Mandela: una voluntad política de hierro y una sorprendente capacidad de perdón.

Mandela's cell
Mandela’s cell (Photo credit: bigskyred)

 

 

 

Mandela: Curvar el arco de la historia

Max J. Castro • 12 diciembre, 2013

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Escribir acerca de Nelson Mandela es un riesgo sobrecogedor. No es solo la grandeza del hombre o el hecho de que tanto se haya escrito ya –encontré 810 millones de entradas en una búsqueda de noticias en Google– acerca del libertador y fundador del moderno, democrático y multirracial estado sudafricano. Es también que es difícil hacer justicia a los logros singulares de este hombre que sus compatriotas llaman con afecto Madiba.

Martin Luther King dijo una vez que aunque el arco de la historia es largo, se inclina hacia la justicia. La inclinación de ese arco no es un hecho de la naturaleza. Se logra por medio de las luchas, sacrificio y compromiso de hombre y mujeres que aborrecen la injusticia. Sin embargo, hay pocas instancias en la historia –si acaso existe alguna– en que un solo ser humano haya curvado tan exitosamente el arco de la historia, de manera de avanza hacia la justicia más rápidamente y llegar a ella con menos trauma de lo que alguien hubiera podido imaginar.

Cuando hace muchísimos años yo era un estudiante de Sociología en la universidad y luego en mis estudios de posgrado, el régimen de apartheid ejercía todo el poder sobre la vasta mayoría negra por medio de la violencia institucionalizada en todas sus formas, desde el asesinato hasta el encarcelamiento, pasando por un humillante sistema de pases y controles residenciales que transformaron al pueblo africano en extranjeros en su propia tierra.

Casi todos mis compañeros de estudio y mis profesores pensaban que el resultado de esta lucha entre una mayoría negra que militantemente se negaba a someterse a la descarada opresión del apartheid y un recalcitrante régimen racista inevitablemente terminaría en tragedia. Un panorama preveía que un régimen cada vez más amenazado impondría una escalada de violencia a las masas negras, hasta que estas se sometieran o sufrieran el genocidio. El otro resultado posible era que la mayoría negra de alguna manera lograra arrebatar el poder a los blancos por medio del voto o las balas y luego exigiera una violencia proporcional al daño, expulsando a los blancos del país o masacrándolos.

El hecho de que ambas trayectorias fueran evitadas fue debido casi por entero a un hombre: Nelson Mandela. Su voluntad política y visión estratégica, su capacidad para resistir veintisiete años en una dura prisión y emerger incólume, tan decidido como siempre a destruir el apartheid e instalar la democracia, pero capaz también de buscar la reconciliación racial, destruyó el apartheid e impidió un baño de sangre en Sudáfrica. Nadie podría haberlo logrado. Fue un ejemplo temprano de un par de rasgos que raramente coexisten, pero que Mandela poseía en abundancia: una voluntad política de hierro y una sorprendente capacidad de perdón.

Por supuesto, otros merecen parte del crédito. El presidente sudafricano Willem de Klerk, con quien Mandela compartió el Premio Nobel de la Paz, tuvo el valor de poner en libertad a Mandela y negociar el fin del apartheid. Stephen Biko, el joven líder antiapartheid asesinado por el régimen en 1977, los cientos de estudiantes muertos en la masacre de Sharpville en 1960, los otros incontables y anónimos que dieron su vida por la causa merecen aún más crédito. También debe dárseles a los miles de estudiantes y activistas en Estados Unidos y Europa que protestaron e hicieron campaña de manera incansable contra el apartheid.

Solo los muy rencorosos o desinformados negarían que Fidel Castro y los soldados cubanos que combatieron y derrotaron al cacareado ejército sudafricano y a sus representantes negros desempeñaron un importante y quizás decisivo papel en convencer a los líderes blancos sudafricanos de que el camino de la intransigencia sin fin era un callejón sin salida. En ausencia de las fuerzas militares cubanas, los sudafricanos muy probablemente hubieran tenido éxito en crear estados títeres a lo largo de su frontera norte para que sirviera de contención e impedir que las guerrillas antiapartheid se infiltraran en el país.

La derrota del ejército sudafricano en Angola a manos de los cubanos socavó la moral y confianza de los que apoyaban al apartheid. Incluso alguien tan obsesivamente anticastrista como Carlos Alberto Montaner reconoció en una reciente columna publicada en The Miami Herald que “para Mandela, o para cualquiera con una piel endurecida por golpes de cachiporra y la vida de prisión, que un remoto país como Cuba regido por un blanco enviara cientos de miles de soldados a luchar durante 14 años consecutivos en contra de los intereses de Sudáfrica y a veces en contra del ejército de ese país, era algo que merecía gratitud”.

Seguramente. Aunque como es de esperar y de manera nada persuasiva Montaner imputa motivos maquiavélicos a la decisión de Castro de enviar tropas cubanas para hacer fracasar la gran estrategia del régimen de apartheid, estos hechos están claro. El gobierno cubano apoyó al lado correcto en la lucha sudafricana, durante largo tiempo y a un costo increíble en vidas y recursos. Por el contrario, durante la mayor parte del conflicto Estados Unidos apoyó militar, económica y diplomáticamente al lado equivocado, un importante favor adicional para comprender la gratitud de Mandela hacia Castro, algo que Montaner se guarda convenientemente de mencionar.

Montaner tampoco alude a la vergonzosa manera en que importantes líderes políticos cubanoamericanos de Miami se pusieron ellos y pusieron a la ciudad en una situación embarazosa cuando trataron de desairar Mandela durante su breve escala aquí en 1990. El espectáculo de un político de medio pelo como el entonces alcalde de Miami Xavier L. Suárez –un hombre tan chiflado que cree que la teoría de la evolución es falsa– dándole lecciones a un gigante político como Mandela sería cómico si el resultado no hubiera provocado un incremente de las ya altas tensiones entre cubanos y negros. Por su parte, Mandela ignoró completamente la perorata que no significaba más que demagogia.

Mandela, por supuesto, no fue infalible. Al igual que otros seres humanos cometió errores. El más serio fue no reconocer a tiempo el azote que el SIDA se convertiría para Sudáfrica.

Peor que la tendencia de convertir póstumamente a Mandela en San Mandela es el esfuerzo por “descolmillar” al tigre, presentar a Mandela como aceptable para todas las tendencias políticas, construir una narrativa de su vida que omita posiciones inconvenientes, como su pródigo apoyo a la causa palestina, sus duras críticas a la guerra de Iraq y en general al papel de EE.UU. en el mundo, y su aborrecimiento a la desigualdad económica. Mejor recordar al hombre completo, duro y amable, idealista y pragmático, progresista y demócrata, un gigante, pero no un dios.

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