EL REGRESO DE LAS CULTURAS. Diversidad cultural y práctica médica en el siglo XXI

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EL REGRESO DE LAS CULTURAS
Diversidad cultural y práctica médica en el siglo XXI
Josep M. Comelles
Universitat Rovira i Virgili, España
La biomedicina quiso abandonar la cultura durante el siglo XX. Ahora, cuando parece haber
triunfado tanto en el diagnostico como en la terapéutica, cuando todo, o casi todo parece estar protocolizado y todas las respuestas, o casi todas, parecen venir de la biología molecular, de la resolución de
las cadenas del genoma, o de los mediadores neuronales, el gobierno federal norteamericano anuncia
que no financiará instituciones hospitalarias que no se acrediten como “culturalmente competentes”, 
Y en Europa las migraciones extra-comunitarias y la presencia de la diversidad cultural en el Estado del
bienestar plantean contradicciones aparentemente irresolubles en su cartera de servicios. ¿Qué significa hoy el retorno de la “cultura” al sector salud y de qué “cultura” estamos hablando? ¿Se trata de la “cultura” entendida como taxonomía étnica,se trata de “culturas” como significados,se trata de la medicalización como arena de producción de significados culturales en curso de cambio?
Negar la cultura para crear culturas profesionales
El proyecto de la biomedicina, desde el siglo XIX, aspiraba a alcanzar la máxima eficiencia diagnóstica, pronóstica y terapéutica, depurando, casi patológicamente, la clínica y el laboratorio de cuantas variables fuesen accesorias a esos tres actos. Operaba sobre una transformación de la construcción
del conocimiento médico, conocido como el “nacimiento de la clínica moderna”, y que es coetáneo con
el despliegue del Estado liberal. 

En este período desapareció el valor del contexto –el del medio, la sociedad y la cultura del enfermo y de la enfermedad– en la práctica clínica, quedando el cuerpo desnudo del paciente en la mesa de exploración o el del cadáver en la de autopsias en busca de la utopía de
una práctica técnica que condujese a una toma de decisiones racional.

El paciente ideal viene a ser hoy
uno intubado, monitorizado, que recibe alimentación parenteral para que no defeque, que orina mediante una sonda, y sobre el cual las computadoras alimentan de parámetros objetivos las decisiones que
un médico supervisa desde un dispatching, desde el cual dicta órdenes al personal técnico que realiza los
inevitables cambios de curas o de ropas del paciente hasta que los robots sean capaces de hacerlo. 

En
esa arena la cultura, según los médicos –y en todas sus acepciones– habría dejado de existir.
Aunque en casos concretos y circunstancias particulares sea posible acercarse a esa utopía, en algunos pacientes internados en unidades de cuidados intensivos, en pacientes en coma dépassé a los que
puede mantenerse en vida largo tiempo “conectados”, o en donantes, legalmente muertos pero biológicamente vivos mientras esperan la llegada del receptor, la anulación completa de la capacidad interactiva y de la ínter subjetividad entre el profesional y el entorno –el paciente, su red social, la propia institución, los otros profesionales–, no se cumplen jamás. Aunque el ideal goffmaniano de institución total se aproxime más a esas Unidades de Cuidados intensivos que al manicomio custodial o la cárcel.

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Incluso en las más perfectas, donde parecen imposibles las adaptaciones primarias y secundarias de pacientes y del personal, la evidencia etnográfica revela la producción de culturas idiosincrásicas que afectan al personal, a los enfermos, a los familiares y aún al conjunto de la institución. 4
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