Mujeres Ex Combatientes. Preservar una memoria individual que proyecta la voz de una colectividad.

Tercer Milenio edición número 23

http://www.periodismoucn.cl/tercermilenio/2012/05/memoria-de-mujeres-en-el-conflicto-colombiano-reportajes-testimonio-y-nuevas-semantizaciones/

Memoria de mujeres en el conflicto colombiano: Reportajes, testimonio y nuevas semantizaciones

Memoirs of women in the Colombian conflict: Reports, testimonies, and new semantizations

RESUMEN:La reciente aparición de textos en la forma de testimonio, etnografía, ensayo, novela y narrativas mixtas escritas por mujeres que han participado directa o indirectamente en el conflicto colombiano intriga y por demás evidencia la necesidad de preservar una memoria individual que proyecta la voz de una colectividad. El análisis de estos textos refleja a su vez la búsqueda de un discurso de “resignificación” de la experiencia femenina en un proceso que perfila nuevos roles genéricos y transformación a nivel de sociedad. En este ensayo se analizan las narrativas surgidas de la participación de la mujer en el conflicto colombiano en los años recientes desde el periodismo, pasando por el testimonio individual y colectivo hasta las nuevas expresiones que surgen en la era digital. En toda esta escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales, memoria-texto-identidad, que giran en torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación del sujeto femenino en la sociedad. ABSTRACT:Recent texts by women in the Colombian conflict—testimonials, ethnographies, essays, novels and mixed narratives—have provided evidence and have fostered inquiries on the need to preserve individual memory by projecting a collective voice.  The analysis of these texts also constitutes a quest for a new discourse of “re-signification” on the feminine experience, a process that generates new gender roles and transformations at a societal level. This essay examines narratives by Colombian women actors in the recent conflict.  Expressive forms range from journalism and individual and collective testimonials to new expressions in the digital era. Three elements pervade these narratives—memory, text and identity—and revolve around issues of rescue, construction and reaffirmation of feminine subjects in society.
PALABRAS CLAVES: testimonio, memoria, resignificación, conflicto colombiano KEYWORDS: testimonials, memory, re-signification, Colombian conflict.

 

*Elvira Sánchez- Blake. Profesora Asociada. Department of Romance and Classical Studies. Michigan State University. Contacto: sblake@msu.edu

 

Más que recuperar la memoria,

estamos recordando el olvido

(Mujeres no contadas)

La reciente aparición de textos en la forma de testimonio, etnografía, ensayo, novela y narrativas mixtas escritas por mujeres que han participado directa o indirectamente en el conflicto colombiano intriga y por demás evidencia la necesidad de preservar una memoria individual que proyecta la voz de una colectividad. El análisis de estos textos refleja a su vez la búsqueda de un discurso de “resignificación” o “resemantización” de la experiencia femenina en un proceso que perfila nuevos roles genéricos y transformación a nivel de sociedad. En este ensayo se analizan las narrativas surgidas de la participación de la mujer en el conflicto colombiano en los años recientes desde el periodismo, pasando por el testimonio individual y colectivo hasta las nuevas expresiones que surgen en la era digital. En toda esta escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales, memoria-texto-identidad, que giran en torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación del sujeto femenino en la sociedad.

Las dimensiones de preservar la memoria como necesidad, deber, urgencia, presencia, así como la dualidad entre recordar y olvidar son constantes de la narrativa de mujeres sobre el conflicto colombiano.  De acuerdo con Carmiña Navia, dentro de las expresiones se ha configurado un tipo de texto difícil de definir porque no se deja agarrar (2004: 19), es decir que no se logra ubicar dentro de los géneros autobiográficos o testimoniales surgidos desde los ochenta en otras regiones de Latinoamérica como medio de expresión de las luchas revolucionarias. Por eso como explica Navia,  “ha sido necesario inventar un lenguaje, un discurso, una voz” que le permita a la mujer conquistar espacios y consolidar la validez de su experiencia (2004: 17).

El proceso vital de resignificar la memoria a través de narrativas ha tenido una evolución que parte de la escritura externa (crónicas periodísticas y testimonios mediatizados) surgidos en la década de los ochenta y noventa. Estas narrativas han dado la pauta hacia la búsqueda de lenguajes propios individuales (autobiografía, historias de vida, narrativas mixtas) a partir del 2000, para consolidarse en la producción de narrativas autorreflexivas que surgen desde espacios colectivos. En toda esta escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales, memoria-texto-identidad, que giran en torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación del sujeto femenino en la sociedad.

Estos procesos nos remiten al concepto señalado por Todorov, el de construir una memoria “ejemplar” orientada a aprender de las lecciones del pasado para evitar caer en las situaciones similares que se producen en el presente (2000:31-32). Así, en los casos estudiados, la memoria recuperada y transmitida se convierte en principio de acción para el presente, como un proceso potencialmente liberador. Este ensayo explora las tendencias que se han producido en la narrativa de mujeres dentro del conflicto colombiano desde la década de los ochenta hasta el presente y se enfoca en la experiencia de las mujeres excombatientes en su transformación de actores de guerra a sujetos de paz a partir de los procesos de rescate y validación de la memoria.

Reportajes

En la década de los ochenta dos periodistas irrumpieron en la escena colombiana con dos textos que se ubican dentro del reportaje a profundidad desde una perspectiva femenina: Patricia Lara con Siembra vientos y recogerás tempestades (1982) y Olga Behar con Las guerras de la paz (1984). En ambos se trata de entrevistas con los actores del conflicto político que vive el país en ese momento. La intención de Behar era recoger la voces y los sentimientos de quienes “hacen historia en el país” a través de entrevistas a líderes del gobierno, representantes de los partidos, guerrilleros y comisionados de paz. Las entrevistas  de Lara se enfocan en la constitución del grupo M-19 contada por sus actores y sus detractores. En ambos casos, la mayoría de entrevistas fueron realizadas a hombres, que eran los actores conocidos dentro del conflicto. Estas dos publicaciones tempranas marcarán la pauta para otras obras del mismo género que se desarrollan posteriormente. En 1986 Olga Behar escribe otra narración mezcla de testimonio y ficción. Noches de humo relata la  historia de la toma del Palacio de Justicia ocurrida en noviembre de 1985 desde una narrativa personal que traza la cronología de este evento decisivo en la historia de Colombia. Este relato es difícil de clasificar puesto que nunca se logró aclarar del todo la veracidad de los hechos narrados.

Otro documento que surge del periodismo en esa época es Historia de una traición (1986) escrito por la entonces reportera de la revista Semana, Laura Restrepo.  En esta especie de reportaje-testimonio, la autora, que vivió los hechos como miembro de la Comisión de Paz de las negociaciones entre el Gobierno y el M-19, hace una denuncia acusatoria contra el gobierno y los pactos rotos en el proceso de la negociación de la paz. Años más tarde el libro fue republicado con el título de Historia de un entusiasmo (1998) cuando Restrepo se había convertido en una autora de reconocido prestigio literario. En esta segunda entrega el aspecto literario toma fuerza y Restrepo asume con propiedad la parte de la historia que le corresponde.

Dichos documentos periodísticos que le costaron exilio, silencios y rupturas con la profesión a más de una persona, quedaron como testimonio de una época en que se abría una esperanza, pero que quedó claudicada por acontecimientos posteriores.  Una década más tarde, luego de acontecimientos que bañaron de sangre al país, se inicia una nueva época testimonial, que renacerá con una perspectiva más etnográfica desde la historia de vida, la biografía y el testimonio en su calidad más genérica.

Autobiografía

En el año 2000 se publican dos libros claves que revelan las historias de vida de las combatientes en Colombia desde una perspectiva personal: Escrito para no morir: bitácora de una militancia de María Eugenia Vásquez (2000), y Razones de vida de Vera Grabe (Planeta, 2000). Ambos son narraciones autobiográficas que relatan desde una primera persona las experiencias de estas mujeres en su vinculación con la guerrilla y su transformación a nivel personal y colectivo. El mismo año surge también otro reportaje periodístico de Patricia Lara,  Las mujeres en la guerra (2000).  Llama la atención que estos tres textos hayan sido ampliamente estudiados, traducidos y ganadores de premios.  Dichas publicaciones marcaron una pauta y sirvieron como base para múltiples estudios y posteriores exploraciones desde la academia.

A partir del año 2000 se han publicado otros testimonios, historias de vida, tesis y ensayos  académicos sobre las mujeres que han sido partícipes de una forma u otra en el conflicto colombiano, particularmente desde la militancia. Cabe mencionar ensayos académicos tales como Guerras y paz en Colombia: las mujeres escriben de Carmiña Navia Velasco (2004), ganador del premio casa de las Américas sobre estudios de la mujer, y un estudio realizado por Luz María Londoño y Yoana Fernández Nieto, Mujeres no contadas: procesos de desmovilización y retorno a la vida civil de mujeres excombatientes en Colombia 1990-2003 (2007). También se encuentra una abundancia de artículos y ediciones de revistas académicas que han estudiado el fenómeno de la mujer en la violencia.

Narrativas mixtas

Paralelo a estas publicaciones de tipo testimonial, han surgido obras literarias de narrativa mixta. Obras como Desterrados, cicatrices de la guerra de Marisol Gómez Giraldo (2001) utilizan la crónica- testimonio en primera persona que recoge la voz y los sentimientos de sus entrevistados. En ellas se retrata las experiencias de campesinos y campesinas desplazados de sus lugares de origen y la de  civiles que se encuentran en mitad del conflicto entre guerrilleros y paramilitares. Otros textos de narrativa mixta que vale resaltar son las novelas de Mary Daza Orozco: Los muertos no se cuentan así (1991), una cronología ficcionalizada de las masacres contra los miembros de la Unión patriótica y Cita en el café de la bolsa (1998) donde narra la toma del Palacio de Justicia desde la perspectiva de las víctimas y los desaparecidos.  El testimonio de Gloria Cuartas, ¿porqué no tiene miedo? (1997) ha sido catalogado por Carmiña Navia como de cruce y transición (2004: 55). La autora, Marvel Sandoval establece un diálogo con la protagonista para transmitir los horrores y vejaciones ocurridas en el Urabá antioqueño desde la experiencia de la alcaldesa que sobrevive a múltiples amenazas y atentados. Este texto difícil de clasificar en últimas cuestiona la indiferencia del país hacia la guerra que se vive en las zonas aisladas como Apartadó. En 2005 Patricia Lara irrumpe de nuevo con una novela de narrativa mixta, Amores enemigos, que narra la relación de una joven guerrillera con un paramilitar. Lara explica que con esta obra pretendía establecer una reconciliación entre los bandos enfrentados. Desde mi punto de vista, la evolución hacia la narrativa de ficción es la evolución natural de periodistas, críticos y testimoniantes que se  han acercado al tema y que se han quedado con historias atrapadas que pugnan por salir a flote.

El tema de la mujer en medio de la guerra se aprecia también en filmes como La primera noche e incluso en obras de teatro. Tal es el caso de Las mujeres de la guerra, una adaptación de la obra de Patricia Lara en un monólogo interpretado magistralmente por Carlota Llanos bajo la dirección de Fernando Montes.

El género que comprende todas estas narrativas es el de testimonio por ser el que reúne las características señaladas por John Beverly, ya que estas son narrativas que expresan la voz de una colectividad con un carácter de urgencia en medio de un conflicto político (1996). Al mismo tiempo, la variedad de manifestaciones limita una categorización. Navia se pregunta, “los libros mencionados… son acaso ¿de reportajes?, ¿de entrevistas?, ¿de historias de vida?, ¿de investigación/acción?, ¿de memorias?, ¿de autobiografías?, ¿de análisis?, ¿de literatura testimonial?, ¿de novelas?, ¿de crónicas?” (2004: 21). Coincido con la afirmación de que “se trata de propuestas para resemantizar y resituar estas palabras de mujeres colombianas que vivieron/viven la guerra, que la analizan y la evalúan, y que, en términos generales, desean la paz” (Navia, 2004: 21).

Colectivo de Excombatientes

A partir del año 2000 se produce un fenómeno de visibilidad de las mujeres que participaron en el conflicto armado en Colombia. Quizá como un eco o una correspondencia con las publicaciones de las primeras excombatientes que se atrevieron a narrar sus testimonios, otras desmovilizadas se sintieron impulsadas a expresar sus propias memorias a través de la reflexión y la escritura.

El Colectivo de Mujeres Excombatientes se constituyó a raíz de una iniciativa promovida por María Eugenia Vásquez sobre la necesidad de recuperar la memoria y canalizar las energías de las mujeres que habían participado en las agrupaciones guerrilleras.  La mayoría de ellas se encontraban dispersas –sin norte—defraudadas  por el fracaso de su compromiso político o por el aislamiento y vacío que significó la ruptura con un grupo y una causa a la que habían entregado su vida, sus anhelos y por el que en la mayoría de los casos, habían renunciado a hogares, familias e hijos.

El objetivo de un primer encuentro en julio de 1999 era iniciar una dinámica de reflexión sobre su experiencia como militantes y su impacto en la sociedad. Se intentaba registrar las memorias de esas vivencias desde el punto de vista individual y colectivo. Se pretendía también orientar la energía de estas mujeres hacia un objetivo común que les permitiera reposicionarse dentro de la sociedad y sentar las bases para una construcción colectiva de identidad.

A partir de esa iniciativa este grupo de mujeres continuó reuniéndose periódicamente y convocando un número mayor de excombatientes y desmovilizadas de otras agrupaciones. El éxito de estas reuniones llevó a la conformación  del “Colectivo de Mujeres Excombatientes”. En agosto del 2001 se llevó a cabo el primer encuentro de mujeres excombatientes en Colombia con asistencia de 150 delegadas de todo el país. Actualmente el grupo consta de 526 integrantes registradas y distribuidas en organizaciones regionales.  Alix Salazar, directora ejecutiva del Colectivo, explicó que  muchas mujeres participan en los encuentros sin registrarse por el temor a ser identificadas y estigmatizadas y por seguridad personal, ya que el apelativo de ‘excombatiente” es un estigma en un país que continúa en estado de guerra[1].

El Colectivo de mujeres excombatientes ha crecido de forma sorprendente desde sus inicios hace diez años. Al primer encuentro ocurrido en el año 2000 convocado a través de cartas enviadas a compañeras y conocidas por las primeras integrantes reunió a 150 personas. Cada año este número se ha ampliado e incluso ha trascendido a nivel internacional.  En el primer encuentro internacional en el año 2005 se hicieron presentes mujeres excombatientes de los frentes guerrilleros de Nicaragua, Guatemala y El Salvador. Londoño y Nieto señalan que “las mujeres han ido ganando reconocimiento en diversos espacios y abriendo su trabajo  a campos relacionados con la resolución del conflicto y la construcción de paz a través de propuestas basadas en dos principios fundamentales: la conciencia de género y la reivindicación de su condición de actoras políticas no armadas” (2006: 89).

Uno de los elementos curiosos que destaca Salazar es que se han dado casos de excombatientes de las Autodefensas (grupos paramilitares que en esencia son enemigos de los grupos guerrilleros) en busca de apoyo en el Colectivo de excombatientes. Sobre este punto Salazar comenta que la palabra “excombatiente” no es exclusiva de los grupos guerrilleros y al fin y al cabo, cualquiera que sea el bando al que se haya pertenecido, las necesidades de las desmovilizadas terminan siendo las mismas.

Como parte de otras actividades realizadas por las Excombatientes se encuentran las jornadas de apoyo a las viudas de la guerra, trabajo con niñas desmovilizadas y con los hijos de combatientes, cada uno con sus propias necesidades. Las miembros del Colectivo reciben invitaciones regularmente a ofrecer talleres, charlas y testimonios sobre sus experiencias y apoyo a iniciativas de paz. Salazar se refirió especialmente a los talleres con niñas desvinculadas del conflicto que se encuentran amparadas en albergues del Instituto de Bienestar Familiar.  En esos talleres se manejan dinámicas de recuperación de la memoria y búsqueda de identidad con las jóvenes que en algunos casos son desertoras y en otros, capturadas por el ejército, para facilitar su reinserción en la vida civil. La experiencia de las  niñas excombatientes (menores de 18 años) es muy diferente de las excombatientes más veteranas. La mayoría de ellas han entrado a la guerrilla por reclutamiento forzado, y muchas de ellas han sido “víctimas de violencia intrafamiliar, maltrato físico y psicológico o acoso sexual” (Castillo-Tietze, 2006: 223), circunstancias que en nada se asemejan a las motivaciones políticas y sociales de las excombatientes más veteranas. Todos estos sujetos, involucrados directa o indirectamente con el conflicto requieren un trabajo sobre memoria y búsqueda de canales para su recuperación.

Roles genéricos

¿Por qué existen colectivos de mujeres excombatientes y no de hombres excombatientes?, es la pregunta que muchos se hacen. Es evidente que la desmovilización tuvo un impacto diferente en hombres y mujeres. Las mujeres fueron consideradas doblemente transgresoras por haber contrariado las normas en contra del establecimiento y contra su rol de género. De acuerdo con Norma Enríquez, coordinadora del Comité de América Latina y el Caribe por la defensa de los derechos de las mujeres, mientras a los hombres se les recibió como héroes a las mujeres se les consideró como villanas[2]. Estas consideraciones explican que la creación del Colectivo de Mujeres Excombatientes haya tenido tanta significación para las mujeres que han encontrado en este foro un lugar  de reflexión y recuperación de identidades perdidas y desmembradas. Es a partir de esta redefinición que muchas mujeres han reencauzado sus energías en proyectos de transformación social y de autoconciencia de género. Londoño y Nieto afirman que muchas de las mujeres tomaron conciencia de su rol genérico después de la desmovilización y una gran mayoría de ellas trabajan  activamente el tema desde la práctica social o desde la academia (2006:171). Resulta significativo que muchas mujeres al desvincularse de la lucha armada en la vida civil iniciaron o prosiguieron sus estudios como una forma de comprender sus experiencias en la guerra además del obvio beneficio económico y de superación personal que esto significa.

De actores armadas a sujetos de paz

La acción fundamental del Colectivo de Mujeres Excombatientes está contenida en los talleres de recuperación de la memoria traducidos en procesos de reflexión, producción de historias de vida, video documentales y estudios académicos escritos por las mismas participantes del grupo y en ocasiones, por investigadoras que se han sumado a la causa del Colectivo.

La generación de estos documentos desde el interior de esta colectividad tiene alta significación en la creación de nuevos canales de expresión que no se ubican dentro de categorías conocidas. No son reportajes ni testimonios en su definición canónica, sino un nueva forma de expresión que responde a esa búsqueda de “semantización” de la que habla Carmiña Navia. Dicha expresión no se encasilla en un sólo género de expresión, sino que aprovecha las avances  tecnológicos de video, tecnología digital y virtual  de la época.

El documental “Reveladas” producido por Juliana Ladrón de Guevara en el año 2010, es un ejemplo de esta nueva semantización. El video presenta a cuatro mujeres del Colectivo de excombatientes en un seguimiento de su vida cotidiana y en entrevistas que las remonta de sus recuerdos de combatientes y “guerreras” a las inquietudes del presente. La particularidad de este video documental es la autorreflexión de las protagonistas. No hay una narración externa ni una guía o guión que predetermine al espectador.  Las reflexiones parten del interior de estas mujeres en su quehacer cotidiano y la suma de sus reflexiones sobre el pasado, presente y porvenir. En este proceso, ellas se muestran como lo que son: seres de carne y hueso con la particularidad de haber pertenecido a una organización que luchó por construir “un mundo mejor”, algo que actualmente se lee como un cliché, pero que representó en su momento un proyecto de vida y una razón de ser. También se aprecia la transformación que ellas mismas han experimentado de actoras en armas a sujetos de paz, contenidas en pasajes como estos:

Éramos jóvenes y buscábamos algo diferente.  Cuando opté por las armas         pensamos que la única opción eran las armas. Si uno es insurgente es porque         quiere transformar el mundo… Me sentía defendiendo unas ideas justas… Éramos una generación que sentía una responsabilidad por un cambio. (Testimonio de excombatiente, 2010)…

Habernos desmovilizado por las razones que lo tuvimos para hacerlo es válido. Si hubiéramos seguido (en la guerra) hubiéramos tenido que traspasar ese límite de    lo ético y lo digno y terminaríamos haciendo las atrocidades que vemos hacer a otros por imponer su punto de vista. (Testimonio de excombatiente, 2010).

Estos comentarios revelan no sólo la evolución, sino la crítica hacia los actores armados que no han comprendido los límites éticos de la insurgencia y la necesidad de transformar los procesos hacia la búsqueda de una paz con justicia social.

La guerra es un paso en la búsqueda de paz

Una de las entrevistadas expresa “la guerra no es una razón de ser, es un paso en la búsqueda de paz” (2010). Esto nos remite a uno de los temas más significativos de las excombatientes, la conexión entre guerra y paz. Según Alix Salazar, el 80 por ciento de las desmovilizadas trabaja o ha trabajado con proyectos de paz. Sin embargo las Organizaciones de mujeres por la paz no las reconocen por su pasado de “guerreras”. Es decir que mientras las universidades e instituciones de reinserción las convocan para dar charlas, talleres y aportes al tema de la paz y reconciliación, las organizaciones femeninas se niegan a reconocerles ese derecho. De acuerdo con Salazar, el debate se encuentra en el meollo de lo que significa la paz:

No se reconocen los logros de la guerra, Nosotras hemos creado con la guerra un       escenario para construir un país distinto: la paz con contenidos de justicia social”.            Esto se traduce en que sin justicia social no puede haber paz, concepto que contrasta con “el pacifismo” que buscan las Organizaciones de Paz[3] .

Este enunciado resume un sentir colectivo expresado en distintas formas por varias excombatientes, la de que no puede existir paz sin justicia social. De ahí que la gran mayoría de las excombatientes trabajen por la paz en sus múltiples dimensiones. Tanto María Eugenia Vásquez como Vera Grabe, dos de las mujeres que tuvieron mayor  liderazgo en el M-19, trabajan activamente por la paz.  Vásquez  ha estado vinculada con proyectos de reinserción y de desplazados durante los pasados diez años, así como con aportes a talleres de recuperación de la memoria y proyectos de vida de las mujeres víctimas y agentes de la violencia. Vera Grabe ha promovido desde el Senado proyectos de ley por la equidad de la mujer y actualmente trabaja como directora del Observatorio para la paz. Grabe es la gestora y promotora del concepto “pedagogía de paz”, una iniciativa tendiente a educar a la población desde las raíces para cambiar comportamientos sociales que generan violencia y construir nuevos escenarios sociales dentro de una cultura de paz[4].

Estas iniciativas demuestran que la experiencia adquirida en la guerra se puede encauzar hacia dinámicas que permitan la valoración de la paz con justicia social. Sobre este particular, Norma Enríquez, insiste en que “no es posible la paz en una sociedad que hace visible las grandes desigualdades, por eso es necesario encauzar a las mujeres como actoras de paz en su capacidad propositiva de alternativas de paz, sin renunciar a sus sueños de una sociedad justa” (2010).

Testimonio colectivo

Como resultado de los talleres de memoria realizados por el Colectivo de Mujeres Excombatientes surgió la iniciativa de escribir un libro que comprende 13 historias de vida, doce de las cuales han sido escogidas a través de una selección rigurosa entre las oficinas regionales de la Red de Excombatientes en todo el país. Alix Salazar explicó cada región eligió dos historias de varias postulaciones con el fin darle representatividad a cada zona y obtener una muestra variada e ilustrativa de diversas experiencias.

Lo más significativo de este libro es que surge de la búsqueda de la memoria colectiva de un momento de la historia a partir de una transformación individual. Salazar explica que la  historia número 13 es un intento de recrear a todas las mujeres en una solo relato que reagrupe las experiencias, sentimientos e inquietudes de todas.

Las autoras de las 13 historias hacen parte del Colectivo y también han sido seleccionadas rigurosamente entre ellas mismas. Uno de los elementos particulares es que una vez escritas las historias, se lleva a cabo lo que se denomina “talleres de espejo revelador”, que consiste en leer el texto escrito sobre cada una de las historias ante la gente que conoció al sujeto del relato para determinar si el texto se ajusta o no a la realidad.  Al ser entrevistadas sobre la naturaleza del libro las autoras insisten en que estas narrativas no se  enfocan en la victimización, pérdidas y tristezas, sino en la reflexión de lo que estas vidas significaron como proyectos de vida .

María Eugenia Vásquez, una de las pioneras en atreverse a escribir su autobiografía  afirma que su testimonio requirió una labor metodológica de pulsión del recuerdo y autorreflexión basado en la técnica de Ira Progroff de diario intensivo (2000). Esta misma técnica es la que las autoras del libro intentan plasmar: una metáfora de la reagrupación de las múltiples mujeres que habitan a una sola, expresada en una historia colectiva. El meollo de la historia número trece se resume en el siguiente apartado tomado de la introducción:

Memorias de todos los olvidos perdidos, amores contrariados, decepciones constantes, ausencias y presencias; la guerra y la paz, la vida y la muerte, el odio y el amor, de todo esto está contenida esta historia. (Ladrón de Guevara, 2010)

Este libro que comprende las múltiples historias de mujeres excombatientes contada desde adentro —sin necesidad de un mediador y donde el proceso es más importante que el fin— se encuentra aun en desarrollo al escribir este ensayo. Al igual que los múltiples procesos de guerra y paz inconclusos, el de las mujeres que escriben sobre sus experiencias como sujetos, agentes y víctimas de la violencia continúa con nuevos retos y desafíos en la búsqueda de comprender y articular las variadas y múltiples dimensiones de este fenómeno.

Visto desde la perspectiva etnográfica resulta sorprendente que lo que se inició como un acercamiento e intento de recuperación de la memoria de mujeres vinculadas con el conflicto colombiano, se hubiera convertido en un proceso de reflexión y participación con resultados concretos en proyectos de vida y de colectividad. El análisis de la participación de la mujer en procesos de violencia que inicié en Patria se escribe con sangre (2000)me permitió  comprender la toma de conciencia de la mujer que participa activamente en la construcción cuerpo-patria-texto. Mujer, texto y nación se encuentran nuevamente en el análisis del testimonio. Es texto, puesto que es memoria discursiva que refleja las presencias, las ausencias, las voces y los silencios, lo invisible e invisible detrás de cada historia. Y es nación porque permite la inscripción de un proceso histórico vigente en la construcción de la nacionalidad.

En “El legado del desarme” (2002), confirmé el cambio de percepción de los roles y esquemas genéricos en cuanto a la subjetividad de la mujer en la sociedad. Al reconstruir las historias por medio de la palabra, las mujeres han reforzado su identidad y han adquirido conciencia de su rol en la historia. La participación de la mujeres en procesos de violencia les ha conferido una conciencia política y la oportunidad de ser parte de un momento histórico que rompe esquemas y permite transformaciones a nivel país.

Doce años después, al examinar la evolución de dichos procesos, considero que la relación cuerpo-texto-patria contiene un elemento adicional decisivo que es el de la memoria. La memoria que  implica un conjuro contra el olvido de una colectividad en contraposición a un discurso que silencia y se pierde en el marasmo de un discurso oficial. La recuperación de la memoria en sus variadas formas de expresión adquiere validez en el sentido señalado por  Todorov de exemplum,  por el cual se extrae una lección.  Es a la vez una vía de preservación de la memoria individual que proyecta y refleja a una colectividad. Actúa de igual forma como una presencia detodo aquello que es silenciado o borrado en esa dualidad de memoria-olvido, en las que ambas partes son constitutivas de un todo.

Considero además que el elemento esencial de las narrativas de las mujeres mencionadas y estudiadas ¾llámese testimonio, reportaje, autobiografía o etnografías o narrativa mixta¾ responden a  esa necesidad de búsqueda de un discurso de resignificación o resemantización de la experiencia femenina dentro de la dinámica de violencia y las transformaciones que se generan a nivel de sociedad. Es también una búsqueda del lenguaje propio, lo que Luz María Londoño denomina “horizonte femenino de significación” que introduce una mirada particular de género a la guerra (2005:72).  La escritura individual que se transforma en colectiva surge de la urgencia de  explicar y analizar los fenómenos y las dinámicas que se evidencian en una sociedad afectada por una guerra persistente y crónica. Es en suma la respuesta a una necesidad intrínseca del ser humano de explicar desde lo racional la irracionalidad de comportamientos humanos.

BIBLIOGRAFÍA

Behar, O. (1985). Las guerras de la paz. Bogotá, Editorial Planeta.

______ (1990). Noches de humo. Bogotá, Editorial Planeta.

Beverly, J. (1996) . The Margin at the Center. En The Real Thing: Testimonial Discourse and Latin America. Durham and London: Duke University Press. Editorial Georg M. Gugelberg, pp. 23-42.

Castillo-Tietze, D. (2010). De actoras en armas a sujetos sociales: niñas excombatientes y procesos de desarme, desmovilización y reinserción.  FEDES.

Daza, M. (1991). Los muertos no se cuentan así. Bogotá, Plaza y Janés.

______(1998). Cita en el café de la bolsa. Bogotám Plaza y Janés.

Gómez, M. (2001). Desterrados, cicatrices de la guerra en Colombia. Bogotá, Intermedio editores.

Grabe, V. (2000). Razones de vida. Bogotá, Editorial Planeta.

________  (1998).  Recetas no, Lecciones sí. En  Revista de Estudios Sociales. Vol. 2Bogotá, Universidad de los Andes, pp. 77-79.

Ladrón de Guevara, J. (2010). Reveladas. Video documental. Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana.

Lara, P. (1986). Siembra vientos y recogerás tempestades. Bogotá, Editorial Planeta.

______ (2000). Las mujeres en la guerra. Bogotá, Editorial Planeta.

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Londoño, L.M. y Nieto, Y.F. (2006). Mujeres no contadas: procesos de desmovilización y retorno a la vida civil de mujeres excombatientes en Colombia

1990-2003. Medellín: La Carreta editores.

Londoño, L.M. (2005). La corporalidad de las guerreras: una mirada desde la

mujeres combatientes desde el cuerpo y el lenguaje. Mujeres y guerraRevista de Estudios  Sociales, Vol. 21, pp.67-74.  Bogotá. Universidad de los Andes, Vol. 21, pp.67-74.

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Todorov, T. (2000). Los abusos de la memoria. Traducción de Miguel

Salazar. Barcelona: Paidós Ibérica.

Vásquez, M.E. (2000). Escrito para no morir: bitácora de una militancia.

Bogotá, Ministerio de Cultura.


REFERENCIAS

[1] Entrevista personal, junio 18, 2010. En adelante, las referencias a Alix Salazar se refieren a esta entrevista, a menos que se estipule lo contrario.

[2] Para ampliación de este tema, ver Sánchez-Blake “El legado de la violencia” (2002).

[3] Norma Enríquez, líder de la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz, señala que existen posturas muy radicales por parte de organizaciones de paz no reconocen el aporte de mujeres que han tenido participación en la insurgencia. (Entrevista personal junio 16, 2010).

[4] Ver Vera Grabe, “Recetas no, lecciones sí” (2009: 77).

Relacionado

http://monicaallozanop.wix.com/combatientes-mujeres

http://monicaallozanop.wix.com/combatientes-mujeres#!derechos-humanos/c4ou

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