El caso Pinochet: lecciones de la lucha transnacional contra la impunidad (Borrador)

El caso Pinochet: lecciones de la lucha transnacional contra la impunidad (Borrador)

Institute for Policy Studies. Virginia M. Bouvier

¿Cuáles fueron los factores que contribuyeron a la reacción internacional única al golpe y a las violaciones de los derechos humanos en Chile?

La reacción internacional frente al golpe en Chile fue inmediata y arraigada en una serie de condiciones y alianzas establecidas en las décadas previas y después del golpe, tanto como factores internos y externos. Estas condiciones contribuyeron a la consolidación de nuevas normas, relaciones, e instituciones que más tarde formarían la base para un ambiente que apoyara la detención de Pinochet en Londres y los esfuerzos posteriores y actuales de buscar la justicia en el caso chileno en Inglaterra, en España, en Bélgica, en los Estados Unidos, y en muchas otras partes del mund13o.

Primero, existían muchos lazos entre Chile y el exterior antes del golpe. Entre todos los países latinoamericanos, Chile ya había atraído un interés particular en la comunidad internacional a partir de los años cincuenta, cuando fundaciones como la Ford y la Rockefeller, tanto como las organizaciones como UNESCO, UNICEF, US AID, la Alianza para el Progreso, la OEA, y una variedad de gobiernos e instituciones europeas establecieron sedes, institutos y programas de investigación, intercambio, y enseñanza en Chile. En aquella época se inició organizaciones como la FLACSO y programas de intercambio tales como el establecido entre la Universidad de Chile y las universidades de California.

Éste, financiado con $10 millones de la Fundación Ford, resultó entre otras cosas en licenciaturas y doctorados para más de 125 profesores chilenos entre 1965 y 1978 (Puryear). Tales programas fortalecieron los vínculos institucionales y el intercambio de conocimientos entre Chile, Europa y los EEUU, y promovieron también la creación de redes profesionales, académicas, científicas y técnicas, tanto como relaciones personales entre chilenos y gente del exterior.

En las vísperas de la revolución cubana, los EEUU buscó ofrecer alternativas al comunismo en América Latina. Chile, donde la izquierda tenía un arraigo fuerte, fue la vitrina de la Alianza para el Progreso. Entre 1962 y 1969, Chile recibió más de un billón de dólares de asistencia, préstamos, y donaciones de los Estados Unidos -más per cápita que cualquier otro país en el hemisferio- (U.S. Senate,1975). Centenares de norteamericanos fueron a Chile en los años sesenta para participar en el Cuerpo de Paz. Los bancos privados habían abierto posibilidades de crédito para el desarrollo en Chile en los años sesenta y había mucha inversión extranjera en el país -un factor que complicaría las campañas internacionales tanto como la política chilena-.

Chile estaba repleto de gente de otros países. La nueva Junta condenó la presencia de algunos 10,000 extranjeros a quienes llamó “extremistas,” y quienes prometió expulsar. (Washington Post, 15 septiembre 1973). Estos extranjeros incluyeron un sinnúmero de latinoamericanos -de Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay- que habían encontrado amparo en Chile de la represión política en sus propios países. Había además en Chile y el Cono Sur refugiados criminales que participaron en la persecución de los judíos bajo el régimen nazi en Alemania. Su presencia ya había despertado un interés por parte de los llamados “cazadores de Nazis” que mantuvieron sus presiones durante el régimen militar de Pinochet. (“Jewish Group Asks Chile to Extradite Walter Rauff”, Sept. 6, 1972)

El carácter internacional de las iglesias, los partidos políticos y los sindicatos -instituciones fuertes en la historia de Chile – ofrecían redes de organización y amparo importantes y ya establecidas. Muchos misioneros extranjeros vivían en Chile. Los vínculos entre las iglesias americanas y europeas se habían profundizado a raíz de la conferencia episcopal latinoamericana en Medellín en 1968, cuando los obispos se pronunciaron a favor de la opción preferencial para los pobres. Se vio una proliferación en Chile (y Brasil) de comunidades de base inspiradas en la nueva “teología de la liberación” y estos experimentos atraían la atención de gente de afuera y llamaron a un nuevo tipo de misionero dispuesto a comprometerse a vivir entre los pobres. También en 1971 se estableció Serpaj como un movimiento panamericano a favor de la justicia social y la no-violencia activa que creó otra red de comunicación y de confianza y relaciones personales que serían importantes en el período después del golpe. (Pagnucco)

Los cambios en la iglesia contribuyeron a un ambiente eclesiástico que apoyó una posición menos ligada al apoyo de las élites tradicionales y más dispuesta a defender los derechos del pueblo frente al dictador venidero. Este espíritu ecuménico resultó en la creación de respuestas conjuntas de las iglesias y grupos religiosos tales como el Comité CONAR y COPACHI, y la Vicaría de la Solidaridad, institución protegida por la Iglesia Católica que empleó en su cenit algunas 200 personas con un apoyo de $2 millones anuales del exterior. (Puryear)

Mucho antes del 11 de septiembre de 1973, Chile ya había despertado un interés intelectual, político, e ideológico por su experiencia con un sistema democrático que había permitido cambios políticos entre sectores de la derecha, izquierda, y centro por la vía electoral. Cuando llegó Salvador Allende– un socialista cuya trayectoria democrática era conocida — a la presidencia, muchos intelectuales extranjeros ya estaban en Chile o se fueron para allá para observar o participar en la “revolución pacífica” que Allende proponía llevar a cabo.

Con Allende, Europa parece haber descubierto a Chile. Pablo Neruda, en Confieso que he vivido memorias, escribió que bajo Allende:

afiche1El nombre de Chile se había engrandecido en forma extraordinaria. Nos habíamos transformado en un país que existía. Antes pasábamos desapercibidos entre la multitud del subdesarrollo. Ahora por primera vez teníamos fisonomía propia y no había nadie en el mundo que se atreviera a desconocer la magnitud de nuestra lucha en la construcción de un destino nacional. (Neruda 465)

Entre los partidos políticos, los comunistas, socialistas, social-demócratas, y demócrata-cristianos tenían vínculos fuertes con el exterior, sobretodo en Europa, donde estos vínculos se habían fortalecido durante la época de Allende..

Neruda observó que:

Todo lo que acontecía en nuestra patria apasionaba a Francia y a Europa entera. Reuniones populares, asambleas estudiantiles, libros que se editaban en todos los idiomas, nos estudiaban, nos examinaban, nos retrataban. … La ardiente simpatía hacia Chile se multiplicó con motivo de los conflictos derivados de la nacionalización de nuestros yacimientos de cobre.

En el caso de los sindicatos, muchos en el exterior ya habían movilizado para apoyar las demandas de los trabajadores bajo la administración de Allende cuando él tomó una posición fuerte frente a las compañías multinacionales

Apartado 2

Aparte de esa trayectoria de lazos, había condiciones internas y externas que facilitaron una reacción internacional al golpe y los abusos que ocasionó. Primero, un golpe militar en Chile era fuera de costumbre. La naturaleza de la cultura chilena política, su historia democrática de constitucionalismo, su tradición de participación activa en la vida electoral, y su tradición de una prensa libre e independiente, tanto como las normas del estado de derecho garantizadas por la Constitución de 1925 y la costumbre del control civil de los militares- puso de relieve el choque dramático del derrocamiento de un líder electo del pueblo y el establecimiento de un régimen militar que asumiera el poder por la fuerza. Además el uso descarado de la tortura, la detención-desaparición, y el exilio forzado como instrumentos del poder político violó la tradición chilena, las sensibilidades humanas, y las normas internacionales.

La naturaleza del golpe no dejó espacio para la especulación. No había una erosión gradual de las estructuras democráticas como en Uruguay o Perú. En Chile quedó claro desde el inicio que el golpe militar era el inicio de un ataque simbólico tanto como físico al tejido social de Chile. Primero, el golpe en sí era brutal y comunicó las intenciones del nuevo régimen sin ambages. Se bombardeó La Moneda, se desmanteló el Congreso, se eliminó abruptamente los medios libres de comunicación al mandar cerrar 26 periódicos y revistas, se persiguió al liderazgo y a las bases de la administración anterior, y se prohibió los sindicatos y el derecho a la asamblea. De los miles que detuvieron en el Estadio Nacional, algunos, como Adam y Patricia Garrett-Schesch, estudiantes graduados de la Universidad de Wisconsin, lograron escapar y dar testimonio de las ejecuciones que habían presenciado. (Washington Post, 24 septiembre 1973)

Aparte de la historia democrática de Chile, el choque del golpe, y la ferocidad de la represión, la asociación creciente del régimen con la figura de Pinochet en el año después del golpe contribuyó a la consolidación de los esfuerzos nacionales e internacionales en su contra. Como la institución militar chilena se consideró una de las más jerárquicas del mundo con una orden rígida y establecida, fue lógico atribuir al comandante-en-jefe la autoridad y responsabilidad definitiva de lo que pasaba en el país. Desde la primera etapa -no como en Perú, Brasil, Uruguay, o Argentina, donde hubo una difusión del liderazgo militar- se asoció el régimen militar en Chile con una sola personalidad.

La política de relegar a los opositores al exilio también contribuyó a la reacción internacional al golpe por dos razones principales. Primero la gente recurrió a las Embajadas para ayuda, dando a conocer de inmediato la brutalidad del régimen al mundo diplomático. Algunos diplomáticos que intentaron ayudar, como el embajador sueco, Harald Edelstam, fueron expulsados luego por la nueva Junta, y se dedicaron a luchar para la restauración democrática. Segundo, miles de chilenos salieron de Chile a vivir en Europa, América del Norte, Australia, y otros países de América Latina, donde difundieron información, formaron amistades, y en el mejor de los casos, generaron apoyo y solidaridad y contribuyeron a los esfuerzos de aislar al dictador. Los diplomáticos chilenos en Ginebra, Estocolmo, México, Caracas, y otras ciudades del mundo presentaron sus renuncias con el golpe y muchos se quedaron en el exterior. Si agregamos los chilenos que tenían que salir por razones económicas, INCAMI, una organización católica chilena, calcula que un millón de chilenos salieron de Chile en los primeros tres años después del golpe. (Kay 1987, p. 50-51)

Aparte de las capacidades individuales de los exiliados, algunos también ya tenían vínculos en el exterior a través de fundaciones, instituciones y asociaciones académicas (como LASA en los Estados Unidos), partidos políticos, iglesias, y otras organizaciones internacionales. Ayudados por estas redes internacionales, algunos consiguieron puestos en universidades o en organizaciones como las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Banco InterAmericano de Desarrollo, y la Organización de Estados Americanos, desde donde buscaron mecanismos para resistir la nueva orden política introducida con el golpe.2820a

Paradójicamente, en los Estados Unidos algunos chilenos podían aprovechar del espacio creado en las universidades por parte de la lucha de los chicanos y afro-americanos durante los años sesenta. Con los programas de acción afirmativa, la llegada de los chilenos coincidió con cierta abertura a las minorías étnicas en muchos campos.

Los chilenos exiliados rápidamente sirvieron de nexo entre Chile y el exterior. Se establecieron grupos de solidaridad con Chile, muchos iniciados por chilenos desterrados, en más de 80 países del mundo. (Ropp y Sikkink 1999, p. 176) En Francia, se organizó 400 comités de apoyo de los chilenos en los primeros cinco meses. (Chile Newsletter, febrero 1974, 1:4.) En Inglaterra, se formó la Chile Solidarity Campaign (CSC) inmediatamente después del golpe, y algunos meses más tarde el más amplio Chile Committee for Human Rights. En ciudades por todo el mundo, surgieron otros comités parecidos. Algunos, como los comités de NICH (Non-Intervention en Chile), tenían vínculos con los partidos políticos -en este caso, el MIR- en Chile, y otros buscaron crear alianzas multi-partidarias.

En el mundo cultural también había muchos contactos globales. Figuras culturales como Violeta Parra, Víctor Jara, Quilapayún, Inti-Illimani, y Patricio Manns ya habían llamado la atención del mundo con la nueva canción chilena, y cuando se derrocó a Allende, algunos de estos músicos se encontraron en una gira en Europa desde donde siguieron con una nueva misión de concientización.

La cultura jugó un papel importante en la sensibilización de la comunidad nacional e internacional a los efectos de la dictadura. Primero, la cultura sirvió de pájaro en las minas, y cuando se torturó hasta la muerte al poeta y cantor, Víctor Jara, en el Estadio Nacional — con tantos otros -y se condenó a los Inti Illimani y los Quilapayún al destierro- se concientizó al público y estimuló la solidaridad de un sector importante del mundo artístico.

En los Estados Unidos, músicos como Holly Near, Arlo Guthrie, Ronnie Weaver, y Pete Seeger dieron a conocer al público la tragedia que se vivía en Chile. Joan Báez cantó el poema de Violeta Parra, “Gracias a la Vida.” Pete Seeger adaptó y cantó el poema, “Estadio Chile,” de Víctor Jara (quien décadas antes había introducido a Chile la versión castellana de “If I had a Hammer.” Holly Near, invitada por Alive, un grupo femenino de jazz, escribió una canción que mencionó por nombre una lista de las mujeres desaparecidas en Chile. Sweet Honey in the Rock rindió su escalofriante “Chile, Your Waters Burn Red Through Soweto.” Menos de dos semanas antes de su asesinato, Orlando Letelier habló en un evento organizado por el National Coordinating Center in Solidarity with Chile, Chile Democrático, y el Chile Committee for Human Rights, en Madison Square Garden en el cual figuraron Joan Báez y Pete Seeger. Y muchos de los que han cantado en una nueva honda musical a favor de los derechos humanos -Jackson Browne y Sting, entre otros- cantaron de Chile y Pinochet.

Las peñas, establecidas por chilenos en muchas partes del mundo, ofrecieron también un lugar de solidaridad y compañerismo donde a la vez recaudaron fondos para los presos políticos y la resistencia a la dictadura e invitaron la participación de colaboradores. Actores y dramaturgos — pienso en Michelle Feiffer, Martin Sheen, Jack Lemon, Mike Farrell — también mostraron interés en el caso chileno y utilizaron su estatus en la sociedad norteamericana para educar al público.

Las películas (tales como “Battle of Chile,” “Missing,” “Il Postino,” y “Death and the Maiden”), poesía, drama (pienso en “Tres Marías y una Rosa”), novelas (como La casa de los espíritus), revistas, música, baile, y artes gráficas (como el de René Castro y Naúl Ojeda, el uruguayo recién fallecido) y artes plásticas consiguieron dar cara, cuerpo, y voz a la población chilena.

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La represión organizada bajo la Operación Condor llegó al exterior y atacó a la soberanía de otros países al transgredir las fronteras de Chile. Las más conocidas de sus actividades que provocaron respuestas internacionales incluyeron: el asesinato por la DINA en 1974 de General Carlos Prats (el precursor de Pinochet) y su esposa en Buenos Aires; el asesinato fracasado en el mismo año en Roma de Bernardo Leighton, líder demócrata-cristiano y exVice-Presidente de Chile; el aplan-condorsesinato en septiembre de 1976 de Orlando Letelier, ex ministro de relaciones exteriores con su colega, Ronni Moffitt, en Washington, D.C., el secuestro y detención de docenas de chilenos en otros países del Cono Sur.

El Institute for Policy Studies (IPS) había invitado a Orlando Letelier a trabajar con él para iniciar centros transnacionales de investigación — resultado en parte de una relación iniciada cuando el cineasta Saul Landau lo conoció cuando Orlando era embajador en Washington. Su muerte y la de otra colega de IPS, Ronni Moffitt, profundizaron el compromiso institucional de IPS tanto como el compromiso personal de muchos que los conocieron o que trabajaron con ellos o sobre el caso chileno.

Aparte de la represión a los exiliados del exterior, la dictadura eliminó a muchos residentes extranjeros en Chile, tales como Frank Teruggi, Charles Horman, Sheila Cassidy, y Carmelo Soria. Si bien la represión contra los chilenos propios era mucho más extensiva, estos ataques legitimaron desde el primer momento el activismo de gobiernos extranjeros en el caso chileno en un momento cuando no había desarrollado un consenso en la práctica como el que existe hoy sobre la universalidad de los derechos humanos y el derecho de la comunidad internacional de opinar cuando un gobierno no cumple con sus deberes de proteger y promover los derechos humanos de sus ciudadanos. 4 (“24 Chilean and Uruguayan Refugees Abducted in Argentina,” Washington Post, 12 June 1976.)

Uno de los factores externos que contribuyó a la respuesta extraordinaria al golpe fue que el golpe se dio en un momento histórico propicio para una resistencia internacional. Los años sesenta era un momento histórico de mucha energía social. Había una nueva concientización del poder del pueblo, de optimismo y esperanza, de fe en las posibilidades de los cambios sociales.

En los Estados Unidos, como en muchas partes del mundo, los estudiantes se habían organizado, los movimientos sociales de la no-violencia activa habían contribuido a parar la guerra en Vietnam, se había logrado avances en los derechos civiles para las minorías étnicas estadounidenses y para las mujeres en muchas partes, se estaba organizando a favor de la independencia de las colonias africanas y en contra del sistema de apartheid en África del Sur. Era un momento de abertura a las ideas progresistas y de visiones alternativas.

Apartado 4

Paradójicamente el papel de los Estados Unidos respeto a Allende y a Pinochet contribuyó al interés en el caso chileno y al enfrentamiento ideológico. Seis meses antes del golpe se había abierto una investigación en el Senado de los Estados Unidos sobre la intervención de la CIA y las compañías multinacionales (ITT, Kennecott, y Anaconda) en la política chilena. En este contexto, las revelaciones sobre la manipulación extensiva de la política interna de Chile a partir de los años sesenta, tanto como la actitud y el papel de la administración de Nixon y de la CIA en el derrocamiento de Allende, la arrogancia de Henry Kissinger, el subsiguiente apoyo abierto a Pinochet, y consiguieron enardecer mucha oposición doméstica en el público tanto como en el Congreso norteamericano. Un sentido de responsabilidad, rabia, y vergüenza motivaron a muchos norteamericanos.

Después del fracaso en Vietnam y el escándalo de Watergate, el público norteamericano eligió al Congreso norteamericano algunos representantes que una nueva clase de políticos– los llamados “Watergate Babies” -que exhibió una conciencia crítica respeto al papel estadounidense en el mundo y buscaba hacer nuevos caminos en su política exterior. El Congreso entonces se hizo sitio del debate ideológico sobre la política estadounidense de apoyar a las dictaduras- tales como se había apoyado en Vietnam. Estas políticas de apoyar dictaduras militares en nombre del anti-comunismo y la doctrina de la seguridad nacional se había visto en décadas anteriores en América Latina -en Guatemala y Paraguay (1954), Brazil (1964), la República Dominicana (1965), Bolivia (1972) y pocos meses antes del golpe chileno, en Uruguay (Junio 1973). El caso chileno, sin embargo, dio impulso y enfoque para una reevaluación de esta política.

2. ¿Cuáles eran algunas de las campañas exitosas de solidaridad transnacional durante la época de Pinochet?

Primero habría que definir lo que constituye un éxito, y creo que estas definiciones son múltiples, y cambiaron según la época y según las campañas. Tendría que decir que hubo victorias de varios tipos. Victorias simbólicas, triunfos sustantivos, y concesiones temporales. Al nivel general, habría que observar que la gama de resistencia al golpe fue impresionante, inmediata, y sostenida durante muchos años.

El primer triunfo fue que la sociedad civil chilena seguía activa a pesar de la dictadura. No hubiera sido posible la resistencia sin la alta capacidad de organización de los chilenos. Cuando las numerosas delegaciones extranjeras viajaron a Chile a investigar los derechos humanos, contaron con la experiencia, el conocimiento y los consejos de muchos grupos de derechos humanos tales como la Vicaría de la Solidaridad, la Comisión Chilena de Derechos Humanos, FASIC, CODEPU, PIDEE, Serpaj, la Comisión Nacional Contra la Tortura, el Movimiento Sebastián Acevedo, todas las agrupaciones de familiares de las víctimas de la represión -de los desaparecidos, de los presos políticos, de los ejecutados, de los detenidos- que se establecieron durante la dictadura.

Las iglesias lograron éxitos imprescindibles que fueron apoyados por la comunidad internacional.

En la primera etapa del golpe, estos éxitos y éxitos parciales incluyeron el establecimiento de organizaciones en Chile que pudieron ofrecer la asistencia humanitaria, sicológica, y legal a las víctimas de la represión –a los que huían de la represión y a los que quedaron. Con la colaboración del Alto Comisionado de las Naciones Unidas de Refugiados (ACNUR) y el Comité Internacional para la Migración de las Naciones Unidas (UN International Committee for Migration), líderes de las iglesias católica, ortodoxa, protestante, y la comunidad judía crearon el Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados (?) (CONAR) que facilitó el salvoconducto de algunas 4,500 personas en los primeros seis meses después del golpe.

El Consejo Mundial de Iglesias, por la gestión del pastor presbiteriano Charles Harper y el obispo luterano Helmut Frenz, fundó el Comité por la Paz en Chile (COPACHI o el Comité Pro-Paz) el 6 de octubre de 1973, en el cual participaron representantes de las iglesias católica, luterana, baptista, etodista, metodista pentecostal, ortodoxa, y la comunidad judía. COPACHI recibió 86% de su apoyo del extranjero y el resto de Caritas Chile. La mitad de sus finanzas venía de organizaciones evangélicas, show_image_NewsPostsobretodo del Consejo Mundial de Iglesias; el apoyo católico vino de la organización holandesa, CEBEMO, MISEREOR de Alemania, y la Conferencia Episcopal de los EEUU. Entre sí, CONAR y COPACHI ofrecieron apoyo legal, fiscal, y emocional a las víctimas de las violaciones de los derechos humanos. (Hawkins 2002, p. 56).

En enero de 1976, dos meses después de la disolución forzada de COPACHI y con el amparo del Cardenal Raúl Silva Henríquez y la iglesia católica, se estableció la Vicaría de la Solidaridad. La Vicaría, que durante una etapa era el único espacio de resistencia permitida al dictador, llegó a ser una institución modela para los defensores de derechos humanos en el exterior. Recibió entre 1974 y 1979 un apoyo internacional que se calculó en 100 millón de dólares para los programas de derechos humanos y desarrollo económico. (Brian Smith, 325-326, cited in Hawkins 2002,p. 56).

Había otros éxitos o éxitos parciales en Chile que la comunidad internacional apoyó. Las organizaciones gremiales de los sindicatos tomaron el liderazgo de las protestas nacionales cuando declinó la economía chilena a principios de los años ochenta, los partidos políticos ganaron fuerza cuando se decidió seguir una estrategia electoral con la campaña del NO a fines de los años ochenta; los periodistas lograron sacar revistas independientes bajo muchas presiones, los médicos comenzaron a organizarse contra la participación de los médicos en las sesiones de tortura, los trabajadores culturales mantenían viva las memorias y el deseo popular de justicia; los intelectuales analizaron la situación y ofrecieron visiones de salidas posibles; los abogados defendieron a las víctimas de violaciones de derechos humanos a gran riesgo personal; las mujeres demandaron la democracia en la casa y en la calle; los mapuches buscaron proteger sus derechos a la tierra, y la gente que sufría la crisis económica en carne propia en las poblaciones se organizaron en ollas comunes, centros de salud, grupos de apoyo para los cesantes, y muchos otros.

Aparte del apoyo humanitario de las iglesias y el establecimiento de grupos de apoyo dentro y fuera de Chile, habría que reconocer entre los éxitos y éxitos parciales al nivel internacional: el aislamiento diplomático; la organización de manifestaciones masivas de gente en muchas partes del mundo durante los años de la dictadura chilena; los boicots económicos de productos chilenos; y la negación de los estibadores de cargar productos chilenos en California, Francia, y en otros sitios. Tuvieron éxito parcial e intermitente las campañas internacionales para liberar a los presos políticos y para permitir volver a los exiliados, tanto como las campañas para someter el régimen militar a un embargo de comercio, o para ampliar el espacio para la libertad de expresión, o para buscar la justicia en casos particulares tanto como colectivos. Recientemente, una campaña organizado por Amnistía Internacional, IPS, y TNI, con la colaboración de muchos grupos chilenos y el apoyo de los estibadores sigue teniendo éxito. En 2003, lograron excluir de los puertos en Holanda, Suecia, España, Perú, Ecuador, Panamá, y San Francisco en los Estados Unidos, el “Esmeralda,” uno de los barcos utilizado como lugar de detención y tortura en Chile�marcando una victoria simbólica del rechazo de la tortura como instrumento del poder.

Las campañas exitosas o parcialmente exitosas en Washington incluyeron la campaña de cerrar la Oficina de Seguridad Pública de la AID (la agencia que tenía la responsabilidad de entrenar las fuerzas policiales extranjeros) y restringir los programas de educación y entrenamiento militar internacionales (International Military Education and Training –IMET); la campaña de las ONGs con el Congreso para más supervisión y control sobre las actividades de las agencias de inteligencia; la prohibición de ayuda militar o policial y la reducción de ayuda económica a los más necesitados; la abolición de las garantías y créditos del Banco EXIM y las garantías de crédito de los productos (Commodity Credit Corporation guarantees); el desarrollo (y después los esfuerzos para promover su implementación) de legislación que condicionó la ayuda bilateral norteamericana y sus votos en el Banco Munidal y el Banco Inter-americano de Desarrollo sobre las prácticas de los gobiernos recipientes de los derechos humanos; los esfuerzos de vincular la política norteamericana con la cooperación del gobierno chileno en el caso de los asesinatos de Letelier y Moffitt en Washington.

Cada voto en las Naciones Unidas presentó un desafío y una oportunidad para los chilenos y los grupos de derechos humanos. Las Actas de la Honorable Junta de Gobierno demuestran que la posición de los Estados Unidos en aquel foro internacional le preocupaba mucho al gobierno de Pinochet. (Goldberg 2003) Fue la presión de grupos no-gubernamentales que logró que en noviembre de 1975 los Estados Unidos dejara de abstener de votar por las resoluciones en las Naciones Unidas que condenaron los abusos del gobierno de Pinochet, y una década después que los Estados Unidos comenzara a liderar la denuncia de tales. También los grupos no-gubernamentales colaboraron con los gobiernos para lograr el establecimiento de un rapporteur especial en la ONU sobre Chile.

Recientemente, habría que reconocer las alianzas internacionales que facilitaron la detención de Pinochet en Inglaterra por acciones de abogados españoles con el apoyo de documentos recopilados por chilenos. Las campañas subsiguientes de apoyo -como por ejemplo la que lanzó el National Security Archives para reclasificar y dar a conocer aquellos documentos que podían contribuir a los esfuerzos de los que acusan a Pinochet- han tenido éxitos parciales en parte porque contaron con la experiencia y conocimiento de individuos como Peter Kornbluh y el fortalecimiento de la sociedad civil en los Estados Unidos a causa del caso chileno.

Los esfuerzos internacionales parecen haber contribuido a las decisiones de disolver a la DINA, de poner fin oficial a la práctica de hacer desaparecer a los detenidos, de cambiar el gabinete de Pinochet, de levantar el estado de sitio, de garantizar condiciones electorales más abiertas y hacer permitir más libertad de prensa, y de hacer respetar los resultados del plebiscito en 1988.

Con la ventaja que proporciona una mirada retrospectiva, se ve la necesidad de tomar una perspectiva de largo plazo al evaluar cuáles han sido los éxitos y se nota que a veces las metas de corto plazo no importaban tanto como la educación, la sensibilización, y las alianzas y relaciones de confianza que contribuyeron al establecimiento de comunidades de derechos humanos que se iban creciendo con cada acción tomada y que contribuyeron a la creación de una conciencia internacional sobre Chile.

3. ¿Cómo cambió el trabajo en derechos humanos en Chile y en el exterior?

El trabajo sobre los derechos humanos en Chile cambió según lo que pasaba en el exterior y en Chile, y según lo que pasaba en el desarrollo de las normas, mecanismos, y evolución de las ONGs de derechos humanos. Chile y el caso chileno tenían mucho que ver con el cambio que se dio en el ambiente internacional durante las últimas tres décadas. Hoy este ambiente se ve mucho más propicio -en la corte, en la calle, en la prensa, o en las altas esferas- a juzgar no sólo a Pinochet, sino a cualquier dictador criminal.

En Washington y los Estados Unidos (y me imagino en muchos otros países), el trabajo sobre Chile se relacionó primero a los cambios de gobierno y la evolución de una sociedad civil que se preocupara por las violaciones de los derechos humanos. Durante la administración de Ford y Nixon, la capacidad organizativa de los grupos fuera de Chile no era muy desarrollada, y no había un consenso sobre el papel de los derechos humanos en la política exterior de los Estados Unidos. En 1973, el representante Donald Fraser, jefe del Subcommitteee on International Organizations and Movements of the House Foreign Affairs Committee, lanzó una serie de audiencias sobre el papel del gobierno norteamericano en la protección internacional de los derechos humanos, motivada en parte por las situaciones en Chile y Corea del Sur. En aquella época, su comité concluyó:  “El factor de los derechos humanos no se otorga la prioridad que merece en nuestra política exterior  Por desgraciala actitud predominante ha llevado a Estados Unidos a adoptar los gobiernos que practican la tortura y descaradamente violan casi todos los derechos humanos garantizan pronunciadas por la comunidad mundial una mayor prioridad a los derechos humanos en la política exterior es a la vez un imperativo moral y práctico necesario. (Fraser, p.218)

Esta conclusión resultó en una confrontación directa entre el Congreso y la rama ejecutiva, cuyo Secretario de Estado Henry Kissinger había concluido: “I believe it is dangerous for us to make the domestic policy of countries around the world a direct objective of American foreign policy.”Creo que es peligroso para nosotros, para que la política interna de los países de todo el mundo un objetivo directo de la política exterior de Estados Unidos.”

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Chile fue el catalizador de una nueva época en la historia de la defensa de los derechos humanos y de la política norteamericana al respeto. Cuando Pinochet entró al poder en Chile, al nivel internacional ya existieron herramientas y normas que no se habían aplicado. Una generación anterior de defensores de derechos humanos había codificado los derechos humanos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (ECOSOC) (1966) -que entraron en vigencia en 1976- y la convención interamericana de derechos humanos (1969) que estableció la corte regional de derechos humanos. Los juicios de Nuremberg ya establecieron un modelo de atribución de responsabilidad por las atrocidades.

Los esfuerzos de los chilenos en Chile y fuera de Chile provocaron respuestas activistas de cuerpos regionales e internacionales. En 1974, la OEA por primera vez condujo una investigación in situ de violaciones de derechos humanos en Chile, donde centenares de chilenos -la mayor parte mujeres- fueron a las oficinas establecidas en Santiago para denunciar la detención y desaparición de sus familiares y amigos. La OEA, como organización intergubernamental cuyo mandato requiere consultas con los gobiernos miembros, nunca antes había tomado acción sobre las alegaciones de violaciones de un país miembro; inclusive había negado de hacerlo con un informe sobre la tortura en Brasil hace tres meses antes del golpe chileno.

El caso de Chile sentó un precedente en las Naciones Unidas también cuando respondió por primera vez a los abusos de derechos humanos, sin considerarlos necesariamente como una “amenaza internacional a la paz y seguridad.” (Kamminga 1992) Las Naciones Unidas estableció su primer grupo de trabajo (working group) en 1976 sobre Chile y su primer rapporteur especial sobre derechos humanos en 1978 en Chile. La expansión de las actividades de estas organizaciones abrió nuevas oportunidades para acciones de documentación, vigilancia, denuncia, y debate sobre el caso chileno.

Aparte de su impacto en el ámbito internacional, el caso de Chile tenía un impacto en los sistemas nacionales. En los primeros meses después del golpe y en los años subsiguientes, el trabajo en parte era el de crear conciencia y hacer cuestionar lo que pasaba en Chile, la posición de los Estados Unidos frente a los gobiernos de Allende y Pinochet, el carácter de la Doctrina de Seguridad Nacional, y los costos del modelo neo-liberal de los “Chicago Boys.” En eso habría que reconocer el trabajo de NACLA, entre otros. Parte de este trabajo fue establecer normas en la legislación doméstica que coincidiera con las normas establecidas en los instrumentos internacionales, tales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En esta primera etapa cuando había poca conciencia de América Latina en Washington, fue un éxito establecer relaciones de confianza entre las ONGs y el gobierno norteamericano. Fue un logro encontrar gente dispuesta a recibir a los chilenos y a responder a lo que sucedía en Chile, gente como Mark Schneider, Nancy Soderberg, y Sen. Edward Kennedy; Ed Long y Rep. Ted Weiss; entonces Rep. ahora Senador Tom Harkin; Cindy Arnson y Rep. George Miller; Jan Shinpoch y Rep. Stan Lundine; (ahora diputado) James McGovern y Rep. Joe Moakley; Rep. Toby Moffett; Nancy Agris, Vic Johnson, Lilian Pubillones y Cong. Mike Barnes; Rep. Don Fraser y John Salzburg; Bob Dockery y Sen.  Christopher Dodd; Sen. John Kerry; Barry Sklar, y el personal del Senate Foreign Relations Committee; Cong. Bruce Morrison, Cong. Pete Stark, Cong. Tom Lantos, Cong. Rick Boucher, Cong. Bill Alexander, Rep. Doug Bereuter, y otros.

El golpe provocó respuestas institucionales por parte de las iglesias católicas y protestantes, quienes vieron la necesidad de asegurar que las realidades vividas por sus colegas en aquellos países se representaran en las altas esferas de Washington. Chile fue catalizador de la formación de una serie de nuevas organizaciones cívica-religiosas como la Washington Office on Latin America, cuya primera directora -Diane LaVoy-, jugaría un papel en la famosa investigación del Senador Frank Church sobre las acciones de la CIA en Chile, cuyo segundo director, Joe Eldridge, era misionero metodista en Chile cuando vino el golpe; también Heather Foote, que dirigió WOLA en los años ochenta y ahora se encarga de la oficina del AFSC en Washington, había trabajado en Chile como colaboradora con el Comité Pro Paz.

El Council on Hemispheric Affairs, creado en 1975, también fue producto del encuentro con Chile, donde su director, Larry Birns, trabajaba con ECLA de la ONU en los meses antes del golpe. Chile también dio nueva energía y enfoque al tema de los derechos humanos en las actividades de organizaciones como Americans for Democratic Action, the Friends Committee for National Legislation, the Human Rights Working Group of the Coalition for a New Foreign and Military Policy, Clergy and Laity Concerned y Center for International Policy, grupos que habían luchado con cierto éxito en contra de la política norteamericana en Vietnam y que en los años iniciales del golpe buscaron establecer nuevas normas en la política exterior y más vigilancia por parte del Congreso sobre las acciones de la rama ejecutiva. La represión contra ciertos sectores en Chile: tales como los trabajadores, los periodistas, los artistas e intelectuales, los trabajadores de la salud, y los estudiantes o tácticas como el uso de los médicos en la tortura mobilizaron muchos homólogos en el exterior a formar sus propios grupos o campañas de solidaridad o a organizar visitas de investigación a Chile.

Estas organizaciones y otros que aparecieron más tarde, como Americas Watch, sensibilizaron al público del tema de Chile y promovieron una política a favor del respeto de los derechos humanos frente a las instituciones gubernamentales, intergubernamentales y no-gubernamentales. Debe haber muchas otras historias parecidas en otras partes del mundo también.

Con el establecimiento y la consolidación de organizaciones de derechos humanos, hubo también más presión al nivel de la política norteamericana hacia Chile. Los esfuerzos para promover audiencias públicas sobre Chile lograron en los Estados Unidos que cada año a partir de 1973, los comités de relaciones exteriores de la Cámara de Diputados y del Senado recibieron testimonio sobre Chile cuando debatieron el proyecto de ley para la ayuda externa.

En la primera década de Pinochet, bajo Ford y Nixon, los grupos de derechos humanos (que se iban constituyéndose) buscaron crear las herramientas y mecanismos nacionales de presión sobre sus gobiernos y el gobierno de Chile. Entre 1975 y 1977, consiguieron que los Estados Unidos cortara la ayuda militar, limitara la ayuda económica, y se opondría a préstamos en el Banco Inter-Americano de Desarrollo y el Banco Mundial a los gobiernos que violaron sistemáticamente a los derechos humanos de sus ciudadanos. En 1976, como respuesta a las críticas del Congreso sobre la política norteamericana hacia Chile, el Departamento de Estado inició la publicación de un informe anual sobre el estado de los derechos humanos para la cual las embajadas extranjeras comenzaron a tener que prestar atención y tomar contactos con los grupos de derechos humanos.

Durante la administración Carter (1977-81), hubo una alianza entre la rama ejecutiva y la legislativa para crear y fortalecer mecanismos gubernamentales para promover los derechos humanos de manera más sistemática. Fue en estos años cuando se estableció la legislación más exigente para los gobiernos recipientes de la ayuda norteamericana en cuanto a su posición respeto a los derechos humanos referida antes.

Con el liderazgo de Carter y su administración, Chile fue beneficiario de una política de promoción de los derechos humanos en las instituciones nternacionales. Carter nombró a Andrew Young, asistente de Martin Luther King, Jr. y del equipo del Southern Christian Leadership Conference, como Embajador a las Naciones Unidas. Young señaló como asistente al recién fallecido Brady Tyson, también conocido por su participación en la estrategia de la no-violencia activa en defensa de los derechos civiles.

Se había establecido en 1976 una oficina de coordinación de derechos humanos y asuntos humanitarios que sirvió de consejero del secretario de estado. Bajo Carter se ascendió la posición en 1977 al nivel de subsecretario de estado, aumentaron el personal de 2 a 7 personas, y Carter nombró como subsecretario a Patricia Derian, otra activista de los derechos civiles y fundadora de la Mississippi Civil Liberties Union. (Schoultz 1981; p. 126) Sirvió como asistente Mark Schneider, uno de los responsables del trabajo sobre Chile en los primeros años de Pinochet en el Senado, donde trabajaba como asistente de Senador Edward Kennedy.

En la subsiguiente administración de Reagan -la época de la “diplomacia silenciosa”- los Estados Unidos cambió de posición y las leyes que fueron establecidas anteriormente fueron violadas abiertamente. Por consiguiente, en aquella etapa, las ONGs lucharon para vigilar su implementación.

Hubo una lucha para establecer las definiciones de la violación “sistemática” de los derechos humanos, para contestar las afirmaciones que la situación se mejoraba, y para hacer implementar las leyes que se había establecido antes. Cuando la administración de Reagan trató de quitar la prohibición de ayuda militar a Chile, por ejemplo, la oposición en el Congreso norteamericano consiguió suavizar la modificación al introducir algunas condiciones a la ayuda. En otro caso, a pesar de la ley, la dministración comenzó a votar a favor de los préstamos para Chile. La legislación no resultó suficiente para prevenir que la administración simplemente no afirmara que cumplían con las condiciones del Congreso.

Una consecuencia fue que algunos grupos como WOLA ampliaron el enfoque de su trabajo en el Congreso. De los comités que trataron temas de relaciones exteriores (SFRC y HFAC), comenzaron a cultivar relaciones con los congresistas (republicanos y demócratas) en los comités que financiaron las instituciones financieras internacionales. Tal era el caso del representante Bruce Morrison, que participó en una delegación auspiciada por WOLA y una serie de actividades en Chile en 1986.

Las acciones internacionales respondieron también a los eventos en Chile. Cuando en 1982 llegó la recesión económica a Chile, y se iniciaron los días nacionales de protesta, los grupos nacionales ya habían desarrollado los mecanismos para responder, y ya estaban vigentes los mecanismos de denuncia frente a las organizaciones internacionales como la OEA y las Naciones Unidas. A mediados de los años ochenta, hubo cambios profundos en la oposición. Con el Acuerdo Nacional en 1985, dentro de Chile hubo un cambio de un enfoque de derechos humanos a un enfoque electoral.

Los grupos de derechos humanos en el exterior buscaron apoyar y ampliar una abertura política para aumentar las posibilidades de un cambio a un sistema más democrático, llamando la atención a las condiciones bajo las cuales se preparaba la campaña electoral para el plebiscito de 1988. (Hawkins 2002, p. 59) Las fundaciones ampliaron su apoyo y empezaron a financiar organizaciones más abiertamente políticas. Entre 1985 y 1988, se calcula que donaron un promedio anual de hasta 55 millón de dólares. (Angell 1994) Estos fondos ayudaron a reconstruir los partidos políticos, los sindicatos, y los medios de comunicación que los años de dictadura habían prácticamente destruido. (Hawkins 2002, p. 60)

Habría que reconocer un cambio también en la provisión de fondos. En los años ochenta, los gobiernos y partidos políticos extranjeros reemplazaron a las iglesias y grupos de derechos humanos en la provisión de ayuda. Las fundaciones políticas alemanas contribuyeron 26 millones de dólares a Chile entre 1983 y 1988; los Estados Unidos dio $6.8 millones desde 1984-1988; e Italia Holanda, y otros también contribuyeron. (Pinto-Duschinsky 1991, p. 40).

Después de la toma de poder del nuevo presidente Patricio Aylwin y la publicación del informe de la Comisión Rettig, se vio la transformación de la agenda doméstica en Chile sobre los derechos humanos. Primero, gran cantidad del personal de las ONGs de derechos humanos se trasladaron a trabajar con el nuevo gobierno. Segundo, las ONGs se encontraron en el papel incómodo de criticar a un gobierno electo que incluyó a muchos con quienes se había trabajado en la oposición a Pinochet. Cuando la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas concluyó en 1996 que la tortura seguía como práctica en Chile y que el gobierno no había actuado para controlar las actividades de las fuerzas de seguridad, paradójicamente no había mucho espacio para mobilizar a los chilenos o a dar una respuesta internacional. (US Dept of State, Chile Human Rights Practices, 1997)

Tercero, después de recibir apoyo sustancial durante los años de dictadura, con la entrada de un gobierno electo, las ONGs perdieron el financiamiento. El nuevo fondo gubernamental de inversión social absorbió el dinero de la Unión Europea y otros que antes llegaba a las ONGs. Cuarto, la Vicaría de la Solidaridad dejó de operar y los otros grupos de derechos humanos tuvieron que re-evaluar sus estrategias dado la falta de personal y dinero. También grupos como la Fundación Inter-Americana dejó de actuar en Chile en 1996.

Esos cambios tenían su impacto también en el exterior. En los años noventa, predominaron los temas de la justicia transicional y la naturaleza “tutelada” de la democracia. La experiencia con la Comisión Rettig por ser pionero anticipó la popularidad de tales proyectos y el trabajo de la Comisión no generó mucha atención en Washington, en parte porque todos lo reconocieron como una negociación política que privilegió la reconciliación sobre la justicia. Irónicamente, creo que también hubo mucha reticencia por parte de los extranjeros que habían trabajado del mismo lado a favor de los derechos humanos de repente juzgar el proceso inadecuado. Sin una visión clara de la nueva relación en la democracia, faltaba la acción decisiva.

En los años noventa y a principios de los años de 2000, había contactos e informes sobre la situación en Chile, pero no se podía sostener la atención de los políticos extranjeros, el público, la prensa, las fundaciones, y la misma comunidad de derechos humanos, que ya se vio preocupada por otras situaciones de crisis en otras partes del mundo con Centroamérica en particular, y después con Haití, Perú, las repúblicas anteriores de Yugoslavia. “Human rights NGOS tend by their nature to be short- staffed and overworked and each new crisis displaces the last before one is able to work through the resolution of the earlier one,” me comentó un observador.

Cambios de personal en algunas organizaciones en Chile y en el exterior debilitaron las relaciones institucionales entre grupos. Muchos chilenos que vivían en el exilio volvieron a Chile a negociar nuevas vidas allá. Después de largos años de la dictadura, muchos se sentían libres de buscar nuevos caminos profesionales y personales, entregando lo aprendido por su relación a la lucha en otros ámbitos.

Cuando en 1992, la Vicaría tomó la decisión de cerrar sus puertas, una voz importante en el exterior se perdió. No sé hasta que punto el financiamiento extranjero se había agotado o si la disolución de la Vicaría anticipó las decisiones de las organizaciones filantrópicas al señalar que la reconciliación seguía en buen camino y las estructuras democráticas re-establecidas marchaban bien (si con algunas restricciones).

WOLA, que había sido muy activa en cuestiones de Chile en las décadas setenta y ochenta, dejó de iniciar muchas actividades sobre Chile al salir Pinochet de la presidencia. Se sentía que había un proceso doméstico legal y político de que los chilenos podían aprovechar, que no era asunto que requería la intervención de terceros. Como un miembro de un ONG me contó, “No había un mandato claro para la comunidad internacional. Nadie venía para pedir ayuda o apoyo internacional, como sería el caso de los centroamericanos con los procesos de paz en El Salvador y Guatemala.”

¿Cómo se mantuvo viva la búsqueda para la paz y la justicia en los primeros años de los años noventa?

 Los ritos y la cultura han mantenido viva la memoria de los sufrimientos colectivos y personales tanto como el deseo de hacer justicia. Las ceremonias cada septiembre en el círculo de Sheridan — lugar donde fueron asesinados Letelier y Moffitt — tanto como el entregamiento anual de los premios de derechos humanos “Letelier-Moffitt” han servido como ritos importantes que convocan a la gente para renovar el compromiso para con la memoria de las víctimas de la dictadura. Han contribuido a la creación de una comunidad y han ofrecido un contacto continuo que ha fortalecido los lazos de amistad y comunicación entre chilenos y “chilenistas.”

En Washington, el círculo de Sheridan, tal círculo de amistad, es uno de los lugares que provoca lo que Alex Wilde ha llamado “irrupciones de la memoria.” Los ritos del círculo  la música, la oración, las flores, las lágrimas, las sonrisas, las palabras y el silencio– son la base de “nuestra América”–una América de compasión, de recuerdos intencionales, de espiritualidad profunda, de indignación ante las violaciones cometidas, y de dignidad compartida.

Una América que denuncia la injusticia y anuncia el poder del amor, de esperanza, y de la justicia.

El arte ha servido y sigue sirviendo como una “luz entre tinieblas” nombre de una exposición artística organizada por Robb Hite — que viaja por los Estados Unidos desde hace tiempo LOGO ASAMBLEA ANDDHHy que relata en imágenes y textos la lucha, la esperanza, la visión de un futuro mejor, el triunfo de la vida sobre la muerte. Tales proyectos colaborativos crean comunidades que en la producción tanto como en la presentación fortalecen alianzas de luz y energía y visión.

Surgió de la pesadilla de la dictadura las arpilleras, dolor hecho arte, que lograron transformar las víctimas en protagonistas, los familiares en comunidad, y que dieron forma a los cuyos cuerpos desaparecidos y robados. A través de las décadas, esta arte popular, tejido por las lágrimas y el coraje de las mujeres, mantenía viva las quejas y expectativas colectivas de justicia, y se comunicaron su angustia en un lenguaje simbólico y directo a la comunidad internacional.

Los familiares de los detenidos-desaparecidos o las otras víctimas de la represión y sus abogados — por su voluntad y por su coraje–han jugado y siguen jugando un papel importante en las cortes tanto como frente a la opinión publica internacional. La documentación extensiva recopilada en los años setenta y ochenta por los grupos de derechos humanos en Chile como la Vicaría, la CCDH, FASIC, Serpaj, la Agrupación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos, y FEDEFAM es lo que hace posible acusar a Pinochet hoy. Las dificultades que encontraron estos grupos de hacer responsables a los culpables en Chile, los llevó a buscar alianzas en el exterior, donde se pudo hacer quejas y acusaciones formales y documentadas.

Los cambios en el medio ambiente internacional a partir de los primeros años de los noventa siguen ofreciendo nuevos modelos, nuevas posibilidades y nuevas esperanzas. Ahora hay instituciones como la Corte Criminal Internacional tanto como nuevas convenciones contra la tortura. En muchos países del mundo se ha establecido comisiones nacionales para esclarecer los hechos ocurridos y establecer responsabilidad para los abusos. Se ha visto el establecimiento de mecanismos de justicia con los tribunales creados en las ex repúblicas de Yugoslavia , Rwanda, Kosovo, East Timor, y Sierra Leone; y por todas partes del mundo se va buscando la reconciliación interior, en la comunidad, y al nivel nacional e internacional. Hoy existe una cultura internacional más propicia a los derechos humanos, en gran parte fortalecida por la experiencia chilena.

FUENTES CITADAS

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