La desmovilización social de la derecha

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Por: Rubén Valencia M.

 

7 de marzo, 2013

 

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Las premisas económicas de la dictadura produjeron elementos accesorios; que toda actividad económica, política y social únicamente son posibles bajo un orden de sometimiento servil a la autoridad, y por esto, con la nula posibilidad de manifestación y adscripción política, entendida ésta como la fuente del desorden social y el fracaso del surgimiento económico personal y social.

En estos últimos meses, el estudiantado chileno nos ha mostrado que el letargo en que se encontraban los movimientos sociales pareciera que ha concluido. La diversidad de actores que se van sumando a sus reivindicaciones, ha creado un escenario pocas veces visto desde el término de la dictadura militar. Particularmente, la masividad de sus concentraciones ciudadanas ha llamado la atención, tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, como una gran obra, este acto carece de uno de sus actores principales: las bases ciudadanas de la derecha chilena.

Al apreciar las nuevas marchas de estudiantes secundarios, universitarios y organizaciones sociales, ha quedado de manifiesto que el gobierno de la Alianza no posee ningún tipo de capacidad de neutralización de dichos movimientos, a no ser mediante el uso de la fuerza pública y de los dispositivos del Estado. Es así, que pareciera a primera vista que la oposición estuviera formada por el conjunto de la ciudadanía nacional, y no por una parte de ella.

En retrospectiva, la Guerra Fría suministró a la derecha nacional los elementos que sacaron a la luz su violencia latente, la misma que introdujo a Chile en el terrorismo político de la segunda mitad del siglo XX. El asesinato del General René Schneider en Octubre de 1970, dejó de manifiesto la intervención de elementos de extrema derecha en el crimen. Patria y Libertad, instrumento de violencia de los sectores fascistas de la época, daba inicio a una constante espiral de terrorismo que se extendería hasta los primeros años de la dictadura militar.

Paralelamente, la disputa de las calles urbanas y centros estudiantiles contra los partidos y movimientos de izquierda, exponía la capacidad operativa de las bases de la derecha nacional, refundada en el nacionalismo, el tradicionalismo y el autoritarismo. Un pilar fundamental para explicar dicho comportamiento fue, por una parte, la dicotomía entre el bien absoluto y el mal absoluto, como las vertientes corporativistas de los sectores nacionalistas de la derecha de aquellos años, dejando como elemento común para todos los sectores políticos de la época, el fuerte peso de las ideologías y de los partidos políticos en la sociedad.

Sin embargo, el discurso neoliberal centra toda la responsabilidad económica y social en el mercado, aplicado sistemáticamente bajo el alero de la represión de los organismos militares y policiales. Reconociendo una idea que subyace a la represión, ésta es la dualidad de “orden o caos”; es dicha nomenclatura la que transformó en terrorismo, caos, desorden y desgobierno toda expresión ciudadana, que constituyen pilar fundamental de la democracia. En esta categoría cae la posibilidad de manifestar públicamente y de manera organizada la disensión en lo concerniente a las políticas seguidas por los gobiernos, así como el respeto a la integridad física de la oposición al formular abiertamente sus planteamientos.

De esta manera, estas premisas económicas produjeron elementos accesorios; que toda actividad económica, política y social únicamente son posibles bajo un orden de sometimiento servil a la autoridad, y por esto, con la nula posibilidad de manifestación y adscripción política, entendida ésta como la fuente del desorden social y el fracaso del surgimiento económico personal y social. Pensamiento que se demostró estar plenamente vigente tras el cuasi triunfo del discurso apolítico y de desmovilización del ex candidato presidencial Joaquín Lavín.

El bajo respaldo ciudadano a la gestión de Sebastián Piñera también es posible de abordar desde la perspectiva de que fue sobrepasado por elementos que constituyen la existencia del caos, o de un desorden que posibilita la incertidumbre como futuro próximo, tomado siempre como una negación de la posibilidad de éxito. Sin embargo, lo más preocupante es el autoritarismo latente en gran parte de nuestra población, y que hoy juega en contra de quienes lo instauraron.

Foto: El Ciudadano / Licencia CC

 

Rubén Valencia M.

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