LA LUCHA IDEOLÓGICA EN ESTOS TIEMPOS DE CRISIS DE IDENTIDAD POLÍTICA

LAS CLASES SOCIALES ESTÁN EN PERMANENTE CONFLICTO

Rodrigo Santillán Peralbo
A menudo se habla de la polarización de los sectores sociales y se la tilda de peligrosa, como si se quisiera ocultar la existencia de la lucha de clases que es un concepto marxista explicado por el Materialismo Histórico que se refiere al origen, evolución y actualidad de las clases sociales antagónicas que, por su propia naturaleza y esencia, están en permanente conflicto, propio de toda sociedad organizada políticamente. Los sofismas provenientes de ideólogos del capitalismo transnacional así como los populismos de izquierda crean confusiones ideológicas para la satisfacción de sus objetivos políticos inmediatistas, a la vez que exacerban los antagonismos que, al ser mal conducidos, devienen en violencias incontroladas que retardan los verdaderos procesos revolucionarios. 
El marxismo, con sobra de argumentos científicos señala que la lucha de clases es el motor de la historia, lucha que sólo desaparecerá cuando se llegue dialéctica e inexorablemente a conformar una sociedad sin clases. Unos quieren que esa sociedad igualitaria, solidaria, plena de justicia social y vigencia de derechos humanos sea alcanzada con la revolución que permite los saltos dialécticos que evitan el largo recorrido por los procesos evolutivos, y otros que aborrecen la revolución, menosprecian los cambios y transformaciones porque sólo viven para conservar el sistema que les garantiza mantener sus privilegios de clase, en oposición a los intereses de los pueblos. 

En estos tiempos de confusiones ideológicas y políticas, quizá convenga señalar que los primeros serían de izquierda y los segundos conservadores, es decir de derecha. En la actualidad existen diferentes matices entre derechas e izquierdas, cada sector con su propio membrete, tácticas, estrategias. En cada grupo hay sectarios, ortodoxos, dogmáticos, fanáticos, dueños de verdades absolutas. En todos los sectores políticos, sociales y económicos hay personas que carecen de fundamentos ideológicos. 
¿Qué ha pasado con socialistas, comunistas y más revolucionarios en estos tiempos de crisis de identidad política? ¿Qué ha ocurrido con esos partidos y los proyectos de izquierda revolucionaria a lo largo y ancho de nuestra América Latina?

Germán Rodas Chávez, historiador, académico, ensayista de reconocido prestigio internacional, en su calidad de dirigente histórico del Partido Socialista-Frente Amplio del Ecuador, sostiene que, ahora, ese es “un partido de alquiler” enquistado en el gobierno autollamado de “revolución ciudadana” en posiciones de cuarta categoría. ¿Los revolucionarios rojos de ayer, hoy son amarillo patito o verde flex que es el color del movimiento político del gobierno que preside Rafael Correa Delgado? ¿Acaso olvidaron el valor irremplazable de la lucha de clases? ¿Qué pasa con otros sectores de izquierda que aparentemente han sido derrotados? ¿Será necesario construir una nueva izquierda más allá de egoísmos, sectarismos y particulares estrategias? Sería bueno recordar que para superar esas interrogantes es indispensable recurrir a la ideológica marxista-leninista que es la mejor arma para ubicar a las izquierdas en sus propios derroteros y liquidar la crisis de identidad ideológica creada y forjada por los sectores reaccionarios de las derechas más oligárquicas y cavernarias que perviven en América Latina.
Cierto que la lucha ideológica ha ocasionado toda clase de excesos a lo largo de la historia mundial y en particular desde el siglo XX y primeros años del siglo actual, en particular a partir del triunfo de la Revolución Bolchevique. Fue la Revolución rusa de 1917, la que, al crear el primer Estado socialista del mundo y que estructuró la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la que tuvo que enfrentar militar, política, económica e ideológicamente a Occidente y al capitalismo mundial que ya comenzaba a ser hegemonizado y liderado por Estados Unidos que, desde 1898, había iniciado la etapa imperial.

La lucha ideológica iba a producirse entre dos sistemas diametralmente opuestos: Socialismo y capitalismo, lucha ideológica que ni siquiera descartó la confrontación religiosa y el uso y abuso de la propaganda, prejuicios ancestrales, estereotipos, tradiciones y costumbres en los hechos sociales y culturales, por parte de todos los países sometidos al capitalismo. Hasta estos días, la confrontación se da entre esas dos concepciones del mundo, sus seres y sus cosas.

“Por voluntad de la historia y por la lógica del desarrollo, a lo largo del siglo XX (y lo que va del siglo XXI), las relaciones entre el socialismo y el capitalismo han estado en el epicentro de las luchas ideológicas. Sin embargo, no se trata sólo de la escala y profundidad de las divergencias, sino, en primer lugar de que las relaciones prácticas entre dos mundos, desde el propio comienzo, eran más que frías e, incluso, hostiles debido, frecuentemente, a causas objetivas. Pero tampoco se puede negar que su efecto se viese multiplicado por los factores subjetivos”, sostiene Nikoláev. Esa diametral concepción de percibir y entender la realidad del mundo produjo la “guerra fría” que, en distintas ocasiones y en diversas latitudes 
de la tierra, se transformó en caliente Y que ocasionó múltiples conflictos que, en varias oportunidades pusieron a la humanidad al borde del holocausto nuclear. 

El enfrentamiento entre estas dos ideologías definió las particularidades de la revolución científico-técnica con preponderancia en el plano militar que alcanzó dimensiones demenciales, especialmente en Estados Unidos durante la era Reaganiana, en la que se inició la famosa “guerra de las galaxias” con la intencionalidad de someter al mundo socialista. Por parte del capitalismo hegemónico, la “guerra fría” superó los límites de la racionalidad preconizada por el modernismo, y en aras de la más crasa irracionalidad fueron sacrificados los
pueblos de Centro América y los de los países de América del Sur que con México y el Caribe, conforman la Gran Patria soñada por nuestros libertadores
que, desde luego, fue una definición ideológico-política, estratégica y económica de Simón Bolívar.

En los inicios del nuevo milenio la lucha ideológica es una necesidad consustancial de la especie humana si quiere sobrevivir a las razones-sinrazones del imperio y a los designios del dios dinero-dólar.

Ningún ser humano puede escapar de esa confrontación de ideas y realidades diversas, sencillamente porque el hombre es un ser social y por tanto componente vital de la especie que mayoritariamente es subyugada, excluida y marginada de las “bondades” del capitalismo y de su democracia occidental y cristiana. Pero, esa lucha ideológica debe racionalizarse, debe “civilizarse” para no caer en las tentaciones del fácil e ignaro fanatismo y en el disparate del dogmatismo ortodoxo que, hasta se degeneran en luchas interétnicas y en conflictos religiosos absurdos y sangrientos en una serie de guerras religiosas y tribales.

Esa ideología de la violencia fanática debe ser combatida por la ideología de la revolución social liberadora, por la ideología del progreso de la conciencia social humanista fundada en la solidaridad y en el amor a la vida, en la justicia social, la libertad y los derechos humanos individuales y colectivos, económicos, sociales y
culturales que, desde luego, deben subordinarse a los derechos de la colectividad que son superiores a los del individuo.

La conciencia social desarrollada se forma con principios, doctrinas, filosofías e ideologías. La conciencia revolucionaria es el resultado del conocimiento de la realidad de tantas injusticias, desigualdades y abusos del poder económico, político, social, cultural, militar, religioso y es la comprensión del hombre por el
hombre en la incesante búsqueda de la realización humana con dignidad, con amor y ternura. Por eso, un revolucionario es ante todo un ser humano humanista, dotado de profundas sensibilidades y connotaciones sociales y de hondo amor y respeto a la vida, tanto que es capaz de dar su vida a cambio del respeto al derecho a la vida con justicia y verdadera democracia, para su comunidad y su pueblo. El revolucionario es una persona que desarrolla su existencia sobre la base de principios y valores con los que construye la ideología revolucionaria que se torna en irrenunciable porque pasa a ser la esencia de su vida. Esta verdad es
combatida, encarnizadamente, por el contrarrevolucionario que basa su accionar en la ideología del pragmatismo, de la comodidad de la indiferencia egoísta y del personalismo que le lleva a ubicarse en el ”yoismo” expresado en: “Yo estoy bien v no me importa el resto”. El pragmático es incapaz de renunciamientos porque carece de conciencia social, es incapaz de mínimos sacrificios porque realiza su vida, únicamente, en torno a su persona y porque ha aprendido a despreciar el valor de las ideas, de los principios, de las ideologías.

Son los pragmáticos que surgen del capitalismo egoísta y rapaz, del neoliberalismo que ideológicamente privilegia y exacerba el individualismo, los que rebuscan ideas para denigrar a las ideologías y aborrecerlas, e imbuidos en esas formas de pensar y ser, comienzan a odiar a los revolucionarios y a las ideologías revolucionarias, porque saben, perfectamente, que un revolucionario se
vuelve molesto e incómodo para sus propias cosmovisiones acomodaticias; y, porque presienten que cuando menos principios tienen, mayores son las posibilidades del “éxito”’ material de sus tristes vidas a las que aman, sólo en tanto logran satisfacciones materiales y económicas, sin que les importe la suerte de los demás.

Para esa clase de personas, la ideología y los principios son cosas molestas y nada prácticos y de esa especie de razón surge la necesidad de combatirlos, mucho más si provienen del marxismo militante, quizá porque desconocen que Marx y Engels también denigraron la concepción de la ideología, porque consideraron que era una conciencia tergiversada, utópica, ilusoria, opuesta cualitativamente a la concepción científica del mundo, de la sociedad y del hombre, en la cual se toman como punto de partida la existencia de los hombres y los procesos vitales reales,
según el análisis de Konstantín Nikoláev que agrega que, de esa conceptualización se concibe, se deduce todo lo incluido en el contenido de las ideas, las leyes de su aparición y transformación. sus relaciones estructural-funcionales. En otras palabras, los iniciadores del marxismo no caracterizaron como ideología a la doctrina de la teoría científica del socialismo.

Pero a medida de que se difundía el marxismo, la doctrina comunista, se requirió tomar una nueva conciencia de esa interpretación, diremos sin ambages, unilateral de la noción ideología. La práctica mostraba que la ideología no es simplemente, ni obligatoriamente, ilusiones o errores; las representaciones concretas se tornan en éstos debido al nivel histórico del desarrollo de la sociedad, de la ciencia y de la esfera cultural en general. La ideología como forma de conciencia social es algo cualitativamente distinta, mayor que una suma de sus ideas y representaciones concretas. Tiene funciones que es necesario cumplir, porque de otro modo la sociedad no podrá vivir normalmente” sostiene Nikoláev.

Mientras el marxismo se sumía en confrontaciones ideológicas internas, en la búsqueda de argumentaciones que precisaran la ideología de las masas, del proletariado del campo y la ciudad y sus necesidades revolucionarias, la ideología pragmática del capitalismo sé concretaba en éxitos económicos, políticos y culturales, en el éxito del desarrollo de la ciencia y de la tecnología con fines de aplicación práctica que refuerzan la idea de riqueza y fortuna, poder y expansión de los sectores dominantes, pues de tan pragmáticos, la sociedad en su conjunto integral y sus problemas irresolutos, valían muy poco o nada frente al relumbrón de la revolución científico-técnica.

Es preciso recordar que la ideología es una ciencia y a esa categoría la elevó W. I. Lenin al definir al marxismo como una ideología científica que se desarrolla por sus propias y particulares leyes. La ideología, según Lenin, no es simplemente una percepción del conocimiento científicosino también una formulación, sobre esta base, de las recomendaciones para la organización de la sociedad, su realización práctica, inclusive por la vía revolucionaria. Así, con el desarrollo del socialismo científico, con la praxis revolucionaria que se concretó con el triunfo de la Revolución de octubre de l917 y la estructuración del primer Estado socialista, la ideología dejó de ser una cosa ilusoria, una utopía, un mero ejercicio intelectual o un experimento del pensamiento desarrollado.

La ideología se transformó en una realidad que originaba nuevas realidades y posibilidades de organización social, económica y política; pero a la vez, con el primer triunfo del socialismo aparecieron sus contrarios que ligaron, casi indisolublemente, las palabras ideología, socialismo, comunismo, revolución, para posteriormente extenderse a aquello de la “amenaza comunista”, “avance del comunismo internacional”, “subversivos, terroristas, revolucionarios, o simplemente “delincuentes”, definiciones que expresaban la ideología de las burguesías, del capitalismo y del imperio.

Pronto el capitalismo, con el uso de la propaganda, con el uso abusivo de los medios de comunicación, convertidos en poder mediático, prolíficamente manipulados, difundió por el mundo una serie de estereotipos y prejuicios sobre la
amenaza comunista” y posteriormente, con la aplicación de la sicología social experimental, creó las teorías y las técnicas de la guerra sicológica, para con ella satanizar al socialismo, al comunismo y la necesaria e inevitable revolución social liberadora.

Como el marxismo, en su esencia, propone cambiar la propiedad privada por la propiedad social, debía ser combatido y atacado, calumniado y envilecido, por el capitalismo, sus voceros e ideólogos. Era natural que así ocurriese porque el marxismo atacaba la parte vital del capitalismo: el sistema de propiedad y los dueños y usufructuarios de ella no iban a cruzarse de brazos. Lo asombroso fue que utilizaron a los pobres y oprimidos, a los proletarios del mundo, para perseguir y combatir al marxismo y sus realizaciones socialistas porque, además, de los países socialistas surgieron científicos que desarrollaron la ideología hasta configurarla como una ciencia social con sus propias leves, principios y postulados que entre otras leyes, destaca que la ideología no debe sustentarse en estimaciones, preferencias o juicios subjetivos sino en criterios y verdades objetivos que es una exigencia para la ciencia verdadera. Igualmente, la ideología es un fenómeno evaluable por su contenido, cuantificable por sus efectos, cualificable por su esencia.

La ideología es un sistema de ideas y sólo se prueba su validez en la práctica social. Si es un sistema de ideas, la ideología es consecuentemente, la organización, la sistematización de las ideas, la unificación integral de las representaciones y significados sobre el mundo, sus seres y sus cosas y, por tanto, de las representaciones que el hombre se hace sobre la sociedad y su organización, sobre el hombre en sus interacciones con su entorno, de la sociedad con la naturaleza y del origen y desarrollo de las interacciones de la persona y de la sociedad con su ambiente; es decir, explica científicamente las relaciones e interrelaciones, las interacciones y la interdependencia del hombre con los hombres, del yo con el nosotros, del ser como ser social con la sociedad, del
ser individual con el ser colectivo, del hombre y la mujer con la sociedad, la economía, el derecho, la cultura, la religión; pero siempre en una especie de doble vía, en la que la persona humana tanto da como recibe de la sociedad en la que interactúa.

La ideología confiere a la persona la posibilidad de trascender de su existencia biológica-síquica hacia estadios superiores de comprensión del mundo, ya que le otorga un programa de conocimientos científicos y un plan de acción para insertarse en la sociedad con la que interactúa y para que se eleve sobre ella y denuncie las formas muertas o mostrencas, al tiempo que propone transformaciones para una mejor y superior organización social, económica, política y cultural. Ese es el valor de la ideología científica que es irrefutable, precisamente por el caráctercientífico que posee.
Sostener que la ideología sólo pertenece a los marxistas, a los revolucionarios y subversivos es un sofisma de la peor especie, tanto como afirmar que Estados Unidos es el paradigma de la democracia en la que conviven todas las ideas, agregaríamos, siempre que no representen un peligro para el sistema capitalista, ¿por qué, entonces, el capitalismo estadounidense tiene leyes que condenan de por vida o con pena de muerte a los “sediciosos y subversivos” acusados de haber violado la Ley de Seguridad Nacional o porque han puesto en peligro la existencia y pervivencia de la sacrosanta democracia occidental y cristiana? Después del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos, ha fortalecido la ideología de un Estado policíaco, mediante la expedición de leyes que violan los derechos humanos esenciales, para someter a los sospechosos de terrorismo, a tribunales especiales y, otra vez, pretende consolidar su rol de gendarme universal, con la propalación de la ideología de la defensa de la libertad y la democracia, o de “Justicia infinita”, según las particulares concepciones del imperio guerrerista.

Sin ideología el capitalismo moderno, no hubiese sido siquiera concebido v sin ideología no podría sobrevivir. Las ideas sobre la democracia del voto o sufragio “libre”, las ideas sobre la libertad, el impulso al individualismo, la exacerbación del egoísmo personalista, aquello del respeto a la iniciativa privada y a la propiedad privada, la defensa de los valores de la cultura occidental y cristiana, la motivación para que el hombre defienda “el mundo libre”, constituyen los fundamentos de la ideología capitalista e imperialista y de sus hijos bastardos: el nazifascismo y el neoliberalismo. Los ideólogos del capitalismo hacen gala de cinismo cuando niegan las ideologías o pretenden desideologizar a los pueblos, Estados y naciones.

Proyectos, programas, planes, objetivos y metas, métodos y mecanismos que se utilizan para alcanzar esos objetivos, son el resultado directo de la aplicación de una determinada ideología que, también, es instrumento de los intereses de una clase, de una sociedad o de un sector de ella. De tal manera que los intereses generales o particulares están profundamente unidos a las definiciones ideológicas, por tanto, cualquier ideología existe, actúa o influye en una sociedad
de conformidad con sus intereses y de acuerdo con las metodologías y estrategias instrumentadas desde el conocimiento científico-dialéctico. En consecuencia, la ideología puede estar al servicio de los intereses concretos de la sociedad y de los objetivos que hayan planteado; por tanto, la ideología es una necesidad vital de las sociedades contemporáneas e inclusive de aquellos que niegan su valor y existencia, y de aquellos que pregonan su fin. Inclusive quienes tienen una idea o un sistema de ideas para negar la ideología, quienes crean o poseen argumentos para liquidar a la ideología, de hecho son dueños y portadores de normas, reglas, programas, orientaciones para combatir a la ideología y en consecuencia son ideólogos o dependientes de la ideología de desideologizadora, de la contraideología, de la antiideología.

La ideología no ha llegado a su fin. Existe y tanto que al empezar el milenio continúa la lucha ideológica entre marxismo y capitalismo, entre los desideologizadores y defensores de la validez de las ideologías porque, además, la lucha ideológica va indisolublemente ligada a los intereses de clase y defensa de
los intereses sociales de cada sector de la colectividad humana. Cada sector, cada grupo y cada hombre administran los métodos para la consecución de objetivos ideológicos y políticos que a su vez son instrumentos de clase para alcanzar el poder político que, inexorablemente, tendrá como meta la imposición de una determinada ideología y por ende, dialécticamente, una ideología subordinada y dominada puede pasar a ser una ideología dominante.

En una sociedad de clases existen intereses sociales y económicos contrapuestos y en permanente lucha que son apuntalados y consolidados por una o varias ideologías. “El carácter de los medios, de los métodos y de las formas de defensa y afirmación de los intereses es uno de los indicadores más importantes del nivel de civilización de las relaciones sociales y de la sociedad en su conjunto”, concomitantemente a este criterio, la lucha ideológica adquiere profundidad en su significado y objetivos, cuando la ideología esté caracterizada por la tolerancia; es decir cuando el hombre o el grupo militante aprenda a respetar la ideología ajena y combata la violencia irracional, el fanatismo cruel, el dogmatismo ignaro, el sectarismo infantil. En este momento histórico es preciso encontrar métodos nuevos que permitan el triunfo de la ideología revolucionaria con el menor costo humano. ¿Será posible una revolución incruenta, una revolución blanca? ¿El imperio, pacíficamente va a perder sus privilegios, prebendas e intereses capitalistas y monopólicos? No, por desgracia, porque la noción imperial y su concreción son el producto de la violencia guerrerista y económica y porque el imperio es una negación rotunda a la civilización y convivencia pacífica de ideologías y sistemas políticos y económicos diferentes. El imperialismo no admite competencias.

La ideología capitalista-imperialista-burguesa está en constante lucha contra la ideología marxista-leninista, socialista, proletaria y si una de ellas llega a imponerse total y radicalmente sobre la otra, lo hará con la práctica de la violencia
‘y la violencia nunca será un producto de la civilización. La ideología proletaria sólo puede triunfar por medio de los siguientes procesos:

1. Por la evolución de las condiciones sociales de conformidad con las leyes generales del desarrollo.

2. Por la evolución progresiva de la conciencia social-histórica.

3. Por la vía revolucionaria.

La ideología revolucionaria no quiere esperar la evolución histórica que aniquile al capitalismo y al imperialismo; y en consecuencia propugna los grandes saltos dialécticos para apresurar los procesos históricos. Y, es la ideología revolucionaria la que asusta, hasta el paroxismo, a los capitalistas y sus ideólogos y también a los pueblos sojuzgados que han sido víctimas de la propaganda capitalista, de la guerra sicológica desatada por Estados Unidos y sus aliados capitalistas. En estas condiciones, la lucha ideológica es desigual.

Pero, la dialéctica enseña que el desarrollo de la conciencia social no se detiene, que el progreso siempre irá hacia adelante y que la historia sobrepasa todas las barreras. Es más, la esencia del desarrollo social continuo desbarata las tesis de la contraideología ya que en tanto como niega lo viejo y caduco de las formas sociales, presenta alternativas de lo nuevo; es decir de nuevas formas ideológicas que posibiliten la continuidad de las luchas de los pueblos por alcanzar niveles de igualdad y bienestar. El peligro radica en que las ideas revolucionarias de hoy,
mañana pueden ser viejas, si la revolución conquistó sus objetivos y realizó sus metas. De la constatación de esta realidad nace la idea de la revolución permanente, pues una verdadera y profunda revolución ideará nuevos objetivos y metas y jamás se conformará con alcanzar unos cuantos resultados. Si la constante del ser humano es su predisposición síquica para buscar nuevos objetivos una vez
que alcanzó los que se propusieron, si en su naturaleza anida la inconformidad, es lógico que una revolución siempre proponga nuevos objetivos hacia metas más elevadas. La revolución es obra de seres humanos y por tanto cometerá muchos errores; pero en su dialéctica encontrará las alternativas que posibiliten la perfectibilidad. No entender si son justas o erróneas las realizaciones
revolucionarias, es condenarlas al fracaso. La filosofía, la ideología marxista-leninista no ha fracasado y nadie ha sido capaz de enrostrarla errores conceptuales que resulten impracticables.

Quienes fracasaron fueron los hombres responsables de su aplicación práctica y con ese fracaso condenaron a la humanidad a un largo retroceso histórico y esto no es una “nostalgia dinosáurica” según ridícula acusación de los parlantes de la triunfalista ideología del capitalismo, sino una posición consciente de la realidad, con la esperanza de que la humanidad evolucione para que sea capaz de retomar los procesos revolucionarios que permitan la construcción de una sociedad comunista universal.

Hemos observado los sorprendentes cambios ocurridos en la última década del siglo XX y primeros 14 años del siglo XXI que hasta produjo veleidades como el “socialismo del siglo XXI”: Esos hechos conducen a pensar que desde los niveles de la conciencia crítica y social, es posible asumir los errores del socialismo, las experiencias positivas y negativas, los avances de la ciencia y la
tecnología y las condiciones reales del proceso histórico y de la ideología para, desde sus fundamentos irrebatibles, construir v reconstruir la teoría y prácticas revolucionarias, de tal manera que incidan en la apertura de nuevos horizontes para la humanidad que no puede dejarse estar en la grosera inacción impuesta por el capitalismo imperialista y sus doctrinas neoliberales.

El socialismo es la única posibilidad de supervivencia de la humanidad porque sólo el socialismo, que procura la liberación social y nacional, permite que los pueblos tomen la historia en sus manos y la hagan para servir al hombre en la plenitud de sus derechos y libertades, entendida que la libertad sólo es posible
cuando se la ejerce con responsabilidad y conciencia social, porque se fundamenta en el conocimiento, se enriquece en la cultura. “Por eso, el hombre podrá lograr una emancipación verdadera sólo en la medida en que confirme sus conquistas socio-económicas, políticas y jurídicas con la civilización de su espíritu y conocimientos subordinados a la moral del humanismo”, en palabras de K. Nicoláev.

La ideología para que sea fuerte y posible debe fundamentarse en el conocimiento científico y en la praxis social. La ciencia -como la materia- se transforma en procesos constantes y, por tanto, la ideología también se transforma y cualitativamente se desarrolla a través de los conocimientos y experiencias acumulados por toda la humanidad. La ideología es un acerbo de la humanidad
y no es ni puede ser propiedad particular de un grupo, de un sector, de una sociedad y menos propiedad privada de persona alguna.

Si la ideología se transforma, es lógico que luche contra la inercia social y cultural de la sociedad humana que es propiciada por el ambiente impuesto por las clases dominantes seguidoras del capitalismo imperialista. La penetración cultural e
ideológica es tan fuerte que inmoviliza a grandes sectores de la colectividad y tan fuerte como las medidas económicas tendentes a apuntalar el sistema de injusticias y privilegios, medidas que golpean con extrema dureza a los pueblos que, al recibir los golpes, sólo atinan a responder con débiles protestas, generalmente, acalladas o aniquiladas por los aparatos represivos del sistema y esto ocurre por la debilidad ideológica de la población explotada y excluida, y naturalmente por la debilidad idológica-política de los líderes que se ahogan en la
falta de iniciativas y en la carencia de claridad de los objetivos, tanto que parecen desconocer que la revolución es necesaria para resolver los problemas de la sociedad, si la sociedad está preparada para asumir y asimilar los procesos revolucionarios que son posibles cuando se unen las condiciones objetivas y subjetivas que subyacen en las masas.
La ideología es el sustento de la conciencia social y fundamento de cualquier proceso revolucionario que sólo puede desarrollarse si se basa en la experiencia social, en la racionalidad de las propuestas para construir una nueva sociedad democrática, popular, libre y soberana. Una ideología revolucionaria luchará para aniquilar a la ideología burguesa que esconde la naturaleza de la ideología de dominación y explotación porque le conviene ocultarla para dar rienda suelta a sus apetitos de acumulación y reacumulación de capital.

Terminada la “guerra fría”, la ideología del capitalismo imperialista se reacomodó a las nuevas realidades e impuso o trata de imponer el neoliberalismo, la neoglobalización y la consolidación del imperio, para moldear al mundo bajo las reglas de la neodominación y neocolonización, y como los fines supremos del capitalismo son los negocios y las ganancias, es lógico que sus ideólogos sostengan que el dinero no tiene ideología y traten de desideologizar la explotación y depredación de la humanidad y la tierra. Entonces una ideología revolucionaria tiene, también, que luchar contra la desideologización y en el proceso destruir el engaño y la mentira, y sacar a flote la ideología imperialista en la que se acuna la ideología de las transnacionales y de los monopolios del capitalismo mundial. A nivel nacional es un deber de todo revolucionario que carga una ideología, desenmascarar a los falsos profetas de las nuevas revoluciones de papel que, inclusive, hablan de neosocialismo o socialismo del siglo XXI, como si hubiesen descubierto la panacea universal, sin entender primero que el socialismo es dialéctica y desarrollo del pensamiento y la acción estrictamente revolucionarios. Un revolucionario de verdad no se monta en el anca de aventureros de pseudorevolucionarios.

La ideología es esencial para la humanidad. Suele decirse que las ideas no mueren, sólo cambian, se desarrollan, se transforman. Si la ideología es un sistema de ideas, es imposible que la ideología muera o haya llegado a su fin. Sostener esta barbaridad es, también, una toma de posiciones ideológicas que a la postre resultan falsas, porque también hay ideas falsas y éstas si están condenadas a la muerte. Una ideología cuando es verdadera y lo es si se fundamenta en el conocimiento científico, es una necesidad social insoslayable e indestructible, precisamente, porque cumple también una función social demostrada por Nikolaev al precisar: “El carácter de las necesidades sociales que originan uno u otro fenómeno o proceso se deduce con bastante claridad de las funciones sociales que cumplen. La función integracional de la ideología contribuye a integrar a la sociedad sobre una base socio-económica e ideológica determinada. La función justificativa de la ideología fundamenta científicamente su existencia, y con ello defiende el orden que existe en la sociedad.

Las funciones organizativa y educadora son evidentes y comprensibles. La función protectora de intereses de una u otras clases o grupos sociales estipula la defensa ideológica de quienes sacan mayor provecho del régimen social existente. La función cognoscitiva consiste en que la ideología no sólo emplea el saber que ya existe, también orienta de manera determinada al hombre y a la sociedad a obtener e interpretar una nueva información, un nuevo saber. La función cultural estriba en que la ideología influye poderosamente en la cultura, el arte y las artesanías del pueblo tanto directamente como por medio de su influencia en la sicología social”.

La tesis es correcta que, enterrar a la ideología y cantar himnos en honor de su deceso, es una posición ideológica muy propia del capitalismo imperial que, sin duda, será aniquilado por los falsos hijos que engendra en su inútil propósito de dominar por tiempo indefinido a toda la humanidad. Es más, son desideologizadores los que proclaman que no tienen ideología, que su única ideología es la patria o el pueblo, o los que a regañadientes afirman que son portadores de la doctrina social de la iglesia católica y que mantienen el discurso de que son revolucionarios o líderes de algún tipo de revolución que no se identifica no con la realidad concreta del presente y peor con la realidad histórica.

La ideología está presente en todas las esferas de la actividad humana y nadie puede prescindir de ella. Decir que la ideología ha llegado a su fin es sostener un error monumental, simplemente porque toda sociedad, cualquiera que sea su estado de desarrollo, necesita de la ideología para avanzar en la construcción del
progreso y porque toda sociedad necesita ser iluminada por las ideas y los conocimientos políticos, sociales, culturales, económicos, sin prescindir de la moral social y menos de la moral revolucionaria. Los que mienten y engañan no son revolucionarios.

La ideología es vital para los procesos revolucionarios y esta es la razón de los ideólogos del capitalismo imperial para negarla, vilipendiarla y enterrarla tan prematuramente como prematuro fue el entierro del socialismo.

“El materialismo dialéctico parte del hecho de que el conocimiento es un reflejo del mundo en la conciencia del hombre, inseparable del objeto del conocimiento en el curso de la práctica social, según concepción de A. G. Spirkin. o tegrar a la sociedad sobre una base socio-económica e ideológica determinada, clases o grupos sociales estipula la defensa ideológica de quienes sacan mayor provecho del régimen social existente. La ideología es el estudio de las ideas y sistemas de ideas con las que se nutre el conocimiento. Ideas y conocimientos están en la realidad del mundo material; y es en ese espacio en donde ocurre la práctica social de los hombres que incide en forma directa y determinante en todas las esferas de la vida del ser y de sus relaciones sociales, en permanente interacción con otros seres de la especie, con otras especies y con los objetos. La aplicación
del materialismo y de la dialéctica permite -a través del materialismo dialéctico-el estudio de la sociedad humana. “La ampliación y aplicación de las tesis del materialismo dialéctico al desarrollo de la sociedad, es el materialismo histórico…” explica Spirkin en su obra: Materialismo Dialéctico y Lógica Dialéctica”.

El materialismo histórico demuestra que el ser social determina la conciencia social y que el hombre, con ella, es capaz de comprender la sociedad, sus realidades, problemas, conflictos, las leyes de su desarrollo, es decir el proceso histórico de la humanidad y las fuerzas motrices que lo impulsaron; las fuerzas
productivas, las relaciones de producción en la interacción de sus elementos y en su evolución, el aparecimiento de la propiedad privada que inició la cadena de la explotación del hombre por el hombre, el proceso de acumulación de riqueza y poder sobre la base de la explotación irracional de los recursos humanos y naturales.

El materialismo dialéctico y el materialismo histórico explican científicamente el mundo, el hombre y sus relaciones y naturalmente explican la sociedad, el desarrollo de las ideas, la evolución del pensamiento y del conocimiento, y consecuentemente de la conformación de clases y de sus intereses en cada etapa histórica. El materialismo histórico y dialéctico es la base científica de la ideología marxista-leninista que, ciertamente, no es una simple teoría sino una concepción científica del mundo, de sus seres y sus cosas. Esta ideología no ha muerto y como el materialismo dialéctico explica, solo cambia, avanza, se transforma.

La caída del Muro de Berlín, tomada por muchos como el suceso histórico que propició el fin de las ideologías y de la historia, el derrumbe del socialismo en los países de Europa Oriental y el descalabro de la Unión Soviética, no significan más que ciclos históricos que nacen y terminan de conformidad con las leyes del desarrollo de la sociedad y con la natural evolución de la especie humana.

Sostener que la ideología marxista-leninista que fundamentó los procesos revolucionarios de millones de seres humanos que han luchado y luchan contra todas las formas de explotación, contra el imperialismo y su ideología de dominación, contra las guerras colonialistas y neocolonialistas y que han luchado y libran combates por la paz y la liberación nacional, ha llegado a su fin, no es más que un supuesto carente dé la más mínima significación científica.

Los logros y éxitos alcanzados por la ideología marxista-leninista son incuestionables y ellos por si mismos -como ninguna otra doctrina económica, política, social- confirman la validez del materialismo dialéctico y de la concepción marxista del mundo. Es el marxismo-leninismo el que interpreta de una manera real y científica los intereses de las clases trabajadoras del campo y la ciudad y es la dialéctica narxista-leninista la que enseña a todos los seres humanos que en el mundo todo fluye, todo cambia, todo se transforma, todo se encuentra en permanente movimiento y desarrollo, y naturalmente las ideas, el pensamiento, el conocimiento, la ciencia, la tecnología; es decir la ideología no llega a su fin. En consecuencia toda forma de organización social, económica, política, deviene inevitablemente en pasajera, pues lo caduco muere para dar paso a nuevas formas de organización socio-económica que, al aparecer, serán superiores, mejores y más progresistas y democráticas.

En estos tiempos de crisis de identidad política que afecta a las dirigencias de los partidos socialista, comunista y otros movimientos de izquierda, se debería recordar el texto Apología del Comunismo, magistralmente escrito por Rafael Narbona, en el que dice:

“El odio que siempre ha hostigado al comunismo es la mejor prueba de su potencial transformador. El comunismo no pretendía reformar el capitalismo, sino borrarlo de la faz de la tierra. Por eso, se persiguió, torturó y asesinó a sus partidarios. Yo estoy orgulloso de ser comunista. El comunismo representa el anhelo de un mundo sin pobreza, abusos ni desigualdad. Sería tremendamente injusto establecer una falsa equivalencia entre comunismo y fascismo. El comunismo encarna el sueño de una sociedad igualitaria, sin propiedad privada ni clases sociales. El fascismo, en cambio, expresa una tendencia regresiva hacia un concepto excluyente de humanidad. El comunismo plantea la superación del nacionalismo por medio de la solidaridad internacional. El fascismo exalta la sangre y el suelo, el culto a la personalidad del líder, la limpieza étnica y la mística de lo irracional. El neoliberalismo que ha causado la actual crisis económica intenta igualar comunismo y fascismo para despojar a la clase trabajadora del potencial liberador de una utopía posible, donde la riqueza se distribuiría de acuerdo con las necesidades comunitarias, sin permitir la concentración de capital en monopolios que usurpan el papel de los estados, dictando leyes que protegen exclusivamente sus intereses. El comunismo siempre se ha identificado con una aurora roja, que representa la esperanza. Por el contrario, el fascismo está asociado a un crepúsculo wagneriano, donde sólo triunfa la muerte. Es imposible asimilar ambos términos sin producir una odiosa disonancia.
La lucha de clases nunca se ha interrumpido y los oprimidos, una mayoría doliente y anónima, aún esperan su liberación. No creo que el capitalismo pueda reformarse. La explotación y la alienación no son un efecto indeseado, sino su núcleo esencial. El capitalismo especula con la tierra, los alimentos, el agua, la vida, sin inquietarse por los estragos que provoca con su desmedida ambición. La economía de mercado debe ser reemplazada por una economía regulada por el interés general, con una banca nacional que gestione el crédito, una fiscalidad fuertemente progresiva, un control estricto del mercado inmobiliario, una tasa impositiva sobre los flujos financieros, grandes inversiones públicas en sanidad, educación e infraestructuras, una eficaz política de investigación y desarrollo, medidas contra la especulación y los monopolios y una legislación laboral que garantice los derechos de los trabajadores. Es indiscutible que estas medidas despertarían la ira de los mercados. Un país aislado soportaría con dificultad los ataques especulativos de los bancos, los fondos de inversión y las agencias de calificación. Por eso, el socialismo sólo es viable como internacionalismo.

No creo que la miseria de los trabajadores y los pueblos se mitigue por vías estrictamente políticas. Las grandes transformaciones sociales nunca se han producido sin violencia. Marx nunca se mostró tibio o moderado: “Los comunistas no se cuidan de disimular sus opiniones y proyectos. Proclaman abiertamente que sus propósitos no pueden ser alcanzados sino por el derrumbamiento violento de todo el orden social tradicional. ¡Que las clases dominantes tiemblen ante la idea de una revolución comunista! Los proletarios no pueden perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar. ¡Proletarios del mundo, uníos!”. No creo que estas palabras hayan perdido vigencia. El comunismo no nació para debatirse en universidades y tertulias, sino para cambiar el mundo. Recuperemos su espíritu y pensemos que es posible un porvenir donde los pueblos puedan elegir libremente su destino, logrando que la fraternidad y la solidaridad se impongan a la avaricia y el egoísmo.

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