“Somos tranquilos, pero nunca tanto”, José Miguel Carrera C.

José Miguel, el del histórico apellido – a quien cuando conocí le decía en Broma “Bernardo O´Higgins” o “Diego Portales”- al parecer karma que lo persigue con bromas infantiles que lo enojan- se ha vuelto, con el paso de los años, en un escribidor de memorias invisibles indispensable.

Proyecto Patrimonio – 2013 

Presentación de Somos tranquilos, pero nunca tanto,
de José Miguel Carrera (Santiago: Ceibo, 2013)

Por Fernando Moreno
Profesor de Literatura Hispanoamericana y Director del Centro de Estudios Latinoamericanos (CRLA-Archivos)
de la Universidad de Poitiers, Francia.

. . .. . . . . .

Estamos en Santiago, en el año 2011. Manuel, el protagonista de la novela de José Miguel Carrera, participa en una marcha en contra de la construcción de una central hidroeléctrica en Aysén. Esa manifestación, y la participación del personaje en ella, es doblemente significativa en la economía del relato porque instaura un aquí y un entonces que es determinante tanto en relación con la historia narrada, como con la propia composición del texto.

En efecto, ese desfile desencadena, por una parte, un primer movimiento retrospectivo, genérico y global, puesto que la conciencia de Manuel evoca otras manifestaciones, otro tipo de manifestaciones sucedidas en la historia del país: las de apoyo al gobierno de Salvador Allende, cuatro décadas atrás, o bien las que reclamaban libertad para los prisioneros políticos durante el inicio del llamado proceso de transición.

Además, y por otra parte, el hecho de encontrarse en ese lugar ocasiona el azaroso y emotivo encuentro con Carmen y Arturo, quienes, como él, habían sido activos combatientes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en la década de los ochenta. El trío no puede sino decidir ir a compartir unas cervezas para celebrar el reencuentro y, esta situación va a implicar, a su vez el inicio de un largo recorrido por la historia personal de Manuel, que, es, en definitiva, lo que comenzamos a leer en los capítulos siguientes. Como se insinúa en el texto, esta larga conversación es la génesis de la propia novela:

“¡Putas que te demoras en el baño, compadre, pareces mina!”, gritó Arturo a través de la puerta, “la orden es irnos para la casa de la Carmen, comemos tu comida preferida, papas con prietas y seguimos escuchándote, capaz que te salga un libro de esta conversación”. (117)

Nos enteramos así de todo un conjunto de retazos concluyentes de la vida pública y privada de Manuel, en los que el flujo narrativo va alternando la rememoración de aquellos momentos y la clara y explícita conciencia de los cambios sucedidos en los períodos posteriores de la historia, estableciendo comparaciones y balances, emitiendo juicios, explicando situaciones y contextos, así como también poniendo en evidencia sus dudas e interrogaciones.

El recuento se inicia con el complejo proceso de retorno desde Cuba a Chile por parte de Manuel, el combatiente internacionalista que luchó por la revolución sandinista, para participar activamente en la resistencia y en la lucha contra la dictadura. A partir de ahí, el lector se entera de cómo debe adoptar una nueva identidad, del largo itinerario por Europa, antes de poder ingresar al país con pasaporte argentino, todo ello pasando por situaciones a veces absurdas o salpicadas por anécdotas con tinte humorístico. Me permito aquí citar, a manera de ejemplo, un fragmento que relata los momentos vividos por Manuel, minutos antes de que el su avión aterrizara en Santiago:

Le palpitaba el corazón y le corría un escalofrío por la espalda. Trataba de controlarse, estaba seguro que no era por el trago. Era susto, miedo, el mismo que había sentido durante la guerra en Nicaragua y que viviría después un montón de veces durante la lucha clandestina. Era algo que no se podía evitar. Pidió otro trago y se dijo, enérgicamente, “tranquilízate, huevón, de una vez por todas”. Se lo sirvió al seco justo cuando el avión tocó tierra. Se le fueron los trozos de hielo por la garganta y casi se atora (49).

Se van sucediendo, entonces, los relatos de los primeros contactos, de los avatares de la clandestinidad, de las dificultades y logros de las tareas iniciales. Como sucede en múltiples oportunidades, el narrador nos hace penetrar en la interioridad del personaje para expresar desde esa conciencia, inquieta, anhelante, pero también decidida, las disquisiciones del personaje, y, como en este caso, sus anhelos y objetivos:

Su próxima meta, después de haber ingresado clandestino a Chile, era llegar a trabajar en algo más concreto, más combativo, donde “las papas quemaran”. Para eso, estaba claro que el camino correcto no era reclamar ni hablar mucho, sino acometer la tarea encomendada, con calidad, para que su mando se viera obligado a dejarlo en Chile y lo destinara a un grupo operativo. “Me tengo que hacer necesario aquí, mierda”, pensaba Manuel todo el tiempo. (69)

Este recuento, en el que siempre interviene esa doble temporalidad ya señalada, y que incluye a su vez diálogos referidos y breves historias intercaladas, incluirá con posterioridad otros tantos episodios destacados de la vida militante del personaje: su primera charla en Lota, la responsabilidad de la “Escuela Nacional” en el verano de 1986, su labor de “relacionador político”, participando en encuentros que le brindaron, nos dice el narrador un gran aprendizaje acerca de la naturaleza de algunos dirigentes políticos de la izquierda chilena y que le significó asumir que, por muy encendidas que fueran sus palabras y promesas, no necesariamente serían ciertas. Claro está que este descubrimiento lo vino a hacer muchos años después, quizás ya demasiado tarde.” (99).

Se narrarán también los trabajos en el sur, con los cuadros mapuche, y donde el jefe Ñanculef lo inicia en la historia de su pueblo; su primer encuentro con Carmen; la penosa ruptura con el Partido Comunista, la continuación del trabajo político militar en el sur y su difícil inserción en la zona, la participación directa en acciones ejemplares del Frente, como las del 21 de octubre de 1988, pero también su necesaria “retirada” del movimiento, puesto que había sido detectado e identificado por la policía dictatorial, así como el regreso a Nicaragua, después de veinte años pasados en Chile, sin olvidar, por cierto, un capítulo singular, en el que Manuel es testigo de una extraña y maravillosa ceremonia en la que, en el marco espacial del sur chileno y en conversación con el perro “León”, los animales, domésticos y silvestres, efectúan una espléndida parada mágica que contrasta con la conflictiva realidad político social a la cual se ha venido confrontando el personaje.

No podía estar más exaltado al ver cómo se iban retirando los queltehues en medio de los aplausos de la tribuna; él esperaba que nadie de la casa lo estuviera viendo en ese estado de locura en que se encontraba. Estaba fallado del mate, no había otra explicación y no sabía cuánto había durado ese trance.

El ruido de un trotar animal lo trajo de vuelta a la realidad. Era el torito que pasaba raudamente a su lado, casi rozándolo, en dirección al portón. Manuel le hizo un gesto a León, preguntándole, “¿y éste, de dónde viene tan contento que ni saluda?”. Riéndose, León le contestó, “viene de ver a su vaquita, de adónde va a venir si no es de ahí” (181).

Me parece que este brevísimo resumen de la obra de José Miguel Carrera basta para situarla en un determinado contexto y para caracterizarla en sus opciones e intencionalidades. Pero antes recordemos que José Miguel Carrera publicó hace tres años el libro Misión internacionalista. De una población chilena a la Revolución Sandinista (Santiago: Latinoamericana, 2010),* un testimonio de su participación, como oficial del ejército cubano, en apoyo a la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Aventuro la hipótesis de que nuestro autor desarrolla y continúa el relato de sus experiencias vivenciales, pero esta vez desde el ángulo de la ficción, porque gracias a ella puede ingresar en el dominio de todos los posibles y desde allí, sin cortapisas de ningún orden, expresar y dar cuerpo a su imaginación y a sus recuerdos,  sus rabias, sus anhelos, sus pálpitos, hálitos vitales, sus miserias y sus grandezas, sus incertidumbres y sus certezas, sus deseos y sus decepciones, sus alegrías y sus esperanzas, José Miguel Carrera procede a una ficcionalización del testimonio, de su testimonio. Y sin tapujos.

Sabemos que las tensiones que agitan la esfera política de un determinado espacio y que contaminan o fracturan la vida social así como sus procesos de representación simbólica pueden manifestarse, con mayor o menos énfasis, tanto en la elección de determinadas vías genéricas y escriturales como en las transformaciones y/o modificaciones que pueden experimentar los discursos literarios.

En cuanto respuesta posible a las coerciones del mundo desde donde emerge, la novela chilena contemporánea aparece marcada por la presencia y el sello de ese referente histórico ineludible que es golpe de estado de 1973. La dictadura instaurada a partir de entonces provocó, aunque no sólo en el campo de la narrativa, una remoción genérica que implicó la búsqueda de estructuras discursivas que dieran cuenta de aquella realidad, que permitieran, por un lado, articular opciones y conocimientos distintos, y desarticular órdenes y jerarquías impuestos por el régimen autoritario y sus secuelas, por otro.

Desde este punto de vista, esta novela integra aquel campo configurado por un importante sector la narrativa chilena que ha continuado indagando en la Historia, rescatando el pasado, destacando el presente, informando sobre sucesos y personajes de la historia chilena, pero no sólo deteniéndose en los conocidos y reconocidos, sino en los anónimos, los marginales, los subalternos, los derrotados, pero nunca vencidos.

La ficcionalización del discurso historiográfico y testimonial aparece en gran medida como un movimiento que revela y descubre el pasado desde nuevas perspectivas, relativizando las bases tradicionales, buscando claves que expliquen el propio presente. Apropiándose de la Historia silenciada, impugnando la historia oficial, incluso inventando la historia, los textos contemporáneos postulan y optan por una narratividad cuestionadora e iluminante que se sitúe, que se instale, por encima del conformismo de las verdades absolutas. Recuerdo ahora una cita de la novela orientadora en este sentido:

La verdad, chiquillos, no es que esté contando algo nuevo, o que se me haya soltado la lengua de repente”, dijo Manuel. “Muchas cosas de estas hace rato que se saben, pero no se cuentan por variadas razones.” (191)

Se trata, entonces, de proponer, desde la literatura, otra lógica de aproximación a la realidad; es decir, se trata de estructurar y de proporcionar una estrategia que no desdeñe lo que ha sido deformado, censurado o distorsionado por los discursos consagrados; en suma, y dicho de otra manera, la narrativa se atribuye el derecho a sugerir versiones alternativas de la Historia. De este modo, el procedimiento de ficcionalización aparece como una indagación por medio de la cual se rescata el pasado desde nuevas perspectivas, se relativizan las bases tradicionales, se buscan claves que den luces sobre la situaciones de un presente complejo y conflictivo.

El discurso de la novela que ficcionaliza la Historia y del testimonio lee, recupera o descifra significados preestablecidos y determinables, imagina mundos reconocibles; pone en evidencia que él puede hacerse portavoz de lo no dicho, hacer tambalear el edificio de la norma. De ese modo construye espacios de identificación, de reflexión, de utopía. Porque la literatura es lugar de memoria, espacio de humanidad y también de resistencia política y cultural. Porque, en definitiva, novelar es no velar la Historia, es revelar la Historia, es velar por la necesidad de cuestionar, resemantizar, matizar los discursos tradicionales, es revelar la posibilidad y la necesidad de los imaginarios, es mentar y cimentar con los signos un constante esfuerzo de búsqueda, en el que se van dibujando trozos de nuestras realidades y delineando trazos denuestros sueños.

Octubre 2013

*http://imagenesparamemoriar.com/2012/06/29/mision-internacionalista-de-una-poblacion-chilena-a-la-revolucion-sandinista-jose-miguel-carrera-carmona/

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