de Mitrovich, de Familiares de Desaparecidos y Presos por Razones Políticas, también si no recuerdo mal estaba Graciela González, estaban Pascual Ariño y Dardo Molina, que eran afectados porque uno es hermano y el otro es hijo de desaparecidos, y honestamente no recuerdo a más nadie ; se que eran varios. Entonces Luis Zamora, en un acto poco democrático me tira al ruedo de que yo agarre la posta y la verdad que no estaba en mis cálculos políticos el trabajar sobre este tema, más allá que yo, como todo militante, estaba consubstanciada y en lo que podía participaba de actividades. Las organizaciones que estaban presentes me dijeron que tratara de organizar algo en Tucumán, así es como tomo contacto con algunos abogados, y me acuerdo perfectamente cuando hablo con dos abogadas, una es Liliana Vitar, actual camarista de la provincia, y Alicia Noli, actual jueza Federal, y me dicen : justo estábamos nosotras en lo mismo, estábamos pensando formar algo. Ahí se había comprometido también Pascual Ariño que también es abogado, aunque nunca llevó ninguna causa salvo la de su hermano, y llegamos a juntar 22 abogados y logramos largar la Asociación de Abogados por los Derechos Humanos de Tucumán el 10 de diciembre de 1983 haciendo coincidir con el día internacional de los derechos humanos.22

9Militar desde lo jurídico en materia de derechos humanos implicaba un desgaste y un compromiso que no todos los juristas podían asumir. Es así que del grupo original de 22 abogados, quedaron trabajando en la Asociación solamente tres abogadas : Alicia Noli, Liliana Vitar y Laura Figueroa. Los vaivenes políticos locales y nacionales, hicieron que la Asociación se diluyera y que permaneciera en el trabajo desde el derecho hacia la reconstrucción de la « verdad y la justicia », solamente Laura Figueroa. Cabe destacar aquí que de los 22 abogados originales solo quedaron en la militancia tres abogadas, tres mujeres. Sobre esta cuestión expresa Figueroa :

  • 23  Ibid.

Después del año ’84 quedamos solo tres abogadas, el famoso triunvirato, que ha sido un triunvirato muy fuerte y lo concreto es que se ocupó un espacio que golpeó muy fuerte dentro del Poder Judicial, a tal punto que Bussi nos dijo que éramos las tres lobas que aullábamos en los pasillos de tribunales. Esa expresión todavía es recordada por la gente de la época, lo dijo en las radios, en todos lados… no nos nombró, pero nos dijo : que sigan aullando las lobas por los pasillos de tribunales.23

10Es importante destacar la expresión del ex represor Bussi hacia las abogadas, quien en una actitud por menoscabar su accionar les llamaba « las tres lobas ». Esto recuerda a los sectores que en el afán de dañar la imagen de las Madres de Plaza de Mayo les llamaron las « locas », queriendo señalar que estas mujeres que marchaban todos los jueves frente a la pirámide de la Plaza de Mayo, no estaban en su sano juicio y que por ende no había que prestarles atención. Las lobas y las locas les llamarían entonces desde el poder represor del Estado para desacreditarlas ante la sociedad.

Militancia y derechos humanos

  • 24  El FAUDI fue el brazo político universitario del Partido Comunista Revolucionario, de extracción M (…)
  • 25  La Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) fue como se conoció a este grupo paramilitar acusado (…)

11Ángela Nassif no tenía familiares desaparecidos ni represaliados. Su compromiso político venía desde muy temprana edad. Había militado en el FAUDI24 durante el Tucumanazo. Su intensa actividad política le llevó a ser reconocida en Tucumán en el ámbito de los derechos humanos, aunque su partido había recibido duras críticas por el apoyo dado al gobierno de Isabel Martínez de Perón. Momentos antes de producirse el golpe, el gobierno peronista estaba sostenido entonces por sectores de ultraderecha como ser la Triplea A25, y el Partido Comunista Revolucionario había apoyado al gobierno nacional en contra de la posición mayoritaria de la izquierda argentina.

12Ángela Nassif dedicó gran parte de su militancia política a acompañar al movimiento de derechos humanos, en especial a Madres de Detenidos-Desparecidos de Tucumán, con quien trabajó mancomunadamente realizando importantes trabajos en la recogida de información sobre los desaparecidos en el interior de la provincia. Sin embargo, involucrarse en la militancia en estas organizaciones de derechos humanos, sin tener un pariente represaliado o sin haber sido víctima directa de la represión, despertaba dudas y temores en los integrantes del movimiento. Esto lo explica Nassif al asegurar que :

  • 26  Testimonio de Ángela Nassif [Entrevista realizada el 7 de diciembre de 2007]

No era fácil entrar en los organismos y más si no tenías un familiar desaparecido. Esto generaba mucha desconfianza. Lo primero que tenías que explicar quién eras y por qué querías entrar. Lo segundo era por qué estabas viva. Y yo les decía que era porque tenía suerte, no se me ocurría decir otra cosa, entonces tenías que andar explicando cosas tan absurdas como esas.26

13Ya durante la apertura constitucional de 1983, Tucumán surgió una nueva organización defensora de los derechos fundamentales : la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, que si bien ya existía en Buenos Aires desde 1975, en la provincia, y por las propias características represivas locales, solo vio la luz a comienzos de 1984. Entre sus fundadores se encontraban dirigentes de los distintos partidos políticos desde el radicalismo, pasando por el peronismo, el Partido Intransigente, entre otros. Ángela Nassif se vinculó entonces a la Asamblea y contribuyó a su fundación en el ámbito local. Nassif recuerda entonces :

  • 27  Ibid.

Viene Auyero de Buenos Aires a Tucumán y empieza a buscar a dirigentes políticos y se forma primero lo que era un Consejo Consultivo, porque desde su propia organización era antidemocrática, formada con lo que ellos llamaban personalidades. El organismo no estaba formado por afectados directos de la represión. Creo que en Buenos Aires tampoco. Acá se arma una dirección de eso en 1984. Entre otros estaba Soldati, Rovetta, que juega un papel muy importante en la formación de la APDH, él era de la Democracia Cristiana, Atilio Castagnaro del Partido Intransigente, Ponsatti que estaba en el consejo Consultivo, Guerrero, el Chino Robles, era muy amplio, y nosotros queríamos que sea lo más amplio posible .27

14Aunque años más tarde y por diferencias políticas Nassif abandonó la Asamblea Permanente, siguió vinculada al movimiento de derechos humanos en su conjunto, siendo una de sus más importantes militantes desde el Partido Comunista Revolucionario. Nasiff ha activado muy especialmente en las movilizaciones y ha acompañado las marchas de cada 24 de marzo, fecha en que se recuerda un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976, ha sido una de las encargadas de discutir el documento a ser leído en el acto central y ha ocupado siempre el palco junto a otras figuras del movimiento de derechos humanos. Nassif falleció el 25 de diciembre de 2007 y en su despedida final, en el cementerio, no faltaron políticos ni miembros del movimiento de derechos humanos. Todos reconocieron su lucha hasta el último día, demostrando un compromiso por la vida ante todo.

Madre, hermana y militante

  • 28  Kotler, Rubén, Los movimientos Sociales: formas de resistencia a la dictadura. Madres de Detenidos (…)

15Sara Mrad se vinculó desde muy temprana edad al movimiento de Madres de Detenidos‑Desaparecidos de Tucumán, sin embargo no es madre de desaparecidos si no hermana. Su madre, Rosa, militó un tiempo en Familiares de Detenidos por Razones Políticas, aunque al producirse una división de la organización y al aparecer en la escena pública Madres de Detenidos‑Desaparecidos de Tucumán en 1981, procuró vincularse a este nuevo grupo28. A comienzos de los años 80 la frontera entre estas dos organizaciones no estaba claramente delimitada y muchas veces los militantes iban y venían de una a otra organización en procura de satisfacer sus demandas. La diferencia fundamental entre « Familiares » y « Madres » se evidenciaba en la acción : mientras el primer organismo no tenía como táctica la salida a la calle para manifestarse públicamente, las mujeres que formaron « Madres » entendieron que la táctica de la movilización era la única posible, emulando al movimiento de Madres de Plaza de Mayo en Buenos Aires que influía notablemente en el grupo de mujeres tucumanas. Así lo explica Sara Mrad :

  • 29  Testimonio de Sara Mrad [Entrevista realizada el 5 de diciembre de 2007].

Como en Buenos Aires, las madres somos más de lo callejero, de lo público que de lo administrativo burocrático, y las otras organizaciones no, y ya para esa época las Madres empezábamos a indicar la lucha de los desaparecidos, empezábamos ya a plantear el reconocerlos como revolucionarios como luchadores populares y que otras organizaciones por ahí todavía tenían miedo de decir, no si mi hijo era un luchador, en general, hasta ese momento, primaba esto que no hacían nada.29

16Sara, aunque comenzó participando en las reuniones de « Familiares » pronto se vinculó a « Madres » por una plena identificación política. Así recuerda su entrada en la organización :

  • 30  Ibid.

Cuando comenzamos a sentir más la disconformidad acá, y empezamos a ver todas las actividades de Madres allá en Buenos Aires, se empieza a querer salir a la calle y se arma otro grupo paralelo porque Familiares no salía a la calle. La única salida a la calle que recuerdo como Familiares y que no fue salida a la calle fue cuando vino la Comisión de la OEA en 1979, esa es la que yo recuerdo. Por ahí Marta Rondoletto me habló de una marcha en 1978, yo no me recuerdo de que hayan hecho ninguna marcha, no recuerdo una actividad pública de Familiares, tanto que cuando nosotras las planteábamos, ellos tenían mucho recelo en salir. Por miedo por un lado, y por resistencia a la posición de Madres por otro. Mi mamá sin embargo seguía yendo a las reuniones de Familiares y yo iba a las reuniones de Madres. Igual mi mamá cuando había alguna actividad de Madres, ella se ponía el pañuelo y todo, ella también tenía su pañuelo blanco… lo que pasa con mi mamá es que ella era como muy retraída y como que al tener ella una estructura de familia bastante patriarcal, además que mi papá siempre le decía como ella iba a andar en la calle, entonces ella como que se debatía entre lo que le dictaba su corazón y lo que mi papá un poco, la sometía de alguna manera… y bueno, le costó mucho romper…30

H.I.J.O.S., mucho más que una sigla

  • 31  El Juicio Ético a Bussi fue un juicio simbólico realizado en un club de baloncesto en la ciudad de(…)

17La agrupación H.I.J.O.S reúne a hijos e hijas de represaliados durante la última dictadura militar y en sus siglas encierra la razón de ser del grupo : Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio y tiene sus orígenes en la provincia de Tucumán, cuando en 1993 comenzaron a reunirse informalmente algunos de sus integrantes con motivo de la realización de un documental. Josefina Centurión entró tardíamente en la organización estructurada formalmente a nivel nacional a mediados de 1995. Sin embargo su incorporación le permitió militar intensamente en el grupo, comprometiéndose no solo con la reivindicación de “verdad y justicia” por la desaparición de su padre, sino como un legado familiar. Descubrió que su abuela, la madre de su padre represaliado, había militado un tiempo en « Madres » y al descubrir ciertos aspectos de la vida de su progenitor comenzó a entender que debía involucrarse en la militancia de alguna manera. Su primera experiencia, aunque de manera personal, fue presenciar el Juicio Ético31 al ex represor Bussi, lo que le produjo una crisis interna al descubrir a las organizaciones de derechos humanos en su conjunto. Poco a poco fue tomando la decisión de incorporarse a la militancia en la entonces recién nacida agrupación H.I.J.O.S.. Josefina explica entonces :

  • 32  Testimonio de Josefina Centurión [Entrevista realizada el 21 de diciembre de 2007].

Hasta que entré en H.I.J.O.S. no tuve ninguna participación ni política ni en otra organización, no había militado en ningún lado, tampoco en la facultad, aunque lo de HIJOS creo que fue casi contemporáneo a la entrada en la facultad, como que mi primera militancia orgánica fue ahí, antes como que había participado de actividades públicas políticas de otras organizaciones, pero no había sido integrantes de estas. Sí había participado en la organización, pero de manera personal, yo, como Josefina Centurión en lo que fue el Juicio Ético a Bussi, cuando se estaba presentando como candidato a gobernador en 1995, pero solo de manera personal.32

  • 33  Alejandro Medici explica que« Escracharimplica hacer público algo que alguien quiere mantener en (…)

18En 1997, después de un homenaje que se realizó a su progenitor en la Universidad Tecnológica de Tucumán [donde éste había estudiado], se le acercó a Josefina un grupo de integrantes de H.I.J.O.S. y le ofrecieron entrar en la organización. Su incorporación tardó un tiempo más, hasta que Eva Urrutia, una de las fundadoras de la organización en Tucumán, le convenció de sumarse. En H.I.J.O.S militó hasta finales de 1.999, año en el que la agrupación terminó por desarticularse. Participó activamente de las reuniones y de las actividades que realizaba el grupo y acompañó al movimiento en su conjunto en las actividades coordinadas como ser los actos del 24 de marzo. Las charlas en los colegios y otras expresiones públicas en las que participaba fueron parte de su militancia, la cual tuvo su pico más importante en el « escrache »33 que desde H.I.J.O.S a nivel nacional se decidió realizar en Tucumán, en octubre de 1998, para manifestar contra el gobernador y ex represor Antonio Domingo Bussi. Josefina tuvo una participación destacada en el escrache siendo una de las delegadas por Tucumán que consiguió convencer al resto de las regionales de todo el país para que la actividad se llevara a cabo en la provincia, aún con todos los riesgos que ésta implicaba. Sobre su participación, Josefina recuerda :

  • 34  Ibid.

Yo había entrado a H.I.J.O.S. ese año y como salió lo del encuentro de delegados en La Plata fuimos la Tuti y yo, entonces ahí como que los compañeros elegían quienes iban, elegíamos entre todos […] entonces nos planteamos que para hacer el encuentro en Tucumán tenía que estar como organizado, tenía que valer la pena el esfuerzo y lo que iba a significar que los H.I.J.O.S. de desaparecidos se iban a juntar en esta provincia gobernada por un asesino de la dictadura y nos habíamos planteado que no fuera un encuentro como venía siendo hasta ese momento, que era una cuestión de juntarse entre nosotros en una casa grande o en una sede de algún gremio que te prestaba […] habíamos decidido que si se hacía acá, si íbamos a asumir semejante esfuerzo tenía que hacerse con un acto público, con un hecho político, queríamos generar un hecho político, como parte de ese encuentro de H.I.J.O.S. […] entonces ya fuimos al encuentro de delegados de La Plata con ese planteo…34

Cuatro militantes, un objetivo. Consideraciones finales

19La participación de mujeres en el movimiento de derechos humanos de Tucumán nos plantea una serie de preguntas que todavía están en discusión. Desde la sociología se ha estudiado y se sigue indagando sobre los movimientos claramente conformado por mujeres como Madres de Plaza de Mayo o Abuelas de Plaza de Mayo, pero poco se ha investigado sobre el enorme porcentaje de mujeres en otras organizaciones de derechos humanos, más abiertas a la participación de hombres como el caso de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, H.I.J.O.S., Familiares de Desaparecidos o las distintas Asociaciones de abogados por los derechos humanos que actuaron en todo el país. En prácticamente todas las organizaciones son mujeres las que llevan la voz cantante, las que se exhiben públicamente y las que generan un influjo particular al resto de la sociedad. Cuando se mira el pasado reciente de Argentina y sobre todo se presta atención a los actos de rememoración de ciertas fechas vinculadas a la última dictadura militar, sin lugar a dudas se espera la presencia simbólica de los pañuelos blancos, como una clara señal identitaria de todo el movimiento. El pañuelo blanco es claramente la seña de identidad de un movimiento femenino, el de las Madres, que acompaña a todas las organizaciones de derechos humanos. En el presente trabajo solo han sido presentadas cuatro de las más visibles militantes de un movimiento de derechos humanos de la provincia de Tucumán, movimiento que tiene más de 32 años de historia y que ha visto militar en su seno a decenas de mujeres, cada una con sus particularidades, pero guiándose todas ellas por el doble principio que les ha movido desde sus orígenes : el de la « verdad » y la « justicia ». Se pueden ensayar innumerables respuesta a la pregunta del por qué tanta presencia del género femenino en esta militancia y seguramente los testimonios de las propias actoras sociales nos darán las respuestas. Este será entonces el desafío para continuar indagando sobre el movimiento de derechos humanos en la provincia de Tucumán.

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Notes

1  El presente trabajo forma parte de la investigación con vistas al desarrollo de la tesis doctoral dentro del programa de la Universidad de Salamanca, « Pasado y Presente de los Derechos Humanos ».

2  Estos movimientos son reconocidos como los Tucumanazos, que tuvieron su referente en otras provincias, como ser el Cordobazo, el Rosariazo y otros de igual o menor envergadura. El tucumanazo han sido una serie de revueltas obrero estudiantiles que tuvieron sus picos de tensión en mayo de 1969, en noviembre de 1970 y en junio de 1972. Crenzel, Emilio, El Tucumanazo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1991.

3  Crenzel, Emilio, Memorias Enfrentadas: El voto a bussi en Tucumán, Tucumán, Colección Diálogos, Universidad Nacional de Tucumán, 2001; Rofinelli, Gabriela, « Una periodización del genocidio argentino (Tucumán 1975‑1983) », Fermentum, Revista de Sociología y Antropología de Venezuela, Nº 46. 2005; Feierstein, Daniel, El Genocidio como práctica social, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007.

4  López Echagüe, Hernán, El enigma del General Bussi, Buenos Aires, Sudamericana, 1991.

5  La CONADEP ha sido la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas creada por el gobierno de Alfonsín para recoger los testimonios de los represaliados durante el gobierno militar. Crenzel, Emilio, La Historia Política del Nunca Más. La memoria de las desapariciones en Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.

6  Informe de la CONADEP, Buenos Aires, EUDEBA, 1998, pp. 213‑217; Informe de la Comisión Bicameral Investigadora de las Violaciones de Derechos Humanos en la Provincia de Tucumán, Salamanca, IEPALA, 1991.

7 Crenzel, Emilio, op. cit; Kotler, Rubén,« El Tucumanazo, los tucumanazo 1969‑1972, Memorias enfrentadas: entre lo colectivo y lo individual », en Memorias del congreso Interescuelas / Departamentos de Historia, Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, 2007.

8  Vilas, Acdel, Tucumán, enero a diciembre de 1975, en http://www.nuncamas.org. [Consultado de la web por última vez en 2006]

9  Utilizo aquí el término aniquilamiento que es como define el Estado argentino la política represiva comenzada en febrero de 1975 con el Operativo Independencia.

10 Informe CONADEP, op. cit., pp. 213 – 217

11  Gónzalez Tizón, Hilda P. y Gónzalez, Atilio Roque, « Tucumán: el entramado represivo (1975‑1978) », Toer, Mario, Construcción de la Memoria, Buenos Aires, Eudeba, 2003, p. 205

12  López Echagüe, Hernán, op. cit., p. 216.

13  Crenzel, Emilio, El voto a Bussi en Tucumán, op. cit.

14  Denominaré  « Bussismo » a la forma que tomó en la provincia de Tucumán una forma de autoritarismo. El Bussismo implica por tanto pensar en la propia persona del represor Antonio Domingo Bussi, como al partido que él mismo creó: Fuerza Republicana, y que desde 1987 se presentó en todas las elecciones provinciales y nacionales con distinta suerte.

15 Crenzel, Emilio, El Voto a Bussi en Tucumán, op. cit.; López Echagüe, Hernán, op. cit.

16  Díaz Colodrero, José L. y Abella, Mónica, Punto Final. Amnistía o voluntad Popular, Buenos Aires Puntosur Editores, 1987.

17  Referido al Operativo Independencia al que ya he hecho mención más arriba.

18  El término delincuente es usado aquí para referirse a lo que los militares llamaban “delincuentes subversivos”, jerga utilizada para justificar la represión contra todos los opositores políticos del régimen. Ya en la transición Bussi seguirá usando el mismo tipo de lenguaje castrense para referirse a la oposición política.

19  López Echagüe, Hernán,  op. cit., p. 216.

20  El CELS es el Centro de Estudios Legales y Sociales, muy vinculado al movimiento de derechos humanos.

21  MAS, partido de extracción trotskista: Movimiento Al Socialismo.

22  Testimonio de Laura Figueroa [Entrevista realizada el 22 de diciembre de 2007].

23  Ibid.

24  El FAUDI fue el brazo político universitario del Partido Comunista Revolucionario, de extracción Maoísta.

25  La Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) fue como se conoció a este grupo paramilitar acusado de haber hecho desaparecer y asesinar a distintos dirigentes políticos y sindicales. Uno de sus miembros, López Rega, había sido la mano derecha de Isabel Martínez de Perón.

26  Testimonio de Ángela Nassif [Entrevista realizada el 7 de diciembre de 2007]

27  Ibid.

28  Kotler, Rubén, Los movimientos Sociales: formas de resistencia a la dictadura. Madres de Detenidos‑Desaparecidos de Tucumán, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras de la UBA,  pp. 36-41

29  Testimonio de Sara Mrad [Entrevista realizada el 5 de diciembre de 2007].

30  Ibid.

31  El Juicio Ético a Bussi fue un juicio simbólico realizado en un club de baloncesto en la ciudad de Tucumán en junio de 1995,  una acción coordinada por las organizaciones de derechos humanos dos meses antes de las elecciones provinciales para impedir que el ex dictador ganara la gobernación.

32  Testimonio de Josefina Centurión [Entrevista realizada el 21 de diciembre de 2007].

33  Alejandro Medici explica que« Escrachar implica hacer público algo que alguien quiere mantener en el terreno de lo privado […] El mismo tiene con un triple objetivo: llamar la atención de la comunidad hacia una reivindicación o un agravio, constituir una expresión de la unidad de los participantes y apelar a los no participantes a tomar posición ». Medici, Alejandro, « El movimiento de Derechos Humanos en Argentina y la lucha contra la impunidad: la estrategia del escrache», en Revista latinoamericana de política, filosofía y derecho, nº 17, 2000.

34  Ibid.

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Pour citer cet article

Référence électronique

Rubén Isidoro Kotler, « Mujeres militantes en el movimiento de Derechos Humanos de Argentina. El caso Tucumán », Amnis [En ligne], 8 | 2008, mis en ligne le 01 septembre 2008, consulté le 06 juillet 2015. URL : http://amnis.revues.org/573 ; DOI : 10.4000/amnis.573

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Auteur

Rubén Isidoro Kotler

Universidad de Salamanca
Espagne
rubenko742000@yahoo.com.ar

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Droits d’auteur

Amnis

Putas y guerrilleras. MIRIAM LEWIN Y OLGA WORNAT SOBRE LOS CRIMENES SEXUALES EN LOS CENTROS CLANDESTINOS DE DETENCION

lunes, 5 de mayo de 2014

Putas y guerrilleras

http://content.lsf.com.ar/getcover.ashx?ISBN=9789504939344&size=3&coverNumber=1

ADELANTO DEL LIBRO DE MIRIAM LEWIN Y OLGA WORNAT SOBRE LOS CRIMENES SEXUALES EN LOS CENTROS CLANDESTINOS DE DETENCION

 

Militantes en su juventud y periodistas después, las autoras relatan –en el libro Putas y guerrilleras, que distribuye Planeta en estos días– las torturas, abusos y violaciones que sufrieron cientos de mujeres en los centros clandestinos en la década del ’70. En algunos casos fueron también relaciones tortuosas nacidas bajo tormentos con sus victimarios. Aquí, como anticipo, un extracto de la introducción de Miriam Lewin.

 

Página 12 – 5 – 5 – 14 – Por Miriam Lewin

 

Mártires y prostitutas

Era un 24 de marzo, aniversario del golpe, y me habían invitado a Almorzando con Mirtha Legrand. Aceptar estar ahí significaba para mí renunciar a ir a la ESMA, ahora a un acto multitudinario, el día de su conversión en espacio para la memoria. Decidí ir al programa de la ex diva del cine argentino devenida entrevistadora, sobre todo porque iban también Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, y Mariana Pérez, cuyos padres, desaparecidos, habían militado conmigo. Mariana había buscado incansablemente a su hermano Rodolfo, nacido en la Escuela. Yo había estado presente en el parto. Había visto a ese bebé sobre el pecho de su madre, sabía que había sido arrebatado después y había declarado en tribunales sobre el tema. La mesa la completaban dos jueces del Juicio a las Juntas y un periodista. Seguramente el programa iba a ser visto desde sus casas por mucha gente que aún no sabía o no reconocía la verdadera dimensión de lo que había pasado en los dominios del grupo de tareas 3.3.2. Otros miles de personas se reunirían a la misma hora en Avenida del Libertador, frente al campo de concentración, donde el presidente Néstor Kirchner iba a compartir el escenario con Juan Cabandié, otro recién nacido a quien yo había visto en noviembre de 1977 en un pasillo del campo, en brazos de su mamá, una chica de dieciséis años, después asesinada.

Llegué temprano. Un productor veterano, que conocía sólo de vista, me atajó en la entrada. Me llevó a un costado y, consternado, me advirtió que “la vieja” tenía planeado hacerme algunas preguntas inconvenientes y que quería que yo estuviera prevenida.

¿Qué preguntas inconvenientes? –indagué, con la seguridad de que no iba a ir más allá de lo que alguna vez me habían preguntado los defensores de los militares en algún proceso al que había ido como testigo. Por lo general, me atribuían –para descalificarme– hechos armados, atentados o secuestros en los que no había participado.

El productor tosió, nervioso.

–No sé, me imagino que algo tendrá que ver con la colaboración, con la delación. Te lo adelanto para que no te sientas incómoda.

–No te preocupes, estoy acostumbrada. Te lo agradezco mucho.

Tenía en claro para qué estaba ahí y las intrigas no me importaban. El día de la recuperación del espacio del campo de concentración para la sociedad civil yo le iba a hablar a una parte de ella que tal vez nunca había prestado atención al tema. Tal vez si lo decía sentada a la mesa de Mirtha todos comprenderían. Me vinieron a buscar y me arrearon al estudio.

Detrás de unos paneles me colocaron el micrófono, casi invisible, un cable que trepaba por debajo de mis ropas hasta el escote y un receptor colgando de la cintura. En pocos minutos estaba en el centro de la escena, rodeada por cristales, jarrones con flores, brocatos, caireles, alfombras y cortinados. Ya había concluido el rito acostumbrado de la descripción del vestuario, zapatos y joyas de la conductora, y las risitas y aplausos del enjambre de asistentes y empleados que la acompañaba detrás de cámaras.

Era una jornada especial. No hubo almuerzo servido por mucamas de uniforme. Tampoco se distribuyó el regalo acostumbrado para cada invitado, un reloj pulsera. “No es un día para festejar”, dijo Mirtha, y todos asintieron, admirando su sensibilidad.

No sé cómo ocurrió. No me acuerdo si ella tenía la pregunta anotada en un papel “ayudamemoria”. Tampoco recuerdo si en ese momento estábamos solas, todo lo solas que se puede estar frente a una audiencia de cientos de miles de personas… Pero después de hacerme una observación sobre lo bien que me quedaba mi nuevo color de pelo, me disparó: “¿Es verdad que vos salías con el Tigre Acosta?”. Hubo un silencio sólido, un contener la respiración de todos los que estaban en el estudio.

–¿Cómo que “salía”?

–Bueno… –reculó–. Si es verdad que salían a cenar, eso es lo que dice la gente…

Inhalé profundamente, como reuniendo fuerzas. Podría haberme levantado y salido del estudio, podría haberme ofendido. Seguramente, la escena habría sido reproducida decenas de veces en los programas de chismes del espectáculo. “Periodista de Puntodoc le hace un desplante a Mirtha cuando le pregunta si tuvo un amorío (nadie diría ‘fue abusada sexualmente’, por supuesto) con el jefe del grupo de tareas de la ESMA.” Pero no lo hice. Le respondí.

Es verdad, nosotras mismas lo relatamos en el libro Ese Infierno que escribimos sobre lo que vivimos en el campo. Nos sacaban a cenar. No salíamos por nuestros propios medios. No teníamos derecho a negarnos. Eramos prisioneras. Nos venían a buscar los guardias en plena noche y nos llevaban. A una compañera, Cristina Aldini, el Tigre Acosta la llevó a bailar a Mau Mau después del asesinato de su marido. Que a una mujer la lleven a bailar a un lugar de moda los asesinos de su compañero me pregunto si no es una forma refinada de tortura. A Cristina un oficial de la ESMA le llevó la alianza de su esposo, Alejo Mallea, a su cucheta en Capucha, adonde estaba engrillada, para demostrarle que lo habían asesinado. Le preguntó si ella quería ver el cadáver. Cristina al principio dudó, pero después aceptó porque pensó que, de lo contrario, siempre se iba a quedar con la incertidumbre. Cuando lo vio, tenía dos tiros en la cara. Uno era el de gracia, entre ceja y ceja. Lo habían ejecutado.

Mirtha se sintió en falta. Miró detrás de cámaras, como buscando apoyo.

–Bueno, yo tengo que preguntar…

Nadie contestó.

–¿O está mal que pregunte? –dijo, al borde del lloriqueo, ensayando un mohín angelical.

Cuando todo terminó, me acompañó a la puerta una productora.

–No sé cómo pedirte disculpas –me dijo, resoplando y sacudiendo la cabeza. Me dio la impresión de que a ella también le había dolido. Era una mujer de mi edad. Parecía abatida, indignada, avergonzada. Tal vez tenía algún pariente o amigo desaparecido, pensé.

Ese “salías” de Mirtha encerraba un significado concreto. Tenía razón en sorprenderse por la reprobación de su claque. Probablemente Mirtha encarnaba el pensamiento de miles de personas, esas que hubieran querido preguntar como ella, así, elípticamente, si me había salvado por acostarme con el jefe del grupo de tareas. Porque alguna explicación tenía que tener que yo hubiera pasado de encapuchada en el campo de concentración a invitada a la mesa de la diva. Y su pregunta implicaba una condena, una sentencia que en ese momento no supe desarticular dando vuelta el argumento, provocándola como ella me provocaba, desde su pretendida ingenuidad informada. Diciendo, por ejemplo: “No, no me acosté con el Tigre Acosta, pero si lo hubiera hecho para salvar mi vida, ¿qué? ¿Quién podría juzgarme? ¿Quiénes pueden asegurar qué es lo que habrían hecho si hubieran estado en mis zapatos?”.

Ninguna de nosotras tenía posibilidad de resistirse, estábamos bajo amenaza constante de muerte en un campo de concentración. Estábamos desaparecidas, sin derechos, inermes, arrasada nuestra subjetividad. Su dominio sobre nosotras era absoluto. No podíamos tomar ninguna decisión, eso era absolutamente inimaginable. De ellos dependía que comiéramos, que durmiéramos, que respiráramos. Ellos eran nuestros dueños absolutos. No quedaba resquicio alguno para nuestro libre albedrío. ¿Pero si hubiera existido? Si la mirada lasciva de ellos sobre nuestros cuerpos hubiera sido usada por nosotras como un arma en su contra, un resquicio de fortaleza en nuestra extrema indefensión, ¿hubiera sido correcto condenarnos socialmente?

Como mujeres, la utilización de nuestros cuerpos o el deseo que despertamos en el otro como instrumento de manipulación o de salvación es condenable. No pasa lo mismo con los hombres.

(…)

Las mujeres sobrevivientes sufrimos doblemente el estigma.

La hipótesis general era que, si estábamos vivas, éramos delatoras y, además, prostitutas. La única posibilidad de que las sobrevivientes hubiéramos conseguido salir de un campo de concentración era a través de la entrega de datos en la tortura y, aún más, por medio de una transacción que se consideraba todavía más infame y que involucraba nuestro cuerpo.

Nos habíamos acostado con los represores. Y no éramos víctimas, sino que había existido una alta cuota de voluntad propia: nos habíamos entregado de buen grado a la lascivia de nuestros captores cuando habíamos podido elegir no hacerlo. Habíamos traicionado doblemente nuestro mandato como mujeres: el de la sociedad en general y el de la organización en la que militábamos. No se nos veía como víctimas, sino como dueñas de un libre albedrío en verdad improbable.

Resulta imposible explicar por qué quienes nos juzgaban sin haber vivido las condiciones que se sufrían en un centro clandestino de detención suponían que las mujeres teníamos el poder de resistirnos a la violencia sexual, a los avances de los represores y podíamos preservar “el altar” de nuestros cuerpos impoluto.

Las mujeres teníamos un tesoro que guardar, una pureza que resguardar, un mandato que obedecer. Nos habían convencido de que así era.

Yo no escapaba a ese mandato. Por eso, lo abrumador del rechazo que me provocaba la conducta de la mujer de mi responsable. Nunca se me ocurrió que podía usar la atracción que provocaba en su captor para conseguir el precioso tesoro del contacto telefónico con su hijita, para aliviar su dolor de madre separada de su cachorra. Tampoco que no había tenido el poder de resistirse a los avances sexuales de su secuestrador, desaparecida y privada de todos sus derechos, en manos de un grupo de ilegales que disponía de su vida y de su cuerpo. Del mismo modo que no había podido preservarse de las laceraciones de la picana. Para mí, para la Petisa, para todos, esa muchacha era la encarnación de lo peor, de lo más repulsivo. Sentíamos más miedo de convertirnos en eso que de inmolarnos. Queríamos ser mártires y no prostitutas.

 

No me era posible terminar este libro, que ideé con mi amiga y compañera Olga, sin incluir un pasaje de mi propia historia que me atribuló durante años. No podía, no hubiera sido honesto, exponer las experiencias de otras mujeres y callar la mía. Es en realidad parte de una novela autobiográfica que empecé a escribir hace un tiempo, precisamente para clarificar dentro de mi mente lo que había atravesado. Por eso, al final de Putas y guerrilleras, relato lo vivido en La Casa de la CIA.

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Reseña Librería Santa Fé.

Los represores les decían putas y guerrilleras. Les gritaban eso apenas las secuestraban y lo repetían una y otra vez durante sus estadías en el infierno. Es lo que cuentan Miriam Lewin y Olga Wornat, militantes en su juventud y periodistas de renombre desde hace décadas, en, tal vez, el libro más descarnado, honesto y conmovedor sobre lo que ocurrió en los centros clandestinos de detención en la década de 1970. Son decenas de historias silenciadas, de confesiones larga- mente elaboradas –incluidas las de las autoras– y de una rebelión contra el relato oficial sobre esos años. No sólo hay cuestionamientos a los militares y a los integrantes de otras fuerzas de seguridad, a los funcionarios y al sistema judicial, sino también a las organizaciones guerrilleras y al pensamiento machista generalizado en todos los sectores de la sociedad. Las mujeres que protagonizan estos hechos fueron vícti- mas, a lo largo y a lo ancho del país, de torturas, abusos, violaciones y, en ocasiones, mantuvieron relaciones tortuo- sas, nacidas bajo tormentos, con sus victimarios. Muchas de ellas sobrevivieron. Cargaron como pudieron con sus pesadillas. Algunas rehicieron sus vidas, otras ya no pudie- ron hacerlo. Fueron señaladas y acusadas hasta por sus propios compañeros de militancia. O esperaron muchísi- mos años para que un juez condenara a los responsables de esos crímenes sexuales. Un castigo doble o triple, feroz e impensado, espeluznante. Existe la idea de que ya se dijo todo lo que había por decir sobre los años de plomo. El lector tiene en sus manos una prueba implacable de que eso no es así. Putas y guerrille- ras es un trabajo intenso y perturbador. Una gran investiga- ción reveladora, narrada con el pulso exacto y la declarada intención de retomar un debate pendiente.

http://www.elmostrador.cl/kiosko/2011/05/08/los-amores-de-la-dina-relaciones-sentimentales-en-tiempos-de-sangre/

La Operación Cóndor al Banquillo. Odette y Lala presentes!

Dos chilenas declararán en Buenos Aires en el juicio por la Operación Cóndor

La Operación Cóndor, según se ha establecido, fue una coordinación entre las policías secretas de las dictaduras militares sudamericanas para exterminar opositores.

Augusto Pinochet junto algunos oficiales militares que participaron en la dictadura de Chile. Foto: elespectador.com

Augusto Pinochet, segundo de la izquierda, con algunos oficiales militares que participaron en la dictadura de Chile. Foto: elespectador.com

La Razón Digital / EFE / Santiago de Chile

15:33 / 24 de marzo de 2014

En “busca de Justicia” viajaron hoy a Buenos Aires dos chilenas, para declarar ante el Tribunal Oral en lo Criminal N°1 de la capital argentina, en el juicio por familiares desaparecidos en el marco de la Operación Cóndor.

Se trata de Odette Magnet Ferrero y Laura Elgueta Díaz, hermanas de María Cecilia Magnet Ferrero y Luis Elgueta Díaz, secuestrados en julio de 1976 Buenos Aires, donde vivían, por militares argentinos y desaparecidos desde entonces.

María Cecilia Magnet y Luis Elgueta integran una lista de 23 chilenos desaparecidos en Argentina, opositores a la dictadura de Augusto Pinochet que buscaron refugio en el país vecino antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976, que derrocó al gobierno de la presidenta María Estela Martínez de Perón.

María Cecilia Magnet fue secuestrada junto a su marido argentino, Guillermo Tamburini, desde el domicilio de ambos, el 16 de julio de 1976, en tanto Luis Elgueta fue detenido el día 27 del mismo mes junto a su pareja argentina, Clara Haydée Fernández y la hermana de ésta, Cecilia Fernández.

La Operación Cóndor, según se ha establecido, fue una coordinación entre las policías secretas de las dictaduras militares sudamericanas para exterminar opositores.

En el juicio abierto en Buenos Aires, a cargo del fiscal Pablo Ouviña, están representados familiares de 106 desaparecidos de diferentes nacionalidades, 23 de ellos chilenos, con un total de 450 testigos, según organismos chilenos de derechos humano.

“Nuestra presencia en el juicio tiene el propósito de reclamar más a nuestros caídos, de validar sus vidas y convicciones. Fueron hombres y mujeres de ideales profundos y loables y no terroristas como los retrataron los dictadores”, dijo a Efe Odette Magnet antes de viajar a Buenos Aires.

“Se trata de insistir en el deber de abrazar la memoria, rescatarlos del olvido y sumergirse en el dolor, si es necesario”, añadió.

“Pese al tiempo transcurrido no descansaremos en nuestro esfuerzo de llegar a la verdad y a la justicia (…). Cuando esto se entienda como una obligación ética de un país entero, sólo entonces podremos aspirar a una sociedad reconciliada con su historia y su pasado”, concluyó.

A su vez, Laura Elgueta dijo que su presencia en el juicio “expresa la voluntad de honrar la memoria, el nombre, las convicciones y las vidas de nuestros desaparecidos”.

“Son tiempos dolorosos y difíciles, nadie está listo para declarar sobre la muerte de nuestros hermanos y hermanas, pero este tipo de gestos contribuyen a avanzar en la búsqueda de la justicia y la verdad”, agregó.

“Nadie nos garantiza el triunfo, pero esta ha sido nuestra lucha durante todos estos años y no descansaremos en nuestro esfuerzo”, acotó.

El Tribunal está integrado por los jueces Adrián Grunberg, Oscar Amirante y Pablo Laufer y los chilenos representados en el juicio son Edgardo Enríquez Espinoza, Luis Elgueta Díaz, Manuel Tamayo Martínez, Luis Muñoz Velásquez, Juan Hernández Zaspe, Alexei Jaccard Siegler, José de la Maza Asquet.

También Miguel Orellana Castro, Cristina Carreño Araya, Ángel Athanasiu Jara, Pablo Athanasiu Laschan, Frida Laschan Mellado, Carlos Rojas Campos, Carmen Delard Cabezas, Gloria Delard Cabezas, José Appel de la Cruz, Luis Zaragoza Olivares, Luis Espinoza González, Oscar Urra Ferrarese, Susana Ossola, Rafael Ferrada, Oscar Oyarzún Manso y Cecilia Magnet Ferrero.

Dieciocho son los militares y exagentes imputados: Eduardo Samuel de Lío, Eugenio Guañabens Perello, Bernardo José Menéndez, Jorge Olivera Rovere, Santiago Omar Riveros, Carlos Horacio Tragant, Antonio Vañek, Carlos Humberto Caggiano, Humberto José Román, Felipe Jorge Alespeiti, Manuel Juan Cordero, Federico Antonio Minicucci, Néstor Horacio Falcón, José Julio Mazzeo, Horacio de Verda, Rodolfo Emilio Feroglio, Luis Sadi Pepa, Reynaldo Benito Bignone, Enrique Braulio Olea, Juan Avelino Rodríguez y Mario Alberto Gómez.

La Operación o Plan Cóndor, según se ha logrado establecer, surgió de una reunión celebrada en Santiago entre el 25 y 28 de noviembre de 1975, convocada por el entonces coronel Manuel Contreras, jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la policía secreta de Augusto Pinochet.

En la secreta “Acta de Clausura” de la reunión, se establece “el contacto muy rápido o inmediato cuando se expulse del país un individuo (s), o viaje un sospechoso, para alertar a los Servicios de Inteligencia”.

También señala que “el presente organismo se denominará ‘CÓNDOR’, aprobado por unanimidad, conforme a la moción presentada por la Delegación de Uruguay en homenaje al país sede”.

Firmaron el “Acta”, por Argentina el capitán de navío Jorge Casas; por Bolivia el mayor del Ejército Carlos Mena; por Uruguay el coronel del Ejército José A. Pons; por Paraguay el coronel del Ejército Benito Guanes Serrano y por Chile el coronel Manuel Contreras.

Este último está actualmente en prisión, condenado a más de 300 años de cárcel en decenas de juicios por violaciones a los derechos humanos.

«NADIE HABRÁ VISTO ESAS IMÁGENES, PERO EXISTEN»1.A PROPÓSITO DE LAS MEMORIAS DEL EXILIO EN LA ARGENTINA ACTUAL

© Ediciones Universidad de Salamanca América Latina Hoy, 34, 2003, pp. 103-118
«NADIE HABRÁ VISTO ESAS IMÁGENES, PERO EXISTEN»1.
A PROPÓSITO DE LAS MEMORIAS DEL EXILIO
EN LA ARGENTINA ACTUAL


«No one has seen these images, but they exist».
The memory of exile in contemporary Argentina
Silvina JENSEN
Universidad Nacional del Sur, Argentina
sjensen@criba.edu.ar
BIBLID [1130-2887 (2003) 34, 101-116]
Fecha de recepción: marzo de 2003
Fecha de aceptación y versión final: mayo de 2003
RESUMEN: Este trabajo analiza los modos en que los argentinos recuerdan el exilio de la dictadura militar, enfatizando la peculiar inscripción pública del tema del exilio en la Argentina en los últimos años. A partir de la contextualización de la memoria del destierro en las luchas por el recuerdo del terrorismo de Estado pretendo mostrar cómo desde mediados de la década de1990 se está produciendo un lento reposicionamiento del exilio en la memoria de la represión.
A juicio de la autora, este nuevo interés social sobre el exilio –expresado en la publicación de literatura sobre el exilio, la configuración de escenarios culturales, judiciales y legislativos queconvocan a problematizar al destierro, etc.– no es tanto el resultado de la aparición de información inédita, indicios desconocidos o flamantes huellas, sino de la nueva mirada que sobre los tiempos del autoproclamado «Proceso de Reorganización Nacional» se está articulando tanto desde la
comunidad académica como de la sociedad en su conjunto.
Palabras clave: exilio, represión, memorias, militancia, dictadura.
ABSTRACT: This paper examines how Argentines remember the experience of exile from
the military dictatorship, with particular emphasis on the public discussion of the theme of exile
in Argentine in recent years. Through a contextualization of the memory of exile in the struggle
to keep alive the memory State terrorism, the article aims to show how since the mid-1990s we
are witnessing a repositioning of the experience of exile in the memory of the years of repression.
1. Jorge SEMPRÚN. La escritura o la vida. Barcelona: Tusquets, 1998.
ISSN: 1130-2887
According to the author, this new social interest on exile –expressed in the emergence of a number
of publications on exile, the development of cultural, legal and legislative spaces are giving rise
to a public airing of the theme of exile– is less the result of the emergence of unpublished material,
but more the result of a new vision which is emerging from the academic community and from
society in general on the self-proclaimed «Process of National Reorganization».
Key words: exile, repression, memories, militancy, dictatorship.
I. CONSIDERACIONES INICIALES
Anclados en la encrucijada entre lo individual y colectivo, los trabajos de la memoria
se inscriben en una trama de significados culturales compartidos, activados y reformulados por los actores sociales según las circunstancias.
Los recuerdos no sólo existen en la mente de los individuos, sino que están distribuidos
en soportes o superficies en los que la relación entre marca, textura y acontecimiento
libera efectos de sentido (Richard, 1998).
El lenguaje es la primera forma cultural de mediación de los recuerdos. Luego, las representaciones del pasado son vehiculizadas por artefactos culturales y discursos públicos.
De este modo, preguntarse sobre qué recuerdan los argentinos sobre el exilio
supone incursionar en las luchas entre actores que compiten por el derecho a nombrar al exilio.
Este trabajo, que forma parte de una investigación más amplia2, centra su atención
en la actual «cartografía del exilio»3, que pone de manifiesto los modos en que diferentes actores sociales están disputando por el derecho a nominar qué se entiende por exilio, quién puede ser considerado un exiliado y cuáles son los sentidos involucrados en esa categoría social.

2. Silvina JENSEN. Suspendidos de la Historia/Exiliados de la memoria. Historia de las representaciones
del exilio en Argentina (1976-2000). Investigación realizada en el marco del programa de formación
e investigación «Memoria colectiva y represión: perspectivas comparativas sobre los procesos de democratización en el Cono Sur de América Latina», Social Science Research Council, coordinado
por Elizabeth Jelin, 1999-2000. Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en las VIII Jornadas Interescuelas/Departamento de Historia, Salta (Argentina), septiembre de 2001.
3. Para estudiar las formas en las que los agentes sociales producen, conservan y transmite memorias bajo la presión de desafíos y alternativas cambiantes, utilizaré la metáfora «cartografía del exilio”.

Una cartografía recoge las marcas públicas (huellas o impresiones) dejadas por los actores involucrados en la producción de memoria. Asimismo, cada escenario susceptible de ser cartografiado y reconocido en su peculiaridad, condensa la yuxtaposición de innovación y permanencia, emergencia o agitación superficial y movimiento subterráneo y continuidades de larga duración.
Las sucesivas cartografías del exilio pueden ser individualizadas o por la densidad de marcas exílicas
(proliferación de acontecimientos que remiten al exilio en forma directa o colateral); o por la presencia de la cuestión exilio (persistencia temporal y centralidad en la agenda pública o cultural); o por el nivel de circulación pública (conformación de memorias más inclusivas [JELIN y KAUFMAN, 1999]
y no circunscritas a grupos de afectados); o por la conflictividad (momentos de crisis en los que es posible observar las memorias en disputa [POLLAK, 1989: 6].
Como espacio de disputas, el escenario público de memorias sobre el exilio está
ocupado por narrativas que no ofrecen una continuidad absoluta en el tiempo y que
representan diferentes compromisos de sentido elaborados tanto por aquellos que vivieron el exilio, como por aquellos que no tuvieron la experiencia directa (Jelin y Kaufman,1999).
Teniendo en cuenta que desde mediados de la década de los 90, un nuevo impulso
de revisión de las consecuencias del terrorismo de Estado permite pensar en un «recalentamiento memorialista» (Rousso, 1987: 220), intentaré responder a la pregunta cuál es el lugar del exilio en este nuevo relato sobre el pasado dictatorial que se está construyendo en Argentina, en estos últimos años.
Parto de la hipótesis que el reciente «reposicionamiento» del exilio en la memoria
de la represión no obedece tanto a la aparición de información inédita, indicios desconocidos o flamantes huellas, sino a esa nueva mirada sobre la dictadura militar que desde la sociedad se está articulando.
II. EL EXILIO EN LA MEMORIA DE LA REPRESIÓN
No es el propósito de este trabajo analizar en forma pormenorizada la dinámica de
la producción de memoria del exilio en Argentina. Sin embargo para entender los puentes que los argentinos del nuevo milenio estamos construyendo con el exilio, no pueden obviarse ni la evolución de las prácticas de recuerdo/olvido, ni el análisis de la
relación del exilio con las otras consecuencias de la violencia del Estado terrorista de
los años 70.
En este sentido, mi punto de partida es doble. Por una parte, entiendo que la actual
cartografia es la resultante de la negociación entre actores que disputan por hacer de su narrativa del exilio, la memoria dominante. Pero en tanto un relato pasa a hegemonizarel espacio público, otras narrativas ocupan roles marginales, residuales o emergentes(Williams, 1980). Asimismo, en el escenario actual coexisten relatos inéditos sobre el exilio y otros que, aunque asumen sentidos nuevos –a partir de la intervención de otros agentes y a la luz de otros conflictos y otros intereses–, son vestigios de representaciones pasadas (Perk y Thompson, 1998).
Por otra parte, intento leer el exilio como una huella de la represión dictatorial,
como violación de los derechos humanos (DD.HH.) y en el contexto de la violencia política que explica la partida e impide el retorno del desplazado a su patria. Pero, asumo que esto no es sí mismo un dato, sino que, por el contrario, se trata de una asunción problemática, que ilumina el núcleo mismo de la cuestión, qué recuerdan los argentinos sobre el exilio.
Sin embargo, a la hora de evaluar el grado de visibilidad pública que el exilio tiene
en la sociedad argentina actual valoraré el modo en que aparece (o no) en las narrativas colectivas sobre la violencia de los años 70, excluyendo aquellas lecturas en las que el exilio aparece anexado a otros relatos, como el de las migraciones, el de la «fuga de cerebros», etc.

III. EL RÍO DE LA MEMORIA DEL EXILIO
Desde mediados de los años 90, el recuerdo del terrorismo de Estado volvió a concitar
la atención de los argentinos. Esta eclosión devino después de un periodo en el
que, paralelamente al intento oficial de clausurar el pasado –vía leyes de Punto Final y
Obediencia Debida e Indultos–, la presencia pública del tema DD.HH. había perdido
centralidad en la agenda política y social.
A partir de los últimos años de la década del 80, las huellas de la represión dictatorial
fueron cada vez más débiles y dispersas, al tiempo que la memoria se encriptaba
en los grupos de «afectados», sobrevivientes y familiares de las víctimas. Una «memoria silente» (Páez et al., 1998: 171) pareció dominar el campo de las representaciones colectivas sobre las consecuencias del horror de los años 70. Sin embargo, esta «ausencia» pública no implicó la suspensión de los trabajos de la memoria, ya que como si se tratara de un río subterráneo, su corriente no había dejado de fluir.

Las polémicas declaraciones de Scilingo, la masividad de la conmemoración del XX
aniversario del golpe militar, la aparición pública de la nueva generación de los hijos4 de la represión, la multiplicación de las iniciativas sociales y estatales por «materializar» la memoria desde la recuperación de los «lugares de la memoria» del horror, la inauguración de diversas instancias judiciales en el mundo que pretenden hacer justicia plena, cuando la vía penal está vedada en el país por las leyes de impunidad, y la implementación desde el Estado de una política de reparación a las víctimas del terrorismo,son sólo algunos de los muchos signos y escenarios que señalan que la dictadura es un pasado que no pasa.
La memoria colectiva desde finales de la dictadura militar ha estado dominada por
dos grandes relatos que intentaron dar cuenta de lo ocurrido en el país entre 1976 y
1983. Por una parte, la versión construida por los militares a lo largo de los 7 años de gobierno y cuyo colofón es el Documento Final de la Junta Militar (abril de 1983) y la Ley de Pacificación o Autoamnistía (septiembre de 1983) y, por el otro, el Nunca Más.
Luego de la derrota de Malvinas, el poder pretoriano avanzó en la política de negación
y ocultamiento hasta construir una Verdad, que pretendía alejar tanto una posible
persecución penal como un juicio histórico desfavorable. En su versión de la historia
–enmarcada en la Doctrina de la Seguridad Nacional– las Fuerzas Armadas (FF.AA.) confirmaban que los argentinos habíamos vivido una guerra, donde los culpables eran los «subversivos»; reducían el plan sistemático de exterminio de la oposición, aexcesos,errores o conductas aisladas de militares réprobos y equiparaban las desapariciones a muertes en combate de guerrilleros que usaban nombres falsos, a ajusticiamientos entre los mismos combatientes de izquierda o a exilios dorados de «subversivos» en fuga.

4. Con la palabra hijos nos referimos tanto a la aparición de la generación de los hijos de los
represaliados directos, como a la organización de derechos humanos que aglutina a hijos de desaparecidos,muertos, presos políticos y exiliados.
La sigla HIJOS significa Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio. Esta agrupación hizo su aparición pública en 1996 en distintas ciudades de Argentina y también en países donde hay comunidades de argentinos, muchos de los cuales son antiguos exiliados.
En este relato, el exilio se asociaba preferentemente5 a la guerrilla cobarde que huyó del país, luego de ser derrotada por las FF.AA., a vivir del dorado refugio europeo:
Este informe hace fe del nacimiento, desarrollo y desenlace del fenómeno terrorista en
la República Argentina y de su posterior rebrote lejos de sus fronteras una vez derrotado en ésta, el suelo de la Libertad.
[…] El contenido de esa victoria coincide con el significado de la derrota de los violentos.
Sus jefes huyeron a refugios dorados y aquí dejaron –junto con su legado de sangre–
a sus seguidores (Presidencia de la Nación, 1979: 3).
El origen externo de la «subversión» se ponía de manifiesto con el retorno de
los derrotados a su «punto de partida». Desde fuera de la patria, el exiliado no sólo
confirmaba su condición de desertor-cobarde, sino de traidor, agitando una campaña
tendiente a aislar a la República, desprestigiar a su gobierno y a vituperar al pueblo
argentino:
…el ámbito internacional constituye actualmente el centro de gravedad de la actuación
de las bandas de delincuentes terroristas argentinos, quienes contando con importantes
recursos financieros propios y vinculaciones de diversos tipos que permiten la difusión
de lo planificado en sus campañas de acción psicológica contra nuestro país, tratan de
aislar a la REPÚBLICA ARGENTINA de los países tradicionalmente amigos, para provocar dificultades al gobierno con sus pares en el exterior, a fin de que fracasen los objetivos previstos en el Proceso de Reorganización Nacional (PRN) (Presidencia de la Nación,1979: 12).
Cuando el presidente Alfonsín decidió anular la autoamnistía militar, constituir una
comisión encargada de investigar las violaciones de los DD.HH.6, enjuiciar a las Juntas
Militares y ordenar la persecución penal de las cabezas de Montoneros y Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) en el exilio, dio un fuerte impulso a la organización
de una memoria que no sólo contestaba la lectura militar, sino que impulsaba un nuevo
modo de entender la violencia.
Por una parte, el Nunca Más fue crucial en la construcción social del conocimiento
sobre las consecuencias del autoritarismo. El informe atacaba los cimientos de la teoría
de los «excesos» y «errores» de los militares comprometidos en la «salvación de la
patria» en una «guerra antisubversiva» (Junta Militar, 1983: 11); y, al mismo tiempo,
explicaba que los «derechos humanos fueron violados en forma sistemática y estatal
por la represión de las Fuerzas Armadas». Pero, por otra parte, en el prólogo del informe, y sin divorciarse del espíritu de la Ley de Autoamnistía, se leía el proceso político

5. Para un estudio pormenorizado de las luchas por la memoria del exilio entre 1976 y 1983
Vid. Silvina JENSEN. Suspendidos de la Historia/Exiliados de la memoria. Historia de las representacionesdel exilio en Argentina (1976-2000).
6. Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas.
argentino de la década de los 70 como la lucha entre «dos demonios»: la violencia de
las organizaciones armadas y la de las FF.AA. que ocuparon la estructura del Estado en marzo de 1976 (CO.NA.DEP., 1985: 7 y ss.).
De esta forma, frente a la tesis de la «guerra contrarrevolucionaria» (Díaz Bessone,
1988: 343), el Nunca Más hablaba de «terrorismo de Estado». Pero, en un contexto
fuertemente atravesado por los resabios de una política de sentido autoritaria, la posibilidadde dotar de visibilidad a desaparecidos, torturados, presos políticos o exiliados,sólo fue posible en cuanto víctimas, esto es, como sujetos pasivos de la represión militar.
La borradura de las identidades políticas de las víctimas fue una precondición para su relegitimación social en una sociedad en la que «el por algo habrá sido» era moneda corriente.
Si las prácticas genocidas habían implicado un doble esfuerzo de aniquilamiento
físico y de exclusión simbólica (que incluyó el diseño de la forma en que los enemigos
debían ser pensados y recordados); los gobiernos democráticos, desde la Teoría de los Dos Demonios, ratificaron esa borradura.
Paralelamente, si los militares execraban a los «subversivos», ahora como si se tratara
de un espejo invertido, se demonizaba a los militares y se divorciaba a la dictadura
de la sociedad civil que la había generado, soportado o convalidado. Las FF.AA.eran el mal absoluto, como los «subversivos» fueron el «cáncer» de la «Argentina occidental y cristiana». Pero si los militares eran lo radicalmente abominable y habían mostrado con su accionar los signos de su sadismo, perversión o locura; las víctimas sólo podían ser inocentes. En esta lógica, ser víctima era equivalente a estar libre de culpa, más que a haber sido sujeto de la violación de sus derechos fundamentales (derecho a la vida,la libertad, la legítima defensa, etc.) (CO.NA.DEP., 1985: 9 y 10).

Esta borradura de la identidad de las víctimas fue la resultante de un contexto
político marcado por el clima de la transición democrática que, al tiempo que apostaba por la paz y la no violencia como piedras fundantes del nuevo orden, cargaba con la impronta autoritaria que hizo de la política una mala palabra y equiparó a opositorescon «guerrilleros» o «subversivos».
Este proceso tuvo varias consecuencias para la elaboración social del sentido de lo
ocurrido durante la dictadura. En primer lugar, la prensa privilegió el relato del horror
sobre aquellas víctimas no susceptibles de sospecha: bebés, niños, embarazadas o sacerdotes represaliados.

En segundo lugar, se fue instalando una lógica de jerarquización en el interior del campo de las víctimas, que se dividió en «víctimas de primera» y «víctimas
de segunda»: «desparecidos» y muertos, por un lado y presos políticos y exiliados,
por el otro7. Y, en tercer lugar, se continuó pensando el problema según la lógica

7. Una de las narrativas del exilio que luchaba por ocupar un lugar central en el debate público de la transición fue la que incluía al exilio en la nómina de las consecuencias de la represión dictatorial.
Sin embargo, la posibilidad de leer el exilio como algo más que una vivencia individual o como una incidencia en el destino de los intelectuales, estuvo condicionada por una lógica jerárquica que comparaba el grado de sufrimiento o daño que comportó el destierro con respecto a la cárcel, la muerte o la desaparición. Como ejemplo, en el proyecto del diputado Néstor Perl sobre nacionalidad de dictatorial inocente-culpable, ya sea para contestarla (invirtiéndola) o para confirmarla
desde la reproducción de la mirada evaluadora que hacía de toda víctima un potencial
culpable (Feierstein, 2000).
La despolitización de los represaliados y la imposibilidad de entender a las víctimas
como sujetos políticos, con ideas y proyectos, no sólo bloqueó la «descripción densa
» (Geertz, 1992: 19) de por qué los actores sociales de los 70 actuaron como lo hicieron y fueron capaces de legitimar la violencia como instrumento de orden o de cambio, sino que para el caso del exilio implicó una muy difícil relación (o casi divorcio) de la memoriade la represión.
Hablar del exilio en los primeros años del gobierno de Alfonsín implicaba no sólo
combatir la imagen totalizadora y estigmatizante construida por los militares que identificaron
exilio con «subversión en fuga» y agente de la «campaña antiargentina», sino
la política de sentido emanada del Decreto 157/83 que ordenaba la persecución penal de los líderes guerrilleros, en su mayoría en el exilio (Acuña et al., 1995).
Mientras desde los organismos de DD.HH. se insistía en la urgencia de despenalizar
el exilio, para asumirlo como un «sistema de eliminación de la oposición de bajo costo
»8, contemplado dentro de la Doctrina de la Seguridad Nacional; los referentes públicos del exilio pasaron a ser los intelectuales y artistas.
La prensa de los primeros años de la transición adoptó dos estrategias. Por una parte,la nómina de los militantes políticos en el exilio reproducía los nombres que la dictadura había convertido en prototipos de la «subversión cobarde y apátrida»: Mario
Firmenich, Enrique Gorriarán Merlo, Fernando Vaca Narvaja9, etc. En este sentido,
cuando se hablaba de exiliados aún se pensaba en aquellos que los militares calificaron como «fugitivos», «cobardes» e «hipócritas», que habían condenado a los militantes de base a la muerte, el suicidio o el aislamiento.
Por otra parte, en plena coyuntura del «desexilio» (Benedetti, 1984: 39) artistas,
intelectuales, científicos, escritores y directores de cine relataban en la prensa sus experiencias de destierro. Desde entonces, los nombres de Héctor Alterio, Nacha Guevara,
Norman Brisky, Fernado «Pino» Solanas, Osvaldo Soriano, David Viñas, Daniel Moyano
o Héctor Tizón han pasado a ser los «protagonistas» del exilio.
Sin embargo, un plexo de factores coadyuvaron a fortalecer el silencio sobre la violenciaque implicó la diáspora de los 70. Lo político del exilio y la marca represiva que lo configura como una instancia peculiar en el territorio de viajes y desplazamientos, no siempre fueron explicitados.

los hijos de los argentinos exiliados se afirmaba que el exilio implicó un «traumático desarraigo forzado», pero su «condición es lamentable, aunque no tremendísima» (Néstor PERL. Proyecto de modificación
de la Ley de Nacionalidad y Ciudadanía y eximición del pago de tarifas de importación para elementos de trabajos personal y confort de familias exiliadas. Cámara de Diputados de la Nación, 1986,
6/7 de marzo, p. 1.979.
8. Exilio: Nunca Más. Reencuentro, 1984, nº 2, diciembre. Buenos Aires.
9. Luis TORRES y Juan YOFRE. El regreso al país de 60.000 exiliados. Somos, 20 de abril de 1984,
año 8, n° 396, pp. 16-17. Buenos Aires; Un fantasma sombrío. Clarín, 7 de diciembre de 1983, p. 8.
Buenos Aires.
Pasada la coyuntura del retorno (1982-1987), la conexión entre exilio y represión
dictatorial pasó a constituir una memoria subterránea, habitada por recuerdos vergonzosos,prohibidos o indecibles (Pollak, 1989: 8).

¿A qué obedecía el paulatino divorcio entre exilio y violencia política?
El exilio como experiencia dolorosa remite no sólo al sufrimiento físico y psicológico
derivado de las situaciones de persecución, cárcel y tortura que suelen ser el
preámbulo de la diáspora, sino también a la angustia que conlleva el saberse superviviente.
En este sentido, el carácter amenazante del recuerdo de una situación de
perfiles contradictorios no es ajeno al silencio sobre el exilio. Como afirma uno de los
protagonistas del film Sentimientos. Mirta de Liniers a Estambul (1987), «los pocos días que llevo de exilio me han demostrado que las culpas aumentan con la distancia».
Si el alejamiento forzado fue vivido como un «gesto de desamor y egoísmo» por
muchos exiliados (Tizón, 1998: 435), la culpa del superviviente no era equiparable a la
identidad culpable que los militares atribuyeron a los «fugados» o «expulsados» de
la comunidad nacional10. Sin embargo, sea por rechazo a la mirada estigmatizadora
de la dictadura11, sea por eludir una posible persecución penal en democracia por
la actividad política de denuncia realizada en el exterior durante los años de exilio12,
sea por la culpa de saberse un privilegiado entre sus compañeros muertos o desaparecidos,sea por sentir que su vida anterior y durante el exilio no era comparable a la de personalidades trascendentes de la lucha antidictatorial (Hipólito Solari Yrigoyen) o a la de los próceres desterrados del siglo XIX (San Martín) (Ulanovsky, 1983: 35); los exiliados coadyuvaron a diluir la marca de violencia que explicaba su salida del país.
Las verdades a medias, los silencios tranquilizadores, los deslizamientos semánticos
y el cruce de acusaciones generaron un doble fenómeno. Por una parte, subsumieron
el exilio político en el universo de los exilios metafóricos, los viajes intelectuales, la fuga
de talentos o en la corriente más amplia de las emigraciones; y, por el otro, provocaron
la privatización del sufrimiento del exiliado y lo disociaron de la historia colectiva de
represión que lo explicaba.

10. El exilio de los años 70 fue un movimiento desordenado y progresivo, no convocado por ninguna fuerza política e integrado por miles de situaciones individuales. Convivieron en el exilio argentino,fugas, expulsiones, partidas condicionadas, retornos imposibles, «deportados-desterrados» (BROCATO,
1986: 76) y «exiliados del miedo» (ULANOVSKY, 1983: 34).
Pero, si desde una perspectiva analítica es difícil definir un perfil único de exiliado, la dictadura militar reconoció por una parte la existencia de «subversivos que huyeron del país después de la derrota» y, por la otra, de expulsados, como el caso de Timerman o Hipólito Solari Yrigoyen (beneficiados por el «derecho de opción» a salir del país contemplado en el artículo 23 de la Constitución Nacional).
Los «agentes de la campaña antiargentina» en ningún caso fueron nominados como exiliados. En este sentido, el gobierno militar desestimaba las denuncias que afirmaban que el periodista Robert Cox (director del Buenos Aires Herald) se había visto «obligado a abandonar el país» por las amenazas recibidas
(JUNTA MILITAR, 1980: 88).
11. «Estuve a veces tentado de sentirme un exiliado, en el sentido de alguien condenado al ostracismo,
pero me parecía que esto no era legítimo, porque era como asumir que el poder me había aplicado una pena y yo la había aceptado, con lo cual aceptaba también haber cometido algo incorrecto»
(Testimonio de Blas Matamoro, en PARCERO et al., 1985: 100).
12. Causas abiertas. Reencuentro, 1985, n° 4, marzo, p. 7. Buenos Aires.
Como leer el exilio en clave política podía implicar una identificación del desterrado
con el proyecto de la violencia de izquierda, desde el gobierno y desde la sociedad
civil se avanzó en una pendiente de paulatino divorcio del exilio de la trama política
que lo explicaba, lo que a la larga condujo a la subrepresentación del exilio en la memoria de la represión.
IV. ESCENARIOS Y VECTORES DE LAS MEMORIAS DEL EXILIO EN EL 2000
La trama de las memorias del exilio desde mediados de la década de los 90 ha
comenzado no sólo a multiplicar sus marcas, sino especialmente a recuperar una narrativa marginal en las cartografías anteriores. Lentamente, se van descubriendo los caminos
para rediseñar la política de interpretación dominante desde finales de la dictadura
que, luego de abandonar la demonización explícita, ha tendido progresivamente a encubrir,eludir, silenciar o borrar la violencia fundante de todo exilio político.
¿En qué consiste este reposicionamiento del exilio en la memoria de la represión?
¿En qué medida la multiplicación de las marcas del exilio remite a las posibilidades que ofrece la nueva narrativa de la represión que se está organizando en la sociedad argentina?
¿Cuáles son los puentes entre exilio y dictadura que desde el Estado y la sociedad
civil se están explorando? ¿Ha sido necesario descubrir nuevas historias o nuevos
protagonistas de la diáspora para impulsar al centro de la escena pública sentidos marginaleo marginalizados en el pasado? ¿En qué medida la configuración de escenarios legales, judiciales o culturales están favoreciendo la reactivación de las huellas del exilio en su multivocidad política?

En resumen, podría afirmarse que desde mediados de los años 90 se han organizado
escenarios públicos que tienden a resignificar el exilio como un síntoma más de
la sociedad argentina herida por el autoritarismo de las Juntas Militares. Por una parte,
el exiliado es presentado como un ciudadano al que se le ha vulnerado el derecho
a habitar el suelo propio, so pena de ver amenazadas su integridad física y su libertad.
Y, por la otra, comienzan a recuperarse otras marcas políticas del exilio: la identidad
política previa al extrañamiento y su compromiso político en la denuncia internacional
de la dictadura en los países de destierro.
Como víctimas, testigos o actores políticos, los exiliados son actualmente protagonistas
de tres «planos de la experiencia colectiva» (Todorov, 1998: 82): 1. el de la consciencia histórica o del saber (apertura de archivos como el de la represión cultural,
programas de investigación, como el del Archivo del Banco Nacional de Desarrollo
(BA.NA.DE.), edición de memorias de exiliados políticos, etc.); 2. el de la legalidad (proyectos de ley de reparación al exilio y a artistas perseguidos) y 3. el de la justicia: escenarios judiciales internacionales (juicios en distintos países del mundo por connacionalesvíctimas de la dictadura militar argentina y juicios por delitos de lesa humanidad, en especial los llamados «Juicios de Madrid») y locales («Juicios por la Verdad»).
Desde mediados de los años 90, pero de forma más significativa hacia los últimos
años de la década y en el contexto del nuevo impulso editorial sobre el tema dictadura,

comienzan a editarse o reeditarse obras que hablan del exilio en clave política, matizando aquella modalidad de lectura que lo reducía a una clave individual y cultural.
Por una parte, junto a la recuperación de la militancia política de los desaparecidos,
se multiplican las memorias o relatos de «exiliados militantes» y de «militantes exiliados» (Graham-Yoll, 1999: 39). Valgan como ejemplos Rebeldía y Esperanza de Osvaldo Bayer (1993); Mujeres Guerrilleras de Marta Diana (1996); los dos últimos tomos de LaVoluntad de Eduardo Anguita y Martín Caparrós (1998); El presidente que no fue de Miguel Bonasso (1998); Memoria del miedo (retrato de un exilio) de Andrew Graham Yooll (1999); De los bolcheviques a la gesta montonera de Gregorio Levenson (2000) y Diario de un clandestino de Miguel Bonasso (2000), entre muchos otros.
En este reposicionamiento del exilio en el espacio público no importan tanto la proliferación de marcas, como el lugar desde el cual los testimonios del exilio son enunciados.
Para 1996, nadie desconocía que Envar El Kadri, Graciela Daleo, Nicolás
Casullo, Horacio González o Daniel de Santis fueron exiliados, pero que sus historias
aparecieran en un relato de militancia (La Voluntad) o que fueran convocados para hablar en un nuevo aniversario del 24 de marzo, marcaba una diferencia respecto a la descontextulización que había imperado desde fines de los años 80. 13.
Por otra parte, en este intento por conectar el daño individual con el drama colectivo,el exilio asume una nueva dimensión política en el marco del «redescubrimiento»del plan de control cultural puesto en práctica por la dictadura militar.
Aunque la diáspora argentina estuvo conformada mayoritariamente por sectores
medios, universitarios, y en los que artistas e intelectuales tuvieron un peso significativo,
el drenaje de población argentina de mediados de los años 70 no es asimilable a la
perpetua condición de errancia, inconformismo y resistencia de los hombres de la cultura.
Los destierros no fueron «metafóricos» ni tampoco «literarios» (Said, 1996: 63).
Sin embargo, dentro de la lógica desnaturalizadora que se había instalado en el espacio público argentino, la referencia a los artistas o intelectuales exiliados era asumida como «exilios dorados» o como simples marcas de las trayectorias individuales.
Cuando Clarín publicó para el XX aniversario del 24 de marzo, un suplemento dedicado
al Operativo Claridad, recuperaba una dimensión del plan represivo y de «refundación
cultural» del Proceso de Reorganización Nacional, denunciado ya en plena
dictadura por los exiliados (AIDA, 1981).
El dossier del matutino porteño ponía de manifiesto hasta qué punto el aniquilamiento
físico tenía una contrapartida en la prohibición, seguimiento y control en el
ámbito cultural. Para el gobierno militar, la transformación del sistema educativo y cultural era la piedra fundante de la «Nueva Argentina», amenazada no sólo por las organizaciones armadas, sino por los hombres y mujeres de la cultura, verdaderos «propiciantesde la subversión y el terrorismo» (Moreau et al., 2000).

13. Como ejemplo vale observar la presencia de las voces de ex exiliados en el diario Página 12,
en los números dedicados al XX y XXV aniversarios del golpe militar del 24 de marzo de 1976.
Entre los nombres convocados figuran Juan Manuel Abal Medina, Miguel Bonasso, CarlosUlanovsky, Vilma Ripoy, Rodolfo Terragno, José Nun, etc. En estos relatos, el exilio aparece como un colofón de las otras prácticas represivas (persecución, secuestro, tortura, desaparición, etc.) planificadaspor los militares.
Este informe publicado en 1996 y las más recientes informaciones sobre los archivos
del BA.NA.DE. (Ginzberg, 2001) explicitan aún más los modos que asumió la sistemática eliminación de la oposición durante los «años de plomo».
Tras el golpe, en el seno del Ministerio de Cultura y Educación se creó un organismo
de inteligencia, encubierto bajo el nombre de Recursos Humanos, encargado de evaluar los antecedentes ideológicos de cantantes, cineastas, escritores y actores, muchos de los cuales integran en la actualidad las listas de desaparecidos, torturados, censurados o exiliados por el poder militar.
La apertura de archivos y los programas de investigación sobre la represión cultural
confirman, por una parte, a la persecución de las ideas como capítulo de la maquinaria
represiva dictatorial y, por la otra, al exilio como una de las prácticas contempladas
en el sistema de eliminación de la «otredad».
En la «guerra por el predominio en la cultura» (Cardoso, 1996), muchos exiliados
comparten la calificación de «personas con antecedentes ideológicos desfavorables» con desaparecidos, muertos y presos políticos. Los nombres de Alberto Adellach, EduardoPavlosky, Pedro Orgambide, David Viñas o Mercedes Sosa, acompañan a los de Rodolfo Walsh o Paco Urondo. De las 231 figuras del ámbito cultural que aparecen en los papeles de la oficina de Recursos Humanos, 41 están desaparecidas y el resto conforman el universo de los exilios («de adentro» o «de afuera») (García y Torres Lépori, 1996).
La importancia de estos «hallazgos» para la política de memoria del exilio puede
valorarse en la presentación de varios proyectos tendientes a reparar el daño producido por la persecución de personas y obras, que violó no sólo el derecho a la libre expresión,a la cultura y al trabajo, sino también el derecho a «permanecer, transitar y salir libremente del país»14.
A finales de mayo del año pasado se presentó en la Cámara de Senadores un proyecto
de ley de reparación económica a artistas perseguidos por la dictadura militar que,
inscrito en la política de indemnización a presos políticos (1991) y familiares de desaparecidos (1994), reconoce las «penurias sufridas por los actores del mundo cultural entre 1976 y 1983».
Desaparición, tortura, cárcel, listas negras, censura y exilio forman parte de la misma
lógica represiva. En este contexto, el exiliado se percibe como una víctima más de
la depuración ideológica. Pero, al mismo tiempo, el proyecto del senador Moreau recupera otra de las dimensiones políticas del exilio, porque asume que los intelectuales y
artistas (en el interior o en el exilio) fueron responsables del sostenimiento del espacio
democrático y de la denuncia internacional del régimen militar.

14. Hace unos meses, desde la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires se ha hecho
un llamamiento a las víctimas de la represión cultural a presentar su testimonio para la CO.NA.DEP. de la Cultura y elevar la investigación a la Justicia con vistas a una eventual reparación estatal. Página 12,
14 de abril de 2001. Buenos Aires.

De esta forma, el exiliado-víctima y actor político reconquista un lugar en la memoria
de la represión dictatorial. Elucidada la lógica de la maquinaria terrorista militar, el
exilio no se concibe como anécdota individual u opción personal. Partiendo del diálogo
horizontal con las otras víctimas, esta nueva narrativa del exilio no busca las razones
que explican el destierro en los sujetos afectados, sino en el Estado terrorista que los constituyó en enemigos.
Otros dos escenarios que están permitiendo reinstalar la disputa acerca de los sentidos
del exilio en la memoria de la represión son, por una parte, el proyecto de Ley
de Reparación Económica al Exilio (López Arias et al.,) y, por el otro, los «Juicios de
Madrid».
En ambos escenarios se rescata –aunque con desigual intensidad– la triple marca
política del exilio: 1. las coordenadas de origen del desplazamiento, es decir, la relación entre compromiso político-militante previo al destierro y alejamiento forzado del
país; 2. la identidad política que la dictadura les atribuyó, al demonizar a los exiliados,
transformándolos en «subversivos en fuga, agentes de la campaña antiargentina»; 3. la
lucha antidictatorial desplegada por los exiliados en las tierras de acogida.
El Proyecto de Reparación a exiliados enfatiza que: 1. los exiliados «forman
parte del pueblo argentino»; 2. el exilio comportó dolor y sufrimiento: «desarraigo,
pérdida de identidad, la interrupción violenta de todas las actividades de la vida cotidiana»; 3. el exilio fue una práctica prevista por la Doctrina de la Seguridad Nacional, de manera que «no hay margen de dudas con relación a su encuadre violatorio de los DD.HH.»; y 4. el exilio realizó una labor política de denuncia internacional de la acción del terrorismo de Estado en Argentina.
Si el Proyecto de Reparación al Exilio pone en juego una narrativa que conecta al
exilio con las otras víctimas de la represión dictatorial, los debates públicos suscitados
en torno a qué se entiende por exilio y quién tiene derecho a ser denominado exiliado
ponen de relieve que en los «modos de tratar y de reconstruir la memoria de la represión», el exilio no ha tenido un lugar claro (Comisión de Exiliados Argentinos, 2000).
Dos cuestiones deben tenerse en cuenta. Una que se encuentra en la génesis del
proyecto y es que la presentación legislativa reconoce un antecedente en el fallo a favor
de Mario Bufano, ex preso político, que escapó del centro de detención clandestino al
que había sido confinado, permaneció 5 meses oculto en el país y luego se exilió en
Uruguay, Brasil y finalmente México (Página 12, 24/3/1998). Bufano logró que la Corte
Suprema computara el tiempo de exilio como días de cárcel y así quedar incluido en
la ley que indemnizaba a los presos políticos. La segunda es que, ante el caso Bufano,
miles de exiliados comenzaron a reclamar por un doble reconocimiento pecuniario y
simbólico, lo que motivó la presentación parlamentaria del diputado López Arias. Sin
embargo, a diferencia de las leyes reparatorias anteriores, el Proyecto de Reparación a
Exiliados carece de una definición explícita de la condición de exiliado y, aunque, puntualiza la situación de refugiados y asilados, deja como territorio de conflicto la importante «zona gris» del exilio argentino, constituido por aquellos que carecieron del estatus legal de tales.

De este modo, el reingreso del exilio en la agenda pública se produce desde los
huecos dejados por figuras más centrales de la memoria de la represión dictatorial (presos políticos). Carente de una legitimidad propia en el universo de las víctimas, este
proyecto recupera para los ex exiliados la condición de ciudadanos a los que se les ha
conculcado su derecho a habitar el suelo propio. Pero, si por una parte, el exilio en el
proyecto legislativo deja de ser una categoría existencial y pasa a concebirse como una
injuria colectiva perpetrada por el Estado terrorista, por el otro, la ambigüedad de su
articulado –que refiere a una realidad histórica compleja y de perfiles difusos en la consciencia colectiva–, ha abierto un debate en el que a veces las voces «progresistas» y las de los «reaccionarios» se superponen para descalificar la iniciativa parlamentaria y en esa descalificación vuelven a cuestionar al exilio comoconsecuencia de las violaciones a los DD.HH.
Excluidas las voces que reeditan la demonización del exilio como «agente de la
antipatria» (Torlaschi, 1999), resulta interesante puntualizar cómo el debate en torno
al Proyecto de Reparación a Exiliados recobra no sólo la inevitable dualidad del destierro
como padecimiento y de la salida/huida/abandono del país como acto voluntario;sino que, al exigir «credenciales de auténtico exilio», pone en entredicho el quantum de desdicha que el exilio comportó en comparación a la cárcel, la muerte o la desaparición.
A los escalafones de sufrimiento se suman las viejas rivalidades relativas a la paternidad y eficacia de la lucha antidictatorial. De este modo, los debates por la reparación económica del exilio ponen de manifiesto que el reconocimiento de la violencia que implicó el extrañamiento del país no resulta fácil. Aunque el desentrañamiento de la lógica represiva permita entender al exiliado como una víctima más, los trabajos de relegitimación social del exilio no han llegado a su fin. Quizás el descubrimiento de la verdadera trama de los «Juicios de Madrid», del rol de los exiliados como testigos y querellantes en los procesos, de la recuperación para las causas internacionales de los 25 años de memoria y de denuncia de las organizaciones de DD.HH. en Argentina –pero también en el exilio–, sean por la lógica del castigo a los represores, la mejor vía para reconstruir los puentes solidarios entre las víctimas del pasado, muchas de las cuales aún viven en el exterior, pero afirman sentirse «parte de la sociedad argentina».
V. A MANERA DE EPÍLOGO
La demanda contra militares argentinos en España fue presentada en marzo de 1996,
pero no fue sino hasta la detención de Pinochet en Londres (octubre de 1998), cuando
el tema comenzó a tener peso y dejó de ser una nota en la sección Internacionales
en los diarios argentinos, para incorporarse a los apartados DD.HH., Terrorismo de Estado o simplemente Juicios a militares argentinos en Madrid.
En forma sintomática, aunque la geografía de las causas judiciales que se cursan en
países europeos (España, Francia, Italia, Suecia, Alemania, etc.) reproduce el mapa de
los lugares que acogieron a las colonias más numerosas de exiliados, la construcción
periodística de los «Juicios» no ha iluminado especialmente esta relación. Por varios
años, los medios de comunicación argentinos han circunscripto el juicio a las figuras
de Garzón y, en menor medida, del fiscal Carlos Castresana, han apuntado a la «globalización de la Justicia» y escasamente han mencionado a «los argentinos que residen en aquellos países».
Sin embargo, aunque la literatura sobre los «Juicios» y la prensa argentina han tardado
en reconocer al exilio como uno de los actores de las causas contra represores
que lleva adelante el juez español Baltazar Garzón, en los dos últimos años esta situación ha comenzado a modificarse.
El camino del silencio a la alusión y de ésta, a la mención explícita del rol de las
asociaciones de DD.HH. de Argentina o de argentinos que aún viven fuera del país –como consecuencia del exilio– está aún transitándose. Quizás, la referencia más concreta a la«carnadura» de los procesos judiciales internacionales, sea Sano Juicio de Eduardo Anguita, quien rescata de las penumbras –y sin desconocer la osadía en la interpretación de las leyes o el compromiso solidario de Garzón, Castresana, o el juez mexicano que autorizó la extradición del marino Miguel Ángel Cavallo a España, etc.–, el rol de aquellos exiliados devenidos hoy emigrantes.
En la memoria colectiva de la represión, el exilio ha ocupado un lugar ambiguo y
de contornos difusos y su rescate suele valorarse como un intento de reivindicar una
experiencia represiva y una experiencia militante.
Si bien, el destierro en sí mismo no dice nada de las cualidades morales o políticas
de quienes lo vivieron, sin embargo, constituye un capítulo de la historia de la represión.
Como afirmaban los integrantes de la Plataforma Argentina de Barcelona, «fuimos
golpeados, secuestrados, violados» y «pudimos escapar». Luego, la coyuntura actual de los «Juicios» es la continuidad histórica de aquella lucha contra la impunidad, que hoy se expresa en nuevas campañas de firmas, aporte de dinero para llevar a España a familiares de las víctimas o supervivientes, en la colaboración de los antiguos exiliados como testigos o víctimas en las «causas por robos de bebés» y también en los «Juicios por la Verdad» que se desarrollan en Argentina.
En 1998, el escritor español Manuel Vázquez Montalbán afirmaba que «hubo desaparecidos españoles», pero que la clave de los «Juicios de Madrid» se encuentra en que «ha habido una emigración de argentinos exiliados en España» (Página 12, 29/10/1998).
Mientras para buena parte de la sociedad argentina, el exiliado ha sido un actor
secundario y ha tejido en torno a él una memoria discreta en el contexto del recuerdo
de la represión dictatorial, los militares han mostrado un sistemático reconocimiento
del papel del exilio. A tal punto han sido (y son) conscientes del actor silencioso (silenciado) que, ante la detención de Cavallo en México, rápidamente denunciaron un
nuevo «complot internacional contra Argentina» y una «maniobra de la ultraizquierda»,
a la manera de la «campaña antiargentina» de los «subversivos en fuga» de los años 70.
Pero, en esto no sólo valoraron una supuesta superposición de sentidos, sino que, de
hecho, el ex marino Cavallo fue uno de los encargados de la coordinación de la actividad represiva en el Centro Piloto de París, «centro encargado de infiltrar y neutralizar al exilio» en su tarea política de denuncia (Página 12, 4/1/2001). Hoy, Garzón lo acusa, entre otras causas, por dichas acciones. La Justicia recompone la trama de la represión dictatorial y la distancia física de los ex exiliados se acorta.

Finalmente, quiero mencionar otro hecho. Carlos Slepoy, militante del Partido
Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo, detenido a disposicióndel poder ejecutivo, torturado, beneficiado por la opción, consumó su destierro en noviembre de 1977. Su militancia en el exilio, lo llevó a ser parte fundamental de la Asociación Argentina pro Derechos Humanos de Madrid, organismo clave de la acusación particular ante el Juzgado n° 5 de la Audiencia Nacional. Hoy, brinda su testimonio como víctima y testigo en los «Juicios por la Verdad» de La Plata (asamblea@yahoogroups.com, 22/5/2001). El desexilio simbólico de los exiliados se fortalece.
En resumen, la cartografía actual revela un escenario de fuertes conflictos sobre el
sentido del exilio en los que si, por una parte, se reeditan narrativas que lo dejan atrapado en la culpa, la vergüenza y hasta el estigma, por la otra, se organizan escenarios que transitan los puentes entre la experiencia individual de los destierros y la historia colectiva de la represión y en los que el exiliado disputa tanto un lugar entre las víctimas del terrorismo de Estado, como un rol de actor con identidad política anterior y posterior al extrañamiento.
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Aparecen “listas negras” de la dictadura argentina.Documentos claves.

Gobierno de Argentina da a conocer “listas negras” de la dictadura; Julio Cortázar en la lista

November 5, 2013.
 
 
 
 
 

vía eloriente.net/Visión Siete

http://www.eloriente.net/home/2013/11/05/gobierno-de-argentina-da-a-conocer-listas-negras-de-la-dictadura-julio-cortazar-en-la-lista/

4 de noviembre de 2013

Este es el momento en que la televisión argentina se enlaza al anuncio del Ministro de Defensa, Agustín Rossi, de lo que el propio gobierno denomina “histórico hallazgo” de documentos de la última dictadura de ese país.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=bJLpPzpLrrk

El ministro de Defensa, Agustín Rossi, reveló que el jueves último el jefe de la Fuerza Aérea, brigadier Mario Callejo, le comunicó que en tareas de limpieza del subsuelo del Edificio Cóndor se hallaron 1.500 documentos, entre los cuales también figuran las listas negras y el caso Papel Prensa.

En los documentos encontrados figura un plan de acción de gobierno de las Juntas Militares que abarcaba hasta el año 2000,  y actas que dejan clara constancia de la relación entre la venta de Papel Prensa y la  desaparición de su propietario,  David Graiver.

Se hallaron documentos donde los altos mandos de las fuerzas de entonces debatían sobre el tratamiento que debía darse al tema “desaparecidos” tanto a nivel de opinión pública, como de los familiares que buscaban a los desparecidos y ante los organismos internacionales.

También se encontró la lista negra de artistas, intelectuales y comunicadores que se había elaborado en la dictadura y los debates sobre el proyecto de decreto de Ley de Radiodifusión.

Asimismo se halló  el libro de Mesa de Entradas donde figuran los movimientos de visitas, entre los que se incluye la constancia de la consulta que hizo  Hebe de Bonafini sobre la desaparición de sus hijos.

El ministro de Defensa, Agustín Rossi, anunció en las sede de su cartera en conferencia de prensa que en el subsuelo del edificio Cóndor, sede del comando en jefe de la Fuerza Aérea, durante una tarea de limpieza se halló “documentación que podría ser sensible del período del última dictadura” que fue analizada durante todo el fin de semana por juristas y expertos en derechos humanos.

Precisó que se encontraron 1.500 unidades en biblioratos “con muchísima documentación” que estaban guardadas en dos cajas fuertes, un armario y una estantería en ese subsuelo de tres metros de ancho por dos de alto.

“Llegamos a esta documentación por la información que nos dio el jefe de la Fuerza Aérea” actual., destacó Rossi sobre el hallazgo de los documentos que permanecieron ocultos tras 30 años de democracia.

“Encontramos 6 carpetas originales de las actas de las Juntas Militares, todas las actas secretas desde el 24 de marzo del 76 hasta el 10 de diciembre del 83 con cronologia de cada uno y los originales firmados por los secretarios generales de cada fuerza”, reveló Rossi. “Cada carpeta incluye una planilla con los temas que se trataban y se analizaban y las posiciones de cada fuerza, un total de 280 actas originales”, agregó

Las actas “están ordenadas y tienen índice temático”.También se hallaron documentos de la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL) de la dictadura..

Hay gráficos sobre “una hipótesis de plan de gobierno” de la dictadura con “un escenario que llegaba al año 2000″. Otro documento encontrado es una comisión de la Asociación de Bancos Argentinos (ADEBA) de aportes al esquema del proyecto militar, destacó.

Se halaron “13 actas originales de la junta sobre caso Papel Prensa con un  seruimiento exaustivo: 12 están fechadas entre el 15 de setiembre del  76 y 1 de diciembre  del 77 “lo que demuestra que el tema era de discusión permanente en las Juntas”, precisó Rossi.

Ley de radio difusión: la ley que la corte delcaro constitucional remplazas la de la dictadura decreto ley sancionado el 16 de setiembre de 1980 . el tema también encontró oposiciones en los debates en las reuniones de la junta militar.

Se encontró “el acta institucional del 24 de junio del 76 donde dice que la Junta de gobierno se adjudica facultad de considerar la conducta de las personas que hayan ocasionado perjuicios  a los intereses de la nación, y que se sancionarán con la  pérdida derechos políticos y gremiales, hasta la expulsión del  país “y la internación en el lugar que determine el Poder Ejecutivo Nacional”.
Detalles del hallazgo

-Las carpetas originales de las actas secretas encontradas están fechadas entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983 y son las originales firmadas por los secretarios generales de cada una de las Fuerzas Armadas de ese período.

-Cada carpeta incluye una planilla de temas que se trataban, las posiciones que tenía cada una de las Fuerzas, clasificadas en 280 actas originales agrupadas en carpetas, con un índice temático de las actas.

-Rossi sostuvo que “es la primera vez que se tiene acceso a una documentación integrada de este período en su versión original, con toda la ventaja que significa que esté ordenada con una clasificación previa, producto del órden cronológico”.

-Se encontraron también documentos de la CAL (Comisión de Asesoramiento Legislativo) y documentos que daban sustento doctrinario al proceso; entre ellos, una hipótesis de plan de gobierno que consta de dos partes: la etapa fundacional hasta cerca de los años ’90, y la denominada “nueva república” hasta cerca del año 2000.

-Asimismo se encontró una comunicación de la Asociación de Bancos Argentinos en los cuales se registran aportes económicos a la Junta; “esto es evidencia de que no fue sólo un golpe militar sino un golpe cívico-militar”, aseguró Rossi.

-Se descubrieron libros de mesa de entrada, donde cualquier comunicación enviada hacia la Junta y emitida por la misma quedaba asentada, entre los que se encontró, por ejemplo, el pedido de aparición de los hijos de Hebe de Bonafini.

-Una carpeta que analiza las listas negras de intelectuales, comunicadores y artistas, con distintos niveles de prohibición en cuanto a su desenvolvimiento. Estas listas estaban calificadas de F1 a F4 según el grado teórico de peligrosidad, y contenian, al 31 de enero de 1980, 331 personas. Para el 20 de octubre de 1982 la lista había descendido a 153, producto de la desaparición o exilio de muchos de ellos.

-En las listas negras figuraban, entre otros: Norma Aleandro; Emilio Alfar; Héctor Alterio; Osvaldo Bayer; Norman Briski; Julio Cortázar; Rogelio García Lupo; Horacio Guaraní; Víctor Heredia; Federico Luppi; Osvalro Pugliese; Rodolfo Puiggrós; Marilina Ross; Mercedes Sosa; y María Elena Walsh.

Tratamiento mediático del tema desaparecidos

-Entre la documentación se encotraron actas referentes al tratamiento mediático que debían tener los altos rangos consultados sobre el tema; entre otros se recomendaba el uso de eufemismos tales como “averiguación de paradero”.

-Se tratan cuestiones como la respuesta a los requerimientos de organismos internacionales (como la visita de la Comisión de Derechos Humanos en el 79) y el pedido de familiares de desaparecidos.

– Se encontró el acta institucional del 24 de junio del ’76 donde la Junta se adjudica “la facultad de considerar la conducta de las personas que hayan ocasionado perjuicios a los intereses de la nación” y que se sancionarán con a pérdida de derechos políticos y gremiales, hasta la expulsión del país y la “internación en el lugar que determine el Poder Ejecutivo Nacional”.

-El acta N° 130 del 11 de marzo del ’80 decide reemplazar el uso de “persona desaparecida” por “pedido de paradero” de esa persona.

Ley de Radiodifusión y Papel Prensa

– Rossi destacó que “en las actas se puede rastrear el tema dentro de lo que eran los debates de la junta y el tratamiento que se le dio a distintas empresas durante el proceso y la dictadura; entre ellos memorias y balances de Aerolíneas, y la nacionalización del grupo Aluar, entre otras”.

– En cuanto al caso Papel Prensa y la detención de la familia Graiver, Rossi detalló que se encontraron 13 actas originales donde se realiza un seguimiento del tema entre el 15 de septiembre del ’76 y el 1 de diciembre del ’77 “lo que demuestra que el tema era de discusión permanente en la Junta”, agregó Rossi.

-”En el acta N° 19 del ’77 queda claramente demostrado que para la Junta Militar el tratamiento de los arrestos del caso Graiver se analizaba junto con el tema de Papel Prensa”, subrayó.

– El acta 14 es la única cuya copia está presente en la justicia, donde queda “perfectamente establecido que la Junta autoriza la transferencia del 51% de las acciones a las empresas que tiene el diario Clarín, la Nación y La Razón”.

-El anexo N°1 establece que el 49% restante se divida entre los diarios del interior, pero el anexo N°2 suprime esa obligación.

– Rossi destacó en este sentido que “la cantidad de actas del caso Papel Prensa demuestran que la detención de la familia Graiver estaba directamente relacionada con la venta de la empresa”.

Finalmente, Rossi concluyó en tres puntos respecto del hallazgo histórico-jurídico: “en primer lugar, llegamos a esta información por la decisión de un Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, sin la cual nunca hubiésemos llegado a tener esta información”, explicó y agregó que esto “contribuye a la construcción de una nueva etapa en la que las Fuerzas Armadas están integradas a la sociedad civil”.

En segundo lugar, el titular de Defensa afirmó que ” no hay dudas de que la información tiene un valor histórico relevante, y será decisión de la justicia si esta documentación tiene, a su vez, valor jurídico para las distintas causas que se están llevando a los estrados judiciales”.

En último lugar el funcionario expresó una “palabra de aliento y esperanza”, porque “todos mantenemos la expectativa de que pueda seguir existiendo documentación y este es un elemento que surge, después de treinta años en su estado original”.

En ese sentido Rossi informó que firmó dos resoluciones tendientes a darle a la Dirección de Derechos Humanos un plazo de seis meses para que clasifique la información y a indicarle a los Jefes de las Fuerzas que se intensifiquen las requisas en lugares no habituales a fin de encontrar cualquier documentación que pueda ayudar en el sentido de seguir descubriendo la verdad.

PODERES POPULARES EN AMÉRICA LATINA: PISTAS ESTRATÉGICAS Y EXPERIENCIAS RECIENTES

Português: Os presidentes do Paraguai, Fernand...
Português: Os presidentes do Paraguai, Fernando Lugo, da Bolívia, Evo Morales, do Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, do Equador, Rafael Correa, e da Venezuela, Hugo Chavez, participam com integrantes do Fórum Social Mundial do painel América Latina e o Desafio da Crise Internacional (Photo credit: Wikipedia)

Especial para G80
PODERES POPULARES EN AMÉRICA LATINA: PISTAS ESTRATÉGICAS Y EXPERIENCIAS RECIENTES

[Introducción del libro colectivo: Amériques latines. Emancipations en construction, Paris, Syllepse, 2013 (Américas latinas. Emancipaciones en construcción), publicado en asociación con Francia América Latina.]

“Emancipación” (del latín  emancipatio, -onis): Acción de liberarse de un vínculo, de una traba, de un estado de dependencia, de una dominación, de un prejuicio .

El laboratorio latinoamericano [1]

Desde hace más de una década, América Latina aparece como una “zona de tempestades” del sistema-mundo capitalista. La región ha conocido importantes movilizaciones colectivas y luchas sociales contra los estragos del neoliberalismo y sus representantes económicos o políticos y, también, contra el imperialismo; dinámicas de protestas que han llevado en algunos casos a la dimisión o la destitución de gobiernos considerados ilegítimos, corruptos, represivos y al servicio de intereses extraños a la soberanía popular. El cambio de las relaciones de fuerzas regionales, en el patio trasero de los Estados Unidos, se ha traducido también en el plano político e institucional en lo que ha sido calificado por muchos observadores como “giro a la izquierda” [2] (Gaudichaud, 2012) así como, en algunos casos, en una descomposición del sistema de partidos tradicionales:

“A comienzos de los años 90, la izquierda latinoamericana agonizaba. La socialdemocracia se adhería al más desenfrenado neoliberalismo. Sólo algunos embriones de guerrillas y el régimen cubano, superviviente a la caída de la URSS en un período de penuria denominado “ período especial”, rechazaban el “final de la Historia” tan querido por Francis Fukuyama. Después de haber sido el laboratorio de experimentación del neoliberalismo, desde comienzos de los años 2000 América Latina se ha convertido en el laboratorio de la contestación al neoliberalismo. Han surgido oposiciones en América Latina, con formas diversas y desordenadas: revueltas como el Caracazo venezolano (1989) [3] , ahogado en sangre, o el zapatismo mexicano, luchas victoriosas contra los intentos de privatizaciones como las guerras del agua y del gas en Bolivia, y también movilizaciones campesinas masivas como la de los cocaleros bolivianos y los sin-tierra brasileños. Entre 2000 y 2005, seis presidentes fueron derrocados por movimientos llegados de la calle, principalmente en su zona andina: en Perú en 2000; en Ecuador en 2000 y 2005; en Bolivia, tras la guerra del gas en 2003 y en 2005; además de una sucesión de cinco presidentes en dos semanas en Argentina, durante la crisis de diciembre de 2001. A partir de 1999 se han constituido gobiernos que se reivindican de estas resistencias. En poco más de una década, más de diez países se han inclinado hacia la izquierda, sumándose a Cuba donde los hermanos Castro siguen estando en el poder. Llevados por estos poderosos movimientos sociales, nuevos gobiernos de izquierda con trayectorias atípicas se han instalado en el poder: un militar golpista en Venezuela, un militante obrero en Brasil, un sindicalista cultivador de coca en Bolivia, un economista hostil a la dolarización en Ecuador, un cura de la Teología de la Liberación en Paraguay…” (Posado, 2012).

Aunque el tema del “socialismo del siglo 21” es reivindicado por líderes como Hugo Chávez, la región no ha conocido experiencias revolucionarias, en el sentido de una ruptura con las estructuras sociales del capitalismo periférico, como fue el caso de la revolución sandinista en Nicaragua, el castrismo en Cuba o, en cierta medida, el proceso de poder popular durante el gobierno de Allende en Chile. Sin embargo, en un contexto mundial difícil, caracterizado por la fragilidad relativa de las experiencias progresistas o emancipadoras, las organizaciones sociales y populares latinoamericanas han sabido encontrar los medios para pasar de la defensiva a la ofensiva, aunque no siempre de manera coordinada. Haciéndose eco de las reivindicaciones de las y los “de abajo” y/o al comienzo de la crisis de hegemonía del neoliberalismo, algunos gobiernos llevan a cabo políticas con acentos antiimperialistas y reformas de gran envergadura, sobre todo en Bolivia, en Ecuador y en Venezuela. Más que un enfrentamiento con la lógica infernal del capital, estos gobiernos se orientan hacia modelos nacionales-populares y de transición post-neoliberal, de vuelta al Estado, a su soberanía sobre algunos recursos estratégicos, en ocasiones con nacionalizaciones y políticas sociales de redistribución de la renta dirigidas hacia las clases populares, pero manteniendo los acuerdos con las multinacionales y las élites locales (ALAI, 2012). En estos tres últimos países se han desarrollado también los mayores avances democráticos de esta década en el plano constitucional, gracias a innovadoras asambleas constituyentes; un contexto que ofrece nuevos espacios políticos y un margen de maniobra creciente para la expresión y la participación de los ciudadanos. El “progresismo gubernamental” se viste a veces también con el ropaje de un social liberalismo sui generis , en particular en Brasil (y de manera diferenciada, en Argentina), combinando una política voluntarista y de transferencias de rentas condicionadas, destinadas a los más pobres, favoreciendo a las élites financieras y al agrobusiness .

Según el economista Remy Herrera: “ La inteligencia política del presidente Lula se demostró al haber resuelto un dilema completamente insoluble para sus predecesores de derecha, en su búsqueda de un neoliberalismo “perfecto”: profundizar la lógica de sumisión de la economía nacional a las finanzas globalizadas, ampliando al mismo tiempo la base electoral en el seno de las fracciones desfavorecidas de las clases explotadas contra las cuales se dirige sin embargo esa estrategia. Una explicación puede ser sin duda el modo de gestionar la pobreza que ha adoptado el Estado: cambiar la vida de los más miserables, en concreto, gracias a una renta mínima, sin tocar las causas determinantes de su miseria” (Herrera, 2011).

En otros países, los movimientos populares tienen que seguir haciendo frente a regímenes conservadores o abiertamente represivos, al terrorismo de Estado, a las mafias o al paramilitarismo, como ocurre en grandes países como Colombia y México, o incluso Paraguay (desde el golpe de Estado “legal” de junio de 2012) y Honduras (desde el golpe de Estado de 2009) [4]. En plena crisis internacional del capitalismo, la región logra asombrosas tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto (y además durante un largo período), que suscitan la admiración del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, aunque se trata de un “crecimiento” desigual, basado esencialmente en un visión neo-desarrollista que mantiene o renueva el saqueo de los recursos naturales, la extracción de materias primas (petróleo, gas, minerales, etc.) y una fuerte dependencia respecto al mercado mundial, por medio de una estrategia de “acumulación por desposesión” (en palabras de David Harley) extremadamente costosa en el plano social y ambiental. Esta estrategia “extractivista”, compartida por el conjunto de los gobiernos de la región, es una de las principales tensiones del período (Svampa, 2011):

“A nivel económico, este modelo, orientado esencialmente hacia la exportación, induce un despilfarro de riquezas naturales en gran medida no renovables. Engendra una dependencia tecnológica respecto a empresas multinacionales y una dependencia económica respecto a fluctuaciones de los precios mundiales de las materias primas. Aunque los elevados precios de estas últimas en la actual coyuntura han permitido a los países de América Latina superar la crisis después de 2008, la reprimarización de las economías, esto es, la incitación a volver a dirigirse hacia la producción de materias primas no transformadas, las hace muy vulnerables a un eventual cambio de los mercados. En un contexto de mundialización económica, este modelo refuerza una división internacional del trabajo asimétrica entre los países del Norte, que preservan localmente sus recursos naturales, y los del Sur. A nivel ambiental, las minas a cielo abierto, la sobreexplotación de yacimientos de débil concentración, el agrobusiness o incluso la extracción de hidrocarburos, implican el vertido de metales pesados en el entorno, la contaminación de los suelos y de las capas freáticas, la deforestación y la destrucción de los paisajes, de los ecosistemas y de la biodiversidad. […] Esta situación crea –casi mecánicamente– las condiciones para una intensificación de los conflictos sociales. El margen de maniobra de los gobiernos es sin embargo estrecho: por una parte, estas economías están basadas en gran medida en la exportación de materias primas, y por otra, las izquierdas recién llegadas al poder necesitan, para poder mantenerse, resultados tangibles a corto plazo en términos de redistribución y de desarrollo social” (Duval, 2011).

No obstante, si comparamos el estado actual del continente con el período de los años 70-90, saltan a la vista muchos cambios sociopolíticos. Porque habría que recordar brevemente “de dónde viene” el subcontinente. Después de los años 80, los años de la década “robada” (más que “perdida”), años de explosión de una deuda exterior por lo general ilegítima, los 90 fueron los años de las aplicaciones salvajes de los preceptos del FMI, de los ajustes estructurales, de la continuación de las políticas de consenso de Washington, de las desregulaciones y privatizaciones en nombre de una supuesta eficacia económica, que llevaron a la destrucción de sectores enteros de los servicios públicos y a una mercantilización de los ámbitos sociales de una amplitud sin igual. América Latina ha sufrido de lleno el “neoliberalismo de guerra” ( para retomar la expresión del sociólogo mexicano Pablo González Casanova), su hegemonía, y después su crisis, en particular en América del sur, aunque este último persiste –e incluso se refuerza– en otros países: en México, en Colombia y en una parte de Centroamérica. Estos períodos han sucedido en muchos casos a largas dictaduras. Chile encarna todavía este capitalismo de desastre de los Chicago-boys y de la doctrina del “choque neoliberal” [5]. Producto de las derrotas de las izquierdas, de la represión del movimiento obrero y de la imposición de este nuevo modelo de acumulación, el subcontinente es el más desigual del planeta: la región de las desigualdades sociales, territoriales y raciales. A pesar de una ligera mejora en este aspecto, y también, de forma más clara, en el de la pobreza (en Colombia, un contraejemplo, las desigualdades han continuado aumentando) (Gaudichaud. 2012) [6].

Movimientos sociales, utopías concretas, poderes populares

En un reciente análisis de las “gracias y desgracias de la conflictividad social” en Francia desde los años 1970 a los 2000, Lilian Mathieu señala, a justo título, que: “la cuestión de las alternativas al orden capitalista se plantea con tanta agudeza hoy que hace treinta o cuarenta años. Tal vez incluso con más urgencia: las consecuencias desastrosas de este modo de producción para la simple supervivencia de la humanidad son ahora mucho más tangibles”; pero también que después de los desvíos autoritarios de varias experiencias post-capitalistas en el siglo 20: “No sólo se ha hundido la credibilidad de las alternativas. También los intentos de construir sobre el terreno formas de vida que se sustraen al orden dominante se han malogrado en su mayor parte y sólo son contempladas en tono de burla. El fenómeno de las comunidades, aunque numéricamente marginal, tuvo cierto eco e impresionó mucho a los contemporáneos, sobre todo por el hecho de ser obra de jóvenes diplomados, destinados como tales a asegurar la reproducción del orden capitalista. Las temáticas de la “vuelta a la naturaleza” (o al “país” regional), la exigencia de autenticidad en la producción y el consumo, la voluntad de escapar de la lógica mercantil, la reivindicación de relaciones sociales más igualitarias (en la pareja, la familia, la empresa…), en resumen, varios elementos de lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello denominan “crítica artista” [7], han sido invalidadas tras infructuosos intentos de aplicación concreta, o reprimidos, o “recuperados” y sometidos al orden capitalista. Estas dos lógicas de “descredibilización” de las alternativas al capitalismo pueden ser ilustradas con el tríptico de Albert Hirschman [8]. Al haber fracasado tanto la opción de la “voice” (acelerar la instauración del socialismo por medio de una movilización de masas) como la del “exit” (la instauración de “bolsas” de existencia que escapan al orden dominante, en el interior mismo de sociedades capitalistas, sin cuestionarlas frontalmente), sólo quedaría la opción de la lealtad al capitalismo” (Mathieu, 2012).

Esta constatación parte de una descripción crítica del “nuevo espíritu del capitalismo” y de las realidades político-sociales de los países industriales de los centros de la economía mundial y de la cuarta edad (neoliberal) del capital. ¿Pero qué ocurre en el sur y en la periferia del sistema, en las sociedades dependientes y sometidas al intercambio desigual mundializado? Para comprender tanto los intentos de transiciones post-neoliberales como los de construcciones comunitarias de emancipaciones locales, de autogestión territorial en América Latina, es indispensable tener en cuenta la temporalidad propia de la región (aunque integrada en un todo mundial) y sus formaciones sociales específicas. Así, aunque la reflexión sociológica arriba citada puede proporcionarnos elementos teóricos sobre las relaciones actuales –y pasadas– entre experiencias revolucionarias y ensayos de construcciones locales (lo que algunos denominan “utopías concretas”), debe estar supeditada a la consideración de las realidades de una América indo-afro-latina.

Primera evidencia, esta realidad ha estado atravesada por grandes momentos revolucionarios y varios proyectos nacionales, muchos derrotados, de transición antiimperialista: de la revolución mexicana de 1910 –mucho antes que la revolución rusa– hasta las actuales –aunque embrionarias– discusiones sobre el socialismo “del siglo 21”, pasando por la revolución cubana (1959) y otras más… Otra evidencia, ya mencionada, el continente latinoamericano, a diferencia de un “viejo mundo” en plena crisis de civilización, es de nuevo un terreno de ensayo para la construcción de alternativas: bajo estas latitudes se abrió, desde los años 90, el ciclo altermundialista (Pleyers, 2011) y tuvieron lugar los foros sociales mundiales, concebidos como experiencias de democracia participativa (en particular en Porto Alegre, Brasil); también ahí se pueden situar las primeras explosiones de resistencias globales al neoliberalismo (Vivas y Atentas, 2009), simbolizadas en el grito de los neo zapatistas chiapanecos contra los tratados de libre comercio: “¡ Ya basta !”; y es también al sur del Río Bravo donde se viene hablando de “buen vivir” [9], de derechos de la Naturaleza y de los bienes comunes, de Estado plurinacional o incluso de autonomías indígenas. En cuanto a la noción de “poder popular”, ha recorrido todas las grandes movilizaciones sociales del siglo 20 latinoamericano, tanto en Argentina, como lo demuestra Guillaume de Gracia (2009), como en el resto de la región: designa una dinámica que se puede ver en marcha durante los períodos de crisis revolucionarias, pero también en varias experimentaciones locales o comunitarias, circunscritas a un barrio, una fábrica, un territorio; una noción que ha conocido por tanto múltiples puestas en práctica aunque todas ellas ligadas directamente al movimiento obrero y social. Este poder popular consiste en una serie de experiencias sociales y políticas, la creación de nuevas formas de apropiaciones colectivas (a veces limitadas), que se oponen –en su totalidad o en parte– a la formación social dominante y a los poderes constituidos. En otras palabras, se trata de un cuestionamiento de las formas de organización del trabajo, de las jerarquías sociales, de los mecanismos de dominación materiales, de género, de raza o simbólicos. América Latina ha estado recorrida, en varios puntos de su territorio, por estos “relámpagos autogestionarios” cuyas identidades y geografía social están inextricablemente ligadas a su arraigo en este continente (Petras y Veltmeyer, 2002).

Con esta pequeña obra colectiva, nuestra ambición es revisar estas gramáticas de una emancipación plural –parcial y atravesada por múltiples conflictos, pero “en actos”–, en el curso de la última década. Las diez utopías concretas que nos proponemos tratar aquí reflejan la diversidad de estas experimentaciones, algunas “desde abajo”, directamente surgidas del movimiento social, otras más ligadas a formas de democracia participativa y en relación con algunas instituciones. Experiencias que esbozan la cartografía, parcelada, de otros mundos posibles: Comuna de Oaxaca, mujeres y feministas mexicanas frente a la violencia y al patriarcado, ensayos difíciles de control obrero en Venezuela o empresas recuperadas en Argentina, consejos comunales en los barrios populares de Caracas, luchas de los sin techo en Uruguay o ejemplar organización colectiva de los trabajadores sin tierra en Brasil, iniciativa para una sociedad post-petróleo y del “buen vivir” en Ecuador y agroecología en una comunidad colombiana, a pesar de la guerra; finalmente los análisis del proceso constituyente boliviano que plantea la cuestión de las instituciones y la construcción de una democracia postcolonial. En contextos diversos, surgen gérmenes de poderes populares que buscan a tientas los caminos de la emancipación, casi siempre contra los poderes constituidos y la represión del Estado; aunque también, en ocasiones, en relación con políticas públicas post-neoliberales y el campo político o partidista nacional. Por supuesto, los ejemplos que hemos seleccionado no pretenden dar una imagen exhaustiva de todo el mosaico de experiencias en curso. Habríamos podido citar también los medios de comunicación comunitarios de muchos países, la lucha de los mapuches de Chile por su supervivencia y por la recuperación de sus tierras, la autoorganización campesina en Honduras, la increíble capacidad de resistencia de los “caracoles” y el asesoramiento de los buenos gobiernos Zapatistas, los comedores comunitarios autogestionados de Buenos Aires o incluso las juntas de vecinos de la ciudad de El Alto (Bolivia), el “asambleísmo” y las ocupaciones estudiantiles del último período, etc. Por medio de textos cortos y accesibles, escritos por autores y autoras que conocen de cerca estas experiencias, a menudo a través de observaciones de participaciones en el terreno, nuestro objetivo es desbrozar algunos temas poco o nada abordados en los medios masivos de comunicación dominantes, con la esperanza de invitar al debate sobre las cuestiones estratégicas que suscitan estas experiencias.

Lejos de nuestra intención la idea de mitificar lo que el sociólogo Franck Poupeau ha designado como “pequeños universos” cerrados en sí mismos, “una micro-sociedad formidable, por ser singular, gobernada por la ayuda mutua y el compartir, separada de los flujos de la comunicación mercantil y de los intercambios interesados que son la suerte de la masa de consumidores”: estos “senderos de la utopía” [10] en construcción que aquí explicamos no pretenden “pensar la utopía a partir de experiencias de comunidades en ruptura con el resto del mundo social”. Porque pensamos que “ lo ‘común’ obtiene su eficacia de lo que es universalizable, extensible más allá de la comunidad de iniciados, en las esferas donde el antagonismo entre trabajo y capital deja entrever la posibilidad de un cambio profundo” (Poupeau, 2012), y que debe dirigirse al mayor número, comenzando por las clases populares y por aquellas y aquellos que sufren directamente la miseria del mundo. Esto es precisamente lo que dejan entrever –con un grado de éxito o de fracaso variable y a escalas diversas– las experiencias que ponemos en debate en esta obra colectiva. Todas ellas resisten a su manera al signo de los tiempos (neoliberal, racista, machista y austero) y participan, aquí y ahora, a la construcción de nuevos espacios políticos, territorios sociales en busca de “lazos que liberen”. En cierta manera, podría sugerirse que estos poderes populares responden concretamente al eco planetario y a los interrogantes de las y los indignados, al surgimiento de este “pueblo de las plazas” y a las múltiples revueltas que, desde hace meses, rasgan el consenso neoliberal en varios países. Estos 99% de ciudadanas y ciudadanos que hacen frente a la arrogancia del 1% de oligarcas de las finanzas y de una política politiquera ciega:

“El año 2011 supone un cambio histórico. La oleada revolucionaria iniciada en Túnez ruge todavía en la plaza Tahrir, en Egipto. Ha cambiado el panorama político en el mundo árabe y se ha extendido rápidamente como una mancha de aceite a las cuatro esquinas del planeta. De Santiago de Chile al municipio de Wukan en el sur de China, de la Puerta del Sol a la plaza Sintagma, de Moscú a Wall Street pasando por los motines de Londres, se ha visto alterado el curso regular de la dominación. En el ciberespacio, se ha abierto un nuevo frente con la guerrilla de los Anonymous contra las grandes corporaciones y los dispositivos del Big Brother. Estos acontecimientos están todavía demasiado cercanos para poder seguir los hilos que los unen, comprender sus raíces. La amplitud y la naturaleza de los cambios desencadenados son por ahora imposibles de conocer. Pero resulta claro que, al igual que en 1848 o 1968, la posibilidad de otro futuro se ha entreabierto en 2011”. (ContreTemps, 2012).

Hay que subrayar sin embargo que las emancipaciones latinoamericanas en proceso que aquí presentamos se diferencian también ampliamente de la constelación de las indignaciones mundiales. En primer lugar porque han podido pasar, incluso desde hace varios años, de la ofensiva a la construcción, de la indignación a la creación alternativa. Pero también por el hecho de vínculos específicos y directos con las clases populares de la región, lejos de un “sujeto revolucionario” incorpóreo o de una reivindicación de ciudadanía abstracta, como se pueden encontrar entre algunas y algunos indignados. Pero, sobre todo, estas experiencias tienen su propio repertorio y en ningún caso pretenden significar modelos “llave en mano”, ni tampoco “prêt-à-porter” de praxis militantes que deban ser aplicadas mecánicamente bajo otros cielos. Por el contrario, deseamos mostrar cómo estos procesos nacen de las entrañas mismas de las condiciones materiales y subjetivas del capitalismo latinoamericano, de su violencia, de su exclusión en las cuales están inmersos. Son el fruto de un ciclo de movilizaciones que comenzó globalmente a mediados de la década de los 90, hace más de quince años, y revelan la lucha de muchos actores. Una multiplicidad producto en parte de los efectos de la fragmentación social neoliberal y de su implantación brutal en América Latina:

“Estos movimientos tienen historias, bases sociales y reivindicativas y arraigo en los territorios rurales o urbanos, muy diferentes. Son sin embargo capaces de movilizarse colectivamente en torno a objetivos comunes, sobre todo cuando un proyecto político gubernamental, supranacional o económico (la estrategia de una multinacional, por ejemplo) amenaza las estructuras que representan. Es posible identificar a algunas familias que estructuran en esta nebulosa de organizaciones locales, regionales o nacionales cuya historia común se ha forjado en las resistencias a las oligarquías y a las políticas neoliberales desde hace una treintena de años: los movimientos indígenas (muy activos en particular en los países andinos), los movimientos y sindicatos campesinos (presentes en el conjunto del sub-continente, siendo el más emblemático y poderoso el Movimiento de trabajadores rurales sin tierra del Brasil. MST); los movimientos de mujeres; los sindicatos obreros y de la función pública; los movimientos de jóvenes y de estudiantes, las asociaciones medioambientales” (Ventura, 2012).

Estamos por tanto ante un sujeto emancipador plural y complejo, caracterizado por la multidimensionalidad. ¿Quiero esto decir que la componente de clase, el sindicalismo o incluso los trabajadores estarían ausentes o “diluidos” en una nebulosa post-moderna, definida sólo por la novedad de estos movimientos? En ningún caso. La dimensión de clase de estos conflictos sigue siendo central y los asalariados han jugado un papel esencial en este ciclo ascendente de protestas, y lo siguen haciendo por medio de experiencias como las que describimos en este libro (ver los textos sobre Uruguay, Argentina o Venezuela). Sin embargo, se constituye una praxis propia a las movilizaciones del último período, en particular la del movimiento indígena y su cuestionamiento de la “colonialidad del poder”[ 11], que “ ha renovado y enriquecido los programas y los horizontes, con una profundidad estratégica todavía lejos de ser asumida en toda su dimensión para ser coherente con la máxima de Mariátegui, que decía que el socialismo indo-americano no puede surgir del calco ni de la copia. […] Desposeídas o amenazadas de expropiación, temiendo por sus tierras, su trabajo y sus condiciones de vida, muchas de estas organizaciones han encontrado una identificación política en su desposesión (los sin tierra, los sin trabajo, los sin techo), en las condiciones sociopolíticas de vida comunitaria amenazada (los movimientos de habitantes, las asambleas ciudadanas” (Algranati, Taddei, Seoane, 2011). Estas nuevas movilizaciones se caracterizan sobre todo por la horizontalidad de las formas de organización, la importancia de la discusión en asambleas y la reivindicación de un territorio de luchas.

Durante la última década, hemos asistido a una relocalización de los movimientos sociales y a un ascenso potencial del espacio local como base territorial de sociabilidad, pero también como centro de reivindicaciones y de la acción de protesta: luchas contra las expropiaciones de tierras, luchas por el medio ambiente, luchas por la vivienda, luchas contra el cierre de fabricas, etc… Se trata de construir territorios alternativos o incluso “espacios de experiencia en los cuales los participantes intenten traducir a la práctica los valores de participación, de igualdad y de autogestión” . Sin embargo, “el arraigo local de actores y de movilizaciones no es en absoluto incompatible ni con el vínculo político nacional, ni con una proyección de la ciudadanía más allá de las fronteras del Estado-nación” (Merklen, Pleyers, 2011). Desde luego, estas prácticas situadas y circunscritas a un espacio específico, pese a todo su potencial, plantean también la cuestión de los límites de movilizaciones que se esfuerzan en obtener resultados a nivel nacional, en ausencia de proyecto político a una escala más amplia. El conjunto de estos procesos plantea por tanto importantes cuestiones estratégicas sobre el “arriba” y el “abajo”, los instrumentos y las tácticas de una estrategia emancipadora para el siglo 21…

Desde abajo, desde arriba y a la izquierda [12]. Cambiar el mundo transformando el poder y … la sociedad

Una reflexión sobre este laboratorio latinoamericano en términos de experiencias democráticas, autogestionarias, participativas, y potencialmente emancipadoras, como las que aquí se presentan, se muestra rica en pistas sobre toda una serie de cuestiones: relación entre autonomías sociales y Estado, relación entre movimientos, partidos e instituciones, formas de organización de las clases populares y relaciones entre lo local, lo nacional y lo global, relación con el mercado así como con otros sectores sociales subalternos, etc. Desde hace algunos años, están muy presentes en América Latina los debates en torno a cómo “cambiar el mundo” (Whitaker, 2006), pero también sobre la relación que las diversas modalidades de transformación social entablan con el Poder.

Algunos analistas y militantes han sido seducidos por la idea de construir un “antipoder”, o de un contra-poder, basado únicamente en la autonomía de los movimientos sociales, de las “multitudes” y de espacios comunitarios autogestionados. Podemos encontrar estas ideas, con sensibilidades diferentes, en Toni Negri, Miguel Benasayang y, sobre todo John Holloway. Este último, inspirándose en particular en la rica experiencia zapatista, llama a “cambiar el mundo sin tomar el poder”, a construir más “poder-acción”, “poder-hacer” (potentia), en vez de interesarse en el “poder sobre” (potestas), el del Estado y las instituciones: “el mundo no puede ser cambiado por medio del Estado”, el cual constituye sólo “un nudo en la red de relaciones de poder” (Holloway, 2008). El objetivo estratégico sería por tanto liberar la potentia de la potestas, prevenir las experiencias autogestionadas del “peligro” de las instituciones. Desde esta perspectiva, como lo señaló mordazmente Daniel Bensaid, Holloway ha forjado hasta cierto punto una especie de “zapatismo imaginario” [13], muy alejado de las realidades de México: desde luego, las conquistas de los zapatistas son considerables y hay que defender su “digna rabia”, cueste lo que cueste, al igual que su propuesta de “mandar obedeciendo”, porque tienen mucho que aportar a las prácticas políticas y militantes de este comienzo de siglo. ¿Pero por qué no ver también sus dificultades y sobre todo la existencia concreta de un poder –muy real (y en ocasiones necesariamente vertical)– que practican en lo cotidiano, a través de instituciones como los “consejos de buen gobierno”, de un ejército (EZLN), de dirigentes (a veces incluso sobrerrepresentados)? (Baschet, 2002).

Entre los más fecundos autores “movimentista” latinoamericanos interesados por las experiencias bolivianas (“guerras” del agua y del gas), Argentina (piqueteros  [14]) y, en particular, mexicana, hay que citar también a Raúl Zibechi. Según este último, se trata más bien de “dispersar el poder” (2009), basándose especialmente en el pensamiento comunitario de las poblaciones amerindias, una comunidad percibida, según el antropólogo Pierre Clastres, de la sociedad contra el Estado. Para Zibechi, el desafío sería “huir del Estado, salir de él”, mientras que procesos como el de la Comuna de Oaxaca representan “momentos epistemológicos, que hacen comprender lo no visible, lo que la vida cotidiana recubre el resto del tiempo. La dispersión del poder se realiza allí de dos maneras: asistimos por una parte a una desarticulación de la centralización estatal, y por otra parte estos movimientos no crean nuevo aparato burocrático centralizado, sino que adoptan una multitud de formas de organización, de manera que en el interior los poderes están distribuidos a través de toda la trama organizativa”. Describe micropoderes, inspirados en Foucault, Deleuze y Guattari. Pero en la cuestión –esencial– de la estructuración (democrática) de tales alternativas, de su perennización, prefiere alternativas “sólo provisionales. Hoy existen, mañana tal vez no. No es un problema, porque siempre pueden renacer” [15]. ¿Constituyen estas movedizas fundaciones perspectivas sólidas para otro mundo posible? ¿No se corre el riesgo de caer en una política sin política, teorizando una cierta impotencia para franquear los obstáculos de una revolución que rechaza tomar el poder? Además, aunque la Comuna de Oaxaca es seguramente la primera gran comuna del siglo 21, como lo recuerda Pauline Rosen-Cros en este libro, se presenta siempre como una institución al servicio del pueblo e incluso como un “espacio de ejercicio del poder” que integra a “todas las organizaciones sociales y políticas, los sindicatos democráticos, las comunidades y todo el pueblo”. Se trata de eso, no de una lógica de anti-poder o ni siquiera de su “dispersión”, aunque sea cierto que para Holloway lo importante es combatir al Estado, y la comuna de Oaxaca lo ha intentado con todas sus fuerzas.

Otros autores, en la senda de un marxismo más ortodoxo, han tenido tendencia a torcer el bastón en el otro sentido e insistir –a la inversa– en la necesidad de tomar el poder de Estado para forjar alternativas sólidas al imperialismo y al capitalismo [16]. Reivindicando aún más la herencia cubana o el proceso bolivariano venezolano, recordando (con toda razón) la violencia de las experiencias contrarrevolucionarias en América Latina, el sociólogo argentino Atilio Borón critica la falta de consistencia intrínseca del anti-poder frente al imperialismo, a los militares o a las multinacionales. Muestra la “fragilidad constitutiva, sociológica, de la multitud”, que no consigue tomar forma en una estructura política amplia, un proyecto nacional capaz de resistir y construir en el marco de la mundialización (Borón, 2001). Porque un movimiento, una comunidad, un colectivo, autónomo pero aislado, pueden verse cooptados o marginalizados y reprimidos por el poder –bien real – del Estado existente (la historia argentina es ejemplar en este sentido). ¿Cómo federar entonces una multiplicidad de espacios alternativos y autónomos para contrarrestar el rodillo compresor del capitalismo militar-industrial neoliberal? Volvemos a encontrar aquí algunos rasgos del debate iniciado en el siglo 19 en Europa por Proudhon, Bakanounine y Marx, y también por los comuneros parisinos.

Según el editorialista de Le Monde Diplomatique Serge Halimi, sería contradictorio hacer “como si algunas prefiguraciones de una utopía ‘libertaria’ (una cooperativa en Boston, un movimiento indígena en Chiapas, un squat en Ámsterdam), y el establecimiento de diversos ‘lazos’ (Internet, Foros mundiales) entre estos islotes participativos, equivalieran a una estrategia política. Como si las experiencias locales a pie de tierra no fuesen tributarias de decisiones nacionales o internacionales (nivel de vida del país, fiscalidad, acuerdos de libre comercio, moneda, guerras,…) que impiden confeccionar aparte su pequeña utopía, ‘sin tomar el poder’. Como si un internacionalismo legítimo debiera hacer olvidar que algunos Estados-nación habían constituido terrenos de luchas, de solidaridad, y permitido garantizar las conquistas obreras que la « mundialización » se ha propuesto romper en pequeños trozos” [17].

Aunque esta observación tiene cierta pertinencia estratégica, se desentiende de un problema (¡y no de los menores!): los socialismos “reales” del siglo XX no han resuelto en absoluto el problema de la existencia del Estado, de su burocratización, su autoritarismo, como ha sido denunciado con toda razón por los movimientos libertarios. ¿Cómo “tomar” el poder sin ser tomados por el poder o sin acomodarse en nombre de un cierto “realismo” institucional (cuestión planteada recientemente por la historia del Partido de los Trabajadores en Brasil)? ¿Cómo construir formas de poder popular constituyente, o incluso de doble poder, moldeando instituciones radicalmente democráticas, controladas por abajo y socializando el poder en todos los poros de la sociedad (en lugar de estatizarla)? Lo que está en juego es el difícil paso de poderes constituyentes a poderes constituidos y los métodos de articulación entre democracia directa, participativa y representativa, entre espacios de deliberación y de decisión: en definitiva, la cuestión clásica de la “soberanía” del pueblo. ¿Esta construcción-destrucción-creación debe desarrollarse totalmente externa al Estado (para echarlo abajo) o bien como emergencia combinada a la vez de formas externas y de un impulso procedente de instituciones gubernamentales? Esta cuestión está claramente planteada por los consejos comunales de Venezuela, efectivamente soberanos a cierta escala, pero directamente dependientes de una relación vertical con el ejecutivo bolivariano, como nos lo explica Mila Ivanovic.

El mismo problema a nivel económico, con las cooperativas, empresas recuperadas y otros experimentos locales: ¿cómo coordinar estos ensayos autogestionarios que no sea por medio del mercado, que tiende a desarticular la dimensión alternativa de estos espacios? ¿Con qué instrumentos? ¿Partidos, organizaciones, movimientos? ¿Y cómo abordar la discordancia de tiempos entre las elecciones –hoy América Latina vive en regímenes constitucionales, tras la noche negra de las dictaduras y guerras civiles– y lo indispensable, las luchas sociales y de autoorganización? Hervé Do Alto nos recuerda por ejemplo que la actual experiencia boliviana no habría podido surgir sin la creación del partido-movimiento MAS (Movimiento al Socialismo), que no sólo ha llevado al gobierno a Evo Morales por medio las urnas, sino que ha comenzado también a democratizar este país, el más pobre de América del Sur. Sin embargo, los gobiernos actuales, y su orientación general neo-desarrollista o en favor de un “capitalismo Ando-amazónico”, recuerdan una vez más que las izquierdas pueden ganar el gobierno, sin que el pueblo gane el poder, ni que esto signifique un proceso de ruptura (Toussaint, 2009). Todo lo contrario, ocurre a menudo que iniciativas venidas desde abajo son el blanco del autoritarismo de ejecutivos que, inicialmente, habían sido elegidos como una posible vía de cambio. ¿Qué pensar del gobierno nacionalista de Ollanta Humala en Perú, que había recibido el apoyo de una gran parte de la izquierda y de la sociedad civil y que hoy día encarna la figura de un gobierno al servicio de las transnacionales mineras, dispuesto a reprimir a su pueblo?¿Y qué ocurre con las relaciones entre toda una parte de los movimientos sociales, indígenas, obrero, con gobiernos nacionalistas-populares o progresistas (como por ejemplo los de Correa en Ecuador, Roussef en Brasil o Morales en Bolivia? Muchos militantes denuncian lo que consideran un nuevo rostro del capitalismo en vez de una perspectiva de reformas post-neoliberales, y por ello los repetidos conflictos entre estos presidentes y una parte de la población o de los trabajadores organizados.

En sus reflexiones sobre el “futuro del socialismo”, el economista Claudio Katz recuerda que el debate no se refiere tanto a la realización inmediata de otro mundo posible sino a su comienzo, condición esencial para cualquier avance futuro. Afirma que una estrategia de transformación radical se extiende necesariamente durante un largo período y que, en este camino sembrado de trampas, “todo proyecto político y económico basado en la mayoría de la población que presente signos que van hacia la extensión de la propiedad colectiva y la consolidación de la autogestión popular, representa una forma embrionaria de socialismo” (Katz, 2004). Con este rasero (y en marco de las relaciones existentes con el imperialismo) podrían juzgarse los procesos de transformación en la región. Sobre esta base, nadie duda de que el camino será todavía largo, a pesar de los saltos logrados hacia la emancipación…

Cambiar el mundo favoreciendo la autoorganización y transformando el modelo de desarrollo, modo de producción, instituciones y sociedad: un desafío para pensar la emancipación del siglo 21… Pero se trata también de lograr aquí y ahora otras formas de vida posibles, hacer la demostración de las alternativas, verificar in vivo nuevos horizontes y crear bienes comunes: como lo decía Jacinta, militante del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) brasileño, se trata de convertirse en “sujeto de su propia historia”, o para José Martínez, productor agroecológico colombiano, recrear “sistemas de vida”. Jules Falquet recuerda que a pesar de la violencia masculina, neoliberal y guerrera que reina en México, mujeres y feministas han sabido retomar la iniciativa. En suma, con este libro colectivo, hemos intentado mostrar el momento vertical y el momento horizontal de una política de emancipación, y sus tensiones permanentes. Se trata de una invitación a inspirarse en la riqueza de las experiencias “desde abajo”, comunitarias, locales, autogestionadas, sino también en parte “desde arriba”, con el papel de los partidos políticos, de los procesos constituyentes, de los gobiernos progresistas, con el fin de retomar un debate estratégico necesario, que en parte ha quedado sepultado bajo los escombros del muro de Berlín y eclipsado por la asfixia de la revolución cubana.

Para Richard Neuville:

“La diversidad de las experiencias [en curso] demuestra ampliamente la riqueza de las prácticas emancipadoras en marcha en el subcontinente latinoamericano. Expresan relaciones diferenciadas con el poder […]. En su diversidad, los movimientos sociales plantean claramente la cuestión de la democracia en sus aspectos económico, político y social, tanto a través del control y la gestión directa de la producción, la participación activa en las instancias de decisión como la autoorganización y la autonomía. Por ello, aún con matices, pueden ser categorizados como movimientos autogestionarios” (2012).

Se trata también de pensar los vínculos entre el campo social y político que estas variadas experiencias plantean, para continuar una reflexión que sigue abierta. Retomando figuras teóricas antes citadas, para enfocar la articulación entre crítica “artista” y crítica “social” del capitalismo, entre la Voice y el Exit, entre utopías concretas y proyectos políticos post-capitalistas y écosocialistas. Cuando se recorren los ejemplos aquí presentados, se puede avanzar la hipótesis de que en América Latina, las denuncias de la alienación neoliberal o los ensayos de emancipación comunitarios están precisamente conectados a la crítica social y ambiental del capitalismo (OSAL, 2012) y, sobre todo, a sus movimientos populares. Esto es lo que hace la fuerza del panorama actual en el subcontinente. Junto con otras cuestiones fundamentales que evidentemente habrá que tratar: los modelos de desarrollo cuando extractivismo y ecocidios hacen estragos en todo el continente, las relaciones de “raza” y de género, las integraciones regionales y la solidaridad internacional. ¡Un vasto programa en perspectiva!

Como señalaba Daniel Bensaid en su debate con John Holloway:

“Hay que atreverse a ir más allá de la ideología, sumergirse en las profundidades de la experiencia histórica, para retomar los hilos de un debate estratégico enterrado bajo el peso de las derrotas acumuladas. En el umbral de un mundo en parte inédito, donde lo nuevo cabalga sobre lo antiguo, más vale reconocer lo que se ignora, estar disponible a las experiencias que vendrán, que teorizar la impotencia minimizando los obstáculos a franquear” (ContreTemps, 2003).

Este pequeño libro colectivo es una invitación al viaje, al debate más amplio y a pensar otros posibles para el mañana. Una invitación al “principio esperanza” y al optimismo que defendía el filósofo Ernst Bloch [18], por encima de las catástrofes y la barbarie que acechan. Una convicción: estas utopías concretas vistas desde el Sur, llegadas de la “gran patria” de José Martí y de Mariátegui, pueden, junto con otras, ayudarnos a rearmarnos en el plano de las ideas y a (re)pensar cómo transformar el mundo.

Franck Gaudichaud
Viento Sur / ContreTemps

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NOTAS

[1] Nuestro agradecimiento a Emmanuel Delgado Hoch, de las ediciones Syllepse, por sus comentarios críticos a este texto. El resultado final, como tiene que ser, es de mi entera responsabilidad.
[2] Se trata en realidad de una gran variedad de gobiernos: de centro-izquierda, progresistas, social-liberales o nacional-populares, siguiendo las configuraciones socio-históricas nacionales, y sus relaciones con los movimientos sociales, con el imperialismo y con las clases dominantes.
[3] Caracazo : insurrección popular ocurrida el 27 de febrero de 1989 en Caracas contra la política neoliberal y las subidas de tarifas, impuestas por el presidente social-demócrata Carlos Andrés Pérez. La represión policial causó, según las estimaciones, entre 1.000 y 3.000 muertes.
[4] Sobre esta nueva generación de Golpes de Estado, a veces denominados “legales”, ver: “Coup d’Etat au Paraguay”, 23/06/2012, y “Honduras, un an après le coup d’Etat” (por Renard Lambert), La valise diplomatique, 28/06/2010, http://www.monde-diplomatique.fr.
[5] N. Klein, La Stratégie du choc , Actes Sud, París 2008.
[6) Ver también el dossier: “Menos desigualdades, ¿más justicia social?”, Nueva Sociedad, nº 239, junio 2012, http://www.nuso.org.
[7] En su libro, Boltanski y Chiapello distinguen la crítica “artista” que denuncia la alienación, la sociedad de consumo y la inautenticidad del capitalismo (asumida muchas veces por estudiantes, artistas e intelectuales), de la crítica “social”, centrada en la explotación y llevada a cabo por el movimiento obrero; recuperada la una por el sistema de gestión y muy desconectada de la otra, desde sus comienzos, en 1968 ( Le nouvel esprit du capitalisme , Paris, Gallimard, 1999).
[8] Albert O. Hirschman, Défection et prise de parole, Paris, Fayard, 1995.
[9] Sobre la noción mestiza del “ buen vivir” e indígena de Sumak Kawsay, ver el artículo de Matthieu Le Quang sobre Ecuador en este volumen.
[10] Ver el rico reportaje sobre varias utopías comunitarias europeas de Isabelle Fremeaux y John Hordan: Les sentiers de l’utopie , Zones – La Découverte, Paris, 2011, y el informe crítico de F. Poupeau: “Peut-on changer le monde? Des gens formidables…”, Le Monde Diplomatique, Paris, noviembre 2011.
[11] El concepto de “colonialidad del poder” fue presentado por primera vez por el intelectual peruano Anibal Quijano. Según este último, la matriz colonial se basa en cuatro pilares: la explotación de la fuerza de trabajo, la dominación etno-racial, el patriarcado y el control de las formas de subjetividad (o imposición de una orientación cultural etno-centrista). Dos siglos después de las independencias latinoamericanas, esta matriz seguiría siendo central en las relaciones sociales: “esta colonialidad del poder se ha mostrado más duradera y más arraigada que el colonialismo en cuyo seno se engendró, y que ayudó a imponerla mundialmente”, inscribiéndose por tanto en una dominación de tipo post-colonial (Quijano, 2007).
[12] La idea de “Por abajo, a la izquierda” es una referencia central de la experiencia zapatista.
[13] D. Bensaid, “La Révolution sans prendre le pouvoir? À propos d’un récent livre de John Holloway », ContreTemps, 2003.
[14] Piqueteros: “trabajadores desocupados” que cortaron las carreteras con grandes “piquetes” de huelga, tras la crisis de 2001 en Argentina.
[15] Ver la interesante entrevista a Zibechi aparecida en la revista libertaria Réfractions (2007).
[16] Sobre este debate estratégico internacional y sus prolongaciones, así como las repuestas aportadas por Holloway, ver: Contra y más allá del Capital (2006).
[17] S. Halimi, “Quelle societé future ? Dernières nouvelles de l’Utopie », Le Monde Diplomatique, Paris, agosto 2006.
[18] A. Münster, Ernst Bloch, messianisme et utopie, PUF, Paris, 1989.

Traducido del francés por: VIENTO SUR
Revisado por:  María Piedad Ossaba (Red Tlaxcala – La Pluma)
Fuente: Contretemps, 10 de enero de 2013

Franck Gaudichaud