AQUEL ONCE DE SEPTIEMBRE- Dr. Claudio Schuftan desde Hanoi

El Dr. Claudio Schuftan es médico pediatra dedicado a la salud internacional. Es de nacionalidad chilena y actualmente reside en Ciudad Ho Chi Minh donde es Cónsul Honorario de Chile. Se graduó de médico en la Universidad de Chile en 1970. Es autor de dos libros y de numerosos capítulos de libro y artículos en su especialidad. El Dr Schuftan es consultor en salud pública con experiencia en más de 50 países, especialmente en el África y en Asia. En Nairobi residió siete años; en Hanoi otros siete y ahora nueve años en Ciudad Ho Chi Minh. Es miembro fundador de Movimiento por la Salud de los Pueblos, una red de activistas en salud con presencia en más de 50 países.

Este relato es inédito. Fue escrito en 1996 relatando sus recuerdos de cómo pasó las horas siguientes al golpe militar del 11 de septiembre de 1973 en su ciudad natal de Santiago. El Dr Schuftan debió dejar su país de origen en enero de 1974. El relato es sometido al Premio Literario Casa de las Américas 2013 en la categoría Literatura Testimonial.

http://coincidir-revista2.blogspot.com/p/claudioschuftan-desde-hanoi-el-dr.html

 

 

AQUEL ONCE DE SEPTIEMBRE

 

 

Para Aron, de su padre.

 

Las cosas se habían estado poniendo malas desde hace ya semanas.  El paro de los transportistas tenia al país paralizado; sabíamos que estaba siendo financiado desde afuera.

 

Esa mañana salí como de costumbre a mi trabajo en el hospital pediátrico.  Eran tres para las ocho. Abrí el portón del garaje, me senté al volante de mi mini Fiat 600, y salí en marcha atrás como todas las mañanas.

 

Lo primero que vi fue un vecino; golpeaba frenéticamente a la puerta de casa de un otro. Una observación más minuciosa me permitió detectar una gran euforia en su golpear.  Yo lo sabía un “momio”, opuesto a la Unidad Popular.  Mi mano derecha automáticamente se dirigió a la perilla de la radio.  El ‘Reporter Esso’, mi acompañante noticiero de todas las mañanas debía salir al aire en un instante.  Pero la ‘Radio Minería’ estaba silente.  El ‘Reporter Esso’ no salió.   ¡Mierda!    Treinta segundos pasadas las ocho escuché el primer himno marcial, uno de muchos que habrían de venir.  Recorrí el dial: marchas ‘partout’.  Estacioné el Fiat en la acera y volví a entrar en casa.  “A buen entendedor, pocas palabras”, se me cruzó por la mente.  Rápidamente junte un pulóver, alimentos secos de cocktail para picar, un par de frutas, mi radio a pilas, unas pilas extra, una linterna.  Lo puse todo en una bolsa de papel de almacén; mi estetoscopio y otros implementos médicos siempre los tenía conmigo.  Volví a salir y me dirigí al hospital.  Las malditas marchas prusianas seguían; en todas las estaciones de radio; ni una noticia.  El trafico estaba más leve que de costumbre.

 

Cuando llegué, sólo más o menos la mitad del personal había venido a trabajar.  Los primeros rumores me llegaron apenas me bajé del auto: “Fue en Valparaíso… la marina… el ejército, aún no se sabe… los carabineros no… ¿y la fuerza aérea?…”  A las nueve salió al aire el primer bando militar. Hablaron los jefes de las tres fuerzas armadas y de carabineros.  Era claro.  Había sido “eso”.

 

Pasé visita a los enfermos. El jefe dijo que había que dar de alta a todos los niños salvo los de gravedad extrema. Me ubiqué con los pocos amigos ‘simpatizantes’ que pude hallar.  La orden de partido que teníamos era quedarnos en el lugar de trabajo y esperar instrucciones.  ¿Pero de dónde?  ¿A través de qué medio?  No había sido especificado.  Todos pensamos: la radio.  Saldrá una radio clandestina. Hay que seguir rastreando el dial: de izquierda a derecha y vuelta. Mil veces.  Pero nunca salió nada.   Excepto la ‘Radio Chilena’ que, arriesgándolo todo, sacó a media mañana, no sé cómo ni recuerdo bien a qué hora exactamente, aquel histórico discurso de despedida del presidente Allende.  Lo siguieron himnos marciales.  La ‘Chilena’ había sido silenciada también. Luego los bandos militares comenzaron a regularizarse: casi cada hora.

Se llamaba a la calma; todo era ya un ‘fait accompli’.

 

Pero el palacio de la Moneda aún no caía.  A las once de la mañana oímos por primera vez los caza-bombarderos pasar en vuelo rasante sobre nuestro hospital. Luego lo hicieron veinte veces más.  “Es una muestra de fuerza y de músculo”, pensamos.  Pero cuando oímos la primera detonación corrimos a la terraza del techo del hospital (un acto no muy prudente, mirado desde después) y vimos las nubes de humos que se concentraban en un lugar restricto a unos cuatro Km. al noroeste de nosotros: … La Moneda.  No podíamos creerlo. “Chile es la Atenas de Latinoamérica….”  ¡Bambalinas!  Todo se había terminado.

 

A las doce se decretó el toque de queda. Todos a casa, decía el bando; y allí esperar instrucciones.  La orden nuestra, ya dije, era quedarse en los lugares de trabajo.  Pero vi la mayoría de mis compañeros y camaradas salir del hospital rumbo a casa con la cabeza gacha y el semblante sombrío.  Sólo el personal de turno en la emergencia (todos “momios”) y dos de nosotros –una enfermera y yo– nos quedamos.  Me acerqué al jefe de turno para decirle que me quedaba como voluntario; “puede que lleguen muchos heridos”, dije. Me miró con gran recelo.  No me confiaba.  Debo haber dicho aquello con mucha decisión pues se resignó.

 

Seguimos dando de alta pacientes cuyos padres llegaban corriendo hasta la una de la tarde, tratando de no jugárselas con el toque de queda.  No querían muchas explicaciones: “Deme mi hijo. Tengo que apurarme”.  Hicimos lo mejor que pudimos.  Alcanzamos a comprar algunos snacks para el almuerzo antes que la ciudad entrara en ese silencio tenso que sólo se interrumpía con el ruido distante de helicópteros y algún fuego de ametralladora.

 

Al fin la radio dio la noticia de la caída de la Moneda y del suicidio del presidente.  Ya no era bluff el golpe.  Sucesivos bandos detallaron como el golpe se consolidaba a través de todo el territorio nacional y las fuerzas armadas tomaban control absoluto.

 

Yo seguía recorriendo el dial de mi pequeña Sony… la transmisión clandestina tendría que salir al aire en cualquier instante… todo se aclararía en torno a qué hacer… Pero no hubo de ser.

 

Angélica, la enfermera jefe del servicio de Lactantes, se había quedado a cargo de los pocos pacientes que quedaron en el hospital.  Era una antigua camarada, y la única persona en que podía confiar en todo el hospital.

 

Como a las tres de la tarde llamé a mi casa. Le dije a mis padres que no se preocuparan que pasaría el toque de queda en el hospital ayudando en la emergencia.  Que le avisaran a mi esposa.

 

Dos días antes, ella y yo habíamos tenido una gran discusión.  Ella (tu madre, Aron) no podía aguantar que yo siguiera tan envuelto en el proceso político que vivía el país.  No le daba suficiente atención; estaba siempre ‘ocupado’, en reuniones de emergencia; todo era emergencia durante esos días del paro de los transportistas.  Me había dado un ultimátum.  … ¡Y tenía razón!  Se fue a casa de una amiga y me dijo: “llámame cuando estés dispuesto a cambiar…”.

 

La crisis del país, nueve horas de edad a estas alturas, se unía a mi crisis personal de un par de días.  ¿De dónde sacar coraje?  Estaba devastado.

 

Para nuestro gran asombro, no había habido heridos en la posta de emergencia de nuestro hospital.  Todo tranquilo como una taza de té en reposo.  Pensamos que era porque éramos un hospital pediátrico, ya que tanto fuego de ametralladora tenía que estar produciendo víctimas.  … ¿O es que no estaban dejando víctimas con necesidad de atención médica, pero más bien de atención funeraria…?

 

Que pasó hasta el anochecer ya no recuerdo.  Quizás un par de atenciones a los pacientes que quedaron, un montón de introspección, y el ejercicio del dial que sólo brindaba más y más bandos y ritmo de marchas.

 

Cuando oscureció, hubo tiempo para un respiro.  En la sala de enfermería de Lactantes Angélica y yo bebíamos un té en silencio.  Fue entonces que el peso de lo acontecido en las horas precedentes tocó fondo en nosotros.  Fue el instante crítico.  Angélica se levantó despacio y se dirigió hacia la ventana en la penumbra.     De allí sentí sus primeros sollozos; lentos y contenidos al principio, casi convulsivos después.  Cuando me le acerqué, ya el nudo que traía en la garganta se hizo inaguantable.

Lloramos juntos por un largo rato.  En silencio.  Las imágenes y los recuerdos se atropellaban en secuencia telescopada.  Sólo queríamos saber una cosa: ¿Por qué?   ¿Dónde habíamos errado en la persecución de nuestros ideales; de nuestros sueños para una sociedad mejor?  El discutirlo no nos trajo muchas respuestas cabales esa noche.

No creo haya muchos llantos peores que los de la impotencia.

 

A eso de las nueve bajamos al comedor de la posta de emergencia.  Los colegas mayores del turno estaban todos allí.  Se les veía una cierta euforia con reservas en el semblante. Tampoco ellos lograban entender bien que nos traería el mañana; mal que mal se consideraban demócratas.  Nuestra presencia no les era del todo grata  (¿que se traman estos dos…? se preguntarían; poco sospechaban nuestro infructuoso barrido del dial…).  No era tiempo para hablar de pequeñeces tampoco.  Se comió poco y en silencio esa noche.  Los largos silencios eran pesados como el plomo.

 

El jefe de turno comentó el estado grave de un paciente neuroquirúrgico del día anterior.  Parecía que necesitaría cirugía; cirugía que no podíamos llevar a cabo con el hospital a medio funcionar como estaba.  Habría que reevaluarlo mañana temprano y decidir enviarlo a la posta central. Pero había el toque de queda… ¿Aplicaría este también a ambulancias?

 

Tampoco se durmió mucho esa noche.  Ahora no sólo se oía el aletear de los helicópteros; se veían también, a lo lejos, sus potentes halos de luz proyectados sobre la superficie.  Calculamos que era sobre las poblaciones marginales del sector sur de la ciudad.

 

El bando de la mañana del doce de septiembre prolongó el toque de queda por veinticuatro horas.  La noche no había traído ningún paciente a la emergencia.  El dial nos había dado marchas solamente.  El paciente quirúrgico nos preocupaba a todos.  Se llamó a la posta central.  Se nos refirió a su flamante nuevo interventor militar: Que sí, que se podía; un sólo chofer, un sólo medico, luces encendidas, manejar por el medio de la calle, velocidad veinte Km. por hora, no usar la sirena, detenerse ante el requerimiento de cualquier patrulla para inspección…y un santo y seña.

 

¿”Usted doctor, iría con el paciente?”, el jefe de turno me preguntó.  ¡Touche’!  El médico que se había ofrecido de voluntario era el más dispensable del turno.

 

A las nueve y media salimos; sabíamos las instrucciones de memoria.  El chofer demostraba (¿o actuaba?) estar en control.  Eso me reaseguró un poco.  Luces prendidas y por el medio de la calle a paso de tortuga emprendimos el recorrido de unos 4 km.  Calles desiertas. Ni perros ni gatos. Puertas cerradas. Ni un alma.

Había que pellizcarse para asegurarse que esto estaba realmente pasando.  No tuvimos incidentes.  No vimos ni siquiera una patrulla hasta ya casi llegar a nuestro destino.  Pero allí no éramos gran novedad.  Las ambulancias iban y venían sin cesar, en silencio, a sus veloces veinte Km. por hora con sus luces encendidas.

 

En la entrada principal de la emergencia ya vimos una buena docena y media de cadáveres.  Aún sin cubrir.  Adentro, era un panal.  Se veía al personal correr; órdenes se daban a gritos.  Había pacientes en camas, en camillas, en colchones en el suelo, en los corredores.  Se veía que había habido ese ritmo de trabajo desde el día anterior.  La gente se veía agotada.  Encontré un colega que no conocía con un minuto libre.  Le presenté nuestro paciente.  Me hizo una mueca. “No sé doctor…si podremos… haré lo posible…esto es una casa de locos… no ha parado… mejor váyase luego…sino el nuevo jefe lo va a reclutar ‘sin derecho a pataleo’… Aquí se cumplen ordenes no más”.

 

Vi a lo lejos a un camarada médico conocido.  Le dije al chofer que ya volvía, que me esperara en la ambulancia.  Tuve sólo tres minutos para inquirir lo que ya sospechaba.  Las víctimas vienen de las poblaciones marginales.  Hay allanamientos en toda la capital.  Se tira a matar.  Aquí llegan los que se salvan por equivocación.  No damos abasto.  La gente no da más.  Necesitamos más personal.  Hay muertos por todas partes.  “Ah, ¿y sabes?, acabo de certificar muerto al Tito Olivares (el secretario de prensa de la Presidencia); lo allanaron en su casa; dicen que trato de arrancarse; los dos tiros son por delante…”.

 

Volví de prisa a la ambulancia.  “¡Vamos!” dije; “esto no da para más”.  Llegamos de vuelta también sin percances.

 

A las dos de la tarde anunciaron un levantamiento del toque por una hora ‘para reabastecerse de comestibles y bebidas’.  Se permitirían apertura de negocios del ramo y limitada circulación de vehículos por la calle, pero con las mismas reglas que para las ambulancias.

 

Tenía que tomar una decisión.  Hice un balance.  Los militares llegarían a nuestro hospital tarde o temprano en las próximas horas.  Mis colegas eran para entonces impredictibles.  Mis paseos por el dial seguirían infructuosos.  Era hora de partir.  Angélica se quedó.  Una vez en casa llamé a mi esposa…

 

Hanoi, 13 de abril de 1996.

 

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