“La cultura rebelde: soportes, construcción y continuidad de la rebeldía”. (MIR y FPMR, 1983-1993). Tesina Consuelo Olea,2005

INTRODUCCIÓN

El seminario de grado del cual este informe es parte, tiene como contexto general la desarticulación de los grupos rebeldes en los inicios de los ’90. Es la época de la desintegración de las organizaciones, de la persecución y de la derrota política. Como ruido de fondo, la celebración por una alegría que se creía había ya llegado, y luego el silencio de la decepción. Así, a primera vista, no resulta un contexto muy alentador. Sobre todo hoy, cuando el presente parece extenderse indefinidamente igual a sí mismo, para satisfacción y loa de sus usufructuarios y promotores.

¿Porqué entonces una investigación en torno a organizaciones políticas que parecen tan definitivamente derrotadas? La primera respuesta puede tener un carácter puramente reivindicativo. La lucha de las organizaciones revolucionarias, forma parte de las “realidades discontinuadas” que la historia oficial prefiere olvidar en el siempre oscuro desván del pasado. Según el discurso oficial, allí quedaron, junto con ella, la violencia, la intolerancia, la radicalidad y la confrontación. Desterrados así del presente del consenso y del optimismo, los rebeldes no son reconocidos más que como arcaicos productos del pasado, o, peor todavía, como “terroristas” (la negación suele ir acompañada de la estigmatización).

En este sentido, claro, este trabajo tiene entre sus objetivos la reivindicación de una memoria que pretende ser negada. Sin embargo, aunque importante, ella no puede ser el único objetivo de esta investigación. Limitarse sólo a la evocación del pasado, puede acarrear el riesgo de quedar dando vueltas en torno a “lo que no fue”. No tendría mayor sentido- fuera de la desacreditación en el peor de los casos, o la añoranza y el lamento en el mejor de ellos- hacer una “historia epitafio”.

Para acercarse a la historia de los grupos rebeldes evitando las necrologías, es mejor hacerlo desde la perspectiva de la construcción y de la lucha; que desde la de su resultado político concreto. Pues es allí donde se pueden encontrar las vigencias, las continuidades, los legados, y los triunfos.

En los ’80, la posibilidad de una revolución en Chile les parecía a muchos una certeza. La victoria de la revolución nicaragüense estaba ahí no más, fresca y brillante en la memoria. Las jornadas de protesta irrumpían con fuerza, desmintiendo así la invulnerabilidad de la dictadura. En las poblaciones, en los liceos, en las universidades, en la calle, los jóvenes se buscaban entre sí y se hacían oír. Efervescencia, creatividad y optimismo, fueron los elementos que acompañaron el surgimiento o la revitalización de las organizaciones rebeldes. La guerrilla, lo épico, el “romanticismo de la pólvora”, acompañaron su accionar. Pero, sería una reducción limitar la identidad de los rebeldes sólo a eso. Como herederos disconformes de un pasado; como actores que se apropiaron con avidez de su presente (creando y copiando, acertando y fallando); y como dueños de un futuro que por momentos les pareció tan seguro en las manos, y en otros tan inaprensible, los militantes de los grupos revolucionarios tuvieron su propia forma de vivir la rebeldía.

Hoy los espacios de rebeldía siguen existiendo. Han cambiado de formas y de métodos, pero también mantienen muchos elementos heredados de los rebeldes de las décadas pasadas. Preguntarse sobre la rebeldía, reflexionar sobre su continuidad y sus innovaciones, sobre sus proyecciones y sus sustentos, sus prácticas y sus legados, es el incentivo principal de esta investigación.

Esta investigación y sus objetivos

“La cultura rebelde: soportes, construcción y continuidad de la rebeldía” (MIR y FPMR, 1983- 1993). Ese es el título, tal vez algo grandilocuente, de esta investigación. Como es díficil dar con un título preciso (casi tan difícil como escribir una introducción), lo único que queda es tratar de precisarlo a posteriori. Lo mejor es partir por lo más fácil; por la definición negativa, por lo que este título descarta: el principal objeto de estudio de esta investigación no lo constituye la trayectoria politico- militar de los grupos rebeldes. No hay en ella ni extensos análisis de documentos políticos, ni la recreación detallada de las principales operaciones militares llevadas a cabo por estos grupos. Tampoco es una historia de las organizaciones; no es la historia del MIR ni es la historia del Frente. Esta investigación no quiere ser Historia Política, aunque lo político esté siempre presente. Sin embargo, su enfoque no es exclusiva ni preponderantemente político.

¿Qué es, entonces, lo que este título quiere abarcar? La primera frase del título es “la cultura rebelde”, y da cuenta del tema general de esta investigación. Ahora, ¿qué es lo que se entiende por cultura rebelde?. “Cultura” es siempre una palabra demasiado amplia, talla XL, y alcanza a cubrir muchas cosas. Aquí no se pretende (bueno, tampoco se podría) dar una definición de cultura. Para explicar el título y rellenar la introducción basta con una aproximación general. Así, por cultura puede entenderse aquella estructura polifacética en la cual los sujetos se desarrollan como tales. Dentro de sus marcos, éstos encuentran una identidad, obran y se sitúan en la historia, entre otras cosas. Aunque las personas nazcan en una cultura ya existente, ésta no es, en ningún caso, una realidad natural ni eterna. Su carácter es más complejo que eso: la cultura es una realidad creada socialmente, al mismo tiempo que crea realidades sociales. Cómo producción social obedece a ciertos fines que, a su vez, pueden encontrar oposición en fines del todo distintos. La cultura se inserta así en el campo de los enfrentamientos históricos.

El adjetivo “rebelde” que acompaña a “cultura”, alude evidentemente a esa oposición. Así, la acepción más inmediata del término “cultura rebelde” está dada por su confrontación con la cultura dominante (o para la dominación.) En este enfrentamiento los sujetos rebeldes esgrimen sus propios fundamentos, sus propias producciones sociales y sus propias coordenadas históricas. Construyen, de esta manera, un sostén cultural para su rebeldía.

Es la construcción de dicho sostén y algunos de sus elementos, lo que, finalmente, constituye el objeto de esta investigación. Abordada desde este ángulo, la rebeldía se nos presenta como una construcción dinámica, emprendida por los mismos sujetos históricos. La rebeldía no se agota en sus dimensiones negativas (o de oposición, si se prefiere): Ni en la inconformidad con el sistema, ni en la pura violencia política. La rebeldía es más profunda que eso porque tiende puentes hacia el pasado (asume legados) y hacia el futuro (se proyecta en una nueva sociedad.) Al mismo tiempo, es en sí misma, en su desarrollo, en su intento transformador, un acto de creación. En todos estos aspectos los sujetos tienen un papel fundamental y activo.

“Soportes, construcción y continuidad de la rebeldía” es la otra frase que integra el título de esta investigación, y está referida a sus objetivos específicos. Objetivos que nacen del desglose del tema general en tres dimensiones complementarias.

El primero de estos objetivos, busca responder a la pregunta por los soportes sobre los cuales se construye la rebeldía. Se habla de “soportes” en plural porque se parte del principio de que la rebeldía posee más de una raíz. Obviamente, la rebeldía es mucho más que una respuesta natural a ciertas situaciones, va más allá de la simple reacción. Aunque se desata frente a realidades concretas e inmediatas, la rebeldía tiene raíces más hondas. Éstas se adentran en el corazón mismo de la historia colectiva para nutrir el quehacer, la identidad y el proyecto rebeldes.

Firmemente enterradas en la base del pasado común (ya sea de luchas, de derrotas, de triunfos o de penalidades), las raíces de la rebeldía se ligan estrechamente al concepto de memoria. Si para toda cultura la memoria constituye un pilar fundamental; igualmente lo es para la cultura rebelde. Pero, si para las culturas dominantes la memoria actúa como negación del cambio- ya sea que, bajo el nombre de tradición, se oponga a un futuro distinto; o que constantemente sea echada al olvido en aras del presente- para la cultura rebelde, por el contrario, aquella se yergue como base para éste. Los sujetos rebeldes comparten así una memoria que le es propia; en ella encuentran una identidad común y, a la vez, las simientes para un futuro también común. Sin embargo, dentro de la “memoria rebelde” hay que distinguir distintos tipos de memorias. De esta forma, todos los soportes expuestos en la investigación están identificados con un tipo especial de memoria. Se distinguen así, una memoria individual (historia de vidas); una memoria transmitida (legada por las generaciones anteriores); una memoria bibliográfica (constituida por la literatura); y una memoria colectiva de izquierda (conformada por el acervo cultural- político de la izquierda chilena.)

La pregunta por los soportes, apunta básicamente en dos direcciones (convergentes, espero.) La primera de ellas tiene que ver con la proyección de la memoria hacia el futuro. Preguntarse por los soportes de la rebeldía es también preguntarse por la solidez de los mismos. Si la memoria es la base de una construcción ¿es esta una construcción ya acabada (bien o mal)? O, más bien, ¿sigue siendo la base de un proyecto rebelde en permanente construcción?. En otras palabras, la memoria de los rebeldes de las últimas décadas del siglo pasado ¿puede ser recogida por los rebeldes de hoy?

La segunda dirección también se vincula con el tema de la continuidad, pero en otro aspecto. Los rebeldes de los ’80 y ’90 recibieron como herencia una memoria colectiva de izquierda, conformada por diversos elementos. A la vez, dichos rebeldes realizaron, en la práctica revolucionaria, sus propias innovaciones. Sin embargo, la relación entre ambos factores no parece haber sido siempre del todo fructífera; lo cual plantea el problema de la continuidad y el cambio en el accionar político.

Si la primera dirección puede atravesar toda la investigación; la segunda será abordada en un capítulo específico.

El segundo objetivo, es el de analizar algunos de los elementos nacidos de la propia práctica rebelde. Lo mismo que el anterior, este otro objetivo surge a partir de una interrogante: ¿cómo se vive la rebeldía?. Partiendo desde la base de que la rebeldía es construida por los mismos sujetos rebeldes, la relación que éstos establecen con aquella no puede dejar de ser creativa y dinámica. Si la memoria conforma el soporte sobre el cual se edifica la rebeldía; la construcción de ésta no puede ser emprendida más que por su práctica colectiva, por la experiencia.

Como ya se mencionó anteriormente, el quehacer rebelde no se limita tan sólo a la violencia política. Aunque ella desempeñe un rol fundamental dentro del accionar revolucionario, éste da origen también a otros elementos. La lucha no es exclusivamente política, pues en el desarrollo de ésta confluyen diversos factores: formas de relacionarse, espacios de encuentro y de participación, producciones simbólicas, factores identitarios, etc., se añaden al quehacer puramente político. Así, hasta las vivencias aparentemente apolíticas de los rebeldes, representan también frentes de lucha.

En esta investigación sólo se expondrán dos de ellas: la ética y la identidad rebeldes. Como productos de los sujetos rebeldes, la ética y la identidad rebeldes se contraponen a otras éticas y otras identidades que pretenden ser hegemónicas e inalterables. Ambos elementos son obras concretas de la práctica rebelde; ninguno de ellos es un elemento ya dado. Por supuesto que se ven cruzados por la memoria (la base) y por la utopía (la dirección), pero es sólo en la práctica que tanto la ética como la identidad rebeldes adquieren una realidad concreta. Aunque suene obvio, es en la experiencia colectiva de la rebeldía donde los sujetos se constituyen como rebeldes.

El cómo se vive la rebeldía es una pregunta que, en definitiva, remite a la práctica de los sujetos rebeldes. No es una pregunta específica, centrada en un problema particular. Más bien, pretende dar pie a la reflexión en torno al carácter creativo y transversal de la rebeldía, y al papel protagónico que los sujetos juegan en ella.

El último objetivo está referido al problema de la continuidad de la rebeldía luego de la derrota política. Es aquí cuando se vuelve al contexto general del seminario. La transición selló la derrota política del MIR y del FPMR, frustrando así el proyecto revolucionario. En contrapartida, implicó la pervivencia del sistema impuesto por la dictadura en la nueva escenografía de la democracia negociada. Pero, ¿significó también la derrota definitiva de los sujetos rebeldes? Este problema es bastante complejo, pues encierra más de una interrogante. Para abordarlo, se lo ha dividido en cuatro niveles diferentes.

En primer lugar, se plantea el tema de los diferentes planos de la derrota y de los medios para su posible superación. Como ya se señaló, la consolidación de la salida pactada, luego del plebiscito del ‘88, representó la derrota objetiva de los grupos rebeldes. Sin embargo, los resultados de los enfrentamientos históricos no pueden ser nunca puramente objetivos, pues involucran a los mismos sujetos que los protagonizan. Para muchos militantes la derrota política estuvo acompañada de costos personales y emocionales. La prisión política, la muerte de compañeros, el desconcierto y la decepción fueron algunos de ellos. A primera vista, podría parecer que la dimensión subjetiva ahondara aun más la derrota. En realidad, los sujetos cuentan con más de una “carta bajo la manga” para superar la derrota. Cuáles son estas cartas y cómo son jugadas, son las interrogantes que conforman el primer nivel del problema general que da origen al tercer objetivo de esta investigación.

Por otra parte, el presente pone a los sujetos frente a alternativas concretas. La opción por unas u otras pone en juego la identidad rebelde. Olvidar, acomodarse, abocarse a la vida personal, pueden ser algunas de ellas. Si, por el contrario, se desea seguir manteniendo la identidad rebelde, el fin de la militancia política cierra y abre posibilidades de lucha. ¿Qué pasa entonces con el sujeto rebelde? ¿Qué hace de su rebeldía? Si decide mantenerla ¿por qué nuevos cauces la dirige?

El tercer nivel del problema está dado por la evaluación que los sujetos realizan de su pasado. Errores, triunfos, vigencias, sentidos, etc., son elementos que conforman esta interpretación. Por supuesto, ella no es arbitraria; se sitúa desde el presente y responde a expectativas de futuro. Analizar la evaluación que los mismos sujetos hacen de su pasado combativo, permite acercarse entonces a la condición actual de su rebeldía. Por una parte, los sujetos atribuyen a sus acciones un sentido, que puede o no seguir anclado en la memoria y el proyecto colectivos. Por otra parte, la memoria que los sujetos elaboran a partir de sus experiencias se plantea con respecto al futuro de diferentes maneras. Si la memoria niega el pasado o si sólo se limita a añorarlo, es difícil que ésta llegue a conformar un soporte para la acción futura. Al contrario, la memoria puede ser construida con miras a la continuidad del proyecto. Es en este último sentido, que es importante abordar lo que los sujetos consideran hoy sus “errores políticos”. Abordar este tema por puro “masoquismo histórico” no sería sano. La evaluación de los errores debiera conducir, más bien, a la reflexión sobre los problemas del quehacer político, en vistas a las futuras acciones.

Por último, y muy ligado a lo anterior, está el tema de cómo visualizan los sujetos el futuro de los movimientos sociales. Esta proyección da cuenta de la continuidad de la rebeldía, posible a pesar de las derrotas objetivas.

Cosas de forma y otras aclaraciones previas

Aunque esta investigación no se centra en las organizaciones rebeldes como tales- sino, como se ha visto, en los sujetos rebeldes y la rebeldía- ésta se ha limitado a dos grupos políticos específicos: el MIR y el FPMR. Ambos grupos tienen diferencias en cuanto a su origen y sus orientaciones políticas, y en cuanto a sus períodos de mayor actividad y auge. Sin embargo, poseen muchas cosas en común, pues son representantes de una forma de hacer política específica, que puede caracterizarse como “tradicional” de una época. No ocurre lo mismo con el Lautaro, que por ello se ha dejado afuera, pues representa una innovación en el accionar y lenguaje rebeldes. Incluirlo, abría significado entrar en comparaciones complejas, propias de una investigación mayor que ésta.

La investigación se sustenta, en su mayor parte, en los testimonios de ex militantes, recogidos mediante entrevistas conformadas tanto por preguntas abiertas como específicas. Se trató de hacer más de una entrevista con cada persona, pero, por diversos motivos, ello no fue siempre posible. Así, el número de entrevistas por persona varia entre 1 y 3. El número de los entrevistados, en tanto, es 8.

Las otras fuentes de esta investigación consisten en material bibliográfico (específico y general), y en algunas fuentes documentales (revistas de oposición y publicaciones clandestinas de los grupos armados.) La primacía de las fuentes testimoniales por sobre las otras, se debe en parte a la carencia de una bibliografía abundante en relación con los grupos rebeldes. Pero, la razón principal estriba en el carácter mismo del tema de investigación, que hace de los sujetos su principal objeto de investigación.

La mayoría de los entrevistados pertenecen a la generación del ’80; la mayoría también son ex miristas. Sin embargo, hay un par de entrevistados que corresponde a la generación del ’68. La diferencia de edades y de experiencias (sobre todo en cuanto a las épocas en que los sujetos vivieron el auge de su participación política), permiten establecer ciertas comparaciones y contrapuntos interesantes.

En cuanto a la forma, este informe se divide en tres partes. Cada una de ellas se centra en uno de los tres objetivos específicos anteriormente señalados.

Contexto histórico

El sistema neoliberal, la crisis económica y el estallido de las protestas

Ya desde su instauración, la dictadura comenzó su proceso transformador de la economía. Las primeras medidas económicas tuvieron por fin desmantelar lo hecho por la Unidad Popular (la reforma agraria, la participación y control de los obreros en las empresas, los planes gubernamentales de construcción de viviendas, etc.)

Pero, muy pronto, el régimen demostró tener un proyecto económico alternativo: el neoliberalismo. Sustentado en las teorías económicas de Milton Friedman, y aplicado en Chile por los “Chicago boys” (economistas que en Chicago habían tenido de maestro al mismo Friedman); el nuevo sistema económico fue inmediatamente pregonado y prontamente puesto en práctica. La política monetaria fue determinada por los principios del FMI y del Banco Mundial: libertad de precios y de comercio exterior; control monetario para la paridad bancaria automática, comenzando por una violenta devaluación; modernización del tejido industrial y económico, desmantelamiento de las empresas nacionales.Note1.

Sin embargo, estas medidas no dieron los resultados esperados. Para el año ’75, la inflación se había disparado y la balanza comercial seguía siendo desfavorable. Es entonces cuando los economistas del régimen deciden aplicar una política de “shock”, que sólo dio resultados concretos a partir de 1977Note2. . Desde entonces, el sistema neoliberal fue afianzando su hegemonía.

Las consecuencias de la aplicación de este sistema económico, se hicieron notar con bastante crudeza entre los sectores populares. El cierre de las empresas, la pérdida de empleos, el recorte del gasto fiscal, la disminución de los salarios, la caída del poder adquisitivo, etc., fueron algunos de los principales efectos de las políticas económicas de la dictadura, que golpearon directamente a los pobres. El progresivo alejamiento de los sectores populares de las áreas productivas de la economía y la “flexibilización laboral”- apoyada también por el nuevo código del trabajo- debilitaron aun más la situación de éstos; llevándolos a una constante pauperización. Para sobrevivir, los pobres debieron recurrir, cada vez más, a diversas actividades informales. Las mujeres y los jóvenes se sumaron, a su vez, a dichas actividades. Con el tiempo, los efectos materiales del sistema neoliberal se traducirían también en importantes cambios dentro del movimiento popular. Nuevos actores, como las mujeres y los jóvenes, comenzaron a cobrar fuerza. A la vez, espacios como la población, reemplazaron a los de la fabrica y los centros de producción como escenarios de las luchas sociales.

El año ’83 abrió un nuevo período en lo que hasta ese momento había sido la historia de la dictadura. Se insinúo entonces una primera fisura en el régimen que, hasta entonces, parecía invulnerable. Una severa crisis económica puso en tela de juicio al principal argumento del discurso auto legitimante del régimen: el de su supuesta eficiencia económica.

La quiebra en cadena de importantes grupos económicos (que se habían lanzado a la especulación); la devaluación del peso (decretada el 14 de junio del ’82); la fuga de dólares desde los bancos; el incremento acelerado de las tasas de interés, fueron fenómenos que, ya en el ’81, dieron los primeros indicios del colapso. La recesión mundial desatada por la crisis del petróleo, agravaría todavía más la situación.

Algunas cifras evidencian el resquebrajamiento económico del, supuestamente infalible, sistema neoliberal. En 1982 la tasa de cesantía alcanzó el 23, 7%; la variación anual del IPC, el 20,7%; el déficit fiscal, los 288, 4 millones de dólares; el crecimiento del PGB, en tanto, mostraba una cifra negativa: –14,1 %.Note3. A los síntomas de la crisis se sumaba una notoria desigualdad de la distribución de la renta, que perjudicaba a las clases populares. En 1983, la distribución de la renta era del 10, 4% para el 40% de las familias más pobres de Santiago; en tanto que el 30 % más rico de la población percibía el 70, 9% de los ingresos.Note4.

Sin embargo, la crisis no sólo afectó a los sectores más pobres de la sociedad, que por lo demás venían sufriendo las medidas económicas de la dictadura ya desde el año ’74. Lo novedoso de la crisis del ’83, fue que incluso los mismos grupos económicos que se habían visto favorecidos en un primer momento por la aplicación del sistema neoliberal, se vieron luego perjudicados por los efectos de éste. Para salvarlos, la dictadura debió intervenir los bancos, traspasándole al Estado las deudas que aquellos habían contraído con éstos.

Por su parte, la clase media también se vio atrapada en la crisis económica. Lo mismo que los sectores populares, la clase media había visto disminuir su nivel de vida desde la instauración del régimen. Si ella se había desarrollado a lo largo del siglo XX bajo el amparo del Estado Benefactor, y en la seguridad que brindaban los sólidos puestos de la creciente burocracia; el reemplazo progresivo del Estado por el mercado, la colocó en una situación mucho más inestable. Así, la crisis del ’83 pilló a la clase media en muy mal pie.

Pero, si la dictadura se apuró en tender un salvavidas a los grupos empresariales; no hizo lo mismo con el caso de los sectores medios y populares. Medidas de urgencia como el PEM o el POJH (programas destinados a disminuir la cesantía mediante empleos de emergencia) no eran, en ningún caso, un asidero suficiente para afrontar el naufragio de un sistema económico que hacía aguas por todas partes. Enfrentados a lo que parecía el inminente hundimiento de la dictadura, amplios sectores de la sociedad se sintieron dispuestos a manifestar abiertamente un descontento arrastrado por años. Entrampada en la crisis económica, la dictadura se mostraba, por primera vez, vulnerable. La crisis traspasaba el campo de lo económico para convertirse en una crisis de legitimidad.

Fue en este marco que las jornadas de protestas se hicieron posibles: “La protesta nacional como fenómeno político y social, surgió contra la dictadura, porque se le percibía como responsable de una política económica que prácticamente había devastado al país (…) y porque se le veía administrando una crisis sin tener capacidad de iniciativa creíble y reprimiendo duramente las expresiones de descontento social y de oposición, sin abrir ningún tipo de participación”.Note5.

La primera Protesta Nacional se produjo el 11 de mayo de 1983, convocada por la Central de Trabajadores del Cobre (CTC). En su llamado a protestar, Rodolfo Seguel, presidente de los trabajadores del cobre, enfatizó la motivación antidictatorial de la protesta. Ésta no fue justificada por reivindicaciones sectoriales, sino por el rechazo a “un sistema completo económico, social, cultural y político que nos tiene envueltos y comprimidos…”. Note6. De ahí que el llamado a protestar adquiriese un carácter nacional.

Su éxito fue una sorpresa tanto para la dictadura, como para los mismos participantes. La variedad de acciones de las que se valió esta primera protesta, da cuenta de su espontaneidad: desde paros, ausentismo, marchas, manifestaciones y declaraciones; hasta barricadas, cortes de luz y enfrentamientos con las fuerzas represivas; pasando por bocinazos, caceroleo, y consignas lanzadas desde los balcones. Como se ve, la jornada de protesta cubrió un amplio espectro de participación, y también variados espacios. Si durante el día ella tuvo por escenario el centro de Santiago; en la noche se trasladó hasta las poblaciones periféricas. Allí, el enfrentamiento directo con la represión dio a la protesta un carácter más violento que festivo.

Sin duda, es la composición pluralista la característica más notable de esta primera protesta. Tanto las barricadas levantadas por los pobladores en la periferia de Santiago, como los bocinazos que cruzaban rápidamente las avenidas del barrio alto, eran indicio de su amplia capacidad de convocatoria.

En las siguientes jornadas de protestas, se repitió, más o menos, la pauta de lo que había sido esta primera protesta.

El espectro político

El estallido de las protestas tuvo importantes consecuencias políticas. Diferentes grupos de oposición vieron en ellas, o, más bien, en el liderazgo de ellas, la oportunidad de poner en jaque a la dictadura. Se crearon entonces bloques político ideológicos, que volvían a situar a la oposición en el espacio público.Note7. Si el peso de los partidos políticos había sido prácticamente nulo durante todos esos años de dictadura, las protestas les conferían ahora la posibilidad de volver a ejercer presión.

Aunque la DC había apoyado el golpe de estado, la violencia del régimen, que se extendió también hacia los militantes de este partido, la empujó pronto hacia la oposición. Oposición que tenía sus características particulares: la DC no estaba dispuesta a establecer una alianza con los ex partidos de la UP; ni tampoco a renunciar completamente a la posibilidad de llegar a algún tipo de acuerdo con el gobierno, o con ciertos sectores de éste. Sin lograr hacerse oír por la dictadura, ni dispuesta a unir fuerzas con los partidos de izquierda; los márgenes de acción de la DC se hicieron muy estrechos.

Las protestas ofrecían un nuevo escenario político, y la DC decidió que era hora de recobrar su liderazgo. Así, el 6 de agosto de 1983, entre la tercera y la cuarta protesta (12 de junio- 11 y 12 de agosto), la DC encabezó la formación de la Alianza Democrática (AD), bloque político de tendencias moderadas que abogaba por una “salida pacífica” de la dictadura. Como bandera de lucha, la AD esgrimía los siguientes principios: conseguir un acuerdo nacional para generar una Asamblea Constituyente y una nueva constitución; la renuncia de Pinochet y un gobierno de transición. Tomando rápidamente la iniciativa, la recién creada AD convoca a la cuarta protesta nacional.

Los ex partidos de la UP, en tanto, experimentaron profundos cambios luego del golpe. Dentro del PS, dos tendencias divergentes comenzaban a confrontarse. De una parte, aquellos militantes que en el exilio habían tenido un estrecho contacto con la socialdemocracia europea, conformaban el perfil de un PS “renovado”, liderado por Carlos Altamirano. De otra parte, la mayoría de los militantes que habían permanecido en Chile continuaban en la línea de lo que era el PS tradicional, bajo la conducción de Clodomiro Almeyda. Si el primero de estos grupos podía llegar a un acuerdo con la DC- de hecho se incorporó a la AD-; no ocurría lo mismo con el segundo de ellos, demasiado cercano todavía a la UP.

Por su parte, el PCCH pasaba, desde el ’73, por un período de cuestionamiento interno en torno a lo que habían sido hasta ese momento sus estrategias políticas. Con la experiencia del golpe militar a cuestas, el PCCH comenzó a sopesar seriamente la posibilidad de desarrollar su propia línea político militar. El triunfo de la revolución sandinista en 1979, dio fundamentos esperanzadores a una política armada. Finalmente, el fracaso de todos los intentos por sellar una alianza con la DC, influyó también en la decisión del PCCH de anunciar, en 1980, su política de la Rebelión Popular. En palabras de Luis Corvalán, secretario general del PCCH, dicha política consistía en validar “todas las formas de lucha” contra el fascismo.Note8. La consecuencia más importante de la aplicación de la Rebelión Popular fue la fundación del FPMR, a fines del ’83, en medio de la efervescencia desatada por las jornadas de protesta.

La otra ala de la izquierda, aquella que no había conformado la UP, estaba representada por el MIR. Esta organización, desde su fundación en 1965, había proclamado la lucha armada como su estrategia; a diferencia de todo el resto de la gama política de la época. El golpe militar debilitó enormemente a la organización, diezmando y dispersando a sus militantes. El MIR se vio entonces obligado a entrar en un período de repliegue, marcado por la implementación de la Operación Retorno (que tenía por objetivo el reingreso al país de los cuadros sobrevivientes asilados en el extranjero), y por la salida de la dirección al exterior. A pesar de las dificultades, el MIR continúo con la misma estrategia política. Acorde con ella, a inicios de los ’80 se intentaron fundar focos guerrilleros en Neltume y Nahuelbuta; los que fueron rápidamente detectados y desmantelados por la represión. Sin embargo, el nuevo contexto originado por las jornadas de protesta fue considerado propicio para relanzar con nueva fuerza la estrategia de la Guerra Popular.

Lo mismo que para la DC, las protestas abrían para los partidos de izquierda la posibilidad de la rearticulación. El 29 de septiembre de 1983 los grupos políticos de izquierda, marginados de la AD, conformaron su propia coalición: el Movimiento Democrático Popular (MDP). En él se integraban el PS- Almeyda, al MIR y al PCCH.Note9. Por las mismas fechas, más o menos, se fundó el Bloque Socialista, que incluía al Mapu y a la Izquierda Cristiana. Este conglomerado estaba ligado a sectores del socialismo renovado y a la iglesia de la teología de la liberación. Sin embargo, no tuvo una posición demasiado autónoma y, progresivamente, se fue adhiriendo al AD.

Las diferencias estratégicas entre los diversos conglomerados comenzaron a manifestarse prontamente; y tuvieron su origen en el debate en torno a dos ejes: la utilización de la violencia como instrumento político, y al rol del movimiento social en el derrocamiento de la dictadura. Mientras el MDP apostaba por el ascenso de la movilización social, a través de las protestas; la AD barajaba las manifestaciones como medidas de presión para la negociación con la dictadura (que, en todo caso, todavía no cobraba el carácter patentemente claudicante que luego tendría.)

Desde el régimen, también se percibieron cambios políticos. Aunque la represión continúo igualmente, se abrieron los primeros cauces para la negociación. Desde agosto hasta octubre del ’83 se intentó- con la AD representando a la oposición y Sergio Onofre Jarpa al gobierno- sentar los principios para una salida al régimen y para la realización de una Asamblea Constituyente. Si bien las conversaciones fracasaron, la dictadura comenzó a recurrir a una nueva táctica para contener a la oposición: la de permitirle creer en la posibilidad de la negociación, pero, a la vez, rechazar obstinadamente cualquier intento por cambiar los márgenes del juego por ella establecidos. Como pruebas concretas de una posible apertura, la dictadura había realizado, luego de la cuarta protesta, algunas concesiones: el fin del Estado de Emergencia (vigente desde 1977), y la publicación de una lista de 1.600 exiliados con permiso de volver.Note10.

Por otra parte, los sectores más flexibles del régimen dieron mayor credibilidad a la posibilidad de una negociación, al conformar sus propias agrupaciones políticas. Es de esta manera que nacen, en 1983, la Unión Demócrata Independiente (UDI) y el Movimiento de Unidad Nacional (MUN).

Durante este primer ciclo de las jornadas de protesta (mayo de 1983- octubre de 1984), en el espectro político de la oposición predominaron las tonalidades optimistas. Incluso la AD, aunque dispuesta a la negociación, creía poder imponer a la dictadura sus propias condiciones. Y es que la crisis de la dictadura y el ascenso del movimiento social, daban justificadas razones para el optimismo de la oposición.

El movimiento social

Pero aunque sorpresivas, las jornadas de protesta no fueron resultado de la generación espontánea. A lo largo de la década de los ’70, el magullado movimiento social logró recomponerse en el seno de variados espacios; caracterizados por su cotidianidad, su horizontalidad, su diversidad de actores y su creatividad.

Desde el mismo golpe, la dictadura inició un violento proceso para arrasar con cualquier atisbo del movimiento social popular, que era, claro está, su principal enemigo. Para ello, buscó cercenar todas las raíces sobre las cuales éste se afirmaba. Los partidos políticos fueron, tal vez, la rama más fácil de podar. La aniquilación sistemática de militantes; el exilio masivo y la prohibición de los partidos políticos (1977), dejaron a éstos fuera de la escena pública. Las organizaciones sectoriales fueron igualmente reprimidas o disgregadas. El movimiento de los pobladores, que había adquirido mucha fuerza desde fines de los ’60, fue golpeado por la erradicación de los campamentos; la prohibición de las tomas; los constantes allanamientos a poblaciones; y, como no, el asesinato de pobladores y dirigentes. El movimiento estudiantil se detuvo ante la intervención militar de las universidades y de otros planteles educacionales. La marcha atrás de la reforma agraria o la intervención de las fabricas, acorralaron, asimismo, al movimiento campesino y obrero. En general, ante cada organización social la dictadura empleó el mismo método: la represión más brutal y la intervención de los espacios naturales de los diversos actores sociales.

El miedo y el aislamiento hacían difícil el rebrote de las organizaciones sociales, o la reacción eficiente de las mutiladas y dispersas organizaciones políticas. Sin embargo, la sociedad civil. Sin embargo, y pese a la represión, la sociedad civil buscó, encontró, inventó y transformó diversos espacios desde los cuales poder expresar su oposición a la dictadura y, a la vez, articular otra vez movimiento social. Y es que, ante un poder autoritario que parecía ser omnipresente; se multiplicaban, en contrapartida, los canales de resistencia: “Paradojalmente, la voluntad sistemática del poder de destruir o de controlar todas las formas tradicionales de la vida social terminó por convertir el mínimo acto de oposición en un verdadero acto de resistencia. A la profunda voluntad de transformación de la dictadura de Pinochet correspondió la diversificación y amplificación de las formas que adquiría la oposición, así como la emergencia de nuevos movimientos y actores sociales”.Note11.

En un primer momento, las acciones de la oposición estuvieron dirigidas, más que nada, a forjar una identidad común. Gestación en la cual los elementos simbólicos y éticos tuvieron una importancia primordial. La Iglesia Católica fue la primera en ofrecer un lugar seguro, y bastante amplio, para dicha gestación. Así, las parroquias populares abrieron instancias de participación colectiva al interior de las poblaciones. Flexibles en cuanto al desarrollo de distintas actividades y al pluralismo de sus participantes, las parroquias propiciaban, sobre todo entre los jóvenes, el encuentro y la creatividad. Por otra parte, la apertura de la iglesia incluyó también a los grupos políticos clandestinos, que desde allí podían volver a posicionarse en el espacio social. Pobladores, jóvenes y militantes, contaron así con un lugar donde compartir experiencias e inquietudes; organizarse y, juntos, realizar diferentes actividades.

Otros ámbitos como las universidades o los simples grupos de pares, también se constituyeron como núcleos de una nueva sociabilidad. La participación abierta y la horizontalidad fueron sus principales características; los jóvenes sus protagonistas. Dentro de estos espacios, una nueva identidad juvenil comenzó a desarrollarse: “Los refugios se fueron convirtiendo en talleres donde se forjó una cultura juvenil distinta a la de la generación del ’68: más arraigada en el presente que en el pasado, más colectiva que individual, más artesanal que profesional y más participativa que escénica.”Note12.

En todos estos espacios, la rearticulación social de fines de los ’70 tomó la forma de la autogestión cultural.Note13. Talleres culturales, festivales artísticos, peñas, grupos literarios, brigadas muralistas, etc.; fueron conformando las nuevas raíces- mucho más subterráneas que aquellas que la dictadura había cortado- desde las cuales pudo rebrotar el movimiento social de los ’80.

Por otra parte, la defensa de los derechos humanos se convirtió en un eje para la rearticulación del movimiento social. En torno a esta demanda, se articularon una serie de organizaciones- integradas principalmente por mujeres-, entre ellas la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, que plantearon una primera oposición frontal y pública a la dictadura. Así por ejemplo, el 14 de junio de 1977, veintiséis mujeres de dicha agrupación ocuparon la CEPAL, donde comenzaron una huelga de hambre, en demanda de información acerca de sus familiares desaparecidos.Note14.Desde entonces, el movimiento por los derechos humanos cobró una creciente actividad. En su desarrollo, la iglesia- mediante instituciones como la Vicaría de la Solidaridad y personajes como Raúl Silva Enríquez- tuvo un papel de importancia; pues apoyó y cobijó a las organizaciones de defensa de los derechos humanos.

En las poblaciones, en tanto, el movimiento social comenzó a rearticularse en torno a la satisfacción de necesidades básicas. Diversas organizaciones solidarias- ollas comunes, comedores populares, “comprando juntos”, etc.- fueron levantándose con el apoyo de la iglesia y la participación colectiva de los pobladores. Nuevamente las mujeres, como dueñas de casa, tomaban la iniciativa.

También a fines de los ’70, el movimiento sindical comenzó a recobrar fuerzas. Así, en el sector minero se organizaron las primeras protestas y huelgas: en 1977 en el Teniente; en julio de 1978, en Chuquicamata; luego, en la siderúrgica de Huachipato. Aunque reprimido- así por ejemplo, luego de las “protestas de las viandas”, en Chuquicamata, la dictadura había decretado estado de sitio en la provincia de El Loa- el movimiento sindical no quedó anulado. Finalmente, fue éste el que realizó el primer llamado de protesta nacional. Note15.

Hacia 1980, se observaba ya un aumento en la capacidad de movilización. Tanto para el día de la mujer como para el día del trabajo, hubo un significativo aumento de la participación y de la combatividad.Note16.

Según Manuel Garretón, el movimiento social del período previo a las jornadas de protesta, se caracterizó por ser sectorial y parcial. Correspondía, esencialmente, a acciones de defensa y solidaridad en torno a los derechos humanos, organizaciones de subsistencia en las poblaciones, reivindicaciones laborales, o movilizaciones culturales. Estas primeras manifestaciones del movimiento social se dieron en un marco altamente represivo; lo que explica su brevedad y aislamiento. No tenían, en general, un referente al que exigir demandas particulares; más bien, estaban orientadas por principios de tipo expresivo.Note17.

Nuevas características, nuevos actores, nuevas dinámicas y orientaciones, daban un cariz diferente al emergente movimiento social. Para Gabriel Salazar, la identidad del movimiento social popular así forjado- tanto sobre la base de la autogestión cultural de los ’70, como de las luchas frontales de los ’80- cobró un carácter distinto al del período pre- dictatorial. De su condición funcional y reivindicativa, orientado hacia el Estado; el movimiento popular pasó a ser solidario, amplio y volcado hacia la misma comunidad local.Note18.

Las jornadas de protesta desatadas en mayo del ’83, significaron la irrupción del movimiento social en el espacio público, como oposición abierta y frontal. Por supuesto, esto introdujo otras tantas innovaciones en el movimiento social. La más evidente de ellas fue el resurgir de la violencia política popular.

Así como antes se habían organizado ollas comunes y comedores infantiles para enfrentar la precariedad; con el estallido de las protestas, en las poblaciones comenzaron a organizarse también barricadas, marchas y caceroleos para enfrentar la represión. La población ya no era sólo un espacio de organización; se perfilaba, además, como un frente de combatividad, y como un territorio especialmente fértil para la lucha contra la dictadura. Concientes de ello, los grupos políticos- militares se propusieron potenciar dicha capacidad combativa. La creación de las Milicias Populares en el caso del MIR, o Rodriguistas en el del Frente, fue uno de los mecanismos ideados para ello.

Nuevamente la juventud desempeñó un papel preponderante. Si en los ’70 su actuación tuvo lugar tras las bambalinas que ofrecían los “espacios- refugios”; en los ’80 la juventud volvió a ocupar masivamente el escenario abierto de las calles. En las jornadas de protesta los jóvenes- sobre todo pobladores y estudiantes- participaron, quizás, con más entusiasmo que cualquier otro sector. Cuando las protestas fueron perdieron su carácter masivo, fueron los jóvenes quienes constituyeron el elemento preponderante de éstas. En las poblaciones, donde las protestas adquirieron mayor radicalidad, la participación juvenil dio origen a una identidad de “jóvenes combatientes”, con sus propias armas y sus propios mártires, que venía a superponerse a la identidad negativa de “jóvenes víctimas de la dictadura”. Incluso los jóvenes y adolescentes del movimiento de estudiantes secundarios, se sumaron a la entusiasta ocupación de calles y liceos.

Acerca de la violencia de las jornadas de protesta y la participación juvenil en ellas, existen diversas posturas. Para José Weinstein, en tanto, la participación de los jóvenes populares en las jornadas de protesta se explica de forma esencialmente negativa. Frustrados por la marginación y la represión, sin identidad cultural propia, sin formación política ni experiencia cívica, y sin expectativas de futuro; los jóvenes sólo pueden expresarse mediante la violencia; violencia que no tendría, según el autor ningún sentido político: “Los jóvenes demuestran su rechazo al orden institucional, su desprecio por los símbolos de éste y su disconformidad. Están descontentos de su condición general: su vida cotidiana es vacía y no tienen perspectivas de mejorar en el futuro, tiene apremios materiales y culturales, no tienen la posibilidad de establecer un proyecto personal y están sujetos a una represión múltiple y permanente. La rebelión es global y esto explica su radicalismo, pero también la debilidad de sus propuestas”.Note19. De forma parecida, los autores Javier Martínez, Eugenio Tirón y Eugenia Weinstein, interpretan la violencia popular, sobre todo juvenil, como un fenómeno psicosocial, motivado por sentimientos de impotencia y frustración: “La violencia es entonces un acto físico dirigido en contra de un individuo, grupo u objeto, con la meta de transformar una situación de poder donde que al sujeto le resulta insatisfactoria. Se produce en un contexto psicosocial en donde otras conductas con mayores ingredientes racionales y persuasivos aparecen bloqueados; en tal situación esta manera en que los individuos pueden liberar una tensión insoportable y alcanzar una situación de poder y significación.”Note20.

En una interpretación diferente, Gabriel Salazar considera a la violencia política popular como la fuerza histórica que animó al siglo XX chileno. A pesar de sus esfuerzos, la dictadura no habría sido capaz de aniquilar el movimiento de violencia política popular; puesto que “no destruyó las condiciones concretas sobre las que afloraba y crecía la clase popular en su conjunto y su actitud historicista tipo VPP.”Note21. Por el contrario, la VPP continúo existiendo durante la dictadura, aunque bajo una forma diferente a la que había manifestado en el período previo al ’73. Más aún, la VPP habría experimentado una evolución al pasar de una fase puramente defensiva a otra ofensiva. Esta nueva fase implicó también su tecnificación y modernización. Proceso que se manifestó a través de las acciones de grupos organizados como el FPMR.

Los cambios en la coyuntura política a partir del ‘85

El control de la crisis económicaNote22. y las fuertes medidas de represiónNote23. , le permitieron a la dictadura, hacia el año ’85, tomar cierta ventaja con respecto a las jornadas de protesta. Tanto la satisfacción de determinadas reivindicaciones económicas, como la radicalización de las protestas, fueron restando de ellas a la clase media. Por otra parte, el temor a los “desbordes”, al fortalecimiento de la opción insurreccional y al alejamiento de un posible acuerdo con la dictadura; motivó a la AD a llamar a la “pacificación”. A la vez, el avance de la vía negociadora disminuyó, entre la población, la credibilidad en la fuerza efectiva de las protestas. Los cuadros militantes y los jóvenes pasaron a convertirse en los actores más constantes de las protestas. Éstas se hicieron entonces menos masivas y menos espontáneas; en palabras de Moulian se “rutinizaron”: “Para la masa las protestas se rutinizaron, en la medida que devinieron ritos y a que se demostraron ilusorias las exorbitantes expectativas asociadas a su éxito. En el año ’85 e incluso en el ’86 ya se sabía que las protestas en sí mimas no eran decisivas.” Note24. El período de efervescencia y optimismo inaugurado por el estallido de las protestas, fue seguido por uno de repliegue e incertidumbre.

La dictadura tomaba otra vez las riendas de la situación, y en el ambiente político, sobre todo en la AD, comenzaba a reinar un creciente pragmatismo. Si en 1983 los principios sobre los cuales la AD estaba dispuesta a sentarse a negociar con la dictadura incluían la formación de una Asamblea Constituyente y la pronta salida de Pinochet; en 1985 las exigencias eran mucho menos altas. Al firmar el Acuerdo Nacional con el MUN, la AD planteaba un piso harto más modesto: el cambio gradual de la dictadura y la reforma de la constitución del ’80.

Para la dictadura, en cambio, la pauta del Acuerdo Nacional no resultaba, aun, lo suficientemente moderada. La obstinación de la dictadura a ceder en cualquier tipo de cambio que quisiese hacerse al régimen, o a la institucionalidad y al sistema por él impuestos; parecían dar la razón a los grupos rebeldes que juzgaban imposible otra salida que la de la rebelión.

Más que nunca se hicieron evidentes las diferencias dentro de la oposición. Mientras, la AD perseguía la negociación aun a costa de bajar progresivamente sus exigencias (línea política a la que también se sumó el Bloque Socialista); el MDP rechazaba cualquier acuerdo que no supusiera la inmediata salida de Pinochet. Sin embargo, aún ninguna de las dos posiciones se imponía definitivamente sobre la otra.

Fue en ese contexto que, desde el PCCH, comenzó a hablarse del año ’86 como del “año decisivo”…

A partir de ese año fue evidenciándose con mayor claridad el triunfo de la estrategia negociadora por sobre la salida revolucionaria. El movimiento social se había debilitado, y se encontraba sin un impulsor efectivo. Tanto la AD como las organizaciones revolucionarias, privilegiaban sus propias estrategias políticas para llegar al poder- negociación para la una, lucha armada para las otras-, antes que potenciar las experiencias populares de autonomía y autogestión.Note25. Sin haber llegado a desarrollarse hasta el nivel de plantear un proyecto político propio, el movimiento social comenzó a derivar entre la vía institucional y la insurreccional, hasta encallar en el extraño banco de la transición.

Sin embargo, todavía en el año ’86 el movimiento social era capaz de algunas demostraciones de fuerza. El éxito de las jornadas de protesta del 2 y 3 de julio, daba prueba de ello. Pero, la distancia que había entre el éxito de las últimas grandes jornadas de protesta y una sublevación nacional, era bastante mayor de lo que los grupos rebeldes pensaban.

Aun así, el Frente lanzó para ese año dos operaciones político- militares en las que se jugaba el éxito de su estrategia armada: el ingreso de las armas por Carrizal Bajo y el atentado contra Pinochet. El fracaso de ambas operaciones (en agosto y septiembre, respectivamente), debilitó considerablemente la creencia en el triunfo de la estrategia revolucionaria. Para el Frente específicamente, significó el inicio de una severa crisis. Así, al año siguiente, debió enfrentar dos complejas situaciones: su separación del PCCH, que abandonaba definitivamente la vía armada; y el duro golpe represivo que representó la “Operación Corpus Chisti” (15 de junio).

En el MIR, en tanto, el año ’86 también fue un año crítico. Debido al debate interno sobre la estrategia a seguir, el MIR terminó por dividirse, ese mismo año, en diversas fracciones. El surgimiento de un MIR- Renovación, dispuesto a competir electoralmente en la futura institucionalidad, era indicio de los nuevos tiempos que corrían.

Ante el notorio descenso de la movilización social y ante los reveses de la estrategia armada, adquirieron mayor volumen que nunca aquellas voces que abogaban por la negociación en los estrechos límites establecidas por la dictadura.

En marzo del ’87 quedó definitivamente aprobada la ley de partidos políticos. Sólo faltaba esperar la llegada del ’88, año fijado por la dictadura para el plebiscito, y el calendario trazado por la dictadura se cumpliría a cabalidad. A pesar de algunas reticencias, la mayoría de los partidos políticos se fueron acomodando a tal idea. Ya en las proximidades del plebiscito, se produjo la avalancha de partidos llamando a votar No; incluyendo entre ellos al PCCH y al PS- Almeyda.

La salida pactada quedaba así legitimada, o al menos aceptada, por la mayoría de los partidos políticos. Aislados políticamente, sólo los grupos rebeldes continuaron rechazando el plebiscito, denunciándolo como un fraude de la dictadura o como la perpetuación de su régimen bajo otra careta.

La transición

El reconocimiento del triunfo del No por parte de la dictadura, desconcertó a las organizaciones rebeldes. La posibilidad de un levantamiento general en contra del fraude dictatorial quedaba, obviamente, descartada. Por otra parte, el corto entusiasmo popular por el triunfo del No y los cambios en la escenografía del sistema, hacían más difícil que nunca la pervivencia de los grupos rebeldes. Al mencionado aislamiento político, se añadía un creciente distanciamiento con respecto a la sociedad. El nuevo panorama de la transición no resultaba para nada favorable a los rebeldes.

La llegada de la Concertación al poder culminó el proceso de desarticulación de las organizaciones rebeldes. Para el cumplimiento de sus objetivos de “pacificación social”, consenso y modernización, la concertación debía dar prioridad a la sofocación definitiva de éstas. La represión del nuevo gobierno introdujo mecanismos más “sofisticados” que los empleados por la dictadura: la creación de un organismo de inteligencia semi- encubierto como La Oficina, la infiltración de los grupos rebeldes o la delación compensada, fueron algunos de ellos. Por supuesto, también se siguió recurriendo a los mecanismos más tradicionales de la represión (muertes, prisión política y tortura.)

Para el año 1993 las organizaciones rebeldes estaban en un nivel avanzado de desintegración. Muchos de sus militantes, estigmatizados como terroristas, habían muerto a manos de las fuerzas represivas o se encontraban presos. Paralelamente, los espacios de organización y autonomía fueron siendo progresivamente restringidos o institucionalizados. El ya debilitado movimiento social era empujado a disolverse en los rígidos mecanismos de la “nueva democracia”.

CONCLUSIONES

En primer lugar, se reafirmarán aquí algunas cosas ya dichas. Esta investigación partió con la premisa de que la historia de la lucha de los sujetos rebeldes de los ’80 y ’90 no podía ser reducida sólo a sus acciones político- militares. Ello porque la rebeldía cubre variados aspectos, más allá del estrictamente político o militar. La proyección utópica hacia el futuro, la práctica transformadora, y su vinculación con la historia colectiva son coordenadas que amplían los márgenes de acción de los rebeldes. Son éstos quienes, finalmente, construyen su rebeldía, desempeñando un papel protagónico en cada una de sus dimensiones: asumen legados, crean sus propias innovaciones, interpretan la realidad a la que se enfrentan, se adueñan activamente del presente, reinterpretan su pasado, imaginan un futuro, etc. Este variado espacio donde los sujetos rebeldes se constituyen como tales, es lo que da origen a la cultura rebelde.

Ya sentado el carácter dinámico y multifacético de la rebeldía, el desarrollo de estas conclusiones no puede sino seguir basándose en estos principios. Como la cultura rebelde no es un paquete homogéneo, las conclusiones que se desprenden de su investigación tampoco deben dejar de tener en cuenta sus diversos niveles y ángulos…

La cultura rebelde como tradición política

A pesar de sus diferencias particulares, el MIR y FPMR heredaron un mismo acervo político- cultural. Como se vio en los capítulos correspondientes, el dilema del continuismo versus la innovación en el quehacer político de estos grupos, no fue de fácil resolución. La tradición de la izquierda revolucionaria tuvo para estos grupos una condición ambivalente. Si, por un lado, ella proporcionó las principales herramientas (ideología, estrategia, organización) con las que combatir a la dictadura y concretar su proyecto de cambio; por otro, el rígido apego a ella constituyó, asimismo, una rémora. La incapacidad para adecuar los elementos de dicha tradición- tanto al cambio de las condiciones políticas, sociales y económicas del país, como a las características del movimiento social- significó el aislamiento progresivo de las organizaciones rebeldes. El voluntarismo, las lecturas desfasadas de la realidad, el tareísmo, etc., fueron algunos de los síntomas de dicha incapacidad.

En cierta medida, puede decirse que hubo una “petrificación” de la cultura política de la izquierda revolucionaria chilena. De cultura (en su sentido creativo), devino en tradición (en su sentido conservador). Sus principales fundamentos y directrices venían asentándose ya desde los ’60: el marxismo como teoría; la lucha armada como estrategia; el poder estatal como objetivo. Por supuesto, no es posible desvincular la conformación de esta tradición de su contexto histórico. De un lado, el ascenso de los movimientos revolucionarios en América Latina constituía el referente más cercano para las organizaciones de izquierda chilenas. Incluso hasta mediados de los ’90, la pervivencia de algunos focos guerrilleros en el continente seguía animando a los rebeldes chilenos. La lucha armada liderada por organizaciones de vanguardia, no parecía, dentro de este marco, algo descabellado ni alejado de las posibilidades concretas de la realidad. De otro lado, la izquierda chilena se había desarrollado alimentándose, en gran medida, del Estado (mucho más definido que en otros países de América Latina). La relación con este Estado fue algo preponderante para la izquierda chilena. Primero, como espacio desde el cual llevar a cabo las reformas sociales más necesarias. Luego, como antagonista que debía ser derrotado por las armas. Pero, si antes del ’73 esta confrontación era más bien discursiva; luego del golpe adquirió una materialidad bastante cruda. La dictadura vino a reforzar los principios de la cultura política rebelde.

La cultura política así conformada, tuvo como uno de sus elementos más característicos una determinada concepción del poder. Básicamente, las organizaciones revolucionarias chilenas lo entendieron como algo que radicaba dentro de los márgenes del Estado. De ahí que la mayoría de sus acciones se orientasen hacia éste, donde, como en un recipiente, se hallaba depositado el poder, el cual, casi literalmente, debía ser tomado.

Lo anterior trajo como consecuencia el predominio de una lógica partidaria entre los grupos rebeldes. Definido en relación con el Estado, el poder asumía una connotación casi exclusivamente política, más aun, partidaria. Era el partido de vanguardia el que debía liderar la revolución, cargando sobre sí el mayor peso de la disputa por el poder; al parecer, siempre en otra parte.

En este marco, el movimiento social sólo podía tener un rol secundario, supeditado a los objetivos, características y necesidades de la organización política. En lugar de servir de base para la lucha de las organizaciones rebeldes; el movimiento social quedaba, muchas veces, reducido a la ambigua condición de instrumento coyuntural o de proveedor de militantes.

Alejado del movimiento social, el quehacer político giró, principalmente, en torno a las actividades conspirativas de la militancia. Ésta desarrolló entonces un carácter introvertido; acentuado por la clandestinidad. La organización del partido de cuadros reforzó, igualmente, esta tendencia. Vertical y centrípeta, su estructura puede ser adecuada para evitar los golpes represivos, pero no para vincularse con la masa.

Y sin embargo, los jóvenes de la generación de los ’80 habían tenido un papel activo dentro del movimiento social; tanto en su proceso de rearticulación, como en la conformación de su nueva identidad. En espacios cotidianos y abiertos (población, calle, parroquias, liceos, etc.), las dinámicas de organización asumieron, en un principio, un cariz del todo distinto a las que operaban dentro del partido de cuadros. Si en este último predominaba un fuerte verticalismo; en el movimiento social regían la horizontalidad, la participación y la inclusión. Del mismo modo, ambas instancias de lucha diferían en cuanto a algunas de sus orientaciones. Mientras las organizaciones rebeldes se afanaban, por sobre todo, en fortalecer una estrategia que les permitiese alcanzar el escurridizo poder; el movimiento social generaba, colectivamente, sus propios espacios de autonomía y poder. Podría decirse que se originaron entonces dos tipos de culturas políticas: una eminentemente empírica y local; y otra potenciada, pero, a la vez, condicionada por la teoría. Progresivamente distanciadas, o superpuesta una a la otra, ninguna de ellas sirvió, finalmente, de sustento para el objetivo común de la transformación revolucionaria.

Las experiencias acumuladas por los jóvenes al interior del movimiento social, su práctica rebelde en los espacios abiertos, la identidad por ellos construida; no fueron potenciadas por las organizaciones político- militares, que continuaron restringidas a sus prácticas y dinámicas tradicionales. Al entrar a militar, muchos jóvenes fueron asumiendo una identidad extraña a la que ellos mismos habían levantado sobre la base de sus propias memorias, de sus acciones y de su lucha. La identidad generacional, sin llegar a diluirse, se vio absorbida por la identidad militante. Mediante la formación política y práctica recibida al interior de la organización, los jóvenes se fueron alejando de aquella cultura política enraizada en el movimiento social y juvenil. Al contrario, se fueron adentrando cada vez más en la lógica político- militar, en el lenguaje político tradicional, en las actividades conspirativas, y, con el correr del tiempo, en la difícil tarea de la supervivencia (ya no sólo individual, sino además política.) Incluso los militantes que participaban del trabajo de masas partidario, se hallaban condicionados por la lógica partidaria, siempre superpuesta a la actividad social.

En algunos casos, la identidad partidaria no sólo pareció primar por sobre la identidad juvenil; sino que, incluso, cobró dimensiones hiperbólicas. Al construir gran parte de sus vidas en torno al proyecto de la organización y al vivir en ella fuertes experiencias, los militantes tienden a desarrollar para con ésta una identificación que va más allá de lo político o afectivo. La organización adquiere entonces, ante sus ojos, el carácter de una “gran familia”, un espíritu particular o una cultura determinada (los conceptos de “rodriguismo” o de “cultura mirista” reflejan esto). En cierta medida, esta percepción del partido como un algo trascendente, lo “sacraliza”, distanciándolo de su condición instrumental. Es, quizás, la manifestación de la lógica partidaria en su máxima expresión. Una vez sacralizada, la transformación de la organización se ve obstaculizada; y una división política se convierte en una cisma dolorosa (el caso del MIR es muy representativo de esto último).

Asimismo, la militancia partidaria significó para los jóvenes asumir sacrificios, responsabilidades, valores y aptitudes, que no habían tenido necesidad de desarrollar antes. Se encontraron así frente a otra dimensión de la tradición política de izquierda: la ética militante. Las condiciones que impone la lucha armada, incentivan el desarrollo de valores particulares: disciplina, autocontrol, entrega, sacrificio personal, compañerismo, etc. Dichos valores moldean cierta forma de ser del militante, o cierta forma de vivir la militancia, distintas a las que se desarrollan en la militancia política tradicional o en la “militancia social”. La militancia político- militar pone énfasis en los “valores épicos”, exaltados además por la cultura revolucionaria desarrollada desde los ’60. Figuras como el Che o Miguel Enríquez, eran exponentes de una moral revolucionaria todavía vigente en los ‘80, a pesar de la distancia en el tiempo.

Obviamente, la represión desatada luego del golpe dio fundamentos concretos a dicha moral. Los jóvenes de los ’80 crecieron con las historias de la represión militar; más aun, muchos de ellos tenían como parientes o como personas cercanas a víctimas directas de ella. Pero, además, ellos mismos debieron sufrir en carne propia la violencia de la dictadura. El enfrentamiento directo con un enemigo cruel y poderoso, demandaba asumir costos personales y una actitud de entrega absoluta. Postergar ciertos elementos de la vida personal; formarse en cierta disciplina; o “acerarse” para la lucha, eran exigencias casi ineludibles de la lógica político- militar en un contexto de aguda represión. Así, el desarrollo de una “ética guerrillera” se convertía, para los militantes, en una necesidad.

Bajo esa lógica se fue consolidando una cultura revolucionaria, que hacía de sus partícipes militantes rigurosos y entregados. De la práctica revolucionaria, un asunto grave, rígido, a veces hasta oscuro. De la revolución, un más allá lejano, que exigía el sacrificio del presente.

Evaluándola desde hoy, muchos ex militantes consideran con algo de distancia esta cultura revolucionaria; alejada de su identidad original de jóvenes rebeldes. En su discurso, suelen calificarla como “cuadrada”, “dogmática” o “funeraria”. Otros, en tanto, añoran la vida épica y sus valores, que hoy dicen no poder encontrar.

En general, los elementos y características anteriores hicieron de la cultura política rebelde una realidad rígida, amarrada a la lógica partidaria de la lucha por el poder. Una cultura política inflexible y ensimismada, convierte el quehacer político en algo mecanizado y hermético. En este marco, la innovación, la creatividad, la participación y la vinculación con la sociedad, se tornan difíciles de desarrollar.

El “peso de la tradición”- más que la tradición misma- jugó en contra de las organizaciones rebeldes. De una parte, obstaculizó la adecuación de las organizaciones rebeldes a los cambios que, a partir de los ’80, comenzaban a operar aceleradamente en el sistema y en la coyuntura política del país. De otra, entorpeció la vinculación de éstas con el movimiento social, reduciéndola a una relación equívoca. Restringidos a sus dinámicas y orientaciones tradicionales, los grupos político- militares no supieron aprovechar la potencialidad que radicaba en los elementos originales del emergente movimiento social: sus prácticas territoriales, sus formas de organización y sociabilidad horizontal, su nueva identidad, etc. Sólo pudieron utilizarlo desde la lógica partidaria. En ella, el movimiento social quedaba supeditado a la organización política; mientras que la cultura de aquél, permeada por la tradición de ésta.

http://http://www.tesis.uchile.cl/tesis/uchile/2005/olea_c/html/index-frames.html

La cultura rebelde como construcción y reconstrucción histórica

Los andamios de la rebeldía cuentan con más travesaños que los de la tradición política, que hoy parecen tan inestables (mohosos, dirían algunos), y sobre ellos todavía puede seguir construyéndose un proyecto alternativo. De ahí que, como construcción histórica, la rebeldía no sea una obra ya acabada…

La memoria es, de seguro, uno de los “travesaños” más firmes. Y tiene, por lo demás, una notable propiedad regeneradora. Si los jóvenes de los ‘80 pudieron construir su rebeldía sobre las memorias negativas del fracaso de la UP y de la vida en dictadura; la memoria de su propia lucha, con derrota política incluida, también sirve de base para nuevas proyecciones. Gracias al poder interpretativo de la memoria, la rebeldía traspasa los márgenes del momento histórico en que se desarrolló, para encontrar anclas en el pasado y sembrar semillas en el futuro.

La rebeldía de los jóvenes de los ’80, brotó a partir de dos raíces ya mencionadas: la memoria de la dictadura y memoria de la UP, que en esta investigación fueron abordadas desde la memoria individual y la memoria de los viejos, respectivamente. En ambas memorias- una centrada en lo vivido en carne propia, la otra en el proyecto truncado- los sujetos rebeldes encontraron los fundamentos para su accionar. Ambas memorias están basadas en las propias experiencias o en las de aquellos más cercanos; están sustentadas en lo cotidiano; circulan y sobreviven mediante la oralidad. Son memorias construidas desde abajo, desde las redes sociales, y no desde la institucionalidad.

Es en la primera de ellas, la memoria individual, donde los sujetos encuentran las motivaciones personales para su rebeldía. Por lo general, entre más estrechamente ligadas a la historia de vida se encuentren estas motivaciones, más constantemente se mantiene la opción política asumida a lo largo del tiempo. En este sentido, puede afirmarse que la rebeldía posee un origen personal, arraigado en la vida de cada sujeto. Sin embargo, estas vidas singulares no son nunca exclusivamente individuales. Hay experiencias, situaciones, condiciones, hitos, fechas, espacios, etc., compartidos por una misma generación y un mismo grupo social. Definidos como “nudos”, “ejes”, “marcos”, etc., por diferentes autores, dichos elementos articulan las memorias individuales con la historia colectiva.

Mediante los testimonios, resulta claro que todos los nudos de la memoria rebelde están referidos principalmente a la realidad de la dictadura. En cada uno de ellos- familia, poblaciones, liceos, calle, etc.- y cotidianamente, los sujetos rebeldes se enfrentaron con los efectos de la dictadura. La represión, el miedo, el silencio, la violencia, la pobreza, las crisis económicas, etc., ocupan un lugar importante en sus recuerdos de infancia y adolescencia. Sufridas directa o tangencialmente, estas vivencias negativas dieron origen a una memoria de la dictadura, marcada por el rechazo y por la creciente necesidad de actuar sobre dicha realidad. Más vagamente, en cambio, aparecen las imágenes de la Unidad Popular. Reconstruida a través de recuerdos conservados desde su infancia, la memoria de la UP está condicionada en la mayoría de los sujetos rebeldes por la añoranza de un pasado más feliz vivido junto con la familia, con la población, u con otro colectivo. Pero, es la memoria de la dictadura la que, sobre todo, sirve de primer ingrediente para la elaboración de la identidad de los jóvenes rebeldes.

La memoria transmitida por los viejos, en tanto, les permitió a los sujetos rebeldes, racionalizar la visión borrosa, y más bien exclusivamente afectiva, que tenían de la UP. De esta forma, ellos pudieron ligar su lucha con la de las generaciones anteriores, dándole así solidez y continuidad a su proyecto colectivo. El enfrentamiento contra la dictadura ya no tenía entonces como único objetivo el de su derrocamiento; sino que, por sobre todo, el triunfo del proyecto revolucionario que antes había sido truncado.

La memoria y sus diferentes sustratos conforman el asiento de la rebeldía. Ella es base para la acción, y argamasa que cohesiona la identidad. Ella permite una raigambre en la historia colectiva; mediante la cual, los sujetos pueden interpretar su experiencia particular como un paso más dentro del largo movimiento de las luchas sociales.

Por otra parte, la conservación y la reinterpretación de la memoria permiten que ésta continúe sirviendo de base para la construcción y reconstrucción de la rebeldía. A través de los testimonios, se ha podido apreciar cómo los sujetos resignifican la derrota política sufrida. Esta resignificación, que generalmente se produce luego de un período de “convalecencia”, permite que la derrota objetiva sea superada, y que, en el mejor de los casos, la memoria vuelva a orientarse al futuro y a la acción.

El período de convalecencia que sigue a la derrota objetiva, el proceso de resignificación de la memoria, debió sustentarse en los apoyos que brindaban los espacios más íntimos y cotidianos. Lo mismo que durante la rearticulación de los ’70, los derrotados militantes de los ’80 y ’90 iniciaron desde los espacios sociales su “recarga subjetiva” (Salazar.) Ya fuese en los ámbitos más cotidianos como la familia o el trabajo, o en los que abrían las nuevas organizaciones sociales; los sujetos se reencontraron con las obras más concretas de su lucha: la identidad y los valores rebeldes. Si la estructura partidaria había fracasado, si la salida revolucionaria se había truncado; los rebeldes seguían teniendo al alcance de la mano los productos por ellos mismos elaborados y practicados.

En la lucha contra la dictadura- y no sólo en aquella que asumía un carácter político- militar- los jóvenes de los ’80 actuaron bajo una misma ética, y cohesionados por una identidad común. Ellas estaban basadas en la memoria, pero también, y sobre todo, eran resultado concreto de la participación colectiva y cotidiana de los sujetos en los diferentes espacios de resistencia, organización o encuentro. Determinadas tanto por su oposición a la dictadura, como por las experiencias vividas y por la utopía; ética e identidad se constituyeron al interior de la cultura rebelde como otro frente de lucha más.

La ética rebelde no puede ser definida ni como natural, puesto que es producción de los mismos rebeldes; ni como universal, puesto que tiene su contrapartida en otro sistema ético. Más bien, la ética de los sujetos rebeldes puede caracterizarse como histórica. Ello queda claro ya en un primer nivel del problema: el de la justificación de la militancia. A través de los testimonios, los ex militantes suelen justificar su opción política aludiendo a sus vivencias pasadas y a la responsabilidad que les cabía frente a su presente. Actuar para trocar la realidad de la dictadura en un futuro mejor, fue para ellos una decisión ética, antes que política. Así, el compromiso con la historia se erige como base de la ética rebelde.

Aquí la utopía juega un rol fundamental, pues son los valores de la nueva sociedad los que orientan y justifican el accionar de los sujetos. Sin embargo, estos valores utópicos fueron vividos en el presente; en cada uno de los espacios de acción de los jóvenes de los ’80. La solidaridad, el compañerismo, la horizontalidad, el diálogo, la creatividad, etc.; fueron experiencias reales en los diversos ámbitos de sociabilidad y resistencia.

Como se mencionó anteriormente, frente a la ética propiamente militante, derivada de la cultura política, los sujetos manifiestan diferencias de apreciación desde el presente. Por el contrario, todos ellos comparten la continuidad de una ética rebelde. Esto es, un sistema de valores que sigue orientándose al proyecto de una sociedad diferente, y que se contrapone a aquel que sustenta el sistema dominante. Ello queda evidenciado en el discurso de los ex militantes, donde uno de los elementos de continuidad más claro es el de la identificación con ciertos valores colectivos.

Antes de ser militantes de determinada organización, los rebeldes de los ’80 fueron jóvenes que compartieron una misma memoria, marcada por la experiencia de la dictadura, pero también por el enfrentamiento contra ésta. Enfrentamiento que cobró el cariz de la creación cultural y de la rearticulación social para los jóvenes de la primera oleada de los ’80, y del combate directo para los de las posteriores. En sus dos facetas, la lucha contra la dictadura constituyó la principal materia prima de la identidad generacional de los jóvenes rebeldes. En torno a la lucha, éstos desarrollaron una forma de relacionarse, practicaron valores comunes y soñaron con un futuro que ellos mismos, juntos, construirían. La identidad de esta generación estuvo, por tanto, singularizada por su combatividad (con un “ellos frente a nosotros” bastante claro), y por la aguda conciencia de su papel activo en la historia.

Como correlato o apoyo de esta identidad juvenil, se desarrolló también una cultura contestataria. Ella buscó elaborar su propio sistema de representaciones simbólicas, que se confrontara al de la cultura oficial. Así, elementos culturales como la música, la estética, la diversión, el lenguaje, las relaciones interpersonales, etc., representan las armas más espontáneas en la lucha contra la dictadura.

Hoy en día, los ex militantes- que pueden tener una mayor o menor identificación con el partido al que pertenecieron- se reconocen como copartícipes de una misma memoria, de una misma identidad generacional, de una misma lucha. En la fidelidad a sus valores y principios, en la defensa de su memoria o en la “reconversión” (no renovación) de sus frentes de lucha; los sujetos dan continuidad a su identidad rebelde.

Es sobre estos andamios, que hoy los rebeldes continúan construyendo su rebeldía. Manteniendo elementos de la tradición política (ninguno de ellos descarta la ideología que dio fundamento a su accionar, ni reniega de plano de la lucha armada); conservando y reinterpretando la memoria de sus luchas; y sustentándose en las prácticas más concretas de la ética y la identidad rebeldes por ellos gestadas, los sujetos siguen tratando de levantar su proyecto revolucionario. Con menos certezas que antes, pero, en contrapartida, con mayor flexibilidad, los rebeldes buscan cómo mantener en circulación, en la realidad presente, dicho proyecto.

Circulación que es puesta en marcha desde los actuales espacios de sociabilidad y organización- subterráneos, espontáneos, cotidianos, horizontales, etc.- donde distintas generaciones se encuentran para reafirmar una identidad que se resiste a ser absorbida o aplastada por la cultura oficial. Frente a los valores (o anti valores), el discurso, las representaciones simbólicas, la historia, etc., que la cultura oficial presenta e impone como los únicos válidos; los sujetos esgrimen una cultura rebelde o de resistencia. Mientras la cultura oficial se impone en el escenario iluminado de lo institucional; la cultura rebelde se mueve soterrada, pero insistentemente, por los más variados cauces de expresión y acción: “(…) podemos decir que en la lucha simbólica, los dominados pierden de entrada, y los dominantes no tienen nunca ganada la partida: para ganar deberían ganarla definitivamente”.Note440.

Asumiendo una memoria, recogiendo y practicando unos valores, y defendiendo una identidad, los sujetos construyen y reconstruyen una cultura rebelde; salvando así del derrumbe absoluto a la posibilidad, siempre abierta, de seguir proyectándose a un futuro distinto al trazado por la cultura oficial.

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Un comentario en ““La cultura rebelde: soportes, construcción y continuidad de la rebeldía”. (MIR y FPMR, 1983-1993). Tesina Consuelo Olea,2005

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