RICOS Y POBRES. Fesal Chaín leyendo “Tres años para nacer, Historia de una verdadero Machuca”

Ricos y pobres

Fesal ChainAyer me leí de un solo tiro el libro de Amante Eledín Parraguez “Tres años para nacer, Historia de una verdadero Machuca” y para ser sincero, me salte párrafos completos, pero de pura ansiedad, por una búsqueda incesante, de verme reflejado en él, de encontrar en su palabras el mundo que fue mio. Comprendí tantas cosas que me pasan, que mi angustia existencial de cada día es fruto de la educación que tuve, de ese fantasma colorido que recorría los pasillos y salas del colegio. Me pasó exactamente lo mismo que cuando leí Confesiones de una Máscara de Yukio Mishima, no pude terminarlo, o más bien terminé ambos textos a topetones, a saltos de mata, a vómito estelar.

Ahora entiendo. Nunca estuve loco. Nunca estuve encerrado en mí mismo y sintiendo en mi propio cuerpo fenómenos ajenos a todo humano. Nunca estuve desesperado por determinaciones genéticas. Es que soy hijo de la educación más maravillosa que haya existido en este pequeño país llamado Chile. Hijo de aquel Padre Whelan, aunque ya casi no caminaba por aquellos patios, pero sí, como un destello a veces aparecía, en cuerpo y alma y también en ideas y sueños. Soy hijo de Whelan a no dudarlo: “Aquí vamos a trabajar para aprender y desarrollar nuestras capacidades intelectuales y también, para conocer el valor del trabajo humano- nos decía a todos con una voz enérgica, seca y un acento pastoso-. Queremos personas capaces de compartir, de aprender unos de otros, y de servir a los demás. Esto vamos a hacer en el colegio”. (1)

En 1974, a los curas “más peligrosos” de la Holly Cross ya los habían sacado como animales de ese lugar libertario, pero el milicaje no pudo desterrar la voz que recorría los patios. Exiliaron a nuestros compañeros más pobres , aquellos que vivían en la población aledaña al río, pero no sacaron de la mente universal los valores y la conciencia. Los viejos profesores, algunos, se mantuvieron ahí, y sin decirlo a voz en cuello, exudaban lo que Whelan, o Provenzano o Cánepa habían levantado durante los tres años de la Unidad Popular: “Ustedes tiene que ser capaces de reflexionar acerca de lo que pasa en el país. (…) Observar la realidad y opinar sobre ella, dando su propio punto de vista, con espíritu crítico y constructivo, sólo de esta forma podemos ayudar a construir una sociedad mejor. (…) ¡Miren, ustedes no saben lo que tienen! Es un privilegio estar en este colegio y ¿están aquí sólo porque tienen plata? (…) no pueden desperdiciar la oportunidad de abrir sus ojos y ver otras cosas que suceden en este país! ¡El mundo no es sólo esto!” (2)

Aunque el Comandante Verdugo, vaya que apellido, también al igual que a Amante, me citó a su oficina y me dio un discurso sobre la Patria y contra todo lo que oliera a comunismo, y aunque la vieja profesora pinochetista nos hiciera cantar con la mano en el corazón las malditas estrofas de los “valientes soldados”, muchos de nosotros recibíamos el mensaje por la boca de los sobrevivientes y nunca, nunca, jamás nos dejamos engatusar por el momiaje, el fascismo mentiroso y los falsos humanistas.

Así clandestino, escuché detenidamente lo que prohibido se mantenía entre los cerros y las salas, entre los pasillos y el viento. Escuché que el tío Andrés se escondía allí y que no había que decirlo, a Oscar hablar de la inclemente dictadura, a Robinson primo hermano de Gladys Marín hablar de Manuel Rodriguez y quien me regaló un pequeño cassette con la música de Manns y la rebelión popular de masas, al mismo Whelan después en su casa de Egaña, a Provenzano en su afán de enseñarme fotografía y a Cánepa cuando juntos tradujimos poesía palestina del exilio, a Mariana, cuando lloraba angustiada al ver las risas de los inconscientes sobre el documental de La Nelly y el Nelson, con música de Payo Grondona. A Hugo cuando nos protegió de la DINA, porque nos atrevimos a dar Missing en una pequeña sala. A muchos que me permitieron en plena dictadura, hacer el festival de teatro con los jóvenes de la ACU, poner mis poemas antipinochetistas en esa vieja revista, tocar en la radio un 11 de septiembre a Víctor Jara a todo pulmón, sí, ese mismo Víctor que había ido a cantar contra los reaccionarios a los patios del mismo lugar que yo recorría solitario por las tardes.

¿Porque se llama Ricos y Pobres este breve artículo casi robado de Amante? Es sencillo como una de tus manos, como dijera Pablo Neruda, y pido perdón si puede sonar esto un tanto cursi, pero si bien no viví la integración plena y el trabajo en las chacras y con los animales y las discusiones más duras sobre la Escuela Nacional Unificada, ni el día a día con los amigos y compañeros de la población, porque me llegó el golpe como una cachetada y una fuerte opresión en el pecho, aprendí y acepté de buena gana, a no hacer ninguna diferencia, aprendí que la vida es la lucha cotidiana por conocer el valor del trabajo humano, por compartir y aprender unos de otros, por construir una sociedad igualitaria y justa, importando un maldito carajo nuestras determinaciones sociales, nuestro orígenes. Aprendí, que no somos iguales porque hay algunos que no lo desean, porque les conviene muchísimo dibujar con sus manos el mundo más escindido posible, y que para mantener sus privilegios dividen socialmente el trabajo, entre ricos que piensan y pobres que ejecutan. Pero al mismo tiempo aprendí que somos muy iguales, cuando trabajamos juntos, cuando nos queremos, cuando estudiamos las mismas cosas, cuando construimos un proyecto común de liberación de todas las energías y potencias individuales y colectivas. Aprendí gracias a mi colegio, que no hay distingos posibles, aunque algunos lo impongan a sangre y fuego, simplemente porque somos hermanos.

Entendí ayer, que falta enorme nos hace convivir, marchar juntos, amarnos y comprender las mismas cosas de la misma manera, para romper las barreras y construir espacios comunes como un solo ejército, entre aquellos que los minoritarios y egoístas dominantes construyen y nombran como ricos y construyen y nombran como pobres.

(1 y 2) Amante Eledín Parraguez “Tres años para nacer, Historia de una verdadero Machuca”

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