LOS HIJOS DE LOS CONFLICTOS DEL SIGLO XX.

La escuela soviética para los niños de los revolucionarios del mundo

La idea de un internado vino de una activista suiza, Mentona Moser, cuya familia fundó la empresa relojera Moser, quien al viajar a Rusia en 1926 se sintió tan inspirada por el Estado comunista que decidió donar parte de su herencia a la creación de la establecimiento y fue ayudada por un compatriota, Fritz Platten, más conocido por socorrer a los emigrados rusos que estaban en Suiza a regresar a Rusia en 1917, entre ellos al primer dirigente de la Unión Soviética, Vladimir Lenin.

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En 1933, un internado muy particular fue fundado en Rusia: Interdom. Su misión era proveer un hogar para los hijos de los revolucionarios de todo el mundo. Entre sus pupilos se contaron los hijos del chino Mao, el yugoslavo Tito y la española La Pasionaria.

En 1939, una palestina de 9 años de edad estaba en una casa para niños rusa, sollozando sin cesar.

“Recuerdo cuánto lloré. Me dolía”, le dice Daulia Saadi a la BBC, más de 70 años después.

Su madre se iba a Líbano para retornar a la lucha comunista que había dejado unos años antes, y a reunirse con su padre, quien era el secretario del proscrito Partido Comunista de Siria, Líbano y Palestina.

“Le pregunté a mi madre muchos años después: ¿cómo pudiste hacerlo?”

“Ella dijo, ‘Daulia, ¿qué podía hacer?’”

“Nuestros padres eran tan apasionados por la lucha revolucionaria que dejaron a sus hijos en otro país”.

“Sus vidas fueron anormales.”

BUENOS RECUERDOS

Saadi pasó su infancia en Interdom, en Ivanovo, 250 km al noreste de Moscú.

Décadas más tarde, tiene muy buenos recuerdos -al igual que muchos otros ex alumnos- de cantar canciones revolucionarias y de regocijarse con la idea de que sus padres estaban haciendo del mundo un lugar mejor.

La escuela se aseguró de que los niños aprendieran su propia lengua, historia y cultura, por lo que se esforzó por encontrar maestros de hasta los idiomas menos hablados.

A diferencia de otros niños soviéticos, los estudiantes recibían información del extranjero y se les permitía viajar a visitar a sus padres.

Daulia Saadi se acuerda del hijo mayor de Mao, Mao Anying, que era conocido en Interdom como Sergei Yun Fu.

Su historia tuvo un fin trágico. Según algunos antiguos alumnos Interdom, a su regreso a China, Mao Anying chocó con su padre, a quien acusó de crear un culto a la personalidad. En parte por esta razón se ofreció como voluntario para combatir en Corea y allá murió.

LOS HIJOS DE LOS CONFLICTOS DEL SIGLO XX

La idea de un internado para niños revolucionarios vino de una activista suiza, Mentona Moser, cuya familia fundó la empresa relojera Moser.

Cuando viajó a Rusia en 1926, Moser se sintió tan inspirada por el Estado comunista que decidió donar parte de su herencia a la creación de la escuela.

La ayudó un compatriota, Fritz Platten, más conocido por ayudar a los emigrados rusos que estaban en Suiza a regresar a Rusia en 1917, entre ellos al primer dirigente de la Unión Soviética, Vladimir Lenin.

Se cuenta que Platten organizó el tren sellado que llevó a Lenin a través de la Europa ocupada por los alemanes hasta San Petersburgo.

El primer hogar para niños se fundó cerca de Podolsk, al sur de Moscú, pero en 1933 un nuevo edificio fue construido en Ivanovo, financiado por los trabajadores textiles de la ciudad.

Los primeros en llegar fueron los hijos de los antifascistas de Bulgaria y Alemania, pero con el tiempo los activistas políticos de todo el mundo enviaron a sus hijos a Ivanovo. Los jóvenes venían de Grecia, Austria, Italia, España, Chile, Irán, Angola, Etiopía y Somalia.

Con la lista de países se puede hacer un mapa de las grietas políticas y los conflictos del siglo XX.

IGUALES Y COSMOPOLITAS

Ivanovo también fue refugio para niños durante el bloqueo de Leningrado en la Segunda Guerra Mundial y después del accidente nuclear de Chernobyl en 1986.

En total, 5.000 niños de 85 países pasaron por las puertas de Interdom.

Lo que muchos de los antiguos alumnos valoran más es el espíritu internacional que se deriva de esto.

“El Interdom me dio una visión cosmopolita”, dice Beatrice Otigo-Potapova, cuyo padre era un prominente político de Kenia y amigo personal del veterano miembro del politburó soviético Anastas Mikoyan.

“Yo me niego categóricamente a aceptar cualquier forma de nacionalismo, ya sea negro o blanco, no hace ninguna diferencia para mí. Además, honestamente, uno tiene que decir las cosas como son y amar a la gente por lo que es”.

Otros dos amigos, Tavanei Ayalny de Etiopía y Varsami Aidi de Somalia, se hacen eco de esa opinión.

“Los dos somos africanos, pero nuestros países estaban en guerra. Sin embargo, eso no nos importó. Somos hermanos. Esa fue la enseñanza principal que nos dejó Interdom”.

LOS NIÑOS NECESITADOS DE HOY

Los últimos 10 años, previos a su 80 aniversario este año, han sido difíciles para la Interdom.

Los planes de convertirlo en una academia militar sólo se frenaron después de que los estudiantes le escribieron al presidente Vladimir Putin e hicieron una huelga de hambre. La escuela sobrevivió, pero perdió su condición de “internacional”.

Ahora, la mayoría de los niños son de Rusia y las ex repúblicas soviéticas, y provienen a menudo de lugares en los que hay conflictos étnicos.

Pero una asociación de graduados ha formulado recientemente un llamamiento a las autoridades rusas para que vuelva a ser “internacional”.

Sugieren que se podría proporcionar como un hogar a los niños de las zonas de conflicto, como Libia o Siria, o de las zonas afectadas por terremotos, tsunamis y otros desastres naturales.

Aunque la era de las revoluciones comunistas pasó, otra generación de niños, en la opinión de los ex alumnos, podría crecer para servir como “embajadores de la cultura rusa” en el extranjero.

La historia de los hijos del MIR

 El edificio de los chilenos, documental de Macarena Aguiló sobre el llamado Proyecto Hogares.

La iniciativa significó que hijos de militantes del MIR se quedaran en Cuba al cuidado de “padres sociales” mientras sus auténticos progenitores retornaban a Chile con el objetivo de luchar contra Pinochet. Los historiadores Gabriel Salazar y Cristián Pérez dan su mirada a la película y a los hechos.


Un experimento triste

Por Gabriel Salazar (*)

No hay duda de que el documental El edificio de los chilenos que testimonia la situación que un grupo de niños chilenos (nietos políticos del MIR) vivieron en La Habana en los años 80, es un filme que se mueve en rangos altos de calidad artística, humana, simbólica y cinematográfica. Combina imágenes y juegos de infancia, alegrías de patio, melancolía adolescente y memoria dubitativa de temprana adultez. Sensibilidad policroma: colores vivos de soledad, de lejanía y silencio interior. Un todo vivo, traspasado desde el inicio por progenitores ausentes -quizás muertos- y paternidades políticas omnipresentes. La nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue, rodea el conjunto…

Objetivamente, fue un experimento dual: a) político-militar (retorno disciplinado de militantes desgajados de su red filial y social) y b) educativo-social (formación de niños según un esquema prístinamente ‘socialista’).

En lo primero, se experimentó con la vida de progenitores sin vástagos. En lo segundo, con el desarrollo humano de vástagos sin progenitores. Y el imperativo supremo fue el compromiso total con la decisión política de derribar la dictadura a cualquier precio, asociado al movimiento popular… Todo por el pueblo.

Fueron tiempos dramáticos, de dolores profundos y decisiones heroicas. Qué duda cabe. El MIR, iniciado en los años 60 como un alegre movimiento juvenil-revolucionario, rebosante de inteligencia y encrucijadas de futuro, se sumió, ya en los tardíos 70 y tempranos 80, en un tobogán trágico, de “patria o muerte”. Se endureció hacia adentro, en lugar de flexibilizarse hacia fuera. Aumentó su propia tensión, en lugar de sumergirse en el flujo diverso del pueblo. No acumuló fuerza social objetiva: tensionó al máximo su sensibilidad subjetiva. Y su hipertensión valórica no bastó…

No fuimos pocos los que, en el exilio, nos opusimos a eso. Muchos pensábamos que la clave del poder popular radica, sobre todo, en el cultivo sistemático de la fraternidad, la asociatividad horizontal, la camaradería, la articulación de capacidades y la acción social que puede surgir de todo eso. Es lo que hace el pueblo, normalmente, en situaciones críticas. Reducir el poder popular a la formación de militantes individuados, de acero, no hace sino concentrar en ellos el fuego enemigo, lo que lleva a la profecía auto-cumplida del “patria o muerte”. Y los hombres de acero no bastaron…

Fue triste haber recibido en casa (en el exilio), en varias ocasiones, a compañeros militantes que, luego de abandonar esposa e hijos, iniciaban su viaje al lugar de instrucción para ingresar, después, a Chile. Fueron visitas decididas por ellos mismos, acaso para ratificar su inminente profecía autocumplida. Acaso para despedirse. Varios de ellos llamaron después, desde lejos, pidiendo ayuda. Otros, desaparecieron…

Los niños del Edificio de los Chilenos, si no sintieron en piel propia la presencia de sus progenitores biológicos, en cambio, sintieron y sienten -según se aprecia en el filme- la fraternidad que surgió entre ellos mismos. Y que aún habita en ellos. Y eso no es la herencia de la aún no probada ‘familia socialista’, puesto que la desarrollaron al margen y en gran parte después de ese ‘concepto’.

La evidente relación fraternal que emana de ellos tiene en común, con el actual movimiento social que renueva en Chile la esperanza de un cambio profundo, el sello de la fraternidad, la camaradería y el potencial que contiene la auténtica acción social. Es decir: el poder de ‘lo social’ en sí.

En este sentido, si los militantes de acero no dejaron otra sinergia social tras sí que el recuerdo de su sacrificio heroico, sus vástagos criados en “el hogar” de La Habana han hallado entre ellos, espontáneamente, la misma sinergia fraternal y creativa que nutre hoy el nuevo y rejuvenecido movimiento popular chileno.

Es en esa lógica, según creo, que es posible ver, entender y apreciar el documental de Macarena Aguiló, sin olvidar a sus lejanos progenitores.

(*)Historiador y Premio Nacional de Historia 2006. Ex militante del MIR.

Los niños iban con pena, pero no mucha

Por Cristián Pérez (*)

La película comienza con el estremecedor relato del secuestro de su protagonista Macarena Aguiló, realizado por agentes de la Dina en el otoño de 1975 en Santiago. Macarena, en ese entonces una niña de sólo cuatro años, cuenta que estaba jugando en su casa, y repentinamente unos hombres la suben a una camioneta, conducen largo rato y se detienen en varios lugares antes de llegar a un hogar de menores, del que sólo recuerda las niñas jugando y un gran árbol en el patio. Durante 20 días su familia ignora su paradero.

La niña plagiada es hija de Margarita Marchi y Hernán Aguiló, máximo responsable del Movimiento de Izquierda Revolucionaria en el país. Con esta acción la Dina pretende que Aguiló se entregue, para dar el golpe final a las débiles estructuras del MIR, diezmadas por años de persecución y la caída y exilio de sus principales cuadros.

El secuestro tiene gran importancia, porque el MIR advierte que las fuerzas de seguridad son capaces de utilizar como carnada a hijos de compañeros para que se entreguen, delaten, y en algunos casos se transformen en colaboradores, por lo que deciden organizarse para mantener protegida la descendencia y enfrentar la dictadura con éxito.

Años más tarde, durante el exilio europeo, algunas mujeres del MIR encabezadas por Margarita Marchi, al sentirse discriminadas porque en la Operación Retorno sólo vuelven a Chile los hombres, exigen su derecho a regresar, y para poder hacerlo crean el Proyecto Hogares, donde los hijos de los militantes que vuelven al interior, quedan al cuidado de hombres y mujeres, que pasan a ser sus padres sociales.

A fines de los años 70, con el apoyo de entidades belgas se concreta la iniciativa, trasladándose alrededor de 60 niños con sus tutores hasta un campamento en Bélgica, y posteriormente se instalan en La Habana en un edifico del reparto del barrio de Alamar.

Los creadores del proyecto pensaban que era la mejor forma de mantener la integridad de los niños, la vida de sus padres en el interior, y la continuidad de las estructuras clandestinas de la organización. Se trataba de evitar que sucediera lo que a Lorena (‘Irene’) la protagonista de la novela La vida doble de Arturo Fontaine, que desobedeciendo a su jefe, se niega a enviar a su hija a un hogar en Cuba. Los agentes se enteran de su existencia, la fotografían y filman a la salida del colegio, y se la muestran, al verla, Lorena se quiebra, convirtiéndose en una agente.

De forma simple, el documental permite acercarse a la concepción ideológica que da sustento al Proyecto Hogares. Los padres sociales auspician la vida en comunidad, ponen en cuestión la familia, el rol de la mujer, las relaciones de pareja, y la formación tradicional de los hijos, convirtiéndose en el único intento en la historia de la Izquierda chilena, de avanzar hacia la construcción del “hombre nuevo”, como se proclamaba en la literatura revolucionaria.

La iniciativa funciona durante algunos años, y empieza a perder su sentido en 1983 cuando en Chile las condiciones políticas hacen evidente, como afirma uno de los padres sociales, que la realidad es más porfiada que la teoría, y el pueblo no reacciona de la forma que el MIR espera. Al decaer el impulso revolucionario, los niños del proyecto se van integrando a las escuelas cubanas, algunos tutores abandonan la isla para dedicarse a otras iniciativas, al considerar que la misión originada por la Operación Retorno ya no sé justifica.

El Proyecto Hogares del MIR marcó a fuego a unos 60 hijos de militantes que retornaron clandestinos a Chile para combatir a la dictadura militar, y a una decena de tutores. Dejó un inmueble en Alamar conocido desde esa época como el “edificio de los chilenos”. Y también el recuerdo en una estación de París de uno de los tantos padres sociales que estuvo a cargo de los niños, dejando en evidencia el estado de ánimo de los infantes que se integraban al proyecto: “Los niños iban con pena, pero no mucha”.

(*)Historiador del CEP e investigador de movimientos de izquierda en Chie.

 

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