La revolución truncada del neoliberalismo chileno. Aldo Perán

– Noviembre
La revolución truncada del neoliberalismo chileno

http://www.realismovisceral.cl/verautor.php?id=25

      Durante el período que abarca los años 1975 y 1976, Chile tuvo un ‘álgido’ período de recesión económica, determinada fundamentalmente por la generación de cambios estructurales que se producían en el país durante ese período.[1] Alfredo Jocelyn-Holt sintetiza esta perspectiva al sostener que entre los años 74 y 79 no se registran alteraciones del orden público, evidenciando que si bien “el país gozó de una tranquilidad absoluta”, sólo fue posible debido a la existencia de medidas radicales propias de las formas de gobierno totalitarias. En suma, una “tranquilidad custodiada –y cuestionada-”.[2] Para Corvalán Márquez, sin embargo, esta variante recorre una senda relacionada con la responsabilidad del empresariado para generar aquel ‘ambiente’. Para este autor, las organizaciones corporativas del empresariado chileno apoyaron las acciones de la dictadura militar, contribuyendo, por ejemplo, con el financiamiento de la DINA, así como algunas empresas ‘contrataban sus servicios’ con el objeto de establecer control sobre sus empleados.[3] Pero para la elaboración de este marco ‘contextual’ del período, consideramos que la reflexión de Tomás Moulián en su Chile actual resulta de mayor interés para los objetivos que nos planteamos develar. En efecto, en su obra encontramos un pasaje fundamental:

“Entre 1973 y 1983 se estructuró el dispositivo-saber de la dictadura chilena. Entre esas fechas ocurrió el primer movimiento, el de constituirse como un saber ortodoxo y el de definir sus ‘políticas’ como verdades científicas deducibles”.[4]

 

      Y así como ‘hoy’ observamos un creciente desencanto frente al neoliberalismo, producto de la imposibilidad de acceder a los beneficios de un sistema económico que no se interesa por medidas proteccionistas de ninguna índole en ningún sector de la economía, Alfredo Jocelyn-Holt en El Chile perplejo establecía ya los mismos cuestionamientos que se han elaborado en este último tiempo –El derrumbe del modelo de Alberto Mayol es el nuevo paradigma de esta crítica al régimen económico- como sustento para la elaboración de una crítica a la estructura determinante de este modelo, con la diferencia de que él lo había hecho junto con Tomás Moulian hace más de diez años. Si bien su óptica ensayística se remite a enumerar los puntos centrales de este giro capitalista, que señala irónicamente como ‘revolucionario’, también considera que el elemento fundamental para dar coherencia a todo este cambio fue la existencia de un ‘nuevo discurso’ que no hemos podido dejar de utilizar. En efecto, lo que daba pretensión de renovación a este modelo, según Jocelyn-Holt, era su que su inspiración radicaba en:
“formas nuevas de vivir, trabajar, descansar, vestir, consumir, capitalizar, emplear el tiempo. Esto era lo verdaderamente novedoso. […] apelaba a la parte material no moral o política-social, radicando la responsabilidad en el individuo  y no en la capacidad del Estado para resolver las necesidades”.[5]
      Lo que Alfredo Jocelyn-Holt considera como auténticamente relevante es que se ‘inventó’ una nueva forma de desenvolverse en la sociedad, una nueva ‘cotidianidad’. Pero esta invención no es una creación ex nihilo. El neoliberalismo se desenvolvió, una vez instalado, mediante la creación de monopolios de capitales. En 1975 se da inicio a un plan de ‘recuperación económica’ –que no es otra cosa que el tratamiento de shock-, argumentando que la inflación es la ‘enfermedad social’ que debería tratarse para poder, así, generar los tan anhelados cambios estructurales. ¿Y cuál es la respuesta política para esta necesidad? En 1976 Chile se retira del Pacto Andino. Por entonces la inflación, ese ‘flagelo’ que denominaba Rolf Lüders en su columna semanal de la revista Qué Pasa, sólo podía “erradicarse” cuando esta se redujera a menos de un 30% anual. El economista de Chicago sostenía que “sólo cuando esta meta se obtenga, los beneficios de la libertad de precios y del sistema de Economía Social de Mercado se harán evidentes”.[6] En una defensa de las nuevas políticas económicas de la dictadura militar, Emilio Sanfuentes, también en Qué Pasa, ‘le recuerda’ al país que:
“Chile no ha tenido desde hace muchas décadas y no tiene en la actualidad un régimen económico al cual se le pueda caracterizar como depositario de la más clásica tradición liberal ni partidario del laissez-faire. El modelo económico actual proclama y promueve abiertamente un rol importante del Estado, destinado a rectificar ciertas tendencias del libre mercado que puedan derivar en situaciones socialmente injustas y que sean económicamente perjudiciales para la economía global o para algunos agentes económicos en particular. Así, nadie discute de la conveniencia y necesidad de la intervención estatal orientada a controlar los monopolios y mercados, en los cuales aún no exista una dosis de competencia aceptable”.[7]

Si somos cautos, podemos constatar que la promoción estatal de la economía social de mercado se remite simplemente a la imposición ideológica de una cartera ministerial controlada por militares. Los pregoneros del neoliberalismo se remitieron a ofrecer un nuevo modelo y su éxito radicó en el modo en que se presentó la oferta de éste y no en la posibilidad de que su ‘promesa’ fuera real. La economía neoliberal no recuperó en su totalidad la estabilidad económica del país, como creían sus artífices. Pero lo que sí pudo generar fue la manera en que cambió la percepción y modos de ser de los individuos. La libertad –oculta en las leyes sospechosas de la economía ‘libre’- se remitió a elegir, pero toda elección legitimaba, a su vez, la confirmación de los monopolios económicos que se insertaron durante este período en nuestro país. La nueva libertad ya no tenía que ver con los derechos de los individuos, sino más bien con su capacidad adquisitiva en el mercado. Para poder generar la instancia de freno a la inflación, lo fundamental –tal como ha podido observar certeramente Naomi Klein- es necesario tener en cuenta que cambiar los flujos monetarios ‘no es lo más importante’. También se hace imperativo cambiar “la actitud de los consumidores, empresarios y trabajadores”, permitiendo que el juego político –y discursivo- pueda “alterar rápidamente las expectativas y señalar al público que las reglas del juego han cambiado dramáticamente”.[8]

 

      Para ellos –los Chicago Boys– “fue una revolución”, como lo señalaría Cristián Larroulet.[9]Pero para que toda revolución sea significativa se hace necesaria la existencia de un mito. La inestabilidad económica de los primeros años de la dictadura dio paso a que entre los años 76 y 81 el crecimiento fuera mayor al esperado, teniendo un promedio del 7,0%.  He ahí el inicio del ‘milagro económico chileno’. “¡Por fin un mito de la economía y no un mito exclusivo de la política!”, en palabras de Moulian.[10] Pero para José Piñera la visión es diametralmente opuesta. El nuevo modelo económico era: “la auténtica revolución […] un movimiento radical, completo y sostenido hacia el libre mercado”.[11] Por tanto, la pregunta que surge ante nosotros hoy tiene que ver con saber si alguna de estas posturas –la del mito o la de una verdadera articulación de ideas revolucionarias, una auténtica filosofía- da verdaderamente respuesta a las inquietudes que surgen al establecer la crítica al sistema.

En noviembre de 2011, la edición chilena de Le monde diplomatique presentaba en sus páginas iniciales una columna de importante interés para la reflexión histórica sobre el modelo económico chileno. Con el título “Rompiendo con los mitos del neoliberalismo”, Camila Vallejo Downling, presidenta de la FECh en este entonces, realizaba un balance sobre las movilizaciones sociales –mayoritariamente estudiantiles- de ese año, que convocaron a la crítica y al ‘desvelamiento’ de las ‘profundas contradicciones’ del sistema político-económico del país, cuestión agudizada durante los 20 años de relato concertacionista, pero que tenían su base en el giro neoliberal que tuvieron la economía, la salud y la educación en la primera fase del régimen militar, particularmente, sobre la base de las reformas efectuadas por los Chicago Boys. La entonces dirigente estudiantil señalaba en ese artículo que la propuesta aspiracional y meritocrática que instauró el régimen militar, fue la que permitió, “durante 30 años, la justificación a las privatizaciones, a la pobreza y a la desigualdad”. En otros términos, Vallejo sostenía que:

“El mito se comienza a derrumbar cuando ya no estamos todos seguros de que la educación permita movilidad social, […] cuando las deudas educacionales empezaron a absorber el ingreso familiar, cuando el cartón universitario se fue desvalorizando a propósito de un mercado desregulado y cuando ser un profesional dejó en parte ser sinónimo de ganar plata”.[12]

      Curioso es que la “condición de posibilidad” –por decirlo de alguna manera- del neoliberalismo sea la necesidad irrestricta de una total libertad. Para efectos de la implantación de ese sistema de profundo carácter ‘ideologizante’ en Chile, durante la década de los setenta, esta regla, se vio forzada para generar una justificación epistémica de la acción militar. Es a partir de esa matriz fundacional –de orden instrumental- desde donde puede proceder aquel origen ‘mítico’ y mesiánico de nuestro actual sistema económico, que terminó por organizar, a fin de cuentas, el orden social, político y cultural de este país.

[1] Si bien se ha puesto énfasis en que durante este período, caracterizado por la aceleración de privatización de empresas públicas, lo que se produjo fue el fin del modelo de industrialización sustitutiva, consideramos que aquello que realmente ‘está en juego’ en esa reflexión no es tanto ‘el fin’ de un modelo, sino más bien la ‘implantación abrupta’ –o política de shock– de un nuevo sistema articulador de la economía. Véase la minuciosa revisión de este ‘giro’ en la tesis doctoral de Manuel Gárate (2010) La “Révolution économique” au Chili. À la recherche de l’utopie néoconservatrice 1973-2003. Paris: Ecole de Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), pp. 187 – 202.

[2] Jocelyn-Holt, Alfredo (2001) El Chile perplejo. Santiago: Planeta/Ariel, p. 180.

[3] Corvalán, Luis (2001) Del anticapitalismo al neoliberalismo en Chile. Santiago: Sudamericana, p. 293.

[4] Moulián, Tomas (1997) Chile Actual. Anatomía de un mito. Santiago: LOM Ediciones, p. 192.

[5] Jocelyn-Holt, Alfredo (2001) El Chile perplejo. Santiago: Planeta/Ariel, p. 187.

[6] Ídem.

[7] Sanfuentes,  Emilio (1976) Presencia del Estado”. En Qué Pasa, nº 256, 12 de marzo, p. 17.

[8] Klein, Naomi (2007) La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Barcelona: Paidos, p. 117.

[9] Constable, Pamela y Arturo Valenzuela (1991) A Nation of Enemies: Chile Under Pinochet. Nueva York: W.W. Norton & Company, p.187. Citado en: Klein, Naomi, Op. Cit., p. 112.

[10] Moulian. Op. Cit. p. 92.

[11] Piñera, José How the Power of Ideas Can Transform a Country. Disponible en: <www.josepinera.com>

[12] Vallejo Camila. (2001) “Rompiendo con los mitos del neoliberalismo”. En Le monde diplomatique, Año XI, nº 124, Nov., p. 3.

Etiquetas: neoliberalismo dictadura José Piñera Camila Vallejo

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s